Caminata Caracas – Washington

Caminata Caracas – Washington

Perdida en el recuerdo de las hazañas deportivas venezolanas se encuentra la extraordinaria caminata que emprendieron hace 88 años tres integrantes del movimiento scout venezolano, entre enero de 1935 y junio de 1937, para cubrir la distancia de aproximadamente 14 mil kilómetros entre la plaza Bolívar de Caracas y las escalinatas del Capitolio de la capital de Estados Unidos. Bajo el lema de “Llegaremos a Washington o moriremos”, el zuliano Rafael Ángel Petit y el español Juan Carmona lograron completar el difícil recorrido en casi 30 meses. En 1955, al cumplirse los primeros veinte años del “raid pedestre”, el periodista zuliano Alejandro Borges, conocido en el ambiente de la crónica deportiva como “El de las Gafas”, dedicó a la gesta un interesante reportaje en la revista “Venezuela Gráfica”, el cual transcribimos a continuación.

Por Alejandro Borges (El de las Gafas)

Los valientes exploradores, Petit (izq.) y Carmona fotografiados durante su paso por San José de Costa Rica, en 1935.

Los valientes exploradores, Petit (izq.) y Carmona fotografiados durante su paso por San José de Costa Rica, en 1935.

     “Cuatro lustros se cumplieron el domingo 18 de junio de la culminación de la extraordinaria hazaña cumplida por dos exploradores venezolanos que transitaron por los caminos de 10 países de las tres Américas, partiendo desde la Plaza Bolívar de Caracas, para terminar su odisea en las escalinatas del Capitolio, de Washington, en cuyo largo e intrincado recorrido emplearon 29 meses y cinco días.

     Los héroes de esta jornada inolvidable fueron el venezolano Rafael Ángel Petit y el español Juan Carmona, quienes en compañía del libanés Jaime Rohl iniciaron su gira pedestre, única en la historia del scoutismo venezolano, una fría mañana del 11 de enero de 1935, desertando Jaime Roll, que fue el organizador de la misma, en la ciudad de Bogotá.

     Anteriormente, en la ciudad colombiana de Bucaramanga, el español Carmona, por desavenencias con Roll, siguió solo su camino atravesando la región del Chocó y la costa de San Blas, que unen a Colombia con Panamá, haciendo luego lo mismo Petit, quien se reunió con Carmona en la ciudad panameña de Colón, donde éste estaba hospitalizado, gravemente enfermo de una pierna, infestada por la picada de una mosca dañina en las selvas del Chocó. Sanado el español de su dolencia, emprendió nuevamente la gira en compañía de Petit, para no separarse más hasta dejar fielmente cumplida su palabra de llegar a Washington. Hacer un recuento minucioso del itinerario cumplido por estos audaces jóvenes, a través de innúmeras regiones que visitaron y de los sinsabores y vicisitudes que confrontaron, sería harto prolijo, pues solo cabe la historia de esta fantástica aventura en las páginas de un voluminoso libro, tal como lo tiene preparado desde entonces Rafael Ángel Petit, con lujo de detalles y gráficas, que se propone publicar dentro de poco y cuya lectura, estamos seguros, apasionará a millares de lectores aficionados a esta clase de libros de tipo autobiográfico.

     A la distancia de veinte años de esa memorable hazaña que rubricaron un español, Juan Carmona, que ahora reside en Chile, y un venezolano, Rafael Ángel Petit, que actualmente vive en Caracas con su esposa y sus dos hijos, entregado a sus labores de instructor de cultura física escolar, el recuerdo de esa jira pedestre, de la cual se hizo eco toda la prensa continental de aquella fecha, cobra rasgos de singular importancia en la actualidad.

     Nuestra intención al rememorar esa odisea cumplida por dos mensajeros de Buena Voluntad que Venezuela envió a Estados Unidos, es refrescar los recuerdos de las gentes de esa época y de ofrecerla como un ejemplo de temple viril y de esfuerzo sobrehumano a las generaciones presentes. Admirable en tono superlativo es el valor y el coraje que desplegaron a todo lo largo y ancho de la ruta que cubrieron estos dos excursionistas, salvando con inquebrantable voluntad todos los obstáculos y penalidades que les salieron al paso en su trayectoria por selvas, montañas, ríos, lagos y caminos plagados de peligros de toda clase, animados por una sola consigna: “Llegaremos a Washington o moriremos con gusto”, que les sirvió de escudo para coronar con éxito sus aspiraciones.

     Los gloriosos caminantes recorrieron 14.000 kilómetros en un lapso de casi 30 meses, firmes en su propósito de salir avante en su arriesgada misión, reponiéndose prontamente a los desmayos, soportando estoicamente las penurias del largo viaje, alimentándose de yerbas en algunas ocasiones en que carecían del bastimento necesario en sus rutas por despoblados, enfrentándose a indígenas semisalvajes en poblaciones fuera del alcance de la civilización, sufriendo humillaciones de guerrilleros montaraces que los, tomaban como enemigos enconados, en su travesía por las regiones de Centro América y, en fin, toda una serie de calamidades que solo la moral física de que estaban superdotados y la audacia de la juventud que los distinguía, pudo vencer de una manera radical.

     Particularmente nos vamos a referir al venezolano Rafael Ángel Petit, que ha escrito sus memorias de esa extraordinaria aventura, las que hemos tenido la oportunidad de leer, y en las que se revelan detalles ignorados de la misma, tan interesantes que parecen arrancados de las páginas de una de esas novelas del gran narrador de viajes fantásticos Emilio Salgari.
La introducción del libro de Petit a que hemos aludido, tiene como presentación la siguiente leyenda:

Foto tomada en la Plaza Bolívar de Caracas, la mañana del 11 de enero de 1935, día de la partida de los scouts Petit y Carmona.

Foto tomada en la Plaza Bolívar de Caracas, la mañana del 11 de enero de 1935, día de la partida de los scouts Petit y Carmona.

     Audaz y arriesgado viaje a pie desde Caracas, capital de Venezuela, a Washington D. C., capital de Estados Unidos del Norte. Dos y medio años a través de Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El salvador, Guatemala y México. 20 meses y cinco días para unir caminando las tres Américas.

     Y después este preámbulo: “14 mil kilómetros a pie atravesando páramos, selvas vírgenes, regiones desiertas e infestadas, ríos y lagos. Dos años, cinco meses y cinco días soportando hambre, sed, plaga y enfrentando a las fieras, durmiendo en las copas de los árboles para protegernos de los animales feroces. Comiendo hasta mono crudo para no morirnos de inanición y bebiendo agua insalubre para aplacar la sed insoportable. Una increíble e inolvidable historia, en la que el honor de la palabra empeñada pudo más que las inclemencias del tiempo y de la abrupta naturaleza.

Dejemos que Rafael Ángel Petit nos cuente en lenguaje sencillo una parte de las aventuras que corrió él durante la travesura del Chocó colombiano y la costa de San Blas:

     Salí de Bogotá sin un centavo, medicinas ni armas, por un pueblo llamado Madrid, pasando Facatativá, Camboa y Armero, por buena carretera, viéndome obligado a internarme por el Líbano y Manizales, pues mi compañero Carmona me había precedido en el viaje, debiendo hacer un rodeo muy largo para no pasar por donde él lo había hecho. De Manizales salí por Salamina, Pacora, Aguadas, Fredonia, Caldas y Medellín; en esta ciudad me quedé 15 días haciendo diligencias para ver si conseguía medicinas y alguna arma. pues esa era la última ciudad que visitaría antes de internarme en el Chocó, pero desgraciadamente nada conseguí, y como carecía de dinero y no podía equiparme como era debido, algunos venezolanos residenciados en la citada ciudad me aconsejaron que desistiera del viaje, porque ellos estimaban que la travesía del Chocó significaba una muerte segura.

     Unos días antes de salir de Medellín se corrió el rumor de que mi compañero Juan Carmona había muerto en la selva del Chocó atacado por fiebres, pero esta desagradable noticia no me desanimó, pues estaba resuelto a morir antes de dar un paso atrás. A última hora y viendo mi irrevocable decisión de seguir adelante, uno de mis paisanos me regaló un revólver, pero sin recursos económicos y sin medicinas partí de Medellín con dirección al famoso Chocó. Penetré por Sopetrán, Frantino, Cañas Gordas y Dabaibo, primer pueblo indígena. Desde Medellín a esta población hay una carretera muy regular que es la que piensa el gobierno sacar al Golfo de Urabá y la cual nombran Carretera del Mar. De este pueblo seguí a Pavarandocito por un camino malo que se hizo peor aún hasta Turbo (Golfo de Urabá), empleando cuatro días en ese recorrido, pues cuando menos había lodo que me llegaba a las rodillas y no se ve el sol debido a las constantes lluvias. De Turbo tuve que ir costeando todo el Golfo de Urabá y cuando llegué a la boca del río Atrato me vi obligado a fabricar una balsa, pues en esa parte el río es muy ancho, siendo su parte más angosta de 50 metros. En la balsa pasé grandes peligros, pues la mayoría de las veces me mantenía con el agua a la cintura y además me azotaba la lluvia. En ese trayecto el primer pueblo que encontré fue a Sautata, que es un ingenio azucarero y en el cual todos los trabajadores son indígenas. De aquí seguí por las regiones de Arquí, Cutí, Cuqué, Tanela, Titimuati y Arcadí, último pueblo colombiano, continuando mi viaje a Puerto Obadía, que es territorio panameño fronterizo con Colombia. De este pueblo salí al día siguiente, no sin antes aconsejarme el señor Alcalde que o me internase en la costa de San Blas, pues era difícil saliera con vida, pero para mí era ya imposible regresar. Me había hecho el propósito de llegar a la meta y llegaré, sí Dios no dispone otra cosa. E toda la costa de San Blas hasta la ciudad de Colón no se consigue un hombre blanco, pues todos son negros e indios. Un día entero caminé para legar a Pumet, en cuyo pueblo hay una plantación bananera donde solo trabajan indios de San Blas, pues no dejan ellos que laboren allí los blancos. Esta plantación pertenece a la United Fruit.

