Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800

Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800

William Duane, periodista norteamericano, ferviente partidario de la libertad de América del Sur, que ayudó a los patriotas de Hispanoamérica.

William Duane, periodista norteamericano, ferviente partidario de la libertad de América del Sur, que ayudó a los patriotas de Hispanoamérica.

     El coronel William Duane (1760-1835), proveniente de los Estados Unidos de Norteamérica, redactó un libro titulado, en español, Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, de proporciones poco usuales dentro de la literatura de viajeros y que visitaron Venezuela durante la centuria del 1800. Libro dentro del cual hizo referencia a una serie de aspectos y situaciones de un país que recién había roto las cadenas del coloniaje ibérico. También visitó Bogotá para constatar con su propia mirada lo que se desarrollaba en la República de Colombia, creada el 17 de diciembre de 1919.

     William Duane fue un periodista, editor y militar estadounidense de gran influencia durante el período de la República temprana de los Estados Unidos. Duane fue editor del periódico Aurora, donde luchó con éxito contra las infames Leyes de Extranjería y Sedición que estuvieron vigentes entre 1798 y 1801. Thomas Jefferson citó a Duane como un factor importante en su ascenso a la presidencia en 1801.

     Como militar, Duane sirvió como coronel en el Ejército de los Estados Unidos y como oficial de la Milicia de Pensilvania. También se desempeñó como Adjunto General en la defensa de Filadelfia durante la Guerra de 1812. Además, fue autor de varios libros sobre tácticas militares para las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

     Es recordado como un gran defensor de Suramérica. El periódico Aurora de Duane defendió la lucha por la independencia de Suramérica y fue la principal fuente de información en los Estados Unidos sobre el conflicto, desde 1811 hasta 1822, entre españoles americanos y españoles europeos. Por tal circunstancia, Duane viajó a Colombia y Venezuela, donde fue recibido como un héroe.

     El mencionado libro resulta ser un escrito con descripciones muy equilibradas, con pocos juicios de valor, quizá por la simpatía que experimentaba con quienes hicieron posible la Independencia y estaban en búsqueda por sentar las bases republicanas. Es un libro particular por el despliegue de explicaciones que ofreció Duane y, en especial, por la gran cantidad de digresiones que desplegó en cada uno de los capítulos de su obra. A pesar de ser un simpatizante con los repúblicos suramericanos, tal como se hacía referencia, en este tiempo, a los espacios territoriales al sur de los Estados Unidos, no dejó de reconocer las dificultades existentes para la consolidación de formas de gobierno republicanas.

     De Duane no se puede decir que fue un escritor lleno de animadversiones y que se dejase llevar por estereotipos. Por el estilo de su narración se puede precisar el intento de un acercamiento a un punto medio, con el cual muestra el intento de expresar sus observaciones de manera mesurada, incluso las religiosas, siendo él un anglicano.

     Por otro lado, trató de ser equilibrado al momento cuando hizo referencia a los amerindios y el trato que ahora recibían en el período republicano. De ellos expresó que no se les trataba como esclavos con el pretexto de ofrecerles protección por medio de las encomiendas, tal como había sucedido en tiempos coloniales. Puso a la vista de sus potenciales lectores que ya no vivían confinados en pueblos de Misión o de Indios. Según sus palabras ya no estaban obligados a vivir sólo con sus “compatriotas”, “tan infortunados como él, para cultivar en común una parcela de terreno, y pagar a sus tiranos un canon anual, sólo porque sus antepasados habían sido sometidos a la esclavitud por invasores extranjeros, y porque tal servidumbre se transmitía de padres a hijos”.

A comienzos de la década de 1820, Duane visitó la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, donde había una plantación de café rodeada de flores. “Casona de la Hacienda de Blandín; óleo sobre tela. Miguel Cabré.

A comienzos de la década de 1820, Duane visitó la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, donde había una plantación de café rodeada de flores. “Casona de la Hacienda de Blandín; óleo sobre tela. Miguel Cabré.

     Ante esto escribió sentirse complacido porque era una manifestación de “regeneración racional” y, además, de haber experimentado una mayor complacencia y admiración, durante un ágape al que fue convidado, al observar un grupo de damas “… tan hermosas y elegantes, fui informado de que no todas las beldades de Caracas se encontraban presentes…” La persona que le servía de guía le dijo que muchas damas hermosas estaban ausentes porque pertenecían a familias que abrazaron la causa realista. Por tal situación no solían asistir a saraos como al que Duane había sido invitado.

     En la misma celebración contó haber visto a Lino de Clemente, acompañado de sus lindas esposa e hija y “… quienes habían salvado la vida milagrosamente huyendo hacia el destierro, y que ahora figuraban entre las familias más distinguidas del país…” Al observar escenas como esta contó haber experimentado gran regocijo, porque apreció una celebración en libertad, así como un encuentro alejado de la venganza sobre las mujeres tal como sucedió con ellas y las acciones de los realistas en su contra.

     De seguida reprodujo algunas palabras que un “venerable patriota” le había comunicado respecto al alejamiento de algunas familias frente a las celebraciones que los patriotas llevaban a cabo en la ciudad. Su interlocutor le comunicó que era muy cierto que estas damas, cuya filiación con familias realistas, se habían establecido como norma no asistir a estos encuentros organizados por los patriotas. Además, agregó que por “ser mujeres” sus progenitores las habían criado bajo principios diferentes y que no se les podía enjuiciar por esto y menos intentar cambiar esta actitud frente a la vida. También le había expresado que eran personas inocentes y que muchas de ellas merecían respeto y admiración.

     En este sentido, vale la pena traer a colación una reflexión que hizo el “venerable patriota”, quien se había interrogado que perjuicio había de provocar esta actitud de las mujeres a los hombres que habían abrazado la causa independentista. “… Mujeres no nos faltan que sean dignas esposas de nuestros hijos; y si no quieren casarse con republicanos, no les será fácil encontrar marido en esta tierra. No es posible que se mantengan solteras durante los próximos cincuenta años, y si al fin llegan a casarse, tendrán que hacerlo con hombres patriotas, y entonces sus hijos – a quienes tanto habrán de amar – serán ciudadanos de Colombia y no de España…”

     Escribió que se había marchado de esta celebración a una hora bastante avanzada de la noche. De esta fiesta expuso que no recordaba haber asistido a un encuentro similar donde haya habido tanta profusión de obsequios. Menos haber estado en un encuentro donde la “… espontánea felicidad y regocijo como el que allí prevalecía” y del cual él formó parte.

     Por lo general, los viajeros que estuvieron en Venezuela destacaron, entre otros atributos de los caraqueños y venezolanos, el trato amable y cordial que éstos dispensaban a las personas que visitaban y pernoctaban en la ciudad. Destacó el caso de un estadounidense que residía en la capital de la república de nombre Franklin Litchfield y quien, además, había contraído nupcias con una dama de la ciudad. Destacó, asimismo, que la hospitalidad de esta pareja para con quienes provenían de los Estados Unidos de Norteamérica era excepcional.

     Más adelante hizo referencia a una excursión, organizada por damas y caballeros de Caracas, para realizar una visita a la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, ubicada al este de la ciudad y muy cerca de la falda sur de La Silla. En su descripción destacó que la casa estaba situada a más de mil seiscientos metros del camino que llevaba a la localidad de Petare. Vía que se extendía a lo largo del cauce por el cual corría un río que servía para regar la plantación de café que allí existía. Sus linderos estaban demarcados por árboles cargados de limas de gran vistosidad, “… a pesar de que las plantas no se veían muy bien cuidadas… El lugar dentro del cual se cultivaba el café estaba rodeado de flores.… La senda que nos condujo hasta ella pasaba por entre avenidas de cafetos, hermosos, lujuriantes y cargados de fruto…”

En los ágapes caraqueños de comienzos del siglo XIX, a los que asistió Duane, solo estaban las damas que abrazaron las causas republicanas. No así, las que pertenecían a familias partidarias de la monarquía española.

