Las memorias de Antonio Paredes

Las memorias de Antonio Paredes

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Las memorias de Antonio Paredes

Antonio Paredes recién salido de la prisión de San Carlos, en Maracaibo, después de haber escrito sus Memorias

     Al triunfar la revolución de Cipriano Castro (1899), Antonio Paredes, un valenciano de apenas 30 años, se niega a someterse y se levanta en armas, pero a los pocos días es sometido, apresado y enviado al castillo San Carlos en Maracaibo. En 1902, es puesto en libertad a raíz de la amnistía decretada por Castro con motivo del bloqueo. Paredes se exilia entonces en Trinidad. En febrero de 1907, invade Venezuela por Pedernales; capturado a los pocos días, es ejecutado sumariamente por orden de Cipriano Castro. A mediados de 1908, su hermano, Manuel Paredes, entabla un juicio por homicidio; la Corte, a la caída de Castro, dicta auto de detención contra el ex presidente, pero no se logra concretar una sentencia

Por Ana Mercedes Pérez

     “1899. ̶ Son tiempos inestables. Tiempos en que no se sabe con qué gobierno se va a amanecer. Los hombres quieren ir a la guerra, ser militares y para ello no se necesita sino ser guapo y cambiar de indumentaria. Se cambia la azada por el sable, el martillo por el revólver, la camisa de trabajo por el traje de campaña. De la noche a la mañana hombres humildes simples peones se levantan en armas auto llamándose Generales de una revolución.

     Lo que se necesita es audacia y más audacia, como decía Danton. Audacia para no dejarse quitar la silla y audacia para recobrarla o conquistarla. Audacia para triunfar y audacia para darse a respetar.

     De Los Andes van bajando sesenta hombres para tomar Caracas. ¿Qué llevan consigo para el triunfo? Audacia y más audacia. Bisoños algunos en artes militares pasan por los pueblos entre vítores solo por el hecho de intentar derribar al presidente. Es la revolución restauradora. El golpe de estado no tendrá otro carácter que el de la fuerza nueva contra la fuerza débil. Y esa fuerza será demostrada hasta el exceso por todo el que quisiera unirse a ella.

     Cipriano Castro viene anunciando un gobierno donde todo ha de ser nuevo: “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”. No se discuten planes ni se sabe en cuál terreno ha de decidirse el triunfo. Por ahora, Tocuyito será la meta. Cuatro mil seiscientos hombres apoyan al Gobierno, mientras el enemigo apenas cuenta con la mitad. Pero esa mitad lleva la fuerza de todos los deseos que arrastran los audaces.

     El presidente Ignacio Andrade es débil, hasta para decir que “no tiene tropas”, cuando un militar le ofrece colaboración. Las tropas se levantan si un gobierno cuenta con simpatías. Y cuando el atrevido Don Cipriano le ofrece amistosamente hacer un convenio entre el Gobierno y los revolucionarios, Andrade se niega prohibido ante la impetuosidad del avance.

     Pronto ya nadie le hará caso al Primer Magistrado, ni siquiera cuando intente libertar a los presos. Un presidente sin ejército es un hombre perdido, un hombre proclive a la derrota. Hasta que un buen día alguien se le acerque para advertirle: “Sálvese, General, que todo está perdido”.

Los padres de Antonio Paredes, el general Manuel Antonio Paredes y doña Manuela Domínguez, gente de tradición y de abolengo

Antonio Paredes

     Dentro de ese ambiente de hombres que se quitaban el poder unos a otros se movilizaba un joven militar de treinta años, egresado de la Academia de Saint Cyr, dotado de personalidad brillante. además de la conferida por la tradición: todos sus antepasados habían sido militares y guerreros gloriosos. La herencia viva no había sido creada por oportunismos revolucionarios. Su abuelo General Juan José de la Cruz había recibido el grado de coronel, en Ayacucho; Juan Antonio Paredes, General de la Gran Colombia, era otro de sus gloriosos antepasados; Manuel Antonio Paredes, su padre, había servido con Páez, venciendo al terrible Rubín.

     Los grados de militares habíanle sido conferidos por méritos ganados en buena lid, peleando por la patria con la espada al cinto, espadas que llevaban grabados en su empuñadura los lemas de Honor y Fidelidad.

     Cuando Cipriano Castro invade Caracas, en 1899, Paredes le sirve a Andrade defendiendo la Plaza de Puerto Cabello: No es hombre de rendiciones y acusa de “traidores” a los que ayer estuvieron con el Gobierno y hoy están con la revolución. Desafía al propio Castro llamándole “cobarde” porque no viene a medir sus fuerzas con él. Muy incómodo había de parecerle al jefe de la Revolución Restauradora la impertinencia de este apuesto General, representante de la aristocracia y de la cultura, educado en Europa y que lo reta a “medir con él sus fuerzas para comprobar que sus soldados serán derrotados”.

     La semilla del odio empezaría a germinar a Don Cipriano. El odio contra la superioridad y la digna altivez de Antonio Paredes. Cuando éste observa que el propio Andrade titubea, no transige con la derrota y le dice: “Apóyeme y venceremos a los traidores”.

     Pero el hombre que ha creado una Táctica Militar y que pelea técnicamente, permanecerá solo. Todos se irán con la revolución. Antonio Paredes por su atrevida y digna actitud irá a purgar a Maracaibo, en el Castillo de San Carlos, el testimonio de una raza que no perdonaba.

 

Sus memorias

     “Diario de mi prisión en San Carlos” no contiene propiamente las observaciones de un militar derrotado. Ni la trágica versión de un hombre atado con grillos, colmado de odio o sediento de venganza. Es la obra de un escritor meduloso, casi a veces de un poeta prisionero que espiritualiza el sufrimiento. El hombre que ha llevado consigo a Moliere, a Corneille, a Racine, a Musset, a Spencer, a Byron, etc., que lee literatura en tres idiomas, que traduce para sus compañeros l’Aiglon, de Rostand, nos va a decir por primera vez cómo vibran encarcelados y carceleros dentro de los oscuros muros del calabozo sin aire, sin luz y sin sol.

     “Memorias” que están plenas de una suave luz interior. Es el hombre metido en la soledad de sí mismo el que escribe, confiriéndole importancia a todo mínimo acontecimiento: “mis ojos ávidos de otros espectáculos están cansados de contar las grandes vigas de mangle rojo mal unidas que a la vez que sirven de asiento a esta lúgubre cueva, forman el asiento de la azotea donde durante el día se pasea el oficial de ronda. Podría decir cuántos huecos de clavos o estacas quedaron en el muro el día de la lechada”.

     Habla con los animalitos que lo visitan como solo puede hacerlo un sentimental soñador, un artista: “entre los muchos lagartijos o tuqueques que veo diariamente, conozco y aprecio de modo particular a uno que tiene la cola dividida en dos como una foca, otro con el rabo mocho que pasa el día cerca, en el túnel de la puerta cazando moscas y un tercero de colores muy vivos y esbelta figura, con la parte posterior de la cabeza de un amarillo subido, que por tantas ventajas debe ser el terror de los papás y los maridos de las lagartijas hermosas”.

     Antonio Paredes fue el primero que publicó en Venezuela un libro de esta índole, el primero que recogió sus memorias en la prisión. Se ha inspirado el estudioso en las Memorias de Silvio Pellico. Hay páginas conmovedoras: “Hoy ha recibido Meaño Rojas una carta de su novia residente en Caracas, en la cual dice ella que ‘ha llorado mucho en estos días’, lo que traducido al lenguaje secreto de los presos significa que la revolución se perdió”.

     Y otras veces es el rumor de la noticia lo que sacude el alma de los prisioneros o la simple y sencilla nueva de que pueden salir al patio a tomar el sol, o la resignación ejemplar del general cargado de grillos.

El teniente Antonio Paredes en la Revolución Legalista (1892)

     “Nadie que no haya estado privado del aire como nosotros podrá comprender nuestra dicha. Hoy he admitido una vez más la grandeza de Dios. Yo habría deseado conservar una fotografía de aquello: el viejo con su larga barba blanca, desnudo de medio cuerpo arriba, caminando a pasos muy cortos, algo inclinado hacia adelante; por detrás Pino, de uniforme, más encorvado aún que el viejo, llevándole los grillos. . .”

     El hombre democrático que es Paredes es un ejemplo sin precedente digno de situarlo ante la juventud que cada día se prepara. Porque Paredes no es solamente el héroe que dio su vida valientemente por la patria sino el ciudadano que dicta desde su prisión sus normas de ética política, con una gran generosidad. Mientras sus compañeros en el calabozo viven exasperados por el deseo de venganza contra “el Mono” (el mono es Don Cipriano), Paredes escucha entre tanto las mil formas con que condenarían a quien los tiene presos. Uno quiere colgarlo, otro quiere darle látigo, un tercero en meterlo en una pipa llena de mugre y desperdicios y ahogarlo en ésta, dándole con un sable en la cabeza cada vez que la saque.

     De pronto ante el asombro de todos ha declarado: “mi mayor placer sería verlo paseando y gozando de toda clase de garantías y seguridades, no porque tenga afecto alguno por él, sino porque así es que conviene en un país bien gobernado que cuando haya un hombre que al llegar al poder haga lo que ha dicho, ése será el día en que comenzará Venezuela a prosperar, porque entonces se acabarán las revoluciones y por eso es de desearse que quien asuma el mando después del atrabiliario Castro, sea enérgico a la vez que justo e inteligente, para reprimir, si fuere necesario, los desmanes de sus mismos compañeros”.

     Sus compañeros se recogen en sus celdas amoscados, no sin replicarle que “mejor es volverse santos para ir derechito al cielo”.

     Se adelantó a su tiempo, no sin adelantarse también a criticar los desfalcos en la administración pública, en donde entra el tan actualizado contrabando.

     “En Venezuela ningún empleado del gobierno se atiene a su sueldo. Los ministros entran en grandes especulaciones de todas clases: los militares especulan con las raciones de sus soldados, los aduaneros cierran los ojos y dejan pasar los contrabandos o pactan con los contrabandistas, el que va a hacer cualquier trabajo público se coge una gran parte de lo que se destina a la obra, solo o en sociedad con otros; todos, todos, hasta los porteros encuentran el modo de aumentar su sueldo con alguna industria o gabela prohibida”.

