Esto no debe olvidarse

Esto no debe olvidarse

Los métodos de tortura que aplicó Pedro Estrada durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez

Por Juan Vené*

Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

Una de las torturas más terribles de la Seguridad Nacional era montar a los prisioneros sobre un ring por cinco días con sus noches, sin comer ni beber agua.

     “Martín Rangel y Luis Antonio Malavé Zerpa, por casualidad coterráneos de Tucupita, son dos de los cuatro estudiantes que el diez de octubre de 1949 fueron apresados y enviados a las Colonias Móviles de El Dorado; junto con diecinueve hombres más acusados de conspirar contra el Gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Los otros dos fueron Carlos Guerrero y J. J. Parra.

     Y es que, desde finales de 1948, hasta el veintitrés de enero de este año de la liberación, Rangel y Malavé Zerpa estuvieron paseando de cárcel en cárcel, en el exilio o escondidos.

     La historia de estos dos valientes de la oposición es contada por ellos señalando siempre que “no tiene importancia” e insistiendo en que solamente hemos puesto un “puntito de cuanto hizo Venezuela por bajar de sus sitios” al presidente de Michelena, al ministro del Interior con delirio de grandeza y al taciturno Pedro Estrada.

     Recuerdan ellos ahora cuando estuvieron montados sobre el ring de Seguridad Nacional por cinco días con sus noches, sin comer ni beber y sienten escalofrío aún al relatar el tiempo que permanecieron acostados en panelas de hielo y amarrados en un solo grupo de nudos en mecate, con manos y pies unidos.

Cuatro años sin ver sol

     Para Martín Rangel, quien a los veinte años ya estudiaba segundo año de medicina en la Universidad Central, la lucha contra el gobierno de Pérez Jiménez fue preparada indirectamente por los cuatro mil hombres que se movían como autómatas bajo las órdenes de Pedro Estrada. Desde enero de 1949, cuando abandonó sus estudios al ser apresado por primera vez en Dabajuro, Estado Falcón, Rangel observó cómo los llamados “detectives” de Seguridad Nacional llevaron a las cárceles de todo el país a millares de víctimas que no trabajaban absolutamente en actividades de conspiración.

     –La última vez que me secuestraron –relata Martín– fue en julio de 1954. Dos hombres armados de pistolas empujaron sus armas contra mis costillares en la esquina del Cují y me golpearon para llevarme a la Seguridad Nacional, que aún estaba en El Paraíso. Después de torturarme en todas formas me enviaron a la cárcel del Obispo. Allí estuve hasta el veintitrés de enero en la madrugada, cuando la manifestación de miles de personas nos sacó de entre las rejas.

     Entonces Martín Rangel recuerda su trabajo de observación dentro de la cárcel. El mismo proceso de estudios y de conversaciones que había seguido en Guasina, en Sacupana, en todas las cárceles a donde fue conducido.

     –En el Obispo –observa el estudiante– conocí algo más de tres mil presos de los llamados “políticos”. Era la gente que la Brigada de Miguel Sanz enviaba a la sección “A” de ese penal. Habitualmente había unos cien o más hombres allí, muchos de los cuales eran expulsados, enviados a Guasina, a la cárcel Modelo, a la cárcel de Ciudad Bolívar o puestos en libertad. Yo llegué a ser muy pronto el más veterano del penal, por tiempo en prisión.
Solamente unas doscientas trabajaban en realidad contra el régimen.

Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

Otra espantosa tortura consistía en acostar al prisionero sobre panelas de hielo y amarrarle manos y pies con un mecate.

     Martín Rangel, aun conservando su barba negra, mantenida durante los cuarenta y tantos meses de aislamiento, acarició los cabellos de su cara y entonces sentenció a la Seguridad Nacional:

     –Pero el resto de dos mil ochocientos se convertía en enemigos del Gobierno al reunirse con los otros presos y comentar las injusticias, las arbitrariedades y las torturas del servicio de Pedro Estrada. Quienes teníamos convicciones, escuela y experiencia política señalábamos cada punto importante de la situación. Los libros que subrepticiamente y por la absoluta ignorancia de los policías podíamos penetrar en las celdas, eran una llama viva de ambiente revolucionario. A la larga, como fueron pocas las personas no lesionadas por la dureza y las injusticias, todo Venezuela conocía a fondo la inminente necesidad de despertar. El nuevo año trajo la resurrección de la bravura nacional.

     No cabe duda que las mismas observaciones de Martín Rangel, en cuanto a su vida de presidiario, la haría cualquier otro secuestrado de Seguridad Nacional. El preso inexperto, llevado a los calabozos porque vio o dijo algo, o, simplemente porque era “sospechoso”, se convertía fácil y rápidamente en un combativo venezolano, al lado de los torturados, los perseguidos y en general de todas las víctimas físicas o morales de la dictadura. 

     –Me he sorprendido –indicó Rangel– al salir del Obispo y descubrir dentro de la gente que trabajó abiertamente contra el Gobierno pasado en sus últimos meses, a muchos hombres que no eran políticos, que pudieron permanecer separados de la maquinaria  antiperezjimenista, pero que algunos meses o algunas semanas al calor de otros reclusos de Guasina, Bolívar, el mismo Obispo, o cualquier otro penal de Pedro Estrada, bastaron para instruirle sobre lo que son sus derechos y sobre lo que estaba ocurriendo entre las salas de torturas de la Seguridad Nacional en todo el país.

Del ring y el hielo a manos de un médico

     La Escuela de Maestros del Miguel Antonio Caro recibió la primera visita de los hombres de Seguridad Nacional el quince de diciembre de 1948 y ese día debutó como preso político el estudiante normalista Luis Antonio Malavé Zerpa, quien entonces apenas contaba diecinueve años de edad. Desde aquellos días, dentro del edificio de la Avenida Sucre, hoy convertido en el Liceo Militar Gran Mariscal de Ayacucho, el movimiento contra lo que se perfilaba como una dictadura definitiva, estaba planteado y definido. Y Malavé Zerpa, con una consistencia que iba haciéndose más potente con cada prisión, trabajó al lado de los suyos, como voz principal entre el alumnado.

     Por eso cuando el veinticinco de agosto de 1949 caía preso por tercera vez, estaba decidido en Seguridad Nacional que iría a las Colonias Móviles de El Dorado. Pero como a los 100 días la protesta general hizo sacar del penal de Bolívar a los cuatro estudiantes, pronto estaba viajando hacia Costa Rica como exilado político.

Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Seguridad Nacional fue una temible institución represiva que estuvo bajo las órdenes de Pedro Estrada.

     A su regreso al país con visa autorizada, el siete de diciembre de 1950, fue esperado en La Guaira y detenido a bordo del barco, por el célebre “mocho” Delgado y otros seis hombres de Seguridad Nacional. Relata entonces Malavé Zerpa el juego de los hombres de Pedro Estrada, dándole libertad por algunos días y prisión por semanas, en la desesperación por descubrir sus actividades.

     –El 25 de noviembre de 1951 –recuerda Malavé Zerpa– me torturaron, Esa noche fui apresado en Blandín, donde me había escondido. Al llegar a Seguridad Nacional recibí tal golpiza que casi perdí el conocimiento. Me preguntaban si conocía dónde estaban escondidas las bombas que preparábamos los maestros y alumnos de la Miguel Antonio Caro. En la madrugada me acostaron boca arriba sorbe panelas de hielo, con las manos esposadas a la espalda y completamente desnudo.

     Los torturadores estaban interesados en que el estudiante les informara el paradero del poeta José Rafael Muñoz.

–Nunca lo revelé y ¡claro que lo conocía! . . . sí era el director de nuestro movimiento. “Cuatro horas permanecí sobre el hielo. Ya a la hora uno no siente mayor sufrimiento, porque el cuerpo se duerme. Lo malo estuvo en que me llevaron entonces al ring. Me hicieron montar a golpes y estaba sangrando mucho. Sobre el ring es, al contrario, uno soporta hasta dos horas, pero entonces el dolor en la planta de los pies es intenso y se doblan las rodillas. No valía la pena caer, porque ellos “revivían” entonces a uno a planazos.

     Malavé Zerpa estuvo sobre el ring dos días y dos noches y lo enviaron a la Cárcel Modelo, para ser visto por un médico, quien dijo que no tenía “nada grave”. El diez de enero de 1952 fue conducido nuevamente al salón de torturas y montado sobre el ring.

–Todavía no me explico –expresa el estudiante– cómo soporté cinco días y cinco noches allí con los pies hinchados y el cuerpo destrozado. Pero hay otros que estuvieron hasta diez días. Es terrible porque no eran solamente los golpes, los planazos y el dolor en los pies, sino la falta de comida y agua. Recuerdo que el quince de enero, estando aún sobre el ring, vomité sangre y creo que ellos r2emieron que me muriera allí. Me llevaron a Blandín, donde me habían apresado y quedé en libertad. Pero otra vez caí preso a los tres días.

     Luis Antonio Malavé Zerpa es veterano de Guasina también, a donde más tarde, de allí pasó a Sacupana y, por último, a Ciudad Bolívar, de donde salí el día de la liberación.

Tortura con bolsa de plástico.

Tortura con bolsa de plástico.

El cuerpo destrozado y el alma fortificada

     Martín Rangel, quien hace nueve años era un saludable muchacho, ahora apenas a los veintinueve años siente que la vista se le acaba y una úlcera, todo producto de las prisiones, atormenta su existencia. Malavé Zerpa teme sufrir de los pulmones, perdió sus dientes en una de las agresiones y sufre de crisis nerviosas. Pero los dos, aun cuando físicamente se sienten destrozados, enarbolan, como tantos otros que fueron víctimas del perezjimenismo y del tren de persecución de Pedro Estrada, el pabellón indomable de la lucha continua que ahora caminará sobre las normas que estos nueve años ayudaron a establecer dentro del pueblo.

Rangel y Malavé Zerpa contaron sus historias a grandes rasgos sin minuciosidades, pero con la sustancia de la vida corriendo delante del chaleco protector de acero de Pedro Estrada. Insistieron en que solamente son un par de casos de los miles que hubo en el país. Y pidieron exponer que no fueron de los más torturados, puesto que no les falta ningún miembro, ni quedaron inútiles, ni perdieron la vida”.

* Nacido en Caracas, en 1929, Juan Vené, cuyo nombre verdadero es José Rafael Machado Yánez, ha trabajado en todas las fuentes del periodismo y en todos los medios posibles, además de escribir y publicar más de 20 libros. Desde de 1960 se dedicó especialmente al beisbol de Grandes Ligas

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 1° de febrero de 1958

    Isla del Burro

    Isla del Burro

    Historia, geografía y leyenda de la isla en la cual 300 hombres acumulan más de 3 mil años con las penas a que han sido condenados. El único que ha podido escapar de esta prisión fue el hampón “Petróleo Crudo”, que lo hizo poco antes del derrocamiento del presidente Isaías Medina Angarita.

    Por Cirilo Montes Zúñiga

    La Isla del Burro es la más grande de las 22 islas que tiene el Lago de Valencia

    La Isla del Burro es la más grande de las 22 islas que tiene el Lago de Valencia.

         “La Isla del Burro tiene dos historias y dos etapas. La etapa en la que se convirtió en la “isla de la salvación”, frente al tirano Lope de Aguirre, hace ya más de 4 siglos; y la otra, la que va del tirano Juan Vicente Gómez al mandato del presidente Rómulo Betancourt, cuando la más grande isla del Lago de Valencia se convierte en Colonia para Homosexuales, primero; en Cárcel para hampones, después; luego en Correccional para Menores y, finalmente, en Campo para “condenados a penas de presidio y prisión” por delitos militares. Más de 300 hombres, entre civiles y militares, purgan sentencias en estos momentos en la referida isla (1966).

         Queremos advertir que, a lo largo de este reportaje, no nos interesa el acierto o desacierto de las penas impuestas a los que hoy sufren presidio en la Isla del Burro. Carrara dijo que el “delito político no es delito”; y la historia de los pueblos latinoamericanos demuestra que en una u otra forma todos, o casi todos los militares, en este o en pasados siglos, han conspirado contra los gobiernos legal o ilegalmente constituidos. 

