La vieja carretera de Caracas – La Guaira

La vieja carretera de Caracas – La Guaira

Camino indio, génesis de la carretera Caracas-La Guaira.
Camino indio, génesis de la carretera Caracas-La Guaira.

     En aquellos remotísimos tiempos, en la edad de piedra, que ni siquiera la historia los señala con exacta precisión, cuando comenzó a haber señales de vida sobre la tierra y surgió la especie humana, antes de compactarse sus integrantes en comunidades solidarias, anduvieron sin rumbo fijo por todos los parajes hurgando aquí y allá en afán exploratorio para acomodarse donde mejor le conviniera. Sus plantas andariegas fueron abriendo sendas, veredas, caminos que llegaron a ser los primeros ensayos de vinculación y de acercamiento entre las razas.

     Así pues, la planta humana y el hacha de piedra fue aplastando la hierba, apartando la paca y tumbando el obstáculo del árbol en el boscaje espeso para avanzar por la pradera y la selva, ascender hacia las altas montañas y bajar a los valles donde detendrían su marcha. Allí al principio se asentaron las tribus y posteriormente los pueblos, las aldeas y las ciudades.

     Como consecuencia de esa movilidad, de esa inquietud viajera, nacieron los primeros caminos a la corteza del planeta, canales necesarios por donde comenzó a correr impetuoso el río del progreso y de la solidaridad entre los hombres, que ya no se detendría jamás pese al odio a la ambición y al egoísmo que también nacerían en su espíritu a medida que se iban haciendo más exigentes, es decir, mayormente “civilizados”. Por eso vemos que cualquier sendero por más insignificante que parezca o por más anónimo y escondido que esté, simboliza un hito en la historia, leyenda, tradición, episodio evocador que le da vigencia de vid en el tiempo.

     Hoy traeremos a la curiosidad del lector como estampa evocadora de ese ayer siempre emotivo, la ligera y breve historia del lejano camino indio, génesis de la antigua carretera Caracas-La Guaira, especie de cordón umbilical que ha unido en el tiempo y la distancia el valle hermoso y la cercana costa del mar.

Caminito de los indios

     Los belicosos guerreros caribes anduvieron por las aguas de ese mar que heredaría su nombre en canoas y piraguas en un constante deambular a través del archipiélago de islas antillanas. Unas veces las tribus guerreaban entre sí y otras atacaban a las naciones cobrizas de tierra firme en la de piratería o de conquista. En una de esas periódicas incursiones recalaron a nuestras costas frente a los rojizos acantilados del cálido paraje Huaira.

     Pero sin detenerse a pensar que eran hombres de mar, treparon con sus plantas desnudas la serranía cubierta de neblinas y de lloviznas hasta caer al hermoso valle del Catuchecuai, llamado también de los Caracas. La pica abierta por la planta caribe a lo largo de los repechos y hondonadas del murallón cordillerano, sería la primera vía de comunicación que pondría en contacto al valle con el mar.

     El caribe que abría una senda para llevar a las alturas montañosas su propia conquista no pensó que había abierto una brecha para que siglos más tarde a su vez los demonios blancos penetraran a sus dominios y se los disputaran con fiereza.

     Por medio del angosto camino indígena zigzagueante entre la caprichosa maraña de la salvaje jungla, se harían firmes las bases de la conquista española en esta zona central del territorio venezolano.

Bajo la administración del presidente Antonio Guzmán Blanco se iniciaron los trabajos de ampliación de la nueva vía Caracas-La Guaira, en 1873.

Bajo la administración del presidente Antonio Guzmán Blanco se iniciaron los trabajos de ampliación de la nueva vía Caracas-La Guaira, en 1873.

     Así como habían llegado los caribes por la senda abierta y ancha del mar a los acantilados del paraje Huaira y luego por las cuestas empinadas al hermoso valle de Catuchecuai, también lo harían por esa misma ruta los otros conquistadores.

     El mestizo Francisco Fajardo con el instinto de su sangre española mezclada con la india, descubrió muy pronto, después de fondear sus canoas frente a los rojizos acantilados, que el caminito caribe lo llevaría también muy pronto al valle del otro lado de las serranías.

     Llegan posteriormente Luis de Narváez, Juan Rodríguez, Suárez, Diego de Losada. Se enciende la guerra entre el arcabuz y la macana, entre la espada y la flecha y los blancos a caballo y los indios a pie transitan una y otra vez por el camino en un ir y venir del valle a la orilla del mar y viceversa. La emboscada y la sorpresa toman desprevenidos a los guerreros de ambos bandos y los pedruscos y yerbajos de la senda estrecha quedan salpicados de sangre y sembrados de esqueletos.

     Procedentes de España otros hombres vienen a reforzar a los fundadores de Santiago de León y de San Pedro de La Guaira, el puertecito asentado en la angosta franja, donde las olas baten con fuerza y es defendida por un cinturón de fortalezas. Tales defensas no son obstáculo para el pirata Amyas Preston y sus feroces seguidores, quienes logran tramontar también la montaña aprovechándose de las ondulaciones, vueltas y hondones del camino y entran a la ciudad que saquean sin miramiento. Regresan luego por la misma vía en busca de sus bajeles de muerte. Entonces el sendero que apenas se había dibujado al comienzo como un réptil alargado y modesto se hace ya más ancho, destacándose mejor su silueta metida entre las verdes lomas, resplandeciente a los rayos del sol o a la pálida luz de la luna.

