Francisco Javier Yanes

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Francisco Javier Yanes

El cubano Francisco J. Yanes fue integrante de la Sociedad Patriótica y uno de los más entusiastas partidarios a favor de la Independencia de Ve

     Francisco Javier Yanes y Socarrás (1776-1846) era oriundo de Cuba y con un origen social de alcurnia. Llegó a Venezuela en 1802 y fue recibido por un tío materno de nombre Francisco Javier Socarrás. Fue éste quien le costeó sus estudios en leyes que cursó en la Universidad de Caracas. En 1810 contrajo matrimonio con una prima, Ana María Socarrás, de cuya unión nacieron tres hijos varones. Desde este año se incorporó a la agitada vida política que se experimentaba en ultramar, en virtud de la reclusión de las autoridades regias en Bayona, de manos de Napoleón Bonaparte y los suyos.

     Una de las primeras tareas que se le encomendó de manos de las autoridades de la Junta Suprema fue la de convencer a los integrantes del pueblo de la villa de Araure para que se unieran a la causa de la Junta de Caracas. Justo en este momento se temía que los representantes de Araure siguieran los pasos dados por Coro, al igual que establecer una Junta como la de Caracas. Yanes examinó la situación y llegó a informar que no existían incoherencias entre los vecinos y el Ayuntamiento. Adjudicó el desentendido a rencillas personales y no por diferencias políticas, así como que tampoco tenían la intención de abandonar a Caracas en su lucha.

     Su actitud mediadora le ayudó a conseguir trescientos hombres para que integraran la tropa comandada por el marqués del Toro, que se hallaba establecida en Carora. Estos trescientos voluntarios fueron equipados por las propias familias del lugar. Su actitud conciliadora le ayudó para que el Partido Capitular de Araure lo nombrara como su representante para el Congreso Constituyente de 1811. Se destacó también como integrante de la Sociedad Patriótica y fue uno de los más fuertes partidarios a favor de la Independencia de Venezuela, tal como lo demostró en el Congreso general de la Provincias Unidas de Venezuela.

     En El Publicista de Venezuela se pueden leer sus intervenciones a favor de la Independencia absoluta de España. Fue de los que creyó que con ella la situación de Venezuela mejoraría en todos los órdenes. Entre sus razonamientos destacó que ya para el 19 de abril de 1810 se había sellado el rumbo de la felicidad de los integrantes de Venezuela, es decir la Independencia de la Corona española. Al igual que otros tribunos, Yanes pensaba que la Independencia, por sí misma, conduciría a la mejora en todos los aspectos de la sociedad. No tardarían en corroborar, Yanes y otros como él, que la ruptura del nexo colonial no era apreciada de la misma manera por parte de quienes integraban la antigua Capitanía General de Venezuela.

     Después de haberse declarado la Independencia en 1811, Yanes continuó asistiendo a las sesiones del Congreso que había decidido tomar el rumbo de la soberanía y la representación popular. Una de las discusiones que se presentó en el seno del Congreso fue ¿cuál sería la suerte y condición de los pardos en la Venezuela independiente? Ante la discusión a este respecto, Yanes emitió una opinión según la cual este era un asunto que debería ser de competencia de un Congreso General y no Provincial, tal como algunos diputados requerían.

     Yanes adujo que había cuestiones que sólo eran de competencia general debido a su fuerte impacto social, tal como sucedía con los pardos y las castas. Por eso era necesario su discusión en un Congreso general y sancionado por la pluralidad de los pueblos. Fue partidario de un poder intermedio desde el que emanara una relación entre gobernantes y gobernados, a través de pactos, acuerdos y una ley fundamental. En consecuencia, la forma de gobierno, la división del estado, los deberes y derechos de los ciudadanos, las normas y reglamentos, deberían emanar de un ente centralizado como el Congreso general, de lo contrario se dejaría al libre albedrío la sanción de leyes que, con seguridad, interferirían unas con otras y entre una provincia y otra. Así, se mostró partidario de la uniformidad del sistema como base de unión individual porque aquí se encontraba la base de “nuestra felicidad”.

