La Odisea de Pompeyo Márquez

La Odisea de Pompeyo Márquez

Por Jesús Sanoja Hernández

Desde 1950 hasta 1958 la historia de Venezuela tiene que incluir en sitio de honor, el nombre de Pompeyo Márquez (1922-2017).

Desde 1950 hasta 1958 la historia de Venezuela tiene que incluir en sitio de honor, el nombre de Pompeyo Márquez (1922-2017).

     “1936. En cuántos discursos, en cuántos libros, en cuántos memorables artículos se ha inscrito este año de pasmo para Venezuela. Perdida en los comienzos de un siglo tumultuoso, la dictadura del Benemérito había hilado su red de paz carcelaria durante un período que sólo se compara en elasticidad con el de Porfirio Díaz, y en barbarie con ningún otro, de tan sádicas y dolorosas que fueron las torturas infligidas al bravo pueblo.

     27 años que los nuestros juraron no olvidar jamás y que, oh miseria de las experiencias que no enseñan, fueron en su obra olvidados. 27 años que dejaron su llaga física, su llaga moral, su llaga histórica, en cada uno de los hogares de la patria.

     Y vino el 36. El entusiasmo, las luchas, la palabra “izquierda”, el Bloque de Abril, los políticos nuevos y los excarcelados, los que regresaban y los que se agazapaban. Vino el deseo de construir y las ganas más profundas, carnales, de enseñar al pueblo la ruta de la libertad. Nacieron sindicatos y organizaciones, y también, al rato de los fragores del civismo conquistado, huelgas y disensiones ideológicas. De la nada –una nada engañosa, plena de gérmenes– se había pasado al todo, un todo también engañoso que a los pocos años se fragmentaría, dando paso a la diferenciación partidista, a la variedad de consignas y a las necesidades de un crecimiento democrático que, por vez primera, se ensayaba.

     Por esos tiempos, los 13 años de Pompeyo Márquez empezarían a enredarse en las turbulencias de los nuevos días. Repartidos de la “Botica de los Angelitos” en 1935, bastarían meses para que pasara a la de “Palo Grande” o a la “América Productos”. A la didáctica directa de la agitación de masas que veían por doquier, a la pedagogía fructífera del debate público antes no conocido, la adolescencia de Pompeyo Márquez, entradas ya las semanas ejemplarizantes del 37 y el 38, se nutriría con los primeros libros, esos que arrojan luz repentina o que encienden pasiones heroicas incontenibles, como “La Madre” (cuántos no han caído bajo su urdimbre generosa), como el terrible “Cemento”, como el esquemático y simple “Avanzada”, de Jorge Newton, o como los poemas, todavía recordados por una memoria impresionable, de José Portogalo. Todos los alimentos que pide una vida que ingiere y asimila, todas las confluencias que accidental o vocacionalmente se unen en los lapsos de formación, fueron recibidos por Pompeyo y dejados así, en simiente y precedente, para después brotar digeridos y determinantes en los años en que la lucha fortifica al hombre, en que la serenidad se junta a lo combativo, en que la experiencia se suma a la perspicacia.

Comienzos de estudiante

     En 1937 trabaja en una oficina de representaciones. Ya está en la mezcla dura de ganarse el sustento y estudiar. Con ese primer año de bachillerato que después no podría desarrollarse debido al vértigo de la lucha, entra en la F. E. V., aquel organismo alrededor del cual giraban las inquietudes y esperanzas de miles de venezolanos. La dosis de cárcel que en este país parece ser la iniciación de todo combatiente, la recibe cuando es sorprendido repartiendo el manifiesto de protesta por el asesinato de Eutimio Rivas. En cuatro años es encerrado doce veces; conoce varias prisiones; un día está en la Comisaría de “El Conde” y otro en el Jobito, en Apure fronterizo, a donde fuera un 1° de enero bajo órdenes de Pedro Estrada y el Bachiller Castro. Era en 1939 el mismo, que en septiembre vería estallar la guerra mundial. La cárcel, con sus vueltas regulares, llena muchos julios –semanas de exámenes– y los estudios quedan, al menos como carrera hacia el grado, paralizados.

     Mas, al igual que el viejo principio de la química, en la vida, en la plenitud del hombre que se da a una causa, nada se pierde, todo se transforma. El álgebra elemental y la biología de Cendreros se apartaron y dieron entrada al libro vivificante de la acción callejera del periodismo político del aprendizaje rápido, variable, tenaz. Edita a “Masas”, vocero estudiantil, junto con otros de aquellos empecinados en abrir caminos, y hace de adjunto a la Secretaría de Universidades Populares de la F. E. V.: frecuenta círculos pedenistas y cuando las mudanzas del curso represivo lo echen a “El Jobito” recibirá, de manos de Ramón Volcán, un impulso marxista que lo llevará a una organización en la que después sería unidad invalorable. Como todo lo que tiene génesis difícil, no hay nada en el futuro político de Pompeyo Márquez que no sea una recompensa a los inicios y una superación de lo recorrido.

     Los últimos discursos de López Contreras y el gobierno de Medina presencian cómo un hombre llegó a pasar de estudiante castigado por las incertidumbres de la lucha juvenil, a militante de partido y a conquistador honesto, sacrificado, de las primeras plazas dirigentes. Un destino se labraba así, ajeno a providencialismos tropicales, opuesto a la ascensión fugaz de quienes, al poco, ablandan la fibra interior y decaen, seguro del trabajo que lo moldeaba, del pueblo que lo impulsaba y de la vocación que, en lo hondo, hervía.

 

Períodos de afianzamiento-Rutas de preparación

     Penetrado del sentido del partido, sustancia intocable, pero fértil, sin la que ningún marxista puede desarrollarse, Pompeyo Márquez comienza siendo responsable político de una célula a la vez que realiza trabajos de tipo reivindicativo en las juntas Pro-fomento de Luzón, El Observatorio, etc. Ya para llegar el año 1941, es secretario del Comité de Juventud Popular y participa en la fundación del periódico “JUVENTUS”, mimeografiado. Vientos encontrados soplan y ante la nueva situación emigra hacia El Callao, 300 kilómetros más allá de Ciudad Bolívar, su lugar natal. Para esa época la New Goldfield, compañía extranjera que explotaba el oro de la región, era muy importante y en el Hospital a ella adscrito trabaja este hombre que todavía no llegaba a los 20 años. Allí lleva vida semi ilegal y labora incansablemente en la solución de problemas obreros; en el semanario ¡Aquí Está! Hay un reportaje en el que se analizan muchos de estos asuntos.

     Entre 1942 y 1945 iba a tener un papel principal en la construcción del partido en la región de Caracas. Justamente durante ese lapso es responsable político del Radio de San Juan, zona tan importante que alguna vez llegó a censar la tercera parte de la militancia partidista de la ciudad. Es secretario de la Unión Municipal en San Juan, para formar parte del Comité Regional y de la Directiva de Unión Popular y, sucesivamente, hace de administrador de ¡Aquí Está!, de funcionario en el “Morrocoy Azul”, de jefe de pregón de “El Nacional”, de jefe de oficina de VIKORA, empresa de Víctor Corao.

     Este apretado balance cuadrienal significa, punto a experiencias y a consolidación política, un enrumbamiento decisivo de la vida política de Pompeyo Márquez. Venezuela, en estos tiempos en que el medinismo soltaba las amarras de formas casi tradicionales en la discusión de partidos y en que las polémicas entre los “grupos de izquierdas” y entre éstos y la “reacción” adquirían un fuego combativo capaz de probar el temple de los futuros dirigentes, Venezuela –decíamos– era un vasto campo de experimentación ideológica y de formación de cuadros. La velocidad de aprendizaje, el ritmo de evolución en la forja del líder, el volumen de informaciones necesarias para el adoctrinamiento, eran intensos y sostenidos, Para Pompeyo y para su Partido ese tramo de tiempo constituiría uno de los elementos de referencia más ricos en cuanto a base autocrítica, a partida de construcción, a cimiento de experiencias bien empleadas.

