Ellos tumbaron a Gallegos

Ellos tumbaron a Gallegos

El 15 de febrero de 1948, Rómulo Gallegos tomó posesión del cargo de presidente de la República de Venezuela, después de haber ganado las elecciones el año anterior. En la gráfica, de izq. a der., el teniente coronel Mario Ricardo Vargas, el presidente Gallegos, Rómulo Betancourt y el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud.

El 15 de febrero de 1948, Rómulo Gallegos tomó posesión del cargo de presidente de la República de Venezuela, después de haber ganado las elecciones el año anterior. En la gráfica, de izq. a der., el teniente coronel Mario Ricardo Vargas, el presidente Gallegos, Rómulo Betancourt y el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud.

     “El doctor Domingo Alberto Rangel nos advierte que sólo tres personas pueden tratar con todo detalle los hechos ocurridos días antes y días después del golpe del 24 de noviembre de 1948 que derrocó al presidente constitucional, Rómulo Gallegos. Ellos son: Alberto Carnevali, quien lamentablemente está muerto, Gonzalo Barrios, cuya palabra sería interesantísima porque es muy inteligente, y Luis Augusto Dubuc. De entre los tres, nos da el teléfono de Barrios.

     Y arrellanados en el pequeño “recibo” de su domicilio, situado en la avenida Ávila de la urbanización Altamira, el doctor Gonzalo Barrios, una de las figuras civiles más prominentes de la democracia venezolana, accede condescendientemente a aclarar los puntos oscuros que quiero proponerle.

–¿Cuándo tuvieron Uds., la primera evidencia de que se conspiraba?
El 20 de octubre de 1945, –responde con acento humorístico.

–¿Cuándo empezaron a dudar de Marcos Pérez Jiménez?
En la misma fecha, ¡o un poco antes!

–¿Por qué no lo eliminaron a tiempo?
Porque en las conspiraciones debeladas antes, no aparecía clara la mano de Pérez Jiménez.

–¿Las guarniciones del interior apoyaban el golpe o estaban con el gobierno legítimo?

     Las guarniciones no contaban en ese alzamiento. Aquel fue un golpe de oficina, que se desarrollaba y combatía a no más de 15 metros de distancia, es decir, desde las oficinas del presidente, en Miraflores, y las del jefe del Estado Mayor, en el edificio de enfrente.

     Sólo dos guarniciones tuvieron cierta notoriedad esos días: la de Maracay, cuyo comandante era Jesús Manuel Gámez Arellano, quien estaba al lado del presidente, y la de La Guaira, cuyo jefe era Tomás “Mono” Mendoza, uno de los principales y más rabiosos conjurados.

     La agitación entre los militares había empezado, según todas las evidencias, durante el viaje del presidente a los Estados Unidos. Mientras allí recibía el homenaje de admiración de las más altas instituciones sociales y culturales del mundo americano, un pequeño grupo de ambiciosos fomentaba maniobras conspirativas enfrente de Miraflores.

     “El 17 de noviembre, Gallegos fue informado de que el complot estaba a punto de estallar”, explica el líder. El “Mono” Mendoza, comandante de la guarnición de La Guaira, había invitado a un marino a alzarse y éste había reportado la invitación al presidente de la República.

     Gallegos ordenó entonces al ministro de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud llamar a Mendoza y detenerlo, pero Delgado, a cuyo amparo corría el curso de los sucesos, deslizó una proposición sibilina:

–¿Por qué no habla usted mejor con ellos, mi presidente?

     Y Gallegos decidió hacerlo en el momento y lugar que Delgado le propusiese.

Los tenientes coroneles Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, cabecillas del movimiento conspirativo contra el presidente Gallegos.

Los tenientes coroneles Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, cabecillas del movimiento conspirativo contra el presidente Gallegos.

     El presidente Gallegos y los tenientes coroneles Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez, quien era jefe del Estado Mayor, convinieron en que la reunión sería en el Cuartel de caballería “Ambrosio Plaza”, en Caracas.

     El propio Gonzalo Barrios y el doctor Raúl Leoni se empeñaron en acompañar al presidente a la peligrosa asamblea, pero él se opuso tenazmente.

     Como un maestro, les habló del drama político que es la historia del país, y de las formas como la ambición y la indisciplina de los hombres de armas, han quebrantado la paz de la Nación y entrabado su desarrollo y prosperidad.

     Gallegos, indicó Barrios, “se creció” con su autoridad moral y con su palabra elocuente. Al regresar al Palacio, Delgado Chalbaud le dio un abrazo. ¡Gran abrazo!

–¡Qué bien, mi presidente! ¡Así es como hay que hablarles a esos sujetos!

     Pérez Jiménez cargaba las manos en los bolsillos. Manoseaba internamente un papel, pero no se atrevió a sacarlo.

     ¿Qué pasó, que al día siguiente Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Llovera Páez se anunciaban en el despacho del presidente para presentar su “pliego conflictivo”?

     Se fijó una entrevista para el 19 de noviembre. El doctor Barrios asistió a ella, en su carácter de Secretario Presidencial y amigo de Gallegos.

     “Los militares visitantes fueron introducidos en el despacho presidencial y los invité a tomar asiento en un ancho sofá, adosado a una de las paredes, casi frente al escritorio del presidente”, narró el mismo secretario en una carta al biógrafo norteamericano de Gallegos, quien la publicó en su libro hace varios meses (1). “El presidente se sentó pausadamente en un sillón, separado de aquel sofá por una mesa, y a su lado ocupé otro asiento”.

     “Como guardaban silencio, Gallegos los excitó a hablar. Esperábamos que Pérez Jiménez sacara del bolsillo aquel papel que parecía ser el pliego del Ejército, y que había demostrado llevar consigo en el ‘Ambrosio Plaza’. Pero fue Delgado quien, para sorpresa nuestra, extrajo un papel manuscrito y con voz vacilante planteo:

 1°– Expulsión de Betancourt;

2°– Prohibición de regreso del comandante Mario Ricardo Vargas;

3°– Remoción del comandante Jesús Manuel Gámez Arellano, de Maracay;

4°– Cambio en los edecanes del presidente; y

5°– Desvinculación del gobierno y Acción Democrática.

Rómulo Betancourt entre dos golpistas: Marcos Pérez Jiménez y Mario Ricardo Vargas.

Rómulo Betancourt entre dos golpistas: Marcos Pérez Jiménez y Mario Ricardo Vargas.

     El presidente dijo que iba a contestar de inmediato tales peticiones. Señaló que, de acuerdo con la Constitución, los únicos poderes ante quienes tiene que dar cuenta de sus actos son el Congreso Nacional y el Poder Judicial, si contra él fuere incoado juicio en forma legal. “Lo que ustedes me proponen en cuanto a Betancourt es la inconsecuencia entre amigos personales y políticos, clásica en la historia de Venezuela, y en la cual no voy a incurrir por dignidad propia; el comandante Mario Vargas, compañero de armas a quien ustedes llaman simplemente Mario, es un hombre honesto y patriota, gravemente enfermo en Nueva York, y si quisiera venir a vivir sus últimos días en su patria, no sería yo quien se lo impediría por cuestión de dignidad propia; en cuanto al comandante de la Guarnición de Maracay, contra quien se ensañan Uds., porque los saben leal al gobierno legítimo, podría ser que lo removiera, pero no por imposición de Uds., respecto a los jóvenes edecanes militares que se sientan a mi mesa, no puedo renunciar al derecho de escogerlos personalmente; respecto a Acción Democrática, si le doy la espalda, además de cometer una deslealtad, quedaría expuesto a las maniobras de cualquier ambicioso, y ya no serían ustedes sino el, portero de Miraflores quien me impediría la entrada cuando quisiera. 

Así que los dejo aquí (levantándose) para que tomen unas determinaciones conforme con mi respuesta. Mi suerte personal está echada y la de la República queda en las manos de Uds.”.

     Pasado un momento, volvió Delgado Chalbaud a la Secretaría, donde se encontraba el presidente, y dejó caer su segunda gran emoción de aquella historia. Felicitó al presidente y le anunció, trémulo, que el Ejército respaldaba y no se metería más en política, pero pedía solamente que no hubiera intervención de los políticos en el ascenso de los militares.

     Gallegos le dijo a Delgado Chalbaud:

     “Pues si es así, hemos perdido todo el día, pues mis conclusiones no son cuestiones personales sino mandato de las leyes que he jurado cumplir y hacer cumplir”.

     Y Delgado, emocionado y contrito, se retiró silenciosamente.

     Después de esta entrevista, el presidente fue llamando a su despacho a todos los militares que juzgaba leales a su gobierno. Se convenció de que no tenía apoyo. El jefe del Batallón Motoblindado, el mayor La Rosa, le dijo que su deber era resguardar la persona del presidente pero que “no le pidiera llegar al extremo de hacer armas contra sus compañeros porque habían concertado un pacto para no combatirse”.

     Algunos capitanes como Zamora Conde y Roberto Moreán Soto y casi todos los oficiales de la Casa Militar manifestaron estar al lado del presidente, pero éste leyó en los ojos de Delgado Chalbaud que había sido traicionado y que el Ejército ya no le obedecía.

     Cuando Pérez Jiménez fue al Perú en “misión especial”, fuerzas oscuras decidieron en favor de su regreso.

Los tres integrantes de la Junta Militar de Gobierno que asumió el poder tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos: Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud Y Luis Felipe Llovera Páez.

Los tres integrantes de la Junta Militar de Gobierno que asumió el poder tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos: Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud Y Luis Felipe Llovera Páez.

     Gonzalo Barrios cree que este es uno de los puntos más difíciles de explicar. Pérez Jiménez no podía volver sin la autorización del presidente y a éste lo presionaban sus amigos para que no decidiera el regreso. Pero Pérez Jiménez regresó de improviso y en esto jugó papel principal el ministro de la Defensa.

     “Comprendimos que habíamos perdido con ese regreso un episodio de la pelea, que iba a influir mucho en el desenlace de ella”, señaló Barrios.

–¿Es cierto que el presidente tenía más confianza en Delgado que en su partido?

     Tenía confianza en Delgado, no hay duda. En los asuntos de índole militar, la palabra, la persuasión de Delgado era decisiva. Pero esto no quiere decir que esa confianza estuviera en pugna con la confianza de su partido. Lo que ocurría es que para la fecha había una serie de problemas políticos en los que los dirigentes del partido tenían diferentes opiniones, y no había unidad por esas mismas razones.

