Celebración de los primeros 50 años de la Cervecera Nacional1893-1943

Celebración de los primeros 50 años de la Cervecera Nacional1893-1943

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     “En 1943, la Cervecería de Caracas celebró el cincuentenario de su fundación. La historia de esta empresa venezolana se remonta a 1893, cuando un grupo de entusiastas empresarios realizaron una importante inversión para constituir una industria que hoy es ejemplo de perseverancia y tesón.

     La “Cervecería Nacional”, hoy Cervecería de Caracas, cuyo capital actual (1943) es de Bs. 9.100.000 (nueve millones cien mil bolívares) se fundó con un capital de Bs. 600.000 (seiscientos mil bolívares) en el escritorio del señor Juan E. Linares, constituido de la siguiente manera:

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     El libro de Actas que todos vimos en la recepción de la mañana del jueves en las Oficinas de la Cervecería Caracas, parece más bien el diario de una campaña industrial en la cual se observa la fe por lo nuestro como un símbolo, en las respectivas Juntas que en él actuaron.

     Por ello vemos desfilar por la Gerencia de la Empresa a los señores J. A. Mosquera, A Valarino, Carlos Zuloaga, Félix Rivas, E. Henny, M. A. Monteverde, Alfredo Dallacosta, Vicente Marturet, Eduardo Sanabria, Eduardo Röhl, hasta el actual titular del cargo, señor doctor Martín Tovar Lange, quien corresponde noblemente al esfuerzo de sus antecesores.

     El doctor Tovar Lange es un venezolano auténtico. Reviviendo la constancia de nuestros mayores, habló a nombre de la actual Junta Directiva de la Cervecería de Caracas, integrada así: presidente, señor don Luis A. Marturet; vicepresidente, doctor Oscar Augusto Machado; Vocales: doctor Nicomedes Zuloaga, señor John Boulton, doctor Carlos Mendoza, y secretario general, el doctor Martín Tovar Lange; y ha facilitado al público un conocimiento de los pormenores de la fundación de la Empresa, con motivo de su cincuentenario.

     Con fácil memoria y precisión, el doctor Tovar, en la mañana del jueves 25, fue describiendo a la numerosa concurrencia las características y aplicaciones de las modernas maquinarias, los procesos de fabricación, la alta eficiencia de los Laboratorios y las perspectivas de la Cervecería Caracas, entre las cuales oímos con satisfacción la posibilidad de fabricar levadura de cerveza en condiciones que pueda ser aplicada a la industria de panadería.

     Con palabra serena y tranquila, cual, si hablara en ambiente familiar, el señor Gerente, haciéndose eco de la Junta Directiva, nos ha demostrado este orgullo de la industria nacional, este empeño de nuestros mejores hombres que hace medio siglo vislumbraron las posibilidades del país.

     Y es que la trascendencia del desarrollo de la Cervecería de Caracas no hay que verla solamente bajo el punto de vista de la fabricación de cerveza, en la cual da trabajo a alrededor de 800 familias. Debemos medirla en sus otros alcances, es decir, por lo que representan para el país sus industrias subsidiarias, entre las cuales, la principal, la Fábrica Nacional de Vidrios, no solamente suple las botellas para la cerveza, sino que fabrica 360 modelos de diversos tipos y para fines distintos, los cuales entran de lleno en la evolución manufacturera de otras industrias, facilitando su desenvolvimiento y proporcionando trabajo a millares de familias.

Patio de la cisterna, 1894.

Patio de la cisterna, 1894.

Salón de máquinas, 1894.

Salón de máquinas, 1894.

     Es de suponer lo que sería la falta de la Fábrica Nacional de Vidrios, en los momentos actuales, para la industria embotelladora del país. Entre los beneficios indirectos que proporciona la Cervecería de Caracas, encontramos, principalmente:

Trabajo a los fabricantes de cajas de cartón y de madera.

Trabajo a los obreros del transporte.

Fletes, depósitos, manipulaciones por transportes locales, etc., etc.

     De alta importancia para el país es el hecho de que la Cervecería de Caracas, en su Departamento de Bebidas Gaseosas, es factor principal en el consumo de azúcar nacional.

     En cuanto a nuestra evolución social la Cervecería de Caracas aplica los principios básicos de la técnica que procura la armonía del capital con el trabajo: fabrica casas para sus empleados y sobrepasa las previsiones de la Ley del Trabajo. Además de las utilidades reparte a sus gremios de trabajadores una cantidad semanal igual a la que resulta recaudada entre los asociados.

     Alguien dijo en un libro injusto que los venezolanos somos tardos en apreciar el mérito propio y no reconocemos el derecho de rectificación, que ejercieron hasta los grandes santos.

     Venezuela parece responder que sí hay un propósito de superación en sus hombres. Su marcha evolutiva es hacia el consumo de lo propio.

     Veamos un hecho cierto: la Fábrica Nacional de Vidrios, con un personal todo venezolano, consume el 84% de artículos de producción nacional. El 16% restante o sea el correspondiente al carbonato de soda, será eliminado de la importación porque se están dando pasos en firme para establecer una fábrica de dicho producto en el país.

     No queremos cerrar esta información sin dar a conocer al público los siguientes datos que demuestran en cifras la gran importancia de estas industrias en la economía nacional:

 

La Cervecería de Caracas y sus subsidiarias en la economía nacional en el año 1942

Al Gobierno Nacional

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     Actos que se efectuaron con motivo del cincuentenario de la fundación de la Cervecería Nacional y de la propia industria cervecera en el país:

Guardianes de las cavas, 1894.

Guardianes de las cavas, 1894.

Día 25 de marzo de 1943

     A las 8.30 a.m. Misa en Acción de gracias en la iglesia parroquia Candelaria para todo el personal de la Empresa.

     10.99 a.m. Apertura de la Convención de Viajeros, Agentes Residenciales y Vendedores en el Distrito Federal.

     11.30 a.m. Los representantes de Comercio, Prensa, Banca, Industrias y favorecedores fueron gentilmente recibidos por su personal.

     A las 4.00 p.m. se llevó a efecto el reparto de juguetes y piñatas como obsequio de la Junta Directiva y del Gerente de la Empresa a los hijos de los obreros de la misma, entregados por las señoras de los directores.

     8.00 p.m. Los empleados de la Cervecería de Caracas, Venezolana de Maiquetía y Nueva Cervecería de Ciudad Bolívar obsequiaron al gerente, doctor Martín Tovar Lange, con una comida de gala en el Club Paraíso, y en este acto le hicieron entrega de una placa de oro, obsequiada por todo el personal, incluyendo el de la Fábrica Nacional de Vidrio.

Día 26 de marzo

De 10.00 a.m. a 12.00 m. continuó iniciada la convención de Agentes Residenciales, Viajeros y Vendedores. A las 4.00 p.m. los Agentes Residenciales, Viajeros y Vendedores fueron recibidos en la Planta de Coca Cola por el Superintendente señor Stull.

Día 27 de marzo

     En la mañana de este día los agentes viajeros y residenciales fueron a Maiquetía a visitar la Cervecería y la Fábrica Nacional de Vidrio. El señor Jesús Corao, en representación de dichas Empresas, ofreció un lunch a los visitantes

 

Día 28 de marzo

     A las 12.00 m. se llevó a efecto en el local de la Planta de Coca Cola el almuerzo criollo y baile que la Junta Directiva y el Gerente de la Empresa ofrecieron al personal de las Compañías.

