ACTA

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DEL NUEGO GOBIERNO LEVANTADA POR EL MUY ILUSTRE AYUNTAMIENTO DE CARACAS EL 19 DE ABRIL DE 1810

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Facsímil del Acta del 19 de abril de 1810
José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Revolución de abril de 1810, óleo sobre tela, Juan Lovera, 1835

     En la ciudad de Caracas a diecinueve de abril de mil ochocientos diez, se juntaron en esta sala capitular los señores que abajo  firmarán, y son los que componen este muy ilustre Ayuntamiento, con motivo de la función eclesiástica del día de hoy, Jueves Santo, y principalmente con el de atender a la salud pública de este pueblo que se halla en total orfandad, no sólo por el cautiverio del señor  Don Fernando VII, sino también por haberse disuelto la junta que suplía su ausencia en todo lo tocante a la seguridad y defensa de sus dominios invadidos por el Emperador de los franceses, y demás urgencias de primera necesidad, a consecuencia de la ocupación casi total de los reinos y provincias de España, de donde ha resultado la dispersión de todos o casi todos los que componían la expresada junta y, por consiguiente, el cese de su funciones. Y aunque, según las últimas o penúltimas noticias derivadas de Cádiz, parece haberse sustituido otra forma de gobierno con el título de Regencia, sea lo que fuese de la certeza o incertidumbre de este hecho, y de la nulidad de su formación, no puede ejercer ningún mando ni jurisdicción sobre estos países, porque ni ha sido constituido por el voto de estos fieles habitantes, cuando han sido ya declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina, y a la reforma de la constitución nacional; y aunque pudiese prescindirse de esto, nunca podría hacerse de la impotencia en que ese mismo gobierno se halla de atender a la seguridad y prosperidad de estos territorios, y de administrarles cumplida justicia en los asuntos y causas propias de la suprema autoridad, en tales términos que por las circunstancias de la guerra, y de la conquista y usurpación de las armas francesas, no pueden valerse a sí mismos los miembros que compongan el indicado nuevo gobierno, en cuyo caso el derecho natural y todos los demás dictan la necesidad de procurar los medios de su conservación y defensa; y de erigir en el seno mismo de estos países un sistema de gobierno que supla las enunciadas faltas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho ha recaído en el pueblo, conforme a los mismos principios de la sabia Constitución primitiva de España, y a las máximas que ha enseñado y publicado en innumerables papeles la junta suprema extinguida. Para tratar, pues, el Muy ilustre Ayuntamiento (M.I.A.) de un punto de  la mayor importancia tuvo a bien formar un cabildo extraordinario sin la menor dilación, porque ya pretendía la fermentación peligrosa en que se hallaba el pueblo con las novedades esparcidas, y con el temor de que por engaño o por fuerza  fuese inducido a reconocer un gobierno legítimo, invitando a su concurrencia  al  señor  Mariscal de Campo Don Vicente de Emparan, como su presidente, el cual lo verificó inmediatamente, y después de varias conferencias, cuyas resultas eran poco o nada satisfactorias al bien político de este leal vecindario, una gran porción de él congregada en las inmediaciones de estas casas consistoriales, levantó el grito, aclamando con su acostumbrada fidelidad al señor Don Fernando VII y a la soberanía interina del mismo pueblo; por lo que habiéndose aumentado los gritos y aclamaciones, cuando ya disuelto el primer tratado marchaba el cuerpo capitular a la Iglesia Metropolitana, tuvo por conveniente y necesario retroceder a la sala del Ayuntamiento, para tratar de nuevo sobre la seguridad y tranquilidad pública.

