Estadísticas de la Caracas de comienzos del siglo XX

Estadísticas de la Caracas de comienzos del siglo XX

Cómo vive la capital. – Lo que come. – Ración alimenticia de un habitante. – La usura. – Movimiento de traslación dentro de la ciudad. – Sus transportes. – Cementerio General del Sur. – La Guaira, los que entran y los que salen.

Por Antonio Herrera Vegas
Director de Higiene y Estadística

Nada de esto podía escaparse a la poderosa fuerza que hoy rige los destinos del país.

Nada de esto podía escaparse a la poderosa fuerza que hoy rige los destinos del país.

     “Defínese la Estadística diciendo que es la ciencia que estudia los hechos morales y físicos del mundo, como materia de comparación y deducción. De modo, pues, que esta ciencia nos da ya a conocer la riqueza y progresos de un país, ya la causa de su estancamiento, decadencia o ruina, siendo por tanto poderoso auxiliar de la geografía, de la historia, de la economía política y finalmente del arte de gobernar.

     Nada de esto podía escaparse a la poderosa fuerza que hoy rige los destinos del país, representada en su Benemérito presidente, quien en no lejanos días dictó el luminoso Decreto que encauzó y reglamentó las diversas corrientes que, por falta de orden y concierto, no concurrían al fin deseado. Creando la estadística va a hacer palpables los hechos morales y físicos de Venezuela, veremos si estamos en decadencia cuando comparemos con las cifras de años anteriores o nos convenceremos de lo contrario.
Organizado el ramo en todo el país, correspondióme el honor de iniciar sus trabajos en esta sección del Distrito Federal, y vengo hoy al cabo del primer trimestre de labor a presentar una muestra del desarrollo de la vida de Caracas.

     Antes de comenzar, una palabra de aplauso para mi amigo el señor Pedro Manuel Ruiz, alma mater de la idea y campeón de ella. Cuenta Caracas con una población que he calculado en 85.000 habitantes, cifra que no creo exagerada, pues, aunque aquella ha venido mermando, en cambio la inmigración de las ciudades y pueblos del interior ha sido y es notable y esto compensa aquello.

     El movimiento demográfico ocurrido en ella durante el primer trimestre del año en curso fue el siguiente: 

                        Nac.    Def.     Mat     Aum Dis

Enero               217      193      30        24        ……

Febrero            219      164      36        55        ……

Marzo              235      238      31        ….       3                                 

Totales             671      595      97        79        3         

(Nac: Nacimientos; Def: Defunciones; Mat: Matrimonios; Aum: Aumento; Dis: Disminución)

     Para una ciudad en la que el déficit de población era la regla, creo que las cifras anteriores si no son intrínsecamente muy brillantes, consideradas con las de años anteriores lo son bastante.

En os meses iniciales de 1905, el número de inhumaciones verificadas en el Cementerio General del Sur, fue de 624; 314 varones y 280 hembras, 387 adultos y 237 párvulos.

En os meses iniciales de 1905, el número de inhumaciones verificadas en el Cementerio General del Sur, fue de 624; 314 varones y 280 hembras, 387 adultos y 237 párvulos.

Como esto no es sino una breve exposición de las fuerzas vivas de Caracas, no he de extenderme mucho más en las consideraciones que a cada paso me sugiere su estudio.

Pasemos a hora a ver lo que come Caracas en 90 días: según la relación del mercado de esta ciudad remitida a la Oficina de Estadística, en el primer trimestre, Caracas consumió

Pescado fresco            40.585 libras
Pescado salado            18.145 libras
Granos diversos          720.600 libras
Verduras                     1.959.000 libras
Frutas                          907.907 libras
Víveres varios             1.246.500 libras
Total                           4.892.737 libras

     A más de 227.615 huevos y 15.221 aves de todas clases, en el mismo lapso de tiempo entraron al mercado un total de 663.700 libras de carne de reses mayores y menores.

     Tendremos una cantidad de libras de alimentos salidos sólo de mercado, que asciende a cinco millones y medio. Estas cantidades de alimentos ingeridos por Caracas en 90 días sólo son, como queda dicho, las salidas del mercado, por lo que aún no tenemos conocimiento exacto de la ración alimenticia del habitante. Esta la conseguiríamos solicitando los datos en el comercio, asunto quizás complicado.

     Podemos también tener, aunque aproximadamente, el número de botellas de leche que consumimos en el mismo trimestre, calculando el número de vacas que para el año de 1903 surtían a la capital de este precioso líquido. Entonces para fines no estadísticos sino administrativos se hizo en esta Oficina el censo de ganado vacuno y caprino que nos proveía de leche; y dio por resultado un total de 1.500 vacas y cabras con un producto de a 10 a 12 mil botellas diarias, lo que en 90 días nos da de 900.000 a 1.080.000 botellas.

     La harina de trigo como artículo que no se expende en el mercado público, ha sido motivo de investigaciones especiales y ha dado como resultado un total diario de 30.000 libras, lo que para los 90 días que nos sirven de norma serán 2.700.000 libras.

    Ya con estos elementos, aunque incompletos, podemos aproximarnos mucho a la verdad acerca de la ración alimenticia del habitante de Caracas. Este consume en 24 horas lo siguiente: Carne, 0,08 de libra; leche, 0,1 de botella; pan, 0,3 de libra; pescado, 0,007 de libra; granos diversos, 0,09 de libra; verduras, 0,2 de libra; frutas, 0,1; huevos, 0,02; aves 0,002. La ración alimenticia del habitante de Caracas se compone en números claros de la manera siguiente:

Carne.                          36,80 gramos
Pan de trigo                 138 gramos
Leche                          80 gramos
Pescado                       3.22 gramos
Granos diversos          41,40 gramos
Verduras                     92 gramos
Frutas                          46 gramos
Huevos                        0.02 gramos
Aves                            0.009 gramos

Las pulperías y las casas de empeño son los negocios más populares de la capital.

Las pulperías y las casas de empeño son los negocios más populares de la capital.

     O sea, un total de 437.42 gramos de alimentos sólidos fuera del agua y otros líquidos que suman 3 ó 4 litros más o menos. Bien entendido que esta suma es solo relativa a los alimentos expendidos en el mercado que por tanto podemos asignarle mayores cantidades por las ventas fuera de él.

     Como los alimentos que ingerimos para que llenen los fines de la nutrición perfecta deben estar compuestos de albuminoideos, hidro-carbonados y grasas, con los números anteriores vamos a saber en qué cantidades ingerimos en Caracas aquéllos que llegan a las cifras fisiológicas que son: 84 de albúmina, 34 de grasa y 434 de hidro-carbonados, pero como este no es un estudio de fisiología sino una demostración a la ligera de lo que consume Caracas, me conformaré por hoy con lo hecho, dejando las deducciones científicas para un trabajo ulterior.

     Pasemos ahora al mundo de los negocios. En los días corridos del 1° de enero al 31 de marzo de este año 1905, las casas de empeño de esta ciudad, las dos más importantes, pues las cifras de las otras que presumo son tantas como las pulperías, no figuran, hicieron un total de negocios que ascendió a B. 110.904,45 prestados sobre 15.993 objetos, 6.247 alhajas y 9.745 diversos. Como se ve, no son del todo despreciables los negocios de empeño.

     Corresponden 178 objetos diariamente con un total de B. 1232. Esta suma creo que puede multiplicarse por 3 ó por 4 y tendremos algo aproximado a la verdad. Una idea clara del movimiento de traslación entre Caracas lo tenemos por los datos suministrados por las empresas de tranvías Caracas y Bolívar, hoy unificadas. El total de pasajeros que circularon en todas las líneas durante los tres primeros meses del año en curso fue de 471.661, cifra solo aproximada, pues los datos obtenidos son bastante incompletos. Sus valores son fáciles de deducir.

     La Compañía de transporte terrestre hizo acarreos que alcanzaron la respetable suma de 7.959.671 kilos de importación y exportación. Su personal asciende a 9 empleados de la Oficina central, 4 en las estaciones, 10 en las cocheras, 7 caporales y 50 peones. Como se ve por las anteriores cifras esta es una empresa bastante próspera.