     Y continúa señalando que el presidente (el Cabito) era un limpio cuando llegó al poder. Al cabo de unos meses ya era propietario de todas las acciones del Ferrocarril del Táchira, de todos los vapores que navegaban en el Lago de Maracaibo, del Hato de La Candelaria, de potreros, haciendas en Aragua, de casas en Caracas y Valencia y no se sabe cuántas propiedades más.

     ¿Qué país puede ir adelante y prosperar cuando todo el tren gubernativo, desde el presidente hasta el empleado más insignificante, no se ocupan sino de fomentar sus propios intereses con perjuicio de los de la comunidad?

 

El humorista

     Para disfrutar del aire del patio a través de su calabozo se fabrica una nariz de tres metros de largo, que pudiera ser sacada a través de la reja como la trompa de un elefante. El modo de confeccionarla, ante la atónita mirada de los carceleros, que no sabían de qué pudiera tratarse y vigilaban hasta su mínimo paso, es digno de la trama de una pieza teatral.

     Primero hace comprar el papel de estraza y el almidón   ̶̶̶ pretextando que era bueno para las erupciones ̶, luego hierve el almidón, pica el papel y toma por molde un palo de escoba. Lo hace en tres secciones que une después y con una caja de fósforos suecos se fabrica entonces la parte principal del aparato, especie de embudo pequeño con la forma de una nariz. Tres días empleaba en fabricarse el aparato y en probarlo por la noche, lo que en conjunto era ̶̶̶ dice Paredes ̶̶̶ una especie de serpiente con las anfisbenas de las arenas de Libia de que nos habla el Dante, de posición recta y cabeza muy desarrollada”.

 

     Todos estos preparativos los observa su carcelero con gran interés. El famoso prisionero parecía regocijarse con su rostro curioso “¿Quién sabe qué se habrá imaginado? ¡Cómo no vaya a creer que ha fabricado un cañón mágico para destruir la fortaleza y matarlos a todos ellos!”.

     El caso de Cristico es el más divertido de todos. Cristico era el muchacho que le traía la comida y las noticias de fuera, impulsándole a que se comunicara con el mundo exterior para unirse a la revolución. Paredes, un gran psicólogo, de inmediato se da cuenta que Cristico es un espía, un agente del alcalde Bello. . . Y resuelve burlarse, antes de ser él burlado.

     Decide entonces entregarle una carta, dirigida a un tal Quiñones en Maracaibo. A Cristico le brillan los ojos de contento, pues por fin ha logrado la peligrosa encomienda. Dicha misiva iba dirigida dentro del sobre al propio Bello en los siguientes términos:
“Señor General J.A. Bello
. . . desde hace algún tiempo viene el teniente Jesús María Rodríguez (alias Cristico) haciéndome insinuaciones en el sentido que yo encabece una sublevación, y me ha dado noticias de supuestos triunfos de los revolucionarios y ha hablado en mi presencia con varios centinelas elogiándome a la vez que deprimía el gobierno existente y me facilitó el lápiz con que escribo a usted, todo con visible, objeto que yo dé alguna prenda que me comprometa para que pueda hacerse todavía más dura mi prisión. . . Pero Cristico es tan lerdo que desde el principio me dejó conocer sus intenciones y para probarle que no es sino un pobre muchacho MUY INOCENTE lo he escogido a él mismo para que lleve a usted esta carta, haciéndole creer que tengo interés en que la mande a Maracaibo. . .
. . . ¡Qué decepción para usted cuando al romper la cubierta no encuentre lo que espera!”

La libertad

     Pero aquel mismo ciudadano que, no obstante su cultura superior, fue siempre un compañero cordial con sus compañeros de prisión, aquel caballero que había vivido en París y comparte su alimento de rico con los más pobres, aquel fraternal amigo que en el día de su salida regala su catre y sus efectos a los más necesitados, seguirá siendo el día de su libertad un hombre altivo ante el Alcalde y sicarios que le han hostilizado su vida: “vi con sorpresa que todos los compañeros que iban saliendo adelante daban la mano a Bello que estaba parado allí y los despedía con la sonrisa amable de quien despidiera a los concurrentes a un banquete o a un baile. Yo he pasado delante de él sin mirarle. . . Luego todos dieron la mano a Pino, como habían hecho, con el otro. Cuando llegó mi turno de bajar, Pino estiró su mano, yo no moví la mía y salté en el bote sin cuidarme de él”.

     Desde entonces su vida resplandecerá bajo la aureola de una leyenda. Al comprender que su libertad ha tenido el precio de salvar a Cipriano Castro de “la planta insolente del extranjero”, prefiere escoger el camino del destierro. No será sino la preparación del retorno por la senda del sacrificio. El sacrificio más heroico y lamentable en nuestra historia política del siglo que pagó con su propia vida.

     Por ello Antonio Paredes pide la epopeya del mármol; fue un dios vencido en plena juventud.

Rómulo Gallegos y su tiempo

Rómulo Gallegos y su tiempo

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Rómulo Gallegos y su tiempo

     Juan Liscano, poeta investigador folklórico, periodista y crítico literario, está preparando una obra biográfica sobre el maestro Rómulo Gallegos, de la cual la revista ÉLITE se complace en publicar uno de sus capítulos. En este nuevo libro, el autor analiza la figura del Maestro de Juventudes y su Tiempo, sus sentimientos y actitudes, tanto humanas como políticas. En el capítulo que reproducimos el lector podrá conocer la estatura moral del hombre que fue derrocado un 24 de noviembre de 1948.

      “Conviene ahora evocar, a grandes rasgos, el proceso político que se inició después de la muerte de Juan Vicente Gómez y desembocó en el derrocamiento del gobierno constitucional presidido por Rómulo Gallegos.

     Una vez fallecido el dictador, se encargó del Poder su ministro de la Defensa, el general Eleazar López Contreras. La perspectiva histórica destaca con aspectos cada vez más positivos, la gestión transicional que le correspondió desempeñar a este gobernante. Durante su presidencia se inició el proceso de conquistas democráticas venezolanas. Se fundaron nuevos partidos, inspirados en ideologías contemporáneas, y sindicatos obreros. López Contreras se propuso equilibrar las contradictorias fuerzas que intervenían en esa etapa de transición. Frenó las impaciencias de la izquierda y las exigencias de la derecha. Encauzó el país hacia un desarrollo democrático paulatino y gradual. 

     Le evitó a nuestra explosiva y extremista colectividad, fácil presa de cualquier radicalismo e intransigencia, las violentas oposiciones y, rectificando el rumbo cada vez, según por donde amenazaran tormentas y vientos fuertes, aparentemente insensible a la crítica, a los reclamos, a las imposiciones, desembocó en el restablecimiento de las garantías individuales y el acatamiento al principio de alternabilidad republicana. En lugar de reelegirse presentó al Congreso donde tenía mayoría, un candidato oficial: el coronel Isaías Medina Angarita, su ministro de la Defensa. La oposición democrática había lanzado ya la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos. Medina Angarita salió electo presidente de la República. Su primer acto político fue permitir la legalización de Acción Democrática, compactada en torno a la candidatura de Gallegos y la del Partido Comunista bajo el nombre de Unión Popular Venezolana. Aceleró el desarrollo democrático del país. La liberalidad cordial del nuevo presidente coincidió con una etapa de alianza entre la U.R. S. S. y los Estados Unidos, impuesta por la Segunda Guerra Mundial. Esa alianza se tradujo en una colaboración entre el Capitalismo y el Socialismo, entre los partidos comunistas y los gobiernos anti-nazistas. Las repúblicas hispanoamericanas establecieron relaciones diplomáticas con la U.R. S. S. Norteamérica estaba especialmente interesada en ello. Venezuela rompió con el eje Tokio-Roma-Berlín. Los Estados Unidos impusieron esa ruptura pues Medina Angarita se inclinaba más bien hacia una neutralidad confortable. El Partido Comunista Venezolano apoyó decididamente el gobierno medinista. Acción Democrática constituyó la oposición.

     La política anti-nazista de Venezuela mereció la aceptación de este último partido, pero en el orden interior, se agravó su descontento frente al gobierno. El objetivo fundamental de A.D. era lograr una reforma constitucional que estableciera el sufragio universal y la elección directa para presidente de la República. Sabiéndose mayoritario en el país, ese partido aspiraba a alcanzar el Poder por la vía del sufragio universal. Pero Medina Angarita no se resolvía a apoyar una reforma, la cual, es preciso decirlo, implicaría la anulación de toda influencia suya o de su grupo. Rómulo Gallegos intervino frecuentemente como mediador entre la oposición adeísta y Medina. Aconsejó a este último la reforma constitucional. Se trataba de una conquista inobjetable, sin dejar lugar a dudas, la cual hubiera acelerado la evolución política de nuestro país. Pero ello equivalía a entregarle el poder a Acción Democrática, partido policlasista que congregaba a las mayorías. El grupo medinista no quería perder sus posiciones. Por otra parte, la candidatura de López Contreras empezaba a ganar terreno en el Congreso. El medinismo tampoco quería pactar con López Contreras. Faltando poco para el nuevo período presidencial, se inició una conspiración entre jóvenes oficiales del Ejército. Este, en verdad, no había obtenido ventaja alguna con el gobierno imperante. Medina colgó el uniforme y vistió traje de civil. La reacción castrense tomó cuerpo en grupos de jóvenes oficiales, en su mayoría contaminados por ideas de predominancia militarista y vaga exaltación fascista. Los modelos a seguir serían los junkers prusianos y las logias militares argentinas. El Ejército debía imponerse a la República como una superestructura. Pero semejantes propósitos, por lo demás harto confusos, mezclados con las peores inclinaciones caudillistas y apetencias de riqueza, fueron cuidadosamente disimulados cuando se trató de iniciar conversaciones con grupos civiles.

