Lo afirmativo del venezolano

Lo afirmativo del venezolano

Este es el título de una de las obras más importantes del escritor y educador Augusto Mijares (1897-1979). Publicado por primera vez en 1963. Es un libro que recopila un conjunto de ensayos a través de los cuales se examina la historia de Venezuela a partir de las virtudes, considerando dónde se está, qué se ha hecho, y cuáles son las directrices que hay que tomar en los días por venir en la vida de la República. La obra va en búsqueda de las raíces optimistas, positivas, «afirmativas», en el pasado del país. A continuación, uno de los agudos ensayos de Mijares que le dio el título a la extraordinaria obra señalada. 

Por Augusto Mijares*

Augusto Mijares, asumió con empeño la búsqueda de lo afirmativo venezolano como guía para la construcción del porvenir del país.

Augusto Mijares, asumió con empeño la búsqueda de lo afirmativo venezolano como guía para la construcción del porvenir del país.

     “Desde hace muchos años, quizás desde la adolescencia, pensaba en un libro que pudiera llevar por título «Lo afirmativo venezolano»; y en 1940, en un pequeño ensayo sobre «Los sembradores de cenizas», indicaba por qué era necesario aquel libro, como antítesis a los que se empeñan en regar esterilidad sobre el suelo de la patria.

     Los sembradores de cenizas son, en la vida privada, esos padres que maltratan de palabra a sus hijos con juicios despreciativos sobre su carácter: «este chico es muy voluntarioso», «este chico es cobarde»; o bien: «es malvado», «es torpe», «es incorregible». A veces eso se hace simplemente por impaciencia y necedad, a menudo por mal entendido cariño y creyendo corregir a los niños; a veces con verdadera sevicia y por deseo de ostentar superioridad y dominio. Se nos encoge el corazón al presenciar que al niño se le señala así una falsa y humillante personalidad, y que se le condena a luchar contra ese fantasma durante toda la vida. Aquellas afirmaciones irreflexivas son como un espejo deformante que el chico encuentra ante sí en todo momento, durante el período más delicado de su integración psicológica, y esa imagen obsesionante de sí mismo tiene que producirle —hasta que se liberte de ella, si es que algún día lo logra— innumerables conflictos de rencor, vergüenza, frustración, timidez y desesperación.

     Quizá una lucha que durará toda su vida no llegue a separarlo de esa falsa personalidad. Y así como bajo la luz cenital del mediodía nuestra sombra se incorpora a nosotros mismos, quizás para ese niño su madurez de hombre no será la madurez de sí mismo, sino la de esa mala sombra, que le amarraron a los pies desde sus primeros pasos por la vida1. Pero los sembradores de cenizas también existen para alardear ante su propio país, como los padres ante los niños, y sentirse superiores y dominantes con el fácil recurso de deprimir a los otros. En el caso concreto que quiero señalar: a Venezuela, al pueblo venezolano.

      No es difícil observar que cuando uno de estos Narcisos —Narcisos por la autocomplicación egoísta— aparenta lamentar que Venezuela hizo tal o cual cosa contra Bolívar, Miranda o Bello, es porque él mismo quiere señalarse como un Bolívar, un Miranda o un Bello, incomprendido. Y cuando habla de que todos los venezolanos somos ingratos o corrompidos o frívolos, sólo le interesa ponerse a sí mismo como paradigma de las virtudes opuestas.

     Otras causas han concurrido también, desde luego, a crear ese funesto hábito de blasfemar contra la patria o cubrirnos de cenizas y de lamentaciones. La más evidente de esas causas es el contraste que debió afrontar la conciencia nacional cuando nuestros infortunios políticos —guerras, desorientación, personalismo— y la miseria del país produjeron a mediados del siglo pasado la caída vertiginosa de la República en relación con las aspiraciones colectivas de regularidad legal, probidad administrativa, libertad y cultura, que hasta entonces se habían mantenido intactas. Desde el propio siglo XVIII venían aquellos ideales, y el deseo de realizarlos fue el núcleo espiritual que dio nacimiento a la patria; durante la guerra emancipadora se afirmaron como justificación moral de la Revolución y de los sacrificios que esta imponía; en los primeros años de la República de 1830 presidieron la reconstrucción moral y política que Venezuela logró. Y de pronto, todo comenzó a derrumbarse: la anarquía y el despotismo, crueldades, mentiras y prevaricaciones ocuparon el primer plano de nuestra vida pública. Aquel contraste y esta realidad alucinante fueron para nuestros padres sufrimiento de todos los días; no es extraño, pues, que se los tomara como la realidad única y fundamental de la patria.

El Venezolano, ni en los peores momentos de crisis políticas, ha perdido aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria.

El Venezolano, ni en los peores momentos de crisis políticas, ha perdido aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria.

     Pero la verdad es que, aun en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria. Aun en las épocas más funestas puede observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes. Figuras siniestras o grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia.

     Este libro que hoy presento intenta recoger esta presencia, esta tradición, que es la otra realidad de la patria. Desde luego, apenas es un anticipo de lo que podría ser la verdadera obra sobre lo afirmativo venezolano. Pero, aun así —apenas como esbozo y guía— puede iniciar una revisión histórica fecunda. Mucho se ha insistido en sistematizar lo que de ingrato y deprimente tienen nuestros anales; me he propuesto luchar con igual insistencia contra la imagen caricaturesca que así se ha hecho del carácter nacional.

     El empeño de humillarnos y ofendernos —decía en mi ensayo ya citado— se ha convertido en un alarde de buen tono; es un signo de distinción y permite levantar cátedra magistral; aceptamos ingenuamente que el venezolano que reniega de los venezolanos está por encima de todos, como un paradigma de capacidad y honradez. Más grave aún: compatriotas sinceros, capaces e indudablemente bien intencionados, se han dejado contagiar por el hábito funesto. Y no admiten siquiera que, así como ellos mismos son un mentís a esa concepción pesimista del carácter nacional, falta quizás por descubrir centenares y millares de iguales venezolanos que —aun cuando desconfiásemos de todos los otros— podrían servir como un núcleo renovador de influencia incalculable.

     Si, por su propósito de reanimar la moral colectiva, este libro provocara sonrisas escépticas o desdeñosas, eso no sería sino una prueba más de cuán necesario es, para salvar a los venezolanos que aún conservan alguna tonicidad espiritual de ese entreguismo que los otros consideran tan cómodo. Sólo los pedantes y los que ya no esperan remedio para su esterilidad íntima confunden la moral con la gazmoñería y el sentimentalismo. Todo problema humano es en el fondo un problema de conducta; por consiguiente, un problema moral. Moral individual o moral colectiva. Cómo deseamos vivir, cuál es la forma de vida que consideramos superior, cómo nos proponemos vivir, son las interrogantes que mantienen en actividad el forcejeo recóndito que es lo mejor del ser humano. Por eso los conflictos morales forman el núcleo de las más apasionantes tragedias, reales o ficticias, que conmueven al hombre; los héroes y los mártires, los santos y los libertadores, por una parte, y del otro lado los pícaros y los tontos, los cobardes y los embusteros —todo lo que es elevado y admirable y lo que es despreciable u odioso—, adquieren fisonomía a la luz de un juicio moral.

En el Almacén Americano se podía conseguir desde un automóvil Ford hasta máquinas registradoras, pianolas, cajas fuertes, bicicletas, máquinas de escribir, cajas de hielo, bocinas y cornetas, acumuladores y bujías para autos, entre muchas otras cosas más.

     La humanidad ha dado siempre el título de heroísmo no al combatir vulgar, sino a una íntima condición ética, que es lo que pone al hombre por encima de sus semejantes: héroe es el que resiste cuando los otros ceden; el que cree cuando los otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen. Un libro de moral cívica puede ser también una epopeya.

     Y ese aspecto de la patria, que deseo se ilumine, puede darnos también bellezas insospechadas: hombres que quisieron ser simplemente honestos fueron por eso mismo grandes y valerosos; a veces el que sólo pensó en defender su decoro adquiere por su sacrificio señorío de héroe; un trabajador intelectual, que aisladamente parece una desdibujada figura, tiene sin embargo, dentro de aquella valorización moral, la categoría de un paladín; el anciano que, después de haber sido zarandeado por desengaños y perfidias, se aferra a sus convicciones es un Áyax desafiante sobre el peñasco marino que siente abrirse bajo sus pies. La bondad también puede usar penacho y la honradez es muy a menudo un reto contra la mediocridad.

     En Venezuela los aprovechadores suelen llamar «líricos», por escarnio, a los hombres sinceros, entusiastas y desinteresados. Contestamos: es verdad, son líricos y grandes; si ponemos sus vidas en un libro, por una parte, será una obra de moral, en otro aspecto será un canto a la grandeza y a la poesía de ese vivir.

