Primer automóvil en Caracas

Primer automóvil en Caracas

OCURRIÓ AQUÍ

Primer automóvil en Caracas

     Subirse hoy día a un automóvil, conducirlo o hablar de él es algo muy normal en cualquier sociedad y, si se quiere, hasta natural, pues, esta criatura de hierro forma parte de la vida cotidiana del ser humano. Sin embargo, muy pocos conocemos los orígenes de este singular vehículo en nuestro país. Historia que ya pasa los cien años.

     Sobre la historia del automóvil en Venezuela se han escrito muchos artículos de prensa e incluso algunos libros. En todos ellos se dan diversas fechas de llegada y distintos dueños.

      Para el pintoresco periodista Lucas Manzano, fundador y director de la recordada revista caraqueña Billiken (1919-1958), el primer automóvil que llegó a Venezuela fue “el que trajo de Europa el señor John Boulton, a mediados de 1906”.[1] Mientras que para el poeta y escritor Manuel Rodríguez Cárdenas, fue aquel que “importó el afamado óptico Constancio Vanzina allá por mil novecientos y tantos[2]; y para el fallecido Cronista de Caracas, el acucioso periodista Guillermo José Schael, “el primer automóvil que vino a Venezuela fue traído en 1904 por la señora Zoila Rosa Martínez de Castro, esposa del entonces Presidente de la República Cipriano Castro”. [3]

     Esta última versión es la más conocida en la historiografía del país, tanto que se tiene como un hecho cierto que el primer carro que llegó a Venezuela fue este, el de la señora Zoila. Sin embargo, después de una minuciosa investigación en las publicaciones periódicas que circularon en Venezuela, entre 1903 y 1906, logramos ubicar numerosas noticias sobre automóviles. Pero en ninguna de ellas se menciona el carro de doña Zoila. Y no podía ser de otra manera, pues el vehículo de la esposa del “Cabito” llegó al país en mayo de 1907, tres años más tarde de lo indicado por el periodista Schael.

     El carro de la Primera Dama fue adquirido en Francia, a principios de ese año, por los generales Manuel Corao y Román Delgado Chalbaud,[4] quienes lo enviaron a Venezuela a bordo del vapor inglés “Matadero”, el cual atracó en el puerto de La Guaira, el 7 de mayo.[5] Al parecer era un “Panhard & Levassor,” uno de los modelos de carro más prestigiosos de la época. 

 

[1]Manzano, Lucas.Trayectoria del Automovilismo en Venezuela.” En: Elite. Caracas, Nº 1961, abril    27, 1963; p. 35

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. “Lo que va de Ayer a Hoy.” En: El Nacional. Caracas, febrero 14, 1954; p. 4

[3]Schael, Guillermo José. Apuntes para la Historia del Automóvil en Venezuela. Caracas: Gráficas    Arte, 1969; p. 19

[4]Manzano, Lucas. Ob. Cit.

[5]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, mayo 8, 1907; p. 1

El primer automóvil que llegó a Venezuela

     Entre las diversas noticias que localizamos en la prensa sobre la presencia de automóviles en nuestro país, estaba la del arribo del primer carro a nuestras tierras. La misma fue publicada por el diario caraqueño El Monitor, en su edición del 21 de abril de 1904.

     En dicha noticia se afirmaba que “el lunes (18 de abril) por la tarde transitó por las calles de Caracas por primera vez un lujoso automóvil, el cual ha sido traído por el señor doctor Isaac Capriles. Lo manejaba un individuo extranjero, quien sin duda habrá venido para generalizar entre nosotros el uso del cómodo vehículo. En su tráfico por la vía pública no tuvo ningún inconveniente”.

     Esta es, de acuerdo con la investigación que realizamos, la información más antigua sobre la presencia de un automóvil en Venezuela. De allí que afirmemos que, con toda seguridad, el primer carro que llegó al país no lo trajo doña Zoila Rosa Martínez de Castro, sino el médico de origen judío Isaac Capriles, yerno del general Joaquín Crespo, para más señas.

     El vehículo era un hermoso Cadillac, modelo 1904. Años más tarde, en 1931, se exhibió en Caracas, con motivo del X aniversario de la Corporación Venezolana del Motor. La revista Ecos de Gloria,[1] publico una gráfica del histórico automóvil, cuyo autor fue el célebre fotógrafo venezolano Luis Felipe Toro, “Torito”.

     La segunda información sobre la presencia de un automóvil en el país, la publicó el mismo diario El Monitor, el 24 de mayo de ese año 1904. La nota decía “que ayer llegó a Caracas el representante de la New York Bermúdez Company, capitán Wright, quien trae un automóvil, el cual lo veremos dentro de pocos días en las calles. Es probable que se importe libre de derechos de aduana; y la compañía aparecerá distrayéndose al fresco, por la avenida Castro del mal rato que le ha proporcionado su fracasado negocio con la revolución”.

     Ciertamente, la empresa norteamericana, una de las primeras transnacionales que se instaló en el país para explotar nuestro asfalto, había financiado la fracasada Revolución Libertadora (1901-1903), lucha armada que estuvo liderada por el banquero venezolano Manuel Antonio Matos y que pretendió derrocar al gobierno del general Cipriano Castro, por lo que tenía pendiente una demanda por dos millones de dólares ($ 2.000.000) que había introducido el Estado venezolano ante tribunales nacionales y extranjeros. De allí que, cuando Míster Wright trajo su automóvil, las autoridades venezolanas prohibieron su introducción al país, por lo que el carro fue devuelto a los Estados Unidos.

