Inauguración del primer bloque de El Silencio

Inauguración del primer bloque de El Silencio

El Bloque número 7 está construido frente a la Plaza Miranda y el Circo Metropolitano. El costo del edificio fue 7.000.000 de bolívares. Consta de 106 apartamentos residenciales y 100 locales destinados a comercios. Carlos Raúl Villanueva, el admirable arquitecto venezolano, de la Escuela de Ciencias y Artes de París, fue el autor del proyecto de la Urbanización

El 5 de julio de 1944, se inauguró el Bloque 7, primer edificio de la Urbanización El Silencio que se construyó; está ubicado frente a la Plaza Miranda.

El 5 de julio de 1944, se inauguró el Bloque 7, primer edificio de la Urbanización El Silencio que se construyó; está ubicado frente a la Plaza Miranda.

     “A las personas que gustamos de los libros, de los papeles, de las máquinas de escribir, de las ideas y de los movidos sucesos de cada día, no nos place, en general, el contacto con los números. Nos parecen las cifras algo seco, duro, poco relacionado con la vida tumultuosa y amable, con el torrente poderoso de la humana existencia, que es precisamente el objeto de nuestro trabajo y de nuestro interés.

     Verdad es que los números pueden teñirse de luz cuando se refieren al poder de las estrellas o al calor del sol; verdad es que se miden las sílabas de los versos y un endecasílabo puede ser tan cercano a las matemáticas como la más sencilla operación de sumar; verdad es que los cálculos toman signos de afirmación viva en los ritmos de la música; verdad es todo ello, pero seguimos demostrando la más profunda desconfianza hacia las cifras. Exceptuando, por supuesto, las que nos marcan el monto del salario o, para los afortunados de la tierra, el monto de la renta: de la tan vilipendiada y sufrida renta, de la tan deseada y terrible renta, de la Renta –con mayúscula– enemiga del ministro de Hacienda y del impuesto que sobre ella gravita insistente e incisivo.

     Hablábamos de los números. Los que con la vida tratamos y de la vida hacemos centro y objeto de nuestro trabajo, solemos mirarlos con despectiva indiferencia. Nos encogemos de hombros ante los números: ¿Qué importan los millones si lo que nos interesa no es el dato en sí mismo sino lo que él pudiera encerrar de humana forma huidiza, eterna, poderosa? . . .

     Y nos sorprenden, a veces, los números con su carga de gigante significación. Y nos dicen los números con gritos de indiscutible fuerza la violenta sinceridad de las cosas que –también ellos– expresan escueta y simplemente, en el estilo sagaz y exacto de un novelista minucioso.

     A propósito de El Silencio –de la reurbanización de El Silencio, del Bloque número 7, inaugurado el miércoles 5 de julio de 1944– los números han cumplido para nosotros admirable papel de indicadores.

     Se ha vuelto personaje central de un cuento en el que jamás creímos que pudiera intervenir la Aritmética. Porque nosotros íbamos a hablar del milagroso caso de la reconstrucción o reurbanización del barrio de “El Silencio” y pensábamos decir cómo la gigantesca colmena de prostitutas y hampones que era “El Silencio”, habíase convertido en este admirable conjunto de edificios soberbios entre cuyas paredes se encierran nya unos cuantos cientos de vidas trabajadoras.

     El Bloque número 7 de El Silencio –inaugurado, como dijimos, el pasado 5 de julio– está construido frente a la Plaza Miranda, frente al Circo Metropolitano. En lo que es hoy Bloque número 7 –apartamentos, comercio, plaza, jardines infantiles– estaban las prostitutas francesas del llamado Callejón de las Chayotas. En los terrenos de este Bloque número 7 se alzaba antes la casa de juego –montidao y ruleta, bacarat y ajilei y sietimedio– de Chingüinga. En lo que es hoy el Bloque número 7 se encendían, hace ya mucho, mucho tiempo, bailoteos, disfrazaderas y heroicas juergas del Molino Rojo.

Los alquileres de los apartamentos residenciales de la Urbanización El Silencio fluctuaban entre los 100 y 150 bolívares.

Los alquileres de los apartamentos residenciales de la Urbanización El Silencio fluctuaban entre los 100 y 150 bolívares.

     Ya sabemos todos los caraqueños cómo era de febril y canalla la parranda pobre y miserable en los alrededores de “El Silencio”. Ya sabemos los caraqueños todos cómo la enfermedad y el vicio y la miseria se unían para formar en el brasero de la prostitución una sombría llama que encendía en resplandores desvergonzados el costado que Caracas ofrece a la cercana colinilla de El Calvario.

     De ello pensábamos hablar: decir y recordar la atmósfera de pantomima dramática y burlesca desarrollada en aquellos sitios. Pensábamos describir la escena brillante y podrida de la casa de juego, de los centavos hurtados al jornal del trabajador en el truco pintoresco y ladino del tahúr. Pensábamos pintar las sucias cintas colgadas de las greñas de las prostitutas estridentemente pintadas y expresar cómo dolía al buen caraqueño aquel pequeño y sucio rincón donde podía encontrarse cara a cara todo lo que de más asqueante tiene la familia humana. Pensábamos decir la comparación entre dos épocas caraqueñas y hablar de la prodigiosa obra ejecutada por el Banco Obrero en poco más de un año gastado en los trabajos de demolición y reconstrucción. Los números nos han dado el mejor medio de expresión y de ellos nos valemos gustosamente.

La reurbanización de El Silencio es una de las grandes obras que contribuyeron notablemente con la transformación de Caracas.

La reurbanización de El Silencio es una de las grandes obras que contribuyeron notablemente con la transformación de Caracas.

     Para afirmar la capacidad expresiva de las cifras basta saber que los alquileres de los apartamentos residenciales serán de 100 a 150 bolívares. Lo que equivale a poner delante de nuestros ojos el comienzo de la solución del problema de la vivienda para las clases pobres caraqueñas. 

     Pero comencemos seriamente con las cifras, y dejemos al lector la apreciación y las consecuencias de los guarismos.

     Los terrenos donde se está haciendo la reurbanización “El Silencio” costaron 10.000.000 de bolívares. El terreno donde está el trozo destinado a jardín y plaza, en el centro del Bloque número 7, cuesta 1.750.000 bolívares.

     El costo del edificio inaugurado el miércoles es de 7.000.000 de bolívares. Hay en este edificio 1.391 habitaciones, las cuales componen 106 apartamentos residenciales y 100 locales destinados a comercios.

     En la construcción del Bloque número 7 se trabajó durante 345 días lo cual da 1.048.160 horas de trabajo, por las que se pagó en jornales 1.195.000 de bolívares. El Bloque número 7 tiene en su armazón 56.348 sacos de cemento: 421.024 kilogramos de hierro y acero; 17.000 toneladas de granzón y arena; 20.000 metros cuadrados de granito; 155.064 pies de tuberías para conducciones eléctricas; las paredes se llevaron 85.450 metros cuadrados de pintura y en las vidrieras de los locales destinados a comercio hay 4.245 metros cuadrados de cristal. El Bloque número 7 tiene 28.563 unidades de herrajes.

Gráficas del acto inaugural del primer bloque (7) de la urbanización El Silencio, en 1944. En total eran siete edificios.

Gráficas del acto inaugural del primer bloque (7) de la urbanización El Silencio, en 1944. En total eran siete edificios.

     En toda la obra de reurbanización de El Silencio se utilizarán 660.000 metros cúbicos de cemento; 9.000.000 de kilogramos de hierro y acero; 5.000.000 de pies de tuberías sanitarias; 685.450 metros cuadrados de pintura; 157.545 metros de granito para los pisos: 1.475.378 pies de tuberías para conducción eléctrica; 8.109 puertas; 5.357 ventanas; 9.245 metros cuadrados de vidrieras para locales de comercio.

     Al hacer estas obras serán movilizados 76.420 metros cúbicos de tierra y, cuando se llegue al término de ellas estarán a la orden de la ciudadanía 10.457 habitaciones las cuales formarán 1.990 apartamentos residenciales y de comercio.

     Carlos Raúl Villanueva, el admirable arquitecto venezolano, de la Escuela de Ciencias y Artes de París, fue el autor del proyecto, a todas luces magnífico de la Urbanización. La Construcción está de acuerdo con el Plan Urbanizador de Caracas original de Rotival; en materia de higiene sigue las normas establecidas por el Congreso Panamericano de la Vivienda celebrado en Buenos Aires y, también, sigue las pautas urbanísticas del Congreso Interamericano de Municipios.