En los ágapes caraqueños de comienzos del siglo XIX, a los que asistió Duane, solo estaban las damas que abrazaron las causas republicanas. No así, las que pertenecían a familias partidarias de la monarquía española.

     En sus instalaciones pudo observar a mujeres jóvenes que eran las encargadas de recoger las bayas de color pardo que crecían en largos racimos, los cuales eran depositados en cestas que llevaban colgando en el brazo izquierdo. Ingresaron, él y sus acompañantes, por el lado este de la casa y en la que se topó con un hermoso arroyuelo del cual se desprendían sonidos placenteros para el oído. Había otros pequeños arroyos, uno de ellos que derivaba en una gran pila de forma circular elaborada con mampostería, “… construida a un nivel inferior en dos o tres pies a la superficie del suelo”.

     Contó que el señor Blandín les había recibido de manera muy cordial. Luego pasaron a un gran salón donde les ofrecieron y degustaron bebidas de frutas. Aprovechó la oportunidad para explorar un poco el lugar al cual calificó como un espacio espléndido y cuyas instalaciones eran perfectas. No perdió la oportunidad para la comparación con lugares por él conocidos en la India. Sin embargo, agregó que el dueño de la hacienda, para evitar los daños ocasionados por el terremoto de 1812, en casas elaboradas con paredes de tapia, prefirió edificar la residencia con bambú. Contaba con un techo que cubría toda la casa y que “… tenía varias habitaciones de muy buen aspecto dentro del verandah, como lo llamarían en el Indostán”.

     Al frente de la vivienda pudo apreciar la existencia de los molinos, pilones y lugares destinados para la limpieza del grano, los almacenes ocupaban un terreno extenso, de acuerdo con sus propias palabras. Puso a la vista de sus potenciales lectores que había un arroyo, cuya fuente provenía de La Silla y el cual funcionaba por medio de “… ingeniosos artificios para que impulsara una enorme rueda de molino, la cual realizaba las funciones que desempeña la mano de obra en otras plantaciones, como las diversas operaciones relacionadas con la limpieza y descerezo del grano…” También logró ver una herrería, una carpintería y otros talleres cuyo funcionamiento era en tiempos y períodos estacionales. Aunque muy necesarios cuando escaseaba la mano de obra calificada debido a las dimensiones y magnitud de este asentamiento cafetero y residencial.

     Expuso que el número de árboles ascendía a una cantidad aproximada de diez mil y cuyo producto promedio individual estaba estimado en un peso al año. Más adelante contó que al estar el suelo escardado, se dedicó a analizarlo de manera cuidadosa y detenida. Del mismo expresó que el humus era de composición y textura liviana, muy similar a la ceniza, mezclado con esquisto o pizarra pulverizada, en la que se advertían chispas de un brillo borroso, muy similares al cuarzo, pero no tan grandes ni relucientes. Llegó a la conclusión de que se trataba de un humus delgado y de poca consistencia.

     Refutó a quienes expresaron que el cafeto no se prestaba para ser cultivado cerca de los mares o costas, Depons uno de ellos. Sin embargo, expuso que en Maiquetía presenció el cultivo de cafetos que florecían con la misma belleza y profusión que en la hacienda del señor Blandín.
Aprovechó esta ocasión para expresar que el padre de éste había sido “… el primero en introducir el cultivo del café en 1784, había sido propietario de una plantación en las colonias francesas…”

Pisarello: Una tormenta de entusiasmo

Pisarello: Una tormenta de entusiasmo

El periodista deportivo argentino Luis Plácido Pisarello (1891-1970) fue el primero que narró una carrera de caballos en la TV venezolana.

El periodista deportivo argentino Luis Plácido Pisarello (1891-1970) fue el primero que narró una carrera de caballos en la TV venezolana.

     “Pisarello fue el primer simsombrerista que hubo en Caracas. Además, fue el primer ser humano que vi por estas calles andando con una rapidez casi de rayo, que hacía contraste con el lento andar de los habitantes de esta simpática urbe en la cual se sabe bien que toda prisa trae su despacio. Pero ahora no se notan tanto esos pasos de ráfaga de Pisarello por la sencilla razón de que ya son muchas las personas que andan rápidamente como él, por haber adquirido ese hábito, impuesto por las urgencias de la diaria faena.

     Pisarello es más conocido en Caracas que muchos venezolanos. Durante varios años su voz se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos. Fue uno de los primeros locutores de radio y TV. De uno al otro lado de la ciudad se escuchaban sus modismos argentinos que le brotan inconscientemente, pero le dan tal fuerza a la descripción, que, bajándole el volumen al receptor porque su voz es demasiado llena y vigorosa, miles de personas lo escuchaban con ansiedad. Ahora solamente hace sus charlas hípicas por la Radio Caracas, y los apasionados de las carreras lo sintonizan porque, como veterano cronista deportivo, tiene un puesto bien ganado por aciertos que todos le reconocen.

     Pero la actividad que más le apasiona es indudablemente el teatro, pero el teatro en su forma esencialmente productiva. Tiene magnífica nariz para husmear los buenos negocios teatrales, para enumerarme los cuales le han faltado los dedos y le ha sido preciso recorrer los de sus manos varias veces. Claudio Arrau, Freiedman Ignaz, Sanz de la Maza, Andrés Segovia, Arturo Rubinstein, Lydia de Rivera, los Fakires Blancos, Eusebia Cosme, los Perros Comediantes, Graciela Ramírez, Hugo del Carril, Carlos Gardel, los Niños Cantores de Viena, los Niños de la Cruz de Madera, el American Ballet, la Argentinita, el Cuarteto Aguilar, Nicanor Zabaleta, Jehudi Menuhin, Odnopossoff, Efren Zimbalist, Lio Chang, los Cosacos del Don, Elman Misha, Jasha Heifetz, Spaventa, Slerying Henryk, Grace Moore, Paulina Singerman, Cuarteto Lenner, Cuban Lecuona Boys, Leopoldo Otero, Los Bufos Cubanos, Josefina Diez, Manolo Collado, Fernando Soler, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, hermanos López Alpuente, y varias compañías de ópera, han sido espectáculos traídos al país por este empresario, que las más de las veces ha ganado dinero, sabedor como es, por experiencia ajena y propia, de que lo que perjudica a los hombres son “las malas compañías”.

–¿Qué es lo más extraordinario que te ha ocurrido? –le pregunté.

–Lo más extraordinario fue mi viaje a Europa por prescripción médica. El doctor Cervoni me aconsejó ir para expulsar unas piedras renales y por poco dejo el pellejo, porque en momentos en que me hallaba en San Sebastián sobrevino la guerra civil española y todos los días el “Cervera” y el “España” nos enviaban un desayuno y una merienda de plomo de quinientas libras.

–¿Y tú mayor satisfacción?

En 1925 llegó a Venezuela y dos años más tarde narró, a través de la primera estación radial que existió en el país, AYRE, las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron en Caracas.

En 1925 llegó a Venezuela y dos años más tarde narró, a través de la primera estación radial que existió en el país, AYRE, las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron en Caracas.

–He tenido muchas, pero como argentino, creo que la más notable es la de haber traído al país dos caballos pura sangre, hace diez años, en un viaje que hice después de una larga ausencia de mi patria. En esa época aquí no se estimaban los equinos de mi país, considerándolos unos completos chongos. Los dos caballos que traje tuvieron un éxito tal que ahora son argentinos la mayoría de los que corren en el hipódromo caraqueño.

–¿Y tú susto más grande?

