Lo afirmativo del venezolano

Lo afirmativo del venezolano

Este es el título de una de las obras más importantes del escritor y educador Augusto Mijares (1897-1979). Publicado por primera vez en 1963. Es un libro que recopila un conjunto de ensayos a través de los cuales se examina la historia de Venezuela a partir de las virtudes, considerando dónde se está, qué se ha hecho, y cuáles son las directrices que hay que tomar en los días por venir en la vida de la República. La obra va en búsqueda de las raíces optimistas, positivas, «afirmativas», en el pasado del país. A continuación, uno de los agudos ensayos de Mijares que le dio el título a la extraordinaria obra señalada. 

Por Augusto Mijares*

Augusto Mijares, asumió con empeño la búsqueda de lo afirmativo venezolano como guía para la construcción del porvenir del país.

Augusto Mijares, asumió con empeño la búsqueda de lo afirmativo venezolano como guía para la construcción del porvenir del país.

     “Desde hace muchos años, quizás desde la adolescencia, pensaba en un libro que pudiera llevar por título «Lo afirmativo venezolano»; y en 1940, en un pequeño ensayo sobre «Los sembradores de cenizas», indicaba por qué era necesario aquel libro, como antítesis a los que se empeñan en regar esterilidad sobre el suelo de la patria.

     Los sembradores de cenizas son, en la vida privada, esos padres que maltratan de palabra a sus hijos con juicios despreciativos sobre su carácter: «este chico es muy voluntarioso», «este chico es cobarde»; o bien: «es malvado», «es torpe», «es incorregible». A veces eso se hace simplemente por impaciencia y necedad, a menudo por mal entendido cariño y creyendo corregir a los niños; a veces con verdadera sevicia y por deseo de ostentar superioridad y dominio. Se nos encoge el corazón al presenciar que al niño se le señala así una falsa y humillante personalidad, y que se le condena a luchar contra ese fantasma durante toda la vida. Aquellas afirmaciones irreflexivas son como un espejo deformante que el chico encuentra ante sí en todo momento, durante el período más delicado de su integración psicológica, y esa imagen obsesionante de sí mismo tiene que producirle —hasta que se liberte de ella, si es que algún día lo logra— innumerables conflictos de rencor, vergüenza, frustración, timidez y desesperación.

     Quizá una lucha que durará toda su vida no llegue a separarlo de esa falsa personalidad. Y así como bajo la luz cenital del mediodía nuestra sombra se incorpora a nosotros mismos, quizás para ese niño su madurez de hombre no será la madurez de sí mismo, sino la de esa mala sombra, que le amarraron a los pies desde sus primeros pasos por la vida1. Pero los sembradores de cenizas también existen para alardear ante su propio país, como los padres ante los niños, y sentirse superiores y dominantes con el fácil recurso de deprimir a los otros. En el caso concreto que quiero señalar: a Venezuela, al pueblo venezolano.

      No es difícil observar que cuando uno de estos Narcisos —Narcisos por la autocomplicación egoísta— aparenta lamentar que Venezuela hizo tal o cual cosa contra Bolívar, Miranda o Bello, es porque él mismo quiere señalarse como un Bolívar, un Miranda o un Bello, incomprendido. Y cuando habla de que todos los venezolanos somos ingratos o corrompidos o frívolos, sólo le interesa ponerse a sí mismo como paradigma de las virtudes opuestas.

     Otras causas han concurrido también, desde luego, a crear ese funesto hábito de blasfemar contra la patria o cubrirnos de cenizas y de lamentaciones. La más evidente de esas causas es el contraste que debió afrontar la conciencia nacional cuando nuestros infortunios políticos —guerras, desorientación, personalismo— y la miseria del país produjeron a mediados del siglo pasado la caída vertiginosa de la República en relación con las aspiraciones colectivas de regularidad legal, probidad administrativa, libertad y cultura, que hasta entonces se habían mantenido intactas. Desde el propio siglo XVIII venían aquellos ideales, y el deseo de realizarlos fue el núcleo espiritual que dio nacimiento a la patria; durante la guerra emancipadora se afirmaron como justificación moral de la Revolución y de los sacrificios que esta imponía; en los primeros años de la República de 1830 presidieron la reconstrucción moral y política que Venezuela logró. Y de pronto, todo comenzó a derrumbarse: la anarquía y el despotismo, crueldades, mentiras y prevaricaciones ocuparon el primer plano de nuestra vida pública. Aquel contraste y esta realidad alucinante fueron para nuestros padres sufrimiento de todos los días; no es extraño, pues, que se los tomara como la realidad única y fundamental de la patria.

El Venezolano, ni en los peores momentos de crisis políticas, ha perdido aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria.

El Venezolano, ni en los peores momentos de crisis políticas, ha perdido aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria.

     Pero la verdad es que, aun en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria. Aun en las épocas más funestas puede observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes. Figuras siniestras o grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia.

     Este libro que hoy presento intenta recoger esta presencia, esta tradición, que es la otra realidad de la patria. Desde luego, apenas es un anticipo de lo que podría ser la verdadera obra sobre lo afirmativo venezolano. Pero, aun así —apenas como esbozo y guía— puede iniciar una revisión histórica fecunda. Mucho se ha insistido en sistematizar lo que de ingrato y deprimente tienen nuestros anales; me he propuesto luchar con igual insistencia contra la imagen caricaturesca que así se ha hecho del carácter nacional.

     El empeño de humillarnos y ofendernos —decía en mi ensayo ya citado— se ha convertido en un alarde de buen tono; es un signo de distinción y permite levantar cátedra magistral; aceptamos ingenuamente que el venezolano que reniega de los venezolanos está por encima de todos, como un paradigma de capacidad y honradez. Más grave aún: compatriotas sinceros, capaces e indudablemente bien intencionados, se han dejado contagiar por el hábito funesto. Y no admiten siquiera que, así como ellos mismos son un mentís a esa concepción pesimista del carácter nacional, falta quizás por descubrir centenares y millares de iguales venezolanos que —aun cuando desconfiásemos de todos los otros— podrían servir como un núcleo renovador de influencia incalculable.

     Si, por su propósito de reanimar la moral colectiva, este libro provocara sonrisas escépticas o desdeñosas, eso no sería sino una prueba más de cuán necesario es, para salvar a los venezolanos que aún conservan alguna tonicidad espiritual de ese entreguismo que los otros consideran tan cómodo. Sólo los pedantes y los que ya no esperan remedio para su esterilidad íntima confunden la moral con la gazmoñería y el sentimentalismo. Todo problema humano es en el fondo un problema de conducta; por consiguiente, un problema moral. Moral individual o moral colectiva. Cómo deseamos vivir, cuál es la forma de vida que consideramos superior, cómo nos proponemos vivir, son las interrogantes que mantienen en actividad el forcejeo recóndito que es lo mejor del ser humano. Por eso los conflictos morales forman el núcleo de las más apasionantes tragedias, reales o ficticias, que conmueven al hombre; los héroes y los mártires, los santos y los libertadores, por una parte, y del otro lado los pícaros y los tontos, los cobardes y los embusteros —todo lo que es elevado y admirable y lo que es despreciable u odioso—, adquieren fisonomía a la luz de un juicio moral.

En el Almacén Americano se podía conseguir desde un automóvil Ford hasta máquinas registradoras, pianolas, cajas fuertes, bicicletas, máquinas de escribir, cajas de hielo, bocinas y cornetas, acumuladores y bujías para autos, entre muchas otras cosas más.

     La humanidad ha dado siempre el título de heroísmo no al combatir vulgar, sino a una íntima condición ética, que es lo que pone al hombre por encima de sus semejantes: héroe es el que resiste cuando los otros ceden; el que cree cuando los otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen. Un libro de moral cívica puede ser también una epopeya.