     En anterior ocasión dijimos que la obra de reurbanización de El Silencio sólo puede compararse por su importancia a las más grandes que se hayan emprendido en Venezuela por el Gobierno Nacional. Recordábamos las que emprendiera Antonio Guzmán Blanco, único presidente que ha dejado marca por muchos años en la viva historia de nuestro país.

     Sólo las obras de Guzmán Blanco se utilizan todavía por las generaciones actuales y, de las que se finalicen durante el período presidencial del general Isaías Medina Angarita, será esta de El Silencio una de las que mejor expresen la voluntad gubernamental puesta al servicio del pueblo, destinada a la solución de los más esenciales problemas, con mirada realmente amplia, no circunscrita al cercano interés del grupo, del terreno del tiempo más inmediato y pequeño. La reurbanización de El Silencio es obra que resistirá el paso de los años. Estará terminada en el primer semestre de 1945.

     El nombre de Diego Nucete Sardi, director-gerente del Banco Obrero, organismo al cual fue encomendado el trabajo de reconstrucción de El Silencio, será bien recordado a través de unas cuantas generaciones de venezolanos, cuando se hable de esta gigantesca obra, pensada para mucho tiempo y para muchas gentes venezolanas.

     Como se dice en la frase ritual de las ceremonias oficiales venezolanas, “Dios y la Patria lo reconocerán”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, Núm. 74, 8 de julio de 1944; Págs. 23-25.

Caracas la ciudad que no vuelve

Caracas la ciudad que no vuelve

Por Guillermo José Schael*

Durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, en las últimas décadas del siglo XI, fue que se inició la modernización de Caracas.

Durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, en las últimas décadas del siglo XI, fue que se inició la modernización de Caracas.

     “La gran mayoría, por no decir casi todas, de estas imágenes que en número de 199 integran las páginas del libro “Caracas la ciudad que no vuelve”, se hallaban dispersas en manos de algunos amigos o en álbumes familiares Pero cierta vez pensamos si acaso no estábamos en el deber de recogerlas editorialmente, y para ponerlas en manos del público para evitar su desaparición. Representan el escenario urbano de la época pre-petrolera, antes de que se iniciara el segundo gran proceso de transformación.

     ¿Es que hubo uno antes?

     –Claro, el de Guzmán. Al concluir en 1864 la Guerra Federal, Caracas lucía pobre y arruinada. Todavía podían verse las huellas que había dejado el tremendo terremoto de 1812. Además, en 1858 se desató, para desgracia de sus vecinos, una epidemia de cólera. La población quedó reducida a menos de 40 mil almas, mucho menos de la que había señalado Humboldt en el censo de 1800, postrimerías de la época colonial. Desde el poder, inició Guzmán la primera gran transformación. Derribó, por ejemplo, las viejas tapias de los conventos y construyó en su lugar, edificios, parques y alamedas. El Capitolio y el Calvario, el Boulevard de Santa Teresa; construyó el primer gran Teatro y también el acueducto para suplir a una población de 80 mil habitantes. Ordenó, asimismo, el trazado e instalaciones de patios ferroviarios y modernizó los servicios públicos.

     Con tan modestas transformaciones comienza su vida la Caracas del Siglo XX. Al aproximarse el 1911 y con motivo de cumplirse el Centenario de la Independencia, recibe nuevo impulso al organizarse un programa que comprende la ejecución de una serie de obras de ornato. Joaquín Crespo había complementado parte de las realizaciones del “Ilustre Americano”. En los primeros años de Juan Vicente Gómez, se nota asimismo un incremento en la apertura de algunos caminos, paseos y jardines, como por ejemplo los de la Plaza de la Ley, entre la Universidad y el Capitolio. Son embellecidos los alrededores del Panteón Nacional, y se procede a la pavimentación de algunas calles que antes eran de piedra o, simplemente, de tierra. También se emprende la pavimentación de las carreteras de La Guaira a Caracas, y de Caracas a Petare.

     Entre los años 1911 y 1936 casi no sufre modificación alguna el casco urbano. Permanecen como las obras más importantes, aquellas edificaciones de la época guzmancista y otras realizadas por Cipriano Castro “El Cabito”. Corresponden precisamente a este período, casi todas las estampas que integran la colección ofrecida en el libro. Aun cuando para aquella época no existía la perfeccionada técnica fotográfica del color, el señor J. B. Chirinos –en su Tienda “La Margarita” del Pasaje Ramella– editaba con éxito de circulación esas láminas que recogen diversos aspectos citadinos; y podían encontrarse a la entrada del edificio antiguo de Correos en el Principal, por los alrededores del Mercado y de la Casa Natal y cerca del Capitolio o del Panteón. No pocas de aquellas tarjetas eran enviadas a Europa y Estados Unidos, así como a otras partes del mundo. O al interior del país como simples recuerdos de Caracas o mensajes de felicitaciones de Pascuas y Año Nuevo.

Entre los años 1911 y 1936 casi no sufrió modificación alguna el casco urbano de la ciudad de la capital.

Entre los años 1911 y 1936 casi no sufrió modificación alguna el casco urbano de la ciudad de la capital.

A finales de los años 40 del siglo XX, Caracas comienza a verse como una metrópoli en la que en sus calles abundan peatones, vehículos, buhoneros…

A finales de los años 40 del siglo XX, Caracas comienza a verse como una metrópoli en la que en sus calles abundan peatones, vehículos, buhoneros…

     Con el transcurrir del tiempo, algunas postales regresaron. Por ejemplo, una que le dirige desde Macuto el Dr. Alberto Urbaneja a su amigo Roberto Guzmán Blanco, Calle Víctor Hugo, en París el año 1907; otra que envía a Valera, un allegado de Doña Blanca de Febres Cordero en 1914, con la imagen del primitivo sector de Camino Nuevo y, finalmente, una del ceibo de Macuto que remite Matilde a su esposo en Hannover (Alemania).

     Desde los últimos años fuimos guardando cuidadosamente, en álbumes, estas postales que venían por diferentes caminos a nuestra mesa de trabajo en el diario “El Universal”.

     Sería de justicia mencionar la sugestión que hace algunos años nos formulara el historiador Carlos Manuel Moller en Quinta Anauco:

     –Si no recogemos este magnífico testimonio gráfico de Caracas –dijo– corre el peligro de desaparecer. Usted, que ya tiene una colección, ¿por qué no lo edita?

     Efectivamente, nos pareció que valía la pena hacer el esfuerzo de poner a cada postal su correspondiente leyenda y entregarlas más tarde, editadas al público. . .

     Sería asimismo de señalar la circunstancia de que estas postales reflejan las características predominantes en una etapa interesante; como aquella en la cual comienzan a hacer su aparición los primeros automóviles, los que irían, poco a poco, desplazando a los coches (de caballos), tranvías y ferrocarriles. La narrativa ilustrada llega hasta el año 1943, cuando se produce el fenómeno o impacto de transformación de Caracas.

     Un informe del Concejo Municipal que presenta en 1942 el Gobernador Diego Nucete Sardi, subraya que por las calles de Caracas circulan 7.200 automóviles, cifra considerada como exorbitante. No obstante, en esa época Caracas seguía siendo una ciudad semidesierta. La escenografía urbana conserva muchos de los signos apacibles y de quietud. Por ejemplo, la entrada de la Urbanización “Los Caobos” que acaba de concluir don Luis Roche, como todas las de los “extramuros”, no tiene una sola casa construida; no hay flechados y marchan, indistintamente por la izquierda o por la derecha. Todavía más, en 1944, cuando se termina la construcción de “El Silencio”, frente al Bloque Siete, ángulo Sur-Oeste de la Plaza Miranda, se toma una fotografía y apenas aparecen tres peatones y dos automóviles. Contraste singular ofrece a la presente generación ese sector a las horas meridianas. Una tremenda barahúnda de peatones, vehículos, buhoneros y otros, señalan un incremento del ritmo urbano elevado casi al paroxismo.

     La mayor parte de las postales –como queda explicado en la introducción del libro “Caracas la ciudad que no vuelve”–, llegaron a nuestra mesa de trabajo por diferentes caminos, y han venido a llenar la finalidad de ofrecer un conjunto atrayente a las nuevas generaciones de la ciudad que no vuelve, esa que hemos visto pintada en las páginas ilustradas con breves leyendas explicativas. 

