La conspiración Savelli Maldonado

La conspiración Savelli Maldonado

Relato fiel de una aventura que comenzó en el “Kilómetro 133” (estado Guárico) y terminó en “Villa Augusta” (Caracas). El general José María Castro León títere del perejimenizmo. Rafael Leonidas Trujillo “el gran acusado”. Un hermano de Carlos Savelli Maldonado, Emiliano, fue un conocido piloto de Viasa que falleció trágicamente en el accidente aéreo de Grano de Oro, en Maracaibo, en 1969.

Carlos Maldonado Savelli conspiró contra el gobierno del Rómulo Betancourt. Estuvo al frente de diversos actos de terrorismo a comienzos de la década de 1960.

Carlos Maldonado Savelli conspiró contra el gobierno del Rómulo Betancourt. Estuvo al frente de diversos actos de terrorismo a comienzos de la década de 1960.

     Agazapado en el fondo de un closet que iba a resultar su último refugio, el impetuoso Carlos Savelli Maldonado (1929-2021), tuvo escasos minutos para reflexionar. Allí, acosado por sus pensamientos, debió revivir los momentos culminantes de su cruel aventura, mientras en sus oídos retumba el eco de los últimos disparos. Con cada ruido acechado, con cada pisada, debió escuchar el latido isócrono de su corazón apresurado. Y en espera de la mano férrea del policía que se le echaría dentro de poco encima para arrancarlo del fondo de su improvisado escondite, vería desfilar por su mente afiebrada las imágenes de escarnio y espanto que se propusiera con la realización de su tenebroso plan. Dos ojos, cuatro, mil, diez mil pares de ojos les estarían entonces mirando fijamente. Brazos, cabezas rotas, despojos sangrantes de inocentes víctimas de su furia implacable, se revelarían en las sombras de la oquedad donde creyó encontrar ilusorio refugio.

     La pequeña historia suya tuvo como todas, un comienzo.

     Hijo de una familia caraqueña, ex-alumno de una Academia Militar, creyó encontrar cauce al fuego que le anima en el estudio de una disciplina universitaria; terrateniente, reaccionario, ambicioso, su espíritu conformado por una ideología de tipo corte anárquico y fascistoide, entró en rebelión con el ascenso al poder de las fuerzas democráticas y vino a hacer crisis con el anuncio de una reforma agraria profunda, capaz de desquiciar a su clase rezagada y feudal, de su fundamento económico. Escribió uno, dos, tres y hasta diez artículos contra el propósito que comenzara a alentar en los grupos progresistas del país. Y decidió pasar a la acción desde el parapeto de la Cámara Agrícola donde encontró tribuna, recursos y respaldo para poner en marcha sus intentos de sabotaje. Utilizó el arma de la demagogia y sembró la discordia en algunos sectores campesinos.

Se alza el telón: Jaramillo hace resistencia armada

     En el Kilómetro 133, donde se cruzan los caminos del estado Guárico y Anzoátegui, se levantó el telón que iba a revelar a las autoridades la magnitud del peligro que se había cuidadosamente incubado. Rafael Jaramillo, mayordomo de hacienda, al frente de una turba ebria de alcohol, hizo frente a una comisión de la Digepol. Incendió el vehículo en que se transportaba y puso en fuga a los agentes, internándose de inmediato él mismo en la intrincada y vecina selva de Tamanaco.

     Con las noticias de la descabellada acción de Jaramillo vinieron a la prensa los primeros informes sobre éste. Varias cartas suyas provenientes de los archivos oficiales pusieron de relieve que se trataba de un simple soplón de la dictadura perezjimenista. El prófugo, con la complicidad de sus amigotes, pudo evadir la acción combinada de la Guardia Nacional y de la policía que activó su búsqueda desde el mes de septiembre del año pasado.

Quinta “Villa Augusta”, en Los Palos Grandes, donde fue capturado, tras intenso tiroteo, Carlos Savelli Maldonado en compañía de Rafael María Zambrano, Raúl Zambrano Muratti, Fernando Luis Muro, Pedro Mendoza Gámez y José Coello, entre otros terroristas.

Quinta “Villa Augusta”, en Los Palos Grandes, donde fue capturado, tras intenso tiroteo, Carlos Savelli Maldonado en compañía de Rafael María Zambrano, Raúl Zambrano Muratti, Fernando Luis Muro, Pedro Mendoza Gámez y José Coello, entre otros terroristas.

Terrorismo en Caracas

     Octubre trajo a Caracas una novedad en los métodos golpistas: el terrorismo. En diversos sitios de la ciudad estallaron numerosos petardos y la alarma cundió prontamente.

     La activa acción policial, animada por el apoyo popular, iba a dar prontamente con los autores intelectuales de la conspiración que se fraguaba. Fue entonces cuando cayó por primera vez Carlos Savelli Maldonado, quien, al sobornar a un agente encargado de custodiarlo en el retén de la “Casa Gris”, llenó de titulares y por primera vez las planas rojas de los periódicos. A su fuga siguió un espectacular asalto y robo de los archivos de la Cámara Agrícola, trinchera de lucha de Savelli.

     Con exilio dorado para algunos cuantos instigadores intelectuales, la autoridad creyó resuelto el dilema. Pero he aquí que, una nueva y audaz acción del golpismo iba nuevamente a despertar a la policía de un presunto nirvana: en noviembre el general (r) Néstor Prato, exgobernador del Zulia y enjuiciado entonces por la Asamblea Legislativa de aquella entidad, escapó de la Cárcel Pública de Maracaibo en connivencia con agentes exteriores. Volvió a reinar el desconcierto y las fuerzas populares comenzaron por señalar ineficacia en las autoridades policiales.

Castro León se mueve como un péndulo

     Fue para entonces cuando el general (r) Jesús María Castro León se decidió a dar un nuevo rugido escribiendo su insolente carta al presidente de la República, que concluía invitando a sus compañeros de armas a seguirle en sus planes aventureros. Un consejo de guerra le expulsó del Ejército, pero Castro León ya había decidido jugarse su carta.

     Dos aviadores cubanos mercenarios sobrevolaron Curazao y arrojaron panfletos con la carta de Castro León. La trama estaba inspirada y convenientemente pagada por el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. Holanda, en evidente gesto hostil, no retuvo a los aviadores y uno de estos viajó a Santo Domingo. El otro se fue a Miami.

     Desde entonces el eje Miami–Santo Domingo–Nueva York se puso al descubierto. Castro León, tras entrevistarse en Europa con Vallenilla Lanz y Pedro Estrada, viajó a los Estados Unidos con el fin de radicarse allí. En Miami se entrevistó por dos ocasiones con Pérez Jiménez y en Nueva York se estableció la cabeza intelectual de la gran conspiración, un fondo común, cercano al millón de dólares estaba puesto a la disposición de ella.

     A comienzos de diciembre otra espectacular noticia iba a conmover a los venezolanos: un grupo de siete militares venezolanos exilados, a cuya cabeza se hallaba el exministro de guerra del dictador, Oscar Mazzei Carta, fue atrapado infraganti por la policía mexicana, momentos en que se disponía a tomar un barco rumbo a Venezuela.

El coronel y conspirador Rafael María Zambrano, propietario de la quinta “Villa Augusta”, comenzó su carrera militar en tiempos de Juan Vicente Gómez.

El coronel y conspirador Rafael María Zambrano, propietario de la quinta “Villa Augusta”, comenzó su carrera militar en tiempos de Juan Vicente Gómez.

El drama de la “Villa Augusta”

     Concluían los festejos tradicionales para recibir el nuevo año, cuando hizo su reaparición el fantasma del terrorismo. Petardos de relativo poder explosivo estallaron nuevamente en todo el ámbito de la ciudad. Todos ellos parecían colados con un propósito definido: crear alarma a fin de provocar el natural ablandamiento de la población civil. Las fuerzas populares respondieron inmediatamente poniendose en pie de guerra: los partidos y la prensa pidieron enérgica acción al gobierno. Los organismos económicos y de la producción reiteraron su apoyo al gobierno y una noticia feliz vino a poner una nota de optimismo en el agitado panorama: Rafael Enrique Jaramillo finalmente había caído en poder de la policía.

     Los diarios anunciaron que el prófugo había cantado como un canario y ello pareció desesperar a los terroristas que pasaron entonces a realizar acciones de mayor alcance y riesgo. Allí parece que estribó un gran error. Una bomba de especial poder explosivo reventó la tubería mayor que surte a la urbanización Las Mercedes. Otra estalló en una estación eléctrica de Bello Monte. Cargas explosivas estallaron sucesivamente en las casas de habitación del diputado Luis Miquilena y el senador Alberto Ravell.

     Pero ya para entonces las pesquisas habían dado con la “Villa Augusta”, en Los Palos Grandes, suerte de fortaleza de dos pisos, de estilo antiguo y aparentemente dotada de instalaciones especiales para su defensa. Allí, tras un intenso tiroteo donde iba a caer abaleado el funcionario de la Digepol, Héctor Rivero, sería finalmente capturado Carlos Savelli Maldonado en compañía de Rafael María Zambrano, dueño de la residencia, su hijo Raúl Zambrano Muratti, Fernando Luis Muro, Pedro Mendoza Gámez y José Coello. Otros complicados habían sido apresados anteriormente: dos españoles, Manuel Malaguer y Domingo Vásquez, Pedro Aponte, César Augusto Lorenzo, Ramón Antonio Pérez Muñoz, Flor Pérez Muñoz, José del Carmen Crávez, Juan Pares, Nicomedes Febres Moretti, Jesús María Cardona, Carlos Bianchi Ferrero, Otto Pereda Pernía y Manuel Antonio Bogan. La Embajada de Nicaragua dio asilo a un prófugo: Luis Rivodó, mientras otro detenido José Eloy Durán conduciría a pistas seguras.

¿Cuántos han conspirado en la “Augusta”?

     La “Villa Augusta” donde Savelli y sus compinches soñaron encontrar perfecto refugio, tiene una larga historia de conspiraciones. Rafael María Zambrano, su propietario, capataz de presos en las carreteras de Gómez y llamado por sus íntimos el “Coronel”, vio acrecentar con largueza sus bienes económicos al amparo de la dictadura perezjimenista. En su casa se reunieron para fraguar acechanzas contra el régimen entre los años 1945 y 1948, Julio César Vargas, Rafael Simón Urbina, Carlos Pulido Barreto y otros personajes. Allí retumbo con odio el nombre del coronel Carlos Delgado Chalbaud y no f alta quien afirme que en sus pasillos se realizó la conjura del asesinato contra éste.

     La policía ocupó en “Villa Augusta” valiosa documentación. Cartas de Pérez Jiménez para Zambrano desde Miami, ofreciéndole consejos y señalándole la ruta a seguir para coronar con éxito la aventura golpista: “Al principio, no pongan partidarios míos en el nuevo Gobierno”, le escribía Tarugo.

Héctor Rivero, funcionario de la Dirección General de Policía (Digepol), muerto a balazos por los conspiradores en Villa Augusta.

Héctor Rivero, funcionario de la Dirección General de Policía (Digepol), muerto a balazos por los conspiradores en Villa Augusta.

Savelli llevaba un “Diario”

     Pero otros documentos fueron a dar a manos de las autoridades: Un “diario” valiosísimo y minucioso de Carlos Savelli Maldonado iba a poner al descubierto todos los detalles de la conspiración. Su sola lectura debió llenar de estupor a los generalmente fríos técnicos de la policía.

     Los planes comprendían atentados contra dirigentes del Gobierno; contra periódicos, muerte violenta a numerosos periodistas, contra estaciones de radio, instalaciones industriales y puntos vitales de la ciudad, como las vías principales de acceso a la capital, el Túnel de la Avenida Bolívar, los puentes de la autopista Caracas-La Guaira; bloqueo y masacre de estudiantes en la Universidad Central, actos de sabotaje y terror. Los dirigentes de los partidos y sindicatos, de la industria, comercio y actividades agrícolas que han respaldado al gobierno serían llevados al Velódromo de “La Vega”, donde serían rápidamente asesinados.

 

Con las flores, la dinamita

     Simultáneo con la caída de Savelli Maldonado, la policía ocupó una fábrica de bombas en la última calle de la urbanización Bello Monte, paralela con la autopista del Este. Allí cayó el fabricante Asdrúbal Araujo, ex-sargento técnico, y se reveló entonces que Luis Nouel, dueño de la floristería “Bello Monte” – espía dominicano, introducido al país por Trujillo – se encargaba de distribuir los explosivos de dinamita en vehículos del establecimiento y convenientemente escondidos, bajo los ramos de flores.

     La prensa señaló por su parte que un grupo de militares, entre ellos el Capitán de Navío Eduardo Morales. Luego, había sido detenido y enviado en un barco de guerra rumbo a “La Orchila”, donde actualmente funciona una instalación de las fuerzas navales.

¿Ha caído el telón?

