La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

Su proponente fue el bachiller y coronel Adán Hermoso Tellería (1882-1920), quien después de uno de los debates fue llevado en hombros desde el Congreso hasta el Hotel Klindt, en la Plaza Bolívar. 

Por Rafael Caldera

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

     “El 29 de abril de 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, corrió súbitamente un viento fresco de inquietud política y social en la Cámara de Diputados. Es difícil de imaginarlo. Tenía ya el general Gómez más de siete años en el ejercicio del poder y su autoridad se había consolidado. Pero no había muerto totalmente el espíritu parlamentario.

     Aquel 29 de abril ocurrió ante la Cámara un hecho inusitado. Presidía Rafael Cayama Martínez, diputado falconiano, escritor, orador y político, con título de General no emanado de ninguna escuela, sino obtenido en las contingencias político-militares de nuestras frecuentes contiendas intestinas. Y el acto de la sesión menciona escuetamente: “Concedido el derecho de palabra, el diputado Hermoso Tellería hizo uso de él para hablar sobre una ley protectora de obreros, proponiendo . . . que se designe una Comisión de siete miembros nombrados por la Presidencia para que, a la brevedad posible, presente un proyecto de Ley sobre protección de Obreros. El diputado doctor Planchart dio su voto aprobatorio a la proposición de Hermoso Tellería. Puesta en discusión y votada, se aprobó por unanimidad.

     La Presidencia nombró a los diputados Hermoso Tellería, Planchart, Crespo Vivas, Arcaya, Ron Pedrique, Baptista Galindo y Peña para constituir la Comisión a que se refiere la proposición”.

     En aquel mismo año 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, había enviado a las Cámaras un proyecto de Código Civil. Contenía algunas innovaciones, entre ellas el establecimiento de la inquisición de la paternidad ilegítima, la cual alarmó tanto al dictador, ante los comentarios que le hicieron, que motivó la reforma del Código en 1922. 

     Pero el proyecto de Arcaya no innovaba prácticamente nada en materia de relaciones obrero-patronales. El arrendamiento de servicios continuaba rigiéndose, en sustancia, por las normas napoleónicas, las cuales subsistirían en aquel instrumento fundamental hasta la reforma efectuada en 1942. La nueva Ley propuesta por el diputado Hermoso Tellería pretendía que se diera entrada en nuestro derecho positivo al principio de la responsabilidad por accidentes de trabajo.

 

¿Quién era el proponente?

     Adán Hermoso Tellería era un hombre de 23 años. Usaba el título de Coronel, ganado –como el generalato del Presidente de la Cámara para aquel momento– en nuestra peripecia incivil. Había nacido en Coro en 1892. Era hijo del General Claudio Hermoso Tellería, cuyos dos apellidos usaba –lo mismo que sus hermanos– tal vez para evitar el simbolismo de unir el patronímico paterno y el materno, ya que su señora madre fue doña María Ramos Ramos y no querían que los llamaran los “hermosos ramos” …

     Se graduó de bachiller en Falcón y vino a Caracas a estudiar derecho, pero prefirió la política y entró en ella al estilo de los tiempos. Al lado del general León Jurado participó en alguna acción de nuestras luchas, y peleando salió de acuerdo a la usanza de la época, con el título de Coronel. Fue luego secretario de Gobierno en el Guárico, y muy pronto se le designó Diputado al Congreso, donde, a pesar de su juventud, llegó a estar encargado de la Presidencia de Diputados.

     Debió ser un orador de mucha fibra. De él se cuenta que después de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, fue llevado en hombros a la salida de la Cámara hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado entonces frente a la Plaza Bolívar. En volumen impreso en la Tipografía Ramírez de Coro, bajo el título “Por Senderos de Justicia”. Hermoso Tellería recogió la historia del proyecto. Y en otro volumen, también impreso en la Tipografía Ramírez y titulado “Labor Parlamentaria”, recogió después una serie de incidencias de su actuación en el Congreso, las cuales emparentan con su proyecto de 1916 la llamada Ley de talleres y Establecimientos Públicos, tímido texto sancionado en 1917 que viene a resultar el corolario de los momentos de tensión vividos en la Cámara de Diputados el año anterior.

     Casó el 31 de mayo de 1919 con una distinguida dama, doña Ana Luisa Centeno Vallenilla. Murió el 5 de enero de 1920, cegado por el paludismo, bajo la forma de una “fiebre económica”. Su hijo, fue un profesional destacado de la medicina, nació a los tres meses de la muerte de Hermoso Tellería.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Dedicatoria obligada: “Al respetado jefe y amigo”

 

     Curiosa, esta rápida parábola biográfica de un hombre que fue expresión del medio y de las circunstancias, y que, a pesar de no haber llegado a vivir 30 años, dio extraordinarias anotaciones de una inquietud social casi imposible de creer en el momento y características históricas dentro de las cuales le tocó vivir. De ellas –y como indispensable defensa– da testimonio la dedicatoria del librito “Por Senderos de Justicia” al General Juan Vicente Gómez, “respetado jefe y amigo”, buscando hacerlo a su causa o neutralizar por lo menos su posible mala voluntad con las palabras iniciales: “Como sé de los nobles sentimientos que animan a usted por nuestras clases proletarias, a las cuales ha dado siempre su valioso apoyo, era mi anhelo ofrecerle, convertido en ley, el proyecto de Protección Obrera que figura en estas páginas; pero ya que el deseo de mi partidarismo no pudo realizarse, dígnese permitirme que coloque el prestigio de su nombre al frente de este libro en donde encontrará usted las opiniones que fueron emitidas en el seno de la Cámara de Diputados en los numerosos debates del proyecto”.

     Para enfrentar la conmoción que seguramente había causado su actitud, y para hacerse perdonar los aplausos de las barras y la salida en hombros hasta el Hotel Klindt, Hermoso Tellería no tuvo más remedio que añadir: “Tanto los defensores como los adversarios de la Ley, servidores decididos de la gloriosa Causa de Diciembre y leales amigos de usted, no tuvimos en nuestros discursos otros propósitos que los de contribuir de acuerdo con nuestro modo de pensar, a la magnífica obra de progreso que usted realiza con admirable patriotismo”.

Cómo era el proyecto de ley

     El día 17 de mayo la Comisión nombrada presentaba el proyecto. Mucho más habría deseado sin duda el proponente, si nos atenemos a sus palabras en la sesión del 29 de abril: “El asunto de que voy a hablar ha sido detenidamente estudiado por mi colega el diputado Planchart y por mí, fundándonos en leyes análogas que tenemos sobre los pupitres. Me refiero al vacío que hay en la legislación por falta de una ley protectora de los obreros, de esos seres humildes, que, tomando parte importante de todos los actos de la vida progresiva, son las más de las veces extorsionados por propietarios indolentes, que solo aspiran aumentar la fortuna con el sudor de los infelices”. (Aplausos prolongados). “En el mundo entero está reconocido el gremio obrero como una de las columnas más poderosas, y no podía ser de otra manera, puesto que sin el obrero el progreso sería un mito”. (Aplausos). “Sancionemos una ley que ponga a salvo a los que a diario nos sirven y habremos cumplido con nuestros propios sentimientos y con los deseos de nuestros comitentes, contribuyendo así a hacer más fácil la obra de rehabilitación que con admirable patriotismo realiza el benemérito General Juan Vicente Gómez”. (Aplausos)

     Pero, en realidad, se trataba de una modesta ley de reparación de accidentes de trabajo y su límite era bastante prudente: solo era aplicable “a los obreros o empleados cuyo salario anual (subrayado nuestro) no excedía de dos mil bolívares”. Es decir, a los trabajadores que ganaran menos de seis bolívares diarios. Los que ganaban más tendrían la opción de acogerse al derecho común o aceptar las indemnizaciones correspondientes hasta el límite protegido por la Ley.

     Los proyectistas fueron los diputados Adán Hermoso Tellería, Antonio Peña hijo, Raúl Crespo Vivas, Francisco Baptista Galindo, Antonio María Planchart, Camilo Arcaya y M. L. Ron Pedrique.

     El proyecto, a proposición del diputado, general R. Rojas Hernández, fue acogido y mandado a imprimir para estudiarlo y darle la primera discusión. En el discurso de aquel día, 17 de mayo, se citaron como fuentes la legislación alemana de 1883 y 1884, con mención de la inglesa de 1887, de la peruana de 1910, de la argentina de 1915, etc. “En los actuales momentos en que es aceptada por todas las legislaciones del mundo entero la sabia doctrina del riesgo profesional, se impone como una necesidad imperiosa el sancionamiento de esta ley”.