         Y la Historia es Maestra cuyas enseñanzas caen inexorables sobre los que mandan hoy, y mañana pueden caer en desgracia y los que hoy están en desgracia y pueden mandar mañana. El refrán del abuelo, de que los hombres somos como las gallinas, sigue vigente.

         Precisa aclarar, como mandato de honestidad, que durante la dictadura del gereral Marcos Pérez Jiménez, la Isla del Burro fue clausurada como lugar de castigos; y que ni el tirano Gómez ni el general Eleazar López Contreras la usaron como presidio para reos políticos o condenados por delitos militares. El presidente Isaías Medina Angarita la utilizó para la reclusión de hampones sin esperanzas de redención, y fue durante su mandato cuando se produjo la hazaña de Cruz Crescencio Mejías, el incorregible “Petróleo Crudo”, el único hombre que a nado se haya fugado de la Isla del Burro, ubicada en el corazón del Lago de Valencia, o Laguna de Tacarigua, tal es el nombre que le daban los naturales der la región.

         La otra fuga de prisioneros de la Isla del Burro se produjo el 24 de diciembre de 1963; pero hay rumores insistentes de que los reos no lograron su evasión en calidad de grandes nadadores como lo hiciera el terrible “Petróleo Crudo”. Pero este detalle tampoco importa para el objetivo de este reportaje, siendo la justicia o la injusticia de los hombres lo que se ocupe de aclarar las circunstancias en que abandonaron la Isla del Burro los evadidos de la Noche Buena de 1963.

    Leyendas en torno a la isla

         Así como la Isla del Burro tiene dos etapas y dos historias, también tiene dos leyendas: la leyenda de los encantamientos y los romances y la leyenda del mal, de la política y del terror. Aquella cuenta que para 1700, los nativos de la región cuando iban a emprender una caminata, tomaban antes agua de la isla del Burro, con la cual se aseguraban una infatigable resistencia para sus jornadas. Agrega la olvidada y casi desconocida leyenda que las mujeres nativas prolongaban su juventud bañándose en el Lago en noches de Luna Plena, pero permaneciendo de pie con el agua hasta la altura de los senos y las manos hacia el cielo, mientras un burro hacía oír su rebuzno de la media noche. Pereciera que, con aquel acto, se le diese al tiempo una orden de detenerse para que la mujer volviese a comenzar su vida.

         La leyenda del terror arranca en los tiempos de Juan Vicente Gómez y degenera en chismorroteo callejero. En la Isla del Burro, por la noche, se escuchan disparos de fusil, luego lamentos de prisioneros a quienes se está ejecutando. Los Viernes Santos, tristes y arrepentidos, ancianos caimanes salen del lago y ya en tierra se tienden panza arriba implorando perdones al cielo por los prisioneros que devoraron, al lanzarse al agua para recuperar su libertad. A estos “díceres y decires”, se mezcla la especie de que el gobierno actual ha depositado en las aguas del Lago de Valencia más de 100 caimanes con el objeto de que devoren a quienes intenten reconquistar su libertad. Pero esto, estamos seguros, no pasa de ser una truculencia de los enemigos del gobierno.

    Cruz Crescencio Mejías, el incorregible “Petróleo Crudo”, fue el único hombre que, a nado, se fugó de la Isla del Burro

    Cruz Crescencio Mejías, el incorregible “Petróleo Crudo”, fue el único hombre que, a nado, se fugó de la Isla del Burro.

    Las dos etapas históricas

         La auténtica realidad histórica es que la Isla del Burro fue refugio de salvación y tierra de esperanza. Frente a la isla, hundidas las botas en las aguas fangosas del Lago de Valencia, estático en la orilla, miedoso de seguir adelante, el tirano Lope de Aguirre tuvo que frenar sus instintos criminales, impotente para dar alcance a las naves en las cuales huían de sus garras las autoridades y la población de la recién fundada Ciudad de Valencia. El cargamento humano se refugió en la Isla del Burro y en otras islas, mientras el tirano saqueaba y sembraba la desolación en la ciudad valenciana.

         Escritores como Oviedo Zea, Baralt y Codazzi, consignan en sus obras este éxodo hacia la Isla del Burro. Apenas habían transcurrido –dicen– 6 años de su fundación, cuando la ciudad de Valencia fue invadida en 1561 por Lope de  Aguirre, tristemente célebre por sus inauditos crímenes, quien después de navegar once meses por el rio Amazonas descendió del Perú y tras haber cometido horrores de todo linaje en la Isla de Margarita, pasó a Borburata y luego a Valencia, cuyos habitantes abandonaron el poblado, refugiándose en las islas del lago de Tacarigua, especialmente en la Isla del Burro, sin dejar al tirano y sus hordas ninguna embarcación a la orilla del lago. Este hecho histórico que eleva a la Isla del Burro a la categoría de Isla de la Vida y la Libertad, está registrado en “Apuntes Estadísticos del Estado Carabobo, formados de orden del ilustre americano general Antonio Guzmán Blanco, presidente de la República”, edición oficial de 1875.

         La otra etapa de la Isla del Burro se inicia con Juan Vicente Gómez. Es la etapa del bochorno, la que por una jugada caprichosa le arranca a la Isla del Burro su sitial de gloria. Pero Gómez no la convierte en penal propiamente dicho, sino en Colonia, a la cual envía, en sus primeros años, a los hampones extremadamente peligrosos, ya que al final de su mandato no quedan ni ladrones, ni hampones, ni oposición política activa. El país se ha sumido en una calma que parece eterna, mientras la Isla del Burro, aparentemente, se ha quedado sin delincuentes. A la muerte de Juan Vicente, la isla es objeto de algunos trabajos y reparaciones. El nuevo gobierno intenta convertirla en un penal político, pero los amigos del Presidente lo convencen de que la medida podría resultar negativa.

    La fuga de Petróleo Crudo

         Al asumir el mando el general Isaías Medina Angarita, la Isla del Burro sigue con su status de Colonia para delincuentes Incorregibles. Es bajo este gobierno que se produce la sensacional fuga de Cruz Crescencio Mejías, alias “Petróleo Crudo”, posiblemente el más peligroso, incorregible e inteligente hampón que haya producido el bajo mundo venezolano. 

         La fuga de “Petróleo Crudo” fue recogida por los reporteros de aquellos años y llevada a los diarios con caracteres extraordinarios. Desde el presidente de la República hasta el peón del Aseo Urbano, leían y comentaban la hazaña del delincuente, quien aprovechó el impacto de su evasión para conmover a las autoridades y a la opinión pública con una promesa de redención, siempre y cuando las autoridades y la sociedad después de perdonarlo, le permitieran su antiguo puesto de ciudadano honesto en la colmena humana caraqueña.

         El llamado al perdón lanzado por “Petróleo Crudo”, causó efectos en el propio general Medina Angarita. El perdón fue concedido. “Petróleo Crudo” salió de su escondite para reincorporarse a la vida del ciudadano normal. Como despedida y epílogo a su vida, los reporteros agregaron nuevos detalles a la forma en que el ahora redimido hampón se había fugado de la Isla del Burro. Fue el acto de un hombre macho, sempiterno amigo de lo ajeno e irredento amante de la libertad. Una mañana dijo a los guardias que desearía tener alas para volar y retornar a Caracas. Un Sargento en tono burlón le dijo: “Mira, “Petróleo Crudo”, ni tienes alas ni puedes volar”. Apenas el Sargento pronunció la última palabra, el delincuente le saltó a la cabeza y de dos golpes lo dejó tendido. Dos guardias se abalanzaron, pero la fiera que “Petróleo Crudo” escondía asomó toda su ferocidad y malicia. Los desarmó y los golpeó hasta dejarlos inconscientes y se echó al agua. De la Isla del Burro pudo llegar a la Cabrera, luego a la otra isla que lleva el nombre de Pan de Azúcar. Finalmente, siempre nadando, “Petróleo Crudo” ganó tierra firme y se refugió en Caracas.

         Pero Cruz Crescencio Mejías, el que en un momento de íntima religiosidad o de fatal acto de simulación, clamó perdón para sus pecados, había muerto hacía muchos años. “Petróleo Crudo”, su encarnación aberrada, no pudo resistir las tentaciones de la vida fácil y peligrosa. Sin embargo, prevalido de la generosidad de las autoridades, consiguió un puesto en el Ministerio de Obras Públicas con 14 bolívares diarios, un gran sueldo para su escala en 1942; luego se enamoró locamente de una hermosa muchacha, con quien contrajo matrimonio, a cuya boda enviaron regalos distinguidas personalidades, incluyendo el propio presidente de la República. Seguidamente le nació un hijo y para colmo de alegrías, el hogar recibió un segundo varón. Y con toda su felicidad, Cruz Crescencio Mejías no pudo redimirse. Por las noches, al apagarse las luces, el antiguo “Petróleo Crudo” volvió a sus caminos de robo y de crímenes.

         Una noche acompañado de otros dos ladrones, “Petróleo Crudo” se introdujo en el establecimiento de Roberto Levy, llevándose varios fajos de billetes nacionales y extranjeros. Una hora después del robo se hizo presente en un baile de familia, en el cual permaneció hasta el amanecer. La coartada no podía ser más inteligente. Pero la policía, que ya había vuelto sobre sus rastros, vio la marca del fugitivo de la Isla del Burro en el delito cometido. Fue condenado a cuatro años de prisión el 13 de diciembre de 1944 por el Juez Segundo de primera Instancia, doctor Hugo Ardila Bustamante. El 1° de diciembre de 1945, a las 8 de la mañana, “Petróleo Crudo” cayó herido de 2 balazos que a quema ropa le hiciera con un revólver calibre 38 el guardia Manuel Cadenas Lobos, agente con chapa número 350, de servicio en la Cárcel Modelo.

         Antes de caer, “Petróleo Crudo” manoteó con sus largos brazos en el aire, como nadando, en un intento de coger a su matador. Murió recordando, posiblemente, su hazaña de la isla del Burro y que nadie ha repetido. La mañana de su muerte, como aquella mañana memorable de su fuga, “Petróleo Crudo” amaneció sediento de libertad. Manuel Cadenas Lobos le ordenó que entrase a la celda, pero antes que obedecer Petróleo Crudo se le fue encima, como una fiera. El guardia le hizo 4 disparos, 2 de los cuales lo condujeron a la Isla de la muerte, en el Lago de la Nada.

         Uno de los hijos de “Petróleo Crudo”, al parecer honesto trabajador, viajaba en días pasados hacia Valencia, para luego visitar por primera vez la Isla del Burro, a la cual está unido el nombre de su padre, y en donde actualmente cumplen penas largas unos 300 hombres entre civiles y militares.

    Bajo el gobierno del presidente Rómulo Betancourt, la Isla del Burro se convirtió en un penal para los reos condenados por sublevación contra el gobierno nacional

    Bajo el gobierno del presidente Rómulo Betancourt, la Isla del Burro se convirtió en un penal para los reos condenados por sublevación contra el gobierno nacional.

    Después de la muerte de Medina

         El presidente Medina Angarita fue derrocado 17 días después de la muerte de “Petróleo Crudo”. Bajo el mandato del general Medina, la Isla del Burro se convirtió, principalmente, en Colonia para homosexuales. En una época hubo más de 200 reclusos de esta especie de hombres, cuyas vidas transcurrían en un devenir de hechos muy pintorescos. Por ejemplo, los domingos, los homosexuales organizaban partidos de beisbol. Una de las novenas se llamaba “Las Nenas de Caracas” y la otra “Las Malucas Maracuchas”. Una dama que en aquellos tiempos visitó la Isla del Burro, atendiendo la invitación que le hiciera un cuñado suyo, que a la sazón era el director de la Colonia, nos cuenta que ella presenció uno de aquellos partidos de pelota, los cuales se realizaban después que las novenas contendoras, debidamente uniformadas, realizaban un desfile que iba presidido por la “Reina”, un homosexual que con una guirnalda de flores en la cabeza y debidamente maquillado, era llevado por 4 de sus  compañeros en una especie de litera.