     Esta, además, de manifiesto signo atrayente de la “Pequeña Historia”, siendo así que, junto con los vendedores ambulantes de aves de corral, instalados entre Sociedad y Camejo, podemos ver también a dos Embajadores departir durante una recepción diplomática en el Capitolio, luciendo el pintoresco uniforme de la casaca y el bicornio. Y junto con la fisonomía característica de la Laguna de Catia y sus visitantes, observamos también la sobria elegancia del Teatro Nacional, donde acaba de estrenarse “La Viuda Alegre” de Franz Lehar.

     Es a grandes rasgos la impresión que causa este libro hecho, como dice el autor, “para competir en esta época vertiginosa de la publicidad”.

* Cronista de Caracas. Periodista del diario El Universal, donde publicaba semanalmente su muy leída columna Brújula. Entre sus obras destacan: “Imagen y noticia de Caracas”, “Tres episodios históricos” y “La ciudad que no vuelve”

 

FUENTE CONSULTADA

  • Revista Líneas. Caracas, núm. 139, noviembre de 1968

Celebración de los primeros 50 años de la Cervecera Nacional1893-1943

Celebración de los primeros 50 años de la Cervecera Nacional1893-1943

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     “En 1943, la Cervecería de Caracas celebró el cincuentenario de su fundación. La historia de esta empresa venezolana se remonta a 1893, cuando un grupo de entusiastas empresarios realizaron una importante inversión para constituir una industria que hoy es ejemplo de perseverancia y tesón.

     La “Cervecería Nacional”, hoy Cervecería de Caracas, cuyo capital actual (1943) es de Bs. 9.100.000 (nueve millones cien mil bolívares) se fundó con un capital de Bs. 600.000 (seiscientos mil bolívares) en el escritorio del señor Juan E. Linares, constituido de la siguiente manera:

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     El libro de Actas que todos vimos en la recepción de la mañana del jueves en las Oficinas de la Cervecería Caracas, parece más bien el diario de una campaña industrial en la cual se observa la fe por lo nuestro como un símbolo, en las respectivas Juntas que en él actuaron.

     Por ello vemos desfilar por la Gerencia de la Empresa a los señores J. A. Mosquera, A Valarino, Carlos Zuloaga, Félix Rivas, E. Henny, M. A. Monteverde, Alfredo Dallacosta, Vicente Marturet, Eduardo Sanabria, Eduardo Röhl, hasta el actual titular del cargo, señor doctor Martín Tovar Lange, quien corresponde noblemente al esfuerzo de sus antecesores.

     El doctor Tovar Lange es un venezolano auténtico. Reviviendo la constancia de nuestros mayores, habló a nombre de la actual Junta Directiva de la Cervecería de Caracas, integrada así: presidente, señor don Luis A. Marturet; vicepresidente, doctor Oscar Augusto Machado; Vocales: doctor Nicomedes Zuloaga, señor John Boulton, doctor Carlos Mendoza, y secretario general, el doctor Martín Tovar Lange; y ha facilitado al público un conocimiento de los pormenores de la fundación de la Empresa, con motivo de su cincuentenario.

     Con fácil memoria y precisión, el doctor Tovar, en la mañana del jueves 25, fue describiendo a la numerosa concurrencia las características y aplicaciones de las modernas maquinarias, los procesos de fabricación, la alta eficiencia de los Laboratorios y las perspectivas de la Cervecería Caracas, entre las cuales oímos con satisfacción la posibilidad de fabricar levadura de cerveza en condiciones que pueda ser aplicada a la industria de panadería.

     Con palabra serena y tranquila, cual, si hablara en ambiente familiar, el señor Gerente, haciéndose eco de la Junta Directiva, nos ha demostrado este orgullo de la industria nacional, este empeño de nuestros mejores hombres que hace medio siglo vislumbraron las posibilidades del país.

     Y es que la trascendencia del desarrollo de la Cervecería de Caracas no hay que verla solamente bajo el punto de vista de la fabricación de cerveza, en la cual da trabajo a alrededor de 800 familias. Debemos medirla en sus otros alcances, es decir, por lo que representan para el país sus industrias subsidiarias, entre las cuales, la principal, la Fábrica Nacional de Vidrios, no solamente suple las botellas para la cerveza, sino que fabrica 360 modelos de diversos tipos y para fines distintos, los cuales entran de lleno en la evolución manufacturera de otras industrias, facilitando su desenvolvimiento y proporcionando trabajo a millares de familias.

Patio de la cisterna, 1894.

Patio de la cisterna, 1894.

Salón de máquinas, 1894.

Salón de máquinas, 1894.

     Es de suponer lo que sería la falta de la Fábrica Nacional de Vidrios, en los momentos actuales, para la industria embotelladora del país. Entre los beneficios indirectos que proporciona la Cervecería de Caracas, encontramos, principalmente:

Trabajo a los fabricantes de cajas de cartón y de madera.

Trabajo a los obreros del transporte.

Fletes, depósitos, manipulaciones por transportes locales, etc., etc.

     De alta importancia para el país es el hecho de que la Cervecería de Caracas, en su Departamento de Bebidas Gaseosas, es factor principal en el consumo de azúcar nacional.

     En cuanto a nuestra evolución social la Cervecería de Caracas aplica los principios básicos de la técnica que procura la armonía del capital con el trabajo: fabrica casas para sus empleados y sobrepasa las previsiones de la Ley del Trabajo. Además de las utilidades reparte a sus gremios de trabajadores una cantidad semanal igual a la que resulta recaudada entre los asociados.

     Alguien dijo en un libro injusto que los venezolanos somos tardos en apreciar el mérito propio y no reconocemos el derecho de rectificación, que ejercieron hasta los grandes santos.

     Venezuela parece responder que sí hay un propósito de superación en sus hombres. Su marcha evolutiva es hacia el consumo de lo propio.

     Veamos un hecho cierto: la Fábrica Nacional de Vidrios, con un personal todo venezolano, consume el 84% de artículos de producción nacional. El 16% restante o sea el correspondiente al carbonato de soda, será eliminado de la importación porque se están dando pasos en firme para establecer una fábrica de dicho producto en el país.

     No queremos cerrar esta información sin dar a conocer al público los siguientes datos que demuestran en cifras la gran importancia de estas industrias en la economía nacional:

 

La Cervecería de Caracas y sus subsidiarias en la economía nacional en el año 1942

Al Gobierno Nacional

Primeros presidentes de la Cervecera Nacional/Cervecería Caracas (1893-1943).

     Actos que se efectuaron con motivo del cincuentenario de la fundación de la Cervecería Nacional y de la propia industria cervecera en el país:

Guardianes de las cavas, 1894.

Guardianes de las cavas, 1894.

Día 25 de marzo de 1943

     A las 8.30 a.m. Misa en Acción de gracias en la iglesia parroquia Candelaria para todo el personal de la Empresa.

     10.99 a.m. Apertura de la Convención de Viajeros, Agentes Residenciales y Vendedores en el Distrito Federal.

     11.30 a.m. Los representantes de Comercio, Prensa, Banca, Industrias y favorecedores fueron gentilmente recibidos por su personal.

     A las 4.00 p.m. se llevó a efecto el reparto de juguetes y piñatas como obsequio de la Junta Directiva y del Gerente de la Empresa a los hijos de los obreros de la misma, entregados por las señoras de los directores.

     8.00 p.m. Los empleados de la Cervecería de Caracas, Venezolana de Maiquetía y Nueva Cervecería de Ciudad Bolívar obsequiaron al gerente, doctor Martín Tovar Lange, con una comida de gala en el Club Paraíso, y en este acto le hicieron entrega de una placa de oro, obsequiada por todo el personal, incluyendo el de la Fábrica Nacional de Vidrio.

Día 26 de marzo

De 10.00 a.m. a 12.00 m. continuó iniciada la convención de Agentes Residenciales, Viajeros y Vendedores. A las 4.00 p.m. los Agentes Residenciales, Viajeros y Vendedores fueron recibidos en la Planta de Coca Cola por el Superintendente señor Stull.

Día 27 de marzo

     En la mañana de este día los agentes viajeros y residenciales fueron a Maiquetía a visitar la Cervecería y la Fábrica Nacional de Vidrio. El señor Jesús Corao, en representación de dichas Empresas, ofreció un lunch a los visitantes

 

Día 28 de marzo

     A las 12.00 m. se llevó a efecto en el local de la Planta de Coca Cola el almuerzo criollo y baile que la Junta Directiva y el Gerente de la Empresa ofrecieron al personal de las Compañías.

