La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

     El pasado y su recuerdo conducen la imaginación a un mundo de amables añoranzas, donde se entrelazan sucesos y personajes para darle vigencia y vida a la historia. De la Caracas colonial o aquella que vivió la Guerra de Independencia y la agitación republicana posterior, hay mucho que contar. Allí en su ambiente evocador, el espíritu se puede saturar a sus anchas de remembranzas, de vivencias emocionantes, de sueños patrióticos al salirnos al paso la evocación de todo cuanto ha llegado hasta nosotros a través de consejas misteriosas o de historias y leyendas forjadas por la fantasía o la superstición.

     Y por ello cuando se desanda la ruta un tanto monótona del calendario, que no detiene jamás su marcha de siglos, tenemos que encontrarnos frente a las siluetas de esas antiguas casas al pie de sus altas ventanas enrejadas hasta donde parece llegar los ecos lejanos de esas serenatas melodiosas y románticas que los trovadores de antaño regalaban a las niñas hermosas de negrísimos ojos e inocente rostro en esas noches apacibles alumbradas por la luna, las estrellas y luceros.

     Y si se hurga más a fondo en el interior mismo de das mansiones historiadas, se podrán ver los amplios aposentos decorados con cuadros y tapices, las gigantescas arañas de cristal colgadas al techo y las alfombras muelles cubriendo el piso de fina madera. Diseminados en sitios adecuados los muebles señoriales y el piano que emitió armoniosas notas en las íntimas veladas familiares o acompañó a la orquesta famosa para que danzaran las parejas con pasos tiesos y estilizados el minué, la polka, la cuadrilla, el valse, el pasillo.

     Nos vamos a referir hoy a una casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810. Se trata de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

 

Una casa de campo en aledaños caraqueños

     En aquella época de hace dos siglos, el área poblada de Caracas era demasiado reducida y a pocas cuadras del centro se extendían las haciendas y las huertas bajo la sombra de los copudos árboles y regadas por los riachuelos, las quebradas y el Guaire.

     Pues bien, muchas linajudas familias caraqueñas escogieron tan frescos y apacibles sitios para construir sus casas de campo donde pasar temporadas en contacto directo con la naturaleza. Anauco, Blandín, Sabana Grande, Chacao y el sur de la ciudad, allí donde el Guaire fertilizaba con sus aguas cristalinas las hermosas vegas, fueron los parajes preferidos por el mantuanaje criollo para evadirse de vez en cuando de sus mansiones urbanas.

Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

     Doña María Concepción Palacios, madre de Bolívar, después de la muerte de su esposo, resolvió construir una casa solariega entre una cuadra completa de frondosos árboles que se extendiera hasta las propias márgenes del rumoroso río. Así fue como nació la Cuadra de los Bolívar o Casa de Las Piedras, cuyo nombre le viene por lucir la sosegada y romántica mansión rural una fuente de piedra en el centro de uno de los jardines. Entre los árboles que le daban frescor y sombra al paraje existía uno muy famoso, el cedro de Fajardo que fue plantado según aseguran las antiguas crónicas, por el propio mestizo fundador del hato de San Francisco. Pero todas estas reliquias vegetales han caído bajo el hacha de ese verdugo implacable que se llama progreso.

    Además de la cuadra de árboles frutales y de ornamento que cobijaban la finca colonial, se extendían a su alrededor vegas agrícolas y prados siempre florecidos.

     La construcción de esta quinta campestre de recreo y temperamento puede haberse realizado entre los años 1787 y 1788, ya que su dueña doña María Concepción Palacios, el 30 de junio de 1789, hace una solicitud para que le fuera suplida agua a la casa de la antigua parroquia sureña de San Pablo. Tal solicitud fue atendida, supliéndosele el líquido del estanque situado en la esquina de la plazuela del mismo nombre, que abastecía el hospital y las fuentes de la calle de San Juan entre las cuales se hallaba la tradicional Pilita del Padre Rodríguez.

     Doña María Concepción y sus pequeños hijos, entre los cuales destacábase por sus travesuras y vivacidad el inquieto Simoncito, tuvo en esa quinta campestre un lugar de solaz y reposo saturada de aire puro y hermosos paisajes.

 

La casa de los conspiradores

     La onda revolucionaria procedente de Europa había ya invadido con firmeza y emoción las conciencias de la juventud criolla y de no pocos honorables y circunspectos varones. Eran pasados de mano en mano los libros, panfletos y proclamas donde se pregonaba y se hacía propaganda activa a las nuevas ideas de libertad. Muchos hogares mantuanos de Caracas eran un hervidero de discusiones y polémicas en torno a los acontecimientos que se estaban desarrollando en el viejo continente debido al avasallante empuje dominador de Napoleón I.

Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad, en reuniones conspirativas que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

Tradiciones caraqueñas es un libro póstumo en el que se recopila gran parte de las crónicas sobre Caracas, escritas por Lucas Manzano.

     Pero el gran plan conspirativo revolucionario era preciso urdirlo con el mayor sigilo en la cómplice soledad de la campiña que rodeaba a Caracas y sus pueblos vecinos, allí donde el rumor del agua de los riachuelos y cascadas apagaba el cuchicheo de los conjurados. Las celosas autoridades españolas ya estaban sobre aviso de algunos movimientos sospechosos y reuniones secretas que venían llevándose a cabo entre mucha gente de importancia. Si bien el ladino Emparan había logrado coger un hilo de la conjura, alejando de Caracas a algunos de los participantes más activos como el fogoso Simoncito, que fue confinado a los valles de Aragua, la columna vertebral de la conspiración seguía firme y audaz en la capital y extendía sus ramificaciones hacia otros sitios de Venezuela. Papel importantísimo le cupo en estas reuniones secretas de los conspiradores, a la finca campestre de las Piedras, donde en sus silenciosos y apacibles corredores fueron ultimados los detalles del pronunciamiento liberador que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

     Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad. Evocadora cuna es esta casa colonial de la libertad de la Patria, la que guardó el secreto conspirativo de la rebelión entre fogosas arengas y sueños idealistas. Por eso ella es testigo mudo y lejano de aquel glorioso y gran día.