–¿A quién responsabilizaría usted en primer término del derrocamiento de Gallegos: a Delgado o a Pérez?

     Delgado y Pérez eran dos naturalezas opuestas: el uno, de naturaleza escurridiza e indecisa, ni totalmente leal ni totalmente traidor. Trataba simplemente de sobrevivir. Pérez Jiménez, una naturaleza taimada, fría y que sabe esperar. Delgado despreciaba a Pérez Jiménez y le temía. Sentía que era el verdadero jefe de la máquina militar que él, Delgado, cuidaba nominalmente.

–¿Las virtudes de Delgado?
Era culto, cuidadoso de las formas, ajeno a crímenes y a saqueos al tesoro público.

–¿Las virtudes de Pérez Jiménez?
Calculador a plazo largo, taimado, impasible y paciente, como el general Juan Vicente Gómez.

     Para probar esto último, está patente su venganza lenta en las siguientes anécdotas: Sin que Oscar Tamayo Suárez lo supiera, Pérez Jiménez, desde muy temprano, era su enemigo vehemente.

     Sucedió que el comandante de la Guardia Nacional había presentado un informe estrictamente confidencial al presidente de la República sobre el aumento de los efectivos de la Guardia Nacional, para atender los servicios civiles a que la Guardia Nacional estaba destinada, y al mismo tiempo para “contrabalancear” la influencia del Ejército.

     Solo tres personas, el presidente, su secretario general y el ministro del Interior, sabían de la existencia de dicho informe. Pues bien, me sorprendió enormemente el que, durante las disputas de noviembre, una vez en el despacho de Pérez Jiménez, frente al Palacio de Miraflores, nos acusara de estar conspirando “con cierto oficial”, “para lesionar el Ejército”.

     Y sacó de una gaveta el proyecto de Tamayo Suárez y lo puso ante los ojos de todos.

     Era que en el despacho del comandante Tamayo Suárez había deslizado un capitancito, que hacía de mecanógrafo-archivero-secretario, quien le pasó copia del informe. Desde entonces quedó con la manía de que “queríamos lesionar a la institución castrense”.

El secretario del presidente Gallegos, Gonzalo Barrios, testigo fundamental en los sucesos del 24 de noviembre de 1948.

El secretario del presidente Gallegos, Gonzalo Barrios, testigo fundamental en los sucesos del 24 de noviembre de 1948.

     A los 9 años, después que permitió a Tamayo Suárez gozar de la vida y enriquecerse, fue cuando vino a darle el golpe que le tenía preparado desde aquel momento.

     En cuanto a Mario Vargas, a nadie temía más que a éste. Aún en Saranak Lake, donde Vargas pasaba sus últimos días por culpa de la tuberculosis, tenía un espía de su confianza controlando sus pasos, y era un capitán de apellido Sánchez, de ingrato recuerdo en los anales de aquellos momentos.

–¿Por qué no apelaron ustedes al pueblo?
Porque sabíamos que el pueblo sería masacrado y porque habíamos dominado tantos cuartelazos de oficina hasta aquel momento, que teníamos razón en esperar y dominar uno nuevo.

     El anuncio al pueblo de que “estuviera tranquilo”, que “todo se había arreglado”, se debió a que realmente estábamos seguros de controlar la situación conforme la habíamos controlado hasta entonces. Pero un hecho impremeditado, ¡un imponderable trágico!, echó a perder nuestra estrategia y propulsó el golpe.

     Los conjurados estaban en camino de pacificarse, al prometer el gobierno que Mario Ricardo Vargas no sería llamado. De hecho, todo estaba arreglado pacíficamente, pero el 23 en la mañana me llama Pérez Jiménez por teléfono para recriminarme.

¡Ahí está! ¡Esa es la forma como Uds. cumplen su palabra! ¡¡Mario Vargas vino!!

¡Es imposible! Nadie ha autorizado ese regreso, le respondí.

Pues vino y está en La Guaira. –contestó Pérez Jiménez fuera de sí.

     Ocurría que Mario Ricardo Vargas había llegado en efecto para sorpresa de todos, y el comandante de la Guarnición de La Guaira, el “Mono” Mendoza, lo detuvo y le expresó su indignación porque Pérez Jiménez se había tranzado y lo había dejado a él, al “Mono” Mendoza, haciendo el papel de “bandido” de la historia.

     El 22 había venido a Caracas el comandante y había visitado al presidente para anunciarle de la Guarnición de Maracay, Gámez Arellano, su disposición de sostener a todo trance al gobierno legítimo.

     La de Vargas fue una locura. Si hubiera avisado su viaje le hubieran hecho aterrizar en Palo Negro para robustecer a Gámez Arellano. Pero cayó en la boca del lobo, y todo por actuar imprevistamente.

     El “Mono” apresó a Vargas, pero éste le solicitó que lo dejara en libertad para venir a Caracas y arreglar el asunto entre Pérez Jiménez y el “Mono”. O sea, para decidir si se daba por fin el golpe o se pacificaban los ánimos.

     Pero la presencia de Vargas en Caracas encendió de nuevo la mecha del polvorín. Los conjurados no creyeron conveniente esperar más y le plantearon a Vargas la necesidad de apoyar el golpe para decidir de una vez todos los problemas.

     Entonces Mario Vargas apoyó el golpe, teniendo, como tenía, gran ascendiente personal sobre el comandante Gámez Arellano, de Maracay, le escribió una carta de su puño y letra, ordenándole plegarse a los acontecimientos.

     La carta a Gámez Arellano fue llevada a Maracay por el mismo capitancito Sánchez que espiaba a Mario Ricardo Vargas en Saranak por orden de Pérez Jiménez.

     Esto quiere decir que, si Mario Ricardo Vargas no regresa, el “Mono” hubiera hecho el ridículo por adelantar un golpe que estaba para ese momento pacificado o aplazado.

     Explica el secretario del expresidente Rómulo Gallegos que todo está tan claro ahora, y cree que es buena labor explicar la verdad de estos hechos a Venezuela.

–¿Por qué suspendieron las garantías constitucionales?
No quiero decir nada que turbe la sagrada unidad de este momento, pero las garantías tuvieron que suspenderse parcialmente porque había demasiadas voces estimulando el golpe.

     El miércoles 24 de noviembre, a las 11 de la mañana, Alberto Carnevali llama de Miraflores a la casa del presidente para anunciar “que ahora si es verdad que la gente está entrando al Palacio”. Gallegos telefoneó urgentemente a Gámez Arellano a Maracay y algunos dirigentes partieron, entre ellos Valmore Rodríguez, Edmundo Fernández y Luis Lander, pero ya Gámez Arellano había recibido la carta de manos del capitán Sánchez y Mario Ricardo Vargas había apoyado el golpe.

–¿No es duro destruir a esta hora la leyenda de la lealtad de Mario Ricardo Vargas?
Esta es la narración verídica de los hechos.

     En resumen, fue una estrategia fracasada a última hora por causa de Vargas, quien se apareció clandestinamente con la intención de “ver qué pasaba” y “qué haría” y solo logró atemorizar más a Pérez Jiménez y hacerlo precipitar un crimen contra la Constitución, que de hecho estaba ya atenuado por la hábil estrategia de Palacio. . .”

(1) Dunham, Lowell. Rómulo Gallegos, vida y obra. México: Ediciones de Andrea, 1957

FUENTES CONSULTADAS

Élite. Caracas, 22 de febrero de 1958

    Mano a mano Julio Mendoza-Eleazar Sananes

    Mano a mano Julio Mendoza-Eleazar Sananes

    Eleazar Sananes (Rubito) y Julio Mendoza (Julito), dos de los toreros venezolanos más importante de la historia, mantuvieron una enconada rivalidad que dividió al país entre “rubiteros”, que seguían a Sananes, y “juliteros”, partidarios de Mendoza.

    Eleazar Sananes (Rubito) y Julio Mendoza (Julito), dos de los toreros venezolanos más importante de la historia, mantuvieron una enconada rivalidad que dividió al país entre “rubiteros”, que seguían a Sananes, y “juliteros”, partidarios de Mendoza.

          En una travesura periodística de Carlos Eduardo Misle (Caremis), se reencontraron, muchos años después de retirarse de los ruedos, los toreros caraqueños Julio Mendoza y Eleazar Sananes, mediante un ameno reportaje de seis páginas que publicó la revista Élite, en su edición del 15 de febrero de 1964. Mendoza y Sananes acapararon el favoritismo de la afición taurina capitalina en las décadas de 1920 y 1930, por ser de los primeros toreros de nuestro país que alcanzaron rotundos éxitos en plazas de América y España.

         Los aficionados de viejo cuño recuerdan con nostalgia los “mano a mano” que estos dos toreros protagonizaron en la arena del Nuevo Circo de Caracas. En su obra “El Toreo en Venezuela” (2007), el periodista y reconocido crítico taurino, Víctor José López (El Vito), afirma que en su época Mendoza y Sananes, “eran los dos toreros venezolanos más importante, por su enconada rivalidad y porque dividieron al país entre rubiteros, que seguían incondicionalmente a Sananes, y juliteros, los partidarios de Mendoza”.

         Para la fecha del mencionado reportaje, de allí la travesura de Caremis, Mendoza se encontraba convaleciente de una intervención quirúrgica en la casa de un cuñado en Catia, y el periodista se presentó de visita junto con Sananes. Juntos, ambos matadores evocaron interesantes episodios de sus exitosas trayectorias.

         Mendoza, nacido en Caracas el 17 de agosto de 1900, falleció unos seis meses después de publicado el reportaje, el 26 de agosto de 1964. Sananes nació en Caracas el 5 de enero de 1900 y murió a los 71 años, el 25 de febrero de 1971. Este es el reportaje de Caremis: Ahora, de nuevo…Los ídolos frente a frente. El encuentro fue un mano a mano de evocaciones y sonrisas. . .

         “Cuando a Eleazar Sananes (Rubito), auténtico y perdurable ídolo taurómaco le propuse que fuésemos a visitar a Julio Mendoza, su eterno rival de los ruedos, hoy postrado por cornadas que no le han dado los toros, me contestó con viva palabra que se le sobrepuso a una mirada nostálgica:

     –¡Vamos!

