El Ávila Indígena: Waraira Repano

El Ávila Indígena: Waraira Repano

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El Ávila Indígena: Waraira Repano

FelicianoEl Ávila, visto por el maestro Manuel Cabré Montenegro Colón

     El cerro Ávila, oficialmente llamado Waraira Repano, es un parque nacional (1958) localizado en la cadena del litoral central de la Cordillera de la Costa, en el centro-norte de Venezuela.

     Ubicado en la fila montañosa al norte de Caracas, se extiende por todo el norte del estado Miranda y sur del estado La Guaira.

     El Ávila posee cuatro cumbres relevantes: el Pico Naiguatá, con una altura de 2.765 metros sobre el nivel del mar, el Pico Oriental con 2.640 metros, el Pico Occidental con 2.480 metros y por último el Pico El Ávila con una altitud de 2.250 metros.

     El cerro era conocido por los aborígenes habitantes del valle de Caracas como “Waraira Repano», que significa “Sierra Grande”. No obstante, el historiador José Oviedo y Baños señala que para el siglo XVI la imponente montaña, que se erige frente a la ciudad, comenzó a ser conocida como Ávila. El origen del nombre proviene de un alférez mayor de campo, de nombre Gabriel de Ávila, quien acompañó al español Diego de Losada en la conquista y población del valle del río Guaire.

     En 1568, ya fundada Santiago de León de Caracas, Gabriel participó en la batalla de Maracapana, librada por Losada contra un grupo de caciques indígenas que pretendían recuperar la soberanía sobre el valle.

     En 1573, el alférez mayor fue nombrado alcalde de Caracas. Para entonces era propietario de unas tierras cultivadas al norte de la ciudad, a la que llamó Estancia de los Ávila, de ahí surgiría el nombre del cerro. Fue el fundador de la familia Ávila que primero se estableció en Caracas. Uno de sus descendientes es el sacerdote José Cecilio Ávila, rector de la UCV, entre 1825 y 1827), años en los que fundó nuevas cátedras y exhortó a Simón Bolívar para que le diera protección a la enseñanza de la educación superior.

Desde 1958, el cerro Ávila es Parque Nacional

Sierra Grande

     En 1960, el escritor Julián Padrón publicó en la Revista Shell, uno de los mejores trabajos históricos sobre el cerro Ávila.

     Se pregunta Padrón, en los inicios de su artículo: “¿Qué idea del Ávila tenían los aborígenes del valle de Caracas?

     De inmediato el célebre literato oriental responde:

     “Once años después del establecimiento de los españoles en el valle, el Gobernador Don Juan de Pimentel calculaba en 4.000 los indios más cercanos a los pueblos de Santiago y Caraballeda. Vivían seguramente en el valle, al borde de los ríos y de las quebradas, junto a sus siembras, en barrios de pocas casas. 

Desde 1958, el cerro Ávila es Parque Nacional

     Los pueblos de indios estaban separados unos de otros por varias leguas, y se comunicaban entre sí por caminos torcidos sobre tierra doblada y en parte montañosa. Los de tierra adentro trocaban cosas de comer por sal y pescado con los de la mar. No tenían adoraciones ni santuarios, ni casa ni lugar dedicado a ello; pero tenían piaches a quienes respetaban. El gobernador señala otros hábitos y costumbres de los indios que son los que repiten todos los conquistadores.

     En medio de esos indios de la nación caracas estaba esa serranía que presiden los picos Ávila, La Silla y Naiguatá; los que habitaban la costa contemplaban el rostro adusto, vertical, de la sierra que mira al mar, con blancura de espuma al pie y blancura de nube en la cabellera. Los que moraban en el valle tenían una imagen de verdura desde el pie del monte hasta la línea de la fila que corta en escotaduras el azul del cielo. Algo similar a quienes hoy lo contemplan desde el horizonte del mar litoralense, y a quienes lo hacen viajando por la carretera de Catia a Petare.

     Desgraciadamente no tenemos ningún testimonio donde conste la admiración que los caracas sentían por el Ávila. Los etnólogos y arqueólogos no han descifrado todavía las inscripciones aborígenes que aparecen en las piedras y estelas de los alrededores. Pero el caraqueño actual que haya tenido la fortuna de admirar la montaña en la cima del cerro el Volcán, situado al sur, desde donde se abarca en una visión panorámica los pueblos de Baruta y El Hatillo las serranías del Tuy, y todo el valle desde Catia hasta Petare con la extraordinaria montaña al fondo, podrán comprender por qué a toda esa sierra los indios la llamaban Waraira Repano, que quiere decir Sierra Grande”.

Fuentes Consultadas

  • Caracas, 22 de abril de 2010, decreto N° 7.388, mediante el cual se dispone que la extensión que comprende el Parque Nacional “El Ávila” se denominará en lo adelante Parque Nacional “Waraira Repano”.
  • Biern, Pedro Luis. El Ávila su Historia. Caracas: Corporación Prag, 1980.
  • Padrón, Julián. El Ávila indígena. Revista Shell. Caracas, abril de 1960.

Montenegro Colón: Entre la traición y la instrucción

Montenegro Colón: Entre la traición y la instrucción

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Montenegro Colón: Entre la traición y la instrucción

Feliciano Montenegro Colón

     Acusado de haber sustraído de la Secretaría de Guerra documentos clasificados, y de haberse apropiado de cierta cantidad de dinero, el caraqueño Feliciano Montenegro Colón fue el autor, en la década de 1840, de varias obras sobre temas educativos e históricos. A partir de la semblanza de Feliciano Montenegro Colón (1781-1853) que realizaron Napoleón Franceschi (1999) en El culto a los héroes y la formación de la nación venezolana y Lucía Raynero (2007) en Clío frente al espejo. La concepción de la historia en la historiografía venezolana (1830-1865), se puede alcanzar una aproximación a lo que este caraqueño protagonizó durante una porción del 1800 venezolano, en especial la fracción correspondiente a los primeros años de la edificación republicana.

     De acuerdo con lo señalado por estos estudiosos de la historiografía de Venezuela, la vida de Montenegro Colón estuvo marcada por la traición. Una acusación de felonía en su contra se debió a la extracción de unos papeles secretos pertenecientes a la Secretaría de Guerra en el año de la declaración de la Independencia, 1811. “A partir de entonces, su vida estará marcada por esa fecha y también se moldeará a raíz de aquel incidente”, escribió Raynero en el libro mencionado en el párrafo anterior.

     El mismo Montenegro Colón se había encargado de insertar una carta, dentro del texto Recuerdos históricos y curiosidades útiles dado a conocer en 1847, refrendada por Francisco Javier Yanes en la que éste expresó su reconocimiento, hacia Montenegro Colón, por la firme denuncia en contra de Morillo, Moxó, Aldama y Morales en la capital de España durante el conflicto bélico que libraban los españoles americanos contra la monarquía española. De igual modo, gracias a esta denuncia fue resaltada su posición favorable a la causa de la humanidad y con lo que mostró “su buen corazón”, al garantizar la vida de algunos personajes hechos prisioneros bajo el mando de tropas realistas, luego del derrumbe de la Primera República. Esta inserción tuvo como motivo mostrar su verdadero patriotismo, ratificado por una respetable figura de la Venezuela republicana como fue el caso de Yanes.