     Hacía justicia el proponente, por cierto, a un trabajo al que todavía no se ha dado en Venezuela debido reconocimiento: el discurso de incorporación a la Academia Nacional de Medicina presentado en 1914 por el doctor H. Rivero Saldivia, que, por cierto, mencionamos en una nota en la segunda edición de nuestro derecho del Trabajo. Hermoso Tellería hizo constatar que aquel distinguido médico (a quien recordamos ya de edad avanzada examinando todavía en la Universidad Central, y quien por cierto ingresó inconcebiblemente, a una actividad gubernamental y ejerció la Secretaría General de Gobierno en el Estado Portuguesa durante la Presidencia del señor Josué Gómez) había dado entusiasta colaboración a los proyectistas, pues según las propias palabras del orador, “sus vastos conocimientos en la materia estuvieron siempre en favor de nuestra humanitaria obra”.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

La oposición contra el proyecto

     Pero la alborozada alegría con que fue recibida la modesta iniciativa del diputado Hermoso Tellería y de sus seis compañeros de Comisión se encontró inesperadamente frustrada en la sesión del 25 de mayo.

     Los proponentes se dieron cuenta de aquella situación y trataron de conjurarla mediante un recurso formal: proponer un cambio de nombre a la Ley. El diputado Luis Olavarría Matos propuso que fuese llamada “Ley de Accidentes de Obreros”; el diputado Ron Pedrique propuso: “Ley que trata de los accidentes de trabajo de los obreros”, modificación aceptada por Olavarría; el diputado Hermoso Tellería la modificó, proponiendo este nombre que era, en verdad, más adecuado: “Ley de Responsabilidad por Accidentes de Trabajo”. Todas estas proposiciones fueron votadas. . . y negadas.

     El curso del proyecto durante la sesión parecía estar siguiendo normalmente. Pero en forma inesperada, comenzaron a aparecer razones contra él. Se propuso aplazarlo indefinidamente. El debate se hizo tan ardoroso como no podría uno imaginarlo en un Congreso de la dictadura, y el resultado de la votación fue aplastante: 22 votos porque se difiriera, 12 porque no fuera diferida y 3 en blanco. “En consecuencia”, dice el acta, “se declara diferida indefinidamente la ley de Protección de Obreros”.

     El doctor Antonio María Planchart afirmaba, cuando se veía que ya no iba a haber remedio: “Tengo motivos para sospechar que algo siniestro se prepara contra la ley. Suficiente tiempo han tenido mis honorables colegas para formarse un criterio claro de la ley que discutimos. Todos palpamos las dos corrientes de la Cámara con respecto a la Ley de protección de Obreros. Una que tiende a negarla o a aplazarla indefinidamente, y la otra, de la cual formo parte, por sancionarla”. 

     La afirmación de Planchart era exacta. Dentro de aquella pequeña Cámara, donde el número de miembros presente, según el escrutinio de los votos era apenas de 37, había 22 votos comprometidos a hacer que el proyecto desapareciera.

 

Los argumentos del rechazo

     Es muy interesante la lectura de los discursos en favor y en contra del proyecto. Se oyó en Venezuela lo que en circunstancias similares se había dicho muchos años atrás en algunos países de Europa. Los argumentos empleados parecerían hoy inconcebibles, si no fuera porque a veces, para enfrentar otras instituciones, se utilizan razonamientos parecidos. Lo que resulta más extraño es que entre los proponentes del diferimiento indefinido el proyecto y entre los más ardorosos opositores del mismo estaban personas que por otros respectos tienen ganados títulos positivos de la ciencia jurídica y de la vida venezolana en general.

     Por esto nos sorprende escuchar al doctor Ramiro Antonio Parra decir: “Es una Ley que se propone un bien, es verdad, pero por un camino cerrado que viola derechos naturales” . . .

“Esa Ley es mala porque impone a los propietarios la obligación de hacer caridad y la caridad es un derecho que tienen los que necesitan de ella”.

     Lamentable confusión, sin duda, entre justicia social y caridad; lamentable idea de lo que son derechos naturales. Pero esta confusión tuvo profundas raíces en la historia del pensamiento y de la vida social de Europa y América.

     A los que hemos leído alguna historia de los orígenes de la legislación del trabajo en Francia e Inglaterra, de los argumentos que se les opusieron desde registros manchesterianos, no nos era desconocida esta argumentación: “Repito lo que dije al principio; que esta Ley se propone hacer un bien pero que hace un mal por el camino que lleva. Esta Ley impone una obligación que ataca directamente la libertad del obrero”.

     Pero no fueron estos los únicos argumentos, sino que hubo otros, también con raíz en la posición manchesteriana europea. Así, por ejemplo, se dice: “Nosotros no necesitamos de esta Ley porque el Código Civil establece cómo se indemnizan los daños que sufra cualquier ciudadano”. (Aplausos).

 

Los alegatos de los defensores

     Fueron estos mismos argumentos los que dieron lugar a que se afirmaran las razones en favor del proyecto, en las cuales, a pesar de notarse en algunos casos tal vez cierta carencia de más abundante información jurídica, luce un criterio claro del curso que debía tomar más adelante el Derecho del Trabajo. Así, por ejemplo, el diputado Cayama Martínez, orador, literato y general, luce –sin embargo– bien centrado en la argumentación jurídico-social: “Entre los varios argumentos que he oído por aquí –dice– está en primer término el de que esta ley es prematura. Es el eterno argumento de los que, ya se trate de pueblos o individuos se creen siempre débiles para las grandes transformaciones políticas sociales y económicas.” (Aplausos)

“Que no tenemos densidad de obreros” es otro argumento esgrimido por el grupo opositor. Valdría esto tanto como decir que no teniendo un ejército de medio millón de soldados, no existe el soldado, que, no teniendo un poderoso gremio de industriales, no existe el industrial; que, no teniendo cuatro millones de ciudadanos, no existe el ciudadano” (Aplausos)

“Existe el obrero y hay que protegerlo. Yo estaré porque la ley se discuta y así llegar al convencimiento de que ella no es prematura y que de su cumplimiento se derivarán grandes beneficios para el país”. (aplausos) “Causaría una tristeza profunda que mañana se dijera en el seno de la representación de los pueblos, en el seno de la genuina representación de nuestra democracia, se ha rechazado una ley de protección al obrero”.

     El diputado Ron Pedrique se apasiona en la defensa del proyecto. Recuerda la oposición a la Ley de Libertad de los Esclavos y dice, en un momento de inspiración: “Sancionemos esa Ley que unirá más íntimamente esos dos motores del progreso humano que se llaman el capital y el obrero, haciéndolos que se den un abrazo de amor y de caridad sobre un lecho de dolor”. (Grandes aplausos)

     El proponente inicial de la Ley el diputado Hermoso Tellería esgrimió razonamientos de genuino derecho social. Dijo, entre otras cosas: “Es oportuno advertir a mi distinguido contendor que no ignoro que en el Código Civil de todas las naciones civilizadas se ha establecido que el que ocasiona un daño a otro está en el deber de repararlo; pero esa disposición no está de acuerdo con todos los deseos ni al alcance de todas las manos, porque para obtener la indemnización es preciso recurrir al juicio correspondiente, que consume mucho dinero y mucho tiempo, y el obrero necesita de una reparación inmediata, porque se trata nada menos que del pan que le da la vida”.

     Y este otro argumento es también moderno y convincente. “En las grandes empresas industriales, cuando el uso continuo o la acción del tiempo destruye una polea, rompe un eje o inutiliza una válvula, el empresario o dueño repone inmediatamente la pieza descompuesta; y si en este caso no se omiten gastos de ninguna naturaleza, con menos razón deben omitirse cuando se tratan de las piezas de esta otra máquina, más preciosa porque es invalorable: el obrero”. (Aplausos)

     Pero todo fue en vano. El proyecto resultó aplazado indefinidamente.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

Nuevos intentos

     Los proponentes, sin embargo, no se dieron fácilmente por derrotados. Y he aquí que surgen los más movidos aspectos de la historia del proyecto. El 26 de mayo, el diputado doctor Rafael Pino Pou, médico de gran reputación, propone el levantamiento de sanción a la proposición del doctor Ramiro Parra, y que siga su curso legal el Proyecto de Ley de Protección Obrera. El diputado doctor Marcial Hernández Salas, toma la iniciativa en contra de la proposición Pino Pou: “Yo voté el diferimiento indefinido de la Ley –dijo– porque no creo que en la práctica produzca los resultados benéficos a que aspira la honorable Comisión que la redactó; antes, por el contrario, le sería altamente perjudicial al mismo gremio que trata de favorecer. ¿Quién será el insensato, nacional o extranjero, que después de publicada esa Ley se atreva a fundar una empresa en el país? ¿Acaso con atemorizar a los capitalistas se fomenta la creación de las empresas? ¿Acaso con ponerle trabas a la fundación de éstas se favorece a los obreros?”