     En este acto se hizo un homenaje especial a los empleados fundadores de la Cervecería Nacional que aún se encuentran en actividad”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, abril de 1943.

  • El Cojo Ilustrado. Caracas, 15 de agosto de 1894

La Guaira y Caracas a comienzos del siglo XX

La Guaira y Caracas a comienzos del siglo XX

En 1912, Leonard Dalton publicó un libro titulado Venezuela, en el que aparecen interesantes cuadros estadísticos, reseñas históricas, pinturas y paisajes de ciudades que visitó a principios del siglo XX.

En 1912, Leonard Dalton publicó un libro titulado Venezuela, en el que aparecen interesantes cuadros estadísticos, reseñas históricas, pinturas y paisajes de ciudades que visitó a principios del siglo XX.

     Leonard Dalton (1887-1914) fue un representante de negocios de origen británico. Visitó Venezuela en la primera década del 1900 en momentos cuando Juan Vicente Gómez ejercía la presidencia de la República. Como resultado de su estancia por estas tierras redactó un libro titulado Venezuela que fue publicado en 1912 por parte de T. Fisher Unwin en la ciudad de Londres. En esta obra muestra el recorrido que llevó a cabo por distintas localidades del país suramericano.

     Entre los pocos comentarios que se han dado a conocer de esta obra resalta el capítulo dedicado a la geología, considerado un interesante aporte acerca de una materia novedosa en el país. En el mismo texto aparecen cuadros estadísticos, reseñas históricas, pinturas y paisajes de ciudades en las que estuvo Dalton.

     Entre las consideraciones que estampó en su texto fue que, por razones obvias, la región central de Venezuela, “o sea la que queda en torno a la capital de la República”, era la zona de mayor atracción para los europeos. De ahí que fuese el lugar más visitado por comerciantes, naturalistas, visitantes y viajeros, quienes por interés científico o por razones comerciales, o sólo por el placer de conocer tierras nuevas venían a él. Todos ellos realizaban sus primeros contactos a través de La Guaira, “el puerto principal de la república”.

     De la localidad guaireña escribió que el primer poblado que se fundó en ella fue Caraballeda.

     La ciudad de La Guaira tuvo como fundación el año de 1588, al poco tiempo que la sede del gobierno se trasladara desde Cora a Caracas. De acuerdo con su percepción, La Guaira tenía épocas de un calor “realmente insoportable. En otros tiempos la rada debe haber sido muy insegura, pues el oleaje que bate continuamente esta costa impide un buen anclaje fuera del puerto”.

     Agregó que la edificación portuaria pertenecía a una compañía británica y que faltaba mucho por culminarla. Los trabajos realizados, hasta el momento, sólo habían permitido aminorar el efecto de la marea, aunque sin neutralizar su ímpetu. Describió que en sus cercanías era poco común presenciar fuertes ventiscas. Contó que las obras del puerto se comenzaron a estructurar en diciembre de 1885, aunque el primer malecón fue derrumbado por una gran marejada en diciembre de 1887. El segundo intento se comenzó a partir de julio de 1888 y se culminó en julio de 1891, “en forma más o menos igual al que hoy existe”.

     En su texto destacó que desde el poblado de Maiquetía partía una línea ferroviaria que atravesaba La Guaira y llegaba hasta un nuevo balneario denominado Macuto, el cual gozaba de buena asistencia durante el año. Al puerto de La Guaira llegaban la mayor cantidad de los productos producidos en la parte central de Venezuela. Señaló que los principales renglones utilizados para la exportación eran el café, el algodón, el cacao, los cueros, oro, cauchos, perlas, plumas de garza y alpargatas. Entre las fábricas que puso a la vista de sus lectores estaban las del tabaco, cigarrillos, sombreros y zapatos, entre otros bienes de consumo interno. En los alrededores de la playa no observó vegetación que valiera la pena ser destacada, aunque puso de relieve las plantaciones de caña de la familia Boulton.

A comienzos del 1900, desde el poblado de Maiquetía partía una línea ferroviaria que atravesaba La Guaira y llegaba hasta un balneario denominado Macuto, el cual gozaba de gran popularidad.

A comienzos del 1900, desde el poblado de Maiquetía partía una línea ferroviaria que atravesaba La Guaira y llegaba hasta un balneario denominado Macuto, el cual gozaba de gran popularidad.

     Expuso que más allá del muelle existía una estrecha calle con lugares comerciales en los cuales se expendían distintas frutas propias de la zona tropical y de la templada, con los cuales se fabricaban “excelentes refrescos”. Describió haber visto numerosos cocos de color verde y barriles llenos con el guarapo que se extraía de ellos cuyo costo era de un centavo por vaso, “no muy agradable para un paladar no habituado, pero que es probablemente la más efectiva de las bebidas refrescantes venezolanas”. Durante los momentos de mayor penetración de los rayos solares era acogedor sentarse alrededor de unas mesas resguardadas por la vegetación, “aunque es justo consignar que el visitante se siente más impresionado por el sucio aspecto de esta callejuela frontera que por los alicientes reales del paraje”.

     Sumó a su descripción que el transporte hacia Caracas se hacía por dos medios distintos. Por vía ferroviaria y por carretera. La vía férrea era para el transporte de carga expresa, “aunque la gran cantidad de burros y mulas cargados que parten de Maiquetía antes del amanecer demuestran que el ferrocarril no carece de competencia”. 

     Expuso que la carretera estaba muy bien construida y que el sector no macadamizado o pavimentado se utilizaba muy poco. Indicó que en gran parte del trayecto hacia Caracas se podía presenciar una espléndida vista hacia el Caribe. Del ferrocarril expresó que algunos tramos estaban al borde de precipicios muy profundos. Aunque parecía ser riesgoso trasladarse en él no llegó a conocer percances que lamentar. Agregó que era una gran labor de ingeniería y que en varios puntos del camino había vigilantes que advertían sobre algún riesgo que pudiera derivar en accidente.

     Redactó que Caracas estaba situada en el margen septentrional del río Guaire, en un valle inclinado de la cordillera de la costa, lo que hacía que la parte norte de la ciudad fuese más alta que la meridional. De acuerdo con la información que obtuvo la fundación de la ciudad de Caracas fue en 1567 y que su escogencia fue por la uniformidad de su clima, distinto a la ciudad de Coro en que sus temperaturas se caracterizaban por ser más calurosas y de tierras estériles. En Caracas los momentos de mayor calor se presentaban a mediados del año, “bastante molesto a cualquier hora del día”. A pesar de ser un lugar de pocos habitantes, la ciudad le pareció atractiva, así como a otros visitantes que llegó a consultar.

Dalton describió El Capitolio como un amplio edificio de estilo cuasi morisco, con dos divisiones principales y en cuya parte central se encontraba un patio.

Dalton describió El Capitolio como un amplio edificio de estilo cuasi morisco, con dos divisiones principales y en cuya parte central se encontraba un patio.