     En ese sentido Lo afirmativo venezolano podría ser otro canto al heroísmo venezolano. Si todavía los subtítulos estuvieran de moda, le correspondería llevar este: «Del heroísmo que no figura en Venezuela Heroica».

     Y puede ser también un ideario venezolano. Porque otro aspecto de nuestra tradición pesimista es afirmar que siempre hemos ido a la deriva, sin propósitos fijos, a merced del capricho de los poderosos y de la improvisación de sus favoritos. En parte es verdad, pero no es toda la verdad de nuestra historia. Como fruto del patriotismo, de la perseverancia y del desinterés de muchos trabajadores, a veces anónimos, podemos reconstruir una tradición intelectual que debe adquirir para la juventud tanta realidad como la que nos hemos empeñado en darles a las vergüenzas, latrocinios y perjurios de nuestra vida política. Desdeñados, perseguidos o escarnecidos, siempre han existido esos venezolanos que, de generación en generación, a través de la muerte, se han pasado la señal de lo que estaba por hacerse y han mantenido la continuidad de la conciencia nacional.

     Se atribuye a Guzmán Blanco haberse valido con jactancia de lo que él llamaba «el cementerio de los vivos», o sea, la reclusión en el silencio y en la inactividad de todos los que no aceptaron el unipersonalismo del caudillo. Ese cementerio cubre toda la historia de Venezuela, pero de él podemos rescatar, todavía viviente, lo mejor de nuestra realidad moral. Y explorar, valorizar y defender esa dimensión espiritual de Venezuela es tan importante como cuidar de su integridad material. O más”.

* Educador, historiador y escritor, nacido en Villa de Cura, estado Aragua, en 1897, y fallecido en Caracas, en 1979. Graduado de profesor en el Instituto Pedagógico de Caracas, en 1938, fue ministro de Educación en 1949. Autor de numerosos trabajos sobre la historia de Venezuela. Se le considera como uno de los mejores ensayistas venezolanos del siglo XX. Su libro El Libertador (1964) es considerado una de las mejores biografías sobre Simón Bolívar. Publicó también importantes estudios sobre Simón Rodríguez, Fermín Toro, Rafael María Baralt y José Rafael Revenga. Fue Individuo de número de la Academia Nacional de la Historia, de la Academia Nacional de Ciencias Políticas y de la Academia Venezolana de la Lengua.

La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

Su proponente fue el bachiller y coronel Adán Hermoso Tellería (1882-1920), quien después de uno de los debates fue llevado en hombros desde el Congreso hasta el Hotel Klindt, en la Plaza Bolívar. 

Por Rafael Caldera

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

     “El 29 de abril de 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, corrió súbitamente un viento fresco de inquietud política y social en la Cámara de Diputados. Es difícil de imaginarlo. Tenía ya el general Gómez más de siete años en el ejercicio del poder y su autoridad se había consolidado. Pero no había muerto totalmente el espíritu parlamentario.

     Aquel 29 de abril ocurrió ante la Cámara un hecho inusitado. Presidía Rafael Cayama Martínez, diputado falconiano, escritor, orador y político, con título de General no emanado de ninguna escuela, sino obtenido en las contingencias político-militares de nuestras frecuentes contiendas intestinas. Y el acto de la sesión menciona escuetamente: “Concedido el derecho de palabra, el diputado Hermoso Tellería hizo uso de él para hablar sobre una ley protectora de obreros, proponiendo . . . que se designe una Comisión de siete miembros nombrados por la Presidencia para que, a la brevedad posible, presente un proyecto de Ley sobre protección de Obreros. El diputado doctor Planchart dio su voto aprobatorio a la proposición de Hermoso Tellería. Puesta en discusión y votada, se aprobó por unanimidad.

     La Presidencia nombró a los diputados Hermoso Tellería, Planchart, Crespo Vivas, Arcaya, Ron Pedrique, Baptista Galindo y Peña para constituir la Comisión a que se refiere la proposición”.

     En aquel mismo año 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, había enviado a las Cámaras un proyecto de Código Civil. Contenía algunas innovaciones, entre ellas el establecimiento de la inquisición de la paternidad ilegítima, la cual alarmó tanto al dictador, ante los comentarios que le hicieron, que motivó la reforma del Código en 1922. 

     Pero el proyecto de Arcaya no innovaba prácticamente nada en materia de relaciones obrero-patronales. El arrendamiento de servicios continuaba rigiéndose, en sustancia, por las normas napoleónicas, las cuales subsistirían en aquel instrumento fundamental hasta la reforma efectuada en 1942. La nueva Ley propuesta por el diputado Hermoso Tellería pretendía que se diera entrada en nuestro derecho positivo al principio de la responsabilidad por accidentes de trabajo.

 

¿Quién era el proponente?

     Adán Hermoso Tellería era un hombre de 23 años. Usaba el título de Coronel, ganado –como el generalato del Presidente de la Cámara para aquel momento– en nuestra peripecia incivil. Había nacido en Coro en 1892. Era hijo del General Claudio Hermoso Tellería, cuyos dos apellidos usaba –lo mismo que sus hermanos– tal vez para evitar el simbolismo de unir el patronímico paterno y el materno, ya que su señora madre fue doña María Ramos Ramos y no querían que los llamaran los “hermosos ramos” …

     Se graduó de bachiller en Falcón y vino a Caracas a estudiar derecho, pero prefirió la política y entró en ella al estilo de los tiempos. Al lado del general León Jurado participó en alguna acción de nuestras luchas, y peleando salió de acuerdo a la usanza de la época, con el título de Coronel. Fue luego secretario de Gobierno en el Guárico, y muy pronto se le designó Diputado al Congreso, donde, a pesar de su juventud, llegó a estar encargado de la Presidencia de Diputados.

     Debió ser un orador de mucha fibra. De él se cuenta que después de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, fue llevado en hombros a la salida de la Cámara hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado entonces frente a la Plaza Bolívar. En volumen impreso en la Tipografía Ramírez de Coro, bajo el título “Por Senderos de Justicia”. Hermoso Tellería recogió la historia del proyecto. Y en otro volumen, también impreso en la Tipografía Ramírez y titulado “Labor Parlamentaria”, recogió después una serie de incidencias de su actuación en el Congreso, las cuales emparentan con su proyecto de 1916 la llamada Ley de talleres y Establecimientos Públicos, tímido texto sancionado en 1917 que viene a resultar el corolario de los momentos de tensión vividos en la Cámara de Diputados el año anterior.

     Casó el 31 de mayo de 1919 con una distinguida dama, doña Ana Luisa Centeno Vallenilla. Murió el 5 de enero de 1920, cegado por el paludismo, bajo la forma de una “fiebre económica”. Su hijo, fue un profesional destacado de la medicina, nació a los tres meses de la muerte de Hermoso Tellería.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Dedicatoria obligada: “Al respetado jefe y amigo”

 

     Curiosa, esta rápida parábola biográfica de un hombre que fue expresión del medio y de las circunstancias, y que, a pesar de no haber llegado a vivir 30 años, dio extraordinarias anotaciones de una inquietud social casi imposible de creer en el momento y características históricas dentro de las cuales le tocó vivir. De ellas –y como indispensable defensa– da testimonio la dedicatoria del librito “Por Senderos de Justicia” al General Juan Vicente Gómez, “respetado jefe y amigo”, buscando hacerlo a su causa o neutralizar por lo menos su posible mala voluntad con las palabras iniciales: “Como sé de los nobles sentimientos que animan a usted por nuestras clases proletarias, a las cuales ha dado siempre su valioso apoyo, era mi anhelo ofrecerle, convertido en ley, el proyecto de Protección Obrera que figura en estas páginas; pero ya que el deseo de mi partidarismo no pudo realizarse, dígnese permitirme que coloque el prestigio de su nombre al frente de este libro en donde encontrará usted las opiniones que fueron emitidas en el seno de la Cámara de Diputados en los numerosos debates del proyecto”.

     Para enfrentar la conmoción que seguramente había causado su actitud, y para hacerse perdonar los aplausos de las barras y la salida en hombros hasta el Hotel Klindt, Hermoso Tellería no tuvo más remedio que añadir: “Tanto los defensores como los adversarios de la Ley, servidores decididos de la gloriosa Causa de Diciembre y leales amigos de usted, no tuvimos en nuestros discursos otros propósitos que los de contribuir de acuerdo con nuestro modo de pensar, a la magnífica obra de progreso que usted realiza con admirable patriotismo”.