     Y ese aspecto de la patria, que deseo se ilumine, puede darnos también bellezas insospechadas: hombres que quisieron ser simplemente honestos fueron por eso mismo grandes y valerosos; a veces el que sólo pensó en defender su decoro adquiere por su sacrificio señorío de héroe; un trabajador intelectual, que aisladamente parece una desdibujada figura, tiene sin embargo, dentro de aquella valorización moral, la categoría de un paladín; el anciano que, después de haber sido zarandeado por desengaños y perfidias, se aferra a sus convicciones es un Áyax desafiante sobre el peñasco marino que siente abrirse bajo sus pies. La bondad también puede usar penacho y la honradez es muy a menudo un reto contra la mediocridad.

     En Venezuela los aprovechadores suelen llamar «líricos», por escarnio, a los hombres sinceros, entusiastas y desinteresados. Contestamos: es verdad, son líricos y grandes; si ponemos sus vidas en un libro, por una parte, será una obra de moral, en otro aspecto será un canto a la grandeza y a la poesía de ese vivir.

     En ese sentido Lo afirmativo venezolano podría ser otro canto al heroísmo venezolano. Si todavía los subtítulos estuvieran de moda, le correspondería llevar este: «Del heroísmo que no figura en Venezuela Heroica».

     Y puede ser también un ideario venezolano. Porque otro aspecto de nuestra tradición pesimista es afirmar que siempre hemos ido a la deriva, sin propósitos fijos, a merced del capricho de los poderosos y de la improvisación de sus favoritos. En parte es verdad, pero no es toda la verdad de nuestra historia. Como fruto del patriotismo, de la perseverancia y del desinterés de muchos trabajadores, a veces anónimos, podemos reconstruir una tradición intelectual que debe adquirir para la juventud tanta realidad como la que nos hemos empeñado en darles a las vergüenzas, latrocinios y perjurios de nuestra vida política. Desdeñados, perseguidos o escarnecidos, siempre han existido esos venezolanos que, de generación en generación, a través de la muerte, se han pasado la señal de lo que estaba por hacerse y han mantenido la continuidad de la conciencia nacional.

     Se atribuye a Guzmán Blanco haberse valido con jactancia de lo que él llamaba «el cementerio de los vivos», o sea, la reclusión en el silencio y en la inactividad de todos los que no aceptaron el unipersonalismo del caudillo. Ese cementerio cubre toda la historia de Venezuela, pero de él podemos rescatar, todavía viviente, lo mejor de nuestra realidad moral. Y explorar, valorizar y defender esa dimensión espiritual de Venezuela es tan importante como cuidar de su integridad material. O más”.

* Educador, historiador y escritor, nacido en Villa de Cura, estado Aragua, en 1897, y fallecido en Caracas, en 1979. Graduado de profesor en el Instituto Pedagógico de Caracas, en 1938, fue ministro de Educación en 1949. Autor de numerosos trabajos sobre la historia de Venezuela. Se le considera como uno de los mejores ensayistas venezolanos del siglo XX. Su libro El Libertador (1964) es considerado una de las mejores biografías sobre Simón Bolívar. Publicó también importantes estudios sobre Simón Rodríguez, Fermín Toro, Rafael María Baralt y José Rafael Revenga. Fue Individuo de número de la Academia Nacional de la Historia, de la Academia Nacional de Ciencias Políticas y de la Academia Venezolana de la Lengua.

Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800

Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800

William Duane, periodista norteamericano, ferviente partidario de la libertad de América del Sur, que ayudó a los patriotas de Hispanoamérica.

William Duane, periodista norteamericano, ferviente partidario de la libertad de América del Sur, que ayudó a los patriotas de Hispanoamérica.

     El coronel William Duane (1760-1835), proveniente de los Estados Unidos de Norteamérica, redactó un libro titulado, en español, Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, de proporciones poco usuales dentro de la literatura de viajeros y que visitaron Venezuela durante la centuria del 1800. Libro dentro del cual hizo referencia a una serie de aspectos y situaciones de un país que recién había roto las cadenas del coloniaje ibérico. También visitó Bogotá para constatar con su propia mirada lo que se desarrollaba en la República de Colombia, creada el 17 de diciembre de 1919.

     William Duane fue un periodista, editor y militar estadounidense de gran influencia durante el período de la República temprana de los Estados Unidos. Duane fue editor del periódico Aurora, donde luchó con éxito contra las infames Leyes de Extranjería y Sedición que estuvieron vigentes entre 1798 y 1801. Thomas Jefferson citó a Duane como un factor importante en su ascenso a la presidencia en 1801.

     Como militar, Duane sirvió como coronel en el Ejército de los Estados Unidos y como oficial de la Milicia de Pensilvania. También se desempeñó como Adjunto General en la defensa de Filadelfia durante la Guerra de 1812. Además, fue autor de varios libros sobre tácticas militares para las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

     Es recordado como un gran defensor de Suramérica. El periódico Aurora de Duane defendió la lucha por la independencia de Suramérica y fue la principal fuente de información en los Estados Unidos sobre el conflicto, desde 1811 hasta 1822, entre españoles americanos y españoles europeos. Por tal circunstancia, Duane viajó a Colombia y Venezuela, donde fue recibido como un héroe.

     El mencionado libro resulta ser un escrito con descripciones muy equilibradas, con pocos juicios de valor, quizá por la simpatía que experimentaba con quienes hicieron posible la Independencia y estaban en búsqueda por sentar las bases republicanas. Es un libro particular por el despliegue de explicaciones que ofreció Duane y, en especial, por la gran cantidad de digresiones que desplegó en cada uno de los capítulos de su obra. A pesar de ser un simpatizante con los repúblicos suramericanos, tal como se hacía referencia, en este tiempo, a los espacios territoriales al sur de los Estados Unidos, no dejó de reconocer las dificultades existentes para la consolidación de formas de gobierno republicanas.

     De Duane no se puede decir que fue un escritor lleno de animadversiones y que se dejase llevar por estereotipos. Por el estilo de su narración se puede precisar el intento de un acercamiento a un punto medio, con el cual muestra el intento de expresar sus observaciones de manera mesurada, incluso las religiosas, siendo él un anglicano.

     Por otro lado, trató de ser equilibrado al momento cuando hizo referencia a los amerindios y el trato que ahora recibían en el período republicano. De ellos expresó que no se les trataba como esclavos con el pretexto de ofrecerles protección por medio de las encomiendas, tal como había sucedido en tiempos coloniales. Puso a la vista de sus potenciales lectores que ya no vivían confinados en pueblos de Misión o de Indios. Según sus palabras ya no estaban obligados a vivir sólo con sus “compatriotas”, “tan infortunados como él, para cultivar en común una parcela de terreno, y pagar a sus tiranos un canon anual, sólo porque sus antepasados habían sido sometidos a la esclavitud por invasores extranjeros, y porque tal servidumbre se transmitía de padres a hijos”.

A comienzos de la década de 1820, Duane visitó la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, donde había una plantación de café rodeada de flores. “Casona de la Hacienda de Blandín; óleo sobre tela. Miguel Cabré.

A comienzos de la década de 1820, Duane visitó la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, donde había una plantación de café rodeada de flores. “Casona de la Hacienda de Blandín; óleo sobre tela. Miguel Cabré.

     Ante esto escribió sentirse complacido porque era una manifestación de “regeneración racional” y, además, de haber experimentado una mayor complacencia y admiración, durante un ágape al que fue convidado, al observar un grupo de damas “… tan hermosas y elegantes, fui informado de que no todas las beldades de Caracas se encontraban presentes…” La persona que le servía de guía le dijo que muchas damas hermosas estaban ausentes porque pertenecían a familias que abrazaron la causa realista. Por tal situación no solían asistir a saraos como al que Duane había sido invitado.

     En la misma celebración contó haber visto a Lino de Clemente, acompañado de sus lindas esposa e hija y “… quienes habían salvado la vida milagrosamente huyendo hacia el destierro, y que ahora figuraban entre las familias más distinguidas del país…” Al observar escenas como esta contó haber experimentado gran regocijo, porque apreció una celebración en libertad, así como un encuentro alejado de la venganza sobre las mujeres tal como sucedió con ellas y las acciones de los realistas en su contra.

