El diario de Ker Porter

El diario de Ker Porter

Cónsul y encargado de negocios de Gran Bretaña en La Guaira y Caracas (1825-1841), pintor y autor de un Diario personal, en el que da un interesante panorama de la Venezuela de comienzos republicanos.

Cónsul y encargado de negocios de Gran Bretaña en La Guaira y Caracas (1825-1841), pintor y autor de un Diario personal, en el que da un interesante panorama de la Venezuela de comienzos republicanos.

     Sir Robert Ker Porter (1777-1842) dedicó gran parte de su vida a los viajes. Entre las actividades que desempeñó se encuentran su reconocimiento como pintor, escritor y diplomático. De origen escocés desarrolló su carrera como paisajista panorámico en Gran Bretaña. Como artista estuvo al servicio del zar Alejandro I de Rusia. Para el año de 1825 fue nombrado Cónsul General de Gran Bretaña en Venezuela. Luego del reconocimiento británico de Venezuela como República independiente (1835), fue comisionado como Encargado de Negocios de su Majestad Británica, cargo que ocupó hasta enero de 1841.

     Durante su estadía en el país redactó Diario de un Diplomático Británico en Venezuela. Obra en la que estampó sus impresiones sobre los lugares que conoció, así como resulta ser un testimonio de los primeros años de la vida republicana. También se dedicó a la pintura con lo que dejó un testimonio visual de distintas localidades y gentes de Venezuela.

     El Diario… de Porter constituye un valioso informe de la Venezuela que conoció como un componente de la República de Colombia, la separación de ésta y la mirada que ofrece de los fundadores de la nacionalidad a quienes conoció de manera directa. De igual manera, dejó estampada una descripción gráfica de Caracas, la de su valle con sus sembradíos, las haciendas que en ella se encontraban instaladas, así como los distintos riachuelos que la surcaban.

     Entabló amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. En cambio, su visión de Páez, con quien trató por más tiempo, fue la de ser un hombre sensato y honesto. No se expresaría del mismo modo de Santiago Mariño a quien observó con desconfianza.

     Con fecha noviembre 27 de 1825, Porter escribió en su bitácora de viaje que lograron entrar al puerto de La Guaira a bordo del Primrose. Consiguieron hacerlo sin mayores contratiempos, “pues son grandes los peligros corridos por los buques que se acercan demasiado a la costa en este país”. Aunque señaló que el desembarque había sido incómodo “porque el oleaje rompía por encima del destartalado muelle de madera ya podrida que conduce a la orilla de la población”.

     Describió que este lugar mostraba buena protección gracias a grandes murallas y fortalezas en dirección al mar, así como por empinadas colinas alzadas detrás del lugar donde estaban además coronadas por baterías de distintas clases, al igual que por unas defensas casi impenetrables formadas de tunas y otras plantas espinosas y tupidas que crecían por doquier y a las que había que acercarse de manera cautelosa como “en todos los países tropicales”.

     De La Guaira expresó que la encontró semejante a un lugar situado en el mar Caspio. De sus calles las ponderó de estrechas y que sólo habían sido parcialmente reconstruidas luego del destructor movimiento sísmico de 1812. Observó en lo alto de la ciudad una iglesia, “de aspecto imponente, pero los ardientes reflejos de las montañas y de las paredes, hedores, etc., en modo alguno invitaban a un conocimiento más íntimo”. De allí, Porter y sus acompañantes tomaron el rumbo, por la orilla del mar, hacia el pueblo de Maiquetía del que anotó que era “ventilado y hermosamente situado en la falda de las montañas, en medio de un bosque de árboles de cacao poco denso”.

Las impresiones iniciales de Robert Ker Porter sobre Caracas fueron que era un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador.

Las impresiones iniciales de Robert Ker Porter sobre Caracas fueron que era un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador.

     Puso a la vista de sus potenciales lectores el haber observado buitres y pelícanos que volaban sobre la playa. Por otra parte, relató que el martes 29 había partido para Caracas. El camino que transitó fue la denominada “carretera nueva”. Pasó de nuevo por Maiquetía y desde aquí comenzaron el ascenso por un camino que le pareció largo. Según sus anotaciones era una “vía angosta, difícil, invadida por espesos matorrales y, por momentos, de carácter no muy seguro, pareciéndose, en muchos sitios, a la del Coral de Madeira, pero, en general, muy inferior, tanto en grandiosidad como en lo pintoresco de su aspecto”.

     Luego de unas dos horas de viaje, Porter y sus acompañantes, llegaron a la vertiente de la fila de montañas que forma parte del valle de Caracas. Contó que habiendo entrado en terreno llano observó un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador. 

     Sin embargo, añadió que “el acceso por este lado de la ciudad dista mucho de ser interesante o imponente, y gradualmente alcanzamos el centro de la población pasando entre iglesias, conventos y casas derruidos”.

     La primera visita que Porter hizo a Caracas fue por unas horas y para presentarse ante algunas autoridades importantes. De nuevo en La Guaira comparó el clima que en ésta predominaba, al que relacionó con un horno, y la agradable temperatura de Santiago León de Caracas. Ciudad a la que regresó, ya para instalarse como representante del gobierno inglés, el sábado 3 de diciembre de 1825. El camino que transitó en esta ocasión le llamó la atención por ser ancha y estar “bien pavimentada”. Expuso la variedad de la vegetación existente y como, desde la cima de la montaña, se veía el mar. “La escena era más nueva que sublime o llamativa y he de decir que no correspondía con las floridas descripciones hechas por Humboldt y varios otros que la han contemplado desde esta curiosa carretera”.

    Indicó que la primera visión de la ciudad “es impresionante, pero no puedo dejar de decir que me decepcionó”. Exclamó que, si fue así desde lejos, “como sería al ver la ruina, la desolación y la falta de cualquier cosa que pudiera llamarse comodidad o esperanzas de vida social al entrar más en contacto con sus destrozados restos”. Relató que pasaron por calles completas cubiertas por la maleza, con casas sin techos y dentro de ellas hermosos árboles ya crecidos y “saliendo por las ventanas mohosas, sombreando los restos enterrados de familias enteras, cuyas paredes domésticas se habían convertido en su mausoleo”.

Ker Porter tuvo amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. Pintó un retrato del Libertador.

Ker Porter tuvo amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. Pintó un retrato del Libertador.

     Denominó estos vestigios “sepulcros” y a partir de los cuales siguieron su camino hacia la iglesia que había resistido ante los embates del movimiento telúrico. Añadió: “y tomamos residencia temporal en el City Hotel, en habitaciones que nos habían preparado; un triste y miserable hueco, asqueroso y lleno de pulgas”. Luego de cumplir compromisos sociales y haber degustado la comida de la noche, llegó a su habitación a las diez de la noche, pero el sueño fue interrumpido por los ruidos nocturnos, debido a las borracheras y que se prolongaron hasta las cuatro de la madrugada.

     Por estar residenciado en una habitación que carecía de un amoblado adecuado, solo había en ella sillas, con piso recubierto de ladrillos o baldosas, se vio en la imperiosa necesidad de buscar un nuevo lugar para residenciarse, pero las casas que visitó con el fin de mudarse eran “sucias y caras en extremo”. Los alquileres oscilaban entre 50 y 100 dólares muy alto precio para Porter.

     Describió un ágape al que fue invitado el cual se caracterizó por las opíparas raciones y la gran cantidad de licor. Al día siguiente, amaneció con molestias estomacales. Describió su convalecencia así: “El doctor Coxe tomó el toro por los cuernos y espero que mis males no se agraven. Este no es un buen lugar para un inválido. ¡Ni una silla retrete en el establecimiento! El excusado está a tres patios, y qué sitio! Además de todas sus amenidades, el visitante es mantenido en alerta por una o dos ratas que saltan del asiento desocupado hacia la derecha o hacia la izquierda. Estuve en cama todo el día”.

     Las molestias en la posada que ocupó no dejaron de causar a Porter incomodidades. Dos días después del malestar estomacal debió soportar los eventos que en la posada se escenificaron la noche del viernes nueve. Contó haber escuchado gritos, insultos y juras en diversas lenguas. 

     Se enteró al día siguiente que el dueño del lugar, un oriundo de Alemania, y un coronel también de origen alemán habían tenido una discusión. Además, hubo un disparo durante el evento y pensó que habría sido la consumación de un duelo pendiente. Pero fue el coronel que protagonizó la pelea quien “se había levantado la tapa de los sesos”. Escribió que había sido un suicidio porque dejó tres cartas para conocidos y familiares.

     Luego de este lamentable suceso las cosas en la posada se experimentaron con un poco de más calma. No obstante, continuó la búsqueda por conseguir un nuevo espacio de residencia. Acompañado por un conocedor visitó otro lugar que le fue de agrado porque “parece prometer más comodidad y limpieza que lo acostumbrado en Caracas”. Al culminar esta diligencia decidió dar un paseo al lado este de la ciudad. Escribió haber alcanzado una pequeña plaza denominada San Lázaro. En un costado de ella había una iglesia que, “todavía está en pie”. Cerca observó los restos de un hospital para la atención de los afectados por la lepra. Aunque este último resultó con deterioros por el terremoto de 1812, albergaba a unos treinta pacientes leprosos. Vio algunos de los pacientes cerca de la entrada y escribió “un triste y bastante repugnante espectáculo”.

El célebre diplomático inglés tuvo una estrecha amistad, durante muchos años, con el general José Antonio Páez, a quien catalogó como un hombre sensato y honesto.

El célebre diplomático inglés tuvo una estrecha amistad, durante muchos años, con el general José Antonio Páez, a quien catalogó como un hombre sensato y honesto.

     Durante el paseo decidieron atravesar el lado opuesto a este lugar. Describió que la ciudad mostraba las calles cubiertas de maleza, con paredes de barro plagadas de moho. Más hacia el lado oeste escalaron una “linda y considerable” colina en cuya cúspide se encontraba una edificación con el nombre Ermita del Calvario. Desde arriba dio un vistazo a la ciudad puesto que podían observarse el trazado de las calles que iban de este a oeste y de norte a sur. También divisó los cortes “hechos por los torrentes y el lecho ya casi seco del río Guaire”.

     Mientras tanto continuaba su periplo en búsqueda de un lugar para residenciarse y que fuera limpio, cómodo y accesible económicamente. Porter escribió en su diario, con palabras algo encomiosas que, en la ciudad reinaba una gran apatía, “tanto mental como física, que, por supuesto se extiende hasta los departamentos del Estado, no importa cuán enérgicas en forma puedan ser las leyes e instituciones de la nación”.

     A estas consideraciones sumó que entre las personas reinaba la indolencia, la venalidad y la indiferencia, “debidas a la envidia personal de algunos y la supuesta decepción de otros, como ocurre si hay una multitud de sirvientes en una casa mal gobernada”. De acuerdo con su descripción a pocos les interesaba hacer algo útil y provechoso por su entorno ni por su persona. “Pero ninguno pierde la oportunidad de robarle al gobierno si su situación le proporciona los medios”.

     Después de varios meses de buscar una casa para instalarse a vivir, decidió tomar una de propiedad del coronel Mac Laughlin. El costo del alquiler mensual era de 45 dólares, “tendré que adelantarle seis meses de alquiler, con los que se compromete a poner la casa en un estado apropiado lo más pronto posible para que yo la pueda ocupar, aceptando mantenerla en condiciones de habitabilidad mientras esté en mi posesión”.

Entrevista a Laureano Vallenilla Planchart

Entrevista a Laureano Vallenilla Planchart

En su destierro de París, el ex ministro de Relaciones Interiores dijo a nuestro director que el adeco de 1945 “era un dechado de virtudes comparado con el adeco de ahora. Y afirma que Pérez Jiménez es superior a Guzmán Blanco “como realizador y como civilizador”.

