La hallaca, pastel venezolano de Navidad

La hallaca, pastel venezolano de Navidad

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La hallaca, pastel venezolano de Navidad

     En esta época de sana resurrección y revalorización de lo venezolano no debe faltar el aspecto de las artes culinarias criollas, tanto por lo que atañe al cultivo y defensa de lo nuestro, como por las proyecciones económicas que pueden derivarse de la atracción turística. Todas las naciones, al ofrecer al turista comodidades y atracciones que las conviertan en centro de una corriente extranjera, han concedido lugar especial a las artes culinarias y un ejemplo de lo que en este punto podría hacerse lo constituye la celebridad de ciertos platos típicos tan famosos que sus nombres son ya lenguaje internacional de la mesa.

     Por imperativo de nuestra formación étnica, los platos típicos venezolanos son también expresión de nuestro mestizaje. En la época de la conquista, la cultura española se basaba principalmente en la agricultura, la cría y la minería; mientras que los indios americanos eran pescadores y cazadores. “Junto con los nuevos alimentos ̶̶̶ ̶̶̶ asienta el Dr. Fermín Vélez Boza, en su estudio “La Alimentación y la Nutrición en Venezuela” ̶̶̶ ̶̶̶ se implantaron las normas culinarias y dietéticas hispanas, que, al mezclarse con los alimentos y costumbres de los nativos, llegaron a constituir un tipo de alimentación criolla propia de estas regiones”. Así se iba a lograr un mestizaje de los platos de mesa que, al cabo del tiempo, resultarían tan diferentes de los originales que no los reconocerían ni los españoles puros ni los indios puros; pero que serían familiares a los criollos, producto de la mezcla de sangres.

La hallaca es un producto suculento de ese mestizaje del arte culinario

Origen culinario y filológico de la hallaca

     Producto suculento de ese mestizaje del arte culinario, semejante al tipo criollo que se estaba formando de la conjunción del español peninsular con el indio americano, es la hallaca, pastel venezolano de Navidad. “Creemos que en el origen de este plato  ̶̶̶  ̶̶̶ dice el mismo Dr. Vélez Boza ̶̶̶  ̶̶̶  han intervenido evidentemente las costumbres culinarias del pueblo español y del indio, pues es a modo de un pastel tropical; en España no se conocen ni usan las hallacas pero sí los pasteles; al venir los colonizadores a América el indígena les ofreció el maíz y otros condimentos, ají, tomate, el cambur que algunos discuten si había algunas especies nativas o fue importado, contribuyó al darle el sabor y envoltura; aceptó el colono el maíz a falta de su trigo y así en los primeros tiempos  de la Colonia nació este plato que al estudiarlo con la curiosidad del científico hoy día se le encuentra perfecto tanto en valor nutritivo y composición como sabor; tal vez sea algo rico en grasas pero al pensar que fue creado como alimento para la época fría del año, en estos climas tropicales, se comprende que aún esto es adecuado; más adelante trataremos detenidamente sobre su valor nutritivo”.

     El Dr. Ángel Rosenblat, director del Instituto de Filología “Andrés Bello” de la Universidad Central de Venezuela, resume el origen del vocablo así:

     “La palabra tradicional que designa el pastel de masa de maíz con su guiso de carne de condimentos y sus adornos de aceitunas, alcaparras, pasas, almendras, huevos, etc., es tamal, de procedencia azteca. Esta voz tamal llegó también a Venezuela y seguramente fue general en todo el país, con las variantes tamar, tamare. Más tardíamente empieza a llamarse hayaca, al principio sin duda humorísticamente, porque hayaca era una voz indígena que significaba bojote o atado, como se observa en un documento de 1608 (Arch. Hist Nac., “Encomiendas”, V. 165) que reza: tres hayacas de sal grandes”. Esa designación humorística o despectiva del tamal, se fue generalizando hasta el punto de que la palabra tamar o tamare ha quedado relegada hoy a algunas regiones periféricas del país. La voz tamal aparece ya en los primeros cronistas, desde el Padre Sahagún, y se difundió por casi toda América, hasta el Perú y Chile. Claro que el tamal no es igual en todos los países: cada uno ha generalizado un tipo especial según las preferencias nacionales; por eso tampoco es enteramente igual el tamar venezolano y la hayaca de casi todo el país. En cambio, hayaca es voz exclusivamente de Venezuela y no la hemos encontrado en los antiguos cronistas. Como designación del pastel nos parece voz relativamente moderna. Con el sentido de bojote o atado que tiene en el documento de 1608, se emplea todavía la palabra hayaca en expresiones populares de diferentes regiones del país, tales como: “¿Qué hayaca es esa”, dirigiéndose a una persona que lleva una cosa plana y atada con cuerdas; “Esta hallaca es un bojote de hojas”, de manera burlona cuando al desenvolver una hayaca comprada se encuentra que tiene muchas hojas y poco pastel; “Eso es una hallaca”, se dice de un bojote mal hecho, que contiene objetos no comestibles, mal atado, flojo, descuidado.

La hallaca tiene un agradable sabor y gran valor nutritivo

Hallaca, problema lexicográfico

     El más desprevenido lector podrá observar que la palabra con que se designa el exquisito pastel venezolano no ha disfrutado propiamente de una tranquilidad ortográfica.

     Como ha sucedido con la mayor parte de los americanismos, los lingüistas nacionales tuvieron que librar descomunal batalla para convencer a los señores de la Academia Española de que incluyera en su Diccionario el consabido vocablo. Primero lo glosaron, después hicieron estudios de filología comparada para determinar su origen, llegando a polemizar sobre si procedía de lenguas indígenas o del árabe, y luego lo definieron por sus componentes. Por último, redactaron la respectiva memoria y la sometieron a consideración de la Academia, hasta que ésta, después de limpiarlo, fijarlo y bruñirlo, en la edición décima-tercia del Diccionario, correspondiente al año 1899, le puso óleo y crisma y lo bautizó así: Hayaca.

     Sin embargo, ni el origen ni la ortografía, ni la definición académica satisficieron a los lingüistas venezolanos. Las sucesivas ediciones del Diccionario tuvieron que eliminar la formación del término establecida originalmente. En cuanto a la ortografía y la definición, mantenidas hasta hoy, al principio dieron motivo a una polémica que, si ahora carece del ardor de la crítica inicial, se manifiesta, en cambio, en la renuencia de los escritores a seguir la norma académica.