Pompeyo Márquez entró a la clandestinidad con un nombre que se hizo famoso hasta en el extranjero, desde México hasta Europa: Santos Yorme.

Pompeyo Márquez entró a la clandestinidad con un nombre que se hizo famoso hasta en el extranjero, desde México hasta Europa: Santos Yorme.

Las nuevas tareas

     En 1945 es designado suplente del Comité Central y miembro de la Comisión Nacional de Organización que sirvió para adelantar la 4ª Conferencia Nacional del Partido. Viaja a Carabobo y Aragua.

     Durante la división pertenece al P.C.V.U. y edita, junto con Gustavo Machado, el periódico UNIDAD. Vienen, afortunadamente, las gestiones para un entendimiento y en la Comisión organizadora del Congreso de Unidad que habría de celebrarse posteriormente participa Pompeyo, e igualmente presenta un informe ante dicha reunión. En 1947 –ya era miembro del Comité Central y del Buró Político– viaja a La Habana, invitado por el Partido Socialista Popular, y aprovecha para conocer casi toda la isla.Es uno de los fundadores de la Editorial Bolívar S. A., donde hace de comisario y gerente redactor de “El Popular”, al poco tiempo devendría en jefe de redacción del que iba a ser el célebre “Tribuna Popular”. Aquí escribió sobre los más diversos temas y empezó a dominar con extraordinaria tenacidad, los secretos del artículo, de la síntesis y la comunicación. Cuando la dictadura clausuró al periódico –13 de abril de 1950– ya Pompeyo había cumplido inmejorablemente con su inclinación natural al periodismo.

     La clandestinidad, antes que agotar esta vena combativa, la iba a nutrir. En 1949 viaja al Ecuador como delegado fraternal al Congreso del Partido, y también a Colombia donde se realizaba el de Unidad. En Bogotá es asaltado por el SIC (Servicio de Inteligencia Colombiano).

     La tormenta, sin embargo, se acercaba. Ilegalizado “Acción Democrática” a instante mismo del golpe militar del 48, el Partido Comunista venía forzando desde entonces una política de unidad y tratando de que el movimiento democrático encontrase en “Tribuna Popular” un vehículo de aglutinación y de acción orientadora. Nadie se hacía ilusiones respecto a que no iba a venir el decreto que colocase a la organización “fuera de la ley”. El tiempo era breve y lo que urgía era cómo aprovecharlo hasta el máximo.

     Los últimos meses de 1949 y los primeros de 1950 servirían de fondo a una campaña diaria tenaz de “Tribuna Popular”, encaminada a divulgar las peticiones de los obreros petroleros, a defender sus derechos y conquistas. Este período registraría, paralelamente, conversaciones entre los partidos democráticos tendientes a formar un frente unido en la lucha que inevitablemente se acercaba. El Ministerio del Trabajo hacía, mientras tanto, ofrecimientos falaces y todo, como nube lentamente acumulada, iba a estallar el 3 de mayo, dos días después de la fecha que la Junta Militar de Gobierno –la dictadura– crecía. La industria del aceite permanecería paralizada durante días y, si algo lamentable hubo en esta gran jornada, fue la ausencia de un movimiento de solidaridad amplio en los demás sectores. Una falla que después, sería útilmente aprovechada.

     El 13 de mayo es ilegalizado el Partido Comunista. Pompeyo, que figuraba desde antes en la Comisión encargada para preparar el paso a la clandestinidad, entraría entonces en una etapa –ocho años inolvidables– que revelaría en él y que descubriría para Venezuela, un gran dirigente, un organizador de dotes excepcionales y un combatiente que se negó al cansancio y la desesperación, que ayudó preciosamente a la culminación cívica del 21 de enero y al triunfo de un pueblo al que ama entrañablemente. Desde 1950 hasta 1958 la historia de Venezuela tiene que incluir en sitio de honor, este nombre: Pompeyo Márquez.

La clandestinidad

     Cuando los agentes de la dictadura decían que el partido Comunista o Acción Democrática “no existían”, lo que querían demostrar era que dos burdos decretos habían barrido con las organizaciones y que algunos años de tiranía y cientos de medidas represivas habían bastado para liquidar a “los núcleos agitadores, propios de épocas destructivas”, que así era como la sociología machetera de Laureano calificaba a lo más honesto de esta tierra, remedando de ese modo la de su padre cuando el 19 de abril de 1930, al instalarse el “congreso” gomecista, afirmaba que los “impenitentes enemigos de la Paz y el Orden”, habían sido exterminados gracias a los “servicios eminentes prestados a la Patria. . . por el Benemérito Caudillo de la Rehabilitación Nacional”. ¡Oh tiempos, oh costumbres!

     Pero ambos partidos –y luego URD y COPEI– demostraron que la eliminación “legal” o la “policial” y la real son dos cosas distintas y hasta opuestas. El P. C. V. en la clandestinidad fue un ejemplo vivo de la fuerza organizativa de sus miembros, del calor fraternal de sus integrantes y del sacrificio y capacidad de sus dirigentes. Si alguna duda hubiese, la sola labor de Santos Yorme (Pompeyo Márquez) bastaría para encerrar en una fórmula personal que se confunde con la partidista, toda la validez de esta afirmación en la que sobran pruebas, acciones, demostraciones y documentos.

     Pompeyo Márquez entró a la clandestinidad con un nombre que se hizo famoso hasta en el extranjero, desde México hasta Europa: Santos Yorme y, sin embargo, este era uno de los tantos seudónimos (Octavio, José, Ezequiel, Pedro) que usaría, según la circunstancia o el contacto en los oscuros años que se inician el 50. Más de treinta casas verían pasar a Santos, unas por días apenas, otras por meses, en esa penosa y zozobrante migración política que se llama “concha”.

     Con el riesgo mezclado con el máximo de seguridad, lo primero por la saña que la SN ponía en realizarlo, lo segundo por el empeño y el cuidado que sus compañeros dedicaban para salvarlo.

     Y junto a los seudónimos y las “conchas” múltiples estaban todos estos ingredientes tristes, tremendamente crueles, que forman el mundo subterráneo, invisible casi, de la clandestinidad. La persecución a los familiares, el camarada preso o torturado, los días de hambre, la propaganda que no salía a tiempo, las conversaciones con dirigentes de otros partidos (la tardanza, la negativa, las oportunidades, etc.), el artículo para la prensa clandestina (Tribuna, Cuadernos de Educación), las reuniones del Buró Político o del Comité Central (difíciles de preparar), los contactos. Es decir, todo eso que se puede enumerar pero que la imaginación no llega a concebir en su realidad intensa, en sus nudos espirituales, en su fondo de riquísima humanidad y que sólo una voluntad firme unida a una convicción imbatible, sólo un dirigente lleno de fe enlazado con un Partido que lo rodea y cuida, con un pueblo que lo justifica, puede vivir y resistir.

     Y para esto hacía falta algo más que heroísmo, pese a que el heroísmo ya es tramo que alcanzan pocos. Hacía falta confiar en Venezuela, en sus gentes; hacía falta confiar en la organización, en sus hombres; hacía falta confiar en los otros partidos, en la unidad. Hacía falta eliminar la desesperación, cuidar las perspectivas, ajustarse al momento y la situación sin avanzar un milímetro y sin retroceder una pulgada que no fueran estrictamente necesarios. Si en más de una oportunidad hubo error en la apreciación de estos elementos –y reconocer las fallas y superarlas fue una de las tareas mejor aprendidas por el PCV y sus cuadros, empezando por el propio Santos– nada de extraño tiene donde la furia de persecución llegó al límite, donde los golpes a sindicatos y organizaciones fueron hábilmente estudiados, donde nada bajó del cielo, por gracia divina, sino que fue conquistado en un penoso proceso de rectificaciones y enlaces, de repliegues y auges. Donde la maduración costó no sólo sangre y torturas sino años de experiencia que estamos obligados a recordar siempre, para que en la hora decisiva no caigamos nuevamente en el abismo de las divisiones.