     El número de inhumaciones verificadas en el Cementerio General del Sur, ascendió a 624; 314 varones y 280 hembras, 387 adultos y 237 párvulos, 225 solventes y 392 insolventes. Respecto al movimiento de pasajeros por el puerto de La Guaira, durante los meses de febrero y marzo, fue de 919 de entrada; cuyas profesiones: agricultores, 77; artesanos, 119; artistas, 37; científicos, 42; comerciantes, 77; industriales, 72; profesiones varias, 367; y el resto sin profesión conocida y mujeres cuya profesión no consta nunca en nuestros cuadros estadísticos cualquiera que sea su orden.

     Reseñados a la ligera algunos de los elementos que componen la vida y la actividad de Caracas, vemos por sus cifras la actividad de esta clase de trabajos, pues, aunque espíritus superficiales no vean en esto sino un mero pasatiempo, no sucederá otro tanto con los que atentos al movimiento universal, comparen y haciendo deducciones, lleguen a tomar como base algo de lo apuntado para futuras especulaciones que a la larga beneficiarán a todos”.

FUENTE CONSULTADA

  • El Constitucional. Caracas, 3 de mayo de 1905

El joropo o el jarabe venezolano

El joropo o el jarabe venezolano

Nuestro baile nacional. – El “joropo” no es sino el “jarabe andaluz”. –
Escasez de datos. –  Orígenes probables. – Sus prohibiciones. –
Precioso hallazgo documental. – La historia se repite. – El “joropo” en la lingüística

Por Juan José Churión*

La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico.

La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico.

     “Cualquiera al leer el título que en letras capitales encabeza este somero estudio histórico-lingüístico-bailable, supondrá que voy a tratar sobre algún específico farmacológico hecho secumdun artem; pero no, voy a ocuparme con un asunto que trae siempre mucha agitación cada vez que se le toca: El Joropo. ¡Claro, el que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto!

     Propóngome demostrar como tesis, que nuestro joropo no es sino el jarabe andaluz, y para esto y tendré que gastar mucho jarabe de pico, pues no es muy grande la copia de datos que he podido reunir. Más en la cuna que en la arqueología y la paleografía está nuestra musicografía. El señor Ramón de la Plaza, en su estimable obra «Ensayos sobre el arte en Venezuela», al hablar de la música indígena, ni siquiera diserta brevemente sobre el joropo. 

     La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico; lo cual me hace creer que su aparición en nuestra tierra es posterior a la Conquista; y no es sino una corrupción o rapsodia del jarabe andaluz o fandango, que aquí se llamó joropo o fandango redondo.

     La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico; lo cual me hace creer que su aparición en nuestra tierra es posterior a la Conquista; y no es sino una corrupción o rapsodia del jarabe andaluz o fandango, que aquí se llamó joropo o fandango redondo.

     En el mencionado libro el primer aire nacional que se encuentra es un joropo o fandango redondo en la tonalidad de ré mayor, y el ritmo en seis por ocho, lo que prueba su parentela coreográfica. Es sensible que en esa obra apenas se mencione el joropo en la página 164, en donde al hablar de nuestro eximio artista don Salvador N. Llamozas, el que mejor ha fantaseado sobre los aires populares de su tierra en «Noches de Cumaná», dice que: “La gente del pueblo regularmente los canta (los aires) en las diversiones llamadas joropos, acompañados de bandola, discante y maracas”. Esto y quedarnos en ayunas es lo mismo.

     Hagamos historia o mejor dicho, deshagámosla, puesto que tenemos que remontarnos a las fuentes en busca de la verdad; pero historia alegre, como el tremolar de los capachos en las manos del diestro maraquero, ya que el joropo es la única nota alegre de nuestro pueblo, no obstante el dejo melancólico del indio y el fatalismo del africano que lo integran.

     Gracias a la influencia innegable del teatro en la cultura, el joropo se aristocratiza. Ya se le ha dado cabida en los saraos elegantes, y hay señores que esperan el joropo final, con verdadera delicia. ¡Y cuidado que lo escobillean que da gloria, cuando no catarro, según es el polvo que levantan los zapoteadores!

El que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto.

El que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto.

     Quinito Valverde piensa introducirlo en París «con todo el aparato que su interesante argumento requiere», arpa, maraca y cantadores criollos. Ya me figuro a los parisienses entusiasmados como cuando bailaron el primer tango argentino. Y ante esta pronta y segura apoteosis de nuestro ingenio musical y terpsicoriano, me apena ver en periódicos de provincias, que se le prohíba. Esto es matar la tradición. A pesar de esas cortapisas el joropo triunfa y hay que declararlo de utilidad pública. El Alma Llanera de Pedro Elías Gutiérrez, el más estudioso de nuestros compositores, ha adquirido una popularidad pasmosa.

     Mas no se crea que esta tirria contra el baile nacional es de ahora. Las autoridades distritales que imponen multas y severas penas a los contraventores, me recuerdan a un Capitán General de Venezuela, quien también lo prohibió en su tiempo, lo cual prueba, como diría Eloy González, que la historia es una concatenación de sucesos que se repiten hasta el infinito. En un expediente de mediados del siglo XVIII, prohibía el Gobernador y Capitán General D. Luis de Castellanos, entre otras diversiones deshonestas, los joropos escobillaos. Hé aquí aquel documento en su sabrosa salsa que tiene todo el resqueño de su ranciedad:

«Don Luis Francisco de Castellanos, Mariscal de Campo, Gobernador y Capitán General de esta Capitanía General de Venezuela, por Real mandato del Rey, nuestro señor (A. Q D G.), Teniente de su Real Armada, Superintendente General de Hacienda, Subdelegado Fiscal de la Real Audiencia de Santo Domingo, Presidente de su Real Junta y Subdelegado de correos en esta Capitanía»

“No ha mucho llegó a mi superior conocimiento que en algunas Villas y lugares de esta Capitanía General de Venezuela se acostumbra un Bayle que denominan Xoropo escobillao que por sus extremosos movimientos, desplantes, taconeos y otras suciedades que lo infaman, ha sido mal visto por algunas personas de seso, como el señor D. Martín de Echeverría, teniente justicia de la villa de Panaquire y otros señores de pro, con escándalo de sus honradas conciencias, por parecerle demasiado sacrílego en los velorios o lloras, en que se canta y se baila casi encima de los cadáveres, como homenaje a los difuntos. Sin tardanza alguna he mandado que las Autoridades respectivas instruyan Expediente a tal efecto a fin de providenciar lo que por conveniente tuviere y oído el parecer de la Real Audiencia, a quien irá en consulta.

«Y tan y mientras aquel Alto Tribunal provee, he decidido prohibir, como desde luego prohíbo el susomentado Bayle de Xoropo escobillao, advirtiendo que los se atrevieren a trasgredir esta Ordenanza, sufrirán la pena de vergüenza pública, ítem más, dos años de Presidio; las mujeres serán recogidas en Hospitales por igual tiempo; y los simples espectadores dos meses de Cárcel segura, penas todas que podrán ser agravadas al arbitrio de los Jueces, según las circunstancias que concurran en los sujetos. Por consiguiente y para que nadie alegue ignorancia, hago que esta Ordenanza se publique y se le dé curso por bandos y pregones en esta Capital y en otras poblaciones, en la forma acostumbrada, y que se espida copia a quien competa cuidar se su observancia. Dado en la ciudad de Santiago de León de Caracas, a 10 de abril de 1749.

Luis Francisco de Castellanos

Por mandato de S, Exc

Joseph de Ascanio»

     ¡Canario con D. Luis! Por lo que se ve no se le cocía el pan en eso de mandar a presidio por cualquier futesa. Su celo beatífico estuvo a punto de que no tuviéramos siquiera baile autóctono; no obstante, la época aun cuando era de mojigatería, no lo fue tanto para otros Oidores e Intendentes que de noche como de día se iban de picos pardos y ponían en jarana a Caracas, la ciudad muy Heroica, muy Noble y muy Señora mía.