     En su discurso del día 21 en la noche, el presidente de la República reveló que las autoridades habían debelado el golpe y que sus autores serían enjuiciados a fin de que los tribunales impusieran el castigo que corresponde a sus graves delitos. Al mismo tiempo indicaba que el grupo de militares era pequeño y de escasa relevancia en cuanto atañe a posiciones de mando.

     Así parece haber caído el telón sobre “la conspiración de Savelli”.

     Pero, ¿realmente “la comedia es finita”?

     Numerosos cabos, al parecer, quedan aun danzando. ¿Volverá, pues, a levantarse el telón para un nuevo acto? Los días futuros habrán de decir ciertamente si hemos de contemplar un epílogo.

FUENTES CONSULTADAS

Venezuela Gráfica. Caracas, 29 de enero de 1960.

    Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

    Guzmán Blanco y el Congreso de Panamá

    Con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico, convocado con gran visión por el Libertador en Panamá, por ser ese lugar el centro geográfico del hemisferio, el historiador yaracuyano Nicolás Perazzo (1902-1987) escribió para la revista Élite el relato de un pasaje a menudo ignorado: las contingencias que sufrió la iniciativa de Antonio Guzmán Blanco para erigir precisamente en Panamá el monumento “a Bolívar” y a la redención de América.

    En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.
    En 1896, el expresidente de Venezuela, general Antonio Guzmán Blanco, propuso erigir, mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar, un monumento destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

         “Para el año de 1896, encontrábase gobernando en Colombia el discutido hombre público Don Rafael Núñez, a quien consideró López de Mesa como “una de las mentalidades más vigorosas de la América Española. Había logrado vencer un movimiento insurreccional que conmovió gran parte del país. Y auspició la reunión de un Consejo de Delegatorios, integrado por prominentes políticos nacionales del momento, entre quienes destacaban Don Miguel Antonio Caro, Don José Domingo Ospina Camacho, Don Carlos Calderón Reyes, Don Felipe Paúl, Don Guillermo Calderón Reyes, Don Jesús Casas Rojas y Don Guillermo Quintero Calderón. Entonces la Nación tuvo una nueva Constitución, de inspiración centralista.

         En Venezuela, de regreso de una de sus temporadas de alejamiento en Europa, especialmente en Francia, tierra de su predilección y definitivo retiro, el general Antonio Guzmán Blanco había asumido la presidencia de la República, recibiéndola, esta vez, de manos del general Joaquín Crespo.

         Entre las iniciativas concebidas en su plácido refugio parisino se contaba el proyecto de erigir mediante el concurso de los gobiernos de las Repúblicas emancipadas por Bolívar y la autorización previa de las autoridades de Bogotá, un grandioso monumento, destinado a perpetuar la gloria del Libertador, en la ciudad de Panamá.

         La región del Istmo, integrante aun del territorio colombiano era en aquellos precisos momentos centro de universal interés. Se estaban llevando a cabo en su jurisdicción los trabajos del Canal Interoceánico, de acuerdo con los estudios realizados al efecto por el ilustre ingeniero Ferdinand de Lesseps, cuyo nombre confundiáse en los elogiosos comentarios de la época sobre la reciente y apoteósica apertura del Canal de Suez.

         Por Ley del Congreso de Colombia de 1876, habíase ofrecido el privilegio de la construcción de la vía interoceánica, con halagadores estímulos y prolongada duración a contratistas franceses, facilitando así la conclusión de las negociaciones que condujeron al Contrato suscrito en el mes de mayo de ese año entre el secretario de Relaciones Exteriores, Don Manuel Ancízar, con el General Etienne Turr. Este Contrato sería, dos años más tarde, sustituido por otro que firmaron por Colombia, el Dr. Salgar y por los empresarios franceses, de la misma Compañía del General Turr, el sobrino-nieto de Napoleón I, Mr. Luciano Napoleón Bonaparte Wyse.

         Era el propósito de abrir la comunicación directa entre los dos Océanos por el sitio historiado del descubrimiento de Balboa, constante preocupación de estudiosos de la ingeniería, de grandes negociaciones internacionales y de políticos colombianos de tiempo atrás. Sus estudios se remontaban en el pasado, contándose entre ellos los que emprendiera Agustín Codazzi, fascinado con la idea del Canal desde su primera incursión en aquellas regiones, allá por el año de 1819, cuando le tocó llevar desde la isleña base de operaciones de Luis Aury, misión especial ante el Libertador, en los días de su entrada triunfal en Bogotá, luego de la victoria fulgurante de Boyacá.

         Amparado por el Contrato de 1878, Bonaparte Wyse organizó la nueva Compañía francesa del Canal de Panamá y, con el señor Lesseps como Presidente, cuya gloria iba a aumentarse con la Presidencia del Congreso de París de 1879, se dio por entero a la empresa de excavaciones y otras obras del proyecto de la vía. Fueron surgiendo, luego, inconvenientes graves en la prosecución de esos trabajos, especialmente de orden financiero. Y se produjo el famoso mensaje al Congreso de Estados Unidos de 1880 del presidente Hayes. Era, por lo tanto, el Istmo de Panamá, para el año de 1886, centro de interés universal, como ya lo hemos dicho.

    En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.
    En 1926, se colocó en la plaza Bolívar, ubicada en el casco antiguo de Panamá, el monumento al Libertador que recuerda los 100 años de celebración del Congreso Anfictiónico.

         Esta circunstancia, sumada al hecho continental de cumplirse sesenta años de haberse reunido en la capital del Istmo el famoso Congreso Anfictiónico, convocado por Bolívar desde Lima, en vísperas del triunfo definitivo de Ayacucho, dábanle singular oportunidad a la iniciativa de Guzmán Blanco.

         Cultivador asiduo de la Historia, el “Ilustre Americano”, como gustábale que se le llamase, evocaba para llevar adelante este propósito, las siguientes palabras del Libertador: “El día que nuestros Plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia de la diplomacia de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrará con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de nuestras primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo.

    ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?”

         Con miras de llevar adelante el proyecto, durante su estada en París, Guzmán había mandado ejecutar una maqueta del monumento. Tan luego como volvió a Caracas se dio a crearle ambiente a su realización, en conversaciones con sus allegados y en correspondencia para sus amigos de las otras capitales bolivarianas. Pero no pudo, por causas diversas, darle concreción sino al año siguiente, en decir, en 1887. Una de las razones de esta demora, se debió a rectificaciones en el proyecto original. Fue entonces cuando se ocupó directamente el Ministro de Relaciones Exteriores de la República, Dr. Raimundo Andueza Palacio, de escoger los Enviados en Misión Especial que habrían de llevar el proyecto a la consideración de los respectivos gobiernos y de discutir con ellos, en caso afirmativo, la forma de atender a sus gastos de ejecución. Previamente, como era lógico, se obtuvo el asentimiento de las autoridades colombianas, en cuyo territorio se emplazaría el monumento.

         Para esos fines fueron designados el Dr. Pedro Hermoso Tellería ante el gobierno de Colombia, el Dr. Leandro Fortique, ante el del Ecuador y el Dr. Francisco de Paula Reyes, ante los de Perú y Bolivia. Cada uno iba provisto de copia de la maqueta definitiva del monumento. Se estimaba que su ejecución e instalación, que se creyó más conveniente fuera a la entrada del Atlántico, representaría una inversión no menor de 400.000 pesos, ni mayor de 500.000. Venezuela ofrecía, de antemano, costear totalmente esa suma, pasando luego a las demás Naciones la cuota correspondiente, si así lo estimaban de su conveniencia.

    Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).
    Acto celebrados en el Panteón Nacional, en Caracas, con motivo de haberse cumplido 150 años del Congreso anfictiónico (1826-1976).

         Cuenta el historiador Dr. Francisco González Guinán, amigo y colaborador de Guzmán Blanco que, entusiasmado el presidente durante el acto de presentación oficial de la maqueta en Caracas, exclamó ante sus numerosos invitados: “Lo que vamos a perpetuar aquí no es únicamente a Bolívar, es la redención y la independencia de nuestra América. Homero no hubiera podido pintar esa epopeya, porque el asunto de su Ilíada y los rasgos con que delineó a sus héroes eran pálidos al lado de la titánica lucha que presidió Bolívar.

         ¿Qué puede haber de semejante en lo antiguo? ¡Absolutamente nada!”

         Pero no todos los Delegados obtuvieron en el cumplimiento de su encargo el éxito concreto e inmediato deseado por Guzmán Blanco. Fue, acaso, el Dr. Hermoso Tellería el más afortunado. Se vio acogido con singular entusiasmo en Bogotá. Y el Gobierno colombiano, una vez enterado del proyecto, se apresuró a manifestarle, en forma oficial, que aquel país aceptaba de manera espontánea, en la parte que le correspondía, la proposición sobre el monumento al Libertador en Panamá y que al efecto suscribía la cuota de doscientos mil pesos para sus gastos de adquisición y erección.

         Aunque acogidos también con manifestaciones de simpatía por los respectivos gobiernos del Ecuador, del Perú y de Bolivia, los Delegados señores Fortique y Reyes sólo alcanzaron a traer consigo promesas de someter el caso a las próximas reuniones de las cámaras legislativas, por ser esos cuerpos quienes tenían en sus manos decisiones de esa índole.

         Vinieron después contingencias políticas diversas, tanto en Venezuela como en las otras repúblicas bolivarianas y el monumento al Libertador en Panamá, ideado por Guzmán Blanco, debió quedarse en la dimensión limitada de maqueta que le dieran los artistas de París y en la buena voluntad manifiesta de los hombres de gobierno de los respectivos países americanos”.

    FUENTES CONSULTADAS

    Élite. Caracas, 2 de julio de 1976.

      Sensacional fuga de la Isla del Burro

      Sensacional fuga de la Isla del Burro

      En los días navideños de 1963, la nación fue sacudida con la noticia sobre la espectacular fuga de un grupo de procesados militares recluidos en el penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro. El presidente Rómulo Betancourt ordenó a tres Ministerios una investigación exhaustiva del caso para determinar cómo se fugaron los presos. Anotándose su primera gran exclusiva del año, la revista Élite publica este reportaje, escrito por uno de los cabecillas de la fuga –quien emplea un seudónimo para ocultar su verdadera identidad– en el cual se relata minuciosamente todo el plan de la sensacional fuga.

      Por Dámaso Rojas

      En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

      En los días navideños de 1963, un grupo de procesados militares logró huir del penal de Tacarigua, más conocido como la Isla del Burro, una de las cárceles más seguras del país.

           “La Penitenciaría de la isla de Tacarigua parecía la más segura de todas las cárceles del país. Cuando se reacondicionaron sus instalaciones, nadie se preocupó en reducir el presupuesto ni en ninguna economía con tal de que fuese un presidio a prueba de fugas. El Ministerio de la Defensa ya había planteado la necesidad de un penal especial para algunos procesados militares. Las antiguas fortalezas de El Vigía, en La Guaira, y Libertador, en Puerto Cabello, ni el Cuartel San Carlos de Caracas, y menos aún las cárceles nuevas, tenían capacidad y todos los elementos de seguridad necesarios para garantizar la prisión de unos 200 civiles y militares tenidos como “peligrosos” y condenados a doce o treinta años.

           Atendiendo a tales exigencias se destinaron 14 millones de bolívares, de los cuales, trece fueron invertidos en las instalaciones de alarma y seguridad, para reacondicionar la famosa Isla del Burro. El MOP, bajo la dirección técnica de especialistas alemanes, con el asesoramiento del mayor Ernesto Pulido Tamayo, estimado en Miraflores como el más capaz de sus jefes de prisiones, construyó su obra. Era un penal modelo, con todos los adelantos modernos en materia de seguridad, especial para ´procesados militares.

           En Miraflores podían dormir tranquilos. La inversión hecha convirtió la isla del Burro en un penal seguro, a prueba de fugas. No se repetirían casos como el de la Cárcel de Trujillo, de donde se evadieron el 15 de septiembre nueve condenados civiles y militares, entre quienes figuran el capitán de corbeta Molina Villegas, el mayor Vegas Castejón, Fabricio Ojeda, Luben Petkoff y otros cinco más. De todas las otras prisiones importantes –incluido el Cuartel San Carlos– se han fugado presos políticos o militares. Pero al fin había una con el máximo de seguridad.

           La Isla del Burro tiene una doble cerca de alambres, de las cuales la interna está dotada de un sistema electrónico de alarma que permite señalar en un tablero cualquier corte o el más insignificante contacto. Sería suficiente con que uno de los detenidos tocara con sus dedos uno solo de los alambres, para que entrara en funcionamiento el sistema. Se enciende el tablero, suenan timbres, se prenden los reflectores. En el supuesto de que fallara el sistema electrónico, y algún preso traspasara esa primera cerca, tendría que atravesar un campo minado, imposible de transitar sin el riesgo de perecer. Si alguien atravesara ese campo, y lograra traspasar la cerca exterior, estaría todavía en la Isla del Burro. Muchos recordarán que “Petróleo Crudo” alcanzó una orilla a nado. Hoy es imposible. Alrededor de la isla todo está sembrado de minas. Ni se puede atravesar a nado, ni podría llegar una embarcación sin ser vista o sin chocar con una mina. La navegación es obligatoria por un canal señalado mediante bollas, por donde diariamente y a toda hora una lancha patrullera.