     Montenegro Colón provenía de una familia acomodada de la Provincia de Caracas. Ello le permitió gozar de privilegios como los de haber cursado la carrera de filosofía en la Universidad de Caracas, de donde se graduó a mediados del año 1797. Luego de 1830 se dio a la tarea de demostrar que había sido condiscípulo de Simón Bolívar y que estaba emparentado con él por medio de su ascendencia y parentesco con la familia Madriz. A pesar de mostrar un concepto muy alto de sí mismo era de disposición irascible porque se enemistó con uno de sus protectores, José María Vargas, al igual que lo hizo con Fermín Toro y Carlos Soublette.

     Montenegro Colón se había iniciado como integrante de la fuerza militar en 1798, cuando ingresó al Batallón Veterano de Caracas y para 1799 formó parte del Batallón del Regimiento de la Reina en el Cuartel San Carlos, en el que estuvo por cinco años. En 1803 se había dirigido a España para continuar sus estudios y formar parte del Batallón de Valencia. Sus vivencias en España las rememoró en una publicación de 1846, Manifestación documentada en justa defensa de Feliciano Montenegro Colón.

     Para el 24 de septiembre de 1810 se dieron cita las Cortes de Cádiz. Entre los integrantes de dicha convocatoria estaban entre veinte y treinta diputados elegidos como suplentes, quienes representaban a los españoles americanos. Por Caracas fueron escogidos Esteban Palacios y Fermín de Clemente, mientras que por Maracaibo se encargó a José Domingo Rus. A petición de las Cortes Clemente y Palacios comisionaron a Montenegro Colón para que trajera una comunicación dirigida al Ayuntamiento caraqueño. Lo cierto fue que en Caracas se calificó como “rara misión” la representada por Montenegro Colón. Una de las quejas fue por no haber dirigido la información que él traía consigo a la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII en Venezuela. Otra había sido que él fue comisionado por parte de dos personas que desconocieron el pronunciamiento del 19 de abril de 1810.

     Cuentan que Montenegro Colón, desde el mismo día de su llegada, había sido sometido a un minucioso interrogatorio por parte de los miembros de la Junta Suprema en Caracas. Debido a esta interpelación pudo corroborar que su papel como emisario había fracasado. Dos situaciones determinaron su circunstancia. Una, el desconocimiento de las credenciales que portaba como mensajero de las Cortes. La otra, porque el camino que llevaría a la ruptura del nexo Colonial ya llevaba un trayecto andado. A finales de enero de 1811 se dio a conocer una protesta contra las Cortes de Cádiz por considerarlas irritas e ilegales al igual que al Consejo de Regencia. En consecuencia, los actos de aquellos diputados suplentes no contaban con ningún tipo de legalidad y, por mampuesto, el rol de emisario de Montenegro Colón tampoco vino revestido de legalidad.

     Sin embargo, prefirió quedarse en Caracas. Instalado en esta ciudad se le encomendó el cargo de Oficial Mayor en la Secretaría de Guerra. Tiempo después se suscitaron los eventos que precedieron a la Independencia de 1811. Montenegro Colón se encontraba ocupado en su cargo de Oficial Mayor en la Secretaría de Guerra. Para 1831 reveló, en Conducta militar y política de Feliciano Montenegro durante su dependencia del gobierno español. Demostración de sus servicios a la causa americana bajo la protección de la República Mexicana, que había solicitado en los días 28 de mayo y 17 de junio de 1811 un pasaporte para dirigirse a los Estados Unidos. Entre los argumentos de su defensa estuvo centrado en lo que Cristóbal Mendoza notificó al Congreso respecto a la huida de Montenegro Colón, llevada a cabo el 29 de junio de 1811 luego del supuesto robo de unos papeles secretos.

     Desde este momento comenzaron a difundirse rumores acerca de la extracción de documentación de importancia estratégica y militar, y que había sido Montenegro Colón quien los había tomado, de manera subrepticia de la Secretaría de Guerra, junto con una cantidad de dinero. Seguidamente, se embarcó en el buque El Príncipe, lo que provocó una serie de rumores relacionados con el hurto junto a las distintas conspiraciones protagonizadas por los enemigos de la causa republicana. En su trayecto paró en Curazao, de donde se embarcó para Puerto Rico. En este lugar se reunió con el Comisionado Regio, Antonio Cortabarría, luego llegaría a Cádiz.

Feliciano Montenegro Colón fue el autor, en la década de 1840, de varias obras sobre temas educativos e históricos

     Bajo estas circunstancias Juan Germán Roscio acusó a Montenegro Colón de “oficial desertor”, aunque no lo llamó ladrón de documentos o traidor a la causa patriótica. En España se incorporó a la lucha a favor de la expulsión de las tropas napoleónicas. A inicios de 1816 regresó a Venezuela y las autoridades del momento, con Pablo Morillo a la cabeza, lo nombraron presidente del Consejo de Guerra. Cargo que aceptó, según sus propias palabras para proteger a los patriotas Garmendia y Juan de la Madriz, entre otros encausados. En 1847 se encargaría de describir su actuación ante quienes lo acusaban de godo y traidor. Señaló en esta ocasión que se había encargado de salvar muchas mujeres y otros acusados por las autoridades del momento. Estudiosos de esta cuestión han expresado que tanto Francisco Javier Yanes como Rafael María Baralt dieron fe de su actuación humanitaria, frente a lo que los realistas pretendieron someter a algunos pobladores de la Provincia.

     Quizá, las dos áreas donde tuvo destacada participación y por la que se le recuerda fueron sus escritos alrededor de la historia y geografía de Venezuela y la labor desplegada en la instrucción escolar en Caracas. El 19 de abril de 1836 instaló el Colegio de la Independencia. Fue una fecha emblemática porque rememoró “el inicio del imperio de la libertad y de las luces”, porque sin ellos era imposible desplegar el conocimiento y la instrucción. También le sirvió para ratificar su patriotismo y compromiso republicano. Uno de los propósitos de impartir un saber útil a los jóvenes se relacionaba con “abrir las puertas a la civilización”. El colegio se encargaría de disminuir la ignorancia como una de las causas de los trastornos de los que era presa el país. Hizo coincidir los objetivos del Colegio con los propios de la constitución de 1830, es decir, fomentar los principios de la libertad civil, la igualdad legal, de la soberanía e independencia de los pueblos.

     Fue el Colegio de la Independencia el segundo que se abrió en Venezuela siendo Feliciano Montenegro Colón su director.

     La subdirección quedó en manos del hijo de Francisco Javier Yanes. El local donde comenzó a funcionar era alquilado, cuyo pago fue por cuenta de José María Vargas. Al cabo de un tiempo, Manuel Felipe Tovar cedió, en calidad de préstamo, una edificación más amplia y otorgó a su director seis meses de gracia en el pago de alquiler.