     Ello fue que al reclamo de muchos dueños de haciendas, a quienes sus peones y esclavos amenazan con irse al monte, que muy bien podía ser el Monte Aventino (1) la cosa, junto con otros graves asuntos fue en consulta a la Madre Patria, en la que se trató detenidamente, se pidieron repetidos informes y hasta fueron enviados en uno de los galeones que salían cargados de oro a la Península, dos negritos de Barlovento, hábiles en el escobilleo del joropo, y sus derivados, el Tambor, el Juan Bimbe, el Cambao, el Rúcano,  etc., etc., que constituyen una variedad infinita de aires nacionales, vestigios de las ancestrales guazábaras indígenas en que los caciques celebraban sus triunfos con danzas rituales al son del botuto.

     Recuérdese que, en esos mismos días de la citada ordenanza, fue cuando D. Francisco de León, como Espartaco, llegó de Panaquire a las puertas de Caracas, a la cabeza de 800 hombres que reunió en el tránsito y en son de protesta contra la Compañía Guipuzcoana, de la cual era empleado, al nuevo Teniente justicia D. Martín Echeverría.

     El baile volvió a permitirse y esto se ve por lo que manda la real cédula de S. M. fechada en el real sitio de Aranjuez, en que se ordena al Capitán General que no lo prohíba por haberlo hallado, dice: «lleno de inocencia campesina, así como el Jarabe Gatuno y el Bullicuzcuz de la Veracruz, que también han venido en consulta de nuestros reinos de Méjico y con los cuales tiene mucha semejanza.»

Todo parece indicar que el origen de la palabra joropo está en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz.

Todo parece indicar que el origen de la palabra joropo está en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz.

     Esto nos lleva, pues, al luminoso descubrimiento de que los tangos, peteneras, garrotines y otros bailes de relativo modernismo en la Península, no son sino glosas, copias más o menos fieles de estas danzas americanas, entre las cuales el joropo era ya conocido en Iberia, lo que ignoraba hasta ahora. ¿Qué sería de aquella pareja de negritos que probablemente bailó ante la fastuosa Corte de Fernando VI, Rey de casi todas las Españas? De eso nada se sabe. Los pobres negros quedaron envueltos en la negrura de los tiempos. Se ve palpablemente que el jarabe mejicano y el jaraví peruano no son otra cosa sino el joropo o jarabe venezolano, y éste, con poca diferencia, es la zamacueca chilena, el agarrao y demás bailes de la América hispana, a los cuales diestros bailarines han introducido tal cual pasaje de su invención para civilizarlos, al hacerlos pisar el charco. Todo lo cual me explica una profunda frase, que quizá sin medir su profundidad, le dijo el escritor hispano Pedro González Blanco a Eduardo Carreño «Desengáñese, eso de los bailes aquí es lo mismo desde el Golfo de Méjico hasta el Cabo de Hornos: Un negro con un calabazón; eso es todo.» Sólo que yo aumentaría el sector geográfico y diría que, desde la Bahía de Hudson, pues el cake-wall, el Boston y todos esos bailes yanquis tienen, como los nuestros, el mismo origen africano. ¡Y hasta la misma jota aragonesa hay quien la crea africana! . . .

     Etimológicamente creo entrever el origen de la palabra joropo en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz, que pasó en las naos de los conquistadores tanto a las tierras aztecas como a Venezuela; allá se le siguió llamando jarabe con el remoquete de mejicano; pero nuestros indígenas, que a duras penas comprendían el español,  viendo las figuras y trenzado del baile hispano, comenzaron por decirle jaraba, jarabo, jarapo, jarobo y joropo, última y definitiva forma aborigen del baile ya corrompido. Así, pues, en mi sentir, nuestro joropo no es sino un hijo espúreo del jarabe andaluz, y éste, a su vez, puede que sea hijo de algún baile africano o árabe, porque como muy bien apunta don Julio Calcaño, la etimología de la palabra joropo es completamente arábiga. Viene de la voz xarop o xarab, que significa jarabe.

    Y ahora pregunto: ¿Por qué la Real Academia de la Lengua que ha dado cabida en la reciente edición de su Diccionario, o sea la decimocuarta, a algunos venezolanismos, entre ellos, la hayaca, y anteriormente a la caraota, no ha creído digno de que figure en él, el joropo? Los diccionarios de Zerolo, de Navas, de Toro y Gómez, lo traen. ¿Será que los académicos españoles nos estiman sólo desde el punto de vista culinario que no terpsicoriano?

     He aquí, pies, que el hijo pródigo volverá al solar paterno, oreado, ennegrecido por el sol de los trópicos y las tolvaneras del desierto pampero; volverá anémico por nuestro paludismo, caquético, hepático, llenas las tripas de bilharzias, tricocéfalos y amibas; pero al sentirse en el hogar andaluz de donde salió hace la friolera de cuatrocientos y pico de años, se reanimará, bailará y entonces la familia habrá de reconocerle. Y sólo falta para hacerlo de celebridad mundial, además de que lo bailen en París, introducido por Quinito, que Su Santidad el Papa lo excomulgue como hizo con el tango argentino, que es el colmo de la inocencia en materia de bailes, y entonces no va a quedar quien no quiera bailarlo hasta de coronilla”.

 

EL JOROPO

Cuando estoy a solas lloro

y en conversación me río

con mi maraca en la mano

divierto los males míos

(COPLAS POPULARES)

I

Ya la noche al sol embiste

y mis tristezas cantando,

voy al paso recordando

los abrazos que me diste

Mira tú si estaré triste,

que cojo en sabana un toro,

le echó encima el rucio moro,

y al tumbarlo diligente,

repite el eco doliente:

¡cuando estoy a solas lloro!

 

II

¡Vuela mi caballo, al hato

que se anubla el horizonte!

pasa esa ceja de monte

y descansarás un rato.

Yo me beberé el carato

que me guarda el dueño mío,

espanto penas y brío

del hogar a los calores

me como mi zamba a amores

y en conversación me río

III

Y veré salir la luna

si es que el aguacero escampa,

si del corral es la trampa

cayó la yegua zebruna:

silla y freno hay por fortuna

monto a mi zamba y ufano

la llevo al baile cercano,

ella rompe un zapateo

y orgulloso yo la veo

con mi maraca en la mano

IV

¡Vaya un joropo de rango!

bailando a roja campana,

los claros de la mañana

me sorprenden bajo el mango

De mi zamba en el fandango

Los guapos sufren desvíos,

pues no hay quien tenga más bríos;

yo espanto al “Ánima Sola”,

y al golpe de mi bandola

divierto los males míos

 

Tomás Ignacio Potentini

Mamerto, el “Rey del Joropo”.

Mamerto, el “Rey del Joropo”.

Habla Mamerto, el “Rey del Joropo”

     Páginas más adelante, en la misma edición de El Nuevo Diario del 13 de enero de 1916, dedican una columna completa a Mamerto García, conocido como el “Rey del Joropo”, cuya foto ilustra el reportaje principal. Bajo el título “El Titán del joropo” destacan que, siguiendo la moda periodística del día, resolvieron interviuvarlo (sic) para conocer detalles de su vida y milagros y saber si ha hecho algún viaje al exterior donde le haya ocurrido alguna aventura fantástica, bien sea haber pasado hambre, que como aventura nada de fantástico tiene, o haberse levantado de madrugada, que tratándose de un venezolano sí resulta casi imposible.

     El Titán nos dijo que todavía está primaveral, en lo que respecta a sus años, pues no ha pasado de los treinta y uno; que es un caraqueño neto y que aprendió a bailar en las propias faldas del Ávila, pues cuando fue a Aragua, a Guarenas, a Santa Lucía, a Carabobo, ya estaba emplumado y no llegó de aprendiz, sino imponiéndose en el patio, cuando el arpa gemía un corrido y las maracas daban suelta a la risa de sus capachos.

     Ende chiquito bailaba Mamerto García, como la jerezana de Las Bribonas, y se aficionó a organizar bailes, desde los modestos en que figuran tres instrumentos –catre, pianito y musiú– hasta las grandes tocoqueras a toda orquesta que duran hasta el alba, si antes no revienta “el palo a la lámpara” y salen a relucir las catalinas.

     El origen de su primer apodo, El Titán, le vino de ahí, tanto por su preponderancia en la maestría del joropo, como por no ser lerdo en eso de asustarse de tigre porque le arrastren el cuero.