           Independientemente del sistema electrónico, existen 40 garitas, cada una de ellas con dos centinelas armados de automáticas, y con potentes reflectores –cada garita– cuya luz alcanza hasta las orillas más distantes.

           La vigilancia está a cargo de un Destacamento militar mixto, con 300 hombres escogidos, dotados de morteros, ametralladoras antiaéreas y armas ligeras. Además, hay 100 guardias civiles con carabinas FN y revólveres, y un sistema de comunicación permanente con los Ministerios de Justicia y Defensa y con la Base Aérea de Palo Negro, que es la instalación militar más cercana a la isla. Resultaba invulnerable.

      Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

      Dos de los evadidos, el mayor Manuel Azuaje Ortega (izq.) y el doctor Germán Lairet, quien luego sería ministro del Trabajo durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez

      Los procesados y condenados

           En tales condiciones, después de probar varias veces los sistemas de seguridad, se resolvió el traslado de los primeros presos, hasta completar unos 160.

           En primer término, todos los procesados por su participación en el movimiento conocido como “El Porteñazo”, el 2 de junio del 63: un Capitán de Fragata (equivalente a teniente coronel) Pedro Medina Silva; tres Capitanes de Corbeta (Mayores) Víctor Hugo Morales, Miguel Henríquez y Luis Avilán Montiel; cuatro tenientes de Fragata (tenientes) Carlos Fermín C., Wallis Medina Rojas, Antonio Picardo y Florencio Ramos y otros oficiales y suboficiales hasta completar unos 25.

           También están los civiles procesados por la misma causa: Dr. Germán Lairet, Dr. Manuel Quijada (Secretario del Consejo Supremo Electoral en 1958), Gastón Carvallo, Alberto Caricote, Julio Conde Alcalá, Oscar “Loco” Carreño y otras decenas; jóvenes acusados por sus actividades guerrilleras, detenidos en vari as regiones del país, y quienes habían estado en La Orchila, El Vigía y el Castillo de Puerto Cabello, como Eduardo Ortiz Bucarán, Rufo Antonio Meneses, Clodosvaldo Russián, Julio Valero Roa, Rafael Rondón Rivas, Ángel Suzzarini, el sindicalista Luis Felipe Ojeda, etc.; el exdiputado Eloy Torres, trasladado desde la Cárcel de Ciudad Bolívar, y otros oficiales, casi todos considerados de ideas radicales, como el mayor Manuel Azuaje Ortega, los capitanes Américo Serritiello, Julio Bonet Salas, Raúl Hernández W.; los tenientes Nicolás Hurtado Barrios (preso desde 1958) y Exio Saldivia, jefe del movimiento conocido como el “Saldiviazo”.

           Hoy casi llegan a trescientos, distribuidos en galpones que hace años utilizó el Consejo Venezolano del Niño para un retén que funcionó allí, y el cual clausuró por razones de salubridad.

      Descartados 9 planes de fuga

           Ahora comienza el relato de uno de los evadidos el 25 de diciembre:

      –A medida que íbamos llegando, nos dábamos cuenta de lo difícil que resultaría una evasión. Allí estábamos “veteranos” de varias prisiones, y todos coincidíamos en que esta Isla del Burro parecía imposible de burlar. Sólo un cambio en la situación política nos daría la libertad. ¡Y pensar que algunos están condenados a años! Pero no perdíamos la esperanza, estábamos seguros de encontrar algún medio de evasión. Nos organizamos para exigir mejor trato, para luchar por reivindicaciones que hicieran más llevadera nuestra vida en ese inhóspito lugar, sin dejar de pensar en que la única reivindicación que realmente tiene valor para un preso es la libertad.

      –¿Cuándo comenzaron a planear la fuga?

      –Desde el mismo día de nuestra llegada, a fines de octubre. Distribuimos decenas de hombres para labores de observación. Pacientemente, pues teníamos tiempo suficiente, nos fijábamos y tomábamos datos sobre todas las medidas de seguridad, cambios de guardia, distancias, los relevos, funcionamiento del sistema electrónico, rutina del personal, materiales de construcción, sistema de visitas, etc. No descuidábamos un solo detalle. Más de cuarenta de nosotros trabajábamos en esa etapa de observación.

           Con esos datos en la mano comenzaron a estudiar posibles planes. En menos de un mes descartaron nueve porque todos tenían uno o más puntos débiles que los hacían imposible de ejecutar o eran demasiado riesgosos. No se podía burlar las alambradas, ni las garitas, ni sobornar a los guardias porque no tenían contacto directo con ellos; era imposible la evasión nocturna que significara atravesar a nado la laguna. Tampoco era factible una acción de comando desde el exterior, pues ni siquiera contando con helicópteros o lanchas rápidas hubiese tenido éxito.

      –De la misma manera como cada uno de esos nueve planes tenía un punto débil, sabíamos que el penal también tendría el suyo. Y lo encontramos: en la propia rutina del penal, el único lugar viable era el embarcadero que sirve para llegar a la isla.

      Los días de visitas

      –Teníamos que escoger el mejor momento, y cuando hubiese mayor cantidad de ´personas circulando. Tenía que ser un día de visita. Entonces procedimos a estudiar con el mayor cuidado, sin olvidar detalles, el procedimiento empleado para aceptar las visitas.

           Dos veces cada semana, los miércoles y los domingos, desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, los familiares de los civiles y militares presos los visitaban. Existe un riguroso control a cada visitante, a quien se le retiene la Cédula de Identidad, y a quienes se contaba, una a uno, después de concluir el período de visita.

      –Teníamos que encontrar el “punto flaco” del sistema de control. Un día, uno de nosotros, observador agudo, dio con la fórmula de burlar la guardia. A partir de ese momento todos intensificamos nuestro trabajo, y nos fijamos, como meta, intentar la evasión antes del último día del año.

      –¿Qué fecha era entonces?

      –Faltaban pocos días. Estábamos contra el reloj, y cualquier atraso podría echar por tierra nuestro plan; así que no podíamos perder tiempo.

      Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

      Aspecto de unos de los dormitorios del penal de la isla del Burro.

      Escogen la fecha

           Se reúnen y resuelven intentar la fuga el domingo 22 de diciembre. Un día después, la cambian para el 25, pues pensaron que por ser día de Navidad las visitas serían más numerosas, como en efecto ocurrió.

      –Nuestros enemigos eran los guardias civiles, agentes todos del SIFA y de la DIGEPOL, en contacto directo con nosotros, pues una de sus tareas era grabar bien nuestros rostros. Solo ellos, ¡y eran cien!, podían reconocernos, pues el personal militar no tenía contacto.

           Los siguientes fueron días de gran tensión, como es de suponer. Repasaban cada detalle para perfeccionar el plan. Los cuatro comprometidos aparentaban, no obstante, la mayor tranquilidad, y con los otros presos, hacían planes de Año Nuevo, cursos de estudios, torneos deportivos. Resolvieron que no debían tener contactos entre sí más de dos de ellos, y cada noche no hacían sino pensar en la fuga.

           El mayor Azuaje Ortega y Gastón Carvallo eran los más preocupados: el primero, por su estatura, y el otro, por la calva. El capitán Medina Silva y Germán Lairet también tenían un factor adverso: ambos eran delegados de los presos ante las autoridades del penal, y podían ser reconocidos.

      –¿Y por qué no escogieron otros?

           No hubo ninguna respuesta. Lo cierto es que se mantuvo el secreto. Ni los familiares ni los otros presos estaban enterados de los pormenores, fecha y otros detalles de la fuga. Así al menos lo asegura nuestro entrevistado.

       

      Hora “0” del día “d”

           Se acercaba el día “D”. Celebraron la Noche Buena, cenaron juntos, cantaron y charlaron. Lairet amaneció enfermo y tuvo necesidad de inyectarse hasta cinco veces para combatir una angina que pudo trastornar su “salida”. El 25, después del desayuno, los presos esperaban con entusiasmo a sus familiares. Un equipo especial había preparado un almuerzo, en el que participarían los visitantes; adornaron las instalaciones; abrían los paquetes de regalos. Entre casi 300 presos, había cuatro que no podían tener un comportamiento igual, a pesar de todos los esfuerzos que hacían.

           Se ponían más nerviosos cuando llegaba la hora “0”. Por la tarde, cada uno de ellos hizo lo previsto para cambiar de fisonomía y evitar la eventual identificación. Pelucas, bigotes rasurados, tinte para el pelo, cambio de tr5ajes, caminar distinto, cambio de voz. Termina la visita.

      –Comenzamos a caminar con los otros visitantes Yo estaba nervioso, y trataba de no mirar a mis compañeros de aventura. La visita había terminado, y andábamos por los pasillos. Ni siquiera los otros compañeros nos reconocían. Sin embargo, no me despedí de nadie. Eran las seis de la tarde, porque la visita se había prolongado dos horas por tratarse de 25 de diciembre. Esa semioscuridad nos favorecía. Pudimos llegar sin inconvenientes al punto crítico de nuestro plan. . .

      Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

      Entre los prófugos también se encontraba el ex diputado Eloy Torres (de boina).

      El embarcadero

      –Allí, aprovechando la afluencia de visitantes, la oscuridad y el natural cansancio de la guardia, pusimos en práctica una treta.

      –¿De qué se trataba?

      –No pudo explicarla, por razones obvias.

           Uno a uno subió a la gabarra apretujada de gente. Gastón Carvallo fue el último en hacerlo, Hubiera sido suficiente que por cualquier circunstancia se le cayese la peluca, y todo el plan se hubiera venido abajo. Cuando Carvallo subió, buscó con la vista a sus compañeros. Estaban los cuatro. Pero la gabarra no se ponía en movimiento.

      –Todos templamos cuando vimos que, a buen paso, se acercaban dos guardias. ¿Estábamos descubiertos, Medina Silva me miraba preguntándome qué pasaba? Transmitieron un breve e insignificante mensaje, y a las 6.20 minutos partimos. Un reflector mostraba la zona marcada con bollas.

      –¿Usted debe ser familiar de Lairet? –preguntó una señora a uno de los evadidos.

      –No, no, señora, ni lo conozco.

      –Pero se le parece mucho.

           Quería seguir hablando cuando a las 6.40, la gabarra tocó la orilla. Cada uno constató que sus otros compañeros estaban en tierra. Seguros, después de esa primera etapa.

      En libertad

           Todavía no estábamos a salvo. Si se daban cuenta de nuestra ausencia, hubiéramos sido detenidos nuevamente. Pensamos que antes de una hora sería imposible que se percataran de la fuga, y en ese tiempo, cada uno por su lado, pudimos trasladarnos a lugares más o menos seguros. Nuestros compañeros fueron discretos, y solo en la mañana del 27 de diciembre, las autoridades pudieron cerciorarse de la evasión. Nunca penamos que íbamos a tener tanto tiempo para completar nuestra fuga.

      –¿Quién los ayudó?

      –Nadie. El plan tenía esa ventaja, que podía ejecutarse sin colaboración.

      –Al menos hubo complicidad. . .

      -No podía haber ayuda de la custodia porque el personal civil es de la DIGEPOL y el SIFA, y los efectivos del Destacamento militar no tienen contacto con los presos y, en consecuencia, no podían identificarnos.

           Por la puerta grande, como tituló “El Mundo”, pudieron fugarse el capitán de Fragata Pedro Medina Silva, condenado a 30 años de presidio por ser uno de los tres cabecillas –Ponte Rodríguez y Víctor Hugo Morales fueron los otros– del “Porteñazo”; el mayor Manuel Azuaje Ortega, quien se fugó desde un avión cuando lo trasladaban desde Puerto Cabello; posteriormente del Hospital Militar, y había sido detenido después de gran actividad clandestina, el pasado 9 de julio en Maracay; el Dr. Germán Lairet, antiguo dirigente de la FCU, miembro del Comité Central del PCV, exdiputado, y condenado a 16 años y medio, por su participación en el “Porteñazo”; y Gastón Carvallo, también condenado a 16 años y medio por participar en el “Porteñazo”, y quien fuera torturado, según denuncias públicas hechas entonces.

           Esa es la historia contada por uno de ellos. Verdad o mentira, lo cierto es que están en libertad, aunque perseguidos por todas las policías”.

      FUENTES CONSULTADAS

      Élite. Caracas, 1° de febrero de 1964.

        Entrevista a Laureano Vallenilla Planchart

        Entrevista a Laureano Vallenilla Planchart

        En su destierro de París, el ex ministro de Relaciones Interiores dijo a nuestro director que el adeco de 1945 “era un dechado de virtudes comparado con el adeco de ahora. Y afirma que Pérez Jiménez es superior a Guzmán Blanco “como realizador y como civilizador”.

        Por J. A. Oropeza Cilibertoa

        Laureano Vallenilla Planchart, abogado, escritor y político. Hijo de Laureano Vallenilla Lanz e importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958).