     De Santos quisiéramos dar algunas anécdotas, esas pequeñas islas de fracaso o éxito, de humorismo o tristeza, que contribuyen a situar al hombre en su dimensión terrena, en su colocación y línea de responsabilidad histórica. Las dejaremos para las ocasiones futuras que serán muchas. Ahora abandonemos un poco al hombre –ése que no supo de una Navidad que no fuese asedio, ése que volvió a respirar aire de calle sólo en los días de este enero de 1958– para ver algo de su obra, si inapreciable en todo su contenido, viva por lo menos en su aliento y en sus frutos.

Más de cuarenta números clandestinos se publicaron del periódico Tribuna Popular bajo la dictadura militar de los años 50. Todos bajo la dirección de Pompeyo Márquez.

Más de cuarenta números clandestinos se publicaron del periódico Tribuna Popular bajo la dictadura militar de los años 50. Todos bajo la dirección de Pompeyo Márquez.

Unidad por encima de todo

     Este fue el oleaje. Iban y venían las circunstancias, retrocedían o avanzaban las conquistas populares, recrudecían o se atenuaban las consecuencias represivas, pero aquí o allá, en ambas situaciones, los comunistas no abandonaron jamás la consigna central: “Unidad. En Tribuna Popular” –más de cuarenta números clandestinos–, en “Cuadernos de Educación” –revista teórica que pasó de la veintena de ediciones–, en publicaciones internacionales –“Fundamentos”, “Teoría”, “Paz Duradera”, etc.– en periódicos regionales del Partido, en documentos públicos dirigidos a otras organizaciones, en conversaciones directas con grandes conductores de nuestro pueblo –un Carnevali, supongamos–, Santos Yorme o Pompeyo Márquez, supo llevar este sentimiento comunitario, esta decisión de unión antidictadura, este propósito de bloques que sostenían en la cárcel y el destierro en la fábrica y la Universidad, los militantes del PCV. La historia con sus lecciones indiscutibles, convertía el deseo en luminosa realidad.

     Unas pocas muestras para que se vea y palpe la gran verdad. El 13 de diciembre de 1951 el P.C. V., por mano de Santos Yorme, secretario del partido, dirigía a AD una carta en la que se pedía la acción conjunta contra la dictadura militar, por la libertad de los presos políticos, garantías constitucionales y elecciones libres. En abril de 1952, en el número 16 de “Tribuna Popular” clandestino, Santos escribía un editorial. “La mejor enseñanza: la unidad”, donde repasando las lecciones del pasado, insistía en la necesidad de integrar un Bloque Único de todas las fuerzas que se opusieran a la tiranía. En enero de 1953, número 21 de TP, volvía a la carga afirmando, en base a los acontecimientos electorales del 30 de noviembre y a las acciones del 3 y 4 de diciembre, que “esto –es decir, la camarilla perezjimenista– no puede durar” y que para que la predicción se cumpliera faltaba sólo un factor: la unidad. En enero de 1954, justo un año después, editorializaba sobre el mismo tema: UNIDAD y a la pregunta “¿Qué debe hacer entonces el pueblo venezolano, para quitarse esta pesadilla de encima?”, él mismo contestaba:

     “Una y mil veces repetimos: por medio de su unidad. Su unidad para organizarse. Su unidad para combatir. Su unidad para derrocar la dictadura. Su unidad para conquistar un régimen de amplias garantías ciudadanas”.

     Ya en el XIII Pleno del CC del Partido –y la organización celebró en la clandestinidad seis plenos, desde el IX hasta el XIV–, realizado en febrero de 1957, culmina un proceso autocrítico consciente que incluía la observación de que había que aumentar la amplitud de la política de alianza antidictatorial, dándole cabida a todo aquel que estuviera dispuesto a luchar contra Pérez Jiménez y Cía., sea cual fuera su pasado, y eliminando todo roce secundario o principista con los que participaran en el frente. Como parejamente los otros partidos iban recogiendo idénticos frutos, confirmando así que la historia es implacable y unánime en los sentimientos que le toca dirigir como el mismo pueblo iba con el tiempo acumulando más y más semillas de odio antiperezjimenista, más y más voluntad de combate, y como las circunstancias plebiscitarias, ya conocedoras del exitoso paso de la Junta Patriótica, propiciaban una expansión de la comunidad combativa, esa política unitaria alcanzaría la culminación más hermosa que el civismo venezolano haya conseguido, cuando entre el 21 y el 23 de enero sale a la calle a confirmar la herencia de sus libertadores. La unidad había pasado pues, del proceso lento y difícil al estallido fulgurante y oportuno. Mas, situada ahora en un segmento de más grave responsabilidad, una nueva urgencia nace: la de mantenerla y más allá de mantenerla, consolidarla y ampliarla.

     Si no nos equivocamos, Pompeyo Márquez es el hombre, el único hombre que dirigió un movimiento clandestino durante toda su duración. Y es el político además que, dentro de Venezuela escribió e hizo más por la unidad del pueblo y de sus organizaciones de masas. Desde el artículo de dos cuartillas hasta el documento de cien páginas, desde la meditación en alguna casa solitaria hasta la conversación con altos dirigentes. No obstante, Pompeyo insiste en que sus méritos son menos personales que colectivos, en que todo o casi todo su milagro de perseguido y orientador se lo adeuda al cariño y trabajo de los miembros de su Partido, a la conciencia del pueblo venezolano y a la comprensión y sacrificio de cientos de militantes de otras organizaciones.

     Hoy no se trata de comprar credenciales entre las gentes que supieron asumir su responsabilidad ante la historia. Sobran en AD en URD en COPEI, entre los independientes, quienes cumplen a cabalidad los requisitos de la honestidad, la firmeza y el trabajo rematado. Si esta vez insistimos en Pompeyo Márquez se debe justamente a que él es una de esas unidades, y lo es en una medida verdaderamente pasmosa. La clandestinidad arrojó un saldo de tremendas consecuencias en este Pompeyo Márquez que en 1950 se enfrentó a problemas partidistas internos, en 1951 a relecturas críticas de Lenin, en 1952 a la farsa electoral, en 1953 a señalamientos de errores y aciertos, en 1954, 55, 56 y 57 a la combinación del estudio, la organización y la lucha, y en todo el período a la responsabilidad máxima de secretario del Partido.

     Para él esta pequeña introducción a su vida. Es la de sus camaradas, la de sus aliados. Y así aquella afirmación de que la obra de arte resultará tanto más perfecta cuando más se aleje del modelo real, se esfuma y desaparece en el centro vital de este torbellino clandestino que fue Venezuela y del que se está esperando que surja un novelista, para que se nutra de las esencias gloriosas y del patriotismo moral de hombres que, junto con su pueblo, han entrado en el ciclo heroico”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite.Caracas, 15 de febrero de 1958
Coliseo de Caracas, primer teatro

Coliseo de Caracas, primer teatro

El alemán Alejandro Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland, conocieron el Coliseo de Caracas, antes de ser destruido por el terremoto de 1812, aseguraron que era un recinto “satisfactorio” para las artes.

El alemán Alejandro Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland, conocieron el Coliseo de Caracas, antes de ser destruido por el terremoto de 1812, aseguraron que era un recinto “satisfactorio” para las artes.

     La gran mayoría de los viajeros o visitantes que llegaron a Venezuela durante el siglo XIX adquirieron las referencias acerca del país a través de los escritos de Alejandro von Humboldt (1769-1859), un aristócrata alemán, quien inició un viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente en 1799. Su bitácora era precisa y prestablecida y sus cartas de viajero indicaban la ciudad de La Habana como destino y de allí a Veracruz, al Virreinato de la Nueva España.

     Humboldt y su asistente, el francés Aimé Bonpland (1773-1858), habían zarpado desde La Coruña a bordo de El Pizarro. Cerca de las costas de Venezuela, la muerte de un pasajero a bordo, víctima del vómito negro de la fiebre amarilla, no les permitió a los viajeros continuar su destino inicial hasta el puerto de La Habana y desembarcaron en la primogénita Cumaná para pisar el continente americano por vez primera.