     Los conspiradores se acercaron a Acción Democrática, porque era el gran partido de oposición al régimen. Podía garantizar el control de la calle, en el supuesto de un golpe exitoso. Medina Angarita y los jefes militares en que se apoyaba, andaban ciegos frente a los manejos de los discípulos aprovechados que habían estudiado en el Perú, en la Argentina, en España. Acción Democrática oía a los militares, pero hubiera preferido una salida pacífica, hacia la constitucionalidad. Se perfiló una posible candidatura de equilibrio: la del Dr. Diógenes Escalante. El medinismo y el adeísmo coincidieron en apoyarla, pero Escalante perdió la razón, invalidándose para toda gestión intelectual. Los acuerdos se rompieron. Isaías Medina se entregaba de un todo a sus consejeros. Optó por lanzar un candidato propio, sin respaldo alguno de opinión. La conspiración recrudeció. Acción Democrática quedó definitivamente descontenta. El tránsito pacífico de un período presidencial a otro, resultaba cada vez menos probable. Los militares instaban a los civiles a actuar. El 18 de octubre de 1945 se alzaron algunos efectivos militares. En la noche de ese día el movimiento estaba fracasado, pero Medina, inhibido ante un estallido de violencia que había sido incapaz de sospechar, confundido, decepcionado, queriendo evitar derramamiento de sangre, renunciaba a la Presidencia, sin darle tiempo a los rebeldes a negociar su rendición. ¡El golpe había triunfado! Acción Democrática preparó el ánimo de la calle y apoyó la rebelión militar. Arremolinados y disputándose ya el Poder, los líderes militares y civiles constituyeron la Junta Revolucionaria de Gobierno en la que predominaron los segundos.

     En ese mismo momento empezó el descontento castrense. No cabía entendimiento alguno entre unos oficiales, mayoritariamente ambiciosos y reaccionarios, y unos dirigentes políticos con vocación popular. Acción Democrática creyó poder capitalizar para sí y para la causa democrática, la caída de Medina Angarita. Fue su primer error. Los militares, momentáneamente relegados a un segundo plano, se dedicaron, de inmediato, a preparar el asalto final al Poder.

     Acción Democrática había tenido que escoger entre quedarse fuera del golpe o integrarse a él, para imponer soluciones democráticas. Optó por lo segundo. Su vocación de poder fue más fuerte que su condición civilista. No supo o no pudo esperar. Cometió el pecado de impaciencia y comprometió sus ejecutorias pasadas, aliándose con militares que aspiraban, por sobre todo, a mejorar su situación financiera. Su empeño principal consistió, desde el momento de su llegada al gobierno, en limpiarse del pecado original, reformando la Constitución e instaurando un régimen de libertades públicas como nunca antes se había conocido en Venezuela. Cumplió con amplios propósitos. Pero cometió un segundo error. El de negarse a compartir responsabilidades de gobierno. Creyó que bastarían sus intenciones de gerenciar con probidad de Cosa Pública y el apoyo de la mayoría del electorado, para satisfacer a la colectividad y consolidar nuestra democracia. Olvidaba que, en países como el nuestro, de incipiente sentir democrático, de poderosos intereses creados, de tradición dictatorial, se requiere para consolidar cualquier gobierno, el apoyo o la neutralidad de sectores que, aunque minoritarios, pueden decidir las situaciones mejor que un millón de electores desarmados.

     El partido de gobierno se aisló y en lugar de presentarse como parte conciliadora que involuntariamente fuera arrastrada en esa aventura bárbara, asumió, engreídamente, todo el peso del rencor que suscitaba aquel atraco al Poder. Los militares, en cambio, se disfrazaban de ovejas. Finalmente, Acción Democrática carecía de experiencia de gobierno y de administración. Cometió equivocaciones. Se atolló. Creo enemistades inútilmente. No supo destacar sus realizaciones concretas.

     Puso todo su empeño en conceder libertades públicas y preparar unas elecciones impecables. Pero tras de respetar la oposición desatada que, por todos los medios, desacreditó su gestión y enardeció los ánimos, y tras de ganar dos procesos electorales, perdió el poder ante la arremetida de la oficialidad compactada, a la cual tácita e implícitamente, apoyaban los más diversos sectores minoritarios del país, desde agrupaciones de inspiración democrática que “dejaron hacer”, hasta frenéticos reaccionarios que preveían el regreso feliz a tiempos de la tiranía y represiones. Acción Democrática se mostró incapaz de apaciguar esa posición encarnizada.

     Los hechos que rodean la caída del régimen constitucional presidido, en ese entonces, por Rómulo Gallegos, son del dominio público y es poco lo que se pueda ya contar de novedoso sobre esa crisis. Gallegos se integró plenamente a su destino. Durante diez días se encaró con amenazas y peticiones del alto mando militar. Ningún peligro como ninguna proposición de componenda dudosa, conturbaron su riguroso sentir principista. Se le pidió dar la espalda a su partido y exilar a compañeros como Rómulo Betancourt ̶ cerebro y nervio de A.D., figura polémica de jefe de partido que con sus actuaciones abarca los 30 últimos años de vida política venezolana, hoy estadista serenado y superado a quien la mayoría nacional ungió con su voto multitudinario para la Presidencia Constitucional del período 1959-64 ̶ y a oficiales como Mario Vargas, ̶ enfermo a la sazón en los Estados Unidos ̶ ; se le propuso seguir gobernando pero en connubio con el Estado Mayor.

     Su inmensa autoridad moral contuvo momentáneamente, la rebelión. Los oficiales vacilaban ante su intransigencia austera. Su respuesta era: ‘No discuto con alzados. Que la oficialidad deponga su actitud y después veremos’.

     En medio de la confusión de esos días tensos, cinceló, con su actuación, la imagen del magistrado incorruptible. Como Vargas, encarnó la razón de la justicia frente al arrebato de la fuerza bruta. A la par que su figura crecía frente a los militares perjuros (que unos meses atrás habían proclamado la legalidad y pureza de las elecciones vigiladas por ellos mismos), rescató para su partido lo mejor que tuvo su gestión gubernamental: una voluntad consciente de llevar a cabo la primera experiencia de democracia representativa. Gallegos quizás hubiera podido negociar soluciones transitorias. Pero éstas, en el caso de resultar, en vez de servir la causa del civilismo y la democracia venezolana, hubiéranla escarnecido con una componenda que tarde o temprano, desembocaría en un control total del poder por parte de los militares. De modo que Gallegos, al oponerse a toda transacción que implicara una merma del Poder Civil, le devolvía, pese a la derrota inmediata, toda su razón de ser y toda su dignidad perdida. Acto de política trascendente fue ese de no ceder un ápice ante la presión castrense. Gracias a esa voluntad ejemplar, despertó el espíritu mismo de la Resistencia. Antes de ser apresado escribió una alocución que no pudo ser publicada ni leída por radio. En ella ponía a cada quien, en su lugar, para las luchas venideras:

‘En mi residencia particular acabo de recibir la noticia de que ha sido ocupado el Palacio Presidencial de Miraflores por fuerzas militares comandadas por el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez, donde se ha practicado la detención de varios ministros del despacho y sé que, llevando a cabo el atropello de las instituciones a que se han decidido las fuerzas armadas, vienen ya a apoderarse de mi persona. Culmina así un proceso de insurrección de las fuerzas de la guarnición de Caracas y del alto mando militar, iniciado hace diez días con un intento de ejercer presión sobre mi ánimo para imponerme líneas de conducta política, cosa que solo puede hacer el pueblo de Venezuela, cuya voluntad represento y cuya confianza poseo. A tales pretensiones me he opuesto enérgicamente en la defensa de la dignidad del poder civil, contra la cual acaba de asestarse, una vez más, un golpe de fuerza dirigido al establecimiento de una dictadura militar. ¡Pueblo de Venezuela!: Yo he cumplido mi deber, cumple tú ahora el tuyo no dejándote arrebatar el derecho que legítimamente habías conquistado de darte tu propio gobierno por acto cívico de soberanía popular.

Los Palos Grandes, Chacao

24 de noviembre de 1948’

     Trasladado de su hogar a la Escuela Militar, quedó detenido por el Estado Mayor felón. El gobernador de Caracas, general Juan de Dios Celis Paredes, le visitó un día, en gestión amistosa pero veladamente semi-oficiosa. Se trataba de encontrar qué hacer con el ilustre detenido. Celis Paredes le pregunta si desearía regresar a su casa de los Palos Grandes. Entonces comprendió que detrás de aquella pregunta estaba el comandante Carlos Delgado Chalbaud, cuyo empeño durante la crisis había sido el de lograr que Gallegos quedara de Presidente, pero ligado al Estado Mayor insurrecto. La respuesta del novelista presidente no dejó lugar a dudas: ‘Dígale a su comandante que hasta el 19 de abril de 1953, en Venezuela no hay sino dos sitios para mí: el palacio presidencial o la cárcel’. Finalmente se le embarcó en un avión  junto con su familia. Durante el vuelo el capitán de abordo le notificó que gozaba de visa para Cuba, México o los Estados Unidos y le preguntó que dónde preferiría quedarse. Gallegos escogió Cuba. Era el 5 de diciembre de 1948.

     Su prestigio brilló más en la adversidad. Reactualizó todos los grandes dramas políticos que arrojaban a hombres justos y probos al inmerecido exilio. Sus primeras declaraciones en el exterior fueron para comprometer a los Estados Unidos en la asonada que derrocara su gobierno legítimo. El Departamento de Estado se vio obligado a rechazar esas sospechas y a aclarar la presencia de un alto jefe de la Misión Militar norteamericana en el lugar de los sucesos. El presidente Truman más tarde, en documento harto importante y significativo, intentó explicar las razones que forzaban a los Estados Unidos a reconocer el nuevo gobierno venezolano y antes de llevar a cabo ese reconocimiento, dejó pasar varios meses, lo cual resulta excepcional en nuestro Continente. Gallegos entró a formar parte de la alegoría de una americanidad dividida entre fuerzas inferiores y superiores, entre impulsos civilizadores y arrebatos primarios. Se identificó en un plano vitral con la tesis mayor de su obra. Fue el personaje de una aventura histórica parecida a una novela suya. Su palabra tuvo inusitadas resonancias. Los países donde imperaban regímenes legales respetuosos de las libertades públicas, se solidarizaron con el Presidente derrocado y con la causa que representaba. Las organizaciones democráticas exaltaron sus ejecutorias y la honorabilidad de su persona trina: el maestro, el escritor y el político. La resultante de esa triple acción, inspirada siempre en una voluntad educadora, daba la suma total de la hombría de bien”.