     Resaltó que las calles caraqueñas eran estrechas, “aunque tal circunstancia resulta poco perceptible por ser las casas y edificios de un solo piso”. Añadió que los barrios más apartados del centro estaban pavimentados con guijarros o pedruscos, mientras el área central mostraba calles pavimentadas con cemento. Expuso que las pocas edificaciones de dos pisos eran edificios públicos. Como era usual la plaza se encontraba en el centro de la ciudad. Alrededor de ella se encontraba la catedral, las oficinas del Gobierno Federal, el Palacio de Justicia, el Palacio Arzobispal, la Casa Amarilla, una oficina de correos y el hotel Klindt, el principal de la ciudad.

     En el centro de la plaza estaba una estatua ecuestre de bronce con la representación de Simón Bolívar. Respecto al Capitolio indicó que se encontraba situado en la parte sur oeste de la plaza Bolívar. Además, señaló que era un amplio edificio de estilo cuasi morisco, con dos divisiones principales y en cuya parte central se encontraba un patio. Dentro de sus instalaciones había pinturas y grabados alusivos a los próceres de la independencia y a las principales batallas que sellaron la derrota de los ejércitos realistas. Sin embargo, no describió otras construcciones en las que se albergaban oficinas gubernamentales. 

     De acuerdo con sus argumentaciones solo merecían ser mencionados el edificio de la Universidad, el ocupado por el Teatro Municipal, el Panteón y la residencia presidencial en Miraflores.

     Destacó que en el cerro El Calvario estaban ubicados el Observatorio y el Paseo Independencia, “desde el cual – en horas de la tarde – se capta un hermoso panorama de la ciudad”. Anotó que del lado sur del río Guaire, atravesado por dos puentes, se encontraba otro paseo denominado El Paraíso, lugar donde las personas de alcurnia tenían sus residencias. Agregó que quienes tenían la posibilidad económica disfrutaban recorrer en coche este lugar al caer la tarde, “y podemos observar de paso que los vehículos (por lo general victorias o pequeños landós con capota) son excelentes y muy baratos”. Describió que los paseantes llevaban bastón, que utilizaban para guiar al conductor: “un golpecito en el brazo derecho indica que debe girar en esa dirección, un toque en la espalda que debe detenerse”.

Caracas desde El Calvario, hermoso panorama de la ciudad.

Caracas desde El Calvario, hermoso panorama de la ciudad.

     Indicó que entre la plaza principal de la ciudad y el Teatro Municipal se encontraba un café de nombre “La India”, lugar éste en que personas jóvenes acudían a degustar confituras y cerveza en horas de la mañana. De igual manera, se ofrecían “jícaras de chocolate (que son excelentes), y también a consumir licores menos inocuos a la salida del teatro”. En lo que se refiere al té o al “afternoon tea” era poco usual su consumo entre los habitantes de la ciudad, “aunque es posible que el creciente auge de la colonia británica llegue a influir decisivamente a este respecto”. Señaló que consideraba de poca utilidad reseñar la existencia de hospitales y otras plazas existentes en Caracas, aunque puso de relieve la existencia de dos mataderos en distintos lugares de la capital.

     En lo que se refiere al abastecimiento del agua, entre los pobladores, ella provenía del río Macarao. Sus aguas eran conducidas por un acueducto hasta El Calvario, donde era objeto de filtrado. 

     También existían depósitos de agua provenientes del cerro la Silla. De acuerdo con su percepción el servicio de tranvía y de teléfonos “es excelente; ambos fueron inaugurados por empresas británicas, quienes continúan administrándolos hoy día”. La energía eléctrica requerida para el funcionamiento del tranvía, así como para el alumbrado público, era generada por las cascadas de El Encantado y Los Naranjos que provenían del lado sur de la ciudad. Destacó, igualmente, que la ciudad contaba con una fábrica donde se producía cerveza, otras de fósforos, muebles y cigarrillos. Sumó a su descripción la siguiente consideración: “Las observaciones consignadas acerca del comercio de La Guaira son también aplicables a la capital, pues prácticamente todas las mercancías de que se dispone en Caracas pasaron primeramente a través de dicho puerto”.

     Agregó que la zona de mayor pujanza económica se encontraba en la parte inferior del valle del Guaire. Recordó haber hecho algunas anotaciones de la hacienda de caña del señor Juan Díaz. De seguida, anotó que habían existido, aún algunas se conservaban, cultivos de trigo. Argumentó que gracias al benigno clima de Caracas pudiera desarrollarse este tipo de cultivos en vez de adquirirlo por medio de la importación. En terrenos cercanos a la capital observó haciendas de café y que en las zonas altas donde se cultivaba este fruto estaban consideradas de gran rentabilidad.

     Hacia el lado este de la ciudad observó la existencia de sembradíos de café y cacao. Indicó que Petare era la localidad de mayor impulso del estado Miranda, “con casi 7000 habitantes”. La actividad económica de mayor vigor en la localidad petareña era la fabricación de alpargatas, cigarrillos y almidón, “el cual se fabrica a base de harina de yuca”. Petare llegó a ser la primera estación del terminal del ferrocarril, según la información que expuso ante sus lectores. Además, argumentó que el proyecto ferrocarrilero propuesto desde tiempos de Antonio Guzmán Blanco tenía como meta que alcanzara la ciudad de Valencia. 

El reloj de la catedral de Caracas

El reloj de la catedral de Caracas

En 1944, casi todos los habitantes de Caracas escuchaban diariamente la voz sonora del reloj de la Santa Iglesia Catedral, pero son muy contados los que han oído palpitar su corazón. Es el mismo caso del amigo que vemos y con el cual hablamos a menudo y cuya intimidad, sin embargo, desconocemos. Este reportaje fue escrito desde las entrañas de la torre guiados por uno de los mejores relojeros de Caracas, encargado desde 1937 de velar por el buen funcionamiento de los relojes públicos.

El primer reloj que tuvo la Catedral fue colocado en 1732.

El primer reloj que tuvo la Catedral fue colocado en 1732.

     “Nosotros hemos oído y hemos visto de cerca el corazón metálico del viejo reloj. Tiene el sonido seco de la gota de agua que horada la piedra: tac. . . tac. . . tac. . . Son los pases del tiempo avanzando implacable y silencioso de una eternidad a otra eternidad, por encima de los hombres y de las cosas.

     Encerrado en una gran caja de madera barnizada, suspendido a unos treinta metros dentro de la vetusta torre, sobre un polvoriento entarimado, se mueve incesantemente desde hace 56 años [1888], dando vida a las agujas y a las campanas que anuncian a los caraqueños la marcha de las horas.

     Ascender hasta el corazón del reloj catedralicio es una “excursión” por demás interesante. A nosotros nos sirvió de guía un hombre familiarizado con la vida íntima del viejo reloj. Un hombre que lo admira y lo cuida con cariño. Este es Simeón Pérez Yanes, uno de los mejores relojeros de Caracas, encargado desde 1937 de velar por el buen funcionamiento de los relojes públicos. Se entra en la torre por una pequeña puerta. Una rampa de madera y ladrillo se eleva en torno a una enorme mole maciza de ladrillo y argamasa, cuya altura aproximada es de treinta metros. Estamos en todo el centro de la Caracas bullanguera y, sin embargo, al subir por aquel oscuro túnel en espiral construido hace cientos de años, creemos hallarnos alejados de todo ser viviente, y por extraña sensación nos parece que en vez de subir bajamos a las entrañas de la tierra. Las angostas ventanillas que se abren en los gruesos muros de la torre, nos vuelven a la realidad al mirar a través de ellos retazos del abigarrado tráfico urbano y las verdes copas de los árboles de la Plaza Bolívar.