     Continué mi caminata por muchos pueblos y villorios de orígen indígena cuyos nombres indefectiblemente terminan en “dí: Sacardí, Ligandí, Fortogandí y muchos más. Hasta llegar a Tigu, donde me informaron que es feroz la condición de sus habitantes, diciéndome que allí un destacamento de 40 policías, en un día de rebelión, los hicieron pedazos, ultimándolos a todos. Sin embargo, en Tigu los indios no me molestaron en lo más mínimo”.

     Mientras estuve en la costa de San Blas la mayoría de las veces me vi obligado a dormir en las copas de los árboles y cuando menos lo esperaba, disfrutando de las delicias del sueño, me despertaba un fuerte aguacero, viéndome en la necesidad de cambiarme a otro sitio. Esto sucedía por las noches, dos o tres veces. El primer pueblo, después de pasar la costa de San Blas, es el de Santa Isabel, donde me atendieron muy bien. Después seguí por Palenque, María Chiquita, Puerto Pilón, Cativa y Colón, transitando entre los tres últimos nombrados con el barro más arriba de las rodillas. En Colón supe que el español Juan Carmona se encontraba desde hacía una semana enfermo de una pierna y estaba hospitalizado. Lo visité y después de mucho discutir llegamos al acuerdo de que yo lo esperaría para que continuáramos juntos la jira. Como a los cinco días de habver llegado a Colón me atacó una fuerte fiebre de 40 grados, la que me hizo delirar, pero a Dios gracias no más me duró tres días. Yo sabía que tebía que sucederme eso y me había extrañado que no me huboera ocurrido durante el camino, ya que de Caracas a Colón no supe lo que fue un dolor de cabeza.

El 16 de junio de 1937, en las escalinatas del Capitolio de Washington, son recibidos los gloriosos caminantes por el Dr. Diógenes Escalante, embajador de Venezuela en los Estados Unidos.

El 16 de junio de 1937, en las escalinatas del Capitolio de Washington, son recibidos los gloriosos caminantes por el Dr. Diógenes Escalante, embajador de Venezuela en los Estados Unidos.

Portada del libro escrito por Rafael Ángel Petit.

Portada del libro escrito por Rafael Ángel Petit.

     Este patético relato que nos hace Petit de su paso por el Chocó colombiano y por la costa de San Blas, es una pequeña fracción de la narración que hace en su libro de todos los percances que le ocurrieron a él y a su valiente compañero Juan Carmona en toso el recorrido de caracas a Washington, documento real que, repetimos, tiene una gran importancia y será recibido con sumo interés por los que gustan de estas narraciones auténticas de viajes y aventuras.

     Han pasado 20 años de esta inolviodable hazaña, muy difícil de repetirse en estas t ioerras de América en la forma como lo hicieropn estos dos jóvenes que honran a los Scouts venezolanos. Ahora Juan Carmona, con 47 añosm de edad, y Petit con 42 años, aquel en las lejanas tierras chilenas donde fijó su resuidencia y el venezolano en su propia patria, destejerán el hilo de sus recuierdos, hojearán una vez más el album que contiene la historia de esa fantástica aventura, para gozar evocando los años mozos y ponerar ellos mismos, la audacia, el valor, el coraje y la voluntad que los indujo a emprensar una cosa que parecía imposible y que ellos lograron culminarla con todas las penurias, peligros y amarguras que significa recorrer a pie catorce mil kilómetros que encuadram la geografía de diez países del continente americano.

     Aquí en Caracas, Rafael Ángel Petit, fiel a su devoción por las cosas grandes, emplea su tiempo en formar cuerpos sanos y vigorosos por medio de la cultura física en los planteles educacionales, mientras en la apacibilidad de su modesto hogar goza de las delicias del afecto de su dulce y abnegada esposa y de sus dos hijos, ya crecidos, habidos de esa unión entre dos seres felices, merecedores de los mayores respetos y consideraciones”.

FUENTE CONSULTADA

  • Venezuela Gráfica. Caracas, enero de 1957

Casas, plazas y víveres en la Caracas de 1820

Casas, plazas y víveres en la Caracas de 1820

Las casas caraqueñas no poseían azoteas o terrazas; sus techos eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas".

Las casas caraqueñas no poseían azoteas o terrazas; sus techos eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas».

     El periodista estadounidense, William Duane, autor de unos relatos sobre su visita a Colombia, La Guaira y Caracas, entre 1822 y 1823, fue insistente en comparar las edificaciones caraqueñas y las de las ciudades de Colombia que visitó, ante las construidas por los asiáticos.

     Le pareció extraño que, contando con materiales, no edificaran las residencias con una azotea o terraza. Lugar éste que serviría para “solazarse en las veladas o para reunirse con amigos incluso hasta altas horas de la noche, las azoteas proporcionan una exquisita delicia”. Señaló que sólo había visto una casa con azotea, aunque no al estilo de las vistas por él en Bengala.

     Describió que los techos de las casas en Caracas y de otros lugares por él visitados, eran de tejas “en forma de C o de S, innecesariamente pesadas y mal hechas”. De igual modo, los techos se construían en forma de ángulo y requerían de pesadas y gruesas vigas para sostenerlos. Argumentó que los españoles habían traído consigo los estilos de arquitectura morisca. Y, en consecuencia, reprodujeron estas formas durante la colonización y el establecimiento de las ciudades fundadas por ellos.

     Decía Duane que, mientras otras naciones habían avanzado en el desarrollo de las artes, entre ellas, la arquitectura, la política española tenía “vedada las artes por temor a que el conocimiento de los adelantos de que se disponía en los países extranjeros pudiera poner en peligro la dominación hispana”.

     Exteriorizó en su escrito haber experimentado otra sorpresa, en lo referente a la construcción de las viviendas, “en este país sigue prevaleciendo el prejuicio, a pesar de tener ante sus ojos los ejemplos del terremoto de 1812, de que una tierra que llaman pegadiza debe preferirse a la madera o a la piedra”. Según constató los que sostenían esta creencia ofrecían como excusa que, en caso de un movimiento telúrico, tal como el experimentado aquel año, si las casas estuvieran edificadas con piedra al derrumbarse los tapiaría o enterraría al ocurrir otro terremoto. “Aunque parezca sorprendente, resulta que los efectos tenidos de las casas de piedra, fueron producidos justamente por las construidas con `pita´, nombre que dan a semejante material”, es decir, tapias.

     A partir de las ruinas, que aún estaban presentes en la ciudad, ofreció el ejemplo de tierra “desmoronada” y que las personas habían confiado en los materiales utilizados para construir sus casas. En este sentido, reseñó el caso del campanario de la catedral que estaba sobre una base hecha de piedras que equivalían a un tercio de su altura. “Las dos terceras partes eran de pita y se derrumbaron mientras la de piedra se sostiene intacta”. Escribió que se había dirigido a observar una casa de tres pisos, única en la ciudad, y que había estado habitada por “algún enemigo prófugo de la revolución”. Precisó que había sido construida con piedra antes del movimiento sísmico y que soportó sus embates en 1812.

     Con asombro indicó que ejemplos como este no hubiesen concitado ningún cambio de actitud entre los integrantes de la comarca. Luego describió cómo era el proceso de construcción con tapias o pita. En su delineación puso en evidencia la forma bastante tosca de la manipulación de los materiales a base de tierra, así de cómo se desaprovechaban espacios útiles para la edificación.

De las plazas que visitó Duane, la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora.

De las plazas que visitó Duane, la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora.

     En otro de los capítulos, de su extenso y detallado relato de viaje, dedicó algunas líneas a detallar lo que había observado en los alrededores de la ciudad de Caracas. De las plazas que visitó la de mayor notoriedad, según sus propias palabras, era la que denominaban Plaza Mayor, situada en línea horizontal con los linderos de La Pastora. Por el lado este de ella estaba ubicada la calle Carabobo cuya separación era una reja de hierro.

     En el lado opuesto se encontraba la Catedral. Al lado norte se hallaba otra calle a la que se accedía por unas escalinatas, en las que, en días festivos, se orlaba con imágenes alegóricas, se recitaban odas y se ejecutaba música coral. Del lado oeste identificó construcciones de dos plantas, que estaban ocupadas por una cárcel, “cuya fachada hacia la plaza no presenta aspecto repulsivo”.

     Había tiendas de sombreros y un poco más allá de la calle Carabobo estaba la universidad.