     Llegaron a Cumaná el 16 de julio de 1799 y permanecieron allí hasta el 24 de noviembre de 1800, cuando zarparon hacia Cuba. Durante su estancia, recorrieron extensamente la región, efectuaron numerosas observaciones científicas y vivieron innumerables peripecias y aventuras.

     En lo referente a uno de las impresiones que Humboldt escribió de Caracas fue: «Creo que hay una marcada tendencia al estudio profundo de las ciencias en México y Santa Fe de Bogotá; mayor estudio de la literatura y tanto como una imaginación ardiente y activa puede disfrutar en Quito y Lima; más comprensión sobre las relaciones políticas de las naciones, visiones más amplias sobre el estado de las colonias y ciudades, en La Habana y Caracas».

     También destacó el ambiente europeo de Caracas. En las líneas trazadas por Humboldt se puede leer: «A pesar del aumento de la población negra, La Habana y Caracas parecen estar más cerca de Cádiz y los Estados Unidos que cualquier otra parte del Nuevo Mundo». Palabras usuales entre algunos visitantes de Venezuela durante el 1800: el aire europeo de Caracas, con su excepcional sentido metropolitano.

     Alexander von Humboldt hizo numerosos descubrimientos y observaciones durante su estancia en Venezuela. Entre los que se pueden destacar los efectos del cambio climático: Humboldt hizo la primera anotación conocida sobre los efectos de la acción humana en el clima, documentando las consecuencias de las prácticas agrícolas coloniales en el Lago de Valencia. También expuso una teoría de los equivalentes naturales, es decir, puso a la vista de sus lectores una teoría de los equivalentes naturales que se convertiría en la primera filosofía ambiental global, viendo el planeta como un todo.

     De igual manera, en Cumaná, Humboldt y Bonpland observaron un eclipse de sol, experimentaron un terremoto, se deslumbraron con una lluvia de estrellas y asombraron a los habitantes de la ciudad con sus instrumentos. Durante su estadía en Cumaná, Humboldt y Bonpland aprovecharon para dirigirse al pueblo de Caripe, ubicado en el estado Monagas. En su escrito expusieron la impresión que les causó la Cueva del Guácharo. Los llanos y la electricidad: Humboldt realizó observaciones importantes sobre los llanos y la electricidad. También exploró el río Orinoco.

El periodista estadounidense, William Duane, también visitó el Coliseo de Caracas, pero después de haber sido afectado por el terremoto de 1812. Para entonces, el establecimiento no poseía techo.

El periodista estadounidense, William Duane, también visitó el Coliseo de Caracas, pero después de haber sido afectado por el terremoto de 1812. Para entonces, el establecimiento no poseía techo.

     En lo referente a William Duane (1760-1835) resulta importante recordar que fue un periodista y editor estadounidense que visitó Venezuela y Colombia entre los años de 1822 y 1823. Durante su visita, elaboró un texto titulado Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, que fue impreso en Filadelfia en 1826.

     Duane había defendido con afán la causa suramericana desde las páginas del periódico Aurora. En su libro, Duane escribió que había venido a Venezuela con la tarea de encontrar solución a notas de crédito que se encontraban insolventes desde los tiempos de la guerra. Sin embargo, le dio mayor relieve al deseo que abrigaba, desde hacía unos treinta años, de conocer a quienes había acompañado espiritualmente en su lucha.

     En la última sesión del primer Congreso General de Colombia, celebrada el día 14 de octubre de 1821 en la Villa del Rosario de Cúcuta, se tomaron 6 acuerdos de reconocimiento en favor de 6 personalidades de otros países, como signo de agradecimiento de la República de Colombia (Gran Colombia, de acuerdo con los historiadores) ideada por Bolívar junto con otros próceres de la Independencia, entre ellos el de William Duane. Es importante mencionar que Duane también visitó Barquisimeto y apuntó en sus crónicas: “Las calles tendrían alrededor de veinte pies de anchura (5,40 metros), bien adoquinadas y aun cuando la fundación y edificación de la ciudad sólo databa desde la época del terremoto de 1812 ya presentaba, sin embargo, un aspecto de mayor antigüedad”.

     En el capítulo VI de su texto hizo referencia a la visita del teatro que Humboldt había descrito “satisfactoriamente”. Duane escribió que había decidido ir solo a la función teatral que en el recinto se ofrecía. Contó que canceló por la entrada un real. Decidió ocupar un asiento en la parte alta del teatro porque le informaron que el patio era “un sitio a la intemperie”. La localidad que ocupó fue un ala transversal, paralela al escenario y situada enfrente de éste. “Otros palcos en serie, que rebosaban de público, especialmente de damas, ocupaban ambos lados del paralelogramo, el piso bajo, es decir, el suelo puro y simple, servía de patio, y en cuanto a la techumbre, sólo se contaba con la serena, azul y estrellada bóveda celeste”.

     En su descripción puso de relieve que el proscenio o tablado medía unos veinticinco pies de ancho. El telón, cuya caída indicaba los diferentes actos, representaba una suerte de cuadro pastoral que, según Duane, era muy parecido a los que hacía un siglo utilizaban de manera corriente en las diferentes obras de ficción de los escritores sentimentales. A medida que se alzaba, para mostrar un nuevo acto, aparecían en perspectiva figuras, pintadas en cartón, que hacían alusión a elementos naturales, un campamento, la cámara de un palacio o un naufragio, “todo lo cual iba apareciendo en progresión dramática”.

     Por dificultades para entender la lengua nativa atinó a decir que sólo entendió fragmentos del diálogo y de la temática de la obra. Aunque, comentó que ésta mostraba un argumento, cuyos personajes del drama o las máscaras de la acción eran un Aquiles de faldellín o enaguas, acompañado de personajes como Patroclo, Héctor y otros griegos y troyanos. De igual manera, aparecían también Andrómaca y Briseida, por último, menciono un personaje que “siempre interviene en los dramas hispanos: un bufón”, quien era el encargado de convertir en serias las escenas hilarantes y en graciosas a las trágicas.

Plano del Coliseo de Caracas.

Plano del Coliseo de Caracas.

     En este sentido ofreció un ejemplo de una de las escenas que observó en la obra que, aunque no lo menciona, debe estar circunscrita a Aquiles, Héctor y Patroclo como personajes prominentes en la Ilíada, una antigua epopeya griega atribuida a Homero. En la Ilíada, Aquiles y Patroclo son camaradas cercanos en la guerra contra los troyanos. Patroclo, después de convencer a Aquiles, lidera al ejército de Mirmidón en la batalla llevando puesta la armadura de Aquiles. Patroclo logra hacer retroceder a las fuerzas troyanas, pero Héctor lo mata durante la batalla. Aquiles, sumido en un profundo dolor por la muerte de Patroclo, regresa al campo de batalla con el único objetivo de vengar la muerte de Patroclo matando a Héctor.

     En su redacción estampó algunos recuerdos de este drama. De su rememoración anotó que Héctor frente a uno de los griegos era muy distinto a lo que vio en la oportunidad que comentaba. También agregó otros anacronismos presentes en la exposición teatral como, por ejemplo, el mar debía estar calmado mientras las alegorías presentadas, en esta oportunidad, lo mostraban agitado. Sin embargo, agregó que el bufón, que aparecía en esta escena, le pareció divertido. 

     De la obra en general concluyó: “Aunque la imitación de la realidad era ciertamente abominable, en un drama más adecuado habría obtenido cuando menos tantos aplausos como los que recibió, a lo que no hubiera podido aspirar para sí Héctor o Andrómaca. Después de todo, los defectos que haya podido tener la pieza son atribuibles a España, de donde proviene esta especia de drama, formado por no sé cuántos actos”. Por lo visto, Duane no estuvo muy satisfecho de lo visto en esta ocasión y además por haber presenciado una pieza teatral que inició a las seis de la tarde, él se marchó seis horas después sin ver el final, porque a las doce de la noche no había terminado.

