Humboldt y la Caracas de inicios del siglo XIX

Humboldt y la Caracas de inicios del siglo XIX

Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, el alemán Alexander von Humboldt estuvo en Caracas durante dos meses (1799) Se alojó en la parte norte de la ciudad, en una casa que luego sería destruida por el terremoto de 1812.

Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, el alemán Alexander von Humboldt estuvo en Caracas durante dos meses (1799) Se alojó en la parte norte de la ciudad, en una casa que luego sería destruida por el terremoto de 1812.

     Alexander von Humboldt nació en 1769 y falleció en 1859. En todos los registros biográficos aparece como un calificado naturalista y explorador de origen alemán. Recibió una importante formación educativa en el castillo de Tegel y se formó intelectualmente en Berlín, Frankfurt del Oder y en la Universidad de Gotinga.

     Entusiasta y apasionado por la botánica, la geología y la mineralogía, tras estudiar en la Escuela de Minas de Freiberg y trabajar en un departamento minero del gobierno prusiano, en 1799 recibió permiso para embarcarse rumbo a las colonias españolas de la América meridional y Centroamérica. Acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland, con quien ya había realizado un viaje a España, recorrió casi diez mil kilómetros en tres grandes etapas continentales: las dos primeras en Sudamérica, desde Caracas hasta las fuentes del Orinoco y desde Bogotá a Quito por la región andina, y la tercera por las colonias españolas en México.

     Durante su travesía y estadía en tierras americanas logró recolectar cantidades importantes de datos acerca del clima, la flora y la fauna de estos territorios, así como determinar longitudes y latitudes, medidas del campo magnético terrestre y una completa estadística de las condiciones sociales y económicas que se daban en las colonias mexicanas de España. Entre 1804 y 1827 se estableció en París, donde se dedicó a la recopilación, ordenación y publicación del material recogido en su expedición, contenido todo él en treinta volúmenes que llevan por título Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

     En 1827, regresó a Berlín, lugar en el que tuvo un destacado papel en la recuperación de la comunidad académica y científica alemana, maltratada tras décadas de conflicto bélico. Fue nombrado chambelán del rey Federico Guillermo III de Prusia y se convirtió en uno de sus principales consejeros, por lo que realizó numerosas misiones diplomáticas. En 1829, por encargo del zar Nicolás I de Rusia, efectuó un viaje por la Rusia asiática, en el curso del cual visitó Dzhungaria y el Altai.

     De acuerdo con la descripción del naturalista alemán estuvo dos meses en la ciudad de Caracas. De la casa que habitó, junto a su compañero Bonpland, escribió que era grande y que estaba edificada en la zona más elevada de la ciudad. Desde la altura lograba divisar la cima de la Silla, segmentos de Galipán y el valle por el que surcaba el Guaire, “cuyo rico cultivo contrasta con la sombría cortina de montañas en derredor”. Escribió que su estadía coincidió con la temporada de las lluvias. Por ello presenció que se prendía fuego a las extensas sabanas para mejorar su desempeño en los cultivos.

     Describió que, al ver estos abrasamientos desde cierta distancia se observaban la producción de destellos de luz. “Dondequiera que las sabanas, al seguir las ondulaciones de los declives rocallosos, han colmado los surcos excavados por las aguas, los terrenos inflamados se presentan, en alguna noche oscura, como corrientes de lavas suspendidas sobre el valle”. La sensación percibida la calificó como de común espectáculo en los trópicos y que por la disposición de las montañas ofrecían a la mirada una característica particular. En el transcurso del día, el viento que soplaba desde el lado este, de los lados de Petare, dirigía el humo a la ciudad y oscurecía el ambiente.

Indicaba Humboldt, que el caraqueño tenía por costumbre una vida uniforme y casera; pudiera decirse que no vive para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla.

Indicaba Humboldt, que el caraqueño tenía por costumbre una vida uniforme y casera; pudiera decirse que no vive para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla.

     A la acogedora morada que llegó a habitar sumó la calorosa y espléndida acogida dispensada por los nativos, en especial puso a la vista de sus potenciales lectores el caso de Guevara Vasconcelos, Capitán General de Venezuela para el momento de su visita. Indicó que, por haber tenido la oportunidad de compartir con los habitantes de Caracas, La Habana, Santa Fe de Bogotá, Quito, Lima y México, “y de que en estas seis capitales de la América española mi situación me relacionara con personas de todas las jerarquías, no por eso me permitiré juzgar sobre los diferentes grados de civilización a que la sociedad se ha elevado ya en cada colonia”.

     En este sentido, advirtió que sería más conveniente y “fácil” señalar los distintos matices de la cultura nacional y el intento de acuerdo con el cual estaba presente el desarrollo intelectual, que llevar a cabo comparaciones y establecer clasificaciones lo que no podía ser comprendido a partir de un solo punto de vista. En consecuencia, indicó que le había parecido notar mayor inclinación al estudio detenido y profundo de las ciencias entre mexicanos y bogotanos, mientras en Quito y Lima observó una imaginación ardiente y móvil, así como mayores conocimientos en lo atinente a las relaciones políticas y miradas más amplias de la situación de las colonias y de la metrópoli en La Habana y Caracas.

     Adjudicó a las distintas rutas de comunicación, de lo que denominó el Mediterráneo americano, el progreso de las sociedades cubana y caraqueña. “Además, en ninguna parte de la América española ha tomado la civilización una fisonomía más europea. En cambio, le pareció algo exótico la presencia de labradores indígenas en México y Nueva Granada lo que dio un matiz particular a ambas sociedades. Por la fuerte presencia de africanos y sus descendientes en tierras cubanas y caraqueñas, “cree uno estar en La Habana y en Caracas más cerca de Cádiz y de los Estados Unidos que en otra parte alguna del Nuevo Mundo”.

     Escribió que, en Caracas, al contario de lo que observó en La Habana, se había conservado las costumbres nacionales. Aunque aquella no ofrecía mayores placeres vivos ni variados, “pero se experimenta en el seno de las familias ese sentimiento de bienestar que inspiran una jovialidad franca y la cordialidad unida a la cortesía de los modales”.