 

Así estaba la casa en 1902

     Hemos leído una relación de cómo se encontraba la famosa casa de Las Piedras, la mansión rural de la familia Bolívar en 1902. Por ella nos hemos enterado de que se encontraba entonces convertida en una casa de vecindad habitada por inquilinos pobres. De los cuatro corredores embarandados de la parte lateral, sólo quedaban para esa época, dos, el uno que miraba hacia el este y el otro al sur, conservando en sus paredes, paisajes de pintura desteñida que representaban motivos rurales y mitológicos. El gran salón central de la señorial mansión y las numerosas habitaciones decoradas con exquisito gusto, ofrecían paredes destartaladas y muros renegridos y ruinosos. En cuanto a los aposentos para el servicio, cocina y pesebres, se encontraban convertidos en establos de vacas y las huertas aledañas, antes sembradas de árboles frutales, de ornamento, vistosas flores, donde lucían en jaulas canoras aves, se hallaban también en el más completo abandono. Allí crecía el monte, la ortiga y el llantén, salvándose de la incuria uno que otro árbol de mango y de guanábano.

FUENTE CONSULTADA

  • Venezuela Gráfica. Caracas, 8 de abril de 1960.

Rudolf Dolge, bibliógrafo americano

Rudolf Dolge, bibliógrafo americano

El estadounidense Rudolf llegó a Venezuela a los 28 años, en 1897, y vivió en Caracas hasta su muerte, en 1950. Fue fundador de la biblioteca Henry Clay y gran coleccionista de libros, folletos y periódicos venezolanos; su colección, compuesta de más de 10.000 volúmenes se encuentra en la Biblioteca Nacional, desde 1942. Cuatro años antes de su deceso, el diario caraqueño Últimas Noticias, en su edición del enero de 1946, publicó un amplio reportaje sobre la vida de este insigne bibliógrafo estadounidense.

     “Postrado en cama, a causa de una vieja dolencia, cumple hoy su 49 aniversario de haber llegado a Venezuela el bibliófilo norteamericano, señor Rudolf Dolge, fervoroso bolivariano, quien ha dado valiosas demostraciones de aprecio y estimación a nuestras glorias patrias durante su larga convivencia entre los venezolanos.

Rudlof Dolge nació en Nueva York, el 16 de diciembre de 1869, pasando su infancia en un pueblito de Dolgeville, residencia de sus padres. Desde pequeño, y cuando sólo contaba con 14 años de edad, realizó un viaje a pie por todos los Estados de la Unión Norteamericana, siendo más tarde enviado por sus padres a concluir estudios en la Universidad de Heidelberg, en Alemania.

Rudolf Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó los 14 mil títulos, los cuales forman parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Venezuela, desde 1942, cuando los adquirió el Estado

Rudolf Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó los 14 mil títulos, los cuales forman parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Venezuela, desde 1942, cuando los adquirió el Estado.

Su viaje a Venezuela y su labor bibliográfica

     Durante su primer viaje a Venezuela, realizado el 23 de enero de 1897, al contemplar por primera vez la ciudad de Caracas desde la colina de El Calvario, le ganó de inmediato la belleza de la urbe y la paz del ambiente, radicándose definitivamente en 1902. Gran venezolanista, se dedicó a recopilar obras históricas y didácticas venezolanas que dieron origen a la Biblioteca “Henry Clay”, obtenida recientemente por la Nación.

     Desde entonces, dio comienzo a su vasta labor de bibliófilo, empezando con un ejemplar de la Gaceta de Caracas, que le donara su gran amigo, el destacado bibliófilo venezolano Don Manuel Segundo Sánchez. Poseedor de una vasta cultura, el señor Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó el número de 14 mil títulos que se hallan incluidos en el índice de la Biblioteca Nacional, obtenidos por la Nación en el año de 1942.

     Más de siete lustros de una labor paciente y sistemática fueron el resultado de esta valiosa colección de libros y periódicos que constituyen la Biblioteca “Henry Clay”.

     La Hemeroteca está enriquecida por colecciones de El Federalista, La Opinión Nacional, El Colombiano, editado por William Johnson, por el año de 1823, La Gaceta de Venezuela y las Memorias de diversas entidades regionales, etc.; y por obras de incalculable méritos, como Novae Novi Orbi Historiae, editada en el año 1581 (incunable); Maffei Bergonalis Historians, que data del año 1590 (incunable); la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, por Juan de Laet, escrita en francés, data del año 1546; etcétera.

     En el año 1935, el señor Dolge donó 700 volúmenes de su colección Bolivariana a la Academia Nacional de la Historia, de la cual es miembro honorario. Durante sus cuarenta y nueve años venezolanos ha participado en todas las grandes efemérides de la Patria.

     Dolge fue el primero en traer a Venezuela un “dry-cleaning”, conocida con el nombre de Lavandería Americana, cuyo gerente fue el doctor Rafael Arévalo González. Más tarde, desempeñó el cargo de Agente Comercial de su país en Venezuela, siendo uno de los pioneros de las compañías petroleras con la fundación de la Richmond Petroleum Co., de la cual fue su gerente.

El senador estadounidense Henry Clay fue figura de inspiración para que Rudolf Dolge creara una extraordinaria colección de libros

El senador estadounidense Henry Clay fue figura de inspiración para que Rudolf Dolge creara una extraordinaria colección de libros.

Una de las valiosas obras de la colección de Rudolf Dolge es la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, escrita por Juan de Laet y publicada en francés, en 1546

Una de las valiosas obras de la colección de Rudolf Dolge es la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, escrita por Juan de Laet y publicada en francés, en 1546.

     Por los años de 1930, realizó una labor de acercamiento entre los pueblos americano y venezolano, despertando un sentimiento de gratitud hacia la figura del senador Henry Clay, primero en pedir Congreso Americano el reconocimiento de la Independencia de Venezuela. Gracias a sus gestiones, los Estados Unidos hicieron donación al pueblo venezolano la estatua del gran estadista que preside la plaza que está al lado del Teatro Nacional, en Caracas.

     Últimamente el señor Dolge regresó de Estados Unidos donde fuera en viaje de salud. Su vista, cansada de tanto trabajar, comenzó a oscurecerse. Sometido a una operación, regresó luego, con su jovial espíritu dispuesto a emprender nuevamente su obra bibliográfica que aún no ha terminado.