     La matrícula inicial fue de dieciséis estudiantes que al cabo del mismo mes llegaría a veintidós. Se aceptó a cuatro cursantes de escasos recursos cuyos gastos los cubriría la dirección del Colegio. Para 1841, el Colegio albergaba a 160 participantes dirigidos por dieciséis profesores. El plan de estudio era fundamentos de religión católica, urbanidad, lectura y escritura, gramática francesa, castellana, latina e inglesa, aritmética, álgebra, geometría, geografía, elementos de historia, física básica y teneduría de libros.

     Montenegro Colón se encargó de escoger al personal que impartiría la enseñanza de estas materias. Durante sus ocho años de existencia pasaron por sus aulas distintas personalidades vinculadas con las artes y las letras de Caracas. Con la apertura de esta institución educativa su promotor fue objeto de encomiables comentarios. José Antonio Páez le felicitó por la apertura del recinto educativo y agregó que sería recordado con gratitud por los venezolanos.

     La casa cedida por Tovar resultó pequeña y por tal razón, en 1837, el gobierno le proporcionó la parte principal del convento de San Francisco. Como la edificación estaba en muy mal estado Montenegro Colón contrató a unos constructores para que se acondicionara el lugar con destino a la instrucción. La Secretaría del Interior le otorgó el local con la condición de que traspasara la institución a manos del Estado, sin indemnización alguna, al momento de fallecer. Igualmente, debió admitir a dos estudiantes pobres de las trece provincias de Venezuela. El Tesoro nacional le otorgó un préstamo de doce mil pesos y algunos padres adelantaron las mensualidades dedicadas para la educación de sus hijos.

     No faltaron quienes se opusieron a la cesión del convento de San Francisco para que funcionara el Colegio de la Independencia. Los diputados de Caracas pidieron al Congreso que ese espacio fuese ocupado por la Universidad de Caracas, otros recomendaron que se utilizara para establecer tribunales u oficinas, con cuyas rentas se podría mantener el Colegio. A pesar de estas objeciones su inauguración se llevó a cabo el 25 de abril de 1840. Una de las características de esta institución fue que, junto con la instrucción escolar, se hacía énfasis en educar a los jóvenes para que fuesen buenos ciudadanos, así como el cuidado del aseo y la higiene para prevenir enfermedades y epidemias.

     El Colegio de la Independencia tuvo una corta vida. Las deudas contraídas para la refacción del local y la crisis económica a principios de la década de 1840 formaron parte de la crisis que hizo desaparecer este proyecto educativo. A partir de 1837, Montenegro Colón había mostrado sus quejas por la manutención de los alumnos de escasos recursos. Señaló que para acondicionar el edificio se habían invertido cuarenta y un mil pesos y lo que pagaban los alumnos no cubrían los gastos y menos una renta para reinvertir en el mismo. Para 1842 el declive de la institución era evidente. Las razones del colapso fueron la crisis económica, la poca capacidad de reposición de los estudiantes que egresaban, las deudas contraídas, una fuerte demanda económica y la aparición de otros colegios que surgieron para la época con otras ofertas de instrucción.

Topografía caraqueña y déficit policial

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Topografía caraqueña y déficit policial

Para 1902, la ciudad constaba de 499 cuadras, además de 26 callejones y dos pasajes

     En total, para el año 1902, la ciudad constaba de 499 cuadras, además de 26 callejones y dos pasajes. Esas cuadras formaban 232 manzanas habitadas, fuera de las partes cultivadas de flores y hortalizas. En vista de estos datos, para atender debidamente a la conservación del orden en la ciudad, el cuerpo de policía requería entonces, de al menos quinientos individuos.

     Pero la realidad era otra, en ese año, la policía de Caracas no contaba sino de doscientos gendarmes, cifra que no alcanza a dar ni un policía por cada manzana, cuando lo más apropiado debía ser uno o dos en cada cuadra. Era, pues, injusto achacarle a esa institución, todos los males de inseguridad que padecía entonces la capital, porque no siempre se halla presente algún miembro suyo a los desórdenes que ocurren

     Para 1902, es decir, a comienzos del siglo XX, Caracas estaba dividida en Avenidas y Calles. Unas y otras eran rectas, tanto en dirección de Norte a Sur como de Este a Oeste. Estas a su vez estaban divididas en cuadras, todas de igual longitud, la cual es de 125 metros, por lo que forman cuadrados perfectos que se denominan manzanas.

De Norte a Sur

      La Avenida Norte Sur, que comienza en el sitio denominado Lagunita y termina en la esquina de La Piedras, consta de 16 cuadras 

Calles Norte-Sur

N° 1 Comienza en el Hospital Vargas y termina en el Guaire: 17 cuadras

N° 2 Comienza en la Luneta de la Merced y termina en el Río Guaire: 15 cuadras

N° 3 Desde la esquina de Nazareno hasta el río Guaire: 18 cuadras

N° 4 Desde la Caja de Agua hasta el río Guaire: 15 cuadras

N° 5 Desde el Barranco hasta el río Guaire: 20 cuadras

N° 6 Desde el Cementerio de los Hijos de Dios hasta Quinta Crespo: 19 cuadras

N° 7 Desde la esquina de San Luis hasta le estación del Ferrocarril Central del Valle: 18 cuadras

N° 8 Desde la Toma de agua hasta el Empedrado: 25 cuadras

N° 9 Desde el río Anauco hasta el boulevard de El Cristo: 14 cuadras

N° 10 Desde la Puerta de Caracas hasta el Guaire: 15 cuadras

N° 11 Desde el Juego de Pelota, o sea, Santo Tomás hasta Puente Victoria: 7 cuadras

N° 12 Desde la esquina de las Mercedes hasta el río Guaire: 11 cuadras

N° 13 Desde la Tejería de Tovar Galindo hasta La Tejería (en la Misericordia): 8 cuadras

N° 14 Desde la Puerta de Caracas hasta el río Guaire: 15 cuadras

N° 15 Desde Salsipuedes hasta Hacienda del Conde: 6 cuadras

Norte 14 bis Desde San Daniel hasta el Barranco: 3 cuadras

Norte 16 Desde el Nazareno hasta Sucre: 3 cuadras

Norte 18 Desde Santa Isabel a Santa Rosa: 2 cuadras

Norte 20 De  La Soledad a San Ruperto: 1 cuadra

Sur 10 bis De Caño Amarillo a las Escalinata del Calvario: 1

Total: 249 cuadras

De Este a Oeste

La Avenida Este-Oeste, que comienza en la Estación del Ferrocarril Central y termina

En los inicios de la carretera de La Guaira, consta de 18 cuadras

 

Calles Este-Oeste

N° 1 De Anauco a Tinajitas: 16 cuadras

N° 2 De Peligro a la estación del Ferrocarril de La Guaira: 15 cuadras

N° 3 De Anauco a Buena Vista: 15 cuadras

N° 4 De los Lechozos al túnel del Calvario: 15 cuadras

N° 5  De Anauco a Las Flores: 16 cuadras

N° 6 De Anauco al Silencio: 14 cuadras

N° 7 De Anauco a San Rafael: 17 cuadras

N° 8 Del Matadero al restaurant del Calvario: 12 cuadras

N° 9 De Palo Negro a  Infiernito: 14 cuadras

N° 10 De Matadero a Angelitos: 11 cuadras

N° 11 De Jabonería a San Ruperto: 13 cuadras

N° 12 Del Boulevard del Cristo a Jesús: 11 cuadras

N° 13 De San Rafael a La Libertad: 14 cuadras

N° 14 De La Yegüera al Guarataro: 13 cuadras

N° 15 De Anauco a Santa Isabel: 10 cuadras

N° 16 De La Quebrada a la Quebrada de Lazarinos: 14 cuadras

N° 18 Del Puente de Hierro a La Viuda: 11 cuadras

Oeste 17 de La Coromoto a Santa Ana: 1 cuadra

Total: 250 cuadras

PANORAMA DE CARACAS 1900
En los inicios del siglo XX, solo habían 200 policías para el resguardo de la seguridad de la capital
Panorama de Caracas, Venezuela circa 1900.