     De seguida reprodujo algunas palabras que un “venerable patriota” le había comunicado respecto al alejamiento de algunas familias frente a las celebraciones que los patriotas llevaban a cabo en la ciudad. Su interlocutor le comunicó que era muy cierto que estas damas, cuya filiación con familias realistas, se habían establecido como norma no asistir a estos encuentros organizados por los patriotas. Además, agregó que por “ser mujeres” sus progenitores las habían criado bajo principios diferentes y que no se les podía enjuiciar por esto y menos intentar cambiar esta actitud frente a la vida. También le había expresado que eran personas inocentes y que muchas de ellas merecían respeto y admiración.

     En este sentido, vale la pena traer a colación una reflexión que hizo el “venerable patriota”, quien se había interrogado que perjuicio había de provocar esta actitud de las mujeres a los hombres que habían abrazado la causa independentista. “… Mujeres no nos faltan que sean dignas esposas de nuestros hijos; y si no quieren casarse con republicanos, no les será fácil encontrar marido en esta tierra. No es posible que se mantengan solteras durante los próximos cincuenta años, y si al fin llegan a casarse, tendrán que hacerlo con hombres patriotas, y entonces sus hijos – a quienes tanto habrán de amar – serán ciudadanos de Colombia y no de España…”

     Escribió que se había marchado de esta celebración a una hora bastante avanzada de la noche. De esta fiesta expuso que no recordaba haber asistido a un encuentro similar donde haya habido tanta profusión de obsequios. Menos haber estado en un encuentro donde la “… espontánea felicidad y regocijo como el que allí prevalecía” y del cual él formó parte.

     Por lo general, los viajeros que estuvieron en Venezuela destacaron, entre otros atributos de los caraqueños y venezolanos, el trato amable y cordial que éstos dispensaban a las personas que visitaban y pernoctaban en la ciudad. Destacó el caso de un estadounidense que residía en la capital de la república de nombre Franklin Litchfield y quien, además, había contraído nupcias con una dama de la ciudad. Destacó, asimismo, que la hospitalidad de esta pareja para con quienes provenían de los Estados Unidos de Norteamérica era excepcional.

     Más adelante hizo referencia a una excursión, organizada por damas y caballeros de Caracas, para realizar una visita a la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, ubicada al este de la ciudad y muy cerca de la falda sur de La Silla. En su descripción destacó que la casa estaba situada a más de mil seiscientos metros del camino que llevaba a la localidad de Petare. Vía que se extendía a lo largo del cauce por el cual corría un río que servía para regar la plantación de café que allí existía. Sus linderos estaban demarcados por árboles cargados de limas de gran vistosidad, “… a pesar de que las plantas no se veían muy bien cuidadas… El lugar dentro del cual se cultivaba el café estaba rodeado de flores.… La senda que nos condujo hasta ella pasaba por entre avenidas de cafetos, hermosos, lujuriantes y cargados de fruto…”

En los ágapes caraqueños de comienzos del siglo XIX, a los que asistió Duane, solo estaban las damas que abrazaron las causas republicanas. No así, las que pertenecían a familias partidarias de la monarquía española.

En los ágapes caraqueños de comienzos del siglo XIX, a los que asistió Duane, solo estaban las damas que abrazaron las causas republicanas. No así, las que pertenecían a familias partidarias de la monarquía española.

     En sus instalaciones pudo observar a mujeres jóvenes que eran las encargadas de recoger las bayas de color pardo que crecían en largos racimos, los cuales eran depositados en cestas que llevaban colgando en el brazo izquierdo. Ingresaron, él y sus acompañantes, por el lado este de la casa y en la que se topó con un hermoso arroyuelo del cual se desprendían sonidos placenteros para el oído. Había otros pequeños arroyos, uno de ellos que derivaba en una gran pila de forma circular elaborada con mampostería, “… construida a un nivel inferior en dos o tres pies a la superficie del suelo”.

     Contó que el señor Blandín les había recibido de manera muy cordial. Luego pasaron a un gran salón donde les ofrecieron y degustaron bebidas de frutas. Aprovechó la oportunidad para explorar un poco el lugar al cual calificó como un espacio espléndido y cuyas instalaciones eran perfectas. No perdió la oportunidad para la comparación con lugares por él conocidos en la India. Sin embargo, agregó que el dueño de la hacienda, para evitar los daños ocasionados por el terremoto de 1812, en casas elaboradas con paredes de tapia, prefirió edificar la residencia con bambú. Contaba con un techo que cubría toda la casa y que “… tenía varias habitaciones de muy buen aspecto dentro del verandah, como lo llamarían en el Indostán”.

     Al frente de la vivienda pudo apreciar la existencia de los molinos, pilones y lugares destinados para la limpieza del grano, los almacenes ocupaban un terreno extenso, de acuerdo con sus propias palabras. Puso a la vista de sus potenciales lectores que había un arroyo, cuya fuente provenía de La Silla y el cual funcionaba por medio de “… ingeniosos artificios para que impulsara una enorme rueda de molino, la cual realizaba las funciones que desempeña la mano de obra en otras plantaciones, como las diversas operaciones relacionadas con la limpieza y descerezo del grano…” También logró ver una herrería, una carpintería y otros talleres cuyo funcionamiento era en tiempos y períodos estacionales. Aunque muy necesarios cuando escaseaba la mano de obra calificada debido a las dimensiones y magnitud de este asentamiento cafetero y residencial.

     Expuso que el número de árboles ascendía a una cantidad aproximada de diez mil y cuyo producto promedio individual estaba estimado en un peso al año. Más adelante contó que al estar el suelo escardado, se dedicó a analizarlo de manera cuidadosa y detenida. Del mismo expresó que el humus era de composición y textura liviana, muy similar a la ceniza, mezclado con esquisto o pizarra pulverizada, en la que se advertían chispas de un brillo borroso, muy similares al cuarzo, pero no tan grandes ni relucientes. Llegó a la conclusión de que se trataba de un humus delgado y de poca consistencia.

     Refutó a quienes expresaron que el cafeto no se prestaba para ser cultivado cerca de los mares o costas, Depons uno de ellos. Sin embargo, expuso que en Maiquetía presenció el cultivo de cafetos que florecían con la misma belleza y profusión que en la hacienda del señor Blandín.
Aprovechó esta ocasión para expresar que el padre de éste había sido “… el primero en introducir el cultivo del café en 1784, había sido propietario de una plantación en las colonias francesas…”

Boletín – Volumen 137

Boletín – Volumen 137

BOLETINES

Boletín – Volumen 137

Sinopsis

Por: Dr. Jorge Bracho

     La edición del Boletín 137 inicia con “Situación mercantil” en el que se puede leer “Durante el mes de marzo se sostuvo un movimiento de ventas apreciable a pesar de las dificultades para la colocación de los frutos de exportación. La situación de Europa es una causa poderosa que resta mercados a la exportación y mantiene la limitación del consumo” (Pp. 2796-2799).

     De inmediato, “Del Informe del Banco Central de Venezuela” que consiste en un estudio presentado en la Asamblea General Ordinaria del día 12 de marzo de 1925 (Pp. 2799-2801).

     Entre las carillas 2801 y la 2802 unas pequeñas crónicas informativas: “Las enfermedades del algodón”, “Dos obras del Dr. Núñez Tovar”, “Tacna y Arica”, “Chocano”, “La feria de París de 1925” y “Convención Mundial de Anunciadores de Houston”.

     En “Perspectiva comercial de 1925” donde se señaló que la situación económica tendía a mejorar de acuerdo con el crecimiento de las economías de Inglaterra, Estados Unidos y Alemania (Pp. 2803-2804).

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     Un artículo firmado por Ernesto Boggiano aborda “La evolución de la hacienda pública del Perú” (Pp. 2804-2814). Se incluyó una reseña de un libro cuyo título es “El crimen de Berruecos” relacionado con la muerte de José Antonio Sucre y preparada por el venezolano César Zumeta (Pp. 2814-2817).