     Expresó que en Caracas existían, tal como en cualquier lugar en el que se esperaban cambios de trascendencia, dos tipos de “hombres, pudiéramos decir, dos generaciones muy diversas”. Una, poco numerosa, que mantenía una ardiente adhesión a los usos inveterados, a las costumbres tradicionales y la moderación en sus anhelos por algo diferente al régimen colonial, “conserva con cuidado como una parte de su patrimonio sus prejuicios hereditarios”. La otra, con escasas preocupaciones sobre el pasado y del futuro, mostraba escuálida reflexión respecto a ideas novedosas. Sin embargo, al existir una disposición por el estudio la escasa reflexión cedía ante el estudio meditado.

El sabio alemán escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura y su predilección por la música.

El sabio alemán escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura y su predilección por la música.

     De este segundo grupo añadió haber conocido varios personajes a los que calificó de distinguidos. Estos personajes mostraban notoriedad por su dedicación al estudio, por lo sosegado de sus costumbres, así como lo elevado de sus sentimientos. Por otro lado, expuso que desde el reinado de Carlos V las colonias se habían convertido en eco del espíritu corporativo y las disputas municipales, ellas vinieron acompañadas del espíritu nobiliario y pretensiones nobiliarias de las más “ilustres familias de Caracas, designadas con el nombre de mantuanas”.

     A este respecto escribió que existían dos clases de “nobles” en la América española. Una estaba constituida por criollos cuyos antepasados habían ocupado un lugar privilegiado durante tiempos recientes en las colonias de América: “funda en parte sus prerrogativas en el lustre de que goza en la metrópoli, y cree poder conservarlas allende los mares, cualquiera que haya sido la época de su establecimiento en las colonias”. En lo referente a la “otra nobleza” mostraba mayor arraigo al suelo americano: “se compone de descendientes de los conquistadores, es decir, de los españoles que sirvieron en el ejército desde las primeras conquistas”.

     Expuso que en una anterior ocasión había expresado que detrás del valor caballeresco, es decir los tiempos de fervor religioso y militar, llegaron a estos territorios hombres de probidad comprobada por su sencillez y generosidad. “Vituperaban las crueldades que manchaban la gloria del nombre español; pero confundidos en el montón, no pudieron salvarse de la proscripción general”. En consecuencia, continuó siendo odioso el nombre de los conquistadores, “cuando la mayor parte de ellos, después de haber ultrajado pueblos pacíficos y vivido en el seno de la opulencia, no probaron al fin de su carrera esas largas adversidades que calman el odio del hombre y mitigan a veces el juicio severo de la historia”.

     Esta consideración relacionada con ambos grupos estaba acompañada de un sentimiento de igualdad entre los blancos criollos; “y por donde quera que se mira a los pardos, bien como esclavos, bien como manumitidos, lo que constituye la nobleza es la libertad hereditaria, la persuasión íntima de no contar entre los antepasados sino hombres libres”. Sin embargo, agregó que el punto de referencia para la diferenciación de los grupos era el color de la piel. Adjudicó esta disposición a los descendientes de vizcaínos llegados a tierra americanas y quienes “han contribuido a propagar en las colonias el sistema de igualdad de todos los hombres cuya sangre no se ha mezclado con la sangre africana”. Disposición que no sólo ratificó en Caracas sino en los restantes territorios visitados por Humboldt.

     Escribió haber notado en varias familias caraqueñas el gusto por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura provenientes de Francia e Italia. También notó una importante predilección por la música cuya difusión y ejecución acercaba a los distintos grupos sociales dentro de la sociedad de Caracas. En esta localidad no apreció, entre los integrantes de la sociedad caraqueña, un cultivo extendido de las ciencias exactas, el dibujo y la pintura como lo había constatado en México y Santa Fe.

Tras su larga estadía en América, a comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt escribió una notable obra, titulada Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, donde recopila importante información sobre la geografía, el clima y la flora y fauna del “nuevo continente”.

Tras su larga estadía en América, a comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt escribió una notable obra, titulada Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, donde recopila importante información sobre la geografía, el clima y la flora y fauna del “nuevo continente”.

     En este sentido mostró una actitud dubitativa respecto a que, en las condiciones extraordinarias de una exuberante y variada naturaleza, no hubiese alguien dedicado al estudio de las plantas y los minerales presentes en la comarca. Agregó que solo en un convento ocupado por franciscanos se topó con un “anciano respetable, que calculaba el almanaque para todas las provincias de Venezuela, y que tenía algunas nociones precisas sobre el estado de la astronomía moderna. Interesábanle vivamente nuestros instrumentos, y un día se vio llena nuestra casa de todos los frailes de San Francisco, quienes, con gran sorpresa nuestra, solicitaban ver una brújula de inclinación”.

     De igual modo, llamó la atención sobre la inexistencia de una imprenta en Caracas. A este respecto anotó que en los Estados Unidos en ciudades con apenas 3.000 habitantes contaban con talleres de impresión, mientras que, en Caracas, con cerca de cincuenta mil habitantes no la tuviera. 

     No obstante, subrayó que la cantidad de lectores no era muy grande, “aun en aquellas de las colonias más avanzadas en la civilización; aunque sería injusto atribuir a los colonos lo que ha sido el resultado de una política suspicaz”.

     Aseveró que en una región que presentaba tan seductores aspectos, la población concentraba sus preocupaciones en la fertilidad de los suelos durante el año, las largas sequías, los vientos provenientes de Petare y Catia, creyó encontrar personas que conocieran con profundidad los “altos montes circundantes”. Escribió, con algo de decepción, no haber conocido a nadie que hubiese alcanzado la cúspide de la Silla. “Por la costumbre de una vida uniforme y casera, se espantan de la fatiga y de los cambios súbitos del clima; y pudiera decirse que no viven para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla”.

Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

Con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico, convocado con gran visión por el Libertador en Panamá, por ser ese lugar el centro geográfico del hemisferio, el historiador yaracuyano Nicolás Perazzo (1902-1987) escribió para la revista Élite el relato de un pasaje a menudo ignorado: las contingencias que sufrió la iniciativa de Antonio Guzmán Blanco para erigir precisamente en Panamá el monumento “a Bolívar” y a la redención de América.

