Eso era en 1908 y este norteamericano notable que había de pasar a ocupar una de las posiciones económicas más fuertes del país, residía aquí desde hacía varios años. Cabía por tanto preguntarse: ¿qué ha sido antes, el Ford o los pájaros? La respuesta, la respuesta personal de William H. Phelps está henchida de sabiduría. Ni sacrificó su ambición ni dejó de percatarse que para realizar ésta es necesaria una base práctica. La existencia es imaginación, ilusiones, proyectos, ambiciones y unos dólares en el banco.
–¿El Ford o los pájaros?
–¡El paludismo!
Los primeros seis años había sido un morirse de fiebre en el interior, sosteniéndose difícilmente con la pequeña utilidad de una máquina para beneficiar café. Existía un factor con el que nuestro hombre parecía no haber contado: ¡el clima! Por aquel entonces no existía defensa. La alternativa era cruel: o regresar a Norteamérica o morir. Volvió a Estados Unidos y regresó de nuevo a Venezuela. Esta vez, además de ornitólogo, ya graduado en ciencias de la Universidad de Harvard, era representante exclusivo de varias casas comerciales y periodista.
–El “New York Herald” me pagaba 150 dólares mensuales. Eran los tiempos de Castro con las confiscaciones de los intereses extranjeros y parecían abundar las noticias.
Fue en esa época, diez años después de su llegada, que Mr. Phelps había quitado el freno del pedal al Ford y se lo había puesto a la adversidad. Las pianolas, las máquinas de escribir, las cajas registradoras –antes de separarse de su socio Arvelo– comenzaron a abrirse paso entre nosotros. Las cosas marchaban bien. Surge la primera agencia en Ciudad Bolívar y poco más tarde, en 1912, otra en Maracaibo. Los negocios progresan. Hay que perseverar. Sobre todo, es necesario incrementarlos. La máquina extraña llega a Rubio, llega a Tovar, llega a todas partes. No por sí sola, sino desarmada, en piezas, sobre la cabeza de los peones contratados; pero llega. No es posible desmayar, no es posible conformarse. Y algo inesperado ocurre.
Ford mismo se asombra. Uno de sus agentes en un país llamado Venezuela ha revolucionado su sistema de ventas. Ya no es necesario tener dinero para comprar un Ford. Basta con tener una pequeña cantidad y pagar luego proporcionalmente. Es el sistema de cuotas aplicado a la venta de automóviles. Es también, para muchos, la ruina segura. Todos los pronósticos fracasan. William H. Phelps, agente de la Ford, ha visto aumentar sus ventas al quíntuplo. Es más, hasta ha logrado que el Ford, no solo anduviera en terreno plano, sino que subiera las cuestas, acontecimiento este último debido al señor Lewis J. Proctor, Gerente de la New York and Bemudez Company. William H. Phelps ha triunfado. Los pájaros se encuentran ahora más al alcance de su mano.
Ha sido un triunfo gradual. Sin golpes de suerte. De un modo racional, casi mecánico. Como un cambio de velocidad.
El Ford y Mr. Phelps han subido la cuesta. Ya todo es agua pasada. El negocio, llevado con sufrimiento e inspiración, ha concluido en un poema en dólares: “El Automóvil Universal”, el “Almacén Americano” y la “Compañía Anónima de Automóviles”. Varias de las más poderosas empresas del país controladas por aquel joven del paludismo y la máquina de beneficiar café.
–¿Cuál considera que ha sido la base de su éxito comercial?
Se quita los lentes y los hace girar sobre una de sus piernas:
–¡La venta a cuotas!
Ese ha sido el factor esencial pero no exclusivo. El decálogo comercial de Phelps abarca otros principios:
“La exclusividad del producto”
–Si hay que competir con un artículo análogo en manos de otro, forzosamente se tiene que llegar a una baja de precios para competir. Con precios bajos no hay ganancia.
“Inversión de las utilidades en la ampliación de la empresa”.
–Es el único modo de prosperar.
“Eliminación del socio capitalista”
–De no ser así la plata va a otra persona, sin justificación alguna.
“Espíritu de pionero”
–Es necesario tener visión. Saber prever. Anticiparse a los hechos.
Son las cinco de la tarde. Comienza a declinar. Nuestro interlocutor da señales de cansancio. Es verdad que desde hace cinco años se encuentra retirado de los negocios y encerrado en su museo, entregado a lo que ha sido su inclinación durante toda la vida; pero también es verdad que, como de costumbre, se ha levantado a las seis de la mañana y ha estado trabajando en sus libros desde las ocho.
Regresamos al cuarto de trabajo. Cierra amorosamente uno de los gruesos volúmenes repleto de datos acumulados por él con los que prepara su monumental estudio sobre nuestras aves, que aparece encima de la mesa.
–¿Cree usted terminarlo pronto?
Este hombre, nervio, voluntad y ambición, que nos ha ofrecido la más valiosa de las enseñanzas con su sentido armonioso, equilibrado, de la vida, con el juego maestro del deseo y de la realidad, no le agrada ser interrogado sobre sus planes.
–¡No sé! Quizá cinco, diez años.
Luego añade con serenidad.
–¡Quizá lo venga a terminar mi hijo!
Hay un silencio, la situación ha creado nuevas preguntas.
–¿Siente haberse apartado por cuarenta años de lo que constituía su verdadero interés? ¿Está satisfecho de la vida William H. Phelps a estas alturas?
La respuesta es sencilla, rápida, serena:
–¡Creo que hice lo que debí!
La luz se ha cernido. ¿Es el ocaso? Un leve gorjeo se eleva. Mr. Phelps, el hombre que supo hacer millones y reunir a la vez veinticinco tomos sobre la vida de las aves, ya no solo sigue el vuelo de las aves. Escucha su trino.
La luz es oscuridad. De los mangos cuajados a la orilla de la avenida de la “Casa Blanca”, apenas se distinguen las lenguas ígneas de sus hojas.
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