     Hombre de una gran actividad intelectual, Rudolf Dolge continúa recopilando sus libros y catalogándolos para completar su obra bibliográfica que es un valioso aporte a la Bibliografía Venezolana. Desde su lecho de enfermo está pendiente de mejorarse para seguir su trabajo, el cual considera como un aporte personal a la cultura de Venezuela. En este día de su aniversario venezolano, estrechamos sus manos en gesto cordial y amigo, y hacemos votos por su restablecimiento.” Lamentablemente, Dolge falleció en Caracas, cuatro años más tarde, el 12 de marzo de 1950

FUENTES CONSULTADAS

Últimas Noticias. Caracas, 23 de marzo de 1946; págs. 8 y 7

Sensacional fuga de la Isla del Burro

Sensacional fuga de la Isla del Burro

En los días navideños de 1963, la nación fue sacudida con la noticia sobre la espectacular fuga de un grupo de procesados militares recluidos en el penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro. El presidente Rómulo Betancourt ordenó a tres Ministerios una investigación exhaustiva del caso para determinar cómo se fugaron los presos. Anotándose su primera gran exclusiva del año, la revista Élite publica este reportaje, escrito por uno de los cabecillas de la fuga –quien emplea un seudónimo para ocultar su verdadera identidad– en el cual se relata minuciosamente todo el plan de la sensacional fuga.

Por Dámaso Rojas

En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

     “La Penitenciaría de la isla de Tacarigua parecía la más segura de todas las cárceles del país. Cuando se reacondicionaron sus instalaciones, nadie se preocupó en reducir el presupuesto ni en ninguna economía con tal de que fuese un presidio a prueba de fugas. El Ministerio de la Defensa ya había planteado la necesidad de un penal especial para algunos procesados militares. Las antiguas fortalezas de El Vigía, en La Guaira, y Libertador, en Puerto Cabello, ni el Cuartel San Carlos de Caracas, y menos aún las cárceles nuevas, tenían capacidad y todos los elementos de seguridad necesarios para garantizar la prisión de unos 200 civiles y militares tenidos como “peligrosos” y condenados a doce o treinta años.

     Atendiendo a tales exigencias se destinaron 14 millones de bolívares, de los cuales, trece fueron invertidos en las instalaciones de alarma y seguridad, para reacondicionar la famosa Isla del Burro. El MOP, bajo la dirección técnica de especialistas alemanes, con el asesoramiento del mayor Ernesto Pulido Tamayo, estimado en Miraflores como el más capaz de sus jefes de prisiones, construyó su obra. Era un penal modelo, con todos los adelantos modernos en materia de seguridad, especial para ´procesados militares.

     En Miraflores podían dormir tranquilos. La inversión hecha convirtió la isla del Burro en un penal seguro, a prueba de fugas. No se repetirían casos como el de la Cárcel de Trujillo, de donde se evadieron el 15 de septiembre nueve condenados civiles y militares, entre quienes figuran el capitán de corbeta Molina Villegas, el mayor Vegas Castejón, Fabricio Ojeda, Luben Petkoff y otros cinco más. De todas las otras prisiones importantes –incluido el Cuartel San Carlos– se han fugado presos políticos o militares. Pero al fin había una con el máximo de seguridad.

     La Isla del Burro tiene una doble cerca de alambres, de las cuales la interna está dotada de un sistema electrónico de alarma que permite señalar en un tablero cualquier corte o el más insignificante contacto. Sería suficiente con que uno de los detenidos tocara con sus dedos uno solo de los alambres, para que entrara en funcionamiento el sistema. Se enciende el tablero, suenan timbres, se prenden los reflectores. En el supuesto de que fallara el sistema electrónico, y algún preso traspasara esa primera cerca, tendría que atravesar un campo minado, imposible de transitar sin el riesgo de perecer. Si alguien atravesara ese campo, y lograra traspasar la cerca exterior, estaría todavía en la Isla del Burro. Muchos recordarán que “Petróleo Crudo” alcanzó una orilla a nado. Hoy es imposible. Alrededor de la isla todo está sembrado de minas. Ni se puede atravesar a nado, ni podría llegar una embarcación sin ser vista o sin chocar con una mina. La navegación es obligatoria por un canal señalado mediante bollas, por donde diariamente y a toda hora una lancha patrullera.

     Independientemente del sistema electrónico, existen 40 garitas, cada una de ellas con dos centinelas armados de automáticas, y con potentes reflectores –cada garita– cuya luz alcanza hasta las orillas más distantes.

     La vigilancia está a cargo de un Destacamento militar mixto, con 300 hombres escogidos, dotados de morteros, ametralladoras antiaéreas y armas ligeras. Además, hay 100 guardias civiles con carabinas FN y revólveres, y un sistema de comunicación permanente con los Ministerios de Justicia y Defensa y con la Base Aérea de Palo Negro, que es la instalación militar más cercana a la isla. Resultaba invulnerable.

Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

Los procesados y condenados

     En tales condiciones, después de probar varias veces los sistemas de seguridad, se resolvió el traslado de los primeros presos, hasta completar unos 160.

     En primer término, todos los procesados por su participación en el movimiento conocido como “El Porteñazo”, el 2 de junio del 63: un Capitán de Fragata (equivalente a teniente coronel) Pedro Medina Silva; tres Capitanes de Corbeta (Mayores) Víctor Hugo Morales, Miguel Henríquez y Luis Avilán Montiel; cuatro tenientes de Fragata (tenientes) Carlos Fermín C., Wallis Medina Rojas, Antonio Picardo y Florencio Ramos y otros oficiales y suboficiales hasta completar unos 25.

     También están los civiles procesados por la misma causa: Dr. Germán Lairet, Dr. Manuel Quijada (Secretario del Consejo Supremo Electoral en 1958), Gastón Carvallo, Alberto Caricote, Julio Conde Alcalá, Oscar “Loco” Carreño y otras decenas; jóvenes acusados por sus actividades guerrilleras, detenidos en vari as regiones del país, y quienes habían estado en La Orchila, El Vigía y el Castillo de Puerto Cabello, como Eduardo Ortiz Bucarán, Rufo Antonio Meneses, Clodosvaldo Russián, Julio Valero Roa, Rafael Rondón Rivas, Ángel Suzzarini, el sindicalista Luis Felipe Ojeda, etc.; el exdiputado Eloy Torres, trasladado desde la Cárcel de Ciudad Bolívar, y otros oficiales, casi todos considerados de ideas radicales, como el mayor Manuel Azuaje Ortega, los capitanes Américo Serritiello, Julio Bonet Salas, Raúl Hernández W.; los tenientes Nicolás Hurtado Barrios (preso desde 1958) y Exio Saldivia, jefe del movimiento conocido como el “Saldiviazo”.

