“El Mocho” Hernandez

“El Mocho” Hernandez

Sin avión ni automóvil hizo la más intensa y novedosa campaña electoral

Por Ana Mercedes Pérez*

José Manuel “El Mocho” Hernández realizó la primera campaña electoral moderna en el país.

José Manuel “El Mocho” Hernández realizó la primera campaña electoral moderna en el país.

     “De Miguelacho a Misericordia, hundida en la pátina del tiempo, hay una pequeña casa con alero de tejas rojas y una sola ventana, que es símbolo de orgullosa pobreza entre tantas modernas construcciones. Por allí pasan hoy venezolanos indiferentes al palpitar de nuestra historia, tan ubicada en ese humilde refugio. Por allí desfiló ayer todo el boato heterogéneo de nuestra política de fin de siglo: lanceros, periodistas, caudillos, escritores y generales, a tributarle honores a uno de los personajes más populares que ha tenido este país: José Manuel Hernández, “El Mocho”.

     Hernández nació en Caracas en 1853, en la democrática parroquia de San Juan. Nació niño normal, es decir, con los cinco dedos completos de su mano derecha, que luego perdió en una revuelta contra Antonio Guzmán Blanco, jugándose a machete limpio la vida en el sitio denominado Los Lirios. Fue su bautizo político. Allí fue dado por muerto; recogiéndolo unos campesinos que lo curaron y lo escondieron. Cuando se despertó, notó que le faltaban el anular y el meñique y que sus otros dedos estaban anquilosados. Desde entonces su prestigio se regiría por el apodo de “El Mocho” Hernández.

     No aconteció así con su espíritu: libre, independiente, rebelde, demostrado en muchas peligrosas ocasiones. Venezuela entera vio pasar su figura de Quijote, líder y guerrero, o desempeñando el oficio de carpintero, herencia de sus padres, canarios que se vinieron a Venezuela a probar fortuna. Guayana era por entonces la suprema aventura de los ambiciosos. Allá va “El Mocho” a inaugurarse también de minero en el Yuruari, donde llega a desempeñar el delicado cargo de Correo del Oro. 

     Pero los tiempos eras zozobrantres de política. Aquellos oficios a campo limpio no constituyen sino la oportunidad para engarzar el engranaje de la conspiración que ya se prepara por losm acontecimientos patrios.

     ¿Quién será el valiente que habría de enfrentarse al continuismo ya proclamado por Andueza? En Guayana los hombres dialogan sobre leyes mientras explotan tierras y están dispuestos a abandonar la búsqueda del oro por armarse de un viejo fusil. José Manuel Hernández está en la efervescencia de la juventud. Tiene treinta y ocho años. Pinta de jefe, con su cuerpo flexible y su dialéctica, aprendida en sus largas lecturas nocturnas. Es un autodidacta. En sus manos de hombre fuerte se encomiendan los “voluntarios” que aspiran a derrotar las fuerzas del Gobierno guayanés. Escogen como campo de lucha la isla de Orocopiche, en el Orinoco, abierta a toda iniciativa. Y logran vencer las bien amunicionadas tropas anduecistas, ganando allí “El Mocho” el título de General.

     La Revolución Legalista ya está entrando a Caracas y su fama de patriota civilista llega a oídos de Crespo. “El Mocho” Hernández es llamado a la capital de la República para formar parte de la Asamblea Constituyente.

 

El general diputado

     De Parlamentario, andando entre leyes, es cuando resplandecen mejor sus ideales. Acomete desde un principio la campaña de la honestidad política, atacando duramente al Peculado, en los “Juicios de Responsabilidad” que se instalan para acusar a ex- gobernantes y sus acólitos. Le salen enemigos, pidiendo manto de clemencia para Andueza, Villegas, Pulido y Sebastián Casañas. El Diputado-General no transige. Uno de sus colegas, del bando opuesto, pide la palabra para decir en lenguaje bíblico que “todos son culpables y que no hay allí hombres tan limpios como para lanzar la primera piedra”.

     Indognado “El Mocho” Hernández tiene suficiente entereza para contestarle: “pues yo sí puedon tirar la primera piedra porque me siento limpio”.

     Sus enemigos llegan a señalarlo en venganza: “hidra feroz de la oligarquía”. Pues José Manuel Hernández, dentro de su asombrosa popularidad, reprsenta a los godos reunidos en el Partido Liberal Nacionalista que comandaba el Doctor Alejandro Urbaneja.

 

La campaña electoral

     Terminado el Congreso retorna a la Guayana a refrescar las amistades de su gloriosa campaña. De allí pasa a Estados Unidos. Va a presenciar el democrático ejercicio de las elecciones entrre William McKinley y el famoso orador Bryan. El general no pierde una sílaba ni un detalle. Los líderes hablan al pueblo en lenguaje sencillo y él aprenderá ese lenguaje patrio para desgranarlo entre los campesinos de los cuatro horizontes de su tierra. Ya no irá en actitud de guerrero sino de líder candidato a la presidencia de la República por su partido.

     A su regreso engrosará un quinteto con los otros candidatos que ya se perfilan: Ignacio Andrade, Juan Pablo Rojas Paul, Tosta García, Juan Francisco Castillo. “El Mocho” sin duda ganara –es lo que se decía– arrastrando con su imán de simpatía a todo el mundo. Lo han propuesto importantes personajes como Urbaneja, David Lobo, Miguel Páez Pumar, Cristóbal Soublette.

     Ha llegado pues el momento de iniciar lo que ha visto en la República del Norte, hombres que dominan a las masas por el don de la palabra. A lomo de caballo, por los caminos polvorientos de Venezuela, que están muy lejos de conocer el macadam, “El Mocho” inicia una manera nueva de ganarse la Presidencia de la República, contraria al rutinario golpe militar. De pueblo en pueblo va hablando de la autonomía de la provincia, del voto para los mayores de 18 años, de la libertad de navegación, de la liquidación de las Comandancias de Armas en los Estados, de implantar para siempre un régimen de respeto.

     Mientras tanto su partido le hace propaganda en 42 periódicos; 195 tenía el gobierno para Andrade.

     Su campaña electoral, iniciada sin un solo centavo, pero con una gran dosis de patriotismo, ha sido un éxito. No se habla de otra cosa como no sea de hacerlo presidente a través del voto democrático. A su regreso toda Caracas se vuelca hacia Caño Amarillo a tributarle admiración al prestigioso candidato. Lo llevan entre Bandas de Música a la placita de la Misericordia, donde será el mitin decisivo. Hasta Crespo asiste de incógnito para poder desmentir más tarde a sus Ministros que le dicen para adularlo que allí han ido apenas cuatro gatos. “Es mentira –replícales– porque yo también asistí”. Así lo consigna en una crónica nuestro historiador Ramón J. Velásquez.

“El Mocho” Hernández (Caracas, 1844 - Nueva York, 1921) fue un caudillo, militar y político de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

“El Mocho” Hernández (Caracas, 1844 – Nueva York, 1921) fue un caudillo, militar y político de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

La burla elecctoral

     Llega el ansiado día de las elecciones. Desde la madrugada la placita de Candelaria está colmada de campesinos armados de ruana y machetes. ¿Por quién votarán? Se rumoraba que hasta allí los habían traído “mecateados” y mal entrenados por los jefes civiles en ocasiones habían gritado: “Viva el mocho Andrade”, en vez de: “Viva el general Andrade”. 

     La sorpresa no se hizo esperar. Andrade sacó inesperadamente 406.610 votos; “El Mocho” Hernández solo 2.203. La vena humorística popular comentaba que Andrade se quedó con las mesas, Rojas Paúl con las misas, Tosta García con las con las mozas, Arismendi Brito (candidato independiente) con las musas y “El Mocho” Hernández con las masas. El presidente del partido Nacionalista, visiblemente descontento, ordena en una circular a cada localidad que envíen los documentos de lo sucedido el día de las elecciones. Por su parte, Hernández protesta en un Manifiesto ante la Corte Federal, y aún más se atreve a ir hasta Santa Inés a enrostrarle a Crespo el fraude electoral. 

     Gran cantidad de nacionalistas fueron presos por conspiración. “El Mocho” tiene que esconderse en casa de una familia Sosa, contigua a su morada, desde donde saltara por el corral para ir a la guerra. Eso cuenta su sobrino, nuestro entrevistado, Antonio Hernández, mientras Don Vicente Lecuna, apasionado Mochista, lo sitúa disfrazado con anteojos oscuros y sombrero de copa, pasando entre los despreocupados guardianes que no logran conocerlo, por el zaguán de su casa de la Misericordia.