     En efecto, los escritores venezolanos continuaron escribiendo hallaca con ll y no con y. Así apareció escrita en la sección de cocina campestre que el señor José A. Díaz trae en su obra “El Agricultor Venezolano o Lecciones de Agricultura Práctica Nacional”, publicada en Caracas en 1861, en la cual define el pastel y suministra su forma de preparación. No obstante, el sabio Dr. Adolfo Ernst, en un artículo publicado el 31 de diciembre de 1895 en “La Opinión Nacional”, expresaba sus dudas entre Hallaca o Ayaca, confesando que “a pesar de que la primera de estas formas es hoy la generalmente usada, parece que sería más exacta la segunda”, por estar en mejor armonía con la etimología tupi-guaraní, grupo caribe, que él le atribuye, aunque termina declarando que su conclusión no le satisface totalmente. (Quizás fue D. Julio Calcaño quien primero planteó el problema filológico de la hallaca, que luego recogió en “El Castellano en Venezuela”, publicado en 1897). Uno de los más fuertes argumentos contra la ortografía del vocablo consagrada por el uso es el de que, al parecer, los dialectos indígenas no tenían el sonido del ll, y esto fue quizás lo que guio a la Academia en la adopción de la y. Pero posteriormente, filólogos como el D. Tulio Febres Cordero, D. Gonzalo Picón Febres, D. Lisandro Alvarado y D. R. D. Silva Uzcátegui y los demás escritores venezolanos continuaron escribiendo hallaca con ll.

     La definición adoptada por la Academia fue también motivo de disgusto entre los lingüistas nacionales. El Diccionario definió su hayaca como “pastel de harina de maíz”. Y aquí volvió a arder Troya, porque desde los más afamados filólogos venezolanos hasta la más humilde cocinera nacional, sabían que no se trataba de ninguna harina sino de la masa del maíz. Y al punto, los filólogos Febres Cordero en su “Cocina Criolla” publicada en 1899 en Mérida; Picón Febres en su “Libro Raro”, en 1912, en Curazao; Alvarado en su “Glosario del Bajo Español”, en Venezuela, en 1926: Silva Uzcátegui en su “Enciclopedia Larense”, salieron a corregir a la Academia y a burlarse un poco de los señores académicos españoles.

La hallaca es el plato típico navideño de los venezolanos

La hallaca en la Literatura Nacional

     Mucho antes de que la palabra hallaca fuese limpiada, fijada y bruñida por la real Academia Española, el pueblo venezolano la había creado con su soplo común hasta consagrarla por el uso. En parranda por los días de Navidad, se acercaba a la puerta de las casas para pedir las hallacas cantando aguinaldos. Los hombres del Centro: 

Venimos cantando
desde el Yaracuy
hallacas comiendo
bebiendo cocuy

Y los de Oriente:
Dennos los pasteles
Aunque estén calientes,
que pasteles fríos
avientan la gente

     Pero lo curioso es que D. Andrés Bello, quien en su Silva a la Zona Tórrida se regodeó tanto con los frutos tropicales, no siquiera en la estrofa consagrada al maíz, mencionara indirectamente el exquisito pastel venezolano. Que Bolívar, al menos en sus cartas íntimas, tampoco lo hiciera. Que no se encuentre ninguna huella de él en los “Viajes” de Depons ni de Humboldt. Tal vez extranjeros que visitaron y vivieron posteriormente en el país, como el Consejero Lisboa y algún cónsul o ministro inglés o norteamericano, hayan dejado alguna constancia en sus Memorias; pero no hemos podido averiguarlo. De los extranjeros solo hemos encontrado que el señor D. Pedro Núñez de Cáceres, un puertorriqueño que vino a Venezuela en 1823, y a quien todo lo nuestro le conmovía el hígado, en su “Memoria de Venezuela y Caracas” habla de unas ayacas entomatadas. Y la Enciclopedia Espasa, en cita que no hemos podido confrontar, transcribe un párrafo del Viaje Pintoresco de Caserta en que éste describe con bastante propiedad la preparación de la hallaca criolla.

     Sin embargo, fueron los costumbristas y criollistas venezolanos los que consagraron el pastel venezolano al llevarlo a sus obras literarias. Nicanor Bolet Peraza a mediados del siglo pasado, los bautiza “las imponderables hallacas. . . sabrosísimo manjar que no conocieron ni cantaron los dioses del Olimpo, por lo que no pudieron continuar siendo inmortales”. (“Antología de Costumbristas Venezolanos, 118-119) Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, en un cuento publicado en 1905, estampa la oración: “En la madrugada pasamos por Maracay, que ni el ferro, y ya hemos dejado atrás a La Victoria; lo que es esta noche comemos las hallacas en Caracas, Dios mediante” (“El Criollismo en Venezuela”, 73). Rómulo Gallegos expresa: “Mercedes dijo que ella conocía muchas familias muy decentes y de lo principal que vivían de hacer las hallacas para la venta” (“Antología”, I, 98). Y Romero García, en “Peonía”, Teresa de la Parra en “Mamá Blanca”, Mariano Picón Salas en “Viaje al Amanecer”, Antonia Palacios en “Ana Isabel”, no vacilan en hacer referencia al exquisito pastel.

 

Valor nutritivo y social de la hallaca

     Cuatro elementos entran en la preparación de las hallacas: la masa de maíz pilado, sancochado y molido, el guiso de carnes picadas con los demás condimentos, el adorno de huevos, aceitunas, pasas, etc., y el envoltorio de hojas de cambur o plátano soasadas. “El objeto de extender ésta (la masa) en las hojas de cambur” ̶ precisa Silva Uzcátegui ̶ no es solamente para que las últimas sirvan de protección durante el cocimiento, sino también porque al hervir, las hojas comunican a la hallaca el sabor típico que la distingue de cualquier manjar compuesto de guiso y masa. De manera que, si la hallaca fuese envuelta en tela y no en hojas de cambur, tendría otro gusto.

     El Dr. Vélez Boza, médico nutriólogo, presenta, en el estudio citado al principio, los análisis correspondientes y concluye acerca del valor nutritivo de nuestro exquisito pastel lo siguiente:

     “La hallaca puede ser considerada como un buen alimento popular, puesto que desde el punto de vista calórico suministra cada una de ellas 700 calorías y con tres o cuatro de éstas al día, se da una ración de 2.100 a 2.800 calorías.