Cómo era el proyecto de ley

     El día 17 de mayo la Comisión nombrada presentaba el proyecto. Mucho más habría deseado sin duda el proponente, si nos atenemos a sus palabras en la sesión del 29 de abril: “El asunto de que voy a hablar ha sido detenidamente estudiado por mi colega el diputado Planchart y por mí, fundándonos en leyes análogas que tenemos sobre los pupitres. Me refiero al vacío que hay en la legislación por falta de una ley protectora de los obreros, de esos seres humildes, que, tomando parte importante de todos los actos de la vida progresiva, son las más de las veces extorsionados por propietarios indolentes, que solo aspiran aumentar la fortuna con el sudor de los infelices”. (Aplausos prolongados). “En el mundo entero está reconocido el gremio obrero como una de las columnas más poderosas, y no podía ser de otra manera, puesto que sin el obrero el progreso sería un mito”. (Aplausos). “Sancionemos una ley que ponga a salvo a los que a diario nos sirven y habremos cumplido con nuestros propios sentimientos y con los deseos de nuestros comitentes, contribuyendo así a hacer más fácil la obra de rehabilitación que con admirable patriotismo realiza el benemérito General Juan Vicente Gómez”. (Aplausos)

     Pero, en realidad, se trataba de una modesta ley de reparación de accidentes de trabajo y su límite era bastante prudente: solo era aplicable “a los obreros o empleados cuyo salario anual (subrayado nuestro) no excedía de dos mil bolívares”. Es decir, a los trabajadores que ganaran menos de seis bolívares diarios. Los que ganaban más tendrían la opción de acogerse al derecho común o aceptar las indemnizaciones correspondientes hasta el límite protegido por la Ley.

     Los proyectistas fueron los diputados Adán Hermoso Tellería, Antonio Peña hijo, Raúl Crespo Vivas, Francisco Baptista Galindo, Antonio María Planchart, Camilo Arcaya y M. L. Ron Pedrique.

     El proyecto, a proposición del diputado, general R. Rojas Hernández, fue acogido y mandado a imprimir para estudiarlo y darle la primera discusión. En el discurso de aquel día, 17 de mayo, se citaron como fuentes la legislación alemana de 1883 y 1884, con mención de la inglesa de 1887, de la peruana de 1910, de la argentina de 1915, etc. “En los actuales momentos en que es aceptada por todas las legislaciones del mundo entero la sabia doctrina del riesgo profesional, se impone como una necesidad imperiosa el sancionamiento de esta ley”.

     Hacía justicia el proponente, por cierto, a un trabajo al que todavía no se ha dado en Venezuela debido reconocimiento: el discurso de incorporación a la Academia Nacional de Medicina presentado en 1914 por el doctor H. Rivero Saldivia, que, por cierto, mencionamos en una nota en la segunda edición de nuestro derecho del Trabajo. Hermoso Tellería hizo constatar que aquel distinguido médico (a quien recordamos ya de edad avanzada examinando todavía en la Universidad Central, y quien por cierto ingresó inconcebiblemente, a una actividad gubernamental y ejerció la Secretaría General de Gobierno en el Estado Portuguesa durante la Presidencia del señor Josué Gómez) había dado entusiasta colaboración a los proyectistas, pues según las propias palabras del orador, “sus vastos conocimientos en la materia estuvieron siempre en favor de nuestra humanitaria obra”.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

La oposición contra el proyecto

     Pero la alborozada alegría con que fue recibida la modesta iniciativa del diputado Hermoso Tellería y de sus seis compañeros de Comisión se encontró inesperadamente frustrada en la sesión del 25 de mayo.

     Los proponentes se dieron cuenta de aquella situación y trataron de conjurarla mediante un recurso formal: proponer un cambio de nombre a la Ley. El diputado Luis Olavarría Matos propuso que fuese llamada “Ley de Accidentes de Obreros”; el diputado Ron Pedrique propuso: “Ley que trata de los accidentes de trabajo de los obreros”, modificación aceptada por Olavarría; el diputado Hermoso Tellería la modificó, proponiendo este nombre que era, en verdad, más adecuado: “Ley de Responsabilidad por Accidentes de Trabajo”. Todas estas proposiciones fueron votadas. . . y negadas.

     El curso del proyecto durante la sesión parecía estar siguiendo normalmente. Pero en forma inesperada, comenzaron a aparecer razones contra él. Se propuso aplazarlo indefinidamente. El debate se hizo tan ardoroso como no podría uno imaginarlo en un Congreso de la dictadura, y el resultado de la votación fue aplastante: 22 votos porque se difiriera, 12 porque no fuera diferida y 3 en blanco. “En consecuencia”, dice el acta, “se declara diferida indefinidamente la ley de Protección de Obreros”.

     El doctor Antonio María Planchart afirmaba, cuando se veía que ya no iba a haber remedio: “Tengo motivos para sospechar que algo siniestro se prepara contra la ley. Suficiente tiempo han tenido mis honorables colegas para formarse un criterio claro de la ley que discutimos. Todos palpamos las dos corrientes de la Cámara con respecto a la Ley de protección de Obreros. Una que tiende a negarla o a aplazarla indefinidamente, y la otra, de la cual formo parte, por sancionarla”. 

     La afirmación de Planchart era exacta. Dentro de aquella pequeña Cámara, donde el número de miembros presente, según el escrutinio de los votos era apenas de 37, había 22 votos comprometidos a hacer que el proyecto desapareciera.

 

Los argumentos del rechazo

     Es muy interesante la lectura de los discursos en favor y en contra del proyecto. Se oyó en Venezuela lo que en circunstancias similares se había dicho muchos años atrás en algunos países de Europa. Los argumentos empleados parecerían hoy inconcebibles, si no fuera porque a veces, para enfrentar otras instituciones, se utilizan razonamientos parecidos. Lo que resulta más extraño es que entre los proponentes del diferimiento indefinido el proyecto y entre los más ardorosos opositores del mismo estaban personas que por otros respectos tienen ganados títulos positivos de la ciencia jurídica y de la vida venezolana en general.

     Por esto nos sorprende escuchar al doctor Ramiro Antonio Parra decir: “Es una Ley que se propone un bien, es verdad, pero por un camino cerrado que viola derechos naturales” . . .

“Esa Ley es mala porque impone a los propietarios la obligación de hacer caridad y la caridad es un derecho que tienen los que necesitan de ella”.

     Lamentable confusión, sin duda, entre justicia social y caridad; lamentable idea de lo que son derechos naturales. Pero esta confusión tuvo profundas raíces en la historia del pensamiento y de la vida social de Europa y América.

     A los que hemos leído alguna historia de los orígenes de la legislación del trabajo en Francia e Inglaterra, de los argumentos que se les opusieron desde registros manchesterianos, no nos era desconocida esta argumentación: “Repito lo que dije al principio; que esta Ley se propone hacer un bien pero que hace un mal por el camino que lleva. Esta Ley impone una obligación que ataca directamente la libertad del obrero”.

     Pero no fueron estos los únicos argumentos, sino que hubo otros, también con raíz en la posición manchesteriana europea. Así, por ejemplo, se dice: “Nosotros no necesitamos de esta Ley porque el Código Civil establece cómo se indemnizan los daños que sufra cualquier ciudadano”. (Aplausos).

 

Los alegatos de los defensores

     Fueron estos mismos argumentos los que dieron lugar a que se afirmaran las razones en favor del proyecto, en las cuales, a pesar de notarse en algunos casos tal vez cierta carencia de más abundante información jurídica, luce un criterio claro del curso que debía tomar más adelante el Derecho del Trabajo. Así, por ejemplo, el diputado Cayama Martínez, orador, literato y general, luce –sin embargo– bien centrado en la argumentación jurídico-social: “Entre los varios argumentos que he oído por aquí –dice– está en primer término el de que esta ley es prematura. Es el eterno argumento de los que, ya se trate de pueblos o individuos se creen siempre débiles para las grandes transformaciones políticas sociales y económicas.” (Aplausos)

“Que no tenemos densidad de obreros” es otro argumento esgrimido por el grupo opositor. Valdría esto tanto como decir que no teniendo un ejército de medio millón de soldados, no existe el soldado, que, no teniendo un poderoso gremio de industriales, no existe el industrial; que, no teniendo cuatro millones de ciudadanos, no existe el ciudadano” (Aplausos)

“Existe el obrero y hay que protegerlo. Yo estaré porque la ley se discuta y así llegar al convencimiento de que ella no es prematura y que de su cumplimiento se derivarán grandes beneficios para el país”. (aplausos) “Causaría una tristeza profunda que mañana se dijera en el seno de la representación de los pueblos, en el seno de la genuina representación de nuestra democracia, se ha rechazado una ley de protección al obrero”.

