El joropo o el jarabe venezolano

El joropo o el jarabe venezolano

Nuestro baile nacional. – El “joropo” no es sino el “jarabe andaluz”. –
Escasez de datos. –  Orígenes probables. – Sus prohibiciones. –
Precioso hallazgo documental. – La historia se repite. – El “joropo” en la lingüística

Por Juan José Churión*

La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico.

La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico.

     “Cualquiera al leer el título que en letras capitales encabeza este somero estudio histórico-lingüístico-bailable, supondrá que voy a tratar sobre algún específico farmacológico hecho secumdun artem; pero no, voy a ocuparme con un asunto que trae siempre mucha agitación cada vez que se le toca: El Joropo. ¡Claro, el que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto!

     Propóngome demostrar como tesis, que nuestro joropo no es sino el jarabe andaluz, y para esto y tendré que gastar mucho jarabe de pico, pues no es muy grande la copia de datos que he podido reunir. Más en la cuna que en la arqueología y la paleografía está nuestra musicografía. El señor Ramón de la Plaza, en su estimable obra «Ensayos sobre el arte en Venezuela», al hablar de la música indígena, ni siquiera diserta brevemente sobre el joropo. 

     La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico; lo cual me hace creer que su aparición en nuestra tierra es posterior a la Conquista; y no es sino una corrupción o rapsodia del jarabe andaluz o fandango, que aquí se llamó joropo o fandango redondo.

     La música y las danzas de los caribes, cumanagotos, etc., tenían un carácter marcadamente religioso, y el joropo no tiene nada de litúrgico; lo cual me hace creer que su aparición en nuestra tierra es posterior a la Conquista; y no es sino una corrupción o rapsodia del jarabe andaluz o fandango, que aquí se llamó joropo o fandango redondo.

     En el mencionado libro el primer aire nacional que se encuentra es un joropo o fandango redondo en la tonalidad de ré mayor, y el ritmo en seis por ocho, lo que prueba su parentela coreográfica. Es sensible que en esa obra apenas se mencione el joropo en la página 164, en donde al hablar de nuestro eximio artista don Salvador N. Llamozas, el que mejor ha fantaseado sobre los aires populares de su tierra en «Noches de Cumaná», dice que: “La gente del pueblo regularmente los canta (los aires) en las diversiones llamadas joropos, acompañados de bandola, discante y maracas”. Esto y quedarnos en ayunas es lo mismo.

     Hagamos historia o mejor dicho, deshagámosla, puesto que tenemos que remontarnos a las fuentes en busca de la verdad; pero historia alegre, como el tremolar de los capachos en las manos del diestro maraquero, ya que el joropo es la única nota alegre de nuestro pueblo, no obstante el dejo melancólico del indio y el fatalismo del africano que lo integran.

     Gracias a la influencia innegable del teatro en la cultura, el joropo se aristocratiza. Ya se le ha dado cabida en los saraos elegantes, y hay señores que esperan el joropo final, con verdadera delicia. ¡Y cuidado que lo escobillean que da gloria, cuando no catarro, según es el polvo que levantan los zapoteadores!

El que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto.

El que no se agita con un joropo, no se agita ni con un terremoto.

     Quinito Valverde piensa introducirlo en París «con todo el aparato que su interesante argumento requiere», arpa, maraca y cantadores criollos. Ya me figuro a los parisienses entusiasmados como cuando bailaron el primer tango argentino. Y ante esta pronta y segura apoteosis de nuestro ingenio musical y terpsicoriano, me apena ver en periódicos de provincias, que se le prohíba. Esto es matar la tradición. A pesar de esas cortapisas el joropo triunfa y hay que declararlo de utilidad pública. El Alma Llanera de Pedro Elías Gutiérrez, el más estudioso de nuestros compositores, ha adquirido una popularidad pasmosa.

     Mas no se crea que esta tirria contra el baile nacional es de ahora. Las autoridades distritales que imponen multas y severas penas a los contraventores, me recuerdan a un Capitán General de Venezuela, quien también lo prohibió en su tiempo, lo cual prueba, como diría Eloy González, que la historia es una concatenación de sucesos que se repiten hasta el infinito. En un expediente de mediados del siglo XVIII, prohibía el Gobernador y Capitán General D. Luis de Castellanos, entre otras diversiones deshonestas, los joropos escobillaos. Hé aquí aquel documento en su sabrosa salsa que tiene todo el resqueño de su ranciedad:

«Don Luis Francisco de Castellanos, Mariscal de Campo, Gobernador y Capitán General de esta Capitanía General de Venezuela, por Real mandato del Rey, nuestro señor (A. Q D G.), Teniente de su Real Armada, Superintendente General de Hacienda, Subdelegado Fiscal de la Real Audiencia de Santo Domingo, Presidente de su Real Junta y Subdelegado de correos en esta Capitanía»

“No ha mucho llegó a mi superior conocimiento que en algunas Villas y lugares de esta Capitanía General de Venezuela se acostumbra un Bayle que denominan Xoropo escobillao que por sus extremosos movimientos, desplantes, taconeos y otras suciedades que lo infaman, ha sido mal visto por algunas personas de seso, como el señor D. Martín de Echeverría, teniente justicia de la villa de Panaquire y otros señores de pro, con escándalo de sus honradas conciencias, por parecerle demasiado sacrílego en los velorios o lloras, en que se canta y se baila casi encima de los cadáveres, como homenaje a los difuntos. Sin tardanza alguna he mandado que las Autoridades respectivas instruyan Expediente a tal efecto a fin de providenciar lo que por conveniente tuviere y oído el parecer de la Real Audiencia, a quien irá en consulta.

«Y tan y mientras aquel Alto Tribunal provee, he decidido prohibir, como desde luego prohíbo el susomentado Bayle de Xoropo escobillao, advirtiendo que los se atrevieren a trasgredir esta Ordenanza, sufrirán la pena de vergüenza pública, ítem más, dos años de Presidio; las mujeres serán recogidas en Hospitales por igual tiempo; y los simples espectadores dos meses de Cárcel segura, penas todas que podrán ser agravadas al arbitrio de los Jueces, según las circunstancias que concurran en los sujetos. Por consiguiente y para que nadie alegue ignorancia, hago que esta Ordenanza se publique y se le dé curso por bandos y pregones en esta Capital y en otras poblaciones, en la forma acostumbrada, y que se espida copia a quien competa cuidar se su observancia. Dado en la ciudad de Santiago de León de Caracas, a 10 de abril de 1749.

Luis Francisco de Castellanos

Por mandato de S, Exc

Joseph de Ascanio»

     ¡Canario con D. Luis! Por lo que se ve no se le cocía el pan en eso de mandar a presidio por cualquier futesa. Su celo beatífico estuvo a punto de que no tuviéramos siquiera baile autóctono; no obstante, la época aun cuando era de mojigatería, no lo fue tanto para otros Oidores e Intendentes que de noche como de día se iban de picos pardos y ponían en jarana a Caracas, la ciudad muy Heroica, muy Noble y muy Señora mía.