     Del punto de vista de los prótidos y lípidos, es rica de tal modo, que suministrando dos o tres de ellas, el requerimiento total en proteínas animales da tres cuartos de los requerimientos en Vit. “A”.

     Llenos los requisitos en vitamina B-1, Niacina, y vitamina C, sólo es baja en calcio, pero en la alimentación se la podría suplementar con leche o queso.

     Aquí tenemos el ejemplo de un alimento popular y típico en Venezuela, que puede ser recomendado por su acertada combinación y su agradable sabor, y su gran valor nutritivo”.

     Además, la confección de las hallacas tiene también un valor familiar que no puede pasar inadvertido para el sociólogo. El Dr. Vélez Boza lo apunta así: “En la preparación de las hallacas existe como si dijéramos un ritual que se conserva en cada una de las familias acerca de los diferentes modos como se preparan. Su preparación es el motivo de reunión de las damas de la familia, y está esto tan ligado a la tradición venezolana que se considera muy infeliz el que, en su hogar, las ganancias del año, aguinaldo o cosechas, no le permiten poder compartirla con sus familiares”.

     Por otra parte, Enrique Bernardo Núñez, en una nota periodística que les consagró, señala este aspecto social también importante: “Parientes y amigos las cambiaban entre sí llevados de la idea de que las propias eran las mejores”.

     En resumen, la hallaca, pastel venezolano de Navidad, además de su exquisito sabor, reúne valores universales. Es típico en el sentido de que no tiene sino remotos parientes en los demás países de habla española, que son las empanadas y los tamales. Es nacional por cuanto lo consumen en determinadas épocas del año y tradicionalmente en la Pascua de Navidad, todas las clases sociales del país. Y está en vías de hacerse internacional, porque ha sido consagrado como exquisito por el refinamiento de nuestros huéspedes extranjeros, hasta el punto de que su receta ha sido publicada en castellano e inglés en el libro titulado “Buen provecho-Caracas Cookery”, que ya circula en el país y en el extranjero en su tercera

FUENTES CONSULTADAS

  • Revista Shell. Caracas, 1952

La Caracas de fin de siglo

La Caracas de fin de siglo

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

La Caracas de fin de siglo

Una sastrería y venta de artículos para caballeros

     “Al examinar la interesante serie de fotografías caraqueñas que se publicaron en 1953, en la revista caraqueña EL FAROL, observamos en primer lugar que en ninguna de ellas se ven luces eléctricas, sino Lámparas de kerosene y de gas; esto nos llevó, en una primera conclusión, a pensar que son de una época anterior a la instalación de la luz eléctrica en las casas. Fue en 1883, con motivo del centenario del Libertador, cuando por primera vez se iluminaron eléctricamente algunas calles de la capital. El alumbrado era de arco voltaico.

      Se instaló la nueva luz en el Teatro Guzmán Blanco (hoy Municipal), la calle del Comercio, y los bulevares de Capitolio. Sin embargo, esto fue algo ocasional; la verdadera introducción del alumbrado eléctrico en Caracas data de 1895, año en que fue fundada la Compañía Anónima LA Electricidad de Caracas. Dos años más tarde, el 8 de agosto de 1897, fue cuando se inauguró, con asistencia del presidente Joaquín Crespo, el servicio público.

     Pensamos, pues, que nuestras fotografías eran anteriores a 1897. El alumbrado de gas existía en la ciudad desde 1881. Sin embargo, notamos que una de las fotografías representa una tienda capitalina cuyo nombre es “Pretoria”, y esto nos llevó a la conclusión de que son de fecha posterior. Pretoria es el nombre de aquella ciudad de África del Sur que fue capital de Transvaal, y figuraba con frecuencia en las informaciones periodísticas de tiempos de la guerra Boer, lo cual nos lleva a los años 1899-1900. 

     Ha sido costumbre caraqueña poner a las pulperías nombres que se han popularizado momentáneamente por acontecimientos mundiales. Así años más tarde, cuando la guerra ruso-japonesa, aparecieron pulperías o tiendas populares con los nombres de “Puerto Arturo” o “Manchuria”; cuando la primera Guerra Mundial, surgieron nombres como “El Piave”, “El Marne”, y otros semejantes. En consecuencia, llegamos a la conclusión de que estas curiosas fotografías corresponden aproximadamente al año de 1900. Aunque ya existía para entonces el alumbrado eléctrico, éste no se había generalizado. Hasta la iluminación de las calles era mixta para 1905, pues algunos faroles eran de arco voltaico, otros de gas, y hasta algunos de kerosene en los suburbios.

     En las casas de habitación la luz eléctrica fue apareciendo poco a poco. En algunas residencias se puso un bombillo en el comedor, acaso dos en la sala, si era grande, y uno que otro en algún corredor. Fue en los dormitorios donde se instaló la nueva luz en último lugar, pues algunas familias de la época pensaban que podía ser peligroso “respirar con electricidad” mientras se dormía.

     Para fines del siglo pasado la poblaciíon caraqueña no llegaba a los 80.000 habitantes. La vida era apacible y silenciosa. Durante toda una mañana acaso no pasaban por alguna de las calles principales, más de cuatro o cinco coches. En algunas tiendas principales, como sucedía entre las esquinas de Monjas y Padre Sierra, donde existían algunas tabaquerías, talabarterías y otros comercios semejantes, los dueños o gerentes de esos establecimientos sacaban a la calle sus sillas, que casi siempre eran de madera y cuero, y las apoyaban en el suelo en las dos patas de atrás, recostando el espaldar  en la pared,  y allí, sentados con la pierna cruzada apoyada en el palito transversal de la silla, fumaban y conversaban agradablemente, en espera de la llegada de algún posible cliente. Eran las boticas, junto con las tiendas de modas, las de mayor animación. En la botica se conversaba mucho. Había señores que se sentaban en algun estrecho banco que casi siempre tenía toda farmacia, y allí se entregaban a animadas charlas con el boticario; se hablaba de politica, de lo que sucedía en París, de temas literarios y de chismes calejeros. Como  no había mayores diversiones, todo el mundo se la pasaba conversando en todas partes.

