Un país sin empleados públicos

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Un país sin empleados públicos

     De este modo tituló uno de los capítulos del libro, denominado Fueros, civilización y ciudadanía (UCAB, 2006), configurado por Elias Pino Iturrieta (Maracaibo, 1944) quien se ha destacado en las letras venezolanas como escritor, profesor e historiador. Es individuo de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, a la cual se incorporó el 27 de febrero de 1997 bajo el sillón N. Fue director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello desde 1999. Se graduó de la Universidad Central de Venezuela en 1962, y realizó el doctorado de El Colegio de México en 1969. Entre algunas de sus obras se pueden mencionar: La mentalidad venezolana de la Emancipación, Contra lujuria y castidad, País archipiélago y El divino Bolívar. Las líneas que siguen forman parte de una sinopsis de lo que Pino examinó respecto a la escasez de funcionarios públicos en los primeros tiempos de la república.

     En este aparte de su obra destacó algunas experiencias, en el contexto de los inicios republicanos, relacionadas con la ocupación de cargos públicos en los tiempos fundacionales de la república. Anotó que, algunas curiosas respuestas, ofrecidas por candidatos propuestos para cargos de cierta envergadura fuesen negativas, muchas de ellas llenas de jocosidad. Varias contestaciones fueron estudiadas y mostradas por Pino. Las mismas también dan cuenta del “agobio que significó la construcción del país” en tiempos cuando ni Fernando VII ni Bolívar los mandaren y ordenasen a cumplir con deberes de la patria. Muchas de las respuestas destacadas por este historiador venezolano se caracterizaron por la distancia, la apatía, por la ridiculez “y aún por la trampa, signar una relación gélida entre el sector público y los factores humanos que se requieren para la dirección y la atención de la sociedad”.

     Entre las variadas consideraciones que permite visualizar Pino, en este escrito, se encuentra aquella según la cual todo gobierno debía gobernar con las personas adecuadas. Requería de subalternos rectos y eficaces que con su empeño ayudasen a los respectivos gobiernos a desarrollar sus propósitos. Si se daba el caso de no encontrar servidores públicos idóneos quienes, si no aceptaban cargos por mandatos políticos o muestras de lealtad, “lo harán para conseguir el salario de las cajas oficiales”. En especial, en un país caracterizado por la bancarrota, la parálisis comercial y la falta de estabilidad en todos los ámbitos de la sociedad, “no cae mal el flaco emolumento ordenado por los poderes públicos”.

     En su examen, recordó que no era mal negocio mostrarse como “mandamás” en un país en que el personalismo estaba tan arraigado si quien ocupase un cargo público, en cualquiera de las instancias gubernamentales, le supiera sacar provecho a un trato caudillesco, muy propio de este período. 

     Mostró que, en los primeros momentos republicanos, la apatía, falta de compromiso y actitudes reactivas hace suponer que los asuntos propios del Estado no fueron fáciles de resolver, al menos, para tratos y aspectos administrativos requeridos de un personal adecuado. Por esto asentó la existencia de un “desinterés por el ejercicio de las funciones públicas es una constante en los primeros treinta años de autonomía”.

     Hizo notar en estas líneas los casos de Valencia y Mérida en los primeros días del mandato de José Antonio Páez. Agregó a esta consideración lo sucedido para 1837 cuando las asambleas habían elegido a los funcionarios dependientes del Concejo Municipal de Caracas, pero hubo una abultada respuesta de quienes intentaron desprenderse de las asignaciones otorgadas. Según su relato, basado en periódicos de la época, un licenciado de nombre José Rafael Blanco interpuso una “excusa legal” con la que justificó la no aceptación para ejercer la Alcaldía Primera de Altagracia porque recién había contraído matrimonio. Otro, Miguel Tejera se había excusado de aceptar el cargo para ejercer como Alcalde Primero de la parroquia San Pablo al mostrar certificación médica donde se constaba de una irritación pulmonar que le aquejaba. Don Francisco Ignacio Carreño había sido requerido para la Alcaldía Segunda de la parroquia San Juan, sin embargo, adujo que sufría de una oftalmía crónica y así se libró del incómodo nombramiento. 

     Pino rememoró que la prensa de la época hizo chanza con la cantidad de impedimentos que sirvieron de excusa para no aceptar los nombramientos oficiales. Una de ellas apareció en El Conciso, el 21 de enero de 1837, en el que se decía que en Caracas existía una especie de “Canciller de inválidos” de nombre Esculapio, que se beneficiaba con altos estipendios ante la cámara edilicia. No obstante, Pino reseñó el caso del abogado Felipe Fermín Paúl quien tomó en sus manos corregir las imposibilidades aludidas por parte de algunos ciudadanos que se negaban a cumplir su papel como administradores públicos. Este jurista aseguró que las solicitudes de rechazo resultaban irrelevantes y que se apoyaban en extravagantes leyes y antiguas como “las de Indias”. 

     Ante las desatenciones de los demandados para actividades administrativas, requeridas por un Estado que buscaba afianzarse, Pino se interrogó acerca de si estas negativas no tendrían que ver con objeciones de conciencia. En este mismo orden de ideas, también se preguntó si ellas no tendrían que ver con el libre albedrío en el que se amparaban como ciudadanos para no asumir imposiciones gubernamentales. No deja de ser objeto de curiosidad la negativa en distintos lugares del país, por parte de individuos que pudiera pensarse, según lo informado por cierta historiografía militante, deberían mostrar mayor compromiso con la república anhelada, en especial cuando esa historiografía insiste en que los procesos que llevaron a la emancipación fue obra de las “masas populares”, o, al menos, representan la edificación republicana como emanación de una sociedad integrada alrededor de la construcción republicana.

Por lo general, en los inicios republicanos, el venezolano rechazaba ocupar de cargos públicos

     Pino rememoró el caso expuesto en una comunicación oficial enviada a Monagas en 1857, que “incluye una elocuente estadística de indiferentes y renuentes”. De acuerdo con esta comunicación se habían presentado catorce justificaciones por matrimonio y dos por razones de salud, para rechazar el ejercicio de cargos concejiles en Caracas. Prosigue este historiador venezolano, en 1853 diez personas se habían mostrado reticentes a ejercer cargos como escribientes de tribunales situados en distintos lugares, debido a que “sufrían todas”, sin excepción, afecciones asmáticas que se agravarían con el contacto permanente de los papeles polvorientos que reposaban en los archivos. En 1854, seis jóvenes escogidos, según refiere Pino, para trabajar en los hospitales de Caracas y Valencia, se disculparon por la carga de numerosos achaques y dolencias, a pesar que ninguno superaba los veinte años de edad.

     Para 1855, nueve negativas se sustentaron en “enfermedades” como “torcedura de una pierna, pasmo barrigal, sarna y granos regados en cara y cuerpo, fueron razones suficientes para rechazar cargos de maestros de primeras letras. 

     Pino citó el caso de un informe, fechado en 1857, en que su redactor mostró sorpresa ante el caso de Julián Méndez quien se negó a aceptar el cargo de juez porque no tenía caballo, Mariano Solarte se negó a trabajar como aseador en la magistratura porque no tenía con quien dejar a su abuelita y el caso de Eloy Torres que se negó a tomar una vacante como administrador del correo porque le temía al invierno. Razonó, en este contexto, el de no contar con una bestia para su traslado. Quien había elaborado la Memoria, en la que se expusieron estos casos ante el gobernante de turno, el doctor Ángel Santos cerró el informe con las palabras siguientes: “En todos aparecen grandes irresponsabilidades y falta de ganas de trabajar, esperando instrucciones para corregir el grave mal”.