     Ello fue que al reclamo de muchos dueños de haciendas, a quienes sus peones y esclavos amenazan con irse al monte, que muy bien podía ser el Monte Aventino (1) la cosa, junto con otros graves asuntos fue en consulta a la Madre Patria, en la que se trató detenidamente, se pidieron repetidos informes y hasta fueron enviados en uno de los galeones que salían cargados de oro a la Península, dos negritos de Barlovento, hábiles en el escobilleo del joropo, y sus derivados, el Tambor, el Juan Bimbe, el Cambao, el Rúcano,  etc., etc., que constituyen una variedad infinita de aires nacionales, vestigios de las ancestrales guazábaras indígenas en que los caciques celebraban sus triunfos con danzas rituales al son del botuto.

     Recuérdese que, en esos mismos días de la citada ordenanza, fue cuando D. Francisco de León, como Espartaco, llegó de Panaquire a las puertas de Caracas, a la cabeza de 800 hombres que reunió en el tránsito y en son de protesta contra la Compañía Guipuzcoana, de la cual era empleado, al nuevo Teniente justicia D. Martín Echeverría.

     El baile volvió a permitirse y esto se ve por lo que manda la real cédula de S. M. fechada en el real sitio de Aranjuez, en que se ordena al Capitán General que no lo prohíba por haberlo hallado, dice: «lleno de inocencia campesina, así como el Jarabe Gatuno y el Bullicuzcuz de la Veracruz, que también han venido en consulta de nuestros reinos de Méjico y con los cuales tiene mucha semejanza.»

Todo parece indicar que el origen de la palabra joropo está en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz.

Todo parece indicar que el origen de la palabra joropo está en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz.

     Esto nos lleva, pues, al luminoso descubrimiento de que los tangos, peteneras, garrotines y otros bailes de relativo modernismo en la Península, no son sino glosas, copias más o menos fieles de estas danzas americanas, entre las cuales el joropo era ya conocido en Iberia, lo que ignoraba hasta ahora. ¿Qué sería de aquella pareja de negritos que probablemente bailó ante la fastuosa Corte de Fernando VI, Rey de casi todas las Españas? De eso nada se sabe. Los pobres negros quedaron envueltos en la negrura de los tiempos. Se ve palpablemente que el jarabe mejicano y el jaraví peruano no son otra cosa sino el joropo o jarabe venezolano, y éste, con poca diferencia, es la zamacueca chilena, el agarrao y demás bailes de la América hispana, a los cuales diestros bailarines han introducido tal cual pasaje de su invención para civilizarlos, al hacerlos pisar el charco. Todo lo cual me explica una profunda frase, que quizá sin medir su profundidad, le dijo el escritor hispano Pedro González Blanco a Eduardo Carreño «Desengáñese, eso de los bailes aquí es lo mismo desde el Golfo de Méjico hasta el Cabo de Hornos: Un negro con un calabazón; eso es todo.» Sólo que yo aumentaría el sector geográfico y diría que, desde la Bahía de Hudson, pues el cake-wall, el Boston y todos esos bailes yanquis tienen, como los nuestros, el mismo origen africano. ¡Y hasta la misma jota aragonesa hay quien la crea africana! . . .

     Etimológicamente creo entrever el origen de la palabra joropo en el baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluz, que pasó en las naos de los conquistadores tanto a las tierras aztecas como a Venezuela; allá se le siguió llamando jarabe con el remoquete de mejicano; pero nuestros indígenas, que a duras penas comprendían el español,  viendo las figuras y trenzado del baile hispano, comenzaron por decirle jaraba, jarabo, jarapo, jarobo y joropo, última y definitiva forma aborigen del baile ya corrompido. Así, pues, en mi sentir, nuestro joropo no es sino un hijo espúreo del jarabe andaluz, y éste, a su vez, puede que sea hijo de algún baile africano o árabe, porque como muy bien apunta don Julio Calcaño, la etimología de la palabra joropo es completamente arábiga. Viene de la voz xarop o xarab, que significa jarabe.

    Y ahora pregunto: ¿Por qué la Real Academia de la Lengua que ha dado cabida en la reciente edición de su Diccionario, o sea la decimocuarta, a algunos venezolanismos, entre ellos, la hayaca, y anteriormente a la caraota, no ha creído digno de que figure en él, el joropo? Los diccionarios de Zerolo, de Navas, de Toro y Gómez, lo traen. ¿Será que los académicos españoles nos estiman sólo desde el punto de vista culinario que no terpsicoriano?

     He aquí, pies, que el hijo pródigo volverá al solar paterno, oreado, ennegrecido por el sol de los trópicos y las tolvaneras del desierto pampero; volverá anémico por nuestro paludismo, caquético, hepático, llenas las tripas de bilharzias, tricocéfalos y amibas; pero al sentirse en el hogar andaluz de donde salió hace la friolera de cuatrocientos y pico de años, se reanimará, bailará y entonces la familia habrá de reconocerle. Y sólo falta para hacerlo de celebridad mundial, además de que lo bailen en París, introducido por Quinito, que Su Santidad el Papa lo excomulgue como hizo con el tango argentino, que es el colmo de la inocencia en materia de bailes, y entonces no va a quedar quien no quiera bailarlo hasta de coronilla”.

 

EL JOROPO

Cuando estoy a solas lloro

y en conversación me río

con mi maraca en la mano

divierto los males míos

(COPLAS POPULARES)

I

Ya la noche al sol embiste

y mis tristezas cantando,

voy al paso recordando

los abrazos que me diste

Mira tú si estaré triste,

que cojo en sabana un toro,

le echó encima el rucio moro,

y al tumbarlo diligente,

repite el eco doliente:

¡cuando estoy a solas lloro!

 

II

¡Vuela mi caballo, al hato

que se anubla el horizonte!

pasa esa ceja de monte

y descansarás un rato.

Yo me beberé el carato

que me guarda el dueño mío,

espanto penas y brío

del hogar a los calores

me como mi zamba a amores

y en conversación me río

III

Y veré salir la luna

si es que el aguacero escampa,

si del corral es la trampa

cayó la yegua zebruna:

silla y freno hay por fortuna

monto a mi zamba y ufano

la llevo al baile cercano,

ella rompe un zapateo

y orgulloso yo la veo

con mi maraca en la mano

IV

¡Vaya un joropo de rango!

bailando a roja campana,

los claros de la mañana

me sorprenden bajo el mango

De mi zamba en el fandango

Los guapos sufren desvíos,

pues no hay quien tenga más bríos;

yo espanto al “Ánima Sola”,

y al golpe de mi bandola

divierto los males míos

 

Tomás Ignacio Potentini

Mamerto, el “Rey del Joropo”.

Mamerto, el “Rey del Joropo”.

Habla Mamerto, el “Rey del Joropo”

     Páginas más adelante, en la misma edición de El Nuevo Diario del 13 de enero de 1916, dedican una columna completa a Mamerto García, conocido como el “Rey del Joropo”, cuya foto ilustra el reportaje principal. Bajo el título “El Titán del joropo” destacan que, siguiendo la moda periodística del día, resolvieron interviuvarlo (sic) para conocer detalles de su vida y milagros y saber si ha hecho algún viaje al exterior donde le haya ocurrido alguna aventura fantástica, bien sea haber pasado hambre, que como aventura nada de fantástico tiene, o haberse levantado de madrugada, que tratándose de un venezolano sí resulta casi imposible.

