Fundación de Santiago de León de Caracas

Fundación de Santiago de León de Caracas

El presente escrito del primer Cronista oficial de la ciudad, Enrique Bernardo Núñez, es un minucioso trabajo de investigación sobre los origenes de Caracas, fundamentado en documentos histórico de extraordinario valor encontrados en el Archivo Municipal; muchos de ellos, hasta entonces, inéditos.

 Por Enrique Bernardo Núñez

El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas
El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas

     El descubrimiento por Francisco Fajardo de minas de oro en el lugar de los indios teques dio mayor importancia a la región llamada de los caracas.     Mucho antes los españoles tenían noticias de estos venenos de oro, como se desprende de la relación que el gobernador Juan Péres de Tolosa hace al rey en 1548. La belicosidad de las tribus era obstáculo para poblarlas. Para esta época Guaicaipuro adolescente ha debido escuchar los relatos de los asaltos de esclavos en la costa de Borburata por los Cubagua y la Española. La conquista avanzaba por la Borburata hacia la nueva Valencia y el lago de Tacarigua y por la costa de los caracas hasta el valle del guaire. Nuestra Señora de la Concepción de la Borburata estaba fundada desde 1548 (27 de febrero).

     Francisco Fajardo comienza sus exploraciones en la costa de los caracas en 1555, el mismo año de la fundación de Valencia. Fajardo funda el Collado, en el mismo sitio donde hoy se halla Caraballeda, en 1560. De El Tocuyo y Barquisimeto fundadas en 1545 y 1552 salían tierra adentro las expediciones. También Villa Rica o Nirgua del Collado, ciudad de las Palmas o Nueva Jerez, entre Barquisimeto y Valencia, se funda a tiempo que Fajardo hacía sus primeras exploraciones.

     Para 1562 existían en la Gobernación de Venezuela siete pueblos de españoles con un total de siento sesenta vecinos o cabezas de familia. Los de Valencia y la Borburata no pasaban de veinte y cinco vecinos, por lo que se hallaban en gran riesgo de ser despoblados o destruidos.

     El gobernador Pablo Collado quitó el mando a su teniente Fajardo, fundador de un hato o ranchería en el valle de Maya o del Guaire, al cual dio el nombre de su patrono San Francisco, a seis leguas del Collado. El Gobernador envió a un Pablo Miranda a poblar las minas. Miranda hizo preso a Fajardo y lo remitió al Gobernador, y aunque éste luego lo dejó libre y envió a su villa del Collado, una vez que Miranda abandonó las minas por temor a Guaicaipuro, envió por su teniente a Juan Rodríguez Suárez, el fundador de Mérida (1561) y en guerra con Paramaconi, cacique de los toromaynas, fundó la villa de San Francisco, de efímera existencia. Rodríguez Suárez fue muerto por los arbacos en la loma de Terepaima cuando se dirigía al Tocuyo, depuesto por Collado que de nuevo dio el mando a Fajardo. Se dijo entonces que Fajardo no era extraño a esta muerte.

     En los mismos días Lope de Aguirre llegaba a Valencia. Fajardo bajó de nuevo al valle de San Francisco y solició auxilios del Gobernador. Este tenía en sus manos a los marañones de Lope de Aguirre, desbaratado hacía poco en Barquisimeto, y para deshacerse de ellos envió hasta ochenta con el andaluz Luis de Narváez, natural de Antequera, de los fundadores de El Tocuyo, y quien ya había estado con Juan de Villegas en la toma de posesión del Tacarigua y en la de Borburata. Pero Narváez y su gente fueron destruidos por los arbacos y meregotos en el alto de Las Mostazas, y solo escaparon dos españoles y un portugués para dar cuenta del desastre. Los marañones expiaron asi sus crímenes. Fajardo y los suyos tuvieron que salir de San Francisco, desde las alturas del camino vieron arder el pueblo, y a poco la propia villa del Collado se vio cercada por las huestes de Guaicaipuro.

     El licenciado Alonso o Alvaro Bernáldez, abogado de la cancillería de Santo Domingo donde tenía enemigos y protectores, fue enviado a tomar residencia a Collado. Lo halló culpable de negligencia en resistir a Lope de Aguirre y lo remitió preso a España. La tierra se hallaba en gran miseria y carestía. El licenciado no podía cobrar su salario, ni sus maravedises le alcanzaban para sostenerse. Despues de diez meses de gobierno tuvo a su vez que dar residencia al nuevo gobernador Alonso Pérez de Manzanedo, su deudo cercano, que sentenció a su favor. Pérez de Manzanedo muere el 23 de junio de 1563, después de nueve meses de gobierno, y Bernáldez asume de nuevo el mando, para el cual fue provisto por la Audiencia. Estaba de vuelta en Coro el 1° de enero del sesenta y cuatro. “La tierra, escribía, tiene necesidad de cabeza que la gobierne”. El valle de los caracas hacía brillar sus cálidos reflejos ante el único ojo del licenciado. Pensaba que cobraría prestigio en la Corte, aseguraría el gobierno, si llegare a ofrecerle la conquista o pacificación de los caracas. Nombró por capitán al mariscal Gutierre de la Peña que ambicionaba el cargo de Gobernador. Surgieron desavenencias entre ambos, o entre la autoridad civil y la militar. Bernáldez culpaba a Gutierre del fracaso de la expedición. No se dio prisa ni juntó gente, y se dilató tanto que los indios tuvieron tiempo de prepararse a la defensa. La real cédula de 17 de junio de 1563 mandaba hacer el castigo. Bernáldez decidió dirigirlo personalmente. Juntó gente en Coro, Borburata y Valencia, y con cien soldados llegó hasta la sabanas de Guaracarima, o junto al río de Cáncer. Los indios en gran multitud le cerraban el paso. Bernáldez se puso a hacerles discursos de paz, pero los indios respondieron con las armas e hicieron en sus filas todo el daño que pudieron, aunque solo hubo un negro muerto y siete heridos que luego sanaron, porque las flechas no tenían hierba. Entre los heridos se hallaba Sancho del Villar. Bernáldez se retiró para evitar mayores daños, “y por ser la tierra alta y montañosa”, y fue acuerdo del Real que se volviese por socorro.

Plano topográfico de una parte del valle de Los Caracas, en 1567, elaborado en 1913
Plano topográfico de una parte del valle de Los Caracas, en 1567, elaborado en 1913

     El valle de San Francisco estaba protegido por aquella muralla viviente. Animados por sus victorias habían matado más de noventa cristianos, y se disponían a caer sobre Valencia y la Borburata. El gobernador Pérez de Manzanedo calculaba que se necesitaban cuando menos doscientos hombres bien aderezados para sujetarlos. El licenciado Bernáldez proyectó nueva expedición y nombró para dirigirla a Diego de Losada, hombre ya avanzado en la cincuentena. Fue difícil convencerlo. A la postre se rindió a los deseos del Gobernador. En estos preparativos llegó al Tocuyo, en el mes de mayo de 1566, nuevo gobernador, Pedro Ponce de León. Tomó residencia a Bernáldez. Lo halló culpable, entre otros delitos, de haber permitido comercio con los corsarios ingleses, y lo mandó a presentarse ante el Consejo, previa fianza de veinte mil pesos oro. En cuatrocientos mil ducados se calculaba el beneficio de los corsarios. Ponce de León se halló con la situación planteada por los indios caracas y la necesidad del oro de las minas para las rentas, o con mas propiedad el salario del Gobernador y sus oficiales. Confirmó el nombramiento de Losada, y el 15 de diciembre de 1567 pudo anunciar al Rey el suceso de su teniente en la provincia o región de los caracas. “que con la gente que llevó tiene poblados los dos pueblos que los indios habían despoblado”, no sin decir de paso, “que no poca gloria le cabía a él, Ponce de León, en cosa tan importante”. Eran tantos los naturales añadía el Gobernador, que Losada pretendía fundar otros dos pueblos, y porque con las fama de las minas de oro acudía mucha gente de otras partes, con sus hijos y mujeres. 

     Estos dos pueblos no eran otros sino Santiago de León y Caraballeda, ya que San Francisco y el Collado, aunque no existiesen, se daban por fundados. Con más claridad, después de cumplir con la formalidad de “repoblar”, Losada y su gobernador prescindían sin decirlo, de San Francisco y el Collado, y daban así origen a infinitas confusiones.

     Es cierto que cuando hizo su entrada Diego de Losada, ya la región de los caracas abundaba en huellas españolas. El valle de las Adjuntas o de Macarao tenía el nombre de Juan Jorge Quiñones (valle de Juan Jorge) y el de Turmerito el del portugués Cortés Rico, ambos compañeros de Fajardo. A 12 leguas de la ciudad, donde el Guaire se junta con el Tuy, se extendía el valle de Salamanca o de los Locos, nombre dado por Juan Rodríguez Suárez. Los mariches habían conocido los estragos de los arcabuces y de un cañón pequeño, que disparó contra ellos Luis de Ceijas, compañero de Pedro de Miranda. En poder de Guaicaipuro estaba su mejor trofeo de guerra, el estoque de “siete cuartas” de Juan Rodríguez Suárez. Los indios de la costa tenían pedazos de espadas, y de uno de éstos sirvióse Tiuna, de Curucutí, para amenazar a Losada en el combate. Los mariches tenían pedazos de camisas blancas enviadas por los toromaynas, camisas de los cristianos muertos por ellos, y las agitaban como banderas ante los invasores. Los de la costa tenían los ornamentos pontificiales del obispo de Charcas y muchas alhajas, presas de un navío que recaló en Guaycamacuto, perseguido por un corsario. Los meregotos, en cambio, ocultaban la plata de la expedición de Narváez. La expedición de los caracas llegó a ser presagio de mala ventura.