 

[1]N.º 14, septiembre de 1931; p. s/n

El Duende Encantado

     En agosto de 1904 arribó el tercer automóvil, segundo que circuló en el país. Fue importado de Francia por un comerciante de Barquisimeto, cuyo nombre no fue posible precisar, aunque se presume que haya sido el francés J. Hauser, dueño de una ferretería en la capital larense.[1] Este vehículo entró por Puerto Cabello, donde el Jefe Civil de esa localidad lo retuvo por más de dos semanas mientras llegaba de visita a esa población el presidente de la República, general Cipriano Castro.

     El 29 de agosto fue probado por las angostas calles de la población carabobeña, produciéndose, naturalmente, un gran entusiasmo entre los porteños, pues -decía el periodista- era la primera vez que un automóvil atravesaba las calles de Puerto Cabello”.[2]

     Después que el “Cabito” se marchó, a principios de septiembre, el automóvil emprendió, a través de los rieles del ferrocarril, su recorrido hacía Barquisimeto.

     En la travesía pasó por diversas poblaciones, causando, por supuesto, gran asombro. En Tucacas, por ejemplo, su llegada “fue de grande alarma entre sus habitantes, quienes corrieron a esconderse en sus casas por temor de aquel Duende encantado. La policía pretendió poner preso al dueño del automóvil por haberlo introducido allí sin previo aviso a los habitantes”. [3]

     Solucionado el incidente, el “duendecillo” continuó hacia Duaca, donde también causó sobresalto. Aunque nunca como en Tucacas, pues sus pobladores fueron advertidos con anterioridad de la presencia de ese “bicho”; así que, cuando llegó el carro, los duaquenses disfrutaron, no sin temor, viendo aquella pequeña criatura de hierro. Fue tal el revuelo que causó este vehículo, que los habitantes del pueblo le solicitaron al Jefe Civil, general Julio Couput, que lo retuviese allí algunos días para que los niños gozaran de las maravillas del “progreso”. Y así fue, el automóvil permaneció en Duaca unos días más, deleitando a grandes y chicos. Lamentablemente, al tercer día el bicho se quedó sin combustible, y no fue sino en diciembre de ese año cuando su propietario logró el permiso de las autoridades para trasladar hasta esa localidad varios envases con gasolina. Sin embargo, no se logró ponerlo en funcionamiento, por lo que su traslado a Barquisimeto se produjo “no en su macho talón ó por sus propias fuerzas locomotrices, sino muy encaramado en el ferrocarril”.[4]

     Una vez en la capital larense, el automóvil fue embargado por un tribunal local, desconociéndose hasta ahora las causas que motivaron tal decisión. Lo que sí se supo fue la pena que causó esa confiscación en la población barquisimetana, tanto que la prensa local se hizo eco de ello en los siguientes términos: “como ha dado lastima el embargo del automóvil. Cuantas carreras no hubiera dado por nuestras calles, a tiempo como llegó, y en vísperas de pascuas y año nuevo”.[5]

     En verdad que fue una lástima que los barquisimetanos no hayan podido disfrutar de ese espectáculo, de esa expresión de “desarrollo”, como dijo Lisandro Alvarado. Se imagina usted, amigo lector, lo que representaba para la época ver un automóvil en las estrechas y empedradas calles de Barquisimeto. Algo increíble, si tomamos en cuenta que tan sólo hacía un año (1903) que Henry Ford había ideado una industria que permitía producirlos en serie, por lo que su comercialización en el mundo era incipiente.

     Año y medio pasó el “duende” guardado en la ferretería del señor Hauser, hasta que el 29 de junio de 1906 lo embarcaron para Caracas, “en busca de mejor temperamento para su salud quebrantada; y ver que también como le fue en Duaca –decía el cronista– seguramente por la temperatura, igual a la de Caracas y parecida a la de Europa, de donde es oriundo. El calor de aquí le hizo mal y se fue en solicitud de otros aires. Lástima que no hubiéramos tenido el orgullo de verlo corretear por nuestros paseos”. [6]

      No sería sino en 1913 cuando los barquisimetanos pudieron sentirse orgullosos de ver un vehículo automotor corretear por sus angostas calles. [7] Pero esa es otra historia.

 

[1]Silva Uzcátegui, Rafael Domingo. Enciclopedia Larense. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la Republica, 1982; p. 234

[2]El Pregonero. Caracas, septiembre 1, 1904; p. 2

[3]El Pregonero. Caracas, octubre 6, 1904; p. 2

[4]El Eco Industrial. Barquisimeto, diciembre 21, 1904; p. 1

[5]El Eco Industrial. Barquisimeto, enero 5, 1905; p. 1

[6]El Eco Industrial. Barquisimeto, junio 30, 1906; p. 1

[7]El Impulso. Barquisimeto, febrero 6, 1913; p. 3

El Pobre Valbuena

     El tercer carro que circuló por las enlosadas calles de Caracas, lo trajo en 1905 el doctor Alberto Smith.[1] Posteriormente llegarían, a fines de ese año, tres (3) automóviles más: el de John Boulton, el de un señor de nombre Antonio y el del óptico Constancio Vanzina, el cual, por cierto, fue bautizado por los mamadores de gallo como “El Pobre Valbuena”,[2] porque se accidentaba más que el “Mozo de la Zarzuela”, personaje de la obra del mismo nombre, que para entonces ocupaba la atención de los espectadores del Teatro Caracas.

     Así, pues, que hasta diciembre de ese año de 1905 sólo había cinco (5) automóviles en Caracas y seis (6) en total en Venezuela, con el del comerciante larense; vehículo, por cierto, que desconocemos a manos de quien fue a parar una vez que lo embargaron. Tan sólo sabemos que fue, como señalamos, enviado a la capital de la República en 1906.