     Pérez Yanes se detiene repentinamente y nos muestra a la luz de una ventanilla varios pequeños agujeros en la robusta mole central.

–Son tiros –nos dice. –Aquí se hicieron fuertes unos piratas ingleses que saquearon a Caracas allá por el 1500 y pico.

     Pero dudamos de la exactitud del dato. Cierto que cuando la Catedral no había sido elevada a tal categoría y era todavía la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol, unos corsarios ingleses se atrincheraron en ella. Esto sucedía en la última década el siglo XVI. Se cuenta también que cuando la guerra de los “Azules”, algunas fuerzas se encerraron en la torre y desde allí disparaban. ¿Cuál, pues, fue el origen de aquellos pequeños agujeros? ¿Habrán sido abiertos por los arcabuces de S. M. el Rey de España o por los viejos fusiles de los soldados de una de nuestras tantas guerras civiles?

     A medida que vamos ascendiendo nos asaltan multitud de recuerdos históricos relativos a la S. I. Metropolitana de Caracas que en sus 300 años de ida ha sido sacudida por cuatro terremotos. La Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol fue elevada a la categoría catedralicia en 1637. Apenas terminada de reconstruir en 1641, un terremoto la destruyó casi por completo. Refiérese que, al producirse el sismo, el Obispo Tovar, quien se encontraba en su habitación, pudo escapar a través de una grieta, entró en la Catedral y fuese hasta el Sagrario, lo abrió y tomó en sus manos a la Divina Majestad y salió a la calle pidiendo misericordia. Cuentan las crónicas que una anciana llamada María Pérez (dueña de los terrenos situados al Este de Caracas que han conservado su nombre en la contracción “Maripérez”), mujer rica y muy religiosa se hallaba en la Iglesia al ocurrir el terremoto y al ver al Obispo Tovar sacar el Santísimo Sacramento lo acompañó por las calles con una vela encendida.

El reloj cuyos secos latidos estamos oyendo ahora fue colocado en la torre en el año de 1889 durante la Administración de Juan Pablo Rojas Paúl.

El reloj cuyos secos latidos estamos oyendo ahora fue colocado en la torre en el año de 1889 durante la Administración de Juan Pablo Rojas Paúl.

     En 1665 se comenzó la construcción de una nueva iglesia y en 1674 otro terremoto le causó daños de consideración. Ampliada en 1709, vuelve a ser conmovida por un sismo en 1766. Reparada una vez más llegó el año 1812 en el cual se produjo el histórico terremoto que los curas realistas trataron de aprovechar políticamente atribuyéndolo a un castigo de Dios por la declaración de la Independencia, provocando la célebre respuesta de Bolívar: “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. El terremoto del año 12 causó tales estragos en la Catedral que hubo necesidad de hacerla de nuevo en su mayor parte. Después de esa última reconstrucción su fachada se ha conservado hasta la fecha actual sin grandes alteraciones.

     La Iglesia Catedral de Caracas carece por completo de valor arquitectónico. Y en nuestro concepto no valdría la pena conservarla. Ya en 1762 se la consideraba inapropiada para su categoría. Y en 1804, Francisco Depons se expresaba de esta guisa: “Causa asombro no hallar en una ciudad tan popular como Caracas y donde se venera tanto la religión cristiana, una Catedral que corresponda en realidad a la importancia del Arzobispado y de la ciudad misma”, añadiendo que la arquitectura y la construcción no tenía nada de majestuosa ni imponente. Después de las reparaciones que en su interior hizo el arzobispo Silvestre Guevara y Lira, en el año 1868, últimamente hicieronse en ella trabajos con el objeto de mejorar la construcción. Pero se ha seguido pensando en levantar una nueva y moderna catedral

Los relojes de la Catedral

     Ya estamos al fin de la rampa que trepa hasta un poco más arriba de la mitad de la torre. Ahora hay que subir por unas estrechas escaleras. Pasamos junto a las grandes campanas que llaman a misa y repican alegremente en las festividades religiosas. También doblan a muertos. Otra escalerilla más; Pérez Yanes levanta una tapa de madera encima de nuestras cabezas. Ascendemos a través del negro boquete. En la oscuridad llega hasta nosotros el seco palpitar del viejo reloj tac. . . tac. . . tac. . .

     El primer reloj que tuvo la Catedral fue colocado en 1732. Lo trajo de España el Obispo José Félix Valverde al venir a encargarse de la diócesis. Por esa fecha se creó la plaza de relojero con un sueldo de 50 pesos anuales y se nombró para desempeñarla a Juan Sánchez, clérigo tonsurado. Inutilizado este reloj, en 1778 se instaló el que debía marcar las horas históricas del nacimiento del Libertador, la Revolución de Abril y la declaración de Independencia.

     En 1856 el reloj que vio nacer la República fue sustituido por otro cuyo costo fue de 3.000 pesos. Este es el que actualmente se halla en la Iglesia de San José.

     El reloj cuyos secos latidos estamos oyendo ahora fue colocado en la torre en el año de 1889 durante la Administración de Juan Pablo Rojas Paúl. Lo construyó en Londres un famoso relojero español, J. R. Lossada, por encargo de Antonio Guzmán Blanco, a la sazón ministro de Venezuela en París, quien en su último gobierno había pensado en adquirir en Europa un buen reloj para la Iglesia Metropolitana de Caracas. Lossada fue también el constructor del actual reloj de la Abadía de Westminster. El precio de la obra se ajustó en 1.881 libras esterlinas. En setiembre de 1888 comenzó los trabajos el operario James Gossling, bajo la dirección de Lossada y en diciembre del mismo año el reloj estaba listo. Su peso es de 7.217 kilos. Tiene 11 magníficas campanas y un cilindro que adaptado a un mecanismo especial deja oír los acordes del Himno Nacional. Según parece, este cilindro funcionó hasta los años 1902 y 3.

     Da lástima que, por abandono de los anteriores Gobiernos, el mecanismo que hacía funcionar el cilindro no se hubiera reparado a tiempo. En la actualidad tiene varias piezas rotas y está cubierto de orín, pero es posible arreglarlo. Hay otro cilindro para siete piezas musicales religiosas cuyos nombres que aparecen grabados en una placa de cobre adherida a una de las paredes de la caja que encierra la maquinaria del reloj, son las siguientes: “Repique de Campanas, El Corazón del Niño Jesús, El Misericordioso Jesucristo, Canción de la Virgen, letanía de Santa Brígida, Adeste Fidelis y O Santísima”.

El reloj se mueve por un mecanismo de escape de áncora o péndola, mediante una pesa de gravedad de cien kilos atada a una guaya que se va desarrollando lentamente.

El reloj se mueve por un mecanismo de escape de áncora o péndola, mediante una pesa de gravedad de cien kilos atada a una guaya que se va desarrollando lentamente.

     Este cilindro parece que nunca fue tocado. Cubierto de polvo y oxidado, hallase dentro de una caja de madera.