     Losada quiso aprovechar la experiencia de las anteriores. Trazó cuidadosamente su plan de operaciones. Su objetivo era el valle de San Francisco, y desde allí haría frente a los ataques de los indios. La tierra de los caracas era lluviosa y dispuso la partida para la estación seca. Llevaba consigo a muchos veteranos de aquella región. Martín de Jaen, Juan de San Juan y Luis de Ceijas asistieron a la tercera expedición de Fajardo. Jaen fue con Lázaro Vásquez de los primeros alcaldes del Collado y acompañaron a Fajardo en su viaje de Caruao a Valencia. A Julián de Mendoza, testigo de la fundación de San Francisco. A Pedro Alonso Galeas, el marañón que se le huyó a Lope de Aguirre en la Margarita, y a Juan Serrano y Pedro García Camacho, sobrevivientes de la expedición de Narváez. A Francisco de Madrid, que hizo la campaña de Bernáldez, y quedó por algunos días con el Real en las sabanas de Guaracarima. Además, Luis de Salas salió para la Margarita en busca de los guaiqueríes de Fajardo que habían jurado volver a vengarse de Guaicaipuro. Llevaba consigo a Diego de Montes, gran conocedor de bálsamos y hierbas y maestro de cirugía, famoso por la operación practicada a Felipe de Hutten durante su entrada a tierras del Meta, y primer fundador de Nirgua. Y a Cristóbal Cobos, hijo de Alonso Cobos, el que ajustició a Fajardo. Y como prenda de fortuna a Francisco Guerrero, el renegado, un viejo andaluz que se halló cautivo en Constantinopla y asistió con Solimán al sitio de Viena en 1529. Venían de diversas regiones del globo. De España, de Italia, de África y Portugal. De Coro, la Borburata y el Tocuyo. Habían estado en las guerras de África, en el saco de Roma, en las provincias de Papamene y de los choques, en el Perú, en el Meta y el Apure. Llevaba gran cantidad de bagajes, rebaños de la Nueva Valencia, ofrecidos por el teniente de gobierno Alonso Díaz Moreno, semillas de legumbres, de acuerdo con lo establecido sobre fundación de ciudades. Losada aparecía como el jefe de la expedición, pero el verdadero general era el apóstol Santiago. Losada le hizo voto de consagrarle su conquista. Además, en Nirgua, a fin de reforzar la protección celeste, Losada decidió festejar el veinte de enero, día de San Sebastián, a fin de invocar su protección contra el veneno de las flechas, y le ofreció dedicarle una blanca ermita. Veinte hombres a caballo y más de ciento treinta infantes, Oviedo no alcanza a dar el nombre de todos ellos, componían propiamente el ejército.

     Losada salió del Tocuyo en los comienzos de 1567, y por Pascua Florida se hallaba en el valle de Cortés Rico, llamado en lo sucesivo Valle de la Pascua. A principios de abril pasa el Guaire y acampa en el valle de San Francisco. De todo lo expuesto no parece caber duda de que el año de la fundación de Caracas es el de 1567. En cuanto al mes y día será preciso acudir a la tradición. La más antigua señala el 25 de julio y algunas presunciones vienen a favorecerla. Era costumbre de los fundadores asociar el nombre de la comarca o región al de la fiesta del día. Así San Juan de Ampués dio principio a la fundación de Santa Ana de Coro el 26 de julio de 1527, día de Santa Ana. Así Juan de Carvajal funda Nuestra Señora de la Concepción del Tocuyo el 7 de diciembre de 1545, víspera de la Inmaculada. Así Garcí González de Silva la del Espíritu Santo de Querecrepe, tierra de los cumanagotos, en los días del Pentecostés. Aunque nada de particular tendría que el acta de fundación se hubiere dado en el mismo abril. De antemano Caracas estaba dedicada a Santiago, apóstol de España y su grito de guerra desde que el rey don Ramiro venció a los moros en la batalla de Clavijo. Losada lo invoca en la cuesta de San Pedro, frente al ejército de Guaicaipuro, y luego de la batalla de Maracapana, en el mismo vale de San Francisco. Losada ha debido recordar la casa paterna en Río Negro, en el camino de los peregrinos que iban a Compostela.

     Los cronistas hablan de “reedificación” de ambos pueblos ̶ los de San Francisco y el Collado ̶, si reedificación puede llamarse las de unas chozas cubiertas de paja, quemadas por los indios. Esto de reedificación no puede tomarse sino en su aceptación de “construir de nuevo”, o como ligereza o hipérbole de conquistadores y cronistas. Fue la de San Francisco una villa de pocos días. En cambio, Santiago de León subsiste hasta hoy. Al parecer, Santiago no fue fundada en el mismo sitio de San Francisco. El primero en decirlo es el propio fray Pedro Simón, quien, como Aguado, emplea el término “reedificar”. “Reedificó los dos pueblos, aunque no en los mismos sitios, llamándolos al uno Nuestra Señora de los Remedios y al otro Santiago de León, a devoción del Gobernador, porque quedase embebido en el nombre del pueblo parte del suyo”. A mediados del siglo XIX, los redactores de “La Opinión Nacional” hojeaban el “Diccionario Histórico Geográfico” del jesuita italiano Juan Domingo Coletti y vieron con sorpresa que se refería a dos ciudades, San Juan de León y Santiago de León, fundadas ambas en la provincia de Caracas, «en una amena llanura”. Solicitaron la opinión de Arístides Rojas (“Bibliófilo»), y éste publicó en aquel diario, el 10 de mayo de 1875, un artículo titulado “Orígenes Geográficos de Caracas”, en el cual refuta las afirmaciones de Coletti. Rojas habla en dicho artículo de la situación de San Francisco. Para el hato de Fajardo y la villa de San Francisco, Rojas señala a Catia y alrededores del Caroata o Carguata y el cerro del Calvario, “lugares desprovistos de vegetación”. Es lo que se desprende del relato de Oviedo. Y aunque en su descripción de la Provincia Juan de Pimentel emplea asimismo la palabra “reedificar”, dice que Losada dio principio a la fundación en las cercanías de Catuche o Catuchaquao, río o quebrada de las Guanábanas. Sea lo que fuere, ambos sitios, de Naciente a Poniente, cubre hoy la ciudad de Caracas. Con más exactitud, la planta de la nueva población quedaba entre el Catuche y el Caroata.

Diego de Losada pobló en 1567 los dos pueblos que en la región de los caracas los indios habían despoblado. Óleo sobre tela, obra de Antonio Herrera Toro. Concejo Municipal de Caracas
Diego de Losada pobló en 1567 los dos pueblos que en la región de los caracas los indios habían despoblado. Óleo sobre tela, obra de Antonio Herrera Toro. Concejo Municipal de Caracas

     Esto de cambiar de sitio las ciudades era frecuente en aquellos tiempos. Nueva Segovia de Barquisimeto, fundada primero en el río Buría, cambió de sitio cuatro veces. “Y nadie, dice fray Pedro de Aguado, se debe maravillar de que una ciudad o república se haya mudado tantas veces y con tanta facilidad, porque como para hacerse una casa de las que en estos vecinos moraban no fuesen menester muchos materiales de cal, piedra y ladrillo, sino solamente casas de arcabuco y paja de la cabaña, con mucha facilidad harían y desharían una casa de estas, y también porque los oficiales y obreros que las habían de hacer les costaba muy poco dinero. . .” Idéntica observación hace Oviedo cuando los vecinos de Caraballeda decidieron abandonarlo en 1586, para resistir al gobernador Luis de Rojas que pretendía intervenir en la elección de los alcaldes aquel año: “trasmigraciones que se hacían con facilidad en aquel tiempo, porque siendo las casas de vivienda unos bujios de paja, no reparaban los dueños en el poco costo de perderlas. . .” La guerra y las enfermedades influían asimismo en tales mudanzas. Nirgua cambió de sitio varias veces. Trujillo fundada en 1556 por Diego García de Paredes, fue llamada la ciudad portátil por las veces que hubo de cambiar de asiento. Es de imaginarse lo que sería la villa de San Francisco, rodeada de enemigos y con tan escasos pobladores. Los vecinos de la Borburata la abandonaron asimismo después del saqueo de los franceses, y se trasladaron a Valencia y a Santiago de León.

     Parece que por un momento ante el número de emboscadas y guazábaras que le daban los indios, Losada pensó salirse y abandonar su conquista. El propio Losada recibía una herida bajo la celada a la entrada de los mariches. Los víveres escaseaban. Los corsarios infestaban la costa de la mar. Ante él se extendía el valle de grandes sierras, regado por cuatro ríos. La sabana cubierta de cujíes. A poco Juan Salas de la Margarita. Apenas traían quince europeos, entre ellos Lázaro Vásquez Rojas, y sesenta guaiqueríes, pero buena cantidad de bastimentos. Salas no pudo acudir a la cita de la Borburata, según estaba convenido, porque los franceses saqueaban por aquellos días a Cumaná y Margarita, y luego en el mismo mes de marzo, a Borburata, y se vio obligado a ir con sus piraguas a Guaycamacuto. Con aquel refuerzo, y en medio de los cuidados de la guerra, Losada se decidió a emprender los trabajos de la fundación. El emperador Carlos V y luego su hijo y sucesor Felipe II habían dispuesto con prolijidad la forma que debía guardarse en la fundación de las poblaciones, y las calidades de la tierra, ya fuera en la costa de la mar o en la tierra dentro. Procurarían tener el agua cerca para su fácil aprovechamiento y los materiales necesarios para edificios, tierras de labor, cultura y pasto. El Gobernador en cuyo distrito estuviere declararía si lo que se ha de hacer es ciudad, villa o lugar, y conforme a lo que se declaraba, se formaría el   Concejo, República y oficiales de ella. 