     Pero de una manera u otra, salvado siempre por los nacionalistas, “El Mocho” Hernández será esta vez polizón del tren de Caño Amarillo, después de haber sido su héroe. Oculto entre un cajón de piano, desde donde puede divisar a su enemigo Crespo, paseándose tranquilamente por Santa Inés, saldrá “El Mocho” para Carabobo, ayudado por sus innumerables amigos que lo animan a ir a la guerra a luchar por una administración más limpia, más honesta.

 

El grito de Queipa

     Queipa era una hacienda pequeña situada en Carabobo, perteneciente al decidido “mochista”, Don Evaristo Lima. Desde el 2 de marzo de 1898, cuando “El Mocho” organiza allí su Cuartel General, tendrá un sitio en la historia de Venezuela. Lanzo por entonces su célebre Manifiesto contra Crespo, llamado popularmente el “grito de Queipa”, donde le increpa la burla de las elecciones: “El general Crespo”, con felonía sin igual en los anales cómicos de nuestras libertades públicas, después de signar cien veces el juramento no pedido de amparar el derecho de los pueblos, de acatar su voluntad soberana, consumó bajo las sombras de la noche del 31 de agosto, el más trascendental de los crímenes políticos. No es pues un presidente Constitucional el señor general Ignacio Andrade.

     Luego de dirige a la juventud y a sus inolvidables soldados de Guayana para que tomen el pabellón nacional y lo “claven en la cima del Capitolio”.

     La sorpresa en Caracas fue grande cuando se supo que Hernández estaba en Carabobo. Con 45 hombres se declara alzado, entre quienes se cuentan Don Evaristo Lima y sus cuatro hijos. A los pocos días ya suman 200. Venezuela entera es un hervidero de “mochistas” diseminados en diversos lugares. A diez leguas del sur de Tinaco se ha alzado el prestigioso jefe llanero general Luis Loreto Lima con 200 jinetes; en el Oriente el general Zoilo Vidal, “Caribe Vidal”, quien lo secunda. Sucesivamente se alzan Pedro Conde en Bejuma, Eustaquio Rodríguez en Sedeño; Antonio Quintero en Cerro Azul; Manuel Vicente Dorta, en Montalbán; Francisco Lucena, en Nirgua; Bernabé Mora, en Tucuragua; el general Leopoldo Ortega, Jesús María Guerra y muchos otros. Ya Hernández tiene por su parte 500 voluntarios. Van armados de viejos fusiles cubanos, parte del pertrecho está fabricado en casas de familia, pero la consigna es quitar las armas al enemigo en el primer encuentro.

 

Muerte de Crespo

     Desde Caracas, Andrade ha enviado al general Joaquín Crespo a combatir a “El Mocho”. Viene con cuatro batallones a cargo de Wideman, Donato Rivero, Martín Muguerza y Miguel Hernández. Sumaban 2.500 hombres.

     Hacia Tinaquillo es el camino, abriendo brecha por la sierra de Tiramuto. Serán escaramuzas que van surgiendo al paso de los hatos, donde las tropas, vengan de donde vinieren, obtienen alimento y descanso. Las de Crespo están mejor amunicionadas, pero las de Hernández son más listas. Tienen la experiencia del peligro buscado.

     Varias son las batallas que se libran antes de llegar al Hato del Carmelero: la de Tinaquillo y Pañalito. En ambas, los soldados del Mucho se aprovisionan de buenos fusiles y cápsulas. Pero las campañas se hacen por deducciones. Las tropas de Crespo, que van en persecución de Hernández, pueden desviarse en un momento dado para mitigar su sed a orillas del río Tinaco y espías diseminados a lo largo de las serranías, se avisan mutuamente la táctica enemiga.

     En el hato del Carmelero el primero que escoge sitio para esperar al enemigo es “El Mocho” Hernández. Samuel Acosta a la derecha, a su izquierda Sedeño. Loreto Lima avanza con su caballería a la diestra de Hernández. Pronto se ve venir a Crespo con sus batallones y corre a avisarles a los demás, a sus compañeros de batalla, que ya han mudado de sitio, y han decidido agruparse a la sombra de la trinchera profunda de la mata del Carmelero.

     Decide Crespo avanzar con sus tres batallones, cada uno en tres líneas de tiradores. Fuego cruzado recibían de los nacionalistas, adiestrados por Loreto Lima. Después de una hora de continuo combate se hace un silencio temible. Crespo anda nervioso, mirando inquieto la profundidad del bosque y sobre todo aquella Mata, donde posiblemente se abrigan sus invisibles enemigos. De pronto concibe una idea audaz, que en táctica guerrera es como un suicidio: cruzar solo el misterio de la Mata para desbandar a los contrarios. Deja su mula de campaña para cambiarla por su caballo blanco, el de las grandes ocasiones. Y cuando ya se dispone a acometer su hazaña, una bala nacionalista le atraviesa la clavícula y lo hace caer al suelo.

     Los soldados de “El Mocho” no se dan inmediatamente cuenta de lo que ha pasado, solo observan que los de Crespo se baten en retirada. Hasta creen que se trata de una emboscada, cuando por el camino que han abandonado iban recogiendo fusiles y cápsulas del enemigo. Pero a medida que avanzaban se decía que había muerto un jefe de los Batallones del Gobierno, sin saberse quién era.

     Más tarde se supo que era Crespo y que Andrade había enviado para reemplazarlo a su ministro de guerra Antonio Fernández y al general Ramón Guerra con 4.000 hombres. (Guerra había sido uno de los hombres que le había prometido ayuda meses antes a “El Mocho”).

     “El Mocho” Hernández es hecho preso y enviado a La Rotunda

“El Mocho” fue un eterno alzado.

“El Mocho” fue un eterno alzado.

Reveses de la política

     Desde su calabozo, “El Mocho” seguía con interés la marcha de la política. Ahora es Cipriano Castro marchando con los “sesenta” hacia Caracas. También como él en sus campañas va ganándose adictos a su paso, sólo que el Cabito va de regreso a tomarse la presidencia. A “El Mocho” le llegan noticias maravillosas como de que se le han unido gran número de nacionalistas: Luis Loreto Lima, Salvador Gordil, Jorge Samuel Acosta. Y hasta su celda de prisionero llegan felicitaciones por haber pactado Castro con los nacionalistas con quienes seguramente compartirá si es gobierno.

     Pero pronto la política falaz y acomodaticia muestra sus reveses. Después de la batalla de Tocuyito, Castro cambia de táctica. Ha conferenciado con Manuel Antonio Matos, representante de los “amarillos”, quien le ha hecho ver como un peligro el entregarse a los brazos de los “mochistas”.

     Y cuando la gente de “El Mocho” observa la traición, no siguen con él. Loreto Lima decide quedarse en su hacienda y Gordil en Turmero. El único que decide continuar la marcha es el general Samuel Acosta, para hacer cumplir a Castro su promesa de libertad a “El Mocho”.

     Castro entra a Caracas el día 2 de octubre de 1899 con 3.500 liberales amarillos. A su llegada quiere ganarse la simpatía y manda a decir pomposamente a los presos, en especial a “El Mocho”: “tened un poco de paciencia que yo mismo os pondré en libertad”.

El eterno alzado

     De nuevo su humilde casita de la Misericordia será el escenario a donde concurren sus amigos y admiradores cuando sale de la prisión. Viejos nacionalistas y caudillos que han ido a la guerra por el triunfo de la justicia y que ahora aspiran a ver a su héroe encumbrado en el gobierno.

     A los pocos días, Castro nombra su gabinete: Juan Francisco Castillo, en Interiores; José Ignacio Pulido, en Guerra; Andueza Palacio, en Exteriores; Víctor Rodríguez, en Obras Públicas; Manuel Clemente Urbaneja, en Instrucción; Tello, en Hacienda y “El Mocho” Hernández, en Fomento.

     El partido no está contento. Se dividen en bandos: unos para decirle que no acepte esa miseria de ministerio, el más insignificante galardón de aquellos tiempos que ha podido dársele. Otros para que lo acepte, a fin de que Castro no tome fuerza. Pero “El Mocho” ya tiene trazado su camino. Otra vez la guerra. Lo importante era no dejar dormir a Castro tranquilo, significar el descontento en alguna forma. Cuando el presidente se encuentra en el Teatro Municipal, presenciando una función en su honor, recibe la noticia del alzamiento de su ministro de Fomento, en compañía de su “jefe del día” Samuel Acosta.