     Hoy casi llegan a trescientos, distribuidos en galpones que hace años utilizó el Consejo Venezolano del Niño para un retén que funcionó allí, y el cual clausuró por razones de salubridad.

Descartados 9 planes de fuga

     Ahora comienza el relato de uno de los evadidos el 25 de diciembre:

–A medida que íbamos llegando, nos dábamos cuenta de lo difícil que resultaría una evasión. Allí estábamos “veteranos” de varias prisiones, y todos coincidíamos en que esta Isla del Burro parecía imposible de burlar. Sólo un cambio en la situación política nos daría la libertad. ¡Y pensar que algunos están condenados a años! Pero no perdíamos la esperanza, estábamos seguros de encontrar algún medio de evasión. Nos organizamos para exigir mejor trato, para luchar por reivindicaciones que hicieran más llevadera nuestra vida en ese inhóspito lugar, sin dejar de pensar en que la única reivindicación que realmente tiene valor para un preso es la libertad.

–¿Cuándo comenzaron a planear la fuga?

–Desde el mismo día de nuestra llegada, a fines de octubre. Distribuimos decenas de hombres para labores de observación. Pacientemente, pues teníamos tiempo suficiente, nos fijábamos y tomábamos datos sobre todas las medidas de seguridad, cambios de guardia, distancias, los relevos, funcionamiento del sistema electrónico, rutina del personal, materiales de construcción, sistema de visitas, etc. No descuidábamos un solo detalle. Más de cuarenta de nosotros trabajábamos en esa etapa de observación.

     Con esos datos en la mano comenzaron a estudiar posibles planes. En menos de un mes descartaron nueve porque todos tenían uno o más puntos débiles que los hacían imposible de ejecutar o eran demasiado riesgosos. No se podía burlar las alambradas, ni las garitas, ni sobornar a los guardias porque no tenían contacto directo con ellos; era imposible la evasión nocturna que significara atravesar a nado la laguna. Tampoco era factible una acción de comando desde el exterior, pues ni siquiera contando con helicópteros o lanchas rápidas hubiese tenido éxito.

–De la misma manera como cada uno de esos nueve planes tenía un punto débil, sabíamos que el penal también tendría el suyo. Y lo encontramos: en la propia rutina del penal, el único lugar viable era el embarcadero que sirve para llegar a la isla.

Los días de visitas

–Teníamos que escoger el mejor momento, y cuando hubiese mayor cantidad de ´personas circulando. Tenía que ser un día de visita. Entonces procedimos a estudiar con el mayor cuidado, sin olvidar detalles, el procedimiento empleado para aceptar las visitas.

     Dos veces cada semana, los miércoles y los domingos, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, los familiares de los civiles y militares presos los visitaban. Existe un riguroso control a cada visitante, a quien se le retiene la Cédula de Identidad, y a quienes se contaba, una a uno, después de concluir el período de visita.

–Teníamos que encontrar el “punto flaco” del sistema de control. Un día, uno de nosotros, observador agudo, dio con la fórmula de burlar la guardia. A partir de ese momento todos intensificamos nuestro trabajo, y nos fijamos, como meta, intentar la evasión antes del último día del año.

–¿Qué fecha era entonces?

–Faltaban pocos días. Estábamos contra el reloj, y cualquier atraso podría echar por tierra nuestro plan; así que no podíamos perder tiempo.

Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

Escogen la fecha

     Se reúnen y resuelven intentar la fuga el domingo 22 de diciembre. Un día después, la cambian para el 25, pues pensaron que por ser día de Navidad las visitas serían más numerosas, como en efecto ocurrió.

–Nuestros enemigos eran los guardias civiles, agentes todos del SIFA y de la DIGEPOL, en contacto directo con nosotros, pues una de sus tareas era grabar bien nuestros rostros. Solo ellos, ¡y eran cien!, podían reconocernos, pues el personal militar no tenía contacto.

     Los siguientes fueron días de gran tensión, como es de suponer. Repasaban cada detalle para perfeccionar el plan. Los cuatro comprometidos aparentaban, no obstante, la mayor tranquilidad, y con los otros presos, hacían planes de Año Nuevo, cursos de estudios, torneos deportivos. Resolvieron que no debían tener contactos entre sí más de dos de ellos, y cada noche no hacían sino pensar en la fuga.

     El mayor Azuaje Ortega y Gastón Carvallo eran los más preocupados: el primero, por su estatura, y el otro, por la calva. El capitán Medina Silva y Germán Lairet también tenían un factor adverso: ambos eran delegados de los presos ante las autoridades del penal, y podían ser reconocidos.

–¿Y por qué no escogieron otros?

     No hubo ninguna respuesta. Lo cierto es que se mantuvo el secreto. Ni los familiares ni los otros presos estaban enterados de los pormenores, fecha y otros detalles de la fuga. Así al menos lo asegura nuestro entrevistado.

 

Hora “0” del día “d”

     Se acercaba el día “D”. Celebraron la Noche Buena, cenaron juntos, cantaron y charlaron. Lairet amaneció enfermo y tuvo necesidad de inyectarse hasta cinco veces para combatir una angina que pudo trastornar su “salida”. El 25, después del desayuno, los presos esperaban con entusiasmo a sus familiares. Un equipo especial había preparado un almuerzo, en el que participarían los visitantes; adornaron las instalaciones; abrían los paquetes de regalos. Entre casi 300 presos, había cuatro que no podían tener un comportamiento igual, a pesar de todos los esfuerzos que hacían.

     Se ponían más nerviosos cuando llegaba la hora “0”. Por la tarde, cada uno de ellos hizo lo previsto para cambiar de fisonomía y evitar la eventual identificación. Pelucas, bigotes rasurados, tinte para el pelo, cambio de tr5ajes, caminar distinto, cambio de voz. Termina la visita.