El profesor Agustín Aveledo acompañado de un grupo de alumnos de su prestigioso colegio

     Cuando había algún enfermo grave, se llkenaba de opaja toda la calle para evitar el ruido que habcían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado, ciostumbre ésta tal vez improtada de París, donde era usual a mediados de siglo. Los servicios hospitalarios eran muy deficientes. Las famuilias importantes jamás llevaban sus pacientes al Hospital Vargas; las operaciones quirúsgicas se efectuaban en las casas, a las que enviaba el cirujano su mesa e instrumental. Lo mismo sucedía con los alumbramientos, y el partero, o más comunmente la partera, entregaba en la casa su larga lista de todo lo que el jefe de la familia debía comprar en la botica para atender el nacimiento del nuevo niño. Cuando ocurria algun accidente callejero: obrero que caía de un andamio, resbalón y pierna quebrada, ataque cardíaco o epiléptico, etc., la víctima era traslasdada al hospital en una humilde camilla que llevaban dos ayudantes caminando por el medio de la calle, la cual estaba cubierta con una sábana de sospechosa blancura. A veces sonaba la campanilla que agitaba un acólito, mientras el cura llevaba en una pequeña maleta, el viático a un moribundo.

     No hay que olvidar que por aquellos tiempos no había radio, ni fonógfrafos , ni cines. Los teatros estaban cerrados casi todo el año. Eran tres los que entonces existían: el Municipal, el viejo teatro Caracas y el Teatro Calcaño. Fue años más taerde cuando se construyó el Nacional. Una vez al año, con más o menos regularidad, venía una Compañía de Ópera, casi siempre al Municipal, aunque también la hubo en el Caracas. Como los caraqueños eran bastante pobres, había personas que economizaban durante todo el año para poder abonarse a la ópera. Aparte de esas temporadas, ocasionalmente venía algún circo al Metropolitano, y alguna compañía dramática o de zarzuela. Los toros nunca faltaron. Con todo, la mayor parte de las noches caraqueñas carecían de espectáculos públicos. Las familias se reunían a conversar, y los viejos literatos tenían su acostumbrada tertulia en la Plaza Bolívar. En ella había retretas por la Banda Marcial los jueves y domingos por la noche, y por la Banda Bolívar o la Presidencial, los domingos en la mañana. Siempre estaban muy concurridas por gentes de todas clases, y las familias, una vez terminada la música, acudían a “La Francia” o a “La India” a tomarse un helado. Los había de dos tipos: de fruta (guanábana, naranja, fresa) y de crema que eran el mantecado y el chocolate. Los primeros valían un real y los segundos real y medio.

     Las muchachas usaban una falda hasta los pies, pero sin cola, la cual se reservaba a las señoras. Llevaban el talle muy señido y lo de más arriba muy exuberante. Las mangas eran largas y ajustadas a la muñeca, y en los hombros se abombaban mucho. Se usaban grandes sombreros de paja con flores y velos, y al cuello lucían las damas sus boas de pequeñas plumas. Los hombres por entonces usaban conn más frecuencia la camarita que la pajilla, cuyo gran auge fue posterior. Llevaban una levita, un paltó-levita o un simple saco de casimir negro, a veces con pantalones de dril blanco, y sus botines de gomita. Sobre el chaleco se veía la gruesa cadena del reloj.

     “Juan” andaba por la calle con sus alpargatas (Antonio Guzmán Blanco había prohibido años antes el andar descalzo), sus pantalones de dril sujetos por una correa, y a veces por un cinturón ancho que tenía bolsillos y en el que estaba fijo un cuchillo peligroso, una franela gruesa de color crudo y un sombrero que en ocasiones era de cogollo y en otras era de fieltro medio arrugado.

Exterior de una pulpería, situada en un popular barrio caraqueño

     La sala de las casas caraqueñas tenía una personalidad inconfundible; era oscura y fresca, con su pavimento de tablas, sus muros empapelados y su cielo raso de coleta cubierto de papel blanco. Tenía grandes muebles cubiertos por una funda gris ribeteada de hiladilla blanca. No faltaba un gran espejo de marco dorado, a veces cubierto por un velo para protegerlo de las moscas, y que estaba colgado sobre una consola que en algunas casas tenía un paño con orillas de macramé.

     Las sillas podían mancharse con el aceite de macasar que los hombres se untaban en el cabello, por lo cual se les cubría en la parte superior del espaldar con un pañito tejido, cuyo nombre era, precisamente, “anti-macasar”. A los lados del sofá, en el suelo, había a veces sendas escupideras, casi siempre de porcelana o loza con algunas florecillas, pues las que eran todas de metal sólo se usaban en hoteles o barberías. En algún rincón había una mesa, a veces de mármol, llena de estatuillas de cerámica y de bibelots, en torno a una gran lámpara de kerosene. En una de las paredes estaba una repisa, hecha con carreteles de hilo vacíos, obra de algún tío “curioso”, en la que reposaba una botella que tenía adentro un pequeño bergantín. 

     Por otro lado, estaban el álbum de tarjetas postales, que las jóvenes románticas coleccionaban; el álbum de viejos retratos de la familia, que tenía gruesas cubiertas de terciopelo y marfil, y se cerraba con un broche de metal; y el otro álbum, donde amigos y admiradores de la niña de la casa escribían versitos o pintaban una mariposa junto a unos “no-me-olvides”, o una paloma con una carta de amor en el pico. Eran frecuentes las pulgas, sobre todo en los muebles abultados, en estas salas de la “gente decente”, pues en las de las familias de menos categoría, en vez de pulgas se encontraban chinches, las que también abundaban en los asientos de los teatros.

     En el corredor había una mesa de mármol y unas sillas y mecedoras de esterilla. Junto a la pared estaba el colgador de sombreros, que a veces tenía un soporte para poner bastones y paraguas. Sobre una especie de escalera de madera había muchos potes de helechos y plantas floridas, las que también se sembraban en latas de salmón o de manteca, a las que se abrían varios huecos en el fondo para que saliera el agua, y luego se pintaban por fuera con pintura al óleo. En las puertas de los cuartos había cortinas de “Lágrimas de San Pedro”, y en ninguna casa faltaba un caracol grande para sujetar las puertas abiertas.

      Por las tardes y las noches, las niñas, bien acicaladas y perfumadas, se sentaban en la ventana, para mirar a través de su impertinente o lorgnon a los jóvenes que estaban recostados en el farol de la esquina, y que eran señal inequívoca de que había muchachas bonitas en la cuadra.