     Pino refirió otro caso, correspondiente al año de 1856, de un individuo llamado Juan de Dios Millán respecto al cargo de comandante de la policía que se le ofreció. En una comunicación firmada por Millán se puede leer cosas como las que siguen: ser policía no era equivalente a trabajar, “porque todos hacen lo que quieren y uno queda de adorno, como son adorno los jueces que se ganan la plata sin trabajar”. En la misma comunicación, con la que justificó su negativa para asumir el cargo policial, agregó Millán que los ladrones se mantenían en la cantina y que los secretarios de las dependencias públicas no hacían nada en los cargos que se les asignaba. De adorno acusó a los soldados que no poseían un sable para su defensa, también a los diputados que no sabían del sudor producido por el trabajo. “trabajar es lo que hago yo, escribiendo este oficio para no querer trabajar. Trabajar es poner un negocio, o cuidar una herencia, o arar en la hacienda, y eso lo hacen muy pocos en esta tierra amada y llena de maravillas, y mientras sigamos así, yo no trabajo en la policía”.

     En virtud de estas consideraciones, Pino trajo a colación la aceptación de las variadas excusas para desprenderse de compromisos nacionales. En este sentido, las numerosas vacantes que debió sortear la administración pública y la indiferencia de las autoridades para hacer cumplir los cargos asignados son expresiones que, para Pino, deben llamar la atención para cualquier persona que examine asuntos relacionados con los primeros tiempos de una república recién fundada. Bajo estas circunstancias, no se dio a conocer ninguna orden de amonestación para con los desobedientes, tampoco alguna fórmula para despertar su interés o para superar una tendencia tan perniciosa. “Hay testimonios de la búsqueda de empleados y de la reacción negativa de un funcionario por los prospectos que se esconden, pero nada más”.

     De acuerdo con este analista de la historia de Venezuela, las fuentes de información no registran la respuesta que pudieron haber tenido los representantes gubernamentales ante las negativas reseñadas, o de las razones aducidas por parte de quienes se negaron a cumplir con un deber para el que habían sido encomendados por autoridades nacionales. En este sentido, agregó la dificultad de asumir estas negaciones como una expresión de conciencia, en especial, por lo trivial de los razonamientos y por lo poco fiables de los mismos. Uno de los razonamientos que proporciona el autor a este respecto fue, quizás, el que los demandados para las actividades públicas no se sentían comprometidos con el país, es decir, no tenían arraigado un sentido de pertenencia que les constriñera a cumplir con exigencias nacionales.

     En este marco de análisis, agregó que el historiador solo podía verificar cómo una porción importante de venezolanos se desentendió de obligaciones con el Estado y el país, anteponiendo sus requerimientos y su bienestar individual entre 1830 y 1858. Estudios como el expuesto en estas cortas líneas ponen en evidencia la debilidad de los gobiernos representados por hombres recios, de acuerdo con los relatos de la historia de Venezuela, como José Antonio Páez y José Tadeo Monagas o institucionalistas como Carlos Soublette. Pino subrayó que estas desatenciones muestran unos gobernantes que no atraían “acólitos a su templo” si los invitaban a trabajar. Fueron hombres que no tuvieron respuestas claras ante la indiferencia de los gobernados. “Las versiones de un presidente lancero todopoderoso a quien siguen las multitudes y alaban los propietarios, o sobre unos autócratas venidos de oriente ante quienes se rinden los partidos políticos, quedan mal paradas”.

     Gracias a la exposición que ofrece Pino, en este relato, es dable un acercamiento a la historia olvidada del siglo XIX. Se ha hecho habitual la representación de la Emancipación como un hecho positivo y, por tal circunstancia, lo estructurado en su nombre se ha divulgado como compromiso generalizado. Una de las vías de interpretación de este tipo de historia ha sido cultivada por Pino quien con elegante prosa desmiente muchas de las fábulas construidas respecto a la historia de Venezuela, en los primeros tiempos de construcción republicana.

Pulperías y espacios públicos

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Pulperías y espacios públicos

     Ángel Rosenblat fue un filólogo de origen polaco que a los seis años de edad, había llegado con su familia a Argentina, donde cursó sus estudios de filología. Por intermediación de Mariano Picón Salas llegó a Venezuela en la década del cuarenta del 1900. Se había doctorado en filosofía y letras en la universidad de Buenos Aires. Trabajó en el Centro de Estudios Históricos durante una corta pasantía por Madrid. Sus estudios expuestos en “Buenas y malas palabras”, artículos que había redactado en medios impresos de la época, se constituyeron en un libro de obligada exploración para una aproximación a un conjunto particular de palabras o venezolanismos que a él le interesaron como un personaje cercano a la lengua, su historia y uso.

     Rosenblat dejó escrito que comprender lo que la palabra pulpería guardaba como significado histórico, requería de un examen etimológico y filológico. Desde un inicio presentó su asociación con pulpero y pulpo. Según este filólogo dos autores correspondientes, uno, al siglo XVI y, otro, al XVII presentaron esta conexión. El primero, el Inca Garcilaso, lo hizo en Historia general del Perú, texto que se dio a conocer en 1647. Garcilaso llegó a escribir que en la creciente presencia de pendencieros y disputas particulares entre soldados, aunque también entre mercaderes y comerciantes, así como a los que llamaban pulperos, era un nombre impuesto a los vendedores más pobres porque en la tienda de uno de ellos se ofertaban pulpos.

La pulpería resultó ser el tiempo y un espacio para socializar. Ella fue lugar para el chismorreo e información de variedad de asuntos

     El segundo, fray Pedro Simón, en su “Noticias historiales», publicado en 1627, expresó que a los pulperos les habían llamado de este modo porque ofrecían muchas cosas en sus tiendas, a la manera que los pulpos poseen varios pies. Sin embargo, Rosenblat no otorgó mucho crédito a estas aseveraciones, al advertir que parecía una “humorada”, cuya inspiración se encontraba en la antipatía hispánica por el trabajo o actividad comercial. Basado en los estudios filológicos de Joan Corominas, autor de “Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana» (1954) reduplicó lo que este había examinado acerca del término en cuestión, al que asoció con pulpa. Para ratificar este supuesto recordó el caso de Cuba, donde al vendedor de pulpa de tamarindo se le llamaba pulpero. No obstante, advirtió que era una designación muy reciente. No parecía muy común en tiempos de colonización y conquista, porque en tiempos del Antiguo Régimen los españoles no se dedicaban a la venta de pulpas de frutas y tampoco, las pulpas eran el artículo principal ofertado por las pulperías.

     Rosenblat agregó una tercera posibilidad. En los prístinos días de la conquista de México los establecimientos donde se vendía el pulque, una bebida fermentada a partir del maguey o agave, se les dio el nombre de pulperías. 

     Así, desde estos tiempos la pulquería se ve como una institución en el país centroamericano. Rosenblat se interrogó acerca de si no cabría la posibilidad de considerar que españoles viajeros pudiesen haber llevado el nombre a otros lugares de la América hispana. En este sentido, señaló que muchos conquistadores y primeros pobladores de México se trasladaron a Perú y a otros espacios territoriales de la América española. Advirtió que una pulquería fuera de México tendría que ofrecer otro tipo de bebida distinta al pulque. A partir de estos razonamientos planteó otra hipótesis según la cual, en otros lugares del Nuevo Mundo, pudiera haberse dado el caso que el nombre de pulquero se asociara con pulpo o pulpa, “por etimología popular, y se transformara en pulpero. Es una hipótesis, ¿pero acaso hay alguna más plausible?”, se preguntó este filólogo de origen polaco.