         De azul intenso los ojos, pelo dorado que a los 65 años se le oscurece de rubio (!), o se le blanquea de canas muy luchadoras ante tal color, Eleazar soltó la lengua. Desbordó su locuacidad especial de amigo de mi padre, de mi abuelo, de mis tíos. De buen amigo mío. Sin precisiones cronológicas, pero con chispa de caraqueño y abundancia anecdótica, evocó su paso por las plazas de Venezuela y el mundo.

         Desde luego que aludimos también a su competencia con Julio Mendoza. Tan apasionante y rabiosa para quienes la protagonizaron, vieron o recuerdan. ¡El gran Julio! Hijo de otro matador de toros venezolanos, Vicente Mendoza (El Niño), que ya había sostenido una llamativa pugna a fines de siglo y principios del presente con Pablo Mirabal (El Rubio). Desde entonces se habían puesto las bases para competencias frenéticas entre toreros venezolanos. Con la ñapa de otro atractivo, que un torero era blanco y otro de color.

         Con caraqueños como estos la ciudad y el país se iban a dividir, entonces y después, en bandos irreconciliables: mendocistas y rubistas; primero, rubiteros y juliteros, después.

         Tales toreros salían a la plaza a matarse o dejarse matar en pos del triunfo. Y los aficionados que formaban esas banderías también se mataban. . . Por lo menos con discusiones interminables dentro y fuera de las plazas de toros.

    –¡Pero ¡qué fuerte es ese Julio, caray! –exclama Eleazar de pronto, recordando que Julio hasta hace poco seguía toreando, a pesar de las arrobas y los pitones que tiene el almanaque, inexorable.

    –Y tú no le llevas sino un año. . . –le comento.

    –Por eso mismo, por eso mismo. . . –me responde con sonrisa socarrona, que no sé por qué me recuerda la de su tocayo Eleazar López Contreras, que hasta su colega es ya que lidió aquella temporada del 35-36.

    Preocupado y a la vez complacido, Sananes toma de nuevo el capote de la palabra:
    –Me dicen que las operaciones han sido tremendas y que le viene otra. . . Pero ¡a Dios gracias!, ese Julito es de hierro. . .

    –¡Ya lo vas a ver!

         Entonces le cuento una de mis visitas a Julio Mendoza y Palma en la clínica. Y ahora se las narro a ustedes, mientras rueda el carro con “Rubito” a bordo, hacia la casa de Julio, en Catia.

    Julito le muestra a Rubito un hermoso capote de su época de torero. Observan, el historiador taurino Carlos Salas y el cronista Carlos Eduardo Misle (Caremis).

    Julito le muestra a Rubito un hermoso capote de su época de torero. Observan, el historiador taurino Carlos Salas y el cronista Carlos Eduardo Misle (Caremis).

    Julio Mendoza, posiblemente el matador de toros más popular de todos los grandes toreros venezolanos.

    Julio Mendoza, posiblemente el matador de toros más popular de todos los grandes toreros venezolanos.

    La casta inagotable que agota el papel

         El matador de toros Julio Mendoza Palma, siempre ha sido un profesional de muy desmesurada casta. Precisamente por eso cuando este maestro estaba de cuidado en el Hospital Clínico, no me le iba a aparecer con cara compungida o de circunstancias.

         Sin preguntarse cómo se sentía, así de sopetón, casi le grité con optimista euforia:

    –¡Cónfiro, matador, tú eres una cosa seria; hasta aquí en el Clínico agotas el papel!

         Ante el término que equivale al “no hay entradas” que sobre las taquillas enorgullece tanto a los toreros, el viejo ídolo explayó a todo lo ancho de su enflaquecida cara su más desborda sonrisa, requetesatisfecho.

         Y era verdad que había agotado “er papé”. Ante la noticia de que estaba muy grave –y otras más exageradas–, un gentío fue al Hospital y no quedaba una sola tarjeta para visitante en la recepción.

     

    Las cornadas quirúrgicas

         La sonrisa de Julio era entonces la de Julito o “Niño II”: esa juvenil y perdurable sonrisa que lo hemos conocido en amarillentos retratos. Esa fugaz sonrisa dio una “vuelta al ruedo” por el cuarto. Pero después lo poco triunfal del recinto y lo nada agradable que persiste cuando se tienen dos operaciones delicadas y se está preparando para la otra, hizo que Julio perdiera el momentáneo centelleo de la mirada. Con esta y con una mano me dijo, porque no puede hablar:

    –Mira catire: fíjate en esta dos “cornás”.

         Como un “ecce hommo” señalaba e redondo hueco de la traqueotomía. Arriba a la izquierda, en equis, la otra cornada que no le hizo un toro para quitarle la vida, sino un médico para salvársela.

     

    Los quites de la ciencia

         Después de estas intervenciones de la ciencia –más que cornadas son auténticos quites–, se llevaron a Julio a su casa. A la casa de su cuñado Paquito de La Torre, que es como si fuera la que Julio tiene en Madrid o la que ocupaba en la subida del Manicomio antes de irse a radicar un tiempo a España, la tierra de su esposa.

         La de Paquito queda en la Avenida Sucre y en ella también vive la madre del matador, con sus flamantes e incansables 86 años. En estos días preguntaba por teléfono cómo seguía Julio y cuando le enviaba saludos a doña Felicia, el nieto me informó:

    –Ahorita está planchando…!

         ¡Como si nada! Pero doña Felicia no solamente es un caso de vigor y entereza, sino también en lo taurómaco; esposa y madre de toreros. De dos grandes y muy valientes matadores de toros venezolanos. Vicente “El Niño”, que tomó la alternativa en el Metropolitano, de manos del viejo Manuel Jiménez Chicuelo, en 1905, y de Julio (“Niño II” en sus comienzos), que la tomó en España en 1927, en la plaza de . . .

    Eleazar Sananes “Rubito”, primer torero venezolano que recibió la alternativa en Madrid (1922), y primer ídolo deportivo nacido en Venezuela.

    Eleazar Sananes “Rubito”, primer torero venezolano que recibió la alternativa en Madrid (1922), y primer ídolo deportivo nacido en Venezuela.

    El abrazo de los ídolos

         Pero vamos a saltarnos a la torera el tema histórico para reanudarlo deseos porque ya estamos tocando en la casa del torero en compañía de otro. Ambos fueron ídolos. Tienen mucho tiempo que no se ven.

         Me adelanto a la habitación donde yace Julio. Este levanta la mirada y me saluda con ella y con un gesto afectuoso. Retribuyendo con una palmada en el hombro menos adolorido por consecuencias de la operación y le digo:

     –Mira, matador, no vengo solo. . . Allí está “Rubito”.

         Julio se incorpora con la mirada brillante, el gesto audaz, la firme decisión de levantarse del todo. “Rubito” casi lo encuentra de pie. Y el saludo es virilmente enternecedor. En el abrazo no están solamente 129 años de edad. La fría cifra de tantos años. . . Están el calor, el color; brilla y calienta el rescoldo de incontables emociones para ellos y los demás. Las tardes de las grandes faenas, de los fracasos, de los toros inmortalizados o incomprendidos: La historia taurina de Venezuela en una áurea etapa de “toro grande y billete chico”, de desprendimientos, retos y competencias palmo a palmo y toro a toro.

     

    Ruedo de recuerdos

         Julio no puede hablar. No puede dedicarse a uno de sus entretenimientos preferidos: hablar. Hablar hasta por los codos. Y hablar de toros constantemente. Y muy bien. Porque hay toreros que no saben hablar de toros o no les gusta.

         Julio no puede hablar. Se dedica a oír. Pero se le sale la casta por un minúsculo, imperceptible chorrito de voz, que más se adivina que se oye. . .

         Pero –¡eso sí! –, este negro es un demonio cabal y se ayuda admirablemente con una muleta excepcional: la seña. Y en el ducho manejo de la seña ya ha tomado la alternativa. . .  Algunos gestos se pasan de picarescos. Y como caballitos de batalla ha esgrimido varias expresiones mínimas que normalmente el venezolano remata con un “míííííííí. . . muy sostenido”.

         Se generaliza la charla de toros y de todos. “Villa” exhibe una feria verbal de su motilonismo gitano. El camarógrafo Hugo Díaz, como aficionado novel, se asombra del gran pietaje taurómaco que contienen las dimensiones del cuarto. El historiador vernáculo de la fiesta de toros en nuestro país, el gran curruña de todos los presentes, Carlos Salas, matiza la charla con sus expresiones vividas como julitero en plaza y amigo personal de Eleazar. “Lo cortés no quita lo julitero”.

     

    Los avíos del matador

         De repente Julio me hace una seña y me pide lo acompañe a un escaparate. Y lo ayudo a sacar “avíos” . . .  ¡Avíos de torear! Aunque sabía que regresaba a Venezuela para hacerse unas delicadísimas operaciones, aunque va a cumplir 64 años en este que corre, –“porque nací con el siglo”–, Julio Mendoza y Palma no acepta que a su bien ganado título de matador de toros se le coloqué esa “r” de retiro. No admite que a tal rango se le anteponga esa partícula “ex” que es muy ratificadora de añejas e intensas glorias, pero que también es tan definitiva para señalar el tiempo pasado.

         Enseñó la montera, abrió el capote de paseo, quiso decir que el terno era de “la aguja” y no siguió sacando cosas porque se le advirtió que no debía ajetrearse tanto. Todo lo trajo de España. Y seguramente se ilusiona mucho pensando en el estreno de los avíos y en la reaparición de él. El caso es asombroso, pero no se ve fuera de sitio. Por dos cosas. Primero porque Julio nació para torear y –como su padre–, nunca ha pensado seriamente en dejar de hacerlo. Y segundo: porque su prestigio, lo que hizo en los ruedos con los toros que eran unas catedrales en años, pitones y genio, le permite lo romántico del gesto. . .  Comenté al grupo: ¡En cambio hay toreros que sí pueden parecer unos disfraces de tales si les sale un toro como los que Julio se metía en el bolsillo!

         Eleazar Sananes decía que sí con la cabeza.

     

    Homenaje mano a mano

         El mejor mano a mano que ahora podían torear ambos no sería en el “Nuevo Circo”, sino en un lugar menos peligroso y más merecido: en la esquina de Las Monjas. A este par de caraqueños que dieron tanta gloria al país. El ilustre Concejo Municipal del Distrito Federal debería honrarlos con homenaje que esté a la altura de la gallardía artística, el valor personal y la calidad humana de ellos.

         Casta que les sobró y les sobra. Por eso me cuchicheaba la mamá de Julio, esa indomable Misia Felicia cuando vio a Julio atravesar el patio.