     El Titán nos dijo que todavía está primaveral, en lo que respecta a sus años, pues no ha pasado de los treinta y uno; que es un caraqueño neto y que aprendió a bailar en las propias faldas del Ávila, pues cuando fue a Aragua, a Guarenas, a Santa Lucía, a Carabobo, ya estaba emplumado y no llegó de aprendiz, sino imponiéndose en el patio, cuando el arpa gemía un corrido y las maracas daban suelta a la risa de sus capachos.

     Ende chiquito bailaba Mamerto García, como la jerezana de Las Bribonas, y se aficionó a organizar bailes, desde los modestos en que figuran tres instrumentos –catre, pianito y musiú– hasta las grandes tocoqueras a toda orquesta que duran hasta el alba, si antes no revienta “el palo a la lámpara” y salen a relucir las catalinas.

     El origen de su primer apodo, El Titán, le vino de ahí, tanto por su preponderancia en la maestría del joropo, como por no ser lerdo en eso de asustarse de tigre porque le arrastren el cuero.

     Así su nombre circulaba en los corrillos de las parrandas, pero no llegó a ser verdaderamente famoso. –según su propia confesión– hasta el año de 1904 o 1905, y se consagró como Rey del Joropo, cuando se presentó en el teatro, hace cosa de dos o tres años y obtuvo un triunfo bailando Una Viuda Comifló, que le valió estrepitosos homenajes.

     También se ha ocupado de dar clases de bailes criollos a la categoría, gentes de salón que no han menospreciado nuestras costumbres tradicionales, y últimamente amaestró a la Cipri y a la Violeta para el primer joropo de Quinito Valverde.

     –Yo, nos dice, las puse en los palitos, pero, no les he enseñado nomás que unos pasos, no porque yo me reserve mis secretos, sino porque toda la ciencia no se aprende en una semana.

     Recordando los tiempos de antaño le preguntamos:

–¿Mamerto, ¿cómo son las palabras chivatas para entrar a un tocotín de esos con buen pie, no sea cosa que le vayan a dar a uno un astazo?

–Ya ni me acuerdo. Eso está en desuso, porque antes en las fiestas se iba con galfaradas, pero los caribes se han refinado mucho.

     Y luego, con simpática modestia agregó:

–Y, además, como yo he salido del barrio para la altura y hasta me ha visto la crema en el escenario. . . Esas cosas no me convienen ya.

     Y es cierto, El Titán ha gustado siempre de codearse con literatos y gente de cuna. Basta ver el retrato que publicamos hoy, en el cual no se es fácil adivinar el joropero de cogollo y alpargatas que aparece en La Viuda, en el cuasi dandy, tocado con su pajilla a la derniere, muy marcada la raya del pantalón y lucientes los chapines de charol.

     El Titán, como por lo general los hijos de nuestro pueblo, goza con endomingarse y dar prestigio de pulcritud a su persona. Y eso no impide que, en cuanto llore el arpa y rían las maracas, los pues se agiten y no quede hormiga viviente en seis metros a la redonda”.

FUENTE CONSULTADA

  • El Nuevo Diario. Caracas, 13 de enero de 1916

    * Escritor y humorista caraqueño (1876-1941). Conocido como el Bachiller Munguía. Gran parte de su obra está dedicada a recopilar interesante anecdotario sobre la Venezuela del siglo XIX

Tres visiones de Caracas

Tres visiones de Caracas

Karl Ferdinand Appun (1820-1872), naturalista, explorador, escritor, dibujante y pintor alemán que visitó Venezuela a mediados del siglo XIX, por recomendación de su compatriota Alejandro de Humboldt.

Karl Ferdinand Appun (1820-1872), naturalista, explorador, escritor, dibujante y pintor alemán que visitó Venezuela a mediados del siglo XIX, por recomendación de su compatriota Alejandro de Humboldt.

     Entre el centenar de viajeros que visitaron la capital de Venezuela, a lo largo del 1800, algunos eran de origen prusiano o alemán. Varios de ellos habían sido recomendados por Alejandro von Humboldt ante las autoridades gubernamentales, asimismo, tuvieron en sus escritos un modelo a seguir como naturalistas y exploradores de la naturaleza. Uno de ellos fue el alemán Karl Ferdinand Appun (1820-1872) quien estuvo por Venezuela entre 1849 y 1859, lapso durante el cual este país estuvo gobernado por los hermanos Monagas, José Tadeo y José Gregorio. De esta visita nació un texto titulado En los trópicos cuya primera edición se dio a conocer para 1871 en lengua germánica. En Venezuela se haría una edición en castellano para 1961. Entre los objetivos de su expedición, a esta comarca, era el de dar continuidad al trabajo que había comenzado otro alemán, Ferdinand Bellerman (1814-1889). Luego de 1859 marchó a su tierra natal a descansar por males de salud, contraídos en su estadía venezolana. Para 1872 regresaría con el objetivo de explorar la Guayana Inglesa, hoy Guyana, donde encontraría la muerte a manos de indígenas silvestres.

     Durante la estadía por estos parajes visitó casi en su totalidad las costas venezolanas, entre las que destacaron La Guaira y la gran extensión marítima de Puerto Cabello. Igualmente, examinó las costas y las aguas del Lago de Maracaibo. Hacia el lado sur del país hizo lo propio en las aguas del Orinoco, pasó por Guayana y recaló en Georgetown. La Caracas que conoció Appun se diferenciaba poco de la de los primeros años del 1800. Era la ciudad de los arrieros, recuas, vías empedradas y de la mula como medio de transporte fundamental.

     Uno de los aspectos a los que prestó importancia, con cierta amplitud, fue el de los hábitos de consumo y costumbres alimenticias de los venezolanos. Destacó los productos de mayor consumo que se ofertaban en pulperías y en el mercado. 

     Puso a la vista de sus lectores el alto consumo de carnes de origen animal entre los habitantes del país. Escribió respecto a esta inclinación y agregó que la carne era la consigna del día en Venezuela. En cuanto a su presentación podría ser frita, o bien salada o sancochada, tres veces al día. Describió con sorpresa que su ingesta parecía una especie de reglamento que se cumplía con rigor. Igualmente, recordó que un venezolano de nacimiento vería frustrada su existencia sin el diario sancocho y el plátano asado.

     Por otro lado, un amante y practicante de los deportes, la fotografía, estudioso de la botánica, las ciencias y la música, admirador de las interpretaciones de Beethoven y Wagner, originario de Hungría y amigo de Alejandro de Humboldt, cuyas recomendaciones le abrieron las puertas de América, partió de los Estados Unidos de Norteamérica en enero de 1857 hacia La Habana, donde estuvo durante dos meses antes de su arribo a Venezuela adonde permaneció alrededor de cinco meses. Pal Rosti (1830-1874) formó parte de los reformistas húngaros que pugnaron por el despliegue de reformas capitalistas en contra del orden feudal, a la luz de las revoluciones de 1848 y 1849 en Europa. Uno de sus intereses intelectuales que atrajo su atención fue el relacionado con la indagación acerca de la naturaleza. Durante una estadía en París comenzó a interesarse por la fotografía, de la que dejó una gran colección al fallecer, también perfeccionó allí los métodos de trabajo de la geología y la etnología. Partió de Francia un 4 de agosto de 1856 hacia América y regresó a Hungría el 26 de febrero de 1859. Luego de publicado Memorias de un viaje por América (1861) fue galardonado con la incorporación a la Academia de Ciencias de su país.