     Y entonces, aumentándose la congregación popular y sus clamores por lo que más le importaba, nombró para que representasen sus derechos, en calidad de diputados, a los señores  doctores don José Cortés de Madariaga, canónigo de merced de la mencionada iglesia; doctor Francisco José de Rivas, presbítero; don  José  Félix  Sosa y don Juan Germán Roscio, quienes  llamados y conducidos a esta sala con los prelados de las religiones fueron admitidos, y estando  juntos con los señores de este muy ilustre cuerpo entraron en las conferencias conducentes, hallándose también presentes el señor don Vicente Basadre, Intendente del ejército y Real Hacienda, y el señor Brigadier don Agustín  García, Comandante Subinspector de Artillería; y abierto el tratado por el señor Presidente, habló en primer lugar después de su señoría el diputado primero en el orden con que quedan nombrados, alegando los fundamentos y razones del caso, en cuya  inteligencia dijo entre otras cosas el señor Presidente, que no quería ningún mando, y saliendo ambos al balcón notificaron al pueblo su deliberación; y resultando conforme en que el mando Supremo quedase depositado en este Ayuntamiento Muy Ilustre, se procedió a lo demás que se dirá, y se reduce a que cesando igualmente en su empleo el señor don Vicente Basadre, quedase subrogado en su lugar el señor don Francisco de Berrío, fiscal de Su  Majestad en la Real Audiencia de esta capital, encargado del despacho de su Real Hacienda; que cesase igualmente en su respectivo mando el señor Brigadier don Agustín García, y el señor don José Vicente de Anca, Auditor de Guerra, asesor general de Gobierno y Teniente Gobernador, entendiéndose el cese para todos estos empleos; que continuando los demás tribunales en sus respectivas funciones, cesen del mismo modo en el ejercicio de su ministerio los señores que actualmente componen el de la Real Audiencia, y que el Muy Ilustre Ayuntamiento, usando de la Suprema autoridad depositada en él, subrogue en lugar de ellos los letrados que merecieron su confianza; que se conserve a cada uno de los empleados comprendidos en esta suspensión del sueldo fijo de sus respectivas plazas y graduaciones militares; de tal suerte, que el de los militares ha de quedar reducido al que merezca su grado, conforme a ordenanza; que continuar las órdenes de policía por ahora, exceptuando las que se han dado sobre vagos, en cuanto no sean conformes a las leyes y prácticas que rigen en estos dominios legítimamente comunicadas, y las dictadas novísimamente sobre anónimos, y sobre exigirse pasaporte y filiación de las personas conocidas y notables, que no pueden equivocarse ni confundirse con otras intrusas, incógnitas y sospechosas; que el Muy  Ilustre  Ayuntamiento para el ejercicio de sus funciones colegiadas haya de asociarse con los diputados del pueblo, que han de tener en él voz y voto en todos los negocios; que los demás empleados no comprendidos en el cese continúen por ahora en sus respectivas funciones, quedando con la  misma calidad sujeto el mando de las armas a las órdenes inmediatas del Teniente Coronel don Nicolás de Castro y Capitán don Juan Pablo de Ayala, que obraran con arreglo a las que recibieren del Muy Ilustre Ayuntamiento como depositario de la Suprema  Autoridad; que para ejercerla con  mejor orden en lo sucesivo, haya de formar cuanto antes el plan de administración y gobierno que sea más  conforme a la voluntad general del pueblo; que por virtud de las expresadas facultades pueda el Ilustre Ayuntamiento tomar las providencias del momento que no admitan demora, y que se publique por bando esta acta, en la cual también se insertan los demás diputados que posteriormente fueron nombrados por el pueblo, y son el Teniente de Caballería don Gabriel de Ponte, don  José  Félix  Ribas y el Teniente retirado don Francisco Javier Ustáriz, bien entendido que los dos primeros obtuvieron sus nombramientos por el gremio de Pardos, con la calidad de suplir el uno las ausencias del otro, sin necesidad de su simultánea concurrencia. En este estado notándose la equivocación padecida en cuanto a los diputados nombrados por el gremio de Pardos se advierte ser sólo el expresado don José Félix Ribas. Y se acordó añadir que por ahora toda la tropa de actual servicio tenga sueldo doble, y firmaron y juraron la obediencia debida a este nuevo gobierno.