     Si era ciudad metropolitana tendría doce regidores. Si diocesana o sufragánea, ocho regidores. Para las villas y lugares habría cuatro regidores. (Santiago de León tuvo en sus comienzos cuatro regidores). Parte del territorio se asignaba a los solares, propios, ejidos y dehesas para el ganado, y el resto se dividía en cuatro partes así: una para el fundador y las tres restantes en partes iguales para los pobladores. Plazas, calles y solares, debían repartirse a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles a la puerta y caminos principales, y éstos con tanto más compás abierto, que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma. La plaza mayor estaría en el centro. Su forma en cuadro prolongada, cuyo largo sería “una vez y media de su ancho”, por ser así más a propósito para las fiestas de caballos. Su grandeza proporcionada al número de sus vecinos, y en consideración a que las poblaciones puedan ir en aumento, no debía ser menos de doscientos pies de ancho y trescientos de largo, ni mayor de ochocientos pies de largo y quinientos treinta y dos de ancho. Y quedaría de buena proporción, si fuere de seiscientos pies de largo y cuatrocientos de ancho. De ella se sacarían las cuatro calles principales, una por medio de cada costado y dos más por cada esquina. Las cuatro esquinas mirarían a los cuatro vientos principales, para no hallarse expuestas a los dichos vientos, y las cuatro calles tendrían portales para comodidad de los tratantes. (Estos portales no los tuvo la plaza mayor de Santiago de León hasta 1754). El templo debía estar separado de otros edificios, que no pertenezcan a su calidad y ornato, y algo levantado del suelo, para ser visto y venerado de todas partes, de modo que se había de entrar en él por gradas. Entre la plaza mayor y el templo se edificarían las casas reales, cabildo y concejo, aduana y atarazana, a fin de que en caso de necesidad se puedan socorrer. (El sitio de estas casas las señaló Losada en la esquina del Principal). Las calles serían anchas en lugares fríos y angostas en los calientes. Anchas donde hubiese caballos, porque así convenía para la defensa. (Las calles de Santiago tuvieron en sus comienzos treinta y dos pies de ancho). Hecha la planta y repartidos los solares, cada uno de los pobladores armaría su toldo, a cuyo efecto debían llevarlo con las demás prevenciones, o harían ranchos o ramadas para protegerse, y con la mayor diligencia rodearían la plaza con cercos y palizadas para defenderse de los indios. Se disponía así mismo que la fundación se hiciese con paz y consentimiento de los naturales. Estos, en el valle de los Caracas, se negaban a prestar tal consentimiento.

     El acta de fundación de Caracas se ha perdido, pero no es difícil imaginar su contenido. En ella se haría constar con toda clase de pormenores y circunstancias del mandato recibido, cómo el teniente de gobernador y capitán general Diego de Losada, por el gobernador Pedro Ponce de León, después de señalar con cruz de madera lugar y sitio para la iglesia, casas de cabildo y plaza mayor, y de haber colocado en el centro el rollo o picota de la real justicia, montó a caballo, cubierto con todas sus armas y espada en mano, con sus pendones y banderas desplegadas, dijo en altas voces, cómo en aquel sitio, poblada en nombre de Dios y del Rey una villa a la cual puso el nombre de Santiago de León de Caracas, en honor del patrón de España y del Gobernador. Y que si alguna persona lo quisiese contradecir lo defendería a pie y a caballo. Y en señal de posesión dio golpes a la espada en la tierra, y los que estaban presentes respondieron: ¡Viva el Rey! No faltará seguramente en el acta relación detallada de lo ocurrido en la expedición desde El Tocuyo hasta el valle de San Francisco. Luego podrá leerse la firma de Losada, la del veedor, la de los testigos principales y la del escribano Alonso Ortiz. Tampoco es difícil imaginar la escena. Losada está a caballo, en el centro, junto a Gabriel de Ávila, alférez mayor, hombre de treinta años, Francisco Infante y su sobrino Gonzalo de Osorio, que van a ser primeros alcaldes. Los de a pie y de a caballo forman un cuadro entero con sus rodelas, espadas y arcabuces. Es decir, los ciento y cincuenta hombres del ejército, disminuido con las bajas de Francisco Márquez y Diego de Paradas. Entre ellos véanse los hijos del gobernador Ponce de León: Pedro, Francisco y Rodrigo. A Tomé y Alonso ndrea de Ledesma, de los fundadores de Trujillo, y a los que van a ser primeros regidores: Lope de Benavides, Bartolomé de Almao, Martín Fernández de Antequera y Sancho del Villar. El padre Blas de la Puente y el Fraile Baltasar García, capellanes de la expedición, y aquel soldado Juan Suárez, tocador de gaita. No faltan en esta escena las mujeres, entre ellas Elvira de Montes, mujer de Francisco de Vides e Inés de Mendoza, de Pedro Alonso Galeas, que valerosamente han corrido las contingencias de la aventura. Más allá, al fondo, de los “ochocientos hombres de servicio”, contemplan la escena.

     La ciudad era planta exótica en el valle. No solo tenía sus enemigos en las naciones de indios que la rodeaban sino entre sus mismos fundadores. Con motivo del reparto de tierras y encomiendas, la ciudad se dividió en dos partidos: el de Francisco Infante y el de Diego de Losada. Infante fue al Tocuyo, a deponer contra Losada, y el Gobernador Pedro Ponce de León le revocó los poderes y nombró para sucederle a su hijo Francisco. Muchos de sus parciales siguieron a Losada, y Santiago, de León, se vio a punto de ser despoblada.

FUENTES CONSULTADAS

  • Cónica de Caracas. Caracas, Núm. 1, enero 1951; Págs. 23-34.

Caracas cuna de la Independencia

Caracas cuna de la Independencia

El escocés Robert Semple, en su escrito titulado Bosquejo del estado actual de Caracas (1812), relató algunos aspectos políticos que observó durante su viaje a Caracas, entre 1810 y 1812
El escocés Robert Semple, en su escrito titulado Bosquejo del estado actual de Caracas (1812), relató algunos aspectos políticos que observó durante su viaje a Caracas, entre 1810 y 1812

     El escocés Robert Semple, en su escrito titulado Bosquejo del estado actual de Caracas (1812), tramó un conjunto de argumentos a partir de lo que observó en la Provincia de Caracas, luego de los sucesos que venían ocurriendo en la América española como consecuencia de la política napoleónica en España, luego de 1808. Una de las primeras aseveraciones de Semple fue que desde el momento mismo cuando se supo la noticia de la ocupación de España, por parte de las tropas de Napoleón Bonaparte, en ultramar surgieron insurrecciones, “ha existido un fuerte partido dispuesto a llevarlo todo hasta el extremo sin limitarse a la declaración de independencia absoluta”.

     Semple puso a la vista del lector que esta intención se había disimulado poco o, en todo caso, no se había sabido disimular en las distintas proclamas que se habían dado a conocer, junto con la de Caracas en 1810. De acuerdo con su convencimiento, “las violentas invectivas que ellas contenían contra el viejo régimen español, el resultado final era claro para cualquier criterio imparcial”. Sumó a este convencimiento que las manifestaciones de adhesión a Fernando Séptimo eran “frías y teatrales”.

     Semple señala a Caracas, adonde estaba asentado el Ayuntamiento, como el lugar a partir del cual se había labrado la ruptura con la monarquía española, así como a quien se tenía como su máxima autoridad, Fernando VII. De igual manera insistió que la declaración de Independencia de 1811 se llevó a efecto para que coincidiera con la celebración de la Independencia de los Estados Unidos. Ante las acciones napoleónicas en España varios integrantes de la sociedad caraqueña, como españoles y canarios, comenzaron a conspirar contra las nuevas autoridades en Caracas, protestas que también se presentarían en Cumaná y Barcelona. Otros preferirían el exilio en Puerto Rico, Cuba y Curazao. Para este informante británico estos mismos hombres habrían permitido que lo sucedido en Caracas se extendiera por gran parte de la Capitanía General y de Nueva Granada, al abandonar a su suerte propiedades y el territorio que sirvió de base a sus riquezas porque debieron mantenerse firmes y defender sus posiciones.

     Señaló que el comienzo de la “Revolución de Caracas la Junta formada con carácter temporal urgió la convocatoria de un Congreso general”. Aunque expresó palabras de encomio hacia la figura de don Martín Tovar y Ponte reconoció que, como presidente de la Junta, no tuvo la actuación convincente que el momento ameritaba. De igual modo, el triunvirato instituido en 1811, integrado por Cristóbal Mendoza, Juan Escalona y Baltasar Padrón, que se instituyó junto con el primer Congreso de la nación y con el que se dio fin a la Junta a favor de los derechos de Fernando VII como primer monarca del Reino, tampoco funcionó como se esperaba. Expuso que en momentos de turbulencia surgían organizaciones como la Sociedad Patriótica. Ésta según su percepción discutía temas de importancia, pero con frecuencia se lidiaban asuntos que atentaban contra el propio gobierno que decían defender.