     Pero nadie vendrá a hacer preso al presidente en su palco ni, circundado por bayonetas, le impulsarán a la fuga. El que se va es el alzado, hacia la libertad, por el camino de El Valle, hacia los llanos, buscando el rumbo de los eternos rebeldes como el general Loreto Lima. Siempre lo seguirá un grupo de idealistas que sueñan con la justicia.

     Seis meses después caerá prisionero de las fuerzas del general Dávila.

     Cuando el bloqueo, en 1902, Castro lo pone de nuevo en libertad. Lo invita a deponer las armas en beneficio de la patria. Y “El Mocho” dará órdenes a sus tropas de que se retiren porque “no era natural en momentos de conflictos internacionales”.

     El presidente Castro lo envía a una misión en New York. Allí hace valiosas amistadas y sostiene con Castro una interesante correspondencia donde le dice: “Ojalá llegue pronto el día en que los magistrados de la República, convenciéndose de que son simples comisarios del pueblo, oigan la voz de los hombres honrados y dignos patriotas, manifestada en la opinión pública, y acatando la augusta majestad de la ley, encarrilen la nave política de la administración pública por bonancible vía”.

 

Honestidad a prueba

     En 1908, cuando Juan Vicente Gómez llama a colaborar a viejos caudillos, uno de ellos es “El Mocho”. Entra a formar parte del Consejo de Gobierno con los generales José Ignacio Pulido, Gregorio Segundo Riera. Nicolás Rolando, Juan Pablo Peñaloza. Son los hombres que aparente mente aconsejan al presidente, por el sueldo inédito de Bs. 600.

     Pero ya Gómez piensa ganar adictos y voluntades con dinero. Empieza por repartir entre su Consejo acciones de la Compañía Cigarrera de Castro, que está muy lejos para protestar. “El Mocho” se indigna, rechaza la oferta. ¿Cómo se atreven a semejante desacato con él, que ha luchado toda su vida por implantar la honestidad?

     Vigilado por los espías gomecistas, tiene que salir a escondidas del país.

 

Exilio y muerte

     Doce años pasa en el destierro. Su hijo, Nicolás Hernández, alto comerciante en Puerto Rico, lo sostendrá todo ese tiempo. Será el fiel testigo de sus recuerdos de la patria lejana, soñando siempre con “invasiones” para implantar en su país la democracia. La que soñó a través de su limpia campaña electoral de 1897.

     Su sobrino –alto empleado de la Petroquímica– lo visitó en diversas ocasiones, aclarándonos algunos hechos. Nos referimos a su último alzamiento, cuando pudiendo hacer preso a Castro, prefirió huir.

     El general Hernández, interrogado sobre el particular, le respondió que lo había hecho por “no ensangrentar a su amada Caracas, su tierra nativa”, en aquellos días terribles y convulsos con una muerte en cada esquina, que hicieron exclamar a Castro: “Ni cobro andinos, ni pago caraqueños”.

     “El Mocho” Hernández murió en New York el 25 de agosto 1921. En sus bolsillos no se encontró ni un dólar. Su hermano Antonio tuvo que enviar desde Venezuela el dinero para su entierro. El cementerio de Woodland recibió en su seno a uno de nuestros luchadores más puros. Han pasa do treinta y nueve años y aún los venezolanos, tenidos por demócratas, no se han acordado de hacer repatriar sus restos”.

* Nativa de Puerto Cabello, estado Carabobo (1910-1994), Ana Mercedes Pérez fue una acuciosa periodista, diplomática y poeta, conocida también por su seudónimo Claribel. Su poesía estuvo caracterizada por ser muy femenina

FUENTES CONSULTADAS

Elite. Caracas, 27 de febrero de 1960

    Emparan auspició el 19 de abril

    Emparan auspició el 19 de abril

    Por Luis Beltrán Reyes

    Destitución de Vicente Emparan. Cuadro del artista Juan Lovera.

    Destitución de Vicente Emparan. Cuadro del artista Juan Lovera.

         “Parece que todo cuanto sucedió para preparar los sucesos ocurridos el 19 de abril de 1810 en la convulsionada Caracas de aquella época, había sido de acuerdo y en el más riguroso secreto con las principales autoridades españolas que en principio lo creyeron oportuno para los propios intereses de la Corona. Las noticias venidas de España, daban la impresión de que los acontecimientos acaecidos allá, andaban de mal en peor. Los ejércitos de Napoleón Bonaparte, amenazaban a cada instante con destruir el último aliento de aquella monarquía que Carlos IV había jurado como segura y la más respetable del mundo. Así que, para los criollos independentistas, nada de extraño tenía cuanto en la península sucedía. Lo interesante para ellos era formar un Gobierno desligado de todo cuanto tuviera que ver con el Rey y sus disposiciones en tierras de América, pero al mismo tiempo que aparentara como único conservador de los derechos del reino. 

         La carta que había escrito Francisco de Miranda y leído a puertas cerradas en sus reuniones, había despejado lo que la España invadida trataba de ocultar en sus colonias de ultramar.

         “España –decía Miranda en su carta– no tiene Rey. Está dividida en dos bandos. Uno está en favor de Francia y el otro se ha decidido por Inglaterra. Se está tramando la guerra civil. Las colonias ya están maduras para el Gobierno propio. Envíenme agentes y juntos decidiremos el porvenir del continente. Les advierto que no hay que precipitarse. Una pequeña imprudencia puede dar por tierra con esta oportunidad que nos brinda Dios. La falta de unión será la muerte de nuestros planes”.

         Con todo, algunos criollos que formaban el grupo llamado de “los altos secretos”, tenían la seguridad de que nada fallaría llegado el momento de romper para siempre con la “España opresora”, entre éstos estaba José Félix Ribas, temible y ardiente por sus conceptos acerca de la libertad. Para él, cualquier circunstancia en aquellos momentos podía ser favorable cuando se contaba con la propia y decidida aprobación del Gobernador Emparan que ya estaba al corriente de lo que se sucedía en las casas de Tovar, Martín, Méndez y Quintero.

         Pero, claro está –como veremos más adelante– con el verdadero propósito de que existiera un verdadero entendimiento entre nativos y peninsulares. Es de saberse –en contra de lo ya conocido– que Emparan, a pesar de querer imponer a toda costa y muchas veces sin ton ni son sus ideas, era hombre ara plegarse a cualquier momento que pusiera en peligro su vida y sus bienes. Conocido en toda Venezuela por sus audaces imposiciones, por creerse él la “única ley y la única voluntad” que debía prevalecer en Caracas, era sin embargo apreciado por muchos nobles criollos que le admiraban en sus modales que siempre trataba de “lucir en sociedad”, y por algunas razones con que trataba de justificar muchas de sus arrogancias frente a los problemas políticos y sociales que le planteaban sus adversarios. Y no ha de causar extrañeza esta simpatía entre estos criollos de abolengo y respetada fortuna. Y para que veamos claro el origen de este sentir por el Gobernador de Venezuela, trasladémonos a la casa de Valentín de Ribas y Herrera, donde una hermosa tarde avileña había asistido Emparan en compañía de su teniente Anca y de quienes tantos consejos recibían.

    La destitución del gobernador y capitán general, Vicente Emparan, dio inicio al movimiento revolucionario del 19 de abril de 1810

    La destitución del gobernador y capitán general, Vicente Emparan, dio inicio al movimiento revolucionario del 19 de abril de 1810

    Vicente Emparan se asoma por uno de los balcones de la Casa Amarilla y pregunta a la multitud, al tiempo que el sacerdote José Cortés de Madariaga hacia señas negativas con la mano, “Si le querían por gobernador”, y esta respondió: “No, no lo queremos”. A lo que Emparan dijo «Si no me queréis, pues yo tampoco quiero mando”.

    Vicente Emparan se asoma por uno de los balcones de la Casa Amarilla y pregunta a la multitud, al tiempo que el sacerdote José Cortés de Madariaga hacia señas negativas con la mano, “Si le querían por gobernador”, y esta respondió: “No, no lo queremos”. A lo que Emparan dijo «Si no me queréis, pues yo tampoco quiero mando”.