        Laureano Vallenilla Planchart, abogado, escritor y político. Hijo de Laureano Vallenilla Lanz e importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958).

             “Son casi las ocho de la noche cuando aterrizamos en Orly. Al fin estoy en Francia después de una desesperada carrera desde La Haya hasta el aeropuerto de Ámsterdam para llegar justo a tiempo para tomar el avión para París. En la capital holandesa –jardines multicolores, calles enladrilladas, fina llovizna primaveral– he dejado, en el club de los periodistas de aquel hermoso país nórdico, a mis compañeros de viaje. Yo me he venido sin compañía a Francia con un solo objetivo: entrevistas al doctor Laureano Vallenilla Lanz (Planchard). Formalmente, él no ha concedido ninguna entrevista periodística desde que está en el destierro.

             ¿Me dará declaraciones el exministro de Relaciones Interiores convertido ahora en famoso escritor? ¡Quién sabe! Nueve días atrás lo he llamado por teléfono desde Londres. Conversamos animadamente, como si fuéramos viejos amigos. De repente le digo:

        –Doctor, iré a París la próxima semana a hablar con usted.

        –¡Magnífico, Oropeza! –me contesta la voz de Vallenilla al otro lado del hilo telefónico.

             Pienso en todo eso mientras el taxi que me conduce al Hotel Bristol rueda veloz por la autopista húmeda. Estas vías modernas son iguales en todas partes: en Londres, en Ámsterdam, aquí. . .

             París aparece veinte minutos después: amplias avenidas, protegidas por una arboleda primaveral, verde tierno, viejos edificios de fascinante arquitectura. Es un paisaje que he visto muchas veces en los cines y desfila ahora, a través del vidrio del automóvil, como una película.

             Reconozco la Plaza de la Concordia y los imponentes edificios de Gabriel, hoy blancos gracias a una iniciativa de André Malraux, quien dispuso limpiar el rostro de la Ciudad Luz.París aparece veinte minutos después: amplias avenidas, protegidas por una arboleda primaveral, verde tierno, viejos edificios de fascinante arquitectura. Es un paisaje que he visto muchas veces en los cines y desfila ahora, a través del vidrio del automóvil, como una película. Reconozco la Plaza de la Concordia y los imponentes edificios de Gabriel, hoy blancos gracias a una iniciativa de André Malraux, quien dispuso limpiar el rostro de la Ciudad Luz.

             El hotel. Me identifico ante un empleado ceremonioso, de paltó levita como cualquier ministro nuestro en los festejos del 5 de julio o del 19 de abril. Apenas subo a mi habitación telefoneo al doctor Laureano Vallenilla Lanz.

        –¿Es usted Oropeza? ¡Lo estaba esperando! –me dice. Y añade: –Dentro de media hora estaré allá. ¡Espéreme en el hall, para ganar tiempo!

             Bajo unos minutos más tarde. Apenas me he tomado el tiempo estrictamente necesario para reafeitarme, lavarme, ajustarme el nudo de la corbata y recoger el abrigo. Encuentro pocas personas en el amplio y silencioso vestíbulo cubierto por una sobria alfombra. Una dama vestida de la Courréges, falda corta y botines blancos, pasea a un perrito lanudo. No es atractiva la mujer. Su edad es indefinible y lleva en el rostro pintado el tedio. Más allá, arrellanados en cómodos sillones, dos caballeros obesos hablan en italiano. Compro cigarrillos y cuando estoy encendiendo uno aparece el doctor Vallenilla y me tiende la mano con efusión. No ha cambiado mucho desde que nos vimos una vez, hace bastante tiempo, en la isla de Margarita, presentados por el entonces gobernador Heraclio Narváez Alfonzo. El exministro viste traje azul y usa anteojos de montura clara de carey. En la solapa advierto que lleva el distintivo rojo de Gran Oficial de la Legión de Honor.

        –¡Nos vamos, Oropeza! Estoy mal parado.

             Se refiere al coche deportivo que maneja., Es un “Mercedes Benz 190 S.L.!”, con tres o cuatro años de edad. Rápidamente subimos al auto. Atravesamos, velozmente, calles desconocidas para mí. Vallenilla es un buen conductor. Y un cicerone extraordinario.

        –Ese es el Palacio del Elíseo –informa el exministro, señalando con el dedo un edificio de líneas elegantes, a cuyas puertas montan guardia, impasibles, dos soldados de gala.
        –Perteneció a la Pompadour y a la Reina Hortensia. Luego se transformó en residencia presidencial. Allí vive el General De Gaulle. . .

             Seguimos. De nuevo aparece la Plaza de la Concordia y sus mil faroles que semejan dorados ramos de flores. La avenida de los Campos Elíseos, con sus tiendas y sus cafés llenos de luces, es subyugante. Más allá descubro el Arco de Triunfo, envuelto en una bruma tenue. Pienso en el Generalísimo Miranda. Cruzamos a la izquierda y surge el Bosque de Bolonia. Vallenilla acelera y explica:

        –Estamos cerca de casa. Nuestro barrio es tranquilo, sin ruidos. Es ideal para caminar y meditar.

             Vallenilla me pide noticias de Heraclio Narváez Alfonzo, de Ciro Sánchez Pacheco, de José Domingo Colmenares Vivas, sus amigos de siempre. También de Nelson Luis Martínez, a quien conoció muy joven en Los Teques. Me informa que entonces Nelson Luis publicaba un periodiquito quincenal, en sociedad con un muchacho de apellido Morejón, con el objeto preciso de atacar al gobierno regional de turno. Su actitud enfurecía a Antonio Mujica, Fiscal del Ministerio Público, que los acusaba de comunistas. Refiero al exministro que José Domingo sufrió un duro golpe con el fallecimiento de su madre. Ahora ha reaccionado un poco.

             Sus Amigos íntimos lo llaman “El Samurai” desde la publicación de “Razones de Proscrito”. Reímos.

        –Dígame sinceramente cómo fue recibido en Venezuela mi último libro –me exige Vallenilla.

        –¡Fue un exitazo ¡–le respondo. Su publicación por entregas en “El Mundo” constituyó un verdadero acontecimiento periodístico. En esos días nadie hablaba de otra cosa. Usted debe sentirse satisfecho y orgulloso de la excepcional acogida que el público ha dado a ésa y a sus obras anteriores.

             Él se queda en silencio. Enciende un cigarrillo y me brinda otro.

        Sí –expresa–. Ya me lo habían dicho, pero no quería creerlo, Le confieso que me emociona, me conmueve, que la opinión pública de mi país haya recibido tan generosamente a mi último libro.

        Vallenilla Planchart aseguró que la obra de Pérez Jiménez fue superior a la de Antonio Guzmán Blanco.

        Vallenilla Planchart aseguró que la obra de Pérez Jiménez fue superior a la de Antonio Guzmán Blanco.

             Nos detenemos en una calle estrecha. Detrás de una reja negra se halla la residencia de la familia Vallenilla, reducida a tres personas desde que casaron las sobrinas de doña Elena. Exteriormente, es una casa fea, gris, en medio de un jardincillo. Pertenece a una dama de sus relaciones que convino en arrendarla por un precio módico. Entramos y subimos a un cuarto de la buhardilla. Allí estudia y escribe mi entrevistado. Los estantes están repletos de libros sin empastar. Otros ocupan el suelo, por falta de espacio. Un pequeño escritorio y una máquina de escribir eléctrica. Sobre la alfombra, abierto, un diccionario de la Real Academia Española. Por las ventanas estrechas se asoman las hojas de dos imponentes castaños.

        –En la primavera, esos árboles oscurecen la habitación –observa el autor de “Escrito de Memoria”–, pero me ofrecen un hermoso espectáculo. Además, se perecen a los higuerones que adornaban la plaza de Antímano, en mi adolescencia. Recuerdo sus enormes raíces que rompían el pavimento en busca de sol. . .

             Vallenilla está nostálgico. Sin duda, añora con fuerza a Caracas. Tengo temor a que el tiempo lo consuma hablándome solo de Caracas. Y resuelvo interrumpirlo. Para ello, conviene retornar al tema de “Razones de Proscrito”.

        –Le decía yo, doctor, que su último libro ha tenido mucho éxito. . .

        –Sí, y le reitero que me ha sorprendido la buena acogida de mis compatriotas.

             No esperaba tanto después de ocho años de ausencia. Además, me consideraba repudiado por unos y olvidado por los demás. Luego de un largo período de persecuciones y de sinsabores, reconozco que es grato recibir centenares de cartas de toda la República, de amigos y desconocidos, con palabras de aliento o solicitando la obra. Me había habituado a la desgracia y a leer calumnias e improperios.

             Interiormente, me alegro de haber conseguido llevar a Vallenilla al terreno que to quería. Al terreno de la política. Y lo animo diciéndole:

        –Es que usted es un hombre polémico.

             Creo que he sido –responde– el más atacado de los venezolanos de todos los tiempos. Sospecho, sin embargo, que se inicia la reivindicación de los servidores de la difamada dictadura, quizás porque la gestión de nuestros detractores ha sido desastrosa, sin precedente histórico. El adeco de 1945 era un dechado de virtudes al lado del adeco de ahora. Nuestros sucesores –cuento desde enero de 1958– apenas han sido capaces de acentuar los aspectos negativos del régimen derrocado en aquellos días. No hubo, en cambio, en ningún momento, preocupación por superar los positivos.

             El exministro se ha lanzado a fondo al ataque. Habla pausadamente, pero con firmeza, con énfasis, con calor. Me mira largamente, mientras yo guardo silencio, y añade:

        –El prestigio del quinquenio perezjimenista crece cada hora, sin necesidad de defensores.

             La obra cumplida escribe la apología del régimen. El Gobierno presidido por el General Marcos Pérez Jiménez fue el más importante, por sus resultados, que ha conocido la República desde 1830. Pérez Jiménez supera a Guzmán Blanco como realizador, como civilizador. No quiero llamarlo progresista –subraya Vallenilla y se sonríe– porque algunos comerciantes e industriales, que colaboran entusiasmados con la actual democracia han desacreditado el término. Progresista significa hoy traficante, aprovechador, monopolizador, farsante. Puede decirse que en los tiempos que corren la ignorancia y el cretinismo oficiales se han puesto al servicio de la codicia y de la falta de escrúpulos. Si determinados representantes de las fuerzas vivas no vuelven por los fueros de la discreción, nadie querrá, en un futuro próximo, que lo denominen industrial. Pasará como con el título de general, después de la Federación.

             Vallenilla sirve whisky y prosigue:

        –Este trecho de historia venezolana se caracteriza por la preponderancia del sigüí, a quien Rómulo Gallegos bautizó Mujiquita en novela inmortal. Ese tipo humano forma parte del Ejecutivo, del Congreso, desempeña Embajadas, dirige empresas del Estado, nos representa en conferencias internacionales, escribe en la prensa y obtiene y concede premios literarios. Lógicamente, el resultado es triste, lamentable. El país no tardara en reaccionar contra los responsables de una situación que sienten profundo desdén por las jerarquías intelectuales. Personalmente, creo en la superioridad de la inteligencia y de la educación. Nadie puede fundar su orgullo en nacer andino u oriental, capitalino o descendiente de próceres. Me enorgullezco de mi padre porque solía decirme que cada generación debía formar al ancestro. Únicamente los hombres de talento son de sangre azul. Los demás pertenecen a la chusma, por la mediocridad y la incultura, así lleven apellido conocido.

             Una pausa. Alguien llama por teléfono a Vallenilla. Es Raymond Cartier, el famoso periodista, muy amigo de mi entrevistado. La conversación es breve. Cuando cuelga el teléfono, Vallenilla continúa:

        El ministro de Relaciones Interiores de la dictadura perezjimenista, Laureano Vallenilla Planchart, y el director de la temible Seguridad Nacional, Pedro Estrada.

        El ministro de Relaciones Interiores de la dictadura perezjimenista, Laureano Vallenilla Planchart, y el director de la temible Seguridad Nacional, Pedro Estrada.

        –Hay que desplazar al sigüí para que la patria sobreviva. En verdad, ya el hombre ha hecho bastante daño. Nos transformó en una nación de empleados públicos, nos dividió, sembró rencores y sangre en lugar de caraotas y arroz, devaluó el bolívar y actualmente lucha con denuedo para que nuestro petróleo pierda mercados. ¡Es inaudito! Por cierto, un periodista francés, especializado en la materia, me dijo ayer que Arabia Saudita y otros productores del mundo árabe preparaban una manifestación de gratitud, un homenaje masivo, a los doctores Pérez Alfonzo y Pérez Guerrero, por sus patrióticos empeños en desmantelar la industria aceitera de Venezuela. Cuenta también que el Foreign Office está muy agradecido de la manega hábil y sútil como nuestra Cancillería defendió los intereses brit´panicos en el caso de la Guayana Esequiba. . .