     El diputado Ron Pedrique se apasiona en la defensa del proyecto. Recuerda la oposición a la Ley de Libertad de los Esclavos y dice, en un momento de inspiración: “Sancionemos esa Ley que unirá más íntimamente esos dos motores del progreso humano que se llaman el capital y el obrero, haciéndolos que se den un abrazo de amor y de caridad sobre un lecho de dolor”. (Grandes aplausos)

     El proponente inicial de la Ley el diputado Hermoso Tellería esgrimió razonamientos de genuino derecho social. Dijo, entre otras cosas: “Es oportuno advertir a mi distinguido contendor que no ignoro que en el Código Civil de todas las naciones civilizadas se ha establecido que el que ocasiona un daño a otro está en el deber de repararlo; pero esa disposición no está de acuerdo con todos los deseos ni al alcance de todas las manos, porque para obtener la indemnización es preciso recurrir al juicio correspondiente, que consume mucho dinero y mucho tiempo, y el obrero necesita de una reparación inmediata, porque se trata nada menos que del pan que le da la vida”.

     Y este otro argumento es también moderno y convincente. “En las grandes empresas industriales, cuando el uso continuo o la acción del tiempo destruye una polea, rompe un eje o inutiliza una válvula, el empresario o dueño repone inmediatamente la pieza descompuesta; y si en este caso no se omiten gastos de ninguna naturaleza, con menos razón deben omitirse cuando se tratan de las piezas de esta otra máquina, más preciosa porque es invalorable: el obrero”. (Aplausos)

     Pero todo fue en vano. El proyecto resultó aplazado indefinidamente.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

Nuevos intentos

     Los proponentes, sin embargo, no se dieron fácilmente por derrotados. Y he aquí que surgen los más movidos aspectos de la historia del proyecto. El 26 de mayo, el diputado doctor Rafael Pino Pou, médico de gran reputación, propone el levantamiento de sanción a la proposición del doctor Ramiro Parra, y que siga su curso legal el Proyecto de Ley de Protección Obrera. El diputado doctor Marcial Hernández Salas, toma la iniciativa en contra de la proposición Pino Pou: “Yo voté el diferimiento indefinido de la Ley –dijo– porque no creo que en la práctica produzca los resultados benéficos a que aspira la honorable Comisión que la redactó; antes, por el contrario, le sería altamente perjudicial al mismo gremio que trata de favorecer. ¿Quién será el insensato, nacional o extranjero, que después de publicada esa Ley se atreva a fundar una empresa en el país? ¿Acaso con atemorizar a los capitalistas se fomenta la creación de las empresas? ¿Acaso con ponerle trabas a la fundación de éstas se favorece a los obreros?”

     Y así sigue razonando el orador. Los motivos que invocan suenan iguales a los recogidos en los manuales de la lucha del Derecho Social como recuerdo de los mantenedores de una tradición jurídica individualista. “¿Debemos otorgar al obrero –afirma– el privilegio de atacar leve y sumariamente al dueño de una empresa que si tuvo alguna culpa no fue otra acaso como la imprudencia que cometió al brindarle trabajo en sus talleres? . . . ¿Se quiere efectivamente favorecer a los obreros Díctense en buena hora todas las medidas que la Higiene aconseja para preservarlos de las enfermedades, sobre todo de los lugares malsanos; establézcanse Cajas de Ahorro donde acumule las economías del salario de la semana; hágaseles ver la ,conveniencia de tomar PÓLIZAS DE VIDA para que al morir le dejen asegurado el pan a sus hijos; ciérrese las tabernas desde la tarde del sábado hasta la mañana del lunes para evitarle a los aficionados la tentación del aguardiente y la tentación del juego con todas sus desastrosas consecuencias y ábrase en su lugar, siquiera una hora, la escuela nocturna y la escuela dominical, donde entre otras cosas benéficas, pueda inculcárseles el hábito de la economía”. 

     El Diario de Debates deja constancia de que el orador fue interrumpido numerosas veces por grandes ovaciones. Se aplaudió entusiásticamente, de manera especial el argumento de que debía cerrarse la taberna y de que había de enseñarse en la escuela nocturna y en la escuela dominical a los trabajadores el hábito de la economía.

     El diputado doctor Francisco Ochoa abunda en otra serie de razones, características de la mentalidad del momento: “La creo promotora, como así lo comunique particularmente, porque n nuestro país necesita hoy favorecer las empresas, atraer el capital, traer brazos y si empezamos a poner dificultades de este género, ninguna empresa extranjera ni nacional pensará seriamente en establecerse, ni el capital extranjero vendrá en nuestra ayuda, ni tampoco podrán venir esos brazos que tanta falta nos hacen”. (Grandes aplausos). El orador insiste en que lo que hay que hacer con el obrero es prepararlo, predicarle el ahorro, crearle sociedades de mutuo auxilio, pero que lo contrario es apagar el desarrollo económico.

     Los defensores de la Ley no cejaban en su defensa. El doctor Antonio María Planchart insistía en que los argumentos opuestos eran contradictorios, en que no debía haber motivos para temérsele a la Ley, y agregaba: “Por otra parte, ciudadanos diputados, por el Artículo 249 del Código de Comercio, se impone a las Sociedades Anónima y de Comandita por Acciones repartir anualmente de los beneficios liquidados una cuota de 5% cuando menos para formar un fondo de reserva, el cual no puede ser menos del 10% del capital social, con destino a las necesidades que puedan presentarse, como reparación de máquinas y otras pérdidas, Pues bien, un fondo de reserva pueden aplicárselo también los estatutos de la empresa para indemnizar los accidentes de trabajo”.

“Yo no quiero ni puedo creer que legisladores medrosos quieran hacer de mejor condición a la máquina que al hombre. El hombre inventó la máquina como poderosa aliada, no para hacerla de una clase superior a él, sino como ayuda en las evoluciones infinitas de la producción y del trabajo”. (Grandes aplausos).

     El diputado doctor Ramiro Parra insistió en su actitud. “Nosotros no venimos a legislar con el corazón sino con la cabeza y de acuerdo con los principios del derecho”. (aplausos) “Ayer demostré que esa Ley ataca el derecho de propiedad, ataca a los ricos y ataca también el derecho de libertad de los obreros. Yo no tengo por qué ser enemigo de los peones: Porque soy igual a ellos. Así es que mi oposición no es por tirarle a los peones sino porque no exista una ley mala. A todos los argumentos que hemos hecho los adversarios nos contestan, salen con la caridad y con esto no pueden darle vida. Si esta Cámara aprueba la Ley, yo me prometo solemnemente llevarla ante la Corte Federal para demostrar que es inconstitucional”.

     La amenaza no podía ser más seria. Ello, no obstante, surge nuevos defensores de la Ley. El diputado doctor Luis Olavarría Matos, uno de los abogados que intervinieron en el debate, afirma: “Yo, en verdad, no creo en la inconstitucionalidad de la Ley señalada por el colega. Se ha hablado también en repetidas ocasiones, en el curso del debate surgido sobre este punto, acerca de la derogatoria que hace la Ley, respecto del derecho común. Es bien sabido, y es de principio en materia de legislación de accidentes de trabajo, que es esto precisamente de su esencia”. Afirma que la Ley tiene muchos errores que considera garrafales, y que no tiene una sino muchas modificaciones que proponer. Pero la contraparte está a la ofensiva. El doctor Ochoa, al argumento de la relación entre la máquina y el hombre, se manifiesta mecanista apasionado: “La máquina sustituye al obrero, miles de brazos quedan sin trabajo y sin amparo, y sin embargo, la máquina se impone porque es el resultado del progreso. Los rieles se tensan y la máquina marcha, el tiempo se reduce y el trabajo se centuplica. Este problema ha sido arduo, discutido y es uno de los factores del socialismo”. Y el doctor Parra insiste: “¿Si yo no tengo culpa de un hecho que ha sucedido, cómo se me puede hacer responsable de sus consecuencias?” (Aplausos) Censuraba especialmente la disposición sobre irrenunciabilidad. “De modo que le dan al obrero un derecho del cual no puede disponer. ¿Se ataca o no con esto la libertad del obrero? Si a él le da la gana de trabajar de balde a un amigo, si él no quiere cobrar los daños que ha sufrido, ¿por qué se le obliga a ello? Esta es una disposición atentaroria” (aplausos). Y lo más extraño es que el doctor Olavarría Matos asintió en el argumento y manifestó que era justamente a ese artículo o a esa disposición a la que tenía una de las reformas que pensaba proponer.

     El diputado doctor Fabricio Gabaldón apoya la proposición de diferir para que la Ley sea estudiada mejor. El diputado doctor Juvenal Anzola insiste sobre este argumento: “No veo que sea inminente el problema de nuestros obreros para la urgencia en la aprobación de este Proyecto. Hasta la fecha, lo único que hay, y no con frecuencia, son accidentes de trabajo, los que pueden solucionarse con el Artículo del Código Civil que en este momento se discute en el Senado, y en el cual cabe la protección a los obreros por accidentes y peligros que tengan en las empresas”.

