Esto no debe olvidarse

5 Jun 2023 | Ocurrió aquí

Los métodos de tortura que aplicó Pedro Estrada durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez

Por Juan Vené*

Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

     “Martín Rangel y Luis Antonio Malavé Zerpa, por casualidad coterráneos de Tucupita, son dos de los cuatro estudiantes que el diez de octubre de 1949 fueron apresados y enviados a las Colonias Móviles de El Dorado; junto con diecinueve hombres más acusados de conspirar contra el Gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Los otros dos fueron Carlos Guerrero y J. J. Parra.

     Y es que, desde finales de 1948, hasta el veintitrés de enero de este año de la liberación, Rangel y Malavé Zerpa estuvieron paseando de cárcel en cárcel, en el exilio o escondidos.

     La historia de estos dos valientes de la oposición es contada por ellos señalando siempre que “no tiene importancia” e insistiendo en que solamente hemos puesto un “puntito de cuanto hizo Venezuela por bajar de sus sitios” al presidente de Michelena, al ministro del Interior con delirio de grandeza y al taciturno Pedro Estrada.

     Recuerdan ellos ahora cuando estuvieron montados sobre el ring de Seguridad Nacional por cinco días con sus noches, sin comer ni beber y sienten escalofrío aún al relatar el tiempo que permanecieron acostados en panelas de hielo y amarrados en un solo grupo de nudos en mecate, con manos y pies unidos.

Cuatro años sin ver sol

     Para Martín Rangel, quien a los veinte años ya estudiaba segundo año de medicina en la Universidad Central, la lucha contra el gobierno de Pérez Jiménez fue preparada indirectamente por los cuatro mil hombres que se movían como autómatas bajo las órdenes de Pedro Estrada. Desde enero de 1949, cuando abandonó sus estudios al ser apresado por primera vez en Dabajuro, Estado Falcón, Rangel observó cómo los llamados “detectives” de Seguridad Nacional llevaron a las cárceles de todo el país a millares de víctimas que no trabajaban absolutamente en actividades de conspiración.

     –La última vez que me secuestraron –relata Martín– fue en julio de 1954. Dos hombres armados de pistolas empujaron sus armas contra mis costillares en la esquina del Cují y me golpearon para llevarme a la Seguridad Nacional, que aún estaba en El Paraíso. Después de torturarme en todas formas me enviaron a la cárcel del Obispo. Allí estuve hasta el veintitrés de enero en la madrugada, cuando la manifestación de miles de personas nos sacó de entre las rejas.

     Entonces Martín Rangel recuerda su trabajo de observación dentro de la cárcel. El mismo proceso de estudios y de conversaciones que había seguido en Guasina, en Sacupana, en todas las cárceles a donde fue conducido.

     –En el Obispo –observa el estudiante– conocí algo más de tres mil presos de los llamados “políticos”. Era la gente que la Brigada de Miguel Sanz enviaba a la sección “A” de ese penal. Habitualmente había unos cien o más hombres allí, muchos de los cuales eran expulsados, enviados a Guasina, a la cárcel Modelo, a la cárcel de Ciudad Bolívar o puestos en libertad. Yo llegué a ser muy pronto el más veterano del penal, por tiempo en prisión.
Solamente unas doscientas trabajaban en realidad contra el régimen.

Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

     Martín Rangel, aun conservando su barba negra, mantenida durante los cuarenta y tantos meses de aislamiento, acarició los cabellos de su cara y entonces sentenció a la Seguridad Nacional:

     –Pero el resto de dos mil ochocientos se convertía en enemigos del Gobierno al reunirse con los otros presos y comentar las injusticias, las arbitrariedades y las torturas del servicio de Pedro Estrada. Quienes teníamos convicciones, escuela y experiencia política señalábamos cada punto importante de la situación. Los libros que subrepticiamente y por la absoluta ignorancia de los policías podíamos penetrar en las celdas, eran una llama viva de ambiente revolucionario. A la larga, como fueron pocas las personas no lesionadas por la dureza y las injusticias, todo Venezuela conocía a fondo la inminente necesidad de despertar. El nuevo año trajo la resurrección de la bravura nacional.

     No cabe duda que las mismas observaciones de Martín Rangel, en cuanto a su vida de presidiario, la haría cualquier otro secuestrado de Seguridad Nacional. El preso inexperto, llevado a los calabozos porque vio o dijo algo, o, simplemente porque era “sospechoso”, se convertía fácil y rápidamente en un combativo venezolano, al lado de los torturados, los perseguidos y en general de todas las víctimas físicas o morales de la dictadura. 

     –Me he sorprendido –indicó Rangel– al salir del Obispo y descubrir dentro de la gente que trabajó abiertamente contra el Gobierno pasado en sus últimos meses, a muchos hombres que no eran políticos, que pudieron permanecer separados de la maquinaria  antiperezjimenista, pero que algunos meses o algunas semanas al calor de otros reclusos de Guasina, Bolívar, el mismo Obispo, o cualquier otro penal de Pedro Estrada, bastaron para instruirle sobre lo que son sus derechos y sobre lo que estaba ocurriendo entre las salas de torturas de la Seguridad Nacional en todo el país.