         En efecto, fue allí donde lució Emparan sus mejores galas de orador, de hombre comprensible y humano. ¿Quién dijo entonces ante el selecto grupo de amigos que le habían invitado en la casa de Ribas y Herrera? Oigámosle: “No sabría decirles –exclama con emoción– cuánto sufre mi corazón al ver que las necesidades más urgentes de esta noble y acogedora ciudad caraqueña, no se solucionan como es debido para satisfacción mía y orgullo de nuestro Rey” . . . Pero ha de saberse que toda esta noble y digna sociedad merece otro destino. Por lo tanto, ha de menester una revolución que aniquile los intereses contrarios a su bienestar y felicidad, y que ponga al alcance de todos los buenos oficios que nuestro señor el Rey ha dispensado y manda que así se haga en todas las provincias que unidas a su reino le dan gloria. . . Pero, de ahora en adelante, yo me entregaré en persona a las decisiones más justas que ustedes tengan a bien tomar y exponer ante los representantes del pueblo. No podemos continuar en nuestro mando, siendo indiferentes ante los males que nos aquejan o nos llevan a la ruina total de nuestros actos morales y materiales. La España mía y de todos cuantos han ofrecido ferviente fidelidad a su Señor, el más ungido monarca de la tierra, está dispuesta a ser una sola familia donde no existan parias o desafortunados que arrastren todas las injusticias del mundo. Y, para terminar, diré con el corazón en la mano: Estoy con vosotros en todo. . .”

         Como puede verse en todas estas palabras y después criticadas duramente por su propio consejero el teniente Anca, Emparan estaba de acuerdo con muchos de los proyectos velados que se le daban a conocer por intermedio de sus más allegados en el gobierno.

    Firma del Acta del 19 de abril de 1810, en los salones de Ayuntamiento de Caracas, entonces ubicado en la hoy Casa Amarilla. Cuadro del artista Juan Lovera.

    Firma del Acta del 19 de abril de 1810, en los salones de Ayuntamiento de Caracas, entonces ubicado en la hoy Casa Amarilla. Cuadro del artista Juan Lovera.

         Los sucesos del 19 de abril de 1810 están ligados a ese pensar tan claramente expresado por Emparan. Cuando un “indiscreto” que había logrado colarse en aquella pequeña asamblea revolucionaria y explosiva, logró que estas palabras llegaran hasta el pueblo, muchos se imaginaron que todo cuanto Emparan había dicho en esa ocasión, era un mandato del rey destronado y prisionero de los franceses. Hasta eso llegó a comentarse cuando las noticias corrían de España a América. ¡Fernando VII, el ungido Dios en manos de los franceses! España sometida y humillada por las armas francesas! ¡Ahora el rey en desgracia quería y mandaba que todos sus colonos en las Indias se unificaran para hacer frente al invasor! ¡Sí, eso era y no había otras razones!

        Por otra parte, los revolucionarios en las colonias americanas pensaban y decían otras cosas distintas al pueblo que en todo parecía someterse a la voluntad de sus opresores. Las mismas palabras de Emparan en la casa de Ribas y Herrera, fueron medidas y juzgadas en todo sentido a fin de descubrir cualquier propósito no ajustado a las decisiones de los altos jefes que encabezaban la más noble de las causas independentistas en el Nuevo Mundo.

         Aún más, no contentos con el “buen decir” del gobernador Emparan, dos de estos revolucionarios lo abordaron una noche en su casa. Fueron estos Nicolás Anzola e Isidoro López Méndez, quienes le hicieron volver a confirmar cuanto había dicho en aquella memorable invitación en la casa antes dicha.

         Emparan entonces no titubeó como se creyó que iba a hacer tan pronto se le volviera a preguntar sobre el verdadero contenido de sus palabras. Por el contrario, afirmó rotundamente y con más énfasis, que él en su función de gobernador y capitán general de Venezuela, estaba dispuesto a “cambiar las cosas de su puesto” pues ya era hora, y el tiempo se hacía estrecho para llevar a cabo dicho propósito. Y que, por otra parte, él se hacía solidario de lo que pudiera pasar o suceder con los medios que se pusieran en práctica para el logro de tan altas y santas finalidades. . .”

         Tal aquí, pues, la contribución intelectual del famoso gobernador Emparan, que en una clara mañana de abril y ante el pueblo todo de Caracas, confirmó sus secretas intenciones al renunciar a su mando y dejar el campo libre para que la revolución emancipadora corriera por todos los caminos de América”.

    FUENTE CONSULTADA

    Élite. Caracas, 23 de abril de 1966

    Casas, plazas y víveres en la Caracas de 1820

    Casas, plazas y víveres en la Caracas de 1820

    Las casas caraqueñas no poseían azoteas o terrazas; sus techos eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas".

    Las casas caraqueñas no poseían azoteas o terrazas; sus techos eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas».

         El periodista estadounidense, William Duane, autor de unos relatos sobre su visita a Colombia, La Guaira y Caracas, entre 1822 y 1823, fue insistente en comparar las edificaciones caraqueñas y las de las ciudades de Colombia que visitó, ante las construidas por los asiáticos.

         Le pareció extraño que, contando con materiales, no edificaran las residencias con una azotea o terraza. Lugar éste que serviría para “solazarse en las veladas o para reunirse con amigos incluso hasta altas horas de la noche, las azoteas proporcionan una exquisita delicia”. Señaló que sólo había visto una casa con azotea, aunque no al estilo de las vistas por él en Bengala.

         Describió que los techos de las casas en Caracas y de otros lugares por él visitados, eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas”. De igual modo, los techos se construían en forma de ángulo y requerían de pesadas y gruesas vigas para sostenerlos. Argumentó que los españoles habían traído consigo los estilos de arquitectura morisca. Y, en consecuencia, reprodujeron estas formas durante la colonización y el establecimiento de las ciudades fundadas por ellos.

         Decía Duane que, mientras otras naciones habían avanzado en el desarrollo de las artes, entre ellas, la arquitectura, la política española tenía “vedada las artes por temor a que el conocimiento de los adelantos de que se disponía en los países extranjeros pudiera poner en peligro la dominación hispana”.

         Exteriorizó en su escrito haber experimentado otra sorpresa, en lo referente a la construcción de las viviendas, “en este país sigue prevaleciendo el prejuicio, a pesar de tener ante sus ojos los ejemplos del terremoto de 1812, de que una tierra que llaman pegadiza debe preferirse a la madera o a la piedra”. Según constató los que sostenían esta creencia ofrecían como excusa que, en caso de un movimiento telúrico, tal como el experimentado aquel año, si las casas estuvieran edificadas con piedra al derrumbarse los tapiaría o enterraría al ocurrir otro terremoto. “Aunque parezca sorprendente, resulta que los efectos tenidos de las casas de piedra, fueron producidos justamente por las construidas con `pita´, nombre que dan a semejante material”, es decir, tapias.

         A partir de las ruinas, que aún estaban presentes en la ciudad, ofreció el ejemplo de tierra “desmoronada” y que las personas habían confiado en los materiales utilizados para construir sus casas. En este sentido, reseñó el caso del campanario de la catedral que estaba sobre una base hecha de piedras que equivalían a un tercio de su altura. “Las dos terceras partes eran de pita y se derrumbaron mientras la de piedra se sostiene intacta”. Escribió que se había dirigido a observar una casa de tres pisos, única en la ciudad, y que había estado habitada por “algún enemigo prófugo de la revolución”. Precisó que había sido construida con piedra antes del movimiento sísmico y que soportó sus embates en 1812.

         Con asombro indicó que ejemplos como este no hubiesen concitado ningún cambio de actitud entre los integrantes de la comarca. Luego describió cómo era el proceso de construcción con tapias o pita. En su delineación puso en evidencia la forma bastante tosca de la manipulación de los materiales a base de tierra, así de cómo se desaprovechaban espacios útiles para la edificación.

    De las plazas que visitó Duane, la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora.

    De las plazas que visitó Duane, la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora.

         En otro de los capítulos, de su extenso y detallado relato de viaje, dedicó algunas líneas a detallar lo que había observado en los alrededores de la ciudad de Caracas. De las plazas que visitó la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora. Por el lado este de ella estaba ubicada la calle Carabobo cuya separación era una reja de hierro.