     Contó, al final de esta larga descripción, haberse topado con el general Soublette cuando entró al Coliseo de Caracas, cuya construcción se llevó a cabo en las postrimerías del 1700. De este encuentro señaló que el general le había hecho varias preguntas. Una de ellas fue su opinión acerca de lo que había visto hacía un instante. Duane escribió que le había contestado con toda franqueza y que Soublette había estado de acuerdo con su percepción. De este militar y prócer de la Independencia anotó que vestía como un ciudadano común y corriente, quien se había presentado sin guardias ni ayudantes, “en su condición de magistrado republicano”.

     Culminó esta parte de su escrito con el siguiente comentario: “me fue grato verle y tuve oportunidad de observar, en la manera risueña y cordial con que se dirigía a personas de diferentes categorías, lo adecuadamente que cumplía sus funciones”.

Camilo José Cela afirma: “La Catira” es venezolana

Camilo José Cela afirma: “La Catira” es venezolana

El gran escritor español, en entrevista exclusiva para Élite, explica por qué escribió la novela venezolana que después de caída la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, le ganó infinidad de ataques. Y ratifica su amistad con Laureano Vallenilla Lanz. Los textos son el periodista Francisco “Paco” Ortega

Camilo José Cela (1916-2002) fue un vigoroso intelectual español, autor de La Catira, controversial novela encargada por la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

Camilo José Cela (1916-2002) fue un vigoroso intelectual español, autor de La Catira, controversial novela encargada por la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

     “Camilo José Cela es un vigoroso escritor contradictorio en toda su humanidad impresionante. Ante todo, es español y como tal, piensa, habla y escribe. Para un intelectual de la talla de este gallego de fina sensibilidad y exquisita pluma, a veces amargo en el concepto, pero sincero y ancho de corazón, los pensamientos íntimos son revelados en una confesión desnuda sin recovecos oscuros ni veladas diatribas que pretenden disfrazarse de lisonja. A un escritor no se le puede pedir parcialidad, puede naturalmente no ajustarse a una exacta realidad de las cosas y estar más o menos equivocado, pero en el fondo la trayectoria de un sentimiento expresado con absoluta sinceridad, es loable, honrado y hasta ejemplar. Cela no es mercenario de una pluma que se vende. El soberbio poeta que existe en “Pisando la dudosa luz del día” nos lo descubre de manera total, desnudo de artificios presuntuosos, ajeno al juicio gratuito de los “consagrados” y exhibiendo su formidable solidez intelectual en una auténtica revelación de las letras contemporáneas de España.

     Resulta pueril intentar restarle méritos como escritor y como investigador del alma. Nadie como él ha narrado sus deliciosas andanzas por los campos de Castilla. 

     Respira míticamente en las noches segovianas pulsando el latido íntimo en las tierras fecundas, en el surco profundo del sentir hispano y se extasía como Gustavo Adolfo pegado a los muros avileños, o acaso como lo hiciera Teresa de Jesús, Camilo José Cela cuya fama universal la alcanzó hace 24 años con su novela laureada “La familia de Pascual Duarte”, respira sinceridad y late al unísono de las cosas bellas. Capta los sentimientos y escribe la verdad sin deslavarla con detergentes comprados a bajo costo en los mercados de la adulación y la especulación mercantil. Esto, para un país donde el trust intelectual está dirigido por los ricos clientes de las Editoriales, resulta un poco raro y hasta confuso. El tiempo se encarga de situar la razón de los incomprendidos en ese sitial donde se habla de tú a la historia y las costumbres, y de “usted” muy respetuosamente a quienes todavía no han salido del burgo provinciano.

     El autor de “La Colmena” debiera ser un exiliado de España. 

     “Pascual Duarte” lo enjuicia y la antes mencionada novela lo condena. Ambas son antiespañolas, ambas critican, ambas se confiesan a un soberbio árbitro de la verdad. Camilo José Cela ni es un exiliado ni un resentido. Es sencillamente un escritor. Ha recogido fielmente unos sentimientos y una confesión, esa espontánea revelación que vive en el ambiente de las cosas, pero que muy pocos saben aprovechar íntimamente y sobre todo exponerla con exactitud. España lo debería repudiar. Ha puesto el dedo en la llaga y hurga, hurga profundo con el escalpelo de su acerada pluma, hasta hacerla sangrar profundamente. Las heridas del alma las curan los nuevos sentimientos, que son el movimiento que causan en ella los motivos espirituales. Si Camilo José Cela no viviera esos emotivos espirituales, su alma sangraría en una agonía infinita de odio, desesperación e impotencia. Pero aprendió a cantar a la vida desde muy joven, allá en las brumosas tierras de su Iria-Flavia curuñesa y en una terca negativa galaica destruyó esta trilogía funesta, para exigir de ella lo bueno que se la pueda extraer, proclamándose trovador de la realidad y heraldo de las cosas que capta su fina sensibilidad de escritor, Sus millones de lectores incansablemente lo leen y esos mismos millones de seres lo critican. ¿Cabe mayor satisfacción para un intelectual confesor de almas?

Cuando Cela escribió La Catira, la prensa llegó hasta el propio baño para entrevistarlo. Aquel baño tibio se transformó luego en un baño de agua helada.

Cuando Cela escribió La Catira, la prensa llegó hasta el propio baño para entrevistarlo. Aquel baño tibio se transformó luego en un baño de agua helada.

Junto al Mare-Nostrum

     Camilo José Cela vive recoletamente en su quinta asomada a las aguas del Mediterráneo. Lo rodea el buen gusto, una inmensa colección de buenas firmas sobre el óleo chorreando de arte, el maravilloso sol de Palma de Mallorca y el almendro en flor que golpea su ventana en el estudio que se asoma al Mare-Nostrum de Don Vicente Blasco-Ibáñez.

     Cuando lo entrevistamos está trabajando. Cela no ha dejado de trabajar desde que le publicaron su primer cuento en un diario provinciano de La Coruña. De esto hace ya 35 años. Desde su enorme altura sonríe a medias. Impresiona y desconcierta. Extiende una mano, ancha, vigorosa, enérgica. No sé por qué me recuerda de inmediato a ese patricio de nuestras letras e inolvidable venezolano que se llamó Rufino Blanco Fombona.  Después su sonrisa se extiende, se hace más humana, más cordial. Ya no es el Camilo José Cela que hemos descubierto de improviso, como el objeto desdibujado a través de la niebla. El rostro de duras facciones se anima, su voz es potente y agradable y su trato el de un acogedor hidalgo. Habla seguro. De manera normal, parece examinarlo a uno. Y sabe mágicamente deshacer la incertidumbre y sobre todo la impaciencia o la incomodidad para iniciar la entrevista que sólo tiene un objeto: hablar de Venezuela y de “La Catira”. Para nadie es un secreto la enorme controversia que originó esta novela, años atrás y en ocasión de gobernar a Venezuela el General Marcos Pérez Jiménez. No vamos nosotros a enjuiciarla en este reportaje. Ya lo han hecho voces autorizadas, pero sí vamos a aclarar ciertos aspectos de aquella pugna literaria que en su debido momento nadie criticó e incluso fue elogiada por una buena parte de “nuestros consagrados”.

     –“Ni la Asociación de Escritores –señala Cela– ni las más preclaras plumas de la literatura venezolana se opusieron a un trabajo que exclusivamente confiado a un extranjero.

El escritor español, Premio Nobel de Literatura en 1989, no tuvo empacho alguno en reconocer públicamente que fue contratado con la condición de que la obra discurriese en Venezuela, bien fuera novela, libro de viajes o de ensayos.

El escritor español, Premio Nobel de Literatura en 1989, no tuvo empacho alguno en reconocer públicamente que fue contratado con la condición de que la obra discurriese en Venezuela, bien fuera novela, libro de viajes o de ensayos.