–¿Mi susto más grande? Me ocurrió cuando traje los Niños Cantores de Viena, con los cuales hice una ceremonia ante la estatua de Bolívar, en colaboración con los Boy Scouts. Se reunió tanta gente que me dio miedo porque hacía pocos días habían ocurrido los sucesos del 14 de febrero [de 1936], en los cuales resultaron varios muertos por los tiros disparados sobre una multitud mucho menos numerosa desde los balcones de la Gobernación.

–¿Y algo cómico de la época de la niñez?

–Siendo Monseñor Mariano Antonio Espinoza, Cura párroco de Santa Lucía en Buenos Aires, en una repartición de premios me habían dado el papel de Cura en la representación teatral acostumbrada. La sotana me quedaba tan grande, que, al caminar, la pisé y dando un traspiés, por poco quedó tendido en el suelo, lo cual me dio tanta rabia que apelé, para desahogarme, a la sublime interjección de España y aflojé un perfectísimo vizcaíno ante quien, años más tarde, habría de ser arzobispo de Buenos Aires.

–¿Y tú debut en el periodismo?

–Ocurrió cuando yo tenía diez y seis años en “La Argentina”, el primer periódico de cinco centavos que hubo en Buenos Aires, y el cual estaba dedicado únicamente a deporte y sucesos, y era dirigido por los hermanos Mulhall, los mismos propietarios del diario inglés “The Standard”, que es el más antiguo periódico bonaerense en idioma extranjero. Recuerdo que me pagaron cinco pesos por mi primera crónica sobre fútbol. Poco tiempo después fui nombrado redactor permanente por $60 mensuales. Era la época del fútbol sabanero, en que además de cronista, se debería ser boxeador, porque los fanáticos no perdonaban lo que se publicaba sobre sus ídolos. Pero los mayores disgustos en mi vida periodística los tuve cuando me encargué de la crónica teatral, porque trabajando, como trabajaba, en periódicos jocosos, había que tomarles el pelo a las estrellas, y los maridos y mamás de las divas eran más temibles que los forwards y los hinchas.

–¿Y no tuviste oportunidad de ser cronista de boxeo?

–En esa época el boxeo era prohibido en la Argentina, como el duelo, de manera que había necesidad de presentarlo como espectáculo en una forma que, aunque parezca paradoja, era privada. Después esto cambió cuando fue nombrada la primera Comisión de Boxeo. Fundé entonces una revista que se llamaba “Punch”, como la célebre publicación londinense. A raíz de la pelea de Luis Ángel Firpo con Herminio Spalla, italiano y campeón europeo, fue tan mala la actuación de Firpo que, al reseñarle, le cambié el nombre Toro Salvaje de las Pampas con que lo habían bautizado en Estados Unidos, por el de Manso Ternero de las Praderas. A pesar de haber causado esto una gran tomadura de pelo del público para Firpo, ello no enfrió en nada nuestra amistad, pues me debía mucho en su carrera, ya que, desde sus primeros momentos, fui uno de sus más decididos animadores, cuando él aún lavaba frascos en una botica.

Durante varios años, la voz de Pisarello se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos.

Durante varios años, la voz de Pisarello se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos.

–¿Solamente hiciste periodismo deportivo?

–Qué va! Edmundo Calcaño, director de “Unión”, me llamó un día y me dijo: “O haces periodismo de verdad o te vas del diario”. Me obligó a escribir uno o dos reportajes cada día. A los tres meses ganaba $200 y de allí me sacó “La Razón” con $400 y poco tiempo después me contrató “Crítica” para encargarme de los Sucesos con $500 mensuales.

Estando en Crítica me tocó hacer la información del crimen más espeluznante, o sea el conocido con el nombre de Mateo Banks, individuo que mató a doce personas. También me tocó ir en el avión de Marcel Pallete con un fotógrafo para recoger los informes sobre el hundimiento de una lancha llena de gente efectuado por uno de los ferryboats que tropezó con ella en Campana. No había tres para llegar allí por lo cual “Crítica” contrató el avión.

–¿Cuál fue la información más sensacional que hiciste?

–La de un envenenamiento colectivo con pepinos en vinagre, en el cual murieron diez personas. Fue una cosa terrible. Morían en pleno conocimiento mental, ahogándose, y se produjo por el contacto del vinagre con un metal. Un periódico amarillo quiso darle tinte de crimen, pero me cupo la suerte de haber dado la información más verdadera.

–¿Y por qué dejaste el periodismo en la Argentina?

–Cosas del destino. Alberto Méndez me propuso venir como asesor literario con la compañía de operetas y revistas que estaba a punto de salir en jira para toda la América del Sur, y la cual actuaba a la sazón en el teatro Cervantes de Buenos Aires. En ese viaje me sucedieron cosas que jamás había soñado, como dormir en compañía de doce personas en una habitación, en La Dorada, y viajar en el río Magdalena durante un mes, por una tremenda sequía que nos mantuvo todo el tiempo varado en medio de una nube de mosquitos.

–¿Y cuándo llegaste a Venezuela?

–El 5 de julio de 1925. Aquí terminé mi compromiso con la compañía de revistas Méndez y comencé a publicar crónicas deportivas en “El Nuevo Diario”. También actué en la radio, en la antigua Estación AYRE, perifoneando las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron entonces en esta ciudad. Desde 1926 he venido escribiendo las crónicas hípicas de ÉLITE, colaborando también en “Mundial” y “La Esfera”.

     Plácido Pisarello y Julio Argain Mateluna, fueron los fundadores de la primera agencia de publicidad que hubo en Venezuela, y que se llamó Arpissa, cuya oficina estaba situada de Palma a Municipal, y se hizo famosa por sus poltronas y sofá color cereza, que eran una incitación al sueño. En 1933 comenzó la publicación del semanario hípico “El Látigo”. En el año de 1932 inició las transmisiones de las carreras de caballos desde el Hipódromo. Hizo las primeras entrevistas por radio que se efectuaron en Venezuela. A raíz de un descalabro financiero en materias teatrales, se ocupó como vendedor de cauchos Dunlop. Y ahora le ha dado por innovar el negocio de los caballos fundando uno, el “Sans Souci”, con el ánimo de facilitar a las familias un lugar de gran lujo donde pasar la noche, viendo muy buenos artistas.

     Pisarello nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1891, día de Santa Rosa de Lima, la patrona de las tormentas. El mismo ha sido una verdadera tormenta de entusiasmo en todas partes. Ahora, en sus nuevas actividades, es casi seguro que triunfará porque es más voluntarioso que un baturro. Se ha empeñado en taladrar con la cabeza un muro y lo logrará. No sé si va a romperse la mollera, pero para este Plácido de las Tormentas no hay Santa Lucía que valga.

     Me alegraré mucho con este nuevo triunfo de Pisarello. Pero si le queda la sotana larga y vuelve a tropezarse, le ruego que no vaya a pronunciar la consagrada palabritra de Vizcaya, ¡porque le van a oír hasta en la China!”.

FUENTE CONSULTADA

  • Elite. Caracas, 1 de julio de 1944
El onomástico del Libertador

El onomástico del Libertador

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

     La obra de William Duane (1760-1835), un periodista y editor estadounidense, titulada Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823 proporciona un registro histórico valioso de la época posterior a la Independencia en la República de Colombia o Gran Colombia, según la denominación historiográfica con la que se ha dado a conocer este intento de integración de Suramérica. Es preciso reconocer que su libro ofrece una visión detallada de la vida, la cultura y la política de la región durante un momento de edificación republicana.

     Además, tiene una destacada importancia por ser una visión de un extranjero quien, sin duda, por las ideas que desplegó en su escrito, sentía una gran admiración por los personajes que protagonizaron la Independencia frente a la monarquía española. En fin, Duane aportó una perspectiva única de los eventos y circunstancias de la época. Sus observaciones pueden ofrecer una visión imparcial y objetiva de los acontecimientos. Aunque una lectura atenta y cuidadosa permite constatar sus simpatías por los americanos y cierta aversión hacia lo ejecutado por los ibéricos españoles en estas porciones territoriales.