En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.
En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

     “Para el año de 1896, encontrábase gobernando en Colombia el discutido hombre público Don Rafael Núñez, a quien consideró López de Mesa como “una de las mentalidades más vigorosas de la América Española. Había logrado vencer un movimiento insurreccional que conmovió gran parte del país. Y auspició la reunión de un Consejo de Delegatorios, integrado por prominentes políticos nacionales del momento, entre quienes destacaban Don Miguel Antonio Caro, Don José Domingo Ospina Camacho, Don Carlos Calderón Reyes, Don Felipe Paúl, Don Guillermo Calderón Reyes, Don Jesús Casas Rojas y Don Guillermo Quintero Calderón. Entonces la Nación tuvo una nueva Constitución, de inspiración centralista.

     En Venezuela, de regreso de una de sus temporadas de alejamiento en Europa, especialmente en Francia, tierra de su predilección y definitivo retiro, el general Antonio Guzmán Blanco había asumido la presidencia de la República, recibiéndola, esta vez, de manos del general Joaquín Crespo.

     Entre las iniciativas concebidas en su plácido refugio parisino se contaba el proyecto de erigir mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar y la autorización previa de las autoridades de Bogotá, un grandioso monumento, destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

     La región del Istmo, integrante aun del territorio colombiano era en aquellos precisos momentos centro de universal interés. Se estaban llevando a cabo en su jurisdicción los trabajos del Canal Interoceánico, de acuerdo con los estudios realizados al efecto por el ilustre ingeniero Ferdinand de Lesseps, cuyo nombre confundiáse en los elogiosos comentarios de la época sobre la reciente y apoteósica apertura del Canal de Suez.

     Por Ley del Congreso de Colombia de 1876, habíase ofrecido el privilegio de la construcción de la vía interoceánica, con halagadores estímulos y prolongada duración a contratistas franceses, facilitando así la conclusión de las negociaciones que condujeron al Contrato suscrito en el mes de mayo de ese año entre el secretario de Relaciones Exteriores, Don Manuel Ancízar, con el General Etienne Turr. Este Contrato sería, dos años más tarde, sustituido por otro que firmaron por Colombia, el Dr. Salgar y por los empresarios franceses, de la misma Compañía del General Turr, el sobrino-nieto de Napoleón I, Mr. Luciano Napoleón Bonaparte Wyse.

     Era el propósito de abrir la comunicación directa entre los dos Océanos por el sitio historiado del descubrimiento de Balboa, constante preocupación de estudiosos de la ingeniería, de grandes negociaciones internacionales y de políticos colombianos de tiempo atrás. Sus estudios se remontaban en el pasado, contándose entre ellos los que emprendiera Agustín Codazzi, fascinado con la idea del Canal desde su primera incursión en aquellas regiones, allá por el año de 1819, cuando le tocó llevar desde la isleña base de operaciones de Luis Aury, misión especial ante el Libertador, en los días de su entrada triunfal en Bogotá, luego de la victoria fulgurante de Boyacá.

     Amparado por el Contrato de 1878, Bonaparte Wyse organizó la nueva Compañía francesa del Canal de Panamá y, con el señor Lesseps como Presidente, cuya gloria iba a aumentarse con la Presidencia del Congreso de París de 1879, se dio por entero a la empresa de excavaciones y otras obras del proyecto de la vía. Fueron surgiendo, luego, inconvenientes graves en la prosecución de esos trabajos, especialmente de orden financiero. Y se produjo el famoso mensaje al Congreso de Estados Unidos de 1880 del presidente Hayes. Era, por lo tanto, el Istmo de Panamá, para el año de 1886, centro de interés universal, como ya lo hemos dicho.

En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.
En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.

     Esta circunstancia, sumada al hecho continental de cumplirse sesenta años de haberse reunido en la capital del Istmo el famoso Congreso Anfictiónico, convocado por Bolívar desde Lima, en vísperas del triunfo definitivo de Ayacucho, dábanle singular oportunidad a la iniciativa de Guzmán Blanco.

     Cultivador asiduo de la Historia, el “Ilustre Americano”, como gustábale que se le llamase, evocaba para llevar adelante este propósito, las siguientes palabras del Libertador: “El día que nuestros Plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia de la diplomacia de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrará con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de nuestras primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo.

¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”

     Con miras de llevar adelante el proyecto, durante su estada en París, Guzmán había mandado ejecutar una maqueta del monumento. Tan luego como volvió a Caracas se dio a crearle ambiente a su realización, en conversaciones con sus allegados y en correspondencia para sus amigos de las otras capitales bolivarianas. Pero no pudo, por causas diversas, darle concreción sino al año siguiente, en decir, en 1887. Una de las razones de esta demora, se debió a rectificaciones en el proyecto original. Fue entonces cuando se ocupó directamente el Ministro de Relaciones Exteriores de la República, Dr. Raimundo Andueza Palacio, de escoger los Enviados en Misión Especial que habrían de llevar el proyecto a la consideración de los respectivos gobiernos y de discutir con ellos, en caso afirmativo, la forma de atender a sus gastos de ejecución. Previamente, como era lógico, se obtuvo el asentimiento de las autoridades colombianas, en cuyo territorio se emplazaría el monumento.

     Para esos fines fueron designados el Dr. Pedro Hermoso Tellería ante el gobierno de Colombia, el Dr. Leandro Fortique, ante el del Ecuador y el Dr. Francisco de Paula Reyes, ante los de Perú y Bolivia. Cada uno iba provisto de copia de la maqueta definitiva del monumento. Se estimaba que su ejecución e instalación, que se creyó más conveniente fuera a la entrada del Atlántico, representaría una inversión no menor de 400.000 pesos, ni mayor de 500.000. Venezuela ofrecía, de antemano, costear totalmente esa suma, pasando luego a las demás Naciones la cuota correspondiente, si así lo estimaban de su conveniencia.

Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).
Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).

     Cuenta el historiador Dr. Francisco González Guinán, amigo y colaborador de Guzmán Blanco que, entusiasmado el presidente durante el acto de presentación oficial de la maqueta en Caracas, exclamó ante sus numerosos invitados: “Lo que vamos a perpetuar aquí no es únicamente a Bolívar, es la redención y la independencia de nuestra América. Homero no hubiera podido pintar esa epopeya, porque el asunto de su Ilíada y los rasgos con que delineó a sus héroes eran pálidos al lado de la titánica lucha que presidió Bolívar.