     Resulta de gran interés una aproximación a sus razonamientos relacionados con una forma de gobierno republicana, en que todas las provincias estuviesen bajo una misma autoridad y en condiciones de igualdad unas ante otras. Hasta el momento no es posible asegurar que pugnara por un gobierno centralista en un ambiente cuando el federalismo republicano contaba con las simpatías mayoritarias de las elites políticas del momento. Lucía Raynero, autora de Clío frente al espejo (2007), libro editado por la Academia Nacional de la Historia, expresó que Yanes, ante el temor existente ante las castas y los pardos en Venezuela, propuso se les tratase con justicia y humanidad a “esta clase atropellada a lo largo de los siglos”.

     Por la cantidad de pardos, morenos y negros concentrados en la antigua provincia de Caracas, no dejó de estar en las mentes de venezolanos y de quienes observaban expectantes, desde el exterior, la situación política de la Capitanía General, que en Venezuela se presentaran situaciones similares a lo sucedido en el Guarico o Santo Domingo francés. Así que el temor ante una posible revuelta de estos sectores sociales sería inminente si no se la enfrentaba con vistas a su solución.

     Fue quizá uno de los pocos que entendió esta situación en Venezuela. Lo fue también de los escasos que trataron de manera objetiva, o así lo intentó, la insurrección de Valencia del 11 de julio de 1811 que él adjudicó a la indiferencia con la que había sido tratada la población agrupada alrededor de negros, pardos y morenos. Sin embargo, por lo acontecido posteriormente en la provincia de Caracas no parece haber sido acompañado en esta opinión acerca de las dificultades que acarreaban estos grupos para la estabilidad política y social que se pretendía instaurar.

     No estaba de acuerdo con que en Caracas se tomara partido en este orden contra una agrupación humana que no tenía la culpa de sus males. En este sentido, afirmó que, al enfrentar una situación como la señalada con las armas, “sólo por consideraciones de clases y nacimiento”, sería proceder contra los principios que ya se habían proclamado y asumido de hecho y de derecho. En Caracas, sus autoridades habían sancionado que la Ley debía ser igual para todos, con la cual se intentaba erradicar los vicios y premiar la virtud, “sin admitir distinción de nacimiento, ni poder hereditario”. Agregó, en este orden, que era público y notorio el cumplimiento de este cometido. De acuerdo con su disertación todas las provincias debían seguir el ejemplo caraqueño en aras de la felicidad de los integrantes de la sociedad.

     Luego de su argumentación fue electo, por mayoría, presidente del Congreso, cargo que ocupó por un mes tal como estaba estipulado en la normativa de la asamblea. De igual manera, fue presidente de la Legislatura de Caracas, integrada por diputados de la provincia de Caracas al Congreso, la que funcionaba de manera paralela con éste, pero sesionando de modo separado. Por esto, le incumbió firmar la Declaración de los Derechos del Pueblo y la primera ley de imprenta establecida en Venezuela, el primero de julio de 1811.

     Este preciso año fue escogido como examinador del Publicista de Venezuela, que era un órgano encargado de difundir información emanada del Congreso y fungía como su vocero. Igualmente, fue comisionado para llevar ante el Supremo Poder Ejecutivo un mensaje dirigido a indicar la opinión del Congreso acerca de las medidas de seguridad que debían tomarse frente a los europeos sospechosos. Fue también encargado para la redacción de una ley que eximía a los estudiantes del servicio militar obligatorio.

     Su formación liberal lo llevó para ser propuesto como integrante de una comisión a fin de discutir las propuestas legales acerca de los derechos del hombre, concentradas en la inviolabilidad del hogar y las circunstancias en las que éste podía ser allanado. Además, debía ser llevada a discusión una propuesta de Yanes en lo atinente al respeto de la inviolabilidad de papeles privados y la correspondencia oficial.