La célebre botica de Velásquez, ubicada en la esquina del mismo nombre, en el centro de Caracas-

     Desde unos pocos años antes, cuando Herrera Irigoyen fundó su célebre revista “El Cojo Ilustrado”, había comenzado en Caracas un nuevo florecimiento de las letras y comenzaban a destacarse nuevos y brillantes escritores: Díaz Rodríguez, Key Ayala, Andrés Mata, Carlos Borges.

     Pero, desgraciadamente para nuestras letras, vinieron más tarde los treinta y seis años de las dictaduras de Castro y de Gómez, que nada querían con escritores ni con campañas culturales, y así el movimiento literario que comenzó a fines de siglo, no llegó a tener toda la extensión y profundidad que hubiera podido alanzar en otras circunstancias.

     La vida diaria de aquellos tiempos era rutinaria. La gente era alegre, a pesar de su pobreza, y parecía que la vida de Caracas, después de los esplendores guzmancistas, se hubiera detenido en un remanso, sin grandes realizaciones y tal vez sin grandes esperanzas, pero con bastante conformidad.

     Después de la revolución legalista de 1892, que llevó a Crespo nuevamente al poder, y después de varios otros alzamientos menores, iba a desatarse sobre el país la fulminante revolución restauradora que transformaría, en bien o en mal, muchos aspectos fundamentales en la vida de la nación.

Fuentes consultadas:

  • Revista El Farol. Caracas, 1953

 

Aniversario Universidad Central de Venezuela

Aniversario Universidad Central de Venezuela

Aniversario Universidad Central de Venezuela

     La Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas, La Cámara de Caracas, se suma a la celebración del tricentenario de la Universidad Central de Venezuela.

     Leonardo Palacios, presidente de La Cámara de Caracas, considera que instituciones como la UCV, de esencia académica, se fortalecen en el tiempo como espacios naturales para la formación de generaciones de pensamiento crítico y ciudadano. A 300 años de su fundación, pese a las dificultades, la UCV profundiza su papel formador, además de propiciar el debate crítico y propositivo.

Biografía del Panteón Nacional

Biografía del Panteón Nacional

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Biografía del Panteón Nacional

     Es el recinto donde se conservan los restos del Libertador y de muchos otros personajes destacados de la historia de Venezuela. Está ubicado en la parroquia San José, en terrenos donde se encontraba la ermita de la Santísima Trinidad, construida en el siglo XVIII por el albañil Juan Domingo del Sacramento Infante, e inaugurada en 1783 y destruida en 1812 por el terremoto que azotó a la ciudad de Caracas.

El 17 de diciembre de 1930, se reinauguró el Panteón Nacional, mostrando su edificio un cambio radical en su fachada y ornamentación

     El sitio donde está situado hoy el Panteón Nacional, era en 1742 un terreno sin mayor uso, situado más allá del río Catuche, en la calle que sale de la Catedral hacia el norte de la ciudad. No existían entonces ni el Cuartel San Carlos, edificado en los últimos años del siglo XVIII, ni el puente de La Trinidad, construido en 1776.

     Relata el ingeniero Edgar Pardo Stolk, en uno de sus múltiples trabajos sobre obras de interés histórico en Caracas, que un modesto albañil que vivía en las cercanías de Catuche, influenciado por el ambiente de religiosidad que dominaba la ciudad, concibió la idea de construir una ermita en homenaje a la Santísima Trinidad, aportando el valor de su único patrimonio, que era el de cuatro casitas, para iniciar la obra.

     El nombre de este humilde alarife era Juan Domingo del Sacramento de la Santísima Trinidad Infante, quien con una fe y constancia ejemplar, se dedicó a realizar la obra.

     En 1740, le comunica su idea al Prelado, quien eleva al Rey su petición; este solicita informes al Gobernador, quien apoya y recomienda la idea, y el 23 de julio de 1744 se le concede la licencia para levantar la ermita, la cual comienza el 15 de agosto de ese año con los dineros habidos por la venta de las cuatro casas y su trabajo personal.

     El 15 de marzo de 1745, Infante solicita al Ayuntamiento que le conceda para su propósito los solares vacíos, los cuales se le otorgaron el 23 del mismo mes.

     El primer Marqués del Toro le cede al artesano ocho y medios solares que tenía en el sitio. En 1747, Infante pide de nuevo al Ayuntamiento que le conceda todas las tierras realengas y el 3 de julio del mismo año, el Ayuntamiento se lo acuerda.

     Luego el albañil, ante el hecho de que el barranco de Catuche impedía el acceso desde la ciudad a su ermita, levanta dos muros que fueron el inicio del puente, el cual fue finalmente ordenado por el general José Solano y Bote, Gobernador y Capitán General de Venezuela.

     El 27 de agosto de 1770 es aprobado el plano del puente del ingeniero Manuel Clemente de Francia; se iniciaron las obras y las terminó en 1776.

     Por fin Infante termina el templo, el cual es bendecido el 15 de julio de 1783.

     Cuenta el cronista Lucas Manzano que “para el año de 1783 cuando vino al mundo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar, habíase inaugurado días antes la Capilla de la Trinidad; a ella lo llevaron sus progenitores luego de haberle echado el agua lustral su tío, el Canónigo Jeréz de Aristiguieta.

     El terremoto del 27 de agosto de 1812 que barrió buena parte de las edificaciones de Santiago de León de Caracas, echó por tierra la Capilla de la Trinidad; apenas quedó de ella en pie, una parte de la pequeña nave que reconstruyeron luego por suscripción popular. Sin embargo, era tal el abandono en que feligreses y autoridades la tenían, que su Excelencia el Libertador, en su última visita a Caracas, en 1827, al pasar el “Puente de la Trinidad”, dijo a su Edecán Ferguzon, aludiendo a la frialdad con que lo recibiera la ciudad que un día le rindiera la más insólita apoteosis:

Perteneciente a la arquitectura neogótica, el edificio del Panteón Nacional fue inaugurado solemnemente el 28 de octubre de 1876

─¿Recuerda usted, Coronel, los primeros días de mi entrada a Caracas?

─Jamás había presenciado entusiasmo semejante, ─ respondióle su fiel servidor. . .

─Hoy, ─ asienta Bolívar ─salimos como derrotados; ─ y agrega ─ “Todo es efímero en este mundo”.

Luego, frente a las ruinas de la Capillita, detiene el héroe su corcel y dice:

─ “Estas ruinas me traen recuerdos de mi niñez”:

     El culto de mi familia a la Santísima Trinidad data de mis abuelos. ¡Cuántos años ─ exclamó el glorioso Paladín ─ transcurrirán todavía para que estos escombros vuelvan a su antiguo esplendor!”