FUENTES CONSULTADAS

  • Elite. Caracas, 11 de marzo de 1961

El Museo “Colonial” o de Llaguno

El Museo “Colonial” o de Llaguno

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El Museo “Colonial” o de Llaguno

Sala del antiguo Museo de Arte Colonial

     Hemos pensado al trasponer el umbral si decimos museo colonial o museo de Llaguno para designar el de la “Sociedad de Amigos del Arte Colonial”, instalado en la casa de don Felipe Llaguno, en la esquina de su nombre. Decimos “Colonial” por costumbre y porque la palabra tiene cierto aroma de otro tiempo. Pero si lo referimos únicamente al pasado el nombre resulta algo impropio, ya que la etapa de colonización en nuestro país no ha concluido o, mejor dicho, apenas si está en sus comienzos. Tampoco creemos muy exacta esa diferencia que se trata de establecer a menudo entre esa etapa anterior de colonización y la que hoy quiere denominarse colonización económica o del moderno capitalismo, ya que por fuerza toda colonización ha de tener sus bases en una economía determinada. A Venezuela se le designa con el nombre de Provincia y no de colonia en las historias y documentos de aquel tiempo. Así la titula Oviedo y Baños en su historia. Para la época de Llaguno, la primitiva fundación o colonia española, comenzaba a desarrollarse y a tener carácter y estilo propio. Dígalo si no esta casa.

     Don Felipe Llaguno tenía 47 años cuando murió. Dejaba a su mujer, doña Bernarda, encinta o “fecunda”, como dice en el poder que le otorgó para hacer testamento junto con su cuñado don Carlos Garay. Era el 19 de octubre de 1788 y estaban en una de aquellas estancias para recibir su voluntad el escribano don Gabriel José de Aramburu y los testigos don Manuel Antonio Martínez, doctor Juan Manuel Chamizo y don José Antonio Porras. Ese mismo día fue preciso otorgar un codicilo. Era don Felipe natural de la villa de Trucios, en el señorío de Vizcaya, hijo de don Antonio Llaguno y de doña Francisca de Larrea. De su unión con doña Bernarda habían nacido seis hijos María Josefa, Francisco, María Antonia, Felipe, María Teresa y Bernarda Gervasia. Don Felipe murió el 31 de octubre y esa misma noche, amortajado con el hábito de San Francisco, fue conducido a la sala De Profundis acompañado de la comunidad con un religioso de dicha orden, de la cual era síndico en esta ciudad y su Provincia. Al día siguiente, con asistencia de varias Comunidades se efectuó su entierro al pie del altar de dicho Padre Seráfico. Dijéronse por el descanso de su alma 658 misas por ocho reales plata cada una. El 5 de noviembre celebráronse sus honras “con la mayor solemnidad acostumbrada en esta ciudad a las personas de primera distinción”, según declara luego doña Bernarda. Era Llaguno comerciante en añil y en cacao, por lo que se echa de menos en el patio interior o “de afuera”, donde hay tanta paz y silencio, algunos zurrones de añil y unas cuantas nueces o almendras de theobroma. Este patio, como aquel tiempo, debió tener entonces un fuerte olor a cacao, sobre todo en los días de San Juan, época de la primera cosecha. No podía sospechar don Felipe aquella mañana de octubre, que del mundo que dejaba apenas quedaría en pie su casa entre otros rarísimos vestigios. 

     Por raro privilegio había de salvarse junto con la casa vecina de la donación Chávez, por lo cual el estilo de la época, el de aquellos portones anchurosos y frescos, ostenta en aquella parte toda su sencillez y nobleza.

     El estilo de estas casas revela un orden que parecía fundado sobre bases más sólidas que el actual de la colonización petrolera. Es también expresión de un ritmo lento de vida, aunque no falto de intensidad. Se oía más entonces el paso de las horas. La civilización del petróleo dispone de la velocidad: el avión, el tanque o el submarino. En aquélla tenían preponderancia, al menos se les daba en apariencia, las cosas espirituales; ésta es profunda, brutalmente materialista. La riqueza petrolera sustituyó a la riqueza agrícola o fundada en la prosperidad de los campos, en el buen precio de las cosechas.

     Aquella época olía a cacao, ésta a petróleo. Por eso es tanto más curioso que sea en pleno auge de la civilización petrolera cuando vuelven a la luz estos personajes y exista tanto interés por todo lo que perteneció y distinguió la vida de aquel tiempo. Algo hay en el fondo de todo más que simple afán de coleccionistas. Aquel mundo evidentemente no se ha desvanecido del todo, subsiste en apariencia separado del presente. El alma de aquel tiempo se diría tan resistente como esos frágiles objetos de cristal, salvados no se sabe cómo de tantos desastres. Mañana también habrá museos de la vida actual. Multitud de cosas inverosímiles podrán exhibirse en cajas como esas que se usaban para guardar rapé. ¡Quién sabe cuántas cosas para dar idea de la vida prodigiosa de estos tiempos! Nuestros descendientes, es cierto, dispondrán de una información más abundante que la nuestra de los antepasados. Tendrán cuando menos las colecciones de los diarios.

El museo colonial o museo de Llaguno, está ubicado en la casa de don Felipe Llaguno, en la esquina del mismo nombre, en Caracas

     Pasemos ante las lunas o espejos oscurecidos que conocen tantos secretos. Son acaso los objetos más impregnados de vida de estos museos. En una galería de la casa de Llaguno se ven los retratos de dos personajes vinculados grandemente a la historia de la ciudad. Uno es el del obispo don José Félix Valverde con sus vestidos pontificales, de quien dice don Blas José terrero en su “teatro de Venezuela y Caracas” que no tuvo la “silla obispo de su minerva”. El otro es el de doña Josefa de Ponte y Aguirre, madre Josefa de la Encarnación, fundadora del convento de Carmelitas. Estuvo este convento en un principio donde se halla la iglesia de Santa Rosalía. El obispo Valverde había traído de México para este objeto cinco religiosas, por encargo y gestión de su antecesor. La dedicación del nuevo convento efectuóse el 19 de marzo de 1732 cuando el obispo condujo a las religiosas de la Catedral a la casa que se les había destinado. Apenas instaladas sobrecogió a las religiosas un terror misterioso, “unas especies tan espantosas y horrorosas, dice don Blas José Terrero, que ni toda la persuasiva y amor de Su Ilustrísima, ni la de otras personas de superior carácter, fue bastante para aquietarlas”. Fue necesario trasladarlas a una nueva casa, cerca de la Catedral, donde tampoco hallaron sosiego.

     Sin consultar al obispo, y de concierto con las madres, don Pedro Díaz Cienfuegos, cura de Catedral, escribió al rey para hacerle presente las dificultades que se ofrecían a la fundación del convento, y el rey, por cédula expedida en Sevilla a 10 de setiembre de 1732, ordenó se suspendiese a fundación y dio su consentimiento para que las religiosas regresaran a México. En su retorno tuvo que gastar el obispo seis mil pesos, y dice Terrero que experimentaron en el viaje de cinco meses, infinitos sucesos. Quedóse únicamente la superiora, sor Josefa de San Miguel, quien se ofreció a continuar la obra, por lo cual doña Josefa Ponte pudo tener su convento. El obispo obtuvo del rey renovación de su anterior cédula mandando proseguir la obra desde San Lorenzo del Escorial, a 22 de noviembre de 1733. Según la leyenda de su retrato, la madre Josefa de la Encarnación murió el 4 de marzo de 1744 a los 87 años.

     Fue este obispo Valverde quien hizo colocar el primer reloj de la torre de la Catedral. Durante su gobierno se presentó en Caracas otro obispo nombrado para su silla, y el cabildo le dio posesión el 22 de noviembre de 1739. El rey anula esta posesión, pero mientras tanto muere en Barquisimeto el obispo Valverde, gran devoto de la Madre de Dios, hasta el punto de que, embarazada su lengua por el escorbuto y la perlesía, únicamente podía articular las palabras de la oración angélica “con pasmosa admiración de todos”.

     Cuando se contemplan estas telas deterioradas que después de tantos años vuelven a luz y las fotografías de tantas ruinas, se echa de ver la revolución que sacudió al país. Esas telas fueron arrumbadas para que nadie más volviese a recordarlas. Algunas de esas telas que representan imágenes religiosas, participaban íntimamente en la vida de la gente de aquel tiempo. Hoy apenas son objeto de interés de coleccionistas. Por lo común el diablo se halla representado en esos cuadros. María Santísima de la Luz, una de las bellas imágenes del Museo de Llaguno, toca con su cetro la frente de Satanás. Durante la Colonia el diablo impera. Hoy no. Nadie habla hoy del diablo. Nadie habla ni cree en él. Es un personaje bastante pasado de moda. No es de suponerse, sin embargo, que hayan muerto o abandonado definitivamente el teatro de sus actividades de antaño. Mejor se diría que se encuentra muy bien instalado entre nosotros con cierto aire moderno y simple que en nada lo distingue de los demás y que nadie recuerda a tan importante personaje, porque todos, el que más o el que menos, ha hecho algún trato con él. Día llegará, en que pase las cuentas y entonces veremos si una vez más quedará burlado, como ha ocurrido hasta hoy, o si será lo contrario. Es posible que ese pacto universal sea la causa del silencio que se hace en torno suyo.

     Al fondo de la casa de Llaguno nos hallamos con la puerta que por muchos años estuvo en una casa de la esquina de San Juan, cerca de la calle de la Amargura. Hermoso portón cerrado, con su puertecilla en una de las hojas. Preferimos dejar a un lado los fríos inventarios, las prolijas enumeraciones que nada restauran, y acercarnos a ella. Es la puerta perdida y nos invita a evadirnos. Todo el mundo experimenta hoy cierto deseo de escapar, de evadirse. ¿Por qué hemos de ser los únicos que pensamos en quedarnos? Algunos, la mayoría, no llegan a evadirse sino en automóvil, hasta alguna playa vecina. Se diría que su interés por algunas cosas de hoy es sólo aparente, pura simulación. Si empujamos la puertecilla quizás vamos a encontrarnos en otra época distante de la nuestra, en un mundo perdido. Es la puerta cerrada del misterio.

