La historia de Blacamán

1 May 2024 | Ocurrió aquí

Domador e hipnotizador de todo tipo de fieras. El Premio Nobel colombiano, Gabriel García Márquez, se inspiró en él para escribir “Blacamán el bueno, vendedor de milagros” (1970).

Como domador de fieras e hipnotizador de leones y cocodrilos, Blacamán, también famoso por su melena, ganó tanta fama en Venezuela que, en una ocasión, tras una función privada que presentó en Maracay ante el dictador Juan Vicente Gómez, fue recompensado con noventa mil bolívares.

Como domador de fieras e hipnotizador de leones y cocodrilos, Blacamán, también famoso por su melena, ganó tanta fama en Venezuela que, en una ocasión, tras una función privada que presentó en Maracay ante el dictador Juan Vicente Gómez, fue recompensado con noventa mil bolívares.

     Uno de los entretenimientos favoritos del venezolano en las décadas de 1930 y 1940, era asistir a funciones de diversos circos que se presentaban en ciudades y pueblos.

     Entre los números que mayor impresión causaban al estaban los hipnotizadores y entre los principales personajes que se encargaban de montar esta atracción, sobresalió “Blacamán”, un italiano que se hacía pasar por faquir hindú y por mucho tiempo fue la máxima atracción de su propio circo, no solamente en Venezuela sino en Europa y otras ciudades de América Latina.

     Como domador de fieras e hipnotizador de leones y cocodrilos, Blacamán, también famoso por su melena, ganó tanta fama en Venezuela que, en una ocasión, tras una función privada que presentó en Maracay ante el dictador Juan Vicente Gómez, fue recompensado con noventa mil bolívares.

     A finales de los años cuarenta se radicó en Caracas de manera permanente. Aquí finalizó su carrera como faquir y en los años cincuenta montó un taller mecánico en Maripérez. Murió en Caracas en 1956.

     El siguiente es un interesantísimo reportaje biográfico, elaborado por Eleazar Pérez Peñuela, para la edición del 22 de junio de 1956 de la revista Venezuela Gráfica, titulado “¡A la única fiera a la que le tengo miedo es al hombre!”, en el cual se cuentan diferentes aspectos de la vida de este singular personaje nacido en Calcuta, India, en el año 1902, hijo de artistas internacionales que lo llevaron de apenas meses de nacido, a Calabria, Italia.

     “Pietro Aversa Blacamán, el mundialmente famoso domador de fieras, actor de cine y empresario de circo falleció en Caracas en su modestísima residencia de Maripérez a causa de un infarto agudo.

     En la tibia esmeralda de la tierra venezolana que él amo por encima de todas las cosas, duermen ahora el sueño perenne los despojos mortales de quien pasó por 4 Continentes en medio del estruendo de las multitudes de todas las razas que rindieron homenaje a su valor y a su destreza.

 

Una vida de leyenda

     En Calcuta, India, nació Pietro Aversa Blacamán el año de 1902. De solo pocos meses fue llevado por sus padres, quienes eran artistas internacionales, a Italia. Desde niño lo apasionaron las cuestiones circenses que habrían de ser la suprema dedicación de su vida. Muy joven descubrió sus extraordinarias cualidades como hipnotizador y las aplicó a los animales y a las gentes dentro de su actividad profesional.

     Jamás maltrató a las fieras de su circo, pues fue lema de su vida el de aquel otro domador de hombres y de bestias, el divino y humano San Francisco de Asís, que la fraternidad realiza mayores conquistas que la fuerza. Plagiando a su paisano, el Santo Blacamán designaba a las fieras de su Circo con nombres de extrema ternura: “el hermano león, la hermana hiena, el hermano cocodrilo. . .”

     Blacamán se hizo famoso en el planeta durante muchos años por sus fabulosas hazañas. Su espesa barba y su “leonina” melena   contribuyeron a ser, distintivos de su personalidad.

     Fue uno de los hombres más ricos del mundo y siempre le concedió al dinero una importancia secundaria. Las monedas –decía– han sido acuñadas en forma de rueda para que caminen. . .

Blacamán, singular personaje nacido en Calcuta, India, en el año 1902, y fallecido en Caracas, en 1956.