     Luego del terremoto del 26 de marzo de 1812, la oposición frente a la República recién instaurada se acrecentó. Tres meses después Francisco de Miranda ordenó el arresto y el secuestro de bienes del arzobispo Narciso Coll y Prat. Para tal acción se encomendó al deán José Cortés de Madariaga y a Francisco Javier Yanes. No obstante, esta resolución no se llevó a cabo por las argumentaciones legales que expuso Yanes ante Miranda y frente al gobernador militar, coronel José Félix Ribas, debido a las consecuencias políticas que tal acción pudiera afectar al orden establecido.

     Al caer la Segunda República Yanes huyó a las Antillas, pero para 1816 ingresó a los llanos de Casanare y Apure, donde ocupó el cargo de auditor de guerra. En el transcurso del año 1818 fue nombrado diputado suplente de la provincia de Casanare para representarla en el Congreso de Angostura. El 24 de febrero de 1819 lo eligieron, por la mayoría de los representantes agrupados en el Congreso de Angostura, integrante del Proyecto del Poder Judicial, al lado del diputado Juan Martínez. Al culminar la batalla de Carabobo, algunos realistas se atrincheraron en Puerto Cabello y lograron sostenerse con los auxilios financieros provenientes de la isla de Curazao, donde se había refugiado un contingente de personas contrarias a las propuestas republicanas. Como presidente de la Corte de Almirantazgo, recomendó a Carlos Soublette, vicepresidente de Venezuela, un bloqueo de Puerto Cabello con lo que logró neutralizar aquel fuerte controlado por algunos realistas.

     Para 1826, se creó en Bogotá la Academia Nacional de Colombia de la que Yanes formó parte como uno de sus integrantes. Simón Bolívar lo comisionó, junto con José María Vargas y Felipe Fermín Paúl para instituir un proyecto de policía urbana y rural que había sido ideado por Yanes. En el mismo año de 1827 fue escogido por el gobierno de Colombia para que dirigiera los Estudios Generales en el departamento de Venezuela, en compañía de Andrés Narvarte y Felipe Fermín Paúl.

     Con la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País, decretada en octubre de 1829, Yanes pasó a formar parte de ella con vistas al fomento del desarrollo económico y social de la república. En la nueva República, instaurada en 1830, Yanes llegó a ser diputado, así como consejero de gobierno y magistrado del Poder Judicial. Al lado de la actividad pública se concentró en el cuidado de sus propiedades dedicadas al café en los perímetros de Caracas. De igual manera, continuó dictando sus cursos acerca de ciencias y teoría política.

     Francisco Javier Yanes dejó varios escritos no sólo dedicados a la historia reciente de Venezuela. También elaboró un texto bajo el seudónimo Un venezolano, que llevaría por título Manual político del venezolano. Texto en el cual desplegaría una serie de consideraciones acerca de los conceptos libertad, igualdad, seguridad, propiedad y felicidad, entre otros. Dichos conceptos indican una lectura del credo liberal bastante extendido en estos tiempos de edificación republicana. Es cierto que algunas argumentaciones políticas se concentraron en la vertiente liberal del pensamiento, aunque también se añadieron consideraciones dentro de la dimensión política propuestas del humanismo cívico y del republicanismo, como principio cardinal para alcanzar la felicidad. Concepto éste que abarcó una serie de aspectos de la vida social contextuados en la virtud o, mejor, la magnanimidad.

Los fantasmas de la vieja Caracas

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Los fantasmas de la vieja Caracas

     Son muchas las tradiciones y hechos del pasado perdidos en esta inmensa ciudad y entre esas cosas que se fueron y no volverán se encuentran las famosas leyendas de “aparecidos” tan fantásticas en la Caracas de antaño.

     Esos espectros que tanto atemorizaron a los caraqueños, desde tiempos de la colonia hasta principios de nuestro siglo, alcanzaron las formas más diversas.

     Entre ellas encontramos figuras de animales, de mujeres grotescas, de enanos y de objetos diversos.