     Y así sigue razonando el orador. Los motivos que invocan suenan iguales a los recogidos en los manuales de la lucha del Derecho Social como recuerdo de los mantenedores de una tradición jurídica individualista. “¿Debemos otorgar al obrero –afirma– el privilegio de atacar leve y sumariamente al dueño de una empresa que si tuvo alguna culpa no fue otra acaso como la imprudencia que cometió al brindarle trabajo en sus talleres? . . . ¿Se quiere efectivamente favorecer a los obreros Díctense en buena hora todas las medidas que la Higiene aconseja para preservarlos de las enfermedades, sobre todo de los lugares malsanos; establézcanse Cajas de Ahorro donde acumule las economías del salario de la semana; hágaseles ver la ,conveniencia de tomar PÓLIZAS DE VIDA para que al morir le dejen asegurado el pan a sus hijos; ciérrese las tabernas desde la tarde del sábado hasta la mañana del lunes para evitarle a los aficionados la tentación del aguardiente y la tentación del juego con todas sus desastrosas consecuencias y ábrase en su lugar, siquiera una hora, la escuela nocturna y la escuela dominical, donde entre otras cosas benéficas, pueda inculcárseles el hábito de la economía”. 

     El Diario de Debates deja constancia de que el orador fue interrumpido numerosas veces por grandes ovaciones. Se aplaudió entusiásticamente, de manera especial el argumento de que debía cerrarse la taberna y de que había de enseñarse en la escuela nocturna y en la escuela dominical a los trabajadores el hábito de la economía.

     El diputado doctor Francisco Ochoa abunda en otra serie de razones, características de la mentalidad del momento: “La creo promotora, como así lo comunique particularmente, porque n nuestro país necesita hoy favorecer las empresas, atraer el capital, traer brazos y si empezamos a poner dificultades de este género, ninguna empresa extranjera ni nacional pensará seriamente en establecerse, ni el capital extranjero vendrá en nuestra ayuda, ni tampoco podrán venir esos brazos que tanta falta nos hacen”. (Grandes aplausos). El orador insiste en que lo que hay que hacer con el obrero es prepararlo, predicarle el ahorro, crearle sociedades de mutuo auxilio, pero que lo contrario es apagar el desarrollo económico.

     Los defensores de la Ley no cejaban en su defensa. El doctor Antonio María Planchart insistía en que los argumentos opuestos eran contradictorios, en que no debía haber motivos para temérsele a la Ley, y agregaba: “Por otra parte, ciudadanos diputados, por el Artículo 249 del Código de Comercio, se impone a las Sociedades Anónima y de Comandita por Acciones repartir anualmente de los beneficios liquidados una cuota de 5% cuando menos para formar un fondo de reserva, el cual no puede ser menos del 10% del capital social, con destino a las necesidades que puedan presentarse, como reparación de máquinas y otras pérdidas, Pues bien, un fondo de reserva pueden aplicárselo también los estatutos de la empresa para indemnizar los accidentes de trabajo”.

“Yo no quiero ni puedo creer que legisladores medrosos quieran hacer de mejor condición a la máquina que al hombre. El hombre inventó la máquina como poderosa aliada, no para hacerla de una clase superior a él, sino como ayuda en las evoluciones infinitas de la producción y del trabajo”. (Grandes aplausos).

     El diputado doctor Ramiro Parra insistió en su actitud. “Nosotros no venimos a legislar con el corazón sino con la cabeza y de acuerdo con los principios del derecho”. (aplausos) “Ayer demostré que esa Ley ataca el derecho de propiedad, ataca a los ricos y ataca también el derecho de libertad de los obreros. Yo no tengo por qué ser enemigo de los peones: Porque soy igual a ellos. Así es que mi oposición no es por tirarle a los peones sino porque no exista una ley mala. A todos los argumentos que hemos hecho los adversarios nos contestan, salen con la caridad y con esto no pueden darle vida. Si esta Cámara aprueba la Ley, yo me prometo solemnemente llevarla ante la Corte Federal para demostrar que es inconstitucional”.

     La amenaza no podía ser más seria. Ello, no obstante, surge nuevos defensores de la Ley. El diputado doctor Luis Olavarría Matos, uno de los abogados que intervinieron en el debate, afirma: “Yo, en verdad, no creo en la inconstitucionalidad de la Ley señalada por el colega. Se ha hablado también en repetidas ocasiones, en el curso del debate surgido sobre este punto, acerca de la derogatoria que hace la Ley, respecto del derecho común. Es bien sabido, y es de principio en materia de legislación de accidentes de trabajo, que es esto precisamente de su esencia”. Afirma que la Ley tiene muchos errores que considera garrafales, y que no tiene una sino muchas modificaciones que proponer. Pero la contraparte está a la ofensiva. El doctor Ochoa, al argumento de la relación entre la máquina y el hombre, se manifiesta mecanista apasionado: “La máquina sustituye al obrero, miles de brazos quedan sin trabajo y sin amparo, y sin embargo, la máquina se impone porque es el resultado del progreso. Los rieles se tensan y la máquina marcha, el tiempo se reduce y el trabajo se centuplica. Este problema ha sido arduo, discutido y es uno de los factores del socialismo”. Y el doctor Parra insiste: “¿Si yo no tengo culpa de un hecho que ha sucedido, cómo se me puede hacer responsable de sus consecuencias?” (Aplausos) Censuraba especialmente la disposición sobre irrenunciabilidad. “De modo que le dan al obrero un derecho del cual no puede disponer. ¿Se ataca o no con esto la libertad del obrero? Si a él le da la gana de trabajar de balde a un amigo, si él no quiere cobrar los daños que ha sufrido, ¿por qué se le obliga a ello? Esta es una disposición atentaroria” (aplausos). Y lo más extraño es que el doctor Olavarría Matos asintió en el argumento y manifestó que era justamente a ese artículo o a esa disposición a la que tenía una de las reformas que pensaba proponer.

     El diputado doctor Fabricio Gabaldón apoya la proposición de diferir para que la Ley sea estudiada mejor. El diputado doctor Juvenal Anzola insiste sobre este argumento: “No veo que sea inminente el problema de nuestros obreros para la urgencia en la aprobación de este Proyecto. Hasta la fecha, lo único que hay, y no con frecuencia, son accidentes de trabajo, los que pueden solucionarse con el Artículo del Código Civil que en este momento se discute en el Senado, y en el cual cabe la protección a los obreros por accidentes y peligros que tengan en las empresas”.

     El diputado Hermoso Tellería reasume el debate con ardor. Sin ser jurista, explica la noción básica de la Ley: “Eso es lo que se llama en la moderna legislación la doctrina del riesgo profesional, reconocida hoy en todos los países del orbe civilizado”. Y apostrofa a la Cámara en térmicos influidos por el apóstrofe de Bolívar en la Sociedad Patriótica: “Que no estábamos adelantados se dijo en estas Cámaras hace más de cincuenta y ocho años, cuando se trataba de abolir la esclavitud”. Lo apoyó el diputado Raúl Crespo Vivas, quien ocupaba ya la Presidencia de la Cámara, y para llover sobre mojado dijo: “Entre los argumentos que se oponen está el muy socorrido y conocido de que no estamos preparados para que esta Ley entre a regir en el país. Pues tampoco, señores, estábamos preparados para proclamar nuestra independencia (aplausos). . . En esta cuestión que se debate, es decir, el contrato de trabajo del obrero, hay algo de aspecto público y mucho de social que debe ser regulado de un modo especial”. E hizo un alegato de mucho efecto al recordar que alguien pretendió que el reglamento sanitario por el cual se obligaba a los dueños de casas a construir servicios higiénicos era contrario al derecho de propiedad, a lo que él invocó que por encima de todas las leyes estaba la salud del pueblo.

     Todavía intervienen esta tarde los diputados Aguilera, Godoy y Cayama Martínez. El general Aguilera, para reforzar la oposición a la Ley: “Aquí no tenemos problema obrero. ¿Para qué abrir campo a las dificultades con la Ley, que dado el medio, sólo servirá a los pica pleitos y a los Jefes Civiles?” (Aplausos)

     El doctor Godoy para presentar en favor de la Ley un argumento muy simpático: “Discutiéndose ésta, de una vez solventaremos esos problemas que sobre la cuestión obrera se han presentado en otros países más adelantados que nosotros, porque entiendo que los tales problemas se presentaron allá, precisamente, por carecer de leyes positivas. Hágase, pues, previsión para cuando tengamos obreros estudiando y discutiendo en gran cantidad esta Ley que sólo comprende los accidentes de trabajo; porque es mucho mejor prever que tener que remediar. He oído decir que no se debe discutir en esos momentos esa Ley, porque lo que necesitamos es que del extranjero nos vengan capitales y brazos. Pues, todo lo contrario, nada más favorable al implantamiento de la Ley, que esa necesidad, puesto que con mayor razón vendrán al país esos brazos que necesitamos cuando sepan que tenemos una Ley que protege el trabajo de los obreros. De esa manera vendrán los capitales al país con mayores garantías, porque garantizado estará el obrero contra las muchas dificultades que en otros países de le presentan”. El general Cayama, ´para insistir en la defensa: “Discutamos la Ley, y si resulta que es mala, que es impracticable, que es prematura, la negaremos, pero al menos habremos cumplido con nuestros deberes de representantes del pueblo, haciendo lo posible en favor del obrero”.