Fuentes Consultadas

  • La Semana. Revista Literaria. Caracas, 1° de mayo de 1902.

  • Crónica de Caracas. Caracas, N° 68/71, enero-diciembre de 1966.

Calles de Caracas en 1821

Calles de Caracas en 1821

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Calles de Caracas en 1821

El gobernador de Caracas, Andrés Narvarte, ordenó el arreglo de algunas calles, en especial la de los suburbios de La Trinidad y

     El historiador venezolano Enrique Bernardo Núñez, en su obra La ciudad de los techos rojos, anotó que en fecha 20 de septiembre de 1821, el concejal José Nepomuceno Chávez propuso que para el ornato y para el mejoramiento del ordenamiento de Caracas, era conveniente colocar números a las casas y dar nombre a las calles. Los miembros del Concejo Municipal acordaron que el señor Chávez junto con el síndico Pedro Herrera elaboraran el proyecto y que, una vez aprobado por la instancia correspondiente, poner en práctica lo en él contemplado. En esta misma sesión se llevó a cabo la lectura del decreto de julio 20 acerca de los honores que se rendirían al Libertador y como encargados de ejecutarlo se acordó que fuesen los miembros del Ayuntamiento.

     Los preparativos fueron encargados a Juan Nepomuceno Chávez, Antonio Díaz y Pedro José Herrera. Dicho reconocimiento a Bolívar fue dado a conocer por bando el lunes 8 de octubre. En este comunicado oficial, emitido por los integrantes de la municipalidad se dio a conocer que el mismo se efectuaría el 28 de este mes. Los funerales por los caídos en el campo de batalla se efectuarían el día 29. Núñez atribuyó al nombre de la calle del Triunfo a esta circunstancia. Fue en esta vía por donde cinco años más tarde, el 10 de enero de 1827, entró el Libertador, tal como lo había hecho el 7 de agosto de 1813. La fiesta del “Regocijo” tal cual fue llamada la actividad en que se rendiría honor a Bolívar se calculó en ocho mil pesos de la época. 

     Sin embargo, no había recursos para costear tales actos. La solución fue la de pedir colaboraciones a las corporaciones existentes, incluso el cabildo eclesiástico, la municipalidad junto con el cabildo y hasta el vicepresidente, Carlos Soublette, prometió una porción de pesos con garantías de reintegro, porque las exangües arcas así lo requerían.

     Núñez escribió que, en la misma oportunidad cuando se dio a conocer el bando del “Regocijo”, el gobernador Andrés Narvarte propuso que, para el arreglo de algunas calles, en especial los suburbios de La Trinidad y Pastora, donde habían ruinas de edificaciones dejadas por el sismo de 1812, se obligara a sus propietarios a que dejaran doce varas de distancia, al frente de cada construcción, para un nuevo ordenamiento de las calles y así facilitar a los transeúntes su circulación. El 11 de octubre se ordenó a los alcaldes de barrio y custodios de policía a levantar un censo de sus respectivas manzanas, en un plazo no mayor a los tres días. Otro bando de policía ordenó a los vecinos con recursos económicos a colocar luces en la puerta de sus viviendas, para que sirvieran de luminarias en horas de la noche.

     Por orden del Concejo se colocó una lámpara en el lugar denominado El Principal, conjuntamente se dio a conocer, entre algunas corporaciones, el contenido y fiel cumplimiento de lo establecido en el bando citado con anterioridad. En abril del año siguiente el cura de la iglesia de San Pablo comunicó, a las autoridades municipales, acerca de la presencia de una fetidez “insufrible” en este recinto de devoción, así como del mal estado del piso que se abría con frecuencia y dejaba al descubierto los sepulcros allí ubicados. En virtud de esta situación las autoridades del municipio dictaron fuertes medidas para que todos los entierros se hicieran en el cementerio provisional de Anauco, mientras se concluía el de La Vega. En Anauco se instaló, a finales de 1821, el degredo para variolosos.

     El traslado de los infectados por viruela para el lugar indicado con anterioridad, fue objeto de quejas por parte del cura de Candelaria, por el temor a contagios entre sus feligreses, debido a lo cercano de esta nueva instalación. Ante esta situación los miembros del Concejo Municipal encomendaron al director de hospitales para que respondiera a las quejas emitidas por el párroco. El director de hospitales respondió que el degredo no revestía ningún peligro para la difusión del terrible mal, “pues en física médica se prueba matemáticamente que los contagios más activos se desvirtúan en la atmósfera y quedan absolutamente sin acción a cuarenta pasos del lugar de infección”, con lo que se dio por cerrado el asunto.

     Para el 23 de diciembre de 1821, los comisionados Chávez y Herrera presentaron el proyecto en que se estableció el posible nombre de las calles de la ciudad. El mismo fue aprobado con ligeras modificaciones. Las 16 calles ubicadas de norte a sur recibieron los nombres del Comercio, de Las Leyes Patrias, Carabobo, Zea, Roscio y Ustáriz, entre otros nombres. 

     Las 17 calles establecidas entre el este y el oeste, recibieron denominaciones tales como: Calle de las Fuentes, del Estío, la de los Bravos, de las Ciencias, del Sol, del Orinoco, Juncal, Agricultura, Fertilidad y Unión, entre otras. Núñez hizo referencia a una de las esquinas “más célebres de Caracas”, Marcos Parra. Él escribió a este respecto que, el 17 de marzo de 1828 una persona, cuyo nombre era Marcos Parra solicitó un terreno o solar en la esquina del Basurero, calle de La Pedrera, hacia Caroata, para ser utilizada en actividades productivas y lucrativas.

     La respuesta del procurador Tomás Hernández Sanabria fue favorable para con el solicitante, porque redundaría en el incremento poblacional, así como que la renta que prometió cancelar era beneficiosa para las arcas públicas y la fábrica que habría de levantar en el lugar favorecería a la industria nacional. Siendo así, las autoridades municipales dieron la buena pro a la petición de Parra y concedieron el solar de dieciséis varas de frente y treinta y cuatro de fondo, bajo un pago de dos pesos anuales, a quien fungía como administrador de las rentas. El 27 de junio de 1780, el Ayuntamiento reconoció a la Pedrera del Cerro como parte de la calle llamada La Faltriquera. Esta y otras pedreras formaban parte de las tenencias de los Propios (o bienes que pertenecían a los municipios y que generaban rentas públicas) de la ciudad, aunque varias personas se habían adueñado de ellas y las explotaban sin ningún tipo de regulación.