     Cuando le recordamos ciertos comentarios ligados a la persona del doctor Laureano Vallenilla Lanz en relación con el libro, nos dice rotundamente:

     –“Ni el doctor Laureano Vallenilla ni yo somos bobos, ni a mí se me pasó siquiera por la imaginación el pretender crear un inexistente problema al genio de Don Rómulo Gallegos, a quien admiro profundamente como inigualable escritor y ejemplar venezolano. Ese menosprecio nació de un fruto amargo que jamás debió tomarse en cuenta, entre elementos de muy pesada digestión. Estimo que las novelas deben encajar en su justo lugar y no desplazarlas con denuestos; deben orientar al lector, no predisponerlo taimadamente.

     Yo fui contratado con la condición de que la obra discurriese en Venezuela, bien fuera novela, libro de viajes o de ensayos. Yo fui, repito, un escritor contratado, de ninguna manera un oportunista y estos acuerdos pertenecen al libre cambio. ¿Qué se me puede criticar? Recogí mis notas y la escribí, aquí en Palma. Su nombre brotó de manera espontánea. “La Catira” vive en mi alma de manera entrañable como las maravillosas tierras donde se desarrolla la acción de la novela. ¡Seis meses para escribirla y tantos años para criticarla!”

     Al tocar este tema de la crítica, nos dice: “Pascual Duarte” y “La Colmena” chocan abiertamente con el medio español, son casi anti españolas.

     Yo, efectivamente, debiera vivir exiliado. Esto no quiere decir que establezca paralelos entre España y Venezuela ¡de ninguna manera! –insiste– Sin embargo, dados el momento, la circunstancia y el motivo, tuve que servir de chivo expiatorio o de cabeza de turco, como mejor se interprete. Para la oposición representaba un soberbio argumento contra el General Marcos Pérez Jiménez, donde el “despilfarro y la ausencia de patriotismo” le hacían confiar a un extranjero una obra que no fue precisamente la de “El Escorial”, pero que sí manifiesto con mi modesta opinión es una apología de la mujer y la tierra venezolanas.

“La Catira” primero fue alabada, luego silenciada y más tarde atacada frontalmente.

“La Catira” primero fue alabada, luego silenciada y más tarde atacada frontalmente.

Una denuncia

–“Sin ánimos de polémica pienso publicar el vocabulario que ya con anterioridad, fue debidamente autorizado –diríamos por los escritores de Venezuela. Como escritor, si se me forzara a falsear la idiosincrasia de un pueblo, alterando sus valores espirituales, no sólo me negaría de manera rotunda, sino que despreciaría toda mi vida a eso conglomerado estúpido que tan bien sabe especular la ignorancia. ¡Jamás me prestaré a tan vil juego! ¡No puedo avalar un disparate que altere la realidad de los hechos! “La Catira” primero fue alabada, luego silenciada y más tarde atacada frontalmente. Fui blanco –repite– de un determinado grupo político y estoy plenamente convencido de esta maniobra, hasta el extremo de que la encuesta realizada en “El Nacional”, donde figuraron destacadas figuras, fue absurdamente adulterada. Personas que ya han fallecido y otras que aún viven para la política y la literatura me manifestaron su descontento o desaprobación por tan pobre procedimiento, abonando el interés de ese sector político que pretendió hundir malamente lo que ya había sido juzgado con sano criterio y justísima apreciación imparcial. Quiero recalcar de nuevo que, tengo pruebas de que fueron mentiras y falsedades las que aparecieron en aquella oportunidad en la famosa encuesta del mencionado diario. El doctor Laureano Vallenilla Lanz pudo parar esta campaña y si no lo hizo sus poderosas razones tendría.  No trato ahora de justificar nada porque si me contratara el propio Ho-Chi-Min, volvería al Vietnam, siempre que no se me obligara a escribir falsedades. Llegué a Venezuela invitado para dictar una serie de conferencias sobre temas literarios, marginado de la política, porque sobre ese particular tengo mis propias convicciones y mis puntos de vista. El resto ya lo sabe todo el mundo y lo que no ha sucedido ya lo han inventado”.

     –“Valga el momento –prosigue el notable escritor para manifestar al pueblo de Venezuela, por medio de la prestigiosa Revista Élite, que el medio político no cuenta en el profundo cariño y la más alta estima que siento por todos los venezolanos. Ni la detracción, ni siquiera el insulto directo mermaron jamás este cariño. Recuerdo siempre aquella gratísima época que viví entre ustedes y esta misma época que aludo creo que será igualmente añorada por todos los venezolanos. En esto sí están todos de acuerdo conmigo”.

     amilo José Cela sonríe plenamente y ha silenciado su charla. Piensa y observa con un aire de tristeza descansando su mirada lejos, muy lejos entre la bruma madrugadora de un día pleno de sol mediterráneo. Nosotros sabemos en qué está pensando. El escritor nos lo confirma:

     –“Deseo la prosperidad y paz, mucha paz a esa Venezuela que todos los venezolanos y yo conocimos años atrás. Sencillamente la admiro, como admiro el arrogante e hidalgo origen de la lucha por la libertad. Los venezolanos tienen todos los derechos a ser felices, prósperos y libres. Lamento un estado de cosas que no pueden estructurar hoy, ese monumento que yo quisiera para la Patria del Libertador, procera y soberbia cuna de gloriosos soldados y extraordinarios prosistas universalmente conocidos. Vaya mi ofrenda a ellos como reconocimiento sincero de un profundo admirador que venera la patria de Simón Bolívar con el cariño que todos los españoles sentimos por Hispanoamérica”.

FUENTE CONSULTADA

  • Revista Élite. Caracas, 23 de abril de 1966.
Así huyó Juan Vicente Gómez a la gripe española de 1918

Así huyó Juan Vicente Gómez a la gripe española de 1918

La pandemia mató a su hijo más querido (Alí Gómez), pero él no quiso verlo por temor a contagiarse. El general recibía los periódicos previamente desinfectados para enterarse de los “muérganos centrales” que se iban muriendo. . . 

Por José Rafael Pocaterra

Durante la Gripe Española de 1918, el general Juan Vicente Gómez se encerró para evitar el contagio.

Durante la Gripe Española de 1918, el general Juan Vicente Gómez se encerró para evitar el contagio.

     En la extraordinaria obra de José Rafael Pocaterra “Memorias de un venezolano en la decadencia”, consta el capítulo que insertamos en seguida sobre la gripe de 1918 en Venezuela. El gran escritor narra ahí cómo murieron del flagelo mundial, el más querido hijo de Gómez, Alí, y otro miembro de su familia. El dictador se encerró para evitar el contagio; no se tomaron medidas para evitar el contagio; no se tomaron medidas en defensa de la población; hubo hostilidad visible contra Caracas. Todo eso cuenta Pocaterra, en las brillantes frases propias de su estilo; castiga severamente a quienes cree que debe castigar, y fustiga con vehemencia a los responsables de la propagación de la peste.

     “Una mañana la pandemia de gripe que hacía su trágica gira universal, surgida de las miasmas del inmenso campamento europeo o traída en las alas de un soplo de expiación por la vasta iniquidad inútil, apareció en La Guaira. . .  Un caso, dos, tres, seis, cien. Sobre la capital cayó como una niebla. La ráfaga barrió implacable desde los extramuros hasta el centro. Gómez, el amo de los venezolanos, el “hombre fuerte y bueno”, que ama a sus compatriotas y tiene tres lustros sacrificándose por ellos, huyó a refugiarse en su caverna estableciendo prevenciones ridículas. Como la epidemia azotaba a la capital cada vez con mayor furia e iba invadiendo ya los alrededores, el déspota cobarde se aisló aún más severamente en su guarida de Maracay. Allá fue a golpear la muerte. A su puerta. Uno de sus hijos, quizás el más querido, Alí, cayó enfermo y en horas murió. No quiso verle. Temía contagiarse. Luego otro miembro de su familia, Y aquí y allá, enfermos, muertos. 