Por J. A. Oropeza Cilibertoa

Laureano Vallenilla Planchart, abogado, escritor y político. Hijo de Laureano Vallenilla Lanz e importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958).

Laureano Vallenilla Planchart, abogado, escritor y político. Hijo de Laureano Vallenilla Lanz e importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958).

     “Son casi las ocho de la noche cuando aterrizamos en Orly. Al fin estoy en Francia después de una desesperada carrera desde La Haya hasta el aeropuerto de Ámsterdam para llegar justo a tiempo para tomar el avión para París. En la capital holandesa –jardines multicolores, calles enladrilladas, fina llovizna primaveral– he dejado, en el club de los periodistas de aquel hermoso país nórdico, a mis compañeros de viaje. Yo me he venido sin compañía a Francia con un solo objetivo: entrevistas al doctor Laureano Vallenilla Lanz (Planchard). Formalmente, él no ha concedido ninguna entrevista periodística desde que está en el destierro.

     ¿Me dará declaraciones el exministro de Relaciones Interiores convertido ahora en famoso escritor? ¡Quién sabe! Nueve días atrás lo he llamado por teléfono desde Londres. Conversamos animadamente, como si fuéramos viejos amigos. De repente le digo:

–Doctor, iré a París la próxima semana a hablar con usted.

–¡Magnífico, Oropeza! –me contesta la voz de Vallenilla al otro lado del hilo telefónico.

     Pienso en todo eso mientras el taxi que me conduce al Hotel Bristol rueda veloz por la autopista húmeda. Estas vías modernas son iguales en todas partes: en Londres, en Ámsterdam, aquí. . .

     París aparece veinte minutos después: amplias avenidas, protegidas por una arboleda primaveral, verde tierno, viejos edificios de fascinante arquitectura. Es un paisaje que he visto muchas veces en los cines y desfila ahora, a través del vidrio del automóvil, como una película.

     Reconozco la Plaza de la Concordia y los imponentes edificios de Gabriel, hoy blancos gracias a una iniciativa de André Malraux, quien dispuso limpiar el rostro de la Ciudad Luz.París aparece veinte minutos después: amplias avenidas, protegidas por una arboleda primaveral, verde tierno, viejos edificios de fascinante arquitectura. Es un paisaje que he visto muchas veces en los cines y desfila ahora, a través del vidrio del automóvil, como una película. Reconozco la Plaza de la Concordia y los imponentes edificios de Gabriel, hoy blancos gracias a una iniciativa de André Malraux, quien dispuso limpiar el rostro de la Ciudad Luz.

     El hotel. Me identifico ante un empleado ceremonioso, de paltó levita como cualquier ministro nuestro en los festejos del 5 de julio o del 19 de abril. Apenas subo a mi habitación telefoneo al doctor Laureano Vallenilla Lanz.

–¿Es usted Oropeza? ¡Lo estaba esperando! –me dice. Y añade: –Dentro de media hora estaré allá. ¡Espéreme en el hall, para ganar tiempo!

     Bajo unos minutos más tarde. Apenas me he tomado el tiempo estrictamente necesario para reafeitarme, lavarme, ajustarme el nudo de la corbata y recoger el abrigo. Encuentro pocas personas en el amplio y silencioso vestíbulo cubierto por una sobria alfombra. Una dama vestida de la Courréges, falda corta y botines blancos, pasea a un perrito lanudo. No es atractiva la mujer. Su edad es indefinible y lleva en el rostro pintado el tedio. Más allá, arrellanados en cómodos sillones, dos caballeros obesos hablan en italiano. Compro cigarrillos y cuando estoy encendiendo uno aparece el doctor Vallenilla y me tiende la mano con efusión. No ha cambiado mucho desde que nos vimos una vez, hace bastante tiempo, en la isla de Margarita, presentados por el entonces gobernador Heraclio Narváez Alfonzo. El exministro viste traje azul y usa anteojos de montura clara de carey. En la solapa advierto que lleva el distintivo rojo de Gran Oficial de la Legión de Honor.

–¡Nos vamos, Oropeza! Estoy mal parado.

     Se refiere al coche deportivo que maneja., Es un “Mercedes Benz 190 S.L.!”, con tres o cuatro años de edad. Rápidamente subimos al auto. Atravesamos, velozmente, calles desconocidas para mí. Vallenilla es un buen conductor. Y un cicerone extraordinario.

–Ese es el Palacio del Elíseo –informa el exministro, señalando con el dedo un edificio de líneas elegantes, a cuyas puertas montan guardia, impasibles, dos soldados de gala.
–Perteneció a la Pompadour y a la Reina Hortensia. Luego se transformó en residencia presidencial. Allí vive el General De Gaulle. . .

     Seguimos. De nuevo aparece la Plaza de la Concordia y sus mil faroles que semejan dorados ramos de flores. La avenida de los Campos Elíseos, con sus tiendas y sus cafés llenos de luces, es subyugante. Más allá descubro el Arco de Triunfo, envuelto en una bruma tenue. Pienso en el Generalísimo Miranda. Cruzamos a la izquierda y surge el Bosque de Bolonia. Vallenilla acelera y explica:

–Estamos cerca de casa. Nuestro barrio es tranquilo, sin ruidos. Es ideal para caminar y meditar.

     Vallenilla me pide noticias de Heraclio Narváez Alfonzo, de Ciro Sánchez Pacheco, de José Domingo Colmenares Vivas, sus amigos de siempre. También de Nelson Luis Martínez, a quien conoció muy joven en Los Teques. Me informa que entonces Nelson Luis publicaba un periodiquito quincenal, en sociedad con un muchacho de apellido Morejón, con el objeto preciso de atacar al gobierno regional de turno. Su actitud enfurecía a Antonio Mujica, Fiscal del Ministerio Público, que los acusaba de comunistas. Refiero al exministro que José Domingo sufrió un duro golpe con el fallecimiento de su madre. Ahora ha reaccionado un poco.

     Sus Amigos íntimos lo llaman “El Samurai” desde la publicación de “Razones de Proscrito”. Reímos.

–Dígame sinceramente cómo fue recibido en Venezuela mi último libro –me exige Vallenilla.

–¡Fue un exitazo ¡–le respondo. Su publicación por entregas en “El Mundo” constituyó un verdadero acontecimiento periodístico. En esos días nadie hablaba de otra cosa. Usted debe sentirse satisfecho y orgulloso de la excepcional acogida que el público ha dado a ésa y a sus obras anteriores.

     Él se queda en silencio. Enciende un cigarrillo y me brinda otro.

Sí –expresa–. Ya me lo habían dicho, pero no quería creerlo, Le confieso que me emociona, me conmueve, que la opinión pública de mi país haya recibido tan generosamente a mi último libro.

Vallenilla Planchart aseguró que la obra de Pérez Jiménez fue superior a la de Antonio Guzmán Blanco.

Vallenilla Planchart aseguró que la obra de Pérez Jiménez fue superior a la de Antonio Guzmán Blanco.

     Nos detenemos en una calle estrecha. Detrás de una reja negra se halla la residencia de la familia Vallenilla, reducida a tres personas desde que casaron las sobrinas de doña Elena. Exteriormente, es una casa fea, gris, en medio de un jardincillo. Pertenece a una dama de sus relaciones que convino en arrendarla por un precio módico. Entramos y subimos a un cuarto de la buhardilla. Allí estudia y escribe mi entrevistado. Los estantes están repletos de libros sin empastar. Otros ocupan el suelo, por falta de espacio. Un pequeño escritorio y una máquina de escribir eléctrica. Sobre la alfombra, abierto, un diccionario de la Real Academia Española. Por las ventanas estrechas se asoman las hojas de dos imponentes castaños.

–En la primavera, esos árboles oscurecen la habitación –observa el autor de “Escrito de Memoria”–, pero me ofrecen un hermoso espectáculo. Además, se perecen a los higuerones que adornaban la plaza de Antímano, en mi adolescencia. Recuerdo sus enormes raíces que rompían el pavimento en busca de sol. . .

     Vallenilla está nostálgico. Sin duda, añora con fuerza a Caracas. Tengo temor a que el tiempo lo consuma hablándome solo de Caracas. Y resuelvo interrumpirlo. Para ello, conviene retornar al tema de “Razones de Proscrito”.

–Le decía yo, doctor, que su último libro ha tenido mucho éxito. . .

–Sí, y le reitero que me ha sorprendido la buena acogida de mis compatriotas.

     No esperaba tanto después de ocho años de ausencia. Además, me consideraba repudiado por unos y olvidado por los demás. Luego de un largo período de persecuciones y de sinsabores, reconozco que es grato recibir centenares de cartas de toda la República, de amigos y desconocidos, con palabras de aliento o solicitando la obra. Me había habituado a la desgracia y a leer calumnias e improperios.

     Interiormente, me alegro de haber conseguido llevar a Vallenilla al terreno que to quería. Al terreno de la política. Y lo animo diciéndole:

–Es que usted es un hombre polémico.

     Creo que he sido –responde– el más atacado de los venezolanos de todos los tiempos. Sospecho, sin embargo, que se inicia la reivindicación de los servidores de la difamada dictadura, quizás porque la gestión de nuestros detractores ha sido desastrosa, sin precedente histórico. El adeco de 1945 era un dechado de virtudes al lado del adeco de ahora. Nuestros sucesores –cuento desde enero de 1958– apenas han sido capaces de acentuar los aspectos negativos del régimen derrocado en aquellos días. No hubo, en cambio, en ningún momento, preocupación por superar los positivos.

     El exministro se ha lanzado a fondo al ataque. Habla pausadamente, pero con firmeza, con énfasis, con calor. Me mira largamente, mientras yo guardo silencio, y añade:

–El prestigio del quinquenio perezjimenista crece cada hora, sin necesidad de defensores.

     La obra cumplida escribe la apología del régimen. El Gobierno presidido por el General Marcos Pérez Jiménez fue el más importante, por sus resultados, que ha conocido la República desde 1830. Pérez Jiménez supera a Guzmán Blanco como realizador, como civilizador. No quiero llamarlo progresista –subraya Vallenilla y se sonríe– porque algunos comerciantes e industriales, que colaboran entusiasmados con la actual democracia han desacreditado el término. Progresista significa hoy traficante, aprovechador, monopolizador, farsante. Puede decirse que en los tiempos que corren la ignorancia y el cretinismo oficiales se han puesto al servicio de la codicia y de la falta de escrúpulos. Si determinados representantes de las fuerzas vivas no vuelven por los fueros de la discreción, nadie querrá, en un futuro próximo, que lo denominen industrial. Pasará como con el título de general, después de la Federación.

     Vallenilla sirve whisky y prosigue:

–Este trecho de historia venezolana se caracteriza por la preponderancia del sigüí, a quien Rómulo Gallegos bautizó Mujiquita en novela inmortal. Ese tipo humano forma parte del Ejecutivo, del Congreso, desempeña Embajadas, dirige empresas del Estado, nos representa en conferencias internacionales, escribe en la prensa y obtiene y concede premios literarios. Lógicamente, el resultado es triste, lamentable. El país no tardara en reaccionar contra los responsables de una situación que sienten profundo desdén por las jerarquías intelectuales. Personalmente, creo en la superioridad de la inteligencia y de la educación. Nadie puede fundar su orgullo en nacer andino u oriental, capitalino o descendiente de próceres. Me enorgullezco de mi padre porque solía decirme que cada generación debía formar al ancestro. Únicamente los hombres de talento son de sangre azul. Los demás pertenecen a la chusma, por la mediocridad y la incultura, así lleven apellido conocido.