     Así su nombre circulaba en los corrillos de las parrandas, pero no llegó a ser verdaderamente famoso. –según su propia confesión– hasta el año de 1904 o 1905, y se consagró como Rey del Joropo, cuando se presentó en el teatro, hace cosa de dos o tres años y obtuvo un triunfo bailando Una Viuda Comifló, que le valió estrepitosos homenajes.

     También se ha ocupado de dar clases de bailes criollos a la categoría, gentes de salón que no han menospreciado nuestras costumbres tradicionales, y últimamente amaestró a la Cipri y a la Violeta para el primer joropo de Quinito Valverde.

     –Yo, nos dice, las puse en los palitos, pero, no les he enseñado nomás que unos pasos, no porque yo me reserve mis secretos, sino porque toda la ciencia no se aprende en una semana.

     Recordando los tiempos de antaño le preguntamos:

–¿Mamerto, ¿cómo son las palabras chivatas para entrar a un tocotín de esos con buen pie, no sea cosa que le vayan a dar a uno un astazo?

–Ya ni me acuerdo. Eso está en desuso, porque antes en las fiestas se iba con galfaradas, pero los caribes se han refinado mucho.

     Y luego, con simpática modestia agregó:

–Y, además, como yo he salido del barrio para la altura y hasta me ha visto la crema en el escenario. . . Esas cosas no me convienen ya.

     Y es cierto, El Titán ha gustado siempre de codearse con literatos y gente de cuna. Basta ver el retrato que publicamos hoy, en el cual no se es fácil adivinar el joropero de cogollo y alpargatas que aparece en La Viuda, en el cuasi dandy, tocado con su pajilla a la derniere, muy marcada la raya del pantalón y lucientes los chapines de charol.

     El Titán, como por lo general los hijos de nuestro pueblo, goza con endomingarse y dar prestigio de pulcritud a su persona. Y eso no impide que, en cuanto llore el arpa y rían las maracas, los pues se agiten y no quede hormiga viviente en seis metros a la redonda”.

FUENTE CONSULTADA

  • El Nuevo Diario. Caracas, 13 de enero de 1916

    * Escritor y humorista caraqueño (1876-1941). Conocido como el Bachiller Munguía. Gran parte de su obra está dedicada a recopilar interesante anecdotario sobre la Venezuela del siglo XIX

El ballet de las estatuas

El ballet de las estatuas

Caracas Cuatricentenaria

La primera estatua fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india.

La primera estatua fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india.

     “Cuando caía el velo que cubría la estatua y cuando el orador de orden terminaba su encendido elogio, que daba la impresión de que allí se había plantado un recuerdo para siempre. En Caracas ese “para siempre” ha sido con frecuencia pasajero.

     Nuestras estatuas podrían tomarse como expresión de dinamismo de la metrópoli. De su intenso dinamismo urbanístico, pero también de su dinamismo histórico, con todas las incidencias políticas, emocionales o simplemente caprichosas.

     La primera estatua de la que tenemos noticia –¿hubo otras acaso? – fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india. Cuando el lugar fue transformado, pasó la india a la Plaza de la Misericordia de donde fue removida tiempo después. El descuido y la indiferencia acabaron con ella. Hoy quedan apenas unos fragmentos.

     Guzmán Blanco, en el vértigo de su propia exaltación, se hizo erigir estatuas en vida. A Caracas le tocarán dos. Una ecuestre, sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante. La otra se levantó en la colina de El Calvario. Con menos respeto fue bautizada Manganzón. Un día, las turbas las derribaron. De paso derribaron también la del padre del Ilustre, Antonio Leocadio Guzmán, que parecía perorar incansablemente en la Plaza de El Venezolano. El Venezolano, con mayúsculas, dicho sea de paso, no era Antonio Leocadio sino su periódico. Joaquín Crespo restituyó la estatua al mismo lugar, más conocido por los caraqueños como la plaza del mercado. Allí estuvo el demagogo hasta que lo llevaron a la Cota 905 para que se aireara después de tan largo vaho de recuas, verduras y ventorrillos.

     En 1935 las turbas echaron por tierra, en la Plaza de Catia, el busto de Juan C. Gómez, don Juancho, quien para su corta inmortalidad no contó con más méritos que haber tenido un hermano llamado Juan Vicente y haber muerto acuchillado Dios sabe por quién.

     Los hermanos Monagas, próceres de la Independencia, presidentes, tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, emancipador de esclavos, contempló por muchos años el vaivén de la sociedad caraqueña que acudía a las funciones del teatro Municipal y el del populacho que se agolpaba a sus pies en los bailes de carnaval. La de José Gregorio, en la Plaza de La Candelaria, mostraba al héroe en un esguince de cadera impropio del guerrero que reclamaba para sí el título de primera lanza de la República.

     Igualmente, efímera resultó la estatua de Ezequiel Zamora que, desde la Plaza de Capuchinos, sable en la diestra, amenaza con gesto feroz al barrio de El Guarataro.

     El Descubridor, el Fundador, el Precursor, el Libertador, el Gran Mariscal no han pasado, pero han sido andariegos. Al norte de la Plaza López, simbólica pero incómodamente asentado en un remedo de carabela, Cristóbal Colón, cara al oeste, señalaba con la mano hacia el plus ultra. A sus pies, en la triangular Plaza España, estuvo el busto de Cervantes. Colón, desplazado por un cuartel de bomberos, fue instalado en Los Caobos. La avenida Urdaneta empujó a don Miguel hasta El Calvario.

Una escultura ecuestre, de Antonio Guzmán Blanco, con sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante.

Una escultura ecuestre, de Antonio Guzmán Blanco, con sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante.

Durante algunos años, los hermanos Monagas tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, frente al teatro Municipal y la de José Gregorio, en la Plaza La Candelaria.

Durante algunos años, los hermanos Monagas tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, frente al teatro Municipal y la de José Gregorio, en la Plaza La Candelaria.

El busto de Miguel de Cervantes estuvo originalmente en la Plaza España antes de ser trasladado al Calvario.

El busto de Miguel de Cervantes estuvo originalmente en la Plaza España antes de ser trasladado al Calvario.

     A Diego de Losada le erigieron un busto cerca de Pagüita. Desapareció por muchos años. Ahora, al iniciarse el año cuatricentenario, lo replantaron al norte de la ciudad.

     A la sombra del Panteón descansó por largo tiempo, sobre su pedestal del cal y canto, Francisco de Miranda. Hace poco bajó hasta la Plaza Miranda, antes Plaza Bermúdez y mucho antes Mercado de San Pablo. Lo pusieron en un audaz andamio de vigas de hierro. Como era de esperar, chocaron en seguida lo tradicional y la osadía innovadora. Hoy está el Precursor sobre un pedestal de mármol.

     Donada a Caracas por la Colonia Siria, una estatua del Libertador recibía y decía adiós, al final de Caño Amarillo, a los ajetreados pasajeros del Ferrocarril de La Guaira y del Gran Ferrocarril Alemán. Hoy sustituye a Manganzón en lo alto de la redoma de El Calvario. El Ilustre Americano, que en una medalla hizo anteponer su efigie a la de Bolívar, dirá, –si las ánimas inmortales practican la resignación–: ¡A mucha honra!

     En las escalinatas que daban acceso por el sur a la vieja Universidad, hubo otra estatua del Libertador, junto a la cual solían hacerse retratar los recién graduados. Hoy está al oreo de las brisas en Porlamar.

     De la colina de El Calvario descendió una estatua de Antonio José de Sucre para trasladarse a Maracay. La capital enmendó casi enseguida el error a un extremo del entonces puente 19 de Diciembre. El magnánimo y ponderado vencedor de Ayacucho apareció allí, cabeza baja y espada en alto, embistiendo con furia de coracero. Todo este ímpetu fue llevado luego a Catia.

     En la minúscula y desaparecida Plaza de San Lázaro, hermanados en el sacrificio supremo, los neogranadinos Girardot y Ricaurte coronaban un pedestal de mármol blanco. La transformación de la ciudad llevó al grupo a un lugar más adecuado, al centro de la Avenida Nueva Granada. Pero fueron tantos los topetazos de los vehículos trasnochadores, que los héroes de Bárbula y San Mateo se apartaron discretamente a un lado.