     Para todos fue amable y cordial este camino, aun cuando a veces su polvo sus neblinas y paisajes recogieron la tristeza, el dolor y el desengaño de no pocos viajeros que dejaron la Patria con nostalgia. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, el destino le tendría reservada otra misión a este camino.

 

Del mar vienen las nuevas ideas

     Los ecos libertarios de la Revolución Francesa iban llegando a través del mar a las tierras americanas. Cuando los barcos españoles fondeaban en nuestras costas, libros y panfletos revolucionarios eran introducidos de contrabando ante las mismas narices de las celosas autoridades reales. Y allí quedaba una parte de ellos en los escondites del puerto guaireño para servir de manjar a mucha gente y el resto con precaución era llevado a lomo de mula o en las alforjas del viajero por el empinado y sinuoso camino hacia Caracas.

     Además, muchos varones ilustres de la clase criolla traían de Europa en sus mentes despiertas un apreciable bagaje de las nuevas ideas. También se podría llamar a esta senda gloriosa, el camino de los conspiradores. El que recogió los sueños y las inquietudes generosas de Gual y de España, del joven Bolívar, del impetuoso Ribas y de toda esa legión de nobles corazones venezolanos que trajinaron sin desmayo por el polvo del camino de La Guaira a Caracas para estructurar el movimiento iniciado el 19 de abril de 1810.

La "Nueva" Carretera Caracas - La Guaira de 27 kilómetros construida durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, entre 1911 y 1924.

La «Nueva» Carretera Caracas – La Guaira de 27 kilómetros construida durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, entre 1911 y 1924.

Se vuelve carretera el camino

     El proceso evolutivo en marcha tuvo que llegar a la carcomida estructura colonial de la Venezuela republicana. Caracas, su capital, creía y aspiraba a tener un acceso más fácil y expedito al mar. Por él habían llegado las ideas que le dieron contenido social a la Revolución, por él también debía realizarse un intercambio comercial más intenso. Ya notaba como un anacronismo los arreos de burros trepando en fila india por el caminito estrecho para abastecer a la ciudad o para depositar los productos de las campiñas cercanas Caracas en los galpones del puerto de La Guaira.

     La solución había de ser una carretera amplia y bien trazada que le diera paso a la carreta y al coche eliminando en parte los arreos y el penoso andar a pie del viajero. Bajo la administración del presidente Antonio Guzmán Blanco se iniciaron los trabajos de la nueva vía en 1873, que finalizaron cuatro años más tarde. 

     Fue ciclópea esta labor, ya que el hombre no contaba entonces con modernas maquinarias para abatir la roca y nivelar los caprichos de una topografía de montaña con abismos y riscos peligrosos a los lados. El pico y la pala en las manos de las cuadrillas de obreros dirigidos por recios capataces, convirtieron al fin el tradicional senderillo aborigen en una carretera de mucha importancia para aquella época.

     Entonces el movimiento de carruajes a tracción de sangre con carga y pasajeros fue un medio pintoresco de movilizarse y estimuló al progreso económico. Surgieron a los recodos y curvas de la carretera, posadas y viviendas, granjas y paradores y los nombres tradicionales de Curucutí, Guaracarumbo, Pedro García, Ojo de Agua, Blandín, Plan de Manzano, Boquerón, se hicieron aún más familiares, más vigentes en la evocación y en el recuerdo.

 

La carretera vieja

     Las polvaredas que levantaban a su paso los coches y carretas en la vieja carretera guzmancista se hacían cada vez más insoportables y además las lluvias tan frecuentes en la zona producían derrumbes peligrosos. Se hizo necesario entonces hacerle a la vía ya muy transitada, defensas, desagües, alcantarillado, puentes y eliminarle algunas vueltas innecesarias. Además, era preciso remozarla con la innovación del piso de macadam. Juan Vicente Gómez llevaría a cabo esta nueva obra. Sería el punto de partida para la iniciación de un plan más ambicioso de construcción de carreteras en el país.

     Ahora el roncar de los motores y el sonido de bocinas herían la soledad de aquellos pintorescos parajes. Automóviles y camiones cruzaban raudos por los 35 kilómetros que separan y unen a Caracas con La Guaira.

     Época romántica e inolvidable con sus viajes al puerto, los paseos al balneario de Macuto, a los baños tradicionales de Maiquetía, a todas esas playas del litoral bajo la sombra grata de sus palmeras.

     La autopista moderna y fastuosa acortando a la mitad la distancia y a una cuarta parte el tiempo del trayecto, no desplazará jamás la vieja carretera, que sigue siendo una vía transitada por mucha gente, sobre todo por quienes gustan de admirar los paisajes y descansar en las vueltas del camino para respirar el aire puro de los montes. Es actualmente la vieja senda tan amada de Caracas, una típica carretera de turismo y de emergencia también, cuando llegue a fallar la autopista.