     Criticó a la Sociedad Patriótica de Caracas por sus imposturas frente a la política inglesa porque algunos miembros del Congreso calificaban a los ingleses como “tiranos de los mares”. Ante esto escribió que, de no haber sido por Inglaterra todos los buques que se encontraban en Cuba y Puerto Rico hubiesen bloqueado a Venezuela. Arrogó a Francisco de Miranda el que se hiciera eco de esta apreciación porque, según Semple, buscaba quedar bien ante los miembros del parlamento. Su argumentación frente a la Sociedad Patriótica fue la de atribuir los grandes males que sufriría el país dos años después de la ratificación de fidelidad a Fernando VII, asumida por la elite caraqueña del momento.

Robert Semple señala a Caracas como el lugar a partir del cual se había labrado la ruptura con la monarquía española
Robert Semple señala a Caracas como el lugar a partir del cual se había labrado la ruptura con la monarquía española

     No deja de llamar la atención el papel asignado por Semple a la elite caraqueña y su fuerte inclinación por constreñir a las otras provincias a continuar la senda escogida por ella, a raíz de los sucesos en la península y la política napoleónica en España. Las consideraciones de Semple no dejan de ser interesantes e importantes, a pesar de sus enunciaciones como agente del gobierno inglés. Así, atribuye el conflicto que surgió, en estos años, y que condujo a lo que él denominó Guerra Civil, al empeño de la elite caraqueña por imponer sus intereses a las restantes provincias. Dejó escrito, en su informe, que una de las primeras medidas que tomó la nueva elite fue la de obligar a Coro a sumarse a la política trazada desde Caracas.

     Sumó, a sus consideraciones, que luego del fracaso del Marqués del Toro en Coro las cosas se calmaron un tiempo, aunque sin dejar de recordar que algunos atribuyeron esta derrota a la supuesta ayuda inglesa a favor de los corianos. Sin embargo, al Caracas declarar la Independencia, “no todas las provincias estaban preparadas para una medida tan decisiva que, innecesariamente, parecía romper con violencia los lazos que aún hacían de España, para muchos, objeto de respeto, y en las actuales circunstancias de piedad”.

     Aún unidos al Reino de España se encontraban Santa Fe o Cundinamarca, al igual que Guayana y Valencia. Desde Caracas se urdieron las acciones para constreñir a otras provincias, adscritas al Reino, que siguieran el camino trazado por Caracas. Respecto a Valencia, Robert Semple anotó que quienes defendieron esta plaza, a favor de la figura de Fernando VII, fue un “batallón de pardos y gente de color”. Es de hacer notar que Semple llamó primera Guerra Civil al enfrentamiento en Coro y segunda Guerra Civil a la escenificada en Valencia. Presenta Semple una descripción de lo acontecido en este lugar ubicado en la parte central de Venezuela que, bien vale la pena rememorar.

     En algún momento del enfrentamiento, escribió Semple, los caraqueños pensaron que tenían el triunfo asegurado, pero los que defendían Valencia no se entregaron de manera fácil. “Los de Caracas intentaron penetrar en las casas y avanzar contra las barricadas donde se hallaban apostadas tropas del batallón de Pardos, pero fueron rechazados en todos los sectores. Finalmente, después de haber retenido la ciudad durante diez horas, se retiraron, dejando toda la artillería que antes habían capturado … los pardos del lado valenciano pelearon con animosidad peculiar. El general Miranda se expuso él mismo considerablemente y dirigió la acción con serenidad. Escapó ileso, pero varios individuos pertenecientes a la clase más respetable de Caracas fueron muertos o heridos. El número de asaltantes fue como de dos mil seiscientos hombres, mientras que un cálculo razonable del número de sus oponentes no los eleva a más de setecientos hombres armados”.

     Semple relacionó estas acciones con el inicio de la Guerra Civil en Venezuela, “en la cual la justicia del ataque a Valencia es más dudosa que la política de los valencianos”. Ante esta experiencia elucubró que, si la “naturaleza humana” no fuese siempre la misma, “nos sorprendiera ver a los caraqueños, en la propia infancia de su república, negando a otros el derecho de elegir su forma de gobierno, después que tan celosamente ellos lo habían ejercido para sí, y llevando a cabo como su primer acto, un ataque contra sus hermanos, por el sólo hecho de que éstos eran adictos al Rey”.

Cuando se supo la noticia de la ocupación de España, por parte de las tropas de Napoleón Bonaparte, en ultramar surgieron insurrecciones
Cuando se supo la noticia de la ocupación de España, por parte de las tropas de Napoleón Bonaparte, en ultramar surgieron insurrecciones

     En su relato agregó que la fuerza comandada por Miranda había logrado someter a los valencianos gracias al número de efectivos que le acompañaban. Para él, el rencor ciudadano de los valencianos no había desaparecido. “Cualquiera que sea el estado actual de las cosas, es evidente de la semilla del odio y el descontento ha prendido honda y ampliamente. Parece que Caracas se ha investido de muchos derechos y bajo falsas apariencias de prontitud y energía, ha observado una conducta que puede tacharse de irreflexiva y cruel”. Se preguntó qué derecho tenía la elite económica caraqueña para dictar leyes a corianos y valencianos. La respuesta sería, desde la perspectiva de Caracas, de acuerdo con Semple, aplicar la fuerza porque eran necearías medidas para evitar el ingreso de tropas extranjeras por esos territorios.

     En sus anotaciones escribió que el gobierno de Caracas, en su afán por aplicar leyes fuertes, se había dado a la tarea de crear un tribunal de vigilancia que daba aval al gobierno para invadir casas particulares y arrestar a personas “por la menor sospecha”. En Caracas el único teatro fue clausurado con la excusa, según el mismo Semple, de temor ante la aglomeración de personas, tampoco se permitían bailes, reuniones ni conciertos. 

     “Toda la población masculina fue armada y recibía instrucción militar con regularidad, de manera que entre la gente distinguida llegó a ser moda dormir en los cuarteles”. En lo redactado por Semple, en este sentido, se puede notar un talante de censura y de repulsión por las medidas que se habían establecido desde 1810, a las que no dejó de calificar como imitación de la Revolución Francesa, como, por ejemplo, la generalización del concepto ciudadano y la eliminación de los títulos nobiliarios, “a pesar de que el Congreso no había dictado ninguna ley con respecto a éstos”.

     No dejó de criticar a Miranda quien, por momentos, mostraba actitud exaltada. La Revolución, señaló, estaba conduciendo al país a su ruina, en especial, porque se perdían cultivos por falta de mano de obra que ahora servían como soldados, tal cual él pudo observar en Caracas con el añil. Por otro lado, Semple repitió, en algunos de los párrafos de su escrito, la disposición de los hispanoamericanos de comparar la revolución que habían comenzado en 1810, con lo acontecido en las Trece Colonias a finales del siglo XVIII. En sus consideraciones apuntó que “los patriotas de Sur América” estaban equivocados al copiar la Constitución de los estadounidenses porque “cualquier constitución depende más del sentimiento general y espíritu del pueblo, que de la mera forma constitucional”.

     Sin embargo, aseveró que la lucha contra España era justa, inclusive mucho más que la librada contra los ingleses por parte de los colonos del norte de América. Esto se debió a “la marcada diferencia de los caracteres español e inglés, tal como son en sus pueblos de origen y en sus colonias”. Vio con preocupación el “nuevo espíritu que se estaba formando en América”. Asoció esta disposición con una suerte de “fanatismo religioso”. Con esto hizo referencia a la fuerte inclinación, presentada entre los del norte y de sur América, de negar sus vínculos con Europa, tal como lo había podido corroborar entre la elite caraqueña. Este fanatismo, de acuerdo con sus palabras, llevaba a considerar magnánimos, justos y tolerantes a quienes se oponían a la monarquía española, mientras “a los ingleses sus descendientes los denominan, piratas, tiranos y rufianes; mientras que los descendientes de españoles califican a éstos de godos y le imputan a la presente generación todas las crueldades cometidas desde la llegada de los primeros conquistadores. En cuanto al término Madre Patria se usa muchas veces despreciativamente y a título de reproche”.

     Con convicción escribió que este lado del Atlántico no volvería a caer en manos de gobiernos europeos, “pues ya esa época pasó o está pasando rápidamente”. Para él los que se imaginaban una era de felicidad para América estaban equivocados. “Ahora la escena ha cambiado. Entre provincias, ciudades y aldeas se han iniciado luchas a las que ha seguido el derramamiento de sangre”. Al final, consideró que Inglaterra no había cumplido un papel regulador en el conflicto bélico que comenzó en Caracas. Reclamó al gobierno inglés su posición vacilante respecto a los hispanoamericanos y el apoyo que brindaba a la monarquía española en su lucha contra las tropas de Napoleón, solo por preservar sus intereses económicos. Para él existían dos formas para que Europa tuviera influencia política en América. La primera, era “cultivar con celo” una relación con los nuevos estados y los que estaban por consolidarse. Otra, adquirir sitios importantes que hasta el momento permanecían “abandonados”, por medio de convenios o tratados sin intervenir de manera directa en sus decisiones y gobiernos.  

Un golpe que pudo cambiar la historia

Un golpe que pudo cambiar la historia

En julio de 1958, apenas seis meses después del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, el general Jesús María Castro León, en representación de las Fuerzas Armadas Nacionales (FAN), presentó a la Junta de Gobierno un ultimátum, que encabezaba con una solicitud de proscripción de adecos y comunistas.