     Una pausa. Alguien llama por teléfono a Vallenilla. Es Raymond Cartier, el famoso periodista, muy amigo de mi entrevistado. La conversación es breve. Cuando cuelga el teléfono, Vallenilla continúa:

El ministro de Relaciones Interiores de la dictadura perezjimenista, Laureano Vallenilla Planchart, y el director de la temible Seguridad Nacional, Pedro Estrada.

El ministro de Relaciones Interiores de la dictadura perezjimenista, Laureano Vallenilla Planchart, y el director de la temible Seguridad Nacional, Pedro Estrada.

–Hay que desplazar al sigüí para que la patria sobreviva. En verdad, ya el hombre ha hecho bastante daño. Nos transformó en una nación de empleados públicos, nos dividió, sembró rencores y sangre en lugar de caraotas y arroz, devaluó el bolívar y actualmente lucha con denuedo para que nuestro petróleo pierda mercados. ¡Es inaudito! Por cierto, un periodista francés, especializado en la materia, me dijo ayer que Arabia Saudita y otros productores del mundo árabe preparaban una manifestación de gratitud, un homenaje masivo, a los doctores Pérez Alfonzo y Pérez Guerrero, por sus patrióticos empeños en desmantelar la industria aceitera de Venezuela. Cuenta también que el Foreign Office está muy agradecido de la manega hábil y sútil como nuestra Cancillería defendió los intereses brit´panicos en el caso de la Guayana Esequiba. . .

Río y le pregunto:

–Desde aquí, doctor, sin pasión, ¿cómo ve usted el panorama político venezolano? ¿Cree que los adecos perderán las próximas elecciones?

–¡Claro que lo creo! El pueblo de Venezuela no votará para mantener los privilegios de cuatro o cinco familias de oligarcas que la opinión señala con el dedo, y el peculado y el caos administrativo y social. ¿Qué ventajas ha derivado el trabajador venezolano de la democracia adeca? ¿Es el señor Betancourt un héroe para la juventud? Créame, serán derrotados, porque la capacidad y la fuerza están del lado de la oposición. Cuenta con los hombres mejor preparados del país. Yo no tengo alma de profeta, amigo Oropeza, pero estoy de que el sistema imperante está condenado a muerte. Es imposible gobernar contra el voto unánime de la nación. Los venezolanos quieren paz, seguridad social y justicia, prosperidad y eficiencia administrativa. Urge extinguir los odios y recuperar con trabajo diez años perdidos en el estancamiento y la vociferación. La historia burocrática es un crimen de lesa patria. Trescientos mil burócratas se oponen al desarrollo cabal de la República, a nuestra redención, a liquidar, de una vez por todas, el atraso y la miseria. Se impone gobernar ara los más con el menor número. Un setenta por ciento del Presupuesto debe destinarse a cumplir obra redentora. Ojalá no sea demasiado tarde para enderezar entuertos. Nuestra riqueza petrolera, que permitiría hacer milagros, está siendo destruida por los incapaces y los demagogos. La mentalidad adeca está reñida con el progreso, con el éxito, con la felicidad, con la cultura. Entiende solamente de bahareque, de alpargatas rotas y de bollo de pan en el bolsillo de la chaqueta raída. Pretende condenarnos a ser siempre, mayoritariamente, como el hombrecillo que figura en sus tarjetas electorales; es decir, un pueblo de pobres diablos, sin esperanzas, apenas útil para garantizar el voto rural a la mediocridad ensoberbecida.

–¿Querrá el exministro que yo publique todo esto? Se lo pregunto. Y él contesta:

–Aunque nunca me han gustado las entrevistas para la prensa, porque lo que yo tengo que decir lo digo en mis libros, accedo a que usted anote mis declaraciones y las publique, pero con una condición-

–¿Cuál?

–La de que sean reproducidas sin enmiendas ni raspaduras, como advertía la boleta de los jesuitas, en los lejanos días de mi infancia.

–Se lo prometo, doctor. Haré con usted lo mismo que hice cuando entrevisté al General Pérez Jiménez en la Cárcel Modelo. A propósito, ¿leyó usted esa entrevista?
-Sí, Oropeza, y me gustó mucho. Fue un gran trabajo periodístico. El expresidente dijo la verdad. En mi concepto, no debe inquietarse. Ha sido juzgado favorablemente por sus contemporáneos, caso raro en la historia. En esas condiciones, poco importa la decisión de la Corte Suprema de Justicia. Tengo la seguridad de que mañana mi ilustre amigo paseará tranquilamente por las calles de Caracas, que él transformó en ciudad moderna, Betancourt no podría hacer lo mismo, ni siquiera hoy. Ese señor gobernó mal, pero se defendió bien. Quizás demasiado bien, porque el saldo de muertos y de lágrimas es impresionante. Me han referido que, a su salida para el extranjero, hubo en el país una sensación de alivio, inclusive entre los propios adecos.

     Pasamos a otro tema. Hablamos de los periódicos de Caracas.

–Están menos bien escritos que antes –opina Vallenilla–. A fines del siglo pasado y hasta buena parte del actual, los diarios contaban con colaboradores de primera clase, brillantes, eruditos. Atribuye la deficiencia del presente a fallas en la educación primaria y secundaria. Ahora no se estudia ni latín ni griego. Para escribir bien se requiere una formación clásica. Tenemos dos lenguas madres, el latín y el Castellano y lo olvidamos, con gravísimas consecuencias para el estilo y el buen gusto literario. Nuestros padres conocían a Tácito y a Tito Livio. Por ejemplo, pocas personas saben en Venezuela que el Mariscal Falcón era un excelente traductor de Horacio. En cuanto al Libertador, llevaba siempre consigo las obras completas de Virgilio. Por eso fue un gran escritor. ¿No cree usted que el señor Betancourt mejoraría literariamente, si frecuentara a Cicerón? Hoy, entre nosotros, abundan los egresados de la Universidad que cometen errores de ortografía y esto es doloroso.
Sobre el escritorio del exministro está un cuaderno de apuntes. Pregunto si se trata de notas para otro libro.

–Efectivamente en días pasados releía las copias de las cartas que en los últimos dos años he dirigido a un consecuente colega de Caracas. De pronto, surgió la idea de publicarlas en un volumen.

–¿Cuál será el título, doctor?

–No sé todavía. Quizás “Cartas a J.F. C.” Ya veremos

–¿Se trata de una obra combativa, polémica, como “Escrito de Memoria” y “Razones de Proscrito”?

     Vallenilla sonríe y guarda silencio. Agrego que los venezolanos nos hemos acostumbrado a apreciarlo como panfletista.

–Mañana escribirá usted una magnífica novela, sin la pimienta política habitual, y es probable que pase desapercibida –le comento.

–No lo dudo, Oropeza, pero recuerde que nunca he pretendido ser escritor. Lleno cuartillas para defenderme y distraerme. Carezco de las condiciones que caracterizan al hombre de letras. ¿Seré acaso un polemista? Quizás las circunstancias me han llevado a explotar ese género literario, transitoriamente. Sin embargo, reconozco que me gusta. Tácito porque era un panfletista como Paul-Louis Courier o Henri Rochefort. Pero no olvido, querido amigo, que el final de un panfletista es siempre triste, dramático. Trataré de retirarme a tiempo. . .

–Hábleme de su vida de exiliado, doctor.

-Al comienzo, como todos los desterrados, busca diariamente en los periódicos el cable que anunciara la caída de mis adversarios. En la etapa inicial, los proscritos somos como aquella loca de Saint-Agathe a quien se refiere Alan Fournier: a cada rato miraba del lado de la estación del ferrocarril para presenciar la llegada de su hijo muerto. Luego vinieron la calma y la preocupación por el estudio. Los años de aislamiento en Versalles me fueron muy provechosos, desde todo punto de vista. ¡La compañía de los autores clásicos es invalorable, Oropeza! Tanto, que casi agradezco a mis adversarios el haberme proporcionado la ocasión de mejorar mis conocimientos. Ahora paso horas y horas tecleando en la máquina. Para la redacción de mis libros cuento con la colaboración espontánea del gobierno de Venezuela, de los líderes y de los jerarcas. Sin fuera hombre vanidoso diría que esos señores se empeñaron en cometer errores y disparates para que yo los comente. Llevo aquí una vida disciplinada. Diariamente lucho por el triunfo de la verdad. No es difícil. Ella existe. Un filósofo, cuyo nombre olvidé, observó que solamente la mentira requería ser inventada. En esta materia, los adecos son consumados maestros Gastan millones en propaganda extranjera y mienten con el mayor descaro. Betancourt, por ejemplo, presentaba las obras de Pérez Jiménez como realizadas de su Gobierno. Tengo las pruebas.

     Vallenilla me sirve otro whisky y, fumando sin cesar, continúa:

–La reacción contra los servidores de la dictadura no me sorprendió. Los venezolanos son como los griegos de la Antigüedad, que detestaban a todos los gobiernos, principalmente a los buenos. Pero ya se nota un cambio. Supe que nuestro amigo Heraclio fue recibido triunfalmente en Margarita, hace poco. Es justicia. Nuestros procónsules fueron, en su mayoría, como los funcionarios y oficiales británicos de Kipling: letrados, correctos, trabajadores. Créame, Oropeza, deseo para mi patria un régimen en el que el Derecho sea más fuerte que la pasión. En 1958, los venezolanos cambiaron unas garantías por otras menos efectivas, menos útiles. Siguiendo el razonamiento de William James, debemos preguntarnos si la democracia representativa, como se practica en Venezuela, constituye un beneficio para el país. En caso afirmativo, es indispensable protegerla por todos los medios a nuestro alcance y considerarla verídica. La verdad está del lado del éxito.

–Deme una impresión de sus últimas lecturas venezolanas.

–Recibo pocos libros. He leído con placer los tomos de “Candideces”, de Luis Beltrán Guerrero, unas impresiones de viaje de César Lizardo y un magnífico y bien documentado trabajo de Armando Tamayo Suárez sobre la educación como factor de productividad. Leí también con provecho el “Bolívar” de Augusto Mijares.

     Son más de las dos de la madrugada. Me incorporo. Muy temprano debo tomar un avión para Madrid. El Exministro me conduce al hotel en su auto deportivo. Hace frío. A la derecha, corren tranquilas, serenas, las aguas del Sena, bajo el puente Alejandro III, iluminado, majestuoso.

–El aire es fresco, como el de una madrugada de enero en Caracas –suspira Vallenilla.
Los proscritos tienen sus razones, sus secretos, sus anhelos. . .

     El coche frena frente al Bristol. Nos despedimos. Mi entrevistado me toma por el brazo:

–Ruégole declarar de mi parte, amigo Oropeza, que poco a poco he renunciado a muchas cosas, entre ellas, al odio y a los propósitos revanchistas. Soy, pues, totalmente anti adeco.

     Y el coche se pierde veloz, en las calles habitadas por la bruma”.

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 18 de junio de 1966

    La primera nodriza Bolívar

    La primera nodriza Bolívar

    Al nacer Simón Bolívar, su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, tenía problemas de salud y mandaron traer para que lo amamantara a una joven esclava que en esos días también había sido madre. Se trataba de Hipólita, joven de unos 20 años quien desde entonces y hasta bien crecido alimentaría al niño Simón. 

    Por Arístides Rojas

    Hipólita Bolívar (c.1763-1835), nodriza del Libertador Simón Bolívar. Escultura ubicada en el parque que lleva su nombre, en la ciudad de Valencia, estado Carabobo.

    Hipólita Bolívar (c.1763-1835), nodriza del Libertador Simón Bolívar. Escultura ubicada en el parque que lleva su nombre, en la ciudad de Valencia, estado Carabobo.