     En este acto se hizo un homenaje especial a los empleados fundadores de la Cervecería Nacional que aún se encuentran en actividad”.

FUENTE CONSULTADA

  • Élite. Caracas, abril de 1943.

  • El Cojo Ilustrado. Caracas, 15 de agosto de 1894

Vida y costumbres de los caraqueños

Vida y costumbres de los caraqueños

Por Arístides Rojas*

Era costumbre de los caraqueños colocar en sus casas imágenes de santos, en particular la Virgen Nuestra Señora de la Luz. El autor de una de las representativas imágenes de esta virgen fue el célebre pintor venezolano Juan Pedro López (1724-1787).

Era costumbre de los caraqueños colocar en sus casas imágenes de santos, en particular la Virgen Nuestra Señora de la Luz. El autor de una de las representativas imágenes de esta virgen fue el célebre pintor venezolano Juan Pedro López (1724-1787).

     “En las casas de entonces, que eran amplias, frescas y sombrías, se hallaban por dondequiera las imágenes de los santos. Algunos de ellos tenían su sitio bien designado. Sobre la puerta de la calle estaba muchas veces escrito el nombre del santo patrón. En el zaguán había una imagen, ordinariamente la de aquel santo. Al entrar por el “entreportón” al corredor de adelante, se hallaba a mano derecha una pila de agua bendita con un letrero, casi siempre en latín, que decía: “Entrad purificado, buen hermano”. Al pasar por delante de los muebles del corredor, se llegaba a la puerta de la sala, muchas veces llena de adornos de curvas barrocas, y encima de ella casi invariablemente estaba la imagen de la Virgen de la Luz, una de las tres vírgenes caraqueñas. La sala, donde había sofá de damasco, sillas con pata de garra, tapizadas o con asiento de cuero y tachuelas doradas, alfombra o petate sobre ladrillos hexagonales, cortinas de damasco y hermosas arañas de cristal que colgaban de las doradas maderas del artesonado, comunicaba con la alcoba, en la que se veía la gran cama de cuatro pilares con su dosel. En ésta no faltaban el Ángel de la Guarda y las Ánimas Benditas, a las que se dedicaba un Padre Nuestro después del cotidiano rosario. Con frecuencia hacían compañía a las Ánimas, San Miguel o San Antonio o la Virgen de la Merced.

     Si salíamos de la sala, nos quedaba enfrente el gran patio cuadrado y su pila en el centro. Estaba todo empedrado con grandes lujas y en él brillaba vivo el sol para deleite de una turba de moscas que zumbaban con inquietud. En alguna que otra casa había varios tiestos de flores junto a la pila, pero esto era raro, pues las plantas tenían su sitio en el corral.

     Por allí cerca andaba el Oratorio, en las casas más principales. Era un cuarto no muy grande con su altar. Con frecuencia había reliquias de variado origen: el dedo de algún santo, una pequeña ampolla con sangre de pagano convertido, o una calavera desenterrada Tierra Santa. No faltaba aquí una cruz con el sudario, o la Virgen de la Concepción, y el Nacimiento, que era necesario transportar al dormitorio cuando la dueña de la casa iba a tener un nuevo niño.

     Muy rara vez faltaba sobre el caballete del tejado Nuestra Señora de la Guía, que muchos devotos tenía en Caracas, la cual desde aquel sitio eminente protegía contra duendes y brujas, pues era difícil por entonces diferenciar bien entre religión y superstición.

     Pasando el segundo patio se entraba en el mundillo de los criados. Los negros esclavos tenían sus devociones especiales. En la cocina, cerca del largo fogón de bahareque o de mampostería, presidía Santa Efigenia, tan negra como sus devotos. Con frecuencia figuraban por allí cerca San Isidro Labrador y Santa Rosa.

     El dormitorio de los esclavos, llamado el repartimiento, era de recular capacidad, pues allí dormían todos, escasos de vigilancia nocturna, ya que de las intimidades non sanctas que ocurrieren saldrían los amos gananciosos. Presidía el repartimiento San Mauricio, quien compartía la devoción con San Pedro, que era el patrón de toda la casa.

     En el corral campeaba San Silvestre, que por ser el último santo del año tenía el último lugar de la casa. Allí, entre algunos desperdicios, el hacinamiento de piedras para embostar, el botijón del agua y el cepo para los rebeldes, picoteaban las gallinas y circulaban los cochinos, junto a los plátanos, guayabos o naranjos, o por el sitio donde algunos claveles y rosales hacían compañía al frondoso cundeamor o la opulenta parcha granadina.

En las habitaciones no faltaba la imagen de las Ánimas Benditas.

En las habitaciones no faltaba la imagen de las Ánimas Benditas.

     Toda esta colección de santas imágenes, desparramada por toda la casa, requería atención y culto, lo cual a su vez proporcionaba edificante ocupación, principalmente a las damas. Poco a poco fue aumentando el número de los quehaceres domésticos y poco a poco fueron reglamentándose u ordenándose, hasta convertirse en interminable cadena. Había deberes sociales que no debían olvidarse o confundirse, porque podían dar origen a faltas muy graves. Por ejemplo, cuando llegaba algún ausente, era necesario ir a visitarlo, pues ignorar su regreso era un crimen de lesa etiqueta que daba origen a profundo resentimiento y frialdad en el trato. En tales casos era necesaria una reparación. El recién llegado, por su parte, debía corresponder a la visita de manera personal, o por esquela o por mensaje oral.

     A los amigos enfermos había que visitarlos y era obligatorio enviar todas las mañanas a uno de los criados por noticias de la salud del doliente. 

     Un caballero no podía visitar a una señora sin pedirle antes permiso, acaso por un recado matutino. Cuando el visitante llegaba, no podía introducirse a la sala sino después que la señora hubiera entrado por otra puerta y se hubiera instalado ceremoniosamente en el sofá; ya entonces podía la criada abrir la puerta de la sala y hacer entrar al caballero. Este ritual debía cumplirse con cuidado. Las visitas se hacían después de la comida de la tarde, entre las 5 y las 8 de la noche. El caballero, en las visitas de ceremonia, tenía que ir vestido con calzón corto y casaca de tafetán, de raso o de terciopelo laboreado, nunca de paño, salvo en casos de duelo, o cuando el paño estaba realzado con ricas bordaduras; debía llevar además chupa de tisú de oro o plata, o de seda bordada; su sombrero de tres picos, sus medias de seda y zapatillas con hebilla de plata, y su espada con puño de plata o de oro.

     Cuando una familia se mudaba a otra casa, tenía que mandar esquelas a los antiguos vecinos participándoles el nuevo domicilio y expresándoles el hondo pesar de abandonar su compañía, y a los nuevos vecinos otra esquela poniéndose a sus órdenes y expresándoles la honda alegría de vivir cerca de ellos. También se ofrecían a los vecinos los nuevos niños de la familia.

     Ambos ofrecimientos se correspondían con visitas, y si éstas no se efectuaban quedaban rotas las relaciones. Los días de santo se recibían tantas visitas que hubiera sido imposible recordarlas; por esto se colocaba en esas ocasiones una mesa con pluma, tinta y papel cerca de la puerta, para que cada quien escribiera su nombre.

     Estas visitas se pagaban los días del santo de los visitantes, y era un verdadero crimen de sociedad olvidar el día del santo de un amigo, lo que podía dar origen a una franca enemistad.

     Estos innumerables requisitos hacían de los caraqueños de entonces unos verdaderos esclavos de los convencionalismos. Las frecuentes visitas obligatorias, hasta a personas con quienes no se simpatizaba, pero con quienes había que cumplir, llegaron a matar la cordialidad y la franqueza, ahogadas entre ceremoniosos deberes. Todo el mundo era altamente susceptible, y alguna frase impropia, sobre todo si podía interpretarse como desdorosa para los antepasados, podía dar lugar a graves consecuencias. No se acostumbraba el duelo en cuestiones de honor, sino el recurso ante los tribunales, y había numerosos e interminables juicios por supuestas calumnias. En los últimos años del siglo se gastaban, según cálculos bien fundados, 1.500.000 pesos fuertes anuales en procesos tribunalicios. Todo esto contribuía a formar mentalidades cautelosas, y los caraqueños de entonces eran conservadores y de poca audacia en los negocios.