FUENTE CONSULTADA

  • Venezuela Gráfica. Caracas, 25 de marzo de 1960

Boletín – Volumen 104

Boletín – Volumen 104

BOLETINES

Boletín – Volumen 104

Sinopsis

Por: Dr. Jorge Bracho

     Esta edición del primero de julio de 1922, en su página 1607, abre con “El juramento presidencial”. Ante la toma de posesión y nombramiento de ministros se puede leer: “La organización actual es fianza segura de la continuación en el país del orden, la estabilidad y el progreso”. Entre las páginas 1607 y 1610 está incluido “Situación mercantil” donde se expresó que, luego de la expectativa política “la situación mercantil sigue su curso normal”.

     Un escrito, refrendado por S. R. García González, da a conocer las potencialidades que tienen para la industria algunos ríos del estado Trujillo, en “Los Andes. Sus energías hidráulicas. Hoyas del estado Trujillo. Ríos Boconó y Burate. Importancia del distrito Boconó” (Pp. 1610-1611). De seguidas, “El paludismo en Venezuela” redactado por el médico de un asentamiento petrolero, Mené Grande, Leopoldo García Maldonado quien refiere asuntos relacionados con la “terrible enfermedad” (Pp. 1611-1619).

     A continuación, “Apuntaciones sobre balatá, corozo y apicultura”, en que su autor, Félix Aune, comerciante radicado en Tucacas, proporciona algunas consideraciones para el aprovechamiento de recursos naturales y así alcanzar el progreso económico de distintas localidades venezolanas (Pp. 1619-1620). 

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     Le sigue otro capítulo de la obra de C. H. Haring correspondiente a la segunda parte de “Naos y navegantes” (Pp. 1620-1631). En la página 1632, “Estadística de ganados del estado Yaracuy”. En la 1633, “Comunicación radiotelegráfica con el exterior” referido a la tarifa aprobada por el uso del cable inglés. Entre las carillas 1633 y 1634 se encuentran insertos los cuadros: “Comercio de café en Maracaibo en mayo de 1922”, “Café y cacao exportados por La Guaira en mayo de 1922”, “Comparación de la deuda de Venezuela con las de otros países latino –americanos en la Bolsa de Londres en abril de 1922”.

     En la página 1634 en “Situación mercantil en Barinas” se presenta la difícil situación comercial que atraviesa esta localidad llanera y que se adjudicó a la baja de precios del ganado vacuno.

     De la página 1635 a la 1638 se publicaron los siguientes cuadros: “Valores de las Bolsas de Caracas y Maracaibo en junio de 1922”, “Precios de productos en diversos lugares de Venezuela en mayo de 1922”, “Importación y exportación de Venezuela en 1921” y, finalmente, “Tipos de cambio en Caracas en junio de 1922”.

Más boletines

Boletín – Volumen 92

Contribución al centenario de la batalla de Carabobo

Boletín – Volumen 122

Para esta edición correspondiente al primero de enero de 1924 sus editores presentaron una salutación por el nuevo año que recién iniciaba.

Boletín – Volumen 74

Apuntes sobre la riqueza mineralógica de Venezuela

Humboldt y la Caracas de inicios del siglo XIX

Humboldt y la Caracas de inicios del siglo XIX

Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, el alemán Alexander von Humboldt estuvo en Caracas durante dos meses (1799) Se alojó en la parte norte de la ciudad, en una casa que luego sería destruida por el terremoto de 1812.

Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, el alemán Alexander von Humboldt estuvo en Caracas durante dos meses (1799) Se alojó en la parte norte de la ciudad, en una casa que luego sería destruida por el terremoto de 1812.

     Alexander von Humboldt nació en 1769 y falleció en 1859. En todos los registros biográficos aparece como un calificado naturalista y explorador de origen alemán. Recibió una importante formación educativa en el castillo de Tegel y se formó intelectualmente en Berlín, Frankfurt del Oder y en la Universidad de Gotinga.

     Entusiasta y apasionado por la botánica, la geología y la mineralogía, tras estudiar en la Escuela de Minas de Freiberg y trabajar en un departamento minero del gobierno prusiano, en 1799 recibió permiso para embarcarse rumbo a las colonias españolas de la América meridional y Centroamérica. Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, con quien ya había realizado un viaje a España, recorrió casi diez mil kilómetros en tres grandes etapas continentales: las dos primeras en Sudamérica, desde Caracas hasta las fuentes del Orinoco y desde Bogotá a Quito por la región andina, y la tercera por las colonias españolas en México.

     Durante su travesía y estadía en tierras americanas logró recolectar cantidades importantes de datos acerca del clima, la flora y la fauna de estos territorios, así como determinar longitudes y latitudes, medidas del campo magnético terrestre y una completa estadística de las condiciones sociales y económicas que se daban en las colonias mexicanas de España. Entre 1804 y 1827 se estableció en París, donde se dedicó a la recopilación, ordenación y publicación del material recogido en su expedición, contenido todo él en treinta volúmenes que llevan por título Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

     En 1827, regresó a Berlín, lugar en el que tuvo un destacado papel en la recuperación de la comunidad académica y científica alemana, maltratada tras décadas de conflicto bélico. Fue nombrado chambelán del rey Federico Guillermo III de Prusia y se convirtió en uno de sus principales consejeros, por lo que realizó numerosas misiones diplomáticas. En 1829, por encargo del zar Nicolás I de Rusia, efectuó un viaje por la Rusia asiática, en el curso del cual visitó Dzhungaria y el Altai.