     Vicente de Emparan; Vicente Basadre; Felipe Martínez y Aragón; Antonio Julián Álvarez; José Gutiérrez del Rivero; Francisco de Berrío; Francisco Espejo; Agustín García; José Vicente de Anca; José de las Llamozas; Martín Tovar Ponte; Feliciano Palacios; J.  Hilario Mora; Isidoro Antonio López  Méndez; licenciado Rafael González; Valentín de Rivas; José María Blanco; Dionisio Palacios;  Juan Ascanio; Pablo Nicolás González, Silvestre Tovar Liendo; doctor Nicolás Anzola; Lino de Clemente; doctor José Cortes, como  Diputado del Clero y del Pueblo; doctor Francisco José Rivas, como Diputado del Clero y del Pueblo; como Diputado del Pueblo, doctor Juan Germán Roscio; como Diputado del Pueblo, doctor Félix  Sosa; José Félix Ribas; Francisco Javier Ustáriz; Fray Felipe  Mota, prior; Fray Marcos Romero, guardián de San Francisco; Fray Bernardo Lanfranco, comendador de la Merced; doctor Juan Antonio Rojas Queipo, Rector del Seminario; Nicolás de Castro; Juan Pablo Ayala; Fausto Viana, Escribano Real y del nuevo Gobierno; José Tomás Santana, secretario escribano del Ilustre Ayuntamiento y diputados del pueblo que lo representan! Lo que ponemos por diligencia, que firmamos los infrascritos escribanos de que demos fe.

Fray Tomás Santana, Secretario Escribano.

La sociedad caraqueña de 1812

La sociedad caraqueña de 1812

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Las mujeres caraqueñas eran graciosas, espirituales y simpáticas

     Para el año de 1812, Robert Semple presentó, en Londres, Bosquejo del estado actual de Caracas. Incluyendo un viaje por La Victoria y Valencia hasta Puerto Cabello. Lo poco que se conoce de él es que era de origen escocés quien había redactado textos relacionados con sus viajes a España, Sudáfrica, Turquía y Canadá, donde falleció. También de él se puede agregar que lo escrito alrededor de la Independencia de Venezuela muestra que experimentó una disposición positiva frente al movimiento que llevaron a cabo los americanos frente a la monarquía de España. No obstante, puso a la vista de los lectores que la ruptura del nexo colonial no mostraba, en un futuro cercano, un mejoramiento del modo de vida de los habitantes de esta parte del Atlántico.

     Antes de hacer referencia en torno a sus consideraciones respecto a la emancipación americana, me parece importante tomar en cuenta lo que describió de la sociedad caraqueña para 1812. En lo atinente a la mujer caraqueña asentó que eran graciosas, espirituales y simpáticas. “A sus encantos naturales saben unir el atractivo de sus vestidos y de su andar donoso. 

     Son, generalmente, bondadosas y afables en sus maneras, y cualquier falla que un inglés pueda observar frecuentemente en su conducta doméstica, no es otra cosa que la costumbre heredada de la vieja España”.

     Por otro lado, reseñó que Caracas contaba con un teatro de un tamaño más o menos grande y aceptable, “aunque con pobres decoraciones, y rara vez se llena”. Agregó que los actores que en él se presentaban eran de “las clases humildes”. Quienes fungían de histriones lo hacían en horas de la noche, mientras en el día se dedicaban a sus actividades habituales. “Considerando esta circunstancia, su actuación es aceptada con lenidad y, en general, el público no tiene dificultad en sentirse agradado”. En este orden, sumó a su descripción haber presenciado canciones patrióticas que eran entonadas en ocasiones para deleite del público asistente. A este respecto refirió haber presenciado que espectadores del teatro premiaban a los actores con aplausos y el lanzamiento de monedas. “Esto trae, en veces, inconvenientes” tal como anotó cuando presenció que una de las monedas alcanzó la cabeza de un actor quien interrumpió su puesta en escena para recoger “una amigable moneda”.

     En una ciudad de escasos espacios públicos y lugares para la diversión y distracción de sus habitantes, sólo exhibía gustos por el billar, los juegos de naipes y la música. “Cuanto a ésta, los pobladores de Caracas tienen un gusto excelente y hacen rápidos progresos en el arte musical, aunque no lo habían cultivado extensamente hasta hace veinticinco años”. En contraste, sumó que dudaba que en alguno de los Estados angloamericanos ejecuciones musicales, como los que él escuchó en Caracas, hubiesen alcanzado el grado de perfección logrado en esta comarca.