     Lo cierto resulta ser su generalización en América. Rosenblat recordó que el Cabildo de Caracas estableció límites al funcionamiento de pulperías en Caracas. Para el 15 de marzo de 1599, al haber muchos pulperos en la ciudad, se impuso que debían funcionar sólo cuatro pulperías en ella. Durante el Antiguo Régimen hubo un gremio de pulperos. Los bodegueros y pulperos tuvieron importante actuación en algunos levantamientos civiles como en el de 1749 con la insurrección de Juan Francisco de León. En Los pasos de los héroes de Ramón J. Velásquez puso en evidencia que, los viajeros que visitaron Venezuela aludieron de alguna forma a las posadas, mesones y pulperías que se encontraron durante su estadía por el país.

     Velásquez puso de relieve la diferencia entre bodega y pulpería. Mientras la primera se asoció con dependencias de categoría, las pulperías eran bodegas de poca monta e intercambio al menudeo, entre ellas mencionó las que funcionaron hasta el período gomecista dentro de las haciendas. Expresó que la pulpería fue toda una institución en Venezuela como las que se instalaron en tiempos de la Guipuzcoana o los almacenes que desarrollaron los alemanes en San Cristóbal, Puerto Cabello, Ciudad Bolívar y Caracas. El inmigrante que pisaba estas tierras le quedaban dos alternativas: “la guerra y el comercio”, de acuerdo con sus aseveraciones. Muchos inmigrantes pasaron de pulpero a bodeguero o almacenista, aunque con pocas posibilidades de ascenso social. “Uno de los pocos pulperos en saltar el mostrador hacia más altos destinos fue Ezequiel Zamora. En cambio, Rosete fue pulpero de mala ralea”.

     Este mismo historiador indicó que la pulpería resultó ser el tiempo y un espacio para socializar. Ella fue lugar para el chismorreo e información de variedad de asuntos. Dentro de sus prácticas es posible ratificar el despliegue de un espacio público. En ella se ofertaba diversidad de bienes y también se conversaba de multiplicidad de cuestiones. En un espacio territorial de predominio rural, como la Venezuela decimonónica, se medía la distancia con la mediación de una pulpería a otra. La distancia se medía por cada diez horas de jornada a caballo. Este mismo historiador expresó que, junto a la pulpería estaba el corralón para la arria. Después de la cena, se presentaba un intermedio musical y artístico en que la copla era la invitada estelar. No faltaría el Guarapo, el cocuy, la menta o el malojillo, al interior de las pulperías.

     La fama de las pulperías estuvo marcada por altibajos. Algunas llegaron a tener buena fama, otras no por escenificarse en ellas actos virtuosos. Velásquez mencionó algunas que conservaban nombradía desde tiempos de la colonia: La Venta, Las Adjuntas, Corralito, Cerca de San Mateo, Cantarrana que había servido de cuartel general y de hospital a las tropas de Boves.

A los pulperos los denominaron de este modo porque ofrecían muchas cosas en sus tiendas, a la manera que los pulpos poseen varios pie

     Se debe insistir que lo más importante, de acuerdo con los estudios señalados, en este tipo de venta de bienes residió en la función social que cubrieron. Se debe suponer que no contaban con frontispicios llamativos y menos que fuesen lujosas. Velásquez las describió como sigue: “carecían de fachadas características y hasta de las muestras que indicaban el mote que las distinguía. Caserones como los de cualquier sitio. Techos que fueron rojos, ahora patinosos. De los aleros, colgaban hierbajos descoloridos. Un largo corredor frontal con barda divisoria y grupos de campesinos platicando del tiempo, las siembras, los sucesos. En el corredor, armellas para colgar hamacas. Un camino que llega y otros que siguen. Grasosas piernas de cerdo colgando de los ganchos. Carnes de chivo blanqueadas por la sal. Rumas de pescado seco. Rimeros de torta de casabe. Unos bastos sobre burros de madera”.

     En su interior, estaban las mesas de madera rústica protegidas con hules estampados de flores y no manteles de tela, sobre ellas el ajicero tradicional. Para sentarse, sillas de cuero. Servían para descanso del viajero por el tránsito en caminos agrestes y rudos, y de pendientes pronunciadas. Vale decir que la pulpería formó parte de un espacio público, aunque limitado. Los habitantes de Caracas, aún en tiempos de la colonia, no contaban con lugares de esparcimiento y distracción. 

     Por eso en los actos ceremoniales y litúrgicos se agolpaban personas que más de las veces concurrían a las iglesias no precisamente a cumplir con el sagrado deber que en ella era propicio.

     El historiador Rafael Cartay, en su texto” Fábrica de ciudadanos. La construcción de la sensibilidad urbana” (Caracas 1870-1980), señaló que la vida caraqueña en las postrimerías del siglo XVIII se caracterizó por su sencillez y simplicidad. Citó a Arístides Rojas para ratificar que era una experiencia vital que podía resumirse con cuatro palabras: comer, dormir, rezar y pasear. Se comía en familia varias veces al día y en horarios distintos a los de ahora. A partir del mediodía hasta el final de la siesta, a las tres de la tarde, todas las puertas de las casas estaban cerradas y, tanto plazas como calles, se encontraban solitarias.

     Cartay destacó que en casi todas las casas se rezaba el rosario, a las siete de la noche. Para inicios del siglo XIX el espacio público seguía siendo restringido. Cartay rememoró que Francisco Depons había observado una ciudad en la que no existían paseos públicos, ni liceos, ni salones de lectura ni cafés. Por eso subrayó que cada español vivía en una suerte de prisión, solo salía a la iglesia y a cumplir con obligaciones laborales. Sin embargo, las fiestas no sobraban, aunque monopolizadas por la iglesia.

     Este historiador recordó que la moral criolla cabalgaba sobre las Constituciones Sinodales. No obstante, era transgredida. Citó el caso del Cabildo caraqueño cuando en 1789 criticó la apertura de bodegas y pulperías, donde se dispensaban bebidas alcohólicas, incluso en celebraciones religiosas. También, se hicieron eco de queja al criticar el que mujeres visitaran esos lugares. De igual modo, citó el caso del sacerdote Francisco Ibarra, quien había sido rector de la Universidad de Caracas, entre 1754 y 1758 y primer arzobispo de Caracas en 1804. Este clérigo, según Cartay, había condenado la pública y escandalosa difusión de los pecados desplegados con la vestimenta de las mujeres, bailes lascivos y la permisividad que permitía que hombres y mujeres se agarraran de las manos.

     Lo cierto e indicado por Cartay fue que luego de la Guerra Federal en la ciudad se fueron creando espacios para el entretenimiento público, a partir de 1865. Se comenzaron a construir plazas bañadas por árboles, algunos jardines públicos y lugares para paseos. Con esto se puede constatar que la vida del caraqueño comenzó a diversificarse y la vida nocturna cobró vigor gracias a las lámparas de gas. Fueron acciones que muestran, tímidamente, la ampliación de un espacio público.