     La gripe galopaba frenética sobre los nublados de noviembre, caía sobre los villorrios, atravesaba por los valles de Aragua, e iba a hacer presa en Valencia. El “héroe” por falta de abnegación rudimentaria, de noción de responsabilidad, con mayor miedo a las toses que ahogan que a los tiros que oyó siempre de lejos, voló a refugiarse en una aldea de aguas sulfurosas que está ante el abra de los llanos.

     San Juan de los Morros vio a aquel tirano implacable, a aquel hombre tan frío, tan ajeno a la piedad, a la compasión, a la solidaridad humana, refugiarse en las grietas de sus farallones como los jaguares del Bajo Apure que las candelas del llano hacen escapar hacia los riscos. . . Se llevó a su hermano Juancito, Gobernador del Distrito Federal; recogió su tribu y allí se estuvo mientras la ciudad, –de la que el doctor Márquez Bustillos apenas se atrevió a separarse unas cuadras en un burgo vecino, con más miedo de Gómez que de la peste –sucumbía atenida a sus recursos, con una policía brutal que acosaba por temor a motines todas las obras pías de la comunidad, en manos de la parte ejecutiva del gobierno de un tal Delgado Briceño, un pobre diablo aventado a la superficie en aquellos días de descomposición como esos batracios que la creciente arroja a la orilla y engorda de despojos. Ese hombre se volvió loco de inquisición, de enredos, de persecuciones pueriles.

     Un ejemplo, de paso, servirá para dar una idea cómica de ese malhechorete oscuro. Se editaba en Caracas por aquellos días un diario humorístico “Pitorreos”. En cama casi todos los redactores de periódicos hubo semana en que las ediciones se hacían por los cajistas sólo. En esos días había leído una excelente traducción de “la Máscara de la Muerte Roja”, de Edgard Poe, y la di a las cajas del diario citado, de cuya empresa era socio. Y el propietario de la imprenta, el señor Eduardo Coll Núñez, se las vio negras y tuvo que apelar a un Larousse para probarle a aquel infeliz que Poe existía, que había sido un poeta americano. El hombre estaba empeñado en que eso de Poe era un seudónimo mío o de otro “enemigo del gobierno”– y que aquello era una alusión al “general Gómez”.

En la terrible epidemia de gripe que azotó al mundo en 1918, falleció en Maracay el hijo predilecto del general Juan Vicente Gómez, Alí Gómez.

En la terrible epidemia de gripe que azotó al mundo en 1918, falleció en Maracay el hijo predilecto del general Juan Vicente Gómez, Alí Gómez.

     Al fin, entre el prefecto Carvallo y el atribulado Coll pudieron dejarle satisfecho a medias. Detrás de aquella suerte de “Scotland Yard” y del “grand guignol” nuestra labor continuaba enérgica y resuelta. De los nuestros murieron algunos. Una cólera sorda, una indignación general venía en oleajes a chocar con los diques que la reserva misma del proyecto iba imponiendo. El cuadro de la capital abandonaba a la hora de un peligro como aquel y cuyos habitantes en vez de sentir alivio de “la mano fuerte”, sólo conocían los maltratos brutales de los agentes de Pedro García o las sigilosas asechanzas de la prefectura; la actitud insolente del pobrete de la Gobernación en pleno delirio de grandezas, queriendo quedarse con once mil y pico de bolívares de la Junta Recaudadora presidida por el Arzobispo; las historias populares que siempre corren; un tal Véjar, barbero de los Gómez y celador del cementerio, desenterraba los muertos ricos para revender las urnas que como artículo de la primera necesidad estaban por las nubes; la indiferencia, el desdén con que los explotadores de la jarca maracayera escapaban a refugiarse en los pueblecitos recónditos. . . ¡No se les vio en una obra de caridad, en una recaudación pública, en el ejemplo vivo que hasta el último limpiabotas daba llevando víveres y medicinas por los vecindarios! 

En su extraordinaria obra Memorias de un venezolano en la decadencia, José Rafael Pocaterra relata desconocidos acontecimientos ocurridos en Venezuela durante la gripe de 1918.

En su extraordinaria obra Memorias de un venezolano en la decadencia, José Rafael Pocaterra relata desconocidos acontecimientos ocurridos en Venezuela durante la gripe de 1918.

El odio de esta gente a la ciudad revelado de súbito, desenmascarado su deseo recóndito, al fin, en vías de realizarse, de que Caracas sucumbiese y pagase la risa y la ironía de sus epigramas en una tragedia del destino que mataba a los buenos y respetaba la canallocracia, este conjunto de circunstancias hizo erguirse la vieja Caracas que halló en sí misma recursos y que vio a todas sus clases en una como unión sagrada desde el licenciado Aveledo hasta Juan Nadie, arrojarse valientemente a socorrer a los hermanos en desgracia, sin temor al peligro común. Por algunos días ¡fueron la última llamarada de un gran corazón que se iba a consumir en podredumbres insólitas!, vi desfilar en la hora de la catástrofe ante la expectativa de la patria el alma risueña, dolorida y heroica de la ciudad del Libertador.

San Juan de los Morros vio al tirano implacable refugiarse de la pandemia.

San Juan de los Morros vio al tirano implacable refugiarse de la pandemia.

     Aquel castigo formidable hirió todas las fibras, conmovió todos los corazones, unión todas las voluntades. Y respondiendo a los clásicos organizadores de “cruces rojas” decorativas y de cuerpos filantrópicos con reglamento y junta directiva, en un impulso unánime, el heroísmo de los muchachos de la Universidad, perseguidos, disueltos, ultrajados, desposeídos del derecho a una profesión –pues que el bárbaro había clausurado la Universidad desde 7 años antes– aquellos niños, de última reserva de una sociedad que se marchitó sin florecer, aquellos niños que han enterrado sus líderes con marcas de grilletes en las piernas y devorado su angustia ante el prestigio insolente de media docena de indolentes académicos, aquellos adolescentes, blasón de la raza,  orgullo santo de la madre que les parió y de la patria nutriz de sus ideales, mientras conspiraban para la caída del déspota miedoso, cumpliendo dos santos deberes es un solo impulso, lanzáronse al socorro de la ciudad procera.

     Un grupo de niñas valerosas abrió un local y púsose a la obra de preparar medicinas y organizar servicios de alimentación. Mientras Caracas alimentaba y curaba y hasta remitía dinero y recursos para otras poblaciones del interior atacadas ya por la epidemia, Gómez, sus familiares y sus genízaros engullían en San Juan de los Morros tajadas de buey y esperaban los periódicos de la capital, previamente desinfectados, para enterarse de los “muérganos centrales” que se iban muriendo”.

Procesiones y culto religioso

Procesiones y culto religioso

William Duane, escritor, periodista e impresor de origen irlandés. Autor de unos relatos sobre su visita a La Guaira y Caracas (1822-1823).

William Duane, escritor, periodista e impresor de origen irlandés. Autor de unos relatos sobre su visita a La Guaira y Caracas (1822-1823).

Una percepción del coronel Duane

     William Duane nació en Lake Champlain, Estados Unidos, el 17 de mayo de 1760, y falleció en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de noviembre de 1835. Fue escritor, periodista, editor e impresor de origen irlandés, que estuvo activo en cuatro continentes. Trabajó para periódicos Whig radicales en Irlanda y en Londres, y gestionó dos títulos propios en la Presidencia de Bengala. Escribió relatos sobre su visita a Colombia, La Guaira y Caracas (1822-1823). En la última sesión del primer Congreso General de Colombia, celebrada el día 14 de octubre de 1821 en la Villa del Rosario de Cúcuta, se le reconoció por sus constantes esfuerzos en favor de la libertad. El título de su obra publicada luego de visitar la República de Colombia o Gran Colombia fue Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823.

     En su extenso escrito, bastante cargado de digresiones, escribió que, luego de regresar de una visita y muy cerca del anochecer, escuchó el sonido de una música coral. Creyó que los sonidos provenían de una iglesia que quedaba cerca, aun cuando estaba convencido de no haber visto ninguna edificación religiosa en los alrededores por donde con frecuencia había transitado. Al experimentar la cercanía de los sonidos, “me detuve, y me sentí realmente complacido ante la potencia y armonía del canto, en el cual, aunque se advertían los delicados tonos de muchas voces infantiles, estas quedaban felizmente armonizadas con la de un excelente tenor”.