     Con la llegada a Caracas de este automóvil, el parque automotor de la ciudad se incrementó notablemente; ahora eran 6, según lo afirmó en una de sus crónicas el “Bachiller Munguía” (seudónimo del escritor Juan José Churión).[3]

     Esta cantidad de vehículos era lo suficientemente numerosa como para congestionar, sobre todo los domingos, la única calle que estaba pavimentada: la avenida Castro, que unía a Puente Hierro con El Paraíso. Esta avenida (hoy denominada José Antonio Páez) era, sin lugar a duda, “el Rendez-Vous de las familias de Caracas. La avenida recorría un trayecto lineal de 2 millas, bordeando las amenas vegas del río Guaire. El sitio era sumamente pintoresco; la amplitud de la vía, toda ella pavimentada de macadams y con anchas aceras de cimento romano; su doble alameda de copados arboles; las lujosas residencias particulares y artísticos chalets; sus parques y jardines; y su espléndido alumbrado eléctrico hacen de esta obra la más gallarda evidencia del progreso civilizado de la capital de Venezuela”.[4]

      A partir de 1907 comenzaron a incrementarse las importaciones de vehículos, los cuales, por supuesto, venían con su chofer. Así pasó con el de la propia señora Castro, que llegó con un francés de nombre Lucio Paúl Morand, quien se adaptó tanto al país, que residió en él hasta que falleció, en 1952.

 

[1]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, agosto 12, 1905; p. 1

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. Ob. Cit.

[3]El Porvenir. Caracas, noviembre 8, 1905; p. 2

[4]El Monitor. Caracas, abril 28, 1904; p. 4

Los tres cochinitos y el cierre del diario El Nacional

Los tres cochinitos y el cierre del diario El Nacional

OCURRIÓ AQUÍ

Los tres cochinitos y el cierre del diario El Nacional

     Después del golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional del escritor Rómulo Gallegos, el 24 de noviembre de 1948, se constituyó una Junta Militar de Gobierno presidida por el comandante Carlos Delgado Chalbaud, quien hasta ese momento era el ministro de la Defensa de Gallegos; los otros dos integrantes de la Junta eran los tenientes coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez, quienes asumieron las carteras de Defensa y Relaciones Interiores, respectivamente.

     A partir de entonces, se inició un período de represión. Se ilegalizó el partido Acción Democrática, se persiguió a los militantes del Partido Comunista, se disolvió el Congreso Nacional, las Asambleas Legislativas de los estados, la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), el Consejo Nacional Electoral y los concejos municipales. El régimen limitó la libertad de expresión. Los opositores al gobierno fueron amenazados y perseguidos por las autoridades. El temor, poco a poco, se fue apoderando de la población. La información que publicaban de los medios impresos y radiales comenzó a hacer supervisada por el gobierno.

     En 1949, la Junta Militar establece la censura de prensa, para ello creó una Junta de Examen, compuesta por varios funcionarios a nivel nacional. Esa Junta decidía lo que se podía o no publicar. En Caracas estuvo integrada por los poetas Arístides Parra y Erwin Burguera, quien fue diputado y se hizo muy popular por sus versos líricos cargados de humor, Manuel Vicente Tinoco y el periodista zuliano Vitelio Reyes, quien se haría famoso por su “lápiz rojo” con el que tachaba los escritos que no podían ser publicados. Vitelio fue uno de los fundadores, en 1948, del Frente Nacional Anticomunista, formando parte de la directiva junto con Germán Borregales, Juan Penzini, Antonio Pulido Villafañe, Jorge Morrison y Graciela Arévalo González, entre otros. Fue autor también de varios libros de historia y artículos de prensa en los que defendía al régimen militar.

     Esa Junta de Examen, dependiente del Ministerio de Relaciones Interiores, se encargaba de revisar de noche los escritos que serían publicados en los periódicos, sobre todo los de mayor circulación a nivel nacional como lo eran Últimas Noticias, La Esfera, El Nacional, El Universal, Panorama, El Impulso y El Carabobeño. Hasta el propio periódico del gobierno, El Heraldo, era inspeccionado cuidadosamente. 

     “Cada nota, escrita a máquina, debía tener tres copias. Una para el jefe de información, otra para el taller, donde se montaba el periódico, y la tercera para la junta censora, si esta decidía que tal o equis información no iba, entonces el jefe de información debía bajar al taller para que la nota fuera retirada de la plancha. Era la época del linotipo. A veces no había más nada con que sustituir la noticia prohibida y entonces el espacio quedaba en blanco. Todavía en la Hemeroteca Nacional se puede apreciar ediciones de periódicos como La Esfera, El Universal y El Nacional, entre otros, con espacios en blanco. 

     A partir de entonces, la prensa se enfocó básicamente en información internacional, deportiva y cultural. No había noticias políticas más allá de la que suministrara el gobierno. Los programas radiales se dedicaban a hablar de efemérides, cumpleaños, ciertos problemas comunitarios y eventos deportivos. No obstante, el humor criollo no dejó de expresarse y mofarse de sus gobernantes.

Los Tres cochinitos

     Para la época estaba de moda un comercial radial que le hacía publicidad, con un ritmo contagioso, a un producto denominado Manteca los Tres Cochinitos, y en el que aparecían bailando tres cerditos. “Manteca los tres cochinitos, más sana, más pura, más fresca, purita manteca criolla para freír y amasar. Manteca los tres cochinitos”, decía el pegajoso estribillo Entonces, la jocosidad popular asoció esos tres puercos con los tres miembros de la Junta Militar: Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Llovera Páez.

      El miércoles 19 de abril de 1950, comenzaron los trabajos de construcción del estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria. Esa mañana, los miembros de la Junta Militar y varios funcionarios públicos, así como periodistas e invitados especiales asistieron al acto de inicio de tan importante obra.