         A la caída del general Medina, la Junta Revolucionaria de Gobierno, cedió la Isla del Burro para un Correccional de Menores, al parecer a cargo del Consejo Venezolano del Niño, establecimiento que luego fue abandonado por razones que no hemos podido aclarar. Bajo la dictadura de Pérez Jiménez, como ya hemos dicho, la Isla del Burro fue olvidada. No se la utilizó ni como Correccional, ni como Colonia ni como Prisión. Se sabe que estuvo vigilada por la Seguridad Nacional, y hay quienes aseguran que Pedro Estrada hacia preparativos para rehabilitarla y convertirla en una prisión para reos enemigos del régimen, cuando se produjo la caída de la dictadura. Durante el mandato de Pérez Jiménez se realizaron serios estudios en relación con la geografía, aspectos fluviales y geólogos del Lago de Valencia y de sus 22 islas, incluida la Isla del Burro.

     

    Conversión en penal militar

         Bajo el gobierno del presidente Rómulo Betancourt, después de haber sido refaccionada, mediante trabajos realizados por el Ministerio de Obras Públicas, la Isla del Burro se convierte en Penal para los reos condenados por sublevación contra el Gobierno Nacional.

         El acuerdo que declara su apertura está publicado en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela, número 27.263, de fecha viernes 4 de octubre de 1963, y textualmente dice: “República de Venezuela, Ministerio de Justicia, Dirección de prisiones, Número 647, Caracas 4 de octubre de 1963, 154° y 105°. Resuelto: Por disposición del ciudadano Presidente de la República y de conformidad con los artículos 1° y 3° de la Ley de Régimen Penitenciario y 29, atribución 5° del Estatuto Orgánico de Ministerios, considerando que las instalaciones de la Isla de Tacarigua, luego de refaccionadas, disponen de capacidad y servicios para recluir en ella a los condenados a penas de presidio y prisión, se habilita dicho establecimiento a los efectos previstos en los artículos 12 y 14 del Código Penal y 408 del Código de Justicia Militar. Comuníquese y publíquese, el Ministro de Justicia, Ezequiel Monsalve Casado”.

         La resolución está errada, pues crea un penal en una Isla de Tacarigua que no existe ni ha existido nunca, que no mencionan ni los geógrafos de la Colonia ni los modernos. El geógrafo Agustín Codazzi –y todos los que en Venezuela se han ocupado de la geografía–, dice al iniciar su descripción de la región, lo siguiente: “El Lago de Valencia, llamado antiguamente por los indígenas Tacarigua, está a 432 metros sobre el nivel del mar y la parte más baja a 333”. Luego señalan las otras características del lago, mencionando sus 22 riachuelos y 22 islas, incluyendo la Isla del Burro, pero sin que aparezca entre las mismas una que se denomine Isla de Tacarigua. ¿De dónde sacó el gobierno esa llamada Isla de Tacarigua a que alude la resolución? Hay que corregir, en bien de la realidad geográfica e histórica, ese error. No hay tal Isla de Tacarigua, sino un Lago de Valencia que los indios llamaban Lago o Laguna de Tacarigua. La isla a que quiso referirse la resolución, es la propia Isla del Burro.

    la Isla del Burro tiene dos etapas y dos historias, también tiene dos leyendas: la leyenda de los encantamientos y los romances y la leyenda del mal, de la política y del terror

    la Isla del Burro tiene dos etapas y dos historias, también tiene dos leyendas: la leyenda de los encantamientos y los romances y la leyenda del mal, de la política y del terror.

    Geografía de la isla

         La Isla del Burro es la más grande de las 22 islas que tiene el Lago de Valencia. Le siguen la de La Culebra, que tiene media legua de extensión; las de Caiquire y Otama, de una milla cada una; Chambergue, más pequeña que las anteriores, pero notable por su altura, pues forma un peñasco con dos cimas que se levantan 63 metros y medio sobre la superficie del agua. Menos de media milla tienen las islas de Brujita, Cura, Horno y Zorro; y algunos centenares de metros tiene Cabo Blanco, Vagre, Araguato, Pan de Azúcar, Frayle, Cucaracha, Hormiga y Cotúa y, por último, la peña que queda frente a La Cabrera. Mencionaremos, por su singularidad, la hermosa laja que se levanta sobre un fondo de granito, entre el Morro de Guacara y el Islote de Cabo Blanco, cerca de 2 varas sobre la superficie de agua, casi perpendicular, en forma de una gran masa cuadrada, perfectamente lisa y de un espesor de más de 2 pies, pudiendo considerársele como un Nilómetro natural, al cual sólo falta marcar los pies y pulgadas para que indique exactamente el aumento, o más bien la disminución anual del lago.

         Otros datos muy interesantes que encontramos en los archivos oficiales sobre el lago de Valencia y la Isla del Burro, son los siguientes: “Como el terreno que rodea al lago es sumamente plano y liso, resulta que la disminución de algunas pulgadas en el nivel del agua deja en seco un vasto trecho del suelo cubierto de limo fértil y de despojos orgánicos. A medida que el lago se retira, los labradores adelantan hacia el nuevo borde, y a la retirada progresiva de las aguas se deben las hermosas y ricas campiñas de San Joaquín, Guacara, los Guayos, Valencia, Güigüe, Magdaleno, Santa Cruz, Cagua y Maracay, plantadas de tabaco, caña dulce, café, cacao, algodón, maíz, plátanos y toda especie de verduras y frutas. La profundidad media es de 13 brazas y los sitios más profundos de 37 brazas”. El lector debe tener presente que los detalles que le hemos suministrado entrecomillas, corresponden a una realidad que vieron los geógrafos y que fueron compilados por Guzmán Blanco en 1875.

     

    Enfermedades de la isla

         Aun cuando el paisaje y ciertos elementos de la naturaleza brinden a la Isla del Burro todas las apariencias de un sitio normal y agradable, la verdad parece ser lo contrario. Se quejan los presos de sufrir de diarrea permanente, mientras por otro lado hay quejas de que una comezón desesperante ataca a los recluidos. Lo primero sería explicable por el agua, la cual parece que es llevada de Valencia, ya que la del lago no resultaría propicia para el consumo de bebida y ni para uso exterior del cuerpo humano en partes delicadas. Lo señores Boussault y Rivero, examinaron el agua del Lago de Valencia y encontraron que tenía Uno por Dos mil (1 x 2.000), de carbonato de sosa y de magnesia, de muriato de sosa y de sulfato y carbonato de cal. Este resultado de laboratorio dice la verdad sobre la calidad del agua.

         La picazón desesperante la atribuyeron los estudiosos del Lago de Valencia y de la isla del Burro, al polvillo que despiden los millones de caracoles al faltarles la humedad del agua y los cuales quedan expuestos a los abrasadores rayos solares, así que las tierras quedan sin agua. Para un conocimiento más directo de este problema, transcribimos lo que al respecto dice un geógrafo: “los terrenos de los contornos del Lago que han ido desocupando las aguas, están llenos de caracoles blancos, que casi no dejan ver otra especie de tierra que sus despojos, cuyo polvo pica tan fuertemente que hace el efecto de los pelitos de la picapica, y hay fundados motivos para opinar que no provenga de la concha de los caracoles, sino más bien del insecto que habita en dichas conchas, el cual, una vez que le falta la humedad del agua del Lago en el que ha vivido, debe morir y reducido a polvo imperceptible puede ser la causa de la gran picazón cuando las infinitas partículas llegan a la piel del hombre. Este polvillo, con el viento, llega hasta las islas, incluyendo la Isla del Diablo”.

     

    Cómo es la isla

         De Caracas a la orilla del Lago de Valencia, se toman en automóvil tres horas aproximadamente. Luego hay que tomar una chalana que mide unos 50 metros por 25. La nave se desliza por las aguas del lago y en unos 15 minutos pisamos tierra de la Isla del Burro. Aquí huele a tristeza. La libertad del hombre, aun cuando se la embalsame, se descompone y su olor penetrante e indescriptible cae al corazón y no al olfato. Aquí está el primer contingente armado: militares, marinos, hombres de la aviación y de la FAC, civiles en servicio, paracaidistas, etc., todos armados, los más con metralletas. Sigue una caminata de unos 1.200 metros, para luego los hombres visitantes entrar a un cuarto y a otro las mujeres. La requisa es una requisa de verdad. Seguidamente el encuentro con los detenidos.

         Los militares presos están en unas celdas y los civiles en unos galpones. El calor es sofocante, no obstante que la Isla del Burro es rica en vegetación. La vigilancia ha aumentad después de la fuga del grupo que se escapó la Noche Buena, entre quienes se encuentra el Mayor Manuel Azuaje Ortega y el Capitán de Fragata Pedro Medina Silva, este último cabecilla de la rebelión de Puerto Cabello, cuyo saldo trágico se eleva, según cálculos, a unos mil muertos. En realidad, la Isla del Burro, con toda su electrificación moderna, es un cautiverio triste.

         El costo de sus instalaciones llega a los 29 millones de bolívares y los hombres presos, condenados todos a penas que fluctúan entre 5 y 25 años, acumulan más de 3 mil años de “vida muerta”, pues los cautivos pasan de los 300, entre militares, universitarios, periodistas, parlamentarios y trabajadores.

         Las instalaciones de seguridad de la isla del Burro incluyen alambrado de púa, galpones con servicios sanitarios y a cada 50 metros hay garitas con dos militares armados de metralletas. En cada puesto de vigilancia hay 3 reflectores de alta potencia para iluminar una distancia de 100 metros. La mayor inversión que aquí se ha hecho es la instalación de foto-electrificación de las cercas que rodean el penal. Esta instalación es carísima y curiosa y consiste en unas campanitas colocadas a 10 metros de distancia la una de la otra. A las 5 de la tarde, tras los silbatos que ordenan que cada preso entre en su cárcel para no volver a salir, la corriente eléctrica del sistema entra en funcionamiento. Ello quiere decir que, si una persona se aproxima a las campanitas, el sistema de alarma comienza a funcionar y la cerca toda mantiene una corriente capaz de carbonizar y reducir a cenizas a todo ser viviente que la toque”.

    De Páez a Pérez Jiménez: Todos fueron adulados

    De Páez a Pérez Jiménez: Todos fueron adulados

    En 138 años de vida republicana, desde 1830 hasta 1958, se ha entablado un campeonato de frases laudatorias para los mandatarios. Desde Bolívar hasta pasar por Páez, Guzmán Blanco, Castro, Gómez y Pérez Jiménez, los más adulados.

         “La miel no le amarga a nadie. Frase vieja, pero real. Sobre todo, en Venezuela ha tenido su vigencia en todas las épocas desde Simón Bolívar, hasta pasar por José Antonio Páez, los Monagas, Antonio Guzmán Blanco, Raimundo Andueza Palacio, Ignacio Andrade, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, los más adulados. Cuando menos se pensaba los presidentes, tal vez con buenos propósitos, se inflaban como globos por el “abaniqueo”, como lo llamara alguien.

         Es un microbio que se mete por los oídos. En todas las épocas siempre ha estado presente en una u otra forma. Se ha rendido incienso de palabra a los Dictadores y Soberanos, pero también a los demás, a los democráticos. Vi besar la orla de un gabán a uno de estos últimos personajes. El corazón me dio un vuelco, adulación rastrera.

         Pero cuando ésta no existe los mismos gobernantes la fabrican. Uno de estos ministros democráticos le quitó el saludo a un amigo, sin decir por qué. Después lo supo: “porque no me has ido a ver”.

         La señora del general Falcón (muy adulado) dijo en una ocasión que Caracas era “una ciudad muy zalamera y adulante y que por lo tanto no vivía en ella”. Ha sido la primera dama más digna en nuestra historia. Despreciaba la vanidad.

         Creo que el escándalo de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP) sobre el caso de la adulación de los periodistas venezolanos estuvo exagerado. Si ellos no hacen una sesión nadie se acuerda de lo que aquellos dijeron. Son frases de almanaque. Peores eran los costosos regalos que algunos intelectuales, o no intelectuales, hacían en Navidad para los de arriba. La casa de Marcos Pérez Jiménez, de Laureano Vallenilla Planchart, de Silvio Gutiérrez, etc., parecían quincallas. Dicen que había costosas vajillas hasta debajo de las camas. Ramos de flores encima de los techos. Arbolitos de Navidad multiplicados en los parques.

         La adulación tan, peligrosa se da en todos los órdenes. He visto caballeros entrecruzarse cestas de Navidad con champaña y bombones. ¡Qué horror! ¿Y dónde está la varonía de este país? Pues era de un simple empleado a un empresario para que le sostuviera el cargo. Se adula a los millonarios, a los directores, pero ¡claro! especialmente a los políticos.