     En tiempos del mandato guzmancista la ciudad capital fue testigo de este ensanchamiento. En su narración, Cartay puso de relieve lo que un ministro guzmancista expresó acerca de las diversiones, a las que dividió entre bárbaras y civilizadas. Entre las primeras, José Muñoz Tébar, resaltó las que “salvajizan” a las personas, entre las que mencionó los toros coleados y las peleas de gallo. Las apropiadas serían el teatro que “civilizaba”. Sin embargo, el único teatro, inaugurado en 1854, era el Teatro de Caracas, al que se sumaría el Teatro Guzmán Blanco (hoy Teatro Municipal) abierto en 1881.

     Las diversiones de los sectores populares se reducían a las peleas de gallo, los toros coleados, los juegos de baraja y naipes y los encuentros en bodegas y pulperías donde sus asiduos visitantes se dedicaban a hablar de política, hablar de religión, hablar mal del prójimo y averiguar la vida ajena, según lo expresara Delfín Aguilera en 1908. Quizás, lo más importante de una aproximación a la historia de la ciudad por medio de la pulpería es que ofrece la oportunidad de visualizar cambios. Cambios que se fueron desplegando con el ensanchamiento del espacio público, aunque también permite apreciar la cotidianidad de un país cuando la ruralidad y sus inherencias fueron las dominantes.

La televisión en Venezuela dio el primer paso en 1950

La televisión en Venezuela dio el primer paso en 1950

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La televisión en Venezuela dio el primer paso en 1950

     La TV en nuestro país se inició con un programa científico, promovido por dos empresas de Estados Unidos, que transmitieron operaciones quirúrgicas desde el hospital de la Cruz Roja, en La Candelaria, hasta el Hotel Ávila de San Bernardino.

     Aunque la fecha oficial del estreno de la televisión en Venezuela, es el 22 de noviembre de 1952, día en que salió por primera vez brevemente al aire la señal de la Televisora Nacional Canal 5 TVN5, (apenas se pudo presentar en pantalla el logotipo de la estación, con el escudo de Venezuela y el audio del Himno Nacional, porque a los pocos minutos se presentó falla en uno de los transmisores), mucho antes se produjeron los primeros pasos en el país de este innovador medio de comunicación, cuyas primeras emisiones públicas en el mundo, tras su invención en 1925, por parte del escocés John Logie Baird, se produjeron a través de la BBC de Inglaterra, en 1927, y la NBC de Estados Unidos, en 1930.

Herramienta científica en Caracas

     Dos años, tres meses y cinco días antes que el dictador Marcos Pérez Jiménez asistiera al acto de apertura del Canal 5, que luego iniciaría transmisiones regulares a partir del 1 de enero de 1953, ya se realizaban serios ensayos para que iniciara actividades la televisión en Venezuela.

     A principios de 1950, Gonzalo Veloz Mancera, pionero de la industria radial en el país, funda la empresa Televisión Venezolana Televisa, pero no consigue que el gobierno nacional lo autorice a operar. Se acercaban las elecciones presidenciales y el gobierno quería emplear esta moderna plataforma para promover la candidatura del coronel Marcos Pérez Jiménez, afirma el periodista Oscar Yanes en su libro “Pura Pantalla” (Caracas: Planeta, 2000).

     A mediados de agosto de ese mismo año llegan a Caracas representantes de dos importantes empresas estadounidenses, Laboratorios Squibb y General Electric, que ya habían acordado con la Cruz Roja de Venezuela, para realizar en el Hospital Carlos J. Bello y en el Hotel Ávila, un atractivo programa que permitiría exhibir el alcance de este moderno medio de comunicación para divulgar de forma interesantes aspectos de la ciencia y la cultura.

     Los modernos y pesados equipos, cámaras y antenas fueron ubicados en el hospital de La Candelaria y el hotel de San Bernardino para el histórico evento que se celebró los días 17,18 y 19 de agosto de 1950.

     Junto al programa VIDEO-MÉDICO al que asistieron, en horario matutino, varios equipos de cirujanos y participaron desde el auditorio centenares de especialistas y estudiantes de las universidades del país, también se presentó, en tanda vespertina, una suerte de magazine musical animado por varios artistas, como las cantantes Alice Mikuski y la mexicana Susana Guizar.
La revista Construcción, en su edición de agosto de 1950, presentó un interesante reportaje, titulado “Las Transmisiones Científicas del VIDEO-MÉDICO”, en el que brinda detalles de lo que fue el primer paso de la televisión en nuestro país, el cual ofrecemos a continuación.

     “Por primera vez en Venezuela se han realizado demostraciones de televisión, denominadas VIDEO MÉDICO, para una concurrencia que observó esta exhibición en una zona que cubre más de cuatro kilómetros desde el punto de transmisión.

     En la presentación de esta fase histórica, de la ciencia electrónica a la profesión médica aquí en Caracas, E. R. Squibb & Sons Inter-American Corporation y la International General Electrics S. A. Inc., han utilizado más de 5.000 kilos de equipo científico-electrónico. Junto con ese material, que fue traído por avión desde los Estados Unidos de Norte América, hay un sistema de dos cámaras completas, y también equipo transmisor y receptor micro ondal.

     Durante la presentación de las operaciones quirúrgicas y procedimientos clínicos los días 17, 18 y 19 de agosto, una de las cámaras televisiónicas fue puesta en una posición fija sobre la mesa de operación, enfocando el punto exacto de la incisión. La segunda cámara, equipada con una lente telefotostático, se montó sobre un dóile movible. Con esta segunda cámara, el ingeniero o fotógrafo pudo moverse dentro de toda esta zona, enfocando a los varios comentaristas, rayos X, gráficos, el personal, etc., permitiendo de esta manera que la concurrencia estuviese completamente al corriente de todos los procedimientos utilizados para las operaciones.

     Las imágenes de cada cámara son relevadas por un cable a la cámara de control y al equipo monitorio, que está montado sobre una mesa en el mismo estudio.

     Realmente, hay tres partes que componen el equipo monitorio armado delante del ingeniero de control, y cada una contiene una pequeña pantalla parecida a la pantalla de un receptor televisiónico local. Una parte de este equipo enseña la imagen que la primera cámara está enfocando; una segunda parte del equipo monitorio enseña la imagen de la segunda cámara. De estas dos imágenes, el ingeniero selecciona la mejor, la que tiene más interés, y la releva por medio de un cambio del control a la concurrencia observadora.

     A medida que el switch es movido por el ingeniero, la imagen que está tomando la cámara se descompone en impulsos eléctricos, y por los vericuetos de la ciencia electrónica, es transmitida a la antena que se encuentra encima del Hospital Carlos J. Bello. Aquí, la señal es transmitida en línea a la antena receptora encima del Hotel Ávila, donde es transmitida a su vez por el equipo y cable a una serie de receptores televisiónicos locales. 

     Todo este proceso desde la cámara hasta el receptor local se lleva a cabo con una velocidad de luz de 186.000 millas por segundo.

     Con estas facilidades de superposición de imágenes y cambios incorporados a la cámara del equipo monitorio, el ingeniero no solo puede seleccionar imágenes de cualquier cámara, sino que también puede transmitir ambas imágenes sobreponiendo una encima de la otra. La superposición de imágenes permite una presentación dramática y aumenta el interés del observador.