      Al día siguiente, el diario El Nacional publicó una reseña que daba cuenta de los inicios de los trabajos de construcción del mencionado estadio. La nota, firmada por EH (El Hermanito), seudónimo del periodista deportivo Napoleón Arráiz, hermano del poeta Antonio Arráiz, director fundador de ese diario, provocó un gran malestar en el alto gobierno y el cierre temporal del periódico, cuyos propietarios eran el escritor Miguel Otero Silva y su padre, Henrique Otero Vizcarrondo.

     La polémica reseña, publicada en las páginas deportivas bajo el título de “En Ciudad Universitaria fue Plantado Primer Pilote para el Estadio Olímpico”, indicaba que:

     “Entre los actos con que se conmemoró la fecha gloriosa de nuestra nacionalidad, el 19 de Abril, hemos de destacar nosotros uno que envuelve enorme trascendencia para el desarrollo deportivo que, tan auspiciosamente, se nota en todos los sectores. Nos referimos a la colocación del primer pilote para el Estadio Olímpico en la Ciudad Universitaria.

     En sencilla, pero emotiva ceremonia, con asistencia de la Junta Militar se procedió a plantar, a elevar en los terrenos escogidos, el primer pilote de lo que ha de ser gigantesca construcción de tribunas, campos, pistas, vestuarios y demás accesorios del Estadio Olímpico. PRESENTES ESTABAN LOS TRES COCHINITOS DE LA JUNTA (subrayado nuestro), personeros del Instituto Autónomo de la Ciudad Universitaria, ministros del Gabinete y directivos del Comité Olímpico Venezolano. Y todos aplaudieron entusiastas y contentos, porque el acto de hincar aquel primer pilote estaba pregonando a los cuatro vientos que el deporte figura y figura, preponderantemente, entre los principales asuntos a los cuales han de dedicar su atención sus actuales gobernantes. Se habló poco. Pero se acumularon muchas esperanzas en aquel acto sencillo y simbólico.

     Conociendo como conocemos el ritmo de trabajo que imprime el Instituto Autónomo de la Ciudad Universitaria a todas las empresas y construcciones que acomete, estamos seguros de que dentro de breve tiempo veremos erguirse en el campo, sólidas y amplias, las tribunas; que los atletas encontraran pistas adecuadas donde ejercitarse, con vistas a los próximos Juegos Olímpicos Bolivarianos. Y, en fin, cuando estos se realicen, en diciembre de 1951, Caracas podrá ostentar, orgullosamente, un Estadio digno de su categoría de gran capital y de las representaciones atléticas de los países hermanos que en tal ocasión nos visitaran.

     Las dimensiones del Estadio serán las estándar olímpicas, es decir, pistas, espacios para saltos, lanzamientos, etc., todo sujeto a las reglamentaciones olímpicas. Las tribunas tendrán 120 metros lineales, de los cuales 22 estarán techados; se dotará al campo de iluminación adecuada para eventos nocturnos. La estructura ha sido contratada ya a importante firma constructora, con un presupuesto que pasa de tres millones y medio de bolívares. Y los trabajos, iniciados el mismo día siguiente de la inauguración que comentamos, se realizaran con premiosa actividad, habiéndonos asegurado ingenieros vinculados al Instituto Autónomo, que, dentro de doce meses, o un máximo de catorce, estará completamente terminada la construcción del Estadio. En cuanto a las pistas, canchas, etc., podrán ser entregadas a los atletas o a los organismos que rigen las actividades atléticas en un plazo mucho menor, a fin de que se inicien las prácticas para los Bolivarianos con la debida antelación que garantice a nuestros representantes actuaciones dignas de la Nación Sede.

     Quedó, pues, inaugurado el primer pilote de construcción del Estadio Olímpico. Y dentro de poco podremos palpar esta magnífica realidad para el Deporte Venezolano.”

     Una orden de la gobernación de Caracas, emitida la noche del jueves 20 de abril, impidió que al día siguiente circulara el periódico. Tanto el periodista que escribió la nota como los jefes de taller y redacción, así como el propietario del célebre diario, Miguel Otero Silva, fueron detenidos. Se inició entonces una exhaustiva investigación para dar con el culpable o los culpables. Tres días más tarde, quedaron en libertad los cuatro detenidos, pero el cierre del periódico continuó hasta el 28 de abril, cuando la policía le informó al ministro de Relaciones Interiores, teniente coronel Llovera Páez, que no fue posible dar con el autor de tan “siniestra” travesura. El sábado 29 de abril de 1950, reapareció el diario El Nacional. Su propietario recibió una punzante advertencia del ministro: “La próxima vez que suceda algo similar clausuró el periódico y te meto presó indefinidamente”.

     El hecho de que a los investigadores les resultó imposible encontrar al culpable de este singular acontecimiento de la historia del periodismo impreso venezolano, permite traer a colación repetido episodio del denominado “duende” de taller o imprenta, desaparecido en las últimas décadas debido a que la tecnología acabó con las mesas de montaje.

     Con aquello de los “Tres cochinitos” no quedó más alternativa que echarle la culpa al “duende”, ese travieso fantasma o espíritu que habitaba en los lugares donde se imprimían los periódicos. Ese día, el espanto del taller de El Nacional tuvo la oportunidad de intervenir el texto de El Hermanito para mofarse de aquel alto mando gubernamental.

El día que “Chiquitin” frustró un magnicidio

El día que “Chiquitin” frustró un magnicidio

OCURRIÓ AQUÍ

El día que “Chiquitin” frustró un magnicidio

     El legendario periodista deportivo y multiatleta, Herman “Chiquitín” Ettedgui Landaeta, fallecido a la edad de 93 años, el 17 de junio de 2012, cuenta cómo se enteró y anticipó a las autoridades militares el desarrollo de  un complot para asesinar el 19 de abril de 1958, en el Nuevo de Caracas, durante la pelea de campeonato mundial entre el campeón argentino Pascual Pérez y el retador venezolano Ramón Arias, al Contralmirante Wolfgang Larrázabal, líder de la Junta de Gobierno que dirigió a Venezuela tras el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez , el 23 de enero de 1958.