    Bolívar fue el primer gran adulado: “El Padre de la Patria, el Semidios de América, el Sol del Perú, el Pacificador, el Genio, el Hombre-Sol, el Libertador”.

    Bolívar fue el primer gran adulado: “El Padre de la Patria, el Semidios de América, el Sol del Perú, el Pacificador, el Genio, el Hombre-Sol, el Libertador”.

    Simón Bolívar

         “El Padre de la Patria, el Semidios de América, el Sol del Perú, el Pacificador, el Genio, el Hombre-Sol, el Libertador”.

         El pueblo endiosa hoy lo que ha de condenar mañana. Y viceversa. Hasta Bolívar fue su víctima más distinguida. Se quejó de ingratitud hasta su muerte.

         Cuando se le dio el título de Libertador todo Caracas lo tuvo a sus pies. Senda de rosas, vítores, alabanzas. La gente no cabía en el Templo de San Francisco. Para entonces era un real templo, con su bella fachada, estilo renacimiento, hoy desaparecida.

    –Eres nuestro libertador. ¡Viva!

         Un año después se endiosaba al terrible Boves. Y como no era oportuno que se le llevara también a San Francisco, se prefirió la Catedral, templo con más tradición y más bombo. Los mismos de ayer gritaban: ¡Oh, Boves, eres nuestro Salvador! ¡Viva!

         Con nuestro Libertador parece haberse agotado el vocabulario de los bonitos epítetos. El los analizaba rechazando en tiempos de “guerra a muerte” el de Pacificador. Una vez en un pueblo de Colombia un orador no encontraba como elogiarlo y lo llamó con estas grandes palabras: ¡Santísima Trinidad!

    A Guzmán Blanco le adulaban llamándolo “El Regenerador, el Caudillo, el Pacificador, el Ilustre Americano. Le decían: “Tú obra es más excelsa que la de Jesús porque Jesús llamaba a los niños sólo para acariciarlos y tú los llamas para educarlos y alimentarlos”.

    A Guzmán Blanco le adulaban llamándolo “El Regenerador, el Caudillo, el Pacificador, el Ilustre Americano. Le decían: “Tú obra es más excelsa que la de Jesús porque Jesús llamaba a los niños sólo para acariciarlos y tú los llamas para educarlos y alimentarlos”.

    Antonio Guzmán Blanco

         “El Regenerador, el Caudillo, el Pacificador, el Ilustre Americano. . . etc., etc.”. Su progenitor, Antonio Leocadio, al verle llegar a la Presidencia le aduló, aplicándole aquella frase del padre Eterno: “He aquí a mi amado hijo en quien tengo puestas todas mis complacencias”.

         Al inaugurar la línea telegráfica de Caracas a Petare, lo saludaron con estas inscripciones en forma de arcos: “Eres más grande que Napoleón Bonaparte, porque Napoleón fue vencido en Waterloo y tú no has sido vencido nunca”.

         “Eres superior a Moisés porque Moisés hizo manar agua de una roca y tú la has hecho brotar de todas partes”.

         “Tú obra es más excelsa que la de Jesús porque Jesús llamaba a los niños sólo para acariciarlos y tú los llamas para educarlos y alimentarlos”.

         Cuando inauguró el acueducto de Valencia, los arcos decían lo siguiente: “Habló Guzmán Blanco y las aguas cambiando su curso secular vinieron a calmar la sed de nuestros labios”.

         “Las aguas de Guataparo al llegar a Valencia murmuraron en su corriente el nombre de Guzmán Blanco”.

         “El rico, el pobre, el poderoso, el desvalido al llevar a sus labios la copa de la salud bendicen el nombre de Guzmán Blanco”. Ciertos periodistas que habían sido invitados al acto de inauguración exclamaron: “Y ahora ¿qué podemos decir nosotros? ¡Esta gente nos ganó!”

         De pronto le asqueaban las adulaciones y al recibir una de Mariano Aldrey, director de La Opinión Nacional, la tiró al suelo diciendo: “¡Hasta cuándo tantas adulancias, ¡qué tiene que hacer la América con nuestros títulos para que me llamen Ilustre Americano! ¿Regenerador, donde existe la regeneración? ¿Pacificador, qué vale eso cuando así llaman a Morillo?!”

         Los que supieron esto le hicieron la guerra a los de la “adoración perpetua”. “Viles adulantes” –los llamaban. Meses después ellos mismos entraban a formar parte del “desagravio nacional” a Guzmán, por el derrocamiento de las estatuas.

         Al empezar el año de 1887, Guzmán quiso pulsar la opinión de la prensa contraria. Aparecieron “El Yunque” y “El Fígaro”, periódicos combativos. Como empezaron a insultar de manera alarmante, Guzmán le decía al Gobernador de Carabobo: “No haga usted caso de esta prensa ni de sus escritores, ni de los que con ellos nos maldicen. Son momias de aquel odio antediluviano, fósiles del rencor de aquellos tiempos enterrados por los sangrientos triunfos de la guerra larga y sepultados con apoteosis tan gloriosa para la causa liberal como son la Regeneración, la Reivindicación, el último bienio y la Aclamación”.

         José María Vargas Vila, el escritor colombiano, fue uno de los que más le aduló. Llamó a su despotismo “el más fecundo de América”. Decía que oprimía, “pero no como una losa de sepulcro sino como un jinete oprime los lomos de un corcel indómito, al aire libre, el horizonte abierto, andando siempre, avanzando cada día y sorprendiendo con progreso el brillo de la aurora”. Y añadía esta loca frase: “impuso sobre la paz la tumba de la libertad e incapaz de romper el yugo de un pueblo se conformó con hacerlo de oro y rutilante gema”.

         Y como casi siempre pasa, con la adulación quebró la voluntad del Déspota. Cuando el poeta Rafael Arvelo estuvo caído sus amigos le instaban a rehabilitarse. E hizo una apuesta. Ya verían que con dos palabras bonitas “de adulación” él volvería a estar arriba. A los pocos días se presentó ante Guzmán a saludarlo. El Dictador lo miró despectivamente, como siempre. Y el poeta exclamó esta halagadora frase: “¡Hasta en lo malcriado se parece al Libertador!”.

         A los pocos días era Senador. La adulación, esa arma tan peligrosa, había dejado su huella.

    Cipriano Castro era “El Invicto. El Héroe Andino. El Restaurador de Venezuela. El Aclamado de los Pueblos. El paladín. El Glorioso Caudillo. El Caudillo del Sur. El Fundador de la Paz”, etc., etc., etc.

    Cipriano Castro era “El Invicto. El Héroe Andino. El Restaurador de Venezuela. El Aclamado de los Pueblos. El paladín. El Glorioso Caudillo. El Caudillo del Sur. El Fundador de la Paz”, etc., etc., etc.

    Cipriano Castro

         “El Invicto. El Héroe Andino. El Restaurador de Venezuela. El Aclamado de los Pueblos. El paladín. El Glorioso Caudillo. El Caudillo del Sur. El Fundador de la Paz”, etc., etc., etc. El gran escritor Vicente Blanco Ibáñez dijo de él: “el aguilucho voló de los Andes y llegó al mar para hacer más heroica su tierra que ya era heroica de por sí”.

         El rebelde Rufino Blanco Fombona se rindió a sus pies. Cierta vez en que Castro se quejó de que el pantalón le quedaba estrecho, díjole Rufino: “¡Cómo puede usted caber en su pantalón si no cabe en la América!”. Salcedo Ochoa, uno de los panegiristas, escribió: “¿Quién es ese hombre que así ha vencido en su patria y en el exterior por la alteza de su carácter?, me decía un americano distinguido, el cual tenía una idea triste de la América del Sur. 

         Ese hombre, señor, es un esfuerzo de mi pueblo, ese hombre es el más modesto de mi patria siendo el más fuerte –. Pero entonces, yo estaba engañado con su país. Me habían dicho que Venezuela tuvo un gran hombre: Simón Bolívar y nadie más. – Si, le contesté, pero Cipriano castro es el heredero de Bolívar”.

         Pedro María Cárdenas escribió un telegrama: “Con Castro y por Castro todo resulta bien, pues él es el bien mismo. Con castro se puede ir hasta el Averno, porque con él hasta en el mismo antro fatídico soplan resplandores de gloria”. De Carnevali Monreal: “Bolívar ambicionó la corona y no la merecía. Castro la merece por mil títulos y no la codicia”.

         El Padre Borges le dijo en una carta: “sin la gran luz de su inteligencia irradiando en las alturas del Capitolio se obscurecen todos los horizontes de la patria. El sol no crece en la noche”.

         Su ministro de Relaciones Interiores, Zoilo Bello Rodríguez, adulaba a Doña Zoila Bello de Castro en estos términos: “somos tocayos por lo de Zoila y por lo de Bello”. (Luego un escritor venezolano descubrió que ella se llamaba Zoila Martínez).

         De Alberto Fombona Palacio: “Castro como Caudillo se impuso a los Generales; como Dictador se impuso a la República; como defensor de la honra nacional se impuso al mundo; como Restaurador de la Patria cautivó la voluntad de todas las clases sociales. Sus glorias más que de él, son glorias de Venezuela. EL OPUS MAGNUN va en su diestra formidable. ¡Bátanle palmas los pueblos agradecidos!”.

    Las lisonjas a Gómez eran proverbiales: “El Benemérito, El Rehabilitador, El Benefactor, El Gendarme Necesario, El Reconstructor de Venezuela, El Caudillo de Hierro, El Jefe Supremo…

    Las lisonjas a Gómez eran proverbiales: “El Benemérito, El Rehabilitador, El Benefactor, El Gendarme Necesario, El Reconstructor de Venezuela, El Caudillo de Hierro, El Jefe Supremo…

     Juan Vicente Gómez

     

         “El Benemérito, El Rehabilitador, El Benefactor, El Pacificador, El Caudillo de Diciembre, El Gendarme Necesario, El Reconstructor de Venezuela, El Hombre Fuerte y Bueno, El Cóndor Andino, El Caudillo de Hierro, El héroe de 1908, El Cincinato de Venezuela, El Hábil Estadista, El Jefe Supremo, El Jefe de la orden del Busto del Libertador, etc., etc., etc.”.

         Grandes poetas le cantaron como el más insigne de los trovadores, Villaespesa: “porque si tú, Bolívar, nos distes las glorias de la fuera. Tú, Juan Vicente, nos distes las glorias de la paz”.

          El hombre fuerte le premió su clase con medio millón de bolívares, valía la pena. Nuestro gran poeta Arvelo Larriva glosando una expresión de Santos Chocano, le dijo una vez: “porque tú tienes de Cristo y de Mahoma”.

         Un célebre francés le escribió un artículo diciendo que las carreteras construidas por Gómez “eran las mejores del mundo”. Cuando se construyó el Acueducto del Guárico se le dijo esta frase en un discurso: “el pueblo está cerca de él y él es como Bolívar: una luz en el pueblo”.

         De El Nuevo Diario entresacamos esta frase en su loa: “hombre que se ha levantado con la aurora y baña su patria con el sudor de su frente”. De Sociales: “Actualmente se encuentra en el Hotel Alemania y le rinden homenaje más de doscientas personas que se queman ante él como el incienso. También se están quemando fuegos artificiales en su honor”.

         El general Gómez era ajeno a las adulaciones y cuando la Misión Francesa le vino a condecorar con la Legión de Honor, la recibió en el potrero de una de sus haciendas a las doce del día. Al irse le dijo el Dr. Itriago Chacín: “Pero General, ¿no cree usted que ha debido observarse un poquito más de protocolo?”. A lo que contestó el General Gómez: “lo hice expreso, para que no hubiera discursos”. De esas infinitas genuflexiones de la sociedad ante Gómez está llena la historia. No ha habido hombre más tenido ni más respetado. Un día pregunta a alguien la hora y ese otro le contesta: “¡las que usted diga, mi General!”

         Se le comparó a Bolívar y se elogió su paz: “Y mientras Juan Vicente viva, habrá paz en Venezuela a cualquier precio”. Hombre con suerte hasta merecer elogios de su hombría de muchos de los que vejó y torturó. Gómez fue el hombre que recibió más honores. Tiene un busto en Hamburgo por su “neutralidad” cuando la primera guerra europea, aunque esto no puede considerarse como adulancia.