         “A fines del último siglo, por los años de 1770 a 1780, figuraba entre los altos empleados de Caracas un distinguido e ilustre oficial, Don Fernando De Miyares, de antigua nobleza española e hijo de Cuba. De ascenso en ascenso, Miyares llegó al grado de General, siendo para comienzos del siglo, Gobernador de Maracaibo, y aún más tarde, en 1812, Gobernador y Capitán General de Venezuela, aunque por causas independientes de su voluntad, no pudo tomar posesión de tan elevado empleo, pues murió poco después, antes de nuestra emancipación, en la ciudad de Maracaibo, donde tuvo amigos y admiradores. Don Fernando había llegado a Caracas acompañado de su joven esposa, Doña Inés Mancebo de Miyares, de noble familia de Cuba, muchacha espléndida, poseedora de un carácter tan recto y lleno de gracia que, al tratarla, cautivaba, no solo por los encantos de su persona, sino también por las relevantes prendas morales y sociales que constituían en ella tesoro inagotable. No menos meritorio era su marido, caballero pundonoroso, apuesto oficial, de modales insinuantes y de un talento cultivado; bellas dotes que hacían de Miyares el tipo de militar distinguido. Don Fernando poseía, como su señora, un carácter recto, incapaz de engaño, no conociendo en su trato y en el cumplimiento de sus deberes, sino la línea recta, pudiendo decirse de esta bella pareja que caminaban juntos en la vía del deber, sin que les fuera permitido desviarse. Y en prueba de esta aseveración refieren las antiguas crónicas el percance que a Don Fernando pasó, en dos ocasiones, por la rectitud de su esposa.

         Fue el caso que Miyares, en la época a que nos referimos, después de haber fijado la hora de las diez de la noche, para cerrar su casa, regresó a ella en cierta ocasión después de las once; ya la puerta estaba cerrada. Al instante llama, y como nadie le responde, vuelve a golpear con el puño de su bastón.

    — ¿Quién llama? pregunta una persona desde la sala.

    — Inés, ábreme, es Miyares, responde Don Fernando.

    — ¿Quién es el insolente que se atreve a nombrarme y tutearme, y a tomar en su boca el nombre de mi esposo? Fernando de Miyares duerme tranquilo, y nunca se recoge a deshora. Y retirándose a su dormitorio, Inés de Miyares, tranquila y digna, se acostaba sin darse cuenta de los repetidos golpes que sobre el portón diera su marido.

         Después de haber dormido en la casa de algún militar, Miyares, tornaba al siguiente día a su hogar. Al encontrarse con Inés, el saludo cordial era una necesidad de aquellos dos corazones que se amaban y respetaban.

    — ¿Cómo estás, mi Inés? preguntaba Don Fernando.

    — ¿Como estás, Fernando? — contestaba aquella. Y ambos, dándose el ósculo de la paz doméstica, continuaban, sin darse por entendidos, sin hacerse cargo de ningún género, y como si hubieran estado juntos toda la noche.

         Doce o quince días más tarde, pues que los buenos maridos son como los niños de dulce índole, que no reinciden, después de la primera nalgada que les afloja la madre, sino algunos días más tarde, Don Fernando quiso tornar a las andadas.

         Don Femando había dicho en cierta ocasión, delante de su servicio, lo siguiente: mi esposa Doña Inés Mancebo de Miyares es el alma de esta casa y sus órdenes tienen que ser obedecidas como las mías. Olvidándose de esto, Don Fernando, en cierta tarde, ordena a su esclavo Valentín que le aguardara en la puerta de la calle, pues tendría quizá que recogerse tarde.

         A las diez y media de la noche, Inés manda cerrar la puerta de la calle, cuando se le presenta el esclavo Valentín y le dice la orden que había recibido de su amo. Por toda contestación Inés le ordena, cerrar inmediatamente la puerta de la casa.

         Al llegar Don Fernando, tropieza con la puerta cerrada, y creyendo que el esclavo estaba en el zaguán, comienza a golpearla.

    — Valentín, Valentín, ábreme, grita Don Femando.

    —¿Quién es el insolente que da golpes en el portón? — pregunta Inés desde la sala.

    — Ábreme, Inés, ábreme, no seas tonta. Es tu marido Fernando Miyares.

    —Mi marido duerme, insolente — responde Inés— y retirándose a su dormitorio se entrega al sueño, cerrando los oídos a toda llamada. Don Fernando partió.

         Al día siguiente, se repite la misma escena precedente, y todo continúa sin novedad. Así pasaban las semanas cuando Don Femando le dice a su esposa cierta mañana. Inés, eres una esposa admirable, el método que te guía en todas las cosas domésticas, el orden que observas, la atención que prestas a nuestros intereses, la maestría con que cultivas las relaciones sociales, éstas y otras virtudes hacen de ti una esposa ejemplar. Debo confesarte que estoy orgulloso y contento.

         Y variando de conversación, añade Don Fernando: ¿sabes que mañana estoy invitado por el Intendente Ávalos a un desafío de malilla? El Intendente creyéndome hábil en este juego desea que luchemos. Como llegaré tarde de la noche tengo el gusto de advertírtelo para que sepas que estaré fuera.

    —Bien, responde Inés. Quedará la puerta abierta y el esclavo Valentín en el corredor para que atienda a tu llamado.

         Celebraré siempre que me adviertas cuándo tengas que recogerte tarde de la noche, pues ya en dos ocasiones no sé qué tunante atrevido ha osado llamar a la puerta, tomando tú nombre. Todavía más, tomando el mío y tuteándome. Estaba resuelta si esto continuaba a quejarme al Capitán Gobernador para hacer castigar tanto desparpajo

    .— Cosas de los hombres, hija — contesta Don Fernando— y besando la frente de su señora salió a sus quehaceres.

    Simón Bolívar llegó a considerar a Hipólita como su madre e incluso como su padre, pues hizo las veces de ambos.

    Simón Bolívar llegó a considerar a Hipólita como su madre e incluso como su padre, pues hizo las veces de ambos.

         La familia Miyares vivía, cerca de la esquina de San Jacinto, en la casa hoy N° 15 de la calle Este 2. A la vuelta y en Calle Sur 1 vivía el coronel Don Juan Vicente de Bolívar casado con la señora Concepción Sojo y Palacios (1). Amigas íntimas, habían de verse diariamente, pues entre ellas existían atracciones que sostenían el cariño y la más fina cortesía. Inés criaba uno de sus hijos, cuando Concepción en vísperas de tener su cuarto pidió a su amiga que la acompañara y le hiciera las entrañas al párvulo que viniera al mundo.

         Hacer las entrañas a alguno es frase familiar antigua que equivale a nutrir a un recién nacido, cuando la madre se encuentra imposibilitada de hacerlo. Antiguamente se aceptaba esto por lujo, entre familias de alto rango, y entre los pobres, como necesidad. Casi siempre se elegía de antemano una madre que en condiciones propicias pudiera alimentar no solo a su hijo sino también al del vecino, del amigo, o del pariente.

         Concepción quiso que su amiga Inés, hiciera las entrañas al hijo que esperaba, y este nació el 24 de Julio de 1783. Apenas vio la luz, cuando Inés le llevó a su seno y comenzó a amamantarle — sirviéndole de nodriza por muchos meses, hasta que el niño pudo ser entregado a la esclava Matea (II).

         El niño, aunque travieso y desobediente, continuó, no obstante, llamando madre y tratando con veneración y respeto a la que con tan buena voluntad le había alimentado durante los primeros meses de la vida. Fue por lo tanto Doña Inés Mancebo de Miyares, la primera nodriza de Bolívar, a la que sucedió la negra Matea que obtuvo cierta celebridad y alcanzó larga vida, pues murió en 1886, habiendo el Gobierno de Venezuela costeado su entierro.

         Ascendido Miyares a Gobernador de Maracaibo, dejó a Caracas y se instaló con su familia en aquella capital, con regocijo de sus compañeros (2). Amado de los habitantes de esta región por su Gobierno paternal y justo, estaba Miyares en posesión de su empleo, cuando reventó en Caracas la revolución del 19 de abril de 1810. Empleado español, opúsose al torrente de las nuevas ideas, sabiendo sostenerse en la provincia de su mando, la cual no entró en el movimiento revolucionario de Caracas. Nombrado más tarde Capitán General de Venezuela, a causa de la deportación del mariscal Emparan, una serie de obstáculos se opusieron a que llegara a tomar posesión de tan elevado encargo, sobre todo, la invasión inoportuna del oficial español Monteverde en 1812. Estaba destinado Miyares a ser víctima de este triste mandatario, que, de otra manera, otros habrían sido los resultados al figurar en Caracas un militar de los quilates de Miyares.

         Inútiles fueron los esfuerzos que hiciera este legítimo mandatario español de Venezuela en 1812, para traer a buen camino a Monteverde, que prefirió perderse a ser justo y amante de su patria.

         En la correspondencia oficial que medió entre estos hombres públicos, se establece el paralelo: Miyares aparece como un militar pundonoroso, cabal y digno, Monteverde como un hombre voluntario, cruel y cobarde.

         El triunfo de la revolución de Venezuela contra Monteverde en 1813, encontró a Miyares en Maracaibo. La guerra a muerte comenzaba entonces y con ella las confiscaciones y secuestros de las propiedades pertenecientes a los peninsulares. Entre las haciendas confiscadas en la provincia de Barinas, estaba la que pertenecía a la familia Miyares. Doña Inés juzgó que era llegado el momento en que pudiera recordar a Bolívar la amistad que le había unido a su madre y la aprovechó para pedirle que le devolviesen la hacienda de Boconó, que estaba secuestrada. No se hizo aguardar la contestación de Bolívar, y en carta escrita al coronel J. A. Pulido, Gobernador de Barinas, entre otras cosas le dice: “Cuanto U. haga en favor de esta señora, corresponde a la gratitud que un corazón como el mío sabe guardar a la que me alimentó como madre. Fue ella la que en mis primeros meses me arrulló en su seno. ¡Qué más recomienda que ésta para el que sabe amar y agradecer como yo! Bolívar.”

         Al acto fue libertada la propiedad de Barinas, y hasta, patrocinada, pues la orden de Bolívar tenía tal carácter, que para un hombre como el coronel Pulido era gala complementarla.

         Perdida de nuevo la revolución, tuvo Bolívar que huir de Caracas, en agosto de 1814, para que de nuevo la ocuparan las huestes españolas, a las órdenes de Boves. Entre tanto el general Miyares, después de haber estado en Maracaibo, Coro y Puerto Cabello, partió para Puerto Rico, donde feneció por los años de 1816 a 1817, después de haber celebrado sus bodas de oro. No pudo este militar tan distinguido llegar a la Gobernación de Venezuela, pero sí la obtuvo su hijo político el Brigadier Correa, militar recto y caballeroso, que, si como español supo cumplir con sus deberes, supo igualmente dejar un nombre respetado y recuerdos gratos de su gobernación, que han reconocido sus enemigos políticos.

         Era la tertulia del Brigadier Correa, en la cual figuraba la incomparable viuda Doña Inés Mancebo de Miyares al lado de sus hijas y sobrinas, centro de muy buena sociedad. Esto pasaba en los días en que la guerra a muerte parecía. extinguirse, y los ánimos menos candentes dejaban lugar a la reflexión. Una solución final se acercaba, y Morillo victorioso, era llamado de España. La parte distinguida de la oficialidad española, Morillo y La Torre a la cabeza, frecuentaba la amena tertulia de Brigadier, donde era venerada la viuda de Miyares. (3)

         No había noche de tertulia, y sobre todo, cuando la “Gaceta de Caracas” publicaba alguna derrota de Bolívar o de sus tenientes, en que no fuera la política militante tema de conversación. El haber Doña Inés amamantado a Bolívar o haberle hecho las entrañas, como se dice vulgarmente, era motivo de burla o de sorpresa. — ¿Cómo es posible, señora, que una mujer de tantos quilates no le diera a ese monstruo una sola virtud? — Sedicioso, cobarde, ruin, ambicioso, insurgente; he aquí la lista de dicterios que tenía que escuchar Doña Inés con frecuencia.