Blacamán, singular personaje nacido en Calcuta, India, en el año 1902, y fallecido en Caracas, en 1956.

     En las épocas de su mayor nombradía, cuando los millones rodaban por sus manos con sonoridad de áureas campanillas, Blacamán vivió una existencia fastuosa, digna de un príncipe oriental, su lujo era deslumbrador: dondequiera se presentaba con su imponente melena, con su espesa barba, vistiendo riquísimos kimonos de seda y siempre acompañado por una legión de “pajes”, atentos a su menor deseo, a su más leve capricho para satisfacerlo. Una vez en París en donde tenía su palacio, que le acababa de ser confiscado durante la guerra por ser súbdito del eje Roma- Berlín, a pesar de que jamás intervino en política, penetró a una de las más reputadas joyerías seguidos por sus fieles seguidores y por la admiración de las multitudes. Con gesto rápido señaló un hermoso reloj de oro con incrustaciones de brillantes. Al serle entregada la joya la dio a uno de sus ayudantes diciéndole: “llévala a tú mujer en recuerdo mío”. No se preocupaba del costo de las cosas y aceptaba siquiera discutir “esos menudos detalles”. Su mayordomo pagaba de inmediato y es fama que nunca le exigió rendición de cuentas.

 

Su primer viaje a Venezuela

     Blacamán fue, a través de 25 años, noticia de primera plana en todos los diarios del mundo. Vino a Venezuela por primera vez en 1930 y su primer representante fue el conocido empresario Tomás P. Cardona, quien nos declaró sobre su vida: –Blacamán fue el hombre más, noble, más generoso y más humano que yo he conocido. Fuimos amigos desde hace muchísimos años. Yo lo representé las primeras veces que vino al país. Blacamán ha dejado un capitalazo en Europa, pues los tribunales de Francia y de Italia, durante su reciente visita al viejo mundo, le reintegraron todas sus posesiones que suman en francos y en liras muchos millones. Imagínese usted que su fastuoso palacio de París, por sí solo, bastaría para hacer rico al más exigente.

     –Blacamán –agregó Cardona– estuvo en una situación económica pavorosa en Venezuela durante la guerra europea, pues todos sus fondos de Europa le fueron congelados y sus bienes confiscados. Por otra parte, a causa del conflicto no pudo movilizar su circo internacionalmente por haber sido internado por su condición de italiano, y eso lo llevó a la ruina.

     Desde 1940 se quedó definitivamente en Venezuela. Precisamente al producirse su súbito deceso estaba esperando la expedición de su carta de naturalización como venezolano.

 

El mundo de Blacamán

     El Blacamán Circus fue uno de los más grandes y conocidos del mundo. Llegó a contar con 40 leones y 100 cocodrilos y fue la primera carpa verdaderamente gigantesca que conocieron muchas gentes.

     El domador tenía en su cuerpo más de 140 cicatrices y cuando se le preguntaba por la historia de aquellos impresionantes tatuajes felinos contaba que no era que sus animales hubiesen tratado de hacerle daño, sino que se trataba de caricias de sus bestias que, por tener tanta fuerza, dejaban huella perenne de su ternura. . .

     En cierta ocasión el general Juan Vicente Gómez quiso ver en su bucólico retiro de Maracay las hazañas de Blacamán. Ordenó que se diera un espectáculo exclusivo para el tren gubernamental, el cuerpo diplomático y sus amigos personales. Al terminar la función el dictador, muy satisfecho por la destreza y la valentía del domador, ordenó entregarle 90.000 bolívares.

Blacamán se hizo famoso en el planeta durante muchos años por sus fabulosas hazañas. Su espesa barba y su “leonina” melena contribuyeron a ser, distintivos de su personalidad.

Blacamán se hizo famoso en el planeta durante muchos años por sus fabulosas hazañas. Su espesa barba y su “leonina” melena contribuyeron a ser, distintivos de su personalidad.

Las pruebas supremas

     Blacamán se hizo conocido y discutido como el primer domador del mundo a través de las pruebas espectaculares que realizaba con su limpio juego de hindú injertado con italiano.