         Gómez llegó al extremo de echarle bendiciones a los curas, antes de que los curas se las echaran a él. Cuando salía del Te Deum en Maracay repartía bendiciones a diestra y siniestra y nadie contestaba. Le gustaba que lo dejaran solo y le desagradaban las continuas genuflexiones. Una vez le dio un cargo a un conocido poeta y como éste siguiera detrás de él adulándolo, exclamó: –A este hay que quitarlo porque pasa más tiempo detrás de mí que en su cargo.

         Cuando algún caballero se presentaba en Las Delicias luciendo gabán nuevo murmuraba: ¡este es uno que anda buscando que lo nombren ministro! Y como siempre en El Nuevo Diario la frase tantas veces repetida de Gobierno en Gobierno: “los cambios que se han operado en Venezuela han sido tan extraordinarios que no tienen paralelo en nuestra historia”.

    Las exaltaciones a Pérez Jiménez eran repugnantes: “El Dictador. El Estadista, El segundo Gómez. El Nacionalista Práctico. El Gran Presidente. El Arquitecto Sabio. El Gran Urbanizador. El Coronel del Pueblo. El General.

    Las exaltaciones a Pérez Jiménez eran repugnantes: “El Dictador. El Estadista, El segundo Gómez. El Nacionalista Práctico. El Gran Presidente. El Arquitecto Sabio. El Gran Urbanizador. El Coronel del Pueblo. El General.

    Marcos Pérez Jiménez

     

         “El Dictador. El Estadista, El segundo Gómez. El Nacionalista Práctico. El Gran Presidente. El Arquitecto Sabio. El Gran Urbanizador. El Coronel del Pueblo. El General. El Nuevo Ideal”, etc., etc., etc.

         Se dice que imitaba a Gómez en muchas cosas, hasta en su preferencia de tomar agua del Castaño. Un día alguien le dijo que en todo se parecía al viejo General. El soberbio le contestó: –¡Si, pero yo soy Pérez Jiménez!

         La mayoría de sus aduladores fueron mediocres. No hay frases sonoras de talento, que queden sonando en los oídos por los fueros de la adulación. Creo que buena parte de los periodistas execrados y expulsados pudieran ser reemplazados por los que le adularon con regalos costosos y le decían a toda hora que “no había hombre más grande que él”. Son los Vallenilla, los Spinetti, los Silvio Gutiérrez, los Pinzón.

         Sin embargo, el húngaro Tarnoy le escribió el mamotreto de una biografía que le valió la administración del Hotel Jardín, en Maracay. El Dictador se ablandó.

         “El Coronel del pueblo siente la pulsación de los obreros y campesinos, su horizonte no se cierra dentro de los valles de Caracas. Pérez Jiménez sabe bien que las luces de neón que brillan en multicolor de mil maravillas sobre la capital nocturna, son solamente una decoración local. Su mirada vuela sin ondas de televisión sobre las aldeas tristes de la tierra venezolana, atraviesa los llanos, sube las montañas andinas, visita los ranchos de los pobres y quizás se encuentre alguna vez con San Agathon, que le preguntará: ¿has salvado hoy algún pobre enfermo más? Salva otro, Venezuela necesita hombres fuertes”.

         José Boada Alvins dijo en El Heraldo: “Durante los cinco años del régimen que preside el General Pérez Jiménez, la República ha vivido su época más fructífera, más venturosa. Contraponiendo a la anarquía del pasado la realización de una política administrativa, constructiva y bienhechora, el Gobierno del Nuevo Ideal Nacional ha traducido sus gestiones en un conjunto de obras de tal magnitud que como dilatada y repetidamente se ha conocido en todo el mundo, se le considera como la entidad estatal que más positivas y eficaces iniciativas ha desarrollado en beneficio de una nación”.

         Novellino y Juan Uslar Pietri lo compararon con Bolívar. Sus frases sin talento no quedaron resonando en el ambiente. Olivares Figueroa dijo: “Marcos Pérez Jiménez garantiza cuanto representa un verdadero avance, porque las iniciativas para madurar exigen comprensión y un medio propicio”. Manuel García Hernández escribió sobre las inauguraciones: “cuando las tijeras cortan las cintas para inaugurar las obras, es que se sabe de su existencia real. Desde luego que no es esto común en el mundo y menos en el suramericano e imposible en los países encuadrados en el trópico, pues aprovechan algunos gobernantes cualquier colocación de ladrillos, cualquier detalle de una construcción para exaltar sus nombres y sus jerarquías a cumbres a las cuales no pudieron llegar ni sus mismos héroes nacionales. Eso es vivir en un estado de simple mediocridad de la cual huye el presidente de la República”.

         De Humberto Spinetti: “Quienes consideran que Pérez Jiménez debe continuar dirigiendo los destinos de Venezuela entienden qué significan las autopistas, las carreteras, los edificios, la canalización de ríos y lagos. Es por eso por lo que millones de venezolanos, desde el hombre de ciencia y el hombre que cumple merecedora labor con el tractor, quieren que Pérez Jiménez continúe siendo el presidente de los venezolanos”.

         Santiago Hernández Yépez dijo que “Pérez Jiménez es un jefe de Estado ejemplar”. Cova García añade que “la disciplina, el orden, el respeto, la consideración, el mérito han logrado su puesto en esta nueva Venezuela que ha surgido al compás del tambor de la Semana de la Patria”.

         Vitelio Reyes lo llamó “el gran varón” y le dedicó dos días antes de caer el Gobierno su Biografía sobre Páez. Críspulo González Puccini habla de “la preciosa doctrina del régimen: el nuevo, Ideal Nacional. Realidad solemne en la transformación del medio físico. Dentro de esos principios actúa Pérez Jiménez”.

         Y así, tanto “El Heraldo” como “La Calle” traían cada día el elogio para sus obras públicas. Miguel Ángel García lo llamó “el hombre insustituible”. Pero para Pérez Jiménez, el hombre ansioso de oro, aquellas frases no decían mucho. Podría asegurarse que despreciaba a los intelectuales. Al principio quiso atraérselos, después los olvidó. Para él valía más una acción en una poderosa compañía o portentosos cheques de dólares que la repulida frase de un escritor. Ordenaba, eso sí, grandes ediciones informativas de su obra. A Amelita Góngora se le pagó “Trescientos mil bolívares, viajes a Europa, a cien dólares diarios con pasajes, por hacer unas pesadas y voluminosas ediciones de puras fotografías de paisajes venezolanos. ¿Es Amelita una intelectual? No, sencillamente era una cara bonita”.

         El intelectual con toda su vida de sacrificios y su talento no estaba en el programa del dictador Pérez Jiménez. Por eso algunos de sus más constantes panegiristas, como García Hernández, quedó pobre. Mientras la AVP lo execraba, el hilvanador de grandes adjetivos no tenía qué comer. Nadie lo creyó. Alguien dijo: ¿por qué venderse tan barato? He aquí el problema y el peligro de la adulancia. No hay que venderse tampoco por altos precios, porque los que aparentemente no adulaban tenían todos los contratos y todas las prebendas.

         Pero las adulaciones de los señores ministros y los “intermediarios” de jugosos negocios se contaban como arena. Se adulaba con hermosos y costosísimos regalos. A la señora de Pérez Jiménez se le envió en esta última Navidad un arbolito diminuto que costaba medio millón de bolívares. –No es posible, podría argüir alguien. –Pero sí lo es. El tal arbolito: no mayor de medio metro, estaba dotado de especialísimas bombillas y adornos. Cada uno era una cara gema: un brillante, una perla, una aguamarina, una esmeralda, un rubí. La boca se hacía agua. Pues bien, era el árbol de la adulación para la señora del hombre poderoso y uno de los tantos regalos que le enviaba el gabinete”.

    FUENTES CONSULTADAS

    Elite. Caracas, 29 de marzo de 1958

      Juan Avilán: pionero del periodismo gráfico

      Juan Avilán: pionero del periodismo gráfico

      El dirigente deportivo Jesús Berra lo condecoró por su prolongada actividad en el mundo de los deportes.

      El dirigente deportivo Jesús Berra lo condecoró por su prolongada actividad en el mundo de los deportes.

      “El “Viejo” Avilán, como se le conocía entre sus amistades de manera cariñosa, nació en Petare en el año 1896. Hijo de una familia humilde, desde los primeros tiempos en que empezara a corretear por el burgo mirandino, sus progenitores se dieron a la tarea de encauzar al joven Juan Agustín por ese camino por el cual su inquietud artística se perfilaba de manera extraordinaria. Los balbuceos profesionales de la fotografía le atraían con verdadera devoción y bajo la sabia escuela del consagrado Manuel Delhom, aprendió lo que necesitaba para dar el paso definitivo en el terreno de las gráficas fablistanes. La experiencia aprendida en las aulas de sus andanzas por la Caracas aún de techos rojos, le sirvió para que su nombre se mencionara con interés cuando de fotografías se tratara. A los quince años tan solo, después de quemar infinidad de placas en agotadores ensayos, logró la primera fotografía con luz de magnesio, en una Caracas nocturna bulliciosa y casi provinciana, con ocasión de celebrarse el centenario de nuestra Carta Magna. Era el año de 1911. De la misma manera que en aquella oportunidad, infinidad de fotografías de inestimable valor fueron tomadas por el bisoño artista, quien ya exhibía con natural orgullo la majestuosa estampa de bronce heroico en la Plaza Bolívar, en otra placa tomada desde los balcones de la Casa Amarilla. Juan Agustín Avilán se hallaba por fin de manera definitiva en ese trayecto que desde su infancia quería trasponer para llegar a donde su tesón y naturales dotes le condujeron.

           Y en “El Constitucional” por vez primera estampa bajo sus fotos ese nombre que durante 68 años ininterrumpidos avalarán avalará sus trabajos profesionales. Después pasará a “El Nuevo Diario”, donde pondrá de manifiesto su clara visión y poco comunes cualidades de periodista, trazando desde entonces las bases para la nueva escuela donde la agilidad y el continuismo de las gráficas, pondrán al reportero en condiciones de mostrar el cambio radical que se estaba operando en la prensa capitalina. Es el periodismo moderno que, al pasar de los tiempos, se hará casi perfecto hasta llegar a la madurez actual.

           Ya ha dejado de colaborar en el periódico del puertorriqueño Gumersindo Rivas, para frecuentar la casona donde Aguerrevere y Juan de Guruceaga, junto con el inolvidable Raúl Carrasquel y Valverde, están dando los últimos toques a una revista que llamarán Élite.

           Otro colaborador y fundador de la popular revista “Billiken”, el costumbrista y gran caraqueño de pintoresca e interesante vida, Lucas Manzano, lo acompaña. Para Juan Agustín Avilán, esta publicación fundada en 1919, también le es familiar y con esa experiencia adquirida en varios años de ardua labor, los editores de Principal a Santa Capilla piensan que su adquisición es casi imprescindible. Desde entonces, nuestro hoy llamado “Viejo” constituyó una institución en el periodismo gráfico, estando considerado ya como fundador de la primera revista venezolana, Élite, la cual, con sobrados méritos, se ha situado a la cabeza de todas las del país.

      Avilán nació en Petare en 1896 y falleció en Caracas a los 67 años.

      Avilán nació en Petare en 1896 y falleció en Caracas a los 67 años.

           “. . .Una revista más. . . ¿Y por qué no? . . .” Así rezaba la presentación de aquel primer número que apareció un 17 de septiembre de 1925. El teléfono de la redacción –un inefable número 200– está siempre ocupado. Por la reducida sala donde la jocosa conversación del “espadachín” Carrasquel se deja oír sobre todas, desfilan efectivamente la “élite” de los plumarios de entonces: Eugenio Méndez Mendoza, Alberto Arrieta, Fernando Paz Castillo, Francisco Pimentel, Luis de Oteyza, Pedro Sotillo, Rómulo Gallegos. . . y tantos otros que alcanzaron la gloria de los predestinados a exhibirla.

           Los comentarios de la prensa capitalina en una cordialísima pugna de alabanzas, donde aún no se conoce la envidia ni la solapada intención malsana, felicitan a los editores y al personal de Redacción: “El Nuevo Diario” . . . “El Universal” . . . “El Heraldo” . . . “Excelsior” . . . “El Sol” . . . “Fantoches” . . ., son los paladines de la hidalguía y el reconocimiento hacia un colega que hoy a los 39 años de fundado, ha visto desfilar por sus mesas de redacción a los más insignes maestros de la literatura nacional y continental.