Del ring y el hielo a manos de un médico

     La Escuela de Maestros del Miguel Antonio Caro recibió la primera visita de los hombres de Seguridad Nacional el quince de diciembre de 1948 y ese día debutó como preso político el estudiante normalista Luis Antonio Malavé Zerpa, quien entonces apenas contaba diecinueve años de edad. Desde aquellos días, dentro del edificio de la Avenida Sucre, hoy convertido en el Liceo Militar Gran Mariscal de Ayacucho, el movimiento contra lo que se perfilaba como una dictadura definitiva, estaba planteado y definido. Y Malavé Zerpa, con una consistencia que iba haciéndose más potente con cada prisión, trabajó al lado de los suyos, como voz principal entre el alumnado.

     Por eso cuando el veinticinco de agosto de 1949 caía preso por tercera vez, estaba decidido en Seguridad Nacional que iría a las Colonias Móviles de El Dorado. Pero como a los 100 días la protesta general hizo sacar del penal de Bolívar a los cuatro estudiantes, pronto estaba viajando hacia Costa Rica como exilado político.

Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

     A su regreso al país con visa autorizada, el siete de diciembre de 1950, fue esperado en La Guaira y detenido a bordo del barco, por el célebre “mocho” Delgado y otros seis hombres de Seguridad Nacional. Relata entonces Malavé Zerpa el juego de los hombres de Pedro Estrada, dándole libertad por algunos días y prisión por semanas, en la desesperación por descubrir sus actividades.

     –El 25 de noviembre de 1951 –recuerda Malavé Zerpa– me torturaron, Esa noche fui apresado en Blandín, donde me había escondido. Al llegar a Seguridad Nacional recibí tal golpiza que casi perdí el conocimiento. Me preguntaban si conocía dónde estaban escondidas las bombas que preparábamos los maestros y alumnos de la Miguel Antonio Caro. En la madrugada me acostaron boca arriba sorbe panelas de hielo, con las manos esposadas a la espalda y completamente desnudo.

     Los torturadores estaban interesados en que el estudiante les informara el paradero del poeta José Rafael Muñoz.

–Nunca lo revelé y ¡claro que lo conocía! . . . sí era el director de nuestro movimiento. “Cuatro horas permanecí sobre el hielo. Ya a la hora uno no siente mayor sufrimiento, porque el cuerpo se duerme. Lo malo estuvo en que me llevaron entonces al ring. Me hicieron montar a golpes y estaba sangrando mucho. Sobre el ring es, al contrario, uno soporta hasta dos horas, pero entonces el dolor en la planta de los pies es intenso y se doblan las rodillas. No valía la pena caer, porque ellos “revivían” entonces a uno a planazos.

     Malavé Zerpa estuvo sobre el ring dos días y dos noches y lo enviaron a la Cárcel Modelo, para ser visto por un médico, quien dijo que no tenía “nada grave”. El diez de enero de 1952 fue conducido nuevamente al salón de torturas y montado sobre el ring.

–Todavía no me explico –expresa el estudiante– cómo soporté cinco días y cinco noches allí con los pies hinchados y el cuerpo destrozado. Pero hay otros que estuvieron hasta diez días. Es terrible porque no eran solamente los golpes, los planazos y el dolor en los pies, sino la falta de comida y agua. Recuerdo que el quince de enero, estando aún sobre el ring, vomité sangre y creo que ellos r2emieron que me muriera allí. Me llevaron a Blandín, donde me habían apresado y quedé en libertad. Pero otra vez caí preso a los tres días.

     Luis Antonio Malavé Zerpa es veterano de Guasina también, a donde más tarde, de allí pasó a Sacupana y, por último, a Ciudad Bolívar, de donde salí el día de la liberación.

Tortura con bolsa de plástico.

Tortura con bolsa de plástico.

El cuerpo destrozado y el alma fortificada

     Martín Rangel, quien hace nueve años era un saludable muchacho, ahora apenas a los veintinueve años siente que la vista se le acaba y una úlcera, todo producto de las prisiones, atormenta su existencia. Malavé Zerpa teme sufrir de los pulmones, perdió sus dientes en una de las agresiones y sufre de crisis nerviosas. Pero los dos, aun cuando físicamente se sienten destrozados, enarbolan, como tantos otros que fueron víctimas del perezjimenismo y del tren de persecución de Pedro Estrada, el pabellón indomable de la lucha continua que ahora caminará sobre las normas que estos nueve años ayudaron a establecer dentro del pueblo.

Rangel y Malavé Zerpa contaron sus historias a grandes rasgos sin minuciosidades, pero con la sustancia de la vida corriendo delante del chaleco protector de acero de Pedro Estrada. Insistieron en que solamente son un par de casos de los miles que hubo en el país. Y pidieron exponer que no fueron de los más torturados, puesto que no les falta ningún miembro, ni quedaron inútiles, ni perdieron la vida”.

* Nacido en Caracas, en 1929, Juan Vené, cuyo nombre verdadero es José Rafael Machado Yánez, ha trabajado en todas las fuentes del periodismo y en todos los medios posibles, además de escribir y publicar más de 20 libros. Desde de 1960 se dedicó especialmente al beisbol de Grandes Ligas

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 1° de febrero de 1958

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