        Río y le pregunto:

        –Desde aquí, doctor, sin pasión, ¿cómo ve usted el panorama político venezolano? ¿Cree que los adecos perderán las próximas elecciones?

        –¡Claro que lo creo! El pueblo de Venezuela no votará para mantener los privilegios de cuatro o cinco familias de oligarcas que la opinión señala con el dedo, y el peculado y el caos administrativo y social. ¿Qué ventajas ha derivado el trabajador venezolano de la democracia adeca? ¿Es el señor Betancourt un héroe para la juventud? Créame, serán derrotados, porque la capacidad y la fuerza están del lado de la oposición. Cuenta con los hombres mejor preparados del país. Yo no tengo alma de profeta, amigo Oropeza, pero estoy de que el sistema imperante está condenado a muerte. Es imposible gobernar contra el voto unánime de la nación. Los venezolanos quieren paz, seguridad social y justicia, prosperidad y eficiencia administrativa. Urge extinguir los odios y recuperar con trabajo diez años perdidos en el estancamiento y la vociferación. La historia burocrática es un crimen de lesa patria. Trescientos mil burócratas se oponen al desarrollo cabal de la República, a nuestra redención, a liquidar, de una vez por todas, el atraso y la miseria. Se impone gobernar ara los más con el menor número. Un setenta por ciento del Presupuesto debe destinarse a cumplir obra redentora. Ojalá no sea demasiado tarde para enderezar entuertos. Nuestra riqueza petrolera, que permitiría hacer milagros, está siendo destruida por los incapaces y los demagogos. La mentalidad adeca está reñida con el progreso, con el éxito, con la felicidad, con la cultura. Entiende solamente de bahareque, de alpargatas rotas y de bollo de pan en el bolsillo de la chaqueta raída. Pretende condenarnos a ser siempre, mayoritariamente, como el hombrecillo que figura en sus tarjetas electorales; es decir, un pueblo de pobres diablos, sin esperanzas, apenas útil para garantizar el voto rural a la mediocridad ensoberbecida.

        –¿Querrá el exministro que yo publique todo esto? Se lo pregunto. Y él contesta:

        –Aunque nunca me han gustado las entrevistas para la prensa, porque lo que yo tengo que decir lo digo en mis libros, accedo a que usted anote mis declaraciones y las publique, pero con una condición-

        –¿Cuál?

        –La de que sean reproducidas sin enmiendas ni raspaduras, como advertía la boleta de los jesuitas, en los lejanos días de mi infancia.

        –Se lo prometo, doctor. Haré con usted lo mismo que hice cuando entrevisté al General Pérez Jiménez en la Cárcel Modelo. A propósito, ¿leyó usted esa entrevista?
        -Sí, Oropeza, y me gustó mucho. Fue un gran trabajo periodístico. El expresidente dijo la verdad. En mi concepto, no debe inquietarse. Ha sido juzgado favorablemente por sus contemporáneos, caso raro en la historia. En esas condiciones, poco importa la decisión de la Corte Suprema de Justicia. Tengo la seguridad de que mañana mi ilustre amigo paseará tranquilamente por las calles de Caracas, que él transformó en ciudad moderna, Betancourt no podría hacer lo mismo, ni siquiera hoy. Ese señor gobernó mal, pero se defendió bien. Quizás demasiado bien, porque el saldo de muertos y de lágrimas es impresionante. Me han referido que, a su salida para el extranjero, hubo en el país una sensación de alivio, inclusive entre los propios adecos.

             Pasamos a otro tema. Hablamos de los periódicos de Caracas.

        –Están menos bien escritos que antes –opina Vallenilla–. A fines del siglo pasado y hasta buena parte del actual, los diarios contaban con colaboradores de primera clase, brillantes, eruditos. Atribuye la deficiencia del presente a fallas en la educación primaria y secundaria. Ahora no se estudia ni latín ni griego. Para escribir bien se requiere una formación clásica. Tenemos dos lenguas madres, el latín y el Castellano y lo olvidamos, con gravísimas consecuencias para el estilo y el buen gusto literario. Nuestros padres conocían a Tácito y a Tito Livio. Por ejemplo, pocas personas saben en Venezuela que el Mariscal Falcón era un excelente traductor de Horacio. En cuanto al Libertador, llevaba siempre consigo las obras completas de Virgilio. Por eso fue un gran escritor. ¿No cree usted que el señor Betancourt mejoraría literariamente, si frecuentara a Cicerón? Hoy, entre nosotros, abundan los egresados de la Universidad que cometen errores de ortografía y esto es doloroso.
        Sobre el escritorio del exministro está un cuaderno de apuntes. Pregunto si se trata de notas para otro libro.

        –Efectivamente en días pasados releía las copias de las cartas que en los últimos dos años he dirigido a un consecuente colega de Caracas. De pronto, surgió la idea de publicarlas en un volumen.

        –¿Cuál será el título, doctor?

        –No sé todavía. Quizás “Cartas a J.F. C.” Ya veremos

        –¿Se trata de una obra combativa, polémica, como “Escrito de Memoria” y “Razones de Proscrito”?

             Vallenilla sonríe y guarda silencio. Agrego que los venezolanos nos hemos acostumbrado a apreciarlo como panfletista.

        –Mañana escribirá usted una magnífica novela, sin la pimienta política habitual, y es probable que pase desapercibida –le comento.

        –No lo dudo, Oropeza, pero recuerde que nunca he pretendido ser escritor. Lleno cuartillas para defenderme y distraerme. Carezco de las condiciones que caracterizan al hombre de letras. ¿Seré acaso un polemista? Quizás las circunstancias me han llevado a explotar ese género literario, transitoriamente. Sin embargo, reconozco que me gusta. Tácito porque era un panfletista como Paul-Louis Courier o Henri Rochefort. Pero no olvido, querido amigo, que el final de un panfletista es siempre triste, dramático. Trataré de retirarme a tiempo. . .

        –Hábleme de su vida de exiliado, doctor.

        -Al comienzo, como todos los desterrados, busca diariamente en los periódicos el cable que anunciara la caída de mis adversarios. En la etapa inicial, los proscritos somos como aquella loca de Saint-Agathe a quien se refiere Alan Fournier: a cada rato miraba del lado de la estación del ferrocarril para presenciar la llegada de su hijo muerto. Luego vinieron la calma y la preocupación por el estudio. Los años de aislamiento en Versalles me fueron muy provechosos, desde todo punto de vista. ¡La compañía de los autores clásicos es invalorable, Oropeza! Tanto, que casi agradezco a mis adversarios el haberme proporcionado la ocasión de mejorar mis conocimientos. Ahora paso horas y horas tecleando en la máquina. Para la redacción de mis libros cuento con la colaboración espontánea del gobierno de Venezuela, de los líderes y de los jerarcas. Sin fuera hombre vanidoso diría que esos señores se empeñaron en cometer errores y disparates para que yo los comente. Llevo aquí una vida disciplinada. Diariamente lucho por el triunfo de la verdad. No es difícil. Ella existe. Un filósofo, cuyo nombre olvidé, observó que solamente la mentira requería ser inventada. En esta materia, los adecos son consumados maestros Gastan millones en propaganda extranjera y mienten con el mayor descaro. Betancourt, por ejemplo, presentaba las obras de Pérez Jiménez como realizadas de su Gobierno. Tengo las pruebas.

             Vallenilla me sirve otro whisky y, fumando sin cesar, continúa:

        –La reacción contra los servidores de la dictadura no me sorprendió. Los venezolanos son como los griegos de la Antigüedad, que detestaban a todos los gobiernos, principalmente a los buenos. Pero ya se nota un cambio. Supe que nuestro amigo Heraclio fue recibido triunfalmente en Margarita, hace poco. Es justicia. Nuestros procónsules fueron, en su mayoría, como los funcionarios y oficiales británicos de Kipling: letrados, correctos, trabajadores. Créame, Oropeza, deseo para mi patria un régimen en el que el Derecho sea más fuerte que la pasión. En 1958, los venezolanos cambiaron unas garantías por otras menos efectivas, menos útiles. Siguiendo el razonamiento de William James, debemos preguntarnos si la democracia representativa, como se practica en Venezuela, constituye un beneficio para el país. En caso afirmativo, es indispensable protegerla por todos los medios a nuestro alcance y considerarla verídica. La verdad está del lado del éxito.

        –Deme una impresión de sus últimas lecturas venezolanas.

        –Recibo pocos libros. He leído con placer los tomos de “Candideces”, de Luis Beltrán Guerrero, unas impresiones de viaje de César Lizardo y un magnífico y bien documentado trabajo de Armando Tamayo Suárez sobre la educación como factor de productividad. Leí también con provecho el “Bolívar” de Augusto Mijares.

             Son más de las dos de la madrugada. Me incorporo. Muy temprano debo tomar un avión para Madrid. El Exministro me conduce al hotel en su auto deportivo. Hace frío. A la derecha, corren tranquilas, serenas, las aguas del Sena, bajo el puente Alejandro III, iluminado, majestuoso.

        –El aire es fresco, como el de una madrugada de enero en Caracas –suspira Vallenilla.
        Los proscritos tienen sus razones, sus secretos, sus anhelos. . .

             El coche frena frente al Bristol. Nos despedimos. Mi entrevistado me toma por el brazo:

        –Ruégole declarar de mi parte, amigo Oropeza, que poco a poco he renunciado a muchas cosas, entre ellas, al odio y a los propósitos revanchistas. Soy, pues, totalmente anti adeco.

             Y el coche se pierde veloz, en las calles habitadas por la bruma”.

        FUENTES CONSULTADAS

        Élite. Caracas, 18 de junio de 1966

          El general prato revela cómo se escapó de la cárcel

          El general prato revela cómo se escapó de la cárcel

          La fuga del exgobernador del estado Zulia, exjefe del Estado Mayor y exministro de Educación en el régimen de Marcos Pérez Jiménez, Néstor Prato Chacón*, causó sensación en el país. Durante casi 5 años (1959-1964) fue un misterio el lugar donde residió el alto oficial. La revista Élite es la primera publicación del continente que descubre el refugio del General y obtiene de él la revelación del secreto de la espectacular evasión.

          Por Valentín Lara

          General Néstor Prato Chacón, importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Fue gobernador del estado Zulia, jefe del Estado Mayor y ministro de Educación.

          General Néstor Prato Chacón, importante figura del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Fue gobernador del estado Zulia, jefe del Estado Mayor y ministro de Educación.

               “He llegado de vacaciones a Madrid cuando los demás regresan de las suyas. Y he ido por calles y cafés que vi al vuelo en otra oportunidad, cuando estuve en el vuelo inaugural de la línea aérea. Me gusta Madrid con su calle de Alcalá, la Gran Vía, la Puerta del Sol, la Carrera de San Jerónimo. También he visitado la Calle de la Ballesta, donde están las boites. Pero el otoño de Madrid me ha resfriado. He regresado al hotel y he solicitado un médico. Así he conocido al doctor Enrique B. “Tengo una numerosa clientela venezolana” –me ha dicho como para darme confianza –. Luego me dice que hay unos 6 mil venezolanos aquí, la mayoría exiliados políticos. Me pregunta si soy otro exiliado. Le digo que no. Y antes de que sigamos hablando ya se me ha ocurrido que me puede relacionar con algún personaje interesante. Le nombro a César y Curro Girón, a Maritza Caballero y Adilia Castillo. No s eme ocurre el nombre de ningún político. Él no los conoce. De repente dice “¿Sabe? Conozco a un militar interesantísimo. Es un desterrado a quien atiendo hace unos 3 años. Sé que llegó en situación precaria, hasta sin pasaporte. Es un perseguido, aquí se ha dedicado a trabajar y a estudiar. Soy, si puedo decirlo, su amigo. Todo le interesa”. Y sigue hablando sin darme su nombre. He tenido que interrumpirlo:

          –Doctor, pero dígame de una vez de qué joya venezolana está hablando.

          –Es el general Néstor Prato.

               Me sorprendo. La idea que tengo del general Prato es la de un oficial enemigo de hablar. Recuerdo 1959 en Venezuela. Primero en mayo llegando a Maracaibo, para presentarse ante la Asamblea Legislativa que lo había citado. Y la mitad de Maracaibo, con carteles contra él, vociferando. Entonces estuve entre los enviados especiales que acudieron a cubrir el juicio que la Asamblea Legislativa le tenía al ex-Gobernador del Zulia. Recuerdo que el general Prato, a quien el ejército lo había retirado del servicio para que cumpliera con esa cita, estuvo sereno sólo al comienzo. Los diputados de la Asamblea querían preguntarle por todas las cosas oscuras de Maracaibo de toda una década. Recuerdo que el presidente de esa Asamblea era el doctor Gabriel Quintero Luzardo y que los defensores del general Prato eran los doctores Luis Ovidio Quiroz y Augusto Esteban Agudo Freites. Lo recuerdo muy bien porque permanecí dos semanas asándome en la capital del Zulia y el primer día del interrogatorio oí los gritos contra Prato, mientras él, pálido, con 12 kilos menos, espera a que se cansaran para poder salir.