           Junto a éstas está inolvidable uno de sus fundadores, Juan Agustín Avilán, el amable “Viejo”.

           La madurez del Maestro está en su cumbre. Un año después de la muerte del general Juan Vicente Gómez, a mediados de 1936, junto a Luis Barrios Cruz, funda con tan amplios conocimientos en esa materia, un diario. 

      En 1911, a los quince años, después de quemar infinidad de placas en agotadores ensayos, logró la primera fotografía con luz de magnesio.

      En 1911, a los quince años, después de quemar infinidad de placas en agotadores ensayos, logró la primera fotografía con luz de magnesio.

           Se llama “Ahora”, dando de manera definitiva el espaldarazo profesional al periodismo venezolano con una nueva tónica, donde con su evolución abre definitivamente las puertas al profesionalismo, desterrando para siempre los manidos moldes de la factura provinciana. Ocho años más dedica sus esfuerzos al mejoramiento del periodismo, mostrando la maravillosa concepción de sus fotografías y rodeándose de una juventud que espera conocer de él lo que con tanto entusiasmo aprendiera en el arte de Lumiere.

           Y en el año 1943, junto a otro veterano en el deporte –que también constituyó su primordial afán profesional– Herman Ettedgui ponen en circulación la revista “Mundo Deportivo”, un semanario distinto, profusamente documentado, con numerosas fotos sobre deportes, donde ambos ponen de manifiesto los amplios conocimientos en este renglón que tanto arraigo ya tiene entre los venezolanos. Mucho les debe Venezuela a estos dos esforzados paladines del deporte, que, en escalas distintas, pero en un mismo paralelo, supieron ensalzarlo con sus valiosas colaboraciones.

      Esta foto es una manifiesta demostración de la capacidad profesional del maestro Juan Avilán .

      Esta foto es una manifiesta demostración de la capacidad profesional del maestro Juan Avilán .

           Tras un breve paréntesis, después de cinco años de labores, vuelve Juan Agustín a aparecer en “La Fusta”. Habrán de pasar varios años con estas actividades, hasta que hace escasamente dos, decide someter su nervio a un merecido descanso, entreteniendo sus ocios en una casita que ha adquirido en el vecino punto litoralense de Camurí. Muchas veces lo hemos visto bajo la flor de cayena leyendo sosegadamente, extasiándose con el bello paisaje donde tuvieron asiento las bravas comunidades indígenas.

           Acaso pensara en sus andanzas por tierras de la patria o el extranjero, sus afanes artísticos y sus luchas profesionales, sonriendo al recuerdo grato de sus pioneras aventuras cinematográficas, cuando al igual que el inquieto Lucas Manzano con aquel film –casi prehistórico– “La Danza de las Cayenas” también él ensayó el éxito en la pantalla de plata con otro trasunto de rancio sabor hogareño: “El relicario de la abuelita”.

           Murió el “Viejo” Juan Agustín Avilán!!

           En su bolsillo un rollo fotográfico; en su rostro la serena expresión de la bondad y en el recuerdo el imperecedero cariño de los que tuvimos la inmensa fortuna de haberlo tratado.

           No pudo siquiera disfrutar del último retrato que hiciera en el Litoral. A las puertas de su hogar, en la Caracas que tanto amara, cayó fulminado. Sus ojos dejaron de ver los cielos serenos de la patria y el cerebro se negó a concebir la idea creadora de su arte. Un derrame cerebral ha privado a Venezuela de un artista que supo iluminar a centenares de fotógrafos aquella senda que desde el burgo mirandino de Petare aprendió a querer con fanatismo.

           Acompañando a los restos, los rostros compungidos de muchos alumnos y compañeros de trabajo expresaban con su mutismo el inmenso dolor que les producía ese tránsito inevitable. El insustituible fotógrafo, maestro del periodismo moderno, excelente amigo y mejor patriota, inolvidable caballero para todos los venezolanos que conocieron su bonhomía, ese vacío será imposible de llenar, porque Avilán sólo hubo uno a quien llamábamos “El Viejo”. Y para alcanzar este cariñoso calificativo, tienen que pasar muchos años, lograr su experiencia y exhibir muchos créditos de dignidad profesional. Junto a la fosa abierta y el “aparta inferís” de la liturgia mortuoria, la plegaria muda de los que le acompañaron. Después, los cielos puros de una mañana radiante se abrieron esplendorosos inundando de sol las flores de brillantes colores que adornaron los paisajes de la patria tantas veces recorrida con su prodigioso lente. Eran las mismas que en generosa ofrenda habrían de acompañarle hasta el último recinto donde descansará bajo ellas: Juan Agustín Avilán, “El Viejo”, quien falleció en 1964, a los 68 años”.


      * Nombre que, aparentemente, es un seudónimo

      FUENTES CONSULTADAS

      Élite. Caracas, 21 de marzo de 1964

        Ellos tumbaron a Gallegos

        Ellos tumbaron a Gallegos

        El 15 de febrero de 1948, Rómulo Gallegos tomó posesión del cargo de presidente de la República de Venezuela, después de haber ganado las elecciones el año anterior. En la gráfica, de izq. a der., el teniente coronel Mario Ricardo Vargas, el presidente Gallegos, Rómulo Betancourt y el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud.

        El 15 de febrero de 1948, Rómulo Gallegos tomó posesión del cargo de presidente de la República de Venezuela, después de haber ganado las elecciones el año anterior. En la gráfica, de izq. a der., el teniente coronel Mario Ricardo Vargas, el presidente Gallegos, Rómulo Betancourt y el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud.

             “El doctor Domingo Alberto Rangel nos advierte que sólo tres personas pueden tratar con todo detalle los hechos ocurridos días antes y días después del golpe del 24 de noviembre de 1948 que derrocó al presidente constitucional, Rómulo Gallegos. Ellos son: Alberto Carnevali, quien lamentablemente está muerto, Gonzalo Barrios, cuya palabra sería interesantísima porque es muy inteligente, y Luis Augusto Dubuc. De entre los tres, nos da el teléfono de Barrios.

             Y arrellanados en el pequeño “recibo” de su domicilio, situado en la avenida Ávila de la urbanización Altamira, el doctor Gonzalo Barrios, una de las figuras civiles más prominentes de la democracia venezolana, accede condescendientemente a aclarar los puntos oscuros que quiero proponerle.

        –¿Cuándo tuvieron Uds., la primera evidencia de que se conspiraba?
        El 20 de octubre de 1945, –responde con acento humorístico.

        –¿Cuándo empezaron a dudar de Marcos Pérez Jiménez?
        En la misma fecha, ¡o un poco antes!

        –¿Por qué no lo eliminaron a tiempo?
        Porque en las conspiraciones debeladas antes, no aparecía clara la mano de Pérez Jiménez.

        –¿Las guarniciones del interior apoyaban el golpe o estaban con el gobierno legítimo?

             Las guarniciones no contaban en ese alzamiento. Aquel fue un golpe de oficina, que se desarrollaba y combatía a no más de 15 metros de distancia, es decir, desde las oficinas del presidente, en Miraflores, y las del jefe del Estado Mayor, en el edificio de enfrente.

             Sólo dos guarniciones tuvieron cierta notoriedad esos días: la de Maracay, cuyo comandante era Jesús Manuel Gámez Arellano, quien estaba al lado del presidente, y la de La Guaira, cuyo jefe era Tomás “Mono” Mendoza, uno de los principales y más rabiosos conjurados.

             La agitación entre los militares había empezado, según todas las evidencias, durante el viaje del presidente a los Estados Unidos. Mientras allí recibía el homenaje de admiración de las más altas instituciones sociales y culturales del mundo americano, un pequeño grupo de ambiciosos fomentaba maniobras conspirativas enfrente de Miraflores.

             “El 17 de noviembre, Gallegos fue informado de que el complot estaba a punto de estallar”, explica el líder. El “Mono” Mendoza, comandante de la guarnición de La Guaira, había invitado a un marino a alzarse y éste había reportado la invitación al presidente de la República.

             Gallegos ordenó entonces al ministro de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud llamar a Mendoza y detenerlo, pero Delgado, a cuyo amparo corría el curso de los sucesos, deslizó una proposición sibilina:

        –¿Por qué no habla usted mejor con ellos, mi presidente?

             Y Gallegos decidió hacerlo en el momento y lugar que Delgado le propusiese.

        Los tenientes coroneles Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, cabecillas del movimiento conspirativo contra el presidente Gallegos.

        Los tenientes coroneles Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, cabecillas del movimiento conspirativo contra el presidente Gallegos.

             El presidente Gallegos y los tenientes coroneles Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez, quien era jefe del Estado Mayor, convinieron en que la reunión sería en el Cuartel de caballería “Ambrosio Plaza”, en Caracas.

             El propio Gonzalo Barrios y el doctor Raúl Leoni se empeñaron en acompañar al presidente a la peligrosa asamblea, pero él se opuso tenazmente.

             Como un maestro, les habló del drama político que es la historia del país, y de las formas como la ambición y la indisciplina de los hombres de armas, han quebrantado la paz de la Nación y entrabado su desarrollo y prosperidad.

             Gallegos, indicó Barrios, “se creció” con su autoridad moral y con su palabra elocuente. Al regresar al Palacio, Delgado Chalbaud le dio un abrazo. ¡Gran abrazo!

        –¡Qué bien, mi presidente! ¡Así es como hay que hablarles a esos sujetos!

             Pérez Jiménez cargaba las manos en los bolsillos. Manoseaba internamente un papel, pero no se atrevió a sacarlo.

             ¿Qué pasó, que al día siguiente Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Llovera Páez se anunciaban en el despacho del presidente para presentar su “pliego conflictivo”?

             Se fijó una entrevista para el 19 de noviembre. El doctor Barrios asistió a ella, en su carácter de Secretario Presidencial y amigo de Gallegos.

             “Los militares visitantes fueron introducidos en el despacho presidencial y los invité a tomar asiento en un ancho sofá, adosado a una de las paredes, casi frente al escritorio del presidente”, narró el mismo secretario en una carta al biógrafo norteamericano de Gallegos, quien la publicó en su libro hace varios meses (1). “El presidente se sentó pausadamente en un sillón, separado de aquel sofá por una mesa, y a su lado ocupé otro asiento”.

             “Como guardaban silencio, Gallegos los excitó a hablar. Esperábamos que Pérez Jiménez sacara del bolsillo aquel papel que parecía ser el pliego del Ejército, y que había demostrado llevar consigo en el ‘Ambrosio Plaza’. Pero fue Delgado quien, para sorpresa nuestra, extrajo un papel manuscrito y con voz vacilante planteo:

         1°– Expulsión de Betancourt;

        2°– Prohibición de regreso del comandante Mario Ricardo Vargas;

        3°– Remoción del comandante Jesús Manuel Gámez Arellano, de Maracay;

        4°– Cambio en los edecanes del presidente; y

        5°– Desvinculación del gobierno y Acción Democrática.

        Rómulo Betancourt entre dos golpistas: Marcos Pérez Jiménez y Mario Ricardo Vargas.

        Rómulo Betancourt entre dos golpistas: Marcos Pérez Jiménez y Mario Ricardo Vargas.

             El presidente dijo que iba a contestar de inmediato tales peticiones. Señaló que, de acuerdo con la Constitución, los únicos poderes ante quienes tiene que dar cuenta de sus actos son el Congreso Nacional y el Poder Judicial, si contra él fuere incoado juicio en forma legal. “Lo que ustedes me proponen en cuanto a Betancourt es la inconsecuencia entre amigos personales y políticos, clásica en la historia de Venezuela, y en la cual no voy a incurrir por dignidad propia; el comandante Mario Vargas, compañero de armas a quien ustedes llaman simplemente Mario, es un hombre honesto y patriota, gravemente enfermo en Nueva York, y si quisiera venir a vivir sus últimos días en su patria, no sería yo quien se lo impediría por cuestión de dignidad propia; en cuanto al comandante de la Guarnición de Maracay, contra quien se ensañan Uds., porque los saben leal al gobierno legítimo, podría ser que lo removiera, pero no por imposición de Uds., respecto a los jóvenes edecanes militares que se sientan a mi mesa, no puedo renunciar al derecho de escogerlos personalmente; respecto a Acción Democrática, si le doy la espalda, además de cometer una deslealtad, quedaría expuesto a las maniobras de cualquier ambicioso, y ya no serían ustedes sino el, portero de Miraflores quien me impediría la entrada cuando quisiera. 