Este es su interesantísimo relato

     1º de enero de 1958. Pocas veces, muy pocas, mi familia disponía del tiempo necesario para ir a la playa. Los quehaceres hogareños de mi esposa Hilda y su preocupación por los estudios y los deportes de nuestros cinco hijos: estudios, exámenes, entrenamientos y demás controles. Mi primogénito Herman tenía 18 años cuando se casó con Ana Barrios Figueroa, de su misma edad, y ya tenían un varón: Herman III, de catorce meses de edad para este primero de enero. Norman había concluido sus estudios de bachillerato y también Morella. Alberto y Myriam estudiaban sus últimos años de la misma rama educacional.  Eso quiere decir que Hilda y yo éramos abuelos a los cuarenta años.  Después vendrían más nietos y bisnietos para formar una familia que superaba los cuarenta descendientes.

     Ese 1º de enero, miércoles, todo el mundo encontró el espacio necesario para ir al Litoral. Como si se tratara de un viaje alrededor del mundo, el 30 de diciembre planeamos” la gira a la playa”. El 31, después de la tradicional “Caimanera” de padres contra hijos en el Club Los Cortijos, acondicionamos y aperamos la camioneta ranchera para el siguiente día. Un viaje, común para todo el mundo, era una odisea para nosotros. Desayunaríamos en Camurí Grande, baños de mar y almuerzo en las Quince Letras, antes del regreso a Caracas. Cuento lo del viaje porque era apenas la segunda vez que la familia hacía el viaje a la playa. El anterior distaba aproximadamente cinco años.

     Bien temprano, con ansiedad insospechada, salimos de nuestra casa de Las Acacias. Al pasar por El Silencio vimos movimientos de soldados, lo que atribuimos a las festividades del Nuevo Año. Nos impresionamos por la agilidad y severidad de los ejercicios de la Infantería de Marina frente al Palacio de Miraflores. Habíamos escuchado ruido de aviones. Nada sospechamos de lo que sucedía en realidad, por lo que atravesamos Catia y enfilamos hacia el Litoral por la moderna autopista que había reducido en 48 minutos el viaje hasta Maiquetía, La Guaira y demás poblaciones litoralenses. Era una novedad aquella excursión. 

     La pasamos de lo mejor los nueve; ¡Herman II, Ana, Herman III, Norman, Morella, Alberto, Myriam, Mamá y Papá! Todo como había sido planificado. La presencia del nieto y sus zambullidas en el mar habían sido espectaculares y provocaron el regocijo de toda la familia. Cuando finalizamos el almuerzo en “Las Quince Letras”, nos enteramos del movimiento ocurrido en horas de la madrugada, con el levantamiento de la Aviación de Guerra. Aparentemente el Gobierno de Pérez Jiménez había controlado la situación. Los “rebeldes habían huido” a Barranquilla, pero la simiente estaba sembrada: 22 días después triunfó el Movimiento Cívico Militar. Pérez Jiménez y muchos de sus adictos más cercanos habían abandonado el país. Se constituyó una Junta de Gobierno y la presidió el oficial de más alto rango, el Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, quien encontró receptividad en el pueblo caraqueño. Organizó en menos de un año, la situación política, con democracia total, y a finales de 1958 luchó democráticamente por la Presidencia de la República.

     A comienzos de abril de 1958, Larrazábal fue invitado para asistir al combate por el campeonato mundial peso mosca entre el titular Pascual Pérez, argentino y Ramón Arias, joven venezolano que contaba con gran legión de admiradores. La pelea, que se realizó el 19 de ese mes en el Nuevo Ciro de Caracas, tuvo una gran promoción y aunque a Pascual Pérez se le consideraba como uno de los más grandes de la historia, había gran esperanza en el joven maracaibero por su pundonor, coraje y buen boxeo.  Poco después del 23 de enero, en la reorganización del hipismo nacional recibí una llamada telefónica del nuevo presidente del Hipódromo, Teniente de Aviación José Luis Fernández quien me manifestó que se habían tomado muy en cuenta mis antecedentes hípicos para designarme Comisario de Carreras. Le respondí que agradecía profundamente la decisión de la Junta Directiva, pero que antes de aceptar debía conocer el nombre de mis compañeros. Me dijo que precisamente, ellos habían dicho lo mismo. Por supuesto, que al conocer la selección de Pedro Juliac y Jesús González Cabrera, no tuve objeción. Prestamos el juramento de rigor y comenzamos a desempeñar nuestras funciones.

     Ocurrió, como sucede casi siempre después de un cambio violento de régimen político, una tremenda protesta del público por triunfos en febrero de la yegua Inquietud y el caballo Montecristo. Hubiera preferido seguir mi carrera periodística, pero la protesta del público y las consecuente manifestaciones me obligaron a ejercer la administración de justicia en la hípica, cargo, por lo demás, muy honorable, especialmente después del cambio de régimen. Por otra parte, habría quedado como un cobarde ante la opinión pública. Así, pues, concluyeron 22 años de actividad profesional en el diario que me había hecho periodista: “El Universal”. Lo que me esperaba como Comisario de Carreras era una labor sumamente difícil por la conducta alebrestada de los aficionados y por la cantidad de intereses que regían y rigen nuestro hipismo. Pensé, también, que en poco tiempo volvería a mis actividades de periodismo escrito, lo cual resultó una razón equivocada: Me aguardaban quince años con diferentes equipos en el rango de Juez de Hipismo. Por otra parte, me animaba el hecho de la compañía de hombres honorables como González Cabrera y Juliac.