–Comenzamos a caminar con los otros visitantes Yo estaba nervioso, y trataba de no mirar a mis compañeros de aventura. La visita había terminado, y andábamos por los pasillos. Ni siquiera los otros compañeros nos reconocían. Sin embargo, no me despedí de nadie. Eran las seis de la tarde, porque la visita se había prolongado dos horas por tratarse de 25 de diciembre. Esa semioscuridad nos favorecía. Pudimos llegar sin inconvenientes al punto crítico de nuestro plan. . .

Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

El embarcadero

–Allí, aprovechando la afluencia de visitantes, la oscuridad y el natural cansancio de la guardia, pusimos en práctica una treta.

–¿De qué se trataba?

–No pudo explicarla, por razones obvias.

     Uno a uno subió a la gabarra apretujada de gente. Gastón Carvallo fue el último en hacerlo, Hubiera sido suficiente que por cualquier circunstancia se le cayese la peluca, y todo el plan se hubiera venido abajo. Cuando Carvallo subió, buscó con la vista a sus compañeros. Estaban los cuatro. Pero la gabarra no se ponía en movimiento.

–Todos templamos cuando vimos que, a buen paso, se acercaban dos guardias. ¿Estábamos descubiertos, Medina Silva me miraba preguntándome qué pasaba? Transmitieron un breve e insignificante mensaje, y a las 6.20 minutos partimos. Un reflector mostraba la zona marcada con bollas.

–¿Usted debe ser familiar de Lairet? –preguntó una señora a uno de los evadidos.

–No, no, señora, ni lo conozco.

–Pero se le parece mucho.

     Quería seguir hablando cuando a las 6.40, la gabarra tocó la orilla. Cada uno constató que sus otros compañeros estaban en tierra. Seguros, después de esa primera etapa.

En libertad

     Todavía no estábamos a salvo. Si se daban cuenta de nuestra ausencia, hubiéramos sido detenidos nuevamente. Pensamos que antes de una hora sería imposible que se percataran de la fuga, y en ese tiempo, cada uno por su lado, pudimos trasladarnos a lugares más o menos seguros. Nuestros compañeros fueron discretos, y solo en la mañana del 27 de diciembre, las autoridades pudieron cerciorarse de la evasión. Nunca penamos que íbamos a tener tanto tiempo para completar nuestra fuga.

–¿Quién los ayudó?

–Nadie. El plan tenía esa ventaja, que podía ejecutarse sin colaboración.

–Al menos hubo complicidad. . .

-No podía haber ayuda de la custodia porque el personal civil es de la DIGEPOL y el SIFA, y los efectivos del Destacamento militar no tienen contacto con los presos y, en consecuencia, no podían identificarnos.

     Por la puerta grande, como tituló “El Mundo”, pudieron fugarse el capitán de Fragata Pedro Medina Silva, condenado a 30 años de presidio por ser uno de los tres cabecillas –Ponte Rodríguez y Víctor Hugo Morales fueron los otros– del “Porteñazo”; el mayor Manuel Azuaje Ortega, quien se fugó desde un avión cuando lo trasladaban desde Puerto Cabello; posteriormente del Hospital Militar, y había sido detenido después de gran actividad clandestina, el pasado 9 de julio en Maracay; el Dr. Germán Lairet, antiguo dirigente de la FCU, miembro del Comité Central del PCV, exdiputado, y condenado a 16 años y medio, por su participación en el “Porteñazo”; y Gastón Carvallo, también condenado a 16 años y medio por participar en el “Porteñazo”, y quien fuera torturado, según denuncias públicas hechas entonces.

     Esa es la historia contada por uno de ellos. Verdad o mentira, lo cierto es que están en libertad, aunque perseguidos por todas las policías”.

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 1° de febrero de 1964.

    Lucas Manzano: Venezolanísimo capitán de la caraqueñidad

    Lucas Manzano: Venezolanísimo capitán de la caraqueñidad

    Vivió casi un siglo de los cuatro de una Caracas a la que describió tan sabrosamente.
    Lucas nació en 1884 y falleció en 1966. Fue militar, escritor y periodista. Fundador de la célebre revista Billiken y autor de varios libros de amenas crónicas

    Por Carlos Eduardo Misle (Caremis)

         “Como ya era irremediable la muerte –doblegada la fortaleza física por la resentida salud de los últimos y numerosos años– la tierra caraqueña tan enaltecida por él en prosa enamorada y en conducta de nativo elegante y cordial, acogería muy amorosamente a Lucas Manzano en una tarde luminosa. Los lutos y los llantos estaban en la familia; y en las amistades, tantas y tan diversas en las profesiones, en los niveles, en las ubicaciones, en las edades.

    Lucas Manzano (1884-1966) fue un caraqueño conocedor de las anécdotas e historias de la ciudad y sus personajes, que escribió varios libros de amenas crónicas.

    Lucas Manzano (1884-1966) fue un caraqueño conocedor de las anécdotas e historias de la ciudad y sus personajes, que escribió varios libros de amenas crónicas.

    El espontáneo evangelista

         Como a “Leo” y a tantos venezolanos ilustres ya caraqueños destacados, Monseñor Pellín le salpicó de oraciones, hondas palabras y agua bendita, la cruz florida y luctuosa que no se sabe por qué recordaba un antiguo clavel en el ojal. Como a “Job Pim” y Andrés Eloy el poeta Pedro Sotillo le dijo adiós con las emocionadas frases de su columna: “. . . y al fin ancló Lucas en su verdadera vocación, que era la de cronista histórico. A ello se entregó con la pasión y la voluntad que ponía en las cosas de su trabajo, como en sus amistades. Dio a la imprenta cerca de doce volúmenes, alguno de los cuales nos tocó prologar. Y ahora se va el admirable compañero, el amigo estupendo y el cronista de la espontaneidad. Que le sea leve la tierra que tanto amó.