José Antonio Calcaño (1900-1978) compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

José Antonio Calcaño (1900-1978) compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

     Toda la vida familiar quedó sujeta a un programa rutinario. Por las noches, cuando no había visitas, mientras los señores jugaban a los naipes (si no era el tresillo, era el tute o el bobo o la carga la burra), el viejo contaba a los niños innumerables historietas; ya en aquellos tiempos figuraban en esos relatos Tío Tigre y Tío Conejo, que alternaban con Bertoldo y Bertoldino, con Barba Azul y con Pulgarcito, a quien llamaba Juan del Dedo. También eran de entonces la Cucarachita y el Ratón Pérez, y el livianísimo e indigesto Perico Sarmiento.

     Con éstos figuraban cuentos de brujas y aparecidos, la luz del Tirano Aguirre, el Coco, la Sayona, el Burro Pando, y a veces, por variar, algunas historias de santos, y hasta el jueguito indecente de María García, que se narraba abriendo y cerrando un papelito doblado. Al sonar entre el silencio de la noche las campanas de la Catedral dando el toque de ánimas, se arrodillaban los chicos y a la luz del candil hacían sus oraciones para irse luego a la cama, atravesando los corredores oscuros.

     Al día siguiente irían a la escuela de Meso Tacón los que allí estudiaban, para hacer sus palotes, contar hasta mil, leer decorado y repetir algo de doctrina cristiana, mientras Tacón, el terrible, empuñaba su palmeta. Era costumbre de este maestro de escuela dar una buena zurra a los niños los sábados, por las travesuras de la semana próxima. Ese era su sistema. Naturalmente, los que allí acudían eran los varones, pues las niñas de la casa no debían aprender mucho. Algunas madres preferían que sus hijas aprendieran a leer, pero no a escribir, porque esto era peligroso a causa de los novios clandestinos. Aprendían, pues, a coser y bordar, a tocar algo de música, a recitar versos y a preparar algunos platos caseros, como pastel de pollo, plátanos rellenos con queso, sabrosuras, empanadas o pimentones rellenos, que con frecuencia se comían por entonces, lo mismo que el sancocho y las hallacas, todo lo cual se rociaba con vino isleño y se asentaba con aquel chocolate colonial que se tomaba a todas horas, y que en las comidas de ceremonia se servía con bastante espuma, la cual se tostaba pasándole por encima unas brasas en una cuchara.

     Más avanzado el siglo, cambiaron los trajes, y las mismas jóvenes salían con sayas, basquiña y manto negro; los señores salían con chupa o levita de blanquín, sombrero de jipijapa, capote de tablero, o sea de grandes cuadros amarillos y rojos, sujeto al cuello con cadena de cobre. No usaban guantes, pero llevaban los dedos cargados de sortijas y empuñaban un bastón de puño de oro, cuando no llevaban su paraguas rojo de sempiterna o de bombasí; paraguas que era insignia de rango y que tantos años de litigios costó al pobre señor José Cornelio de la Cueva, porque se dudaba que tuviera calidad social para poder llevarlo. El calzón que se usaba era de tapabalazo, que a la par que adornaba servía de bolsillo. Completaban el cuadro borceguíes de tacón y cadena de reloj llena de cuentas.

     Algunas familias tenían la curiosa costumbre de vestir un día al año con casacas a los esclavos, mientras las damas se trajeaban de sirvientas, y les servían la comida en la mesa larga que estaba en la cocina.

     Los sábados abundaban los mendigos con más frecuencia que los otros días, aquellos mendigos de que estaba llena la ciudad y que dormían tendidos en las calles a lo largo de las paredes de las iglesias.

     La vida se había hecho tan pacífica, en contraste con los azares de la conquista, que los señores principales salían rumbo a sus haciendas de Petare, El Tuy o los valles de Aragua, en su mula, casi siempre sin armas, aunque llevaban talegos de dinero para los pagos de la administración, y jamás había un asalto en el camino, a pesar de que el viaje duraba varios días y se hacía con descanso, deteniéndose en alguna venta o durmiendo en la estancia de un amigo, donde se entretenían con partidas de naipes, aunque esto alargara el viaje por uno o dos días más. Se veían por el cielo con frecuencia bandadas de bulliciosos pericos que cruzaban en busca de otros sembrados, o algún grupo de canarios, azulejos o cardenalitos del Ávila”.

* Caraqueño nacido en 1900 y fallecido 1978, compositor, crítico musical y autor de varias obras históricas relacionadas con la música y las costumbres cotidianas del venezolano.

FUENTE CONSULTADA

  • Calcaño, José Antonio. La ciudad y su música: Crónica musical de Caracas. Caracas: Fundarte, 1980. Págs. 81-85.

Nuestra señora de Caracas

Nuestra señora de Caracas

Por Arístides Rojas*

Retablo con la imagen de Nuestra Señora Mariana de Caracas. En parte inferior figura la ciudad capital en 1766.

Retablo con la imagen de Nuestra Señora Mariana de Caracas. En parte inferior figura la ciudad capital en 1766.

     “Desde el día en que fue demolido el antiguo templo de San Pablo, de 1876 a 1877, y con éste la capilla contigua de la Caridad, cesó el culto que desde remotos tiempos rindieran los habitantes de la capital a Nuestra Señora Mariana de Caracas, tan festejada durante los postreros años del siglo último. En uno de los altares de la Capilla sobresalía cierto cuadro en grande escala, que representaba a la Virgen, la cual recibía con frecuencia la visita de los fieles; mientras que, en la esquina de la Metropolitana, un retablo de la misma imagen, fijado allí desde 1766, servía de consuelo y de esperanza a los devotos de la nueva Virgen. Desde el toque de oraciones hasta las diez y doce de la noche, multitud de personas se arrodillaban y oraban delante del retablo, para ganar de esta manera las indulgencias que desde 1773 concediera el Obispo Martí a todos aquellos que comunicaran a la Soberana de los Cielos sus miserias y necesidades.

     Durante ciento doce años permaneció el retablo de Nuestra Señora de Mariana, ya en la esquina de la Metropolitana, en la casa del municipio, frente a la puerta mayor del templo; ya en la opuesta, diagonal con la torre, donde los vecinos anduvieron constantes en iluminarlo durante la noche. Al dar las siete el reloj de la ciudad, la concurrencia se presentaba numerosas; comenzaba a declinar a las nueve, y desaparecía a las diez; aunque hubo repetidos casos en que corazones penitentes vieron brillar sobre el rostro de la Virgen los reflejos de la aurora.

     ¡Cuántas generaciones se han sucedido desde el año de 1766, en que fue colocado el retablo en la esquina de la Metropolitana, hasta el de 1870, en que fue quitado de su antiguo sitio para ser colocado en un rincón del Museo de Caracas!

     ¡Cuántos sucesos se verificaron durante este lapso de tiempo, y cuántas noches borrascosas, con su hora de angustias, llegaron, en la misma época, a turbar la paz de la familia caraqueña, en tanto que la luminaria de la Virgen, cual estrella de los náufragos, atraía siempre a todos aquellos que con el pensamiento la buscaban en la soledad del desamparo! Ciento doce años de luchas sociales, de cataclismos, de sol y de agua, han pasado por el añejo retablo, que pudo al fin salvarse de la intemperie, ¡para recordarnos la historia de pasadas épocas!

     El retablo es un cuadro de 68 centímetros de largo por 49 de ancho, colocado en un viejo marco, cuyo dorado se ha desvanecido. En su parte inferior figura la ciudad de Caracas de 1766, con tres torres de las que entonces tenía: la de la Metropolitana, la de San Mauricio, y más al Norte, la de las Mercedes, derribada por el fuerte sacudimiento terrestre de 1766. En la porción superior descuella, como suspensa en los aires, María, coronada por dos ángeles. Con noble actitud, la Soberana de los Cielos extiende sus brazos hacia la ciudad, como signo de protección. A la derecha de la Virgen figuran una santa y un apóstol, y a la izquierda, dos santas. Grupos de ángeles que llevan en las manos guirnaldas y lemas con frases de las letanías, llenan el conjunto y parece que celebran a María, en tanto que un arcángel aparece frente a Nuestra Señora y le presentan un objeto. Ya veremos más adelante quienes son los diversos actores que figuran en esta pintura, y cómo el artista sintetizó en ella la historia de Caracas durante los dos primeros siglos de su fundación: desde 1567, en que fue levantada, hasta 1763, en que surgió la Virgen con el nuevo nombre de Mariana de Caracas.