     Así estaba el ambiente en los comienzos del año 1958. Antes del fin de año habría elecciones presidenciales, pero las intentonas o conspiraciones eran frecuentes pues existían intereses de la reinstauración de una dictadura. Wolfgang siempre fue un hombre tranquilo, de actitudes cívicas muy pronunciadas. Había gente interesada en una revolución y ante la perspectiva de que Larrazábal estaba dispuesto a la celebración de elecciones libres antes de fin de año, precipitaron movimientos que nunca pudieron fructificar. Nadie sabía, pues lo que se preparaba antes de la fecha patria del sábado 19 de abril, precisamente la elegida para la pelea de campeonato mundial mosca entre Pascual Pérez y Ramoncito Arias. El 17 de abril tuve un contacto, verdaderamente inesperado, por lo que significaba; mi amigo y colega Eduvigis Tenorio, periodista político de “El Universal”, esperó mi salida del Ministerio de Relaciones Exteriores por la puerta de Principal a Conde. El Universal tenía su sede, precisamente, en la misma dirección, Edificio Ambos Mundos.

     Herman -me abordó- necesito hablar contigo algo de mucho interés, de vital importancia. Guardando las distancias, debo decirte que está encima el 19 de abril y que en 1810 Vicente Salías le dijo a Vicente Emparan que debía ir “a Cabildo porque está en juego la Salvación de la Patria”, o algo así.  Pues, con el debido respeto este 19 de abril de 1958 también está en juego la “salvación de la patria”.

     No pude menos que reírme, pues sabía que Tenorio, en ocasiones, era dramático y apelaba a recursos iguales para impresionar. Ni me imaginaba, ni tenía remota idea de lo que me quería informar mi amigo. Pero al ver mi expresión despectiva, reilona, me recriminó: Herman, ¡no es para reírse! ¡Lo que te voy a contar es auténtico y terrífico! Te lo voy a decir rápidamente y sin ambages: “Hay un complot para asesinar a  Larrazábal el 19 de abril cuando estén peleando Ramoncito Arias y Pascual Pérez.”

     Me quedé hecho una pieza. Jamás en mi vida había recibido una noticia tan escalofriante., Tenorio prosiguió: Yo sé que tú eres íntimo de  Larrazábal y tienes medios para hacerles llegar esta información. Si quieres, puedes hacer uso de mi nombre. Hay que hacerlo pronto. La cosa es seria: los conspiradores se reúnen en una hacienda del Guárico y tienen municiones y están dispuestos a todo. Si llega el caso, pretenden asesinar a los dos boxeadores, a Larrazábal y a todos sus acompañantes.

      Un terrible miedo se apoderó de mí. Tenorio hablaba con resolución y valentía. Le dije que si se lo decía a Wolfgang no me haría caso: “Lo resolveré, Tenorio. Muchas gracias” ¡La Casa Militar, si, La Casa Militar! era mi único recurso. Tenía muy buena amistad con el capitán Germán Peña Arreaza, jefe de la Casa Militar.  Estaba seguro de que procedería. Era un incondicional del presidente. Inmediatamente me fui para su casa en Santa Mónica.

  -Tengo algo que contarte, pero es una cosa seria. ¡Lo único que se me ha ocurrido es decírtelo a ti, aunque no me lo creas…!

-Te creo todo lo que me digas, porque tu rostro es de mucho miedo… Estás temblando.  ¿Qué pasa?

-Tengo un amigo periodista y me ha dicho que tiene una información precisa. Mira, Germán van a matar a Wolfgang el 19 de abril en la pelea de Pérez con Ramoncito. ¡Se puso más pálido que yo! ¡Lo juro! Y me conminó: “! ¡Dame los detalles que tengas!”

-Mi confidente es un hombre de toda mi confianza. Me autorizó para darte su nombre, si es necesario. Me ha dicho que hay un golpe el 19 de abril y que matarán a Wolfgang, a los ministros que vayan y hasta a los dos boxeadores. ¿Se lo decimos a Wolfgang?

– ¡Ni locos! Si se lo decimos irá de todas maneras. Lo que te voy a decir es que estoy confuso, porque no sé cómo se enteró tu amigo de lo que considerábamos como un secreto de Estado. Todo lo que te ha dicho es verdad, pero no te apures. ¡Hemos invadido la hacienda, decomisamos todo el arsenal: ¡Tenemos más de cien presos! Todo está controlado. Muchas gracias por tu valentía y también se lo agradecemos a tu amigo.  No pasará nada, pero de todas maneras tenemos que tomar toda clase de precauciones.

Fíjate lo que vamos a hacer: Me puse lo más atento que pude y confieso que me dio una tranquilidad pasmosa lo que me revelaba Peña Arreaza. Me dio gusto saber que la Casa Militar lo tenía todo controlado, pero, para mí, lo mejor venía a continuación: Mira, Chiquitín, la pelea la va a transmitir Radio Caracas Televisión. Está en un sitio donde no hay problemas. La pelea por radio va por “Ondas Populares” y el locutor es Yanes.  O, mejor dicho, era Yanes. Tú vas a ser el narrador de la pelea por radio. La mesa de transmisión quedará en la noreste y detrás de tu mesa estarán Larrazábal y los ministros.

Debió haber visto que me invadió el pánico cuando dije: – ¡Ah! Pero a mí…

No me dejo continuar: – “No, a ti ni a nadie le pasará nada. Todo está controlado, pero siempre son buenas las mayores precauciones. Larrazábal no sabe nada, tampoco los ministros. Cada vez que termine un round te paras frente al presidente y, si puedes, le buscas conversación.” Por supuesto, que nada contesté. Sólo tenía alientos para asistir moviendo la cabeza, hacia abajo y arriba. Debo confesar que las piernas me temblaban.

El presidente y sus ministros fueron puntuales; también los boxeadores y la ceremonia antes del combate. Dos jueces venezolanos: Santos Arismendi y doctor Luis Jota Rodríguez. El árbitro estadounidense Ben Maculan.