         Como a Enrique Bernardo Núñez, otro académico que cultiva la columna diaria, el Dr. Luis Beltrán Guerrero le dedicó unas Candideces plenas de sentimiento. En ellas llamó Evangelista de Caracas a este Lucas que nació un 18 de octubre de no se sabe cuándo, y murió el 1° de mayo de un almanaque infalible. El Dr. Guerrero que en ocasión tan feliz como fue la milagrosa recuperación de Lucas hace dos años y medio y lo llamó Matusalén de obsidiana, asentaba, ahora que el archi-veterano cronista, absoluto decano del periodismo, había continuado la “tradición de los tradicionistas caraqueños: Arístides Rojas, Tosta García, Teófilo Rodríguez, Bolet Peraza, con f e y constancia, garbo y donosura”.

    La verdadera pasión de Lucas Manzano fue la de cronista histórico. A ello se entregó con entusiasmo y voluntad.

    La verdadera pasión de Lucas Manzano fue la de cronista histórico. A ello se entregó con entusiasmo y voluntad.

    El mar de coronas

         Como a tantos venezolanos notables que sepultados en ese guzmancista Cementerio General del Sur que tiene precisamente la edad de Lucas Manzano y también tiene un nombre más suave para los sobrevivientes o habitantes de Caracas –Tierra de Jugo–, al Capitán Manzano –que no solamente fue artillero del verbo y de la crónica– le dijeron sus buenas y condolidas palabras a la orilla de la tumba fresca.

         Las conmovedoramente improvisadas de un antiguo compañero suyo, concluyeron con un “Adiós, ¡negro que tenías el alma blanca. . .!” Frase muy repetida en los homenajes biográficos de los periódicos de estos días. Frase que se origina en Gil Fortoul y hace pensar que el ilustre larense se le adelantó al título de la novela de Insúa.

         El otro discurso estuvo en voz y manos del Capitán Manuel Becerra, quien señaló que el paso del Capitán Manzano Castro por las Fuerzas Armadas, “fue de avance, de orden, de marcha, de colaboración patriótica, vigorosa y útil”. Señaló que “con su pase a la situación de retiro en 1908 las Fuerzas armadas no se privaron de su colaboración, sino que siguieron contando con su numen fecundo”.  Al hablar en nombre del “Instituto de Oficiales de la FF.AA. en situación de disponibilidad y retiro” –el Capitán Becerra señaló que “Si Caracas ha perdido uno de sus grandes cronistas, lleno de pasión por lo que ella significaba, es de desearse que el Cuatricentenario de la ciudad capital, sea la fiesta del espíritu, de la comprensión nacional y que el nombre de Lucas Manzano y el de su obra, tenga una referencia humedecida con el afecto de todos”.

    En Tierra de Jugo

         Como la tarde en que enterramos a Don Enrique –ese grande e inolvidable Don Enrique Núñez, valenciano tan cabal y tan enamorado de Caracas, ciudadano tan cronista, venezolano tan serio y tan ilustre, de los que tanta falta hacen– los últimos rezos y las primeras paletadas hacían pensar en los paladines de venezolanidad que reposan en el camposanto caraqueño desde que fue inaugurado el 5 de julio de 1876 por el Doctor y General Presidente Antonio Guzmán Blanco y cinco días después por el primer cadáver: Bonifacio Flores, un músico valenciano que formaba parte de la Banda Caraqueña.

         En el entierro de Don Enrique estuve con Don Lucas, que acababa de sobreponerse increíblemente a una gran gravedad, tan alarmante que hasta había causado la falsa alarma de su muerte. Como había llovido mucho aquella tarde y casi era de noche, quiso –“para evitar un resbalón y para cuidarme, chico”– permanecer en uno de los fúnebres coches de la comitiva. Vimos desde allí el sepelio. No quise dejarlo solo en tan triste vehículo, a sus años, con sus dolencias, en el entierro de un doble colega y amigo y frente a aquel paisaje nada optimista de cruces, mármoles, sauces y cipreses. Pero la verdad es que –al menos eso parecía– nada le hacía mella a su férreo espíritu y a esa elegancia que tuvo hasta para morir, tan alérgico a pantuflas y piyamas. Luego lo acompañé hasta su c asa, hasta la quinta “Doña Luisa” de El Paraíso. En el camino me decía:

    –¡Caramba, chico cómo se está muriendo la gente! ¡El pobre Enrique! ¡Yo le llevaba diez años!

         Al advertirle que no creía en que fue 1885 el año de su nacimiento – “¿No será Don Lucas, que usted nació dos veces y esa fecha corresponde a la vez que lo hizo en La Guaira?”– sonrió con picardía. Aún más sonriente, mostró su cédula de identidad y de caraqueño:

    –Mira: aquí dice 1884. . . Lo que pasa es que tú estás empeñado en que yo nací cuando Guzmán inauguró la estatua de Bolívar. . . Yo te daría mi edad exacta, pero es que ni yo mismo la sé, porque desde chiquitico quedé huérfano.

    Las últimas corbatas. . .

         Después del entierro de Lucas Manzano su cédula de identidad estaba en las manos del yerno, Carlos Alberto Bernaccino, quien, comentando la vitalidad, el dandysmo, el espíritu indoblegable, el espíritu indoblegable del gran cronista caraqueño, me decía:

    –Creo que Manzano tenía ese brollo de la edad para poder manejar su automóvil, ya que hace mucho tiempo se había pasado del límite legal. Era demasiado juvenil. Horas antes de agravarse – como sabía que yo iba a viajar a Italia –me dijo:

         Te voy a dar cincuenta bolívares para que me traigas unas corbatas de esas que son canela fina. . .

    Tradiciones caraqueñas es un libro póstumo en el que se recopila gran parte de las crónicas sobre Caracas, escritas por Lucas Manzano.

    Tradiciones caraqueñas es un libro póstumo en el que se recopila gran parte de las crónicas sobre Caracas, escritas por Lucas Manzano.

    Caracas siempre

         Entonces estaba escribiendo su último artículo: sobre Fajardo y su merecido estatua. Apareció coincidencialmente publicado el mismo día de su entierro, cuando empezaban las primeras páginas, las editoriales y las de información, a recoger la noticia de su muerte y los innumerables homenajes de muchas plumas a quien hizo una labor de sesenta años en diarios y revistas, Desde  “El Cojo Ilustrado” –donde mostró su arte de pionero fotográfico– y “La Revista” –de los años de la primera guerra mundial , cuando realizó esfuerzos cinematográficos con “La Dama de las Camelias” y otras películas–, hasta “Élite”.