     ¿Qué puede haber de semejante en lo antiguo? ¡Absolutamente nada!”

     Pero no todos los Delegados obtuvieron en el cumplimiento de su encargo el éxito concreto e inmediato deseado por Guzmán Blanco. Fue, acaso, el Dr. Hermoso Tellería el más afortunado. Se vio acogido con singular entusiasmo en Bogotá. Y el Gobierno colombiano, una vez enterado del proyecto, se apresuró a manifestarle, en forma oficial, que aquel país aceptaba de manera espontánea, en la parte que le correspondía, la proposición sobre el monumento al Libertador en Panamá y que al efecto suscribía la cuota de doscientos mil pesos para sus gastos de adquisición y erección.

     Aunque acogidos también con manifestaciones de simpatía por los respectivos gobiernos del Ecuador, del Perú y de Bolivia, los Delegados señores Fortique y Reyes sólo alcanzaron a traer consigo promesas de someter el caso a las próximas reuniones de las cámaras legislativas, por ser esos cuerpos quienes tenían en sus manos decisiones de esa índole.

     Vinieron después contingencias políticas diversas, tanto en Venezuela como en las otras repúblicas bolivarianas y el monumento al Libertador en Panamá, ideado por Guzmán Blanco, debió quedarse en la dimensión limitada de maqueta que le dieran los artistas de París y en la buena voluntad manifiesta de los hombres de gobierno de los respectivos países americanos”.

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 2 de julio de 1976.

    La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

    La cuadra de Bolívar o casa de las piedras o de los conspiradores

    Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

    Casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810.

         El pasado y su recuerdo conducen la imaginación a un mundo de amables añoranzas, donde se entrelazan sucesos y personajes para darle vigencia y vida a la historia. De la Caracas colonial o aquella que vivió la Guerra de Independencia y la agitación republicana posterior, hay mucho que contar. Allí en su ambiente evocador, el espíritu se puede saturar a sus anchas de remembranzas, de vivencias emocionantes, de sueños patrióticos al salirnos al paso la evocación de todo cuanto ha llegado hasta nosotros a través de consejas misteriosas o de historias y leyendas forjadas por la fantasía o la superstición.

         Y por ello cuando se desanda la ruta un tanto monótona del calendario, que no detiene jamás su marcha de siglos, tenemos que encontrarnos frente a las siluetas de esas antiguas casas al pie de sus altas ventanas enrejadas hasta donde parece llegar los ecos lejanos de esas serenatas melodiosas y románticas que los trovadores de antaño regalaban a las niñas hermosas de negrísimos ojos e inocente rostro en esas noches apacibles alumbradas por la luna, las estrellas y luceros.

         Y si se hurga más a fondo en el interior mismo de das mansiones historiadas, se podrán ver los amplios aposentos decorados con cuadros y tapices, las gigantescas arañas de cristal colgadas al techo y las alfombras muelles cubriendo el piso de fina madera. Diseminados en sitios adecuados los muebles señoriales y el piano que emitió armoniosas notas en las íntimas veladas familiares o acompañó a la orquesta famosa para que danzaran las parejas con pasos tiesos y estilizados el minué, la polka, la cuadrilla, el valse, el pasillo.

         Nos vamos a referir hoy a una casa caraqueña muy hondamente ligada a la mejor tradición de la ciudad y escenario de reuniones conspirativas en aquellos días que precedieron al 19 de abril de 1810. Se trata de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

     

    Una casa de campo en aledaños caraqueños

         En aquella época de hace dos siglos, el área poblada de Caracas era demasiado reducida y a pocas cuadras del centro se extendían las haciendas y las huertas bajo la sombra de los copudos árboles y regadas por los riachuelos, las quebradas y el Guaire.

         Pues bien, muchas linajudas familias caraqueñas escogieron tan frescos y apacibles sitios para construir sus casas de campo donde pasar temporadas en contacto directo con la naturaleza. Anauco, Blandín, Sabana Grande, Chacao y el sur de la ciudad, allí donde el Guaire fertilizaba con sus aguas cristalinas las hermosas vegas, fueron los parajes preferidos por el mantuanaje criollo para evadirse de vez en cuando de sus mansiones urbanas.

    Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

    Patio de la famosa casa de Las Piedras o de los Conspiradores, ubicada entre las esquinas de Bárcenas y piedras o sea la Cuadra Bolívar.

         Doña María Concepción Palacios, madre de Bolívar, después de la muerte de su esposo, resolvió construir una casa solariega entre una cuadra completa de frondosos árboles que se extendiera hasta las propias márgenes del rumoroso río. Así fue como nació la Cuadra de los Bolívar o Casa de Las Piedras, cuyo nombre le viene por lucir la sosegada y romántica mansión rural una fuente de piedra en el centro de uno de los jardines. Entre los árboles que le daban frescor y sombra al paraje existía uno muy famoso, el cedro de Fajardo que fue plantado según aseguran las antiguas crónicas, por el propio mestizo fundador del hato de San Francisco. Pero todas estas reliquias vegetales han caído bajo el hacha de ese verdugo implacable que se llama progreso.

        Además de la cuadra de árboles frutales y de ornamento que cobijaban la finca colonial, se extendían a su alrededor vegas agrícolas y prados siempre florecidos.

         La construcción de esta quinta campestre de recreo y temperamento puede haberse realizado entre los años 1787 y 1788, ya que su dueña doña María Concepción Palacios, el 30 de junio de 1789, hace una solicitud para que le fuera suplida agua a la casa de la antigua parroquia sureña de San Pablo. Tal solicitud fue atendida, supliéndosele el líquido del estanque situado en la esquina de la plazuela del mismo nombre, que abastecía el hospital y las fuentes de la calle de San Juan entre las cuales se hallaba la tradicional Pilita del Padre Rodríguez.

         Doña María Concepción y sus pequeños hijos, entre los cuales destacábase por sus travesuras y vivacidad el inquieto Simoncito, tuvo en esa quinta campestre un lugar de solaz y reposo saturada de aire puro y hermosos paisajes.

