Mensaje Navideño 2020

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En esta navidad, deseamos que puedan fortalecer los valores y principios que permiten que sean empresas productivas, resilientes, innovadoras empeñadas junto a su talento humano, en seguir aportando bienestar a Venezuela.

¡Feliz e Innovador 2021!

Un bogotano en Caracas

Un bogotano en Caracas

POR AQUÍ PASARON

Un bogotano en Caracas

Alberto Urdaneta

     Para 1883 se llevó a cabo en Venezuela la llamada Fiesta del Centenario, momento que sirvió de marco para recordar los cien años del nacimiento del Libertador. En este evento se dieron cita personalidades de la vida nacional y de otros espacios territoriales de la América española y distintos lugares del mundo. Mucha de la ornamentación de la Venezuela guzmancista se llevó a efecto bajo este evento que también sirvió para estimular el culto bolivariano alrededor del poder establecido. Entre los invitados estuvo un bogotano, entre otros, de nombre Alberto Urdaneta (1845-1887) quien había sido general del ejército de Colombia, además de empresario agrícola y pecuario. Creador de la escuela de Bellas Artes, pensador, fundador de Papel periódico ilustrado donde publicó “De Bogotá a Caracas” entre 1883 y 1884.

     Las observaciones que plasmó Urdaneta las recopiló en los cincuenta días que estuvo por Caracas. Comenzó su escrito al hacer referencia al Calvario y le informó al lector que al adentrarse a Caracas el ambiente le pareció seductor. Las casas las describió como construcciones de un solo piso, edificadas con mampostería y en calles angostas. Recordaría que con Antonio Guzmán Blanco se comenzaría a construir, desde el denominado Septenio, alamedas o bulevares que imitaban y, en algunos casos, aventajaban las de París por su anchura y protección de la vegetación. De ésta expresó que era abundante y frondosa, cuyo cultivo, se apreciaba, habían ejecutado con esmero lo que ofrecía al observador de la ciudad un aspecto de una ciudad oriental.

     Caracas para su gusto era una ciudad bonita, incluso más bonita que París, y como Bogotá, tenía aspecto de ciudad. Subrayó que su embellecimiento se llevó a cabo luego del movimiento telúrico de 1812. Entre otras virtudes, Urdaneta recordaría la pulcritud y aseo de la ciudad. Aunque era raro ver una escoba y quienes la utilizaran. Como ejemplo de limpieza contó que por el mes de agosto decidió comer una naranja, ofertadas en la calle, para refrescarse, pero no encontró lugar para desprenderse de las conchas puesto que no había cestos de basura, por lo que optó por guardarlas y desembarazarse de ellas en el lugar que tenía como morada. Sin embargo, agregó que había barredoras mecánicas, tiradas por un caballo y dirigidas por un peón. Pero, no era esto lo que mantenía aseadas las calles de Caracas, sino las lluvias porque con éstas las aguas corrían de arriba abajo y esta corriente servía para limpiarlas, a esto agregaría el carácter pulcro de los habitantes.

     En cuanto a estos últimos recordaría que no usaban ruana, ni las mujeres vestían de negro. En su recorrido inicial le vino a recordación tanto el 19 de abril de 1810 como el 5 de julio de 1811 y el espíritu de Independencia, nacido de las doctrinas de Antonio Nariño y los precursores comuneros del Socorro en 1781. Sin duda, una aseveración exagerada a la luz de los estudios, en este orden, dados a conocer posteriormente. En su narración llamó la atención acerca del arzobispado de Venezuela, el Colegio de Ingenieros, la Facultad Médica Nacional, el Instituto de Bellas Artes y la Biblioteca en donde reposaban treinta mil volúmenes.

 

Calles y coches

     En lo referente a la organización y ornamentación de la ciudad delineó en su narración la existencia de 19 puentes, 14 de mampostería y uno de hierro, el cual se ubicaba sobre el río Guaire. En cuanto a las variaciones climáticas habló de dos: lluvia y sequía. Dejó escrito que en los tiempos del Centenario (1883) Guzmán Blanco había mandado a eliminar el que la parte frontal de las casas se blanquearan con cal, yeso o tierra blanca y se sustituyeran por pinturas a base de aceite, con colores claros. Junto con este cambio se dispuso a suprimir los impresos y anuncios públicos en las paredes de ellas. Acerca de esto último, indicó que en lugar de esta práctica se comenzaron a utilizar los árboles, donde con una tablilla se colocaban anuncios de interés.

     A medida que avanza su descripción agregaría nuevos aspectos que le llamaron la atención en comparación con su originaria Bogotá. Reconoció que el uso del cemento apenas comenzaba en Venezuela y que la mayoría de las calles centrales eran de este material. El mismo estaba siendo utilizado para sustituir en las calles las antiguas lajas de formas irregulares y variadas. Aunque las calles fuesen empedradas, con pequeñas piezas, ello no impedía el libre flujo de los carruajes.