El 23 de julio de 1958, el ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, encabezó una insurrección que pretendió derrocar al presidente de la Junta de Gobierno, contralmirante Wolfgang Larrazábal
El 23 de julio de 1958, el ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, encabezó una insurrección que pretendió derrocar al presidente de la Junta de Gobierno, contralmirante Wolfgang Larrazábal

Por Sebastián Lucerna

     “Desde el 20 de julio de 1958, Caracas se encontraba sometida a una aguda tensión nerviosa. Fuertes vientos de fronda soplaban en la urbe. Los rumores de golpe, que no habían cesado desde el mismo 23 de enero de ese año, corrían acentuados y al pasar de una boca a otra y de una calle a otra, aumentaban de bulto y se hacían más alarmantes.

     El doctor Julio de Armas, ministro de Educación, hablando en la Universidad Central de Venezuela (UCV), le había dado carácter oficial a la “bola”. Él denunció clara y concretamente que en esferas militares se estaba gestando una acción de fuerza destinada a derrocar a la Junta de Gobierno e indicó que numerosos civiles estaban comprometidos. La Junta Patriótica, con Fabricio Ojeda, Antonio Requena, Guillermo García Ponce, Enrique Aristiguieta Gramcko y otros a la cabeza, permanecía en estado de alerta. Las organizaciones sindicales, acaudilladas por sus líderes, estaban listas para entrar en acción. El estudiantado universitario, compacto, masivamente, llamaba al pueblo a permanecer en pie, preparado para salir a la calle y responder con la violencia a la violencia. ¡Cómo cambian los tiempos. . .!

     El 21 la tensión llegó al máximo. Ya se daba por descontado que el golpe estaba en marcha y se señalaba al Ministerio de la Defensa y al general Jesús María Castro León como sede y promotor de la conspiración, respectivamente. El contralmirante Wolfgang Larrazábal no afirmaba ni negaba. Se decía que el contralmirante Carlos Larrazábal, hermano Wolfgang, presidente de la Junta, se había hecho a la mar con el grueso de la Flota, listo para bombardear a La Guaira y hasta el Palacio de Miraflores, si preciso fuere.

     El 22 comenzó el movimiento. Betancourt se escondió. Los dirigentes de la Junta Patriótica se dirigieron al pueblo desde Televisa, pero fueron interrumpidos por un piquete militar, que los condujo detenidos al cuartel La Planicie. Los sindicatos se movilizaron en Caracas y en el Litoral. Las organizaciones campesinas se dirigieron a las ciudades del interior armadas de machetes y escopetas. Y así llegó el 23 de julio, cuando la emisora del Miniterio de la Defensa comenzó a transmitir en franca y abierta rebeldía. 

 

Antecedentes del movimiento de julio

     El general Jesús María Castro León y otros jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas se encontraban descontentos, desde el mismo 23 de enero, por los ataques de que eran blanco en la prensa, en la radio y en los mítines, destacados personeros de la institución castrense.

     El miércoles Santo, en un programa televisado de la Fuerzas Armadas, el general Castro León, al analizar la situación del país, dirigió un ataque feroz contra ciertos dirigentes políticos y censuró duramente la participación de ellos en el gobierno, mientras  se dedicaban a desprestigiar la Institución Armada.

     El 18 de mayo se produjo una crisis en la Junta con las renuncias de Eugenio Mendoza y el doctor Blas Lamberti. Un allegado e íntimo del general Castro León, que lo acompañó en todo momento desde el 23 de enero, hasta el 23 de julio, nos dio una versión, hasta ahora desconocida, de lo que aconteció ese día. Héla aquí:

El golpista, general Castro León, aseguró que él no quería una dictadura militar, sino un gobierno civil. Y para demostrar que no tenía ambiciones de mando, propuso que la integraran Numa Quevedo y Eugenio Mendoza como presidente
El golpista, general Castro León, aseguró que él no quería una dictadura militar, sino un gobierno civil. Y para demostrar que no tenía ambiciones de mando, propuso que la integraran Numa Quevedo y Eugenio Mendoza como presidente

̶ Al renunciar los señores Mendoza y Lamberti, los restantes miembros de la Junta decidieron reemplazarlos por los doctores José Antonio Mayobre y René De Sola. El general Castro León fue llamado a Miraflores, donde se le notificó del hecho. El ministro de la Defensa se opuso enérgicamente, aduciendo que resultaba inconcebible llevar a la Junta a un filocomunista como el doctor Mayobre y al cuñado de otro filocomunista, el Bepo Lander. Y, agregó, tal decisión no se ajustaba a las normas establecidas, pues la disolución y la integración de la Junta eran potestativas de los Comandantes de las distintas Armas, que eran los que la habían elegido el 23 de Enero.

 ̶ Esta oposición del general Castro León cayó muy mal en el ánimo de los demás miembros de la Junta. El contralmirante Carlos Larrazábal, llamado al Palacio Blanco, fue notificado de la actitud del general Castro León, a quien le reclamó, acusándolo de insubordinación frente al gobierno y amenazó con hacerse a la mar con la Flota, listo para hacer respetar a la Junta de Gobierno. Ante esa posición del contralmirante Carlos Larrazábal, el general Castro León llamó por teléfono al coronel José Manuel Pérez Morales, Jefe del Estado Mayor Conjunto, y lo instruyó para que notificara a todas las guarniciones, tanto del Distrito Federal como del Interior, que no acataran otras órdenes que no fueran las del ministro de la Defensa y que se mantuvieran en estado de alerta. Seguidamente, llamó a la base aérea, en Maracay, y ordenó que tuvieran listos los bombarderos  para atacar en cualquier momento las bases navales y la Armada. Esta actitud del general Castro León hizo que el contralmirante Wolfgang Larrazábal le preguntara qué significaba eso, que si iba a precipitar una guerra civi. El general Castro León respondió que no, que simplemente se preparaba para hacerle frente al Comandante de las Fuerzas Navales, que se había declarado en rebeldía al anunciar que se iba a la mar con la Flota, sin haber recibido órdenes suyas.

̶ Más, la cosa no pasó de allí. Hubo conversaciones y habiendo asomado el general Castro León al doctor Edgard Sanabria como candidato a miembro de la junta, fue aceptado.

 

El 23 de julio

El descontento de parte de los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas se había tornado más intenso. El general Castro León fue conminado por ellos a adoptar una actitud decidida y enérgica en defensa de la institución, amenazando, según ellos, de disolución. Y en una reunión celebrada en el mismo Ministerio de la Defensa elaboraron un ultimátum que el general ministro debía de presentar a la Junta y que fue llevado por éste al Palacio Blanco. Nosotros hemos obtenido una copia de ese interesante documento, sacada del original, que reposa en el archivo particular del general Castro León, por un allegado suyo. Por primera vez va a ser publicado este documento. Hélo aquí:

“Acuerdo que, por intermedio del ciudadano ministro de la Defensa, presentan las Fuerzas Armadas a la Honorable Junta de Gobierno de la República de Venezuela.

Considerando

“Que la Institución Armada, al igual que todos los sectores sociales responsables del país, vio con alarma los vergonzosos acontecimientos que se produjeron con ocasión de la visita del Vice-Presidente Nixon a Venezuela; “que ante la opinión internacional, como en la Nacional, se han interpretado dichos sucesos como carencia absoluta en el Gobierno de autoridad suficiente para garantizar el orden público, llevándose tal interpretación hasta el concepto de una lenidad cómplice,  con los grupos filo-comunistas: “que la falta de sanciones a los responsables le ha dado mayor crédito a esas interpretaciones; “y que esta falta de autoridad ha podido traer al país graves trastornos de orden internacional;   

Considerando:

“Que la renuncia realizada de Miembros calificados de la Junta de Gobierno ha evidenciado que en su estructura y funcionamiento hay vicios radicales, que, al dar margen a crisis gubernamentales, trascienden a la colectividad con resultados negativos y lamentables alcances nacionales e internacionales;

Considerando:

“Que la conducta de la Junta y sus erradas decisiones en el caso del coronel Marchelli Padrón, en función de Gobernador del Distrito Federal, ha dado al traste con la autoridad inherente al Poder Ejecutivo, consternado a la colectividad venezolana el hecho de que la presión de un grupo de obreros de dependencias oficiales enervara de manera vergonzosa las atribuciones legales del jefe del Poder Ejecutivo;

Considerando:

“Que el principio de autoridad al relajarse en las Altas esferas gubernamentales ha contaminado de irresponsabilidad a los funcionarios subalternos, y en especial a los órganos de la eminente función policial, consecuenciando un estado de inseguridad social en los bienes y en las personas, produciéndose así un estado de angustia y de alarma en el hogar, en la fábrica, en el taller y en la calle;

Considerando:

“Que sin tomarse en cuenta las bases económicas de la industria y el comercio se ha provocado en el país un movimiento sindical que a fuerza de huelgas, protestas, ocupaciones y hasta confiscaciones, tiene aterrados a los organismos económicos, y a la vez que, al anular por medio de las dependencias municipales del Distrito Federal y el Estado Miranda la industria de la construcción y sus anexos, ha dejado sin trabajo a más de 30.000 obreros, se ha producido una deflación económica, que, debido al encadenamiento mercantil, ha repercutido de manera funesta en todos los organismos bancarios y financieros de la República;

Considerando:

“Que es público y notorio que los Partidos “Acción Democrática” y “Comunista” influencian de manera determinante la mayoría de las decisiones gubernamentales, obteniendo así posiciones claves, tanto superiores como subalternas, produciéndose un ventajismo a favor suyo y en mengua de los otros Partidos Políticos, lo cual ha dado lugar a una ruptura del equilibrio social. pernicioso a los fines del próximo proceso electoral. Esta es una injusticia con las otras agrupaciones políticas, que representan grandes y poderosos sectores sociales, los situará en condiciones de inferioridad que hacen prever que en la lucha electoral que se avecina los resultados no serán el verdadero trasunto de la voluntad nacional;

Considerando:

“Que la prensa, radio y televisión están controlados casi en su totalidad por “Acción Democrática” y los “Comunistas”, quienes en forma pasquinesca desorientan a la opinión pública con resultados nefastos para la colectividad, a tal punto que, por su forma exclusivista de operar, han logrado estrangular la libertad de pensamiento, en su concepto legal, ocurriendo al chantaje en todas sus formas coercitivas y destacándose que todo aquello  que pueda perjudicar a dichos partidos o a sus miembros se le ampare con  un cómplice silencio, sea cual fuere el aspecto delictuoso que represente;

Considerando:

“Que preocupa y alarma a las Fuerzas Armadas Nacionales el concepto de la autorizada opinión internacional en lo que respecta al Gobierno Venezolano, al cual, de manera frecuente, razonada y no sin fundamentos, lo considera filo-comunista. Tal concepto nubla el porvenir de la República debido a sus compromisos internacionales y con graves consecuencias que ahora resulta imposible de predecir;

Considerando:

“Que las Fuerzas Armadas son cotidianamente injuriadas, tanto como institución como en la persona y familiares de sus miembros, en particular incitándose por la prensa, radio y televisión a desconocer su autoridad, todo ello con una tácita e inexplicable anuencia de los mismos personeros del Gobierno;

“que de manera irritante y descarada la prensa ha llegado hasta amenazar con daños y represalias a las esposas y familiares de los Oficiales de la Institución Armada;

“que tales amenazas, en algunos casos, han llegado hasta concretarse en hechos; que en sus hogares y en la calle, la situación de los individuos de tropa, Sub-Oficiales y Oficiales Subalternos y Superiores de las Fuerzas Armadas es de una inseguridad personal manifiesta; que la complaciente actitud del Gobierno ante esta degradante situación, va sumada a declaraciones públicas insidiosas de algunos de sus más autorizados personeros;

“que es del conocimiento de las Fuerzas Armadas, así como de los miembros de la Junta de Gobierno, que el Partido Acción Democrática, a través de sus seccionales del Zulia, Aragua y Distrito Federal, ha pedido que se desplace a Oficiales porque les resultan a ellos inconvenientes;

“en fin, que, porque no solo se ha vulnerado la dignidad de las personas y la institución, sino también las leyes que las rigen, las Fuerzas Armadas Nacionales, como generadoras que son de la autoridad de la Junta de Gobierno, conforme a su Acta Constitutiva de fecha 23 de enero del corriente año, de manera inaplazable, firme y categórica, acuerdan exigir se dé cumplimiento a las siguientes

 

Demandas   

“PRIMERO.  ̶ ̶ Retiro inmediato de los Partidos Acción Democrática y Comunista de todos los cuadros gubernamentales, comenzando este reajuste en el Gabinete Ejecutivo, Gobernadores de Estado y personal de la Secretaría de la Junta de Gobierno

“SEGUNDO.  ̶ ̶   Expedición de un Decreto Ejecutivo ordenando a la prensa, la radio y la televisión de toda la República, la exclusión de todo artículo, noticia, comentario, que en su forma o fondo puede ser interpretado como lesivo a la Institución Armada en general o a sus Miembros en particular;

“TERCERA.  ̶ ̶ Hasta tanto dure la remoción a que se contrae la demanda PRIMERA, dictar un Decreto que prohíba reuniones sindicales, partidistas o de cualquier otra índole política, ya sea en lugares públicos o privados

“CUARTA.  ̶ ̶   Aplicación inmediata y sin distingo de medidas de Alta Policía para aquellos líderes o incitadores que provoquen o dirijan actos tendientes al desacato de los decretos a que se hace referencia.

Caracas, 21 de julio de 1958”

Los golpistas demandaban el retiro inmediato de los partidos Acción Democrática y Comunista de todos los cuadros gubernamentales
Los golpistas demandaban el retiro inmediato de los partidos Acción Democrática y Comunista de todos los cuadros gubernamentales

La actitud de la Junta

     La Junta de Gobierno rechazó de plano este pedimento, por considerarlo como un ultimátum apoyado en la fuerza de las armas y contrario al régimen democrático existente.

     Llegó la noche del 23. Todo el mundo consideraba al ministro de la Defensa en estado de insurreción. Hacia él convergían oficiales y civiles. En una quinta del Este de la ciudad, un grupo de ciudadanos se reunía para constituir el nuevo gobierno. Mentras tanto el pueblo se arremolinaba alrededor del Palacio Blanco.

     Los doctores Jóvito Villalba y Rafael Caldera y Eugenio Mendoza visitaron La Planicie en calidad de mediadores. A su llegada, el general Castro León trataba de que las radios y televisotras entraran en cadena para dirigirse al país, pero no hubo manera de obtener esto.

     Los mediadores se entrevistaron con él y discutieron sus aspiraciones. El general Castro León les dijo que él no quería dictadura militar, sino un gobierno civil. Y para demostrar que no tenía ambiciones de mando, propuso que el presidente lo fuera don Eugenio Mendoza.

 

     Tres viajes hicieron los mediadores de Miraflores al Ministerio. La situación era peligrosa. Las Fuerzas Armadas estaban divididas: unas apoyaban al contralmirante Larrazábal y otras al general Castro León. Cualquier orden apresurada o mal interpretada podía prender la mecha y dejar multitud de muertos en las calles y en todo el territorio nacional. Y ya en horas de la madrugada, el general Castro León se dirigió al Palacio Blanco. La discusión se prolongó durante cinco horas.

     Finalmente, tras larga discusión con el Contralmirante Wolfgang Larrazábal, el general Castro León decide renunciar. A las 4,35 de la mañana, Larrazábal se dirige al país por radio y televisión y anuncia: “El general Jesús María Castro León, dando una prueba más de su patriotismo y sentido de responsabilidad, ha presentado formal renuncia al cargo de ministro de la Defensa”. Y a renglón seguido, agregó: “Desde el propio instante en que civiles y militares enriquecieron los anales de la historia en ejemplar unidad de acción y sentimientos, es mi firme decisión conducir el país a unas elecciones auténticamente libres, democráticas e imparciales”.

     Poco tiempo después salió el general Castro León para el exterior. En abril de 1960 encabeza una insurrección en San Cristóbal y es detenido. Preso en el Castillo Libertador, primero, y en el Cuartel San Carlos, después, fallece en éste el 12 de julio de 1965, cuando esperaba que la Corte Marcial decidiera en el proceso que se le siguió por rebelión.

     En el correr del tiempo, el espíritu de unidad de que habló el vicealmirante Wolfgang Larrazábal había sido hecho trizas por el sectarismo intransigente de los adecos. El pueblo no manifiesta hoy en favor del gobierno, sino para repudiarlo. Los estudiantes universitarios mantienen en alto las banderas de la oposición más implacable. Muchos de los salieron a la calle, listos para presentarle el pecho a las balas en julio de 1958, hoy están en las cárceles o en el exilio, otros   ̶ como Fabricio Ojeda, el profesor Lovera y muchos más ̶ murieron, en tanto que algunos se fueron a las montañas en la misma actitud insurrecta que le combatieron a Castro León.

     ¡Sic transit gloria mundi…!  (Así pasa la gloria del mundo)

FUENTES CONSULTADAS

  • Elite. Caracas, 23 de julio de 1966

Inauguración del Hotel Potomac

Inauguración del Hotel Potomac

Momento de la bendición del hotel por parte de monseñor Jesús María Pellín, lo acompañan el empresario Heraclio Atencio Bozo y su esposa
Momento de la bendición del hotel por parte de monseñor Jesús María Pellín, lo acompañan el empresario Heraclio Atencio Bozo y su esposa

     La urbanización San Bernardino anotó en los primeros días de noviembre de 1949 un acontecimiento espectacular. La inauguración del Hotel Potomac que convirtieron a las avenidas Vollmer y Caracas en las avenidas “Lumier” de la capital venezolana, por la irradiación de luz de su artística y potentemente iluminada fachada que da a su recinto nueva vida de esplendor.

     El Potomac fue uno de los hoteles de categoría ejecutiva construidos en esa urbanización caraqueña, entre 1944 y 1950. Junto con el Waldorf y el Astor. Los nombres de estos hoteles, de evidente referencia estadounidense, estaban cónsonos con las exigencias de los ejecutivos y diplomáticos que hacían vida en esa zona de Caracas. Para la época, la embajada americana tenía su sede en San Bernardino, al igual que reconocidas empresas norteamericanas como la petrolera Shell y la de bebidas gaseosas Coca Cola.

     El Hotel Potomac, propiedad del empresario Heraclio Atencio Bozo (1909-1974), contaba con un hermoso lobby con un estilo Art-Decó, pisos recubiertos con mármol de carrara y paredes decoradas con pinturas del joven Graziano Gasparini, quien entonces realizaba sus primeras participaciones como arquitecto en el país.  

     En la planta baja, también tenía la fuente de soda denominada Pacifico, la cual se hizo muy famoso por su chef, que fue traído directamente desde Francia. Dicen que allí se preparaba el mejor Banana Split de Venezuela. También fueron muy requeridas sus hamburguesas, hotdogs y sandwiches.