     La mujer desnuda, erguida en lo alto de un macizo de chaguaramos, ha sido, es y será “la india de El Paraíso”. La figura, de perfil clásico, antorcha de la libertad en una mano, olivo de paz en la otra y en la cabeza el gorro frigio, resulta cosa extraña al mundo de los indios. Parece simbolizar, más bien, a la República triunfante. Todo esto, con bajos relieves, cóndores y las tres matronas que representan a la Gran Colombia, en estos mismos días retrocedió cerca de dos kilómetros, hasta un extremo de la Avenida La Paz.

     Jorge Washington, el brazo extendido, la mirada hacia la cumbre del Ávila, fue testigo imposible de la mudanza. El ya se había mudado de la vecindad del Teatro Nacional hasta casi el confín de El Paraíso.

     A ambos lados de la “india” montaban guardia el patricio colombiano Camilo Torres y el haitiano, amigo de Bolívar, Petión. Camilo Torres pasó a hacer compañía a Girardot y Ricaurte. Petión fue colocado en el parque El Pinar.

     Hasta el ángel que remataba la Avenida de El Paraíso dio un corto vuelo para posarse en un extremo de la Plaza 19 de Abril. Allí, con las alas extendidas y con su trompeta, parece dispuesto a lanzarse de nuevo al espacio para recordarnos que el “para siempre” de las estatuas es cosa movediza en Caracas.

FUENTE CONSULTADA

  • Revista Líneas. Caracas, N°115, noviembre de 1966.

El Ávila desde el Nuevo Circo

El Ávila desde el Nuevo Circo

Por J. L. Sánchez-Trincado

Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo.

Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo.

     “Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo. La hora es igualmente favorable. Primero hay un sol excesivo, pero después se tranquiliza el cielo, palidece la tarde, se atenúan los colores y, cuando la noche va a ensombrecer la piedra morada y verde de la montaña decorativa, el espectáculo concluye.

     Uno ve las cosas muchas veces. Las miras. Le sirven de trampolín para sus pensamientos. Esa montaña es para mí, vista ahora serenamente, mucho más que un recreo para los ojos y que un juguete para mi imaginación. Estaba ahí y la había mirado muchas veces. Pero solamente ahora, que sentado frente a ella puedo contemplarla a mi gusto, sé que constituye para mí más que un centro sugestivo, un episodio. Detrás de ella está mi ayer y, acaso, mi mañana. Lo que hay tras del Ávila es el cielo del mar. El Ávila es una montaña transparente: perpendicular a ella quedan mil rutas. El Ávila pone sus dedos de cristal en mis ojos y me habla de cuatro y media a seis y media de esta tarde dominical en que el sol está ligeramente desconcertado y atrasa un poco los relojes baratos, con todas las voces musicales de sus matices cambiantes.

     Yo soy pura prisa y el tiempo pesada pausa. La Historia se ha dormido de bruces sobre el calendario. La unidad de la Historia es el siglo; la unidad de una vida, es la hora. La Historia es más para leída o recordada que para vivida. No alcanzamos con la curva de nuestros breves brazos a abarcar todo un haz de acontecimientos importantes, cuya cosecha podríamos recoger. Nos iremos y cuanto quisiéramos ver realizado en el tiempo, no estará todavía cumplido. La Historia es larga y la vida breve.

     No podremos volver. Diderot querría haber resucitado cien años después de irse, aunque este transcurso hubiera tenido que soportarlo en el infierno. Hubiera querido volver a la tierra, a ver lo que pasaba. La Historia es ahora mucho más interesante que en tiempos de Diderot. Otra vez, el agudo escritor hubiera pedido unas segundas vacaciones incómodas con tal de volver al París, seductor, de mil novecientos noventa y nueve. Don Miguel era más ambicioso y más simple: no quería morirse nunca. El hombre griego prefería ser una lagartija tomando el sol encima de una piedra durante miles de años a ser jefe en cualquiera de los negocios ultraterrenos.

     La mayoría de las gentes desearían que la vida individual durase tanto como la vida de la especie, aunque fuera padeciendo sucesivamente etapas de vida y etapas de muerte. Como el habla está lleno de palabras y silencios, la vida debería estar llena de sueños, muertes provisionales y de vidas vigilantes. Estamos dispuestos a pagar la resurrección a cualquier precio. Diderot, con unas cuantas quincenas en la cárcel modelo que describió el Dante sin el amenazador letrero de la entrada. Los ascetas, sacrificando esta vida pasajera a una vida beata. Todos pasaríamos con gusto por una hilera de purgatorios con tal de volver de vez en cuando a darnos una vuelta por la tierra. Queremos vivir la Historia, presenciarla, protagonizar sus actos segundo y tercero, ver en qué para todo esto.

En 1919, abrió sus puertas el Nuevo Circo de Caracas, que desde entonces se convertiría en la cuna de la fiesta brava y de otros espectáculos.

En 1919, abrió sus puertas el Nuevo Circo de Caracas, que desde entonces se convertiría en la cuna de la fiesta brava y de otros espectáculos.

     La Historia es pura pausa: el hombre es todo prisa. Solamente los ojos verdes de la montaña han visto el film completo de la Historia. La montaña, sin prisa, ha podido conocer, tendida espectadora, cuántas aventuras han vivido ya los seres humanos sobre el planeta. Vendería mi alma al diablo por la eterna amatista, iría sin sueño, pupila sin cansancio, que mira todavía tras del párpado translúcido de la nube, y ve por encima del tiempo, tiempo mudo ella misma, de la   montaña sigilosa. Esa piedra verde tiene el secreto de la historia. Medita lo que ha visto sin turbarse.

     Allí está midiendo con su grandeza nuestra delirante estupidez. Extendiendo sobre ella, absorbiendo sus blandos jugos maternales, el tapiz vegetal crece parasitariamente de la piedra húmeda y vive a costa del cielo, del sol y de la lluvia gratuitos. La fauna, más abajo, vive parasitariamente de la flora. El hombre le ha puesto a todos piedra, tapiz, fauna, vilmente a su servicio. Mientras los minerales y los seres vivos trabajan sin descanso en su química prodigiosa, el hombre se ha puesto el traje del domingo y se ha dedicado a holgazanear y divertirse. 

El hermoso cerro Ávila, óleo del célebre pintor Manuel Cabré.

El hermoso cerro Ávila, óleo del célebre pintor Manuel Cabré.

El silencio laborioso del Ávila acusa a nuestro espantoso griterío de brazos caídos. Oleadas inmensas de seres humanos, constantemente renovadas se alzarán, se agitarán y caerán y una gran montaña nutricia las verá pasar sin tristeza, trabajando callada, simplemente para alimentarnos a todos, avergonzada de nuestras derrotas y quejosa de nuestros devaneos.

     La Historia registra este incesante fluir de vidas. Los ojos grises de vetas doradas y azules de la montaña, contemplarán el incesante torbellino del mundo. En la ladera la guerra de los hombres se enciende: solo en las cumbres góticas de los picachos, las manos de hielo de un hada trémula acunan la paz.

     La paz, por anómala, es como un vértigo: nuestro elemento natural es la lucha. A la medida de la guerra está hecha nuestra cabeza y fraguado nuestro corazón. No podemos vivir entre nieves, sino entre llamas. La historia del hombre es como un libro ardiendo. La naturaleza sin sombras, el antiecúmene, es solo el testimonio de que también nuestro planeta es un astro apagado.

     Sobre las gargantas de las gentes del circo desciende, poco a poco, mientras la fiesta avanza, la ronquera del cansancio. 

     Cada vez las gentes de los tendidos claman más débilmente, el fastidio, cortejando a la tarde adviene. Las mujeres que estuvieron a punto de desmayarse han recobrado sus buenos colores y su antigua sonrisa. Solamente la montaña mira la fiesta imperturbablemente, como esta muchacha inglesa que permanece sentada a mi lado.

     El genio de la noche ha anticipado sobre la cuartilla del aire las primeras consonantes de sus luceros. Pronto son catorce, buena señal de que la noche del domingo va a tener escrita en la frente, como si se tratara de una página literaria del periódico de la mañana, un soneto contundente. Estoy de pie y miro por última vez al Ávila. El espectáculo es extraordinariamente hermoso. Lo único que molesta un poco es la corrida”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, Nº 1.034, 7 de julio de 1945; página 4.