        Así que los dejo aquí (levantándose) para que tomen unas determinaciones conforme con mi respuesta. Mi suerte personal está echada y la de la República queda en las manos de Uds.”.

             Pasado un momento, volvió Delgado Chalbaud a la Secretaría, donde se encontraba el presidente, y dejó caer su segunda gran emoción de aquella historia. Felicitó al presidente y le anunció, trémulo, que el Ejército respaldaba y no se metería más en política, pero pedía solamente que no hubiera intervención de los políticos en el ascenso de los militares.

             Gallegos le dijo a Delgado Chalbaud:

             “Pues si es así, hemos perdido todo el día, pues mis conclusiones no son cuestiones personales sino mandato de las leyes que he jurado cumplir y hacer cumplir”.

             Y Delgado, emocionado y contrito, se retiró silenciosamente.

             Después de esta entrevista, el presidente fue llamando a su despacho a todos los militares que juzgaba leales a su gobierno. Se convenció de que no tenía apoyo. El jefe del Batallón Motoblindado, el mayor La Rosa, le dijo que su deber era resguardar la persona del presidente pero que “no le pidiera llegar al extremo de hacer armas contra sus compañeros porque habían concertado un pacto para no combatirse”.

             Algunos capitanes como Zamora Conde y Roberto Moreán Soto y casi todos los oficiales de la Casa Militar manifestaron estar al lado del presidente, pero éste leyó en los ojos de Delgado Chalbaud que había sido traicionado y que el Ejército ya no le obedecía.

             Cuando Pérez Jiménez fue al Perú en “misión especial”, fuerzas oscuras decidieron en favor de su regreso.

        Los tres integrantes de la Junta Militar de Gobierno que asumió el poder tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos: Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud Y Luis Felipe Llovera Páez.

        Los tres integrantes de la Junta Militar de Gobierno que asumió el poder tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos: Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud Y Luis Felipe Llovera Páez.

             Gonzalo Barrios cree que este es uno de los puntos más difíciles de explicar. Pérez Jiménez no podía volver sin la autorización del presidente y a éste lo presionaban sus amigos para que no decidiera el regreso. Pero Pérez Jiménez regresó de improviso y en esto jugó papel principal el ministro de la Defensa.

             “Comprendimos que habíamos perdido con ese regreso un episodio de la pelea, que iba a influir mucho en el desenlace de ella”, señaló Barrios.

        –¿Es cierto que el presidente tenía más confianza en Delgado que en su partido?

             Tenía confianza en Delgado, no hay duda. En los asuntos de índole militar, la palabra, la persuasión de Delgado era decisiva. Pero esto no quiere decir que esa confianza estuviera en pugna con la confianza de su partido. Lo que ocurría es que para la fecha había una serie de problemas políticos en los que los dirigentes del partido tenían diferentes opiniones, y no había unidad por esas mismas razones.

        –¿A quién responsabilizaría usted en primer término del derrocamiento de Gallegos: a Delgado o a Pérez?

             Delgado y Pérez eran dos naturalezas opuestas: el uno, de naturaleza escurridiza e indecisa, ni totalmente leal ni totalmente traidor. Trataba simplemente de sobrevivir. Pérez Jiménez, una naturaleza taimada, fría y que sabe esperar. Delgado despreciaba a Pérez Jiménez y le temía. Sentía que era el verdadero jefe de la máquina militar que él, Delgado, cuidaba nominalmente.

        –¿Las virtudes de Delgado?
        Era culto, cuidadoso de las formas, ajeno a crímenes y a saqueos al tesoro público.

        –¿Las virtudes de Pérez Jiménez?
        Calculador a plazo largo, taimado, impasible y paciente, como el general Juan Vicente Gómez.

             Para probar esto último, está patente su venganza lenta en las siguientes anécdotas: Sin que Oscar Tamayo Suárez lo supiera, Pérez Jiménez, desde muy temprano, era su enemigo vehemente.

             Sucedió que el comandante de la Guardia Nacional había presentado un informe estrictamente confidencial al presidente de la República sobre el aumento de los efectivos de la Guardia Nacional, para atender los servicios civiles a que la Guardia Nacional estaba destinada, y al mismo tiempo para “contrabalancear” la influencia del Ejército.

             Solo tres personas, el presidente, su secretario general y el ministro del Interior, sabían de la existencia de dicho informe. Pues bien, me sorprendió enormemente el que, durante las disputas de noviembre, una vez en el despacho de Pérez Jiménez, frente al Palacio de Miraflores, nos acusara de estar conspirando “con cierto oficial”, “para lesionar el Ejército”.

             Y sacó de una gaveta el proyecto de Tamayo Suárez y lo puso ante los ojos de todos.

             Era que en el despacho del comandante Tamayo Suárez había deslizado un capitancito, que hacía de mecanógrafo-archivero-secretario, quien le pasó copia del informe. Desde entonces quedó con la manía de que “queríamos lesionar a la institución castrense”.

        El secretario del presidente Gallegos, Gonzalo Barrios, testigo fundamental en los sucesos del 24 de noviembre de 1948.

        El secretario del presidente Gallegos, Gonzalo Barrios, testigo fundamental en los sucesos del 24 de noviembre de 1948.

             A los 9 años, después que permitió a Tamayo Suárez gozar de la vida y enriquecerse, fue cuando vino a darle el golpe que le tenía preparado desde aquel momento.

             En cuanto a Mario Vargas, a nadie temía más que a éste. Aún en Saranak Lake, donde Vargas pasaba sus últimos días por culpa de la tuberculosis, tenía un espía de su confianza controlando sus pasos, y era un capitán de apellido Sánchez, de ingrato recuerdo en los anales de aquellos momentos.

        –¿Por qué no apelaron ustedes al pueblo?
        Porque sabíamos que el pueblo sería masacrado y porque habíamos dominado tantos cuartelazos de oficina hasta aquel momento, que teníamos razón en esperar y dominar uno nuevo.

             El anuncio al pueblo de que “estuviera tranquilo”, que “todo se había arreglado”, se debió a que realmente estábamos seguros de controlar la situación conforme la habíamos controlado hasta entonces. Pero un hecho impremeditado, ¡un imponderable trágico!, echó a perder nuestra estrategia y propulsó el golpe.

             Los conjurados estaban en camino de pacificarse, al prometer el gobierno que Mario Ricardo Vargas no sería llamado. De hecho, todo estaba arreglado pacíficamente, pero el 23 en la mañana me llama Pérez Jiménez por teléfono para recriminarme.

        ¡Ahí está! ¡Esa es la forma como Uds. cumplen su palabra! ¡¡Mario Vargas vino!!

        ¡Es imposible! Nadie ha autorizado ese regreso, le respondí.

        Pues vino y está en La Guaira. –contestó Pérez Jiménez fuera de sí.

             Ocurría que Mario Ricardo Vargas había llegado en efecto para sorpresa de todos, y el comandante de la Guarnición de La Guaira, el “Mono” Mendoza, lo detuvo y le expresó su indignación porque Pérez Jiménez se había tranzado y lo había dejado a él, al “Mono” Mendoza, haciendo el papel de “bandido” de la historia.

             El 22 había venido a Caracas el comandante y había visitado al presidente para anunciarle de la Guarnición de Maracay, Gámez Arellano, su disposición de sostener a todo trance al gobierno legítimo.

             La de Vargas fue una locura. Si hubiera avisado su viaje le hubieran hecho aterrizar en Palo Negro para robustecer a Gámez Arellano. Pero cayó en la boca del lobo, y todo por actuar imprevistamente.

             El “Mono” apresó a Vargas, pero éste le solicitó que lo dejara en libertad para venir a Caracas y arreglar el asunto entre Pérez Jiménez y el “Mono”. O sea, para decidir si se daba por fin el golpe o se pacificaban los ánimos.

             Pero la presencia de Vargas en Caracas encendió de nuevo la mecha del polvorín. Los conjurados no creyeron conveniente esperar más y le plantearon a Vargas la necesidad de apoyar el golpe para decidir de una vez todos los problemas.

             Entonces Mario Vargas apoyó el golpe, teniendo, como tenía, gran ascendiente personal sobre el comandante Gámez Arellano, de Maracay, le escribió una carta de su puño y letra, ordenándole plegarse a los acontecimientos.

             La carta a Gámez Arellano fue llevada a Maracay por el mismo capitancito Sánchez que espiaba a Mario Ricardo Vargas en Saranak por orden de Pérez Jiménez.

             Esto quiere decir que, si Mario Ricardo Vargas no regresa, el “Mono” hubiera hecho el ridículo por adelantar un golpe que estaba para ese momento pacificado o aplazado.

             Explica el secretario del expresidente Rómulo Gallegos que todo está tan claro ahora, y cree que es buena labor explicar la verdad de estos hechos a Venezuela.

        –¿Por qué suspendieron las garantías constitucionales?
        No quiero decir nada que turbe la sagrada unidad de este momento, pero las garantías tuvieron que suspenderse parcialmente porque había demasiadas voces estimulando el golpe.

             El miércoles 24 de noviembre, a las 11 de la mañana, Alberto Carnevali llama de Miraflores a la casa del presidente para anunciar “que ahora si es verdad que la gente está entrando al Palacio”. Gallegos telefoneó urgentemente a Gámez Arellano a Maracay y algunos dirigentes partieron, entre ellos Valmore Rodríguez, Edmundo Fernández y Luis Lander, pero ya Gámez Arellano había recibido la carta de manos del capitán Sánchez y Mario Ricardo Vargas había apoyado el golpe.

        –¿No es duro destruir a esta hora la leyenda de la lealtad de Mario Ricardo Vargas?
        Esta es la narración verídica de los hechos.

             En resumen, fue una estrategia fracasada a última hora por causa de Vargas, quien se apareció clandestinamente con la intención de “ver qué pasaba” y “qué haría” y solo logró atemorizar más a Pérez Jiménez y hacerlo precipitar un crimen contra la Constitución, que de hecho estaba ya atenuado por la hábil estrategia de Palacio. . .”

        (1) Dunham, Lowell. Rómulo Gallegos, vida y obra. México: Ediciones de Andrea, 1957

        FUENTES CONSULTADAS

        Élite. Caracas, 22 de febrero de 1958

          Mano a mano Julio Mendoza-Eleazar Sananes

          Mano a mano Julio Mendoza-Eleazar Sananes

          Eleazar Sananes (Rubito) y Julio Mendoza (Julito), dos de los toreros venezolanos más importante de la historia, mantuvieron una enconada rivalidad que dividió al país entre “rubiteros”, que seguían a Sananes, y “juliteros”, partidarios de Mendoza.

          Eleazar Sananes (Rubito) y Julio Mendoza (Julito), dos de los toreros venezolanos más importante de la historia, mantuvieron una enconada rivalidad que dividió al país entre “rubiteros”, que seguían a Sananes, y “juliteros”, partidarios de Mendoza.

                En una travesura periodística de Carlos Eduardo Misle (Caremis), se reencontraron, muchos años después de retirarse de los ruedos, los toreros caraqueños Julio Mendoza y Eleazar Sananes, mediante un ameno reportaje de seis páginas que publicó la revista Élite, en su edición del 15 de febrero de 1964. Mendoza y Sananes acapararon el favoritismo de la afición taurina capitalina en las décadas de 1920 y 1930, por ser de los primeros toreros de nuestro país que alcanzaron rotundos éxitos en plazas de América y España.

               Los aficionados de viejo cuño recuerdan con nostalgia los “mano a mano” que estos dos toreros protagonizaron en la arena del Nuevo Circo de Caracas. En su obra “El Toreo en Venezuela” (2007), el periodista y reconocido crítico taurino, Víctor José López (El Vito), afirma que en su época Mendoza y Sananes, “eran los dos toreros venezolanos más importante, por su enconada rivalidad y porque dividieron al país entre rubiteros, que seguían incondicionalmente a Sananes, y juliteros, los partidarios de Mendoza”.

