En las primeras horas de la noche falleció en la clínica del doctor Virgilio González Lugo el caballero alemán Hans Günter Strack, joven llegado de Hamburgo días antes para perfeccionar sus estudios del idioma español y desempeñaba labores como empleado de la empresa Lünning y Cía, una de las que resultó afectada. Hans murió como consecuencia de fuertes contusiones generalizadas y quemaduras sufridas cuando colaboraba en las labores de extinción del fuego. También murió al día siguiente en el Hospital Vargas, Pedro Vicente García, empleado de la Sanidad, de 23 años, natural de Barcelona.
Se tenía la certeza de que entre los escombros había más cadáveres y por ello las comisiones de salvamento, incrementadas con la inclusión de colaboradores particulares, removían los despojos humeantes y buscaban entre otros, los cuerpos sin vida de un peón de Sanidad que manejaba una bomba de agua junto con el agente de policía N° 274, Solórzano, ingresado muerto al Hospital Vargas poco antes. El peón desaparecido era Modesto Rodríguez, natural de Barquisimeto, de quien se dijo había sido visto cuando caía bajo el peso de una pared, junto con los agentes policiales Carlos José Rojas, N° 25, y Víctor R. Páez, N° 217.
Los señores Mauricio Sajourné y José María Sanglade, amigos de Roberto Santana, ayudaban a este último en el rescate de algunos objetos de valor, cuando se produjo la explosión. Quedaron prácticamente enterrados por escombros de aproximadamente cuatro metros de altura y afortunadamente fueron sacados a tiempo. El señor Sajourné, pese a que estaba herido, ayudó a salir a Sanglade, quien se encontraba casi asfixiado.
También recibieron atención médica en el Vargas, José Manuel Kiensler, agente N° 280; Cecilio Oropeza, obrero del Aseo Urbano; José Pacheco, obrero de Sanidad; Luis Mendoza; Víctor M. Abad, agente N° 23; Adán Flores, agente N° 151; Marcos Sergio Navarro. Agente N° 20; Froilán Hernández, oficial de policía; Pedro Vicente García, obrero de Sanidad, quien murió; Marcos Maraoquín, Jesús María Ascanio, Salvador Blanco, José Rafael López y siete lesionados más cuyos nombres no pudo conseguir el cronista.
Víctor Araujo, un hombre del pueblo, carretillero, vecino de Caño Amarillo, encontró la muerte en el incendio. En el sitio de la tragedia fueron hallados posteriormente los cadáveres de un joven y de un niño, los cuales no pudieron ser identificados. El primero era como de dieciséis a veinte años y el otro, como de doce a catorce años. Respecto a este último, un cronista de “El Universal” que estuvo en el interior de la casa incendiada cuando se produjo la explosión ̶ y cuyo nombre no dan en la información del diario ̶, asegura que se trataba de un limpiabotas que no se sabe cómo se metió en el lugar y que él lo vio danzando entre objetos dispersos, poco antes del estallido.
El señor Cristóbal Chitty, empleado de la casa Santana, resultó con aporreos y contusiones, al igual que el coronel P. Saines, jefe Civil de Candelaria; José Manuel Quiles, el coronel Gámez, el joven Alfredo Quintana Llamozas, Guillermo Anderson, empleado del Banco de Venezuela; Pedro Jam, Rafael Cosmos, Daniel Albornoz, oficial de policía, Ramón Luigi, Gustavo Moreno, Cecilio Terife, Luis Hernández Gómez, secretario de la Jefatura Civil de Catedral y el maestro Carlos Bonett.
Trágica muerte de dos hermanitas de la caridad
Un hecho que causó profunda consternación fue el de las muertes, en horribles circunstancias, de dos hermanitas de la caridad pertenecientes a la congregación que atendía el colegio para niñas Santa Rosa de Lima, instalado en una casa situada de Camejo a Colón, cuyo fondo era contiguo a la Casa Santana.
Sor Josefina de la Madre de Dios, de treinta y seis años, llamada Naqueda Ruiz en la vida privada, y Sor Concepción de Santa Rosa de Lima, (Itos Dona E.), de treinta y siete años, ambas nacidas en Granada, España, ponían a salvo bordados, libros y vestidos de las alumnas cuando se vinieron abajo las paredes y quedaron sepultadas. Sus cadáveres fueron extraídos a las once y cuarto de la mañana, el día siguiente.
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