     

    La casa de los conspiradores

         La onda revolucionaria procedente de Europa había ya invadido con firmeza y emoción las conciencias de la juventud criolla y de no pocos honorables y circunspectos varones. Eran pasados de mano en mano los libros, panfletos y proclamas donde se pregonaba y se hacía propaganda activa a las nuevas ideas de libertad. Muchos hogares mantuanos de Caracas eran un hervidero de discusiones y polémicas en torno a los acontecimientos que se estaban desarrollando en el viejo continente debido al avasallante empuje dominador de Napoleón I.

    Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad, en reuniones conspirativas que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

    Tradiciones caraqueñas es un libro póstumo en el que se recopila gran parte de las crónicas sobre Caracas, escritas por Lucas Manzano.

         Pero el gran plan conspirativo revolucionario era preciso urdirlo con el mayor sigilo en la cómplice soledad de la campiña que rodeaba a Caracas y sus pueblos vecinos, allí donde el rumor del agua de los riachuelos y cascadas apagaba el cuchicheo de los conjurados. Las celosas autoridades españolas ya estaban sobre aviso de algunos movimientos sospechosos y reuniones secretas que venían llevándose a cabo entre mucha gente de importancia. Si bien el ladino Emparan había logrado coger un hilo de la conjura, alejando de Caracas a algunos de los participantes más activos como el fogoso Simoncito, que fue confinado a los valles de Aragua, la columna vertebral de la conspiración seguía firme y audaz en la capital y extendía sus ramificaciones hacia otros sitios de Venezuela. Papel importantísimo le cupo en estas reuniones secretas de los conspiradores, a la finca campestre de las Piedras, donde en sus silenciosos y apacibles corredores fueron ultimados los detalles del pronunciamiento liberador que tendría su exitosa culminación en la luminosa mañana del Jueves Santo, 19 de abril de 1810.

         Los Ribas, los Uztáriz, los Salías, Isnardi y tantos más pasaron muchas noches en vela en esta histórica mansión del sur de la ciudad. Evocadora cuna es esta casa colonial de la libertad de la Patria, la que guardó el secreto conspirativo de la rebelión entre fogosas arengas y sueños idealistas. Por eso ella es testigo mudo y lejano de aquel glorioso y gran día.

     

    Así estaba la casa en 1902

         Hemos leído una relación de cómo se encontraba la famosa casa de Las Piedras, la mansión rural de la familia Bolívar en 1902. Por ella nos hemos enterado de que se encontraba entonces convertida en una casa de vecindad habitada por inquilinos pobres. De los cuatro corredores embarandados de la parte lateral, sólo quedaban para esa época, dos, el uno que miraba hacia el este y el otro al sur, conservando en sus paredes, paisajes de pintura desteñida que representaban motivos rurales y mitológicos. El gran salón central de la señorial mansión y las numerosas habitaciones decoradas con exquisito gusto, ofrecían paredes destartaladas y muros renegridos y ruinosos. En cuanto a los aposentos para el servicio, cocina y pesebres, se encontraban convertidos en establos de vacas y las huertas aledañas, antes sembradas de árboles frutales, de ornamento, vistosas flores, donde lucían en jaulas canoras aves, se hallaban también en el más completo abandono. Allí crecía el monte, la ortiga y el llantén, salvándose de la incuria uno que otro árbol de mango y de guanábano.

    FUENTE CONSULTADA

    • Venezuela Gráfica. Caracas, 8 de abril de 1960.

    Rudolf Dolge, bibliógrafo americano

    Rudolf Dolge, bibliógrafo americano

    El estadounidense Rudolf llegó a Venezuela a los 28 años, en 1897, y vivió en Caracas hasta su muerte, en 1950. Fue fundador de la biblioteca Henry Clay y gran coleccionista de libros, folletos y periódicos venezolanos; su colección, compuesta de más de 10.000 volúmenes se encuentra en la Biblioteca Nacional, desde 1942. Cuatro años antes de su deceso, el diario caraqueño Últimas Noticias, en su edición del enero de 1946, publicó un amplio reportaje sobre la vida de este insigne bibliógrafo estadounidense.

         “Postrado en cama, a causa de una vieja dolencia, cumple hoy su 49 aniversario de haber llegado a Venezuela el bibliófilo norteamericano, señor Rudolf Dolge, fervoroso bolivariano, quien ha dado valiosas demostraciones de aprecio y estimación a nuestras glorias patrias durante su larga convivencia entre los venezolanos.

    Rudlof Dolge nació en Nueva York, el 16 de diciembre de 1869, pasando su infancia en un pueblito de Dolgeville, residencia de sus padres. Desde pequeño, y cuando sólo contaba con 14 años de edad, realizó un viaje a pie por todos los Estados de la Unión Norteamericana, siendo más tarde enviado por sus padres a concluir estudios en la Universidad de Heidelberg, en Alemania.

    Rudolf Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó los 14 mil títulos, los cuales forman parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Venezuela, desde 1942, cuando los adquirió el Estado

    Rudolf Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó los 14 mil títulos, los cuales forman parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Venezuela, desde 1942, cuando los adquirió el Estado.

    Su viaje a Venezuela y su labor bibliográfica

         Durante su primer viaje a Venezuela, realizado el 23 de enero de 1897, al contemplar por primera vez la ciudad de Caracas desde la colina de El Calvario, le ganó de inmediato la belleza de la urbe y la paz del ambiente, radicándose definitivamente en 1902. Gran venezolanista, se dedicó a recopilar obras históricas y didácticas venezolanas que dieron origen a la Biblioteca “Henry Clay”, obtenida recientemente por la Nación.

         Desde entonces, dio comienzo a su vasta labor de bibliófilo, empezando con un ejemplar de la Gaceta de Caracas, que le donara su gran amigo, el destacado bibliófilo venezolano Don Manuel Segundo Sánchez. Poseedor de una vasta cultura, el señor Dolge llegó a reunir una rica Hemeroteca y una colección de libros antiguos de gran valor que sobrepasó el número de 14 mil títulos que se hallan incluidos en el índice de la Biblioteca Nacional, obtenidos por la Nación en el año de 1942.

         Más de siete lustros de una labor paciente y sistemática fueron el resultado de esta valiosa colección de libros y periódicos que constituyen la Biblioteca “Henry Clay”.