El húngaro Pal Rosti, vino a Venezuela en 1857, inspirado por los escritos de Humboldt. Realizó las primeras fotografías paisajísticas del país.

El húngaro Pal Rosti, vino a Venezuela en 1857, inspirado por los escritos de Humboldt. Realizó las primeras fotografías paisajísticas del país.

     Rosti cultivó una fructífera amistad con Humboldt a quien citó de modo reiterado, como autoridad reconocida en el canon académico, a lo largo de sus Memorias… Interesado en estudiar la exuberante naturaleza, tal como en Europa se le denominaba a la zona natural de estos espacios territoriales, desde tiempos de la Ilustración, no dejó de mostrar quizás mucho más que lo expuesto por su admirado maestro, una fuerte inclinación por observar el carácter general de los lugares que visitó en el continente americano. Por eso será común para el lector de hoy toparse con consideraciones respecto a los alimentos que se consumían, las bebidas de mayor preferencia, los tratos sociales y las prácticas políticas generalizadas.

     Como todo visitante que alcanza espacios territoriales distintos a su lugar de origen, el viajero, ya fuese con fines científicos o lo fuera por invitación de autoridades establecidas, desplegó elucubraciones de lo observado y experimentado en tierras lejanas. Con sus relatos se muestran como cronistas en la medida que pretenden delinear paisajes naturales y sociales que más llamaron su atención y que exponen un aprendizaje, uno de los motivos principales del viaje. Si en tiempos de la Antigüedad el viajante se asumía como parte de un designio y regido por el requerimiento del destino de los dioses, es decir, prueba, aventura, sufrimiento, o el peligro propio de la experiencia humana, en los tiempos modernos fue convertido en una porción del capital cultural, de aprendizaje, de pasión y de placer.

     En las narraciones vertidas por el viajero devenido visitante aparecen expresadas un aprendizaje acumulado en combinación con la atracción de lo que le es afín, familiar, y el distanciamiento de todo aquello que, por enseñanza, hábito y costumbre experimenta como ajeno. Una de las interrogantes que Rosti se planteó de manera personal, fue la relacionada con la aversión a los negros presente en los Estados Unidos, disposición que lo llevó a comparar el trato del negro con el esclavismo aún existente en Cuba para el momento de su visita. Cuando hizo referencia a este mismo tópico, para el caso venezolano, comentó de modo fastuoso la abolición de la esclavitud, en tiempos de los Monagas, hacia 1854. Lo que no debe sorprender en cuanto a la forma de gobierno personalista propia del monaguismo que, para un hombre instruido y simpatizante del liberalismo reinante en el sistema mundo moderno, resultaba contrario al libre albedrío y las acciones humanas amparadas en la libertad para el disfrute de los bienes provenientes del trabajo.

     En su visita al mercado de la ciudad contrastó los precios con los de su país y los de Estados Unidos de Norteamérica, con lo que intentó demostrar el alto costo de los bienes que aquí se ofertaban, a excepción de la carne de vaca. Por ejemplo, un saco de papas 5 dólares, un pavo 5 dólares y un pollo 1 dólar. En cuanto al precio de los huevos mostró gran impresión al verificar que el mismo no variara y que se utilizara como referente para fijar el precio de otros bienes de consumo. En su examen del mercado y lo que en él se ofertaba trajo a colación que la carne de cabra se vendiera como carne de carnero. Además de dulces como el de membrillo y el de guayaba que, para su paladar eran exquisitos y de extraordinaria textura. También se conseguía pan de maíz, es decir, arepas que no eran muy de su agrado, en especial, cuando las servían frías, al igual que las caraotas negras y las carnes cocidas en forma de guisos le causaban repulsión. Junto a la arepa se encontraba el pan de trigo y el casabe que, a su parecer, parecía preparado con virutas desmembradas. El papelón lo describió como de muy baja calidad frente al azúcar. En este sentido, le causó curiosidad que los habitantes de Venezuela lo consumieran junto con el queso.

Jenny de Tellenay, joven francesa que vivió en Caracas entre 1878 y 1881. En 1884, publicó en París un libro sobre su estadía en Venezuela.

Jenny de Tellenay, joven francesa que vivió en Caracas entre 1878 y 1881. En 1884, publicó en París un libro sobre su estadía en Venezuela.

     El viaje como experiencia etnológica y aprendizaje no fue potestad de naturalistas, científicos o diplomáticos, también fueron extendidos por personas de espíritu indagador o de curiosidad exótica. Jenny de Tellenay llegó a Venezuela durante el gobierno de Francisco Linares Alcántara. Entre 1878 y 1881 no dejó de admirar la singularidad de los espacios naturales de Venezuela que conoció y que en Europa concitaban la curiosidad acerca de una naturaleza exuberante y pródiga. Llegó con su madre Olga y el encargado de negocios y cónsul general de Francia el 26 de agosto de aquel año. La marquesita como se le reconocería provenía de un ambiente familiar que le permitió adquirir un capital cultural en un contexto de costumbres europeas refinadas, lujo y comodidades.

     Por lo escrito en Memorias de Venezuela (1884) fue una joven de carácter acucioso y plagado de curiosidad. Dejó plasmado en este texto sus exploraciones por una parte del litoral, Puerto Cabello, las minas de Aroa y de su regreso a Caracas por Valencia y Maracay. En lo referente a la política doméstica se inclinó a favor de Antonio Guzmán Blanco. Sus razonamientos en este orden, así como algunos relacionados con algunos personajes y acontecimientos de la historia de Venezuela fueron errados, aunque quedaron sin enmienda en sus Memorias… Aunque en su trabajo citó con fruición estudios de Humboldt, ello no la libera de los yerros expuestos en su relato.

     Su escrito lo inició con el encuentro de las Antillas y la descripción de lo que su visión ambivalente de viajera escolarizada le orientó. Al alcanzar el puerto de La Guaira detalló la afanosa actividad en la oficina de la aduana y quienes aquí laboraban. Dejó escrito que blancos, negros, indios y mulatos se combinaban con las diversas tareas que desplegaban. Anotó que la gente de “color era sucia” y que no mostraban la fisonomía alegre y abierta de los negros de Martinica.

     De acuerdo con su mirada muchos parecían embrutecidos por el consumo frecuente de aguardiente. Llamó su atención que el comercio al por mayor estuviese en manos de extranjeros, mientras otros de menor poder luchaban por lucrarse y regresar a sus lugares de origen. Sin embargo, llegó a la conclusión de que todos eran agentes de progreso del país.

     A pesar de que, a la luz de la contemporaneidad, sus comentarios puedan herir sensibilidades no deja de ser importante leer lo que ella relató porque mucho de lo descrito se asemeja con configuraciones de otros viajeros de la realidad observada en Venezuela. Desde el mismo momento de su arribo ejercitó una suerte de actividad etnológica en combinación con lo que le interesaba destacar acerca de la flora y la fauna de los lugares que transitó. En especial la que fue percibiendo por el camino de La Guaira a Caracas.