     En lo que se refiere al transporte señaló que, el uso de los carruajes estaba bien reglamentado y que existían dos tipos diferentes de ellos, aparte de los particulares: los de plaza y tirados por uno o dos caballos. Para su convencimiento la mayoría de choferes eran italianos. Las tarifas variaban según las situaciones. Un bolívar por cada carrera o un venezolano por hora. Ofreció la información sobre la existencia de unos 160 carruajes de plaza en Caracas.

     A estos sumó los coches de lujo tirados por dos caballos y los cocheros hijos del país, según lo anotado por Urdaneta. El costo del servicio eran dos venezolanos por hora. Los días de fiesta y al salir de la ciudad al campo el costo era el doble. Indicó que cada cochero llevaba un reloj y vestían indumentaria presentable y pulcra. En Caracas habría unos cuatrocientos de este tipo reseñó en su texto. El medio de transporte más utilizado para trasladar objetos y mercaderías eran animales como el asno o pequeños carros de dos ruedas, halados por mulas, un solo arriero conducía hasta doce asnos en recua.

     De las calles anotó que estaban bien alumbradas con faroles de petróleo. Para la fiesta del Centenario se agregaron faroles de esperma y la luz eléctrica, basada en el sistema de Weston en algunos puntos de la Plaza Central y monumentos importantes. En la visita que llevó a cabo a la Catedral de Caracas, destacó un cuadro de Antonio Herrera, pintor de tendencia modernista. De igual modo, subrayó que en los alrededores de ellas había espacios vacíos, uno de ellos donde reposaba el corazón de Girardot, sin lápida que identificara el lugar. Con cierto aire quejumbroso señaló que un sentimiento patriótico debía embellecer este lugar, en vez de estar sepultado en medio de grama crecida. De otras iglesias caraqueñas señaló que la de Altagracia era la predilecta de las mujeres y la iglesia de la Merced donde existían fosas y que para él sería importante que, en Bogotá algunos templos, imitaran esta práctica y así obtener recursos económicos que ayudaran en su funcionamiento.

 

Caraqueños y caraqueñas

     Su relato es muy sobrio respecto a hábitos, usos, costumbres, gustos de lo que denominó sociedad caraqueña. Justificó que no se extendería en este punto porque el poco tiempo de observación de sus cualidades y por lo reducido de los defectos de ella no se prestaban para ser calificada.

     Del caraqueño anotó que eran mezcla de alemanes, vascos y que las razas primitivas constituían la costa norte de Suramérica. Estos grupos mezclados le sirvieron de pauta para calificarlos como sigue: raza pronta a las buenas o malas pasiones, despierta para todo, no perezosa, apasionada, sensible, apta para las armas como para escribir tratados jurídicos o una novela, vehementes en el afecto como en el resentimiento. Agregó la falsedad de la idea según la cual el caraqueño no era blanco, por eso adicionó que era tan blanco como el europeo, como “nosotros”, subrayó Urdaneta. El mismo vigor y energía corría por sus venas esa buena sangre azul, atributo de la raza especial suramericana, remató el autor.

     Advirtió que, a pesar de su edad y sin perder la sangre fría, se dio a la tarea de observar las generalidades en saraos, visitas oficiales o familiares, en calles, jardines de los caraqueños. En fin, apreciar la parte poética del género humano. Sus conceptos alrededor de este aspecto son como sigue. El caraqueño reunía la gracia innata de los pobladores de tierras templadas. En cuanto a la mujer insistió que el clima facilitaba baños depurativos desde tempranas horas del día. A ello se agregaba la vestimenta vistosa y de sus encantos como mujer. Dejó escrito que, las tibias mañanas se prestaban para el encuentro furtivo de parejas de enamorados en la choza, el valle y la finca. Aseveró que las damas lucían trajeadas a la usanza de las parisinas en la época primaveral.

     Las mañanas eran las predilectas para las compras, pasear, oír misa o la visita de confianza. Ya desde las once de la mañana hasta las tres de la tarde la ciudad presentaba su monotonía. Contó que las mujeres al caer el sol salían con sus costosos vestidos, pero de buen gusto, y se exhibían en paseos y lugares públicos. A la armonía especial de la costa, la mujer caraqueña la acentuaba al darle un movimiento a la frase importante que intentaba comunicar. En el teatro y el baile, el donaire en el vestir, su constante sonrisa, la amabilidad que seducía le daban a la caraqueña un atractivo incomparable, según dejó escrito Urdaneta.