     Por tanto, es recomendable indicar que en las líneas por él trazadas se nota una defensa de la independencia. Así, que se pudiera concluir que Duane fue un ferviente defensor de la independencia de América del Sur. Sus escritos no sólo registraron los hechos históricos, sino que también muestran su apoyo a la causa de la independencia.

     Por tal motivo en la última sesión del primer Congreso General de Colombia, se le otorgó a Duane un reconocimiento en favor de su constante esfuerzo por brindar apoyo a la libertad del pueblo de la Gran Colombia. 

     Por lo tanto, la obra de Duane sobre la Gran Colombia es una fuente importante de información histórica y ofrece una perspectiva única sobre este período de la historia sudamericana. En especial, por ser un escritor con una excelente preparación intelectual. La edición en español, preparada por el Instituto Nacional de Hipódromos de Venezuela en 1963, consta de dos tomos que suman un poco más de setecientas páginas de descripciones y argumentos extensos, desplegados en dos volúmenes.

     Duane coincidió, durante su estadía en Caracas, con la celebración del 28 de octubre, día que se mantuvo, por un tiempo, como el del nacimiento de Simón Bolívar. Ello se debió a que el onomástico del Libertador coincidía con la festividad de San Simón en el santoral. El onomástico hace alusión al día en que se festeja algún santo. Durante muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria. Se creía que ese día no solo era el onomástico del Libertador, sino también el de su natalicio. Más tarde, una disposición legislativa rectificó ese error, trasladando la fecha nacional al 24 de julio, que es el verdadero aniversario del nacimiento del Libertador. Sin embargo, el sentimiento popular continuó festejando el 28 de octubre, ya que lo que importaba era su nombre, que en el santoral correspondía al 28 de octubre de cada año, día de San Simón.

     Según Alfonso Castro Escalante, historiador del estado Mérida, quien citó a Tulio Chissone quien había presentado una disertación en la Sociedad Bolivariana de Venezuela, el 28 de octubre de 1975, señaló que “por muchos años el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria. Creyó al principio que ese día no solo era el onomástico del Libertador, sino también el de su natalicio”.

El célebre historiador merideño, Tulio Chissone, señaló que, “por muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria.

El célebre historiador merideño, Tulio Chissone, señaló que, “por muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria.

     Aunque una disposición legislativa rectificó este error, trasladando la fecha nacional al 24 de julio, el sentimiento popular festejaba sin saberlo, y como por instinto, el 28 de octubre, porque era un acontecimiento todavía más grandioso y cuya gloria resonó en toda la América. De ahí que, el historiador merideño agregara: “Bolívar la encarnación del genio de la libertad en el seno de una mujer venezolana”. No importaba el día de su nacimiento, lo que importaba era su nombre, que en el santoral correspondía a la fecha ya indicada.

     De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio. Hoy se agregan aspectos que emanan de sus propias cartas, que demuestran como el Libertador aceptó, con agrado y gratitud, las manifestaciones que se le hacían el 28 de octubre: El 28 de octubre de 1817 fue celebrado en Angostura con un solemne tedeum. 

     El Libertador participó en los actos programados, y al efecto escribió al general. Carlos Soublette, jefe del Estado Mayor lo siguiente: “Incluyo a usted el programa para la fiesta a la que he determinado concurrir mañana en la Iglesia Catedral de esta ciudad. Comuníquelo usted a quien corresponde, especialmente al venerable cura y a quien prevendrá para la colocación de los asientos. Las salvas no tendrán lugar mañana. Lo demás se ejecutará en cuanto sea posible. Y en otra carta fechada el 28 del mismo mes y año, insinuaba al jefe del estado mayor, invitar a todos los generales, jefes y oficiales de los cuerpos, y a los jefes y oficiales sueltos que voluntariamente quieran concurrir, a su casa de habitación para acompañarlo a la iglesia al tedeum a que lo ha invitado el venerable párroco de la Iglesia Catedral “. Esta larga cita proviene de Vicente Lecuna en la edición de Cartas del Libertador y preparada por él.

     Aclarado el punto sobre el 28 de octubre como día del nacimiento de Simón Bolívar, tal como lo escribió Duane, paso a presentar una sinopsis de lo que observó sobre los preparativos para la celebración de este acontecimiento.

     Contó Duane que, por ser 28 de octubre, “el día natal del presidente”, desde tempranas horas del día se escuchaba el retumbar de la artillería desde diversos puntos de la ciudad. En momentos de vida normal, las calles de Caracas lucían muy apacibles y, de acuerdo con este cronista viajero, era muy raro ver las calles con aglomeración de personas, “pero en este día aparecían como un hormiguero cuyos habitantes se hubieran puesto en movimiento”.

     Para la ocasión los miembros de las fuerzas militares hicieron gala de sus mejores uniformes, “aunque dicha denominación no corresponde precisamente a la realidad, pues no se adaptan a ningún corte, patrón o color de uso general; sin embargo, a los ojos de un espectador forastero, formaban un espectáculo atractivo”. De los integrantes del desfile dijo que llevaban guerreras cortas de tonos azules, rojos o amarillos, así como que los pantalones eran también del mismo color o, simplemente, blancos. Muchos de los soldados exhibían estas combinaciones. Mientras los oficiales vestían con pantalones amarillos, blancos o de color carmesí. Llevaban sombrero, algunos, también gorras de cuero o paja, con penachos de pluma de diferentes matices.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

     Los oficiales de mayor rango vestían con intenciones de uniformidad. Al respecto subrayó, “Tantas variedades de colores no debían atribuirse por entero a capricho u ostentación; existía ciertamente un reglamento sobre el uso del uniforme, pero como ello solo no significaba que se estuviera en capacidad para importar una cantidad suficiente de tela de un solo color, ni para pagar los gastos de confección, las necesidades del momento autorizaban las innovaciones, embellecidas a su vez por el antojo o la vanidad”.

     Escribió que, a propósito del “festival”, todos los integrantes de la tropa, regulares y voluntarios, acudieron a la cita celebratoria con sus respectivos uniformes, aunque la diversidad no aparecía de manera tan irregular como la de los oficiales del servicio regular. De los “soldados de línea” expuso que portaban chaquetas de dril, pantalones a los “Osnaburg” (tela de textura rugosa y gruesa que era utilizada para elaborar la indumentaria de los esclavos). Añadió que la vestimenta se notaba limpia y en buen estado. De los oficiales, quienes montaban corceles de buena estampa, aunque a algunos les habían cortado la cola, mostraban sus mejores galas. Para esta ocasión se habían distribuido nuevos uniformes y calzado apropiado, incluso alpargatas. Sobre las armas anotó que a simple vista presentaban un aspecto óptimo, “pero algunas sólo resultaban apropiadas para un desfile de gala”.

     En su descripción destacó que todos los templos de la ciudad estaban abiertos. Por otro lado, entre los actos programados para la ocasión estaba “la celebración de un espléndido sarao”. Encuentro al que fue invitado y que aprovechó para mostrar a sus potenciales lectores algunas “costumbres y maneras del país”. 

     Bajo esta intención expresó que todo el día 28 había sido de festejos ininterrumpidos, con un clima templado, muy a favor para las festividades. Indicó que en las calles se veían llenas de “graciosas damiselas”, vestidas con trajes de “vivos colores”. Por un momento, las calles volvieron a su normal trajinar, puesto que las personas se alistaban para un baile programado dentro de la magna celebración.

     Indicó que esta última se llevó a cabo en una de las principales moradas de la ciudad. Lugar al que los invitados llegaron antes de las ocho de la noche. Para esta fiesta se presentaron dos orquestas que interpretaron la contradanza española. Baile caracterizado por la danza que, al principio, le pareció poco animado, sin embargo, con el desarrollo del mismo se le fue tornando atractivo por “ser tan excelente la danza como la música”. Expuso que quienes asistieron al baile lo hacían en parejas y que por ser el salón bastante espacioso tuvo la “oportunidad para admirar las bellezas caraqueñas”.