     Al mismo tiempo que las imágenes, o video se transmiten, la voz del cirujano o narrador es transmitida por un equipo especial de audio. El video y sonido, son transmitidos conjuntamente a la concurrencia observadora, y de esta manera siempre se asegura la uniformidad y exactitud de ellos.

     Se han hecho planes para demostrar algunas otras aplicaciones de la televisión como medio educativo y cultural mientras que el equipo esté en Caracas.

     Representantes del Laboratorio Squibb y la International general Electric S. A. Inc. Expresaron su satisfacción por esta oportunidad de traer a Venezuela esta serie de demostraciones televisiónicas con finalidades educativas tanto en el campo médico como en el aspecto cultural. Al terminar la última actuación, el 19 de agosto, el equipo será desmontado, y transportado via aérea a México.

     VIDEO MÉDICO ya ha hecho con éxito demostraciones similares en Puerto rico, Brasil y Argentina, donde miembros eminentes de la profesión médica han proclamado el uso de la televisión como un sistema ideal de enseñanza para la educación de los jóvenes cirujanos”.

Orígenes del Caracas Country Club

Orígenes del Caracas Country Club

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Orígenes del Caracas Country Club

Del Golf Club de las Barrancas al Country de Blandin

Caracas Country Club, sede Blandin

     El “Caracas Golf Club”, como se llamó al principio el actual “Caracas Country Club”, fue fundado en 1918 por un selecto grupo de personas de la sociedad caraqueña, las cuales acogieron con entusiasmo la iniciativa de los señores William Phelps, Robert Wesselhoeft y A. Mustard, quienes habían ya ejecutado varios juegos de este sport entre nosotros. El sitio escogido entonces para tales ensayos fue la sabana de uno de nuestros burgos capitalinos, la cual por su amplitud servía por lo pronto de “links” a los fervorosos jugadores.

     La primera reunión celebrada con el objeto de fundar dicho Centro se efectuó en el local del actual Club Paraíso, presidiéndola el caballeroso general Alejandro Ibarra, de grata memoria.

     Ciento treinta y cuatro personas, entre damas y caballeros, suscribieron entonces el acta que se levantó en aquel día y en la que quedaba constancia de la fundación del Centro del que venimos hablando, quedando, desde luego, los suscribientes como miembros de él y comprometidos a aportar la suma de ciento cincuenta bolívares como cuota señalada a los fundadores.

     Durante sus primeros días de existencia, el club no contó, en verdad, mayores triunfos, y un poco de indolencia e incuria por parte de algunos de sus miembros, determinó cierto estado de crisis amenazadora para su desarrollo, el que fue, afortunadamente, contrarrestado de manera vigorosa por los esfuerzos de los señores Wesselhoeft, Phelps y Carlos Behrens.

     Estos caballeros asumieron su administración y a los auspicios de ella, el organismo que parecía pronto a desaparecer bajo la negligencia, se irguió de nuevo vigoroso, después de las vicisitudes que toda obra de esta índole trae consigo, en medio que, como el nuestro, no tiene la tesonera voluntad que requieren las cosas en formación, lograron los decididos y esforzados salvadores levantar el edificio.

     El entusiasmo renació. Enmarcado en el bellísimo panorama que lo circunda, y provisto de las comodidades requeridas, el edificio comenzó a bullir de júbilos cordiales; la juventud pobló los atractivos rincones de la casa del Club y llovieron proyectos a granel para celebrar las justas más esforzadas en aquel estadio aristocrático.

     La primera Junta Directiva fue constituida por los señores Andrés Ibarra, como Presidente; G. W. Murray, Vicepresidente; R. Wesselhoeft, Secretario, y W. Phelps, Tesorero. Como Vocales fueron nombrados los señores L. J. Proctor, A. Mustard y Luis Vaamonde Santana.

     Sucedió al señor Andrés Ybarra en la Presidencia el señor John Boulton, quien a su vez fue reemplazado en turno por el actual presidente, señor Robert Wesselhoeft.

     Fueron sus primeros campeones los señores R. Wesselhoeft, A. Mustard y C. W. Curtis; y luego el señor John Cambell White.

     Figuraron también en la mesa directiva con las funciones de Vicepresidente, Tesorero y Secretario, los señores Rafael Vaamonde, Carlos Behrens y J. S. Binnie, respectivamente; y como Vocales, J. Herrera Uslar, W. H. Phelps y L. Vaamonde Santana.

     El 15 de julio de 1923 se inauguró el edificio del Club  y fue servido un lunch seguido de baile. Luego se llevó a efecto un torneo al cual se le dio el nombre de “Inauguration Handicap”, cuyo premio consistió en una copa de plata. Salió vencedor en dicha justa el señor Guillermo Zuloaga, obteniendo el segundo puesto el señor Albert T. Phelps.

El Caracas Golf Club, fue la cuna de este deporte en Venezuela

     La construcción del edificio, que es de un sencillo pero elegante aspecto rústico, cónsono en todas sus partes con el deporte que practican los miembros del “Caracas Country Club”, le fue confiada al joven y talentoso ingeniero Alejandro Jahn Jr., quien con el entusiasmo de su juventud y la cultura de su claro talento, hizo un edificio cuya belleza salta a la vista, y en donde se advierte la perfecta seguridad de quien tiene una precisión absoluta de lo que ejecuta.

     Y no puede ni debe ser de otra manera, pues el ingeniero Jahn Jr., que fue en las aulas universitarias y especialmente en arquitectura, un afortunado cultivador de la belleza, se trasladó a Francia y Alemania, en cuyos centros siguió cursos bajo la dirección de los más conocidos profesores. 

     Cordialmente nos congratulamos con el doctor Jahn Jr. por este nuevo éxito de su carrera profesional.

     La fecha de origen del juego de Golf, según la enciclopedia británica, es muy dudosa, pero se cree sea de origen holandés; tampoco hay ninguna seguridad de la fecha en que fue introducido en Escocia; pero lo que sí es cierto es,  que en el 1457 ya el juego se había hecho tan popular, que el Parlamento, en vista de que tal “sport” era una rémora para la vida económica del país, dictó medidas limitando las horas de juego, medidas que fueron ampliadas y aplicadas con mayor severidad en el año 1471, hasta que, finalmente, en 1491 el rey Jaime IV de Escocia lanzó un real decreto prohibiendo  dicho “sport”, amenazando con severas penas a los infractores. 

El primer campo de golf que existió en Venezuela fue el del Caracas Golf Club, en 1918

     Más o menos un siglo después este juego reaparece en los anales de la historia de Escocia, haciéndose otra vez tan popular que, en el año 1592, de nuevo el Parlamento tiene que intervenir y reglamentar las horas de jugada.

     Un año más tarde el decreto fue modificado, suspendiendo dicho juego solamente durante las horas de sermones.

     Por estos datos vemos que, aunque el Golf es de origen holandés, donde adquirió mayor popularidad fue en Escocia; a tal punto que en la historia de dicho país es conocido por el nombre de “The Royal and ancient game of Golf”. Mary Stuart fue jugadora de Golf.

     No tardaron muchos años sin que Inglaterra se contagiara con el entusiasmo del Golf, luego el frenesí pasó al continente de Europa, más tarde a Norte América y luego a la América del Sur; y a juzgar por el actual entusiasmo que existe en Caracas para este sport, vemos que aquí también se hará tan popular como en los otros países del mundo.