     Las 150 habitaciones se encontraban en los 4 pisos superiores. Todas amplias, con hermosas vistas y muy finamente decoradas. Contaban con baño privado, regadera con agua caliente; teléfono, servicio de limpieza y comida. El costo diario de alojamiento en habitación sencilla, al momento de apertura, era de 20 bolívares, poco menos de $6, al cambio de la época.

     A mediados de la década de 1950, Atencio Bozo tuvo problemas políticos con la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, por su relación con dirigentes del partido Acción Democrática (AD), por lo que tuvo que abandonar el país. La administración y gerencia del hotel quedó entonces en manos de Albino Leal, uno de sus empleados de mayor confianza.

    En 1958, luego del derrocamiento de Pérez Jiménez, Heraclio Atencio retornó al país, asumiendo nuevamente las riendas de su hotel hasta comienzos de la década de1970, cuando, por cuestiones de salud, decide venderlo por 13 millones de bolívares. El nuevo propietario era, el también empresario, Franco Luciano, quien lo administrará hasta finales de los 70. En 1978, la Electricidad de Caracas adquiere el hotel y, poco más de diez años después, encontrándose la estructura del Potomac muy deteriorada, lo vende a unos empresarios. El hotel es demolido y en sus terrenos se construye un local de comida rápida (Wendy´s), que posteriormente daría paso a un automercado (Excelsior Gama).

     El Hotel Potomac marcó una época en una Caracas atraída por inmigrantes, artistas, deportistas, políticos… Entre sus más célebres huéspedes destacan el escritor Gabriel García Márquez, quién escribo la novela «Cuando era feliz e indocumentado» mientras vivía en sus instalaciones.

Vista del hall del hotel, en la que se aprecia una de las pinturas del joven arquitecto Graziano Gasparini
Vista del hall del hotel, en la que se aprecia una de las pinturas del joven arquitecto Graziano Gasparini

     También estuvo alojada allí, en los años 50, la legendaria cantante polaca de origen judío Weronika Grynberg, mejor conocida como Wiera Gran, de visita en Caracas, para interpretar temas de Edith Piaf. Pero, sin duda, lo que marcó la historia del hotel fue el secuestro del goleador argentino Alfredo Di Stéfano, alojado allí, mientras su equipo, el famosísimo Real Madrid, competía en un torneo internacional en Caracas, en agosto de 1963.

     La Saeta Rubia, como apodaban al célebre jugador, fue retenido durante 80 horas por el movimiento guerrillero, Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), como una estrategia propagandística, para dar a conocer al mundo la lucha revolucionaria que sostenía en Venezuela un sector de la izquierda.

     La inauguración del hotel fue todo un acontecimiento. La prensa nacional se hizo eco de ello, en particular, la revista Elite, en cuya edición del 12 de noviembre de 1949 se publicó un amplio reportaje sobre el evento de apertura del moderno hospedaje caraqueño. 

Baile de gala celebrado en uno de los salones del hotel, amenizado por la orquesta de Aldemaro Romero
Baile de gala celebrado en uno de los salones del hotel, amenizado por la orquesta de Aldemaro Romero

Cocktail inaugural

     “El sábado 5 de noviembre se congregó en el Hotel Potomac “toda la Caracas de las grandes solemnidades”. Basta decir que fueron testigos de la bendición de sus salones y dependencias, todos los formadores de ese gran libro que se titulará el “Quién es quién en Venezuela”; los que, con personalidad definida y firme, son creadores y forjan el mañana.

      Reunión numerosa y cordial en la que los invitados, al congregarse, encontraron el escenario más adecuado a sus aspiraciones y deseos. El comedor, el Bar, el Hall y la incomparable terraza del Hotel fueron testigos mudos de la satisfacción, y su muestra más palpable, la prolongada estancia y sus expresivas manifestaciones augurando al Hotel el éxito más completo.

El Hotel Potomac convirtió a las avenidas Vollmer y Caracas, de San Bernardino, en las avenidas “Lumier” de la capital venezolana
El Hotel Potomac convirtió a las avenidas Vollmer y Caracas, de San Bernardino, en las avenidas “Lumier” de la capital venezolana

Baile de gala

     El comedor del Hotel, con su artístico decorado sobrio pero exquisito; pleno de belleza y con el completo echado. La cena suculenta servida por manos femeninas de uniformadas mesoneras que sonríen un poco cortadas por la solemnidad del acto, y el Bar, la fábrica de optimismo, despachando incansable materia prima.

    La concurrencia selectísima en atuendo de reunión de gala, muestra su agrado al comenzar el baile que se inicia al terminarse de servir la cena, y es entonces cuando se pone de relieve en todo su esplendor la belleza de las Damas, esa belleza “sui generis” de la mujer venezolana, que une a su figura cincelada por genial orfebre, el rostro ideal, en el que los ojos indiscretamente parleros hablan y ríen, prometen y niegan, pero casi siempre dicen un sentimiento amoroso de piedad.  

     Ese mirar que habla de vuestra ternura de madrecitas buena ¡os hace adorables, mujeres venezolanas! Y al cronista que no puede impedir que la vida le lleve rápidamente barranco abajo por la antecámara de la extinción, le pasa lo que al marino jubilado, que cuando contempla el mar… ¡suspira! . . .  pero bendice el momento en que pudo contemplaros y en que, por obra de la virtud inmarcesible de vuestro tierno mirar, vivió intensamente recuerdos de pasadas dichas.    

 

Una orquesta de maestros

     Un acierto la Orquesta de Aldemaro Romero, formada por verdaderos profesores que hacen en su arte geniales creaciones. No podía ser menos; la orquesta tenía necesariamente que encuadrar en el espléndido marco de la reunión. ¡A tal señor, tal honor!

     No es extraño que la orquesta Aldemaro tenga éxito, lleva como TAO, como su insignia señera, a la Estrella Elisa Soteldo, que con su voz pastosa que emociona, canta con el alma en los labios. . . ¡como dice en la canción la bella criatura! El inolvidable Federico te diría un piropo con fervor de oración: ¡Morenita y con ojeras de terciopelo morao! ¡Que el camino de tu vida esté sembrado de flores. . . sin espinas!

     Y así, cantando y bailando, y entre risas y promesas y optimismo y vida, bajo un bellísimo cielo bordado de cirros prometedores de bonanzas, se desliza, demasiado rápida, una noche inolvidable en la que la sociedad caraqueña inicia sus reuniones en los magníficos salones del Hotel Potomac.

     ¡El Hotel Potomac ha entrado en la vida social caraqueña por la puerta grande!

FUENTES CONSULTADAS

  • Elite. Caracas, 12 de noviembre de 1949

  • El Nacional. Caracas, 7 de noviembre de 1949

  • El Nacional. Caracas, 24 y 25 de agosto de 1963

  • Momento. Caracas, 28 de abril de 1965

La Caracas de 1852-1854

La Caracas de 1852-1854

Miguel María Lisboa, mejor conocido historiográficamente como Consejero Lisboa, fue un diplomático enviado por el gobierno brasileño a estudiar las características de las repúblicas fronterizas con Brasil. Desde septiembre de 1852 hasta enero de 1854, recorrió parte de Venezuela, Colombia y Ecuador, escribiendo un amplio relato de su viaje por los lugares visitados; el escrito fue publicado bajo el título “Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador”. Allí describe aspectos sociales, entre otros, de la Caracas de 1852-1854

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Miguel María Lisboa (1809-1881), conocido como el Consejero Lisboa, diplomático brasileño que vivió dos etapas de su vida en Venezuela. Primero entre 1843 y 1844, y luego entre 1852 y 1854

     Uno de los usos sociales que fue objeto de comparación por parte del Consejero Lisboa se relacionó con los recién llegados a alguna ciudad de América y lo que sucedía con cualquier forastero que se asentara en algún lugar de Europa. De esta última recordó que quien llegaba a ella tenía por costumbre tomar la iniciativa de visitar a amigos y conocidos. En cambio, en tierras americanas era diferente porque el forastero era saludado por los habitantes de una de las ciudades pertenecientes al Nuevo Mundo. Puso a la vista que esto era muy común en Brasil, Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Quito y Lima. “Los caraqueños, sin embargo, no llevan tan lejos su amabilidad y exigen de los forasteros un término medio, esto es, que se anuncien enviando un billete a las personas con quien quieren relacionarse y recibiendo la primera visita en persona”. Acotó que tal costumbre había sido censurada, sin embargo, algunos sostenían la práctica al calificarla de actitud moderna.

     Para dar fuerza a este argumento, tal como lo hizo con otras aseveraciones relacionadas con los caraqueños y Caracas, rememoró que cuando visitó la ciudad la primera vez, en 1843, tuvo que enviar tarjetas de presentación a algunos lugareños. No obstante, durante su segunda visita, en 1852, los amigos y relacionados con los que compartió en la primera ocasión fueron quienes le dieron la bienvenida tanto los caballeros como sus señoras y sus doncellas. Ponderó el cumplimiento de los deberes sociales, al corresponder las visitas, al cumplir de manera escrupulosa pésames y felicitaciones, “y hasta conocen los modernos de visitas de sobremesa, fiestas y Año Nuevo”. También destacó que, entre mujeres y hombres existía la tradición de visitar los días de su santo a amigos y parientes.