     En este año ellas se habían ofrecido en arriendo a vecinos de la ciudad. De igual manera, el Ayuntamiento se reservó las facultades para sancionar a aquellos que las explotaban para beneficio personal y que no le aportaban nada a las arcas nacionales. En agosto de 1784, Juan Agustín de Herrera solicitó treinta varas de terreno en el cerro de La Pedrera, “en vista de que interesa a la hermosura y compostura de la ciudad allanar por aquella parte la dificultad de la calle que llaman de La Faltriquera y finalizar el puente allí iniciado”. La concesión fue otorgada a cambio de abrir un camino para la construcción de un puente.

     No muy lejos de estas porciones territoriales, la Viñeta de San Felipe, que se denominaría después Mamey y de Padre Hermoso, en que los Padres del Oratorio tenían huerta de recreo acorde con las reglas de su corporación, llegó a ser, por un buen tiempo, morada del general José Antonio Páez. Hacia el año de 1795 la cuadra de La Viñeta se llamaba Pedro García. Como era muy común en esta época, carecía de agua limpia. El Ayuntamiento se había negado a conceder una petición hecha por el procurador del Oratorio para una “paja de agua”. No se concedió porque un representante de una diputación, Francisco García de Quintana alegó que perjudicaría al Real Hospital.

     Para 1822, La Viñeta había pasado a manos de Hilario Cardozo. Luego sería propiedad del licenciado Diego Bautista Urbaneja quien la vendió a doña Barbarita Nieves (1803-1847). Esta fue compañera sentimental de Páez desde el año de 1821, cuando el Centauro de los Llanos se separó de su verdadera esposa. En este mismo recinto domiciliario llegó a alojarse José Tadeo Monagas. Tiempo después se llevaron a cabo ensayos para el cultivo de flores en los jardines de La Viñeta. La casa de La Viñeta sería convertida luego en un cuartel denominado del Mamey y antes de ser demolida llegó a ser sede de la escuela Gran Colombia.

     En este orden de ideas, Núñez hizo referencia al padre Pedro Ramón Palacios y Sojo quien llegó como portador de una licencia para establecer el Oratorio de San Felipe de Neri, de cuya congregación había sido presidente. El encargado de hacer la dedicación fue el obispo Mariano Martí el 18 de diciembre de 1771. Desde la Catedral había dirigido en procesión al Santísimo Sacramento y el cuerpo de San Justino, mártir. 

     Núñez anotó que el obispo Martí había tenido preferencia por la Casa de San Felipe. Para 1777 se había concluido la edificación dedicada a la residencia, y comenzó a funcionar la nueva iglesia de mayor espacio, cuya construcción la aprovechó Guzmán Blanco para la Iglesia de Santa Teresa.

     En su descripción, Núñez destacó que el Oratorio contó con unos cipreses que fueron admirados por Alejandro de Humboldt y que sirvieron de referencia para otorgar el nombre a la calle y la esquina de Juan Clemente. El mismo padre Palacios y Sojo fundó junto con Juan Manuel Olivares un establecimiento escolar dedicado al arte musical, en su estancia de café y frutas de San José de Chacao. Algunos de los discípulos de este recinto escolar dedicado a la música fue José Antonio Caro de Boesi, de quien se dice era oriundo de Chacao. Caro de Boesi se destacó hacia 1786, lo hizo con su gran misa en re mayor, la que parece haber sido escrita entre este año y 1790.

     De igual manera, Núñez informó acerca del hallazgo de un archivo musical en el sótano de la Escuela Nacional de Música para el año de 1937. Este descubrimiento reveló la existencia de otro compositor de nombre “más o menos semejante”. En un amarillento manuscrito se lee, de acuerdo con lo redactado por Núñez lo siguiente: “misa a cuatro voces con violines y bajo. Compuesta por el señor Juan Bohesi de Caro. Copiada por un humilde hermano del Oratorio del Sor. San Felipe”. Apuntado esto indicó que no era fácil suponer que el copista confundiera a Juan Bohesi o Boesi de Caro, a quien probablemente conociera, con José Antonio. “Con probabilidad, son dos personajes distintos”. La conjetura se presenta, de acuerdo con Núñez, por si este Juan Bohesi vino de Roma en compañía del archivo musical y los instrumentos trasladados por el padre Sojo, a su “regreso de la “Ciudad Eterna”.

     Destacó Núñez otro manuscrito en que se estampó lo siguiente: “Misa de difuntos a 3 voces con violines y bajos. Para el uso del Oratorio del P.S. Felipe Neri. Año de 1779. Violín Segundo”. Este historiador venezolano expresó que la música en la ciudad de Caracas trazó una senda entre la Viñeta de la esquina del Padre Hermoso, el Oratorio de los Cipreses y la hacienda San Felipe, en Chacao. Al finalizar su escrito en torno a las calles de Caracas en 1821 indicó: “En la esquina de San Felipe, casa marcada entonces con el número 112 (calle Carabobo), hoy 44, vivió sus últimos años Juan Vicente González, redactor de El Heraldo y autor de la biografía de José Félix Ribas. Allí murió el 1 de octubre de 1866”.

Caracas 1821-1830

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Caracas 1821-1830

     En Historia de Caracas, Tomás Polanco Alcántara escribió que entre 1821 y 1830 Caracas había experimentado la más grave disminución jurídico – política jamás nunca vista desde su fundación. De acuerdo con Polanco esa desvaloración se debió a que dejó de ser ciudad capital, al imponer las autoridades del momento este rol a la ciudad de Bogotá con el establecimiento de la República de Colombia. Con este cambio los órganos e instituciones oficiales de Colombia se establecieron en Bogotá, lo que trajo una serie de consecuencias económicas, sociales y políticas que afectaron a Caracas, de manera especial.

     Según este historiador en el Anuario, editado por los miembros de la Sociedad Económica de Amigos del País, en el año de 1835, ofreció algunas noticias estadísticas que permiten visualizar cómo era Caracas para los años mencionados con anterioridad. Esta comarca estaba dividida en cinco parroquias la cual contaba con una población aproximada a las 29.846 personas, siendo San Pablo la parroquia con el mayor número de éstas. De esa cifra, 2.127 eran hombres casados, 5.849 eran niños que no superaban los 16 años de edad, 2.342 eran hombres solteros cuyas edades oscilaban entre los 15 y 60 años y 659 hombres solteros mayores de 50. Había 13.200 mujeres solteras. El total de esclavos estaba en una cifra cercana a los 3.000 y el de los eclesiásticos era de 119.

     El porcentaje de mujeres, 51 por ciento, era mayor al de los hombres. Se ha dicho, con insistencia, que la guerra a favor de la emancipación diezmó, en gran proporción, a la población masculina, al igual que sucedió con otros conflictos bélicos que se desarrollaron durante el siglo XIX venezolano. El número de habitantes en pueblos aledaños era pírrico, tal como lo señaló Polanco Alcántara en la obra que sirve de referencia para la elaboración de esta crónica. Por ejemplo, Chacao y El Valle no superaban la cifra de 2.000 pobladores, La Vega 1.500 y Antímano 1.300.