     Más adelante se puede leer “La gran carretera Trasandina” redactado por el ingeniero Alfredo Jahn en el que se indica los adelantos en Venezuela para una vía de automotores y que facilitara la comunicación entre países hermanos (Pp. 2817-2818).

     En “Las bases esenciales del Panamericanismo” en que se puede leer la necesidad de la unión hispanoamericana y el alejamiento del panamericanismo, en boga para este tiempo (Pp. 2817-2820).

     A continuación “Los bucaneros de la Indias Occidentales en el siglo XVII” de C. H. Haring (Pp. 2820-2824). Cierran la edición “Sección de correspondencia”, así como los cuadros: “Exportación de Puerto Cabello en enero de 1925”, “Cacao y café exportados por La Guaira en febrero de 1925”, “Comercio de café en Maracaibo en febrero de 1925”, “Valores de las bolsas de Caracas y Maracaibo en marzo de 1925”, “Precios de productos en diversos lugares de Venezuela en febrero de 1925” y “Tipos de cambio en Caracas en marzo de 1925”.

Más boletines

Boletín – Volumen 107

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Apuntes sobre la riqueza mineralógica de Venezuela

Astronautas famosos de visita en Caracas

Astronautas famosos de visita en Caracas

Casi tres años antes de dar la primera caminata sobre la superficie lunar en 1969, Neil Arsmtrong y Richard Gordon estuvieron en la residencia presidencial venezolana.

Casi tres años antes de convertirse en el primer ser humano que caminó sobre la luna, el astronauta estadounidense Neil Armstrong pisó suelo venezolano.

Casi tres años antes de convertirse en el primer ser humano que caminó sobre la luna, el astronauta estadounidense Neil Armstrong pisó suelo venezolano.

     Dos años, nueve meses y trece días antes de convertirse en el primer ser humano que caminó sobre la luna, Neil Armstrong pisó suelo venezolano como parte del inicio de una gira de buena voluntad que integrantes del Programa Espacial de Estados Unidos realizaron por países de América Latina a finales del año 1966, por iniciativa del entonces presidente de esa nación, Lindo B. Johnson.

     Armstrong, quien ganó fama universal en julio de 1969 al descender del Apolo 11 y caminar sobre la luna, estuvo en Caracas del 7 al 9 de octubre de 1966, acompañado de su colega cosmonauta Richard Gordon, luego de dirigir en marzo de ese mismo año, como comandante de la nave Géminis 8, una complicada misión de maniobra de acoplamiento en el espacio. En la edición del sábado 8 de octubre de 1966 del diario Últimas Noticias, ambos astronautas expresaron satisfacción por su visita a Venezuela, para compartir sus experiencias sobre los viajes y rendir homenaje al pueblo latinoamericano por su colaboración con la gran aventura de la exploración espacial.

     Armstrong y Gordon vinieron acompañados de sus esposas y por dos altos funcionarios de la Agencia de Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio (NASA, por sus siglas en inglés): George Michael Low, director adjunto del Centro de Vuelos Espaciales, responsable de la administración global y desarrollo de los programas Géminis y Apolo, y el doctor George G. Armstrong Jr., experto en estudios de medicina espacial y jefe de Fisiología del Centro de Vuelos Espaciales Tripulados.

     El sábado 8 de octubre, en visita a la residencia presidencial de La Casona, los ilustres visitantes fueron condecorados por el presidente de la República, Dr. Raúl Leoni, con la Orden del Libertador en grado de Comendador.

     “Venezuela se siente complacida por la distinción de esta visita que nos hacen dos héroes de la conquista espacial quienes han demostrado que el valor y la disciplina son elementos indispensables para el éxito de toda gran empresa y espera que un destello del Genio del Libertador, Padre de la Patria, os acompañe cuando obtengáis el éxito de llegar a la luna”, expresó en emotivas palabras el entonces mandatario nacional.

     Armstrong tomó luego la palabra para expresar: “Es para mí un alto honor el aceptar esta honrosa condecoración en nombre de todos los astronautas del Programa Espacial. No estaba en nuestro programa y estimo particularmente significativo el hecho de que esta condecoración lleve el nombre de Simón Bolívar, quien en vuestro país como en Estados Unidos, es símbolo de libertad”.

En la residencia presidencial de La Casona, los astronautas Armstrong y Richard Gordon fueron condecorados por el presidente de la República, Dr. Raúl Leoni, con la Orden del Libertador en grado de Comendador.

En la residencia presidencial de La Casona, los astronautas Armstrong y Richard Gordon fueron condecorados por el presidente de la República, Dr. Raúl Leoni, con la Orden del Libertador en grado de Comendador.

Gordon estuvo 13 días en órbita, sin llegar a pisar la luna, junto con Charles Conrad y Alan Bean, en la misión Apolo 12 del 24 de noviembre de 1969.

Gordon estuvo 13 días en órbita, sin llegar a pisar la luna, junto con Charles Conrad y Alan Bean, en la misión Apolo 12 del 24 de noviembre de 1969.

     Tanto Armstrong como Gordon expresaron a la revista Élite que quedaron encantados por la oportunidad de conocer este otro aspecto del planeta tierra, en este caso la región de Venezuela, tan diferente a la que divisaron desde sus naves espaciales.

     En su visita a la residencia presidencial de La Casona compartieron con varios jóvenes estudiantes venezolanos, compañeros de los hijos del presidente Leoni, a quienes obsequiaron sensacionales fotografías tomadas desde la mayor distancia jamás lograda hasta ahora. Indicaron que las gráficas fueron captadas por Charles Conrad y Richard Gordon, durante la misión “Géminis 11”, que ha alcanzado una serie de récords, pero que también ha llegado a la desconcertante demostración de que “algo todavía no marcha” en la presencia de criaturas humanas en el espacio, fuera de sus naves y en la total ausencia de peso. Cuando la cápsula, que disfrutaba del poderoso motor del cohete “Agena” al que estaba ligado, realizó un ascenso, adentrándose en las misteriosas regiones radioactivas que circundan nuestro planeta, el comandante Conrad pronunció por radio estas sencilla y humanas palabras: “Estamos en el techo del mundo. Bajo nosotros se encuentra Australia completa”. Luego, un dato técnico: “La visibilidad se extiende por 150 grados”. Y finalmente: “Dios mío. . . qué bella es la Tierra”. La altura era de 1372 kilómetros, y las cámaras tomaban todas estas vistas.

     Armstrong formó parte de la tripulación de la nave Apolo 11, que junto a Edwin Aldrin y Michael Collins, se posó en la superficie lunar, a las 10:56 PM (hora del este de Estados Unidos) el 20 de julio de 1969 y regresó a la Tierra al día siguiente, tras misión que duró 21 horas y 36 minutos.

     Gordon estuvo 13 días en órbita lunar junto con Charles Conrad y Alan Bean, en la misión Apolo 12 del 24 de noviembre de 1969.

     Armstrong falleció a los 82 años, en Cincinnati, Ohio, el 25 de agosto de 2012. Mientras que Gordon murió a la edad de 88 años, en San Marcos, California, el 6 de noviembre de 2017.

La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

La dramática historia de la primera Ley del Trabajo

Su proponente fue el bachiller y coronel Adán Hermoso Tellería (1882-1920), quien después de uno de los debates fue llevado en hombros desde el Congreso hasta el Hotel Klindt, en la Plaza Bolívar. 

Por Rafael Caldera

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

Adán Hermoso Tellería (1882-1920), diputado del estado Falcón, fue el primer venezolano en presentar en el Congreso Nacional, en 1916, un proyecto de Ley del Trabajo.

     “El 29 de abril de 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, corrió súbitamente un viento fresco de inquietud política y social en la Cámara de Diputados. Es difícil de imaginarlo. Tenía ya el general Gómez más de siete años en el ejercicio del poder y su autoridad se había consolidado. Pero no había muerto totalmente el espíritu parlamentario.