     –¡Ay, caramba: ya Julito se paró! Eso fue porque vino “Rubito. . . pero él debe cuidarse. ¡Ni que fueran a toreá!”

         Y no le faltaba razón a la madre –madre al fin– del torero. Lo de Julio parecía un reto. Torero de reto pertinaz, de permanente competencia: no puede olvidar ni aquel ni esta. No los puede olvidar ni siquiera enfermo, con algunos años y fuera del ruedo, en un cuarto de convaleciente que espera estoicamente otra cornada de bisturíes que quieren ser definitivamente salvadores”.

    “El Obispo” y la piqueta de la libertad

    “El Obispo” y la piqueta de la libertad

    La demolición de la vieja Cárcel del Obispo, decretada por la Gobernación del Distrito Federal, por afrentosa a la dignidad ciudadana, no ha podido ser ejecutada con la rapidez que se hubiera deseado por la falta de otro local adecuado donde puedan ser depositados los ladrones, los escandalosos, los borrachitos y las “mujeres de la vida”, que en un promedio de 510 diarios constituyen la población del espantoso antro **

    Por Ana Luisa Llovera *

    La Cárcel del Obispo fue construida por el ingeniero Gustavo Wallis en 1930, pero no entró en funcionamiento sino en 1936, después de la muerte del general Juan Vicente Gómez

    La Cárcel del Obispo fue construida por el ingeniero Gustavo Wallis en 1930, pero no entró en funcionamiento sino en 1936, después de la muerte del general Juan Vicente Gómez.

         “La Cárcel del Obispo fue construida por el ingeniero Gustavo Wallis en 1930. Cuéntase que el propio general Juan Vicente Gómez, que en verdad no pecaba por exceso de escrúpulos en el tratamiento de los prisioneros, la encontró tan mala, tan incómoda que no la destinó nunca al fin que había determinado su construcción. Se convirtió en depósito de cemento y materiales del Ministerio de Obras Públicas (MOP), donde los Díaz González inauguraban el sistema de las “comisiones” que tan jugosos resultados llegaron a alcanzar durante los últimos años del perejimenismo.

         Enrique Bernardo Núñez, en su delicioso libro “La Ciudad de los Techos Rojos”, refiere que el nombre de “Obispo” le vienen a ese cerro porque allí tenía una casa el Obispo Mariano Martí, donde solía descansar de su largo peregrinaje de visitas pastorales por todo el territorio de la Capitanía General de Venezuela. Se le llamaba, pues, Cerro del Obispo por la casa del Obispo Martí. Luego de construida la cárcel, o de usada como tal, la designación de Cerro del Obispo, se desplazó a “Cárcel del Obispo”, mientras que las laderas, apretadamente habitadas por gente del pueblo, desde el propio sitio de la cárcel, conservan la designación simple de “Obispo”. Así la gente vive “en el Obispo”, o va “para el Obispo”, o de allí viene.

         No hemos podido dar con los datos precisos, y en el periodismo diario no hay tiempo de consultas detenidas, lo cual es una lástima. A la memoria de Gustavo Machado, veterano de todas las cárceles de Venezuela, hemos tenido que confiarnos para decir que fue probablemente cuando la huelga del 9 de junio de 1936, contra la ley Lara o ley de Orden Público, cuando se usó por primera vez este penal para presos políticos. Aunque –cosa curiosa– esa, la del Obispo, ha sido precisamente la única cárcel de Caracas que Gustavo Machado no ha pisado más que como defensor de otros presos.

         Cuenta Gustavo Machado, que el Obispo tuvo que ser usado porque habiendo sido demolida La Rotunda, en una acción popular que mucho recordó la toma de La Bastilla de París, se hacía necesario tener en algún lugar a los presos de delitos comunes que allí estaban cuando los muros fueron derribados por el furor popular. Así exonera Gustavo Machado al general Eleazar López Contreras de intención malévola al darle uso al Obispo.

         El caso es que, desde ese estreno, en la huelga de junio del 36, la Cárcel del Obispo se convirtió en sitio de detención para políticos. Tal vez con la sola excepción de Gustavo Machado, y de José Tomás Jiménez Arráiz, todos los dirigentes políticos del quinquenio 1936–1941, pasaron alguna temporada en el Obispo.

         Hay casos como el de Eduardo Gallegos Mancera, que estuvo dentro de sus muros en 1936, 1937, 1938, y luego en 1950, 1951 y 1952. Tal vez nadie acumule tantas temporadas en el Obispo como Eduardo, ni acaso tantos recuerdos gratos.

         Porque aunque eso de conservar gratos recuerdos de una cárcel, pueda resultar un disparate, la verdad es que quien vivió cárcel en Venezuela de 1936 a 1941, y de 1950 en adelante, no tiene más remedio que confesar que en las primeras temporadas aquello era una especie de club. La verdad es que se divertían en grande. Eduardo, que vive lleno de trabajo en el Concejo Municipal, estamos seguros que lo dejó con mucho gusto para referir algunas anécdotas que tuvieron por escenario el Obispo. Cuando él se encontraba allí sub-judice por los sucesos de la Universidad que condujeron a la muerte de Eutimio Rivas, estaba también preso un sujeto a quien llamaban “el loco Alvarado” y cuyo nombre completo no recuerda.

    En junio de 1936, se estrenó la cárcel del Obispo con la detención de numerosos políticos, entre ellos, Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Eduardo Gallegos Mancera y Ernesto Silva Tellería, entre muchos otros

    En junio de 1936, se estrenó la cárcel del Obispo con la detención de numerosos políticos, entre ellos, Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Eduardo Gallegos Mancera y Ernesto Silva Tellería, entre muchos otros.

         El famoso loco estaba preso porque había dado publicidad, junto con Rafael Calderón, primer Secretario General del Sindicato de Periodistas, a una especie de manifiesto en que proclamaba el tiranicidio como la única solución en Venezuela, llamándose naturalmente tirano al general López Contreras, cuando este país no había sabido lo que era un tirano.

         El caso es que Alvarado padecía cierta forma de megalomanía, sabrosamente descubierta por los eternos chaposos que se la estimulaban. Alvarado tenía su gabinete, pues le habían hecho creer que de la cárcel saldría en hombros del pueblo a ocupar la presidencia de la República, cuando se hubiera consumado el tiranicidio que él proclamaba. Dentro del gabinete era Eduardo su Secretario General y Gonzalo Barrios su Ministro del Interior.

         Cuenta que discutían los problemas venezolanos bajo la presidencia de Alvarado y una vez se combinaron con Ernesto Silva Tellería para que planteara el problema del petróleo. Eduardo soplaba al “candidato” las respuestas y cuando pomposamente expuso Ernesto el tema , el “candidato” vio a Eduardo que la apuntó: “Expropiación”. 

         Eduardo puso entonces de manifiesto todos los inconvenientes que podrían derivarse de la expropiación, incluyendo la falta de alimentos para Venezuela, y el petróleo expropiado, pero sin mercado. El “candidato” buscaba afanosamente la mirada de Eduardo y la respuesta, pero éste naturalmente se hacía el desentendido, dejándole a sus propias fuerzas.

         Y fue cuando el “candidato” aflojó su fórmula magnífica:

    –Pues si no nos compran nuestro petróleo, tampoco les compramos sus papas podridas. . .

         Es curioso, pero el Obispo no es recordado con amargura por sus huéspedes de los años 30. Lo recuerdan hasta con simpatía, y todos acumulan chistes y recuerdos risueños. Gonzalo Barrios, por ejemplo, recuerda que el Alcaide Henrique Galavís, les llevaba él mismo los periódicos en la mañana, y ordenaba que les dieran café. Estaba precisamente junto con Eduardo Gallegos Mancera en la Biblioteca de la Cárcel, disponían de cómodos asientos, de refrescos, de comida que les llegaba de sus casas y de visitas.

         Eduardo, por ejemplo, dice que en el Obispo estaba cómodo en sus detenciones de 1936, 1937 y 1938; que estaban dos por calabozo, tenían periódicos, revistas, comida, visitas, amplia comunicación entre ellos, una hora de sol en la azotea, y el derecho de echar piropos por las rejas que daban a la calle. En cambio, en sus detenciones de 1950, 1951 y 1952, el panorama era totalmente distinto. Todo eran amenazas y malos tratos, alimentos manoseados en búsqueda de mensajes, encierro total, ratas, mal olor, hacinamiento de 7 y más en un calabozo, y toda suerte de males, incluyendo la promiscuidad con ladrones y homosexuales y con agentes de la seguridad camuflados de presos. La amenaza de llevarlos a “declarar” era constante. Tal vez por este contraste entre los dos Obispos recuerda Eduardo casi con nostalgia sus viejos tiempos de detenido crónico.

         Muchos de los 42 expulsados por López por decreto del 27 de febrero de 1937, habían estado antes y estuvieron en aquella oportunidad en el Obispo, de donde los sacaron para concentrarlos en el Garage de Palo Grande para de allí conducirlos al Flandre el 3 de marzo del mismo año, rumbo a México.

    El 8 de enero de 1959, Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el piquetazo inicial para la demolición de la cárcel del Obispo, situada en El Guarataro, Caracas

    El 8 de enero de 1959, Rafael Caldera, acompañado del entonces presidente de la Junta de Gobierno, Edgar Sanabria, dio el piquetazo inicial para la demolición de la cárcel del Obispo, situada en El Guarataro, Caracas.

         Aunque el decreto comprendía a 42, nos cuenta José Tomás Jiménez Arráiz, hoy Director de Gabinete del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, que solo unos 15 salieron del Obispo: Fernando Márquez Cairós, Valmore Rodríguez, Salvador de la Plaza, Inocente Palacios, Rodolfo Quintero, Jóvito Villalba, Hernani Portocarrero, Manuel Acosta Silva, Miguel Acosta Saignes, Carlos Irazábal, Manuel Corao, Raúl Leoni, Gustavo Machado salió del Rastrillo y José Tomás de la Comandancia de El Conde, donde también habían sido trasladados poco antes Gonzalo Barrios y Hernani Portocarrero, quienes se habían negado a fotografiarse para el pasaporte de expulsión.

         Precisamente la negativa de Hernani a dejarse fotografiar dio origen a que José Tomás inventara un “skecth” que recitaba él solo y que se llamaba “Hernani Portocarrero no ha muerto”, en el cual José Tomás hacía el papel de Hernani, del Cabo de Presos, de otros presos y finalmente de Jóvito Villalba en un discurso.