     Del templo de la Trinidad solo quedó un montón de ruinas y algo de los muros exteriores, afirma el ingeniero Pardo Stolk. Al poco tiempo se levantó a la izquierda de las ruinas una modesta capilla, donde continuó el culto al Misterio de la Trinidad.

     Fue en esta capilla, construida al lado de las ruinas, donde pasaron la noche del 16 de diciembre de 1842, los restos de Bolívar, para entrar a Caracas en medio de expresivo homenaje en la mañana del 17. Los despojos del Libertador habían arribado al país procedentes de Colombia.

     Luego fue reconstruido el edificio por la caridad pública hasta que, por decreto del 27 de marzo de 1874, el presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco, ordenó terminar la fábrica, levantar la torre que faltaba y destinar el nuevo templo a Panteón Nacional.

     Perteneciente a la arquitectura neogótica, el edificio del Panteón Nacional fue inaugurado solemnemente el 28 de octubre de 1876, día de San Simón, con el traslado de los restos del Libertador Simón Bolívar hasta ese recinto.

Monumento del escultor italiano Pietro Tenerani, el cual representa a Bolívar de pie y realizado en mármol blanco

     La urna fue introducida en un arca cineraria de estilo gótico, construida por el francés Emilio Jacquin.

     El arca era de cedro colocada en sentido norte-sur, elevada sobre el piso del presbiterio y entre la pared del fondo y el monumento del escultor italiano Pietro Tenerani que se trasladó desde la Catedral hasta el Panteón Nacional, el cual representa a Bolívar de pie y realizado en mármol blanco.

     Este monumento, que había sido decretado en la época del presidente José Antonio Páez por el Congreso Nacional, e inaugurado en 1852 por el entonces primer mandatario José Gregorio Monagas.

     A parte de muy modestos trabajos de conservación, pintura, remiendos, goteras, etc., fueron muy pocos los trabajos de reforma que se realizaron al Panteón en las primeras dos décadas del siglo XX.

     En 1930, con motivo del centenario de la muerte del Libertador, el gobierno nacional le solicitó al arquitecto español Manuel Mujica Millán un proyecto para cambiarle el aspecto vetusto al inadecuado edificio del Panteón Nacional.

     Mujica era un excelente arquitecto, tenía imaginación, habilidad y entre otras cualidades, la capacidad de dibujar perspectivas de sus proyectos; las hacía a mano suelta y utilizaba con gusto y destreza la acuarela para presentarlos. Muy pronto comenzó a ser el arquitecto de todo lo que se construía en la capital en esa época. Proyecto urbanizaciones, iglesias, edificios, quintas. Fue el arquitecto de la iglesia de Santa Rosa de Lima y el proyectista de la Catedral de Mérida.

El Panteón Nacional está ubicado en terrenos donde se encontraba la ermita de la Santísima Trinidad, construida en el siglo XVII

     Mujica presentó el proyecto de las fachadas del Panteón Nacional e inició las obras, las cuales deberían estar listas para el 17 de diciembre de ese año 1930, cuando se cumplían los cien años del natalicio de Simón Bolívar. No obstante, el ministro de Obras Públicas, al ver que las obras no podían estar concluidas para esa fecha, rescindió el contrato a Mujica y, aun cuando respetó el proyecto del arquitecto español, y lo designó director artístico de las obras, fueron contratados los ingenieros Guillermo Salas y Hernán Ayala para la culminación de la edificación.

     Se comenzó a trabajar entonces en dos turnos diarios; de 7 de la mañana a 5 de la tarde, y de 5 de la tarde a 2 de la madrugada, incluyendo los sábados.

     La reforma integral incluyó una torre central, dos torres laterales, pórticos nuevos, acabados interiores y exteriores de las torres, ornamentación, fachadas laterales y reparaciones interiores del edificio.

     El 17 de diciembre de 1930, se reinauguró el Panteón Nacional, mostrando su edificio un cambio radical en su fachada y ornamentación.

     Con posterioridad a estas obras, el Panteón Nacional recibió reparaciones menores: pintura varias veces, se colocaron lozas y zócalos de mármol. También se le hicieron manteamiento a algunos monumentos y se erigieron unos nuevos.

     La edificación fue luego declarada Monumento Nacional, el 25 de julio de 2002. En el marco del bicentenario de nuestra independencia y por iniciativa del entonces presidente Hugo Chávez, en el año 2010 se iniciaron trabajos restauración del Panteón Nacional y la construcción de un mausoleo en honor a Simón Bolívar.

     Un día antes del anuncio presidencial sobre la construcción del mausoleo, se realizó la exhumación de los restos de Simón Bolívar, para verificar si la causa de su muerte había sido tuberculosis.

     La Fundación de Estado para Planes y Proyectos Especiales (FOPPE), adscrita al despacho de la Presidencia, fue la encargada de la construcción del mausoleo. Los encargados de la arquitectura fueron Francisco Farruco Sesto, Lucas Pou, Gilberto Rodríguez y Orlando Martínez Santana.

     El mausoleo estaba listo para ser inaugurado el 17 de diciembre de 2012, pero debido a las condiciones de salud de Hugo Chávez, la fecha de inauguración se pospuso. Finalmente y luego de la muerte del presidente Chávez, el 5 de marzo de 2013, la obra fue inaugurada el 14 de mayo de 2013. El acto estuvo presidido por el entonces primer mandatario Nicolás Maduro, y contó con la presencia del alto gobierno.

     Edificio con forma de rampa en ascenso, de tendencia moderna y vinculado al antiguo Panteón Nacional por un pasillo, tiene 54 metros de alto.

     Abarca 2.000 metros cuadrados, con una capacidad para recibir hasta 1.500 personas. La estructura fue hecha con cerámica blanca, acero ensamblado en talleres del país, láminas traídas de Suiza, cerámicas de España, granito negro de Suráfrica y acero corten de Estados Unidos.

     Es de resaltar que cada año, el 5 de julio, en el marco de la firma del Acta de la Independencia, el presidente de la República presenta una ofrenda floral en honor de los que murieron al servicio del país.

     La Constitución Nacional vigente de Venezuela establece que para que los restos de un personaje histórico sean ingresados en el Panteón Nacional, deben haber transcurrido al menos 25 años de su muerte.