     Aquel 29 de abril ocurrió ante la Cámara un hecho inusitado. Presidía Rafael Cayama Martínez, diputado falconiano, escritor, orador y político, con título de General no emanado de ninguna escuela, sino obtenido en las contingencias político-militares de nuestras frecuentes contiendas intestinas. Y el acto de la sesión menciona escuetamente: “Concedido el derecho de palabra, el diputado Hermoso Tellería hizo uso de él para hablar sobre una ley protectora de obreros, proponiendo . . . que se designe una Comisión de siete miembros nombrados por la Presidencia para que, a la brevedad posible, presente un proyecto de Ley sobre protección de Obreros. El diputado doctor Planchart dio su voto aprobatorio a la proposición de Hermoso Tellería. Puesta en discusión y votada, se aprobó por unanimidad.

     La Presidencia nombró a los diputados Hermoso Tellería, Planchart, Crespo Vivas, Arcaya, Ron Pedrique, Baptista Galindo y Peña para constituir la Comisión a que se refiere la proposición”.

     En aquel mismo año 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, había enviado a las Cámaras un proyecto de Código Civil. Contenía algunas innovaciones, entre ellas el establecimiento de la inquisición de la paternidad ilegítima, la cual alarmó tanto al dictador, ante los comentarios que le hicieron, que motivó la reforma del Código en 1922. 

     Pero el proyecto de Arcaya no innovaba prácticamente nada en materia de relaciones obrero-patronales. El arrendamiento de servicios continuaba rigiéndose, en sustancia, por las normas napoleónicas, las cuales subsistirían en aquel instrumento fundamental hasta la reforma efectuada en 1942. La nueva Ley propuesta por el diputado Hermoso Tellería pretendía que se diera entrada en nuestro derecho positivo al principio de la responsabilidad por accidentes de trabajo.

 

¿Quién era el proponente?

     Adán Hermoso Tellería era un hombre de 23 años. Usaba el título de Coronel, ganado –como el generalato del Presidente de la Cámara para aquel momento– en nuestra peripecia incivil. Había nacido en Coro en 1892. Era hijo del General Claudio Hermoso Tellería, cuyos dos apellidos usaba –lo mismo que sus hermanos– tal vez para evitar el simbolismo de unir el patronímico paterno y el materno, ya que su señora madre fue doña María Ramos Ramos y no querían que los llamaran los “hermosos ramos” …

     Se graduó de bachiller en Falcón y vino a Caracas a estudiar derecho, pero prefirió la política y entró en ella al estilo de los tiempos. Al lado del general León Jurado participó en alguna acción de nuestras luchas, y peleando salió de acuerdo a la usanza de la época, con el título de Coronel. Fue luego secretario de Gobierno en el Guárico, y muy pronto se le designó Diputado al Congreso, donde, a pesar de su juventud, llegó a estar encargado de la Presidencia de Diputados.

     Debió ser un orador de mucha fibra. De él se cuenta que después de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, fue llevado en hombros a la salida de la Cámara hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado entonces frente a la Plaza Bolívar. En volumen impreso en la Tipografía Ramírez de Coro, bajo el título “Por Senderos de Justicia”. Hermoso Tellería recogió la historia del proyecto. Y en otro volumen, también impreso en la Tipografía Ramírez y titulado “Labor Parlamentaria”, recogió después una serie de incidencias de su actuación en el Congreso, las cuales emparentan con su proyecto de 1916 la llamada Ley de talleres y Establecimientos Públicos, tímido texto sancionado en 1917 que viene a resultar el corolario de los momentos de tensión vividos en la Cámara de Diputados el año anterior.

     Casó el 31 de mayo de 1919 con una distinguida dama, doña Ana Luisa Centeno Vallenilla. Murió el 5 de enero de 1920, cegado por el paludismo, bajo la forma de una “fiebre económica”. Su hijo, fue un profesional destacado de la medicina, nació a los tres meses de la muerte de Hermoso Tellería.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Rafael Caldera, presidente de la República de 1969 a 1974, reelecto en 1993 para el período 1994-1999, fue un gran estudioso del derecho laboral y uno de los primeros en evidenciar la necesidad de instaurar en Venezuela una legislación obrera moderna.

Dedicatoria obligada: “Al respetado jefe y amigo”

 

     Curiosa, esta rápida parábola biográfica de un hombre que fue expresión del medio y de las circunstancias, y que, a pesar de no haber llegado a vivir 30 años, dio extraordinarias anotaciones de una inquietud social casi imposible de creer en el momento y características históricas dentro de las cuales le tocó vivir. De ellas –y como indispensable defensa– da testimonio la dedicatoria del librito “Por Senderos de Justicia” al General Juan Vicente Gómez, “respetado jefe y amigo”, buscando hacerlo a su causa o neutralizar por lo menos su posible mala voluntad con las palabras iniciales: “Como sé de los nobles sentimientos que animan a usted por nuestras clases proletarias, a las cuales ha dado siempre su valioso apoyo, era mi anhelo ofrecerle, convertido en ley, el proyecto de Protección Obrera que figura en estas páginas; pero ya que el deseo de mi partidarismo no pudo realizarse, dígnese permitirme que coloque el prestigio de su nombre al frente de este libro en donde encontrará usted las opiniones que fueron emitidas en el seno de la Cámara de Diputados en los numerosos debates del proyecto”.

     Para enfrentar la conmoción que seguramente había causado su actitud, y para hacerse perdonar los aplausos de las barras y la salida en hombros hasta el Hotel Klindt, Hermoso Tellería no tuvo más remedio que añadir: “Tanto los defensores como los adversarios de la Ley, servidores decididos de la gloriosa Causa de Diciembre y leales amigos de usted, no tuvimos en nuestros discursos otros propósitos que los de contribuir de acuerdo con nuestro modo de pensar, a la magnífica obra de progreso que usted realiza con admirable patriotismo”.

Cómo era el proyecto de ley

     El día 17 de mayo la Comisión nombrada presentaba el proyecto. Mucho más habría deseado sin duda el proponente, si nos atenemos a sus palabras en la sesión del 29 de abril: “El asunto de que voy a hablar ha sido detenidamente estudiado por mi colega el diputado Planchart y por mí, fundándonos en leyes análogas que tenemos sobre los pupitres. Me refiero al vacío que hay en la legislación por falta de una ley protectora de los obreros, de esos seres humildes, que, tomando parte importante de todos los actos de la vida progresiva, son las más de las veces extorsionados por propietarios indolentes, que solo aspiran aumentar la fortuna con el sudor de los infelices”. (Aplausos prolongados). “En el mundo entero está reconocido el gremio obrero como una de las columnas más poderosas, y no podía ser de otra manera, puesto que sin el obrero el progreso sería un mito”. (Aplausos). “Sancionemos una ley que ponga a salvo a los que a diario nos sirven y habremos cumplido con nuestros propios sentimientos y con los deseos de nuestros comitentes, contribuyendo así a hacer más fácil la obra de rehabilitación que con admirable patriotismo realiza el benemérito General Juan Vicente Gómez”. (Aplausos)

     Pero, en realidad, se trataba de una modesta ley de reparación de accidentes de trabajo y su límite era bastante prudente: solo era aplicable “a los obreros o empleados cuyo salario anual (subrayado nuestro) no excedía de dos mil bolívares”. Es decir, a los trabajadores que ganaran menos de seis bolívares diarios. Los que ganaban más tendrían la opción de acogerse al derecho común o aceptar las indemnizaciones correspondientes hasta el límite protegido por la Ley.

     Los proyectistas fueron los diputados Adán Hermoso Tellería, Antonio Peña hijo, Raúl Crespo Vivas, Francisco Baptista Galindo, Antonio María Planchart, Camilo Arcaya y M. L. Ron Pedrique.