         En el lado opuesto se encontraba la Catedral. Al lado norte se hallaba otra calle a la que se accedía por unas escalinatas, en las que, en días festivos, se orlaba con imágenes alegóricas, se recitaban odas y se ejecutaba música coral. Del lado oeste identificó construcciones de dos plantas, que estaban ocupadas por una cárcel, “cuya fachada hacia la plaza no presenta aspecto repulsivo”.

         Había tiendas de sombreros y un poco más allá de la calle Carabobo estaba la universidad.

         Calculó que el espacio ocupado por la Plaza Mayor equivalía al de una manzana, “debe tener alrededor de trescientos pies, o algo más, por cada lado”. El piso no era de tierra y estaba pavimentada en toda su extensión. “Es el asiento del mercado público, donde se venden toda clase de comestibles, y cuya abundancia y variedad, menos en carnes, resultaría difícil superar en cualquier otro país”. Expuso ante sus potenciales lectores que entre lo que se ofertaba se podían encontrar frutas, verduras, raíces comestibles similares a las que existían en los mercados de su país. Aunque había algunas desconocidas para Duane. Entre ellas, mencionó la arracacha, la yuca y el apio. Del pan que se hacía en Caracas y otros lugares de la República de Colombia, el casabe, se preparaba a partir de convertir en harina la yuca. Comparó ésta con una zanahoria, “pero más sustanciosa al quedar aderezada”.

         En cuanto al apio escribió que tenía un tamaño similar al de una remolacha y que en esta comarca lo había en abundancia. De inmediato, recurrió a las comparaciones de lo que había observado y consumido en esta comarca y lo experimentado, en este mismo orden de cosas, con la papa. “En ninguna parte de este territorio pude ver que la papa común fuese de igual calidad o tamaño que en Europa o en la India, o en nuestros propios mercados”. La razón de esta situación, indicó, era por las deficiencias en el proceso practicado, en estos lares, para su cultivo, “a tal punto que presencié el caso de una persona muy ilustrada, y de buen criterio en todos los demás aspectos, que ordenaba a su peón seleccionar las más pequeñas para semilla”.

         Escribió que intentó persuadir a esta persona que la forma de escoger las raíces para nuevos cultivos no era la apropiada. Pero fue infructuoso el intento. Por otro lado, anotó que legumbres las había en abundancia y de clases distintas a las de Estados Unidos. Algunas de ellas eran frijoles, arvejas, ajonjolí y gran variedad de maíz. Las frutas fueron ponderadas por Duane y anotadas como exquisitez. Es el caso de las naranjas, las describió como “jugosas y de rico sabor”, la piña “de zumo y gusto exquisitos”, diversas clases de cambur, así como el banano gigante o plátano, que representa para las masas de Sur América lo que la patata para el campesino irlandés”.

         Del plátano argumentó que era un fruto que se podía reproducir en “todas partes” y que era muy nutritivo. Aunque agregó que, incluso estando maduro, era insípido en su condición natural, es decir, sin haber pasado por proceso de cocción alguna. La forma de consumirlo era luego de ser hervido o tostado (asado) y que su sabor y textura eran agradables. En cuanto a su cultivo sumó que sus árboles eran colocados en hileras y no de manera separada unos de otros, algunos plátanos podían pesar hasta dos libras. Tuvo palabras laudatorias para el melocotón y el membrillo, “de calidad excelente”, los que también podían conseguirse en el mercado, al igual que las manzanas, las uvas y el níspero.

    La plaza de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. Grabado de Cornelio Aagaard.

    La plaza de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. Grabado de Cornelio Aagaard.

         Trajo a colación otros víveres provenientes de una tierra rica en producción como las cebollas y los ajos. Además, expuso el caso de flores de agradable fragancia y hermosas formas, así como las aromáticas canelas y la pimienta, arroz, “de excelente calidad”, harina de maíz, trigo y cebada. En lo referente a las hortalizas, “los mercados caraqueños las ofrecen en tanta abundancia como se desee, y son iguales en calidad a las que se venden en Filadelfia, y a menor precio, tales como perejil, lechugas, espinacas”.

         Anotó que el mercado funcionaba algunos días a tempranas horas de la mañana, pero los artículos de primera necesidad se conseguían todos los días. “Las operaciones del mercado terminan antes del mediodía, y luego se procede por lo general a barrer la plaza, a menos que algún acontecimiento público lo impida”. Entre otro de los usos que se daba a la Plaza Mayor era para la realización de desfiles y la congregación de las milicias.

         De igual manera, anotó que en ella se llevaban a cabo festividades públicas y funciones musicales de índole festiva, “con elegantes bandas de música y composiciones poéticas escritas para tales ocasiones; seguidas por toros coleados y fuegos artificiales”. Dejó escrito que, sin habérselo propuesto, presenció “lo que aquí denominan toros coleados, pero que yo llamaría tormento taurino”. Más adelante escribió que no se había sentido incómodo al presenciar este acto, puesto que no había ocurrido ningún accidente. Una de las consideraciones que delineó fue la de haber visto la intrepidez y la destreza de quienes se aventuraban a hacer frente, mientras los jinetes van a caballo, mostrando una gran confianza en sí mismos a un enfurecido animal. “En estos torneos el campesino entra en competencia con el caballero de la ciudad, para mostrar su habilidad de jinetes, que les permite derribar prácticamente a la fiera enardecida”.

         En la descripción que hizo de la Plaza Mayor enfatizó que ella era escenario de usos diversos, aunque también “cumple otras funciones de mayor seriedad”. De seguida rememoró que sobre el terreno donde había sido situada se dieron cita valerosos hombres que luchaban por su libertad. Antes habían sucumbido “tantos virtuosos varones, condenados a muerte, víctimas de la suspicaz tiranía de España, y a menudo de las crueles pasiones de los gobernantes locales; hombres cuyas virtudes inspiraban terror, y que, a causa de la veneración de que eran objeto por parte de sus vecinos, parientes y connacionales, aparecían naturalmente como culpables ante los recelos de un régimen despótico”.

         Sin embargo, en el mismo lugar se ejecutaba a los malhechores. Contó que, aun estando en Caracas, tuvo la oportunidad de enterarse de los actos de partidas de salteadores, comandados por una “bandolero de apellido Cisneros”. Según sus anotaciones e información recabada se escondía por los lados de los valles del Tuy. En ocasiones incursionaba en Caracas para cometer “depredaciones, asesinatos y robos” y quien además tenía comunicación epistolar con el general español Francisco Tomás Morales.

         Enumeró “otros sitios al descubierto”, aunque se denominaban plazas, según Duane, estaban muy alejados de tal apelativo. La de la Candelaria dijo que lo más vistoso eran las ruinas de la Catedral. La de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. La de San Jacinto, ubicada en los terrenos del monasterio de los dominicos, era de agradable aspecto. La de la Trinidad no pasaba de ser un “simple paraje”. La de San Lázaro estaba en los suburbios, pero contaba con un atractivo templo. En La Pastora sólo existían vestigios “de lo que debió ser en otro tiempo” y la de San Juan no tenía aspecto de plaza alguna.

    Esto no debe olvidarse

    Esto no debe olvidarse

    Los métodos de tortura que aplicó Pedro Estrada durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez

    Por Juan Vené*

    Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

    Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

         “Martín Rangel y Luis Antonio Malavé Zerpa, por casualidad coterráneos de Tucupita, son dos de los cuatro estudiantes que el diez de octubre de 1949 fueron apresados y enviados a las Colonias Móviles de El Dorado; junto con diecinueve hombres más acusados de conspirar contra el Gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Los otros dos fueron Carlos Guerrero y J. J. Parra.

         Y es que, desde finales de 1948, hasta el veintitrés de enero de este año de la liberación, Rangel y Malavé Zerpa estuvieron paseando de cárcel en cárcel, en el exilio o escondidos.

         La historia de estos dos valientes de la oposición es contada por ellos señalando siempre que “no tiene importancia” e insistiendo en que solamente hemos puesto un “puntito de cuanto hizo Venezuela por bajar de sus sitios” al presidente de Michelena, al ministro del Interior con delirio de grandeza y al taciturno Pedro Estrada.

         Recuerdan ellos ahora cuando estuvieron montados sobre el ring de Seguridad Nacional por cinco días con sus noches, sin comer ni beber y sienten escalofrío aún al relatar el tiempo que permanecieron acostados en panelas de hielo y amarrados en un solo grupo de nudos en mecate, con manos y pies unidos.