     Sumó a su observación que había constatado el buen trato de los oficiales para con sus respectivas parejas en el baile. Contrario a las informaciones que difundían los enemigos de la república de Colombia, escribió haber sentido complacencia al ver “la concordia y el espíritu liberal, el buen sentido y la corrección” en la manera de relacionarse las personas en esta oportunidad. Las cordiales relaciones entre éstas, así como las expresiones plagadas de alegría y espontaneidad, “que caracterizaron aquella fiesta”, eran la mejor refutación a los agoreros mensajes que se lanzaban contra los revolucionarios suramericanos.

     A esto agregó el ejemplo de las castas de color y su relación con la nueva elite política y económica. “Se había vaticinado que las gentes de color nunca llegarían a avenirse con quienes ostentaban blanca la tez. Pues bien, en esta ocasión pude ver a beldades tan rubias como Cintia, o tan rubicundas como Hebe, cuyo color blanco y rosa resplandecía, atravesando graciosamente entre los apiñados grupos de la danza, del brazo de ciudadanos cuya piel presentaba todos los matices”. Más adelante subrayó que, las mujeres quienes habían recibido “buena educación” no eran menos estimadas “por el hecho de que su cutis no era totalmente blanco”.

     El objeto de su juicio era lo escrito por el francés Francisco Depons (1751-1812), quien había residido en Venezuela entre 1801 y 1804, quien en su obra Viaje a la parte Oriental de Tierra Firme (1806) representaba las agoreras consideraciones a la que hizo referencia Duane. De los argumentos, desplegados por el francés, indicó que fueron erróneos, ya que “las discriminaciones no existían, sino las debidas a los méritos intelectuales y morales para conquistar el respeto personal o el desempeño de un cargo público”.

Coliseo de Caracas, primer teatro

Coliseo de Caracas, primer teatro

El alemán Alejandro Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland, conocieron el Coliseo de Caracas, antes de ser destruido por el terremoto de 1812, aseguraron que era un recinto “satisfactorio” para las artes.

El alemán Alejandro Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland, conocieron el Coliseo de Caracas, antes de ser destruido por el terremoto de 1812, aseguraron que era un recinto “satisfactorio” para las artes.

     La gran mayoría de los viajeros o visitantes que llegaron a Venezuela durante el siglo XIX adquirieron las referencias acerca del país a través de los escritos de Alejandro von Humboldt (1769-1859), un aristócrata alemán, quien inició un viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente en 1799. Su bitácora era precisa y prestablecida y sus cartas de viajero indicaban la ciudad de La Habana como destino y de allí a Veracruz, al Virreinato de la Nueva España.

     Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland (1773-1858), habían zarpado desde La Coruña a bordo de El Pizarro. Cerca de las costas de Venezuela, la muerte de un pasajero a bordo, víctima del vómito negro de la fiebre amarilla, no les permitió a los viajeros continuar su destino inicial hasta el puerto de La Habana y desembarcaron en la primogénita Cumaná para pisar el continente americano por vez primera.

     Llegaron a Cumaná el 16 de julio de 1799 y permanecieron allí hasta el 24 de noviembre de 1800, cuando zarparon hacia Cuba. Durante su estancia, recorrieron extensamente la región, efectuaron numerosas observaciones científicas y vivieron innumerables peripecias y aventuras.

     En lo referente a uno de las impresiones que Humboldt escribió de Caracas fue: «Creo que hay una marcada tendencia al estudio profundo de las ciencias en México y Santa Fe de Bogotá; mayor estudio de la literatura y tanto como una imaginación ardiente y activa puede disfrutar en Quito y Lima; más comprensión sobre las relaciones políticas de las naciones, visiones más amplias sobre el estado de las colonias y ciudades, en La Habana y Caracas».

     También destacó el ambiente europeo de Caracas. En las líneas trazadas por Humboldt se puede leer: «A pesar del aumento de la población negra, La Habana y Caracas parecen estar más cerca de Cádiz y los Estados Unidos que cualquier otra parte del Nuevo Mundo». Palabras usuales entre algunos visitantes de Venezuela durante el 1800: el aire europeo de Caracas, con su excepcional sentido metropolitano.

     Alexander von Humboldt hizo numerosos descubrimientos y observaciones durante su estancia en Venezuela. Entre los que se pueden destacar los efectos del cambio climático: Humboldt hizo la primera anotación conocida sobre los efectos de la acción humana en el clima, documentando las consecuencias de las prácticas agrícolas coloniales en el Lago de Valencia. También expuso una teoría de los equivalentes naturales, es decir, puso a la vista de sus lectores una teoría de los equivalentes naturales que se convertiría en la primera filosofía ambiental global, viendo el planeta como un todo.

     De igual manera, en Cumaná, Humboldt y Bonpland observaron un eclipse de sol, experimentaron un terremoto, se deslumbraron con una lluvia de estrellas y asombraron a los habitantes de la ciudad con sus instrumentos. Durante su estadía en Cumaná, Humboldt y Bonpland aprovecharon para dirigirse al pueblo de Caripe, ubicado en el estado Monagas. En su escrito expusieron la impresión que les causó la Cueva del Guácharo. Los llanos y la electricidad: Humboldt realizó observaciones importantes sobre los llanos y la electricidad. También exploró el río Orinoco.

El periodista estadounidense, William Duane, también visitó el Coliseo de Caracas, pero después de haber sido afectado por el terremoto de 1812. Para entonces, el establecimiento no poseía techo.

El periodista estadounidense, William Duane, también visitó el Coliseo de Caracas, pero después de haber sido afectado por el terremoto de 1812. Para entonces, el establecimiento no poseía techo.

     En lo referente a William Duane (1760-1835) resulta importante recordar que fue un periodista y editor estadounidense que visitó Venezuela y Colombia entre los años de 1822 y 1823. Durante su visita, elaboró un texto titulado Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, que fue impreso en Filadelfia en 1826.

     Duane había defendido con afán la causa suramericana desde las páginas del periódico Aurora. En su libro, Duane escribió que había venido a Venezuela con la tarea de encontrar solución a notas de crédito que se encontraban insolventes desde los tiempos de la guerra. Sin embargo, le dio mayor relieve al deseo que abrigaba, desde hacía unos treinta años, de conocer a quienes había acompañado espiritualmente en su lucha.

     En la última sesión del primer Congreso General de Colombia, celebrada el día 14 de octubre de 1821 en la Villa del Rosario de Cúcuta, se tomaron 6 acuerdos de reconocimiento en favor de 6 personalidades de otros países, como signo de agradecimiento de la República de Colombia (Gran Colombia, de acuerdo con los historiadores) ideada por Bolívar junto con otros próceres de la Independencia, entre ellos el de William Duane. Es importante mencionar que Duane también visitó Barquisimeto y apuntó en sus crónicas: “Las calles tendrían alrededor de veinte pies de anchura (5,40 metros), bien adoquinadas y aun cuando la fundación y edificación de la ciudad sólo databa desde la época del terremoto de 1812 ya presentaba, sin embargo, un aspecto de mayor antigüedad”.

     En el capítulo VI de su texto hizo referencia a la visita del teatro que Humboldt había descrito “satisfactoriamente”. Duane escribió que había decidido ir solo a la función teatral que en el recinto se ofrecía. Contó que canceló por la entrada un real. Decidió ocupar un asiento en la parte alta del teatro porque le informaron que el patio era “un sitio a la intemperie”. La localidad que ocupó fue un ala transversal, paralela al escenario y situada enfrente de éste. “Otros palcos en serie, que rebosaban de público, especialmente de damas, ocupaban ambos lados del paralelogramo, el piso bajo, es decir, el suelo puro y simple, servía de patio, y en cuanto a la techumbre, sólo se contaba con la serena, azul y estrellada bóveda celeste”.