     Entre los fantasmas más famosos de la época encontramos a “La Sayona”, “La Llorona”, “Las Ánimas”, “El Carretón Fantasma o de Trinidad” y “La Mula Maniá”.

Uno de los más famosos “muertos” del siglo XIX fue “La Sayona”, de quien aún oímos hablar

La Sayona

   Uno de los más famosos “muertos” del siglo pasado fue “La Sayona”, de quien aún oímos hablar.

     Según se cuenta, La Sayona era una mujer altísima, desgarbada y de grotescas proporciones quien siempre iba vestida de negro, con una saya de larga cola que arrastraba en su paso fugaz por las calles caraqueñas. De allí el origen de su nombre.

     Esta mujer de afiladas uñas, que lanzaba una luz rojiza por los ojos, tenía la facultad de desdoblarse, transformándose algunas veces en un agresivo perro o en un gigantesco lobo, de brillantes colmillos.

     Las personas que aseguraban haber visto a “La Sayona” explicaban que en su metamorfosis lo primero que desaparecía era el ropaje negro que la caracterizaba, luego el cuerpo se adelgazaba y por último ésta se tiraba al suelo, en donde se transformaba en la figura de un perro o de un lobo.

     Otras personas afirman que este fantasma tenía la capacidad de alargar algunas partes del cuerpo, tales como sus extremidades y su cabeza.

     Generalmente, “La Sayona” hacía sus apariciones durante altas horas de la noche o en la madrugada cuando había muy poca luz en toda la ciudad..

     Junto a “La Sayona”, según se cuenta, aparecía otro espectro que llamaron en aquella época “El hermano penitente” que acompañaba a “La Sayona” por los lugares más oscuros y solitarios de Caracas.

     “El hermano Penitente” era un alma en pena que se paseaba rezando, confesando sus pecados, y lanzando alaridos de vez en cuando. Los que lograron ver al “Hermano Penitente” cuentan que se presentaba vestido de blanco, con grandes cuentas blancas alrededor del cuello y una cruz del mismo color, cayéndole en el pecho.

 

La Llorona

     “La Llorona” fue otra de las tantas historias de “aparecidos” que tuvo gran resonancia durante el siglo pasado y aún a principios de este.

     Según la leyenda, ésta fue una mujer condenada al eterno dolor por el delito de haber asesinado a su pequeño hijo.

     Contaban que “La Llorona” era una mujer soltera que para ocultar su “pecado de amor” estranguló a su hijo recién nacido, lanzándolo por una quebrada cercana al poblado donde habitaba.

     Con el tiempo, a la mujer le llegó el arrepentimiento y enloquecida por el dolor comenzó a llorar.

 

El carretón fantasma o de la Trinidad

     Esta fue una tradición caraqueña que predominó durante los siglos XVIII y XIX. El escritor Antonio Reyes en su libro “La Fantasía en la Crónica Popular”, hace la siguiente descripción del “Carretón Fantasma”: “Era una carreta gigantesca y desvencijada que sin guía ni ocupante alguno se lanzaba agresiva y amenazadora en un recorrido loco e incesante que solo terminaba con el advenimiento de la aurora. Y ante ese saltar y resaltar sobre el empedrado de las calles, los ánimos más decididos se sentían agobiados por un temor de muy difícil clasificación. El temor a lo desconocido, el “temor” a todo aquello que no está supeditado a la mano del hombre”.

     Algunas personas llegaron a asegurar que dentro del carretón podría observarse que un bulto rojo, con cuernos y rabo, lanzaba fuego por los ojos y la boca.

     El día que prefería para hacer temblar a los asustadizos caraqueños, era el viernes en la madrugada, cuando dejaba escuchar un sonido que en principio era muy suave, pero que se intensificaba cada vez más hasta formar un verdadero escándalo.

     La imaginación de los caraqueños de entonces, fervientes creyentes de los “aparecidos”, le atribuyó al “Carretón Fantasma” un itinerario ya establecido.