     El diputado Hermoso Tellería reasume el debate con ardor. Sin ser jurista, explica la noción básica de la Ley: “Eso es lo que se llama en la moderna legislación la doctrina del riesgo profesional, reconocida hoy en todos los países del orbe civilizado”. Y apostrofa a la Cámara en térmicos influidos por el apóstrofe de Bolívar en la Sociedad Patriótica: “Que no estábamos adelantados se dijo en estas Cámaras hace más de cincuenta y ocho años, cuando se trataba de abolir la esclavitud”. Lo apoyó el diputado Raúl Crespo Vivas, quien ocupaba ya la Presidencia de la Cámara, y para llover sobre mojado dijo: “Entre los argumentos que se oponen está el muy socorrido y conocido de que no estamos preparados para que esta Ley entre a regir en el país. Pues tampoco, señores, estábamos preparados para proclamar nuestra independencia (aplausos). . . En esta cuestión que se debate, es decir, el contrato de trabajo del obrero, hay algo de aspecto público y mucho de social que debe ser regulado de un modo especial”. E hizo un alegato de mucho efecto al recordar que alguien pretendió que el reglamento sanitario por el cual se obligaba a los dueños de casas a construir servicios higiénicos era contrario al derecho de propiedad, a lo que él invocó que por encima de todas las leyes estaba la salud del pueblo.

     Todavía intervienen esta tarde los diputados Aguilera, Godoy y Cayama Martínez. El general Aguilera, para reforzar la oposición a la Ley: “Aquí no tenemos problema obrero. ¿Para qué abrir campo a las dificultades con la Ley, que dado el medio, sólo servirá a los pica pleitos y a los Jefes Civiles?” (Aplausos)

     El doctor Godoy para presentar en favor de la Ley un argumento muy simpático: “Discutiéndose ésta, de una vez solventaremos esos problemas que sobre la cuestión obrera se han presentado en otros países más adelantados que nosotros, porque entiendo que los tales problemas se presentaron allá, precisamente, por carecer de leyes positivas. Hágase, pues, previsión para cuando tengamos obreros estudiando y discutiendo en gran cantidad esta Ley que sólo comprende los accidentes de trabajo; porque es mucho mejor prever que tener que remediar. He oído decir que no se debe discutir en esos momentos esa Ley, porque lo que necesitamos es que del extranjero nos vengan capitales y brazos. Pues, todo lo contrario, nada más favorable al implantamiento de la Ley, que esa necesidad, puesto que con mayor razón vendrán al país esos brazos que necesitamos cuando sepan que tenemos una Ley que protege el trabajo de los obreros. De esa manera vendrán los capitales al país con mayores garantías, porque garantizado estará el obrero contra las muchas dificultades que en otros países de le presentan”. El general Cayama, ´para insistir en la defensa: “Discutamos la Ley, y si resulta que es mala, que es impracticable, que es prematura, la negaremos, pero al menos habremos cumplido con nuestros deberes de representantes del pueblo, haciendo lo posible en favor del obrero”.

     Lo cierto del caso es que, como podía presumirse, el levantamiento de sanción del diferimiento fue negado.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Todavía un nuevo proyecto

     Los derrotados volvieron a la carga. El día 27 de mayo, es decir, el siguiente del diferimiento anterior, se presenta un “Proyecto de Ley de responsabilidad sobre accidentes de trabajo”. Uno de los firmantes es el diputado Luis Olavarría Matos, quien se menciona en el debate como el “padre adoptivo” de la nueva Ley.

     El debate gira ahora acerca de si se trata de un proyecto nuevo o de si es el mismo, con distinto nombre, caso en el cual no podría presentarse en el mismo año, por disposición reglamentaria. El doctor Parra propone que se nombre una comisión para que informe acerca de si tiene modificaciones esenciales. La comisión se designa y queda integrada por los diputados Trujillo Durán, Ramiro Parra, Antonio María Planchart, Hermoso Tellería, Aguilera, Cayama Martínez y Olavarría Matos.

     El 6 de junio, Hermoso Tellería ataca de nuevo. Hace leer la disposición reglamentaria, según la cual está en mora la Comisión. El doctor Ramiro Parra, quien la presidía, manifestó que por exceso de trabajo no había podido aún llenar su cometido y tomó la iniciativa de que se nombrara una nueva. Esta fue designada y la integraron los diputados Olavarría Matos, Aguilera, Queremel, Crespo Vivas y Gabaldón.

     El 12 de junio, finalmente, pasa a discutirse el informe. El doctor Parra insiste: “Esa ley, como la otra, tiene por base obligar al propietario a pagar al jornalero los daños que sufra sin culpa del propietario. Mientras no se modifique eso no tiene reformas sustanciales y no puede admitirse a discusión”. El informe de la Comisión fue negado. Correspondió a Hermoso Tellería, quien había sido según su propio dicho, “el mesías de la Ley de Protección de Obreros”, la función de pronunciar, también según su propia frase. “la Oración Fúnebre de ese Proyecto”.

     A una distancia de cincuenta años, no se puede negar que sus palabras aparecen dotadas de una profunda veracidad: “derrotados, pero no vencidos por la resistencia tenaz de los oposicionistas” (ruidosos aplausos)–afirmó en tono grandilocuente–, “recojo la bandera de la protección obrera en nombre de mis compañeros y en el mío para ofrendarle a la historia de nuestra vida parlamentaria, a fin de que decida si fueron ellos los errados o si lo fuimos nosotros. . .” (grandes y estrepitosos aplausos que impiden oír la voz del orador)

“Pero por sobre todos los inconvenientes y por sobre todas las oposiciones, esa Ley volverá y vendrá envuelta en el prestigio que le otorga su injusto rechazo. (prolongados aplausos). Así también el sol se reclina majestuoso en el lecho de la tarde para irradiar más bello el romper del alba; la ola coronada de espuma se estrella contra la playa para revivir luego más sonora; el límpido cielo se viste de negro en las tempestades bravías, para engalanarse después con su mejor traje azul”. (Aplausos ruidosos y prolongados)

     Nos podrá sonar romanticón lo del “reclinarse majestuoso del sol sobre el lecho de la tarde”, o lo de la “ola coronada de espumas” y lo de la “tempestad bravía”, pero lo cierto es que el diputado coronel Hermoso Tellería tenía razón en su afirmación fundamental. La Ley volvió. El año siguiente se aprobó un nuevo texto, muy chiquitico y pobre, la “ley de Talleres y Establecimientos Públicos”, pero que envolvía un reconocimiento moral a la razón que asistía a los proyectistas del 1916. Esta Ley fue superada por un ordenamiento más extenso en 1928. Pero, sobre todo, podemos decir que el espíritu contendido en los argumentos y en la lucha inicial del diputado Hermoso Tellería y de sus compañeros, fue recogido 20 años más tarde en la Ley del Trabajo de 1936. Se puede afirmar sin exageración, que es dramática la historia de ese primer proyecto de ley sobre el trabajo en el siglo XX. Que este cincuentenario merece recordarse y que al leer los Diarios de Debates se experimenta una impresión extraña, porque parecería imposible que en aquel ambiente patriarcal, gamonal, de la Venezuela de 1916, se hubiera podido realizar un debate en el cual, frente a los clásicos argumentos manchesterianos que un siglo atrás habían aparecido en los parlamentos de Inglaterra y de Francia, se afirmaron, un tanto envueltos en nebulosidades, pero inspirados por una orientación firme y segura, los argumentos básicos de la teoría del riesgo profesional, y sobre todo, la idea de que era necesario una legislación especial para proteger a los trabajadores en nombre de la justicia y de la necesidad social”.

La cárcel de El Obispo aterraba a Gómez y a Pérez Jiménez complacía

La cárcel de El Obispo aterraba a Gómez y a Pérez Jiménez complacía

José Rafael Machado, mejor conocido como Juan Vené, el popular periodista deportivo que lleva décadas cubriendo el beisbol de Grandes Ligas para diferentes diarios de América Latina desde Estados Unidos, y que en los últimos años ha generado mucha polémica por posiciones a la hora de votar en la elección anual del Salón de la Fama, cubrió información general en sus inicios en Venezuela, como reportero de diferentes publicaciones de la Cadena Capriles. La siguiente es una breve pero detallada crónica que escribió para la revista Élite, acerca de la cárcel caraqueña de El Obispo, después de un año de derrocada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Por Juan Vené

La cárcel de El Obispo fue construida en el cerro del Guarataro, en la Caracas de 1926, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez. La obra estuvo bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis.

La cárcel de El Obispo fue construida en el cerro del Guarataro, en la Caracas de 1926, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez. La obra estuvo bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis.