     En su descripción puso de relieve que el proscenio o tablado medía unos veinticinco pies de ancho. El telón, cuya caída indicaba los diferentes actos, representaba una suerte de cuadro pastoral que, según Duane, era muy parecido a los que hacía un siglo utilizaban de manera corriente en las diferentes obras de ficción de los escritores sentimentales. A medida que se alzaba, para mostrar un nuevo acto, aparecían en perspectiva figuras, pintadas en cartón, que hacían alusión a elementos naturales, un campamento, la cámara de un palacio o un naufragio, “todo lo cual iba apareciendo en progresión dramática”.

     Por dificultades para entender la lengua nativa atinó a decir que sólo entendió fragmentos del diálogo y de la temática de la obra. Aunque, comentó que ésta mostraba un argumento, cuyos personajes del drama o las máscaras de la acción eran un Aquiles de faldellín o enaguas, acompañado de personajes como Patroclo, Héctor y otros griegos y troyanos. De igual manera, aparecían también Andrómaca y Briseida, por último, menciono un personaje que “siempre interviene en los dramas hispanos: un bufón”, quien era el encargado de convertir en serias las escenas hilarantes y en graciosas a las trágicas.

Plano del Coliseo de Caracas.

Plano del Coliseo de Caracas.

     En este sentido ofreció un ejemplo de una de las escenas que observó en la obra que, aunque no lo menciona, debe estar circunscrita a Aquiles, Héctor y Patroclo como personajes prominentes en la Ilíada, una antigua epopeya griega atribuida a Homero. En la Ilíada, Aquiles y Patroclo son camaradas cercanos en la guerra contra los troyanos. Patroclo, después de convencer a Aquiles, lidera al ejército de Mirmidón en la batalla llevando puesta la armadura de Aquiles. Patroclo logra hacer retroceder a las fuerzas troyanas, pero Héctor lo mata durante la batalla. Aquiles, sumido en un profundo dolor por la muerte de Patroclo, regresa al campo de batalla con el único objetivo de vengar la muerte de Patroclo matando a Héctor.

     En su redacción estampó algunos recuerdos de este drama. De su rememoración anotó que Héctor frente a uno de los griegos era muy distinto a lo que vio en la oportunidad que comentaba. También agregó otros anacronismos presentes en la exposición teatral como, por ejemplo, el mar debía estar calmado mientras las alegorías presentadas, en esta oportunidad, lo mostraban agitado. Sin embargo, agregó que el bufón, que aparecía en esta escena, le pareció divertido. 

     De la obra en general concluyó: “Aunque la imitación de la realidad era ciertamente abominable, en un drama más adecuado habría obtenido cuando menos tantos aplausos como los que recibió, a lo que no hubiera podido aspirar para sí Héctor o Andrómaca. Después de todo, los defectos que haya podido tener la pieza son atribuibles a España, de donde proviene esta especia de drama, formado por no sé cuántos actos”. Por lo visto, Duane no estuvo muy satisfecho de lo visto en esta ocasión y además por haber presenciado una pieza teatral que inició a las seis de la tarde, él se marchó seis horas después sin ver el final, porque a las doce de la noche no había terminado.

     Contó, al final de esta larga descripción, haberse topado con el general Soublette cuando entró al Coliseo de Caracas, cuya construcción se llevó a cabo en las postrimerías del 1700. De este encuentro señaló que el general le había hecho varias preguntas. Una de ellas fue su opinión acerca de lo que había visto hacía un instante. Duane escribió que le había contestado con toda franqueza y que Soublette había estado de acuerdo con su percepción. De este militar y prócer de la Independencia anotó que vestía como un ciudadano común y corriente, quien se había presentado sin guardias ni ayudantes, “en su condición de magistrado republicano”.

     Culminó esta parte de su escrito con el siguiente comentario: “me fue grato verle y tuve oportunidad de observar, en la manera risueña y cordial con que se dirigía a personas de diferentes categorías, lo adecuadamente que cumplía sus funciones”.

Procesiones y culto religioso

Procesiones y culto religioso

William Duane, escritor, periodista e impresor de origen irlandés. Autor de unos relatos sobre su visita a La Guaira y Caracas (1822-1823).

William Duane, escritor, periodista e impresor de origen irlandés. Autor de unos relatos sobre su visita a La Guaira y Caracas (1822-1823).

Una percepción del coronel Duane

     William Duane nació en Lake Champlain, Estados Unidos, el 17 de mayo de 1760, y falleció en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de noviembre de 1835. Fue escritor, periodista, editor e impresor de origen irlandés, que estuvo activo en cuatro continentes. Trabajó para periódicos Whig radicales en Irlanda y en Londres, y gestionó dos títulos propios en la Presidencia de Bengala. Escribió relatos sobre su visita a Colombia, La Guaira y Caracas (1822-1823). En la última sesión del primer Congreso General de Colombia, celebrada el día 14 de octubre de 1821 en la Villa del Rosario de Cúcuta, se le reconoció por sus constantes esfuerzos en favor de la libertad. El título de su obra publicada luego de visitar la República de Colombia o Gran Colombia fue Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823.

     En su extenso escrito, bastante cargado de digresiones, escribió que, luego de regresar de una visita y muy cerca del anochecer, escuchó el sonido de una música coral. Creyó que los sonidos provenían de una iglesia que quedaba cerca, aun cuando estaba convencido de no haber visto ninguna edificación religiosa en los alrededores por donde con frecuencia había transitado. Al experimentar la cercanía de los sonidos, “me detuve, y me sentí realmente complacido ante la potencia y armonía del canto, en el cual, aunque se advertían los delicados tonos de muchas voces infantiles, estas quedaban felizmente armonizadas con la de un excelente tenor”.

     En su descripción puso de relieve que tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban como acostumbraban, a uno y otro lado de la calle, en el centro de la cual se concentraban multitud de fieles que, a la distancia donde se encontraban, sólo podían ser visualizados y distinguidos bajo el influjo de unos cirios encendidos que cada cual llevaba en la mano, y otras lamparillas, suspendidas en una elevada tarima, ofrecían la iluminación de una imagen, la cual Duane no logró distinguir, pero que él presumió sería la de un santo o, probablemente, la de una virgen.

     En lo atinente a los asistentes, destacó que llevaban la cabeza descubierta y que no observó a ninguna persona de rodillas. En lo referente al cuadro, en el que estaba representada la figura del santo, el mismo reposaba sobre las manos de algunas personas que intentaban mantenerlo en una posición firme, mientras que al frente iba un grupo de jóvenes provistos de cirios. Le seguía la imagen, del santo o virgen, y luego venía el sacerdote quien tenía como indumentaria una sotana oscura y su respectiva banda. Continuaron con su marcha y se detuvieron “frente a la residencia de un opulento vecino, donde hicieron alto y cantaron durante algunos momentos. La puerta de la casa se abrió, se asomó una mujer, quien entregó algo al clérigo, y la procesión continuó.

    Destacó que los integrantes de la procesión practicaban el mismo ritual de detenerse en cada casa y recibir, de la misma forma, la entrega del óbolo o donación. Puso a la vista de sus lectores que la marcha estaba compuesta por más de cien personas, muchas de las cuales, de acuerdo con una arraigada costumbre, se sumaban al coro, que, según Duane, eran el máximo y vivo redivivo de los trovadores del siglo XIII, cuando al canto de romances por las calles era común y que, de acuerdo con sus conocimientos, el ritual que acababa de observar era una herencia de esta tradición que databa de unos seis siglos.

En las procesiones caraqueñas, tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban a uno y otro lado de la calle, para ver a la multitud de fieles caminar por el centro.

En las procesiones caraqueñas, tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban a uno y otro lado de la calle, para ver a la multitud de fieles caminar por el centro.