     De acuerdo con la descripción del naturalista alemán estuvo dos meses en la ciudad de Caracas. De la casa que habitó, junto a su compañero Bonpland, escribió que era grande y que estaba edificada en la zona más elevada de la ciudad. Desde la altura lograba divisar la cima de la Silla, segmentos de Galipán y el valle por el que surcaba el Guaire, “cuyo rico cultivo contrasta con la sombría cortina de montañas en derredor”. Escribió que su estadía coincidió con la temporada de las lluvias. Por ello presenció que se prendía fuego a las extensas sabanas para mejorar su desempeño en los cultivos.

     Describió que, al ver estos abrasamientos desde cierta distancia se observaban la producción de destellos de luz. “Dondequiera que las sabanas, al seguir las ondulaciones de los declives rocallosos, han colmado los surcos excavados por las aguas, los terrenos inflamados se presentan, en alguna noche oscura, como corrientes de lavas suspendidas sobre el valle”. La sensación percibida la calificó como de común espectáculo en los trópicos y que por la disposición de las montañas ofrecían a la mirada una característica particular. En el transcurso del día, el viento que soplaba desde el lado este, de los lados de Petare, dirigía el humo a la ciudad y oscurecía el ambiente.

Indicaba Humboldt, que el caraqueño tenía por costumbre una vida uniforme y casera; pudiera decirse que no vive para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla.

Indicaba Humboldt, que el caraqueño tenía por costumbre una vida uniforme y casera; pudiera decirse que no vive para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla.

     A la acogedora morada que llegó a habitar sumó la calorosa y espléndida acogida dispensada por los nativos, en especial puso a la vista de sus potenciales lectores el caso de Guevara Vasconcelos, Capitán General de Venezuela para el momento de su visita. Indicó que, por haber tenido la oportunidad de compartir con los habitantes de Caracas, La Habana, Santa Fe de Bogotá, Quito, Lima y México, “y de que en estas seis capitales de la América española mi situación me relacionara con personas de todas las jerarquías, no por eso me permitiré juzgar sobre los diferentes grados de civilización a que la sociedad se ha elevado ya en cada colonia”.

     En este sentido, advirtió que sería más conveniente y “fácil” señalar los distintos matices de la cultura nacional y el intento de acuerdo con el cual estaba presente el desarrollo intelectual, que llevar a cabo comparaciones y establecer clasificaciones lo que no podía ser comprendido a partir de un solo punto de vista. En consecuencia, indicó que le había parecido notar mayor inclinación al estudio detenido y profundo de las ciencias entre mexicanos y bogotanos, mientras en Quito y Lima observó una imaginación ardiente y móvil, así como mayores conocimientos en lo atinente a las relaciones políticas y miradas más amplias de la situación de las colonias y de la metrópoli en La Habana y Caracas.

     Adjudicó a las distintas rutas de comunicación, de lo que denominó el Mediterráneo americano, el progreso de las sociedades cubana y caraqueña. “Además, en ninguna parte de la América española ha tomado la civilización una fisonomía más europea. En cambio, le pareció algo exótico la presencia de labradores indígenas en México y Nueva Granada lo que dio un matiz particular a ambas sociedades. Por la fuerte presencia de africanos y sus descendientes en tierras cubanas y caraqueñas, “cree uno estar en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en otra parte alguna del Nuevo Mundo”.

     Escribió que, en Caracas, al contario de lo que observó en La Habana, se había conservado las costumbres nacionales. Aunque aquella no ofrecía mayores placeres vivos ni variados, “pero se experimenta en el seno de las familias ese sentimiento de bienestar que inspiran una jovialidad franca y la cordialidad unida a la cortesía de los modales”.

     Expresó que en Caracas existían, tal como en cualquier lugar en el que se esperaban cambios de trascendencia, dos tipos de “hombres, pudiéramos decir, dos generaciones muy diversas”. Una, poco numerosa, que mantenía una ardiente adhesión a los usos inveterados, a las costumbres tradicionales y la moderación en sus anhelos por algo diferente al régimen colonial, “conserva con cuidado como una parte de su patrimonio sus prejuicios hereditarios”. La otra, con escasas preocupaciones sobre el pasado y del futuro, mostraba escuálida reflexión respecto a ideas novedosas. Sin embargo, al existir una disposición por el estudio la escasa reflexión cedía ante el estudio meditado.

El sabio alemán escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura y su predilección por la música.

El sabio alemán escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura y su predilección por la música.