     Agregó que después de 1848 los habitantes de la comarca habían restringido fiesta y ágapes. Calificó lo acontecido este año como tumultuoso, “produjo tantas desgracias y tantas discordias entre los principales habitantes de Caracas”. De los caraqueños expresó que tenían buen gusto para las fiestas y los bailes, “nadie lo sabe hacer mejor”, dejó escrito. Contó que, el día 3 de octubre de 1852 un mantuano lo había invitado a una celebración en ocasión del doctorado en leyes de uno de sus hijos. Expresó que, a pesar de ser poco amante de Terpsícore se había retirado a sus aposentos a las tres de la mañana. Escribió que toda la casa se había adornado para el baile que se presentaría y en cuyo salón había no menos de trescientas luces y una orquesta de doce músicos que interpretaban composiciones de Strauss, Herzog y Lanner, entre otros. Sin embargo, agregó que los bailes en la ciudad no eran frecuentes. El que describió le pareció lleno de delicadeza y buen gusto y que por los manjares que se servían, “igualaba los mejores de Europa”.

     Alrededor del lujo y la elegancia de fiestas como la señalada por el Consejero Lisboa, observó un detalle de los bailes presentado en Caracas, una característica que para él los hacía especiales frente a los bailes que presenció en Europa. Expresó que, en la parte de fuera de las ventanas, así como en los patios e interior de las viviendas, donde se desarrollaban bailes llenos de esplendor, “se apiñan los criados y esclavos de ambos sexos, vestidos aseadamente, los que acompañan a las señoras al baile”. Llamó la atención acerca de esta circunstancia y a la que comparó con el trato ofrecido a los sirvientes por parte de sus amos en Europa. Para él resultaba ser otro buen ejemplo del carácter indulgente y bondadoso de los habitantes del Nuevo Mundo. Para Lisboa resultaba “una prueba de que el estado de esclavitud que los abolicionistas pintan con tan medroso corazón tiene en América, especialmente en las grandes poblaciones, ventajas que ellos les niegan”.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Los caraqueños son muy gentiles de los deberes sociales, al corresponder las visitas, al cumplir de manera escrupulosa pésames y felicitaciones. Tienen por tradición visitar los días de su santo a amigos y parientes

     Según observó, un análisis imparcial de las condiciones de vida de los esclavos urbanos se podía corroborar que ellos, en su gran proporción, estaban “considerados en América como formando parte de la familia y tratados con mucha más indulgencia que los criados europeos. En Europa, los criados forman una casta separada en todo de sus amos”. Por otra parte, su criado de nombre Simplicio le hizo notar que algunos sacerdotes fumaban en la calle. Lo que lo llevó a establecer que en Caracas era un hábito muy generalizado entre sus habitantes. En el caso de mujeres las observó, pero en sus casas frente a amigos muy cercanos y “siempre tras muchas disculpas y satisfacciones”.

     Para lo que denominó la embriaguez indicó que no vio en las caraqueñas una propensión a consumir bebidas alcohólicas. Incluso expresó que entre la “clase baja” solo se podían observar borrachos en fiestas públicas. En cuanto al juego, agregó que cuando visitó la ciudad por vez primera la recreación, con sus excesos y desgracias, no era como en Lima y Santiago de Chile. Según información obtenida por él, “desde el malhadado 1848, anulada la sociabilidad por causa de la revolución, muchos caraqueños buscaron distracción en aquel vicio fatal. 

     Es un argumento más contra las revoluciones, especie de caja de Pandora que encierra en sí todos los males de la tierra”. Argumentó que, por ser descendientes de los españoles, los caraqueños conservaban una pasión y tendencia por las ideas religiosas, una característica muy propia de aquéllos según relató. Sin embargo, los caraqueños daban mayor importancia a las prácticas exteriores y no a la esencia y dogma cristianos. De estas prácticas agregó no haber presenciado nunca controversias o peleas por cuestiones religiosas. De igual modo, puso a la vista que quienes acudían con mayor frecuencia a las iglesias eran las mujeres. Agregó: “En su ignorancia de la pura doctrina y de la historia de la religión católica, se parecen mucho los venezolanos a otros pueblos de la América española”.

     De seguidas, añadió que las procesiones en Caracas eran consideradas una expresión de diversión colectiva y que eran las únicas fiestas en que el pueblo en general participaba sin distinción social alguna. Pudo comprobar que toda la sociedad se volcaba a participar y “hacen un extraordinario consumo de pólvora en petardos y cohetes”. La iglesia de las Mercedes era la más dispendiosa durante estas fiestas. Argumentó, en este orden, que la religión de un pueblo servía para medir sus virtudes caritativas. Anotó que entre los establecimientos de caridad pública que existían en la ciudad se encontraba el Hospital de la Misericordia, en donde había una sección solo para leprosos, mal que aquejaba a muchos venezolanos, en especial hacia el oriente del país.

     Indicó no haber localizado casa de expósitos en Caracas. Por otra parte, dispuso para el lector lo que denominó “las capacidades mentales de los caraqueños”. A propósito de esta denominación destacó “que tienen en la capital un grado de adelanto superior a su población, a su importancia política y a sus progresos materiales”. Sin embargo, no dejó de mostrar desasosiego por el “espíritu demagógico” que se estaba sembrando por el país. De la prensa caraqueña destacó que estaba bien dirigida y diseñada. En lo referente al uso de lenguas extranjeras puso de relieve que la lengua francesa e inglesa era muy común entre los jóvenes de la capital.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
El Consejero Lisboa observó que las procesiones en Caracas eran una expresión de diversión colectiva y que eran, además, las únicas fiestas en que el pueblo en general participaba sin distinción social alguna

     En cuanto a la lengua y los modos usuales que ella mostraba entre los habitantes de la comarca. Lisboa puso en evidencia el ceceo que les daba una cadencia particular a los caraqueños y que se mostraba, en este sentido, diferente al español de la sociedad progenitora. De igual manera, expresó que otra “irregularidad” del idioma, que no había apreciado en España ni otro país latinoamericano, era el uso generalizado de diminutivos que eran aplicados a los gerundios, “los que dan a la conversación un sonido tierno, muy en armonía con las costumbres suaves de los americanos”. Asimismo, puso de relieve el uso, entre los habitantes de Caracas, de interjecciones como el “guá”, “que en boca de las caraqueñas suena con mucha gracia y expresión”.

     A su descripción agregó que había asistido a una colación de grados, el 3 de octubre de 1852. Añadió que los graduandos vestían un “traje apropiado”. El mismo consistía en un vestido confeccionado con seda negra, con togas parecidas a las usadas por los magistrados del Brasil, acompañadas de una muceta y un birrete con borla. 

     “La muceta es parecida a la que usan nuestras hermandades en el Brasil, y el birrete es parecido a un turbante turco, coronado en lo alto con una borla de lana o, en algunos casos, por una flor de oropel, y adornado con una franja cosida en la parte alta de la copa, que cae sobre los lados y lo cubre todo. Los colgantes de esta franja tienen un tamaño de un palmo, y cuando el birrete está sobre la cabeza, tapan las orejas y parte de la cabeza del doctor”.

     Describió los actos realizados en la iglesia y los correspondientes al ofrecimiento de los títulos para los graduados, por parte de la autoridad correspondiente. En una de las fases de la ceremonia académica, el doctor en Cánones pronunció un discurso “henchido de eruditas citas de los Santos Padres, pero demasiado extenso”. Luego le siguió un doctor en leyes que, según Lisboa, pronunció un discurso elegante y bien tramado, “y que hubiese merecido universal aplauso si no hubiera encerrado una frase ofensiva para el gobierno español, cuyo representante había sido invitado al acto”. Ante esta circunstancia, Lisboa agregó que esa fracción del discurso había sido reprobada por la mayoría de los asistentes al acto de graduación.

     Según contó, luego fueron invitados a degustar un “abundante refresco” por invitación de uno de los padres de los graduados en leyes. A este respecto escribió que era una mesa espléndida a la que habían sido admitidos todos los doctores, “y todos lo que no lo eran; en una palabra, todo el mundo”. Luego de haber terminado este tentempié la mesa presentaba un aspecto triste, cuyos destrozos le hicieron rememorar un campo de batalla. Sería en esta misma casa en la que, posteriormente, se ofrecería un baile plagado de buen gusto.

     Observó la existencia de otros establecimientos educativos sostenido por los gobiernos provinciales y municipales. Entre ellos destacó una escuela de música, a cargo del consejo municipal. Contó que había asistido a una exposición de los estudiantes de dibujo. En ella se presentaron setenta y cuatro trabajos, realizados al óleo y a lápiz. De éstos comentó una copia de la huida a Egipto, de Murillo, cuyo original reposaba en una iglesia de Caracas. Para él la muestra de los dibujos presentados en octubre de 1852 servía para dar fe de los progresos alcanzados por los alumnos y del estímulo para seguir demostrando sus progresos.

     En su escrito señaló que el establecimiento educativo más digno de alabanza era la Escuela de Artesanos. La misma había sido fundada por un teniente de ingenieros. Desde su establecimiento se habían ofrecido lecciones, todas las noches y los días domingo, de lectura, caligrafía, aritmética, álgebra y geometría para todos los artesanos de Caracas. Comentó que esta iniciativa merecía los mayores elogios. Por tanto, indicó “Es este un hermoso establecimiento donde las clases inferiores de la sociedad adquieren una instrucción, no metafísica y perniciosa, sino adaptada a sus más urgentes necesidades, práctica y útil, y al mismo tiempo dedican al estudio las horas que se perdían antes por las tabernas y consagraban al vicio”. Agregó que era deseable que no se entrometiera la “maldita política” y que convirtiera este establecimiento en un “club de conspiradores”. 

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