     Agregó que este recorrido por él visto y realizado por parte de feligreses y creyentes, presentaba características propias. Por ejemplo, el de una actividad de mendicidad, en vista de que ninguna iglesia, las que no estaban adscritas a una parroquia, se proveía de recursos conseguidos por medio de la espontánea bondad de las gentes piadosas. Por tal razón, escribió: “imagino que el objetivo de estas procesiones es el de solicitar la ayuda económica de los feligreses”. De acuerdo con sus indagaciones los donativos otorgados eran muy escasos, ya que la suma que se esperaba recolectar por persona no superaba un real, “aunque se dice que el sexo femenino es muy inclinado a hacer el bien de manera oculta, y contribuyen mucho más de lo que se les pide”.

     Para dar fuerza a sus argumentaciones señaló que el grado de instrucción, educación e intelectual, así como el conocimiento que se tenía de estas tradiciones les otorgaban un carácter particular a las manifestaciones de talante religioso. A lo que se debe agregar que estamos haciendo referencia a un hombre con creencias religiosas distintas frente a quienes hacían vida en Sudamérica, De ellas expresó que se realizaban con excesiva frecuencia, pero que no eran perjudiciales, aunque interrumpían la circulación normal por las calles. 

     A la instrucción que hizo referencia era la vinculada con cada una de las variantes religiosas que se habían extendido con las reformas de la Iglesia a lo largo de la historia. Porque las reacciones a que había dado origen la educación recibida entre las numerosas ramas reformadas de la iglesia cristiana, estaban revestidas de ceremoniales, como el uso de cuadros e imágenes menos pomposos y, especialmente, a las prácticas de adoración que se exigía a los fieles, “o que se les impone implícitamente, en el sentido de que deben descubrirse la cabeza y doblar la rodilla cuando pasa la Eucaristía”.

     En este sentido, recurrió a una de sus digresiones para intentar explicar esta situación en la que estaban muy presentes acusaciones mutuas de idolatrías hacia objetos e imágenes. Se interrogó acerca de cómo un posible examen desapasionado llevaría a conciliar la posición de acuerdo con la cual, la madre iglesia no mostraba mayores exageraciones en este orden, que la de los ritos de los judíos. Menos la de estar exentos de misterios, a pesar de que los escritos hebreos se desplegaban como artículos de fe. Sumó este hecho factible con la presencia de cierta alegoría en la celebración de la misa, en que cada acción mostraba, de forma emblemática, algún evento asimilado con la pasión y muerte de Cristo. Sin embargo, resultaría posible, según Duane, que fuese una práctica común en tiempos de cuando con la imprenta se difundieron las prácticas propias de los ritos y rezos, con las características propias de la reforma religiosa.

     A propósito de lo observado como práctica religiosa, al menos en Caracas, se había impuesto y convertido como obligación doctrinaria entre las formas rituales. Esta situación, tal como lo indicó, podría conducir a otro cisma en el seno de la Iglesia. Desde esta perspectiva propuso que lo deseable sería que todas las sectas cristianas convinieran, en los distintos países, en celebrar sus actos, tal como sucedía en los Estados Unidos de Norteamérica, sin ningún tipo de coerción o censura, práctica muy común que llegó a testificar entre 1822 y 1823 en esta comarca. Insistió que las creencias religiosas eran de carácter individual, sin que ninguna persona fuese responsable de los actos erráticos de otros, así como que tampoco debían las personas ser constreñidas a cumplir con actos contrarios a sus creencias, tal como lo testificó durante su permanencia en Caracas.

Duane supuso que el objetivo de estas procesiones era la de solicitar la ayuda económica de los feligreses para el sostenimiento de las iglesias.

Duane supuso que el objetivo de estas procesiones era la de solicitar la ayuda económica de los feligreses para el sostenimiento de las iglesias.

     Igualmente, refirió que la fe se derivaba del contexto dentro del cual, de manera azarosa, se formaran las personas durante sus primeros años de vida. También, la caridad del precepto cristiano exigía, no solamente el derecho a la elección, sino la tolerancia mutua entre quienes profesaban la adoración de una misma divinidad, “ya que el culto, en realidad, sólo difiere en dichos aspectos formales, o en las invenciones pragmáticas de edades místicas o bárbaras”. A estas reflexiones indicó haber sido interrogado sobre la situación religiosa y del papel del clero en la Gran Colombia. Preguntas a la que sumaban sus interlocutores sobre la necesidad de enviar misiones para adoctrinar a los indios, así como a los habitantes de estos territorios sudamericanos.

     Esta digresión le sirvió para criticar a muchos de quienes habían visitado estas regiones del sur y prejuiciosamente describían la práctica religiosa en países como la Gran Colombia. 

     En este sentido, asentó que en este espacio territorial se establecieron legislaciones para impedir manifestaciones religiosas externas que pudieran ser propicias para actos de violencia o inhibición y que por tal razón a ningún extranjero le correspondía calificarlas de injustas o justas. Aunque Duane no mostró un distanciamiento evidente ante la aprobación de leyes que limitaban las prácticas religiosas, distintas a la apostólica romana, en sus consideraciones abogó por un mayor respeto y consideración para aquellos practicantes, de cultos diferentes, quienes decidían radicarse en las antiguas colonias españolas o de quienes venían como visitantes a ella.

     Sin embargo, estas consideraciones muestran su incomodidad ante el alejamiento de la tolerancia religiosa la cual desde el 1700 se venía discutiendo y que en la América española no estaba presente. Duane fue muy equilibrado al ponderar la experiencia de haber estado en un espacio territorial donde ella no era posible. Aunque, se debe agregar que, él sentía un acercamiento hacia lo ejecutado contra el imperio español, pero no con uno de sus resultados.

Las haciendas de café en Caracas

Las haciendas de café en Caracas

En su obra, Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, el Consejro Lisboa comenta la importancia de los cultivos de caña y café en Caracas.

En su obra, Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, el Consejro Lisboa comenta la importancia de los cultivos de caña y café en Caracas.

     El Consejero Lisboa, como se le motejó en Venezuela, fue un diplomático de origen noble que vivió entre 1809 y 1881. Fue el primer y único barón de Japurá y representó a Brasil en varios países de América y Europa. También fue un aficionado y estudioso de la espeleología y de la poesía. Estuvo en Venezuela entre septiembre de 1852 y enero de 1854, aunque había estado en el país en 1843. Su estancia en territorio venezolano fue con fines diplomáticos al igual que comerciales, a propósito de la apertura de una nueva ruta de navegación por el río Amazonas. Por tal razón, también estuvo en Colombia y Ecuador.

     Aprovechó esta circunstancia para redactar un libro, Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador. Resultó ser una obra única en su género para el momento cuando fue publicada. Si bien la calificó como del género de los viajeros va mucho más allá.

     En su escrito se nota el conocimiento de la poesía del momento y de aspectos relacionados con su experiencia como diplomático. Desde los 18 años entró en el servicio diplomático del Reino del Brasil. En 1851 fue nombrado ministro en Misión Especial para los gobiernos de Nueva Granada, Venezuela y Ecuador. La misma representación administrativa fue llevada a cabo en Lima (1855), Washington (1859), Bruselas (1865) y Lisboa (1869).

     Según las líneas redactadas por Lisboa, el propósito de dar a conocer su libro, el cual fue publicado en Bruselas en 1866, era ofrecer las características y pormenores de países desconocidos para sus paisanos. Fue una motivación más política frente a otra consideración. Su intención se concentró en ofrecer a la opinión pública sus vivencias, aunque no dejó de advertir que sus argumentaciones las había estampado de manera imparcial. Esperó trece años para dar a conocer su escrito, no sin fuertes trabas ante las empresas editoriales. Pero, advirtió que lo que en su libro había expresado, todavía para 1866, estaban vigentes porque a los países que hacía referencia habían experimentado pocas transformaciones.