     De este segundo grupo añadió haber conocido varios personajes a los que calificó de distinguidos. Estos personajes mostraban notoriedad por su dedicación al estudio, por lo sosegado de sus costumbres, así como lo elevado de sus sentimientos. Por otro lado, expuso que desde el reinado de Carlos V las colonias se habían convertido en eco del espíritu corporativo y las disputas municipales, ellas vinieron acompañadas del espíritu nobiliario y pretensiones nobiliarias de las más “ilustres familias de Caracas, designadas con el nombre de mantuanas”.

     A este respecto escribió que existían dos clases de “nobles” en la América española. Una estaba constituida por criollos cuyos antepasados habían ocupado un lugar privilegiado durante tiempos recientes en las colonias de América: “funda en parte sus prerrogativas en el lustre de que goza en la metrópoli, y cree poder conservarlas allende los mares, cualquiera que haya sido la época de su establecimiento en las colonias”. En lo referente a la “otra nobleza” mostraba mayor arraigo al suelo americano: “se compone de descendientes de los conquistadores, es decir, de los españoles que sirvieron en el ejército desde las primeras conquistas”.

     Expuso que en una anterior ocasión había expresado que detrás del valor caballeresco, es decir los tiempos de fervor religioso y militar, llegaron a estos territorios hombres de probidad comprobada por su sencillez y generosidad. “Vituperaban las crueldades que manchaban la gloria del nombre español; pero confundidos en el montón, no pudieron salvarse de la proscripción general”. En consecuencia, continuó siendo odioso el nombre de los conquistadores, “cuando la mayor parte de ellos, después de haber ultrajado pueblos pacíficos y vivido en el seno de la opulencia, no probaron al fin de su carrera esas largas adversidades que calman el odio del hombre y mitigan a veces el juicio severo de la historia”.

     Esta consideración relacionada con ambos grupos estaba acompañada de un sentimiento de igualdad entre los blancos criollos; “y por donde quera que se mira a los pardos, bien como esclavos, bien como manumitidos, lo que constituye la nobleza es la libertad hereditaria, la persuasión íntima de no contar entre los antepasados sino hombres libres”. Sin embargo, agregó que el punto de referencia para la diferenciación de los grupos era el color de la piel. Adjudicó esta disposición a los descendientes de vizcaínos llegados a tierra americanas y quienes “han contribuido a propagar en las colonias el sistema de igualdad de todos los hombres cuya sangre no se ha mezclado con la sangre africana”. Disposición que no sólo ratificó en Caracas sino en los restantes territorios visitados por Humboldt.

     Escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura provenientes de Francia e Italia. También notó una importante predilección por la música cuya difusión y ejecución acercaba a los distintos grupos sociales dentro de la sociedad de Caracas. En esta localidad no apreció, entre los integrantes de la sociedad caraqueña, un cultivo extendido de las ciencias exactas, el dibujo y la pintura como lo había constatado en México y Santa Fe.

Tras su larga estadía en América, a comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt escribió una notable obra, titulada Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, donde recopila importante información sobre la geografía, el clima y la flora y fauna del “nuevo continente”.

Tras su larga estadía en América, a comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt escribió una notable obra, titulada Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, donde recopila importante información sobre la geografía, el clima y la flora y fauna del “nuevo continente”.

     En este sentido mostró una actitud dubitativa respecto a que, en las condiciones extraordinarias de una exuberante y variada naturaleza, no hubiese alguien dedicado al estudio de las plantas y los minerales presentes en la comarca. Agregó que solo en un convento ocupado por franciscanos se topó con un “anciano respetable, que calculaba el almanaque para todas las provincias de Venezuela, y que tenía algunas nociones precisas sobre el estado de la astronomía moderna. Interesábanle vivamente nuestros instrumentos, y un día se vio llena nuestra casa de todos los frailes de San Francisco, quienes, con gran sorpresa nuestra, solicitaban ver una brújula de inclinación”.

     De igual modo, llamó la atención sobre la inexistencia de una imprenta en Caracas. A este respecto anotó que en los Estados Unidos en ciudades con apenas 3.000 habitantes contaban con talleres de impresión, mientras que, en Caracas, con cerca de cincuenta mil habitantes no la tuviera. 

     No obstante, subrayó que la cantidad de lectores no era muy grande, “aun en aquellas de las colonias más avanzadas en la civilización; aunque sería injusto atribuir a los colonos lo que ha sido el resultado de una política suspicaz”.

     Aseveró que en una región que presentaba tan seductores aspectos, la población concentraba sus preocupaciones en la fertilidad de los suelos durante el año, las largas sequías, los vientos provenientes de Petare y Catia, creyó encontrar personas que conocieran con profundidad los “altos montes circundantes”. Escribió, con algo de decepción, no haber conocido a nadie que hubiese alcanzado la cúspide de la Silla. “Por la costumbre de una vida uniforme y casera, se espantan de la fatiga y de los cambios súbitos del clima; y pudiera decirse que no viven para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla”.

Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

Con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico, convocado con gran visión por el Libertador en Panamá, por ser ese lugar el centro geográfico del hemisferio, el historiador yaracuyano Nicolás Perazzo (1902-1987) escribió para la revista Élite el relato de un pasaje a menudo ignorado: las contingencias que sufrió la iniciativa de Antonio Guzmán Blanco para erigir precisamente en Panamá el monumento “a Bolívar” y a la redención de América.