     “La cárcel de El Obispo, construida a partir de los primeros días de 1926, bajo las órdenes del ingeniero Gustavo Wallis y con sudor y sangre de presos víctimas de Gómez, ha esperado veintidós años que la furia de la piqueta caiga sobre sus gruesas paredes. Porque en 1936 Eleazar López Contreras dijo que, en seguida, después de derruir La Rotunda, caería el castillo del cerro que vigila Nuevo Mundo. No obstante, parece que ningún gobernante ha encontrado martillos mecánicos lo suficientemente apropiados para acabar con el edificio del penal.

     El obispo, nombre que la cárcel robó a la colina, no fue utilizado por Gómez y fue hasta 1936 –después de diez años de construida– cuando López Contreras decidió abrirla para mantener en el interior de los minúsculos calabozos los presos en calidad de “preventivos” y alegaba que “la desaparición de La Rotunda” le hacía utilizar la cárcel del Obispo porque no había otro retén apropiado.

–Ordenaré su demolición cuanto antes.

     Así lo prometió el presidente en 1936. Pero El Obispo continuó guardando presos. Por allí han pasado los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios, Raúl Leoni, Capitán Bonet, Rodolfo José Cárdenas, Martín Rangel y tantos otros.

     Pero fue desde 1949 cuando la sección “A” del penal del Guarataro comenzó a almacenar presos políticos que vivirían por muchos años allí. Martín Rangel, el estudiante de medicina de Tucupita, permaneció allí cuarenta meses en el calabozo denominado “la nevera”, por el frío intenso que allí debían padecer sus ocupantes; Rodolfo Cárdenas vivió dos años y meses en el primer calabozo que se encuentra al entrar, a mano derecha, y que es el más chico; militares como el capitán Bonet; líderes obreros como Cruz Carneiro; líderes estudiantiles como Otaiza, Loyo, Colombani y muchos más; periodistas como Miguel Ángel Capriles, Manuel Trujillo y Andrés Miranda; inocentes como ese moreno popular, quien se hace llamar “el mejor maraquero de Venezuela” y a quien apodan “El Gardel Venezolano”, un total superior a los 10 mil presos políticos, pasó por el estrecho rincón de los treinta y tres cartuchos.

     Los calabozos de El Obispo miden metro y medio por dos y en cada uno durmieron hasta cuatro hombres, porque en la letra “A” casi siempre hubo más de ciento veinte presos. En la planta baja hay diecisiete calabozos y en la superior, dieciséis, todos con frente a un triángulo, lo que hace decir a los recluidos allí:

–Ni siquiera tenemos el consuelo de estar entre cuatro paredes. . .

Aquí solamente hay tres. . .”

     Los presos de la letra “A” en El Obispo, nunca descuidaron la vida política del país. Seguridad Nacional pretendía asegurarse de la inactividad del centenar y medio de hombres allí mantenidos, prohibiendo toda clase de comunicación con el mundo exterior. Martín Rangel, en cuatro años, pudo lograr una sola visita de su mamá.

En la cárcel de El Obispo estuvieron presos los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios y Raúl Leoni, entre muchos otros.

     En la cárcel de El Obispo estuvieron presos los hombres más conocidos e importantes de la política nacional: Rómulo Betancourt, Gustavo Machado, Juan Bautista Fuenmayor, Jóvito Villalba, Gonzalo Barrios y Raúl Leoni, entre muchos otros.

En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el picotazo con el que se inició la demolición de la cárcel de El-Obispo.

En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el picotazo con el que se inició la demolición de la cárcel de El-Obispo.

     No obstante, esta gente siempre luchó contra las injusticias del régimen de Pérez Jiménez. Los cálculos de los ex reclusos políticos de ese penal señalan que solamente un diez por ciento de los hombres que llevaban allí por primera vez eran realmente trabajadores de la clandestinidad, pero al reunirse con los políticos se convertían por lo menos en enemigos del Gobierno.

     Así fue aumentando la oposición y cada preso que lograba salir de El Obispo era una cifra valiosa para el movimiento. Pedro Estrada fabricó su propio centro de reuniones para adiestramiento en el trabajo de oposición.

 

A fines de mayo adiós a el obispo

     La gobernación del Distrito Federal, por medio de uno de sus voceros, anunció que, a partir de mayo de 1958, comenzará la demolición de la cárcel de El Obispo. Cuando el martillo mecánico caiga sobre los muros y las garitas, habrá desaparecido una de las cárceles que junto con la Rotunda y los edificios de Seguridad Nacional en El Paraíso y la Avenida México, han constituido los centros de injusticias y peligros más grandes de Venezuela”.

     No obstante, pasaría un año para que, efectivamente, la temible cárcel de El Obispo fuera derribada. En enero de 1959, el dirigente político Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, y otros dirigentes, dio el primer picotazo.

El automóvil en Venezuela

El automóvil en Venezuela

En 1962, el escritor José García de la Concha publicó un estupendo libro titulado Reminiscencias, vida y costumbres de la vieja Caracas, en el que relata hechos de la cotidianidad capitalina de comienzos del siglo XX. Entre ellos, destaca un capítulo dedicado a William Phelps y el papel que jugó su negocio llamado Almacén Americano en la importación y venta de artículos que marcaran la vida de los venezolanos, entre ellos, el automóvil.

En 1911, William Phelps se asoció con Henrique Arvelo y fundó en Caracas “Almacén Americano”, uno de los primeros negocios de importación de automóviles en Venezuela.

En 1911, William Phelps se asoció con Henrique Arvelo y fundó en Caracas “Almacén Americano”, uno de los primeros negocios de importación de automóviles en Venezuela.

     “Caracas en su vida íntima, ha contado con hombres que verdaderamente deben remarcarse en su historia. Si bien hay quienes ocupan páginas en su interesante vida militar y política en las letras y en las artes, en la ciencia y en la industria. En su vida social y filantrópica, de la que tanto se debe enorgullecer, uno de estos hombres debe ser don William H. Phelps, uno de tantos ilustres extranjeros que, llegados a nuestro país, se han enamorado de nuestra tierra, de nuestras costumbres, de nuestras gentes, de nuestro cielo, de nuestra flora, y con un cariño y un gran interés han dedicado sus talentos y actividades en pro del bienestar nacional, haciéndose hijos amorosos de una patria que les brinda cordial acogida.

     William H. Phelps entra al país humilde, silente; se dedica a trabajar tesoneramente, con inteligencia, con cálculo y economía, con método, y va agigantándose tanto en sus labores, que pasados unos años ve fructificados todos sus empeños, amasados en una sólida fortuna que no empleará en satisfacciones de su holgada vida. Ahora trabajara más, pero esta vez por el desvalido, por el huérfano, por el menesteroso. Hombre dotado de sensibilidad, altruismo y filantropía, no desmaya en figurar en cuantas sociedades, juntas y recolecciones caritativas se organizan en Caracas, y particularmente trabaja por el bienestar del prójimo.

     A comienzos del siglo, entre las esquinas de Traposos y Colón, hay un pequeño taller de reparaciones de máquinas de coser y de escribir (escasas en aquel tiempo), y creo que hasta relojes. William H. Phelps es un joven alto, delgado, de ojos azules y pelo rubio, agradable, simpático; con un overall azul de trabajo, un alicate y un largo destornillador, atiende a sus clientes. Más tarde importa sus máquinas de escribir y algunos artefactos americanos.

     Para 1911 ya lo tendremos asociado con el señor Henrique Arvelo en el ángulo sudeste de la esquina de Sociedad: “Almacén Americano”, de Arvelo & Phelps. Allí se comienza la importación de automóviles en Caracas. Y viene el Ford modelo 1912, y llegan las máquinas registradoras, que ningún pulpero quiere quedarse sin ellas. Y comienzan a instruirse jóvenes en el desempeño de las funciones de vendedores ambulantes. Y llegan las pianolas y las cajas fuertes, y bicicletas, máquinas de escribir, de moler carne y hacer salchichas; cajas de hielo, bocinas y cornetas, acumuladores y bujías para autos y toda clase de repuestos para Ford.

     Phelps es el alma del negocio, que marcha como dicen los marinos, “viento en popa, a toda vela”. También comienzan sus actividades sociales y filantrópicas, pues ya casado con doña Trina Ticker, de origen inglés, pero gran dama y señora de la más culta raigambre venezolana, ya en holgada situación, no deja de imponer su espíritu altruista y de interés por la cultura, artes y ciencias nacionales.

     Y la firma Arvelo & Phelps inunda el comercio con sus máquinas registradoras; inunda las oficinas con las máquinas de escribir; ya por todas las esquinas se oyen las cornetas de los automóviles; en las casas se meten botellas de vino o cerveza, o simplemente de agua, a enfriarse en las cajas de hielo y descansa Lozamno Pompa y su ayudante, porque ya las niñitas no quieren bailar sino con la pianola. Si en una casa escucha usted la marcha de “Tannhauser”, en otras los cadenciosos compases del vals “Creola” o partituras de la “viuda alegre”.