     En los días del Obispo Diez Madroñero, contaba Caracas una abogada de la peste, otra de las lluvias, y otra de las arboledas de cacao y de los terremotos. Reconocía, además, un abogado de la langosta, otro de las viruelas, y a San Jorge como protector de las siembras de trigo. Contaba, igualmente, la capital, con su patrón Santiago; la Catedral, con Santa Ana; y el Seminario Tridentino, con Santa Rosa de Lima; pero la ciudad necesitaba de una virgen que, sin figurar en el martirologio romano, fuese, por excelencia, grande abogada y protectora de la ciudad, cuyo nombre debía llevar.

     Tales sentimientos abrigaba la población de Caracas: eran ellos el norte de los fieles corazones, motivo por el cual los estimulaba el prelado, que aguardaba el momento propicio en que apareciera sin ruido y sin milagros la Soberana de los Cielos, amparando a la ciudad de Santiago de León de Caracas; nombre éste que debía desaparecer ante el de Mariana de Caracas.

Desde la demolición del templo de San Pablo y de la capilla contigua de la Caridad, hacia 1877, cesó el culto que desde remotos tiempos rindieran los habitantes de la capital a Nuestra Señora Mariana de Caracas.

Desde la demolición del templo de San Pablo y de la capilla contigua de la Caridad, hacia 1877, cesó el culto que desde remotos tiempos rindieran los habitantes de la capital a Nuestra Señora Mariana de Caracas.

     Los primeros hechos referentes al nacimiento de la Virgen a que nos concretamos, datan del 25 de agosto de 1658, época en que el cabildo eclesiástico, sede vacante, por sí, y a nombre del clero, decretó defender la pureza de la Virgen María, guardar como festivo su día y no comer carne en su correspondiente vigilia. Era un voto hijo de la gratitud, pues por la intervención de María, Caracas se había salvado de la cruel epidemia que en aquellos días comenzó a destruir la población. Caracas, protegida por María, debía traer a la capital el calificativo de Mariana, es decir, que rinde culto a María. Tan noble propósito continuaba en la mente de los miembros del cabildo eclesiástico, cuando, en II de abril de 1763, el Ayuntamiento de Caracas elevó a la consideración del Monarca una petición, que abrazaba los términos siguientes: 1° que todos los empleados públicos de la Capitanía general de Venezuela, jurasen defender la pureza de la Inmaculada Concepción; 2° que el escudo de armas de la ciudad fuese orlado con la confesión de este misterio; y 3° que en las casas capitulares se edificara un oratorio, en el cual figurara la imagen de la Santa venerada, como Madre Santísima de la Luz.

     Feliz coincidencia de fechas obraba en el ánimo del Ayuntamiento, al pedir cuanto dejamos escrito; y era que Santa Rosalía abogada de la peste, venerada en Caracas desde 1.696, en que se le dedicó un templo por haber salvado la población de la capital, era celebrada por la Iglesia católica el 4 de setiembre. En 4 de setiembre de 1.591 fue concedido un sello de armas, por Felipe II, a la ciudad de Caracas; y, últimamente, en 4 de setiembre de 1.759, Carlos III se ciñó por primera vez la corona de España. Estas y otras razones influyeron poderosamente en el ánimo del Ayuntamiento, para suplicar al Monarca que le concediera la orla mencionada, con el lema siguiente; Ave María Santísima de la Luz, sin pecado concebida.

     El nombre de Mariana, dado a la ciudad de Caracas antes de 1.763, época en la cual lo decretaron ambos cabildos, data desde la llegada a Caracas del Obispo Diez Madroñero, acaecida a mediados de 1.757, Partidario decidido y entusiasta por el culto a María se mostró desde el principio aquel virtuoso prelado, que desde 1.760 fechaba sus comunicaciones en la Ciudad Mariana de Santiago de León de Caracas, según consta de documentos que hemos visto y estudiado detenidamente.

     Por real cédula de Carlos III fechada en San Lorenzo a 6 de noviembre de 1.763, y que encontramos en las actas del Ayuntamiento de 1.764: “Su Majestad se digna manifestar a la ciudad de Caracas, haber diferido a sus instancias sobre que juren, los que ejerzan empleos públicos, la pureza original de María Santísima; que puede poner la orla que se expresa en su escudo, y erigir oratorio en las casas capitulares, sacándose del caudal de propios el que se necesite para su fábrica, aseo y permanencia”.

     Los señores del Ayuntamiento dijeron, en sesión de 22 de enero de 1.764: “que celebrando, como celebran, la nueva honra que debe a S. M. esta ciudad, y principalmente el que, para gloria del culto y veneración de la Inmaculada y Santísima Madre de la Luz, pues, desde aquí en adelante, con nuevo título, ser y llamarse Mariana esta misma ciudad, tan obligada a su piedad, y tan reconocida a sus inmensas misericordias, a la que confiesa deber cuantos progresos ha logrado y de la que los espera en adelante mucho mayores, constituida con nueva, honrosa y distinguida marca, y el más ilustre blasón por su virtuoso pueblo…”

“Desde hoy en adelante —agrega el Ayuntamiento— deberá la ciudad titularse, y se titulará así: Ciudad Mariana de Santiago de León de Caracas.»

     Ya en diciembre de 1.763, el mismo Ayuntamiento, al acusar recibo de la real cédula de 6 de noviembre del mismo año, había dicho: “La amantísima ciudad de Caracas tiene ya, con razón, nuevo título, y con orgullo se llama Ciudad Mariana, por haberla dedicado con tamaña honra V. M.…” Y a tal grado llegaron el entusiasmo, la humildad y la adulación de los miembros del Ayuntamiento, que, en uno de tantos oficios dirigidos por ésta al Monarca, llegaron a decirle, que S. M. poseía un mariano corazón.

     Después de dar a Carlos III las más expresivas gracias con frases más o menos parecidas a las últimas copiadas, el Ayuntamiento pidió al Gobernador y Capitán general de la Provincia, en vista de la real cédula y de las actas del Cuerpo, se sirviera dictar las providencias que tuviese por convenientes, para la más devota publicidad de las nuevas obligaciones, que, para con la gran Madre de Dios, contraía esta su Mariana ciudad.

     En 27 de enero de 1.764, el Ayuntamiento presenta al cabildo eclesiástico la real cédula de Carlos III, que fue acogida con señales de satisfacción. Ofrecieron los señores del capítulo el sacrificio de sus personas a la Majestad divina, “por la continuación del augusto patrocinio de la Madre Santísima de la Luz sobre esta su Mariana ciudad». Y a nombre del Rector y Claustro del Real Colegio Seminario y de la Real y Pontificia Universidad de Santa Rosa, de esta ciudad Mariana de Caracas, “ofrece celebrar las nuevas honras que ha recibido esta misma Mariana ciudad’’. En los propios términos se expresaron al siguiente día todas las comunidades religiosas existentes en Caracas. (1)

(1) Véanse las actas del Ayuntamiento y del cabildo eclesiástico, correspondientes a los años de 1763 y 1764.

Cuente Arístides Rojas que desde el siglo XVII se le rendía culto a la Virgen de Nuestra Señora de Caracas.

Cuente Arístides Rojas que desde el siglo XVII se le rendía culto a la Virgen de Nuestra Señora de Caracas.

     Nunca concesión alguna llegó a Caracas en época más propicia que en los días de Diez Madroñero. El espíritu religioso dominaba los ánimos; quería el Obispo ensanchar la obra que había comenzado, y todo llegaba a medida de sus deseos. Una virgen que llevara el nombre indígena de la capital de Venezuela, iba a colmar la ambición de los moradores de ésta, acostumbrados a reverenciar a María bajo todas sus advocaciones.

     Levantóse el oratorio, y colocaron en él a María Santísima de la- Luz; comenzaron el lema que debía brillar en los pendones de la ciudad, y, después de conciliarse las opiniones, quedó por lema, no el que propuso el Ayuntamiento, sino el que indicó el Monarca; es, a saber: Ave María Santísima de la Luz, sin pecado original concebida en el primer instante de sil Ser Natural. Desde esta época aparece, ya en las actas de ambos cabildos y de las comunidades religiosas, ya en los documentos públicos de otro orden, el nombre de Ciudad Mariana de Caracas; en otros, Ciudad Mariana de Santiago León de Caracas.