     La crisis económica que afectó a la ciudad fue reseñada por cronistas, viajeros, representantes de gobiernos extranjeros y funcionarios gubernamentales. El Comisionado francés en Venezuela redactó un informe y lo dirigió a representantes del gobierno de Francia, donde expresó que todo lo que rodeaba a Caracas, era ruina y pobreza. Polanco Alcántara rememoró el caso de las cartas redactadas por Briceño Méndez y Soublette dirigidas a Simón Bolívar, en que se podía leer descripciones de la comarca y en las que se expresaba el temor a la ruina que acechaba sobre sus espaldas. A las preocupaciones personales se unían los problemas que se presentaban alrededor de las actividades comerciales con países de otras latitudes, en especial España y que, para estos años, no mostraba mejoría.

     Este historiador venezolano citó algunos párrafos de una misiva que Soublette había dirigido a O’Leary, fechada en agosto 14 de 1828. En la misma el primero señaló que la situación económica de la comarca podía mejorar si se lograba estimular la actividad comercial y la agricultura. Vale la pena anotar una parte de la comunicación dirigida por Briceño Méndez al Libertador, donde le expresó lo siguiente: “el gran mal que tenemos aquí es la miseria”. De igual manera, indicó que era difícil describir las penurias por las que atravesaba el territorio, en el que nadie tenía nada y que poco faltaba para que el hambre se convirtiese en peste. El origen de esta calamitosa situación fue adjudicado al estado de ánimo de los pobladores, presa de la incertidumbre y desconfianza que existía entre las personas y, por si fuera poco, no había suficiente equivalente general para el pago de las transacciones comerciales.

     Para ratificar la situación crítica de la ciudad de Caracas, para este momento, Polanco Alcántara citó el análisis preparado por José Rafael Revenga, Ministro de Hacienda de la República de Colombia, quien había sido enviado por Bolívar para que examinara la situación fiscal de Venezuela. 

     Lo presentado por Revenga acerca de la situación de Caracas fue sombrío. En su exposición mostró las dificultades por las que atravesaba la agricultura, la destrucción de los caminos, la carencia de capitales para la inversión, el cobro por préstamos con tasas de interés que rondaban el 10 por ciento por mes, la desaparición de las casas de comercio extranjeras, el incremento del gasto público, la escasez de establecimientos para la instrucción pública, la incompleta legislación comercial, la falta de transparencia en los juicios civiles y mercantiles. Por tal motivo, Revenga calificó la situación como menesterosa y de progresivo deterioro y añadió que, “sin aliciente ni estímulo a la industria, el país marcha hacia la desolación”.

     Esta calamitosa realidad se vio acrecentada por la crisis política que condicionaba la constante tensión entre los grupos de presión de Caracas y las autoridades instaladas en Bogotá. En una misiva fechada en Caracas el 25 de mayo de 1826, Cristóbal Hurtado de Mendoza le informó al Libertador que, desde 1821 se estaba gestando una insurrección en contra del poder instalado en la capital de la república colombina. El mismo tenía su origen en la perjudicial circunstancia por la que atravesaba Venezuela, en especial Caracas en el contexto de la República de Colombia. Cuando estalló la crisis, en octubre 5 de 1826, al ser convocada una asamblea por parte de los integrantes de la comunidad política, Mendoza llegó a expresar que el abuso de todos los principios, el aparato de la fuerza armada, la ofensa que se hacía al buen sentido y al pueblo en general en lo más sensible de sus derechos, avizoraban el derrumbe de la república.

     Indicó Polanco Alcántara que a Bolívar le causaba gran preocupación el trance por el cual atravesaba Caracas. En vista de las quejas, reclamaciones y rebeliones políticas se trasladó a la capital de Venezuela, donde indultó a quienes habían participado en protestas contra el poder establecido. Su permanencia en la ciudad ayudó a calmar hasta cierto punto el malestar colectivo. A su llegada se le rindió un homenaje y como contrapartida promulgó dos decretos de gran importancia. Uno de ellos fue el relacionado con la reforma de la Universidad de Caracas y la reglamentación de la Hacienda Pública. No obstante, el estatus político que se había establecido con la creación de la República de Colombia se hizo insostenible.

     Por otra parte, Polanco Alcántara reseñó, a partir de lo esbozado por José Antonio Calcaño, algunos pormenores relacionados con la actividad musical desplegada en la ciudad. Destacó actuaciones musicales protagonizadas por artistas italianos, que en 1822 ofrecieron conciertos con fragmentos de ópera y también la presentación de obras de Moratín y Martínez de La Rosa. Fue una época cuando surgieron nuevos compositores entre quienes se encontraban José María Montero, José Lorenzo Montero, Juan Bautista Carreño y Juan de La Cruz Carreño. Se tiene como evidencia montajes teatrales en Caracas, donde hubo censores de espectáculos como el señor José Luís Ramos a quien sucedieron el escritor e impresor Domingo Navas Spínola y José Núñez de Cáceres.

     Para este tiempo existía el teatro de Ambrosio Cardozo entre las esquinas de Chorro y Coliseo para cuya administración, Cardozo en asociación con el coronel José María Ponce, habían obtenido el permiso de funcionamiento por parte de Bolívar. De acuerdo con información obtenida de Anuario de la Provincia de Caracas, indicó que en la comarca había un total de ocho escuelas en la que participaban 504 estudiantes. 

     Mientras en el Colegio Seminario cursaban estudios 23 colegiales y en la Universidad de Caracas lo hacía 374 participantes distribuidos en 17 cátedras. La universidad funcionaba con una renta anual de 18.000 pesos. Gracias a la reforma estatuida por Bolívar, sus cuatro facultades: filosofía, teología, jurisprudencia y medicina fueron impulsadas con transformaciones curriculares y administrativas. En el libro Historia de la Universidad Central de Venezuela su autor, Ildefonso Leal, examinó los cambios operados en esta institución de Educación Superior. En esta época se le otorgó el privilegio de la autonomía universitaria, además se eliminaron los criterios discriminatorios basados en la raza para el ingreso en ella y la “posibilidad de que fuere elegido rector quien ostentara el título de doctor otorgado por la facultad de medicina”. Los que ocuparon el cargo de rector en este período fueron: Miguel Castro y Marrón (1821-1823), Felipe Fermín Paúl (1823-1825), José Cecilio Ávila (1825-1827), José María Vargas (1827-1829) y José Nicolás Díaz (1829-1832). Se debe agregar que la facultad de mayor dinamismo y actualidad era la de ciencias médicas y naturales.

     Polanco Alcántara destacó que en unas condiciones como las que se experimentó en este período de parálisis urbana, de trastorno económico, penuria poblacional y de actividad docente esmirriada, pudo haber existido y haberse mantenido un periódico llamado El Observador Caraqueño, de muy buena calidad y cuyos 65 números se dieron a conocer entre el primero de enero de 1824 hasta el 24 de marzo de 1825. Este mismo historiador lo describió como un impreso de cuatro páginas, publicados todos en la imprenta de Valentín Espinal, ubicada en el número 146 de la calle La Paz. Entre los propósitos de este impreso estuvo la reclamación por el cumplimiento de las leyes, proponer las mejoras correspondientes al mundo de la jurisprudencia, defender los derechos contemplados en las leyes y la difusión o conocimiento de las leyes por parte de la población lectora.