Aviso venta de discos Víctor, entre ellos, Alma Llanera, en Almacén Americano, 1925.

Aviso venta de discos Víctor, entre ellos, Alma Llanera, en Almacén Americano, 1925.

Aviso venta de automóviles en el Almacén Americano, 1927.

Aviso venta de automóviles en el Almacén Americano, 1927.

En el Almacén Americano se podía conseguir desde un automóvil Ford hasta máquinas registradoras, pianolas, cajas fuertes, bicicletas, máquinas de escribir, cajas de hielo, bocinas y cornetas, acumuladores y bujías para autos, entre muchas otras cosas más.

En el Almacén Americano se podía conseguir desde un automóvil Ford hasta máquinas registradoras, pianolas, cajas fuertes, bicicletas, máquinas de escribir, cajas de hielo, bocinas y cornetas, acumuladores y bujías para autos, entre muchas otras cosas más.

     Llega el fin del contrato y la separación de los socios. El “Almacén Americano” continúa bajo la razón social de William h. Phelps y Cª. Ahora serán sus socios los empleados. Henrique Arvelo se establecerá de Torre a Madrices con el “Bazar Americano”, bajo la razón social de Arvelo y Cª. Ambos en competencia: si Phelps trajo el Ford, ahora Arvelo trae el Federal y los mismos artículos, pero de diferentes marcas.

     El “Almacén Americano” abre sus puertas entre Pajaritos y la Palma, ensancha sus negocios, comienza el radio e instala la primera estación. Y si en este departamento Edgar J. Anzola hace las delicias de la chiquillería caraqueña con sus oportunas, sanas y graciosas intervenciones. Nino Mosquera atiende otro departamento, Amengual otro y así sucesivamente; son encargados y socios, jóvenes, viejos empleados que, por su tesonera labor y buen comportamiento, discípulos de Phelps, han llegado a integrar el más grande almacén de la época. Ya con sus hijos, fieles retratos de su padre en lo moral, físico y buenas costumbres. Y con estos colaboradores puede el viejo retirarse de los negocios. Pero ahora surge una nueva vida.

     Ciencias, artes y filantropía ocupan su inteligencia y su imaginación. Viste traje de marino, acondiciona una embarcación y se da a estudiar las islas y costas de Venezuela. Se interesa por la pintura y la escultura, por las antigüedades y obras de arte, por la botánica, flora y fauna venezolanas; monta un museo donde la rama ornitológica es una maravilla, organizada por su nuera Kati de Phelps y de la que se puede decir es conocida mundialmente.

     Honor a este ilustre caraqueño de corazón. Caracas, y con Caracas Venezuela entera, te admira y agradece cuanto has hecho en tu meritoria existencia en pro de nuestra cultura y ciencias naturales, por nuestros ricos y nuestros pobres, y por habernos hecho conocer parajes encantadores, unos ignorados y otros recordados”.

Así huyó Juan Vicente Gómez a la gripe española de 1918

Así huyó Juan Vicente Gómez a la gripe española de 1918

La pandemia mató a su hijo más querido (Alí Gómez), pero él no quiso verlo por temor a contagiarse. El general recibía los periódicos previamente desinfectados para enterarse de los “muérganos centrales” que se iban muriendo. . . 

Por José Rafael Pocaterra

Durante la Gripe Española de 1918, el general Juan Vicente Gómez se encerró para evitar el contagio.

Durante la Gripe Española de 1918, el general Juan Vicente Gómez se encerró para evitar el contagio.

     En la extraordinaria obra de José Rafael Pocaterra “Memorias de un venezolano en la decadencia”, consta el capítulo que insertamos en seguida sobre la gripe de 1918 en Venezuela. El gran escritor narra ahí cómo murieron del flagelo mundial, el más querido hijo de Gómez, Alí, y otro miembro de su familia. El dictador se encerró para evitar el contagio; no se tomaron medidas para evitar el contagio; no se tomaron medidas en defensa de la población; hubo hostilidad visible contra Caracas. Todo eso cuenta Pocaterra, en las brillantes frases propias de su estilo; castiga severamente a quienes cree que debe castigar, y fustiga con vehemencia a los responsables de la propagación de la peste.

     “Una mañana la pandemia de gripe que hacía su trágica gira universal, surgida de las miasmas del inmenso campamento europeo o traída en las alas de un soplo de expiación por la vasta iniquidad inútil, apareció en La Guaira. . .  Un caso, dos, tres, seis, cien. Sobre la capital cayó como una niebla. La ráfaga barrió implacable desde los extramuros hasta el centro. Gómez, el amo de los venezolanos, el “hombre fuerte y bueno”, que ama a sus compatriotas y tiene tres lustros sacrificándose por ellos, huyó a refugiarse en su caverna estableciendo prevenciones ridículas. Como la epidemia azotaba a la capital cada vez con mayor furia e iba invadiendo ya los alrededores, el déspota cobarde se aisló aún más severamente en su guarida de Maracay. Allá fue a golpear la muerte. A su puerta. Uno de sus hijos, quizás el más querido, Alí, cayó enfermo y en horas murió. No quiso verle. Temía contagiarse. Luego otro miembro de su familia, Y aquí y allá, enfermos, muertos. 

     La gripe galopaba frenética sobre los nublados de noviembre, caía sobre los villorrios, atravesaba por los valles de Aragua, e iba a hacer presa en Valencia. El “héroe” por falta de abnegación rudimentaria, de noción de responsabilidad, con mayor miedo a las toses que ahogan que a los tiros que oyó siempre de lejos, voló a refugiarse en una aldea de aguas sulfurosas que está ante el abra de los llanos.

     San Juan de los Morros vio a aquel tirano implacable, a aquel hombre tan frío, tan ajeno a la piedad, a la compasión, a la solidaridad humana, refugiarse en las grietas de sus farallones como los jaguares del Bajo Apure que las candelas del llano hacen escapar hacia los riscos. . . Se llevó a su hermano Juancito, Gobernador del Distrito Federal; recogió su tribu y allí se estuvo mientras la ciudad, –de la que el doctor Márquez Bustillos apenas se atrevió a separarse unas cuadras en un burgo vecino, con más miedo de Gómez que de la peste –sucumbía atenida a sus recursos, con una policía brutal que acosaba por temor a motines todas las obras pías de la comunidad, en manos de la parte ejecutiva del gobierno de un tal Delgado Briceño, un pobre diablo aventado a la superficie en aquellos días de descomposición como esos batracios que la creciente arroja a la orilla y engorda de despojos. Ese hombre se volvió loco de inquisición, de enredos, de persecuciones pueriles.

     Un ejemplo, de paso, servirá para dar una idea cómica de ese malhechorete oscuro. Se editaba en Caracas por aquellos días un diario humorístico “Pitorreos”. En cama casi todos los redactores de periódicos hubo semana en que las ediciones se hacían por los cajistas sólo. En esos días había leído una excelente traducción de “la Máscara de la Muerte Roja”, de Edgard Poe, y la di a las cajas del diario citado, de cuya empresa era socio. Y el propietario de la imprenta, el señor Eduardo Coll Núñez, se las vio negras y tuvo que apelar a un Larousse para probarle a aquel infeliz que Poe existía, que había sido un poeta americano. El hombre estaba empeñado en que eso de Poe era un seudónimo mío o de otro “enemigo del gobierno”– y que aquello era una alusión al “general Gómez”.

En la terrible epidemia de gripe que azotó al mundo en 1918, falleció en Maracay el hijo predilecto del general Juan Vicente Gómez, Alí Gómez.

En la terrible epidemia de gripe que azotó al mundo en 1918, falleció en Maracay el hijo predilecto del general Juan Vicente Gómez, Alí Gómez.

     Al fin, entre el prefecto Carvallo y el atribulado Coll pudieron dejarle satisfecho a medias. Detrás de aquella suerte de “Scotland Yard” y del “grand guignol” nuestra labor continuaba enérgica y resuelta. De los nuestros murieron algunos. Una cólera sorda, una indignación general venía en oleajes a chocar con los diques que la reserva misma del proyecto iba imponiendo. El cuadro de la capital abandonaba a la hora de un peligro como aquel y cuyos habitantes en vez de sentir alivio de “la mano fuerte”, sólo conocían los maltratos brutales de los agentes de Pedro García o las sigilosas asechanzas de la prefectura; la actitud insolente del pobrete de la Gobernación en pleno delirio de grandezas, queriendo quedarse con once mil y pico de bolívares de la Junta Recaudadora presidida por el Arzobispo; las historias populares que siempre corren; un tal Véjar, barbero de los Gómez y celador del cementerio, desenterraba los muertos ricos para revender las urnas que como artículo de la primera necesidad estaban por las nubes; la indiferencia, el desdén con que los explotadores de la jarca maracayera escapaban a refugiarse en los pueblecitos recónditos. . . ¡No se les vio en una obra de caridad, en una recaudación pública, en el ejemplo vivo que hasta el último limpiabotas daba llevando víveres y medicinas por los vecindarios! 