     El proyecto, a proposición del diputado, general R. Rojas Hernández, fue acogido y mandado a imprimir para estudiarlo y darle la primera discusión. En el discurso de aquel día, 17 de mayo, se citaron como fuentes la legislación alemana de 1883 y 1884, con mención de la inglesa de 1887, de la peruana de 1910, de la argentina de 1915, etc. “En los actuales momentos en que es aceptada por todas las legislaciones del mundo entero la sabia doctrina del riesgo profesional, se impone como una necesidad imperiosa el sancionamiento de esta ley”.

     Hacía justicia el proponente, por cierto, a un trabajo al que todavía no se ha dado en Venezuela debido reconocimiento: el discurso de incorporación a la Academia Nacional de Medicina presentado en 1914 por el doctor H. Rivero Saldivia, que, por cierto, mencionamos en una nota en la segunda edición de nuestro derecho del Trabajo. Hermoso Tellería hizo constatar que aquel distinguido médico (a quien recordamos ya de edad avanzada examinando todavía en la Universidad Central, y quien por cierto ingresó inconcebiblemente, a una actividad gubernamental y ejerció la Secretaría General de Gobierno en el Estado Portuguesa durante la Presidencia del señor Josué Gómez) había dado entusiasta colaboración a los proyectistas, pues según las propias palabras del orador, “sus vastos conocimientos en la materia estuvieron siempre en favor de nuestra humanitaria obra”.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

En 1916, durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, se propuso por primera vez en el país un proyecto de Ley del Trabajo.

La oposición contra el proyecto

     Pero la alborozada alegría con que fue recibida la modesta iniciativa del diputado Hermoso Tellería y de sus seis compañeros de Comisión se encontró inesperadamente frustrada en la sesión del 25 de mayo.

     Los proponentes se dieron cuenta de aquella situación y trataron de conjurarla mediante un recurso formal: proponer un cambio de nombre a la Ley. El diputado Luis Olavarría Matos propuso que fuese llamada “Ley de Accidentes de Obreros”; el diputado Ron Pedrique propuso: “Ley que trata de los accidentes de trabajo de los obreros”, modificación aceptada por Olavarría; el diputado Hermoso Tellería la modificó, proponiendo este nombre que era, en verdad, más adecuado: “Ley de Responsabilidad por Accidentes de Trabajo”. Todas estas proposiciones fueron votadas. . . y negadas.

     El curso del proyecto durante la sesión parecía estar siguiendo normalmente. Pero en forma inesperada, comenzaron a aparecer razones contra él. Se propuso aplazarlo indefinidamente. El debate se hizo tan ardoroso como no podría uno imaginarlo en un Congreso de la dictadura, y el resultado de la votación fue aplastante: 22 votos porque se difiriera, 12 porque no fuera diferida y 3 en blanco. “En consecuencia”, dice el acta, “se declara diferida indefinidamente la ley de Protección de Obreros”.

     El doctor Antonio María Planchart afirmaba, cuando se veía que ya no iba a haber remedio: “Tengo motivos para sospechar que algo siniestro se prepara contra la ley. Suficiente tiempo han tenido mis honorables colegas para formarse un criterio claro de la ley que discutimos. Todos palpamos las dos corrientes de la Cámara con respecto a la Ley de protección de Obreros. Una que tiende a negarla o a aplazarla indefinidamente, y la otra, de la cual formo parte, por sancionarla”. 

     La afirmación de Planchart era exacta. Dentro de aquella pequeña Cámara, donde el número de miembros presente, según el escrutinio de los votos era apenas de 37, había 22 votos comprometidos a hacer que el proyecto desapareciera.

 

Los argumentos del rechazo

     Es muy interesante la lectura de los discursos en favor y en contra del proyecto. Se oyó en Venezuela lo que en circunstancias similares se había dicho muchos años atrás en algunos países de Europa. Los argumentos empleados parecerían hoy inconcebibles, si no fuera porque a veces, para enfrentar otras instituciones, se utilizan razonamientos parecidos. Lo que resulta más extraño es que entre los proponentes del diferimiento indefinido el proyecto y entre los más ardorosos opositores del mismo estaban personas que por otros respectos tienen ganados títulos positivos de la ciencia jurídica y de la vida venezolana en general.

     Por esto nos sorprende escuchar al doctor Ramiro Antonio Parra decir: “Es una Ley que se propone un bien, es verdad, pero por un camino cerrado que viola derechos naturales” . . .

“Esa Ley es mala porque impone a los propietarios la obligación de hacer caridad y la caridad es un derecho que tienen los que necesitan de ella”.

     Lamentable confusión, sin duda, entre justicia social y caridad; lamentable idea de lo que son derechos naturales. Pero esta confusión tuvo profundas raíces en la historia del pensamiento y de la vida social de Europa y América.

     A los que hemos leído alguna historia de los orígenes de la legislación del trabajo en Francia e Inglaterra, de los argumentos que se les opusieron desde registros manchesterianos, no nos era desconocida esta argumentación: “Repito lo que dije al principio; que esta Ley se propone hacer un bien pero que hace un mal por el camino que lleva. Esta Ley impone una obligación que ataca directamente la libertad del obrero”.

     Pero no fueron estos los únicos argumentos, sino que hubo otros, también con raíz en la posición manchesteriana europea. Así, por ejemplo, se dice: “Nosotros no necesitamos de esta Ley porque el Código Civil establece cómo se indemnizan los daños que sufra cualquier ciudadano”. (Aplausos).

 

Los alegatos de los defensores

     Fueron estos mismos argumentos los que dieron lugar a que se afirmaran las razones en favor del proyecto, en las cuales, a pesar de notarse en algunos casos tal vez cierta carencia de más abundante información jurídica, luce un criterio claro del curso que debía tomar más adelante el Derecho del Trabajo. Así, por ejemplo, el diputado Cayama Martínez, orador, literato y general, luce –sin embargo– bien centrado en la argumentación jurídico-social: “Entre los varios argumentos que he oído por aquí –dice– está en primer término el de que esta ley es prematura. Es el eterno argumento de los que, ya se trate de pueblos o individuos se creen siempre débiles para las grandes transformaciones políticas sociales y económicas.” (Aplausos)

“Que no tenemos densidad de obreros” es otro argumento esgrimido por el grupo opositor. Valdría esto tanto como decir que no teniendo un ejército de medio millón de soldados, no existe el soldado, que, no teniendo un poderoso gremio de industriales, no existe el industrial; que, no teniendo cuatro millones de ciudadanos, no existe el ciudadano” (Aplausos)

“Existe el obrero y hay que protegerlo. Yo estaré porque la ley se discuta y así llegar al convencimiento de que ella no es prematura y que de su cumplimiento se derivarán grandes beneficios para el país”. (aplausos) “Causaría una tristeza profunda que mañana se dijera en el seno de la representación de los pueblos, en el seno de la genuina representación de nuestra democracia, se ha rechazado una ley de protección al obrero”.

     El diputado Ron Pedrique se apasiona en la defensa del proyecto. Recuerda la oposición a la Ley de Libertad de los Esclavos y dice, en un momento de inspiración: “Sancionemos esa Ley que unirá más íntimamente esos dos motores del progreso humano que se llaman el capital y el obrero, haciéndolos que se den un abrazo de amor y de caridad sobre un lecho de dolor”. (Grandes aplausos)

     El proponente inicial de la Ley el diputado Hermoso Tellería esgrimió razonamientos de genuino derecho social. Dijo, entre otras cosas: “Es oportuno advertir a mi distinguido contendor que no ignoro que en el Código Civil de todas las naciones civilizadas se ha establecido que el que ocasiona un daño a otro está en el deber de repararlo; pero esa disposición no está de acuerdo con todos los deseos ni al alcance de todas las manos, porque para obtener la indemnización es preciso recurrir al juicio correspondiente, que consume mucho dinero y mucho tiempo, y el obrero necesita de una reparación inmediata, porque se trata nada menos que del pan que le da la vida”.