Urdaneta fue fundador de Papel periódico ilustrado, donde publicó “De Bogotá a Caracas”

     Sin embargo, propuso que estas características las había apreciado en un momento muy puntual. Por ello añadió que bien pudieran ser estas acciones o características habituales o, al contrario, propiciadas por una situación específica. De los hombres dejó plasmado que, vestían con trajes propios de época de verano, usaban sombrero de copa o de paja. Las vestimentas de dril blanco sólo las portaban los más elegantes. En las visitas de etiqueta o asistencia a la ópera iban con frac. En lo referente al consumo de bebidas espirituosas recordó la sobriedad con que las degustaban y que de una copa de cerveza no se excedían, mostró su gusto al ver que el brandy no fuese común entre ellos. En ágapes o fiestas preferían el ron Carúpano.

Para Urdaneta, Caracas era una ciudad bonita, incluso más bonita que París

     También resaltó el gusto de los caballeros por el baile, que lo ejecutaban con maestría. Cumplidores en sus visitas, no tenían impedimento para prolongarlas, si eran de su agrado, dos o tres horas. Aceptaban u ofrecían con franqueza un almuerzo o cena al visitante. Otras virtudes que resaltó: eran madrugadores y como las damas salían a dar paseos. Se trasladaban sin quejas hacia otras parroquias, en ocasiones a pasar el día o a pasear en horas de la mañana. Como seres serviciales y galantes atendían presurosos el pedido ajeno. Urdaneta destacó el uso del bastón por parte de los caballeros. En cuanto a los obreros, aquellos dedicados al trabajo rudo, no usaban la por él llamada perezosa y sucia ruana, andaban en mangas de camisa o con un ligero saco de dril blanco.

     A lo largo de su narración, el autor, expuso sus observaciones con bastante cuidado. Se cuidó de no ser muy crítico, condición que exhibió cuando hizo referencia a lo que en Bogotá era usual. Resulta de gran interés la escasa consideración en torno a la realidad política. Igualmente, cuando refería comparaciones con la realidad europea lo hizo para enaltecer esta comarca caraqueña, así como a su lugar de origen. Esto, de ningún modo, desdice lo relatado. Me parece que el interés principal es la coincidencia respecto a algunos atributos que se daban como un hecho entre quienes examinaron Caracas desde su realidad vital. El viajero relator hace uso de su propia experiencia, así como de sus vivencias personales y territoriales, ejes a partir de los cuales establece diferenciaciones y también coincidencias. Si algo se puede destacar entre el viajero hispanoamericano y el proveniente de Europa es aquel en que su propia experiencia es la impronta del relato. A este tenor, que entre uno y otro el relato normativo se torna diferente al momento de la comprensión del desenvolvimiento social en civilización.

El asesinato de Delgado Chalbaud

El asesinato de Delgado Chalbaud

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El asesinato de Delgado Chalbaud

     Hace 70 años se llevó a cabo el único magnicidio que se ha cometido contra un presidente de la República en la historia política venezolana.

     La mañana del lunes 13 de noviembre de 1950, mientras se dirigía desde su residencia de la urbanización Country Club hasta el despacho del Palacio de Miraflores, fue ultimado en medio del secuestro del cual fue objeto, el teniente coronel Carlos Román Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno que había tomado el poder el 24 de noviembre de 1948, tras derrocar el gobierno constitucional de Rómulo Gallegos.

     Dado que Delgado Chalbaud, quien contaba apenas 41 años (había nacido en Caracas el 20 de enero de 1909), ocupaba el principal cargo del poder ejecutivo venezolano, su repudiable crimen está registrado en nuestra trayectoria política como el único magnicidio contra un primer mandatario de Venezuela.

 

Secuestro y ejecución

     El vehículo presidencial, un Cadillac Imperial, año 1947, tipo limosina, conducido por Felipe Figueroa, llevaba en su interior al teniente coronel Delgado Chalbaud y su edecán, el teniente de navío Carlos Bacalao Lara. Como escolta motorizado los acompañaba un efectivo militar de apellido Aponte.

     A la altura del puente de Chapellín, a escasos minutos de haber salido de la Quinta Lois, se encontraron con un taxi marca Ford, conducido por Carlos Mijares, quien simulaba estar accidentado en la vía, por lo que Figueroa tuvo que disminuir la velocidad. En ese momento, el Cadillac fue interceptado por más de 20 hombres armados, borrachos y amanecidos a bordo de cuatro vehículos: un Packard negro del que bajó Rafael Simón Urbina, un Hudson, un Plymouth y un Chevrolet. Unos ocho hombres del grupo se encargaron de desarmar Bacalao Lara, en tanto que el resto se dedicó a reducir a Delgado Chalbaud y al motorizado Aponte.

Teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno

     Urbina y varios de sus secuaces retiraron violentamente de su vehículo a Delgado Chalbaud y sus acompañantes y los subieron al Ford que guiaba Mijares. Regresaron hacia el Country Club, para luego emprender rumbo al Rosal y de allí hacia la vía de Baruta. Hay que tomar en cuenta que entonces no existía ni la autopista Francisco Fajardo ni la avenida Francisco de Miranda y que urbanización Las Mercedes, hacia donde se dirigían exactamente, tenía entonces muy pocas casas y edificaciones.

     Según versiones de prensa, a eso de las 9 y media de la mañana, la caravana de vehículos de los secuestradores y sus tres víctimas arribó a la quinta Maritza en la calle La Cinta de Las Mercedes. Apenas terminaban de aparcar el Ford en el estacionamiento, se escuchó un disparo de pistola, era un balazo que se escapó del arma de Pedro Antonio Díaz e impactó en la pierna izquierda de Rafael Simón Urbina, que prácticamente le destrozó todo el tobillo.

     En medio de la escena, en la que el líder del grupo resultó herido, Delgado Chalbaud pretendió auxiliar a Urbina, pasándole un pañuelo para intentar detener la hemorragia. Los nervios llevaron a Domingo Urbina, Pedro Antonio Díaz y a Mijares a accionar sus armas y herir de muerte al primer mandatario, mientras que los otros secuestradores dispararon contra Bacalao Lara y casi también la emprenden a balazos contra el chofer y el escolta motorizado, quienes se salvaron gracias a la intervención de Urbina, quien ordenó que los dejaran amarrados.

     En un gesto de valentía, Bacalao Lara, herido con siete tiros, salió de la casa y pudo llegar a una vivienda cercana. Allí se identificó y solicitó a los habitantes que le permitieran comunicarse por teléfono con el Palacio de Miraflores para dar parte del atentado que se acababa de producir. Habló con el teniente coronel Luis Felipe Llovera Páez, uno de los miembros del triunvirato de la Junta Militar de Gobierno, y le informó la situación. De inmediato se inició la persecución. Policías y soldados se dirigieron a Las Mercedes y se activó un plan de búsqueda para dar con los forajidos.

     Tanto el teniente de navío, Bacalao Lara, como el teniente coronel Delgado Chalbaud fueron trasladados de urgencia al Hospital Militar. El primer mandatario falleció a las 11 de la noche de ese 13 de noviembre, en tanto que su edecán, sobrevivió tras permanecer varias semanas hospitalizado.

Ultimado el cabecilla

 

     Los agresores huyeron y Rafael Simón Urbina fue llevado en su vehículo a la casa del abogado colombiano y técnico electoral Juan Francisco Franco Quijano en procura de un médico, pero ante la imposibilidad de que este llegara oportunamente se dirigió a la Embajada de Nicaragua, pero ante la necesidad de ser atendido por un médico, decidió entregarse ante las autoridades. Una comisión de la Seguridad Nacional lo llevó a la cárcel de El Obispo, en el Guarataro. Allí le practicaron las primeras curas y al final del día, cuando o trasladaban a la Cárcel Modelo de Propatria, por supuesta aplicación de la Ley de Fuga, Urbina fue ultimado de un balazo en la subida del cerro El Atlántico, en Catia.

     El resto de la pandilla que acompañó a Rafael Simón Urbina fue capturada en su totalidad y sometida a juicio y condena. La integraron, entre otros, su hermano Domingo José Urbina Rojas, Pedro Antonio Díaz, Honorio Gutiérrez, Ángel Medina, Antonio José Medina, Cipriano Medina, Pedro José Medina Túa, Carlos Mijares, Osorio de Jesús Ollárvez, Máximo Paz, Antonio Paulino Reyes. Casi todos llegaron a Caracas procedentes del estado Falcón. Años más tarde, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, Domingo Urbina se fugó de la Cárcel Modelo y incorporó a la guerrilla, donde permaneció cuatro años. Luego se acogió a la política de pacificación que inició el presidente Raúl Leoni y concluyó Rafael Caldera durante su mandato. En 1985, fue asesinado en un sombrío hecho de venganza.

     Una vez iniciadas las investigaciones sobre el secuestro de Delgado Chalbaud, se conoció que entre los implicados figuraban el millonario Antonio Aranguren Leboff, amigo personal y compadre de Urbina, quien había financiado sus aventuras antigomecistas previas, y el mencionado abogado colombiano Franco Quijano, quien fue preso y enjuiciado. Sin embargo, su causa fue sobreseída poco tiempo después.

Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud y Luis Felipe Llovera Páez

La ambición de Pérez Jiménez

 

     Delgado Chalbaud, ingeniero que había asistido a una academia militar en Francia. Presidía la Junta Militar de Gobierno junto con los tenientes coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez desde el 24 de noviembre de 1948, cuando derrocaron del poder al novelista caraqueño Rómulo Gallegos.