     Algunos afirmaban que partía de la Plaza del Panteón, atravesaba todas las calles hacia el Este y se perdía en las inmediaciones de la Plaza Candelaria.

     Otros aseguraban que el viaje lo hacía en dirección al Sur, desde la Plaza de la Trinidad, en San José, hasta la esquina de Las Piedras, en Santa Rosalía.

     Aquellas personas que tropezaban con el carretón, morían en el acto bajo sus poderosas ruedas y las que no encontraban la muerte, quedaban ciegas para que no volvieran a verlo.

     Al “Carretón Fantasma” también se le llamó “Carretón de la Trinidad” porque era en el Barrio de la Trinidad donde comenzaba a hacer su recorrido.

     Este barrio era un terreno ubicado entre el Hospital Vargas y el Puente de la Trinidad, que estaba rodeado de barrancos (Quebrada de Caraballlo) menos en el Norte donde se encontraba el cerro y en donde predominaba una oscuridad total.

 

El rosario de las ánimas

Otros “aparecidos” que no podían faltar, y que recorrieron las calles caraqueñas apenas alumbradas por pequeños faroles o velas de cebo, fueron las “ánimas”, que al igual que todos los fantasmas aprovechaban la oscuridad de la noche para hacer sus espectaculares apariciones.

Según la imaginación popular, las “ánimas” era un grupo de “sombras” que se paseaban en fila por las aceras de la ciudad vestidas de blanco, portando hachas encendidas, entonando un cántico que para Don Teófilo Rodríguez era. . . “fúnebre, monótono, modulado por voces que parecían salir de las entrañas de la tierra. . .”

“El enano de la Torre y la Mula Maniá”

     Son muy pocas las personas que conocen la leyenda del “Enano de la Catedral” y la “Mula Maniá”, sin embargo, no fueron desconocidos para los habitantes de la Caracas de 1800 y causaron el mismo terror que “La Sayona”, “La Llorona”, “Las Ánimas” y “El Carretón Fantasma”.

     El Enano de la Torre de Catedral, aseguraban los crédulos caraqueños, era un enano de desagradable voz, que salía después de las doce de la noche, asustando a los aventureros y trasnochadores.

     Este “aparecido” tenía la facultad de crecer de tal forma que llegaba a la estatua de la Fe ubicada en lo alto de la torre.

     Por su parte, la “mula maniatada o maniá”, fantasma del siglo pasado, fue una mujer chismosa y escandalosa a quien Dios castigó convirtiéndola en este animal, lanzando relinchos como el caballo y rebuznando como el asno.

     Las personas preferidas para sus ataques fueron los enamorados que tranquilamente conversaban en las ventanas y aquellos individuos que por cualquier emergencia tenían que salir a altas horas de la noche.

     Parece ser que la historia de la “mula maniá” fue una invención de los vecinos caraqueños para contener las murmuraciones y chismes de las viejas, amigas de “darle a la lengua”.

 

El mejor aliado, la oscuridad

     Todos estos fantasmas que hacían sus “apariciones” en nuestra vieja ciudad, escogían la madrugada y altas horas de la noche para asustar a sus creyentes pobladores.

     Esto era debido a la oscuridad reinante en aquella época, puesto que aún no había llegado la luz eléctrica y las calles y casas se alumbraban con mecheros de kerosene y velas de cebo.
A lo que se agrega la abundancia de matorrales, quebradas, barrancos y acequias que rodeaban la ciudad.

 

Ardid de los enamorados

     Como a las señoritas de aquella época no se les permitía salir de noche, y a las diez de la noche tenían que quitarse de la ventana, para evitar murmuraciones y “el qué dirán”, los enamorados ingeniosos inventaron la historia de aparecidos para verse a solas con las niñas.
Y mientras la familia atemorizada por la aparición de un fantasma, se reunía en la sala, para rezar el rosario, la jovencita cómplice corría hacia el corral o fondo de la casa para encontrarse con su amado.