     Y este otro argumento es también moderno y convincente. “En las grandes empresas industriales, cuando el uso continuo o la acción del tiempo destruye una polea, rompe un eje o inutiliza una válvula, el empresario o dueño repone inmediatamente la pieza descompuesta; y si en este caso no se omiten gastos de ninguna naturaleza, con menos razón deben omitirse cuando se tratan de las piezas de esta otra máquina, más preciosa porque es invalorable: el obrero”. (Aplausos)

     Pero todo fue en vano. El proyecto resultó aplazado indefinidamente.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

En 1916, el ministro de Relaciones Interiores, doctor Pedro Manuel Arcaya, envió al Congreso un proyecto de Código Civil, que tenía algunas innovaciones sociales, pero no contenía nada en materia de relaciones obrero-patronales.

Nuevos intentos

     Los proponentes, sin embargo, no se dieron fácilmente por derrotados. Y he aquí que surgen los más movidos aspectos de la historia del proyecto. El 26 de mayo, el diputado doctor Rafael Pino Pou, médico de gran reputación, propone el levantamiento de sanción a la proposición del doctor Ramiro Parra, y que siga su curso legal el Proyecto de Ley de Protección Obrera. El diputado doctor Marcial Hernández Salas, toma la iniciativa en contra de la proposición Pino Pou: “Yo voté el diferimiento indefinido de la Ley –dijo– porque no creo que en la práctica produzca los resultados benéficos a que aspira la honorable Comisión que la redactó; antes, por el contrario, le sería altamente perjudicial al mismo gremio que trata de favorecer. ¿Quién será el insensato, nacional o extranjero, que después de publicada esa Ley se atreva a fundar una empresa en el país? ¿Acaso con atemorizar a los capitalistas se fomenta la creación de las empresas? ¿Acaso con ponerle trabas a la fundación de éstas se favorece a los obreros?”

     Y así sigue razonando el orador. Los motivos que invocan suenan iguales a los recogidos en los manuales de la lucha del Derecho Social como recuerdo de los mantenedores de una tradición jurídica individualista. “¿Debemos otorgar al obrero –afirma– el privilegio de atacar leve y sumariamente al dueño de una empresa que si tuvo alguna culpa no fue otra acaso como la imprudencia que cometió al brindarle trabajo en sus talleres? . . . ¿Se quiere efectivamente favorecer a los obreros Díctense en buena hora todas las medidas que la Higiene aconseja para preservarlos de las enfermedades, sobre todo de los lugares malsanos; establézcanse Cajas de Ahorro donde acumule las economías del salario de la semana; hágaseles ver la ,conveniencia de tomar PÓLIZAS DE VIDA para que al morir le dejen asegurado el pan a sus hijos; ciérrese las tabernas desde la tarde del sábado hasta la mañana del lunes para evitarle a los aficionados la tentación del aguardiente y la tentación del juego con todas sus desastrosas consecuencias y ábrase en su lugar, siquiera una hora, la escuela nocturna y la escuela dominical, donde entre otras cosas benéficas, pueda inculcárseles el hábito de la economía”. 

     El Diario de Debates deja constancia de que el orador fue interrumpido numerosas veces por grandes ovaciones. Se aplaudió entusiásticamente, de manera especial el argumento de que debía cerrarse la taberna y de que había de enseñarse en la escuela nocturna y en la escuela dominical a los trabajadores el hábito de la economía.

     El diputado doctor Francisco Ochoa abunda en otra serie de razones, características de la mentalidad del momento: “La creo promotora, como así lo comunique particularmente, porque n nuestro país necesita hoy favorecer las empresas, atraer el capital, traer brazos y si empezamos a poner dificultades de este género, ninguna empresa extranjera ni nacional pensará seriamente en establecerse, ni el capital extranjero vendrá en nuestra ayuda, ni tampoco podrán venir esos brazos que tanta falta nos hacen”. (Grandes aplausos). El orador insiste en que lo que hay que hacer con el obrero es prepararlo, predicarle el ahorro, crearle sociedades de mutuo auxilio, pero que lo contrario es apagar el desarrollo económico.

     Los defensores de la Ley no cejaban en su defensa. El doctor Antonio María Planchart insistía en que los argumentos opuestos eran contradictorios, en que no debía haber motivos para temérsele a la Ley, y agregaba: “Por otra parte, ciudadanos diputados, por el Artículo 249 del Código de Comercio, se impone a las Sociedades Anónima y de Comandita por Acciones repartir anualmente de los beneficios liquidados una cuota de 5% cuando menos para formar un fondo de reserva, el cual no puede ser menos del 10% del capital social, con destino a las necesidades que puedan presentarse, como reparación de máquinas y otras pérdidas, Pues bien, un fondo de reserva pueden aplicárselo también los estatutos de la empresa para indemnizar los accidentes de trabajo”.

“Yo no quiero ni puedo creer que legisladores medrosos quieran hacer de mejor condición a la máquina que al hombre. El hombre inventó la máquina como poderosa aliada, no para hacerla de una clase superior a él, sino como ayuda en las evoluciones infinitas de la producción y del trabajo”. (Grandes aplausos).

     El diputado doctor Ramiro Parra insistió en su actitud. “Nosotros no venimos a legislar con el corazón sino con la cabeza y de acuerdo con los principios del derecho”. (aplausos) “Ayer demostré que esa Ley ataca el derecho de propiedad, ataca a los ricos y ataca también el derecho de libertad de los obreros. Yo no tengo por qué ser enemigo de los peones: Porque soy igual a ellos. Así es que mi oposición no es por tirarle a los peones sino porque no exista una ley mala. A todos los argumentos que hemos hecho los adversarios nos contestan, salen con la caridad y con esto no pueden darle vida. Si esta Cámara aprueba la Ley, yo me prometo solemnemente llevarla ante la Corte Federal para demostrar que es inconstitucional”.

     La amenaza no podía ser más seria. Ello, no obstante, surge nuevos defensores de la Ley. El diputado doctor Luis Olavarría Matos, uno de los abogados que intervinieron en el debate, afirma: “Yo, en verdad, no creo en la inconstitucionalidad de la Ley señalada por el colega. Se ha hablado también en repetidas ocasiones, en el curso del debate surgido sobre este punto, acerca de la derogatoria que hace la Ley, respecto del derecho común. Es bien sabido, y es de principio en materia de legislación de accidentes de trabajo, que es esto precisamente de su esencia”. Afirma que la Ley tiene muchos errores que considera garrafales, y que no tiene una sino muchas modificaciones que proponer. Pero la contraparte está a la ofensiva. El doctor Ochoa, al argumento de la relación entre la máquina y el hombre, se manifiesta mecanista apasionado: “La máquina sustituye al obrero, miles de brazos quedan sin trabajo y sin amparo, y sin embargo, la máquina se impone porque es el resultado del progreso. Los rieles se tensan y la máquina marcha, el tiempo se reduce y el trabajo se centuplica. Este problema ha sido arduo, discutido y es uno de los factores del socialismo”. Y el doctor Parra insiste: “¿Si yo no tengo culpa de un hecho que ha sucedido, cómo se me puede hacer responsable de sus consecuencias?” (Aplausos) Censuraba especialmente la disposición sobre irrenunciabilidad. “De modo que le dan al obrero un derecho del cual no puede disponer. ¿Se ataca o no con esto la libertad del obrero? Si a él le da la gana de trabajar de balde a un amigo, si él no quiere cobrar los daños que ha sufrido, ¿por qué se le obliga a ello? Esta es una disposición atentaroria” (aplausos). Y lo más extraño es que el doctor Olavarría Matos asintió en el argumento y manifestó que era justamente a ese artículo o a esa disposición a la que tenía una de las reformas que pensaba proponer.

     El diputado doctor Fabricio Gabaldón apoya la proposición de diferir para que la Ley sea estudiada mejor. El diputado doctor Juvenal Anzola insiste sobre este argumento: “No veo que sea inminente el problema de nuestros obreros para la urgencia en la aprobación de este Proyecto. Hasta la fecha, lo único que hay, y no con frecuencia, son accidentes de trabajo, los que pueden solucionarse con el Artículo del Código Civil que en este momento se discute en el Senado, y en el cual cabe la protección a los obreros por accidentes y peligros que tengan en las empresas”.