    La madre de Simón Bolívar, Doña María de la Concepción Palacios y Blanco, tuvo problemas de salud al nacer su hijo, por lo que tuvo que buscar a una joven esclava para que lo amamantara.

    La madre de Simón Bolívar, Doña María de la Concepción Palacios y Blanco, tuvo problemas de salud al nacer su hijo, por lo que tuvo que buscar a una joven esclava para que lo amamantara.

         Pero como era mujer de espíritu elevado, a todos contestaba. — “Para obras el tiempo”, decía a unos. — “Hay méritos que vienen con la vejez”, contestaba a otros. “¿Y si las cosas cambian?”, preguntaba en cierta noche a Morillo. “En las revoluciones nada puede preverse de antemano”, añadía. “El fiel de la balanza se cambia con frecuencia en la guerra”. “El éxito corona el triunfo”.

         De repente llega a Caracas el correo de España con órdenes terminantes a Morillo, Marqués de la Puerta, Conde de Cartagena, para que propusiera a Bolívar un armisticio, y regresara a España, dejando en su lugar al general La Torre. Tal noticia cayó en la tertulia del Brigadier como una bomba, pues sabíase que Bolívar acababa de llegar a Angostura, después de haber vencido a Barreiro y libertado del yugo español a Nueva Granada. El aspecto de los acontecimientos iba a cambiar de frente y nueva época se vislumbraba para Venezuela.

         En la noche en que se supo esta noticia en la tertulia del Brigadier, las conversaciones tomaron otro rumbo. Bolívar no apareció con los epítetos de costumbre, sino como un militar afortunado con quien iba a departir el jefe de la expedición de 1815. Días después Bolívar y Morillo hablaban amigablemente en el pueblecito de Santa Ana. Bolívar se presenta acompañado de pocos, mientras que Morillo lo estaba de lucido estado mayor. Cuando se acercaron, ambos echaron pie a tierra.

    — “El cielo es testigo de la buena fe con la cual abrazo al general Morillo” — dijo Bolívar al encontrarse frente de su temido adversario—. “Dios se lo pague” — contestó secamente el español, dejándose abrazar. A poco comenzaron las presentaciones por ambas partes, remando intimidad y buena fe que caracteriza entre hombres cultos, un acontecimiento de este género.

         Entre los diversos temas de conversación que tuvieron Bolívar y Morillo, este hubo de traer al primero recuerdos gratos.

    — En Caracas tuve el gusto de conocer y tratar a vuestra bondadosa madre en la casa del Brigadier Correa -—le dice.

    — Mi madre, exclamó Bolívar, como sorprendido de semejante recuerdo, y llevando la mano a la frente añadió: —Sí, sí, mi madre Inés ¿no es verdad? ¡Qué mujer! ¡qué matrona tan digna y noble! ¡Cuánto talento y cuanta gracia! —añadió el Libertador.

    — ¿No os parece una de las más elevadas matronas de ¿Caracas?

    — Sí, sí, contesto Bolívar. Más que elevada es un ángel, añadió. Ella me nutrió en los primeros meses de mi existencia.

    — Si es cierto — dijo Morillo— que las madres al nutrir a sus hijos, les comunican algo de su carácter, en el vuestro debe haber obrado el de tan digna matrona.

    — No sé qué contestaros — replicó Bolívar—. En medio de estas agitaciones de mi vida, ignoro lo que me aguarda; pero creo que el hombre debe más al medio en que se desarrolla, al curso de los acontecimientos y a la índole del carácter, que a la nutrición de la madre. Estos influyen mucho en los primeros años de nuestra vida. Después, pierden el poderío y la influencia, conservando el amor modificado.

         Un año más tarde, en 1821, Bolívar entraba triunfante en Caracas, después de Carabobo. Hacía ocho años que no la veía. Entre sus necesidades morales figuraba la de hacer una
    visita a Inés de Miyares que había dejado la casa de su yerno, en la esquina de Camejo, por una casita modesta y pobre situada en la actual Avenida Este. Allí fue Bolívar a visitarla.

    —¡Simón! ¡Eres tú! . . . — exclamó Inés al ver a Bolívar en la puerta interior del zaguán.

    — Madre querida, vengan esos brazos donde tantas veces dormí — exclamó Bolívar.

         Y aquellos dos seres en estrecho abrazo, permanecieron juntos prolongado rato.

    — Siéntate — dijo Inés enternecida —! Cuán quemado te encuentro, — añadió.

    — Este es el resultado de la vida de los campamentos y de la lucha contra la naturaleza y los hombres — contestó Bolívar.

    —Y ¿qué te importa —replicó Inés— si tú has sabido sacar partido de todo?

    — Si, parece que la gloria quiere sonreírme.

         Bolívar había comenzado a hablar de los últimos sucesos de su vida militar, cuando de repente, toma las manos de la señora, las estrecha y le dice:

    —Os he recordado mucho, buena madre. Morillo me hizo vuestro elogio en términos que me cautivaron. ¿En qué puedo seros útil?

    — ¡Los bienes de Correa están secuestrados!

         Serán devueltos hoy mismo — dijo Bolívar. Vuestro yerno es un oficial que honra las armas españolas. Nos ha combatido como militar pundonoroso. Os ofrezco un pasaporte para todos vuestros hijos, agregó Bolívar. Es necesario que ellos figuren con nosotros.

    — Eso no, hijo, eso no — exclamó doña Inés— como herida. Todo te lo acepto menos eso. Ellos pertenecen a una causa por la cual deben aceptar hasta el sacrificio. Mucho te agradezco este rasgo de tu bondad, pero creo que cada hombre tiene una causa, la causa de la patria. Ellos son españoles y su puesto esta en España.

    — Muy bien, muy bien — contestó Bolívar—. Así habla la mujer de inteligencia y de corazón.

         Al siguiente día Bolívar libraba del secuestro los bienes del Brigadier Correa.

         Ignoramos si cuando Bolívar estuvo por la última, vez en Caracas, en 1827, visitó a su madre doña Inés. Es muy natural suponer que así lo hiciera, pues ya en la edad avanzada en que estaba ésta, con sus hijos ausentes y sin fortuna, las atenciones y la gratitud son como rocío del cielo en el hogar silencioso y digno de la pobreza.

         Doña Inés no sobrevivió a Bolívar sino en tres años, pues murió en 1833.

         Cuando alguno de los descendientes del general Don Fernando de Miyares, escucha a alguien que hace gala de poseer algún recuerdo del Libertador o de agradecer algún servicio hecho por éste, hay siempre una frase que ahoga toda pretensión, y es la siguiente:

         “Quite usted, que en mi familia fue donde se le hicieron a Bolívar las entrañas”, queriendo decir con esto, que la primera nodriza de Bolívar fue la esposa de aquel notable militar, Doña Inés Mancebo de Miyares, noble hija de Cuba”.

    FUENTE CONSULTADA

    • Rojas, Arístides. Crónicas de Caracas. Antología. Caracas: Ministerio de Educación Nacional, 1946; Págs. 116-124 (Biblioteca Popular Venezolana 16).

       

      (1) Es seguramente un lapsus calami el que aparezca la madre de Bolívar con los apellidos Sojo y Palacios, pues bien sabía el autor de estos trabajos que ella era Palacios y Blanco, hija del Capitán Don Feliciano Palacios y Gil de Arratia y de Doña Francisca de Blanco Herrera.

      (II) La negra Matea no fue nunca nodriza de Bolívar, sino la negra Hipólita, a quien el Héroe recordó siempre con filial afecto. En carta a su hermana María Antonia, fechada en el Cuzco, a 10 de julio de 1825, le dice: ‘‘Te mando una carta de mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiera: para que hagas por ella como si fuera tu madre. Su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella” . . . Según nota inserta en la página 76 de los Papeles de Bolívar, Hipólita era ágil y montaba bien a caballo. Quería entrañablemente a su amo y estuvo con él en las batallas que se libraron en San Mateo. Cuando Bolívar entró en Caracas el 10 de enero de 1827, subió bajo palio por la calle comprendida entre Sociedad y las Gradillas; y como divisara a Hipólita entre la multitud abandonó su puesto y se arrojó en brazos de la negra, que lloraba de placer.

      (2) No puede hablarse del general Miyares sin recordar su gobierno de Maracaibo, tan patriarcal, tan justo, tan progresista. Han pasado cerca de noventa años, y todavía el nombre de este mandatario español lo recuerdan los hijos de Maracaibo con placer y orgullo. Noble destino el de hacer el bien y dejar tras sí bendiciones que se perpetúan. El buen nombre del general Miyares, que respetaron los hombres notables de las pasadas generaciones, sin distinción de partidos, brillará siempre a orillas del dilatado Coquibacoa. Mora aquí un pueblo inteligente, amante de lo grande y de lo bello, que, al hacer justicia a sus grandes hombres, rinde igualmente veneración a los mandatarios españoles que contribuyeron a su grandeza y a su dicha.

      (3) Esta casa es la de alto situada en la esquina de Camejo, donde estuvieron primero los patriotas en 1813, después los españoles, y finalmente el Gobierno de Venezuela desde 1834 hasta 1841. Vive en Caracas una anciana muy respetable que revela en sus modales, conversación variada y ameno trato, lo que ella fue en los días de su juventud, cuando ahora setenta y cinco años, conoció a Miranda y a los hombres de la revolución de 1810, y trató más tarde a Morillo, La Torre, Correa, y después a Bolívar y las celebridades de Colombia y de Venezuela. Es Doña Inés Arévalo, descendiente de aquel Luis Antonio Sánchez Arévalo, de antigua familia española, que se enlazó en Caracas a mediados del último siglo, con la respetable familia Hernández Sanavria. Fue el padre de Inés el Dr. Don Juan Vicente Sánchez y Arévalo, Oidor honorario de la Audiencia de Caracas y caballero que respetaron los partidos políticos de su época. Cuando queremos refrescar algunas fechas, aclarar algunos nombres, buscar la verdad de hechos dudosos, durante la época de 1812 a 1824, visitamos a esta distinguida compatriota y amiga nuestra, la cual nos deleita con el relato de hechos curiosos, de dichos notables, y nos habla de aquella sociedad española y venezolana en la cual figuró en primera escala. Inés conserva la memoria, a pesar de haber ya pasado de ochenta y seis años. Retirada del mundo social, y dedicada solamente al amor de sus sobrinos, después de haber visto desaparecer cinco generaciones, Inés ha perdido esa vanidad que alimenta o entretiene los primeros cincuenta años de la existencia, y ama el aislamiento, aspiración de los espíritus que se acercan a la tumba. Pero como nosotros hablamos en este cuadro de la tertulia del Brigadier Correa donde figuró Doña Inés Mancebo de Miyares, y con ella, la amiga que la ha sobrevivido, nos es satisfactorio decir a nuestros lectores que todavía existe una de las distinguidas venezolanas de aquella época: venerable anciana que es honra de su familia y modelo de virtudes sociales y domésticas. Reciba nuestra amiga públicamente los sentimientos de nuestra gratitud.

    Caminata Caracas – Washington

    Caminata Caracas – Washington

    Perdida en el recuerdo de las hazañas deportivas venezolanas se encuentra la extraordinaria caminata que emprendieron hace 88 años tres integrantes del movimiento scout venezolano, entre enero de 1935 y junio de 1937, para cubrir la distancia de aproximadamente 14 mil kilómetros entre la plaza Bolívar de Caracas y las escalinatas del Capitolio de la capital de Estados Unidos. Bajo el lema de “Llegaremos a Washington o moriremos”, el zuliano Rafael Ángel Petit y el español Juan Carmona lograron completar el difícil recorrido en casi 30 meses. En 1955, al cumplirse los primeros veinte años del “raid pedestre”, el periodista zuliano Alejandro Borges, conocido en el ambiente de la crónica deportiva como “El de las Gafas”, dedicó a la gesta un interesante reportaje en la revista “Venezuela Gráfica”, el cual transcribimos a continuación.