         Juan Oropesa, Jesús González, Carlos Rovati, Carlos Augusto león, Luis Hernández Solís, Rafael Martínez, a quien llamaban “Madera”, este murió hace algunos años. Escuriana, Jean Piaret, también salieron del Obispo rumbo al destierro, o habían pasado por allí alguna vez. Rómulo Betancourt, que visitó el Obispo varias veces, no puso ser detenido para expulsarlo hasta tres años después. Tampoco fue detenido nunca Alejandro Oropesa Castillo ni Juan Bautista Fuenmayor, comprendidos en el decreto de expulsión, pero que lograron permanecer en el país.

         Por entonces ya el Bachiller Castro operaba en el Rastrillo de la Policía, también frecuentemente visitado por los dirigentes políticos de la época, y se indignaba mucho de que Gustavo Machado fuera al Obispo en plan de defensor de los detenidos y no lo estuviera él.

         También los luchadores políticos contra la tiranía pasaron en su casi totalidad por el Obispo. Muchos de los que padecieron expulsión sin decreto de la dictadura estuvieron por lo menos una vez en el Obispo.

         Aquí mismo, dentro del recinto de “Últimas Noticias” y en la vecina “Esfera” muchos redactores han padecido detenciones en el Obispo. Miguel Ángel Capriles, presidente de la C. A. Últimas Noticias, estuvo preso allí, en la letra A, en 1955 durante 9 días. Por meses estuvo Manuel Trujillo y Heli Colombani (columnistas de “Últimas Noticias”) pasó dos largos años en aquel antro inmundo. Emiro Echeto La Roche, director de “Ultimas Noticias”, “gozó” también del Obispo en tres oportunidades cada una por varias semanas. Casi siempre se le detenía por titulares del periódico que le caían gordos a Pedro Estrada. Una de esas detenciones fue por un título cuando el alzamiento del 1° de octubre de 1952 en Maturín. Decía: “Rebelión en Maturín”. ¡El gobierno anuncia la sofocó en 24 horas! Lo que no le gustaba a don Pedro era el tamaño del título. . .

         A Miguel Ángel Capriles se le acusó de hacer “oposición camuflada” al régimen para aumentar la circulación de “Últimas Noticias” y de su revista “Élite”. Además –nuevo Hitler– Vallenilla le enrostró que era judío en nota de primera plana en “El Heraldo”.

         Oscar Yanes, director de “La Esfera”, también efectuó visitas forzadas al Obispo.

         Y yo tengo el dudoso honor de haber sido no solo la única política detenida allí en los años 40, sino de haber compartido celda con 68 prostitutas del Obispo renuentes al tratamiento antivenéreo. Lo peor es que se me detuvo porque el policía 737 me “echó” un piropo grosero y me devolví a verle la placa. Enseguida me acusó de “falta de respeto a la autoridad” y me raspó a la Comandancia, de donde me mandó al Obispo el Segundo Comandante por haberse afirmado “falta de respeto”.

         La cárcel del Obispo en trance de ser demolida es asiento hoy de ladrones, ebrios y escandalosos. Sin embargo, el contacto que tuvimos con algunos casos en nuestra visita, que ameritará una nueva información, revela que allí es necesario mientras se le demuela, una persona que tramite algunos casos humanos terriblemente dolorosos. Prostitutas que apenas tienen 17 años; hombres acaso privados de su libertad por error. Una trabajadora social podría estudiarlos.

         Mientras tanto, Venezuela celebrará con júbilo el día que la piqueta derribe ese monstruo de escarnio y de ignominia que es la Cárcel del Obispo, en cuyas listas de detenidos, si se conservaran, podría hacerse un censo de todos aquellos que en Venezuela han luchado y sufrido por la libertad que ahora disfrutamos, y que se ha conquistado al precio de tanto dolor”.

     

    * La guariqueña Ana Luisa Llovera (1908-1999) fue una gran luchadora social, periodista y política. En 1941, participó en la fundación del partido Acción Democrática. Fue la primera mujer en juramentarse como diputado Constituyente (1946), así como la primera mujer presidenta de la Asociación Venezolana de Periodistas (AVP, 1960).

    ** Casi un año después de que Ana Luisa Llovera publicara su interesante artículo sobre la cárcel del Obispo, esta fue demolida, en enero de 1959. Hoy en su lugar existe un jardín de infancia

    FUENTE CONSULTADA

    • Últimas Noticias. Caracas, viernes 25 de abril de 1958
    27 años de pesadilla: Juan Vicente Gómez en el poder, 1908-1935

    27 años de pesadilla: Juan Vicente Gómez en el poder, 1908-1935

    Dos meses después de la muerte del general Gómez, el diario El Heraldo, en su edición del 12 de febrero de 1936, reprodujo, tal y como aparece en la revista quincenal chilena “Ercila”, un reportaje acerca del actual momento venezolano. “No hemos querido enmendar ni una sílaba a esta página que, en cierto sentido, refleja lo que de nosotros se piensa en el exterior y a la cual hemos procurado conservar hasta su fisonomía tipográfica, indicó el mencionado diario caraqueño

    En 1908, cuando Cipriano Castro se marchó a Berlín, para tratarse su delicado estado de salud, dejó a su compadre, Juan Vicente Gómez, al frente de la primera magistratura.

    En 1908, cuando Cipriano Castro se marchó a Berlín, para tratarse su delicado estado de salud, dejó a su compadre, Juan Vicente Gómez, al frente de la primera magistratura.

         “El final de la tiranía de Juan Vicente Gómez, en Venezuela, por el medio natural de la muerte, ha puesto sobre el tapete el debatido tópico de la clase de su gobierno, y han vuelto a la memoria del público aspectos total o parcialmente olvidados de su paso por el poder.

         A fuerza de leer informaciones oficiales, se había llegado a pensar que no era exacto el estado de fuerza de Venezuela, y que el número de desterrados, presos, perseguidos y muertos no era otra cosa que una ficción de escritores apasionados. Muchos periodistas cayeron en el garlito de encomiar la “labor nacionalista” de Gómez, el “desarrollo material” de Venezuela y otras cosas. La realidad permite, ahora, revaluarlo todo, y a eso se concreta este artículo objetivo, de mera información.

    Ascenso y golpe

         Juan Vicente Gómez pertenecía a los “andinos”. Cooperó activamente con Cipriano Castro y pronto se destacó entre sus tenientes más esforzados. Cipriano Castro era un presidente con ocurrencias de Roses, con respecto a los europeos. También a él lo atacaron las potencias y él solía sonreír de todo ello.

         Tipo de neurótico, especia de Calígula tropical, se cuentan de Castro anécdotas innumerables. Su lascivia no conocía dique. Refieren que se hacía llevar a su habitación a las mujeres que eran de su agrado sin averiguar más. Un día que hubo un fuerte temblor de tierra en Caracas, saltó por el balcón de la Casa Amarilla (Ministerio de Relaciones Exteriores) y se quebró una pierna. Dicen que en plena “juma”, o sea, borrachera, se bañaba a veces desnudo en la fuente pública de una plaza caraqueña.

    Promesas y halagos 

         El propio general Gómez refería que cuando subió al poder quiso dar un viraje a la política venezolana, pero que los “malucos” se lo impidieron. Uno de sus consejeros de entonces fue cierto político venezolano Bautista, con quien enseguida se peleó. El escritor Rufino Blanco Fombona corrió igual suerte. Quien desee pormenores de esta etapa de la vida venezolana puede recurrir al prólogo de los poemas de Fombona, a “Con la mitra en la mano”, o a “Judas Capitolino” de José María Vargas Vila. También puede recurrir a “Vidas oscuras” de José Rafael Pocaterra.

     

    Un relato trágico

         Fombona fue recluido en la cárcel. Refiere que tuvo ceñido al pie los grillos de sesenta kilos. Un compañero suyo permaneció unido por los grillos a su camarada de celda, quien había muerto, y así tuvo que soportar el hedor varios días.

         Exasperado Fombona, mató con una varilla de catre a uno de sus guardianes. Más tarde, logró fugarse. Y anduvo por el mundo, ejerciendo diversos oficios, hasta llegar a París, y, luego, a Madrid.

         “El hombre de oro” y “El hombre de hierro” encierran dos relatos gráficos de la situación venezolana de entonces.

    Para disfrazar el estadazo de miseria en la que se encontraba el país, Gómez propugnó una política de reconstrucción material, sobre todo de carreteras, hechas, muchas de ellas, con trabajos forzados de los presos políticos.

    Para disfrazar el estadazo de miseria en la que se encontraba el país, Gómez propugnó una política de reconstrucción material, sobre todo de carreteras, hechas, muchas de ellas, con trabajos forzados de los presos políticos.

    La “inteligencia” gomecista

         Naturalmente, hubo un gran sector de intelectuales que se sometieron a Gómez. Y escritores de primera fila, seducidos por el confort y atados por el temor, no trepidaron en prestarle sus servicios, aunque no siempre su elogio público. Entre ellos figuran, José Gil Fortoul, César Zumeta, Laureano Vallenilla Lanz, Pedro Manuel Arcaya, Diego Carbonell, Manuel Díaz Rodríguez, Vicente Lecuna y otros más.

         El conductor de todo ello era Vallenilla Lanz, director de “El Nuevo Diario”, que acaba de ser destruido por el pueblo en represalia por la forma cómo apoyó y aún más, sugirió todos los desmanes de la tiranía. Vallenilla Lanz fue el autor de la teoría del “Gendarme necesario” en “Cesarismo Democrático”, teoría de la que se jacta Arcaya, que se la disputa a Vallenilla.

         “El Universal”, otro diario caraqueño, dirigido por el poeta Andrés Mata, también se distinguió, aunque menos que el anterior, en el apoyo de Gómez. Mata murió en 1931, como Díaz Rodríguez, en 1927. En la intimidad, casi todos, excepto los más enconados, manifestaban su “descontento” espiritual con el régimen.

    El caso de Tito Salas

         Tito Salas es uno de los grandes pintores americanos. Premiado en París, muy joven y después de cosechar grandes triunfos, fue contratado por el gobierno de Gómez para decorar la Casa Natal del Libertador.

         Ahí permaneció hasta hoy. En 1924, el gobierno de Perú le invitó, pero prácticamente no se le dejó salir porque se tenía la seguridad de que no volvería. Tito Salas ha vivido en cárcel de oro, sin pintar casi, muerto de hastío, quemándose en alcohol su genio evidente.