     El diputado Hermoso Tellería reasume el debate con ardor. Sin ser jurista, explica la noción básica de la Ley: “Eso es lo que se llama en la moderna legislación la doctrina del riesgo profesional, reconocida hoy en todos los países del orbe civilizado”. Y apostrofa a la Cámara en térmicos influidos por el apóstrofe de Bolívar en la Sociedad Patriótica: “Que no estábamos adelantados se dijo en estas Cámaras hace más de cincuenta y ocho años, cuando se trataba de abolir la esclavitud”. Lo apoyó el diputado Raúl Crespo Vivas, quien ocupaba ya la Presidencia de la Cámara, y para llover sobre mojado dijo: “Entre los argumentos que se oponen está el muy socorrido y conocido de que no estamos preparados para que esta Ley entre a regir en el país. Pues tampoco, señores, estábamos preparados para proclamar nuestra independencia (aplausos). . . En esta cuestión que se debate, es decir, el contrato de trabajo del obrero, hay algo de aspecto público y mucho de social que debe ser regulado de un modo especial”. E hizo un alegato de mucho efecto al recordar que alguien pretendió que el reglamento sanitario por el cual se obligaba a los dueños de casas a construir servicios higiénicos era contrario al derecho de propiedad, a lo que él invocó que por encima de todas las leyes estaba la salud del pueblo.

     Todavía intervienen esta tarde los diputados Aguilera, Godoy y Cayama Martínez. El general Aguilera, para reforzar la oposición a la Ley: “Aquí no tenemos problema obrero. ¿Para qué abrir campo a las dificultades con la Ley, que dado el medio, sólo servirá a los pica pleitos y a los Jefes Civiles?” (Aplausos)

     El doctor Godoy para presentar en favor de la Ley un argumento muy simpático: “Discutiéndose ésta, de una vez solventaremos esos problemas que sobre la cuestión obrera se han presentado en otros países más adelantados que nosotros, porque entiendo que los tales problemas se presentaron allá, precisamente, por carecer de leyes positivas. Hágase, pues, previsión para cuando tengamos obreros estudiando y discutiendo en gran cantidad esta Ley que sólo comprende los accidentes de trabajo; porque es mucho mejor prever que tener que remediar. He oído decir que no se debe discutir en esos momentos esa Ley, porque lo que necesitamos es que del extranjero nos vengan capitales y brazos. Pues, todo lo contrario, nada más favorable al implantamiento de la Ley, que esa necesidad, puesto que con mayor razón vendrán al país esos brazos que necesitamos cuando sepan que tenemos una Ley que protege el trabajo de los obreros. De esa manera vendrán los capitales al país con mayores garantías, porque garantizado estará el obrero contra las muchas dificultades que en otros países de le presentan”. El general Cayama, ´para insistir en la defensa: “Discutamos la Ley, y si resulta que es mala, que es impracticable, que es prematura, la negaremos, pero al menos habremos cumplido con nuestros deberes de representantes del pueblo, haciendo lo posible en favor del obrero”.

     Lo cierto del caso es que, como podía presumirse, el levantamiento de sanción del diferimiento fue negado.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Luego de uno de los debates ardorosos sobre la Ley de Protección de Obreros, Adán Hermoso Tellería, proponente de la primera Ley del Trabajo, fue llevado en hombros desde el Congreso hasta su residencia en el Hotel Klindt, situado frente a la Plaza Bolívar.

Todavía un nuevo proyecto

     Los derrotados volvieron a la carga. El día 27 de mayo, es decir, el siguiente del diferimiento anterior, se presenta un “Proyecto de Ley de responsabilidad sobre accidentes de trabajo”. Uno de los firmantes es el diputado Luis Olavarría Matos, quien se menciona en el debate como el “padre adoptivo” de la nueva Ley.

     El debate gira ahora acerca de si se trata de un proyecto nuevo o de si es el mismo, con distinto nombre, caso en el cual no podría presentarse en el mismo año, por disposición reglamentaria. El doctor Parra propone que se nombre una comisión para que informe acerca de si tiene modificaciones esenciales. La comisión se designa y queda integrada por los diputados Trujillo Durán, Ramiro Parra, Antonio María Planchart, Hermoso Tellería, Aguilera, Cayama Martínez y Olavarría Matos.

     El 6 de junio, Hermoso Tellería ataca de nuevo. Hace leer la disposición reglamentaria, según la cual está en mora la Comisión. El doctor Ramiro Parra, quien la presidía, manifestó que por exceso de trabajo no había podido aún llenar su cometido y tomó la iniciativa de que se nombrara una nueva. Esta fue designada y la integraron los diputados Olavarría Matos, Aguilera, Queremel, Crespo Vivas y Gabaldón.

     El 12 de junio, finalmente, pasa a discutirse el informe. El doctor Parra insiste: “Esa ley, como la otra, tiene por base obligar al propietario a pagar al jornalero los daños que sufra sin culpa del propietario. Mientras no se modifique eso no tiene reformas sustanciales y no puede admitirse a discusión”. El informe de la Comisión fue negado. Correspondió a Hermoso Tellería, quien había sido según su propio dicho, “el mesías de la Ley de Protección de Obreros”, la función de pronunciar, también según su propia frase. “la Oración Fúnebre de ese Proyecto”.

     A una distancia de cincuenta años, no se puede negar que sus palabras aparecen dotadas de una profunda veracidad: “derrotados, pero no vencidos por la resistencia tenaz de los oposicionistas” (ruidosos aplausos)–afirmó en tono grandilocuente–, “recojo la bandera de la protección obrera en nombre de mis compañeros y en el mío para ofrendarle a la historia de nuestra vida parlamentaria, a fin de que decida si fueron ellos los errados o si lo fuimos nosotros. . .” (grandes y estrepitosos aplausos que impiden oír la voz del orador)

“Pero por sobre todos los inconvenientes y por sobre todas las oposiciones, esa Ley volverá y vendrá envuelta en el prestigio que le otorga su injusto rechazo. (prolongados aplausos). Así también el sol se reclina majestuoso en el lecho de la tarde para irradiar más bello el romper del alba; la ola coronada de espuma se estrella contra la playa para revivir luego más sonora; el límpido cielo se viste de negro en las tempestades bravías, para engalanarse después con su mejor traje azul”. (Aplausos ruidosos y prolongados)

     Nos podrá sonar romanticón lo del “reclinarse majestuoso del sol sobre el lecho de la tarde”, o lo de la “ola coronada de espumas” y lo de la “tempestad bravía”, pero lo cierto es que el diputado coronel Hermoso Tellería tenía razón en su afirmación fundamental. La Ley volvió. El año siguiente se aprobó un nuevo texto, muy chiquitico y pobre, la “ley de Talleres y Establecimientos Públicos”, pero que envolvía un reconocimiento moral a la razón que asistía a los proyectistas del 1916. Esta Ley fue superada por un ordenamiento más extenso en 1928. Pero, sobre todo, podemos decir que el espíritu contendido en los argumentos y en la lucha inicial del diputado Hermoso Tellería y de sus compañeros, fue recogido 20 años más tarde en la Ley del Trabajo de 1936. Se puede afirmar sin exageración, que es dramática la historia de ese primer proyecto de ley sobre el trabajo en el siglo XX. Que este cincuentenario merece recordarse y que al leer los Diarios de Debates se experimenta una impresión extraña, porque parecería imposible que en aquel ambiente patriarcal, gamonal, de la Venezuela de 1916, se hubiera podido realizar un debate en el cual, frente a los clásicos argumentos manchesterianos que un siglo atrás habían aparecido en los parlamentos de Inglaterra y de Francia, se afirmaron, un tanto envueltos en nebulosidades, pero inspirados por una orientación firme y segura, los argumentos básicos de la teoría del riesgo profesional, y sobre todo, la idea de que era necesario una legislación especial para proteger a los trabajadores en nombre de la justicia y de la necesidad social”.

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