    Por Alejandro Borges (El de las Gafas)

    Los valientes exploradores, Petit (izq.) y Carmona fotografiados durante su paso por San José de Costa Rica, en 1935.

    Los valientes exploradores, Petit (izq.) y Carmona fotografiados durante su paso por San José de Costa Rica, en 1935.

         “Cuatro lustros se cumplieron el domingo 18 de junio de la culminación de la extraordinaria hazaña cumplida por dos exploradores venezolanos que transitaron por los caminos de 10 países de las tres Américas, partiendo desde la Plaza Bolívar de Caracas, para terminar su odisea en las escalinatas del Capitolio, de Washington, en cuyo largo e intrincado recorrido emplearon 29 meses y cinco días.

         Los héroes de esta jornada inolvidable fueron el venezolano Rafael Ángel Petit y el español Juan Carmona, quienes en compañía del libanés Jaime Rohl iniciaron su gira pedestre, única en la historia del scoutismo venezolano, una fría mañana del 11 de enero de 1935, desertando Jaime Roll, que fue el organizador de la misma, en la ciudad de Bogotá.

         Anteriormente, en la ciudad colombiana de Bucaramanga, el español Carmona, por desavenencias con Roll, siguió solo su camino atravesando la región del Chocó y la costa de San Blas, que unen a Colombia con Panamá, haciendo luego lo mismo Petit, quien se reunió con Carmona en la ciudad panameña de Colón, donde éste estaba hospitalizado, gravemente enfermo de una pierna, infestada por la picada de una mosca dañina en las selvas del Chocó. Sanado el español de su dolencia, emprendió nuevamente la gira en compañía de Petit, para no separarse más hasta dejar fielmente cumplida su palabra de llegar a Washington. Hacer un recuento minucioso del itinerario cumplido por estos audaces jóvenes, a través de innúmeras regiones que visitaron y de los sinsabores y vicisitudes que confrontaron, sería harto prolijo, pues solo cabe la historia de esta fantástica aventura en las páginas de un voluminoso libro, tal como lo tiene preparado desde entonces Rafael Ángel Petit, con lujo de detalles y gráficas, que se propone publicar dentro de poco y cuya lectura, estamos seguros, apasionará a millares de lectores aficionados a esta clase de libros de tipo autobiográfico.

         A la distancia de veinte años de esa memorable hazaña que rubricaron un español, Juan Carmona, que ahora reside en Chile, y un venezolano, Rafael Ángel Petit, que actualmente vive en Caracas con su esposa y sus dos hijos, entregado a sus labores de instructor de cultura física escolar, el recuerdo de esa jira pedestre, de la cual se hizo eco toda la prensa continental de aquella fecha, cobra rasgos de singular importancia en la actualidad.

         Nuestra intención al rememorar esa odisea cumplida por dos mensajeros de Buena Voluntad que Venezuela envió a Estados Unidos, es refrescar los recuerdos de las gentes de esa época y de ofrecerla como un ejemplo de temple viril y de esfuerzo sobrehumano a las generaciones presentes. Admirable en tono superlativo es el valor y el coraje que desplegaron a todo lo largo y ancho de la ruta que cubrieron estos dos excursionistas, salvando con inquebrantable voluntad todos los obstáculos y penalidades que les salieron al paso en su trayectoria por selvas, montañas, ríos, lagos y caminos plagados de peligros de toda clase, animados por una sola consigna: “Llegaremos a Washington o moriremos con gusto”, que les sirvió de escudo para coronar con éxito sus aspiraciones.

         Los gloriosos caminantes recorrieron 14.000 kilómetros en un lapso de casi 30 meses, firmes en su propósito de salir avante en su arriesgada misión, reponiéndose prontamente a los desmayos, soportando estoicamente las penurias del largo viaje, alimentándose de yerbas en algunas ocasiones en que carecían del bastimento necesario en sus rutas por despoblados, enfrentándose a indígenas semisalvajes en poblaciones fuera del alcance de la civilización, sufriendo humillaciones de guerrilleros montaraces que los, tomaban como enemigos enconados, en su travesía por las regiones de Centro América y, en fin, toda una serie de calamidades que solo la moral física de que estaban superdotados y la audacia de la juventud que los distinguía, pudo vencer de una manera radical.

         Particularmente nos vamos a referir al venezolano Rafael Ángel Petit, que ha escrito sus memorias de esa extraordinaria aventura, las que hemos tenido la oportunidad de leer, y en las que se revelan detalles ignorados de la misma, tan interesantes que parecen arrancados de las páginas de una de esas novelas del gran narrador de viajes fantásticos Emilio Salgari.
    La introducción del libro de Petit a que hemos aludido, tiene como presentación la siguiente leyenda:

    Foto tomada en la Plaza Bolívar de Caracas, la mañana del 11 de enero de 1935, día de la partida de los scouts Petit y Carmona.

    Foto tomada en la Plaza Bolívar de Caracas, la mañana del 11 de enero de 1935, día de la partida de los scouts Petit y Carmona.

         Audaz y arriesgado viaje a pie desde Caracas, capital de Venezuela, a Washington D. C., capital de Estados Unidos del Norte. Dos y medio años a través de Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El salvador, Guatemala y México. 20 meses y cinco días para unir caminando las tres Américas.

         Y después este preámbulo: “14 mil kilómetros a pie atravesando páramos, selvas vírgenes, regiones desiertas e infestadas, ríos y lagos. Dos años, cinco meses y cinco días soportando hambre, sed, plaga y enfrentando a las fieras, durmiendo en las copas de los árboles para protegernos de los animales feroces. Comiendo hasta mono crudo para no morirnos de inanición y bebiendo agua insalubre para aplacar la sed insoportable. Una increíble e inolvidable historia, en la que el honor de la palabra empeñada pudo más que las inclemencias del tiempo y de la abrupta naturaleza.

    Dejemos que Rafael Ángel Petit nos cuente en lenguaje sencillo una parte de las aventuras que corrió él durante la travesura del Chocó colombiano y la costa de San Blas:

         Salí de Bogotá sin un centavo, medicinas ni armas, por un pueblo llamado Madrid, pasando Facatativá, Camboa y Armero, por buena carretera, viéndome obligado a internarme por el Líbano y Manizales, pues mi compañero Carmona me había precedido en el viaje, debiendo hacer un rodeo muy largo para no pasar por donde él lo había hecho. De Manizales salí por Salamina, Pacora, Aguadas, Fredonia, Caldas y Medellín; en esta ciudad me quedé 15 días haciendo diligencias para ver si conseguía medicinas y alguna arma. pues esa era la última ciudad que visitaría antes de internarme en el Chocó, pero desgraciadamente nada conseguí, y como carecía de dinero y no podía equiparme como era debido, algunos venezolanos residenciados en la citada ciudad me aconsejaron que desistiera del viaje, porque ellos estimaban que la travesía del Chocó significaba una muerte segura.

         Unos días antes de salir de Medellín se corrió el rumor de que mi compañero Juan Carmona había muerto en la selva del Chocó atacado por fiebres, pero esta desagradable noticia no me desanimó, pues estaba resuelto a morir antes de dar un paso atrás. A última hora y viendo mi irrevocable decisión de seguir adelante, uno de mis paisanos me regaló un revólver, pero sin recursos económicos y sin medicinas partí de Medellín con dirección al famoso Chocó. Penetré por Sopetrán, Frantino, Cañas Gordas y Dabaibo, primer pueblo indígena. Desde Medellín a esta población hay una carretera muy regular que es la que piensa el gobierno sacar al Golfo de Urabá y la cual nombran Carretera del Mar. De este pueblo seguí a Pavarandocito por un camino malo que se hizo peor aún hasta Turbo (Golfo de Urabá), empleando cuatro días en ese recorrido, pues cuando menos había lodo que me llegaba a las rodillas y no se ve el sol debido a las constantes lluvias. De Turbo tuve que ir costeando todo el Golfo de Urabá y cuando llegué a la boca del río Atrato me vi obligado a fabricar una balsa, pues en esa parte el río es muy ancho, siendo su parte más angosta de 50 metros. En la balsa pasé grandes peligros, pues la mayoría de las veces me mantenía con el agua a la cintura y además me azotaba la lluvia. En ese trayecto el primer pueblo que encontré fue a Sautata, que es un ingenio azucarero y en el cual todos los trabajadores son indígenas. De aquí seguí por las regiones de Arquí, Cutí, Cuqué, Tanela, Titimuati y Arcadí, último pueblo colombiano, continuando mi viaje a Puerto Obadía, que es territorio panameño fronterizo con Colombia. De este pueblo salí al día siguiente, no sin antes aconsejarme el señor Alcalde que o me internase en la costa de San Blas, pues era difícil saliera con vida, pero para mí era ya imposible regresar. Me había hecho el propósito de llegar a la meta y llegaré, sí Dios no dispone otra cosa. E toda la costa de San Blas hasta la ciudad de Colón no se consigue un hombre blanco, pues todos son negros e indios. Un día entero caminé para legar a Pumet, en cuyo pueblo hay una plantación bananera donde solo trabajan indios de San Blas, pues no dejan ellos que laboren allí los blancos. Esta plantación pertenece a la United Fruit.

         Continué mi caminata por muchos pueblos y villorios de orígen indígena cuyos nombres indefectiblemente terminan en “dí: Sacardí, Ligandí, Fortogandí y muchos más. Hasta llegar a Tigu, donde me informaron que es feroz la condición de sus habitantes, diciéndome que allí un destacamento de 40 policías, en un día de rebelión, los hicieron pedazos, ultimándolos a todos. Sin embargo, en Tigu los indios no me molestaron en lo más mínimo”.

         Mientras estuve en la costa de San Blas la mayoría de las veces me vi obligado a dormir en las copas de los árboles y cuando menos lo esperaba, disfrutando de las delicias del sueño, me despertaba un fuerte aguacero, viéndome en la necesidad de cambiarme a otro sitio. Esto sucedía por las noches, dos o tres veces. El primer pueblo, después de pasar la costa de San Blas, es el de Santa Isabel, donde me atendieron muy bien. Después seguí por Palenque, María Chiquita, Puerto Pilón, Cativa y Colón, transitando entre los tres últimos nombrados con el barro más arriba de las rodillas. En Colón supe que el español Juan Carmona se encontraba desde hacía una semana enfermo de una pierna y estaba hospitalizado. Lo visité y después de mucho discutir llegamos al acuerdo de que yo lo esperaría para que continuáramos juntos la jira. Como a los cinco días de habver llegado a Colón me atacó una fuerte fiebre de 40 grados, la que me hizo delirar, pero a Dios gracias no más me duró tres días. Yo sabía que tebía que sucederme eso y me había extrañado que no me huboera ocurrido durante el camino, ya que de Caracas a Colón no supe lo que fue un dolor de cabeza.

    El 16 de junio de 1937, en las escalinatas del Capitolio de Washington, son recibidos los gloriosos caminantes por el Dr. Diógenes Escalante, embajador de Venezuela en los Estados Unidos.

    El 16 de junio de 1937, en las escalinatas del Capitolio de Washington, son recibidos los gloriosos caminantes por el Dr. Diógenes Escalante, embajador de Venezuela en los Estados Unidos.

    Portada del libro escrito por Rafael Ángel Petit.

    Portada del libro escrito por Rafael Ángel Petit.