     El miedo por estos espectros era sentido por todos en general. Sin embargo, la creencia firme de que estos seres provenían del más allá era más acentuada entre los esclavos y las criadas descendientes de éstos.

     La llegada de la luz eléctrica, la ilustración y presencia de policías, contribuyó a la desaparición de estos fantasmas.

 

FUENTES CONSULTADAS

  • Elite. Caracas, 22 de febrero de 1974

Boletín – Volumen 72

Boletín – Volumen 72

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Boletín – Volumen 72

     El impreso con fecha 1 de noviembre de 1919 inició con una información que hizo referencia a la incorporación de nuevos miembros de la Cámara de Comercio de Caracas. Información a la que sigue de inmediato la segunda entrega de “Apuntes sobre la riqueza mineralógica de Venezuela”, suscrita por Germán Jiménez. En el mismo se da continuidad al fragmento dedicado a la minería de los metales y en referencia a las minas de oro. Jiménez destacó, en esta oportunidad, las características generales del oro que reposaba en Guayana y riberas del Yuruary. Por tal motivo, presentó cuadros de producción de las minas existentes, en especial, la mina de El Callao, los dividendos generados por esta última y las ganancias generadas por la de nombre La Increíble.

     Se debe tener presente la pluralidad informativa del Boletín, en la mayor parte de sus emisiones. Un ejemplo resulta de la inserción de un artículo firmado por César Zumeta (1860-1955), quien ejerció cargos diplomáticos en representación del gobierno de Juan Vicente Gómez, que llevó por título: “El costo de nuestra política”. En este trabajo se encargó de recordar que las ganancias obtenidas mediante el comercio exterior, por parte de Venezuela, para 1908 fueron similares a las de 1808. En el mismo escrito se encargó de alabar lo que para 1919 se obtenía con el comercio exterior de Venezuela y el papel del gobierno en este sentido.

     En los apartes siguientes se presentó un esbozo de la “licitación para la construcción de una estación de telegrafía sin hilos”, así como propuestas provenientes de Francia e Inglaterra para el desarrollo de este proyecto telegráfico. Las ofertas en este orden se ofrecen, en francés, inglés e italiano. Le sigue a esta información un aparte que corresponde a “Sección de Correspondencia”. Importante destacar la variedad de propuestas comerciales provenientes de negociantes de Francia, Alemania, Italia, La Habana, Georgia, Valparaíso, Monterrey, California, Zaragoza y Buenos Aires.

     Una de las propuestas que se hacía a comerciantes o fabricantes venezolanos fue hecha desde Hamburgo, de parte de Luis Baruch. En ella se decía que la industria alemana de la lana tardaría en recuperarse, por las secuelas del conflicto bélico, y se ofrecía para procesarla en Venezuela. Una agrupación, Jáuregui y Manrique, asentada en La Habana, ofertaba embarcaciones que podían llegar a puertos venezolanos. Por ello pedían cotizaciones al precio del café, frijoles, maíz, almidón, en tiempos de cosecha, especialmente para cosecheros de Carúpano, Valencia, Barcelona, Puerto Cabello, Maracaibo y Ciudad Bolívar.

     A estas proposiciones de negocios comerciales y mercantiles le sigue un breve artículo acerca del precio del carbón en Inglaterra. En el mismo se informaba que el incremento del precio de este mineral se debía a la necesidad de ajustar el salario de los trabajadores. Otra de las causas del aumento se adjudicó a los altos precios de textiles, productos químicos, gas y electricidad colaterales al trabajo en las minas de carbón. Se asentó que, en Inglaterra se conseguían productos más baratos, provenientes de Estados Unidos de Norteamérica, frente a los producidos por las industrias y fabricantes ingleses. De igual modo, se informaba que las importaciones eran mayores en Inglaterra que las exportaciones y que la libra esterlina se vendía en Nueva York a 4,33 dólares cuando su valor en suelo inglés era de 4,87.