Fiesta inaugural del Caracas Golf Club, 1918
Fuente: Revista Gente Nuestra. Caracas, número 5, septiembre de 1954; Págs. 10-12

La Quinta Anauco

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La Quinta Anauco

Casa de Los Erasos

La Quinta Anauco fue donada al Estado venezolano en 1958

     La Quinta de Anauco sirve hoy de espacio físico para el Museo de Arte Colonial de Caracas, exhibe objetos y artículos de la época colonial.

     El Museo de Arte Colonial, institución que cobija una de las colecciones de arte colonial más valiosa y mejor conservada de Venezuela, fue fundado el 16 de diciembre de 1942, por Alfredo Machado Hernández, en la casa de la esquina de Llaguno. Luego de que el edificio fuera demolido en 1953, el museo cerró por espacio de ocho años, hasta que, en 1961, fue trasladado a la Quinta Anauco, donde aún funciona. En 1958, fue donada por la familia Eraso al Estado venezolano.

     Fue concebida como una casa de campo, de una planta, con varios niveles y pasillo exterior, con más de 700 metros de construcción, con dos patios internos y las habitaciones en hileras, las cuales se comunican interiormente.

     En 1827, se hospedó en ella el Libertador Simón Bolívar entre el 2 y el 6 de julio, fecha en que partió rumbo a Colombia para no regresar jamás a la Patria.

     Antes de que la casa pasara a manos del Estado venezolano, la revista Gente Nuestra realizó una visita a la familia Eraso, propietaria entonces de la hermosa casa colonial y, en su edición del mes de diciembre de 1954, publicó un reportaje en el que “recorre los corredores y jardines de la casona, vieja de siglos, remanso de paz sosiego y belleza que parece imposible de lograrse apenas a unos minutos del agitado centro de Caracas.

     Gracias a la gentileza de doña Dolores Aguerrevere de Eraso y de Cecilia Eraso de Ceballos Botín, que habitan hoy la casona de Anauco, propiedad de la familia Eraso hace más de cien años, podemos invitar a los lectores de la revista Gente Nuestra a compartir con nosotros el placer de conocer parte de la historia de esta emblemática casa caraqueña.

     Comprendemos muy bien a Cecilia Eraso cuando nos dice: ‘Salimos muy poco, casi no vamos nunca a Caracas’. Esta deliciosa casa colonial, con sus corredores y ventanas de otra época, sus amplios jardines llenos de frondosos árboles, invitan verdaderamente a no abandonarla nunca, como han hecho los Eraso a través de los años, en los cuales Anauco ha representado el lazo de unión de la familia.

     Anauco, ligado íntimamente a la historia de nuestra ciudad, evoca con su nombre reminiscencias de varios siglos de vida caraqueña. Primero el río Anauco, que cuando la fundación de Caracas corría limpio y caudaloso a través del fértil valle, marcando el lindero Este de la ciudad. Luego en la Colonia fue la casa de Anauco plaza fuerte, con su garita orientada a la montaña para prevenir el peligro de posibles atacantes que bajaban por ella, generalmente piratas que asaltaban nuestras costas.

     Más tarde, en el estilizado siglo dieciocho, morada de la aristocracia criolla, personificada en el Marqués del Toro. Y surge entonces la figura leyendaria de la linda Marquesa, la cual en recuerdo y fidelidad a un gran amor, divino o humano, manifiesta a Don Francisco, en el día de sus bodas, su inquebrantable decisión de ser su esposa tan sólo en nombre. Y se hace construir sus habitaciones en la parte alta de la casa, y allí vive recluida, bajando únicamente dos o tres veces al año, para atender dignamente al señor Obispo, cuando viene a celebrar festividades religiosas en el Oratorio de la casa, mientras Don Francisco se consuela dando alegres y elegantes recepciones en sus amplios salones, alumbrados con las bellísimas arañas de cristal y plata, que había encargado su padre al virreinato de Méjico, y habían llegado poco antes de su boda.

     Y cuando el vendaval de la Independencia estremeció hasta sus cimientos el andamiaje de la vida colonial, el Marqués del Toro, siguiendo a su amigo Simón Bolívar, cuyos ideales compartía, corrió a ponerse al frente de su batallón de las Milicias de Aragua.

     Y luego, en la agitada época que siguió, y en sus breves visitas a su ciudad natal, el libertador visitaba Anauco con frecuencia, saboreando como goce raro para él, el ambiente reposado y apacible de la casona. Y en su última visita, el año 27, decepcionado y triste, pudo decir a su amigo de siempre: “Dos cosas no han cambiado en Caracas, Marqués, Ud. y el Ávila”.

     Después de la muerte del Marqués de Toro, Anauco decayó, empobrecido por las guerras civiles. A mediados del siglo diecinueve fue ocupado por un Ministro inglés, míster Boggan, que fue comprando poco a poco todos los bellísimos muebles. Se llevó a Londres todas las maravillosas arañas de cristal y plata encargadas con todo detalle al virreinato de Méjico, las que quizá alumbraron en un baile la belleza de las Aristeiguieta, en las postrimerías del siglo XVIII caraqueño, y la cama señorial de enormes pilares de plata bruñidos, provenientes también de las minas de Taxco, que cobijara los insomnios del Marqués en las peligrosas noches que precedieron la revolución de la Independencia.

La Quinta de Anauco es en un portal a la Caracas colonial de indudable valor histórico y cultural

     Mr. Boggan estaba animado de un espíritu destructivo. Las flores y los árboles de los jardines de Anauco no podía llevárselos a su país, pero se entretenía en cortar los troncos de los árboles de canela que rodeaban la casa para alimentar el fuego con que asaba los pollos que llevaban a su mesa, a los que la perfumada corteza tropical daba sabor exquisito.

     Se cuenta también de él que era poco hospitalario. Cuando llegaba a la casa un visitante del que deseaba deshacerse pronto, le preguntaba con toda cortesía: ¿Quiere usted fumar, amigo? Y ante la respuesta afirmativa del incauto, llamaba en voz alta: Muchacho Tabaco y Candela e inmediatamente se presentaban amenazadores tres enormes mastines que atendían a estos originales nombres, haciendo marchar al visitante más que de prisa.

     Do Domingo Eraso, atraído por la belleza del histórico sitio, adquirió Anauco en los alrededores de 1860, y lo restauró completamente. Gran parte de los árboles que hoy dan sombra a los jardines, fueron plantados por él en esa época. Don Domingo pasaba seis meses del año en su finca de Anauco, y los otros seis en Europa, especialmente en Inglaterra, donde educaba a sus hijos.

     A fines del siglo pasado en los primeros años del novecientos, Anauco se convirtió en el “salón” de la sociedad de la época, cuando vivían en él Luis Eraso, hijo de Don Domingo y su señora Helena Bunch, hija de un diplomático inglés acreditado en Caracas. Helena transformó los alrededores de la casa en bellísimos jardines, creados por jardineros profesionales. Hizo construir una cancha de tennis, y fue en Anauco donde se jugó tennis por primera vez en Venezuela. Se reunía allí, unas veces a jugar tennis, y otras a tomar té (dos enormes novedades para el momento), la juventud caraqueña de entonces, que también aprovechaba la oportunidad para enredar noviazgos, muchos de los cuales se convirtieron en matrimonios felices.
Allí iban Amelia, Mercedes, Josefina y Panchita Eraso Larráin, Isabel Sturupp, Berta Braun, Guadalupe y Carmelita López de Ceballos, Aquiles Pecchio, Lorenzo Marturet Rivas, Miguel Castillo Rivas, Bartolomé y Juan Antonio López de Ceballos, los Yánez, Totón Olavarría y sus hermanas Mimita y Lucía, Roberto Todd, Antonio Martínez Sánchez, entonces edecán del General Crespo, Eduardo Eraso, Bernardino, José Antonio, Carlos Vicente y Alfredo Mosquera y para dar el acento inglés, Mister Wallis, Mister Cherry y otros.