     Uno de sus números más notables era el de subir por una escalera con los pies descalzos sobre afilados cuchillos, sin resbalar sobre la hoja de acero como lo hacen otros. Por el contrario, Blacamán en su sensacional demostración raspaba con el pie sobre el filoso acero para que éste entrara en mejor contacto con su piel.

     Pero, sin duda alguna, la prueba más escalofriante de Blancamán, desde el punto de vista de su resistencia física, fue la que debilitó su corazón y seguramente a la larga le produjo la muerte. Se colocaba a una altura de 1 metro con el pecho descubierto. Sobre éste depositaban sus ayudantes un peñasco que pesaba 120 kilos. Blacamán, con la nuca apoyada sobre un afilado cuchillo, lo mismo que las corvas, es decir, suspendido sobre la muerte, resistía impasible mientras que poderosos gañanes destrozaban a mandarriazos la pesada roca sobre su corazón formidable.

 

El único accidente en Venezuela

     No se recuerda sino un solo accidente grave que le ocurriera a Blacamán en nuestro país. Sucedió que sus ayudantes sacaron de la piscina un cocodrilo embozalado para una de las pruebas del “mago del hipnotismo múltiple”. Mientras Blacamán le quitaba el bozal para comenzar a hipnotizarlo, la mano del domador resbaló inesperadamente sobre el hocico de la bestia y ésta alcanzó a destrozarle un dedo. 

     Sin hacer caso del terrible dolor que la herida debió producirle, con la mano sangrante, Blacamán se dirigió al público y le dijo: “No se preocupen ustedes. Este cocodrilo es muy cariñoso y no puede verme sin enternecerse”. Y continuó la función hasta el final en que pudo ser curado por un cirujano.

     En cierta ocasión los incrédulos en las pruebas de Blacamán propalaron la noticia de que éste narcotizaba sus leones antes de trabajar con ellos y que, por lo mismo, no corría riesgo alguno. El domador se sintió herido en su orgullo profesional y retó a sus opositores para que 3 veterinarios escogidos por ellos examinaran sus fieras para ver si estaban narcotizados. Los médicos de las bestias realizaron un trabajo concienzudo y escogieron un león “muy vivaracho” para la demostración de Blacamán, quien, de la manera más fácil, lo hipnotizó en presencia de todos.

     Otra vez en París invitó a numerosos médicos para demostrarles que él, por medio de su voluntad, obtenía la paralización de su pulso sin que se produjera la muerte. Los científicos muy intrigados acudieron a la prueba. Blacamán se puso en trance y mostró primero su brazo izquierdo que fue examinado minuciosamente por los científicos sin hallar en él pulsaciones, lo mismo ocurrió con el derecho. Blacamán sostuvo que ese estado de pérdida total del pulso lo obtenía por medio de contracciones mediante un poderoso esfuerzo de voluntad.

 

El drama de un hombre

     Como ya dijimos, el drama de Blacamán, el triunfador, el ídolo de las multitudes, comenzó con el advenimiento de la guerra europea que lo afectó económicamente porque le imposibilitó mover libremente su circo por el mundo como consecuencia de su nacionalidad italiana, a pesar de que él nunca tuvo concomitancia con el “Duce”.

     El hombre que hacía muchos años creía tener resueltos todos sus problemas financieros, el domador que cuando sus amigos le criticaban cariñosamente el descontrol de sus gastos dignos de un Creso, les pregunta: “¿Han visto ustedes alguna vez a una vaca guardar pasto para el día siguiente?”, y se encontró de pronto en plena bancarrota. Las entradas del circo no alcanzaban para los gastos.

     Aquello fue terrible para el hombre espléndido que había en Blacamán, cuya generosidad nunca reconoció límites ni en los momentos de mayor agobio pecuniario. No tenía con qué dar de comer a sus animales, que él quería entrañablemente, como algo ligado definitivamente a su vida, Comenzó a desmantelar el circo, primero vendió las sillas, luego la capa, después sus brillantes y por último las joyas de su esposa. Pero ni esos sacrificios lograron conjurar su desventura. Por el contrario, cada día la situación era más apabullante. Con el alma transida, resolvió desprenderse de dos sus más hermosos leones, con la ingenua esperanza de salvarles la vida a los demás. Fue la única vez en que las gentes vieron llorar a Blacamán, cuando tuvo que vender sus leones que todavía se hallan en “Las Delicias”, en Maracay. Luego sus acreedores, implacables, le embargaron el resto de las fieras que murieron de pesadumbre y fueron sepultadas en el sitio en donde ahora se levanta el Mercado Libre de Petare.