     Calculó que el espacio ocupado por la Plaza Mayor equivalía al de una manzana, “debe tener alrededor de trescientos pies, o algo más, por cada lado”. El piso no era de tierra y estaba pavimentada en toda su extensión. “Es el asiento del mercado público, donde se venden toda clase de comestibles, y cuya abundancia y variedad, menos en carnes, resultaría difícil superar en cualquier otro país”. Expuso ante sus potenciales lectores que entre lo que se ofertaba se podían encontrar frutas, verduras, raíces comestibles similares a las que existían en los mercados de su país. Aunque había algunas desconocidas para Duane. Entre ellas, mencionó la arracacha, la yuca y el apio. Del pan que se hacía en Caracas y otros lugares de la República de Colombia, el casabe, se preparaba a partir de convertir en harina la yuca. Comparó ésta con una zanahoria, “pero más sustanciosa al quedar aderezada”.

     En cuanto al apio escribió que tenía un tamaño similar al de una remolacha y que en esta comarca lo había en abundancia. De inmediato, recurrió a las comparaciones de lo que había observado y consumido en esta comarca y lo experimentado, en este mismo orden de cosas, con la papa. “En ninguna parte de este territorio pude ver que la papa común fuese de igual calidad o tamaño que en Europa o en la India, o en nuestros propios mercados”. La razón de esta situación, indicó, era por las deficiencias en el proceso practicado, en estos lares, para su cultivo, “a tal punto que presencié el caso de una persona muy ilustrada, y de buen criterio en todos los demás aspectos, que ordenaba a su peón seleccionar las más pequeñas para semilla”.

     Escribió que intentó persuadir a esta persona que la forma de escoger las raíces para nuevos cultivos no era la apropiada. Pero fue infructuoso el intento. Por otro lado, anotó que legumbres las había en abundancia y de clases distintas a las de Estados Unidos. Algunas de ellas eran frijoles, arvejas, ajonjolí y gran variedad de maíz. Las frutas fueron ponderadas por Duane y anotadas como exquisitez. Es el caso de las naranjas, las describió como “jugosas y de rico sabor”, la piña “de zumo y gusto exquisitos”, diversas clases de cambur, así como el banano gigante o plátano, que representa para las masas de Sur América lo que la patata para el campesino irlandés”.

     Del plátano argumentó que era un fruto que se podía reproducir en “todas partes” y que era muy nutritivo. Aunque agregó que, incluso estando maduro, era insípido en su condición natural, es decir, sin haber pasado por proceso de cocción alguna. La forma de consumirlo era luego de ser hervido o tostado (asado) y que su sabor y textura eran agradables. En cuanto a su cultivo sumó que sus árboles eran colocados en hileras y no de manera separada unos de otros, algunos plátanos podían pesar hasta dos libras. Tuvo palabras laudatorias para el melocotón y el membrillo, “de calidad excelente”, los que también podían conseguirse en el mercado, al igual que las manzanas, las uvas y el níspero.

La plaza de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. Grabado de Cornelio Aagaard.

La plaza de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. Grabado de Cornelio Aagaard.

     Trajo a colación otros víveres provenientes de una tierra rica en producción como las cebollas y los ajos. Además, expuso el caso de flores de agradable fragancia y hermosas formas, así como las aromáticas canelas y la pimienta, arroz, “de excelente calidad”, harina de maíz, trigo y cebada. En lo referente a las hortalizas, “los mercados caraqueños las ofrecen en tanta abundancia como se desee, y son iguales en calidad a las que se venden en Filadelfia, y a menor precio, tales como perejil, lechugas, espinacas”.

     Anotó que el mercado funcionaba algunos días a tempranas horas de la mañana, pero los artículos de primera necesidad se conseguían todos los días. “Las operaciones del mercado terminan antes del mediodía, y luego se procede por lo general a barrer la plaza, a menos que algún acontecimiento público lo impida”. Entre otro de los usos que se daba a la Plaza Mayor era para la realización de desfiles y la congregación de las milicias.

     De igual manera, anotó que en ella se llevaban a cabo festividades públicas y funciones musicales de índole festiva, “con elegantes bandas de música y composiciones poéticas escritas para tales ocasiones; seguidas por toros coleados y fuegos artificiales”. Dejó escrito que, sin habérselo propuesto, presenció “lo que aquí denominan toros coleados, pero que yo llamaría tormento taurino”. Más adelante escribió que no se había sentido incómodo al presenciar este acto, puesto que no había ocurrido ningún accidente. Una de las consideraciones que delineó fue la de haber visto la intrepidez y la destreza de quienes se aventuraban a hacer frente, mientras los jinetes van a caballo, mostrando una gran confianza en sí mismos a un enfurecido animal. “En estos torneos el campesino entra en competencia con el caballero de la ciudad, para mostrar su habilidad de jinetes, que les permite derribar prácticamente a la fiera enardecida”.

     En la descripción que hizo de la Plaza Mayor enfatizó que ella era escenario de usos diversos, aunque también “cumple otras funciones de mayor seriedad”. De seguida rememoró que sobre el terreno donde había sido situada se dieron cita valerosos hombres que luchaban por su libertad. Antes habían sucumbido “tantos virtuosos varones, condenados a muerte, víctimas de la suspicaz tiranía de España, y a menudo de las crueles pasiones de los gobernantes locales; hombres cuyas virtudes inspiraban terror, y que, a causa de la veneración de que eran objeto por parte de sus vecinos, parientes y connacionales, aparecían naturalmente como culpables ante los recelos de un régimen despótico”.

     Sin embargo, en el mismo lugar se ejecutaba a los malhechores. Contó que, aun estando en Caracas, tuvo la oportunidad de enterarse de los actos de partidas de salteadores, comandados por una “bandolero de apellido Cisneros”. Según sus anotaciones e información recabada se escondía por los lados de los valles del Tuy. En ocasiones incursionaba en Caracas para cometer “depredaciones, asesinatos y robos” y quien además tenía comunicación epistolar con el general español Francisco Tomás Morales.

     Enumeró “otros sitios al descubierto”, aunque se denominaban plazas, según Duane, estaban muy alejados de tal apelativo. La de la Candelaria dijo que lo más vistoso eran las ruinas de la Catedral. La de San Pablo no guardaba relación simétrica con la iglesia, aunque ostentaba una “fuente muy hermosa”. La de San Jacinto, ubicada en los terrenos del monasterio de los dominicos, era de agradable aspecto. La de la Trinidad no pasaba de ser un “simple paraje”. La de San Lázaro estaba en los suburbios, pero contaba con un atractivo templo. En La Pastora sólo existían vestigios “de lo que debió ser en otro tiempo” y la de San Juan no tenía aspecto de plaza alguna.

Calles y ríos de la Caracas de 1820

Calles y ríos de la Caracas de 1820

Las calles de Caracas no tenían más de siete metros de ancho. Las fachadas de las casas estaban marcadas con líneas horizontales con los colores azul, rojo y amarillo.

Las calles de Caracas no tenían más de siete metros de ancho. Las fachadas de las casas estaban marcadas con líneas horizontales con los colores azul, rojo y amarillo.

     A pocos días de haber llegado a Caracas, el periodista estadounidense William Duane tuvo oportunidad de escuchar una ejecución musical por parte de un componente militar de cuya descripción se aprecia haber quedado satisfecho. En uno de los párrafos delineados en su obra “Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823”, Duane escribió que un indicador de disciplina militar era la ejecución musical castrense. Contó haber tenido la oportunidad de observar a soldados de la ciudad ejecutando instrumentos de viento tan buenos como los tambores que exhibían en su marcha.

     Escribió que, gracias a la mediación de un grupo de militares conoció al general Carlos Soublette a quien, de inmediato, le pidió una audiencia. De contiguo pasó a describir el papel del intendente en la República recién instaurada. En este sentido indicó que las funciones que cumplía Soublette eran muy distintas a las que en tiempos de la colonia se ejercían dentro de la Intendencia. De Soublette reseñó que era de ascendencia francesa y que se había incorporado al ejército cuando apenas contaba con dieciséis años. 

     Por sus cualidades y dedicación, Simón Bolívar le otorgó su confianza para alcanzar el Estado Mayor en la corporación militar. De igual modo, tuvo encuentros con la familia de Lino Clemente y Martín Tovar.

     Descrito lo anterior se dedicó a reseñar algunos aspectos de la ciudad de Caracas. Sin embargo, advirtió que no le era posible ofrecer una descripción detallada de todo lo que se presentaba a su mirada. A su entrada en Caracas vio que las calles no tenían más de siete metros de ancho. Las fachadas de las casas estaban marcadas con líneas horizontales con los colores azul, rojo y amarillo. De igual manera, por la calle que ingresó se denominaba Carabobo en honor a la batalla librada tiempo antes por los patriotas venezolanos. Otras calles llevaban denominaciones alegóricas de batallas ganadas por ellos en el conflicto contra la monarquía española. También anotó que los frentes de varias casas tenían escritos: Viva Bolívar, Viva Colombia y otras pintas del mismo estilo.