         Este patético relato que nos hace Petit de su paso por el Chocó colombiano y por la costa de San Blas, es una pequeña fracción de la narración que hace en su libro de todos los percances que le ocurrieron a él y a su valiente compañero Juan Carmona en toso el recorrido de caracas a Washington, documento real que, repetimos, tiene una gran importancia y será recibido con sumo interés por los que gustan de estas narraciones auténticas de viajes y aventuras.

         Han pasado 20 años de esta inolviodable hazaña, muy difícil de repetirse en estas t ioerras de América en la forma como lo hicieropn estos dos jóvenes que honran a los Scouts venezolanos. Ahora Juan Carmona, con 47 añosm de edad, y Petit con 42 años, aquel en las lejanas tierras chilenas donde fijó su resuidencia y el venezolano en su propia patria, destejerán el hilo de sus recuierdos, hojearán una vez más el album que contiene la historia de esa fantástica aventura, para gozar evocando los años mozos y ponerar ellos mismos, la audacia, el valor, el coraje y la voluntad que los indujo a emprensar una cosa que parecía imposible y que ellos lograron culminarla con todas las penurias, peligros y amarguras que significa recorrer a pie catorce mil kilómetros que encuadram la geografía de diez países del continente americano.

         Aquí en Caracas, Rafael Ángel Petit, fiel a su devoción por las cosas grandes, emplea su tiempo en formar cuerpos sanos y vigorosos por medio de la cultura física en los planteles educacionales, mientras en la apacibilidad de su modesto hogar goza de las delicias del afecto de su dulce y abnegada esposa y de sus dos hijos, ya crecidos, habidos de esa unión entre dos seres felices, merecedores de los mayores respetos y consideraciones”.

    FUENTE CONSULTADA

    • Venezuela Gráfica. Caracas, enero de 1957

    El general prato revela cómo se escapó de la cárcel

    El general prato revela cómo se escapó de la cárcel

    La fuga del exgobernador del estado Zulia, exjefe del Estado Mayor y exministro de Educación en el régimen de Marcos Pérez Jiménez, Néstor Prato Chacón*, causó sensación en el país. Durante casi 5 años (1959-1964) fue un misterio el lugar donde residió el alto oficial. La revista Élite es la primera publicación del continente que descubre el refugio del General y obtiene de él la revelación del secreto de la espectacular evasión.

    Por Valentín Lara

    General Néstor Prato Chacón, importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Fue gobernador del estado Zulia, jefe del Estado Mayor y ministro de Educación.

    General Néstor Prato Chacón, importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Fue gobernador del estado Zulia, jefe del Estado Mayor y ministro de Educación.

         “He llegado de vacaciones a Madrid cuando los demás regresan de las suyas. Y he ido por calles y cafés que vi al vuelo en otra oportunidad, cuando estuve en el vuelo inaugural de la línea aérea. Me gusta Madrid con su calle de Alcalá, la Gran Vía, la Puerta del Sol, la Carrera de San Jerónimo. También he visitado la Calle de la Ballesta, donde están las boites. Pero el otoño de Madrid me ha resfriado. He regresado al hotel y he solicitado un médico. Así he conocido al doctor Enrique B. “Tengo una numerosa clientela venezolana” –me ha dicho como para darme confianza –. Luego me dice que hay unos 6 mil venezolanos aquí, la mayoría exiliados políticos. Me pregunta si soy otro exiliado. Le digo que no. Y antes de que sigamos hablando ya se me ha ocurrido que me puede relacionar con algún personaje interesante. Le nombro a César y Curro Girón, a Maritza Caballero y Adilia Castillo. No s eme ocurre el nombre de ningún político. Él no los conoce. De repente dice “¿Sabe? Conozco a un militar interesantísimo. Es un desterrado a quien atiendo hace unos 3 años. Sé que llegó en situación precaria, hasta sin pasaporte. Es un perseguido, aquí se ha dedicado a trabajar y a estudiar. Soy, si puedo decirlo, su amigo. Todo le interesa”. Y sigue hablando sin darme su nombre. He tenido que interrumpirlo:

    –Doctor, pero dígame de una vez de qué joya venezolana está hablando.

    –Es el general Néstor Prato.

         Me sorprendo. La idea que tengo del general Prato es la de un oficial enemigo de hablar. Recuerdo 1959 en Venezuela. Primero en mayo llegando a Maracaibo, para presentarse ante la Asamblea Legislativa que lo había citado. Y la mitad de Maracaibo, con carteles contra él, vociferando. Entonces estuve entre los enviados especiales que acudieron a cubrir el juicio que la Asamblea Legislativa le tenía al ex-Gobernador del Zulia. Recuerdo que el general Prato, a quien el ejército lo había retirado del servicio para que cumpliera con esa cita, estuvo sereno sólo al comienzo. Los diputados de la Asamblea querían preguntarle por todas las cosas oscuras de Maracaibo de toda una década. Recuerdo que el presidente de esa Asamblea era el doctor Gabriel Quintero Luzardo y que los defensores del general Prato eran los doctores Luis Ovidio Quiroz y Augusto Esteban Agudo Freites. Lo recuerdo muy bien porque permanecí dos semanas asándome en la capital del Zulia y el primer día del interrogatorio oí los gritos contra Prato, mientras él, pálido, con 12 kilos menos, espera a que se cansaran para poder salir.

     

    El interrogatorio en Maracaibo

         Mientras el médico me preguntaba si me han operado de las amígdalas, yo he olvidado mi resfrío y estoy pesando en entrevistar a Prato: cómo huyó Prato al extranjero. Porque todas las preguntas que tenían los diputados zulianos, quedaron sin respuesta. Prato dijo al comienzo que no iba a poder contestar con precisión, porque no tenía documentos consigo, pero después se atuvo al precepto constitucional. Como sus abogados no podían sino asesorarlo, el general Prato, cuando habló, fue para protestar. Se sentía humillado. Las preguntas eran demasiado claras. Y a veces, ¿por qué no decirlo?, insultantes. El ambiente, aunque hacía 5 meses que Pérez Jiménez había huido del país, estaba muy lejos de la serenidad. Mientras Prato, aunque nervioso, trataba de guardar compostura, por los pasillos de la Asamblea Legislativa, donde se realizaban los actos, la viuda de Zuleta Muñoz, una de las últimas víctimas de la dictadura en el Zulia, se desmayaba.

         El médico, sin salir de su mundo, me pregunta si conozco al general Prato. Le digo que de vista y que me gustaría entrevistarlo. Cuando tuve la oportunidad de conversar con él en Maracaibo, me pareció decaído de verdad. Después mandó certificados médicos. Fue a unas citaciones y a otras no. Dijo que los dineros para el plebiscito no los había manejado él, sino el secretario de Gobierno, doctor Gastón Montiel Villasmil. Ni le cuento la historia al doctor, porque me imagino que me preguntará muchas otras cosas y la garganta me duele un poco. Pero estoy recordando a Prato, vestido de civil, con los brazos cruzados, frente a un micrófono y una hilera de diputados al otro lado de la mesa. Vuelvo a oír sus protestas, mientras sus interrogadores sacan informes tras informes. Son declaraciones de oficiales y civiles que aseguran que Prato los mandó a tomar presos y en los interrogatorios se les había querido obligar a que declararan que Quintero Luzardo, que era presidente de los interrogadores, les había dado dinero a los oficiales, unos 4 meses antes de que cayera Pérez Jiménez, para que éstos se alzaran. El mismo médico que certificaba la enfermedad de Prato se refirió a la muerte de Marcial Morales, otro preso político que murió estando preso. Y, si no recuerdo mal, en su intervención también estaba la opinión del doctor Paz Galarraga.

    El 2 de octubre de 1959, el general se fugó de la Cárcel Modelo de Maracaibo.

    El 2 de octubre de 1959, el general se fugó de la Cárcel Modelo de Maracaibo.

    La fuga del general Prato

         Cuando el médico se marcha, le hago prometer que hablará al general Prato, para que me reciba. Su historia tiene ciertas particularidades. Mientras todos los altos oficiales del régimen depuesto se iban lo más silenciosamente posible, el general Prato, que había sido gobernador del Zulia, jefe del Estado Mayor y hasta ministro de Educación, se había quedado en Caracas y sólo había intentado asilarse en la Embajada Argentina, cuando la Comisión permanente del Zulia lo citó a declarar en forma perentoria. De ese interrogatorio, como todos los venezolanos recuerdan, poco se sacó en limpio. El general retirado fue metido en la misma cárcel que había ayudado a construir en Maracaibo y permaneció allí casi cinco meses. Pero el 12 de octubre desapareció. Al lado de su celda estaba su excolaborador, el doctor Montiel Villasmil.

         A las 6 de la mañana, cuando le fue a llevar café con leche, como lo hacía todos los días, encontró la celda abierta. La Guardia Nacional, avisada inmediatamente, no pudo encontrar nada, sino una carta de un recluso que le pedía 20 bolívares prestados, una biografía de Cleopatra, una ley de presupuesto y una decena de revistas de crucigramas.

         ¿Cómo había huido Prato? Tal vez por el hueco de la rejilla de 3 milímetros de espesor que estaba abierta unos 50 centímetros. ¿Y los guardias qué hacían a esa hora? ¿Y quién lo había recogido? Venezuela entera se llenó de hipótesis entonces. Se dijo que Prato había salido vestido de militar y en un Cadillac negro, como en sus mejores tiempos. Se dijo que se había ido a Grano de Oro, donde lo esperaba una avioneta particular que lo había sacado hasta Maicao, el punto fronterizo de Colombia, en la frontera zuliana. Los funcionarios de la cárcel, como siempre sucede cuando huye un preso importante, fueron a ocupar la celda que había dejado el evadido. La fuga quedó siempre sin precisar. Se rumoró que Prato, gracias a la ascendencia que tenía sobre la gente del Zulia, se daba el lujo de salir de su celda 3 veces por semana. Eso es, indudablemente exagerado, porque hubiera aprovechado esa oportunidad para escaparse. Lo que cualquiera podía certificar era que tenía bastante libertad para recibir a sus familiares y abogados en la Cárcel de Maracaibo.

         Y ahora Prato está en Madrid. Se me ocurre una sola cosa: entrevistarlo. Ahora soy yo el que pregunto por algún perezjimenista. Pronto tropiezo con uno: “Supongo que se te puede saludar” – me ha dicho. Nos conocíamos. He levantado los hombros. Él ha dicho: “Si. El miedo es libre. Madrid está lleno de espías. Recientemente no más estuvo por aquí un antiguo jefe de la Seguridad Nacional. Contrató a otros para que lo tengan al tanto de las conspiraciones”. Es un perezjimenista como pocos. Todavía defiende al hombre ahora encerrado en San Juan de los Morros.

         Le pregunto por Prato. Le pido que me lleve a él. Me dice: “Si consigo convencerlo, te veré en el Valle de los Caídos”. Me extraña. Me explica: Tú lo conoces. Es el café Puerto Rico. Le decimos así porque antes lo llenaban los adecos y ahora lo llenan los perezjimenistas.

     

    ¿Cómo salió de Venezuela?

         Pasan un par de días. Recibo un telefonazo. Es la persona que me citó al café. Me anuncia que pasará recogiéndome a las 9 y 45. Es puntual. Lo acompaña Pedro Guzmán Parés. Vamos a la calle Viriato N° 54. Es un edificio y subimos hasta el cuarto piso. Espero unos minutos en un saloncito, Prato aparece, por fin.

         –Está en su casa, mi amigo –dice–. Mi médico me habló de usted. Nada decidí. ¿Usted cree que soy noticia?

         Está delgado el general retirado Néstor Prato Chacón. Viste un sweater negro y una camisa deportiva, pero sigue caminando marcialmente. Unas canas incipientes acentúan ese aspecto de seriedad y reserva que ya había observado en Maracaibo.