         En esta revista “Élite” que siempre fue su casa –desde la fundación en 1925– se destacaba su firma con la misma frecuencia de sus visitas a la redacción, que las hacía casi siempre después de “las vueltas” que nunca dejó de darle a su Caracas.

         Esta Caracas a la que le saboreó casi un siglo de los cuatro que la ciudad tiene. Y cuyos tres siglos restantes –tanto en sucesos como en leyendas, personajes, curiosidades, pintoresquismo– tuvieron siempre las más entusiastas alusiones de su pluma traviesa, oportuna e inolvidable”.

    FUENTE CONSULTADA

    • Élite. Caracas, 14 de mayo de 1966.

    El diario de Ker Porter

    El diario de Ker Porter

    Cónsul y encargado de negocios de Gran Bretaña en La Guaira y Caracas (1825-1841), pintor y autor de un Diario personal, en el que da un interesante panorama de la Venezuela de comienzos republicanos.

    Cónsul y encargado de negocios de Gran Bretaña en La Guaira y Caracas (1825-1841), pintor y autor de un Diario personal, en el que da un interesante panorama de la Venezuela de comienzos republicanos.

         Sir Robert Ker Porter (1777-1842) dedicó gran parte de su vida a los viajes. Entre las actividades que desempeñó se encuentran su reconocimiento como pintor, escritor y diplomático. De origen escocés desarrolló su carrera como paisajista panorámico en Gran Bretaña. Como artista estuvo al servicio del zar Alejandro I de Rusia. Para el año de 1825 fue nombrado Cónsul General de Gran Bretaña en Venezuela. Luego del reconocimiento británico de Venezuela como República independiente (1835), fue comisionado como Encargado de Negocios de su Majestad Británica, cargo que ocupó hasta enero de 1841.

         Durante su estadía en el país redactó Diario de un Diplomático Británico en Venezuela. Obra en la que estampó sus impresiones sobre los lugares que conoció, así como resulta ser un testimonio de los primeros años de la vida republicana. También se dedicó a la pintura con lo que dejó un testimonio visual de distintas localidades y gentes de Venezuela.

         El Diario… de Porter constituye un valioso informe de la Venezuela que conoció como un componente de la República de Colombia, la separación de ésta y la mirada que ofrece de los fundadores de la nacionalidad a quienes conoció de manera directa. De igual manera, dejó estampada una descripción gráfica de Caracas, la de su valle con sus sembradíos, las haciendas que en ella se encontraban instaladas, así como los distintos riachuelos que la surcaban.

         Entabló amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. En cambio, su visión de Páez, con quien trató por más tiempo, fue la de ser un hombre sensato y honesto. No se expresaría del mismo modo de Santiago Mariño a quien observó con desconfianza.

         Con fecha noviembre 27 de 1825, Porter escribió en su bitácora de viaje que lograron entrar al puerto de La Guaira a bordo del Primrose. Consiguieron hacerlo sin mayores contratiempos, “pues son grandes los peligros corridos por los buques que se acercan demasiado a la costa en este país”. Aunque señaló que el desembarque había sido incómodo “porque el oleaje rompía por encima del destartalado muelle de madera ya podrida que conduce a la orilla de la población”.

         Describió que este lugar mostraba buena protección gracias a grandes murallas y fortalezas en dirección al mar, así como por empinadas colinas alzadas detrás del lugar donde estaban además coronadas por baterías de distintas clases, al igual que por unas defensas casi impenetrables formadas de tunas y otras plantas espinosas y tupidas que crecían por doquier y a las que había que acercarse de manera cautelosa como “en todos los países tropicales”.

         De La Guaira expresó que la encontró semejante a un lugar situado en el mar Caspio. De sus calles las ponderó de estrechas y que sólo habían sido parcialmente reconstruidas luego del destructor movimiento sísmico de 1812. Observó en lo alto de la ciudad una iglesia, “de aspecto imponente, pero los ardientes reflejos de las montañas y de las paredes, hedores, etc., en modo alguno invitaban a un conocimiento más íntimo”. De allí, Porter y sus acompañantes tomaron el rumbo, por la orilla del mar, hacia el pueblo de Maiquetía del que anotó que era “ventilado y hermosamente situado en la falda de las montañas, en medio de un bosque de árboles de cacao poco denso”.

    Las impresiones iniciales de Robert Ker Porter sobre Caracas fueron que era un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador.

    Las impresiones iniciales de Robert Ker Porter sobre Caracas fueron que era un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador.

         Puso a la vista de sus potenciales lectores el haber observado buitres y pelícanos que volaban sobre la playa. Por otra parte, relató que el martes 29 había partido para Caracas. El camino que transitó fue la denominada “carretera nueva”. Pasó de nuevo por Maiquetía y desde aquí comenzaron el ascenso por un camino que le pareció largo. Según sus anotaciones era una “vía angosta, difícil, invadida por espesos matorrales y, por momentos, de carácter no muy seguro, pareciéndose, en muchos sitios, a la del Coral de Madeira, pero, en general, muy inferior, tanto en grandiosidad como en lo pintoresco de su aspecto”.

         Luego de unas dos horas de viaje, Porter y sus acompañantes, llegaron a la vertiente de la fila de montañas que forma parte del valle de Caracas. Contó que habiendo entrado en terreno llano observó un valle espléndido, tanto por sus cultivos como por el agradable aspecto que estimulaba al observador. 

         Sin embargo, añadió que “el acceso por este lado de la ciudad dista mucho de ser interesante o imponente, y gradualmente alcanzamos el centro de la población pasando entre iglesias, conventos y casas derruidos”.

         La primera visita que Porter hizo a Caracas fue por unas horas y para presentarse ante algunas autoridades importantes. De nuevo en La Guaira comparó el clima que en ésta predominaba, al que relacionó con un horno, y la agradable temperatura de Santiago León de Caracas. Ciudad a la que regresó, ya para instalarse como representante del gobierno inglés, el sábado 3 de diciembre de 1825. El camino que transitó en esta ocasión le llamó la atención por ser ancha y estar “bien pavimentada”. Expuso la variedad de la vegetación existente y como, desde la cima de la montaña, se veía el mar. “La escena era más nueva que sublime o llamativa y he de decir que no correspondía con las floridas descripciones hechas por Humboldt y varios otros que la han contemplado desde esta curiosa carretera”.