     Agregó que había imaginado la ciudad con grandes pendientes, cosa que constató no era del todo cierta. Invitó a los lectores que imaginaran un tablero de ajedrez para calcular la forma de damero que mostraba Caracas. Indicó que el lado oeste de la ciudad no era tan alto, pero a vista lejana se notaba una elevación gradual y no abrupta. El espacio territorial que ocupaba Chacao lo describió como un lugar casi llano. Desde el área que hacía observaciones apreció, hacia los lados ocupado por Petare, una construcción de color blanco y elevada que, de acuerdo con su mirada, parecía un obelisco o monumento.

     De las corrientes de agua que cruzaban la ciudad notó la presencia de tres, así como que cada una de las cuales llevaba el nombre del río que las surtía. Sus afluentes provenían de la montaña, pero no presentaban gran caudal y no se secaban en tiempos de verano. De la parte occidental sumó que la presencia del Caroata evidenciaba que sus márgenes eran arcillosos y empinados. Desembocaba en El Guaire y servía de separación de una localidad denominada San Juan. En uno de sus puntos se estableció un puente espacioso “y bien construido, de antiguo estilo, pero que representa una buena obra de ingeniería, con contrafuertes y macizos muros, suficientes para contener un torrente de magnitud diez veces mayor”.

Tres corrientes de agua cruzaban la ciudad, cada una de las cuales llevaba el nombre del río que las surtía. Sus afluentes provenían de la montaña, no tenían gran caudal y no se secaban en tiempos de verano.

Tres corrientes de agua cruzaban la ciudad, cada una de las cuales llevaba el nombre del río que las surtía. Sus afluentes provenían de la montaña, no tenían gran caudal y no se secaban en tiempos de verano.

     Indicó que este puente guardaba recuerdos de los tiempos de revolución. Hizo una referencia asociada con el “río Catuche” a partir de la cual señaló que antes del terremoto servía de manantial a todas las fuentes públicas y de las casas particulares. El motivo de esta interrupción, aunque no fue total porque algunas casas recibían el vital líquido, fue la destrucción de los ductos que conducían el agua los cuales habían sido construidos con barro cocido. Las fuentes en uso para el servicio público estaban hechas de piedras bien trabajadas “y no he oído que ninguna hubiese resultado entonces con deterioro”. La corriente de agua que por ellas corría era constante y el líquido era cristalino.

     A propósito de estas elaboraciones, rememoró que para el traspaso del agua “figuran entre las pocas cosas buenas que en Colombia se deben a los españoles, y en las principales poblaciones y ciudades desde La Guaira a Bogotá cumplen, a un mismo tiempo, fines de utilidad y ornato”. De ellas añadió que poseían un estilo muy parecido unas con otras y que los materiales utilizados eran similares. La diferencia estribaba en el tamaño y el acabado. Pasó, de inmediato, a describir una de ellas. 

     La escogida se presentaba en un pedestal de piedra trabajada de forma octogonal. La misma se alzaba sobre una base a la que se subía por dos o tres escalones. Contaba además con una suerte de pilón sobre el cual se vertía el agua que, al desbordarse, corría hacia las calles y con la cual se mantenían limpias las vías, por una parte, y, por otra, las tuberías que habían sido colocadas para que los habitantes de la comarca recogieran el agua.

     Le pareció entretenido ver la aglomeración de las personas alrededor de las fuentes para surtirse de agua. Indicó que, por lo general, la mayoría de estas personas eran mujeres. También había hombres que se ganaban la vida como aguadores. Para recoger el líquido utilizaban cántaros con una capacidad cercana a los cuatro galones. Para no ser desplazados por otros, en vez de sólo utilizar totumas para llenar el envase, utilizaban una caña de bambú que conectaban al caño de la fuente y así llenaban sus cántaros de una sola vez. “Algunas de estas fuentes tienen un muro adosado a la plataforma, bellamente trabajado, con imitación de paneles y adornos, una jarrón, frisos y cornisas cubiertas, que responde a propósitos ornamentales y evita que se produzcan aglomeraciones excesivas”.

     Describió cinco puentes de los que adujo contaban con méritos variables, aunque muy útiles para cruzar el río Catuche. Algunos de ellos mostraban aún los efectos del conflicto bélico recientemente escenificado en este territorio. El río denominado Anauco surtía de agua a la parte este de la ciudad. Aunque los devotos le habían dado el nombre de La Candelaria. Antes de ser derrumbada la edificación que servía de espacio para la devoción llevó este nombre, de ahí que al riachuelo se le denominara así.

     Además del uso doméstico que se hacía del agua, los afluentes servían para el riego de las plantaciones adyacentes, “conducidas por terraplenes y bancales dispuestos con gran industria y habilidad.” Le llamó mucho la atención el modo como se aprovechaban las aguas, en especial, por la limpieza que proporcionaba a la localidad.

     Puso a la vista de sus lectores las condiciones de los caminos que, desde el cerro El Ávila, tanto de ida como de vuelta, “es excelente”. Agregó que, en los sitios más planos o con escaso declive se utilizó un sistema a partir del cual no se adoquinaban el ancho total de las vías, “tal como se hace en nuestro país”. Lo usual era empedrar por compartimientos, en figuras de triangulo irregular. Esto evitaba que, por si el terreno estuviera “desnudo”, el camino se convertiría en un barranco en tiempos de lluvia lo que lo haría intransitable. A medida que se ascendía por la montaña fue observando canales cuyo propósito era el de permitir la circulación del agua hacia la parte baja de la sierra.

     Los empedrados triangulares servían de contención de las corrientes de agua y a esparcir el agua hacia los canales dispuestos a lo largo del camino. De igual modo, se habían dispuesto piedras para equilibrar la fuerza del agua y que ella no se desbordara a lo largo del camino.

El río Catuche sirvió en una época de manantial a todas las fuentes públicas y casas particulares. Pintura de Arturo Michelena.

El río Catuche sirvió en una época de manantial a todas las fuentes públicas y casas particulares. Pintura de Arturo Michelena.

     Los canales construidos con piedras estaban colocados de una forma que el agua excedente se orientara hacia las zanjas. Lamentó que Caracas no contara con aceras construidas con piedras o ladrillos para el paso de los transeúntes. Como justificación añadió que no existían medios de transporte que pusieran la vida de las personas en peligro y que el agua fluía por el centro de la calle. El piso había sido construido de pedruscos redondos. “Sin embargo, es una ciudad donde son tan numerosas las mujeres, no parece propio de la galantería española que las calles sean de tanta aspereza como si hubiera el propósito de impedirles que luzcan en ellas las chinelas de raso o de tafetán de su lindo pie, o mostrar sus elegantes tobillos a través de medias de seda, tradicionalmente muy lindas”.

     Escribió que los edificios que observó daban la impresión de vivir en una sociedad oriental. En su incursión por los lados de Chacao recordó que el camino transitado presentaba irregularidades como barrancos pedregosos y enormes, cuyos lados eran muy resbaladizos. De igual manera, tampoco contaban con puente alguno. No obstante, como sustituto había “artificios”, sin mayores dotes arquitectónicas y de alto costo, pero permitían la fluidez de las personas y la comunicación. Las partes de los lados que bordeaban la quebrada habían sido perforadas. Además, presentaba un firme y macizo muro de mampostería que atravesaba todo el barranco.

     Fue insistente en el parecido de las edificaciones vistas en Caracas y La Guaira, frente a las que llegara conocer de algunos espacios territoriales de Asia. Describió las semejanzas respecto a solares amplios, gruesas paredes, altas puertas de dos hojas, zaguán empedrado y, a veces, otra puerta con mirilla dentro del portón. En el interior de algunas casas vio un patio descubierto al aire libre, corredores a cada lado del patio, adoquinado con ladrillos desnudos, escaleras que conducían al piso de arriba, elevados techos, amplios aposentos, ventanas sin cristales, pero protegidas con romanilla, y sin chimeneas. Una cuestión de excepción fue la presencia de imágenes de la Virgen que en cada casa observó. “A veces he llegado a sospechar en forma un tanto heterodoxa la influencia femenina en este particular, y como las mujeres son realmente bellas y su dominio sobre el otro sexo es proverbial, han logrado que prevalezca este culto general por orgullo de sexo”.

     En este orden de ideas, escribió que le habían comunicado que San José era muy venerado en varios hogares, “pero no he tenido la suerte de verle; tal vez esté guardado en algún cuarto trastero o en un rincón”.

     De la herencia española dejó escrito que en muchas casas se notaba su influencia. A la vista de los lectores expuso el caso de Antonia Bolívar, quien fuera la persona a la primera en visitar a su llegada a Caracas. Del hogar habitado por ella y los suyos recordó que, según le informaron, había sido habitado con anterioridad por el último Capitán General de la Capitanía General de Venezuela. La casa mostraba una habitación principal decorada de una manera que pareciera una galería con balaustrada o baranda, “frente a un seto vivo de flores, todo ello pintado al fresco. La ejecución está bien trabajada, pero las flores son monstruosas”.

     Dijo estar sorprendido que el estilo asiático estuviese muy presente entre las edificaciones por él observadas. Una de ellas tenía que ver con la carencia de azoteas. Extraño para él en un país donde abundaban la cal, maderas y ladrillos. Según sus palabras el clima era ideal para construir terrazas y disfrutar de la agradable brisa de las tardes. Cosa que pudiera ser disfrutada en una cómoda terraza.