           

          El interrogatorio en Maracaibo

               Mientras el médico me preguntaba si me han operado de las amígdalas, yo he olvidado mi resfrío y estoy pesando en entrevistar a Prato: cómo huyó Prato al extranjero. Porque todas las preguntas que tenían los diputados zulianos, quedaron sin respuesta. Prato dijo al comienzo que no iba a poder contestar con precisión, porque no tenía documentos consigo, pero después se atuvo al precepto constitucional. Como sus abogados no podían sino asesorarlo, el general Prato, cuando habló, fue para protestar. Se sentía humillado. Las preguntas eran demasiado claras. Y a veces, ¿por qué no decirlo?, insultantes. El ambiente, aunque hacía 5 meses que Pérez Jiménez había huido del país, estaba muy lejos de la serenidad. Mientras Prato, aunque nervioso, trataba de guardar compostura, por los pasillos de la Asamblea Legislativa, donde se realizaban los actos, la viuda de Zuleta Muñoz, una de las últimas víctimas de la dictadura en el Zulia, se desmayaba.

               El médico, sin salir de su mundo, me pregunta si conozco al general Prato. Le digo que de vista y que me gustaría entrevistarlo. Cuando tuve la oportunidad de conversar con él en Maracaibo, me pareció decaído de verdad. Después mandó certificados médicos. Fue a unas citaciones y a otras no. Dijo que los dineros para el plebiscito no los había manejado él, sino el secretario de Gobierno, doctor Gastón Montiel Villasmil. Ni le cuento la historia al doctor, porque me imagino que me preguntará muchas otras cosas y la garganta me duele un poco. Pero estoy recordando a Prato, vestido de civil, con los brazos cruzados, frente a un micrófono y una hilera de diputados al otro lado de la mesa. Vuelvo a oír sus protestas, mientras sus interrogadores sacan informes tras informes. Son declaraciones de oficiales y civiles que aseguran que Prato los mandó a tomar presos y en los interrogatorios se les había querido obligar a que declararan que Quintero Luzardo, que era presidente de los interrogadores, les había dado dinero a los oficiales, unos 4 meses antes de que cayera Pérez Jiménez, para que éstos se alzaran. El mismo médico que certificaba la enfermedad de Prato se refirió a la muerte de Marcial Morales, otro preso político que murió estando preso. Y, si no recuerdo mal, en su intervención también estaba la opinión del doctor Paz Galarraga.

          El 2 de octubre de 1959, el general se fugó de la Cárcel Modelo de Maracaibo.

          El 2 de octubre de 1959, el general se fugó de la Cárcel Modelo de Maracaibo.

          La fuga del general Prato

               Cuando el médico se marcha, le hago prometer que hablará al general Prato, para que me reciba. Su historia tiene ciertas particularidades. Mientras todos los altos oficiales del régimen depuesto se iban lo más silenciosamente posible, el general Prato, que había sido gobernador del Zulia, jefe del Estado Mayor y hasta ministro de Educación, se había quedado en Caracas y sólo había intentado asilarse en la Embajada Argentina, cuando la Comisión permanente del Zulia lo citó a declarar en forma perentoria. De ese interrogatorio, como todos los venezolanos recuerdan, poco se sacó en limpio. El general retirado fue metido en la misma cárcel que había ayudado a construir en Maracaibo y permaneció allí casi cinco meses. Pero el 12 de octubre desapareció. Al lado de su celda estaba su excolaborador, el doctor Montiel Villasmil.

               A las 6 de la mañana, cuando le fue a llevar café con leche, como lo hacía todos los días, encontró la celda abierta. La Guardia Nacional, avisada inmediatamente, no pudo encontrar nada, sino una carta de un recluso que le pedía 20 bolívares prestados, una biografía de Cleopatra, una ley de presupuesto y una decena de revistas de crucigramas.

               ¿Cómo había huido Prato? Tal vez por el hueco de la rejilla de 3 milímetros de espesor que estaba abierta unos 50 centímetros. ¿Y los guardias qué hacían a esa hora? ¿Y quién lo había recogido? Venezuela entera se llenó de hipótesis entonces. Se dijo que Prato había salido vestido de militar y en un Cadillac negro, como en sus mejores tiempos. Se dijo que se había ido a Grano de Oro, donde lo esperaba una avioneta particular que lo había sacado hasta Maicao, el punto fronterizo de Colombia, en la frontera zuliana. Los funcionarios de la cárcel, como siempre sucede cuando huye un preso importante, fueron a ocupar la celda que había dejado el evadido. La fuga quedó siempre sin precisar. Se rumoró que Prato, gracias a la ascendencia que tenía sobre la gente del Zulia, se daba el lujo de salir de su celda 3 veces por semana. Eso es, indudablemente exagerado, porque hubiera aprovechado esa oportunidad para escaparse. Lo que cualquiera podía certificar era que tenía bastante libertad para recibir a sus familiares y abogados en la Cárcel de Maracaibo.

               Y ahora Prato está en Madrid. Se me ocurre una sola cosa: entrevistarlo. Ahora soy yo el que pregunto por algún perezjimenista. Pronto tropiezo con uno: “Supongo que se te puede saludar” – me ha dicho. Nos conocíamos. He levantado los hombros. Él ha dicho: “Si. El miedo es libre. Madrid está lleno de espías. Recientemente no más estuvo por aquí un antiguo jefe de la Seguridad Nacional. Contrató a otros para que lo tengan al tanto de las conspiraciones”. Es un perezjimenista como pocos. Todavía defiende al hombre ahora encerrado en San Juan de los Morros.

               Le pregunto por Prato. Le pido que me lleve a él. Me dice: “Si consigo convencerlo, te veré en el Valle de los Caídos”. Me extraña. Me explica: Tú lo conoces. Es el café Puerto Rico. Le decimos así porque antes lo llenaban los adecos y ahora lo llenan los perezjimenistas.

           

          ¿Cómo salió de Venezuela?

               Pasan un par de días. Recibo un telefonazo. Es la persona que me citó al café. Me anuncia que pasará recogiéndome a las 9 y 45. Es puntual. Lo acompaña Pedro Guzmán Parés. Vamos a la calle Viriato N° 54. Es un edificio y subimos hasta el cuarto piso. Espero unos minutos en un saloncito, Prato aparece, por fin.

               –Está en su casa, mi amigo –dice–. Mi médico me habló de usted. Nada decidí. ¿Usted cree que soy noticia?

               Está delgado el general retirado Néstor Prato Chacón. Viste un sweater negro y una camisa deportiva, pero sigue caminando marcialmente. Unas canas incipientes acentúan ese aspecto de seriedad y reserva que ya había observado en Maracaibo.

               Quiere ir al grano.

               Pienso en Grano de Oro. Le digo:

               –Quiero hablar de todo con Ud., pero, principalmente, de su salida del país. En Venezuela se dieron muchas versiones. Ud. podría darme la verdadera.

               Prato comienza negándose, y luego toma por las generalidades.

               –Me gustaría no hablar de eso. No es un buen recuerdo –mueve la cabeza, como convenciéndose, para comenzar algo más parecido a un monólogo que una entrevista:

               –Pero, bueno –agrega–. Si Ud. me lo permite, por su intermedio agradezco públicamente, por primera vez, a los generosos compatriotas que me ayudaron en esos días difíciles. Sin ellos, no sé hasta dónde habría llegado el escarnio. Ud. lo vio. Maracaibo estaba lleno de resentidos. Se me atacaba implacablemente. La verdad, no esperaba que se me presentase alguien a correr tantos riesgos por mí.

               –Se ha dicho que a Ud. lo sacaron de allí los militares –le digo.

               Parece no escucharme:

               –Así frustré el show que los adecos y los camaradas querían dar a mi costa. Yo era militar con largos años de servicio. Había ganado mis grados uno a uno y creía en la jerarquía y en la solidaridad del ejército. No tenía por qué salir corriendo. Eso no me ha gustado nunca. Mi administración del Zulia me había hecho acreedor al reconocimiento de la gente. Tengo testimonios recientes, sobre todo, ahora que no hay allí ni orden ni trabajo. El Zulia ha sido declarada en situación de emergencia.

               –No ha contestado mi pregunta, General.

               –Eso no es lo más importante para mí.

               Quiero decirle que mientras caía el régimen, no quise pasarme al nuevo orden. Me aparté voluntariamente. Nada temía. No me había enriquecido. Desde que comencé mi carrera militar, por vocación, no buscaba eso. Observé un modesto plan de vida; por eso pude levantar decorosamente a mi familia. Sólo quería educar a mis hijos y llegar a una situación de retiro gozando del respeto de compañeros y ciudadanos. Nunca fui golpista ni alenté propósitos subversivos. Siempre luché por el respeto a la jerarquía y la unidad entre las Fuerzas Armadas.

          Inmediatamente después de su fuga, el general Prato Chacón viajó a México y luego a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes.

          Inmediatamente después de su fuga, el general Prato Chacón viajó a México y luego a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes.

          Desencantado del Ejército

               –¿Puede decirme dónde se hallaba el 18 de octubre de 1945?

               Bien. Me hallaba en Fort Sill, Estados Unidos, siguiendo un curso. Comprendí que el atentado que se cometió ese día con la Institución Armada, sería fatal. Los agentes de la corrupción y el aniquilamiento de las Fuerzas Armadas, pusieron su primera piedra entonces. Y continúan la obra. Por esa actitud, es por la cual he sido perseguido.

               No comprendo bien: ¿Prato está culpando al Ejército?

               Prato continúa:

               –Vea: yo estaba frente al agrupamiento militar con sede en Maracaibo cuando descubrí los hilos de una conspiración que debía estallar en distintos sitios del país y culminar en Caracas con el asesinato del Presidente. El golpe era para el 12 de octubre y también iban a ser asesinados los ministros. Develada esa cionspiración, varios líderes como Paz Galarraga y Párraga Villamarín, fueron detenidos. Algunos fueron condenados, y otros absueltos. Pero esos señores, después del 23 de enero decidieron perseguirme por dos motivos: para vengarse y desacreditar a las Fuerzas Armadas en una persona de alta graduación. Yo supe todo eso en Caracas y no le di mayor importancia. Tenía fe en la rectitud de mis actuaciones y en la solidaridad de los compañeros, a quienes contribuí a elevar a la nueva Junta de Gobierno.

               Toma un poco de aliento y prosigue:

               – No se me ocurrió pensar, como tampoco lo pensaron otros oficiales que están hoy en el exilio, en que estábamos encumbrando a unos señores que sólo pensaban pescar en río revuelto. Tampoco nos dimos cuenta de su incapacidad. A quienes escogimos para Presidente, por su mayor graduación, puesto que no tenía otro título, el cargo de presidir la Junta le vino grande, y prefirió dedicarse a la canción popular. Pero eso no es raro que me abandonaran, olvidando todo sentido de camaradería. Fue en esas circunstancias en que viajé a Maracaibo por mi propia iniciativa, como antes había ido a la llamada Comisión de Investigación contra el Enriquecimiento Ilícito. Si, mi amigo, fui y pedí que abriesen la investigaciónn que desearan con respecto a mí. De nada deshonesto se me podía acusar. Los hechos posteriores han demostrado hasta qué punto fue conveniente mi actitud.

          Relato de la fuga

               –General– le digo, cuando hace una pausa– he anotado cuanto ha dicho, pero aun no me ha dicho cómo salió de Venezuela.

               –Diga Ud. más bien, mi fuga –recomienza en tono altivo. Después sigue hablando en un tono más bajo, más de acuerdo con su serenidad: – Ya vamos llegando a eso. Antes tengo que decirle que yo llegué a Maracaibo persuadido de que no se me había llamado para hacerme justicia sino para montar un show al estilo de los de Cuba después del triunfo de Fidel Castro. por eso preparé la salida de la cárcel y del país con modestos y leales amigos. Sabía que no podía recurrir a los personajes de importancia, que hasta hace poco se reunían conmigo. No quería recibir negativas ni despertar sospechas, pues muchos de ellos estaban vigilados. Cuando llegó el momento, me evadí. Y se acabó.

               Quedo un poco en las mismas. No dice por dónde se evadió:

               –¿Se fue por la puerta principal?

               –Usted sabe que no. Nadie iba a abrir las rejas para despistar. Si quiere que le de nombres, no voy a poder. Pero salí. Y no por Grano de Oro, como han dicho. Primero estuve en un alojamiento que tenía preparado a poca distancia de la cárcel. Después pasé unos días en los alrededores de Maracaibo, hasta que dispuse de una embarcación lo suficientemente veloz y resistente para lanzarme al exterior. Ni mi familia sabía una palabra de todo esto. La oportunidad de salir se me presentó el día de la llegada de Rómulo Betancourt a Maracaibo. Toda la gente y la policía estaba movilizada para protegerle. Pude atravesar calles y llegar al mismo muelle si ser reconocido. Y salí con destino a Colombia.

               –¿Y dónde tomó una avioneta?