         La Hemeroteca está enriquecida por colecciones de El Federalista, La Opinión Nacional, El Colombiano, editado por William Johnson, por el año de 1823, La Gaceta de Venezuela y las Memorias de diversas entidades regionales, etc.; y por obras de incalculable méritos, como Novae Novi Orbi Historiae, editada en el año 1581 (incunable); Maffei Bergonalis Historians, que data del año 1590 (incunable); la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, por Juan de Laet, escrita en francés, data del año 1546; etcétera.

         En el año 1935, el señor Dolge donó 700 volúmenes de su colección Bolivariana a la Academia Nacional de la Historia, de la cual es miembro honorario. Durante sus cuarenta y nueve años venezolanos ha participado en todas las grandes efemérides de la Patria.

         Dolge fue el primero en traer a Venezuela un “dry-cleaning”, conocida con el nombre de Lavandería Americana, cuyo gerente fue el doctor Rafael Arévalo González. Más tarde, desempeñó el cargo de Agente Comercial de su país en Venezuela, siendo uno de los pioneros de las compañías petroleras con la fundación de la Richmond Petroleum Co., de la cual fue su gerente.

    El senador estadounidense Henry Clay fue figura de inspiración para que Rudolf Dolge creara una extraordinaria colección de libros

    El senador estadounidense Henry Clay fue figura de inspiración para que Rudolf Dolge creara una extraordinaria colección de libros.

    Una de las valiosas obras de la colección de Rudolf Dolge es la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, escrita por Juan de Laet y publicada en francés, en 1546

    Una de las valiosas obras de la colección de Rudolf Dolge es la Historia del Nuevo Mundo o Descripción de las Indias Occidentales, escrita por Juan de Laet y publicada en francés, en 1546.

         Por los años de 1930, realizó una labor de acercamiento entre los pueblos americano y venezolano, despertando un sentimiento de gratitud hacia la figura del senador Henry Clay, primero en pedir Congreso Americano el reconocimiento de la Independencia de Venezuela. Gracias a sus gestiones, los Estados Unidos hicieron donación al pueblo venezolano la estatua del gran estadista que preside la plaza que está al lado del Teatro Nacional, en Caracas.

         Últimamente el señor Dolge regresó de Estados Unidos donde fuera en viaje de salud. Su vista, cansada de tanto trabajar, comenzó a oscurecerse. Sometido a una operación, regresó luego, con su jovial espíritu dispuesto a emprender nuevamente su obra bibliográfica que aún no ha terminado.

         Hombre de una gran actividad intelectual, Rudolf Dolge continúa recopilando sus libros y catalogándolos para completar su obra bibliográfica que es un valioso aporte a la Bibliografía Venezolana. Desde su lecho de enfermo está pendiente de mejorarse para seguir su trabajo, el cual considera como un aporte personal a la cultura de Venezuela. En este día de su aniversario venezolano, estrechamos sus manos en gesto cordial y amigo, y hacemos votos por su restablecimiento.” Lamentablemente, Dolge falleció en Caracas, cuatro años más tarde, el 12 de marzo de 1950

    FUENTES CONSULTADAS

    Últimas Noticias. Caracas, 23 de marzo de 1946; págs. 8 y 7

    Sensacional fuga de la Isla del Burro

    Sensacional fuga de la Isla del Burro

    En los días navideños de 1963, la nación fue sacudida con la noticia sobre la espectacular fuga de un grupo de procesados militares recluidos en el penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro. El presidente Rómulo Betancourt ordenó a tres Ministerios una investigación exhaustiva del caso para determinar cómo se fugaron los presos. Anotándose su primera gran exclusiva del año, la revista Élite publica este reportaje, escrito por uno de los cabecillas de la fuga –quien emplea un seudónimo para ocultar su verdadera identidad– en el cual se relata minuciosamente todo el plan de la sensacional fuga.

    Por Dámaso Rojas

    En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

    En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

         “La Penitenciaría de la isla de Tacarigua parecía la más segura de todas las cárceles del país. Cuando se reacondicionaron sus instalaciones, nadie se preocupó en reducir el presupuesto ni en ninguna economía con tal de que fuese un presidio a prueba de fugas. El Ministerio de la Defensa ya había planteado la necesidad de un penal especial para algunos procesados militares. Las antiguas fortalezas de El Vigía, en La Guaira, y Libertador, en Puerto Cabello, ni el Cuartel San Carlos de Caracas, y menos aún las cárceles nuevas, tenían capacidad y todos los elementos de seguridad necesarios para garantizar la prisión de unos 200 civiles y militares tenidos como “peligrosos” y condenados a doce o treinta años.

         Atendiendo a tales exigencias se destinaron 14 millones de bolívares, de los cuales, trece fueron invertidos en las instalaciones de alarma y seguridad, para reacondicionar la famosa Isla del Burro. El MOP, bajo la dirección técnica de especialistas alemanes, con el asesoramiento del mayor Ernesto Pulido Tamayo, estimado en Miraflores como el más capaz de sus jefes de prisiones, construyó su obra. Era un penal modelo, con todos los adelantos modernos en materia de seguridad, especial para ´procesados militares.

         En Miraflores podían dormir tranquilos. La inversión hecha convirtió la isla del Burro en un penal seguro, a prueba de fugas. No se repetirían casos como el de la Cárcel de Trujillo, de donde se evadieron el 15 de septiembre nueve condenados civiles y militares, entre quienes figuran el capitán de corbeta Molina Villegas, el mayor Vegas Castejón, Fabricio Ojeda, Luben Petkoff y otros cinco más. De todas las otras prisiones importantes –incluido el Cuartel San Carlos– se han fugado presos políticos o militares. Pero al fin había una con el máximo de seguridad.

         La Isla del Burro tiene una doble cerca de alambres, de las cuales la interna está dotada de un sistema electrónico de alarma que permite señalar en un tablero cualquier corte o el más insignificante contacto. Sería suficiente con que uno de los detenidos tocara con sus dedos uno solo de los alambres, para que entrara en funcionamiento el sistema. Se enciende el tablero, suenan timbres, se prenden los reflectores. En el supuesto de que fallara el sistema electrónico, y algún preso traspasara esa primera cerca, tendría que atravesar un campo minado, imposible de transitar sin el riesgo de perecer. Si alguien atravesara ese campo, y lograra traspasar la cerca exterior, estaría todavía en la Isla del Burro. Muchos recordarán que “Petróleo Crudo” alcanzó una orilla a nado. Hoy es imposible. Alrededor de la isla todo está sembrado de minas. Ni se puede atravesar a nado, ni podría llegar una embarcación sin ser vista o sin chocar con una mina. La navegación es obligatoria por un canal señalado mediante bollas, por donde diariamente y a toda hora una lancha patrullera.