     Creada la Virgen, ¿cómo figurarla en el lienzo o en la escultura, para que fuese reverenciada de los fieles y reconocida de las generaciones? Desde luego era necesario que descollaran al lado de la Virgen algunos de los patronos venerados en la ciudad, y que aquella sintetizara a Caracas en sus diversas épocas. ¿Cómo hacer esto? Opinaban unos por colocar en el retablo que representara a la Nuestra Señora, a San Sebastián, o San Mauricio, o San Pablo y a San Jorge, como primitivos abogados de Caracas en sus primeras necesidades: opinaban otros por darle cabida solamente a las santas y sabios doctores de la Iglesia. En esta situación estaban las cosas, cuando el obispo invita a los devotos y devotas de Caracas, y presentándoles la cuestión en la sala de su palacio, les obliga a escoger el cortejo que debía acompañar a la Virgen bajo la nueva advocación de Nuestra Señora Mariana de Caracas. Debían figurar en el cuadro la ciudad de Caracas, el escudo de armas concedido por Felipe II, y reformado por Carlos III, y los patronos y patronas que en diversas épocas la habían favorecido.

     Después de una discreta y prolongada discusión, hubieron de triunfar al fin las mujeres sobre los hombres, haciendo que el Obispo aceptara, entre los cuatro personajes que debían acompañar a la Virgen, a tres santas de las protectores de Caracas, y el asunto del retablo quedó decretado de la siguiente manera: arriba, en las nubes, descollaría la Virgen coronada por dos ángeles; a la derecha de María, Santa Ana, su madre, patrona de la Metropolitana de Caracas; y después, el Apóstol Santiago, patrono de la ciudad. A la izquierda de la Virgen estarían Santa Rosa de Lima y Santa Rosalía; la primera, como representante de los estudios eclesiásticos, al fundarse, bajo su advocación, el Seminario de Santa Rosa en 1.673; y la segunda, como abogada contra la peste, por haber salvado de ella a la capital en 1.696. En derredor de este grupo se colocarían los ángeles de la corte celestial que celebran a María, debiendo llevar en las manos cintas en que estuvieran los diversos y versículos de las letanías. Y para representar a la antigua Caracas, en medio de los ángeles debía aparecer un querubín que presentase a la Reina de los Cielos el escudo de armas concedido por Felipe II a la Caracas de 1.591. Consistía éste, como hemos dicho alguna vez, en una venera que sostenía un león rapante coronado, en la cual figuraba la cruz de Santiago.

     Arriba de todas las figuras colocaría el lema que dice: Ave María Santísima, para recordar la concesión hecha por Carlos III a la ciudad en 1.763, mientras que abajo estaría Caracas con la fisonomía que ostentaba en esta época.

     Diversos pintores dieron a luz sus obras, y fueron aceptadas. El primer retablo, cuyo destino ignoramos, estuvo en la capilla de la Caridad, contigua al derribado templo de San Pablo. El segundo fue colocado en la esquina de la Metropolitana, y está hoy en el Museo.

     Así continuó el entusiasmo religioso, con más o menos intermitencias, hasta que, para fines de siglo, casi había desaparecido el nuevo título de la ciudad. La muerte del Obispo Diez Madroñero, acaecida en 1.769, adormeció el entusiasmo por el culto de Nuestra Señora Mariana de Caracas. El Obispo Martí quiso levantarlo y restituirlo a su prístino esplendor, pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos, y algún tiempo después el referido culto había desaparecido por completo.

     El nombre de Ciudad Mariana de Caracas no ha quedado sino en los documentos públicos y en las actas de los cabildos y comunidades religiosas. Igualmente ha desaparecido el de Santiago de León de Caracas, que durante tres siglos llevara la capital de Venezuela. Pero si Nuestra Señora Mariana de Caracas no puede ya salir de los archivos, Santiago tiene aún, por lo menos, su día: aquel en que lo celebra la Iglesia Metropolitana de Caracas.

     En los tratados públicos, en las leyes, en todos los documentos de Venezuela independiente, la capital de la República no figura sino con su nombre indígena, el de Caracas, nombre que llevó aquel pueblo heroico que supo sucumbir ante sus conquistadores”.

 

* Historiador, naturalista, periodista y médico caraqueño (1826-1894), autor de innumerables y valiosos trabajos de carácter histórico. Sus restos reposan en el Panteón Nacional

Teresa Carreño en Caracas

Teresa Carreño en Caracas

La venezolana es considerada por muchos expertos como la pianista más prolífica de América Latina durante los siglos XIX y XX. En 1885, con motivo de su retorno al país, después de una ausencia de veintitrés años (Se había ido a los ocho años, en 1862), regresaba para ofrecer su primer concierto en Venezuela, donde estrenaría, además, el Himno a Bolívar, cuya composición musical realizó, inspirada en la letra de un hermoso texto del escritor e historiador Felipe Tejera. Con motivo de la presencia de la insigne pianista en Caracas, el diario La Opinión Nacional, del 9 de octubre de 1885, dio a conocer una interesante y hasta entonces desconocida biografía de Teresita Carreño. La nota no estaba firmada y el mencionado periódico sólo lo identificó como “Un amigo nos ha favorecido con el artículo que nos es grato publicar”.
El primer concierto lo ofreció la artista en el Teatro Guzmán Blanco (hoy Teatro Municipal), el 27 de octubre de 1885. Allí interpretó: Mi menor, de Chopin, con acompañamiento de segundo piano y quinteto de instrumentos. Allegro, Romanza, Rondó; «Himno a Bolívar»; Saludo a Caracas, Danza dedicada a Caracas; Trémolo de Gottschalk; y Rapsodia húngara N° 6, Liszt.

Tras 23 años de ausencia, Teresa Carreño regresa a Caracas en 1885, para ofrecer su primer concierto en Venezuela.

Tras 23 años de ausencia, Teresa Carreño regresa a Caracas en 1885, para ofrecer su primer concierto en Venezuela.

     “Teresa Carreño, ó Teresita, como se complacen en llamarla sus compatriotas y amigos, nació en Caracas, capital de la República de Venezuela el 22 de diciembre de 1853. Sus padres fueron don Manuel Antonio Carreño, antiguo ministro de Hacienda de la República y la señora Clorinda García de Sena, sobrina del antiguo Marqués del Toro y del Gran Bolívar.

     Muy temprano comenzó la joven artista a dar muestras del talento de que estaba dotada. Un día, en que apenas contaba tres años, estaba su hermana mayor estudiando la Varsoviana, famosa danza de aquella época. La niña había sido puesta en cuna, y la aya, creyéndola dormida, se había retirado. Pero Teresita no dormía; apenas se vio sola, se levantó y se dirigió hacia el piano que su hermana había dejado, y se puso a buscar con sus pequeños dedos las notas que había oído. Con asombrosa facilidad las halló y tocó bastante bien hasta que llegó á un pasaje algo difícil. Por fin, después de mucho tantear lo halló, pero no antes de que su padre hubiera entrado en la pieza; éste que había oído las notas vacilantes, creyó que era su hija mayor la que tocaba y había venido a enseñarle la manera correcta de tocarlas. 

     Cuando vio a Teresita de pie delante del piano tratando de alcanzar el teclado, al cual apenas llegaba su cabeza, la tomó en sus brazos, con el rostro bañado de lágrimas al ver el talento que demostraba este simple incidente. A partir de aquel día empezó a darle lecciones.

     Muy temprano comenzó la joven artista a dar muestras del talento de que estaba dotada. Un día, en que apenas contaba tres años, estaba su hermana mayor estudiando la Varsoviana, famosa danza de aquella época. La niña había sido puesta en cuna, y la aya, creyéndola dormida, se había retirado. Pero Teresita no dormía; apenas se vio sola, se levantó y se dirigió hacia el piano que su hermana había dejado, y se puso a buscar con sus pequeños dedos las notas que había oído. Con asombrosa facilidad las halló y tocó bastante bien hasta que llegó á un pasaje algo difícil. Por fin, después de mucho tantear lo halló, pero no antes de que su padre hubiera entrado en la pieza; éste que había oído las notas vacilantes, creyó que era su hija mayor la que tocaba y había venido a enseñarle la manera correcta de tocarlas. Cuando vio a Teresita de pie delante del piano tratando de alcanzar el teclado, al cual apenas llegaba su cabeza, la tomó en sus brazos, con el rostro bañado de lágrimas al ver el talento que demostraba este simple incidente. A partir de aquel día empezó a darle lecciones.