     Desde el mismo momento en que se produce el atentado comienzan a circular rumores en torno a que la salida del juego de Delgado Chalbaud fue ordenada desde el propio gobierno. Todo ello obedecía a los comentarios que hizo el propio Urbina al momento de ser capturado, al exigir que lo pusieran en contacto con Pérez Jiménez.

Plano del lugar donde fue secuestrado Delgado Chalbaud

     El expresidente Rómulo Betancourt, quien trató el tema en su obra “Venezuela Política y Petróleo”, ofrece una interesante versión: “Rafael Simón Urbina, la persona que hubiera podido aclarar mejor las partes nebulosas de la historia y aun librar de culpabilidad en su declaración a quienes lógicamente acusaría la opinión pública como fraguadores del asesinato, no alcanzó a hablar ante un juez. Estaba gravemente herido, de un balazo, cuando se entregó a la policía, abandonando el asilo que recibió en la Embajada de Nicaragua; y, ya en la cárcel, como para confirmar las vehementes sospechas que recaían acerca de los instigadores de su sangrienta aventura, lo asesinaron. Se piensa, aplicándose un razonamiento elemental, que con la eliminación de Urbina se pretendió acallar definitivamente la voz de quien sabía demasiado. Pero antes de morir, Urbina dejó testimonios de su puño y letra, y una cauda de testigos, que han permitido reconstruir, con perfiles muy verosímiles, el proceso de incubación y ejecución de un crimen político que tuvo tanta resonancia, dentro y fuera de Venezuela (…)

     De la conexión que existía entre Pérez Jiménez y Urbina antes del magnicidio se encuentra un testimonio caudaloso, abrumador casi, en las 665 páginas del libro Sumario del juicio seguido a las personas indiciadas por haber cometido el asesinato del coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno, edición oficial de la Oficina Nacional de Informaciones y Publicaciones del Ministerio de Relaciones Interiores, Caracas, 1951 (…) Entre las personas indiciadas estaba la viuda de Urbina, María Isabel de Urbina. Fue ella la que guio el automóvil en que Urbina se trasladó de su casa de habitación al lugar donde Delgado Chalbaud fue secuestrado. Declaró al juez instructor que el día anterior al crimen (12 de noviembre de 1950), Urbina le dijo: «Mañana cuando vayas donde Franco Quijano, vas a pasar donde el señor Rivero Vásquez y le dices que el hombre está preso, para que se lo comunique al teniente coronel Marcos Pérez Jiménez»” (Op. cit. p. 36).

Carroza fúnebre con los restos del coronel Carlos Delgado Chalbaud

Personaje popular de la Caracas de 1920

Personaje popular de la Caracas de 1920

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

     Entre los personajes populares de la Caracas de los años 20 se encontraba un guaireño que atraía la atención de la gente por su extravagante manera de vestir. Se trataba de un señor de poco más de 50 años, de nombre Vito Modesto Franklin, quien, de un viaje por España e Italia a comienzos del siglo XX, regresó a Venezuela contagiado por una manía nobiliaria que lo llevaría a adoptar un estrafalario modo de vestir.

     Por lo general lucía paltó levita, camisa mosquetero de ancho cuello y bocamanga de encaje, corbata de plastrón, pantalón corto y zapatillas de raso con hebilla de plata, con un sombrero de copa negro, con la mano derecha enguantada, una peluca, monóculo y un bastón con singular empuñadora. Caminaba por las angostas calles del centro de la ciudad con pasos seguros y mirando de reojo el entorno.

     Todas las tardes se le veía en la plaza Bolívar. Sus excentricidades fueron notables. En los carnavales de 1922, recorrió las calles ataviado de manera ridícula encaramado en el techo de un vehículo, agitando los brazos saludando a una imaginaria multitud.

     Por ocurrencia del poeta Leoncio Martínez (Leo), director del semanario humorístico Fantoches, a Vito Modesto le endilgaron, en 1924 y desde ese periódico, los apodos de “Duque de Rocanegras” y “Príncipe de Austrasia”. A partir de entonces, las burlas y caricaturas de la prensa incrementaron la popularidad de este distintivo personaje. Fue tal la fama que alcanzó, que su nombre dio lugar a la palabra «Vitoco», de donde se originó también otro vocablo: «vitoquismo», sinónimo venezolano de narcisismo y presunción.

     Pocos años después de la muerte del Duque de Rocanegras, el joven poeta Aquiles Nazoa, quien entonces contaba con 23 años y daba sus pasos iniciales como literato, escribió en el recién fundado diario caraqueño Últimas Noticas (8 de febrero de 1943, páginas 4-5 y 2) una extensa crónica sobre las andanzas de Vito Modesto Franklin, que ofrecemos a continuación:

Personaje popular de la Caracas de 1920

Por Aquiles Nazoa

Caracas fue suya por 10 años

     “La vida pintoresca de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca Negras y Príncipe de Austrasia, cautivo de la fantástica princesa Piperacine Midy. Caletero en La Guaira. Jugador afortunado. Seminarista. Tramitador de hipotecas. Trotamundos. Árbitro de la elegancia. Obcecado por sueños de grandeza. Amó fervorosamente a Carmen Flores y por ella estuvo a punto de batirse con Enrique de Borbón.

     Cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar por el Ávila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles. Luego tendrá nuestro escritor que dedicarle un capítulo a Cenizo, el perro bohemio, amigo de los poetas del 20 y trasnochado huésped de la Plaza Bolívar, a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre. Un capítulo vendrá después en esa frívola historia; un romántico capítulo de cuya extravagante verdad dudarán muchos porque con sus esplendorosas noches de teatro, sus carnavalescas lluvias de bombones, sus amores, sus blasonas inverosímiles y sus sueños de grandeza, caídos todos de una vez como torres de arena, parecerá más bien arrancado a alguna novela del romanticismo decadente del novecientos. Y este capítulo será el que trate de la aventurera vida de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca negras y Príncipe de Austrasia.

Caricatura anónima de Vito Modesto Franklin

     ¡De dónde había salido aquel aristocrático personaje de orgullosos ademanes y prestigiosa elegancia? ah, si ustedes lo hubieran visto pasearse con paso seguro por las calles de Caracas y saludar discretamente con su diestra enguantada de gris a los pocos transeúntes que le merecían ese honor y pararse por las tardes junto a los barandales de la Plaza Bolívar, con la mirada perdida entre los árboles: aquella mirada suya que aparecía más grave y displicente cuando se calaba los lentes para seguir el paso de alguna mujer. Era de alta estatura y lucía más arrogante y esbelto entre la refinada elegancia de sus trajes, Porque el Duque vestía de exquisita y extraña manera, gusto daba verle en las mañanas primorosamente modelado en un traje de paño verde, y sobre el pecho que se erguía como proa, la ondulante corbata de seda verde lino armonizando sus pálidos reflejos con las luces cambiantes del enorme diamante que la sujetaba. O por las tardes, vestido de claros grises, en el anular una esmeralda coronada de plata y un clavel muriendo en el ojal. Pero era por las noches, ataviado de pontificial morado o azules de media noche, cuando aparecía como nimbado de leyenda, solo en un palco del viejo Olimpia, adornado expresamente para él con crisantemos de invernaderos, orquídeas de montaña o aristocráticas rosas encendidas. Cuando morían las primeras luces para comenzar la función, la mano del duque apoyada tranquilamente en el balconcillo dejaba asomar las tres bellotas de oro de la finísima esclava que le ceñía la muñeca derecha.

     -Esta esclava, amigos míos -afirmaba el duque-, no es tal esclava. Esta es la faja merovingia que usaba el rey Clodoveo; y las tres bellotas que son los tres infantes de Borbón que aquí los llevo- y agitaba orgullosamente la mano.

     Opacos y sudorosos fueron los días de juventud de Vito Modesto Franklin. Caletero de los sórdidos muelles de La Guaira, primero: diestro jugador después y preso más tarde. Su vida de aventura comienza a los 19 años, cuando Rodulfo, amigo de su infancia, lo lleva a El Gato Negro, famosa posada y garito que ostentaba su prestigio de posada en este curioso anuncio:


¡Es «¡El Gato”, en verdad un Paraíso!
¡Allí el talento del mondongo brilla:
La gracia virginal de la morcilla (sic)
¡La sublime elocuencia del chorizo!
(La Estudiantina,19-3-87)

y que ostentaba también, pero sin anunciarlo, su prestigio de garito en que se hacían las mayores paradas de La Guaira. Allí se adiestró Franklin en el arte de «Colear paradas», «peinar» y «preparar» dados, y no huno nadie más fino que él, ni más afortunado en el riesgoso oficio del juego. Creció su fama de jugador y pareja con ella creció su fortuna. Y de sus turbios manejos surgió una noche el trágico accidente que habría de ampliar más tarde los horizontes de su vida de jugador: esa tragedia en la que resultó accidentalmente muerto por él, de un tiro de revólver, su amigo Rodulfo, lo llevó a la cárcel por tres años.

     Salido de presión, se dio a viajar por todos los centros de juegos de Centro y Sur América, regresando años más tarde, después de haber desbancado en Panamá, La Habana y Buenos Aíres. Pero Franklin se sentía solo; y agotado tal vez de su agitado vivir, acogiese a la tranquilidad sombra de un seminario. Y entre ayunos y oraciones transcurrió lo mejor de su juventud. A punto de tonsurarse ya, se descubrió que había un muerto en el lejano pasado; y aquel hombre caído en el garito del «Cardonal» se interpuso entre el seminarista Franklin y su primera misa. Truncada así esta ilusión de su vida, se internó en los campos mirandinos de Barlovento y Rio Chico, donde su función de mediador y tramitador de hipotecas, compras y ventas de inmuebles aumentó su fortuna. Volvió entonces a su Guaira natal y de allí después de un romance sin éxito con la viuda de Cipriano Rodríguez, embarcó para España.