         Independientemente del sistema electrónico, existen 40 garitas, cada una de ellas con dos centinelas armados de automáticas, y con potentes reflectores –cada garita– cuya luz alcanza hasta las orillas más distantes.

         La vigilancia está a cargo de un Destacamento militar mixto, con 300 hombres escogidos, dotados de morteros, ametralladoras antiaéreas y armas ligeras. Además, hay 100 guardias civiles con carabinas FN y revólveres, y un sistema de comunicación permanente con los Ministerios de Justicia y Defensa y con la Base Aérea de Palo Negro, que es la instalación militar más cercana a la isla. Resultaba invulnerable.

    Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

    Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

    Los procesados y condenados

         En tales condiciones, después de probar varias veces los sistemas de seguridad, se resolvió el traslado de los primeros presos, hasta completar unos 160.

         En primer término, todos los procesados por su participación en el movimiento conocido como “El Porteñazo”, el 2 de junio del 63: un Capitán de Fragata (equivalente a teniente coronel) Pedro Medina Silva; tres Capitanes de Corbeta (Mayores) Víctor Hugo Morales, Miguel Henríquez y Luis Avilán Montiel; cuatro tenientes de Fragata (tenientes) Carlos Fermín C., Wallis Medina Rojas, Antonio Picardo y Florencio Ramos y otros oficiales y suboficiales hasta completar unos 25.

         También están los civiles procesados por la misma causa: Dr. Germán Lairet, Dr. Manuel Quijada (Secretario del Consejo Supremo Electoral en 1958), Gastón Carvallo, Alberto Caricote, Julio Conde Alcalá, Oscar “Loco” Carreño y otras decenas; jóvenes acusados por sus actividades guerrilleras, detenidos en vari as regiones del país, y quienes habían estado en La Orchila, El Vigía y el Castillo de Puerto Cabello, como Eduardo Ortiz Bucarán, Rufo Antonio Meneses, Clodosvaldo Russián, Julio Valero Roa, Rafael Rondón Rivas, Ángel Suzzarini, el sindicalista Luis Felipe Ojeda, etc.; el exdiputado Eloy Torres, trasladado desde la Cárcel de Ciudad Bolívar, y otros oficiales, casi todos considerados de ideas radicales, como el mayor Manuel Azuaje Ortega, los capitanes Américo Serritiello, Julio Bonet Salas, Raúl Hernández W.; los tenientes Nicolás Hurtado Barrios (preso desde 1958) y Exio Saldivia, jefe del movimiento conocido como el “Saldiviazo”.

         Hoy casi llegan a trescientos, distribuidos en galpones que hace años utilizó el Consejo Venezolano del Niño para un retén que funcionó allí, y el cual clausuró por razones de salubridad.

    Descartados 9 planes de fuga

         Ahora comienza el relato de uno de los evadidos el 25 de diciembre:

    –A medida que íbamos llegando, nos dábamos cuenta de lo difícil que resultaría una evasión. Allí estábamos “veteranos” de varias prisiones, y todos coincidíamos en que esta Isla del Burro parecía imposible de burlar. Sólo un cambio en la situación política nos daría la libertad. ¡Y pensar que algunos están condenados a años! Pero no perdíamos la esperanza, estábamos seguros de encontrar algún medio de evasión. Nos organizamos para exigir mejor trato, para luchar por reivindicaciones que hicieran más llevadera nuestra vida en ese inhóspito lugar, sin dejar de pensar en que la única reivindicación que realmente tiene valor para un preso es la libertad.

    –¿Cuándo comenzaron a planear la fuga?

    –Desde el mismo día de nuestra llegada, a fines de octubre. Distribuimos decenas de hombres para labores de observación. Pacientemente, pues teníamos tiempo suficiente, nos fijábamos y tomábamos datos sobre todas las medidas de seguridad, cambios de guardia, distancias, los relevos, funcionamiento del sistema electrónico, rutina del personal, materiales de construcción, sistema de visitas, etc. No descuidábamos un solo detalle. Más de cuarenta de nosotros trabajábamos en esa etapa de observación.

         Con esos datos en la mano comenzaron a estudiar posibles planes. En menos de un mes descartaron nueve porque todos tenían uno o más puntos débiles que los hacían imposible de ejecutar o eran demasiado riesgosos. No se podía burlar las alambradas, ni las garitas, ni sobornar a los guardias porque no tenían contacto directo con ellos; era imposible la evasión nocturna que significara atravesar a nado la laguna. Tampoco era factible una acción de comando desde el exterior, pues ni siquiera contando con helicópteros o lanchas rápidas hubiese tenido éxito.

    –De la misma manera como cada uno de esos nueve planes tenía un punto débil, sabíamos que el penal también tendría el suyo. Y lo encontramos: en la propia rutina del penal, el único lugar viable era el embarcadero que sirve para llegar a la isla.

    Los días de visitas

    –Teníamos que escoger el mejor momento, y cuando hubiese mayor cantidad de ´personas circulando. Tenía que ser un día de visita. Entonces procedimos a estudiar con el mayor cuidado, sin olvidar detalles, el procedimiento empleado para aceptar las visitas.

         Dos veces cada semana, los miércoles y los domingos, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, los familiares de los civiles y militares presos los visitaban. Existe un riguroso control a cada visitante, a quien se le retiene la Cédula de Identidad, y a quienes se contaba, una a uno, después de concluir el período de visita.

    –Teníamos que encontrar el “punto flaco” del sistema de control. Un día, uno de nosotros, observador agudo, dio con la fórmula de burlar la guardia. A partir de ese momento todos intensificamos nuestro trabajo, y nos fijamos, como meta, intentar la evasión antes del último día del año.

    –¿Qué fecha era entonces?

    –Faltaban pocos días. Estábamos contra el reloj, y cualquier atraso podría echar por tierra nuestro plan; así que no podíamos perder tiempo.

    Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

    Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

    Escogen la fecha

         Se reúnen y resuelven intentar la fuga el domingo 22 de diciembre. Un día después, la cambian para el 25, pues pensaron que por ser día de Navidad las visitas serían más numerosas, como en efecto ocurrió.

    –Nuestros enemigos eran los guardias civiles, agentes todos del SIFA y de la DIGEPOL, en contacto directo con nosotros, pues una de sus tareas era grabar bien nuestros rostros. Solo ellos, ¡y eran cien!, podían reconocernos, pues el personal militar no tenía contacto.

         Los siguientes fueron días de gran tensión, como es de suponer. Repasaban cada detalle para perfeccionar el plan. Los cuatro comprometidos aparentaban, no obstante, la mayor tranquilidad, y con los otros presos, hacían planes de Año Nuevo, cursos de estudios, torneos deportivos. Resolvieron que no debían tener contactos entre sí más de dos de ellos, y cada noche no hacían sino pensar en la fuga.

         El mayor Azuaje Ortega y Gastón Carvallo eran los más preocupados: el primero, por su estatura, y el otro, por la calva. El capitán Medina Silva y Germán Lairet también tenían un factor adverso: ambos eran delegados de los presos ante las autoridades del penal, y podían ser reconocidos.

    –¿Y por qué no escogieron otros?

         No hubo ninguna respuesta. Lo cierto es que se mantuvo el secreto. Ni los familiares ni los otros presos estaban enterados de los pormenores, fecha y otros detalles de la fuga. Así al menos lo asegura nuestro entrevistado.

     

    Hora “0” del día “d”

         Se acercaba el día “D”. Celebraron la Noche Buena, cenaron juntos, cantaron y charlaron. Lairet amaneció enfermo y tuvo necesidad de inyectarse hasta cinco veces para combatir una angina que pudo trastornar su “salida”. El 25, después del desayuno, los presos esperaban con entusiasmo a sus familiares. Un equipo especial había preparado un almuerzo, en el que participarían los visitantes; adornaron las instalaciones; abrían los paquetes de regalos. Entre casi 300 presos, había cuatro que no podían tener un comportamiento igual, a pesar de todos los esfuerzos que hacían.

         Se ponían más nerviosos cuando llegaba la hora “0”. Por la tarde, cada uno de ellos hizo lo previsto para cambiar de fisonomía y evitar la eventual identificación. Pelucas, bigotes rasurados, tinte para el pelo, cambio de tr5ajes, caminar distinto, cambio de voz. Termina la visita.

    –Comenzamos a caminar con los otros visitantes Yo estaba nervioso, y trataba de no mirar a mis compañeros de aventura. La visita había terminado, y andábamos por los pasillos. Ni siquiera los otros compañeros nos reconocían. Sin embargo, no me despedí de nadie. Eran las seis de la tarde, porque la visita se había prolongado dos horas por tratarse de 25 de diciembre. Esa semioscuridad nos favorecía. Pudimos llegar sin inconvenientes al punto crítico de nuestro plan. . .

    Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

    Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

    El embarcadero

    –Allí, aprovechando la afluencia de visitantes, la oscuridad y el natural cansancio de la guardia, pusimos en práctica una treta.

    –¿De qué se trataba?

    –No pudo explicarla, por razones obvias.

         Uno a uno subió a la gabarra apretujada de gente. Gastón Carvallo fue el último en hacerlo, Hubiera sido suficiente que por cualquier circunstancia se le cayese la peluca, y todo el plan se hubiera venido abajo. Cuando Carvallo subió, buscó con la vista a sus compañeros. Estaban los cuatro. Pero la gabarra no se ponía en movimiento.

    –Todos templamos cuando vimos que, a buen paso, se acercaban dos guardias. ¿Estábamos descubiertos, Medina Silva me miraba preguntándome qué pasaba? Transmitieron un breve e insignificante mensaje, y a las 6.20 minutos partimos. Un reflector mostraba la zona marcada con bollas.

    –¿Usted debe ser familiar de Lairet? –preguntó una señora a uno de los evadidos.

    –No, no, señora, ni lo conozco.

    –Pero se le parece mucho.

         Quería seguir hablando cuando a las 6.40, la gabarra tocó la orilla. Cada uno constató que sus otros compañeros estaban en tierra. Seguros, después de esa primera etapa.

    En libertad

         Todavía no estábamos a salvo. Si se daban cuenta de nuestra ausencia, hubiéramos sido detenidos nuevamente. Pensamos que antes de una hora sería imposible que se percataran de la fuga, y en ese tiempo, cada uno por su lado, pudimos trasladarnos a lugares más o menos seguros. Nuestros compañeros fueron discretos, y solo en la mañana del 27 de diciembre, las autoridades pudieron cerciorarse de la evasión. Nunca penamos que íbamos a tener tanto tiempo para completar nuestra fuga.

    –¿Quién los ayudó?

    –Nadie. El plan tenía esa ventaja, que podía ejecutarse sin colaboración.

    –Al menos hubo complicidad. . .

    -No podía haber ayuda de la custodia porque el personal civil es de la DIGEPOL y el SIFA, y los efectivos del Destacamento militar no tienen contacto con los presos y, en consecuencia, no podían identificarnos.

         Por la puerta grande, como tituló “El Mundo”, pudieron fugarse el capitán de Fragata Pedro Medina Silva, condenado a 30 años de presidio por ser uno de los tres cabecillas –Ponte Rodríguez y Víctor Hugo Morales fueron los otros– del “Porteñazo”; el mayor Manuel Azuaje Ortega, quien se fugó desde un avión cuando lo trasladaban desde Puerto Cabello; posteriormente del Hospital Militar, y había sido detenido después de gran actividad clandestina, el pasado 9 de julio en Maracay; el Dr. Germán Lairet, antiguo dirigente de la FCU, miembro del Comité Central del PCV, exdiputado, y condenado a 16 años y medio, por su participación en el “Porteñazo”; y Gastón Carvallo, también condenado a 16 años y medio por participar en el “Porteñazo”, y quien fuera torturado, según denuncias públicas hechas entonces.

         Esa es la historia contada por uno de ellos. Verdad o mentira, lo cierto es que están en libertad, aunque perseguidos por todas las policías”.

    FUENTES CONSULTADAS

    Élite. Caracas, 1° de febrero de 1964.

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