         Y como Tito hay tantos con cárcel de oro.

    El general Juan Vicente Gómez estuvo 27 años en el poder (1908-1935).

    El general Juan Vicente Gómez estuvo 27 años en el poder (1908-1935).

    Entre 1908 y 1935, hubo un sector de intelectuales que se sometieron a Gómez, entre ellos, escritores de primera fila como José Gil Fortoul.

    Entre 1908 y 1935, hubo un sector de intelectuales que se sometieron a Gómez, entre ellos, escritores de primera fila como José Gil Fortoul.

    La obra material

         Para disfrazar este estado de cosas, Gómez propugnó una política de reconstrucción material y, sobre todo, la política vial, cuya clave es estratégica, a fin de facilitar el develamiento de cualquier sedición.

         Los caminos fueron hechos con trabajos forzados de los presos políticos. Los estudiantes tenían que trabajar bajo el sol canicular permanente y sin salario o salario de hambre, sometidos al palo del caporal. Así se hicieron los caminos de Venezuela, pero no se incrementó su producción. La fortuna pública creció en cuantía y en monopolio. No se distribuyó nada. Unas cuantas familias fueron las dueñas de todo.

         La fortuna personal de Gómez se calcula en más de 200 millones de dólares, o sea 1.000 millones de bolívares. Y al entrar al Gobierno, no tenía nada. Sus familiares poseen tierras, ganado, negocios enormes.

         Se inició la explotación del petróleo, especialmente en Zulia. El origen del incremento de esta industria, está vinculado a México. Cuando este país, por medio de su legislación petrolera, redujo las liberalidades que se tenía para con el imperialismo, Venezuela abrió las puertas. El capital imperialista prefirió un país en el que no era controlado al contralor mexicano, y México pasó a ocupar un puesto inferior en la escala de producción petrolera, subiendo el de Venezuela.

         El gobierno impresionó pagando la deuda externa, pero lo hizo sin previsión, cuando más alta era la moneda extranjera. Por otra parte, trató de cautivar a los ingenuos atesorando dinero improductivo en el Banco de la Nación. Cada año, el mensaje presidencial asentaba: tenemos tantos millones más guardados que el año anterior. Lo económico habría sido invertir esos millones en obras públicas, en las provincias, favorecer un gran adelanto agrícola, industrial, sanitario, levantar el standard de vida del ciudadano común. Pero eso no se hacía. Y se atesoraba en vez de invertir.

    El general Eleazar López Contreras, ministro de Guerra y Marina, asumió el poder luego de la muerte de Gómez.

    El general Eleazar López Contreras, ministro de Guerra y Marina, asumió el poder luego de la muerte de Gómez.

     Año del colapso

         En 1923, fue asesinado misteriosamente Juancho Gómez, hermano del dictador. Desde entonces, el Gobierno aumentó su severidad.

         En 1927, los estudiantes insurgieron en manifestaciones públicas, pidiendo más libertad, ayudados por las damas de Caracas. Estudiantes y mujeres fueron a la cárcel, sufriendo mil torturas. Gonzalo Carnevali y Rómulo Betancourt han referido las que vieron y sufrieron: colgados de los órganos viriles sufrían interrogatorios y flagelamientos; se les bañaba a medianoche; se les sometía al suplicio de no dejarles dormir, interrumpiéndoles el sueño a cada rato; se les colgaba de los dedos; se les tenía atados a grillos pesados, sin permitirles aire ni ninguna comodidad humana. . .

     

    Los desterrados

         Quien haya viajado por el norte del continente, sabe cómo son de numerosos los desterrados venezolanos. En Barranquilla y en la frontera colombo venezolana hay varias decenas de millares. Hoy el cable habla de millares de desterrados que están en Barranquilla. En Panamá no bajan de varios centenares. En Ecuador igualmente. En Puerto Rico, Costa Rica, Santo Domingo. Curazao son numerosísimos. Los desterrados en Nueva York son una verdadera colonia.

         Entre los desterrados han tratado de ejercer comando los generales Rafel Arévalo Cedeño y Simón Urbina, pero los grupos jóvenes tienen hoy predominio.

     

    La herencia de Gómez

         El general Eleazar López Contreras ha recogido la herencia de Gómez. El apresuramiento porque el Congreso elija antes de cumplirse el “período” de Juan Vicente Gómez, que es en abril de 1936, indica que se teme a la maduración democrática de cuatro meses.

         Seguramente, Venezuela pide hoy elecciones populares en vez de la elección por el Congreso. Esta nueva etapa o nuevo aspecto de la conciencia ciudadana tendrá que conjurarlo el general López Contreras, tanto más difícilmente cuando que, habiendo salido los presos de las cárceles –y son varios militares– y regresando los desterrados, y perdido el temor los amordazados, resulta que un sector considerable de la ciudadanía venezolana se encuentra en situación beligerante y atenta a la política.

         Los desórdenes en las petroleras de Maracaibo, indican que el movimiento antiimperialista es agudo. La fuga de los Gómez anuncia que el gobierno o no ha querido o no ha podido protegerlos contra la ira de sus víctimas de antaño.

         En todo caso, la situación venezolana es una incógnita, y plantea una crisis más en la serie de crisis que aquejan al continente americano”.

    Tesoros de la Plaza Bolívar

    Tesoros de la Plaza Bolívar

    La estatua de la plaza Bolívar, en Caracas, es una copia de la que se encuentra en la Plaza de la Constitución, enfrente del edificio del Congreso, en Lima, Perú.

    La estatua de la plaza Bolívar, en Caracas, es una copia de la que se encuentra en la Plaza de la Constitución, enfrente del edificio del Congreso, en Lima, Perú.

         “Debajo de la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar, en la Plaza que lleva su nombre, en Caracas, hay valiosos tesoros, no por su precio en metálico, sino por lo que representa como acervo cívico y cultural. Aunque si de metálico se trata, es muy posible que valga una fortuna, por su trascendencia histórica.

         Este hermoso monumento tan fotografiado por los turistas de todo el mundo, con el correr del tiempo, se ha convertido en el símbolo característico de Caracas.

         Como se sabe, este monumento es obra del escultor italiano Adamo Tadolini (1788-1863), fundido en Múnich, Alemania (1874), bajo la dirección de los expertos Alsatian Bartoldi y Fernando van Müller. Fue copiado de la estatua ecuestre original (c1855) que se encuentra en la Plaza de la Constitución, enfrente del edificio del Congreso, en Lima, Perú.

         Sobre la génesis de la Plaza Bolívar y su famosa estatua, se han escrito muchos libros y crónicas. Uno de los trabajos más documentados es el que publicó Carlos Eduardo Misle en su libro sobre la Plaza Bolívar de Caracas, donde, además, realiza una compilación de toda la literatura sobre el origen y el crecimiento de la actual metrópoli venezolana, desde aquellos lejanos días en que la Plaza Mayor, denominada después Plaza de Catedral, servía de estrado judicial, de alegre mercado y paredón para fusilamientos.

    No tenían fe en su futuro

         Para entrar en detalles sobre la Plaza Bolívar y los tesoros, ocultos debajo de la estatua ecuestre, es importante conocer antes algunos aspectos del pasado de la ciudad. Según Carlos Manuel Moller, ni el emprendedor Francisco Fajardo ni el bizarro Diego de Losada, tenían fe en el futuro de la ciudad. No creían que un día podía ser una gran metrópoli.

         Juan Rodríguez Suárez, otro conquistador español, tampoco se mostró optimista con el porvenir de Caracas. Los historiadores relatan al respecto que basta ver el plano más antiguo que se conserva en el Archivo de Indias, enviado por el Gobernador Juan de Pimentel, en 1578, para darse una idea de la poca perspectiva urbana que tenía la ciudad, con una Plaza Mayor que no sobrepasaba en tamaño a la más pequeña de las manzanas.

         En 1764, según Carlos Eduardo Misle, que cita a Joseph Luis de Cisneros, autor del libro “Descripción exacta de la Provincia de Venezuela”, Caracas ya era una “ciudad bastante grande, con sus calles muy estrechas de diez varas de ancho”. La Plaza que servía de mercado, tenía una arquería bien delineada, con dos fuentes por sus lados, adornada de pórticos primorosamente trabajados.

         Por su parte, el alemán Alejandro Humboldt, quien como se sabe estuvo de paso en Caracas, en 1800, escribe en sus memorias que La Pastora estaba a 37 toesas por encima de la Plaza de La Trinidad, y que la Plaza Mayor se encontraba a 32 toesas por encima del rio Guaire. Comentaba también que el declive del terreno no impedía que rodaran los carruajes, “aunque sus habitantes hacen raramente usos de ellos” (La toesa era una unidad francesa de casi dos metros de largo).

         Humboldt, como se ve, tampoco pudo imaginar que esa Caracas de pocos carruajes sería más tarde una ciudad moderna de imponentes autopistas y viaductos con interminables torrentes de automotores.

     

    Sangriento escenario

         Siempre remitiéndonos a los informes de Carlos Eduardo Misle, a través de los tiempos, la Plaza Bolívar fue una “charca de sangre y halo de gloria”, o sea que fue escenario de sangrientas represiones y de épicas gestas en favor de la libertad. Haciendo referencia al pasado de esa Plaza, afirma el médico e historiador caraqueño, Arístides Rojas, que fue lugar de patíbulos y de escarnio.

         Por su parte, Fermín Toro escribió que el 8 de mayo de 1799, el Capitán General Manuel Guevara y Vasconcelos, condenó a muerte a José María España, quien altivo, atravesó entre soldados y frailes, hacia el cadalso levantado en un extremo de la Plaza. Entre la gente presa de temor, un niño de aspecto enfermizo miraba con los ojos arrasados por las lágrimas, los detalles de la ejecución. Era Pedro Gual, sobrino y amigo entrañable del sentenciado.

         Arístides Rojas, siempre haciendo reminiscencias de la Plaza Mayor, hoy Bolívar, escribió que “han pasado las generaciones de tres siglos, los magnates de lo pasado, los adalides de la guerra magna, los defensores del realismo. En ella ha flameado la bandera de Castilla y la de Colombia y Venezuela”.

    El 7 de noviembre de 1874 fue inaugurada en Caracas la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar.

    El 7 de noviembre de 1874 fue inaugurada en Caracas la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar.