     Mister Cherry vivió más de cincuenta años en Venezuela y llegó a ser una institución que representaba al ferrocarril inglés.
En momentos en que la compañía que había contratado el ferrocarril para el Tuy quebró, Mister Cherry, que había venido como administrador o contable, y no tenía nada de ingeniero, decidió comprarlo e instalar el ferrocarril por su cuenta. Esta decisión fue la responsable del modo sui-géneris y pintoresco como se condujo el ferrocarril inglés entre nosotros, que al decir de los contemporáneos, cuando el tren se atascaba en medio del camino, bajaban los funcionarios a la vía y ordenaban drásticamente: “los de segunda a empujar”. Y también decían los chiquillos, cuando la máquina llegaba cansada y dando resoplidos a la estación pueblerina, imitando el ruido de la locomotora: “Poco a poco, Mister Cherry, que se acaban los carbones”.
En esa época hizo Joaquín Crespo un Hipódromo en Sabana Grande. Era una sola recta, y allí llegaban los elegantes coches. Luis y Elena Eraso causaban sensación cuando aparecían montados en briosos caballos, ella trajeada de amazona, y recorrían la pista después de las carreras.

     Otro de los asistentes era el conde italiano Mestiati, que había venido a parar a Venezuela gracias a una historia tragicómica, casi de opereta. Parece que el conde, hombre simpático, alto y pelirrojo, primo del Rey de Italia o casi, le gustaba el vino, las mujeres y las cartas un poquito más de lo que le era permitido a un oficial del Ejército. Y su familia, para evitar mayores males, decidió casarlo. Le escogió novia entre la aristocracia italiana y fijó la fecha de la boda. Los amigos el conde quisieron darle una inolvidable despedida de soltero la noche antes, ya que después iba a entrar al buen camino. Y la despedida fue tan completa, los regocijos fueron tales, que en vez de una noche duró dos días, uno de los cuales era el de su boda. Y cuando se presentó a su casa, su padre desesperado por el escándalo dado y el desaire infligido a la novia, que pertenecía a la más alta aristocracia, todo lo cual había acabado con su carrera, lo puso a escoger entre pegarse un tiro o irse a América, y él optó por lo último. Años después. Ya viejo, vivía en una hacienda por Los Chorros, convertido en una figura leyendaria y popular, con sus ojos azules y una gran barba blanca que le llegaba al pecho. Y entre los temporadistas de Los Chorros (cuando se temperaba allí) era un programa hacer una excursión a “Mestiati”, como llamaban a la pequeña hacienda enclavada en una loma.

     Otro era Míster Middleton, que fue Ministro inglés en Caracas, y le gustó tanto esta tierra que cuando le llegó su jubilación, resolvió quedarse a vivir aquí. Todas las tardes salía vestido de levita gris, a pasear por los barrios pobres, donde conversaba con las gentes y se enteraba de sus necesidades. Cuando veían que en una casa faltaba verdaderamente algo, al día siguiente enviaba dinero o víveres, y muchas veces, cuando ya conocía a la familia, metía por la ventana los billetes y seguía su paseo. Ya la gente sabía que eso era ‘cosas del inglés’.

     Pero volvamos a Anauco. Años después lo habitó Don Guillermo Eraso, hijo también de Don Domingo, y a su muerte, su hermano Don Enrique y su familia lo vivieron por mucho tiempo.

     Don Enrique Eraso, prototipo del terrateniente criollo, dio un gran impulso a nuestra agricultura, ocupándose personalmente de sus haciendas en el valle de Caracas y en los valles del Tuy. Sus hijos fundaron hogares que son ornato de nuestra sociedad. Hoy viven en Anauco, bajo recuerdos centenarios, depositarias de la mejor tradición caraqueña, Doña Dolores Aguerrevere, viuda de Don Enrique Eraso, y su hija Doña Cecilia Eraso, viuda de Ceballos, con su hijo Pablo Ceballos Botín Eraso, a quienes repetimos las gracias por su amabilidad y gentileza al habernos permitido presentar este reportaje.

     La Quinta de Anauco es en un portal a la Caracas colonial de indudable valor histórico y cultural”.

Biografía del Club Paraíso

Biografía del Club Paraíso

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Biografía del Club Paraíso

De la Quinta Monte Elena, del barrio El Paraíso a los Samanes-Las crónicas sociales de antes de las dos guerras-Cuando los automóviles “hacían ruido”

El club Paraíso fue fundado en 1908 por el general Alejandro Ibarra, pariente cercano del edecán del Libertador, Diego Ibarra

     El Club Paraíso, fundado en 1908, es el más antiguo de los Clubs caraqueños, ya que el que le sigue, el Venezuela, sólo data de 1910.

     Fue fundado por el general Alejandro Ibarra, pariente cercano del Edecán más querido del Libertador, Diego Ibarra. Tuvo por objeto agrupar y proporcionar sitio de reunión y esparcimiento a la gente de la época en un sitio tranquilo, bello y elegante, como lo era el naciente barrio (no se decía “urbanización”) de El Paraíso. Su primera sede fue una pequeña casa, al lado de la quinta Monte Elena, residencia de la familia Ibarra, con una linda y espaciosa terraza que daba a la Plaza de la República. Al principio la avenida era de tierra, sombreada de grandes árboles, y por allí pasaba, cada media hora un tranvía tirado por dos caballos y conducido por Norberto, teniendo por colector a Fuentes. Tanto Norberto como Fuentes eran personajes muy útiles para todas las dueñas de casa de El Paraíso que pedían por teléfono a “La Mejor” y casa de Vicente Turco lo que necesitaban para su mesa y desde allá les avisaban que su pedido les iba por el tranvía de tal hora, y entonces los muchachos de la casa (Los Álamo, los Ybarra, los Zuloaga) iban a recibirlo.
En retorno de tal servicio, también ellos ayudaban a Norberto, cuando el tranvía se salía de sus rieles o los caballos se les resbalaban.

     Los domingos en la tarde y en las tempranas horas de la noche, se reunían grupos, a veces formados por el general Ibarra, Don Juan Casanova, Don Pedro Paúl y los doctores Ángel Álamo Herrera. Elías Rodríguez, Nicomédes Zuloaga, Emilio Ochoa, José Gil Fortoul… a comentar tópicos políticos y sociales.

     Se hablaba de las bravatas del Kaiser Guillermo II, de la presencia de la cañonera “Panther” en aguas de Agadir, de la visita del Zar Nicolás a Inglaterra, de la semana trágica de Barcelona, del asesinato de la Reina Draga y del rey Milano de Serbia, de las crónicas que escribía la reina rumana que firmaba Carmen Sylvia, de las tandas de Leicibabaza en el teatro Caracas, y de las óperas de Antón en el Municipal.