De Valencia a Caracas con una cámara en 1908

De Valencia a Caracas con una cámara en 1908

Gracias a la magia del cine, a principios del siglo XX, el público que acudía a las pocas salas de cine que entonces existían en Venezuela, tuvo oportunidad de apreciar las “diabluras” que eran capaces de cometer quienes ensayaban con una cámara, al captar escenas de la vida cotidiana, en este caso, el recorrido de la ruta del tren que servía la ruta Valencia-Caracas.

El 1º de febrero de 1894 y tras seis años de trabajo, fue inaugurado el Gran Ferrocarril de Venezuela o Ferrocarril Alemán, considerado el mayor sistema ferroviario construido en el país, cubriendo la ruta Caracas-Valencia.

El 1º de febrero de 1894 y tras seis años de trabajo, fue inaugurado el Gran Ferrocarril de Venezuela o Ferrocarril Alemán, considerado el mayor sistema ferroviario construido en el país, cubriendo la ruta Caracas-Valencia.

     A finales de 1908, concretamente el martes 8 de diciembre, los lectores del periódico caraqueño El Constitucional, apreciaron una de esas travesuras a través de la crónica que reprodujeron del diario La Lucha, editado en la ciudad de Valencia. Esta es la crónica en cuestión del “viajecito” que demoraba aproximadamente siete horas, a través de unos 180 kilómetros, en cuyo recorrido se encontraban 86 túneles, 182 viaductos, 212 puentes y 22 estaciones:

     “A las 11 en punto de la mañana, aparece muy clara la Estación de San Blas (Valencia), un hombre de gran chiva dice: «Pasajeros al tren!», suena un pitazo corto y seco y rueda la máquina muy serena, baja una cosa como empalizada en una bocacalle y matan las ruedas un marranito; se ve muy claro a los dueños de éste vendiendo y comiendo carne y chicharrón, muy contentos porque no han pagado los derechos del beneficio; no está previsto por la ley de muerte trágica. Van apareciendo las Estaciones de Los Guayos, Guacara, San Joaquín, Mariara, La Cabrera, Maracay y Gonzalito, muy borrosas y mal enfocadas, silenciosas y tristes, ¡los pitazos y las palabras «pasajeros al tren!» se van apagando y debilitando de tal manera, que, hasta Maracay, llega y sale el tren sin pito y sin ruido de ninguna especie

     Aparece Turmero, suena el pito con brío, se aclara el foco, pasa el tren que viene de Caracas, los pasajeros de Valencia bajan para almorzar. –«No hay sino ron»– estos resignados se les ve leyendo El Constitucional que han comprado a medio y a real porque no hay vuelto. –Sigue la película muy clara y van apareciendo Cagua, San Mateo y La Victoria, ¡se pita duro y se grita claro «pasajeros al tren!» y los pasajeros bajan a La Victoria con mucha hambre; el almuerzo!, ¡el almuerzo! No hay sino ron, vuelven a decir los botiquineros como si fuera el himno de la muerte o una consigna terrible; el foco aclara y la luz es fija y aparece El Consejo y Tejerías, los cerros se ven con grandes manchas verdes y muchos hombres que limpian y labran la tierra; los pasajeros preguntan desde las ventanillas el tren: «Hay algo que comer»– «Ni hay sino ron San Vicente», y sigue la máquina por unos terrenos muy fértiles y muy bonitos, de trecho en trecho no se ve nada, manchas oscuras presenta la película, estamos pasando los 86 túneles.

     Con mucha vida y en colores aparecen Las Mostazas, Begonia, Los Teques y Las Adjuntas, ¡a medida que la máquina se acerca a Caracas suena el pito más duro y se oye claro y con mucha fuerza las palabras «pasajeros al tren!». Se nota un movimiento; las señoras y los caballeros acatarrados se ponen capas y sobretodos y aparecen Los Teques; aquí salen algunas cabezas por las ventanillas–¿Hay algo de comida? –no hay sino ron y suena un pitazo largo y «pasajeros al tren!» dicho con mucho entusiasmo. Antímano y Palo Grande, foco muy claro y fijo, no hay titilación; los pasajeros de Valencia pálidos, tristes y casi desmayados de hambre, son atropellados por los dueños de hoteles y por la Empresa de Transporte de Caracas, que llevan y traen como quieren a una pobre gente que tiene el estómago vacío y aparece Caracas con todo su esplendor, el foco es fijo, clarísimo, mucha gente alegre y bien puesta, las calles anchas , limpias, parejas, sin perros y sin pobres, las mujeres se dejan ver, reclaman y hacen el honor de permitir el saludo y de que sepamos de qué color tienen sus ojos, la cultura y las atenciones llueven como un rocío, como un sueño que hace olvidar las amarguras del tránsito–Van pasando en todas direcciones los 50 carros de los tranvías eléctricos y las calesas nuevas, lustrosas, con caballos bonitos y gordos, y los edificios van pasando como un encanto, «Castro lo hizo»; «Castro lo dispuso»; «Castro lo reedificó», «Castro lo decretó»; se oye al pasar por cada edificio como una gratitud, como un homenaje de aquella población alegre y feliz al Restaurador de Venezuela.

     La película cada vez más clara sigue pasando. –A la primera intención es recibido por el Gobernador de Caracas Pedro Mª Cárdenas el director de La Lucha, quien felicita a éste por la organización del Distrito, verdaderamente a la altura de la civilización más avanzada.

     El general Cárdenas tiene toda la amabilidad y toda la cultura del caballero; sabe mandar y sabe tratar a sus subalternos, todos lo respetan y todos lo quieren, de allí esa cultura y ese algo especial de la Policía de Caracas y esa organización de Distrito que dice mucho de las facultades del general Pedro María Cárdenas.

El viaje en tren, desde Valencia a Caracas, demoraba aproximadamente siete horas, a través de unos 180 kilómetros, en cuyo recorrido se encontraban 86 túneles, 182 viaductos, 212 puentes y 22 estaciones.

El viaje en tren, desde Valencia a Caracas, demoraba aproximadamente siete horas, a través de unos 180 kilómetros, en cuyo recorrido se encontraban 86 túneles, 182 viaductos, 212 puentes y 22 estaciones.

Al salir de la estación de Los Teques, sonaba el pito más duro, en señal de que el tren se aproxima a Caracas.

Al salir de la estación de Los Teques, sonaba el pito más duro, en señal de que el tren se aproxima a Caracas.

     Pueda una calesa y se detiene en la casa número 66 –Candelaria– baja un individuo, da un golpe en el antepórtón y dice: ¡Viva Castro! Aparece Gumersindo Rivas, un poco quebrantado pero con su gran corazón y su buena voluntad para todos los amigos de la Causa, se ve la casa muy bonita, el retrato del Jefe y se oye muy claro: «Todos nuestros respetos y todos nuestros esfuerzos para el general Juan Vicente Gómez, el amigo leal que ha compartido con el Jefe las amarguras de la campaña y las alegrías del triunfo y de la paz», y sigue la película clara, se oye el trote de los caballos y se detiene la calesa en las oficinas de EL CONSTITUCIONAL con sus máquinas movidas por la electricidad y la organización militar de aquellos talleres que están diciendo en cada detalles de la voluntad de Rivas y del sabor partidario y leal de aquella tropa que maneja la pluma y que se gana la vida con el sudor de su frente. Sigue la calesa salvando los encuentros con los carros del tranvía y se detiene en el Teatro Caracas, largo como un camino y con sus pasillos de pollera, el cinematógrafo malo, oscuro y sin embargo el público aplaude, pasa la noche oyéndose cada cuarto de hora que hace el reloj tin, tan, tin–y sigue la película y amanece el día con muchas mujeres y muchas flores, todo es vida, animación y contento.

     Vienen los toros con su circo de hierro suntuoso pero su corrida mala, Caracas aplaude, Caracas no sufre por nada, los botiquines repletos, cada quien quiere obsequiar, cada corazón es un amigo y cada mujer es una alegría, porque llevan en sus ojos todo el gusto por la vida y todas las ternuras del sexo.