     Lo cierto del caso es que, como podía presumirse, el levantamiento de sanción del diferimiento fue negado.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Todavía un nuevo proyecto

     Los derrotados volvieron a la carga. El día 27 de mayo, es decir, el siguiente del diferimiento anterior, se presenta un “Proyecto de Ley de responsabilidad sobre accidentes de trabajo”. Uno de los firmantes es el diputado Luis Olavarría Matos, quien se menciona en el debate como el “padre adoptivo” de la nueva Ley.

     El debate gira ahora acerca de si se trata de un proyecto nuevo o de si es el mismo, con distinto nombre, caso en el cual no podría presentarse en el mismo año, por disposición reglamentaria. El doctor Parra propone que se nombre una comisión para que informe acerca de si tiene modificaciones esenciales. La comisión se designa y queda integrada por los diputados Trujillo Durán, Ramiro Parra, Antonio María Planchart, Hermoso Tellería, Aguilera, Cayama Martínez y Olavarría Matos.

     El 6 de junio, Hermoso Tellería ataca de nuevo. Hace leer la disposición reglamentaria, según la cual está en mora la Comisión. El doctor Ramiro Parra, quien la presidía, manifestó que por exceso de trabajo no había podido aún llenar su cometido y tomó la iniciativa de que se nombrara una nueva. Esta fue designada y la integraron los diputados Olavarría Matos, Aguilera, Queremel, Crespo Vivas y Gabaldón.

     El 12 de junio, finalmente, pasa a discutirse el informe. El doctor Parra insiste: “Esa ley, como la otra, tiene por base obligar al propietario a pagar al jornalero los daños que sufra sin culpa del propietario. Mientras no se modifique eso no tiene reformas sustanciales y no puede admitirse a discusión”. El informe de la Comisión fue negado. Correspondió a Hermoso Tellería, quien había sido según su propio dicho, “el mesías de la Ley de Protección de Obreros”, la función de pronunciar, también según su propia frase. “la Oración Fúnebre de ese Proyecto”.

     A una distancia de cincuenta años, no se puede negar que sus palabras aparecen dotadas de una profunda veracidad: “derrotados, pero no vencidos por la resistencia tenaz de los oposicionistas” (ruidosos aplausos)–afirmó en tono grandilocuente–, “recojo la bandera de la protección obrera en nombre de mis compañeros y en el mío para ofrendarle a la historia de nuestra vida parlamentaria, a fin de que decida si fueron ellos los errados o si lo fuimos nosotros. . .” (grandes y estrepitosos aplausos que impiden oír la voz del orador)

“Pero por sobre todos los inconvenientes y por sobre todas las oposiciones, esa Ley volverá y vendrá envuelta en el prestigio que le otorga su injusto rechazo. (prolongados aplausos). Así también el sol se reclina majestuoso en el lecho de la tarde para irradiar más bello el romper del alba; la ola coronada de espuma se estrella contra la playa para revivir luego más sonora; el límpido cielo se viste de negro en las tempestades bravías, para engalanarse después con su mejor traje azul”. (Aplausos ruidosos y prolongados)

     Nos podrá sonar romanticón lo del “reclinarse majestuoso del sol sobre el lecho de la tarde”, o lo de la “ola coronada de espumas” y lo de la “tempestad bravía”, pero lo cierto es que el diputado coronel Hermoso Tellería tenía razón en su afirmación fundamental. La Ley volvió. El año siguiente se aprobó un nuevo texto, muy chiquitico y pobre, la “ley de Talleres y Establecimientos Públicos”, pero que envolvía un reconocimiento moral a la razón que asistía a los proyectistas del 1916. Esta Ley fue superada por un ordenamiento más extenso en 1928. Pero, sobre todo, podemos decir que el espíritu contendido en los argumentos y en la lucha inicial del diputado Hermoso Tellería y de sus compañeros, fue recogido 20 años más tarde en la Ley del Trabajo de 1936. Se puede afirmar sin exageración, que es dramática la historia de ese primer proyecto de ley sobre el trabajo en el siglo XX. Que este cincuentenario merece recordarse y que al leer los Diarios de Debates se experimenta una impresión extraña, porque parecería imposible que en aquel ambiente patriarcal, gamonal, de la Venezuela de 1916, se hubiera podido realizar un debate en el cual, frente a los clásicos argumentos manchesterianos que un siglo atrás habían aparecido en los parlamentos de Inglaterra y de Francia, se afirmaron, un tanto envueltos en nebulosidades, pero inspirados por una orientación firme y segura, los argumentos básicos de la teoría del riesgo profesional, y sobre todo, la idea de que era necesario una legislación especial para proteger a los trabajadores en nombre de la justicia y de la necesidad social”.

Pisarello: Una tormenta de entusiasmo

Pisarello: Una tormenta de entusiasmo

El periodista deportivo argentino Luis Plácido Pisarello (1891-1970) fue el primero que narró una carrera de caballos en la TV venezolana.

El periodista deportivo argentino Luis Plácido Pisarello (1891-1970) fue el primero que narró una carrera de caballos en la TV venezolana.

     “Pisarello fue el primer simsombrerista que hubo en Caracas. Además, fue el primer ser humano que vi por estas calles andando con una rapidez casi de rayo, que hacía contraste con el lento andar de los habitantes de esta simpática urbe en la cual se sabe bien que toda prisa trae su despacio. Pero ahora no se notan tanto esos pasos de ráfaga de Pisarello por la sencilla razón de que ya son muchas las personas que andan rápidamente como él, por haber adquirido ese hábito, impuesto por las urgencias de la diaria faena.

     Pisarello es más conocido en Caracas que muchos venezolanos. Durante varios años su voz se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos. Fue uno de los primeros locutores de radio y TV. De uno al otro lado de la ciudad se escuchaban sus modismos argentinos que le brotan inconscientemente, pero le dan tal fuerza a la descripción, que, bajándole el volumen al receptor porque su voz es demasiado llena y vigorosa, miles de personas lo escuchaban con ansiedad. Ahora solamente hace sus charlas hípicas por la Radio Caracas, y los apasionados de las carreras lo sintonizan porque, como veterano cronista deportivo, tiene un puesto bien ganado por aciertos que todos le reconocen.

     Pero la actividad que más le apasiona es indudablemente el teatro, pero el teatro en su forma esencialmente productiva. Tiene magnífica nariz para husmear los buenos negocios teatrales, para enumerarme los cuales le han faltado los dedos y le ha sido preciso recorrer los de sus manos varias veces. Claudio Arrau, Freiedman Ignaz, Sanz de la Maza, Andrés Segovia, Arturo Rubinstein, Lydia de Rivera, los Fakires Blancos, Eusebia Cosme, los Perros Comediantes, Graciela Ramírez, Hugo del Carril, Carlos Gardel, los Niños Cantores de Viena, los Niños de la Cruz de Madera, el American Ballet, la Argentinita, el Cuarteto Aguilar, Nicanor Zabaleta, Jehudi Menuhin, Odnopossoff, Efren Zimbalist, Lio Chang, los Cosacos del Don, Elman Misha, Jasha Heifetz, Spaventa, Slerying Henryk, Grace Moore, Paulina Singerman, Cuarteto Lenner, Cuban Lecuona Boys, Leopoldo Otero, Los Bufos Cubanos, Josefina Diez, Manolo Collado, Fernando Soler, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, hermanos López Alpuente, y varias compañías de ópera, han sido espectáculos traídos al país por este empresario, que las más de las veces ha ganado dinero, sabedor como es, por experiencia ajena y propia, de que lo que perjudica a los hombres son “las malas compañías”.

–¿Qué es lo más extraordinario que te ha ocurrido? –le pregunté.

–Lo más extraordinario fue mi viaje a Europa por prescripción médica. El doctor Cervoni me aconsejó ir para expulsar unas piedras renales y por poco dejo el pellejo, porque en momentos en que me hallaba en San Sebastián sobrevino la guerra civil española y todos los días el “Cervera” y el “España” nos enviaban un desayuno y una merienda de plomo de quinientas libras.

–¿Y tú mayor satisfacción?

En 1925 llegó a Venezuela y dos años más tarde narró, a través de la primera estación radial que existió en el país, AYRE, las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron en Caracas.