     En 1862 decidió la familia Carreño irse á Nueva York, donde el día que Teresita cumplió nueve años se dio un concierto en la Academia de Música en “beneficio” suyo. El Teatro estaba lleno; se vendieron cerca de cinco mil billetes, pero el “beneficio” no resultó ser un beneficio para Teresa, pues el empresario se guardó todos los fondos. Pero éste fue el principio de su carrera en los Estados Unidos. Tocó en varios puntos del Este. En Boston solicitada por el Alcalde Corregidor de la ciudad, dio un concierto á los niños de las escuelas públicas. Teresita tiene dos medallas de oro que le fueron dadas en aquella época en dicha ciudad. A la sazón [Louis Moreau] Gottschalk había hecho una gran sensación en Nueva York, y algunos amigos suyos arreglaron una entrevista entre él y Teresita; ésta tocó delante de él y Gottschalk exclamó abrazándola: “hija mía, serás una de nosotros”. Inmediatamente se interesó en sus estudios, y le indicó lo que debía hacer y en qué orden; le enseñó él mismo a tocar sus composiciones, nota por nota. Su manera de tocar fue una revelación para la niña. Gottschalk fue un artista que vivió demasiado pronto. Él mismo decía: “Yo debo vivir por el piano: ¿De qué sirve que yo me presente delante del público a tocarle piezas que o le gustan? Dentro de veinte años cuando el público esté más adelantado hallará que Gottschalk también está mejor educado” Gottschalk era un artista consumado en sus efectos. No había nada de mecánico en su tocar, parecía como que el piano cantaba por sí mismo. Hasta este día Teresita tiene dos grandes ideales de los pianistas: Gottschalk y [Arthur] Rubinstein –tan distintos el uno del otro, pero ambos iluminados por la centella divina del genio. “Me hablan de la técnica de [Rafael] Jossefy”– dice ella “y esto es un grande artista, pero nunca ha habido un pianísimo como el de Gottschalk en las últimas notas de su “Última Esperanza”. Era como el sonido distante de campanas de plata–tan suave, tan dulce, y con todo tan claro. Se oía y se miraba á ver quién la tocaba, pero no había ningún signo. Era como el céfiro suspirando a través de las cuerdas de oro de la lira del poeta”. Teresa conserva aún su afición a las composiciones de Gottschalk porque contienen el ritmo fascinador de las danzas de su país natal. Tiene en su poder una balada manuscrita de Gottschalk que ella estima más que cualquier otra de las composiciones de este artista. Nunca ha sido publicada.

La célebre pianista venezolana estrenó en el Teatro Guzmán Blanco (hoy Teatro Municipal) el Himno a Bolívar, cuya composición musical realizó, inspirada en la letra de un hermoso texto del escritor e historiador Felipe Tejera.

La célebre pianista venezolana estrenó en el Teatro Guzmán Blanco (hoy Teatro Municipal) el Himno a Bolívar, cuya composición musical realizó, inspirada en la letra de un hermoso texto del escritor e historiador Felipe Tejera.

Reseña publicada en el diario caraqueño El Siglo, el 29 de octubre de 1885.

Reseña publicada en el diario caraqueño El Siglo, el 29 de octubre de 1885.

     A la edad de doce años la llevaron sus padres a Europa, yendo primero a París. En esta ciudad se presentó inmediatamente delante del público causando como de costumbre el mayor asombro. Su tocar era tan fresco y tan espontáneo que encantaba a todo el que la oía. [Franz] Liszt se hallaba entonces en París; algunos de sus amigos le hablaron de Teresita y se arregló una matinée en el almacén de pianos de Erard.

     Liszt vino con otros tres caballeros; eran éstos [Camille] Saint-Saenz, [Alfred] Jaëll y [Francis] Planté, éste último poco conocido fuera de Francia. Liszt dijo a Teresa que le tocara algo nuevo, algo que él nunca hubiese oído. Ella pensó en su querido maestro y nombró a Gottschalk. “Gottschalk– dijo Liszt– he oído hablar mucho de él; tóqueme usted algo suyo”. Teresa le tocó “La Última Esperanza”.

     Cuando comenzó a tocar, Liszt se hallaba sentado a veinte pies de distancia del piano entre Jaëll y Planté. . . de fisonomía que parecía decir: “Cómo voy a fastidiarme”. Pero á medida que tocaba Teresa fue él acercando su silla más y más del piano hasta que se halló a su lado. Cuando hubo terminado le puso la mano sobre la cabeza y dijo: “Hija mía, Con el tiempo serás uno de nosotros”.

    Entonces le ofreció hacerse cargo de su educación, pero este honor era demasiado grande; la aceptación del ofrecimiento de Liszt hubiera acarreado grandes gastos que su padre no estaba entonces en posición de hacer. Liszt le dio numerosos consejos, le dijo lo que debía estudiar, á donde debía ir, y todo, en fin, lo que un artista viejo podía decir á uno más joven en quien tenía muchas esperanzas. Teresa tocó después delante del Conservatorio de París; aquí también tuvo un éxito completo; tiene un diploma y varias cartas como recuerdo de este suceso.

     De París pasó a Inglaterra donde continuaron sus triunfos; tocó en Londres en la “Monday Popo” (conciertos populares del lunes) con [Joseph] Joachim y Mme. [Clara] Schuman. Esta última le dio lecciones durante algún tiempo, y le hizo estudiar muchas de sus composiciones. Teresa tocó en varias ciudades de Inglaterra, pero con más preferencia en Londres.

     En 1874 regresó a los Estados Unidos, donde pensaba permanecer siete meses, los siete meses se han hecho once años pues no ha hallado tiempo para volver a Europa.

     No es necesario decir que Teresita es compositora; con su activa vida musical no podía ser de otro modo. Comenzó muy temprano y muchas de sus piezas han sido publicadas en Francia, en Inglaterra y algunas en Nueva York, pero la mayor parte de sus piezas están en manuscrito. Tiene un Scherzo que dedicó a [Charles] Gounod, que la había tratado con la mayor bondad y se había interesado mucho por élla. En una carta, que conserva cuidadosamente, le dice al autor de “Fausto” que Beethoven mismo habría podido firmar este Scherzo. Tiene una gran cantidad de piezas de toda clase, baladas, danzas, y otras por el estilo, pero casi todas son para su uso personal, ni las imprime, ni las toca en público. Pero no admite que una mujer no puede componer; en este respecto es una firme defensora de los derechos de la mujer. A propósito de ello cuenta ella una buena anécdota. En 1883 viajaba con el doctor [Frank] Damrosch: hablando con él entre otras cosas sobre esto, declaró positivamente Damrosch que las mujeres no podían componer. “Ha habido mujeres”, –dijo– que han sido buenas escritoras, poetas, pintoras, escultoras; pero compositoras ninguna; ¿por qué es esto si las mujeres tienen el talento que usted dice? “Porque –contestó el artista– la mujer se enamora de un hombre, se casa con él y el hombre la domina. Cuando hay dos niños, un varón y una hembra, y los dos se ponen a componer, todo el mundo se anima al muchacho y desanima a la muchacha. A ésta se le dice que se ponga a bordar ó á hacer otra cosa propia de su sexo”. Algún tiempo después se hallaban en Denver, en Colorado, donde tiene el doctor Damrosch un hijo que tiene un almacén de pianos. Fueron a hacer una visita a éste, y Teresita se sentó al piano. Si pretexto de tocar a Damrosch una composición sudamericana, le tocó un himno que, le dijo, había sido compuesto por un venezolano para el Centenario de Bolívar que se celebraba en aquel año. El doctor quedó encantado. “¡Eso no es suramericano!” –exclamó– “eso podría haber sido escrito por uno de los mejores compositores alemanes, es una inspiración. ¿Quién lo compuso?”– “Yo” –contestó Teresa, mirándole fijamente. Por algunos instantes quedó mudo Damrosch, después dijo: “Pues no retiro una sola palabra de lo que he dicho”.

     Teresita Carreño es hoy la esposa de Tagliapietra, el bien conocido barítono. Teresita es también cantatriz; ha cantado en la ópera italiana con la [Thérèse] Tietjens en Londres y también en Nueva York, donde tuvo un grande éxito en el papel de Zelina en “Don Giovanni”.

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