– ¡Todo está controlado! ¡No te preocupes! Me había dicho mi amigo el jefe de la Casa Militar. Y yo le creí fielmente.

“Pepe” Pedroza anunció los pesos de los boxeadores: Pascual Pérez, el campeón del mundo, 48 kilos 400 gramos, 106 libras y un cuarto; Ramón Arias, de Venezuela, 50 kilos y medio, 110 libras y media. Sonó la campana y se escuchó la gritería del público.  Ramoncito había ido al encuentro del campeón con su mano izquierda adelante. Lo jabeó y tiró su cruce que, el campeón, sereno, evitó con un brinquito hacia atrás.  Ramón atacó otra vez y entraron en abrazo fuerte, persistiendo el campeón en entender los atrevidos intentos del retador. Una buena derecha de Pérez paró al fogoso muchacho de Maracaibo antes de que sonara la campana. El segundo round se preveía de “espanto y brinco” como decían los muchachos de la época. Me había parado frente al presidente y le dije: “está bien, ¿verdad?” – Me contestó: “Sí, pero debe tener cuidado porque Pascual Pérez es un veterano y sabe mucho.” Al tirar su derecha en cruce, el venezolano demostraba no tener respeto por la jerarquía del campeón, pero valía la pena la acotación: respetar la jerarquía sin excederse. Y no se excedió.  Ramoncito siguió los planes: ¡Jab y cruce!; ¡Jab y cruce! Vino el cruce, tras un ganchito corto. El derechazo de Ramón fue tan convincente que, al recibirlo Pérez, trastabilló y cayó sentado, sorprendido de tener las posaderas en la tarima. Se levantó a la cuenta de cuatro y el árbitro le dio protección. El venezolano se fue encima y buscó desesperadamente otro cruce. En vano. El argentino era un veterano de mil lances y evitó los impactos, a veces retrocediendo, a veces agarrando. Lo cierto es que terminó el asalto y no parecía acusar el impacto: – ¡Tremenda derecha! dije.

– ¡Muy buena y con efecto. ¡Te aseguro que nunca pensé que Pascualito sería tumbado por Ramón!

     Había invertido los términos, picarescamente: al venezolano lo llamó Ramón y al argentino Pascualito. Antes del careo todo el mundo decía ¡Ramoncito y Pascual! El público gritó de lo lindo. Pensó en lo más grande. En un triunfo. Y la verdad es que faltó poco. Porque el combate fue bastante parejo, con esos dos puntos privando en la cuenta de los jueces por buen tiempo. En el cuarto asalto hubo choque de cabezas y Ramoncito –vale el diminutivo- salió malparado. Una herida sobre el arco superciliar izquierdo. Por allí pareció írsele el triunfo, porque en realidad fue perdiendo fuerzas a pesar de que con un gran coraje tenía pequeña ventaja hasta el asalto número doce.  Hasta entonces –con todos mis labores- pude llevar la puntuación- Ramoncito estaba adelante. No pudo más. Los tres últimos rounds fueron un calvario. Le pesaban las manos. Pérez terminó con una ventaja de dos puntos, según mi cuenta. Según la del árbitro el campeón tenía cinco puntos de superioridad 143-138. Los jueces venezolanos la vieron como yo: Arismendi 141-139, Luis Jota 146-144: ¡dos puntos favorables al campeón!

Mi consabida parada, esta vez al terminar el combate: – ¿Cómo la vio el presidente?

-Yo creo que peleó bien y fue valiente, pero no tuvo final. ¡Se agotó! –Era la opinión presidencial.

Me despedí de la audiencia, sin saber que a mitad de la pelea entre Ramoncito y Pascual se le había ido el “audio” a Radio Caracas TV. No hubo más remedio que tomar mi narración de “Ondas Populares” y así fue como transmití. Por Televisión, un combate de boxeo como si se tratara de narración por radio. Pero antes de salir del circo me apretó una mano fuerte por el brazo derecho. “Señor Ettedgui, por favor, ¡lo solicita el jefe de la Casa Militar! “Chiquitín” vas a tener que lanzar el “not hit no run”. ¡Te podemos necesitar si hay un mensaje por radio! Entré a la patrulla militar y hacia “La Guzmania” se ha dicho. No hubo necesidad de usar mi título de locutor. Pero me enteré de muchas cosas: Una conversación de Wolfgang Larrazábal con alguien. Supuse que era Castro León. Entendí muy bien las últimas palabras del presidente: ¡General, es mejor que usted se venga para La Guzmania! “De La Guzmania a la Planicie hay la misma distancia que de la Planicie a La Guzmania!” Hacía rato que habían mandado a encender las calderas de los barcos de guerra surtos frente a Mamo. Acompañado el presidente y sus ministros de fuerte escolta militar, especialmente de Infantería de Marina, volvimos a Santa Mónica.

– ¡Terminó tu labor, amigo Chiqui!  ¡La Nación te está profundamente agradecida! ¡Un abrazo y hasta mañana!

Con un simple ¡Encantado! Tuve la suerte de que lo de “hasta mañana” no tuvo lugar.

     Mas adelante, en mayo de ese año 58 vino al país el presidente estadounidense Richard Nixon: una crisis que estuvo a punto de estallar cuando no se le permitió llegar al Panteón Nacional. Y entre el 23 y el 24 de julio, otra vez el “Cabito”, remoquete que J. M. Castro León heredó de Cipriano Castro, fracasó en otro golpe. Una enorme manifestación respaldó a la Junta de Gobierno en el Silencio. Otro golpe que no cristalizó fue en septiembre, con el resultado de varios oficiales comprometidos sometidos a Consejo de Guerra. Otra vez Larrazábal recibió respaldo gigantesco de Caracas entera. En las elecciones del 8 de diciembre, Rómulo Betancourt le ganó la decisión a Wolfgang Larrazábal por la Presidencia de la República.