En 1925 llegó a Venezuela y dos años más tarde narró, a través de la primera estación radial que existió en el país, AYRE, las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron en Caracas.

–He tenido muchas, pero como argentino, creo que la más notable es la de haber traído al país dos caballos pura sangre, hace diez años, en un viaje que hice después de una larga ausencia de mi patria. En esa época aquí no se estimaban los equinos de mi país, considerándolos unos completos chongos. Los dos caballos que traje tuvieron un éxito tal que ahora son argentinos la mayoría de los que corren en el hipódromo caraqueño.

–¿Y tú susto más grande?

–¿Mi susto más grande? Me ocurrió cuando traje los Niños Cantores de Viena, con los cuales hice una ceremonia ante la estatua de Bolívar, en colaboración con los Boy Scouts. Se reunió tanta gente que me dio miedo porque hacía pocos días habían ocurrido los sucesos del 14 de febrero [de 1936], en los cuales resultaron varios muertos por los tiros disparados sobre una multitud mucho menos numerosa desde los balcones de la Gobernación.

–¿Y algo cómico de la época de la niñez?

–Siendo Monseñor Mariano Antonio Espinoza, Cura párroco de Santa Lucía en Buenos Aires, en una repartición de premios me habían dado el papel de Cura en la representación teatral acostumbrada. La sotana me quedaba tan grande, que, al caminar, la pisé y dando un traspiés, por poco quedó tendido en el suelo, lo cual me dio tanta rabia que apelé, para desahogarme, a la sublime interjección de España y aflojé un perfectísimo vizcaíno ante quien, años más tarde, habría de ser arzobispo de Buenos Aires.

–¿Y tú debut en el periodismo?

–Ocurrió cuando yo tenía diez y seis años en “La Argentina”, el primer periódico de cinco centavos que hubo en Buenos Aires, y el cual estaba dedicado únicamente a deporte y sucesos, y era dirigido por los hermanos Mulhall, los mismos propietarios del diario inglés “The Standard”, que es el más antiguo periódico bonaerense en idioma extranjero. Recuerdo que me pagaron cinco pesos por mi primera crónica sobre fútbol. Poco tiempo después fui nombrado redactor permanente por $60 mensuales. Era la época del fútbol sabanero, en que además de cronista, se debería ser boxeador, porque los fanáticos no perdonaban lo que se publicaba sobre sus ídolos. Pero los mayores disgustos en mi vida periodística los tuve cuando me encargué de la crónica teatral, porque trabajando, como trabajaba, en periódicos jocosos, había que tomarles el pelo a las estrellas, y los maridos y mamás de las divas eran más temibles que los forwards y los hinchas.

–¿Y no tuviste oportunidad de ser cronista de boxeo?

–En esa época el boxeo era prohibido en la Argentina, como el duelo, de manera que había necesidad de presentarlo como espectáculo en una forma que, aunque parezca paradoja, era privada. Después esto cambió cuando fue nombrada la primera Comisión de Boxeo. Fundé entonces una revista que se llamaba “Punch”, como la célebre publicación londinense. A raíz de la pelea de Luis Ángel Firpo con Herminio Spalla, italiano y campeón europeo, fue tan mala la actuación de Firpo que, al reseñarle, le cambié el nombre Toro Salvaje de las Pampas con que lo habían bautizado en Estados Unidos, por el de Manso Ternero de las Praderas. A pesar de haber causado esto una gran tomadura de pelo del público para Firpo, ello no enfrió en nada nuestra amistad, pues me debía mucho en su carrera, ya que, desde sus primeros momentos, fui uno de sus más decididos animadores, cuando él aún lavaba frascos en una botica.

Durante varios años, la voz de Pisarello se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos.

Durante varios años, la voz de Pisarello se metía en todas partes en los perifoneos de las carreras de caballos.

–¿Solamente hiciste periodismo deportivo?

–Qué va! Edmundo Calcaño, director de “Unión”, me llamó un día y me dijo: “O haces periodismo de verdad o te vas del diario”. Me obligó a escribir uno o dos reportajes cada día. A los tres meses ganaba $200 y de allí me sacó “La Razón” con $400 y poco tiempo después me contrató “Crítica” para encargarme de los Sucesos con $500 mensuales.

Estando en Crítica me tocó hacer la información del crimen más espeluznante, o sea el conocido con el nombre de Mateo Banks, individuo que mató a doce personas. También me tocó ir en el avión de Marcel Pallete con un fotógrafo para recoger los informes sobre el hundimiento de una lancha llena de gente efectuado por uno de los ferryboats que tropezó con ella en Campana. No había tres para llegar allí por lo cual “Crítica” contrató el avión.

–¿Cuál fue la información más sensacional que hiciste?

–La de un envenenamiento colectivo con pepinos en vinagre, en el cual murieron diez personas. Fue una cosa terrible. Morían en pleno conocimiento mental, ahogándose, y se produjo por el contacto del vinagre con un metal. Un periódico amarillo quiso darle tinte de crimen, pero me cupo la suerte de haber dado la información más verdadera.

–¿Y por qué dejaste el periodismo en la Argentina?

–Cosas del destino. Alberto Méndez me propuso venir como asesor literario con la compañía de operetas y revistas que estaba a punto de salir en jira para toda la América del Sur, y la cual actuaba a la sazón en el teatro Cervantes de Buenos Aires. En ese viaje me sucedieron cosas que jamás había soñado, como dormir en compañía de doce personas en una habitación, en La Dorada, y viajar en el río Magdalena durante un mes, por una tremenda sequía que nos mantuvo todo el tiempo varado en medio de una nube de mosquitos.

–¿Y cuándo llegaste a Venezuela?

–El 5 de julio de 1925. Aquí terminé mi compromiso con la compañía de revistas Méndez y comencé a publicar crónicas deportivas en “El Nuevo Diario”. También actué en la radio, en la antigua Estación AYRE, perifoneando las simpáticas carreras de perros que tanto entusiasmo despertaron entonces en esta ciudad. Desde 1926 he venido escribiendo las crónicas hípicas de ÉLITE, colaborando también en “Mundial” y “La Esfera”.

     Plácido Pisarello y Julio Argain Mateluna, fueron los fundadores de la primera agencia de publicidad que hubo en Venezuela, y que se llamó Arpissa, cuya oficina estaba situada de Palma a Municipal, y se hizo famosa por sus poltronas y sofá color cereza, que eran una incitación al sueño. En 1933 comenzó la publicación del semanario hípico “El Látigo”. En el año de 1932 inició las transmisiones de las carreras de caballos desde el Hipódromo. Hizo las primeras entrevistas por radio que se efectuaron en Venezuela. A raíz de un descalabro financiero en materias teatrales, se ocupó como vendedor de cauchos Dunlop. Y ahora le ha dado por innovar el negocio de los caballos fundando uno, el “Sans Souci”, con el ánimo de facilitar a las familias un lugar de gran lujo donde pasar la noche, viendo muy buenos artistas.

     Pisarello nació en Buenos Aires el 30 de agosto de 1891, día de Santa Rosa de Lima, la patrona de las tormentas. El mismo ha sido una verdadera tormenta de entusiasmo en todas partes. Ahora, en sus nuevas actividades, es casi seguro que triunfará porque es más voluntarioso que un baturro. Se ha empeñado en taladrar con la cabeza un muro y lo logrará. No sé si va a romperse la mollera, pero para este Plácido de las Tormentas no hay Santa Lucía que valga.

     Me alegraré mucho con este nuevo triunfo de Pisarello. Pero si le queda la sotana larga y vuelve a tropezarse, le ruego que no vaya a pronunciar la consagrada palabritra de Vizcaya, ¡porque le van a oír hasta en la China!”.

FUENTE CONSULTADA

  • Elite. Caracas, 1 de julio de 1944
El suicidio del suavecito

El suicidio del suavecito

Edgar Jiménez (1936 –1965), conocido por el seudónimo “El Suavecito”, fue un actor y comediante caraqueño de cine y televisión, que protagonizó la primera película de Román Chalbaud, Caín Adolescente, en 1959. También el film Un soltero en apuros, coproducción argentina-venezolana (1964), del director argentino Alberto Du Bois

Por Víctor Manuel Reinoso

El exitoso actor y comediante Edgar Jiménez, conocido por el seudónimo “El Suavecito”, se suicidó a los 29 años, en abril de 1965.

El exitoso actor y comediante Edgar Jiménez, conocido por el seudónimo “El Suavecito”, se suicidó a los 29 años, en abril de 1965.

     “El martes seis de abril de 1965, anocheció con una noticia trágica: Edgar Jiménez “El Suavecito”, se había suicidado. Las televisoras daban la noticia y las radios también. Los reporteros de sucesos, ya sentados a sus máquinas para escribir lo del día, debieron salir volando hacia la quinta “Edgeral”, de la calle Porlamar, Urbanización El Cafetal.