     Franklin ha llegado a la alegre Madrid de 1916 y es el paseo El Retiro al pasar aparatoso del real carruaje de Alfonso XIII donde comienza a definirse su verdadera vocación. Ya no piensa en desbancar grandes mesas ni en decir sermones. Su mente se ha afiebrado por un dorado sueño de grandeza y ya este sueño no le abandonará jamás. Se dejó crecer grandes patillas: dignificó sus ademanes y sus gestos desde entonces fueron cortesanos y galantes: sus mejillas lucieron más frescas bajo el rosa leve del carmín y su rostro todo al que se adherían discretamente los polvos de arroz, cobraba una exquisita palidez de rostro infantil. Varios miles de pesetas en exóticos trajes diseñados por él complementaron su rara hermosura. Porque aquel renovado Vito Modesto Franklin resultaba extrañamente hermoso, y cuando en 1921 regresó a Caracas, pocos días bastaron para que fuese suya la atención de toda la ciudad. No había pasado la admiración del primer encuentro con aquel «arbiter elegantiarun» tropical, una nueva ocurrencia vino a aumentar la apasionada curiosidad pública que su persona suscitaba. Un buen día amaneció nuestro Franklin con el resonante título de Duque de Roca Negras. El miércoles de ceniza de 1922, muy por la mañana, irrumpió en la redacción de «El Heraldo» y con altivo gesto y triunfante sonrisa, desplegó ante los ojos incrédulos del redactor de turno, un viejo pergamino sellado en lacres y con gallardo tono de voz, explicó el contenido de aquel enrevesado documento.

Silueta Vito Modesto Franklin. Por Raúl Moleiro, 1923

He aquí, amigo mío, que la sangre azul de las Españas florece entre mis venas. Este pergamino es el documento público por el cual se da cuenta en mi rancio abolengo, y consta en él que el año de gracia de 1821, Su Majestad el Rey Fernando VII declaró a doña Felipa Montes, heredera de Hernán Tigifredo, Duque de Roca Negras, con derecho a disponer del condado de Pontevedra los ducados de Roca Negras, Cantabria y Alaba. El de Cantabria pertenecía al Rey Don Pelayo, primo de Hernán Tigifredo; y el año 60, los señores Joaquín Montes y Felipa Montes, reservan tales nobles derechos con favor de Franklin soy legítimo y primo de Don Pelayo; único heredero, por tanto, de los títulos Roca Negras, cuyo blasón ostenta una roca color betún sobre campo de gules y gulas (sic) y atravesado por dos puñales, símbolo del amor y de la fuerza.

Esta noticia del ducado de Vito Modesto corrió de boca por toda la ciudad; y ya nadie más le llamó doctor Franklin, ni pare Franklin, ni señor Franklin siquiera. Parecía que todos estaban esperando aquel título, para llamarle duque, porque duque, en cierto sentido, era su verdadero título

En abril del mismo año debuta en el Teatro Calcaño La Lusitana, famosa coupletista, por cuyo amor imposible estuvo el duque en trance de suicidio. Cada noche, desde su palco solitario, llovían rosas a los pies de la coupletista. Ella, en pago de las galantes ofrendas de flores y de amor popularizó, cantándolo para él en sireé de gala, el couplet «El Duque de Roca Negras», letra de Leo. Con La Lusitana se me fue también una ilusión del duque, ilusión que renació luego, en junio, pero encarada en otra coupletista: Carmen Flores. Y si la Lusitana los trasformó de tal manera, por Carmen Flores estuvo a punto de enloquecer. Carmen debutó en el Olimpia, que era propiedad del duque. Volvieron las flores y las fastuosas noches volvieron. Y de este amor como del otro, cosechó sólo couplets y canciones. Y ocho días antes de partir Carmen Flores dio una función en honor al duque. Allí estaba él, en su palco adornado, una rosa impoluta en el ojal, la corbata muaré despidiendo ondas de luz.

     – ¡Que hable, que hable el duque! – pedía a gritos la sala entera.

     Y él se irguió emocionado, alzó la derecha en que cantaban las bellotas de su esclava y dijo estas cortas palabras:

     – ¡Señores! Veo y no miro lo que veo.