         Quiere ir al grano.

         Pienso en Grano de Oro. Le digo:

         –Quiero hablar de todo con Ud., pero, principalmente, de su salida del país. En Venezuela se dieron muchas versiones. Ud. podría darme la verdadera.

         Prato comienza negándose, y luego toma por las generalidades.

         –Me gustaría no hablar de eso. No es un buen recuerdo –mueve la cabeza, como convenciéndose, para comenzar algo más parecido a un monólogo que una entrevista:

         –Pero, bueno –agrega–. Si Ud. me lo permite, por su intermedio agradezco públicamente, por primera vez, a los generosos compatriotas que me ayudaron en esos días difíciles. Sin ellos, no sé hasta dónde habría llegado el escarnio. Ud. lo vio. Maracaibo estaba lleno de resentidos. Se me atacaba implacablemente. La verdad, no esperaba que se me presentase alguien a correr tantos riesgos por mí.

         –Se ha dicho que a Ud. lo sacaron de allí los militares –le digo.

         Parece no escucharme:

         –Así frustré el show que los adecos y los camaradas querían dar a mi costa. Yo era militar con largos años de servicio. Había ganado mis grados uno a uno y creía en la jerarquía y en la solidaridad del ejército. No tenía por qué salir corriendo. Eso no me ha gustado nunca. Mi administración del Zulia me había hecho acreedor al reconocimiento de la gente. Tengo testimonios recientes, sobre todo, ahora que no hay allí ni orden ni trabajo. El Zulia ha sido declarada en situación de emergencia.

         –No ha contestado mi pregunta, General.

         –Eso no es lo más importante para mí.

         Quiero decirle que mientras caía el régimen, no quise pasarme al nuevo orden. Me aparté voluntariamente. Nada temía. No me había enriquecido. Desde que comencé mi carrera militar, por vocación, no buscaba eso. Observé un modesto plan de vida; por eso pude levantar decorosamente a mi familia. Sólo quería educar a mis hijos y llegar a una situación de retiro gozando del respeto de compañeros y ciudadanos. Nunca fui golpista ni alenté propósitos subversivos. Siempre luché por el respeto a la jerarquía y la unidad entre las Fuerzas Armadas.

    Inmediatamente después de su fuga, el general Prato Chacón viajó a México y luego a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes.

    Inmediatamente después de su fuga, el general Prato Chacón viajó a México y luego a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes.

    Desencantado del Ejército

         –¿Puede decirme dónde se hallaba el 18 de octubre de 1945?

         Bien. Me hallaba en Fort Sill, Estados Unidos, siguiendo un curso. Comprendí que el atentado que se cometió ese día con la Institución Armada, sería fatal. Los agentes de la corrupción y el aniquilamiento de las Fuerzas Armadas, pusieron su primera piedra entonces. Y continúan la obra. Por esa actitud, es por la cual he sido perseguido.

         No comprendo bien: ¿Prato está culpando al Ejército?

         Prato continúa:

         –Vea: yo estaba frente al agrupamiento militar con sede en Maracaibo cuando descubrí los hilos de una conspiración que debía estallar en distintos sitios del país y culminar en Caracas con el asesinato del Presidente. El golpe era para el 12 de octubre y también iban a ser asesinados los ministros. Develada esa cionspiración, varios líderes como Paz Galarraga y Párraga Villamarín, fueron detenidos. Algunos fueron condenados, y otros absueltos. Pero esos señores, después del 23 de enero decidieron perseguirme por dos motivos: para vengarse y desacreditar a las Fuerzas Armadas en una persona de alta graduación. Yo supe todo eso en Caracas y no le di mayor importancia. Tenía fe en la rectitud de mis actuaciones y en la solidaridad de los compañeros, a quienes contribuí a elevar a la nueva Junta de Gobierno.

         Toma un poco de aliento y prosigue:

         – No se me ocurrió pensar, como tampoco lo pensaron otros oficiales que están hoy en el exilio, en que estábamos encumbrando a unos señores que sólo pensaban pescar en río revuelto. Tampoco nos dimos cuenta de su incapacidad. A quienes escogimos para Presidente, por su mayor graduación, puesto que no tenía otro título, el cargo de presidir la Junta le vino grande, y prefirió dedicarse a la canción popular. Pero eso no es raro que me abandonaran, olvidando todo sentido de camaradería. Fue en esas circunstancias en que viajé a Maracaibo por mi propia iniciativa, como antes había ido a la llamada Comisión de Investigación contra el Enriquecimiento Ilícito. Si, mi amigo, fui y pedí que abriesen la investigaciónn que desearan con respecto a mí. De nada deshonesto se me podía acusar. Los hechos posteriores han demostrado hasta qué punto fue conveniente mi actitud.

    Relato de la fuga

         –General– le digo, cuando hace una pausa– he anotado cuanto ha dicho, pero aun no me ha dicho cómo salió de Venezuela.

         –Diga Ud. más bien, mi fuga –recomienza en tono altivo. Después sigue hablando en un tono más bajo, más de acuerdo con su serenidad: – Ya vamos llegando a eso. Antes tengo que decirle que yo llegué a Maracaibo persuadido de que no se me había llamado para hacerme justicia sino para montar un show al estilo de los de Cuba después del triunfo de Fidel Castro. por eso preparé la salida de la cárcel y del país con modestos y leales amigos. Sabía que no podía recurrir a los personajes de importancia, que hasta hace poco se reunían conmigo. No quería recibir negativas ni despertar sospechas, pues muchos de ellos estaban vigilados. Cuando llegó el momento, me evadí. Y se acabó.

         Quedo un poco en las mismas. No dice por dónde se evadió:

         –¿Se fue por la puerta principal?

         –Usted sabe que no. Nadie iba a abrir las rejas para despistar. Si quiere que le de nombres, no voy a poder. Pero salí. Y no por Grano de Oro, como han dicho. Primero estuve en un alojamiento que tenía preparado a poca distancia de la cárcel. Después pasé unos días en los alrededores de Maracaibo, hasta que dispuse de una embarcación lo suficientemente veloz y resistente para lanzarme al exterior. Ni mi familia sabía una palabra de todo esto. La oportunidad de salir se me presentó el día de la llegada de Rómulo Betancourt a Maracaibo. Toda la gente y la policía estaba movilizada para protegerle. Pude atravesar calles y llegar al mismo muelle si ser reconocido. Y salí con destino a Colombia.

         –¿Y dónde tomó una avioneta?

         –Allí fleté una avioneta y continué hacia otros países donde oficiales amigos me tendieron la mano. Tras no pocas vicisitudes, eludiendo la persecución que ordenó contra mí el propio presidente Betancourt, llegué a España, que sigue siendo para nosotros la Madre Patria.

          –¡Nunca podré pagar la deuda de gratitud contraída con quienes me han brindado asilo y consideración! –dice después– Las autoridades venezolanas contra todo derecho y una saña increíble, me han negado hasta el pasaporte. En vez de resolver los graves problemas que han resicitado con su ineptitud, prefieren seguir cobrándose supuestos agravios, hostigando a sus adversarios en el exilio, cada día, con más espías.

     

    Otras opiniones sobre AD

         –Qué ha pensado a propósito de la extradición de Pérez Jiménez?

         –Pienso que es otra parte del mismo programa de venganzas. Betancourt y sus adláteres no pueden perdonarle la obra realizada en Venezuela. Los abruma. Nada pueden achacarle que ellos no hayan cometido en exceso. Los adecos se quedaron en otro tiempo. En los mítines de la última elección han tenido que hablar de los grillos del general Juan Vicente Gómez, de sus heroicidades de estudiantes –muchos no graduados– y de los versos de Andrés Eloy Blanco o de “Doña Bárbara”, que ellos han demostrado seguir llevando dentro. No cuentan los muertos del 45 al 48. Ni los miles de este último período. Siguen invocando a Ruiz Pineda y a Pinto Salinas y a Carnevali. Esa es una manera de ser heroicos mientras usufructúan el gobierno. No apuntan una idea nueva, de un nuevo orden, de una nueva técnica de administración. ¡Son tan viejos como el gomecismo! Irremediablemente, están atados a la época de Eustoquio Gómez. Oropeza Castillo y Montilla, que hicieron carrera criticando a Velasco y a Santos Matute, hacen lo que hacían aquéllos, que no se las echaban de demócratas. ¡Las nuevas generaciones quieren ser conducidas de un modo diferente! Lo lamentable, en cuanto a la extradición de Pérez Jiménez, es que no se ha puesto de manifiesto la solidaridad que muchos debían a su amigo y protector, no sólo para defenderlo a él sino para defenderse a sí mismos, pus muchos otros son tan responsables como él.

         No tengo tiempo de meter una frase:

         –¿Qué cree Ud. que pasará en Venezuela?

         –¡Caramba! –exclama–. Esa es una pregunta para una gitana. Sin embargo, si se analiza con cuidado lo que viene sucediendo en América, donde la lucha se está planteando entre el comunismo armado y las fuerzas armadas nacionalistas que en todos los países le hacen frente, – descartando los gobiernos complacientes e ineptos– no es difícil que en Venezuela se reproduzca la solución que tanto temen Betancourt y sus compañeros de viaje. Siempre hay gente dispuesta a no perecer sin combatir. Ante el hundimiento del país no habrá doctrina Betancourt que valga.

          –Me han dicho que Ud. estudia mucho en Madrid.

         –No vale la pena hablar de eso. Cada quien emplea su tiempo como mejor le parece. Yo he decidido no perder el mío. Europa es un buen campo para adquirir conocimientos y experiencia. Se aprende a ver las cosas desde otros ángulos, con un sentido más universal. Esto hace que muchos detalles, por parroquiales, se desdibujen. Todo el que pase una temporada en el Viejo Mundo, si no es adeco, puede regresar a su patria con una visión más amplia y cierta de sus problemas. Y lo que es más importante, en capacidad de aportar ideas para una solución, tanto en la esfera pública como en la privada.

         Trato de saber de su familia, que no he sentido en el apartamento. Él dice que no hay que mezclarla en sus problemas. Mientras hago unas fotos con una máquina de bolsillo, el general retirado dice:

         –No sé qué más decirle. Sólo me resta desear que los venezolanos tengamos la cordura necesaria para armonizar lo armonizable en bien de nuestra tierra. Todos debemos caber en ella y desterrar la violencia y los odios. Constituimos una nación muy rica y estamos perdiendo el tiempo en dirimir mezquinas cuestiones. No podemos darnos ese lujo. Nuestra patria es digna de un porvenir y antes que comunistas y militaristas debiéramos ser venezolanos y mirar por su grandeza.

         Le pregunto su opinión sobre la organización clandestina que tanta noticia ha hecho el último tiempo. Contesta:

         –Ya se la di. Soy enemigo de la violencia.

         Cuando nos despedimos, me dice que puedo volver cuando guste. Pero para un periodista pobre, es demasiado lujo pasar una larga temporada en Madrid”.

    *  Néstor Prato Chacón, importante figura del perejimenismo, fue arbitrariamente sometido a juicio por «peculado», por la asamblea legislativa del Estado Zulia, violando la Constitución Nacional vigente. Es enviado a prisión y, el 2 de octubre de 1959, se fuga de la Cárcel Modelo de Maracaibo. Viajó entonces rumbo a México, donde el presidente Adolfo López Mateos ordenó su salida a otro país, por lo que se trasladó a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes. En 1971, publicó «Memorias de un Hombre, 1929-1971», donde narra su vida pública.  Falleció en Maracaibo, el 10 de mayo de 1983. Había nacido en San Antonio del Táchira, el 14 de marzo de 1907.

    FUENTES CONSULTADAS

    Élite. Caracas, 8 de febrero de 1964

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