FUENTES CONSULTADAS

  • El Tiempo. Caracas, 11 de julio de 1943; Pág. 7

Los fantasmas de la vieja Caracas

Los fantasmas de la vieja Caracas

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Los fantasmas de la vieja Caracas

     Son muchas las tradiciones y hechos del pasado perdidos en esta inmensa ciudad y entre esas cosas que se fueron y no volverán se encuentran las famosas leyendas de “aparecidos” tan fantásticas en la Caracas de antaño.

     Esos espectros que tanto atemorizaron a los caraqueños, desde tiempos de la colonia hasta principios de nuestro siglo, alcanzaron las formas más diversas.

     Entre ellas encontramos figuras de animales, de mujeres grotescas, de enanos y de objetos diversos.

     Entre los fantasmas más famosos de la época encontramos a “La Sayona”, “La Llorona”, “Las Ánimas”, “El Carretón Fantasma o de Trinidad” y “La Mula Maniá”.

Uno de los más famosos “muertos” del siglo XIX fue “La Sayona”, de quien aún oímos hablar

La Sayona

   Uno de los más famosos “muertos” del siglo pasado fue “La Sayona”, de quien aún oímos hablar.

     Según se cuenta, La Sayona era una mujer altísima, desgarbada y de grotescas proporciones quien siempre iba vestida de negro, con una saya de larga cola que arrastraba en su paso fugaz por las calles caraqueñas. De allí el origen de su nombre.

     Esta mujer de afiladas uñas, que lanzaba una luz rojiza por los ojos, tenía la facultad de desdoblarse, transformándose algunas veces en un agresivo perro o en un gigantesco lobo, de brillantes colmillos.

     Las personas que aseguraban haber visto a “La Sayona” explicaban que en su metamorfosis lo primero que desaparecía era el ropaje negro que la caracterizaba, luego el cuerpo se adelgazaba y por último ésta se tiraba al suelo, en donde se transformaba en la figura de un perro o de un lobo.

     Otras personas afirman que este fantasma tenía la capacidad de alargar algunas partes del cuerpo, tales como sus extremidades y su cabeza.

     Generalmente, “La Sayona” hacía sus apariciones durante altas horas de la noche o en la madrugada cuando había muy poca luz en toda la ciudad..

     Junto a “La Sayona”, según se cuenta, aparecía otro espectro que llamaron en aquella época “El hermano penitente” que acompañaba a “La Sayona” por los lugares más oscuros y solitarios de Caracas.

     “El hermano Penitente” era un alma en pena que se paseaba rezando, confesando sus pecados, y lanzando alaridos de vez en cuando. Los que lograron ver al “Hermano Penitente” cuentan que se presentaba vestido de blanco, con grandes cuentas blancas alrededor del cuello y una cruz del mismo color, cayéndole en el pecho.

 

La Llorona

     “La Llorona” fue otra de las tantas historias de “aparecidos” que tuvo gran resonancia durante el siglo pasado y aún a principios de este.

     Según la leyenda, ésta fue una mujer condenada al eterno dolor por el delito de haber asesinado a su pequeño hijo.

     Contaban que “La Llorona” era una mujer soltera que para ocultar su “pecado de amor” estranguló a su hijo recién nacido, lanzándolo por una quebrada cercana al poblado donde habitaba.

     Con el tiempo, a la mujer le llegó el arrepentimiento y enloquecida por el dolor comenzó a llorar.

 

El carretón fantasma o de la Trinidad

     Esta fue una tradición caraqueña que predominó durante los siglos XVIII y XIX. El escritor Antonio Reyes en su libro “La Fantasía en la Crónica Popular”, hace la siguiente descripción del “Carretón Fantasma”: “Era una carreta gigantesca y desvencijada que sin guía ni ocupante alguno se lanzaba agresiva y amenazadora en un recorrido loco e incesante que solo terminaba con el advenimiento de la aurora. Y ante ese saltar y resaltar sobre el empedrado de las calles, los ánimos más decididos se sentían agobiados por un temor de muy difícil clasificación. El temor a lo desconocido, el “temor” a todo aquello que no está supeditado a la mano del hombre”.

     Algunas personas llegaron a asegurar que dentro del carretón podría observarse que un bulto rojo, con cuernos y rabo, lanzaba fuego por los ojos y la boca.

     El día que prefería para hacer temblar a los asustadizos caraqueños, era el viernes en la madrugada, cuando dejaba escuchar un sonido que en principio era muy suave, pero que se intensificaba cada vez más hasta formar un verdadero escándalo.

     La imaginación de los caraqueños de entonces, fervientes creyentes de los “aparecidos”, le atribuyó al “Carretón Fantasma” un itinerario ya establecido.

     Algunos afirmaban que partía de la Plaza del Panteón, atravesaba todas las calles hacia el Este y se perdía en las inmediaciones de la Plaza Candelaria.

     Otros aseguraban que el viaje lo hacía en dirección al Sur, desde la Plaza de la Trinidad, en San José, hasta la esquina de Las Piedras, en Santa Rosalía.

     Aquellas personas que tropezaban con el carretón, morían en el acto bajo sus poderosas ruedas y las que no encontraban la muerte, quedaban ciegas para que no volvieran a verlo.

     Al “Carretón Fantasma” también se le llamó “Carretón de la Trinidad” porque era en el Barrio de la Trinidad donde comenzaba a hacer su recorrido.

     Este barrio era un terreno ubicado entre el Hospital Vargas y el Puente de la Trinidad, que estaba rodeado de barrancos (Quebrada de Caraballlo) menos en el Norte donde se encontraba el cerro y en donde predominaba una oscuridad total.

 

El rosario de las ánimas

Otros “aparecidos” que no podían faltar, y que recorrieron las calles caraqueñas apenas alumbradas por pequeños faroles o velas de cebo, fueron las “ánimas”, que al igual que todos los fantasmas aprovechaban la oscuridad de la noche para hacer sus espectaculares apariciones.

Según la imaginación popular, las “ánimas” era un grupo de “sombras” que se paseaban en fila por las aceras de la ciudad vestidas de blanco, portando hachas encendidas, entonando un cántico que para Don Teófilo Rodríguez era. . . “fúnebre, monótono, modulado por voces que parecían salir de las entrañas de la tierra. . .”

“El enano de la Torre y la Mula Maniá”

     Son muy pocas las personas que conocen la leyenda del “Enano de la Catedral” y la “Mula Maniá”, sin embargo, no fueron desconocidos para los habitantes de la Caracas de 1800 y causaron el mismo terror que “La Sayona”, “La Llorona”, “Las Ánimas” y “El Carretón Fantasma”.

     El Enano de la Torre de Catedral, aseguraban los crédulos caraqueños, era un enano de desagradable voz, que salía después de las doce de la noche, asustando a los aventureros y trasnochadores.

     Este “aparecido” tenía la facultad de crecer de tal forma que llegaba a la estatua de la Fe ubicada en lo alto de la torre.

     Por su parte, la “mula maniatada o maniá”, fantasma del siglo pasado, fue una mujer chismosa y escandalosa a quien Dios castigó convirtiéndola en este animal, lanzando relinchos como el caballo y rebuznando como el asno.

     Las personas preferidas para sus ataques fueron los enamorados que tranquilamente conversaban en las ventanas y aquellos individuos que por cualquier emergencia tenían que salir a altas horas de la noche.

     Parece ser que la historia de la “mula maniá” fue una invención de los vecinos caraqueños para contener las murmuraciones y chismes de las viejas, amigas de “darle a la lengua”.

 

El mejor aliado, la oscuridad

     Todos estos fantasmas que hacían sus “apariciones” en nuestra vieja ciudad, escogían la madrugada y altas horas de la noche para asustar a sus creyentes pobladores.

     Esto era debido a la oscuridad reinante en aquella época, puesto que aún no había llegado la luz eléctrica y las calles y casas se alumbraban con mecheros de kerosene y velas de cebo.
A lo que se agrega la abundancia de matorrales, quebradas, barrancos y acequias que rodeaban la ciudad.

 

Ardid de los enamorados

     Como a las señoritas de aquella época no se les permitía salir de noche, y a las diez de la noche tenían que quitarse de la ventana, para evitar murmuraciones y “el qué dirán”, los enamorados ingeniosos inventaron la historia de aparecidos para verse a solas con las niñas.
Y mientras la familia atemorizada por la aparición de un fantasma, se reunía en la sala, para rezar el rosario, la jovencita cómplice corría hacia el corral o fondo de la casa para encontrarse con su amado.

     El miedo por estos espectros era sentido por todos en general. Sin embargo, la creencia firme de que estos seres provenían del más allá era más acentuada entre los esclavos y las criadas descendientes de éstos.

     La llegada de la luz eléctrica, la ilustración y presencia de policías, contribuyó a la desaparición de estos fantasmas.

 

FUENTES CONSULTADAS

  • Elite. Caracas, 22 de febrero de 1974

La hallaca, pastel venezolano de Navidad

La hallaca, pastel venezolano de Navidad

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La hallaca, pastel venezolano de Navidad

     En esta época de sana resurrección y revalorización de lo venezolano no debe faltar el aspecto de las artes culinarias criollas, tanto por lo que atañe al cultivo y defensa de lo nuestro, como por las proyecciones económicas que pueden derivarse de la atracción turística. Todas las naciones, al ofrecer al turista comodidades y atracciones que las conviertan en centro de una corriente extranjera, han concedido lugar especial a las artes culinarias y un ejemplo de lo que en este punto podría hacerse lo constituye la celebridad de ciertos platos típicos tan famosos que sus nombres son ya lenguaje internacional de la mesa.

     Por imperativo de nuestra formación étnica, los platos típicos venezolanos son también expresión de nuestro mestizaje. En la época de la conquista, la cultura española se basaba principalmente en la agricultura, la cría y la minería; mientras que los indios americanos eran pescadores y cazadores. “Junto con los nuevos alimentos ̶̶̶ ̶̶̶ asienta el Dr. Fermín Vélez Boza, en su estudio “La Alimentación y la Nutrición en Venezuela” ̶̶̶ ̶̶̶ se implantaron las normas culinarias y dietéticas hispanas, que, al mezclarse con los alimentos y costumbres de los nativos, llegaron a constituir un tipo de alimentación criolla propia de estas regiones”. Así se iba a lograr un mestizaje de los platos de mesa que, al cabo del tiempo, resultarían tan diferentes de los originales que no los reconocerían ni los españoles puros ni los indios puros; pero que serían familiares a los criollos, producto de la mezcla de sangres.