Una mirada al camino de La Guaira a Caracas

Una mirada al camino de La Guaira a Caracas

El periodista estadounidense William Duane, en su obra “Viaje a Colombia en los años 1822-1823”, relata su tránsito por la vía que conducía de La Guaira hacia Caracas. Uno de los aspectos que resaltó fue el uso de mulas para el traslado de personas y bienes.

El periodista estadounidense William Duane, en su obra “Viaje a Colombia en los años 1822-1823”, relata su tránsito por la vía que conducía de La Guaira hacia Caracas. Uno de los aspectos que resaltó fue el uso de mulas para el traslado de personas y bienes.

     Durante la centuria del 1500 se generalizó el uso del concepto Arte Apodémico para hacer referencia al viaje sustentado en un método. Gracias a impresores y editores este arte se fue extendiendo entre quienes tenían en el viaje una forma de apropiarse de nuevos valores culturales, un aprendizaje y mostrarse ante otro como personas conocedoras del mundo. Se trató de un método para recoger información así como que era necesario privilegiar en el relato que se daría a conocer entre potenciales lectores.

     En un conocido texto de 1626 Francis Bacon (1561-1626), quien había sido canciller de Inglaterra e impulsor del empirismo filosófico, recomendó a los viajeros llevar consigo un cuaderno de anotaciones para poder estampar todo aquello que pudieran observar en su travesía. En Sobre el Viaje (1626) dejó escrito que viajar era, entre los jóvenes un componente axial de su educación. Entre los adultos formaba parte de su experiencia. En este orden señaló que quien viajaba a un país entes de haber accedido a su lengua, iba a la escuela, no a viajar.

     Del mismo orden recomendaba en su texto que las cosas que se deberían observar eran las cortes de los príncipes, los tribunales de justicia, las iglesias, los monumentos, las murallas y fortificaciones, los puertos, las antigüedades, las ruinas y las bibliotecas. Igualmente, debía prestar atención a las universidades, los barcos mercantes y de guerra, casas y jardines, armerías y arsenales, comercios y almacenes, el ejercicio de la equitación, la esgrima y la instrucción de los soldados, las comedias de mejor calidad, los tesoros de joyas, los vestidos y rarezas, así como triunfos, mascaradas, fiestas, bodas y ejecuciones capitales.

     Fue durante el 1700 que se comenzó a generalizar la necesidad de encontrar lo “pintoresco” y con lo que se privilegió la observación de la vida cotidiana. Surgió conjuntamente con el romanticismo en Inglaterra. Cuando se hacía referencia a lo pintoresco se dirigía la mirada a lo interesante por su tipicidad y particularidad, así como a algunas disposiciones que se tenían como expresiones extravagantes, pero interesantes para el viajero narrador.

     No todos los relatos de viajeros resultan ser una pormenorizada descripción de lo observado. Algunos viajeros, como el caso de William Duane (1760-1835), mostraban mayor acuciosidad e intentos de explicación a mucho de lo que observó. Por lo general, Duane recurría a las comparaciones de lo que en su mente se había imaginado encontrar en estos territorios, frente a lo que con su presencia constató.

     Su descripción desplegada en Viaje a Colombia en los años 1822-1823 muestra el rigor al lado de expresar la mayor cantidad de detalles de lo que iba observando en estas tierras. En su tránsito por la vía que conducía de La Guaira hacia Caracas expuso algunos pormenores de él a su llegada a la Provincia de Caracas. Uno de los aspectos que resaltó fue el uso de mulas para el traslado de personas y bienes. De esta circunstancia dejó escrito que todo transporte de objetos y enseres se hacía a lomo de mulas, el extranjero que no contara con la ayuda o servicios de un amigo, “como el que tuvimos la fortuna de encontrar”, tendría que llegar a un acuerdo con los comerciantes de La Guaira, “proverbialmente corteses y atentos”, cuya experiencia era de gran utilidad para “protegerse de las bellaquerías de los arrieros locales, similares a los que suelen encontrarse en cualquier parte del mundo donde dicho gremio sea muy numeroso”.

En el siglo XIX, la utilización de los servicios de arrieros para el transporte de mercancías de La Guaira a Caracas, o viceversa, era costoso.

En el siglo XIX, la utilización de los servicios de arrieros para el transporte de mercancías de La Guaira a Caracas, o viceversa, era costoso.

     A propósito de esta situación agregó que en todas las ciudades, aldeas o pueblos los usos arraigados, que habían adquirido fuerza de ley por ser consuetudinarios, imponían que fuesen las autoridades civiles o militares las que debían ordenar el suministro de transporte. Esto, de acuerdo con su convencimiento, debería ser lo usual, pero si el viajero se proponía ahorrar en su viaje debería hacer lo que Duane y los suyos escogieron, comparar las mulas que utilizarían como transporte así fuese a un alto precio, tal cual fue su experiencia, “en vez de correr el riesgo de someterse a las demoras que son características de la conducta de dichos arrieros, cuando están seguros de la impunidad”.

     Bajo este contexto escribió que si los comerciantes requerían utilizar los servicios de un arriero para el transporte de sus mercancías mantenían una costumbre con la cual eludir los abusos de los arrieros. 

     En este orden agregó que si se hacía la solicitud de transporte con la mediación de un alcalde éste estaba en la obligación de llevar a efecto la solicitud y cumplimiento del servició. Si un arriero quería cobrar más de lo que estaba establecido se informaba al alcalde para hacerlo entrar en razón y así se podría solucionar el problema. No obstante, pudo constatar que muchas veces, al requerir mulas para el transporte, los alcaldes eran los dueños “encubiertos” de las mismas. Si no ocurría así, “es posible que en su simple condición de ser humano, sujeto al mal humor, a índole perversa o por haberse formado una falsa idea de la importancia de su cargo, se sienta inclinado a abusar de la paciencia del prójimo, o incluso a reírse de las reclamaciones de la persona a quien desconsideramente perjudique, simplemente porque se considera facultado para hacerlo”.

     En una suerte de justificación indicó que en todos los países existían costumbres y abusos los cuales eran causa de queja. Pero, tal como él lo presenció, el remedio podía resultar peor que la enfermedad, como el caso de la República de Colombia donde se experimentaba la connivencia entre alcaldes y arrieros o cocheros descorteses. Dijo que conocía este problema más que por experiencia propia que por lo que terceras personas le habían relatado. Contó que en las pocas ocasiones que algo parecido le sucedió él recurría a su paciencia para no entrar en diatribas con infractores de las leyes. Terminó expresando que le recomendaba a todo viajero a que adquiriera las mulas y no recurriera al alquiler de ellas. Luego de utilizarlas le quedaba la opción de venderlas a buen precio.

Duane describió el camino de La Guaira a Caracas como una vía bien pavimentada, con trazado en transversales y zigzags, que, si bien hacen aumentar la extensión del recorrido, permiten efectuar el ascenso de forma gradual y fácil”.

Duane describió el camino de La Guaira a Caracas como una vía bien pavimentada, con trazado en transversales y zigzags, que, si bien hacen aumentar la extensión del recorrido, permiten efectuar el ascenso de forma gradual y fácil”.

     Antes de describir el trayecto que debió transitar desde Maiquetía hasta Caracas hizo una consideración relacionada con la mirada del otro que bien vale la pena reduplicar. Reseñó que le habían presentado la esposa del “comandante” y a la madre de aquella a la que calificó como una matrona a la que “encontramos dedicada a labores de aguja”. De igual manera, describió un niño que se encontraba con ellas, “un hermoso crío de unos dos años”. Niño a quien subió al caballo y lo sentó en sus piernas. Señaló que el infante estaba completamente desnudo, a la usanza de los niños de “Asia”. Agregó que algunas personas mojigatas, las que posiblemente pudieran leer las líneas por él delineadas, criticarían esta costumbre de dejar desnudos a los niños. Esto lo indujo a realizar una consideración ética de acuerdo con la cual las costumbres de cada pueblo son el cartabón por el cual se rige su moral. Por tanto, sus prácticas y costumbres no podían ser juzgadas de acuerdo con las de otros países, porque en raras ocasiones revelaban mayor o menor moralidad. 

     “En realidad, no se trataba de ninguna falta de escrúpulos por parte de la madre, pues ella estaba educada en esa forma, y quienes consideren intolerables tales hábitos, deben abstenerse de viajar por las diversas regiones de Asia y de la América del Sur, donde nadie considera indecente la desnudez de un niño”.

     De la ruta desde La Guaira a Caracas expresó que era poco lo que se podía agregar a lo ya descrito por Alejandro von Humboldt. Sin embargo, señaló que era una vía “excelentemente pavimentada”. Escribió, además, que no se corría ningún riesgo en el trayecto. Tampoco había declives exagerados en las subidas o bajadas, “pues el camino, además de estar bien pavimentado, aparece trazado en transversales y zigzags, que, si bien hacen aumentar la extensión del recorrido, permiten efectuar el ascenso de forma gradual y fácil”.

     Sumó a estas consideraciones que durante el ascenso por la Sierra del Ávila se experimentaba un gran placer debido al paisaje que rodea la vía por su belleza, “y pueden ser observados constantemente por el viajero, sin necesidad de estar pendiente del andar de la mula”. Sin embargo, adujo que para el viajero era muy placentera la marcha, no así para el comerciante y los dueños de haciendas. Aunque tenía información que algunos trayectos habían sido ensanchados eso no sucedía en toda la travesía de la vía hacia Caracas.