     Resaltó la riqueza de la flora, bastante rica en: leguminosas, crucíferas, umbelíferas y geraniáceas. La fauna: deslumbrada por el Turpial y la Paraulata. Próxima a llegar a la capital describió los ranchitos al borde de ambos lados del camino y de sus habitadores resaltó las negras que llevaban sus hijos a horcajadas, las indias con una pañoleta roja en la cabeza y un tabaco en la boca. Por lo que hasta ese momento había constatado, en el trayecto, expresó que, en cuanto a demostración de desarrollo técnico y tecnológico en América era más espontáneo que cultivado por acción humana. Como ejemplo refirió el hecho de no existir represas y que el agua bajara de los montes de manera directa.

     Si se puede hablar de una constante, entre quienes configuraron sus relatos de paso por Venezuela, fue el lugar relevante que ocupó la exuberancia de su relieve natural. Sin embargo, debe ser tomada en consideración lo que destacaron sobre las costumbres y forma de ser de los caraqueños. Con seguridad el lector de sus narraciones podrá constatar cómo el capital acumulado por el viajero lo llevó a destacar contrastes que pueden resultar para el momento actual algo odiosos.

La imprenta caraqueña en tiempos de emancipación

La imprenta caraqueña en tiempos de emancipación

El lunes 24 de octubre de 1808, circuló la Gazeta de Caracas, primer periódico que se imprimió en Venezuela.

El lunes 24 de octubre de 1808, circuló la Gazeta de Caracas, primer periódico que se imprimió en Venezuela.

     De acuerdo con la información proporcionada por el Diccionario de Historia de Venezuela, publicado por la Fundación Polar, una de las últimas porciones territoriales del imperio español que recibió, en 1808, los beneficios de la imprenta fue la Capitanía General de Venezuela. De igual manera se debe descartar que la obra de José Luís Cisneros, Descripción exacta de la Provincia de Venezuela, con pie de imprenta de Valencia, 1764, se hubiese impreso en Venezuela.

     Sin embargo, en tiempos de Independencia, entre 1820 y 1821, se produjeron en Caracas polémicas entre constitucionalistas y monarquistas. Las mismas se ventilaron en impresos caraqueños, gracias a imprentas instaladas en la capital, como los periódicos La Araña, La Aurora de Venezuela, El Celador de la Constitución, El Fanal de Venezuela, La Mariposa Negra, De Todo y Algo Más, La Mosca Libre, La Segunda Aurora y La Lotería Tipográfica, entre otros.

     Fue a propósito de la ocupación francesa en la península ibérica y el conflicto bélico que se derivaría desde 1808, entre España y Francia, que el capitán general Juan de Casas solicitó el envío de una imprenta al gobierno de Trinidad en agosto de este año. El equipo llegó a la provincia de Caracas en septiembre de 1808 junto con los impresores británicos Mateo Gallagher y James Lamb. Ella sirvió para la publicación de la Gazeta de Caracas, primer periódico de Venezuela, cuyo primer número vio la luz el 24 de octubre de aquel año. Su redactor principal fue Andrés Bello (1781-1865) hasta el año de 1810, cuando emprendió su viaje para Inglaterra como miembro de la secretaría de relaciones exteriores de la provincia.

     Es necesario indicar que, la Gazeta de Caracas surgió bajo circunstancias críticas en el seno del imperio español. En mayo de 1808 había estallado la disputa alrededor del trono entre Carlos IV y su hijo Fernando de Borbón, conocido luego como Fernando VII. En mayo de 1808 Napoleón obligó a este último devolver la corona a su padre. Con estas abdicaciones constriñó a Carlos IV que le cediera el trono a él, quien luego lo entregaría a su hermano José Bonaparte. Las primeras informaciones de estos acontecimientos se conocieron en los iniciales días de julio de 1808, gracias a dos ejemplares del Times de Londres. Éstos fueron enviados por funcionarios gubernamentales de Cumaná al capitán general Juan de Casas, que los puso a la orden de Bello para que los tradujera. Bello hizo lo propio y extrajo noticias que con premura comunicó a Casas, quien incrédulo no dio crédito a la información. Sin embargo, Casas llamó a consulta a personas influyentes de la provincia, pero excluyó a los españoles americanos. Allí se discutió la gravedad del asunto y se tomó la decisión de no divulgar la información sobre los eventos en la provincia.

     Como indicamos, fue el 24 de octubre de 1808 que apareció el primer número de la Gazeta de Caracas, en el que se ponderó la importancia y la excelencia del nuevo arte y su valor para la provincia. En la Capitanía General de Venezuela se instaló otra imprenta en la ciudad de Cumaná. El licenciado Miguel José Sanz recomendó que se instalara otra imprenta en Caracas. Para octubre de 1810 inició sus actividades de impresión la de Baillío y Delpech. Esta sociedad sólo duró un año y prosiguió sólo con Juan Baillío. Simón Bolívar y José Tovar habían traído una imprenta que se instaló en Caracas. Para febrero de 1812 se colocó un taller de impresión en Valencia, a cargo de Juan Gutiérrez Díaz.

Entre 1808 y 1810, el redactor principal de la Gazeta de Caracas fue Andrés Bello (1781-1865).

Entre 1808 y 1810, el redactor principal de la Gazeta de Caracas fue Andrés Bello (1781-1865).

     No obstante, fueron muy pocos los talleres de impresión que se instalaron en territorio venezolano. La mayoría de impresos fueron de talante político. De estos talleres salieron periódicos, semanarios, hojas sueltas, folletos y libros de interés para la historia política de Venezuela. Los temas variaron en la puja por el control de la provincia de Caracas entre patriotas y realistas. También en ellos se encuentran las argumentaciones y reflexiones alrededor de la Independencia frente a las pretensiones de la corona española.

     Para la edición del 6 de agosto de 1811, la Gazeta de Caracas incluyó el texto de la Ley de Imprenta, sancionada por la Sección Legislativa de Caracas, en la que se subrayó que la imprenta era el instrumento más fiable para comunicar las luces del conocimiento, y la facultad individual de los ciudadanos para hacer públicas sus ideas políticas y reflexiones.

     Con esta aseveración se refrendaba uno de los propósitos del liberalismo político como lo era la libertad de opinión, y con la que se podría hacer frente a todo tipo de arbitrariedad de los gobernantes. Se agregó, además, que el producto de la imprenta era imprescindible para ilustrar a los pueblos en sus derechos y el único camino para alcanzar el conocimiento de la verdadera opinión pública.

     Entre los que dirigieron los asuntos relacionados con la Primera República participaron de modo entusiasta en todo lo que se produjo en los talleres de Caracas, Cumaná y Valencia. Fueron varias las publicaciones en forma de libro o folleto, una iniciativa propiciada por ellos. Quizá, fueron los periódicos donde aparecieron la mayor cantidad de argumentaciones políticas que sirvieron de base para las realizaciones políticas. La hoja suelta sirvió para dar a conocer información que debía circular de manera presurosa y superar demoras que con equipos de técnica deficiente retrasaban la impresión de los periódicos.