     Cuando “Élite” llegó, allí había una treintena de carros y los reporteros seguían llegando. Bomberos y policías franqueaban las puertas de la quinta, aún no terminada, a la que “El Suavecito”, su esposa y sus dos pequeños hijos se habían mudado tres semanas atrás. El cadáver del muchacho de 28 años que venía divirtiendo a los venezolanos desde que tenía once años, estaba todavía en la segunda planta de la quinta de 140 mil bolívares.

–¿Usted quién es?

–Periodista

–No puede subir. Es un pedido de la familia. Lo único que puedo hacer por usted y sus colegas es decirle cuánto sé.

     Quien habló así fue el inspector Guillermo Yanes, de la Policía Municipal de Petare, que franqueaba la escalera, mientras los detectives de la División de Homicidios de la Policía Técnica Judicial estaban arriba haciendo el levantamiento del cadáver con el forense.

–Así es. No pueden subir. La familia está predispuesta contra los periodistas– dijo una señora joven y gorda que se identificó como cuñada del suicida.

     La quinta “Edgeral” estaba llena. Artistas de TV seguían llegando a cada instante y abrazaban a la madre y hermanos del cómico que siempre decía en sus programas: “Yo soy el que se las sabe todas” . . .  o “como decía Cervantes. . .”

–¿A qué hora fue el disparo?

–A las 6 y 15 de la tarde, aproximadamente– dijo el inspector Yanes. Había llegado pocos momentos antes de la casa de sus padres, quienes viven en El Paraíso.

–¿Cuál fue la causa?

–Eso no lo sé. Solo le puedo decir que fue un disparo en el parietal derecho con orificio de salida, con una pistola española Star calibre 9.

–¿Por qué no se lo han llevado aún?

–Porque los familiares y amigos no quieren que se lo lleven en un carro de la morgue, sino en el de una funeraria.

     Como no podíamos subir, avanzamos hacia el interior de la quinta. La cuñada gordita corrió adelante y les fue diciendo algo al oído a cuantos vio. Les decía que n o debían decir nada a los periodistas

Vieja foto de los comienzos de “El Suavecito”, cuando hacía el papel de hijo de Frijolito y Robustiana con el nombre de Alejo Dolores.

Vieja foto de los comienzos de “El Suavecito”, cuando hacía el papel de hijo de Frijolito y Robustiana con el nombre de Alejo Dolores.

Después de una cerveza

     Betty Egui de Jiménez, en ese momento, estaba con una crisis nerviosa en una de las habitaciones de la quinta. La madre de “El Suavecito”, Leonor María de Jiménez, sollozaba:

 –Se me rompió mi cuadro de muchachos. Y tanto que se querían. Y él que me dijo que volviera pronto porque quería verme antes de dejar la casa.

     Edgar Jiménez y su esposa habían estado en la casa de los padres de él. Por la tarde, Simón Jiménez, salió con doña Leonor hacia el consultorio de un dentista. “El Suavecito” se quedó compartiendo con sus hermanos. Como a las 4:30 de la tarde recibió una llamada telefónica. Alguien que se proponía comprarle un terreno en 75 mil bolívares lo llamaba para confirmarle que sí haría el negocio. Eso descarta cualquier suposición de que el cómico se suicidara por motivos económicos. Los que fueron sus compañeros en Venevisión los últimos años comentaban que no había motivos para que “El Suavecito” pusiera fin a su vida así. Oscar García, cuando habló con esta revista, dijo:

–¿Cómo nos íbamos a suponer semejante cosa? Figúrate que estuvo en la planta por la mañana. Siempre haciéndole bromas a todo el mundo, tirando manotones para embromar. Suponte que a mí me hubieran puesto sesenta personas para que dijera quién podría suicidarse y a Edgar sería el último que se me hubiera ocurrido señalar

     Aunque ningún familiar lo confirmó en ese momento, se dijo que Jiménez había llegado a la quinta un poco bebido. Se había dirigido a un refrigerador en busca de una cerveza y su esposa lo había regañado por eso. A ella no le gustaba que bebiera y por eso discutieron muchas veces. Esta tarde, en su dormitorio, “El Suavecito” estaba con su esposa y su suegra María Zirit de Egui. Molesto, salió de la habitación y se encerró en la de su pequeña hija y un instante después se escuchaba el disparo. Cuando su esposa corrió a ver qué había sucedido, lo encontró tirado, desangrado, ya sin vida. Yacía con la sien ensangrentada, la pistola cerca. Betty Egui de Jiménez, llorando, llamó inmediatamente a Venevisión, donde “El Suavecito” trabajaba desde que esta planta televisora se fundó. Allí no quisieron creer la noticia, a pesar de la voz afligida de su esposa. Antes de darla al público llamaron a Néstor Zavarce, otro artista de esa planta, que vive, como Oscar García, en la Urbanización El Cafetal. Néstor Zavarce, a ocho cuadras de la Calle Porlamar, acudió enseguida. Subió a la segunda planta de la quinta y vio a su amigo con unos pantalones oscuros y una camisa a cuadros, sin vida. Se abrazó a él y lloró: “¡Edgar, Edgar, hermanito!, ¿cómo pudiste hacer eso?” Reponiéndose, llamó a Venevisión y a la policía. Cuando ésta llegó no lo dejaron subir. A esta hora comenzaron a llegar siete de los ocho hermanos del suicida con sus padres. Los muchachos, delgados como “El Suavecito”, lloraban por los pasillos de la quinta y se abrazaban a cuantos llegaban, diciendo:

–Se nos mató Edgar!! ¡¡Se nos mató Edgar!!

El cadáver del actor venezolano fue sacado de la quinta “Edgeral”, en la urbanización El Cafetal, por los bomberos de Petare hacia la ambulancia de una funeraria.

El cadáver del actor venezolano fue sacado de la quinta “Edgeral”, en la urbanización El Cafetal, por los bomberos de Petare hacia la ambulancia de una funeraria.

Un veterano de la farándula

     Cuando “Élite” habló con Néstor Zavarce, el conocido cantante y animador seguía desconcertado frente a la muerte tan inesperada de su amigo:

–Todavía no lo puedo creer –dijo–. Él tenía, como yo, 28 años. Nosotros éramos amigos desde antes que el comenzara a trabajar junto a “Frijolito y Robustiana”. Juntos estudiamos primaria en el “Miguel Antonio Caro”. Después, cuando estaba en el liceo Independencia, seguimos siendo amigos. Últimamente en Venevisión animábamos juntos el programa “Ritmo y Juventud”, además de Franklin Vallenilla. Él había dejado de hacer su programa de “El Suavecito”, pero eso, de ninguna manera, lo afectaba económicamente; a él le habían renovado el contrato, incluso con más sueldo, y pronto iba a comenzar otro programa. Como yo también tenía que retirarme de “Ritmo y Juventud” para comenzar otro programa, el domingo pasado él me dijo que se aprestaba a despedirme de “Ritmo y Juventud” con una pequeña fiesta con torta. Ahora, su muerte, tan inesperada, no sé atribuirla a nada que no sea un arrebato de locura. Él no tenía problemas económicos. Estaba viviendo en San José de los Altos y hace tres semanas se mudó a esta quinta que cuesta 140 mil bolívares. Tampoco sé que haya tenido alguna enfermedad incurable que lo haya tenido deprimido. A todos los compañeros lo primero que le decía cuando los veía era:

     “Mi caballo, ¿cuándo va a ir a conocer mi quinta de El Cafetal?” Problemas serios con su esposa, nunca supe que los tuviera.

     Carlos Fernández y Ana Teresa Guinand, “Frijolito y Robustiana”, que iniciaron en la farándula a Edgar Jiménez, llegaron igualmente sorprendidos a la quinta de “El Suavecito”, que había hecho de hijo de ellos en la radio con el nombre de “Alejo Dolores”.

     Mientras el doctor Luis Rodríguez, jefe de la División de Homicidios y el forense Gabaldón ultimaban su labor, los amigos del actor cómico recordaban que se había iniciado en la TV en el programa infantil “Jorge el Águila”, de allí pasó a Radio Caracas TV. Aparte de eso, actuó en piezas teatrales como “Ángeles de la Calle”, donde hizo el papel de “Fosforito”. También actuó en el cine. Tuvo un papel en “Caín adolescente”, una película con libreto de Román Chalbaud, y fue muy aplaudido por su papel en “Sagrado y Obsceno”.

     Últimamente, fue una de las figuras de “Un soltero en apuros”, que le trajo disgustos cuando su nombre fue puesto de segundo. En la televisora donde consiguió su máxima popularidad, aparte de su programa cómico, solía aparecer en el “Consultorio Sentimental”.