     En este orden, expuso ante sus potenciales lectores sobre los reproches que tendría que resistir por una obra culminada en 1853, pero dada a conocer en 1866. Sin embargo, fue enfático en cuanto a la importancia de ofrecer públicamente la experiencia de su estadía en los países que llegaron a ser una república en tiempos de inicios de la Independencia. En especial, por el desconocimiento de lo que había de apreciable del “estado de su civilización, así como de los elementos de desorden y decadencia que retardan su progreso”.

     De igual manera, presentó como excusa la de enfrentar escritos europeos que sólo ponían de relieve las revoluciones, la falta de garantías en ellas presentes y su decadencia material. Países que, de acuerdo con su percepción y examen, a pesar de cincuenta años de desórdenes y mal gobierno presentaban condiciones para alcanzar la prosperidad y la grandeza. Además, la situación en esos países continuaba presentando desórdenes, así como que tampoco se había publicado un libro que destacara lo que él observó.

     En esta oportunidad voy a destacar lo que escribió sobre el cultivo del café en Venezuela. Contó que el primer establecimiento de este tipo se encontraba en los linderos del lado oeste del río Anauco y en los límites de la ciudad. Lo colocó en primer lugar porque era uno de los de mayor prosperidad y el que daba buenos dividendos a su dueño. Sin embargo, advirtió que con la abolición de la esclavitud en 1854 (el libro fue escrito antes de esta fecha) debió haber sufrido grandes pérdidas. La entrada del establecimiento estaba sobre el camino de Sabana Grande, “inmediatamente después de pasar el puente de Anauco”.

     En él estaban dos fundaciones, una denominada Nuestra Señora de la Guía que se extendía hasta el río Guaire. La otra, se encontraba por los lados de San Bernardino hasta la base de la Sierra. A partir de su observación en ambas fundaciones dio a conocer que en Venezuela se cultivaban dos tipos de café, “que muy bien puede ser que conviniera que fueran estudiadas y aplicadas en el Brasil”. El café que se cultivaba en lugares montañosos y en climas de menos calor se le llamaba de tierra fría. El otro tipo era el denominado de tierra caliente y que era cultivado en las mismas tierras donde se sembraba la caña de azúcar.

En San Bernardino, quedaba una de las principales haciendas de café de Caracas.

En San Bernardino, quedaba una de las principales haciendas de café de Caracas.

     Expresó que el de tierras frías estaba expuesto a los rayos solares, mientras el de tierras calientes se cultivaba bajo la sombra de un frondoso árbol conocido con el nombre de Bucare, con el que no se permitía que los rayos solares penetraran de modo directo sobre los cafetos. De estos últimos cultivos señaló: “No hay duda que en las plantaciones de café de tierra caliente en Venezuela lo útil está maravillosamente combinado con lo agradable, porque los parques de San Bernardino y de Nuestra Señora de la Guía muestran la diversidad de los verdes y en la vida y movimiento que les da la ondulación de los penachos de las elegantes palmas reales, de las espigas del maíz y de los bambúes. En el mes de febrero estos mismos bucares pierden todas sus hojas y se visten con una flor roja, dando al paisaje un aspecto de novedad y de variedad que encanta”.

     Las máquinas donde se procesaba el fruto, según escribió Lisboa, descansaban en la fundación de Nuestra Señora de la Guía. El lugar donde estaban instaladas se dividía en dos partes. Una donde se encontraba el despulpador con su respectivo tanque. El otro donde se hallaban los pilones con su ventilador.

     El primero era utilizado para separar el grano de la baya o pulpa del café, el tanque servía para lavar la baba o mucílago, mientras los pilones cumplían la función de sacar la película o pergamino y el ventilador para separar este último.

     Luego pasó a describir con gran detalle la máquina con la que se procesaba el fruto. De ella indicó que reposaba sobre un pedestal construido con ladrillos y a su lado, con un fondo más profundo, un tanque para el lavado. Según la información que le fue proporcionada, la mejor oportunidad para despulpar el café era al momento de la recolección, pero, añadió, que existían otras opiniones según las cuales el proceso debía hacerse doce horas después de la recogida de los granos, cuando había pasado por una ligera fermentación.

     Describió el procedimiento de la siguiente manera. Un trabajador trasladaba el fruto en un canasto y lo depositaba en una plataforma plana. Luego, otro, con el uso de una pala de madera, lo arrojaba por una rampa que lo conducía hacia una cuchilla de donde se extraía el grano. Había otro trabajador que recogía el fruto que se escapaba de la cuchilla y lo volvía a colocar en la rampa para que el grano fuese extraído.

     Con el grano ya juntado en el interior del tanque, debía permanecer allí algunas horas. Por lo general, se distribuía en horas de la tarde, al día siguiente se comenzaba a lavar en horas tempranas de la mañana. Posteriormente se pasaba al secado, acumulado en hileras de tres o cuatro dedos de altura. De este modo debía pasar dos días expuesto al sol. Más adelante se recogía en sabanas para un secado de dos días más, tomando en cuenta de que no se mojara. Al final, era transportado a unas plataformas, donde se secaban hasta que se pudiera apreciar que los pilones podían separar del grano toda la película o pergamino.

     Dejó anotado que el pilado era muy parecido al proceso ejecutado en Brasil. “Sólo observo que en Venezuela utilizan morteros de hierro en lugar de nuestras canoas de madera”. En lo que respecta a los ventiladores que se utilizaban para procesar el café subrayó que sólo los vio de mano, “y en general se considera superfluo el gasto de los que van unidos a los pilones”.

El café que se cultivaba en Caracas era de muy buena calidad.

El café que se cultivaba en Caracas era de muy buena calidad.

     Agregó que la recolección la practicaban las mujeres y que se pagaba por tareas y no por jornadas. El café se distribuía en dos formas. El descerezado (despulpado) y el llamado quebrado. Este último era el más utilizado para ser exportado a los Estados Unidos de Norteamérica y valía la mitad del descerezado.

     Según sus pesquisas este procesamiento presentaba dos ventajas. Una, la calidad puesto que el grano conservaba mayor cantidad de su aceite esencial, el cual se evaporaba más secando el café más tarde con su cáscara. La segunda ventaja era que el peso aumentaba con el mismo procedimiento y conservando su aceite esencial, “de manera que la misma medida de café en baya que produce, secándolo con cáscara, cien libras de café, puede producir despulpándolo, 110, 115 y hasta 125 libras. Aun otra ventaja se puede sacar de este sistema, aprovechando la cáscara fresca, de la cual será fácil de destilar un licor alcohólico”.

     Sumó a su descripción que los pilones de la hacienda la Guía estaban instalados de una manera especial que había sido estudiada para aprovechar el terreno. En lugar de haberse colocado en hileras, se había optado por una ubicación en círculo. El eje que los movía, en lugar de estar de manera horizontal, estaba movido por una rueda baja. De los ejes indicó que poseían unos dientes o púas que hacían funcionar los pilones en la concavidad de los morteros. Otra diferencia que puso a la vista de los lectores fue que entre los pilones brasileños y los utilizados en Venezuela, era que en Brasil en vez de ser recipientes de metal eran de madera. No obstante, subrayó haber escuchado que el café pilado en mortero metálico salía con un mejor pulimiento y así se podía vender a un precio mayor.

     Para finalizar sus consideraciones sobre el café anotó que si se seguía el camino de Sabana Grande se llegaba a Petare. A lo largo de este camino estaban instaladas otras haciendas de café, “mas ninguna en tan buena condición como la de Guía”. Por otra parte, en, lo relacionado con el uso de máquinas no observó nada notable, “apenas en la que está en la parroquia de Sabana Grande vi una que hacía accionar el despulpador con la fuerza de un asno, cosa que me pareció ingeniosa”.

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