La hallaca es un producto suculento de ese mestizaje del arte culinario

Origen culinario y filológico de la hallaca

     Producto suculento de ese mestizaje del arte culinario, semejante al tipo criollo que se estaba formando de la conjunción del español peninsular con el indio americano, es la hallaca, pastel venezolano de Navidad. “Creemos que en el origen de este plato  ̶̶̶  ̶̶̶ dice el mismo Dr. Vélez Boza ̶̶̶  ̶̶̶  han intervenido evidentemente las costumbres culinarias del pueblo español y del indio, pues es a modo de un pastel tropical; en España no se conocen ni usan las hallacas pero sí los pasteles; al venir los colonizadores a América el indígena les ofreció el maíz y otros condimentos, ají, tomate, el cambur que algunos discuten si había algunas especies nativas o fue importado, contribuyó al darle el sabor y envoltura; aceptó el colono el maíz a falta de su trigo y así en los primeros tiempos  de la Colonia nació este plato que al estudiarlo con la curiosidad del científico hoy día se le encuentra perfecto tanto en valor nutritivo y composición como sabor; tal vez sea algo rico en grasas pero al pensar que fue creado como alimento para la época fría del año, en estos climas tropicales, se comprende que aún esto es adecuado; más adelante trataremos detenidamente sobre su valor nutritivo”.

     El Dr. Ángel Rosenblat, director del Instituto de Filología “Andrés Bello” de la Universidad Central de Venezuela, resume el origen del vocablo así:

     “La palabra tradicional que designa el pastel de masa de maíz con su guiso de carne de condimentos y sus adornos de aceitunas, alcaparras, pasas, almendras, huevos, etc., es tamal, de procedencia azteca. Esta voz tamal llegó también a Venezuela y seguramente fue general en todo el país, con las variantes tamar, tamare. Más tardíamente empieza a llamarse hayaca, al principio sin duda humorísticamente, porque hayaca era una voz indígena que significaba bojote o atado, como se observa en un documento de 1608 (Arch. Hist Nac., “Encomiendas”, V. 165) que reza: tres hayacas de sal grandes”. Esa designación humorística o despectiva del tamal, se fue generalizando hasta el punto de que la palabra tamar o tamare ha quedado relegada hoy a algunas regiones periféricas del país. La voz tamal aparece ya en los primeros cronistas, desde el Padre Sahagún, y se difundió por casi toda América, hasta el Perú y Chile. Claro que el tamal no es igual en todos los países: cada uno ha generalizado un tipo especial según las preferencias nacionales; por eso tampoco es enteramente igual el tamar venezolano y la hayaca de casi todo el país. En cambio, hayaca es voz exclusivamente de Venezuela y no la hemos encontrado en los antiguos cronistas. Como designación del pastel nos parece voz relativamente moderna. Con el sentido de bojote o atado que tiene en el documento de 1608, se emplea todavía la palabra hayaca en expresiones populares de diferentes regiones del país, tales como: “¿Qué hayaca es esa”, dirigiéndose a una persona que lleva una cosa plana y atada con cuerdas; “Esta hallaca es un bojote de hojas”, de manera burlona cuando al desenvolver una hayaca comprada se encuentra que tiene muchas hojas y poco pastel; “Eso es una hallaca”, se dice de un bojote mal hecho, que contiene objetos no comestibles, mal atado, flojo, descuidado.

La hallaca tiene un agradable sabor y gran valor nutritivo

Hallaca, problema lexicográfico

     El más desprevenido lector podrá observar que la palabra con que se designa el exquisito pastel venezolano no ha disfrutado propiamente de una tranquilidad ortográfica.

     Como ha sucedido con la mayor parte de los americanismos, los lingüistas nacionales tuvieron que librar descomunal batalla para convencer a los señores de la Academia Española de que incluyera en su Diccionario el consabido vocablo. Primero lo glosaron, después hicieron estudios de filología comparada para determinar su origen, llegando a polemizar sobre si procedía de lenguas indígenas o del árabe, y luego lo definieron por sus componentes. Por último, redactaron la respectiva memoria y la sometieron a consideración de la Academia, hasta que ésta, después de limpiarlo, fijarlo y bruñirlo, en la edición décima-tercia del Diccionario, correspondiente al año 1899, le puso óleo y crisma y lo bautizó así: Hayaca.

     Sin embargo, ni el origen ni la ortografía, ni la definición académica satisficieron a los lingüistas venezolanos. Las sucesivas ediciones del Diccionario tuvieron que eliminar la formación del término establecida originalmente. En cuanto a la ortografía y la definición, mantenidas hasta hoy, al principio dieron motivo a una polémica que, si ahora carece del ardor de la crítica inicial, se manifiesta, en cambio, en la renuencia de los escritores a seguir la norma académica.

     En efecto, los escritores venezolanos continuaron escribiendo hallaca con ll y no con y. Así apareció escrita en la sección de cocina campestre que el señor José A. Díaz trae en su obra “El Agricultor Venezolano o Lecciones de Agricultura Práctica Nacional”, publicada en Caracas en 1861, en la cual define el pastel y suministra su forma de preparación. No obstante, el sabio Dr. Adolfo Ernst, en un artículo publicado el 31 de diciembre de 1895 en “La Opinión Nacional”, expresaba sus dudas entre Hallaca o Ayaca, confesando que “a pesar de que la primera de estas formas es hoy la generalmente usada, parece que sería más exacta la segunda”, por estar en mejor armonía con la etimología tupi-guaraní, grupo caribe, que él le atribuye, aunque termina declarando que su conclusión no le satisface totalmente. (Quizás fue D. Julio Calcaño quien primero planteó el problema filológico de la hallaca, que luego recogió en “El Castellano en Venezuela”, publicado en 1897). Uno de los más fuertes argumentos contra la ortografía del vocablo consagrada por el uso es el de que, al parecer, los dialectos indígenas no tenían el sonido del ll, y esto fue quizás lo que guio a la Academia en la adopción de la y. Pero posteriormente, filólogos como el D. Tulio Febres Cordero, D. Gonzalo Picón Febres, D. Lisandro Alvarado y D. R. D. Silva Uzcátegui y los demás escritores venezolanos continuaron escribiendo hallaca con ll.

     La definición adoptada por la Academia fue también motivo de disgusto entre los lingüistas nacionales. El Diccionario definió su hayaca como “pastel de harina de maíz”. Y aquí volvió a arder Troya, porque desde los más afamados filólogos venezolanos hasta la más humilde cocinera nacional, sabían que no se trataba de ninguna harina sino de la masa del maíz. Y al punto, los filólogos Febres Cordero en su “Cocina Criolla” publicada en 1899 en Mérida; Picón Febres en su “Libro Raro”, en 1912, en Curazao; Alvarado en su “Glosario del Bajo Español”, en Venezuela, en 1926: Silva Uzcátegui en su “Enciclopedia Larense”, salieron a corregir a la Academia y a burlarse un poco de los señores académicos españoles.

La hallaca es el plato típico navideño de los venezolanos

La hallaca en la Literatura Nacional

     Mucho antes de que la palabra hallaca fuese limpiada, fijada y bruñida por la real Academia Española, el pueblo venezolano la había creado con su soplo común hasta consagrarla por el uso. En parranda por los días de Navidad, se acercaba a la puerta de las casas para pedir las hallacas cantando aguinaldos. Los hombres del Centro: 

Venimos cantando
desde el Yaracuy
hallacas comiendo
bebiendo cocuy

Y los de Oriente:
Dennos los pasteles
Aunque estén calientes,
que pasteles fríos
avientan la gente

     Pero lo curioso es que D. Andrés Bello, quien en su Silva a la Zona Tórrida se regodeó tanto con los frutos tropicales, no siquiera en la estrofa consagrada al maíz, mencionara indirectamente el exquisito pastel venezolano. Que Bolívar, al menos en sus cartas íntimas, tampoco lo hiciera. Que no se encuentre ninguna huella de él en los “Viajes” de Depons ni de Humboldt. Tal vez extranjeros que visitaron y vivieron posteriormente en el país, como el Consejero Lisboa y algún cónsul o ministro inglés o norteamericano, hayan dejado alguna constancia en sus Memorias; pero no hemos podido averiguarlo. De los extranjeros solo hemos encontrado que el señor D. Pedro Núñez de Cáceres, un puertorriqueño que vino a Venezuela en 1823, y a quien todo lo nuestro le conmovía el hígado, en su “Memoria de Venezuela y Caracas” habla de unas ayacas entomatadas. Y la Enciclopedia Espasa, en cita que no hemos podido confrontar, transcribe un párrafo del Viaje Pintoresco de Caserta en que éste describe con bastante propiedad la preparación de la hallaca criolla.

     Sin embargo, fueron los costumbristas y criollistas venezolanos los que consagraron el pastel venezolano al llevarlo a sus obras literarias. Nicanor Bolet Peraza a mediados del siglo pasado, los bautiza “las imponderables hallacas. . . sabrosísimo manjar que no conocieron ni cantaron los dioses del Olimpo, por lo que no pudieron continuar siendo inmortales”. (“Antología de Costumbristas Venezolanos, 118-119) Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, en un cuento publicado en 1905, estampa la oración: “En la madrugada pasamos por Maracay, que ni el ferro, y ya hemos dejado atrás a La Victoria; lo que es esta noche comemos las hallacas en Caracas, Dios mediante” (“El Criollismo en Venezuela”, 73). Rómulo Gallegos expresa: “Mercedes dijo que ella conocía muchas familias muy decentes y de lo principal que vivían de hacer las hallacas para la venta” (“Antología”, I, 98). Y Romero García, en “Peonía”, Teresa de la Parra en “Mamá Blanca”, Mariano Picón Salas en “Viaje al Amanecer”, Antonia Palacios en “Ana Isabel”, no vacilan en hacer referencia al exquisito pastel.