     Nos acercamos al corazón del viejo reloj a la luz de una vela que sostiene en sus manos Pérez Yanes. Ruedas dentadas, volantes, cadenas, se mueven pausadamente. La maquinaria mide aproximadamente un metro 50 de longitud, por uno de alto y uno de ancho. En la base hay una inscripción: “J.R. Lossada, Londres 1888. –A.D.”

–El material es finísimo – dice Pérez Yanes. – fíjate en los “levees” del áncora–añade empleando frases técnicas, –están en perfecto estado, no se nota ningún desgaste, pese a que tienen más de 50 años.

–¿Cuánto crees tú que durara este reloj?

–Bien cuidado puede durar cien años más

–¿Qué clase de mecanismo mueve la maquinaria?

–Este reloj se mueve por un mecanismo de escape de áncora o péndola, mediante una pesa de gravedad de cien kilos atada a una guaya que se va desarrollando lentamente. Darle cuerda a este reloj consiste sencillamente en enrollar de nuevo la guaya con esa manilla que está ahí –nos dice– señalándonos una manilla más grande que las que se usan algunas veces para poner en marcha motores de explosión.

–¿Cada cuánto tiempo hay que “darle cuerda”?

–Cada tres días y tardo media hora en el trabajito. Es un poco pesado.

–¿Y el mecanismo de sonido?

 –También funciona por el sistema de pesas. El mecanismo de los cuartos tiene una pesa de 300 kilos y el mecanismo de la hora una de 150 kilos. Las campanas de este reloj –agrega– suenan exactamente como las de Westminster, por eso a esta combinación de notas musicales se llama “Sonido de Westminster”, que aquí conocemos por “Catedral”.

     En la parte superior de la maquinaria observamos dos hélices de más o menos 50 centímetros de longitud. Le preguntamos a Pérez Yanes, ¿qué papel desempeñan?

–Son frenos de aire –responde– para regular el mecanismo del sonido. Si no existieran, al desprenderse la pesa se oiría un ruido loco de campanas. Gracias a esas “mariposas” se distancia una nota de otra, según la inclinación que se les dé.

–¿Nunca se ha detenido este reloj?

–En el tiempo que ha estado a mi cuidado, jamás ha dejado de marcar las horas. El mecanismo de sonido sí estuvo detenido por una semana, pues tuve que reparar algunas piezas. Posiblemente en 1945 tendré que limpiarlo y entonces estará parado por varios días.

     El corazón del viejo reloj no se altera porque algunos intrusos nos hallamos inmiscuidos en su vida privada. Sigue golpeando quedamente: tac. . . tac. . . tac. . . mientras hablamos. De repente oímos un sonido extraño en la maquinaria, se mueven más velozmente que se costumbre algunas ruedas.

–Ya van a sonar las campanas –exclama Pérez Yanes.

     En efecto. Encima de nuestra cabeza recias campanadas anuncian las cuatro y tres cuartos de la tarde. Una de las hélices da vuelta con rapidez, gira el cilindro donde se arrolla la guaya que sostiene la pesa de los “cuartos” y ésta desciende unos metros. De nuevo, silencio. Solo escucha el golpe seco de la maquinaria.

     Unos metros más arriba, directamente bajo la cúpula que corona la torre, están las 11 lenguas sonoras del reloj. Son unas campanas finísimas sobre la cual golpean 27 martillos, de los cuales solo cinco funcionan en la actualidad. Un ligero toque de la yema de los dedos sobre las enormes campanas, arranca un suavísimo sonido de cristal, tal es la calidad del material con el cual están construidas.

     Desde esta parte de la torre, a unos 30 metros de altura –debe tener 35 en total– se divisa íntegra la ciudad de Caracas, a excepción de la barriada de Catia. Por el Este se alcanza a ver casi hasta Petare. El viejo Ávila aparece imponente ante nuestros ojos, cual un gigantesco monstruo de piel verdiazul que se hubiese tendido a descansar. La ciudad nos parece ahora más pequeña. Casi en nuestras manos tenemos las cúpulas amarillentas de la Iglesia de La Pastora. El Nuevo Circo está ahí mismo, detrás de las lomas de zinc del mercado público; ´podríamos tocar si quisiéramos la fachada desteñida del Hotel Ávila; ¿y ese anillo dorado al suroeste? Es el Hipódromo Nacional. A nuestros pies la gente se aplasta contra el asfalto y en la brisa fresca de la tarde asciende hacia nosotros el bullicio callejero. Por entre los matices verdes de la arboleda emerge la cabeza de bronce del Libertador. Avilán Jr. se harta de abrir y cerrar el obturador de su maquinilla.

     Al golpe de las cinco de la tarde comenzamos a descender por las escalerillas. De nuevo oímos el seco palpitar del corazón del reloj. Pasamos cerca de las esferas de vidrio lechoso, 150 centímetros de diámetro tienen cada una. En los gruesos muros de la torre hay varias firmas de personas que han subido hasta allí y han querido dejar constancia de su presencia, en la seguridad de que serán muy pocos los que ascenderán por la vieja torre catedralicia. Leemos: Tito Salas, 1919; Luis Correa, 1919, Francisco José Simonpietri, 1912. No resistimos la tentación de estampar también la nuestra.

     Dando vuelta en torno a la mole de ladrillo y argamasa llegamos de nuevo a tierra firme. Ha terminado nuestra “excursión” por la histórica torre. Arriba queda palpitando el corazón del viejo reloj”.

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, núm. 957, 5 de febrero de 1944.

    Vida y costumbres de los caraqueños

    Vida y costumbres de los caraqueños

    Por Arístides Rojas*

    Era costumbre de los caraqueños colocar en sus casas imágenes de santos, en particular la Virgen Nuestra Señora de la Luz. El autor de una de las representativas imágenes de esta virgen fue el célebre pintor venezolano Juan Pedro López (1724-1787).

    Era costumbre de los caraqueños colocar en sus casas imágenes de santos, en particular la Virgen Nuestra Señora de la Luz. El autor de una de las representativas imágenes de esta virgen fue el célebre pintor venezolano Juan Pedro López (1724-1787).

         “En las casas de entonces, que eran amplias, frescas y sombrías, se hallaban por dondequiera las imágenes de los santos. Algunos de ellos tenían su sitio bien designado. Sobre la puerta de la calle estaba muchas veces escrito el nombre del santo patrón. En el zaguán había una imagen, ordinariamente la de aquel santo. Al entrar por el “entreportón” al corredor de adelante, se hallaba a mano derecha una pila de agua bendita con un letrero, casi siempre en latín, que decía: “Entrad purificado, buen hermano”. Al pasar por delante de los muebles del corredor, se llegaba a la puerta de la sala, muchas veces llena de adornos de curvas barrocas, y encima de ella casi invariablemente estaba la imagen de la Virgen de la Luz, una de las tres vírgenes caraqueñas. La sala, donde había sofá de damasco, sillas con pata de garra, tapizadas o con asiento de cuero y tachuelas doradas, alfombra o petate sobre ladrillos hexagonales, cortinas de damasco y hermosas arañas de cristal que colgaban de las doradas maderas del artesonado, comunicaba con la alcoba, en la que se veía la gran cama de cuatro pilares con su dosel. En ésta no faltaban el Ángel de la Guarda y las Ánimas Benditas, a las que se dedicaba un Padre Nuestro después del cotidiano rosario. Con frecuencia hacían compañía a las Ánimas, San Miguel o San Antonio o la Virgen de la Merced.