    Cuatro años sin ver sol

         Para Martín Rangel, quien a los veinte años ya estudiaba segundo año de medicina en la Universidad Central, la lucha contra el gobierno de Pérez Jiménez fue preparada indirectamente por los cuatro mil hombres que se movían como autómatas bajo las órdenes de Pedro Estrada. Desde enero de 1949, cuando abandonó sus estudios al ser apresado por primera vez en Dabajuro, Estado Falcón, Rangel observó cómo los llamados “detectives” de Seguridad Nacional llevaron a las cárceles de todo el país a millares de víctimas que no trabajaban absolutamente en actividades de conspiración.

         –La última vez que me secuestraron –relata Martín– fue en julio de 1954. Dos hombres armados de pistolas empujaron sus armas contra mis costillares en la esquina del Cují y me golpearon para llevarme a la Seguridad Nacional, que aún estaba en El Paraíso. Después de torturarme en todas formas me enviaron a la cárcel del Obispo. Allí estuve hasta el veintitrés de enero en la madrugada, cuando la manifestación de miles de personas nos sacó de entre las rejas.

         Entonces Martín Rangel recuerda su trabajo de observación dentro de la cárcel. El mismo proceso de estudios y de conversaciones que había seguido en Guasina, en Sacupana, en todas las cárceles a donde fue conducido.

         –En el Obispo –observa el estudiante– conocí algo más de tres mil presos de los llamados “políticos”. Era la gente que la Brigada de Miguel Sanz enviaba a la sección “A” de ese penal. Habitualmente había unos cien o más hombres allí, muchos de los cuales eran expulsados, enviados a Guasina, a la cárcel Modelo, a la cárcel de Ciudad Bolívar o puestos en libertad. Yo llegué a ser muy pronto el más veterano del penal, por tiempo en prisión.
    Solamente unas doscientas trabajaban en realidad contra el régimen.

    Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

    Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

         Martín Rangel, aun conservando su barba negra, mantenida durante los cuarenta y tantos meses de aislamiento, acarició los cabellos de su cara y entonces sentenció a la Seguridad Nacional:

         –Pero el resto de dos mil ochocientos se convertía en enemigos del Gobierno al reunirse con los otros presos y comentar las injusticias, las arbitrariedades y las torturas del servicio de Pedro Estrada. Quienes teníamos convicciones, escuela y experiencia política señalábamos cada punto importante de la situación. Los libros que subrepticiamente y por la absoluta ignorancia de los policías podíamos penetrar en las celdas, eran una llama viva de ambiente revolucionario. A la larga, como fueron pocas las personas no lesionadas por la dureza y las injusticias, todo Venezuela conocía a fondo la inminente necesidad de despertar. El nuevo año trajo la resurrección de la bravura nacional.

         No cabe duda que las mismas observaciones de Martín Rangel, en cuanto a su vida de presidiario, la haría cualquier otro secuestrado de Seguridad Nacional. El preso inexperto, llevado a los calabozos porque vio o dijo algo, o, simplemente porque era “sospechoso”, se convertía fácil y rápidamente en un combativo venezolano, al lado de los torturados, los perseguidos y en general de todas las víctimas físicas o morales de la dictadura. 

         –Me he sorprendido –indicó Rangel– al salir del Obispo y descubrir dentro de la gente que trabajó abiertamente contra el Gobierno pasado en sus últimos meses, a muchos hombres que no eran políticos, que pudieron permanecer separados de la maquinaria  antiperezjimenista, pero que algunos meses o algunas semanas al calor de otros reclusos de Guasina, Bolívar, el mismo Obispo, o cualquier otro penal de Pedro Estrada, bastaron para instruirle sobre lo que son sus derechos y sobre lo que estaba ocurriendo entre las salas de torturas de la Seguridad Nacional en todo el país.

    Del ring y el hielo a manos de un médico

         La Escuela de Maestros del Miguel Antonio Caro recibió la primera visita de los hombres de Seguridad Nacional el quince de diciembre de 1948 y ese día debutó como preso político el estudiante normalista Luis Antonio Malavé Zerpa, quien entonces apenas contaba diecinueve años de edad. Desde aquellos días, dentro del edificio de la Avenida Sucre, hoy convertido en el Liceo Militar Gran Mariscal de Ayacucho, el movimiento contra lo que se perfilaba como una dictadura definitiva, estaba planteado y definido. Y Malavé Zerpa, con una consistencia que iba haciéndose más potente con cada prisión, trabajó al lado de los suyos, como voz principal entre el alumnado.

         Por eso cuando el veinticinco de agosto de 1949 caía preso por tercera vez, estaba decidido en Seguridad Nacional que iría a las Colonias Móviles de El Dorado. Pero como a los 100 días la protesta general hizo sacar del penal de Bolívar a los cuatro estudiantes, pronto estaba viajando hacia Costa Rica como exilado político.

    Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

    Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

         A su regreso al país con visa autorizada, el siete de diciembre de 1950, fue esperado en La Guaira y detenido a bordo del barco, por el célebre “mocho” Delgado y otros seis hombres de Seguridad Nacional. Relata entonces Malavé Zerpa el juego de los hombres de Pedro Estrada, dándole libertad por algunos días y prisión por semanas, en la desesperación por descubrir sus actividades.

         –El 25 de noviembre de 1951 –recuerda Malavé Zerpa– me torturaron, Esa noche fui apresado en Blandín, donde me había escondido. Al llegar a Seguridad Nacional recibí tal golpiza que casi perdí el conocimiento. Me preguntaban si conocía dónde estaban escondidas las bombas que preparábamos los maestros y alumnos de la Miguel Antonio Caro. En la madrugada me acostaron boca arriba sorbe panelas de hielo, con las manos esposadas a la espalda y completamente desnudo.

         Los torturadores estaban interesados en que el estudiante les informara el paradero del poeta José Rafael Muñoz.

    –Nunca lo revelé y ¡claro que lo conocía! . . . sí era el director de nuestro movimiento. “Cuatro horas permanecí sobre el hielo. Ya a la hora uno no siente mayor sufrimiento, porque el cuerpo se duerme. Lo malo estuvo en que me llevaron entonces al ring. Me hicieron montar a golpes y estaba sangrando mucho. Sobre el ring es, al contrario, uno soporta hasta dos horas, pero entonces el dolor en la planta de los pies es intenso y se doblan las rodillas. No valía la pena caer, porque ellos “revivían” entonces a uno a planazos.

         Malavé Zerpa estuvo sobre el ring dos días y dos noches y lo enviaron a la Cárcel Modelo, para ser visto por un médico, quien dijo que no tenía “nada grave”. El diez de enero de 1952 fue conducido nuevamente al salón de torturas y montado sobre el ring.

    –Todavía no me explico –expresa el estudiante– cómo soporté cinco días y cinco noches allí con los pies hinchados y el cuerpo destrozado. Pero hay otros que estuvieron hasta diez días. Es terrible porque no eran solamente los golpes, los planazos y el dolor en los pies, sino la falta de comida y agua. Recuerdo que el quince de enero, estando aún sobre el ring, vomité sangre y creo que ellos r2emieron que me muriera allí. Me llevaron a Blandín, donde me habían apresado y quedé en libertad. Pero otra vez caí preso a los tres días.

         Luis Antonio Malavé Zerpa es veterano de Guasina también, a donde más tarde, de allí pasó a Sacupana y, por último, a Ciudad Bolívar, de donde salí el día de la liberación.

    Tortura con bolsa de plástico.

    Tortura con bolsa de plástico.

    El cuerpo destrozado y el alma fortificada

         Martín Rangel, quien hace nueve años era un saludable muchacho, ahora apenas a los veintinueve años siente que la vista se le acaba y una úlcera, todo producto de las prisiones, atormenta su existencia. Malavé Zerpa teme sufrir de los pulmones, perdió sus dientes en una de las agresiones y sufre de crisis nerviosas. Pero los dos, aun cuando físicamente se sienten destrozados, enarbolan, como tantos otros que fueron víctimas del perezjimenismo y del tren de persecución de Pedro Estrada, el pabellón indomable de la lucha continua que ahora caminará sobre las normas que estos nueve años ayudaron a establecer dentro del pueblo.

    Rangel y Malavé Zerpa contaron sus historias a grandes rasgos sin minuciosidades, pero con la sustancia de la vida corriendo delante del chaleco protector de acero de Pedro Estrada. Insistieron en que solamente son un par de casos de los miles que hubo en el país. Y pidieron exponer que no fueron de los más torturados, puesto que no les falta ningún miembro, ni quedaron inútiles, ni perdieron la vida”.