 

Valor nutritivo y social de la hallaca

     Cuatro elementos entran en la preparación de las hallacas: la masa de maíz pilado, sancochado y molido, el guiso de carnes picadas con los demás condimentos, el adorno de huevos, aceitunas, pasas, etc., y el envoltorio de hojas de cambur o plátano soasadas. “El objeto de extender ésta (la masa) en las hojas de cambur” ̶ precisa Silva Uzcátegui ̶ no es solamente para que las últimas sirvan de protección durante el cocimiento, sino también porque al hervir, las hojas comunican a la hallaca el sabor típico que la distingue de cualquier manjar compuesto de guiso y masa. De manera que, si la hallaca fuese envuelta en tela y no en hojas de cambur, tendría otro gusto.

     El Dr. Vélez Boza, médico nutriólogo, presenta, en el estudio citado al principio, los análisis correspondientes y concluye acerca del valor nutritivo de nuestro exquisito pastel lo siguiente:

     “La hallaca puede ser considerada como un buen alimento popular, puesto que desde el punto de vista calórico suministra cada una de ellas 700 calorías y con tres o cuatro de éstas al día, se da una ración de 2.100 a 2.800 calorías.

     Del punto de vista de los prótidos y lípidos, es rica de tal modo, que suministrando dos o tres de ellas, el requerimiento total en proteínas animales da tres cuartos de los requerimientos en Vit. “A”.

     Llenos los requisitos en vitamina B-1, Niacina, y vitamina C, sólo es baja en calcio, pero en la alimentación se la podría suplementar con leche o queso.

     Aquí tenemos el ejemplo de un alimento popular y típico en Venezuela, que puede ser recomendado por su acertada combinación y su agradable sabor, y su gran valor nutritivo”.

     Además, la confección de las hallacas tiene también un valor familiar que no puede pasar inadvertido para el sociólogo. El Dr. Vélez Boza lo apunta así: “En la preparación de las hallacas existe como si dijéramos un ritual que se conserva en cada una de las familias acerca de los diferentes modos como se preparan. Su preparación es el motivo de reunión de las damas de la familia, y está esto tan ligado a la tradición venezolana que se considera muy infeliz el que, en su hogar, las ganancias del año, aguinaldo o cosechas, no le permiten poder compartirla con sus familiares”.

     Por otra parte, Enrique Bernardo Núñez, en una nota periodística que les consagró, señala este aspecto social también importante: “Parientes y amigos las cambiaban entre sí llevados de la idea de que las propias eran las mejores”.

     En resumen, la hallaca, pastel venezolano de Navidad, además de su exquisito sabor, reúne valores universales. Es típico en el sentido de que no tiene sino remotos parientes en los demás países de habla española, que son las empanadas y los tamales. Es nacional por cuanto lo consumen en determinadas épocas del año y tradicionalmente en la Pascua de Navidad, todas las clases sociales del país. Y está en vías de hacerse internacional, porque ha sido consagrado como exquisito por el refinamiento de nuestros huéspedes extranjeros, hasta el punto de que su receta ha sido publicada en castellano e inglés en el libro titulado “Buen provecho-Caracas Cookery”, que ya circula en el país y en el extranjero en su tercera

FUENTES CONSULTADAS

  • Revista Shell. Caracas, 1952

Orígenes del Cementero General del Sur en Caracas 1875-1904

Orígenes del Cementero General del Sur en Caracas 1875-1904

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Orígenes del Cementero General del Sur en Caracas 1875-1904

     El 5 de julio de 1876, se inauguró el cementerio en presencia del presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco; diez días más tarde, se sepultó en ese camposanto el primer cadáver. En 1889, se adquirió un lote de terreno para realizar la primera ampliación del cementerio. El investigador histórico Manuel Landaeta Rosales realiza en este trabajo una minuciosa recopilación de los primero 30 años este singular recinto

     El caraqueño Manuel Landaeta Rosales (1847-1920) fue un militar durante su juventud, pasando luego a desempeñar importantes cargos en la administración pública hasta 1889, cuando se dedicó con ahínco a la investigación histórica. Realizó importantes trabajos de acopio, resguardo y divulgación de documentos históricos. El mencionado año de 1889 fue designado director de la oficina responsable de la edición y publicación de la Gran recopilación geográfica, estadística e histórica de Venezuela, labor que llevó a cabo con una encomiable minucia. Entre sus numerosas obras, en las que destacan publicaciones, manuscritos y compendios sobre los periodos de gobierno de Antonio Guzmán Blanco, Juan Pablo Rojas Paúl, Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, está la historia del Cementerio General Sur, desde su creación, en 1875, hasta 1904; allí demuestra su insuperable y valioso trabajo.

Mausoleo del ex presidente de la República, general Joauqín Crespo, 1898

Así nació el Cementerio General del Sur

     “Al regresar el general Antonio Guzmán Blanco, presidente de la República, de la campaña de Coro, en marzo de 1875, se ocupó de la necesidad que tenía Caracas de un cementerio adecuado para su población que llenara las condiciones de capacidad, decencia e higiene necesarias. Al efecto comisionó al gobernador del Distrito Federal, general Lino Duarte Level, para localizar el terreno conveniente para tal objeto. Este, acompañado de su secretario, el doctor Miguel Caballero, recorrieron los alrededores de Caracas y se fijaron en el Rincón de El Valle en un terreno que llamaban Tierra de Jugo (diz que por el apellido de uno de sus antiguos dueños), terreno que forma una planicie inclinada suavemente y rodeada de colinas a su espalda. El general Guzmán Blanco, acompañado del mismo Duarte Level, del ingeniero Jesús Muñoz Tébar, Ministro de Obras Públicas, y de otras personas más, vio el terreno y lo creyó apropiado a su objeto.

     El 13 de julio de aquel mismo año de 1875, se dictó una resolución a través del Ministerio de Obras Públicas, mandando construir el cementerio en el lugar referido.

     El plano y presupuesto para la obra lo levantó el citado ingeniero Muñoz Tébar, quien dirigió los trabajos.

     La Junta de Fomento para la obra la compusieron los señores Carlos Arvelo, Juan Bautista Picard y Guillermo Espino.

     El 3 de julio de 1876, el general Guzmán Blanco dictó un decreto declarando abierto al público aquel cementerio, el 10 del mismo mes y año, y prohibiendo enterrar en los otros existentes, que eran “Los Hijos de Dios”, “Las Mercedes”, “San Simón”, “Los Canónigos”, el de “Los Ingleses” y el de “Los Alemanes” y en los Templos, Capillas y otros lugares.

     El mismo 3 de julio dictó el Concejo Municipal el Reglamento del Cementerio, siendo presidente de aquel cuerpo el general Francisco Tosta García, gobernador del Distrito Federal, y secretario del Concejo el señor Carlos Blanco Aranda.

     El 5 del mismo mes de julio, se inauguró solemnemente el cementerio en presencia del general Guzmán Blanco, que fue allí acompañado por muchos empleados de la nación y del municipio, fuera del gran número de ciudadanos que concurrieron al acto. Entre los circunstantes se hallaba el señor Roque Cocchia, delegado Apostólico de Su Santidad Pío IX y el Cuerpo Diplomático. El señor Carlos Arvelo, presidente de la Junta de Fomento del Cementerio, hizo entrega de la obra al Ministro de Obras Públicas, ingeniero Muñoz Tébar, después de un discurso análogo al solemne acto, y éste se dirigió al gobernador Tosta García poniéndolo bajo la égida del Concejo Municipal que éste presidía. El administrador del cementerio, general Salvador Quintero, hizo constar todo en un libro titulado Anales del Cementerio General del Sur.

     El costo de la obra hasta su inauguración, inclusive el mobiliario del edificio de la Administración, alcanzó a los 45.753, 78 venezolanos, o sea 228.768,90 bolívares.

Marmolería Riversi, 1904

Primer entierro

     El primer cadáver que se sepultó en el Cementerio General del Sur, el 10 de julio de 1876, fue el de Bonifacio Flores, de Valencia, miembro de la banda de música de Caracas. También se enterraron allí el mismo día, al general Guillermo Goiticoa, de Caracas, y a José Conrado Olivares, de Guayana, todos adultos.

     El 7 de febrero de 1877, se extendió hasta el Registro Público de esta capital, la escritura del terreno del cementerio, comprado a varias personas. Consta de 117 hectáreas y 6.818 metros siendo su importe de 2.400 venezolanos o sea 12.000 bolívares. El tesoro municipal erogó la suma.

     A petición de muchas personas de Caracas, el Concejo Municipal facultó el 12 de julio de 1877 al gobernador del Distrito Federal, para que hiciera abrir al público los cementerios que estaban clausurados desde el 10 de julio del año anterior; y aquél, que lo era entonces el general Rafael Carabaño, así lo ordenó por resolución del día siguiente, quedando el Cementerio General del Sur clausurado por entonces.

     Triunfante la Revolución llamada de la Reivindicación en febrero de 1879, vino de Europa el general Guzmán Blanco a ponerse a la cabeza de ella con el carácter de Supremo Director, y uno de sus primeros actos fue hacer poner en actividad nuevamente el Cementerio General del Sur y clausurar los otros, como se ve en la resolución del gobernador interino del Distrito Federal, doctor José María Manrique, de fecha 4 de marzo siguiente.

     El señor José Félix Blanco celebró con el gobernador del Distrito Federal el 20 de mayo de 1884, un contrato para establecer una Empresa Funeraria y Cerería estilo americana, y para la construcción de bóvedas subterráneas de mampostería o metal, pero no se llevó a cabo tal contrato.

     El 1 de agosto de 1887, el general Guzmán Blanco dictó un decreto mandando abrir una cortada en las colinas del Portachuelo de El Valle, para prolongar la calle Sur 5 y acortar la distancia al Cementerio General del Sur.

     Al fin de aquella cortada iría una capilla donde se rezarían los oficios a los difuntos. La Junta de Fomento de estos trabajos la compusieron los señores Guillermo Espino, Bonifacio Coronado Millán y Luis R. González y el ingeniero director Juan de Dios Monserrate, y fueron inspectores, el general Gregorio Cedeño Colón, primero, y después, David Montiel. Los trabajos de la cortada que nunca se llevó a cabo completamente, alcanzaron el valor de Bs. 241.348,77 y los de la Capilla Bs. 40.855,50. Esta última no se concluyó tampoco y fue demolida más después de 1893.