        Indicó que la primera visión de la ciudad “es impresionante, pero no puedo dejar de decir que me decepcionó”. Exclamó que, si fue así desde lejos, “como sería al ver la ruina, la desolación y la falta de cualquier cosa que pudiera llamarse comodidad o esperanzas de vida social al entrar más en contacto con sus destrozados restos”. Relató que pasaron por calles completas cubiertas por la maleza, con casas sin techos y dentro de ellas hermosos árboles ya crecidos y “saliendo por las ventanas mohosas, sombreando los restos enterrados de familias enteras, cuyas paredes domésticas se habían convertido en su mausoleo”.

    Ker Porter tuvo amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. Pintó un retrato del Libertador.

    Ker Porter tuvo amistad con Simón Bolívar a quien adjudicó su derrota por desmedida ambición. Pintó un retrato del Libertador.

         Denominó estos vestigios “sepulcros” y a partir de los cuales siguieron su camino hacia la iglesia que había resistido ante los embates del movimiento telúrico. Añadió: “y tomamos residencia temporal en el City Hotel, en habitaciones que nos habían preparado; un triste y miserable hueco, asqueroso y lleno de pulgas”. Luego de cumplir compromisos sociales y haber degustado la comida de la noche, llegó a su habitación a las diez de la noche, pero el sueño fue interrumpido por los ruidos nocturnos, debido a las borracheras y que se prolongaron hasta las cuatro de la madrugada.

         Por estar residenciado en una habitación que carecía de un amoblado adecuado, solo había en ella sillas, con piso recubierto de ladrillos o baldosas, se vio en la imperiosa necesidad de buscar un nuevo lugar para residenciarse, pero las casas que visitó con el fin de mudarse eran “sucias y caras en extremo”. Los alquileres oscilaban entre 50 y 100 dólares muy alto precio para Porter.

         Describió un ágape al que fue invitado el cual se caracterizó por las opíparas raciones y la gran cantidad de licor. Al día siguiente, amaneció con molestias estomacales. Describió su convalecencia así: “El doctor Coxe tomó el toro por los cuernos y espero que mis males no se agraven. Este no es un buen lugar para un inválido. ¡Ni una silla retrete en el establecimiento! El excusado está a tres patios, y qué sitio! Además de todas sus amenidades, el visitante es mantenido en alerta por una o dos ratas que saltan del asiento desocupado hacia la derecha o hacia la izquierda. Estuve en cama todo el día”.

         Las molestias en la posada que ocupó no dejaron de causar a Porter incomodidades. Dos días después del malestar estomacal debió soportar los eventos que en la posada se escenificaron la noche del viernes nueve. Contó haber escuchado gritos, insultos y juras en diversas lenguas. 

         Se enteró al día siguiente que el dueño del lugar, un oriundo de Alemania, y un coronel también de origen alemán habían tenido una discusión. Además, hubo un disparo durante el evento y pensó que habría sido la consumación de un duelo pendiente. Pero fue el coronel que protagonizó la pelea quien “se había levantado la tapa de los sesos”. Escribió que había sido un suicidio porque dejó tres cartas para conocidos y familiares.

         Luego de este lamentable suceso las cosas en la posada se experimentaron con un poco de más calma. No obstante, continuó la búsqueda por conseguir un nuevo espacio de residencia. Acompañado por un conocedor visitó otro lugar que le fue de agrado porque “parece prometer más comodidad y limpieza que lo acostumbrado en Caracas”. Al culminar esta diligencia decidió dar un paseo al lado este de la ciudad. Escribió haber alcanzado una pequeña plaza denominada San Lázaro. En un costado de ella había una iglesia que, “todavía está en pie”. Cerca observó los restos de un hospital para la atención de los afectados por la lepra. Aunque este último resultó con deterioros por el terremoto de 1812, albergaba a unos treinta pacientes leprosos. Vio algunos de los pacientes cerca de la entrada y escribió “un triste y bastante repugnante espectáculo”.

    El célebre diplomático inglés tuvo una estrecha amistad, durante muchos años, con el general José Antonio Páez, a quien catalogó como un hombre sensato y honesto.

    El célebre diplomático inglés tuvo una estrecha amistad, durante muchos años, con el general José Antonio Páez, a quien catalogó como un hombre sensato y honesto.

         Durante el paseo decidieron atravesar el lado opuesto a este lugar. Describió que la ciudad mostraba las calles cubiertas de maleza, con paredes de barro plagadas de moho. Más hacia el lado oeste escalaron una “linda y considerable” colina en cuya cúspide se encontraba una edificación con el nombre Ermita del Calvario. Desde arriba dio un vistazo a la ciudad puesto que podían observarse el trazado de las calles que iban de este a oeste y de norte a sur. También divisó los cortes “hechos por los torrentes y el lecho ya casi seco del río Guaire”.

         Mientras tanto continuaba su periplo en búsqueda de un lugar para residenciarse y que fuera limpio, cómodo y accesible económicamente. Porter escribió en su diario, con palabras algo encomiosas que, en la ciudad reinaba una gran apatía, “tanto mental como física, que, por supuesto se extiende hasta los departamentos del Estado, no importa cuán enérgicas en forma puedan ser las leyes e instituciones de la nación”.

         A estas consideraciones sumó que entre las personas reinaba la indolencia, la venalidad y la indiferencia, “debidas a la envidia personal de algunos y la supuesta decepción de otros, como ocurre si hay una multitud de sirvientes en una casa mal gobernada”. De acuerdo con su descripción a pocos les interesaba hacer algo útil y provechoso por su entorno ni por su persona. “Pero ninguno pierde la oportunidad de robarle al gobierno si su situación le proporciona los medios”.

         Después de varios meses de buscar una casa para instalarse a vivir, decidió tomar una de propiedad del coronel Mac Laughlin. El costo del alquiler mensual era de 45 dólares, “tendré que adelantarle seis meses de alquiler, con los que se compromete a poner la casa en un estado apropiado lo más pronto posible para que yo la pueda ocupar, aceptando mantenerla en condiciones de habitabilidad mientras esté en mi posesión”.

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