               –Allí fleté una avioneta y continué hacia otros países donde oficiales amigos me tendieron la mano. Tras no pocas vicisitudes, eludiendo la persecución que ordenó contra mí el propio presidente Betancourt, llegué a España, que sigue siendo para nosotros la Madre Patria.

                –¡Nunca podré pagar la deuda de gratitud contraída con quienes me han brindado asilo y consideración! –dice después– Las autoridades venezolanas contra todo derecho y una saña increíble, me han negado hasta el pasaporte. En vez de resolver los graves problemas que han resicitado con su ineptitud, prefieren seguir cobrándose supuestos agravios, hostigando a sus adversarios en el exilio, cada día, con más espías.

           

          Otras opiniones sobre AD

               –Qué ha pensado a propósito de la extradición de Pérez Jiménez?

               –Pienso que es otra parte del mismo programa de venganzas. Betancourt y sus adláteres no pueden perdonarle la obra realizada en Venezuela. Los abruma. Nada pueden achacarle que ellos no hayan cometido en exceso. Los adecos se quedaron en otro tiempo. En los mítines de la última elección han tenido que hablar de los grillos del general Juan Vicente Gómez, de sus heroicidades de estudiantes –muchos no graduados– y de los versos de Andrés Eloy Blanco o de “Doña Bárbara”, que ellos han demostrado seguir llevando dentro. No cuentan los muertos del 45 al 48. Ni los miles de este último período. Siguen invocando a Ruiz Pineda y a Pinto Salinas y a Carnevali. Esa es una manera de ser heroicos mientras usufructúan el gobierno. No apuntan una idea nueva, de un nuevo orden, de una nueva técnica de administración. ¡Son tan viejos como el gomecismo! Irremediablemente, están atados a la época de Eustoquio Gómez. Oropeza Castillo y Montilla, que hicieron carrera criticando a Velasco y a Santos Matute, hacen lo que hacían aquéllos, que no se las echaban de demócratas. ¡Las nuevas generaciones quieren ser conducidas de un modo diferente! Lo lamentable, en cuanto a la extradición de Pérez Jiménez, es que no se ha puesto de manifiesto la solidaridad que muchos debían a su amigo y protector, no sólo para defenderlo a él sino para defenderse a sí mismos, pus muchos otros son tan responsables como él.

               No tengo tiempo de meter una frase:

               –¿Qué cree Ud. que pasará en Venezuela?

               –¡Caramba! –exclama–. Esa es una pregunta para una gitana. Sin embargo, si se analiza con cuidado lo que viene sucediendo en América, donde la lucha se está planteando entre el comunismo armado y las fuerzas armadas nacionalistas que en todos los países le hacen frente, – descartando los gobiernos complacientes e ineptos– no es difícil que en Venezuela se reproduzca la solución que tanto temen Betancourt y sus compañeros de viaje. Siempre hay gente dispuesta a no perecer sin combatir. Ante el hundimiento del país no habrá doctrina Betancourt que valga.

                –Me han dicho que Ud. estudia mucho en Madrid.

               –No vale la pena hablar de eso. Cada quien emplea su tiempo como mejor le parece. Yo he decidido no perder el mío. Europa es un buen campo para adquirir conocimientos y experiencia. Se aprende a ver las cosas desde otros ángulos, con un sentido más universal. Esto hace que muchos detalles, por parroquiales, se desdibujen. Todo el que pase una temporada en el Viejo Mundo, si no es adeco, puede regresar a su patria con una visión más amplia y cierta de sus problemas. Y lo que es más importante, en capacidad de aportar ideas para una solución, tanto en la esfera pública como en la privada.

               Trato de saber de su familia, que no he sentido en el apartamento. Él dice que no hay que mezclarla en sus problemas. Mientras hago unas fotos con una máquina de bolsillo, el general retirado dice:

               –No sé qué más decirle. Sólo me resta desear que los venezolanos tengamos la cordura necesaria para armonizar lo armonizable en bien de nuestra tierra. Todos debemos caber en ella y desterrar la violencia y los odios. Constituimos una nación muy rica y estamos perdiendo el tiempo en dirimir mezquinas cuestiones. No podemos darnos ese lujo. Nuestra patria es digna de un porvenir y antes que comunistas y militaristas debiéramos ser venezolanos y mirar por su grandeza.

               Le pregunto su opinión sobre la organización clandestina que tanta noticia ha hecho el último tiempo. Contesta:

               –Ya se la di. Soy enemigo de la violencia.

               Cuando nos despedimos, me dice que puedo volver cuando guste. Pero para un periodista pobre, es demasiado lujo pasar una larga temporada en Madrid”.

          *  Néstor Prato Chacón, importante figura del perejimenismo, fue arbitrariamente sometido a juicio por «peculado», por la asamblea legislativa del Estado Zulia, violando la Constitución Nacional vigente. Es enviado a prisión y, el 2 de octubre de 1959, se fuga de la Cárcel Modelo de Maracaibo. Viajó entonces rumbo a México, donde el presidente Adolfo López Mateos ordenó su salida a otro país, por lo que se trasladó a España. Diez años después retornó a Venezuela e intentó juicio para recuperar sus bienes. En 1971, publicó «Memorias de un Hombre, 1929-1971», donde narra su vida pública.  Falleció en Maracaibo, el 10 de mayo de 1983. Había nacido en San Antonio del Táchira, el 14 de marzo de 1907.

          FUENTES CONSULTADAS

          Élite. Caracas, 8 de febrero de 1964

            “El Mocho” Hernandez

            “El Mocho” Hernandez

            Sin avión ni automóvil hizo la más intensa y novedosa campaña electoral

            Por Ana Mercedes Pérez*

            José Manuel “El Mocho” Hernández realizó la primera campaña electoral moderna en el país.

            José Manuel “El Mocho” Hernández realizó la primera campaña electoral moderna en el país.

                 “De Miguelacho a Misericordia, hundida en la pátina del tiempo, hay una pequeña casa con alero de tejas rojas y una sola ventana, que es símbolo de orgullosa pobreza entre tantas modernas construcciones. Por allí pasan hoy venezolanos indiferentes al palpitar de nuestra historia, tan ubicada en ese humilde refugio. Por allí desfiló ayer todo el boato heterogéneo de nuestra política de fin de siglo: lanceros, periodistas, caudillos, escritores y generales, a tributarle honores a uno de los personajes más populares que ha tenido este país: José Manuel Hernández, “El Mocho”.

                 Hernández nació en Caracas en 1853, en la democrática parroquia de San Juan. Nació niño normal, es decir, con los cinco dedos completos de su mano derecha, que luego perdió en una revuelta contra Antonio Guzmán Blanco, jugándose a machete limpio la vida en el sitio denominado Los Lirios. Fue su bautizo político. Allí fue dado por muerto; recogiéndolo unos campesinos que lo curaron y lo escondieron. Cuando se despertó, notó que le faltaban el anular y el meñique y que sus otros dedos estaban anquilosados. Desde entonces su prestigio se regiría por el apodo de “El Mocho” Hernández.

                 No aconteció así con su espíritu: libre, independiente, rebelde, demostrado en muchas peligrosas ocasiones. Venezuela entera vio pasar su figura de Quijote, líder y guerrero, o desempeñando el oficio de carpintero, herencia de sus padres, canarios que se vinieron a Venezuela a probar fortuna. Guayana era por entonces la suprema aventura de los ambiciosos. Allá va “El Mocho” a inaugurarse también de minero en el Yuruari, donde llega a desempeñar el delicado cargo de Correo del Oro. 

                 Pero los tiempos eras zozobrantres de política. Aquellos oficios a campo limpio no constituyen sino la oportunidad para engarzar el engranaje de la conspiración que ya se prepara por losm acontecimientos patrios.

                 ¿Quién será el valiente que habría de enfrentarse al continuismo ya proclamado por Andueza? En Guayana los hombres dialogan sobre leyes mientras explotan tierras y están dispuestos a abandonar la búsqueda del oro por armarse de un viejo fusil. José Manuel Hernández está en la efervescencia de la juventud. Tiene treinta y ocho años. Pinta de jefe, con su cuerpo flexible y su dialéctica, aprendida en sus largas lecturas nocturnas. Es un autodidacta. En sus manos de hombre fuerte se encomiendan los “voluntarios” que aspiran a derrotar las fuerzas del Gobierno guayanés. Escogen como campo de lucha la isla de Orocopiche, en el Orinoco, abierta a toda iniciativa. Y logran vencer las bien amunicionadas tropas anduecistas, ganando allí “El Mocho” el título de General.

                 La Revolución Legalista ya está entrando a Caracas y su fama de patriota civilista llega a oídos de Crespo. “El Mocho” Hernández es llamado a la capital de la República para formar parte de la Asamblea Constituyente.

             

            El general diputado

                 De Parlamentario, andando entre leyes, es cuando resplandecen mejor sus ideales. Acomete desde un principio la campaña de la honestidad política, atacando duramente al Peculado, en los “Juicios de Responsabilidad” que se instalan para acusar a ex- gobernantes y sus acólitos. Le salen enemigos, pidiendo manto de clemencia para Andueza, Villegas, Pulido y Sebastián Casañas. El Diputado-General no transige. Uno de sus colegas, del bando opuesto, pide la palabra para decir en lenguaje bíblico que “todos son culpables y que no hay allí hombres tan limpios como para lanzar la primera piedra”.

                 Indognado “El Mocho” Hernández tiene suficiente entereza para contestarle: “pues yo sí puedon tirar la primera piedra porque me siento limpio”.

                 Sus enemigos llegan a señalarlo en venganza: “hidra feroz de la oligarquía”. Pues José Manuel Hernández, dentro de su asombrosa popularidad, reprsenta a los godos reunidos en el Partido Liberal Nacionalista que comandaba el Doctor Alejandro Urbaneja.

             

            La campaña electoral

                 Terminado el Congreso retorna a la Guayana a refrescar las amistades de su gloriosa campaña. De allí pasa a Estados Unidos. Va a presenciar el democrático ejercicio de las elecciones entrre William McKinley y el famoso orador Bryan. El general no pierde una sílaba ni un detalle. Los líderes hablan al pueblo en lenguaje sencillo y él aprenderá ese lenguaje patrio para desgranarlo entre los campesinos de los cuatro horizontes de su tierra. Ya no irá en actitud de guerrero sino de líder candidato a la presidencia de la República por su partido.

                 A su regreso engrosará un quinteto con los otros candidatos que ya se perfilan: Ignacio Andrade, Juan Pablo Rojas Paul, Tosta García, Juan Francisco Castillo. “El Mocho” sin duda ganara –es lo que se decía– arrastrando con su imán de simpatía a todo el mundo. Lo han propuesto importantes personajes como Urbaneja, David Lobo, Miguel Páez Pumar, Cristóbal Soublette.

                 Ha llegado pues el momento de iniciar lo que ha visto en la República del Norte, hombres que dominan a las masas por el don de la palabra. A lomo de caballo, por los caminos polvorientos de Venezuela, que están muy lejos de conocer el macadam, “El Mocho” inicia una manera nueva de ganarse la Presidencia de la República, contraria al rutinario golpe militar. De pueblo en pueblo va hablando de la autonomía de la provincia, del voto para los mayores de 18 años, de la libertad de navegación, de la liquidación de las Comandancias de Armas en los Estados, de implantar para siempre un régimen de respeto.

                 Mientras tanto su partido le hace propaganda en 42 periódicos; 195 tenía el gobierno para Andrade.

                 Su campaña electoral, iniciada sin un solo centavo, pero con una gran dosis de patriotismo, ha sido un éxito. No se habla de otra cosa como no sea de hacerlo presidente a través del voto democrático. A su regreso toda Caracas se vuelca hacia Caño Amarillo a tributarle admiración al prestigioso candidato. Lo llevan entre Bandas de Música a la placita de la Misericordia, donde será el mitin decisivo. Hasta Crespo asiste de incógnito para poder desmentir más tarde a sus Ministros que le dicen para adularlo que allí han ido apenas cuatro gatos. “Es mentira –replícales– porque yo también asistí”. Así lo consigna en una crónica nuestro historiador Ramón J. Velásquez.

            “El Mocho” Hernández (Caracas, 1844 - Nueva York, 1921) fue un caudillo, militar y político de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

            “El Mocho” Hernández (Caracas, 1844 – Nueva York, 1921) fue un caudillo, militar y político de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

            La burla elecctoral

                 Llega el ansiado día de las elecciones. Desde la madrugada la placita de Candelaria está colmada de campesinos armados de ruana y machetes. ¿Por quién votarán? Se rumoraba que hasta allí los habían traído “mecateados” y mal entrenados por los jefes civiles en ocasiones habían gritado: “Viva el mocho Andrade”, en vez de: “Viva el general Andrade”. 