     El agua potable se condujo al cementerio por un contrato con el ingeniero Juan de Dios Monserrate, en 1888, pues los trabajos y el riego de los árboles y arbustos se hacían con el agua de una acequia del señor Guillermo Espino que corre cerca de allí.

Ampliación del cementerio

     El 15 de noviembre de 1889, se compró el segundo lote de terreno para ensanchar el cementerio. Su extensión alcanza 51.154 metros y su precio fue de Bs. 10.000, que pagó la nación. Esta escritura fue registrada en esta ciudad, hallándose inserta, como la del terreno primitivo, en la memoria que el gobernador del Distrito presentó al Congreso de 1899. Los linderos son los siguientes: El del primer terreno comprado en 1876, así: por el Norte, Sur y Oeste, las filas de los cerros, cuyas vertientes caen al terreno plano del Cementerio; y por el Este, la portada y paredones allí construidos.

     Los comprados en 1889, éstos: por el Norte, el cementerio general del Sur, camino llamado de la pica con terrenos de Antonio Pulido, Isidoro Obregón e Hipólito Molina; por el Naciente, terrenos del propio vendedor José de jesús González; y por el Poniente, la fila del cerro conocida con el nombre de Guarataro.

     Las primeras aceras del interior del cementerio se hicieron por un contrato entre Eloy Escobar Llamozas y el gobernador, trabajos que corrieron en 1890 por cuenta del Ministerio de Obras Públicas, costando Bs. 24.650.

     Por resolución de la Gobernación del Distrito Federal, de fecha 24 de septiembre de 1891, se nombró una Junta de Fomento para el cuido, mejora y conservación del cementerio, la cual la compusieron los señores Guillermo Espino, Luis R. González, Manuel Oramas y Guillermo Anderson.

 

     El 15 de diciembre de 1892 el señor A. M. Jelambi dirigió unas proposiciones al gobernador del Distrito Federal para empedrados monolíticos y aceras de concreto romano dentro del cementerio y principió los trabajos el 10 de febrero de 1893 y se suspendieron el 10 de noviembre siguiente, después de un gasto de Bs. 111.638,40.

     El boulevard que conduce de El Rincón de El Valle al cementerio, se hizo de 1893 a 1896, durante el gobierno del general Joaquín Crespo. Las aceras y camellón por varios encargados y contratistas y los árboles lo mismo.

     Los señores Enrique Fánger y Fernando Morales, formaron en 1893 una “Agencia Sepulcral”, para asear, cuidar y conservar las tumbas y para construir catafalcos en el cementerio, la cual duraría como ocho meses en actividad. 

     El señor Nicolás Arturo Díaz estableció en 1894 la Agencia “Cruces-marcas”, para las sepulturas. Después de muerto aquél, siguió su esposa en la misma agencia, hasta que muerta aquélla también, siguió el mismo negocio su hermano Manuel Camacho.

     El señor Adolfo Ruiz hizo un contrato por cinco años con el gobernador del Distrito el 11 de mayo de 1895, para construir bóvedas portátiles de concreto romano para sepultar en el cementerio General del Sur. El Concejo Municipal lo aprobó el 15 de julio siguiente, pero para principios de noviembre de 1898 terminó.

     El tranvía al cementerio que parte de la línea férrea de Caracas a El Valle, se inauguró a mediados de noviembre de 1895.

     El Concejo Municipal del Distrito Federal dictó otra Ordenanza sobre cementerios el 11 de julio de 1897 y derogó la del 3 de abril de 1876.

     El primer cuadro demográfico que se ha formado en Caracas fue del año 1897, que hizo el general Carlos Márquez García, siendo administrador del cementerio, por primera vez, cuadro que se insertó en el diario El Derecho, número 394, de 10 de enero de 1898. Además adelantó el trabajo de otros años anteriores para formar la demografía de Caracas desde 1876 en adelante.

El 5 de julio de 1876, se inauguró el cementerio en presencia del presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco

     El señor Julio Carrera hizo un contrato con el Concejo Municipal de Caracas para construir a su costa una capilla funeraria que llamaría “Cruz de María”, para depósito de restos humanos, la cual se levantaría frente al cementerio. A los veinte años pasaría a ser propiedad municipal. El contrato se firmó el 23 de junio de 1898, pero no se llevó a cabo.

     El gobernador del Distrito Federal, por resolución de 2 de noviembre de 1898, nombró una Junta administradora del cementerio, compuesta de los siguientes ciudadanos; Federico Alcalá, Miguel R. Ruiz, Pedro Pablo Azpúrua Huizi, Juan Bautista Egaña y Eduardo Montauban. Dicha junta fue eliminada el 10 de marzo de 1900, pero el tesorero Montauban había renunciado días antes y en su lugar estaba el señor Pablo S. Guerra. Esta junta hizo arreglar los registros de defunciones en forma estadística: reglamentó la construcción de bóvedas y fosas, construyó 13 aceras de concreto romano con 843 metros de longitud todas, como se ve del informe que pasó el 12 de noviembre de 1899, que corre inserto en la Gaceta Oficial número 7.785 del 24 del mismo mes y año.

     Los entierros se efectúan en Caracas en carros fúnebres desde 1868, y todavía muchos acostumbran hacerlo en lo que llaman Andas y a la mano de párvulos.

     El servicio se hace desde hace más de 40 años por “Agencias Funerarias” montadas al estilo moderno y más adelantado. También el “Tributo a los Pobres”, asociación benéfica fundada el 1° de junio de 1880, ha prestado y presta sus valiosos servicios a la parte desvalida.

     El precio por metro cuadrado de terreno a perpetuidad que se le dio por decreto del general Guzmán Blanco, el 3 de julio de 1876, fue de diez venezolanos, y dos venezolanos por derecho de sepultura.

     El gobernador del Distrito Federal, general Emilio Fernández, por resolución de 10 de marzo de 1900, dividió el terreno del cementerio en seis cuadros o cuarteles, fijando los siguientes precios 

  •          cuartel……………… 60 bolívares
  •          cuartel……………… 50 bolívares
  •          cuartel……………… 40 bolívares
  •          cuartel……………… 30 bolívares
  •          cuartel……………… 20 bolívares
  •          cuartel……………… 10 bolívares
El Cementerio el Día de los Difuntos

     El 18 de junio de 1904, el gobernador del Distrito Federal, general Ramón Tello Mendoza, dictó una ordenanza para el Cementerio General del Sur en ciertos puntos.

     Los artículos 27 y 28 de aquella ordenanza dicen así:
     Art. 27. El Cementerio General se divide en seis cuerpos o cuarteles de ciento cincuenta metros lineales de longitud, por el ancho que actualmente tienen, y sus valores son los siguientes:

  • Primer cuerpo o cuartel del centro, de derecha a izquierda, cincuenta bolívares (Bs. 50), el metro cuadrado.
  • Segundo cuerpo o cuartel, en la misma forma, cuarenta bolívares (Bs. 40).
  • Tercer cuerpo o cuartel , treinta y cinco bolívares (Bs. 35).
  • Cuarto cuerpo o cuartel , treinta bolívares (Bs. 30).
  • Quinto cuerpo o cuartel , diez y seis bolívares (Bs. 16).
  • Sexto cuerpo o cuartel, ocho bolívares (Bs. 8).

Art. 28. El nuevo ensanche del Cementerio General, según el plano levantado por el Ingeniero Municipal, se divide en la forma que sigue:

  • Primer cuerpo o cuartel, situado en frente del edificio, de Norte a Sur, que corresponde a primer cuerpo o cuartel central, cincuenta bolívares (Bs. 50) el metro cuadrado.
  • Segundo cuerpo o cuartel, en la misma situación, y que corresponde al segundo cuerpo central, cuarenta bolívares (Bs. 40)
  • Tercer cuerpo o cuartel, en igual situación a los anteriores, que corresponde también al tercero del central, treinta y cinco bolívares (Bs. 35).
  • El cuarto cuerpo o cuartel, se considera por su situación topográfica, como un cuerpo o cuartel “Especial” y su valor es de ocho bolívares (Bs 8).

     El 21 de junio de 1904, el mismo gobernador, general Ramón Tello Mendoza, dictó una resolución nombrando una Junta de Fomento, para que corriera con la administración del Cementerio, compuesta aquella del mismo gobernador como presidente, de Federico Alcalá como primer vicepresidente, de P. P. Azpúrua Huizi como segundo vicepresidente, y de Alcides Ayala como tesorero.

     El Artículo de aquella Resolución dice así:

     5° El Administrador General de rentas Municipales llevará en cuenta, por separado, el producto de los ingresos del cementerio, tales como “Terrenos a perpetuidad”, “Derechos de inhumación”, “Derechos de bóvedas”, etc., etc., para con ellos atender, la expresada Junta, a los gastos de empleados y de Fomento y Ornato de la Necrópolis.

     El 4 de julio del mismo 1904 se instaló aquella Junta, entrando en lugar del señor Azpúrua, que se encontraba enfermo, el señor Tomás Reina, y aquella Junta ha mantenido en el mayor aseo el cementerio y atendido debidamente a sus obligaciones.

     El valor de los monumentos, estatuas, capillas, mausoleos, túmulos y demás objetos de arte, colocados en el Cementerio General del Sur, montan a más de 4.000.000 de bolívares, fuera del costo de él, que no bajará de otro millón de bolívares como hemos visto.

  •      Actualmente existen en Caracas las marmolerías siguientes:
    Emilio Aagaard, lapidario
    Eusebio Chellini, fabricante de piedra artificial
    Julio Roversi, comerciante en estatuas, túmulos, monumentos, etc., para cementerios
    E. Marré y Ca., ídem, ídem, ídem.
    E. Gariboldi, ídem, ídem, ídem y fabricante de ellos.
    Francisco Pigna, marmolista

     Los mejores monumentos que hay en el cementerio han sido traídos de Italia y de otras naciones de Europa.

FUENTES CONSULTADAS

  • Landaeta Rosales, Manuel. Los Cementerios de Venezuela desde 1567 hasta 1906: Tipografía Herrera Irigoyen, 1906

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