     Este historiador venezolano denotó que El Observador Caraqueño fue un rotativo que, durante su corta existencia, formó un cuerpo doctrinario de teoría política. Igualmente, demostró la “erudición de sus autores y su sagacidad e interés en formar opinión sensata e ilustrada”. Polanco Alcántara estampó que esta disposición se podía corroborar al revisar sus numerosos artículos y los comentarios extendidos acerca de la Independencia, en conjunto con la legislación establecida y la interpretación de las leyes. Los editores de este órgano periodístico fueron Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza.

     Es importante rememorar lo que Polanco Alcántara señaló acerca de los contenidos de este impreso y que para quien lo redactado en él se mostró de modo cauteloso. Por eso advirtió que el periódico “muestra, en una forma muy cuidadosa y que posiblemente estaba destinada a sólo advertir a tiempo esas circunstancias que no podrían tolerarse ni las arbitrariedades de las autoridades militares, ni los abusos de los cuerpos políticos de Bogotá”.

     Señaló, de igual manera, que a pesar de la advertencia original respecto a que el periódico tendría el propósito indicado con anterioridad, en sus páginas se dieron cita otras informaciones como la de la venta de casas y “una curiosa oferta, hecha en dos oportunidades por Gregorio Azcune, calle el Sol número 186, de dar nociones de electricidad médica para la salud del género humano”.

     En términos generales, lo señalado líneas antes puede ser considerado como el ambiente corriente que estuvo presente en Caracas en los tiempos cuando existió la República de Colombia, el cual ayuda a comprender, en parte, el movimiento político denominado La Cosiata, al que la historia patria y nacionalista vincula con la oligarquía caraqueña y su malquerencia hacia la figura del Libertador. Sin embargo, es necesario estudiar las condiciones sociales, económicas y políticas presentes en esta época para atribuir responsabilidades en lo que respecta al desmembramiento de la República de Colombia. Es indispensable, por tanto, recurrir a testimonios de este momento de la historia para un acercamiento distinto al que la historia patria y nacionalista ha difundido.

Caracas 1830-1870

Caracas 1830-1870

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Caracas 1830-1870

Entre 1830 y 1870, el general José Antonio Páez gobernó a Venezuela durante 13 años, 1830-1834, 1839-1943 y 1861-1863

     Para 1830, Caracas había sido escenario de conflictos bélicos que se desarrollaron con las intenciones de un grupo a favor de la ruptura colonial, frente a quienes defendieron la causa del rey o monarquía española. También la de haber pasado a ocupar un lugar secundario con el establecimiento de la República de Colombia (1821-1830). Ya para 1830 se requirió establecer una capital para la República de Venezuela, luego de la separación de Nueva Granada. En las sesiones del Congreso Constituyente, a inicios del año de 1830, se discutió este asunto. En los debates desarrollados en ellas la decisión osciló entre dos alternativas para su establecimiento, Valencia o Caracas. Aquel Congreso dio inicio a sus sesiones un 6 de mayo de 1830 en la ciudad de Valencia, capital provisional de Venezuela durante la realización del Congreso. Contó con la asistencia de 33 diputados de los 48 que se habían elegido en representación de las provincias de Cumaná, Barcelona, Margarita, Caracas, Carabobo, Coro, Mérida, Barinas, Apure y Guayana. Tuvo como propósito decidir respecto a los pasos que deberían seguirse por parte del Departamento de Venezuela en vista del creciente y continuo distanciamiento con el Gobierno Central de la República de Colombia, localizado en la ciudad de Bogotá.

     Este Congreso se caracterizó por una disposición contraria a los objetivos de Simón Bolívar y la creación de un gran estado al norte de Suramérica. Se había elegido la ciudad de Valencia, donde estaba radicado José Antonio Páez, quien fungía como jefe civil y militar del Departamento de Venezuela, y por haber sido el punto de origen del movimiento separatista conocido bajo la denominación La Cosiata, que ocurrió entre 1826 y 1829. El descontento existente llevó, al momento de proponerse un pacto con el Gobierno de la República de Colombia, a que la presencia de Bolívar en territorio colombiano se puso en duda porque se adjudicaba a su mando los males por los que atravesaba Venezuela.

     El 14 de octubre de 1830, fecha de cierre del Congreso, se tomó la decisión de separarse de la República de Colombia. A partir de este instante surgió el denominado Estado de Venezuela, cuyas bases políticas y legales que fundamentaron el nacimiento de dicha república, como nación independiente, se hallaban contenidas en la Constitución de 1830, elaborada por este congreso convocado por el general José Antonio Páez con el fin de legitimar la separación de Venezuela de la República de Colombia, y con el que finalizó uno de los objetivos del plan de Bolívar.

     Al año siguiente, cuando se regularizó la organización constitucional de Venezuela, en otro decreto fechado el 30 de mayo de 1831, se estableció como capital definitiva de la república a la ciudad de Caracas. En consecuencia, se procedió a ordenar el traslado de los representantes gubernamentales a esta ciudad, así como preparar toda la infraestructura donde deberían funcionar los poderes públicos. Dicho cambio se llevó a cabo el día 3 de julio de 1830.

Antes de 1863, la ciudad estaba enmarcada entre los ríos Guaire, Anauco, Catuche y Caroata

     Los estudios realizados acerca de este período señalan que la necesidad de establecer a Caracas como ciudad capital fue esgrimida con argumentos desarrollados por Ángel Quintero y con el apoyo del vicepresidente de la República, Diego Bautista Urbaneja. Quien representó a los que proponían como capital a Valencia fue Miguel Peña. El historiador venezolano Tomás Polanco Alcántara señaló, en atingencia con este asunto, que la edad avanzada y el retiro, de Miguel Peña, a los Estados Unidos de Norteamérica influyeron para que las propuestas de Quintero calaran y llegar a convencer a José Antonio Páez acerca de la conveniencia de Caracas como capital de la república de Venezuela.

     En el libro Historia de Caracas, redactado por Polanco Alcántara, éste señaló que bien podía considerarse que, el tiempo transcurrido a partir de la decisión del Congreso en fecha 30 de mayo de 1831 hasta el Tratado de Coche, correspondiente al 24 de abril de 1863, se puede considerar un período, cercano a los treinta años, en cuanto a que la ciudad como tal fue bastante uniforme, si bien escenario de cambios políticos, sus características urbanas no fueron objeto de grandes transformaciones.

     Respecto a la ciudad y sus características, fue presentada una suerte de informe por los representantes del Colegio de Ingenieros, en la figura de quien lo presidía para 1869 Juan José Mendoza. Informe el cual había sido elaborado de acuerdo con el censo levantado este preciso año. 

     Lo que sigue está sustentado en una sinopsis presentada por Polanco Alcántara al comparar lo delineado por Mendoza y cotejado con lo que se puede leer en Anuario de la Provincia de Caracas, correspondiente al año de 1834.