                 La sorpresa no se hizo esperar. Andrade sacó inesperadamente 406.610 votos; “El Mocho” Hernández solo 2.203. La vena humorística popular comentaba que Andrade se quedó con las mesas, Rojas Paúl con las misas, Tosta García con las con las mozas, Arismendi Brito (candidato independiente) con las musas y “El Mocho” Hernández con las masas. El presidente del partido Nacionalista, visiblemente descontento, ordena en una circular a cada localidad que envíen los documentos de lo sucedido el día de las elecciones. Por su parte, Hernández protesta en un Manifiesto ante la Corte Federal, y aún más se atreve a ir hasta Santa Inés a enrostrarle a Crespo el fraude electoral. 

                 Gran cantidad de nacionalistas fueron presos por conspiración. “El Mocho” tiene que esconderse en casa de una familia Sosa, contigua a su morada, desde donde saltara por el corral para ir a la guerra. Eso cuenta su sobrino, nuestro entrevistado, Antonio Hernández, mientras Don Vicente Lecuna, apasionado Mochista, lo sitúa disfrazado con anteojos oscuros y sombrero de copa, pasando entre los despreocupados guardianes que no logran conocerlo, por el zaguán de su casa de la Misericordia.

                 Pero de una manera u otra, salvado siempre por los nacionalistas, “El Mocho” Hernández será esta vez polizón del tren de Caño Amarillo, después de haber sido su héroe. Oculto entre un cajón de piano, desde donde puede divisar a su enemigo Crespo, paseándose tranquilamente por Santa Inés, saldrá “El Mocho” para Carabobo, ayudado por sus innumerables amigos que lo animan a ir a la guerra a luchar por una administración más limpia, más honesta.

             

            El grito de Queipa

                 Queipa era una hacienda pequeña situada en Carabobo, perteneciente al decidido “mochista”, Don Evaristo Lima. Desde el 2 de marzo de 1898, cuando “El Mocho” organiza allí su Cuartel General, tendrá un sitio en la historia de Venezuela. Lanzo por entonces su célebre Manifiesto contra Crespo, llamado popularmente el “grito de Queipa”, donde le increpa la burla de las elecciones: “El general Crespo”, con felonía sin igual en los anales cómicos de nuestras libertades públicas, después de signar cien veces el juramento no pedido de amparar el derecho de los pueblos, de acatar su voluntad soberana, consumó bajo las sombras de la noche del 31 de agosto, el más trascendental de los crímenes políticos. No es pues un presidente Constitucional el señor general Ignacio Andrade.

                 Luego de dirige a la juventud y a sus inolvidables soldados de Guayana para que tomen el pabellón nacional y lo “claven en la cima del Capitolio”.

                 La sorpresa en Caracas fue grande cuando se supo que Hernández estaba en Carabobo. Con 45 hombres se declara alzado, entre quienes se cuentan Don Evaristo Lima y sus cuatro hijos. A los pocos días ya suman 200. Venezuela entera es un hervidero de “mochistas” diseminados en diversos lugares. A diez leguas del sur de Tinaco se ha alzado el prestigioso jefe llanero general Luis Loreto Lima con 200 jinetes; en el Oriente el general Zoilo Vidal, “Caribe Vidal”, quien lo secunda. Sucesivamente se alzan Pedro Conde en Bejuma, Eustaquio Rodríguez en Sedeño; Antonio Quintero en Cerro Azul; Manuel Vicente Dorta, en Montalbán; Francisco Lucena, en Nirgua; Bernabé Mora, en Tucuragua; el general Leopoldo Ortega, Jesús María Guerra y muchos otros. Ya Hernández tiene por su parte 500 voluntarios. Van armados de viejos fusiles cubanos, parte del pertrecho está fabricado en casas de familia, pero la consigna es quitar las armas al enemigo en el primer encuentro.

             

            Muerte de Crespo

                 Desde Caracas, Andrade ha enviado al general Joaquín Crespo a combatir a “El Mocho”. Viene con cuatro batallones a cargo de Wideman, Donato Rivero, Martín Muguerza y Miguel Hernández. Sumaban 2.500 hombres.

                 Hacia Tinaquillo es el camino, abriendo brecha por la sierra de Tiramuto. Serán escaramuzas que van surgiendo al paso de los hatos, donde las tropas, vengan de donde vinieren, obtienen alimento y descanso. Las de Crespo están mejor amunicionadas, pero las de Hernández son más listas. Tienen la experiencia del peligro buscado.

                 Varias son las batallas que se libran antes de llegar al Hato del Carmelero: la de Tinaquillo y Pañalito. En ambas, los soldados del Mucho se aprovisionan de buenos fusiles y cápsulas. Pero las campañas se hacen por deducciones. Las tropas de Crespo, que van en persecución de Hernández, pueden desviarse en un momento dado para mitigar su sed a orillas del río Tinaco y espías diseminados a lo largo de las serranías, se avisan mutuamente la táctica enemiga.

                 En el hato del Carmelero el primero que escoge sitio para esperar al enemigo es “El Mocho” Hernández. Samuel Acosta a la derecha, a su izquierda Sedeño. Loreto Lima avanza con su caballería a la diestra de Hernández. Pronto se ve venir a Crespo con sus batallones y corre a avisarles a los demás, a sus compañeros de batalla, que ya han mudado de sitio, y han decidido agruparse a la sombra de la trinchera profunda de la mata del Carmelero.

                 Decide Crespo avanzar con sus tres batallones, cada uno en tres líneas de tiradores. Fuego cruzado recibían de los nacionalistas, adiestrados por Loreto Lima. Después de una hora de continuo combate se hace un silencio temible. Crespo anda nervioso, mirando inquieto la profundidad del bosque y sobre todo aquella Mata, donde posiblemente se abrigan sus invisibles enemigos. De pronto concibe una idea audaz, que en táctica guerrera es como un suicidio: cruzar solo el misterio de la Mata para desbandar a los contrarios. Deja su mula de campaña para cambiarla por su caballo blanco, el de las grandes ocasiones. Y cuando ya se dispone a acometer su hazaña, una bala nacionalista le atraviesa la clavícula y lo hace caer al suelo.

                 Los soldados de “El Mocho” no se dan inmediatamente cuenta de lo que ha pasado, solo observan que los de Crespo se baten en retirada. Hasta creen que se trata de una emboscada, cuando por el camino que han abandonado iban recogiendo fusiles y cápsulas del enemigo. Pero a medida que avanzaban se decía que había muerto un jefe de los Batallones del Gobierno, sin saberse quién era.

                 Más tarde se supo que era Crespo y que Andrade había enviado para reemplazarlo a su ministro de guerra Antonio Fernández y al general Ramón Guerra con 4.000 hombres. (Guerra había sido uno de los hombres que le había prometido ayuda meses antes a “El Mocho”).

                 “El Mocho” Hernández es hecho preso y enviado a La Rotunda

            “El Mocho” fue un eterno alzado.

            “El Mocho” fue un eterno alzado.

            Reveses de la política

                 Desde su calabozo, “El Mocho” seguía con interés la marcha de la política. Ahora es Cipriano Castro marchando con los “sesenta” hacia Caracas. También como él en sus campañas va ganándose adictos a su paso, sólo que el Cabito va de regreso a tomarse la presidencia. A “El Mocho” le llegan noticias maravillosas como de que se le han unido gran número de nacionalistas: Luis Loreto Lima, Salvador Gordil, Jorge Samuel Acosta. Y hasta su celda de prisionero llegan felicitaciones por haber pactado Castro con los nacionalistas con quienes seguramente compartirá si es gobierno.

                 Pero pronto la política falaz y acomodaticia muestra sus reveses. Después de la batalla de Tocuyito, Castro cambia de táctica. Ha conferenciado con Manuel Antonio Matos, representante de los “amarillos”, quien le ha hecho ver como un peligro el entregarse a los brazos de los “mochistas”.

                 Y cuando la gente de “El Mocho” observa la traición, no siguen con él. Loreto Lima decide quedarse en su hacienda y Gordil en Turmero. El único que decide continuar la marcha es el general Samuel Acosta, para hacer cumplir a Castro su promesa de libertad a “El Mocho”.

                 Castro entra a Caracas el día 2 de octubre de 1899 con 3.500 liberales amarillos. A su llegada quiere ganarse la simpatía y manda a decir pomposamente a los presos, en especial a “El Mocho”: “tened un poco de paciencia que yo mismo os pondré en libertad”.

            El eterno alzado

                 De nuevo su humilde casita de la Misericordia será el escenario a donde concurren sus amigos y admiradores cuando sale de la prisión. Viejos nacionalistas y caudillos que han ido a la guerra por el triunfo de la justicia y que ahora aspiran a ver a su héroe encumbrado en el gobierno.

                 A los pocos días, Castro nombra su gabinete: Juan Francisco Castillo, en Interiores; José Ignacio Pulido, en Guerra; Andueza Palacio, en Exteriores; Víctor Rodríguez, en Obras Públicas; Manuel Clemente Urbaneja, en Instrucción; Tello, en Hacienda y “El Mocho” Hernández, en Fomento.

                 El partido no está contento. Se dividen en bandos: unos para decirle que no acepte esa miseria de ministerio, el más insignificante galardón de aquellos tiempos que ha podido dársele. Otros para que lo acepte, a fin de que Castro no tome fuerza. Pero “El Mocho” ya tiene trazado su camino. Otra vez la guerra. Lo importante era no dejar dormir a Castro tranquilo, significar el descontento en alguna forma. Cuando el presidente se encuentra en el Teatro Municipal, presenciando una función en su honor, recibe la noticia del alzamiento de su ministro de Fomento, en compañía de su “jefe del día” Samuel Acosta.

                 Pero nadie vendrá a hacer preso al presidente en su palco ni, circundado por bayonetas, le impulsarán a la fuga. El que se va es el alzado, hacia la libertad, por el camino de El Valle, hacia los llanos, buscando el rumbo de los eternos rebeldes como el general Loreto Lima. Siempre lo seguirá un grupo de idealistas que sueñan con la justicia.

                 Seis meses después caerá prisionero de las fuerzas del general Dávila.

                 Cuando el bloqueo, en 1902, Castro lo pone de nuevo en libertad. Lo invita a deponer las armas en beneficio de la patria. Y “El Mocho” dará órdenes a sus tropas de que se retiren porque “no era natural en momentos de conflictos internacionales”.

                 El presidente Castro lo envía a una misión en New York. Allí hace valiosas amistadas y sostiene con Castro una interesante correspondencia donde le dice: “Ojalá llegue pronto el día en que los magistrados de la República, convenciéndose de que son simples comisarios del pueblo, oigan la voz de los hombres honrados y dignos patriotas, manifestada en la opinión pública, y acatando la augusta majestad de la ley, encarrilen la nave política de la administración pública por bonancible vía”.

             

            Honestidad a prueba

                 En 1908, cuando Juan Vicente Gómez llama a colaborar a viejos caudillos, uno de ellos es “El Mocho”. Entra a formar parte del Consejo de Gobierno con los generales José Ignacio Pulido, Gregorio Segundo Riera. Nicolás Rolando, Juan Pablo Peñaloza. Son los hombres que aparente mente aconsejan al presidente, por el sueldo inédito de Bs. 600.

                 Pero ya Gómez piensa ganar adictos y voluntades con dinero. Empieza por repartir entre su Consejo acciones de la Compañía Cigarrera de Castro, que está muy lejos para protestar. “El Mocho” se indigna, rechaza la oferta. ¿Cómo se atreven a semejante desacato con él, que ha luchado toda su vida por implantar la honestidad?

                 Vigilado por los espías gomecistas, tiene que salir a escondidas del país.

             

            Exilio y muerte

                 Doce años pasa en el destierro. Su hijo, Nicolás Hernández, alto comerciante en Puerto Rico, lo sostendrá todo ese tiempo. Será el fiel testigo de sus recuerdos de la patria lejana, soñando siempre con “invasiones” para implantar en su país la democracia. La que soñó a través de su limpia campaña electoral de 1897.

                 Su sobrino –alto empleado de la Petroquímica– lo visitó en diversas ocasiones, aclarándonos algunos hechos. Nos referimos a su último alzamiento, cuando pudiendo hacer preso a Castro, prefirió huir.

                 El general Hernández, interrogado sobre el particular, le respondió que lo había hecho por “no ensangrentar a su amada Caracas, su tierra nativa”, en aquellos días terribles y convulsos con una muerte en cada esquina, que hicieron exclamar a Castro: “Ni cobro andinos, ni pago caraqueños”.

                 “El Mocho” Hernández murió en New York el 25 de agosto 1921. En sus bolsillos no se encontró ni un dólar. Su hermano Antonio tuvo que enviar desde Venezuela el dinero para su entierro. El cementerio de Woodland recibió en su seno a uno de nuestros luchadores más puros. Han pasa do treinta y nueve años y aún los venezolanos, tenidos por demócratas, no se han acordado de hacer repatriar sus restos”.

            * Nativa de Puerto Cabello, estado Carabobo (1910-1994), Ana Mercedes Pérez fue una acuciosa periodista, diplomática y poeta, conocida también por su seudónimo Claribel. Su poesía estuvo caracterizada por ser muy femenina

            FUENTES CONSULTADAS

            Elite. Caracas, 27 de febrero de 1960

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