El Ávila desde el Nuevo Circo

19 Sep 2023 | Crónicas de la Ciudad

Por J. L. Sánchez-Trincado

Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo.

Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo.

     “Una de las más hermosas perspectivas del Ávila se obtiene desde las gradas del Nuevo Circo. La hora es igualmente favorable. Primero hay un sol excesivo, pero después se tranquiliza el cielo, palidece la tarde, se atenúan los colores y, cuando la noche va a ensombrecer la piedra morada y verde de la montaña decorativa, el espectáculo concluye.

     Uno ve las cosas muchas veces. Las miras. Le sirven de trampolín para sus pensamientos. Esa montaña es para mí, vista ahora serenamente, mucho más que un recreo para los ojos y que un juguete para mi imaginación. Estaba ahí y la había mirado muchas veces. Pero solamente ahora, que sentado frente a ella puedo contemplarla a mi gusto, sé que constituye para mí más que un centro sugestivo, un episodio. Detrás de ella está mi ayer y, acaso, mi mañana. Lo que hay tras del Ávila es el cielo del mar. El Ávila es una montaña transparente: perpendicular a ella quedan mil rutas. El Ávila pone sus dedos de cristal en mis ojos y me habla de cuatro y media a seis y media de esta tarde dominical en que el sol está ligeramente desconcertado y atrasa un poco los relojes baratos, con todas las voces musicales de sus matices cambiantes.

     Yo soy pura prisa y el tiempo pesada pausa. La Historia se ha dormido de bruces sobre el calendario. La unidad de la Historia es el siglo; la unidad de una vida, es la hora. La Historia es más para leída o recordada que para vivida. No alcanzamos con la curva de nuestros breves brazos a abarcar todo un haz de acontecimientos importantes, cuya cosecha podríamos recoger. Nos iremos y cuanto quisiéramos ver realizado en el tiempo, no estará todavía cumplido. La Historia es larga y la vida breve.

     No podremos volver. Diderot querría haber resucitado cien años después de irse, aunque este transcurso hubiera tenido que soportarlo en el infierno. Hubiera querido volver a la tierra, a ver lo que pasaba. La Historia es ahora mucho más interesante que en tiempos de Diderot. Otra vez, el agudo escritor hubiera pedido unas segundas vacaciones incómodas con tal de volver al París, seductor, de mil novecientos noventa y nueve. Don Miguel era más ambicioso y más simple: no quería morirse nunca. El hombre griego prefería ser una lagartija tomando el sol encima de una piedra durante miles de años a ser jefe en cualquiera de los negocios ultraterrenos.

     La mayoría de las gentes desearían que la vida individual durase tanto como la vida de la especie, aunque fuera padeciendo sucesivamente etapas de vida y etapas de muerte. Como el habla está lleno de palabras y silencios, la vida debería estar llena de sueños, muertes provisionales y de vidas vigilantes. Estamos dispuestos a pagar la resurrección a cualquier precio. Diderot, con unas cuantas quincenas en la cárcel modelo que describió el Dante sin el amenazador letrero de la entrada. Los ascetas, sacrificando esta vida pasajera a una vida beata. Todos pasaríamos con gusto por una hilera de purgatorios con tal de volver de vez en cuando a darnos una vuelta por la tierra. Queremos vivir la Historia, presenciarla, protagonizar sus actos segundo y tercero, ver en qué para todo esto.

En 1919, abrió sus puertas el Nuevo Circo de Caracas, que desde entonces se convertiría en la cuna de la fiesta brava y de otros espectáculos.

En 1919, abrió sus puertas el Nuevo Circo de Caracas, que desde entonces se convertiría en la cuna de la fiesta brava y de otros espectáculos.

     La Historia es pura pausa: el hombre es todo prisa. Solamente los ojos verdes de la montaña han visto el film completo de la Historia. La montaña, sin prisa, ha podido conocer, tendida espectadora, cuántas aventuras han vivido ya los seres humanos sobre el planeta. Vendería mi alma al diablo por la eterna amatista, iría sin sueño, pupila sin cansancio, que mira todavía tras del párpado translúcido de la nube, y ve por encima del tiempo, tiempo mudo ella misma, de la   montaña sigilosa. Esa piedra verde tiene el secreto de la historia. Medita lo que ha visto sin turbarse.

     Allí está midiendo con su grandeza nuestra delirante estupidez. Extendiendo sobre ella, absorbiendo sus blandos jugos maternales, el tapiz vegetal crece parasitariamente de la piedra húmeda y vive a costa del cielo, del sol y de la lluvia gratuitos. La fauna, más abajo, vive parasitariamente de la flora. El hombre le ha puesto a todos piedra, tapiz, fauna, vilmente a su servicio. Mientras los minerales y los seres vivos trabajan sin descanso en su química prodigiosa, el hombre se ha puesto el traje del domingo y se ha dedicado a holgazanear y divertirse. 

El hermoso cerro Ávila, óleo del célebre pintor Manuel Cabré.

El hermoso cerro Ávila, óleo del célebre pintor Manuel Cabré.

El silencio laborioso del Ávila acusa a nuestro espantoso griterío de brazos caídos. Oleadas inmensas de seres humanos, constantemente renovadas se alzarán, se agitarán y caerán y una gran montaña nutricia las verá pasar sin tristeza, trabajando callada, simplemente para alimentarnos a todos, avergonzada de nuestras derrotas y quejosa de nuestros devaneos.

     La Historia registra este incesante fluir de vidas. Los ojos grises de vetas doradas y azules de la montaña, contemplarán el incesante torbellino del mundo. En la ladera la guerra de los hombres se enciende: solo en las cumbres góticas de los picachos, las manos de hielo de un hada trémula acunan la paz.

     La paz, por anómala, es como un vértigo: nuestro elemento natural es la lucha. A la medida de la guerra está hecha nuestra cabeza y fraguado nuestro corazón. No podemos vivir entre nieves, sino entre llamas. La historia del hombre es como un libro ardiendo. La naturaleza sin sombras, el antiecúmene, es solo el testimonio de que también nuestro planeta es un astro apagado.

     Sobre las gargantas de las gentes del circo desciende, poco a poco, mientras la fiesta avanza, la ronquera del cansancio. 

     Cada vez las gentes de los tendidos claman más débilmente, el fastidio, cortejando a la tarde adviene. Las mujeres que estuvieron a punto de desmayarse han recobrado sus buenos colores y su antigua sonrisa. Solamente la montaña mira la fiesta imperturbablemente, como esta muchacha inglesa que permanece sentada a mi lado.

     El genio de la noche ha anticipado sobre la cuartilla del aire las primeras consonantes de sus luceros. Pronto son catorce, buena señal de que la noche del domingo va a tener escrita en la frente, como si se tratara de una página literaria del periódico de la mañana, un soneto contundente. Estoy de pie y miro por última vez al Ávila. El espectáculo es extraordinariamente hermoso. Lo único que molesta un poco es la corrida”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, Nº 1.034, 7 de julio de 1945; página 4.

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