     «Esta decisión, de acuerdo al artículo 187 de la Carta Magna, podrá tomarse por recomendación del presidente de la República, de las dos terceras partes de los gobernadores de Estado o de los rectores de las Universidades Nacionales en pleno».

Fuentes consultadas:

  • Pardo Stolk, Edgar: “El Panteón Nacional”. En: Centenario del Panteón Nacional. Caracas: Oficina Central de Información (OCI), 1975; Págs. 167-204

  • Manzano, Lucas. “La Capilla de la Trinidad”. En: Elite. Caracas, 2 de abril de 1937

Caracas, una percepción entre el siglo XIX y el XX

Caracas, una percepción entre el siglo XIX y el XX

POR AQUÍ PASARON

Caracas, una percepción entre el siglo XIX y el XX

Para 1810 residían en Caracas cerca de 50.000 almas

     A lo largo de la historia, la ciudad ha sido objeto de distintas consideraciones, en especial su papel en el desarrollo de una nueva forma de acumulación, distribución e intercambio basada en el modelo capitalista. Por lo general, se tiende a confundir este importante escenario de la era y mundo moderno porque, por lo general, muchos creen que ella surgió en la modernidad o con el capitalismo. Sin embargo, la ciudad es de larga data y su papel dentro de las comunidades humanas ha cambiado en conjunto con las esferas económica, social, política, económica y cultural.

     En el texto Fábrica de ciudadanos. La construcción de la sensibilidad urbana (Caracas 1870-1980) su autor, Rafael Cartay (Barinas, 1941) le dedica un aparte, de unas treinta páginas, que vale la pena rememorar y que me permite disertar acerca de la ciudad y sus inherencias caraqueñas. Este historiador venezolano inició su disertación al poner en evidencia que una gama de especialistas, en temas dedicados a la ciudad, no han logrado llegar a conclusiones definitivas respecto a su verdadera significación histórica.

     Cita un ejemplo, de hecho, el dominante y divulgado por quienes se asumen legatarios del marxismo, la de oponer al “campo”, o la oposición rural – urbano. Durante las décadas del sesenta al ochenta fue una preocupación entre universitarios, en especial geógrafos.

     Cartay prefirió un enfoque más actual según el cual la ciudad guarda en su seno lo rural, es decir, si se pretende una aproximación a su rol en la historia, debe ser asumido su estudio bajo un lente plagado de heterogeneidad, pluralidad, cruces e intersecciones. En todo caso, lo recomendable es extender un estudio donde se destaque la multiplicidad y la variedad de los intercambios humanos de los que ella ha sido escenario. El autor subraya la necesidad de estudiar el proceso histórico en el que se contextualiza su conformación moderna. De igual manera, reveló la necesidad de un acercamiento a las redes económicas, las formas de intercambio de bienes y servicios que ayudan a satisfacer las necesidades de sus pobladores como de otros más allá de sus linderos.

     Una de las primeras consideraciones que hace este historiador acerca de este tema es que, el proceso de urbanización en el país “ha sido tardío pero explosivo”. Esto se evidencia con los cambios que comenzó a experimentar Venezuela en el siglo XX. Hablar de una ciudad moderna antes de esta centuria resultaría arriesgado puesto que el territorio venezolano fue teatro de cambios importantes, en lo concerniente a su urbanismo, en la década del treinta del 1900. Cartay tomó algunas cifras de un estudio hecho por CORDIPLAN en 1968. Según se estimó en este año para 1936 un 66 por ciento de la población era rural y el resto, un 34,7 por ciento, ocupaba espacios urbanos.

     El cambio fue rápido porque para 1961 el 67,5 por ciento de la población era urbana y un 32,5 por ciento rural. Para la década del noventa cerca de un ochenta por ciento de la población había devenido urbana. Se debe agregar que este vertiginoso giro no fue un atributo venezolano, también en otras porciones territoriales del orbe sucedió algo similar. Cartay adjudicó estas transformaciones al aporte de las migraciones externas y por medio del despliegue de las políticas de salud pública. Por supuesto, estos cambios concitaron otras situaciones al interior de las ciudades, en especial, en lo que refiere a los inmigrantes internos y externos. Distintos estudios señalan que Caracas, en la primera década del 1900, no superaba los noventa mil habitantes. La capital de la república no mostraba grandes contrastes con respecto a su estructura durante el 1800, con calles estrechas, pavimentadas en el Centro, pocas aceras, casas de un solo piso, con ventanales que sobresalían e impedían un tránsito fluido por las aceras, las casas de mampostería las poseían quienes tenían recursos económicos. Era la Caracas de los techos rojos a las que Pérez Bonalde dedicó algunos de sus poemas y Núñez sus eruditas crónicas.

Caracas, hacia 1920 contaba con 118.000 pobladores, y treinta años más tarde, superaba el millón de personas

    Cartay resume en pocas palabras lo que Picón Salas y García Sánchez escribieron acerca de una Caracas decimonónica en pleno siglo XX. Quienes venían de La Guaira se encontraban con Caño Amarillo adonde se asentaban familias en casuchas de barro y techos de zinc, pulperías regentadas por isleños y las lavanderías administradas por chinos, coches halados por caballos, mulas con las que se trasladaban mercancías, pensiones miserables y burdeles de mala reputación.

     Caracas continuaba siendo una ciudad con pocas atracciones, salvo las retretas y tertulias de la Plaza Bolívar o las visitas a la iglesia, con dos salas de cine y un solo hotel con algunas comodidades, el Klindt. Una ciudad en la que aún se veían restos del sismo de 1812 y merodeadores sin calzado y trajes harapientos.

     La fundación de Caracas fue tardía respecto a otras ciudades del orbe. Después de sesenta y nueve años de haber desembarcado los primeros contingentes españoles, en 1567 fue fundada a instancias de Diego de Losada, luego de la fundación de El Tocuyo, Coro y Cumaná. Para 1810 residían en ella cerca de 50.000 almas. Hacia 1920 contaba con 118.000 pobladores, en 1956 superó el millón de personas, dos millones para 1965 y los tres millones para 1990. Cartay recuerda que para 1965 albergaba una quinta parte de la población del país, “pero en ella se cometía más de la mitad de todos los delitos registrados en el país”.