     Es una historia inédita que viví con verdadera emoción y mucho miedo. Pero también con patriotismo. ¡Lo juro!

Secuestrado en Caracas crack del fútbol mundial

Secuestrado en Caracas crack del fútbol mundial

OCURRIÓ AQUÍ

Secuestrado en Caracas crack del fútbol mundial

Se imagina usted que por estos días la máxima estrella de un equipo de fútbol español, digamos Leonel Messi, jugador emblema del Barcelona, resulte víctima de un secuestro mientras cumple compromisos amistosos en Argentina.

Actualmente, con las medidas de seguridad que se toman cada vez que los grandes clubes del deporte profesional se presentan en cualquier ciudad, es muy difícil que se produzcan situaciones embarazosas con los protagonistas del espectáculo.

Pero hace 57 años en Caracas, en pleno desarrollo de la séptima edición de la Pequeña Copa del Mundo, evento que reunía a los mejores clubes de balompié de Europa y Suramérica, Alfredo Di Stéfano, estelarísimo goleador argentino del equipo español Real Madrid, considerado como uno de los mejores futbolistas del mundo en los años cincuenta y sesenta, fue secuestrado por un grupo guerrillero en la capital venezolana.

Di Stéfano contaba entonces con 37 años. Nacido en Buenos Aires, Argentina, el 4 de julio de 1926, debutó en la primera división de su país en 1944 con el River Plate. Cinco años después integró la plantilla del club Millonarios de Bogotá y en 1953 se marchó a Europa, fichado por el Real Madrid. Era para la afición merengue de entonces lo que es hoy el portugués Cristiano Ronaldo.

El futbolista del Real Madrid, Alfredo Di Stéfano, fue una súper estrella en el balompié español
Titular del diario caraqueño El Nacional, agosto de 1963

Convulsión sociopolítica

Máximo Canales y Alfredo Di Stéfano

En la Venezuela de agosto de 1963 se vivía el fin del período de Rómulo Betancourt, quien había ganado las elecciones en febrero de 1959, tras  la caída de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, y si bien es cierto que inició la apertura para la estabilización de la democracia en el país gracias a una gran inversión en la industria petrolera y el sector educativo, también tuvo que sortear agresiones internas y externas por ataques terroristas, huelgas de trabajadores y hasta un intento de magnicidio en 1960.

La pequeña Copa del Mundo de 1963 se celebró en el Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de Caracas del 18 al 30 de agosto con los clubes Real Madrid (España), Sao Paulo (Brasil) y FC Porto (Portugal).

Se iniciaba entonces la campaña electoral para los comicios de diciembre de ese año 1963, con Raúl Leoni, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Arturo Uslar Pietri y Wolfgang Larrazábal como principales candidatos a la presidencia de la República.

La Ciudad Universitaria de Caracas era entonces centro de reunión de muchos grupos de izquierda que se oponían al gobierno de Betancourt. La noche del 23 de agosto, segunda fecha del torneo, en la que Real Madrid despachó 2 goles por 1 al Porto, hubo desórdenes y hasta disparos en las tribunas y el partido acusó demora de casi una hora al finalizar el primer tiempo.

El rapto de la «Saeta rubia»

En la madrugada del sábado 24 de agosto de 1963 se produce el secuestro de Di Stéfano, quien también era conocido como la «Saeta rubia». El Real Madrid estaba alojado en el Hotel Potomac, ubicado en la avenida Vollmer de la urbanización San Bernardino, frente al Hospital de Niños José Manuel de los Ríos.

Poco después de las 6:00 am, dos hombres se presentaron en la recepción, identificándose como miembros de la Policía Técnica Judicial (PTJ) que estaban haciendo averiguaciones acerca de las alteraciones de orden que hubo en el estadio la noche del viernes.

Inmediatamente subieron a la habitación 219 que ocupaba Di Stéfano junto al defensa central uruguayo José Emilio Santamaría, y le pidieron que los acompañara. Ya fuera del hotel le hicieron saber que eran miembros del grupo irregular Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Uno de los secuestradores se identificó como el comandante «Máximo Canales», cuya verdadera identidad era Paul del Río, quien nació en Cuba, de padres españoles, y se crio en Venezuela. Paul posteriormente se convirtió en un artista plástico, autor de la escultura “La Mano Mineral”, ubicada en las adyacencias de la sede de PDVSA, en Caracas.

El secuestro de Di Stéfano se prolongó por unas ochenta horas. Fue liberado la tarde del martes 27 de agosto, gracias, en gran medida, a la presión que ejercieron los medios de comunicación.

El Real Madrid se despidió de la fanaticada caraqueña el 28 de agosto con un empate sin goles frente al Sao Paul y Di Stéfano en la formación titular.

«A las quince horas de estar secuestrado me dije: ‘Alfredo estás jodido’. A partir de entonces me relajé, dejé de sufrir. Mi destino no estaba en mis manos. Pese al mal rato que me hicieron pasar, con el tiempo llegué a perdonarlos: era altruistas, gente con un ideal», declaró Di Stéfano años después.

En 2005, con ocasión del estreno del filme Real Madrid, la película, en el que le dedican unos minutos al lamentable episodio ocurrido en Caracas, Di Stéfano tuvo oportunidad de reunirse con del Río en la capital española.

Di Stéfano murió en Madrid, a la edad de 88 años, el 7 de julio de 2014, y del Río se suicidó en el Cuartel San Carlos de Caracas, el 6 de abril de 2015, a los 72 años.

Hotel Potomac, donde secuestraron al astro del futbol mundial
Periodistas y fotografos a las puertas del Hotel Potomac, ubicado en San Bernardino

Loading