En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.
En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

     “Para el año de 1896, encontrábase gobernando en Colombia el discutido hombre público Don Rafael Núñez, a quien consideró López de Mesa como “una de las mentalidades más vigorosas de la América Española. Había logrado vencer un movimiento insurreccional que conmovió gran parte del país. Y auspició la reunión de un Consejo de Delegatorios, integrado por prominentes políticos nacionales del momento, entre quienes destacaban Don Miguel Antonio Caro, Don José Domingo Ospina Camacho, Don Carlos Calderón Reyes, Don Felipe Paúl, Don Guillermo Calderón Reyes, Don Jesús Casas Rojas y Don Guillermo Quintero Calderón. Entonces la Nación tuvo una nueva Constitución, de inspiración centralista.

     En Venezuela, de regreso de una de sus temporadas de alejamiento en Europa, especialmente en Francia, tierra de su predilección y definitivo retiro, el general Antonio Guzmán Blanco había asumido la presidencia de la República, recibiéndola, esta vez, de manos del general Joaquín Crespo.

     Entre las iniciativas concebidas en su plácido refugio parisino se contaba el proyecto de erigir mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar y la autorización previa de las autoridades de Bogotá, un grandioso monumento, destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

     La región del Istmo, integrante aun del territorio colombiano era en aquellos precisos momentos centro de universal interés. Se estaban llevando a cabo en su jurisdicción los trabajos del Canal Interoceánico, de acuerdo con los estudios realizados al efecto por el ilustre ingeniero Ferdinand de Lesseps, cuyo nombre confundiáse en los elogiosos comentarios de la época sobre la reciente y apoteósica apertura del Canal de Suez.

     Por Ley del Congreso de Colombia de 1876, habíase ofrecido el privilegio de la construcción de la vía interoceánica, con halagadores estímulos y prolongada duración a contratistas franceses, facilitando así la conclusión de las negociaciones que condujeron al Contrato suscrito en el mes de mayo de ese año entre el secretario de Relaciones Exteriores, Don Manuel Ancízar, con el General Etienne Turr. Este Contrato sería, dos años más tarde, sustituido por otro que firmaron por Colombia, el Dr. Salgar y por los empresarios franceses, de la misma Compañía del General Turr, el sobrino-nieto de Napoleón I, Mr. Luciano Napoleón Bonaparte Wyse.

     Era el propósito de abrir la comunicación directa entre los dos Océanos por el sitio historiado del descubrimiento de Balboa, constante preocupación de estudiosos de la ingeniería, de grandes negociaciones internacionales y de políticos colombianos de tiempo atrás. Sus estudios se remontaban en el pasado, contándose entre ellos los que emprendiera Agustín Codazzi, fascinado con la idea del Canal desde su primera incursión en aquellas regiones, allá por el año de 1819, cuando le tocó llevar desde la isleña base de operaciones de Luis Aury, misión especial ante el Libertador, en los días de su entrada triunfal en Bogotá, luego de la victoria fulgurante de Boyacá.

     Amparado por el Contrato de 1878, Bonaparte Wyse organizó la nueva Compañía francesa del Canal de Panamá y, con el señor Lesseps como Presidente, cuya gloria iba a aumentarse con la Presidencia del Congreso de París de 1879, se dio por entero a la empresa de excavaciones y otras obras del proyecto de la vía. Fueron surgiendo, luego, inconvenientes graves en la prosecución de esos trabajos, especialmente de orden financiero. Y se produjo el famoso mensaje al Congreso de Estados Unidos de 1880 del presidente Hayes. Era, por lo tanto, el Istmo de Panamá, para el año de 1886, centro de interés universal, como ya lo hemos dicho.

En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.
En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.

     Esta circunstancia, sumada al hecho continental de cumplirse sesenta años de haberse reunido en la capital del Istmo el famoso Congreso Anfictiónico, convocado por Bolívar desde Lima, en vísperas del triunfo definitivo de Ayacucho, dábanle singular oportunidad a la iniciativa de Guzmán Blanco.

     Cultivador asiduo de la Historia, el “Ilustre Americano”, como gustábale que se le llamase, evocaba para llevar adelante este propósito, las siguientes palabras del Libertador: “El día que nuestros Plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia de la diplomacia de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrará con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de nuestras primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo.

¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”

     Con miras de llevar adelante el proyecto, durante su estada en París, Guzmán había mandado ejecutar una maqueta del monumento. Tan luego como volvió a Caracas se dio a crearle ambiente a su realización, en conversaciones con sus allegados y en correspondencia para sus amigos de las otras capitales bolivarianas. Pero no pudo, por causas diversas, darle concreción sino al año siguiente, en decir, en 1887. Una de las razones de esta demora, se debió a rectificaciones en el proyecto original. Fue entonces cuando se ocupó directamente el Ministro de Relaciones Exteriores de la República, Dr. Raimundo Andueza Palacio, de escoger los Enviados en Misión Especial que habrían de llevar el proyecto a la consideración de los respectivos gobiernos y de discutir con ellos, en caso afirmativo, la forma de atender a sus gastos de ejecución. Previamente, como era lógico, se obtuvo el asentimiento de las autoridades colombianas, en cuyo territorio se emplazaría el monumento.