     El grupo juvenil de entonces estaba formado por unas muchachas muy lindas, de las cuales recordamos a Leonor Ibarra, las Guevarita, María Teresa y Mercedes, que llamaban las “Pichú”, Lola Méndez, Sofía Valentiner, Elisa Paúl, Albertina Lugo, Isabelina Álamo, Ana Teresa Ybarra, Josefina Casanova, Isabel y Mercedes Palacios, Belén Borges Uztáriz, Mercedes y Corina Tello, Emilia Núñez, Auristela Herrera, Carolina Herrera Uslar, María Velutini, y por los jóvenes: Alejandrito Ybarra, Luis Felipe Guevara, Oscar y Nicomédes Zuloaga, Henrique Tejera (que entonces no tenía chiva), Gustavito Sanabria, Robertico Ybarra, los Vollmer, Federico, Alfredo. Albert y Leopoldo, que jugaban mucho tenis, lo mismo que Ángel y Vicente Álamo Ybarra, los Castro Cárdenas, los Guzmán, Bernardo, Roberto y Diego, los Olavarría, José Antonio y Luis, Manuel Rodríguez Llamozas… Era campeón de tenis el diplomático mejicano Guzmán, entonces Secretario de Embajada y después Ministro de su país entre nosotros. Años después se casó con una muchacha venezolana, Elena Jiménez.

     Todo el mundo salía a pasear los domingos por la tarde en coche descubierto tirado por briosas parejas americanas, y desfilaban delante de la terraza del Club Paraíso. Muchos se apeaban allí y entraban las señoras recogiéndose la cola del traje, y luciendo sus boas de plumas necesarias para defenderse del relente al caer de la tarde.

     Más tarde comenzaron a desfilar por la avenida los primeros automóviles, artefactos ruidosos y peligrosos (cosa que siguen siendo), que no tenían la elegancia de los coches.

     Diez y seis años estuvo el Club Paraíso en la Terraza frente a la Plaza de la República. Y llegó el momento que tuvo que pensar en ocupar un local que le permitiera desarrollar mejor sus actividades, que habían cambiado y aumentado con el transcurso de los años.

     Escogió para su nueva sede el bellísimo parque de Los Samanes, propiedad de la familia Zuloaga, recordado con cariño por toda la chiquillería de la época que iba todas las mañanas allí.

     El edificio fue proyectado y construido por el recordado arquitecto Ricardo Razetti y fue inaugurado en los primeros días de enero de 1924, bajo la Presidencia de José Antonio Olavarría Matos, con un suntuoso baile, el que, según los cronistas, “constituyó el máximo acontecimiento social de estos últimos años”.

     Bajo la presidencia de “Totón” Olavarria, la segunda, pues ya la había ejercido anteriormente, el Club conoció una de sus mejores épocas. Música todas las tardes de los domingos después de las carreras, cuando bailaban las “pollas” y “pollos” de las “cuerditas de Reducto y Socarrás”. Bailes para conmemorar todos los eventos sociales de importancia, entre los que descuella el celebrado en honor de Lindbergh cuando el Águila Solitaria visitó Venezuela y llegó retrasado a Caracas por haber perdido el rumbo, mirando interesado las montañas y llanos de nuestro país. Fue también una época dorada para el tenis cuando los campeones eran Chicharra Machado, el gordo Ibarra, Guillermo Zuloaga.

     Vamos a insertar una pequeña crónica deportiva, reseñando uno de los eventos:

Copa Henríquez

     Invitado galantemente por la Junta Directiva del Club Paraíso a los matchs de tenis entre este importante Centro de Sport Club de Curazao, me encaminé el domingo en la tarde a presenciar el primer juego del Campeonato, un single entre Dick Capriles y Guillermo Zuloaga.

     A las 4 p.m., hora señalada para la iniciación del match, había alrededor del court un numeroso grupo de la más selecta sociedad caraqueña. A una señal dada por el juez E. Peñaloza, Guillermo da comienzo a la lucha esgrimiendo su raqueta, pálido el rostro, firme en la diestra su arma inofensiva, y satisfecho por haber sido elegido para iniciar el torneo.

     Desde el comienzo note que Dick estaba muy nervioso, y que sus formidables drives iban a incrustarse en las alambradas que cercan el court. A medida que avanzó el juego aumentó el predominio de Zuloaga, y tanto fue el desconcierto de Capriles que llegó al extremo de dar dos doubles en un mismo game.
Sin embargo, el servicio de Capriles es inmejorable y el score final, 6-1, 6-4, 6-2, no revela con exactitud la calidad y destreza de los competidores, aunque a decir verdad, Zuloaga tuvo el domingo una de sus mejores actuaciones.

 

Segundo single

     Deseoso de saber si era fácil cortarle un pelito a mi “gordo” (pueda de que Eloy me conceda otro) llegué al Paraíso cuando ya el segundo single había comenzado. Carlos Ibara y Donald Capriles luchaban muy desigualmente, a pesar de que éste tiene una defensa formidable, pero su servicio es muy deficiente, suave y sin seguridad.

     En Carlitos todo va en razón directa con su volumen: servicio desconcertante, drives imparables, maestro en el “cortado” y en las “colocaciones” incontestables, serenidad absoluta, y el buen gusto de aplaudir risueñamente con la raqueta al brazo las acertadas jugadas de su contendor. El score 6-1, 6-2, 6-4, prueba que Donald mejoró mucho, sobre todo en el último set, en el que, con bastante habilidad, pudo contrarrestar el ataque tenaz y continuado de Ybarra y colocarle varias pelotas con gran estilo.

     Al entregar estas notas al linotipista (el Carnaval lo perturba todo) no he sabido el resultado del doublé, pero según lo dicho por los singles, el triunfo será, sin duda, favorable a nuestros sportmen.

     El Club estuvo en el local de los Samanes hasta los primeros años de la década del 30, cuando se trasladó al moderno local que hoy ocupa, construido especialmente, y donde ha seguido manteniendo su categoría de club social. Tradicionales son, en Caracas, el gran baile de Año Nuevo y el baile de Carnaval del Club Paraíso, por la animación, belleza y señorío que los caracterizan, como también la Fiesta de reyes, el 6 de enero, para los niños.

     El club cuenta hoy con una magnífica piscina, canchas de tenis y de bowling, también salones de masaje, de gimnasia y baños de vapor atendidos por una experta. Se celebran quincenalmente juegos de canasta, bridge, rummy y panquinge, torneos internos de tenis, natación y bowling, y hay música varias veces por mes. También se celebran en sus salones actos como banquetes, tés y bailes benéficos, exposiciones, certámenes, cocktails diplomáticos y oficiales, etc. Tal vez dentro de unos años, cuando se quiera saber la trayectoria social de Caracas, habrá que recurrir a los archivos del Club Paraíso.

     Y como es un club con suerte, siempre está lleno de muchachas bonitas, como Leonor Vallenilla, Bibpi Miranda Benedetti, Morella Álamo, Evelyn Branger, Consuelito y Alicia Azpúrua, Ismenioa y Lía Márquez, Luisa Guardia Machado, Jennie Sucre, Hilda y Sonia Santaella, Beatríz DEerlón Baidó, Antonieta y Mariucha Pérez Quequeta Lauría, Marinpes y Aura Lesseur, Lucía Cristina Gómez, Cocó y Chichita Benedetti, Belén Guzmán, Ileana Camejo Arreaza, Luisa Elena Valery,inpes Margarita y María de los Ángeles Osío, Mercedes Aguilera, Mariela Mellior Díaz, Cecilia de La Cova.

 

Fuente: Revista Gente Nuestra. Caracas, número 4, agosto de 1954; Págs. 9-11

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