     Después que los policías terminaron su labor, en la camilla de una funeraria fue bajado hacia una ambulancia amarilla, placas A3-2805. Sus compañeros debieron repeler con palabras duras a los empleados de las funerarias que querían monopolizar el entierro, Hubo unos, incluso, que querían sacarle metido en un ataúd para que los otros que esperaban llevárselo no tuvieran nada que hacer. Mientras la ambulancia amarilla seguida de otra roja se dirigía hacia el hospital Pérez de León para la autopsia legal, los familiares anunciaron que sería velado en la Avenida Los Jabillos, en La Florida, no lejos de Venevisión. Fue enterrado a las 4 de la tarde del día siguiente.

     “El Suavecito” dejó dos hijos, Geraldine y Edgar. A su esposa, solo le dejó estas últimas palabras: “Hágale el tetero a la reina”. Después se suicidó. El cómico que siempre aseguró: “Se lo dice El Suave, que se las sabe todas”, no supo seguir viviendo”.

FUENTE CONSULTADA

  • Revista Elite. Caracas, 17 de abril de 1965.
La cárcel de El Obispo aterraba a Gómez y a Pérez Jiménez complacía

La cárcel de El Obispo aterraba a Gómez y a Pérez Jiménez complacía

José Rafael Machado, mejor conocido como Juan Vené, el popular periodista deportivo que lleva décadas cubriendo el beisbol de Grandes Ligas para diferentes diarios de América Latina desde Estados Unidos, y que en los últimos años ha generado mucha polémica por posiciones a la hora de votar en la elección anual del Salón de la Fama, cubrió información general en sus inicios en Venezuela, como reportero de diferentes publicaciones de la Cadena Capriles. La siguiente es una breve pero detallada crónica que escribió para la revista Élite, acerca de la cárcel caraqueña de El Obispo, después de un año de derrocada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Por Juan Vené

La cárcel de El Obispo fue construida en el cerro del Guarataro, en la Caracas de 1926, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez. La obra estuvo bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis.

La cárcel de El Obispo fue construida en el cerro del Guarataro, en la Caracas de 1926, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez. La obra estuvo bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis.

     “La cárcel de El Obispo, construida a partir de los primeros días de 1926, bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis y con sudor y sangre de presos víctimas de Gómez, ha esperado veintidós años que la furia de la piqueta caiga sobre sus gruesas paredes. Porque en 1936 Eleazar López Contreras dijo que, en seguida, después de derruir La Rotunda, caería el castillo del cerro que vigila Nuevo Mundo. No obstante, parece que ningún gobernante ha encontrado martillos mecánicos lo suficientemente apropiados para acabar con el edificio del penal.

     El obispo, nombre que la cárcel robó a la colina, no fue utilizado por Gómez y fue hasta 1936 –después de diez años de construida– cuando López Contreras decidió abrirla para mantener en el interior de los minúsculos calabozos los presos en calidad de “preventivos” y alegaba que “la desaparición de La Rotunda” le hacía utilizar la cárcel del Obispo porque no había otro retén apropiado.

–Ordenaré su demolición cuanto antes.

     Así lo prometió el presidente en 1936. Pero El Obispo continuó guardando presos. Por allí han pasado los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios, Raúl Leoni, Capitán Bonet, Rodolfo José Cárdenas, Martín Rangel y tantos otros.

     Pero fue desde 1949 cuando la sección “A” del penal del Guarataro comenzó a almacenar presos políticos que vivirían por muchos años allí. Martín Rangel, el estudiante de medicina de Tucupita, permaneció allí cuarenta meses en el calabozo denominado “la nevera”, por el frío intenso que allí debían padecer sus ocupantes; Rodolfo Cárdenas vivió dos años y meses en el primer calabozo que se encuentra al entrar, a mano derecha, y que es el más chico; militares como el capitán Bonet; líderes obreros como Cruz Carneiro; líderes estudiantiles como Otaiza, Loyo, Colombani y muchos más; periodistas como Miguel Ángel Capriles, Manuel Trujillo y Andrés Miranda; inocentes como ese moreno popular, quien se hace llamar “el mejor maraquero de Venezuela” y a quien apodan “El Gardel Venezolano”, un total superior a los 10 mil presos políticos, pasó por el estrecho rincón de los treinta y tres cartuchos.

     Los calabozos de El Obispo miden metro y medio por dos y en cada uno durmieron hasta cuatro hombres, porque en la letra “A” casi siempre hubo más de ciento veinte presos. En la planta baja hay diecisiete calabozos y en la superior, dieciséis, todos con frente a un triángulo, lo que hace decir a los recluidos allí:

–Ni siquiera tenemos el consuelo de estar entre cuatro paredes. . .

Aquí solamente hay tres. . .”

     Los presos de la letra “A” en El Obispo, nunca descuidaron la vida política del país. Seguridad Nacional pretendía asegurarse de la inactividad del centenar y medio de hombres allí mantenidos, prohibiendo toda clase de comunicación con el mundo exterior. Martín Rangel, en cuatro años, pudo lograr una sola visita de su mamá.

En la cárcel de El Obispo estuvieron presos los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios y Raúl Leoni, entre muchos otros.

     En la cárcel de El Obispo estuvieron presos los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios y Raúl Leoni, entre muchos otros.

En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el picotazo con el que se inició la demolición de la cárcel de El-Obispo.

En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el picotazo con el que se inició la demolición de la cárcel de El-Obispo.

     No obstante, esta gente siempre luchó contra las injusticias del régimen de Pérez Jiménez. Los cálculos de los ex reclusos políticos de ese penal señalan que solamente un diez por ciento de los hombres que llevaban allí por primera vez eran realmente trabajadores de la clandestinidad, pero al reunirse con los políticos se convertían por lo menos en enemigos del Gobierno.

     Así fue aumentando la oposición y cada preso que lograba salir de El Obispo era una cifra valiosa para el movimiento. Pedro Estrada fabricó su propio centro de reuniones para adiestramiento en el trabajo de oposición.

 

A fines de mayo adiós a el obispo

     La gobernación del Distrito Federal, por medio de uno de sus voceros, anunció que, a partir de mayo de 1958, comenzará la demolición de la cárcel de El Obispo. Cuando el martillo mecánico caiga sobre los muros y las garitas, habrá desaparecido una de las cárceles que junto con la Rotunda y los edificios de Seguridad Nacional en El Paraíso y la Avenida México, han constituido los centros de injusticias y peligros más grandes de Venezuela”.

     No obstante, pasaría un año para que, efectivamente, la temible cárcel de El Obispo fuera derribada. En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, y otros dirigentes, dio el primer picotazo.

El onomástico del Libertador

El onomástico del Libertador

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

     La obra de William Duane (1760-1835), un periodista y editor estadounidense, titulada Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823 proporciona un registro histórico valioso de la época posterior a la Independencia en la República de Colombia o Gran Colombia, según la denominación historiográfica con la que se ha dado a conocer este intento de integración de Suramérica. Es preciso reconocer que su libro ofrece una visión detallada de la vida, la cultura y la política de la región durante un momento de edificación republicana.

     Además, tiene una destacada importancia por ser una visión de un extranjero quien, sin duda, por las ideas que desplegó en su escrito, sentía una gran admiración por los personajes que protagonizaron la Independencia frente a la monarquía española. En fin, Duane aportó una perspectiva única de los eventos y circunstancias de la época. Sus observaciones pueden ofrecer una visión imparcial y objetiva de los acontecimientos. Aunque una lectura atenta y cuidadosa permite constatar sus simpatías por los americanos y cierta aversión hacia lo ejecutado por los ibéricos españoles en estas porciones territoriales.

     Por tanto, es recomendable indicar que en las líneas por él trazadas se nota una defensa de la independencia. Así, que se pudiera concluir que Duane fue un ferviente defensor de la independencia de América del Sur. Sus escritos no sólo registraron los hechos históricos, sino que también muestran su apoyo a la causa de la independencia.

     Por tal motivo en la última sesión del primer Congreso General de Colombia, se le otorgó a Duane un reconocimiento en favor de su constante esfuerzo por brindar apoyo a la libertad del pueblo de la Gran Colombia. 

     Por lo tanto, la obra de Duane sobre la Gran Colombia es una fuente importante de información histórica y ofrece una perspectiva única sobre este período de la historia sudamericana. En especial, por ser un escritor con una excelente preparación intelectual. La edición en español, preparada por el Instituto Nacional de Hipódromos de Venezuela en 1963, consta de dos tomos que suman un poco más de setecientas páginas de descripciones y argumentos extensos, desplegados en dos volúmenes.