         Si salíamos de la sala, nos quedaba enfrente el gran patio cuadrado y su pila en el centro. Estaba todo empedrado con grandes lujas y en él brillaba vivo el sol para deleite de una turba de moscas que zumbaban con inquietud. En alguna que otra casa había varios tiestos de flores junto a la pila, pero esto era raro, pues las plantas tenían su sitio en el corral.

         Por allí cerca andaba el Oratorio, en las casas más principales. Era un cuarto no muy grande con su altar. Con frecuencia había reliquias de variado origen: el dedo de algún santo, una pequeña ampolla con sangre de pagano convertido, o una calavera desenterrada Tierra Santa. No faltaba aquí una cruz con el sudario, o la Virgen de la Concepción, y el Nacimiento, que era necesario transportar al dormitorio cuando la dueña de la casa iba a tener un nuevo niño.

         Muy rara vez faltaba sobre el caballete del tejado Nuestra Señora de la Guía, que muchos devotos tenía en Caracas, la cual desde aquel sitio eminente protegía contra duendes y brujas, pues era difícil por entonces diferenciar bien entre religión y superstición.

         Pasando el segundo patio se entraba en el mundillo de los criados. Los negros esclavos tenían sus devociones especiales. En la cocina, cerca del largo fogón de bahareque o de mampostería, presidía Santa Efigenia, tan negra como sus devotos. Con frecuencia figuraban por allí cerca San Isidro Labrador y Santa Rosa.

         El dormitorio de los esclavos, llamado el repartimiento, era de recular capacidad, pues allí dormían todos, escasos de vigilancia nocturna, ya que de las intimidades non sanctas que ocurrieren saldrían los amos gananciosos. Presidía el repartimiento San Mauricio, quien compartía la devoción con San Pedro, que era el patrón de toda la casa.

         En el corral campeaba San Silvestre, que por ser el último santo del año tenía el último lugar de la casa. Allí, entre algunos desperdicios, el hacinamiento de piedras para embostar, el botijón del agua y el cepo para los rebeldes, picoteaban las gallinas y circulaban los cochinos, junto a los plátanos, guayabos o naranjos, o por el sitio donde algunos claveles y rosales hacían compañía al frondoso cundeamor o la opulenta parcha granadina.

    En las habitaciones no faltaba la imagen de las Ánimas Benditas.

    En las habitaciones no faltaba la imagen de las Ánimas Benditas.

         Toda esta colección de santas imágenes, desparramada por toda la casa, requería atención y culto, lo cual a su vez proporcionaba edificante ocupación, principalmente a las damas. Poco a poco fue aumentando el número de los quehaceres domésticos y poco a poco fueron reglamentándose u ordenándose, hasta convertirse en interminable cadena. Había deberes sociales que no debían olvidarse o confundirse, porque podían dar origen a faltas muy graves. Por ejemplo, cuando llegaba algún ausente, era necesario ir a visitarlo, pues ignorar su regreso era un crimen de lesa etiqueta que daba origen a profundo resentimiento y frialdad en el trato. En tales casos era necesaria una reparación. El recién llegado, por su parte, debía corresponder a la visita de manera personal, o por esquela o por mensaje oral.

         A los amigos enfermos había que visitarlos y era obligatorio enviar todas las mañanas a uno de los criados por noticias de la salud del doliente. 

         Un caballero no podía visitar a una señora sin pedirle antes permiso, acaso por un recado matutino. Cuando el visitante llegaba, no podía introducirse a la sala sino después que la señora hubiera entrado por otra puerta y se hubiera instalado ceremoniosamente en el sofá; ya entonces podía la criada abrir la puerta de la sala y hacer entrar al caballero. Este ritual debía cumplirse con cuidado. Las visitas se hacían después de la comida de la tarde, entre las 5 y las 8 de la noche. El caballero, en las visitas de ceremonia, tenía que ir vestido con calzón corto y casaca de tafetán, de raso o de terciopelo laboreado, nunca de paño, salvo en casos de duelo, o cuando el paño estaba realzado con ricas bordaduras; debía llevar además chupa de tisú de oro o plata, o de seda bordada; su sombrero de tres picos, sus medias de seda y zapatillas con hebilla de plata, y su espada con puño de plata o de oro.

         Cuando una familia se mudaba a otra casa, tenía que mandar esquelas a los antiguos vecinos participándoles el nuevo domicilio y expresándoles el hondo pesar de abandonar su compañía, y a los nuevos vecinos otra esquela poniéndose a sus órdenes y expresándoles la honda alegría de vivir cerca de ellos. También se ofrecían a los vecinos los nuevos niños de la familia.

         Ambos ofrecimientos se correspondían con visitas, y si éstas no se efectuaban quedaban rotas las relaciones. Los días de santo se recibían tantas visitas que hubiera sido imposible recordarlas; por esto se colocaba en esas ocasiones una mesa con pluma, tinta y papel cerca de la puerta, para que cada quien escribiera su nombre.

         Estas visitas se pagaban los días del santo de los visitantes, y era un verdadero crimen de sociedad olvidar el día del santo de un amigo, lo que podía dar origen a una franca enemistad.

         Estos innumerables requisitos hacían de los caraqueños de entonces unos verdaderos esclavos de los convencionalismos. Las frecuentes visitas obligatorias, hasta a personas con quienes no se simpatizaba, pero con quienes había que cumplir, llegaron a matar la cordialidad y la franqueza, ahogadas entre ceremoniosos deberes. Todo el mundo era altamente susceptible, y alguna frase impropia, sobre todo si podía interpretarse como desdorosa para los antepasados, podía dar lugar a graves consecuencias. No se acostumbraba el duelo en cuestiones de honor, sino el recurso ante los tribunales, y había numerosos e interminables juicios por supuestas calumnias. En los últimos años del siglo se gastaban, según cálculos bien fundados, 1.500.000 pesos fuertes anuales en procesos tribunalicios. Todo esto contribuía a formar mentalidades cautelosas, y los caraqueños de entonces eran conservadores y de poca audacia en los negocios.

    José Antonio Calcaño (1900-1978) compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

    José Antonio Calcaño (1900-1978) compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

         Toda la vida familiar quedó sujeta a un programa rutinario. Por las noches, cuando no había visitas, mientras los señores jugaban a los naipes (si no era el tresillo, era el tute o el bobo o la carga la burra), el viejo contaba a los niños innumerables historietas; ya en aquellos tiempos figuraban en esos relatos Tío Tigre y Tío Conejo, que alternaban con Bertoldo y Bertoldino, con Barba Azul y con Pulgarcito, a quien llamaba Juan del Dedo. También eran de entonces la Cucarachita y el Ratón Pérez, y el livianísimo e indigesto Perico Sarmiento.

         Con éstos figuraban cuentos de brujas y aparecidos, la luz del Tirano Aguirre, el Coco, la Sayona, el Burro Pando, y a veces, por variar, algunas historias de santos, y hasta el jueguito indecente de María García, que se narraba abriendo y cerrando un papelito doblado. Al sonar entre el silencio de la noche las campanas de la Catedral dando el toque de ánimas, se arrodillaban los chicos y a la luz del candil hacían sus oraciones para irse luego a la cama, atravesando los corredores oscuros.