     En su descripción puso de relieve que tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban como acostumbraban, a uno y otro lado de la calle, en el centro de la cual se concentraban multitud de fieles que, a la distancia donde se encontraban, sólo podían ser visualizados y distinguidos bajo el influjo de unos cirios encendidos que cada cual llevaba en la mano, y otras lamparillas, suspendidas en una elevada tarima, ofrecían la iluminación de una imagen, la cual Duane no logró distinguir, pero que él presumió sería la de un santo o, probablemente, la de una virgen.

     En lo atinente a los asistentes, destacó que llevaban la cabeza descubierta y que no observó a ninguna persona de rodillas. En lo referente al cuadro, en el que estaba representada la figura del santo, el mismo reposaba sobre las manos de algunas personas que intentaban mantenerlo en una posición firme, mientras que al frente iba un grupo de jóvenes provistos de cirios. Le seguía la imagen, del santo o virgen, y luego venía el sacerdote quien tenía como indumentaria una sotana oscura y su respectiva banda. Continuaron con su marcha y se detuvieron “frente a la residencia de un opulento vecino, donde hicieron alto y cantaron durante algunos momentos. La puerta de la casa se abrió, se asomó una mujer, quien entregó algo al clérigo, y la procesión continuó.

    Destacó que los integrantes de la procesión practicaban el mismo ritual de detenerse en cada casa y recibir, de la misma forma, la entrega del óbolo o donación. Puso a la vista de sus lectores que la marcha estaba compuesta por más de cien personas, muchas de las cuales, de acuerdo con una arraigada costumbre, se sumaban al coro, que, según Duane, eran el máximo y vivo redivivo de los trovadores del siglo XIII, cuando al canto de romances por las calles era común y que, de acuerdo con sus conocimientos, el ritual que acababa de observar era una herencia de esta tradición que databa de unos seis siglos.

En las procesiones caraqueñas, tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban a uno y otro lado de la calle, para ver a la multitud de fieles caminar por el centro.

En las procesiones caraqueñas, tanto hombres como mujeres, que se reunían en el lugar, se situaban a uno y otro lado de la calle, para ver a la multitud de fieles caminar por el centro.

     Agregó que este recorrido por él visto y realizado por parte de feligreses y creyentes, presentaba características propias. Por ejemplo, el de una actividad de mendicidad, en vista de que ninguna iglesia, las que no estaban adscritas a una parroquia, se proveía de recursos conseguidos por medio de la espontánea bondad de las gentes piadosas. Por tal razón, escribió: “imagino que el objetivo de estas procesiones es el de solicitar la ayuda económica de los feligreses”. De acuerdo con sus indagaciones los donativos otorgados eran muy escasos, ya que la suma que se esperaba recolectar por persona no superaba un real, “aunque se dice que el sexo femenino es muy inclinado a hacer el bien de manera oculta, y contribuyen mucho más de lo que se les pide”.

     Para dar fuerza a sus argumentaciones señaló que el grado de instrucción, educación e intelectual, así como el conocimiento que se tenía de estas tradiciones les otorgaban un carácter particular a las manifestaciones de talante religioso. A lo que se debe agregar que estamos haciendo referencia a un hombre con creencias religiosas distintas frente a quienes hacían vida en Sudamérica, De ellas expresó que se realizaban con excesiva frecuencia, pero que no eran perjudiciales, aunque interrumpían la circulación normal por las calles. 

     A la instrucción que hizo referencia era la vinculada con cada una de las variantes religiosas que se habían extendido con las reformas de la Iglesia a lo largo de la historia. Porque las reacciones a que había dado origen la educación recibida entre las numerosas ramas reformadas de la iglesia cristiana, estaban revestidas de ceremoniales, como el uso de cuadros e imágenes menos pomposos y, especialmente, a las prácticas de adoración que se exigía a los fieles, “o que se les impone implícitamente, en el sentido de que deben descubrirse la cabeza y doblar la rodilla cuando pasa la Eucaristía”.

     En este sentido, recurrió a una de sus digresiones para intentar explicar esta situación en la que estaban muy presentes acusaciones mutuas de idolatrías hacia objetos e imágenes. Se interrogó acerca de cómo un posible examen desapasionado llevaría a conciliar la posición de acuerdo con la cual, la madre iglesia no mostraba mayores exageraciones en este orden, que la de los ritos de los judíos. Menos la de estar exentos de misterios, a pesar de que los escritos hebreos se desplegaban como artículos de fe. Sumó este hecho factible con la presencia de cierta alegoría en la celebración de la misa, en que cada acción mostraba, de forma emblemática, algún evento asimilado con la pasión y muerte de Cristo. Sin embargo, resultaría posible, según Duane, que fuese una práctica común en tiempos de cuando con la imprenta se difundieron las prácticas propias de los ritos y rezos, con las características propias de la reforma religiosa.

     A propósito de lo observado como práctica religiosa, al menos en Caracas, se había impuesto y convertido como obligación doctrinaria entre las formas rituales. Esta situación, tal como lo indicó, podría conducir a otro cisma en el seno de la Iglesia. Desde esta perspectiva propuso que lo deseable sería que todas las sectas cristianas convinieran, en los distintos países, en celebrar sus actos, tal como sucedía en los Estados Unidos de Norteamérica, sin ningún tipo de coerción o censura, práctica muy común que llegó a testificar entre 1822 y 1823 en esta comarca. Insistió que las creencias religiosas eran de carácter individual, sin que ninguna persona fuese responsable de los actos erráticos de otros, así como que tampoco debían las personas ser constreñidas a cumplir con actos contrarios a sus creencias, tal como lo testificó durante su permanencia en Caracas.

Duane supuso que el objetivo de estas procesiones era la de solicitar la ayuda económica de los feligreses para el sostenimiento de las iglesias.

Duane supuso que el objetivo de estas procesiones era la de solicitar la ayuda económica de los feligreses para el sostenimiento de las iglesias.

     Igualmente, refirió que la fe se derivaba del contexto dentro del cual, de manera azarosa, se formaran las personas durante sus primeros años de vida. También, la caridad del precepto cristiano exigía, no solamente el derecho a la elección, sino la tolerancia mutua entre quienes profesaban la adoración de una misma divinidad, “ya que el culto, en realidad, sólo difiere en dichos aspectos formales, o en las invenciones pragmáticas de edades místicas o bárbaras”. A estas reflexiones indicó haber sido interrogado sobre la situación religiosa y del papel del clero en la Gran Colombia. Preguntas a la que sumaban sus interlocutores sobre la necesidad de enviar misiones para adoctrinar a los indios, así como a los habitantes de estos territorios sudamericanos.

     Esta digresión le sirvió para criticar a muchos de quienes habían visitado estas regiones del sur y prejuiciosamente describían la práctica religiosa en países como la Gran Colombia. 

     En este sentido, asentó que en este espacio territorial se establecieron legislaciones para impedir manifestaciones religiosas externas que pudieran ser propicias para actos de violencia o inhibición y que por tal razón a ningún extranjero le correspondía calificarlas de injustas o justas. Aunque Duane no mostró un distanciamiento evidente ante la aprobación de leyes que limitaban las prácticas religiosas, distintas a la apostólica romana, en sus consideraciones abogó por un mayor respeto y consideración para aquellos practicantes, de cultos diferentes, quienes decidían radicarse en las antiguas colonias españolas o de quienes venían como visitantes a ella.

     Sin embargo, estas consideraciones muestran su incomodidad ante el alejamiento de la tolerancia religiosa la cual desde el 1700 se venía discutiendo y que en la América española no estaba presente. Duane fue muy equilibrado al ponderar la experiencia de haber estado en un espacio territorial donde ella no era posible. Aunque, se debe agregar que, él sentía un acercamiento hacia lo ejecutado contra el imperio español, pero no con uno de sus resultados.

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