     El censo levantado en Caracas durante el año de 1869 determinó la población de Caracas en 47.597 habitantes que contrasta con la cifra de 29.486 personas, según un censo de 1825. Por lo que se aprecia, Caracas fue una ciudad que en cuarenta y cuatro años no pudo duplicar su población. Las causas de tal situación fueron atribuidas, por parte de los integrantes del Colegio de Ingenieros y de su directiva, a la presencia de numerosas enfermedades endémicas y por las epidemias que solían presentarse con cierta frecuencia, también por la alta tasa de mortalidad infantil y, en especial, por los conflictos armados que habían azotado a la Republica y cuyas repercusiones se experimentaron en Caracas.

     Algunos viajeros, visitantes o representantes de gobiernos extranjeros en Venezuela como el caso de Karl Ferdinand Appun y, especialmente, el representante del gobierno brasileño, el Consejero Lisboa, destacaron la escasa transformación de la ciudad desde los tiempos de la Independencia hasta mediados del ochocientos. El diplomático brasileño, dueño de una fina pluma y con rigor metódico en sus narraciones ofreció una interesante descripción de la Caracas que observó en este período. Llegó a lamentar que todavía para 1852 se veían las ruinas que había dejado el sismo de 1812. También, sin ser el único porque hicieron lo propio Paul Rosti, Anton Goering y William Duane, entre otros, describió el deplorable estado de las calles, con aceras a nivel de las vías, la insalubridad, la falta de higiene entre muchos de los pobladores de la ciudad, la casi inexistente existencia de transportes, la escasa cantidad de edificaciones públicas, la desordenada distribución de lugares comerciales como la de un mercado ubicado en la Plaza Mayor, la falta de lugares de esparcimiento, el aspecto triste de las edificaciones, la lenta reconstrucción de los centros de devoción arruinados con el terremoto, la inexistencia de teatros y la insuficiencia de puentes para pasar de un lugar a otro en la ciudad.

     Polanco Alcántara comparó dos planos que se habían elaborado, uno, para 1843, otro, en 1862. A partir de su cotejo llegó a concluir que la ciudad, para esa época, no había sido objeto de mayores cambios o transformaciones estructurales y de ornato. Antes de 1863, la ciudad estaba “encerrada entre el Guaire, el Anauco y el conjunto formado por el Catuche y el Caroata”. Sus dameros estaban constituidos por 140 esquinas, distribuidas en 16 calles de norte a sur y de este a oeste. Como ejemplo se puede citar el que la ciudad para 1852 contaba con dos puentes más que en 1843, cuyos puntos de referencia seguían siendo los mismos: el Palacio Arzobispal, el Palacio de Gobierno, la Universidad, las iglesias, cementerios y conventos.

     Una de las figuras destacadas de este período fue José María Vargas (1786-1854) quien estuvo al frente de la Dirección General de Instrucción Pública, entre los años de 1838 y 1851.

     Vargas preconizó la idea según la cual todo debía esperarse de un pueblo educado, a la vez que criticó al gobierno liberal por no prestar la debida atención a la instrucción del pueblo. En un informe preparado en 1847 se informó que, de las 96 parroquias de la Provincia, 51 no contaban con escuelas públicas. Para ese año había 2.792 alumnos de instrucción primaria en toda la Provincia, distribuidos así: 1.609 alumnos en escuelas públicas, el resto, 1.153 en escuelas privadas. Mientras que en la Universidad de Caracas cursaban carreras universitaria 520 aspirantes a títulos académicos.

     Se sabe la preocupación que mostró Vargas por el descuido existente frente a la instrucción pública, por parte de quienes tenían en sus manos las riendas del Estado. El período al que se hace referencia tuvo como características problemas existentes debido a la falta de maestros, la carencia de locales adecuados para la enseñanza, la escasez de libros, la inexistencia de materiales idóneos para desarrollar el proceso de enseñanza – aprendizaje, así como un carente presupuesto para satisfacer un funcionamiento mínimo de las escuelas de Caracas y del país en general. 

En 1852 todavía se veían en Caracas las ruinas dejadas por el terremoto de 1812

     Ha llamado la atención de estudiosos de la historia de Venezuela que para esta época hubiese una inclinación hacia la música y su aprendizaje. De hecho, entre otras cuestiones difundidas por los viajeros estaba la destreza que mostraban algunos pobladores por la interpretación musical y la ejecución de melodías en el piano. Por lo general, eran jovencitas que habían sido entrenadas en su ejecución. Para este tiempo, se fundó y organizó una Sociedad Filarmónica impulsada por Atanasio Bello (1800-1876) quien en vida ejecutaba el violín y había participado como soldado en batallas a favor de los republicanos. Uno de los propósitos de esta Sociedad fue la de impulsar la educación musical en la Provincia.

     Las actividades culturales fueron escasas durante este período. Quizás las más generalizadas fueron las correspondientes al teatro. Para el año de 1834 habían alcanzado territorio caraqueño algunos artistas de origen español, aunque sin mayores reconocimientos en una sociedad que poco conocía de estos asuntos. Se recuerda que en esta época se presentó la ópera El Barbero de Sevilla en el año de 1836. 

     La Sociedad Filarmónica presentaba algunos esporádicos conciertos en la Provincia. Hubo la intención de generalizar actividades teatrales en Caracas. En efecto, en la década del cincuenta se instaló el Teatro de Caracas, entre las esquinas de Veroes y las Ibarras, cuya inauguración fue el 22 de octubre de 1854 con el montaje de la ópera Ernani de Giuseppe Verdi.

     Hubo la publicación de obras impresas y que dieron a conocer recopilaciones de leyes, periódicos y revistas y que dan cuenta de una demanda por parte de una élite instruida, aunque limitada a sectores puntuales de la población. La mayoría de los libros impresos que llegaban a territorio venezolano provenían de España. Por otro lado, el trabajo con la imprenta tuvo un representante señero en la figura de Valentín Espinal quien, por casi cincuenta años, imprimió diversos escritos desde Caracas. Hubo otros impresores como Tomás Antero, Domingo Navas Spínola y Antonio Damirón.

     Otro aspecto que llama mucho la atención de quienes han estudiado este período de la historia, es la existencia de un importante número de personas dedicadas a la música. Muchos llegaron a ocupar cargos públicos de relevancia con lo que se dio impulso a la interpretación musical. Pero, estuvo restringido a un segmento de la sociedad, porque una formación académica extendida para toda la población no estuvo presente. De igual manera, sucedió con la impresión de libros, folletos y periódicos cuya demanda estuvo acotada entre elites citadinas y no para todos los integrantes de la sociedad. 

     Uno de los acontecimientos cuya repercusión fue nacional, aunque suscitado en Caracas, para el 24 de enero de 1848, cuando hordas militaristas y afines a los Monagas invadieron el Congreso de la República. En la segunda mitad del siglo XIX, Caracas comenzó a experimentar cambios a la luz de los procesos modernizadores propiciados por Antonio Guzmán Blanco. 

     Durante este período se abren nuevos espacios públicos y se presenta una nueva ornamentación de la ciudad capital.

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