         Al día siguiente irían a la escuela de Meso Tacón los que allí estudiaban, para hacer sus palotes, contar hasta mil, leer decorado y repetir algo de doctrina cristiana, mientras Tacón, el terrible, empuñaba su palmeta. Era costumbre de este maestro de escuela dar una buena zurra a los niños los sábados, por las travesuras de la semana próxima. Ese era su sistema. Naturalmente, los que allí acudían eran los varones, pues las niñas de la casa no debían aprender mucho. Algunas madres preferían que sus hijas aprendieran a leer, pero no a escribir, porque esto era peligroso a causa de los novios clandestinos. Aprendían, pues, a coser y bordar, a tocar algo de música, a recitar versos y a preparar algunos platos caseros, como pastel de pollo, plátanos rellenos con queso, sabrosuras, empanadas o pimentones rellenos, que con frecuencia se comían por entonces, lo mismo que el sancocho y las hallacas, todo lo cual se rociaba con vino isleño y se asentaba con aquel chocolate colonial que se tomaba a todas horas, y que en las comidas de ceremonia se servía con bastante espuma, la cual se tostaba pasándole por encima unas brasas en una cuchara.

         Más avanzado el siglo, cambiaron los trajes, y las mismas jóvenes salían con sayas, basquiña y manto negro; los señores salían con chupa o levita de blanquín, sombrero de jipijapa, capote de tablero, o sea de grandes cuadros amarillos y rojos, sujeto al cuello con cadena de cobre. No usaban guantes, pero llevaban los dedos cargados de sortijas y empuñaban un bastón de puño de oro, cuando no llevaban su paraguas rojo de sempiterna o de bombasí; paraguas que era insignia de rango y que tantos años de litigios costó al pobre señor José Cornelio de la Cueva, porque se dudaba que tuviera calidad social para poder llevarlo. El calzón que se usaba era de tapabalazo, que a la par que adornaba servía de bolsillo. Completaban el cuadro borceguíes de tacón y cadena de reloj llena de cuentas.

         Algunas familias tenían la curiosa costumbre de vestir un día al año con casacas a los esclavos, mientras las damas se trajeaban de sirvientas, y les servían la comida en la mesa larga que estaba en la cocina.

         Los sábados abundaban los mendigos con más frecuencia que los otros días, aquellos mendigos de que estaba llena la ciudad y que dormían tendidos en las calles a lo largo de las paredes de las iglesias.

         La vida se había hecho tan pacífica, en contraste con los azares de la conquista, que los señores principales salían rumbo a sus haciendas de Petare, El Tuy o los valles de Aragua, en su mula, casi siempre sin armas, aunque llevaban talegos de dinero para los pagos de la administración, y jamás había un asalto en el camino, a pesar de que el viaje duraba varios días y se hacía con descanso, deteniéndose en alguna venta o durmiendo en la estancia de un amigo, donde se entretenían con partidas de naipes, aunque esto alargara el viaje por uno o dos días más. Se veían por el cielo con frecuencia bandadas de bulliciosos pericos que cruzaban en busca de otros sembrados, o algún grupo de canarios, azulejos o cardenalitos del Ávila”.

    * Caraqueño nacido en 1900 y fallecido 1978, compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

    FUENTE CONSULTADA

    • Calcaño, José Antonio. La ciudad y su música: Crónica musical de Caracas. Caracas: Fundarte, 1980. Págs. 81-85.

    Humboldt y su visión de Caracas

    Humboldt y su visión de Caracas

    El explorador de mayor resonancia, entre finales del 1700 e inicios del 1800, que visitó a Venezuela, fue el alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859).

    El explorador de mayor resonancia, entre finales del 1700 e inicios del 1800, que visitó a Venezuela, fue el alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859).

         No se debe olvidar que en los relatos de viajeros, exploradores y naturalistas que estuvieron en Venezuela, durante el 1800, se pueden encontrar actos y descripciones en que los convencimientos personales se combinan con la visión de otro, es decir quien que sirve de objeto de observación. Un objeto, la mayor parte de las oportunidades que se precisa a partir de una mirada ambivalente. Esto es, la de un objeto de observación, ya sea un evento, práctica religiosa, hábito alimenticio, festividades, costumbres localizadas, al que se le otorgan virtudes o carencias. Por esto se debe hablar de la descripción del viajero bajo el influjo de una percepción plagada de ambivalencia en que atracción y repulsión se combinan y dan origen a un relato particular.

         Durante el siglo XVIII, el territorio que hoy ocupa Venezuela recibió la visita oficial de algunos naturalistas y misioneros que dejaron sus impresiones de la realidad social, cultural y, especialmente, de las potencialidades naturales que ofrecía la colonia a la luz de las reformas Borbónicas. 

         El explorador de mayor resonancia, entre finales del 1700 e inicios del 1800, fue el barón Alejandro de Humboldt (1769-1859) quien, antes de arribar a Venezuela, tenía como objetivo alcanzar Nueva España y La Habana, lugares que, entre sus proyectos exploratorios en la América hispana eran prioritarios. Sus aspiraciones comprendían un viaje de ida y vuelta por el mundo. El azar lo condujo al norte de la América meridional en tiempos de convulsiones políticas. Antes de partir para Burdeos en 1804 visitó los lugares que originalmente le preocupaban. En Venezuela se estableció entre julio de 1799 y noviembre de 1800.

         Pasarían algo más de treinta años para dar a conocer su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Por tal motivo, muchas de sus frases narrativas presentes en este texto se intercalan con el tiempo que pasó en algunos lugares de la Capitanía General de Venezuela, y lo que sucedió luego de 1804. Al igual los que describen la Caracas de entonces resaltan el impacto del terremoto de 1812 y la guerra a favor de la Independencia. Ambos eventos sirven de marco para justificar la escasez poblacional y la depresión económica que experimentó durante las primeras décadas del 1800, período de tiempo que toma en consideración Humboldt en sus reflexiones sobre Venezuela. En este orden, expresó que el país podría salir de su declive gracias a la fertilidad de sus tierras y la pujante vida comercial de Caracas, a lo que agregó que con una administración juiciosa y tiempos de paz ello sería posible.

         De la Capitanía General de Venezuela expresó que contaba con un millón de habitantes, de los cuales 60.000 eran esclavos y 100000 indígenas. La Capitanía la dividió, en términos metodológicos, en tres zonas: la de los bosques, la de los pastos y las tierras labradas. En lo que se refiere a la distribución de la población le llamó la atención que iba de las costas hacia el interior del territorio. Humboldt, como pensador de su tiempo, deliberaba que el denominado carácter de los pueblos debía definirse de acuerdo con el origen de cada uno de sus componentes. Por ello propuso que, así como se debía considerar el origen de los indígenas había que hacerlo con los provenientes de España. Si en México fue mayoritaria la presencia de vizcaínos, los catalanes lo fueron de Buenos Aires. En cambio, en Venezuela fueron andaluces y canarios. En este orden de ideas, observó que las actividades económicas desarrolladas se definían también de acuerdo con el origen de quienes las hacían posible. Por ejemplo, peninsulares en el comercio al por mayor, y los españoles americanos predominaban en el menor.

    En Caracas, según Humboldt, los habitantes preferían para beber el agua del río Catuche.

    En Caracas, según Humboldt, los habitantes preferían para beber el agua del río Catuche.