     Ya para este año se cifran en un número de 400.000 familias habitando en ella y que llevaban su existencia diaria en ranchos que no contaban con servicios básicos. Una población que fue sembrando en su aparato psíquico la desesperanza, el abandono y el resentimiento. La ciudad comenzó a extenderse hacia el lado sur del río Guaire, con un puente y un tranvía, abriendo paso a la urbanización El Paraíso. Luego de la década de 1930 se desplegó hacia el lado este. Cartay estableció que, la ciudad comenzó a alejarse de sus atributos “y se vuelve anárquica y policéntrica, sin principio ordenador y sin reglas, continuamente en transición hacia un modelo que nadie conoce ni regula”.

     El autor califica al año de 1920 como el de la transición de una comarca meramente rural a una de predominio urbano. En este año la capital de la república contaba con algunos servicios públicos rudimentarios, como electricidad, teléfonos, acueductos y cloacas. Una ciudad aldeana con matices afrancesados heredados de los tiempos de Guzmán Blanco desde la década de 1870. Para este año de 1920 había 13.476 viviendas, cifra no muy distinta a la de 1890 que fue de 13.419 viviendas. Los caraqueños vivían en insalubres “corralones” o casas de vecindad, con un solo baño. Caracas comienza a cambiar su fisonomía después del fallecimiento de Juan Vicente Gómez, en diciembre de 1935.

     La ciudad que se comienza a transformar en este tiempo vio alentado el ímpetu modernizador a la luz de los ingresos petroleros. En 1938 se creó la Dirección de Urbanismo. Quienes la encabezaron buscaron asesoría de ingenieros franceses para elaborar un plan de urbanismo en correspondencia a lo que ya se venía realizando en ciudades como Buenos Aires, La Habana, Santiago de Chile y Bogotá. Bajo esta iniciativa se estableció el Plan Rotival (1940). Aunque no fue generalizado lo que desde sus propuestas se llevó a cabo se construyó la avenida Bolívar, inaugurada el 31 de diciembre de 1949 y se reorganizó el barrio El Silencio que, anteriormente, amparó en su seno prostíbulos, bares con mala reputación y la concomitante miseria.

Panorama de Caracas, Venezuela circa 1900.

     Quizás, las mayores evocaciones relacionadas con el cambio de la ciudad sean la fundación de la urbanización El Paraíso, mediante un decreto de Andueza Palacio en 1891, con lo que lugares como El Calvario, Antímano y Los Chorros fueron desplazados como sitios de esparcimiento, y la aparición del tranvía eléctrico en 1905, cuyo recorrido era Caño Amarillo y Sabana Grande. Escribió Cartay que la urbanización El Paraíso fue el primer urbanismo moderno de la ciudad.

     Su prístino nombre fue Ciudad Nueva. Se estableció en los antiguos terrenos de la hacienda de los Echezuría, adquiridos en 1890 por la Compañía de Tranvías de Caracas. Luego de cuatro años se establecieron las primeras viviendas cuyos primeros ocupantes fueron las familias Boulton, Eraso,Torres Cárdenas, Francia, Zuloaga y Pacanins.

     Para 1906 el Jockey Club adquirió unos terrenos donde se construyó el hipódromo, inaugurado en 1908. Cuando la urbanización se extendió lo hizo en correspondencia con la avenida 19 de Diciembre. 

     Durante los primeros treinta años del 1900 fue un lugar de distracción porque concentraba un hipódromo, una gallera, un campo de atletismo propiedad de alemanes, el estadio de béisbol Los Samanes, una amplia laguna, el parque de La República y las plazas Petión y Madariaga. A finales del 1800 se construyó un edificio, sede de la primera exposición industrial de Venezuela (1895), el que luego serviría para labores educativas que lleva por nombre San José de Tarbes.

     Los más desafortunados fueron extendiendo la ciudad hacia el lado oeste. Asentamientos como Barrio Obrero, San Agustín del Sur, Agua Salud, Catia, Los Jardines del Valle se constituyeron en las primeras décadas del 1900. En los primeros veinte años de esta centuria la ciudad se expandió hacia el este. Primero fueron Los Chorros, a los que le seguirían, La Florida, Las Delicias de Sabana Grande, Campo Alegre, el Country Club, Altamira, La Castellana y Los Palos Grandes, entre otros. Las primeras edificaciones para los sectores de menores recursos se llevaron a cabo en la década de 1950 e inspiradas en construcciones francesas.

     En palabras de este historiador barinés, las restricciones topográficas del estrecho valle caraqueño que acota el área habitable y utilizable por las actividades económicas, administrativas, políticas, sociales y de esparcimiento, contribuyó a que los espacios territoriales incrementaran su valor. Ello contribuyó, en gran proporción, a que los pobladores de escasos recursos recurrieran a invadir las colinas aledañas. Los sectores más pudientes llevaron a la ciudad un patrón lineal y alargado, “disperso y de altos costos”. Mientras los más pobres ocuparon terrenos poco estables y en el lecho de quebradas. La denominada clase media que comenzó a crecer a mediados del 1900, “se ubicó dentro de un patrón de alta densidad, conocida como de ‘propiedad horizontal’, en diversas localizaciones”.

     Lo que denomina Cartay “patrón segregacionista” responde a la misma forma como se encuentra estructurada la comunidad nacional y la sociedad venezolana. También, esta segregación se puede apreciar en otras grandes capitales de los distintos países latinoamericanos. De acuerdo con él, ha sido la concentración de la burocracia estatal e industrial las que han contribuido con la segmentación de la población. Cartay ofreció algunas cifras ilustrativas en lo concerniente a este asunto. Para 1967, en la ciudad capital se concentraba el 46 por ciento del personal contratado por la industria y la mayor parte de los empleados del Estado. Años después, en 1980, las cifras se mantenían o se habían elevado, puesto que el 66 por ciento de los establecimientos industriales del país se localizaban en las regiones capital y central, “con más del 45 por ciento del capital fijo y más del 70 por ciento del personal empleado en el parque industrial del país”.

     En términos generales, Caracas rememora el cerro El Ávila, también su viabilidad a la que las autoridades han prestado mayor atención. Una característica les acompaña a las distintas edificaciones en ella asentadas, ventanas y puertas tras rejas de seguridad, un deteriorado sistema de transporte público, con escasos lugares de esparcimiento, pero sí con una variedad de centros comerciales y ventas callejera de comidas. En fin, lo que se puede apreciar en la vía pública expresa lo que un desarrollo inarmónico y anárquico ha hecho de la capital venezolana.

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