Al comenzar a bajar hacia Caracas y llegar a La Pastora, se puede apreciar el valle de Chacao y Petare.

Al comenzar a bajar hacia Caracas y llegar a La Pastora, se puede apreciar el valle de Chacao y Petare.

     Los lugares por donde transitó mostraban cafetos acompañados de árboles de bananos de cuya sombra se protegían los cafetales. De éstos expresó que eran objeto de mucha curiosidad entre los viajeros, en especial para los que nunca habían visitado territorios tropicales, por la presencia de arroyos de aguas muy cristalinas y que servían para nutrir las plantas que allí se desarrollaban.

     A medida que avanzaban, dejó anotado, las curvas eran menos pronunciadas. Ya cerca del descenso decidió junto con sus acompañantes parar un momento para contemplar de manera más firme el paisaje. Dejó escrito que al suspender la marcha y admirar el paisaje experimentó una sensación de un espectáculo, quizás uno de los pocos de mayor interés por la hermosura que mostraba. Comparó lo que visualizaba con pasajes representados por la historia universal sobre Babilonia. De Caracas escribió que presentaba un aura luminosa al apreciar las calles que descendían del norte hacia la falda de la montaña en el lado sur. El río Guaire lo asoció con una especie de corriente de azogue a través de un tubo transparente, “brillando y jugueteando con los rayos del sol a medida que avanzaba de poniente a oriente”.

     De las calles que iban en declive estaban trazadas en ángulo recto, extendidas de este a oeste. Hacia la parte occidental, oriental y del sur pudo visualizar siembras de colores, entre la que destacó las de tono amarillento propio de la caña de azúcar, tintes diferentes de la cebada, el verde oscuro de los maizales y grupos macizos de naranjales. Hacia la parte más baja de la ciudad, al lado derecho del Guaire, visualizó un tipo de vegetación que llamó su atención. Era un conjunto de altozanos o colinas que le parecieron más bien obra humana que proveniente de la dinámica natural.

     Al alcanzar La Pastora, donde estaba instalada una aduana, relató que el lugar mostraba desolación. De inmediato refirió que el desamparo que se experimentaba en la zona provenía del último movimiento sísmico que había sufrido esta comarca en 1812. Desde esta localidad pudo apreciar el valle de Chacao y Petare. Llegaron luego a la calle Carabobo cuyo trazado iba de norte a sur.

     En el camino que los llevaría a la capital se les unieron otros viajeros, entre ellos doña Antonia Bolívar. Relató que ésta los había invitado a su casa y allí disfrutaron de refrescos abundantes, y tuvo la oportunidad de presenciar el cordial recibimiento que se le dispensó a la señora Antonia por parte de amigos y allegados. “Constituía realmente un espectáculo encantador ver a esta gentil dama rodeada de un numeroso grupo de conocidos de ambos sexos, viejos y jóvenes, dándole la bienvenida por su retorno a la ciudad nativa”. Le pareció un momento muy grato y que no encontraba manera de expresar de forma apropiada lo que experimentó en ese momento en casa de la señora Bolívar.

Hábitos, periódicos y ceremonias

Hábitos, periódicos y ceremonias

Para finales del siglo XIX, ya no era necesario en la sociedad caraqueña, la presencia de los padres, ni de una dama de compañía, para que una joven pudiera recibir en su casa la visita de un amigo.

Para finales del siglo XIX, ya no era necesario en la sociedad caraqueña, la presencia de los padres, ni de una dama de compañía, para que una joven pudiera recibir en su casa la visita de un amigo.

     Venezuela la tierra donde siempre es verano muestra lo que su autor, William Eleroy Curtis (1850-1911), observó de Caracas y algunas regiones del país en las postrimerías del mandato gubernamental de Antonio Guzmán Blanco y la presidencia de Rojas Paúl. Esta crónica sirve para una aproximación a lo que la Venezuela del momento experimentaba a través de varios de los integrantes de la sociedad caraqueña. De los descendientes de españoles directos puso a la vista de sus potenciales lectores que conservaban algunas costumbres de antaño. Sin embargo, los viajes al exterior al lado del contacto con forasteros y la dinámica social de una antigua colonia española ofrecían atributos que Curtis precisó en su escrito.

     Destacó que las rígidas costumbres de la antigua aristocracia española habían experimentado algunos cambios bajo el influjo de dinámicas modernas. Expuso como un ejemplo de estos cambios que años antes se consideraba impropio visitar a una dama de familia sin que estuvieran presentes sus progenitores o esposos. Constató que si alguna dama recibía la visita de un caballero en su casa a solas su reputación quedaba en entredicho. “Pero nada de eso rige ahora. Siempre se espera que los caballeros visiten a las esposas y a las hijas de sus amigos, y como nunca es oportuno hacerlo en días de negocios, se escogen los domingos por la tarde, cuando las señoras permanecen siempre en su casa para recibirlos”.

     De igual manera sucedía si una joven recibía la visita de un joven caballero. Para el momento de la observación de Curtis ya no era imprescindible la presencia de los padres para recibir la visita y tampoco la presencia de una dama de compañía, sino que eran recibidos tal cual sucedía en los Estados Unidos, de acuerdo con sus anotaciones. “Antes solía ser necesario que un joven cortejara a su enamorada a través de su padre, pero hoy día se toma el asunto en sus propias manos y se ´sienta´ con su enamorada igual que lo haría en Massachusetts o en Illinois”.

     Agregó que no era bien visto que una dama asistiera sin compañía al teatro o a otros lugares de diversión públicos, menos a bailes o fiestas ya que para ellos si requerían de una dama de compañía. Aunque durante el día podían caminar solas por la calle, “puede pasear con su prometido y llevarlo de compras con ella, y hasta podrían tomarse un helado si tuvieran una oportunidad”.

     Puso a la vista de los lectores que en Caracas había sitios donde se podía beber una limonada. Indicó que se podía adquirir soda inglesa, aunque la servían caliente. De igual manera se conseguían artículos de consumo llamados helados. Para él no tenían el mismo gusto que los helados de su país y consistían en un poco de jugo de piña diluido y congelado en una copa de hielo. “Es flojo e insípido, pero a los nativos parece gustarle este tipo de cosas y gastan todo su dinero en saciar su apetito que merecería algo mejor, y los que han estado en Nueva York y han tomado soda y han comido helados, siempre hablan de esto como de uno de los encantos de la vida norteamericana”.

     Escribió que las señoras caraqueñas recibían y dispensaban visitas, al igual que las de los Estados Unidos, a parientes y amigos. En sus casas se ofrecían bailes, ágapes, cenas, tés y veladas musicales, entre otros encuentros de “buen gusto” según dejó anotado. Aunque preparaban picnics al aire libre, preferían los encuentros bajo el techo de sus hogares. También las excursiones a las haciendas de café eran muy frecuentes. Según precisó Curtis, los encuentros en el momento de su estadía eran más fáciles de realizarse gracias a la comunicación telefónica. Uno de los sitios de preferencia era Antímano donde la temperatura era mucho más baja que la de Caracas, “y donde hay parques y huertos privados hermosamente dispuestos, embellecidos con plantas, flores y frutas tropicales”.

El general Antonio Guzmán Blanco ofrecía esplendidos agasajos en su mansión de Antímano, en la que pasaba algunas temporadas. Gracias a una ruta de ferrocarril se podía llegar rápidamente a ese lugar situado en las afueras de Caracas.

El general Antonio Guzmán Blanco ofrecía esplendidos agasajos en su mansión de Antímano, en la que pasaba algunas temporadas. Gracias a una ruta de ferrocarril se podía llegar rápidamente a ese lugar situado en las afueras de Caracas.

Los caraqueños de finales del siglo XIX se refrescaban con helados y limonadas. También con sodas, aunque las servían caliente.

Los caraqueños de finales del siglo XIX se refrescaban con helados y limonadas. También con sodas, aunque las servían caliente.

Los cementerios caraqueños estaban rodeados de altos muros y el lugar donde se depositaban los ataúdes parecían “palomares muy grandes”.

Los cementerios caraqueños estaban rodeados de altos muros y el lugar donde se depositaban los ataúdes parecían “palomares muy grandes”.

     A propósito de este lugar anotó que el general Antonio Guzmán Blanco poseía una gran mansión, en la que pasaba algunas temporadas y ofrecía espléndidos agasajos. Gracias a una ruta de ferrocarril de Caracas a Antímano hacía muy fácil el trayecto para llegar a su propiedad, así como el tránsito de carruajes era posible gracias al buen estado de la vía. De la casa que habitaba en Caracas señaló que era muy elegante. La describió como algo parecido a un vapor de cabotaje, con maderas doradas y filigranas, con paisajes y escenas domésticas estampadas en los entrepaños de las puertas y paredes de los salones. “Su comedor es uno de los más imponentes a los que he entrado alguna vez, pero lo arruina el hecho de que este decorado con tanta cursilería y con el despliegue de tanta porcelana china y vajillas de plata dispuestas sobre aparadores y repisas”.