    * Nacido en Caracas, en 1929, Juan Vené, cuyo nombre verdadero es José Rafael Machado Yánez, ha trabajado en todas las fuentes del periodismo y en todos los medios posibles, además de escribir y publicar más de 20 libros. Desde de 1960 se dedicó especialmente al beisbol de Grandes Ligas

    FUENTES CONSULTADAS

    Élite. Caracas, 1° de febrero de 1958

      El carnaval del obispo

      El carnaval del obispo

      Por Arístides Rojas*

      En la época del Obispo Antonio Diez Madroñero, 1757 a 1769, Caracas no tenía jardines ni paseos ni alumbrado ni médicos, ni boticas ni modistas, ni cosas que se le pareciera, ni carretas ni coches, sino magnates y siervos.

      En la época del Obispo Antonio Diez Madroñero, 1757 a 1769, Caracas no tenía jardines ni paseos ni alumbrado ni médicos, ni boticas ni modistas, ni cosas que se le pareciera, ni carretas ni coches, sino magnates y siervos.

           “Cuando fueron anunciadas con mucha anticipación las fiestas del Centenario de Bolívar, en 1883, una de las disposiciones del gobierno fue que todos los edificios de Caracas debían tener, para el 24 de julio, las fachadas pintadas; es decir, que la capital tenía que exhibirse en el día indicado, vestida de gala, destruyendo por completo los andrajos que llevaba a cuestas, desde tiempo inmemorial, y las numerosas arrugas ocasionadas por los años. De dicha llenos y de entusiasmo se felicitaron los farmacéuticos y pintores, al enterarse de tal disposición, pues se les presentaba a los unos, la ocasión de salir de los vetustos barriles de pinturas que tenían almacenados, y a los otros la de hacerse de algunas monedas por embadurnar paredes, puertas y ventanas, al gusto de los moradores de Caracas.

           Al amanecer del 23 de julio, víspera del 24, fecha del nacimiento de El Libertador, Caracas apareció vestida de limpio y ataviada, desafiando al más pintiparado de los numerosos visitantes que llenaban los hoteles, casas de pensionistas, rancherías, ventorrillos, y se presentaban igualmente empaquetados a la moda, obedeciendo a los impulsos del entusiasmo. 

           Por la primera vez y quizá sea la única, en el espacio de trescientos diez y seis años, la ciudad de Losada ostentaba las gracias de su juventud, como Venus surgiendo de las espumas del mar: por la primera vez y única, en la historia de Caracas, esta contemplaba al sol cara a cara, y sonreía y coqueteaba con sus pobladores, al verse limpia, elegante y hasta poética, pues ella se decía:

      Ayer maravilla fui,
      Hoy sombra de mí no soy.

           Desde esta, fecha, Caracas perdió para siempre uno de los distintivos de su pasada historia; dejó de narrarnos a lo vivo, lo que era el carnaval antiguo, desde épocas remotas, cuando la barbarie estableció que había diversión en molestar al prójimo, vejarlo, mojarlo, empaparlo y dejarlo entumecido. Y hasta las paredes de los edificios participaban de este baño de agua limpia o sucia, pura o colorida, pues el entusiasmo no llegaba al colmo sino después de haber ensuciado, bañado y apaleado al prójimo, dando por resultado algunos contusos y heridos, y degradados todos.

           A proporción que se deslizaban los años, las manchas de todos colores que dejaba cada carnaval en las paredes de los edificios de la ciudad se multiplicaban, lo que daba a Caracas cierta fisonomía repelente. Dos cosas llamaron la atención de un viajero que visitó la capital, hará como cincuenta años; la yerba y arbustos desarrollándose en los techos, calles más públicas, y aun en los barrotes de hierro de las ventanas y campanas de los templos, y las numerosas manchas, de todos colores, que sobresalían sobre las paredes del caserío. Lo primero le pareció como prueba evidente de la fuerza vegetal, del ningún tráfico de la población y de la ausencia completa de policía urbana: lo segundo, después de conocer la causa, como muestra de una sociedad bárbara que desconocía por completo la cultura de las diversiones públicas.

           ¡Cosa, singular! En la historia de nuestro progreso, el carnaval moderno es una de nuestras bellas conquistas, porque acerca las familias, da ensanche al comercio, perfecciona el gusto, despierta el entusiasmo, aproxima los corazones y trae el amor, alma del matrimonio. El carnaval antiguo era puramente acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero, infamante: el carnaval moderno es riente, artístico, espontaneo, honrado y republicano. Aquel fue siempre amenazante, invasor, terrible. Caracas tenía que cerrar puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas, y la familia que esconderse para evitar el ser víctima de la turba invasora. Las tres noches del carnaval de antaño, eran noches lúgubres; la ciudad parecía campo desolado. El carnaval de hoy aspira el aire y el perfume de las flores en presencia de la mujer pura y generosa, siempre resplandeciente, porque posee las dotes del corazón y los ideales del espíritu. Por esto Caracas abre puertas y ventanas, y comparsas de máscaras en coche o a pie, recorren las calles y visitan las familias. La noche no es fúnebre, como en pasados tiempos, sino alegre, bulliciosa, poblada de luces y de armonías. El amor, antiguamente escondido, temeroso, sufrido, es hoy libre, expansivo; espléndido a la luz del día, confidente al llegar la noche.

      Para las fiestas del Centenario de nacimiento de Simón de Bolívar, en 1883, una de las disposiciones del gobierno fue que todos los edificios de Caracas debían tener, para el 24 de julio, las fachadas pintadas.

      Para las fiestas del Centenario de nacimiento de Simón de Bolívar, en 1883, una de las disposiciones del gobierno fue que todos los edificios de Caracas debían tener, para el 24 de julio, las fachadas pintadas.

           Dejo de figurar el agua, y con ella aquel famoso instrumento del Médico a Palos de Moliere, del mango prolongado y punta roma, que tanto llamaba la atención en remotas
      épocas. ¿Qué mortal se atrevería a llevarlo hoy en sus manos? El antiguo carnaval era una ciudad sitiada; el moderno es una ciudad abierta. Si el primero dejaba por todas partes los despojos del huracán, calles sucias, manchas en las paredes, contusos y heridos; el moderno deposita al pie de cada ventana, como homenaje a la mujer virtuosa, ramilletes de flores naturales y artificiales, grajeas, y quizá el billete perfumado de algún galán imberbe. El carnaval de antaño era económico; el moderno es fastuoso. ¿Y qué importa que el crédito tome creces y se aumente en los libros del Comercio la partida de pérdidas y ganancias, si los corazones se unen y la humanidad se multiplica?

           No tienen los dos carnavales de común, sino la mala intención: la de lanzarse cada prójimo cuanto proyectil pueda haber a las manos, con toda fuerza de que es capaz el cuerpo humano. Así son los campos de batalla: el que sale con gloria, no es el muerto, sino el que sobrevive, con un ojo de menos, con dañada intención de más.

             Entre los dos carnavales de que acabamos de hablar, está el carnaval religioso creado en los días en que se amarraban los perros con longanizas. En la época del Obispo Antonio Diez Madroñero, 1757 a 1769, Caracas no tenía jardines ni paseos ni alumbrado ni médicos, ni boticas ni modistas, ni cosas que se le pareciera, ni carretas ni coches, sino magnates y siervos. Distinguíase el carnaval de aquellos días no solo en el uso del agua, en el baño fortuito, intempestivo, que se efectuaba en ciertas familias del poblado, cuando el zagalejo entraba de repente en el patio, cogía con astucia a la zagaleja, y ambos se zambullían en la pila como estaban, sino en algo todavía más expresivo, como eran los jueguitos de manos entre ambos sexos, los bailecitos, entre los cuales figuraban el fandango, la zapa, la mochilera y compañía.

           En el estudio que hizo el prelado, de la sociedad caraqueña, no dio importancia al uso de los proyectiles de azúcar o de harina, con los cuales cada jugador quería sacarle los ojos a su contrario; tampoco se ocupó en si se mojaban con betún o con agua, o si se embadurnaban con harina o pinturas. Lo que llamó toda la atención del prelado fueron los baños de los zagalejos en las casas de ciertos moradores de Santiago de León, y los retozos y bailecitos populares, los tocamientos y morisquetas de los sexos, los juegos de la “gallina ciega”, la “perica”, el “escondite” y el “pica-pico”. Que se lancen balas, si quieren, decía el Obispo; pero que no se acerquen, pues no conviene tanta incongruencia. ¿Qué hacer? Concibió entonces el proyecto de sustituir el juego del carnaval con el rezo del rosario.