     Una salva de aplausos atronó la sala. Y por el maquillado rostro del duque, rozó una lágrima de gratitud. Terminada la función, se prolongó la fiesta en el camerino de la actriz. Aquella fue una fiesta frívola y apasionada, y hasta extrañamente pagana: pagana, sí, porque Carmen Flores, fingiéndose Diosa de la nobleza, vertió champán en sus labios sobre el ombligo del duque, porque han de saber ustedes que el duque tenía un ombligo de perla nacarina, según él, y algo salido, característica natural según él también, de los legítimos nobles. A los pocos días la fotografía del ombligo del duque era expuesta como joya de valor en el escaparate de la «Bota de Oro». Carmen Flores se marchaba, pero él le daría un imborrable recuerdo de su amor, y así fue como una noche, cuando Enrique de Borbón – aquel aventurero primo de Alfonso XIII que seguía apasionado los pasos de Carmen Flores, el duque impidió indignado aquel brindis.

     – ¡No! – le dijo rojo de ira- No han de rodar los nombres de las señoras por entre copas de taberna.

     Borbón aprovechó para teatralizar y le lanzó un guante al rostro.

     -Mis padrinos irán a verle mañana- concluyó el español.

     Aunque aceptado por el duque, no se efectuó el duelo, pues al día siguiente ya Borbón iba camino a Colombia, siguiendo siempre a la Carmen.

     Otro amor que se fue y el duque estaba desolado. No podía resistir la ausencia de su Carmen Flores, y hubiera muerto de melancolía si a mediados de abril de 1923 no recibe aquella carta, aquella famosa carta, en que, desde la lejanía. La carta contenía un retrato con autógrafo:

     «Querido Duque: Tiempo mucho lo que es amor secreto. Estáis ceñido a mi amantísimo corazón (..) y el corsé a mi cintura. Permitidme contar desde hoy con la promesa de vuestra mano. La mía, vuestra fue desde siempre. Beso vuestros pies: Piperacine Midy- Princesa cautiva de Austrasia-«

     Ah, ¡que fiesta dio el duque a sus amigos para celebrar aquel suceso de amor!

Las flores y el champán corrieron como ríos dorados por las mesas de «La Glaciere». Pero la alegría que le trajera aquel misivo fue pronto nublada. Alguien había herido al duque en lo que más caro para él: su elegancia: alguien quería aparecer más guapo y mejor vestido que él. Y ese alguien era Rodolfo Valentino. Y el duque pisoteó el nombre de aquel Narciso falsificado, que carecía de sangre azul, que no tenía como él 1,80 m de estatura, si como él tenía sus curvas apolíneas de ánfora etrusca.

-Esos palurdos-declaró el duque para «El Heraldo»- alzan vulgar vocifera a favor de ese macaco que se moriría de envidia ante la delicadeza oliente de uno de mis calcetines!

El poeta Aquiles Nazoa

     Para corroborar lo dicho, se hizo una foto nudista y mandó exhibirla en diversos lugares. No se convenció la gente, empero, y el comentario del día era «El hijo de Sheik» por Valentino. Entonces salió nuestro otoñal Petronio en busca de su princesa. Y en 1925 se paseaba tranquilamente por las calles de Londres, donde, según el «Daily Telegraf», los transeúntes se detenían para verle pasar, asombrados de su extraordinario parecido con Oscar Wilde. Por el brillante que lucía, en una sortija por la noche y en el imperdible por el día, un joyero francés estando en París en 1926, le ofreció 18.000 francos, que él rechazó. El duque regresó a Caracas tras larga ausencia. Tenía ya cerca de sesenta años, pero representaba cuarenta a lo más. Mucha de aquella popularidad del 22 estaba perdida. El sonaba sí: pero con mayor fuerza sonaba el radio, que recién había llegado al país; y su curiosa figura ya había dejado de ser rareza, para convertirse en otro aspecto del paisaje caraqueño, como la torre o como la ceiba de San Francisco. Así lo comprendió él y buscó nuevos caminos, sin abandonar su indumentaria, sus cosméticos, sus lentes ni su ducado, se inició en el mundo de la mecánica y junto con un protegido suyo inventó en 1929 un «avisador de incendios». Listos ya los planos, quiso, para desgracia suya, llevar todo aquello a la práctica. El 6 de diciembre de 1930, una ambulancia conducía al Duque de Roca Negras al hospital Vargas. Minutos antes, la explosión de un bidón que mandó llenar de aire le había quebrado una pierna. La hermosa peluca, comparada en la mejor peluquería de París, fue hallada debajo del Puente Junín. La elegancia había sucumbido. Vito Modesto Franklin, que del accidente salió cojo, ya no era sino un vulgar transeúnte, de sombrero y pantalones largos, como otro cualquiera. A la sombra de su vieja casa de Glorieta, soñando ante aquel montón de papeles y retratos que resumía su vida aventurera, en el olvido de la ciudad que fue suya por diez años, murió su excelencia el 17 de julio de 1938. Un estanque de agua clara nos indica el camino de su tumba solitaria”.

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