     Llamó su atención de manera especial la cantidad de retratos del mismo Guzmán Blanco a lo largo del salón. Comparó este afán de promoción de sí mismo con Catalina segunda de Rusia quien también tuvo a su servicio una gran cantidad de pintores y artistas para que estamparan sus imágenes en el lienzo. Aunque no era sólo en casa del Ilustre Americano que se podían ver sus retratos, porque en ministerios y oficinas públicas sucedía igual. También pudo apreciar como en casas particulares había retratos del mismo gobernante en las paredes de los salones de ellas. Sumó a su descripción que uno de los ornamentos más llamativos en la casa de Guzmán Blanco era un retrato, del tamaño natural, de James G. Blaine (1830-1893), congresista y secretario de estado estadounidense. Retrato que se había traído de una visita a Washington en 1884.

     Por otra parte, de los periódicos en Venezuela expresó que no circulaban muchos en Venezuela. En Caracas observó que había cerca de media docena en circulación, “pero sólo tres o cuatro merecen llamarse por ese nombre”. De las publicaciones periódicas indicó que surgían en momentos de diatribas locales y que desaparecían cuando las disputas desaparecían. A ello agregó los que circulaban a la luz de campañas políticas. “Sus columnas aparecen atiborradas de los más bajos elogios para el hombre que los mantiene, argumentos en favor de su elección, una semblanza actual de su vida, esquelas anónimas o firmadas por sus amigos recomendándole ante los electores, arengas suyas aquí y allá, y otros artículos calculados para mantener en alto su popularidad y atraerle votos”.

     Describió que cada aspirante propiciaba su propia publicación o también de amigos vinculados con el poder establecido. De estas publicaciones, que Curtis denominó “volantes pasajeros”, solo circulaban en tiempos de elecciones y de ganar el que los auspiciaba podían tener una existencia más duradera. Señaló que hacía poco tiempo no existía la prensa libre, pero al momento de su visita a Venezuela coincidió con la libertad de prensa. Esto fue posible gracias a la salida del poder de Guzmán Blanco. En este orden de ideas, se detuvo en uno de los medios impresos llamado El Diario de Caracas del que expresó había sido dirigido con gran “habilidad”.

La década final del siglo XIX verá surgir revistas y periódicos políticos y de interés general, en un ambiente de recobrada libertad de prensa. El Cojo Ilustrado será una de las publicaciones más importantes.

La década final del siglo XIX verá surgir revistas y periódicos políticos y de interés general, en un ambiente de recobrada libertad de prensa. El Cojo Ilustrado será una de las publicaciones más importantes.

     La pericia o táctica a la que hizo referencia era la de apoyar al gobernante de turno, tal como había acontecido con Guzmán Blanco en su momento. De este mismo impreso indicó que no recibía despachos cablegráficos, sino que se dedicaba a publicar unos cuantos telegramas que recibía de otros lugares de la república y que recogía de forma gratuita de envíos gubernamentales. De las cartas que se publicaban en él añadió que eran amenas y provenían de Europa y de diversos lugares del país. En el mismo impreso se daban a conocer asuntos relacionados con decretos presidenciales y relaciones de funcionarios del gobierno. Los editoriales iban en tres o cuatro columnas, al igual que las historias que aparecían en serie por cada edición. Del estilo de las crónicas que en él observó indicó que eran amenas y que no mostraban el intento de causar sensación. En lo referente a los ingresos monetarios que sustentaban su existencia expuso que los avisos publicitarios les generaban, a sus editores, buenos dividendos.

     Enumeró las características de otros medios impresos como “El Pregonero” del que expresó que sus editoriales eran temerarios y eran escritos en un tono de gravedad. Otro impreso era El Liberal que mostraba noticias relacionadas con el mercado y asuntos propios de los intercambios comerciales. “En los periódicos se publica una buena cantidad de poemas inéditos, y con frecuencia, ensayos sobre los temas más abstrusos, así como debates políticos, sociales y teológicos. Los anuncios le resultarían graciosos a cualquier lector americano”.

     Luego de reseñar algunos anuncios y obituarios dedicó unas líneas a lo que dio en llamar curiosas costumbres funerarias que, de acuerdo con su percepción, estuvieron presentes en los últimos años y ligadas con la herencia de los españoles. Expuso que los funerales que vio en Caracas se llevaban a cabo a la usanza de los de Estados Unidos. Sin embargo, si los difuntos provenían de la antigua prosapia borbónica la usanza tradicional era la que se imponía. En Caracas se veían las mayores innovaciones en las costumbres, no así en otras ciudades del país.

     Describió que al morir una persona de cierta posición social, se acostumbraba que sus deudos distribuyeran tarjetas de participación e invitación para el sepelio. Las invitaciones se llevaban a casa de los invitados y el encargado de ello era un empleado de la agencia funeraria. “Estos mensajeros van de medias largas, calzones cortos, chaleco y casaca, toda de seda negra, y tricornios de los que cuelgan por detrás largas tiras de crespón. Esta lóbrega librea cobra cierta alegría cuando se le cose un cordón de plata sobre las costuras del pantalón, alrededor de las mangas de la casaca y del sombrero, y si el difunto es un niño, llevan corbata y guantes blancos, en vez de negros, y un chaleco blanco”.

     Por otro lado, se seleccionaba entre los parientes más cercanos al difunto y sus más íntimos amigos para los servicios que se llevaban a cabo en las casas. Mientras que la invitación de los que iban para la iglesia era de un mayor número. Cuando finalizaba la ceremonia en la casa, se tenía la costumbre de escoger a alguna persona, por lo general hombres, para que ofreciera un testimonio escrito a favor de la memoria del difunto. Luego de haber sido leído ante los concurrentes se doblaba y se depositaba en el ataúd antes de ser cerrado de manera definitiva. Describió que el cadáver era luego trasladado hasta la iglesia, donde se oficiaba una misa, y de ahí pasaban al cementerio. Indicó que las personas que habían sido invitadas a la casa volvían, después del sepelio, al mismo lugar para disfrutar de un almuerzo o cena que era acompañada de vinos y otras complacencias.

     Durante los diez días siguientes era usual que los asistentes al funeral se acercaran a dar sus condolencias a la viuda o viudo junto con sus hijos. Sobre los cementerios describió que estaban rodeados de altos muros. El lugar donde se depositaban los ataúdes los comparó con palomares muy grandes. Eran lugares que se alquilaban por un período de un año o se podían adquirir como morada definitiva. Existía, igualmente, un cementerio para personas de menor poder económico, donde existía una fosa común denominada El Carnero. Al final anotó el nombre del cementerio, con curiosidad y gracia, llamado El Paraíso.

Curtis y el caraqueño de finales del siglo XIX

Curtis y el caraqueño de finales del siglo XIX

El estadounidense William Eleroy Curtis (1850-1911) fue un escritor prolífico, que publicó más de 30 libros, incluyendo muchos manuales de países de América del Sur.

El estadounidense William Eleroy Curtis (1850-1911) fue un escritor prolífico, que publicó más de 30 libros, incluyendo muchos manuales de países de América del Sur.

     William Eleroy Curtis (1850-1911) nació el 5 de noviembre de 1850 en Akron, hijo del reverendo Eleroy y Harriet (Coe) Curtis. Se graduó de Western Reserve College en Cleveland, Ohio, en 1871. Más tarde se convirtió en fideicomisario de esa institución.

     Un escritor prolífico, Curtis escribió más de treinta libros, incluyendo muchos manuales de países de América del Sur. Su interés por los países latinoamericanos y la mejora de las relaciones entre América del Norte y del Sur lo llevaron a ser nombrado secretario de la Comisión Sudamericana por el presidente Chester A. Arthur, con el rango de Enviado Extraordinario y ministro Plenipotenciario, en 1884, director de la Oficina de las Repúblicas Americanas en 1890 y jefe del Departamento Latinoamericano de la Exposición Colombina Mundial en 1893.

     De 1890 a 1893, Curtis se desempeñó como director de la Oficina de las Repúblicas Americanas (más tarde conocida como la Unión Panamericana). En 1892 cumplió el rol de enviado especial del Papa León XIII y de la Reina Regente de España. En 1896 se desempeñó como agente especial para el subcomité de reciprocidad y tratados comerciales para el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos.

     En 1908, fue nombrado miembro del Comité Ejecutivo del Comité Panamericano de los Estados Unidos. Curtis murió el 5 de octubre de 1911 en Filadelfia, Pensilvania.

     En lo que se refiere a Caracas y la dinámica social a la que prestó importancia fue la relacionada con el trato que recibían los extranjeros en la capital de Venezuela. De acuerdo con sus propias palabras los provenientes de otros países eran muy bien recibidos y que los caraqueños se mostraban corteses con ellos. 

     Además, indicó que quienes traían consigo cartas de recomendación o presentación no encontraban ningún inconveniente “a la hora de asegurarse una calurosa bienvenida en casa de las mejores familias”. Sin embargo, agregó que quien no contara con carta de presentación le era difícil ser aceptado en la sociedad caraqueña, “debido a la cantidad de aventureros que van a Venezuela, así como a otros países de Suramérica, no sólo oriundos de los Estados Unidos, sino de todas partes del mundo”.

     Se alejó de una percepción generalizada acerca de los suramericanos y de acuerdo con la cual los habitantes de estas tierras eran personas “escasamente civilizadas”. Recordó el caso de algunos individuos que habían perdido su fortuna en otros lugares y venían a Caracas a enriquecerse, disposición que Curtis calificó de errónea. A esto agregó: “No hay ciudad en el mundo donde el carácter y la conducta de un extraño, se escudriñe y se critique más severamente que en Caracas y antes de aceptar a alguien en la santidad de su hogar, el caraqueño desea conocerlo bien”.