     Para esos fines fueron designados el Dr. Pedro Hermoso Tellería ante el gobierno de Colombia, el Dr. Leandro Fortique, ante el del Ecuador y el Dr. Francisco de Paula Reyes, ante los de Perú y Bolivia. Cada uno iba provisto de copia de la maqueta definitiva del monumento. Se estimaba que su ejecución e instalación, que se creyó más conveniente fuera a la entrada del Atlántico, representaría una inversión no menor de 400.000 pesos, ni mayor de 500.000. Venezuela ofrecía, de antemano, costear totalmente esa suma, pasando luego a las demás Naciones la cuota correspondiente, si así lo estimaban de su conveniencia.

Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).
Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).

     Cuenta el historiador Dr. Francisco González Guinán, amigo y colaborador de Guzmán Blanco que, entusiasmado el presidente durante el acto de presentación oficial de la maqueta en Caracas, exclamó ante sus numerosos invitados: “Lo que vamos a perpetuar aquí no es únicamente a Bolívar, es la redención y la independencia de nuestra América. Homero no hubiera podido pintar esa epopeya, porque el asunto de su Ilíada y los rasgos con que delineó a sus héroes eran pálidos al lado de la titánica lucha que presidió Bolívar.

     ¿Qué puede haber de semejante en lo antiguo? ¡Absolutamente nada!”

     Pero no todos los Delegados obtuvieron en el cumplimiento de su encargo el éxito concreto e inmediato deseado por Guzmán Blanco. Fue, acaso, el Dr. Hermoso Tellería el más afortunado. Se vio acogido con singular entusiasmo en Bogotá. Y el Gobierno colombiano, una vez enterado del proyecto, se apresuró a manifestarle, en forma oficial, que aquel país aceptaba de manera espontánea, en la parte que le correspondía, la proposición sobre el monumento al Libertador en Panamá y que al efecto suscribía la cuota de doscientos mil pesos para sus gastos de adquisición y erección.

     Aunque acogidos también con manifestaciones de simpatía por los respectivos gobiernos del Ecuador, del Perú y de Bolivia, los Delegados señores Fortique y Reyes sólo alcanzaron a traer consigo promesas de someter el caso a las próximas reuniones de las cámaras legislativas, por ser esos cuerpos quienes tenían en sus manos decisiones de esa índole.

     Vinieron después contingencias políticas diversas, tanto en Venezuela como en las otras repúblicas bolivarianas y el monumento al Libertador en Panamá, ideado por Guzmán Blanco, debió quedarse en la dimensión limitada de maqueta que le dieran los artistas de París y en la buena voluntad manifiesta de los hombres de gobierno de los respectivos países americanos”.

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 2 de julio de 1976.

    La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

    La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

    Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

    Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

         El pasado y su recuerdo conducen la imaginación a un mundo de amables añoranzas, donde se entrelazan sucesos y personajes para darle vigencia y vida a la historia. De la Caracas colonial o aquella que vivió la Guerra de Independencia y la agitación republicana posterior, hay mucho que contar. Allí en su ambiente evocador, el espíritu se puede saturar a sus anchas de remembranzas, de vivencias emocionantes, de sueños patrióticos al salirnos al paso la evocación de todo cuanto ha llegado hasta nosotros a través de consejas misteriosas o de historias y leyendas forjadas por la fantasía o la superstición.

         Y por ello cuando se desanda la ruta un tanto monótona del calendario, que no detiene jamás su marcha de siglos, tenemos que encontrarnos frente a las siluetas de esas antiguas casas al pie de sus altas ventanas enrejadas hasta donde parece llegar los ecos lejanos de esas serenatas melodiosas y románticas que los trovadores de antaño regalaban a las niñas hermosas de negrísimos ojos e inocente rostro en esas noches apacibles alumbradas por la luna, las estrellas y luceros.

         Y si se hurga más a fondo en el interior mismo de das mansiones historiadas, se podrán ver los amplios aposentos decorados con cuadros y tapices, las gigantescas arañas de cristal colgadas al techo y las alfombras muelles cubriendo el piso de fina madera. Diseminados en sitios adecuados los muebles señoriales y el piano que emitió armoniosas notas en las íntimas veladas familiares o acompañó a la orquesta famosa para que danzaran las parejas con pasos tiesos y estilizados el minué, la polka, la cuadrilla, el valse, el pasillo.

         Nos vamos a referir hoy a una casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810. Se trata de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

     

    Una casa de campo en aledaños caraqueños

         En aquella época de hace dos siglos, el área poblada de Caracas era demasiado reducida y a pocas cuadras del centro se extendían las haciendas y las huertas bajo la sombra de los copudos árboles y regadas por los riachuelos, las quebradas y el Guaire.

         Pues bien, muchas linajudas familias caraqueñas escogieron tan frescos y apacibles sitios para construir sus casas de campo donde pasar temporadas en contacto directo con la naturaleza. Anauco, Blandín, Sabana Grande, Chacao y el sur de la ciudad, allí donde el Guaire fertilizaba con sus aguas cristalinas las hermosas vegas, fueron los parajes preferidos por el mantuanaje criollo para evadirse de vez en cuando de sus mansiones urbanas.

    Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

    Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

         Doña María Concepción Palacios, madre de Bolívar, después de la muerte de su esposo, resolvió construir una casa solariega entre una cuadra completa de frondosos árboles que se extendiera hasta las propias márgenes del rumoroso río. Así fue como nació la Cuadra de los Bolívar o Casa de Las Piedras, cuyo nombre le viene por lucir la sosegada y romántica mansión rural una fuente de piedra en el centro de uno de los jardines. Entre los árboles que le daban frescor y sombra al paraje existía uno muy famoso, el cedro de Fajardo que fue plantado según aseguran las antiguas crónicas, por el propio mestizo fundador del hato de San Francisco. Pero todas estas reliquias vegetales han caído bajo el hacha de ese verdugo implacable que se llama progreso.

        Además de la cuadra de árboles frutales y de ornamento que cobijaban la finca colonial, se extendían a su alrededor vegas agrícolas y prados siempre florecidos.

         La construcción de esta quinta campestre de recreo y temperamento puede haberse realizado entre los años 1787 y 1788, ya que su dueña doña María Concepción Palacios, el 30 de junio de 1789, hace una solicitud para que le fuera suplida agua a la casa de la antigua parroquia sureña de San Pablo. Tal solicitud fue atendida, supliéndosele el líquido del estanque situado en la esquina de la plazuela del mismo nombre, que abastecía el hospital y las fuentes de la calle de San Juan entre las cuales se hallaba la tradicional Pilita del Padre Rodríguez.

         Doña María Concepción y sus pequeños hijos, entre los cuales destacábase por sus travesuras y vivacidad el inquieto Simoncito, tuvo en esa quinta campestre un lugar de solaz y reposo saturada de aire puro y hermosos paisajes.

     

    La casa de los conspiradores

         La onda revolucionaria procedente de Europa había ya invadido con firmeza y emoción las conciencias de la juventud criolla y de no pocos honorables y circunspectos varones. Eran pasados de mano en mano los libros, panfletos y proclamas donde se pregonaba y se hacía propaganda activa a las nuevas ideas de libertad. Muchos hogares mantuanos de Caracas eran un hervidero de discusiones y polémicas en torno a los acontecimientos que se estaban desarrollando en el viejo continente debido al avasallante empuje dominador de Napoleón I.

    Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad, en reuniones conspirativas que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

    Tradiciones caraqueñas es un libro póstumo en el que se recopila gran parte de las crónicas sobre Caracas, escritas por Lucas Manzano.

         Pero el gran plan conspirativo revolucionario era preciso urdirlo con el mayor sigilo en la cómplice soledad de la campiña que rodeaba a Caracas y sus pueblos vecinos, allí donde el rumor del agua de los riachuelos y cascadas apagaba el cuchicheo de los conjurados. Las celosas autoridades españolas ya estaban sobre aviso de algunos movimientos sospechosos y reuniones secretas que venían llevándose a cabo entre mucha gente de importancia. Si bien el ladino Emparan había logrado coger un hilo de la conjura, alejando de Caracas a algunos de los participantes más activos como el fogoso Simoncito, que fue confinado a los valles de Aragua, la columna vertebral de la conspiración seguía firme y audaz en la capital y extendía sus ramificaciones hacia otros sitios de Venezuela. Papel importantísimo le cupo en estas reuniones secretas de los conspiradores, a la finca campestre de las Piedras, donde en sus silenciosos y apacibles corredores fueron ultimados los detalles del pronunciamiento liberador que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

         Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad. Evocadora cuna es esta casa colonial de la libertad de la Patria, la que guardó el secreto conspirativo de la rebelión entre fogosas arengas y sueños idealistas. Por eso ella es testigo mudo y lejano de aquel glorioso y gran día.

     

    Así estaba la casa en 1902

         Hemos leído una relación de cómo se encontraba la famosa casa de Las Piedras, la mansión rural de la familia Bolívar en 1902. Por ella nos hemos enterado de que se encontraba entonces convertida en una casa de vecindad habitada por inquilinos pobres. De los cuatro corredores embarandados de la parte lateral, sólo quedaban para esa época, dos, el uno que miraba hacia el este y el otro al sur, conservando en sus paredes, paisajes de pintura desteñida que representaban motivos rurales y mitológicos. El gran salón central de la señorial mansión y las numerosas habitaciones decoradas con exquisito gusto, ofrecían paredes destartaladas y muros renegridos y ruinosos. En cuanto a los aposentos para el servicio, cocina y pesebres, se encontraban convertidos en establos de vacas y las huertas aledañas, antes sembradas de árboles frutales, de ornamento, vistosas flores, donde lucían en jaulas canoras aves, se hallaban también en el más completo abandono. Allí crecía el monte, la ortiga y el llantén, salvándose de la incuria uno que otro árbol de mango y de guanábano.

    FUENTE CONSULTADA

    • Venezuela Gráfica. Caracas, 8 de abril de 1960.

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