El Blacamán Circus fue uno de los más grandes y conocidos del mundo. Llegó a contar con 40 leones y 100 cocodrilos y fue la primera carpa verdaderamente gigantesca que conocieron muchas gentes.

El Blacamán Circus fue uno de los más grandes y conocidos del mundo. Llegó a contar con 40 leones y 100 cocodrilos y fue la primera carpa verdaderamente gigantesca que conocieron muchas gentes.

La hemiplejia

     Pero no pararon ahí las desgracias de Blacamán. En 1943 vino la hemiplejia y su brazo derecho, lo mismo que una de sus piernas, sufrió el impacto.

 

Hogar dulce hogar

     Blacamán se sobrepuso, sin embargo, a tantos infortunios y logró recuperar parte de su salud. A su lado estaba su esposa, su amiga, su compañera, Teresa Weis de Aversa, el gran amor de su vida, la dama vienesa con la ternura de su cálido corazón, le infundió siempre ánimo para proseguir la lucha bravamente, la mujer que no ensoberbeció con el triunfo ni se abatió con la desventura. Ella, sencilla, buena, diáfana, con el alma a flor de labios, endulzó siempre la existencia del famoso empresario, domador y astro de la pantalla. Ella amaba al hombre, no su gloria. Teresa fue primero secretaria de Blacamán. Se conocieron en Génova en 1932. Ella lo acompañó como su secretaria durante muchos años. 

     Contrajeron matrimonio en Ciudad Bolívar en 1942. Como todos los matrimonios sin hijos, su ternura se concentró en ambos, con un sentido de solidaridad conmovedora.

     Ella, el día del entierro de Blacamán, rodeada de sus vecinas y amigas con un dolor hondo, pero decoroso, repasaba su vida y recordaba episodios de los 24 años que estuvo a su lado. Desde el momento mismo en que se produjo el deceso, la señora Teresa se sentó en el corredor de su casa y no quiso moverse de allí.

     No tuvo valor –lo confesó– de ver sacar de su casita a quien había sido la meta de su existencia. Por eso produjo mucha impresión entre los asistentes cuando el representante de la Funeraria “La Coromoto” importunaba a la desventurada viuda con la presentación de la cuenta de sus servicios que exigía que le fuera cubierta antes de salir el cortejo para el cementerio. Hubo que explicarle al insensible representante de la industria del dolor que la señora Teresa para penetrar en su alcoba a sacar el dinero, tenía que atravesar la sala en donde reposaba su esposo y ella no se sentía con fuerzas para verlo muerto, y ofrecerle la cancelación de la factura para inmediatamente que el cuerpo inerte de Blacamán abandonara la que fuera durante 12 años su residencia, para que el hombre cediera en sus empeños.

     –Blacamán –contó su viuda– quería entrañablemente a los animales. Acariciaba y besaba a sus perros y a sus gatos. Les compraba leche, carne molida y biftecs para alimentarlos. Recogía cuantos perros hambrientos hallaba en la calle y los traía a la casa.

     –Fue un incansable trabajador –agregó– y siempre tuvo un carácter alegre, jovial, 24 años duramos sin separarnos una hora y de este momento en adelante nos aísla la eternidad. Vivíamos como encadenados el uno al otro por el cariño. Era un hombre inmensamente humano y no lo digo por hacer una frase, sino por haber conocido las excelencias de su corazón. Jamás se acercó a él un menesteroso sin ser socorrido. Cuando era rico regalaba grandes sumas. Ahora, de pobre, tampoco dejó de hacer caridad. Siempre cargaba bolívares sueltos para regalarlos a los pobres. También quería mucho a los niños.