               Para la fecha del mencionado reportaje, de allí la travesura de Caremis, Mendoza se encontraba convaleciente de una intervención quirúrgica en la casa de un cuñado en Catia, y el periodista se presentó de visita junto con Sananes. Juntos, ambos matadores evocaron interesantes episodios de sus exitosas trayectorias.

               Mendoza, nacido en Caracas el 17 de agosto de 1900, falleció unos seis meses después de publicado el reportaje, el 26 de agosto de 1964. Sananes nació en Caracas el 5 de enero de 1900 y murió a los 71 años, el 25 de febrero de 1971. Este es el reportaje de Caremis: Ahora, de nuevo…Los ídolos frente a frente. El encuentro fue un mano a mano de evocaciones y sonrisas. . .

               “Cuando a Eleazar Sananes (Rubito), auténtico y perdurable ídolo taurómaco le propuse que fuésemos a visitar a Julio Mendoza, su eterno rival de los ruedos, hoy postrado por cornadas que no le han dado los toros, me contestó con viva palabra que se le sobrepuso a una mirada nostálgica:

           –¡Vamos!

               De azul intenso los ojos, pelo dorado que a los 65 años se le oscurece de rubio (!), o se le blanquea de canas muy luchadoras ante tal color, Eleazar soltó la lengua. Desbordó su locuacidad especial de amigo de mi padre, de mi abuelo, de mis tíos. De buen amigo mío. Sin precisiones cronológicas, pero con chispa de caraqueño y abundancia anecdótica, evocó su paso por las plazas de Venezuela y el mundo.

               Desde luego que aludimos también a su competencia con Julio Mendoza. Tan apasionante y rabiosa para quienes la protagonizaron, vieron o recuerdan. ¡El gran Julio! Hijo de otro matador de toros venezolanos, Vicente Mendoza (El Niño), que ya había sostenido una llamativa pugna a fines de siglo y principios del presente con Pablo Mirabal (El Rubio). Desde entonces se habían puesto las bases para competencias frenéticas entre toreros venezolanos. Con la ñapa de otro atractivo, que un torero era blanco y otro de color.

               Con caraqueños como estos la ciudad y el país se iban a dividir, entonces y después, en bandos irreconciliables: mendocistas y rubistas; primero, rubiteros y juliteros, después.

               Tales toreros salían a la plaza a matarse o dejarse matar en pos del triunfo. Y los aficionados que formaban esas banderías también se mataban. . . Por lo menos con discusiones interminables dentro y fuera de las plazas de toros.

          –¡Pero ¡qué fuerte es ese Julio, caray! –exclama Eleazar de pronto, recordando que Julio hasta hace poco seguía toreando, a pesar de las arrobas y los pitones que tiene el almanaque, inexorable.

          –Y tú no le llevas sino un año. . . –le comento.

          –Por eso mismo, por eso mismo. . . –me responde con sonrisa socarrona, que no sé por qué me recuerda la de su tocayo Eleazar López Contreras, que hasta su colega es ya que lidió aquella temporada del 35-36.

          Preocupado y a la vez complacido, Sananes toma de nuevo el capote de la palabra:
          –Me dicen que las operaciones han sido tremendas y que le viene otra. . . Pero ¡a Dios gracias!, ese Julito es de hierro. . .

          –¡Ya lo vas a ver!

               Entonces le cuento una de mis visitas a Julio Mendoza y Palma en la clínica. Y ahora se las narro a ustedes, mientras rueda el carro con “Rubito” a bordo, hacia la casa de Julio, en Catia.

          Julito le muestra a Rubito un hermoso capote de su época de torero. Observan, el historiador taurino Carlos Salas y el cronista Carlos Eduardo Misle (Caremis).

          Julito le muestra a Rubito un hermoso capote de su época de torero. Observan, el historiador taurino Carlos Salas y el cronista Carlos Eduardo Misle (Caremis).

          Julio Mendoza, posiblemente el matador de toros más popular de todos los grandes toreros venezolanos.

          Julio Mendoza, posiblemente el matador de toros más popular de todos los grandes toreros venezolanos.

          La casta inagotable que agota el papel

               El matador de toros Julio Mendoza Palma, siempre ha sido un profesional de muy desmesurada casta. Precisamente por eso cuando este maestro estaba de cuidado en el Hospital Clínico, no me le iba a aparecer con cara compungida o de circunstancias.

               Sin preguntarse cómo se sentía, así de sopetón, casi le grité con optimista euforia:

          –¡Cónfiro, matador, tú eres una cosa seria; hasta aquí en el Clínico agotas el papel!

               Ante el término que equivale al “no hay entradas” que sobre las taquillas enorgullece tanto a los toreros, el viejo ídolo explayó a todo lo ancho de su enflaquecida cara su más desborda sonrisa, requetesatisfecho.

               Y era verdad que había agotado “er papé”. Ante la noticia de que estaba muy grave –y otras más exageradas–, un gentío fue al Hospital y no quedaba una sola tarjeta para visitante en la recepción.

           

          Las cornadas quirúrgicas

               La sonrisa de Julio era entonces la de Julito o “Niño II”: esa juvenil y perdurable sonrisa que lo hemos conocido en amarillentos retratos. Esa fugaz sonrisa dio una “vuelta al ruedo” por el cuarto. Pero después lo poco triunfal del recinto y lo nada agradable que persiste cuando se tienen dos operaciones delicadas y se está preparando para la otra, hizo que Julio perdiera el momentáneo centelleo de la mirada. Con esta y con una mano me dijo, porque no puede hablar:

          –Mira catire: fíjate en esta dos “cornás”.

               Como un “ecce hommo” señalaba e redondo hueco de la traqueotomía. Arriba a la izquierda, en equis, la otra cornada que no le hizo un toro para quitarle la vida, sino un médico para salvársela.

           

          Los quites de la ciencia

               Después de estas intervenciones de la ciencia –más que cornadas son auténticos quites–, se llevaron a Julio a su casa. A la casa de su cuñado Paquito de La Torre, que es como si fuera la que Julio tiene en Madrid o la que ocupaba en la subida del Manicomio antes de irse a radicar un tiempo a España, la tierra de su esposa.

               La de Paquito queda en la Avenida Sucre y en ella también vive la madre del matador, con sus flamantes e incansables 86 años. En estos días preguntaba por teléfono cómo seguía Julio y cuando le enviaba saludos a doña Felicia, el nieto me informó:

          –Ahorita está planchando…!

               ¡Como si nada! Pero doña Felicia no solamente es un caso de vigor y entereza, sino también en lo taurómaco; esposa y madre de toreros. De dos grandes y muy valientes matadores de toros venezolanos. Vicente “El Niño”, que tomó la alternativa en el Metropolitano, de manos del viejo Manuel Jiménez Chicuelo, en 1905, y de Julio (“Niño II” en sus comienzos), que la tomó en España en 1927, en la plaza de . . .

          Eleazar Sananes “Rubito”, primer torero venezolano que recibió la alternativa en Madrid (1922), y primer ídolo deportivo nacido en Venezuela.

          Eleazar Sananes “Rubito”, primer torero venezolano que recibió la alternativa en Madrid (1922), y primer ídolo deportivo nacido en Venezuela.

          El abrazo de los ídolos

               Pero vamos a saltarnos a la torera el tema histórico para reanudarlo deseos porque ya estamos tocando en la casa del torero en compañía de otro. Ambos fueron ídolos. Tienen mucho tiempo que no se ven.

               Me adelanto a la habitación donde yace Julio. Este levanta la mirada y me saluda con ella y con un gesto afectuoso. Retribuyendo con una palmada en el hombro menos adolorido por consecuencias de la operación y le digo:

           –Mira, matador, no vengo solo. . . Allí está “Rubito”.

               Julio se incorpora con la mirada brillante, el gesto audaz, la firme decisión de levantarse del todo. “Rubito” casi lo encuentra de pie. Y el saludo es virilmente enternecedor. En el abrazo no están solamente 129 años de edad. La fría cifra de tantos años. . . Están el calor, el color; brilla y calienta el rescoldo de incontables emociones para ellos y los demás. Las tardes de las grandes faenas, de los fracasos, de los toros inmortalizados o incomprendidos: La historia taurina de Venezuela en una áurea etapa de “toro grande y billete chico”, de desprendimientos, retos y competencias palmo a palmo y toro a toro.

           

          Ruedo de recuerdos

               Julio no puede hablar. No puede dedicarse a uno de sus entretenimientos preferidos: hablar. Hablar hasta por los codos. Y hablar de toros constantemente. Y muy bien. Porque hay toreros que no saben hablar de toros o no les gusta.

               Julio no puede hablar. Se dedica a oír. Pero se le sale la casta por un minúsculo, imperceptible chorrito de voz, que más se adivina que se oye. . .

               Pero –¡eso sí! –, este negro es un demonio cabal y se ayuda admirablemente con una muleta excepcional: la seña. Y en el ducho manejo de la seña ya ha tomado la alternativa. . .  Algunos gestos se pasan de picarescos. Y como caballitos de batalla ha esgrimido varias expresiones mínimas que normalmente el venezolano remata con un “míííííííí. . . muy sostenido”.

               Se generaliza la charla de toros y de todos. “Villa” exhibe una feria verbal de su motilonismo gitano. El camarógrafo Hugo Díaz, como aficionado novel, se asombra del gran pietaje taurómaco que contienen las dimensiones del cuarto. El historiador vernáculo de la fiesta de toros en nuestro país, el gran curruña de todos los presentes, Carlos Salas, matiza la charla con sus expresiones vividas como julitero en plaza y amigo personal de Eleazar. “Lo cortés no quita lo julitero”.

           

          Los avíos del matador

               De repente Julio me hace una seña y me pide lo acompañe a un escaparate. Y lo ayudo a sacar “avíos” . . .  ¡Avíos de torear! Aunque sabía que regresaba a Venezuela para hacerse unas delicadísimas operaciones, aunque va a cumplir 64 años en este que corre, –“porque nací con el siglo”–, Julio Mendoza y Palma no acepta que a su bien ganado título de matador de toros se le coloqué esa “r” de retiro. No admite que a tal rango se le anteponga esa partícula “ex” que es muy ratificadora de añejas e intensas glorias, pero que también es tan definitiva para señalar el tiempo pasado.

               Enseñó la montera, abrió el capote de paseo, quiso decir que el terno era de “la aguja” y no siguió sacando cosas porque se le advirtió que no debía ajetrearse tanto. Todo lo trajo de España. Y seguramente se ilusiona mucho pensando en el estreno de los avíos y en la reaparición de él. El caso es asombroso, pero no se ve fuera de sitio. Por dos cosas. Primero porque Julio nació para torear y –como su padre–, nunca ha pensado seriamente en dejar de hacerlo. Y segundo: porque su prestigio, lo que hizo en los ruedos con los toros que eran unas catedrales en años, pitones y genio, le permite lo romántico del gesto. . .  Comenté al grupo: ¡En cambio hay toreros que sí pueden parecer unos disfraces de tales si les sale un toro como los que Julio se metía en el bolsillo!

               Eleazar Sananes decía que sí con la cabeza.

           

          Homenaje mano a mano

               El mejor mano a mano que ahora podían torear ambos no sería en el “Nuevo Circo”, sino en un lugar menos peligroso y más merecido: en la esquina de Las Monjas. A este par de caraqueños que dieron tanta gloria al país. El ilustre Concejo Municipal del Distrito Federal debería honrarlos con homenaje que esté a la altura de la gallardía artística, el valor personal y la calidad humana de ellos.

               Casta que les sobró y les sobra. Por eso me cuchicheaba la mamá de Julio, esa indomable Misia Felicia cuando vio a Julio atravesar el patio.

           –¡Ay, caramba: ya Julito se paró! Eso fue porque vino “Rubito. . . pero él debe cuidarse. ¡Ni que fueran a toreá!”

               Y no le faltaba razón a la madre –madre al fin– del torero. Lo de Julio parecía un reto. Torero de reto pertinaz, de permanente competencia: no puede olvidar ni aquel ni esta. No los puede olvidar ni siquiera enfermo, con algunos años y fuera del ruedo, en un cuarto de convaleciente que espera estoicamente otra cornada de bisturíes que quieren ser definitivamente salvadores”.

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