     El único medio impreso que existía en el mes de abril de 1810 en la Capitanía era la Gazeta de Caracas, en cuya página principal aparecía un lema escrito en latín y que rezaba: “la salud del pueblo es la suprema ley”. La edición del 25 de abril corrió a cargo de quienes desconocieron la regencia como gestora de la política en Venezuela. Un fragmento de los razonamientos esgrimidos fue que la Gazeta de Caracas había estado destinada a propósitos que ya no estaban de acuerdo con el espíritu público de los habitantes de Caracas. Ello sirvió para indicar que el espíritu que se iba a restituir era el carácter de franqueza y sinceridad que debía tener, para que el pueblo y el gobierno lograra con ella los benéficos designios que han “producido nuestra pacífica transformación”.

     En combinación con este escrito apareció el primer artículo de talante doctrinal cuyo título fue: “Sin virtud no hay felicidad pública, ni individual”. En un número anterior Vicente Emparan y Orbe publicó un “Manifiesto”, con fecha 7 de abril, donde intentó calmar los ánimos de los habitantes de la comarca, en virtud de los fracasos de las tropas españolas contra los franceses, y con la exhortación de continuar bajo los auspicios de la legislación colonial. Ya en números precedentes se incluyeron los donativos que, a instancias del marqués Casa – León, debían recabarse para ayudar a la península en su lucha contra el “usurpador universal”, tal como se calificó a Napoleón por estas tierras.

De la imprenta de Juan Baillío saldrán periódicos fundamentales para el país como: El Publicista de Venezuela, que circuló en 1811 y donde se publicó ese año el Acta de la Independencia.

De la imprenta de Juan Baillío saldrán periódicos fundamentales para el país como: El Publicista de Venezuela, que circuló en 1811 y donde se publicó ese año el Acta de la Independencia.

     De igual manera, aparecieron las “Instrucciones para elegir diputados a las cortes de España”. También se mezclaban noticias de triunfos de españoles en batallas contra las huestes napoleónicas. Sin embargo, se intercalaban con escritos de ingleses que veían con preocupación el escaso avance de los españoles contra las iniciativas de Napoleón y los suyos. También, aparecían noticias locales relacionadas con el nombramiento de autoridades, resúmenes de gacetas inglesas, avisos mercantiles, ventas de artículos, huidas de esclavos y proyectos para la edición de otros impresos. El tono de la Gazeta de Caracas cambiaría con la edición número noventa y cinco y en la que anunció un tiempo otro a raíz de la declaración del 19 de abril del diez.

     En consecuencia, un conjunto de argumentaciones se tramó respecto al consejo de regencia y sus implicancias. Así, se puede leer una proclama, firmada por José de las Llamozas y Martín Tovar Ponte, en que se informaba acerca de la penosa situación de España en los primeros meses de 1810, luego de dos años de enfrentamiento con los franceses. En ella se indicó que la guerra, iniciada en 1808, la venían desarrollando los españoles en defensa de su libertad e independencia para escapar del “yugo tiránico de sus conquistadores”.

     Con el arrollador avance de las tropas de Napoleón por el territorio español, “los honrados y valerosos Patriotas Españoles” libraban batallas para preservar la “soberanía nacional”, pero se vieron obligados a buscar refugio en Cádiz. Al lado de esta acción, la Junta Central Gubernativa del Reino, en la que se había depositado la soberanía en disputa, debió disolverse. Junto con esta disolución se difuminó una soberanía constituida legalmente para la conservación general del Estado.

     Por esta razón, indicaron los redactores, hubo la necesidad de constituir un nuevo sistema de gobierno con el título de regencia que, no podía tener otro propósito que el de preservar la vida de los pocos españoles que habían escapado del yugo francés. La regencia no representaba los intereses de la nación porque no se constituyó con el voto general de quienes tenían la potestad de justificarla. A lo largo de 1810 en las páginas de la Gazeta de Caracas aparecieron un compuesto de argumentaciones alrededor de la ilegitimidad de la regencia, la reclusión de Fernando VII y en manos de quienes estaba la representación de la soberanía.

     La cantidad de razonamientos vertidos en sus páginas, después de la edición 95, fueron afinando la necesidad de romper el nexo colonial. Unos catorce meses después, en la edición del 9 de julio de 1811, apareció en la primera página el titular: “Independencia de Venezuela”. Si se observa con atención los distintos escritos que se dieron a conocer luego del 19 de abril, se puede constatar que lo asumido en 1810 ya anunciaba la ruptura con la sociedad progenitora. Otros impresos, de corte doctrinario, en especial, conformaron argumentos a favor de la emancipación. El Semanario de Caracas, El Patriota de Venezuela, El Mercurio Venezolano y El Publicista de Venezuela confirman la actitud que se fraguó desde 1810 entre algunos caraqueños. En sus páginas, al igual que en la Gazeta de Caracas, se publicaban textos del irlandés William Burke que defendía airadamente el derecho de la América española a independizarse.

     Si la intención de las autoridades coloniales fue la de establecer una imprenta en la Capitanía General de Venezuela, para contrarrestar la información de sus enemigos, como efecto no deseado ella sirvió de espacio para el convencimiento de un grupo de venezolanos a favor de la Independencia. En el mundo moderno la imprenta se convirtió en un agente de cambio y no un cambio por sí misma. Aunque se debe tomar en cuenta que no todos los individuos de este período sabían leer. La lectura colectiva fue una opción, además en tabernas, posadas, plazas, iglesias se transmitían informaciones por vía oral. Uno de los aspectos de gran relevancia en el mundo y que ayudó a la generalización de impresos fue gracias al uso del papel y la paulatina sustitución del pergamino, más bien de uso para ediciones lujosas. Es necesario dejar claro que las iniciativas de emancipación surgieron entre habitantes de la provincia de Caracas, a las que se agregarían otras provincias y que la Gazeta… se tiene como pionera en la divulgación de las informaciones a su alrededor. Lo que la convierte un testimonio fundamental para aproximarnos a los razonamientos y acciones que se desplegaron para lograr la Emancipación.

San Pablo y la sanpablera

San Pablo y la sanpablera

La iglesia de San Pablo surgió en la recién fundada Santiago de León como un voto a raíz de la tremenda epidemia de viruela de 1580.

La iglesia de San Pablo surgió en la recién fundada Santiago de León como un voto a raíz de la tremenda epidemia de viruela de 1580.

     “La iglesia de San Pablo surge en la recién fundada Santiago de León como un voto a raíz de la tremenda epidemia de viruela de 1580. La calle que lleva al templo aún no tiene nombre. Arranca de “la esquina de María Zavala y Francisco Infante” y es una de las tres calles largas que corren de norte a sur. Se mandó empedrarla en 1603. Junto a la iglesia fue establecido un hospital.

     Al frente se extendía una plaza en cuyo centro había una fuente. De la iglesia de San Pablo era sacada en procesión Nuestra Señora de la Copacabana – en muy ricas andas de plata a fines del siglo XVIII – para impetrar lluvias al cielo. Por haberse deteriorado la fuente, en 1771 se ordenó suplantarla por otra que había estado en la Plaza Mayor. Cuando el viajero Francisco Depons visitó la ciudad a comienzos del siglo XIX, la plaza no le causó buena impresión: “su única regularidad consiste en su forma cuadrada, y su único adorno es la fuente colocada en el centro. No está embaldosada ni allanada”. Más tarde tendrá pavimento de lajas.