         Si uno de los objetivos primordiales de este naturalista era el de precisar la existencia de recursos minerales y potencialidades de una naturaleza exuberante, no dejó de lado las actividades ilícitas presentes en la Capitanía. Comercio intérlope que adjudicó a la amplia franja costera y la ineficacia de la administración colonial, así como que con el mismo se venía forjando la opulencia, un tipo de conciencia y el anhelo de un gobierno local con mayor autonomía de la Madre Patria, que mostraba disposición a la libertad y formas de gobierno republicanas. Muchos de los aspectos que hoy pueden adjudicarse a los estudios de la sociología fueron abordados por Humboldt y su fuerte disposición de abarcar el todo social.

         Así, al hacer referencia a los indígenas, en la provincia de Caracas, dijo que eran pocos y que en ésta solo quedaba de indígena el nombre de algunos espacios territoriales que la componían. Donde se les podía encontrar era en las misiones religiosas, adonde recibían formación religiosa y llevaban a cabo labores agrícolas. 

         Dedicó mayores consideraciones al caso de los negros. Aspecto éste que no debe despertar sorpresas en el lector actual puesto que, desde 1792 el Guarico o Santo Domingo francés fue escenario de un movimiento de esclavos negros en contra de sus amos coloniales, todo ello alentado por los mismos revolucionarios franceses en contra de quienes habían hecho, de este espacio territorial colonial, una de las colonias más prósperas del momento. Teniendo en mente este acontecimiento, y que dio origen a Haití, dedicó mayores líneas a los negros.

         La situación, respecto a éstos, le llevó a establecer que era doblemente interesante tanto por una reacción violenta en contra de sus dueños como por su número o cantidad en una extensión territorial limitada. En este sentido, razonó que ellos ocupaban un espacio que abarcaba el sur de los Estados Unidos de Norteamérica, una porción de México, las Antillas y las costas de Venezuela. Al interior de esta última se había otorgado la libertad a algunos esclavos no por motivos humanitarios o de justicia, más bien era por el temor que despertaba una posible sublevación de ellos contra sus dueños, además por su intrepidez, osadía, la capacidad para sobrevivir en circunstancias adversas y por su coraje. De los sesenta mil que hacían vida en la Capitanía, cuarenta mil estaban en la provincia de Caracas. De ahí que diera gran importancia a la ubicación en un territorio limitado y cercanía entre ellos ante un posible conflicto.

         Al hacer referencia a los blancos criollos o hispanoamericanos sugirió que, aunque mostraban interés por ideas liberales y mayor autonomía, habían preferido cobijarse en los intereses de familia y una vida tranquila. Otros mostraban temor ante una posible revolución porque no solo perderían sus esclavos, también existían temores a que se suscitara una experiencia similar a los sucesos de la Revolución francesa y los del Santo Domingo francés, por su secuela de muertes y ruina, así como que el clero sería perseguido y despojado de sus bienes, al lado de la posible aprobación de leyes que reconocieran la tolerancia religiosa, que se eliminase derechos de linaje y herencia. Sin embargo, no dejó de llamar la atención del anhelo que mostraban por una mayor libertad de comercio sin dejar de considerar que seguían siendo indolentes, al optar por una existencia que garantizaba sus posesiones. En lo referente a los peninsulares o españoles hizo notar su escasa cantidad frente a negros, indios e hispanoamericanos, lo que lo llevó a preguntarse cómo habían logrado sostener estas colonias americanas.

    Al hacer referencia a los indígenas que habitaban en Caracas, el naturalista alemán dijo que eran pocos y que en ésta solo quedaba de indígena el nombre de algunos espacios territoriales que la componían.

    Al hacer referencia a los indígenas que habitaban en Caracas, el naturalista alemán dijo que eran pocos y que en ésta solo quedaba de indígena el nombre de algunos espacios territoriales que la componían.

         Del lugar ocupado por la ciudad de Caracas se interrogó por qué razón no había sido edificada hacia el lado Este, donde el valle se mostraba con mayor anchura, de llanura extendida, como Chacao en que las aguas podían descansar en un terreno más nivelado.

         Informó que su fundador, Diego de Losada, continuó las líneas trazadas por Fajardo. En ese tiempo de fundación la predilección era por la cercanía de las minas de oro en Los Teques y Baruta y con preferencia al camino que conducía a la costa. En lo que respecta a las vertientes de agua había tres pequeños ríos que bajaban por las montañas, Anauco, Catuche y Caruata. En Caracas, según su exposición, los habitantes preferían, para beber, la de Catuche. Los pobladores de mejor posición económica seleccionaban las aguas provenientes de El Valle y de Gamboa, a las que adjudicaban propiedades saludables porque corrían sobre las raíces de zarzaparrilla y no contenían cal ni emanaban aroma de materia extractiva.

         Describió las calles de Caracas como de extensión ancha y bien alineadas, tal como eran otras construidas por los españoles en América. 

         De las casas llamó su atención el espacio amplio que ocupaban, pero muy altas para un país de movimientos telúricos. Rememoró que la casa que ocupó en La Trinidad fue destruida por completo con el terremoto de marzo de 1812. Según sus observaciones, la escasa extensión del valle de Caracas y la proximidad de las montañas que la bordean ofrecían una imagen tétrica y sombría, en especial entre los meses de noviembre y diciembre cuando la temperatura era más amable. No obstante, este aspecto melancólico contrastaba con lo que se podía experimentar en las noches de junio y julio, cuando el cielo era menos nuboso que, para un observador de constelaciones y estrellas era de vital interés.

         Dejó escrito que, a pesar de la fuerte presencia de la población negra, en La Habana y en Caracas se experimentaba más cercanía con Cádiz y los Estados Unidos de Norteamérica que en algún otro lugar del Nuevo Mundo. Según su percepción fue en Caracas que se habían mantenido, a lo largo del tiempo, las costumbres nacionales. Los integrantes de la sociedad no mostraban para él placeres o diversiones muy variados, pero sí entusiasmo, cortesía y amabilidad en sus acciones. Destacó que existían dos generaciones muy distintas. Una, menos numerosa, muy apegada a la tradición y los viejos usos, que detestaba todo cambio del estatus colonial, con prejuicios coloniales y temerosa de toda idea proveniente de la Ilustración. Otra, más pendiente del porvenir mostraba inclinaciones por hábitos e ideas novedosas, aunque a menudo sin mucha reflexión. También observó una fuerte disposición por adquirir títulos nobiliarios y el encono entre los peninsulares y sus descendientes criollos. Destacó que en Caracas había familias con gustos por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana, una alta estima por la música como expresión de las bellas artes y su disposición para acercar a los distintos grupos sociales. Hizo una comparación respecto al estudio de las ciencias exactas en México y Santa Fe, frente a quienes vivían entre una exuberante naturaleza como lo apreció en la Capitanía General de Venezuela. Con sorpresa comprobó, en un convento de franciscanos, la preocupación por la astronomía moderna por parte de un anciano que calculaba fechas para todas las provincias de Venezuela. No dejó de anotar su sorpresa por la curiosidad que mostró por conocer el funcionamiento de la brújula de inclinación y nuevos descubrimientos de la astrología. Idea con la que mostró su mesura en lo referente a la descripción de esta comarca.

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