     Viene el Mercado con su organización admirable, limpio como un espejo y pletórico de comestibles y flores y sigue la película presentando las joyerías y los establecimientos mercantiles con sus grandes espejos y sus mostradores de cristal; aparecen las oficinas de El Cojo Ilustrado sus máquinas en movimiento por la electricidad y su personal atento, afable y feliz y desfilan los hoteles y las plazas públicas. El Calvario, El Paraíso, los Templos, los Bancos, las Logias, los Teatros, «Cosmos» con sus máquinas modernisimas, la Lavandería Venezolana, el Telégrafo y el Correo a la altura europea, etc, etc. y luego se oscurece un poco la película y de cuando en cuando se ven letreros que dicen «Casas de Cambio» –Cambios dudosos, Compra y venta de muebles y «El amor fácil», y se va haciendo cada vez más oscuro hasta que aparece una nube como langostas, de vendedores de billetes, de libros viejos, limpiadores de botas y unos hombres de paltó que piden pesetas y revientan la película”.

Petare

Petare

Por Rhazes Hernández López

Petare se estableció entre el majestuoso Guaire, el cristalino Caurimare y la apacible y vieja quebrada El Loro.

Petare se estableció entre el majestuoso Guaire, el cristalino Caurimare y la apacible y vieja quebrada El Loro.

     “En los Valles de los Caracas, hacia el extremo Este de la ciudad de Santiago de León, existe un viejo pueblecito histórico. En él, a través de casi tres centurias, se han sucedido hechos por demás interesantes. El pequeño burgo está rodeado de estratégicas colinas, en las cuales se libraron batallas hasta no hace muchos lustros, y pertenece hoy día al extenso Estado Miranda. Este pequeño terruño de la nombrada Entidad Federal, tuvo hasta la honra de ser por varios años, en la segunda mitad del siglo XIX, capital del entonces llamado Estado Bolívar.

     Este pueblecito de calles tortuosas y angostas, guarda la imperecedera huella de la arquitectura colonial española. Cuando nos adentramos en el corazón de él, y nos perdemos por las todavía calles empedradas, nos vienen a la mente las serpenteadas y empinadas callejas de la más española de las ciudades de España: Sevilla. Aquí sólo faltan los geranios florecidos sobre los barandales labrados y torneados de los balcones de madera, así como la guitarra andaluza, tejiendo sus arabescos tras el “cante jondo” y la copla del “cantaór” trasnochado. . . En la arquitectura simple y de pequeñas proporciones, vemos las estampas de Extremadura. El alarife de hace diez siglos atrás, nos ha dejado el eterno recuerdo de la Madre Patria.

     Hay en el pueblo una vieja reliquia arquitectónica: la Iglesia de El Calvario, construida en los primeros días en que se formó la feligresía. Posee imágenes valiosas que recuerdan a “Los Primitivos”, muchas de las cuales se conservan intactas, muy especialmente unas esculturas en las que se ven representados al Arcángel San Miguel en lid con el demonio. Algo muy curioso en estas esculturas, es la pintura que las cubre: el Arcángel está pintado de blanco, mientras que el diablo de negro “achocolatado”, valga el vocablo para determinar el color impreciso. En esta misma iglesia, que fuera hace por lo menos 200 años el templo parroquial, hay una cruz grande, de madera, la cual se cree fue traída de España en el siglo XVII. Esta reliquia histórica se conserva en muy buen estado, y numerosos fieles concurren a ella, devotamente, por cuanto se dice “que es muy milagrosa”. El pavimento de este humilde templo, es de ladrillos rojos, es el mismo que le fue colocado cuando fue construida la iglesia. Y a pesar del largo derrotero de años, este enlozado se conserva intacto.

     Siguiendo la costumbre de aquella época de inhumar en los recintos de los templos, podemos apreciar las lápidas de varias tumbas, en las cuales se encuentran enterrados distinguidas damas y nobles caballeros, tal vez fundadores del pequeño pueblecito y dueños y señores de las fértiles campiñas de este extremo de los Valles de Caracas. En los epitafios se ven claramente las fechas que señalan el día en que fueron llevados a la última morada estas connotadas personas. . . 1700. . . 1764. . . 1800. . . Los mausoleos permanecen tal como fueron construidos; el mármol conserva la brillantez del pulimento. Su aspecto nos infunde el respeto que se le tiene a lo hierático y divino. Y ante su presencia, nos hacemos una larga serie de cavilaciones, reconstruyendo en nuestra imaginación aquel pasado oscurantista, cuando se acostumbraba colocar sobre los caballetes de las casas una crucecita de hierro, salvaguarda sobre el enemigo malo, según el decir de las personas versadas en cuestiones religiosas. . . Asimismo, cuando el párroco acudía con el Santo Viático, acompañado de un escuálido cortejo de feligreses y devotos, y los monacillos tocando el lúgubre esquillón, que anunciaba que se le iban a prestar los últimos auxilios a la Santa Madre Iglesia, al moribundo que habitaba en una callejuela húmeda y solitaria, gris-oscura, como un atardecer de invierno.

     Así era el pueblecito de entonces. Así era Petare de los siglos XVIII y XIX, establecido, como siempre, como una isla dentro de un triángulo de agua formado por el majestuoso Guaire, el cristalino Caurimare y la apacible y vieja Quebrada de la Mina de Oro, la que más tarde la voz popular tal vez para abreviar su nombre la llamó El Loro; hoy día continúa llamándose así.

     En algunas casas de esta población se conservan todavía los cuartos, formas de calabozos donde se alojaban a los esclavos después de haber trabajado todo un día bajo el bravo sol tropical en las faenas del campo, en las propiedades agrícolas de sus señores. En estos “cuartos” pueden apreciarse los barrotes de las puertas, así como las grandes aldabas y pesados picaportes hechos de hierro forjado, igualmente las argollas a las cuales eran encadenados durante la noche los esclavos más rebeldes, cansados de sufrir el látigo infamante y las más duras tareas en el largo ciclo de 12 ó 14 horas consecutivas.

Algunas casas de Petare conservan todavía los cuartos donde se alojaban a los esclavos después de haber trabajado todo un día bajo el bravo sol tropical.

Algunas casas de Petare conservan todavía los cuartos donde se alojaban a los esclavos después de haber trabajado todo un día bajo el bravo sol tropical.

En los aledaños del pueblo

     Al salir del pueblecito hacia el Norte, por el viejo camino carretero de Guarenas, nos dirigimos hacia los frescos cañamelares de las haciendas circunvecinas. Tomamos el sendero del fundo de “La Urbina”, sendero éste que va casi por la orilla del que fuera el rumoroso Caurimare, cantado por los aedas de la “era parnasiana”, tales como Domingo Ramón Hernández, Gabriel Muñoz y otros que se nos olvidan. En este agradable sitio se encuentra el célebre “Pozo de la Batea”, donde según cuenta la leyenda, tomó un baño El Libertador y otras eminentes personalidades de linaje, pertenecientes a las familias patriotas de Caracas, cuando el famoso éxodo a Oriente en el año 14.

     En esta hacienda existen dos grandes trapiches los que se conservan, aunque algo derruidos por la acción del tiempo – ¡casi dos siglos de existencia! – Sus torreones se yerguen imponentes apuntando hacia el cielo límpido y azul como dos gigantes de piedra. Arrumbados contra los viejos muros se hallan las primitivas maquinarias para la molienda; las enormes y pesadas mazas de piedra que trituraban la caña de azúcar para extraerle el dulce zumo; las ruedas dentadas cubiertas por el moho de varios lustros. 

     La Gran Rueda de casi diez metros de diámetro, por medio de la cual se ponía en movimiento todo el sistema de molienda, era accionada por el agua; las grandes pailas de cobre martillado, donde se cocinaba la zafra de todos los años para hacer el papelón que consumían todos los pueblos de este feraz valle. Hoy emplean estos grandes envases para los bebederos de las bestias de la hacienda. Uno de estos fundos fue propiedad del general José Antonio Páez, y cuenta la tradición que el Héroe de las Queseras. Acostumbraba pasear todas las tardes en una briosa cabalgadura árabe por su finca, llegando a veces hasta el pueblo, donde era recibido con júbilo por los pobladores, quienes sentían admiración y respeto por el bravo paladín de la Emancipación.