     Cuando en 1844 se instaló en la plaza una fuente de mármol, donación de Juan Pérez, la vieja fuente de la Plaza Mayor fue trasladada a San Jacinto, luego a Antímano y finalmente a La Vega. Hoy se cree que sus restos están en una casa particular. La nueva fuente de Juan Pérez representaba una india, armada de arco y de carcaj. De entre el adorno de plumas que tenía en la cabeza surtía el agua. Esta india había de pasar a una gruta artificial sembrada de animales de metal, de figurillas humanas, de casas, molinos y cascadas, todo a manera de enorme nacimiento que atrajo a varias generaciones de niños a la Plaza de la Misericordia.

     Años después de ser remodelada aquella plaza, un entusiasta por nuestras cosas del pasado rescató de una pedrera en El Calvario trozos de la estatua. La cabeza con su penacho había desaparecido.

     San Pablo tuvo árboles un tiempo. Cierta mañana amanecieron cortados por manos criminales. En el lugar de la fuente se erigió una estatua al general José Tadeo Monagas. También el militar y expresidente hubo de ser removido.

     La plazuela –a ella daban las casas de los Salías y de los Monagas– fue en 1814 lugar de ejecución de los patriotas condenados por Boves. Luego volverá a ensangrentarse en las rudas contiendas civiles. Tabernas, garitos y casas de lenocinio se multiplicarán por las cercanías, lo que habrá de provocar otra clase de turbulencias. Así nace, entre batallas y trifulcas, y se fija para siempre la caraqueñísima palabra sanpablera, sinónimo de zipizape. San Pablo Ermitaño, en cuyo honor fue creado el templo, seguramente esperaba mejor recordación.

     El presidente Guzmán Blanco, por si fueran pocos los encontronazos que había provocado con la Iglesia, ordenó el derribo del templo de San Pablo para levantar un teatro en su lugar. A pesar de que el caudillo ironizaba, asegurando que no era profanación, “pues el arte dramático estuvo exclusivamente, y por mucho tiempo, en poder de los clérigos”, en desagravio hizo construir la basílica de Santa Teresa. Allá fue la venerada imagen del Nazareno de San Pablo a la cual atribuye la devoción popular, entre otros prodigios, el de haber hablado al artífice que la esculpió.

El presidente Antonio Guzmán Blanco ordenó el derribo del templo de San Pablo para levantar un teatro en su lugar, el cual se conoció inicialmente como Teatro Guzmán Blanco, luego denominada Teatro Municipal.

El presidente Antonio Guzmán Blanco ordenó el derribo del templo de San Pablo para levantar un teatro en su lugar, el cual se conoció inicialmente como Teatro Guzmán Blanco, luego denominada Teatro Municipal.

     Los trabajos para el teatro, conforme al proyecto de Esteban Ricard, se iniciaron en 1876 y en medio de contratiempos, abandono y modificaciones hubo de prolongarse hasta fines de 1880. El Teatro Guzmán Blanco, “que con su magnificencia está a la altura de los mejores que existen en América”, y cuyo costó se elevó casi al millón de bolívares, fue entregado oficialmente el 1° de enero de 1881.

     Para el estreno había sido contratada una compañía lírica italiana que, en realidad, no resultó muy brillante. La obra elegida para la solemne ocasión era tal vez Hernani, y la fecha, el 3 de enero. Pero San Pablo fue siempre lugar de tropiezos. Hubo retardo “por indisposición de la nonna”, y al fin, según dice el anuncio del Diario de Avisos, “el inmortal Trovador del maestro Verdi es la partitura con que se abrirá la presente temporada”, el día 4 por la noche.

     Desde aquel momento, el Teatro Municipal, llamado así cuando Guzmán pasó a la historia, había de ser el mayor centro musical, dramático y coreográfico de Caracas. Por no citar sino lo que también pasó a la historia después de un brillo deslumbrante, allí deleitaron a la concurrencia el piano de Teresita Carreño, las danzas de Ana Pavlova, el patetismo de María Guerrero, la voz de Tita Rufo.

En 1859, durante la Guerra Federal, hubo en la plaza San Pablo un enfrentamiento militar entre liberales y conservadores. Ese hecho sería denominado luego como La Sampablera.

En 1859, durante la Guerra Federal, hubo en la plaza San Pablo un enfrentamiento militar entre liberales y conservadores. Ese hecho sería denominado luego como La Sampablera.

     San Pablo, reducto caraqueño al fin, unía y mezclaba en forma despreocupada lo selecto y lo popular. Frente al ilustre coliseo, en la plazuela, se apiñaba la multitud cada año en alegres danzas de carnaval. A espaldas del teatro, en la actual Plaza Miranda, hubo un mercado. Su edificio de metal cobijaría más tarde a El Molino Rojo, lugar de bailes y de sanpableras. Frente a esa misma plaza se instaló la primera planta eléctrica de Caracas, que el 24 de julio de 1883, centenario del natalicio de Simón Bolívar, había de iluminar con arcos voltaicos el teatro guzmancista y los alrededores del Capitolio.

     En 1897, bajo el gobierno de Crespo, se colocaron varios hermosos relojes en la ciudad. Uno de ellos fue instalado en la esquina de San Pablo. Entre esa esquina y la de Mercaderes, casi a la sombra del Municipal, funcionó el Salón Apolo donde eran ofrecidas las primicias del cinematógrafo y se exhibieron figuras de cera. Una muy impresionante representaba al Libertador en la agonía. 

     Frente al teatro fue construido mucho más tarde el Hotel Majestic, de fea arquitectura. No duró mucho. Contra él y otros edificios cercanos se estrenó una moderna versión del ariete, la enorme y pesada bola para demoliciones. La muerte del Majestic a fuerza de porrazos fue un espectáculo. Nacía la Caracas moderna.

     Cuando progresan las obras del centro Simón Bolívar, desaparece la Plaza de San Pablo. El reloj de Crespo se trasladará a El Peaje, en El Valle. La fachada del Municipal es mutilada. El teatro, remendado anacronismo sumido entre nuevas construcciones y ya insuficiente, abre sus puertas de tarde en tarde. Lo único que parece recobrar verdadera vida el Miércoles Santo es la devoción por El Nazareno, pero desde hace mucho tiempo se le llama el Nazareno de Santa Teresa.

     San Pablo y todo lo que allí surgió o por allí ha pasado son apenas sombras, prontas a desvanecerse”.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

Revista Líneas. Caracas, Núm. 113, septiembre de 1966

El ballet de las estatuas

El ballet de las estatuas

Caracas Cuatricentenaria

La primera estatua fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india.

La primera estatua fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india.

     “Cuando caía el velo que cubría la estatua y cuando el orador de orden terminaba su encendido elogio, que daba la impresión de que allí se había plantado un recuerdo para siempre. En Caracas ese “para siempre” ha sido con frecuencia pasajero.

     Nuestras estatuas podrían tomarse como expresión de dinamismo de la metrópoli. De su intenso dinamismo urbanístico, pero también de su dinamismo histórico, con todas las incidencias políticas, emocionales o simplemente caprichosas.