    Bolívar en otra plaza

         Si el decreto de la Municipalidad de Caracas, del 1° de marzo de 1825, se hubiera cumplido, de acuerdo con lo que sostiene el conocido cronista Enrique Bernardo Núñez, la estatua ecuestre del Libertador estaría en la actual Plaza de San Jacinto, que por ese entonces era un desordenado y pintoresco mercado.

         Al recibirse las buenas nuevas de la Batalla de Ayacucho, que acabó con el dominio español en el Perú, los concejales eufóricos dispusieron que  “la estatua sería ecuestre, de bronce, sobre una columna de mármol. En lo sucesivo la Plaza de San Jacinto se denominará de Bolívar, de esta manera, estará en el solar que lo vio nacer, el Primer Presidente de la República, el Libertador de tres Estados y el Padre de la Patria misma, señalando con mudo, pero elocuente lenguaje, aun a las generaciones más distantes, las verdades y seguras sendas que conducen a la gloria”.

         Siempre basándonos en lo que relata Enrique Bernardo Núñez, en diciembre de 1842, mientras se traían desde Santa Marta, Colombia, los restos de Bolívar, la diputación provincial dispuso por medio de una ordenanza que la Plaza llamada de Catedral, se denomina en adelante de Bolívar y se coloque en ella sobre un pedestal de mármol, una estatua ecuestre del Libertador. Lamentablemente, tampoco se cumplió ese buen deseo. El homenaje a Bolívar tuvo que postergarse por varios años más.

    La estatua

         Siendo presidente de la República el general Antonio Guzmán Blanco, en la gaceta Oficial del 18 de noviembre de 1872, salió publicado el decreto que ordenaba se levante en la Plaza Bolívar una estatua ecuestre digna de las glorias del Libertador.

         La primera piedra del monumento fue colocada el 11 de octubre de 1874, cuando se confirmaron las noticias de que estaba en viaje a La Guaira, el barco que transportaba desde Alemania la estatua fundida en bronce.

         El general Guzmán Blanco fue un gran bolivariano, que no ocultó su decisión de hacer de la Plaza Bolívar un hermoso lugar. Con ese propósito mandó a embellecer los jardines y colocar el barandado que luce actualmente, preparando un escenario adecuado para recibir dignamente al monumento que perennice la gratitud de los venezolanos al Padre de la Patria. Modernizada la Plaza con vergeles, fuentes artificiales y una tribuna para la orquesta, firmó el decreto autorizando la erección de la estatua, no por suscripción popular, como lo habían intentado vanamente otros gobiernos, sino costeado con fondos del Tesoro Nacional.

         Fernando Müller, hijo del fundidor de la estatua, vino expresamente desde Alemania para dirigir los trabajos de colocación del monumento, que venía a bordo del bergantín “Thora”, el cual encalló en Los Roques, causando preocupación y alarma a los caraqueños. Para las operaciones de salvamento fue enviada desde La Guaira la goleta “Cisne”, a bordo de la cual viajó una comisión integrada por Francisco Michelena Rojas, Vicente Ibarra, Tomás R. Olivares y los generales Adolfo Ferrero y Alejandro Ibarra.

    Debajo de la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar hay valiosos tesoros, no por su precio en metálico, sino por lo que representa como acervo cívico y cultural.

    Debajo de la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar hay valiosos tesoros, no por su precio en metálico, sino por lo que representa como acervo cívico y cultural.

    Los tesoros ocultos

    De acuerdo con lo que refiere Carlos Eduardo Misle y con la información que apareció en el periódico “La Opinión Nacional”, de fecha 11 de octubre de 1874, en una ceremonia especial fueron enterrados bajo la piedra fundamental de la estatua ecuestre, interesantes objetos de valor histórico y sentimental. Para el efecto fue construida una bóveda especial donde se colocaron cajas metálicas herméticamente selladas, conteniendo numerosos recuerdos y documentos, que son enumerados en el Acta Oficial. La lista de los objetos enterrados es la siguiente:

    • Una colección de periódicos de los Estados y otra de Caracas
    • Una pieza de plata, correspondiente a un bolívar
    • Una pieza de cincuenta céntimos
    • Una pieza de diez céntimos
    • Una pieza de cinco céntimos
    • Una medalla conmemorativa del Libertador
    • Dos medallas del Capitolio
    • Ejemplares de la Geografía de Venezuela, de Agustín Codazzi; y de la historia de Rafael
    • María Baralt y Ramón Díaz
    • Leyes y decretos de los Congresos de Venezuela desde 1810 a 1850
    • El Mensaje y documentos de la cuenta de 1873
    • El primer censo de la República
    • Un retrato, litografía, del Ilustre Americano
    • Una fotografía del mismo
    • Un plano de la ciudad de Caracas
    • Una copia del Acta de la Independencia
    • Las Constituciones de 1857, 1858 y 1874
    El presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco, ordenó en 1872 erigir, en la Plaza Bolívar de Caracas, una estatua ecuestre digna de las glorias del Libertador.

    El presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco, ordenó en 1872 erigir, en la Plaza Bolívar de Caracas, una estatua ecuestre digna de las glorias del Libertador.

    • Ejemplares de los periódicos del 10 de octubre de ese año: “Gaceta Oficial “,” La Opinión Nacional”, “El Diario de Avisos”
    • Una colección de periódicos de los Estados, y otra de los escritos de Antonio Leocadio Guzmán sobre Bolívar

         Una vez sepultados todos estos documentos y recuerdos, se colocó sobre la bóveda la piedra fundamental.

     

    La inauguración

         La estatua ecuestre del Libertador fue inaugurada oficialmente el sábado 7 de noviembre de 1874. La ceremonia fue multitudinaria, con salvas de artillería, fuegos artificiales e iluminación especial de la Plaza. El imponente acto fue presidido por el general Antonio Guzmán Blanco, con el uniforme de gala, acompañado de su familia y del gabinete en pleno, con la asistencia de los representantes de los países bolivarianos y de otras naciones amigas.

         Guzmán Blanco, quien también tuvo el acierto de poner a la moneda venezolana el nombre de “Bolívar”, en el emotivo instante en el que se descorría el velo para descubrir la estatua, dijo estas históricas palabras: “En nombre de la gratitud de Venezuela y de la gloria de la América, queda inaugurada la estatua de Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Perú y fundador de Bolivia, Héroe de América del Sur y Hombre más grande que ha producido la humanidad desde Jesucristo. Que todos los venezolanos, de generación en generación seamos dignos de tan grande e ilustre Padre”.

    FUENTES CONSULTADAS

    • Castellón, Hello. El tesoro de la Plaza Bolívar. Elite. Caracas, 1° de diciembre de 1972; Págs. 20-22
    • Misle, Carlos Eduardo. Plaza Mayor-Plaza Bolívar. Corazón, pulso y huella de Caracas. Caracas: Secretaría General, 1967; 118 p
    Los “aparecidos” y “espantos” de la Caracas de antaño

    Los “aparecidos” y “espantos” de la Caracas de antaño

    Por Omar Vera López

    La “mula maniá”, Es la mujer cuya curiosidad le llevó a ser transformada en mula y que acecha a los trasnochadores caraqueños de la ciudad de mil y pico.

    La “mula maniá”, Es la mujer cuya curiosidad le llevó a ser transformada en mula y que acecha a los trasnochadores caraqueños de la ciudad de mil y pico.

         “La luna es un farol vagabundo que recorre el cielo libre de sus amarras. Montada muy alto, tan alto que a veces siente vértigos, mira hacia la tierra que se arropa en su propia oscuridad, sin que su mirada curiosa alcance a producir más que penumbra y juegos de luces. La tierra, allá abajo, siente frío. A veces hasta se molesta de la incesante curiosidad de ese ojo solitario siempre abierto, siempre vigilante. Ese farol navega por el cielo sin importarle que la tierra, allá abajo, tiene cientos y cientos de lunas amarradas al pavimento. Lunas cómodas que se encienden y apagan pro la voluntad del hombre. Lunas menos románticas pero mil veces más prácticas.

         La luna ha visto muchas cosas. Tantas que ya ni recuerda. Pero, aunque la memoria le falle como una vieja achacosa cualquiera, a veces sonríe pensando en las cosas que ha visto. No las recuerda en absoluto, pero sabe que sonreiría igualmente si se acordara, Cosas tristes, alegres, trágicas, misteriosas. . . Esta noche la luna se siente poseída por los espíritus del Más Allá. . . y su sonrisa se ha hecho más oscura, más callada. Como esa sonrisa retorcida de los gatos negros cuando se les pasa la mano por el lomo arqueado. . .

         Noche cualquiera. Santiago de León de Caracas dormita su somnolencia colonial, ahogando bostezos de techos rojos y calles empedradas. La Catedral yergue su juventud coronada por la faz redonda de su reloj que canta las horas con voz abaritonada. Las calles solitarias con las aceras medrosamente recostadas de las paredes recuerdan que se acerca la media noche. Y a las nueve y media el toque de queda barrió con los trasnochadores y silenció las serenatas. Todos se cobijan detrás de las fuertes puertas de madera donde las palmas benditas puestas en cruz y clavadas en lo alto, forman la barrera invisible que coloca la Fe.

         Todos duermen o rezan en la ciudad. . . Es decir, ¡todos no! Prendido a los barrotes de una ventana, tejiendo sueños y hablando silencios, el amor no sabe de toque de queda. . . no usa relojes ni calendarios. Mide las horas en lágrimas y los minutos en suspiros.

         De pronto el amante descuidado se ha puesto pálido. Sus manos ancladas a los barrotes los aferran con más fuerza. La dueña de sus desvelos es una mancha blanca en la oscuridad de la ventana. Y al volver la cabeza, distingue en el fondo de la calle, sacando chispas del empedrado pavimento, una mula, enorme y oscura, que avanza alocadamente. Una pata trabada por las riendas que arrastran por el suelo dificulta sus movimientos. Va sembrando coces y corcovos, extrañamente luminosos los ojos muy grandes, como si llevara un candil encendido muy adentro.

         Toda la oscuridad se va borrando a su paso dejando en su lugar una luz lechosa que hace daño a los ojos. . . Es la “mula maniá”. Es la mujer cuya curiosidad le llevó a ser transformada en mula y que acecha a los trasnochadores caraqueños de la ciudad de mil y pico. Con un suspiro la damisela se ha desmayado y el valeroso galán, sin la interesada espectadora, no ha vacilado en seguir sus pasos. . .

     

    Superstición. Tiempo de monsergas y cuentos de camino.