Petare, tierra de valientes soldados

     Durante el pasado siglo, Petare era considerado como una tierra de hombres valientes. Allí nacieron el general Luciano Mendoza, adversario del general José Antonio Páez, y a quien derrotara en una batalla librada en los llamados “Cerros de Chupulún”, cercanos a esta misma población; el general Natividad Mendoza, hermano de anterior, y también incansable guerrillero, que cuando se “alzaba”, sembraba el pánico en toda la comarca; el general Fermín Soto, destacado miembro del Partido Liberal Amarillo, y quien se distinguió en varias acciones con valentía y serenidad. En la actualidad vive en Petare su hijo, Jesús María Soto, persona muy apreciada en esa población. Igualmente nació en Petare, el general José María Capote, uno de los mílites de quien se dice ayudó a dar el triunfo a Juan Vicente Gómez en la batalla de Ciudad Bolívar. Este pequeño pueblo era considerado como un nido de “revolucionarios”, quienes a cada momento ponían en consternación al gobierno constituido. Para entonces ir de Caracas a Petare era algo difícil, pues parte del camino –hoy Vía del Este– siempre estaba lleno de grandes lodazales. Todavía se comenta en la nombrada población “el gran pantano que se formaba entre Los Dos Caminos y Petare”; las carretas –transporte exclusivo de carga para la época– se hundían en el lodo, y muchas veces llegaron a perecer las bestias que las tiraban, ante el desespero de quienes las conducían.

Las calles de Petare son, generalmente, empinadísimas.

Las calles de Petare son, generalmente, empinadísimas.

Un artista que no se dio a conocer

     En la segunda mitad del siglo pasado, vio la luz en esta población un niño que con el tiempo dio notaciones de tener una gran intuición para el arte de la pintura. Este artista se llamó Jesús María Arvelo. Dicen los que lo conocieron en el pueblo “que tenía una facilidad asombrosa para pintar retratos, así como paisajes y naturalezas muertas”. El gobierno de entonces se interesó por el joven pintor, con el loable propósito de enviarlo a Italia para que estudiara la carrera artística bajo la dirección de buenos maestros; mas, al joven Arvelo, se le presentó la dificultad de separarse de su señora madre, quien desesperadamente le rogaba que no se fuera porque no podía estar sin él. Ante esta calamidad de orden familiar, fue perdiendo el entusiasmo de su viaje a Europa, y el tiempo se encargó de ir apagando sus vehementes deseos de seguir los estudios en una academia. Sin embargo, Arvelo continuó pintando en su pequeño pueblo natal, ya que no vivía sino para su arte, al cual le dedicó la mayor parte de su vida. En Petare se conservan varios óleos de propiedad particular, así como también en la Iglesia Parroquial de esa localidad, sobre hechos de la Biblia y sobre la vida de los santos, e igualmente varias decoraciones en algunas casas. A través de la pequeña obra del artista y de sus escasos recursos técnicos, se observa la disposición y el talento que tenía para tan difícil carrera. Es una verdadera lástima que Venezuela no haya podido contar entre sus hijos a este artista olvidado quien ha podido ser un destacado representante del arte pictórico nacional.

Una reacción contra el Libertador

     En los emocionantes días de la Independencia, cuando el pueblo venezolano se preparaba a sacudir de una vez por todas el yugo de la España oscurantista y ultramontana, en este pueblecito tuvo lugar un triste hecho que ha permanecido perdido en los tantos y olvidados capítulos de la historia patria. Dice la tradición que un grupo de burgueses de la localidad ante el ritmo vertiginoso que estaban tomando los acontecimientos por la Independencia de la patria, agitaron al pueblo contra el Libertador “por su herejía y alta traición contra su católica majestad Don Fernando VII”. Este grupo de reaccionarios señores, obligaron hasta por medio de la fuerza a los esclavos para que se unieran a la protesta por una tan noble causa. El condenable hecho no tuvo una gran trascendencia por fortuna, pero la historia registra este acto como que fue una cosa del pueblo y de los esclavos contra las ideas de emancipación, cuando todo ello fue el producto de los eternos individuos que se han opuesto siempre al progreso de la humanidad. En Petare existe la casa donde se reunieron estos señores. Está situada en la Calle Miranda y en la actualidad hay en ella un negocio de cine y botiquín. Bajo el piso de ella hay unos sótanos profundos que sería curioso visitarlos; se ha llegado a decir que en ellos hay enterrado un gran tesoro. Este rumor popular ha corrido por espacio de muchos años; parece que nadie se ha atrevido a bajar a ellos. Asimismo, se cree que se comunican con una hacienda vecina por medio de un túnel.

 

La hacienda del conde Mestiatti

     En el cerro del Ávila, justamente frente a Petare, existió en un tiempo una gran hacienda. Tres horas se gastaban a pie desde esta población al gran patio de café de la finca. Para subir al patio había que tomar una escalera construida de hormigón, la cual siempre estaba cubierta de musgos y enredaderas y a veces producía cierta grima por la humedad y por haberse encontrado al pie de ella algunas “macaguas” y “cascabeles” que habían ocasionado la muerte a varios campesinos. El propietario de este fundo cafetero era un Conde que se apellidaba Mestiatti, oriundo de Italia, y de quien se decía que había inmigrado a este país por causas políticas en su patria nativa. El Conde era alto, blanco y con una barba gris, tenía los ojos verdi-azules. Caminaba un poco doblado hacia adelante. En fin, su porte era el de un gran caballero.

     El nombrado señor se esmeró porque su hacienda floreciera y aumentara su producción agrícola; pero pasaron largos años y el Gobierno con el fin de evitar los grandes incendios adquirió la propiedad para patrimonio de la Nación. Hoy aquellas feraces tierras están cubiertas de exuberante vegetación tropical. El ramaje de los árboles cobija bajo su sombra los sólidos muros tejidos por las tupidas enredaderas. Las yerbas han ido tragándose el extenso patio, en el cual se ponía todos los años a secar la cosecha del aromoso fruto. Los canales por donde corría el agua para mover el molino han resistido el peso de los años. En ellos florecen las pascuas y algunas plantas de la familia de las orquídeas, así como también las fresas adheridas a la humedad del hormigón. En la parte baja de la hacienda existe una “caída” de agua con una altura aproximada de setenta y tantos metros. Al pie de ella hay un cristalino pozo que parece un espejo verde de nubes y de ramas largas. El agua es completamente helada, y una persona no es capaz de permanecer dentro de ella más de un minuto; de quedarse un tiempo mayor, saldría entumecida y calambreada. Las orillas de esta piscina natural están cubiertas de berros, juncos y musgos acuáticos. Casi no hay peces; pero sería un sitio ideal para la procreación de truchas y otros peces de zonas templadas. Esta cascada merece verse pues a algunos metros antes de caer casi se pulveriza formando un eterno arcoíris que se esfuma bajo la verde vegetación de la montaña. El agua es purísima, y el fondo del pozo es de una arena limpia, llena de piedrecitas blancas. Las algas acuáticas forman arabescos caprichosos y se mueven con una lasitud de anguila adormecida. El camino para llegar a la hacienda serpentea por entre los pastos. Hoy los excursionistas ascienden por “picas”, por hallarse este sendero casi cubierto de malezas y los derrumbes producidos por las lluvias. De la población de Petare puede verse la línea amarilla del camino en zigzag, hasta perderse en el corazón de la montaña. En algunas horas del día, toda la extensión de la finca se cubre de nieblas, y a lo lejos se ve tenuemente el Valle de los Caracas, perdiéndose la vista hasta el Abra de Catia, hacia el Oeste marino. Regresamos a Petare pasando por la antigua “Hacienda Arvelo”, otro recuerdo colonial con su casona señorial y el viejo trapiche ennegrecido, con su vetusto torreón de adobes rojos, como un centinela firme vigilando el silencio de los labradíos. Tomamos la carretera caminando hacia el viejo pueblecito del Indio Tare, perdiéndonos entre sus callejuelas sevillanas, con la mirada puesta en los balcones florecidos”

FUENTE CONSULTADA

  • Elite. Caracas, núm. 985, 13 de agosto de 1944.

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