Blacamán se hizo famoso en el planeta durante muchos años por sus fabulosas hazañas. Su espesa barba y su “leonina” melena contribuyeron a ser, distintivos de su personalidad.

De domador a mecánico

     En los últimos años, Blacamán se retiró totalmente de las actividades circenses. Desde su fracaso causado por la guerra se decepcionó de esas actividades que recordaba con melancolía. Además, su salud no le permitía regresar a esas labores.

     Fundó un taller mecánico especializado en la reparación de motores, anexo a su pequeña residencia. Allí trabajaba hasta las 9 de la noche en que, invariablemente, salía con su esposa para ir al cine. No pedían película hasta el punto de que muchas veces tenían que repetir el espectáculo por no quedarles en las carteleras de los teatros ninguna cinta nueva. Fue a cine el miércoles 13 del presente mes, víspera de su muerte.

 

No me dejaré morir como mi primo

     Desde hace algunos días se encontraba en tratamiento atendido por 3 especialistas en afecciones cardíacas. La muerte de su primo José Tocci, quien falleció hacía poco más de una semana también a consecuencia de un infarto, lo preocupó mucho e inmediatamente fue a ver a los cardiólogos, quienes le ordenaron electrocardiogramas y tratamiento.

     Comentando el deceso de su primo José dijo: “Me voy a cuidar, pues no quiero morir de repente como mi primo”.

Los animales de Blacamán

     Titina, Dolly, Black, Lilly y Rex son los nombres de los perros que acompañaron a Blacamán hasta el último día de su vida. Dolly es la perra loba y Rex el perro-policía que cuidaba su taller. Los gatos se llaman Fritz y Johnny. Todos sus animales tienen cama individual con su colchón.

     Su ayudante en el taller, Cornelio Guerino, se hallaba inconsolable y nos dijo que su jefe era de una bondad asombrosa. Blacamán tenía un hermano, Giovani, de 48 años, quien siempre lo acompañó en todas sus actividades circenses. También es domador.

 

El sacrificio de su barba y melena

     Cuando definitivamente Blacamán resolvió hace 7 años no retornar al Circo, se trasladó a una barbería y le ordenó al “maestro”: “Córteme el cabello y rasúreme la barba”. El barbero no daba crédito a sus oídos y creyendo que se trataba de una broma le expuso: “Señor Blacamán, pero es cierto lo que usted dice o me está mamando el gallo” . . .

     Muy cierto, respondió Blacamán serio. Sobre el piso de la barbería, como un holocausto a los dioses tutelares del Circo, quedaron las montañas de pelo de la melena y la barba de Blacamán. . .Había terminado, ahora sí, su carrera artística.

 

La última visita a sus fieras

     Hace algunos años Blacamán fue a Las delicias en Maracay para ver por última vez sus leones.  Cuentan quienes presenciaron la entrevista que el domador, ya sin melena y sin barba, se acercó a las fieras y comenzó a hablarles en un lenguaje ininteligible para todo el mundo menos para ellas. Los leones se desperezaron, se quedaron mirándolo y lo reconocieron después de seis años de ausencia. Uno le tendió la pata en señal de respetuoso saludo y el otro le lamió la mano. Blacamán se retiró de Las Delicias llorando y dijo a los espectadores: “Yo sabía que mis leones n o me habían olvidado”.

     La historia de este hombre formidable es un ejemplo de la “pequeñez de la grandeza humana” de la que habló Gaspar Núñez de Arce. Pese a su exótico atuendo y a su fama de domador de fieras, Blacamán ocultaba detrás de su físico impresionante, un corazón sencillo y cándido, un alma generosa y nobilísima que palpitaba con la desventura ajena y que, a pesar de sus sufrimientos, no logró ser envenenada por el dolor.

     La tarde del entierro todos los amigos de Blacamán, que se dieron cita para acompañar sus despojos, recordaban el slogan de su propaganda circense: “Tarzán una fantasía. . .  Blacamán una realidad. . .”

     Silenciosamente se apagó la vida de Blacamán, el hombre que por su contextura de bronce parecía hecho para durar siglos y quien en cierta ocasión comentó con su cordial filosofía circense: “Las únicas fieras que yo conozco y a las que temo realmente, son los hombres”.

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