En su extraordinaria obra Memorias de un venezolano en la decadencia, José Rafael Pocaterra relata desconocidos acontecimientos ocurridos en Venezuela durante la gripe de 1918.

En su extraordinaria obra Memorias de un venezolano en la decadencia, José Rafael Pocaterra relata desconocidos acontecimientos ocurridos en Venezuela durante la gripe de 1918.

El odio de esta gente a la ciudad revelado de súbito, desenmascarado su deseo recóndito, al fin, en vías de realizarse, de que Caracas sucumbiese y pagase la risa y la ironía de sus epigramas en una tragedia del destino que mataba a los buenos y respetaba la canallocracia, este conjunto de circunstancias hizo erguirse la vieja Caracas que halló en sí misma recursos y que vio a todas sus clases en una como unión sagrada desde el licenciado Aveledo hasta Juan Nadie, arrojarse valientemente a socorrer a los hermanos en desgracia, sin temor al peligro común. Por algunos días ¡fueron la última llamarada de un gran corazón que se iba a consumir en podredumbres insólitas!, vi desfilar en la hora de la catástrofe ante la expectativa de la patria el alma risueña, dolorida y heroica de la ciudad del Libertador.

San Juan de los Morros vio al tirano implacable refugiarse de la pandemia.

San Juan de los Morros vio al tirano implacable refugiarse de la pandemia.

     Aquel castigo formidable hirió todas las fibras, conmovió todos los corazones, unión todas las voluntades. Y respondiendo a los clásicos organizadores de “cruces rojas” decorativas y de cuerpos filantrópicos con reglamento y junta directiva, en un impulso unánime, el heroísmo de los muchachos de la Universidad, perseguidos, disueltos, ultrajados, desposeídos del derecho a una profesión –pues que el bárbaro había clausurado la Universidad desde 7 años antes– aquellos niños, de última reserva de una sociedad que se marchitó sin florecer, aquellos niños que han enterrado sus líderes con marcas de grilletes en las piernas y devorado su angustia ante el prestigio insolente de media docena de indolentes académicos, aquellos adolescentes, blasón de la raza,  orgullo santo de la madre que les parió y de la patria nutriz de sus ideales, mientras conspiraban para la caída del déspota miedoso, cumpliendo dos santos deberes es un solo impulso, lanzáronse al socorro de la ciudad procera.

     Un grupo de niñas valerosas abrió un local y púsose a la obra de preparar medicinas y organizar servicios de alimentación. Mientras Caracas alimentaba y curaba y hasta remitía dinero y recursos para otras poblaciones del interior atacadas ya por la epidemia, Gómez, sus familiares y sus genízaros engullían en San Juan de los Morros tajadas de buey y esperaban los periódicos de la capital, previamente desinfectados, para enterarse de los “muérganos centrales” que se iban muriendo”.

¿Desde cuándo tomamos café?

¿Desde cuándo tomamos café?

Por José Rafael González

     “Sabido es que el arbusto del café es oriundo de Abisinia, que fue traído de París a Cayena en 1720, de donde pasó a Venezuela por medio de los misioneros castellanos en el año de 1750, plantándolo por vez primera a orillas del Orinoco, el Apure y el Guárico.

     En Caracas su plantación se remonta a 1783 en las estancias de Chacao, llamadas para entonces; Blandín y La Floresta, las cuales pertenecían a don Bartolomé Blandín y a los presbíteros Sojo y Mohedano. Cura este último del pueblo de Chacao. 

     Desde 1723 en que se estableció la Compañía Guipuzcoana, no se cultivaba en el valle de Caracas sino trigo, el cual era atacado tenazmente por la plaga; el algodón, tabaco y otros productos que solamente daban abasto a la población. Pero no estaba cifrada la futura riqueza agrícola de Venezuela en aquellas pocas plantaciones, sino en el café que ofrecía grandes perspectivas, y fue el padre Mohedano quien se apresuró a cuidar las pocas plantaciones y concibe luego la idea de fundar un establecimiento normal. Recogió entonces seis mil arbustos y los plantó según el método usado en las Antillas, formó más semillas y luego de algún tiempo pudo contar cincuenta mil arbustos que rindieron copiosa cosecha.

En la hacienda de Domingo Blandín, en Chacao (actual Country Club), se tomó la primera taza de café en Caracas, en 1786.
En la hacienda de Domingo Blandín, en Chacao (actual Country Club), se tomó la primera taza de café en Caracas, en 1786.

     Realizado el cultivo del café como empresa industrial, los dueños antes mencionados idearon celebrar aquel triunfo de la agricultura venezolana señalando la población de Chacao el sitio apropiado para tomar allí la primera taza de café.

     Todo había sido preparado a la sombra de la arboleda de las haciendas para un día festivo, con la asistencia de personas y familias honorables de Caracas y con aficionados a la música.

     Cuando llegó el día fijado desde muy temprano, la familia Blandín decidió esperar los concurrentes, los cuales fueron llegando por grupos, unos en hermosos corceles, bellamente enjaezados, y otros en carretas de bueyes adornadas.

 

     La casa Blandín estaba adornada al estilo campestre, sobre todo la sala: en esta estaba la mesa del almuerzo, en la cual sobresalían tres arbustos de café artísticamente colocados en floreros de porcelana. Era la primera vez que al pie del Ávila iba a celebrarse una fiesta de tal originalidad.

     Maravilloso pareció a los convidados el lugar. Por todas partes sobresalían lujosos muebles de caoba, forrados en damasco; espejos venecianos, cortinas de seda, todo cuanto era de moda para aquella época.

     La fiesta dio comienzo con un paseo por los cafetales, que estaban cargados de frutos rojos. Al regreso, comenzó la música con notas de Beethoven y Mozart, ella dio entusiasmo a la juventud concurrente para entregarse a la danza.

El arbusto del café es oriundo de Abisinia y fue traído a Venezuela por misioneros castellanos en el año de 1750, plantándolo por vez primera a orillas del Orinoco, el Apure y el Guárico.
El arbusto del café es oriundo de Abisinia y fue traído a Venezuela por misioneros castellanos en el año de 1750, plantándolo por vez primera a orillas del Orinoco, el Apure y el Guárico.

     A las doce del día comenzó el almuerzo y concluido éste, se procedió a preparar el origen de la fiesta. Todas las mesas fueron alejadas, menos una, que había quedado en el centro. Luego de ser adornada de flores, fue cubierta por ricos platos oriundos de Japón y de China. Cuando llegó el momento de servir el café, cuyo aroma ya se había esparcido por todo el recinto, se vio a tres sacerdotes, que acompañados del dueño de la fiesta, se acercaron a la mesa. Eran éstos, Machado, Sojo y Domingo Blandín.

     Llegaron a la mesa en el momento en que la primera cafetera vaciaba su precioso contenido en una taza de porcelana, la cual era destinada al virtuoso cura de Chacao, quien, conmovido al apurar el primer sorbo del rico alcaloide, dice: “Bendiga Dios al hombre de los campos, sostenido por la constancia y por la fe. Bendiga Dios al fruto fecundo de la sabia Naturaleza y a los hombres de buena voluntad. Dice San Agustín: El agricultor al conducir el arado y confiar la semilla al campo, no teme a la lluvia que cae ni al viento que sopla, porque el miedo a los rigores de la estación desaparece ante las esperanzas de la cosecha. Así nosotros a pesar del invierno de esta vida mortal, debemos alentar nuestra voluntad y nuestras obras y pensar solo en la dicha que nos proporcionará tan abundante cosecha”.

     El Padre Sojo también habló: “Bendiga Dios esta concurrencia que ha venido a festejar con las armonías del arte musical y con las gracias y virtudes del hogar a esta fiesta campestre, comienzo de una época agrícola que se inaugura hoy, con los auspicios de una fraternidad social”.

     La concurrencia celebró con aplausos la elocuencia de los sacerdotes, entregándose de inmediato al obsequio de la primera taza de café.

     Pasado aquel trascendental momento, la juventud se preparó de nuevo para seguir danzando; entre tanto, el resto de la concurrencia se dividió en grupos para charlar sobre el porvenir del café.

     Así recuerdan las páginas de la historia venezolana esta gran fecha y así lo recordamos hoy a nuestros lectores: “Desde cuándo tomamos café”. Desde cuando vive en nuestra raza la principal de las costumbres venezolanas”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, 19 de agosto de 1944.

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