     De igual manera, existía una actitud muy similar en los tratos comerciales. Anotó que los comerciantes le venderían a cualquier cliente que los visitara, “pero no le comprarán a quien no conozcan”. Según su percepción le tratarían de manera deferente y cortésmente, “pero esto no significa nada”.

Tras su visita al país, Curtis publicó en 1896 su libro “Venezuela, la tierra donde siempre es verano”, donde relata interesantes aspectos de la vida cotidiana del caraqueño.

Tras su visita al país, Curtis publicó en 1896 su libro “Venezuela, la tierra donde siempre es verano”, donde relata interesantes aspectos de la vida cotidiana del caraqueño.

     Entre las expresiones de cortesía recordó el hecho del ofrecimiento, por parte del caraqueño, de sus propiedades y las instalaciones de su casa, “pero esta es simplemente una muestra convencional de cortesía”. Anotó que, si un extraño tocaba las puertas de un propietario o encargado de negocios sin una carta de presentación, se le pediría, “en nueve casos de diez, que regrese al día siguiente, despachándolo sin la mayor satisfacción”. No obstante, si un forastero se presentaba ante un potencial comprador con la debida carta de presentación será recibido con beneplácito no sólo por parte de esa persona, sino de todos aquellos allegados a ella.

     Ponderó que una carta de presentación en América del Sur tenía un gran valor a diferencia de lo que con ella se podría lograr en los Estados Unidos. Curtis la asoció con una garantía de la buena reputación y de la condición social del forastero, “la seguridad de que su portador es digno de confianza y un reconocimiento a la hospitalidad de aquél a quien va dirigida”.

     De igual manera, puso a la vista de sus potenciales lectores que, algunas características de las que denominó las “viejas familias de la república”, es decir las descendientes directas del linaje ibérico, eran visibles aún. De estas familias expresó que eran de enfáticas ideas de decoro y que eran consecuentes con sus habituales modales y actos ceremoniales. “preferirían morir antes que violar las leyes de etiqueta y esperan los mismos escrúpulos de los demás”.

     Agregó que las uniones matrimoniales, por lo general, se llevaban a cabo entre parientes y que, gracias a esta práctica, tanto los prejuicios como las preferencias se extendían con extremada frecuencia y facilidad. “Hay como una masonería social entre ellos, y la aceptación de algún extranjero, por parte de la familia, le hará ganarse con toda seguridad la confianza y la atención de todos sus parientes conocidos”.

     En lo que respecta a sus inclinaciones y participación política puso de relieve que era de escasa importancia entre estas familias. En cambio, existía entre sus integrantes una fuerte disposición hacia el trabajo en sus haciendas de café, cacao y azúcar y, entre algunos, las actividades comerciales.

     De igual modo, si ejercían una actividad profesional como médicos, abogados o ingenieros lo hacían sin combinarlas con las actividades políticas, “y evitan hacer comentarios sobre la actuación del gobierno”. A partir de esta consideración, aseveró que la política era muy diferente para quienes hacían vida a su alrededor. Agregó que ella resultaba de provecho para algunos y que uno de los principales propósitos de “todos los dirigentes revolucionarios” era apoderarse del erario público para provecho personal y de sus acólitos.

Para Curtis, el caraqueño, independientemente de su condición social, era muy simpático y cortes.

Para Curtis, el caraqueño, independientemente de su condición social, era muy simpático y cortes.

     En este sentido, sumó que el presidente de la República tenía control absoluto de las finanzas nacionales. Tenía la potestad de firmar contratos fuesen buenos o no para la República, “y con solo una orden puede retirar en cualquier momento todo el dinero de las bóvedas del tesoro”. Agregó que para llevar a cabo tal acción no requerían de la aprobación del Congreso de la República ya que sus gastos estaban contemplados en ella como parte del presupuesto nacional. “Pero se explican de una manera plausible y los opositores entienden que no está considerado de buenos políticos indagar muy de cerca los por qué y los por cuánto de los actos del ejecutivo”.

     Del proceder político dijo que cuando algún caudillo llegaba al poder postulaba a sus adláteres para los cargos de mayor importancia en Caracas. Los hace gobernadores y agentes aduaneros. Luego de los nombramientos les procura concesiones para que tengan un sustento. Al saber que esos cargos son temporales y que pueden salir de ellos en medio de una nueva asonada militar y “se benefician tan rápido como puedan sin miramientos de ninguna especie en cuanto a medios o métodos”. Tanto así que algunas penas o multas impuestas se eludieran a favor de los funcionarios de turno.

     Puso el ejemplo de un familiar de Antonio Guzmán Blanco quien tenía el privilegio de importar cemento y que el gobierno se lo pagó al precio impuesto por el importador. “De modo que cada barril de cemento usado para pavimentar las aceras le reportaba un beneficio de cinco a seis dólares a su bolsillo con lo que se hizo rico”. Recordó otro caso en el que Guzmán Blanco había colocado a un amigo en la aduana y le permitió el privilegio de traer un tipo de mercancías con lo que también se enriqueció.

     Luego de hacer estos señalamientos pasó a describir una “iglesia amarilla” al lado del cerro El Calvario, para él un poco aislada y casi inaccesible. Constató que la mayoría de las personas exclamaban sorpresa al verla por primera vez y se preguntaban por qué se había erigido una iglesia en semejante lugar. De inmediato pasó a contar la historia de esta edificación. Según sus palabras cuando Joaquín Crespo era un ciudadano más, su esposa, hizo una promesa de que si su esposo llegaba alguna vez a la presidencia ella mandaría a erigir una iglesia en honor de la Virgen de Lourdes, aunque logró la presidencia gracias a Guzmán Blanco y no por la intercesión de la santa, la hizo construir, dejó escrito Curtis. En suma, esta edificación, así como la vía que se construyó para llegar a lo alto del cerro fueron propulsadas por Joaquín Crespo y con la contratación de amigos para su culminación.

Según Curtis, el presidente Joaquín Crespo era poseedor de una de las haciendas más productivas de café en el valle de Caracas.

Según Curtis, el presidente Joaquín Crespo era poseedor de una de las haciendas más productivas de café en el valle de Caracas.

     De inmediato Curtis pasó a describir algunas situaciones relacionadas con la vida de este último. De él expresó que era poseedor de una de las haciendas más productivas de café en el valle de Caracas. Llamó la atención respecto a los nombres o denominaciones de cada una de estas estancias o propiedades que, para Curtis, tenían nombres poéticos, “que demuestran la imaginación o el buen gusto del propietario. Algunas se llaman en honor de personajes famosos en la historia, otras, conmemoran acontecimientos notables. El nombre puede inspirarse en la ficción o la poesía, o en que a cierto miembro favorito de la familia se le distinga bautizando la plantación en honor de él y más a menudo, en honor de ella”.

     Agregó a sus consideraciones sobre los pobladores de Caracas que cuando se visitaba a “un nativo puro de verdad”, aquel que mantenía inveterados hábitos y que no se había alterado a lo largo del tiempo y por contactos con extranjeros, “lo reciben a uno con una solemne e impresionante formalidad”. Al llegar cualquier visitante a casa de una de estas personas lo primero que recibía era un apretón de mano. Luego de atravesar el dintel de la puerta junto con la bienvenida ponía a disposición del visitante la casa y lo que en su interior se encontraba. Describió una de estas casas del modo que sigue. Dentro de ella se pasaba a un gran salón de cuyas paredes colgaban cuadros de familiares vivos o muertos, así como grandes espejos.

     Entre los adornos observó globos de cristal con flores en su interior y también la existencia de pianos en algún lugar de la sala. De los muebles señaló que eran lujosos y que se forraban con tela de lino para protegerlos del polvo. En el interior un gran sofá donde se acomodaban los visitantes, mientras los anfitriones ocupaban las sillas dispuestas en el lugar. La conversación, según escribió, giraba alrededor de asuntos de salud y muy generales. Nunca de negocios los que eran eludidos por los nativos y preferían adquirir mayor conocimiento del forastero para iniciar un diálogo en este orden. “A pesar de todo es un buen precepto, aunque su forzosa observancia les causa a menudo disgusto a los yanquis que vienen a estas partes”.

     De acuerdo con sus observaciones, la vida en Caracas se parecía bastante a la practicada en algunas ciudades europeas. De acuerdo con sus cálculos, cerca de un 16% de la población se había radicado en algún país de Europa y desde allí despachaba sus negocios. Dejó escrito que los originarios del país, caraqueños en especial, viajaban bastante, “han pasado mucho tiempo en Norteamérica y Europa y han aprendido muchas de las saludables ideas acerca de la civilización moderna. De igual manera, muchas familias enviaban a sus hijos para estudiar fuera de las fronteras nacionales. Los lugares de mayor preferencia eran Filadelfia, Viena, Alemania y otros lugares de Francia. “Se han casado en aquellas ciudades y han traído de vuelta esposas ilustradas y de saludable influencia que han hecho mucho por extender los privilegios de su sexo y liquidar las viejas restricciones”.

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