         De espantos y de aparecidos que consideraban su deber principal amargarle la vida al prójimo temeroso que se pusiera en su camino. Cadenas y gemidos, sábanas y azufre, botijuelas donde cantaba su canción dorada la morocota rubia y codiciada. Golpes en las paredes y voces temblorosas de los buscadores de tesoros que cubrían el miedo con la ambición. “Siga tres pasos hacia el norte donde la vieja ceiba dobla la espalda contra el muro” . . . Espantos, muertos y apariciones.

         Cuando los gallos comienzan a mirar al reloj previniendo la aurora, la oscuridad se hace más impenetrable que nunca. Es quizá el momento crucial, sagrado, cuando la mañana, al fin mujer, se da los toques sabios de su “toilette” para aparecer fresca y rozagante a los ojos del sol que se levanta. En ese momento con una velocidad de espanto, traqueteando, chirriando y dando tumbos por las estrechas callejas, aparecía un carretón viejo y polvoriento. Desde el sitio donde hoy está el Panteón Nacional hasta dos o tres cuadras al sur del Puente Trinidad o desde Dos Pilitas hasta la Plaza de la Pastora, el siniestro carretón va llenando de ruidos y de temores los corazones caraqueños.

    El Carretón de la Trinidad, ruidoso carretón que iba guiado por un rojo cochero.

    El Carretón de la Trinidad, ruidoso carretón que iba guiado por un rojo cochero.

         Era el Carretón de la Trinidad, el ruidoso carretón que iba guiado por un rojo cochero, haciendo cabriolas en el pescante, con dos espantosos cuernos señalando al cielo en la frente arrugada. El conductor agitaba el látigo y golpeaba el aire, porque el carretón llevaba las varas vacías, aumentaba la velocidad cada vez más sin que se vieran los caballos que piafaban y galopaban acuciados por el látigo. . . Y no faltaba quien sintiera nacer entremetido con sus medrosos pensamientos la seguridad de que la “mula maniá” se había escapado de las varas del misterioso carretón.

         Época oscura de cuentos narrados a la luz temblona de la vela. Sombras que trepaban las paredes y se deslizaban por el techo de cañas como esperando el momento para abalanzarse sobre el desprevenido mortal que sentía el corazón arrugado y chiquito como una naranja vieja. Caracas, la vieja Caracas, era un aquelarre poblado de brujas, aparecidos y duendes apenas el sol escondía la nariz enrojecida detrás de los cerros. La “dientona” mostrando a todos el tamaño descomunal de su dentadura, largos sables afilados y amarillos, apenas se atrevían a escuchar las once campanadas en la calle. El “enano de la Torre de Catedral”, un minúsculo hombrecillo que se podía encontrar por las noches parado bajo la Torre y que se estiraba, se estiraba, hasta mirar la esfera del reloj cuando algún desprevenido le preguntaba la hora.

       El “rosario de las ánimas” con su blanca fila de figuras, envueltas en los amplios pliegues de las sábanas, portando el hachón encendido y rezando en voz alta un escalofriante rosario. Tradición y superstición de la Caracas que se fue encaramada en sus edificios de veinte pisos y enarbolando la sonrisa blanca de la luz del neón.

         Pero también había los que sabían aprovechar la superstición para sus propios fines. En noches tenebrosas, cuando el viento se retorcía por las callejuelas como si alguien le apretara la garganta, aparecía “la sayona” . . .  Con un larguísimo sayal, más negro que la misma noche, mostrando en el cráneo pelado el resplandor rojizo de las cuencas vacías y con un ominoso entre chocar de huesos al caminar iba apretando con la mano fría del miedo el corazón de todos los caraqueños. En las casas, reunidos en una habitación cualquiera, todos los habitantes oían ansiosos la voz del jefe de la familia que rezaba con voz temblorosa pidiendo al cielo la merced de alejar la siniestra dama de los alrededores. . . Al poco rato, al conjuro de rezos y peticiones, se dejaba de oír el lamento de la enlutada aparición y regresaba la calma al seno del hogar. Una persona, sin embargo, entre ruborosa y asustada, podía aclarar el misterio de la aparición de la temida “sayona”, esa sayona que ocultaba tras la negrura de la sábana apresuradamente teñida al galán audaz que desafiaba la fuerza poderosa de la superstición para robar un beso de los labios de la amada, Una medida forzada por el inabordable cerco que en esa época de rigidez conventual separaba a los galantes caballeros flechados por Cupido de la dulce compañía de las Julietas de entonces.

         A veces ya no era la sayona sino el “Hermano Penitente” . . . Vestido de blanco, con un rosario de cuentas de madera al pecho, una cruz en la mano izquierda y un látigo en la derecha, iba pregonando a grandes gritos sus horribles pecados mientras se propinaba sonoros latigazos en las espaldas curvadas. Excusado es decir que los avisados mozos de entonces utilizaban largas tiras de cartón para los temibles látigos, que producían un ruido seco e impresionante sin lastimar sus pecadoras espaldas.

    La vieja Caracas era un aquelarre poblado de brujas, aparecidos y duendes.

    La vieja Caracas era un aquelarre poblado de brujas, aparecidos y duendes.

         Este “Hermano Penitente” como si fuera poco el acompañamiento lúgubre de los latigazos y los gritos, también tenía su cohorte de adeptos. Sus devotos que apoyados en la tremenda influencia del “Hermano”, hacen y deshacen a su sabor, sin miedo ni temor para los peligros terrenales.

         La ceremonia durante la cual el “devoto” hace su pacto con el terrorífico “Hermano” puede ponerle los pelos de punta al más valiente. Con una gallina negra, descabezada, en la mano, el iniciado se dirige al Cementerio, dejando a su paso un sendero punteado de sangre. Allí, cuando la tempestad, que es requisito indispensable para la aparición del “Hermano” éste en su apogeo, invoca su aparición. Aparecido éste, si nuestro audaz “devoto” conserva suficientes redaños para ello, se realiza el pacto que le conferirá poderes especiales al aspirante.

         El “devoto” despide a su tenebroso asociado rezándole la oración de “San Juan Retornado”, y debe retirarse después sin osar tornar los ojos ya que el espectáculo del “Hermano Penitente” envuelto en llamaradas, descabezado, con los írganos abdominales colgando y profiriendo espantosos lamentos, son para desequilibrar a cualquiera. Menos mal que como contraparte, los “devotos” del “Hermano Penitente” adquieren poderes sobrenaturales para prevenirse de peligros y para salir con bien de las más enrevesadas aventuras. Tal diríase de estos devotos del espectral hermano que solo son protagonistas de los “films” de aventuras, en los cuales siempre salen incólumes las primeras figuras cuando ya parecía que tenían listo el pasaje a otro mundo.

         El culto a lo desconocido no siempre tiene esas fases terroríficas en sus invocaciones. Casi podríamos encontrarle un significado poético a la invocación al “Anima Sola”, por ejemplo. Ya no se trata del osado que desea arrostrar peligros precisamente sin peligro, sino del romántico galán un poco maltratado por la suerte y que desea reponer su prestigio amoroso con las doncellas del lugar. Entonces no tiene más que dirigirse a un bosque en horas de la noche y allí invoca a la “Solitaria Dama” que se especializa en asuntos sentimentales. Una vez conseguidos los favores del “Ánima Sola”, el “devoto” podrá emprender la conquista amorosa más difícil con la seguridad de que pronto la victoria será suya diciendo tan solo. . . “Ven. . . ven… Te llama el Anima Sola y yo también”.

         El Ánima Sola no se presenta en forma desagradable sino más bien en forma de mujer cubierta con blancas y vaporosas vestiduras. Dicen otros sin embargo que en las ocasiones en que los curiosos han pretendido presenciar la ceremonia de la iniciación, la Solitaria Dama se les ha aparecido en forma de mujer que arrastra un cuerpo de yegua.

         El Ánima Sola, sin embargo, como todo lo relacionado con el amor, pide fidelidad absoluta. El iniciado no puede nunca abandonar su culto so pena de terminar loco el resto de sus días ante la persecución implacable de su antigua aliada.

         Caminos de tradición sembrados en el corazón del pueblo. Retorcidos caminos que nacieron en la encrucijada de una noche cualquiera al amor de un buen fuego, en los labios del viejo abuelo que recordaba las cosas que había visto, las cosas que había oído y aún, las cosas que había imaginado montado en el potro de una imaginación afiebrada acuciada por el temor a lo desconocido.

    En noches tenebrosas, cuando el viento se retorcía por las callejuelas como si alguien le apretara la garganta, aparecía “La Sayona”.

    En noches tenebrosas, cuando el viento se retorcía por las callejuelas como si alguien le apretara la garganta, aparecía “La Sayona”.

    Un momento culminante fue cuando padre e hijo se unieron en un abrazo tras casi 14 días de suspenso y angustia.
    Un momento culminante fue cuando padre e hijo se unieron en un abrazo tras casi 14 días de suspenso y angustia.

         Oscuras creencias mitad religiosas mitad paganas. A lo largo y ancho de Venezuela las ánimas han puesto su nota de superstición y de ambición. Tesoros enterrados, relucientes morocotas que guarda un “ánima” en espera del audaz mortal que se decida a tomarlas. El ánima Palo Negro, el ánima de La Yaguara, la del Tirano Aguirre, la de la Vuelta del Fraile, el ánima en pena que fueron tema de medrosas conversaciones en la Caracas de calles empedradas y faroles de gas. Ánimas que ahora debe ser muy difícil hallar, ahuyentadas por las luces de mercurio y por la picota incansable que derriba viejos edificios con la misma rapidez con que vuelven a levantarse convertidos en modernos rascacielos o amplias avenidas.

         Hoy, bajo las luces brillantes de la ciudad que vive muy de prisa, no hay tiempo para supersticiones. El “carretón de la Trinidad” se perdería en medio de tantas canalizaciones, el “ánima sola” ha perdido su influjo amatorio y aún el “Hermano Penitente”, nos parece, a la claridad de nuestra concepción moderna, más que un espectral aparecido de tiempos idos, el remoquete de luchador de moda. Ya los grandes no creen en cuentos de brujas y los chicos, si llegaran a oír en labios del viejo abuelo las cosas que vio, que escuchó o que imaginó, solo atinarán a sonreír escépticamente, preguntándose: ¿Qué culebrón habrá estado oyendo el abuelo en la radio. . .? Ya como que le está pegando el calendario. . .”

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