     La primera estatua de la que tenemos noticia –¿hubo otras acaso? – fue la escultura donada por don Juan Pérez, en 1842, para una fuente en la Plaza de San Pablo. Era de mármol blanco y representaba una india. Cuando el lugar fue transformado, pasó la india a la Plaza de la Misericordia de donde fue removida tiempo después. El descuido y la indiferencia acabaron con ella. Hoy quedan apenas unos fragmentos.

     Guzmán Blanco, en el vértigo de su propia exaltación, se hizo erigir estatuas en vida. A Caracas le tocarán dos. Una ecuestre, sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante. La otra se levantó en la colina de El Calvario. Con menos respeto fue bautizada Manganzón. Un día, las turbas las derribaron. De paso derribaron también la del padre del Ilustre, Antonio Leocadio Guzmán, que parecía perorar incansablemente en la Plaza de El Venezolano. El Venezolano, con mayúsculas, dicho sea de paso, no era Antonio Leocadio sino su periódico. Joaquín Crespo restituyó la estatua al mismo lugar, más conocido por los caraqueños como la plaza del mercado. Allí estuvo el demagogo hasta que lo llevaron a la Cota 905 para que se aireara después de tan largo vaho de recuas, verduras y ventorrillos.

     En 1935 las turbas echaron por tierra, en la Plaza de Catia, el busto de Juan C. Gómez, don Juancho, quien para su corta inmortalidad no contó con más méritos que haber tenido un hermano llamado Juan Vicente y haber muerto acuchillado Dios sabe por quién.

     Los hermanos Monagas, próceres de la Independencia, presidentes, tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, emancipador de esclavos, contempló por muchos años el vaivén de la sociedad caraqueña que acudía a las funciones del teatro Municipal y el del populacho que se agolpaba a sus pies en los bailes de carnaval. La de José Gregorio, en la Plaza de La Candelaria, mostraba al héroe en un esguince de cadera impropio del guerrero que reclamaba para sí el título de primera lanza de la República.

     Igualmente, efímera resultó la estatua de Ezequiel Zamora que, desde la Plaza de Capuchinos, sable en la diestra, amenaza con gesto feroz al barrio de El Guarataro.

     El Descubridor, el Fundador, el Precursor, el Libertador, el Gran Mariscal no han pasado, pero han sido andariegos. Al norte de la Plaza López, simbólica pero incómodamente asentado en un remedo de carabela, Cristóbal Colón, cara al oeste, señalaba con la mano hacia el plus ultra. A sus pies, en la triangular Plaza España, estuvo el busto de Cervantes. Colón, desplazado por un cuartel de bomberos, fue instalado en Los Caobos. La avenida Urdaneta empujó a don Miguel hasta El Calvario.

Una escultura ecuestre, de Antonio Guzmán Blanco, con sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante.

Una escultura ecuestre, de Antonio Guzmán Blanco, con sombrero en mano, fue instalada entre el Capitolio y la Universidad. Por el gesto del sombrero le llamaban Saludante.

Durante algunos años, los hermanos Monagas tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, frente al teatro Municipal y la de José Gregorio, en la Plaza La Candelaria.

Durante algunos años, los hermanos Monagas tuvieron sendas estatuas. La de José Tadeo, frente al teatro Municipal y la de José Gregorio, en la Plaza La Candelaria.

El busto de Miguel de Cervantes estuvo originalmente en la Plaza España antes de ser trasladado al Calvario.

El busto de Miguel de Cervantes estuvo originalmente en la Plaza España antes de ser trasladado al Calvario.

     A Diego de Losada le erigieron un busto cerca de Pagüita. Desapareció por muchos años. Ahora, al iniciarse el año cuatricentenario, lo replantaron al norte de la ciudad.

     A la sombra del Panteón descansó por largo tiempo, sobre su pedestal del cal y canto, Francisco de Miranda. Hace poco bajó hasta la Plaza Miranda, antes Plaza Bermúdez y mucho antes Mercado de San Pablo. Lo pusieron en un audaz andamio de vigas de hierro. Como era de esperar, chocaron en seguida lo tradicional y la osadía innovadora. Hoy está el Precursor sobre un pedestal de mármol.

     Donada a Caracas por la Colonia Siria, una estatua del Libertador recibía y decía adiós, al final de Caño Amarillo, a los ajetreados pasajeros del Ferrocarril de La Guaira y del Gran Ferrocarril Alemán. Hoy sustituye a Manganzón en lo alto de la redoma de El Calvario. El Ilustre Americano, que en una medalla hizo anteponer su efigie a la de Bolívar, dirá, –si las ánimas inmortales practican la resignación–: ¡A mucha honra!

     En las escalinatas que daban acceso por el sur a la vieja Universidad, hubo otra estatua del Libertador, junto a la cual solían hacerse retratar los recién graduados. Hoy está al oreo de las brisas en Porlamar.

     De la colina de El Calvario descendió una estatua de Antonio José de Sucre para trasladarse a Maracay. La capital enmendó casi enseguida el error a un extremo del entonces puente 19 de Diciembre. El magnánimo y ponderado vencedor de Ayacucho apareció allí, cabeza baja y espada en alto, embistiendo con furia de coracero. Todo este ímpetu fue llevado luego a Catia.

     En la minúscula y desaparecida Plaza de San Lázaro, hermanados en el sacrificio supremo, los neogranadinos Girardot y Ricaurte coronaban un pedestal de mármol blanco. La transformación de la ciudad llevó al grupo a un lugar más adecuado, al centro de la Avenida Nueva Granada. Pero fueron tantos los topetazos de los vehículos trasnochadores, que los héroes de Bárbula y San Mateo se apartaron discretamente a un lado.

     La mujer desnuda, erguida en lo alto de un macizo de chaguaramos, ha sido, es y será “la india de El Paraíso”. La figura, de perfil clásico, antorcha de la libertad en una mano, olivo de paz en la otra y en la cabeza el gorro frigio, resulta cosa extraña al mundo de los indios. Parece simbolizar, más bien, a la República triunfante. Todo esto, con bajos relieves, cóndores y las tres matronas que representan a la Gran Colombia, en estos mismos días retrocedió cerca de dos kilómetros, hasta un extremo de la Avenida La Paz.

     Jorge Washington, el brazo extendido, la mirada hacia la cumbre del Ávila, fue testigo imposible de la mudanza. El ya se había mudado de la vecindad del Teatro Nacional hasta casi el confín de El Paraíso.

     A ambos lados de la “india” montaban guardia el patricio colombiano Camilo Torres y el haitiano, amigo de Bolívar, Petión. Camilo Torres pasó a hacer compañía a Girardot y Ricaurte. Petión fue colocado en el parque El Pinar.

     Hasta el ángel que remataba la Avenida de El Paraíso dio un corto vuelo para posarse en un extremo de la Plaza 19 de Abril. Allí, con las alas extendidas y con su trompeta, parece dispuesto a lanzarse de nuevo al espacio para recordarnos que el “para siempre” de las estatuas es cosa movediza en Caracas.

FUENTE CONSULTADA

  • Revista Líneas. Caracas, N°115, noviembre de 1966.

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