     Duane coincidió, durante su estadía en Caracas, con la celebración del 28 de octubre, día que se mantuvo, por un tiempo, como el del nacimiento de Simón Bolívar. Ello se debió a que el onomástico del Libertador coincidía con la festividad de San Simón en el santoral. El onomástico hace alusión al día en que se festeja algún santo. Durante muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria. Se creía que ese día no solo era el onomástico del Libertador, sino también el de su natalicio. Más tarde, una disposición legislativa rectificó ese error, trasladando la fecha nacional al 24 de julio, que es el verdadero aniversario del nacimiento del Libertador. Sin embargo, el sentimiento popular continuó festejando el 28 de octubre, ya que lo que importaba era su nombre, que en el santoral correspondía al 28 de octubre de cada año, día de San Simón.

     Según Alfonso Castro Escalante, historiador del estado Mérida, quien citó a Tulio Chissone quien había presentado una disertación en la Sociedad Bolivariana de Venezuela, el 28 de octubre de 1975, señaló que “por muchos años el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria. Creyó al principio que ese día no solo era el onomástico del Libertador, sino también el de su natalicio”.

El célebre historiador merideño, Tulio Chissone, señaló que, “por muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria.

El célebre historiador merideño, Tulio Chissone, señaló que, “por muchos años, el 28 de octubre fue celebrado en Venezuela como un gran día de la Patria.

     Aunque una disposición legislativa rectificó este error, trasladando la fecha nacional al 24 de julio, el sentimiento popular festejaba sin saberlo, y como por instinto, el 28 de octubre, porque era un acontecimiento todavía más grandioso y cuya gloria resonó en toda la América. De ahí que, el historiador merideño agregara: “Bolívar la encarnación del genio de la libertad en el seno de una mujer venezolana”. No importaba el día de su nacimiento, lo que importaba era su nombre, que en el santoral correspondía a la fecha ya indicada.

     De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio. Hoy se agregan aspectos que emanan de sus propias cartas, que demuestran como el Libertador aceptó, con agrado y gratitud, las manifestaciones que se le hacían el 28 de octubre: El 28 de octubre de 1817 fue celebrado en Angostura con un solemne tedeum. 

     El Libertador participó en los actos programados, y al efecto escribió al general. Carlos Soublette, jefe del Estado Mayor lo siguiente: “Incluyo a usted el programa para la fiesta a la que he determinado concurrir mañana en la Iglesia Catedral de esta ciudad. Comuníquelo usted a quien corresponde, especialmente al venerable cura y a quien prevendrá para la colocación de los asientos. Las salvas no tendrán lugar mañana. Lo demás se ejecutará en cuanto sea posible. Y en otra carta fechada el 28 del mismo mes y año, insinuaba al jefe del estado mayor, invitar a todos los generales, jefes y oficiales de los cuerpos, y a los jefes y oficiales sueltos que voluntariamente quieran concurrir, a su casa de habitación para acompañarlo a la iglesia al tedeum a que lo ha invitado el venerable párroco de la Iglesia Catedral “. Esta larga cita proviene de Vicente Lecuna en la edición de Cartas del Libertador y preparada por él.

     Aclarado el punto sobre el 28 de octubre como día del nacimiento de Simón Bolívar, tal como lo escribió Duane, paso a presentar una sinopsis de lo que observó sobre los preparativos para la celebración de este acontecimiento.

     Contó Duane que, por ser 28 de octubre, “el día natal del presidente”, desde tempranas horas del día se escuchaba el retumbar de la artillería desde diversos puntos de la ciudad. En momentos de vida normal, las calles de Caracas lucían muy apacibles y, de acuerdo con este cronista viajero, era muy raro ver las calles con aglomeración de personas, “pero en este día aparecían como un hormiguero cuyos habitantes se hubieran puesto en movimiento”.

     Para la ocasión los miembros de las fuerzas militares hicieron gala de sus mejores uniformes, “aunque dicha denominación no corresponde precisamente a la realidad, pues no se adaptan a ningún corte, patrón o color de uso general; sin embargo, a los ojos de un espectador forastero, formaban un espectáculo atractivo”. De los integrantes del desfile dijo que llevaban guerreras cortas de tonos azules, rojos o amarillos, así como que los pantalones eran también del mismo color o, simplemente, blancos. Muchos de los soldados exhibían estas combinaciones. Mientras los oficiales vestían con pantalones amarillos, blancos o de color carmesí. Llevaban sombrero, algunos, también gorras de cuero o paja, con penachos de pluma de diferentes matices.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, habría sido el propio Libertador quien propició esta identidad entre su onomástico y su natalicio.

     Los oficiales de mayor rango vestían con intenciones de uniformidad. Al respecto subrayó, “Tantas variedades de colores no debían atribuirse por entero a capricho u ostentación; existía ciertamente un reglamento sobre el uso del uniforme, pero como ello solo no significaba que se estuviera en capacidad para importar una cantidad suficiente de tela de un solo color, ni para pagar los gastos de confección, las necesidades del momento autorizaban las innovaciones, embellecidas a su vez por el antojo o la vanidad”.

     Escribió que, a propósito del “festival”, todos los integrantes de la tropa, regulares y voluntarios, acudieron a la cita celebratoria con sus respectivos uniformes, aunque la diversidad no aparecía de manera tan irregular como la de los oficiales del servicio regular. De los “soldados de línea” expuso que portaban chaquetas de dril, pantalones a los “Osnaburg” (tela de textura rugosa y gruesa que era utilizada para elaborar la indumentaria de los esclavos). Añadió que la vestimenta se notaba limpia y en buen estado. De los oficiales, quienes montaban corceles de buena estampa, aunque a algunos les habían cortado la cola, mostraban sus mejores galas. Para esta ocasión se habían distribuido nuevos uniformes y calzado apropiado, incluso alpargatas. Sobre las armas anotó que a simple vista presentaban un aspecto óptimo, “pero algunas sólo resultaban apropiadas para un desfile de gala”.

     En su descripción destacó que todos los templos de la ciudad estaban abiertos. Por otro lado, entre los actos programados para la ocasión estaba “la celebración de un espléndido sarao”. Encuentro al que fue invitado y que aprovechó para mostrar a sus potenciales lectores algunas “costumbres y maneras del país”. 

     Bajo esta intención expresó que todo el día 28 había sido de festejos ininterrumpidos, con un clima templado, muy a favor para las festividades. Indicó que en las calles se veían llenas de “graciosas damiselas”, vestidas con trajes de “vivos colores”. Por un momento, las calles volvieron a su normal trajinar, puesto que las personas se alistaban para un baile programado dentro de la magna celebración.

     Indicó que esta última se llevó a cabo en una de las principales moradas de la ciudad. Lugar al que los invitados llegaron antes de las ocho de la noche. Para esta fiesta se presentaron dos orquestas que interpretaron la contradanza española. Baile caracterizado por la danza que, al principio, le pareció poco animado, sin embargo, con el desarrollo del mismo se le fue tornando atractivo por “ser tan excelente la danza como la música”. Expuso que quienes asistieron al baile lo hacían en parejas y que por ser el salón bastante espacioso tuvo la “oportunidad para admirar las bellezas caraqueñas”.

     Sumó a su observación que había constatado el buen trato de los oficiales para con sus respectivas parejas en el baile. Contrario a las informaciones que difundían los enemigos de la república de Colombia, escribió haber sentido complacencia al ver “la concordia y el espíritu liberal, el buen sentido y la corrección” en la manera de relacionarse las personas en esta oportunidad. Las cordiales relaciones entre éstas, así como las expresiones plagadas de alegría y espontaneidad, “que caracterizaron aquella fiesta”, eran la mejor refutación a los agoreros mensajes que se lanzaban contra los revolucionarios suramericanos.

     A esto agregó el ejemplo de las castas de color y su relación con la nueva elite política y económica. “Se había vaticinado que las gentes de color nunca llegarían a avenirse con quienes ostentaban blanca la tez. Pues bien, en esta ocasión pude ver a beldades tan rubias como Cintia, o tan rubicundas como Hebe, cuyo color blanco y rosa resplandecía, atravesando graciosamente entre los apiñados grupos de la danza, del brazo de ciudadanos cuya piel presentaba todos los matices”. Más adelante subrayó que, las mujeres quienes habían recibido “buena educación” no eran menos estimadas “por el hecho de que su cutis no era totalmente blanco”.

     El objeto de su juicio era lo escrito por el francés Francisco Depons (1751-1812), quien había residido en Venezuela entre 1801 y 1804, quien en su obra Viaje a la parte Oriental de Tierra Firme (1806) representaba las agoreras consideraciones a la que hizo referencia Duane. De los argumentos, desplegados por el francés, indicó que fueron erróneos, ya que “las discriminaciones no existían, sino las debidas a los méritos intelectuales y morales para conquistar el respeto personal o el desempeño de un cargo público”.

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