           Invitó a reunión general los magnates de la ciudad, hacendados, comerciantes, industriales, curas de las parroquias, etc., etc., y les dijo: “Voy a acabar con esta barbarie, que se llama aquí carnaval; voy a traer al buen camino a estas mis ovejas descarriadas, que viven en medio del pecado: voy a tornarlas a la vida del cristiano por medio de oraciones que les hagan dignas del Rey nuestro señor y de Dios, dispensador de todo bienestar”. Y después de explanar su pensamiento y de obtener la venia de la numerosa asamblea, lanzó a la luz pública cierto edicto con el cual enterró a la zapa y demás bailes populares. En seguida quiso hacer su ensayo respecto del carnaval, y como vio que le había producido admirable resultado, lanzó a la faz de todos los pueblos del Obispado el siguiente edicto, con el cual acabó, durante los diez años de su apostolado, con el carnaval de antaño: Nos, Don Diego Antonio Diez Madroñero, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Caracas y Venezuela, del Consejo de su Majestad.

      Entre los muchos y singulares efectos que como favor especialísimo celebramos haber causado en los piadosos ánimos de sus devotos súbditos, la Madre Santísima de la Eterna Luz, Divina Pastora de esta ciudad y Obispado, son muy notables y maravillosos (si maravilla es, que a los dulces silbos y armoniosas voces de María hasta los efectos, obedientes se sujetan a la razón y la razón a Dios) cuantos admiramos, particularmente en las carnestolendas del año próximo pasado, las semanas precedentes a ellas, y en el siguiente santo tiempo de Cuaresma, en que convidados por la Santa Iglesia a penitencia, a una devota tristeza y al ejercicio de las virtudes, cuando el mundo ostentando escenas de sus teatros como lícita, las más vivas y artificiosas expresiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas y lazos de ambos sexos, contactos de manos y acciones descompuestas e inhonestas y cuando honestas indiferentes, siempre  peligrosas, llamaba a los deleites corporales aquellos nuestros súbditos, fieles siervos de Nuestra Señora, combatiendo y despreciando constantemente hasta los atractivos halagüeños de semejantes diversiones profanas, admitieron gustosos aquel convite espiritual, prefiriendo entre sí mismos con santa emulación por participar de las delicias celestiales preparadas en los sagrados banquetes y espectáculos representados, ya en las iglesias, donde estuvo expuesta su Majestad Sacramentada, ya en las procesiones de Semana Santa, ya en los rosarios convocatorios, ya en los demás ejercicios piadosos repetidos en los días de Cuaresma, habiendo asistido todos dando recíprocos ejemplos con su más fervorosa devoción y compostura, sin excepción de los niños y párvulos que abstenidos de las travesuras pueriles de que el enemigo común solía valerse para perturbar y retraer de las iglesias a los devotos, no fueron los que menos edificaron, advertidos, sin duda, de sus párrocos, maestros prudentes y devotos, padres de familia de cuido, celo y eficacia en el cumplimiento de sus muchas y gravísimas obligaciones, pende muy principalmente la universal santificación de este pueblo y Obispado, a que esperamos nos ayuden unos y otros cooperando en cuanto les sea respectivo, perseverantes en la soberana protección necesaria, y en los medios y ejercicios, santos practicados el año precedente que haremos notorio, se les facilitaron repitiéndolos, y que nuevamente les invitamos, satisfechos en la constancia de sus santas resoluciones y buenos propósitos, con que desterrados perpetuamente el carnaval, los abusos, juguetes feroces y diversiones opuestas a nuestro fin, se radiquen más y más las virtudes y buenas costumbres, aumenten en los piadosos estilos e introduzcan firmemente como loable el de continuar la custodia de esta ciudad para que, fortalecida con el número inexpugnable de la devoción de María, Señora Nuestra, y quitado embarazo el domingo, lunes y martes de carnestolendas, permanezca defendida y concurran los fieles habitadores de María, sin estorbo a adorar a su Divina Majestad Sacramentada, en las iglesias, donde se expondrá a la veneración de todos, convocados por sus Santos Rosarios que salgan de las respectivas, donde se hallan situados a las cuatro según ordenamos a todas las cofradías, congregaciones o hermandades y personas a cuyo cargo están; dispongan y saquen en las tres tardes en el inmediato carnaval dirigiendo cada cual el suyo por las cuadras que circundan las iglesias de su establecimiento, sin juntarse con otro, volviendo y concluyendo en la misma forma con la plática mensual en que, confiamos del fervor y facilidad de los predicadores, tocarán algún asunto conducente a desviar a los fieles de las obras de la carne y a traerlos a la del espíritu con que templen la ira de Dios irritada por las culpas de las carnestolendas y Semana Santa. En testimonio de lo cual damos las presentes, firmadas, sellas y refrendadas en forma en nuestro «Palacio Episcopal de Caracas, en catorce de febrero de mil setecientos cincuenta y nueve. DIEGO ANTONIO, Obispo de Caracas. Por mandato de su Señoría Ilma. mi Señor. Don José de Mejorada. Secretario. Letras congratulatorias, invitatorios y exhortatorias por las que ordena su Señoría Ilma. la repetición de rosarios en los tres días del carnaval confiando no se manifestarán menos devotos en este año, sus muy amados y piadosos súbditos, que lo ejecutaron en el pasado, hasta los niños”. (I)

      El carnaval antiguo era puramente acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero, infamante: el carnaval moderno es riente, artístico, espontaneo, honrado y republicano.

      El carnaval antiguo era puramente acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero, infamante: el carnaval moderno es riente, artístico, espontaneo, honrado y republicano.

           Así se celebró el carnaval en Caracas, durante el pontificado del Obispo Diez Madroñero. Las procesiones, llevando a la cabeza un cura de almas, recorrían las calles del poblado, sin tropiezos, sin desorden, y con la sumisión y mansedumbre de ovejas fieles. De manera que, en aquella época, se rezaba el rosario todos los días, por las familias de Caracas; en procesión cada dos o tres noches, e igualmente, durante los tres días de carnaval.

           ¿Era todo esto efecto de una alucinación epidémica, o debía considerarse a la sociedad caraqueña como un pueblo de ilotas? Sea lo que fuere, en dos y más ocasiones, el Ayuntamiento de Caracas, durante este Obispado, escribió al monarca español diciéndole:

      “No tenemos paseos ni teatros ni filarmonías ni distracciones de ningún género; pero sí sabemos rezar el rosario y festejar a María, y nos gozamos al ver a nuestras familias y esclavitudes, llenas de alegría, entonar himnos y canciones a la Reina de los Ángeles”. (2)

           Así pasaban los años, cuando el Obispo murió en Valencia en 1769. A poco comienza la reacción, y la sociedad de Caracas, a semejanza de los muchachos de escuela en ausencia del maestro, da expansión al espíritu y movimiento al cuerpo. El rezo del rosario, en la época del carnaval fue desapareciendo, hasta que volvieron los habitantes de la ciudad Mariana al carnaval de antaño. Tornaron los bailes populares y los jueguitos de manos, y el zambullimiento de los zagalejos enamorados en las fuentes cristalinas. Resucitó el famoso instrumento de Moliere, llenáronse las calles de embadurnadores, recibieron las paredes del poblado innumerables proyectiles, salieron finalmente, de las jaulas, los pajarillos esclavos, y se comieron los perros las apetitosas longanizas. La reacción es siempre igual a la acción”.

      (1) Con este Edicto comenzó el Obispo Diez Madroñero las reformas que llevó a cabo en la sociedad caraqueña. Al posponer en el orden cronológico este cuadro a los que preceden, se comprenderá que ha sido para dejar coronada de modo más interesante la relación histórica de aquel pontificado

      (2) Actas diversas de los Ayuntamientos de esta época

      * Historiador, naturalista, periodista y médico caraqueño (1826-1894), autor de innumerables y valiosos trabajos de carácter histórico. Sus restos reposan en el Panteón Nacional 

      FUENTE CONSULTADA

      Rojas, Arístides. Crónicas de Caracas. Caracas: Ministerio de Educación Nacional, 1946. Colección Biblioteca Popular N.º 16.

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