     Al final de este número 72 apareció “Decima Segunda Feria de París” que se llevaría a cabo entre el 10 y el 25 de mayo del año 1920, en la capital francesa. En una escueta comunicación se informó que se expondrían productos franceses y que la organización era responsabilidad de la Cámara de Comercio parisiense, el Concejo Municipal y el Consejo General del Sena.

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Publicación de gran interés para el examen de algunas de las actividades económicas que se venían practicando para este año de 1919.

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Boletín – Volumen 71

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     A partir de este número 71 se comenzó a presentar un ilustrativo artículo acerca de la minería, explotación y sus proyecciones en Venezuela, el cual seguiría apareciendo en ediciones posteriores. El artículo fue tomado de una edición presentada de una publicación correspondiente al Congreso Científico Panamericano. En esta primera entrega su autor, el doctor Germán Jiménez, examinó la minería de los metales, en este caso, la relacionada con la explotación del oro. Su disertación la inició expresando que la explotación del oro se había ralentizado durante los tiempos coloniales, en Venezuela. Luego de esbozar lo que de esta actividad se llevó a cabo en el país, aseveró que era una industria que requería de un capital para su extensión y desarrollo. Sólo su despliegue se estaba realizando en Guayana, al sur del río Yuruary.

     De acuerdo con este estudio las potencialidades de su explotación se dieron a conocer, entre los habitantes de Guayana, el año de 1845, por parte del brasileño Pedro Joaquín Ayres. Para el año de 1849 se establecieron lavadoras de arena en las riberas del río Yuruary. Las ganancias que generó para 1875 ascendieron a los 1.500.000 bolívares de la época. A raíz de la explotación se estableció una legislación que permitió, entre otras cuestiones, el ingreso de maquinaria a vapor. Un trabajo de interés vital para una aproximación a las actividades de explotación minera en Venezuela, el cual se circunscribió en la esfera de la geografía y de la mineralogía.

     Por otra parte, apareció la segunda entrega de “Resúmenes de historia comercial de Venezuela”, en que se destacó que una sola actividad mercantil, tal como sucedió en los tiempos del Antiguo Régimen, no generaba una renta atractiva para ningún tipo de economía. En el mismo se agregó que por deudas, contraídas por la Corona, con la empresa mercantil Bartolomé Welser y Compañía se le cedió parte de las costas venezolanas para enmendar lo adeudado. Sin embargo, consideró que luego de 1546 los españoles emprendieron viajes de exploración por el territorio que lleva por nombre Venezuela.

     En esta edición se intercaló la sección “Correspondencia”. En la misma se pueden leer propuestas para cosecheros de café y nombres de exportadores que podrían llevarlo para Nueva Orleans. También los nombres de vendedores o importadores de tejidos de algodón provenientes de Nueva York, así como agentes para la venta de automóviles, ciclomóviles y bicicletas desde Nueva York. Otras ofertas se hicieron para comerciantes de perlas hacia Barcelona –España.

     Entre las páginas 622 y 623 apareció “El costo del oro” texto que fue preparado a partir de un informe presentado por una comisión ad hoc, en torno a la explotación, procesamiento y comercialización del oro en Estados Unidos de Norteamérica. En el mismo se estableció que, frente a la producción de hierro, petróleo y carbón, el precioso mineral estaba en desventaja. Entre los factores que se adujeron para explicar el porqué de su declive fueron los altos costos de la fuerza de trabajo, la escasez de mano de obra desviada hacia actividades bélicas y las nuevas incursiones de inversionistas en actividades menos onerosas en cuanto a inversión y renta.

     Apareció un cuadro que complementaba a uno aparecido en la edición número 69, titulado “Distribución de la deuda pública de Venezuela el 30 de junio de 1919”. Por último, se presentó “Emisión de billetes de banco “, en que se hizo una breve reseña en lo que respecta a la regularización de producción de billetes, a partir de 1909. Esta información se acompañó con un cuadro que abarca los años de 1900 y 1918, en el que se muestra la emisión de billetes provenientes del Banco de Venezuela y el Banco Caracas.

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