     Según su pesquisa, este gusto por el arte de la interpretación musical se debía a la religión que se practicaba en las colonias de la América española, porque en sus ritos era usual el empleo de la música sagrada como de la profana. Escribió que en los países católico – romanos la distracción más importante provenía de las procesiones religiosas. 

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Caracas tenía escasos espacios públicos y lugares para la diversión y distracción de sus habitantes, sólo exhibía gustos por el billar, los juegos de naipes y la música

     “La baraja y el billar ocupan a unos pocos, pero las procesiones de imágenes, la ornamentación de los templos con adornos y vasos de oro y plata y derroche de luz, la iluminación de las calles, las salvas de artillería y el repicar de las campanas, todo en conjunto forma una brillante exhibición que mueve el interés de todas las categorías, desde la del más rancio español hasta la del negro recién importado”. Sin embargo, presentó una consideración según la cual “el valle de Caracas ofrece un amplio campo para la meditación y la piedad”. Con lo que no dejó de criticar la pompa y el lujo del que se hacía gala por medio de los representantes de la iglesia católica en los ritos que se practicaban por estos lares.

     Al regresar de su incursión a Valencia, La Victoria y Puerto Cabello llegó de nuevo a Caracas de la que describió del modo como sigue. A unos veinte kilómetros al este de Caracas observó una apacible aldea cuyo origen era por “entero indígena”. Del lado oeste, opuesto al de La Guaira, observó una blanca torre de iglesia, la cual estaba rodeada de chozas, “señala un establecimiento formado por los Misioneros”. Además, a través del valle vio plantaciones de azúcar, café y maíz, las cuales tenían buena irrigación y “su uso general es favorecido por la naturaleza del terreno que va en declive hacia el este”. 

Este sistema de riego venía desde las partes altas de la montaña y se practicaba, de igual manera, en las plantaciones cercanas al río Tuy, aledañas a Las Cocuizas, en La Victoria y en los valles de Aragua.

     Agregó que el arado no era común ni frecuente en la comarca. “Todo el trabajo es hecho con la pala y la azada, generalmente por esclavos”. El transporte estaba en manos de indígenas y trabajadores libres, “cuya clase está aumentando rápidamente”. En cuanto a la alimentación refirió que era muy común el plátano y el maíz, a los cuales se sumaba la carne y el ajo. Contó que el maíz se consumía en “forma de torta”, cuyo procesamiento estaba a cargo de las mujeres. La carne de res se conseguía a dos peniques la libra, “aunque algunas veces, por días consecutivos, no se encuentra debido a la falta de regularidad en los envíos del interior, o a la sequía en el verano, cuando los pastos no pueden obtenerse a lo largo del camino”.

     Puso en evidencia que para conservar en buen estado la carne se la separaba en trozos, se le salpicaba sal y luego se colgaba en estacas a la intemperie para que se secara. Por otra parte, sumó que las aves de corral eran escasas y a precios muy altos, “un peso español es frecuentemente el precio de una gallina corriente”. Desde su perspectiva advirtió que la carne de carnero era desconocida. Le pareció extraño que un país que había sido colonizado desde hacía tres siglos por ibéricos no tuviese ovejas. En cambio, vio carne de cabra, “aunque es agradable cuando está tierna, nunca puede compararse por el sabor, lo delicada y lo nutritiva con la de carnero”.

     En cuanto al pescado logró precisar que en Caracas era difícil conseguirlo de buena calidad. Explicó que un esclavo debía dedicar de seis a siete horas para el traslado de pescado desde la costa a la ciudad. Lo que, sin duda, era poco estimulante para cualquier negociante. Respecto a los hábitos culinarios subrayó que eran de talante español y que en toda cocina el aceite y el ajo eran esenciales. De estos últimos señaló que eran importados en grandes cantidades. Agregó que los criollos eran muy aficionados a los dulces y confituras. “En vez de estas confituras, el pueblo corriente utiliza azúcar ordinaria en forma de panes, llamada papelón. También es costumbre en los banquetes, aún en los más elegantes, que los invitados tomen frutas y otras golosinas para sus bolsillos, como he podido verlo con gran sorpresa”. 

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
El valle de Caracas ofrece un amplio campo para la meditación y la piedad

     Puso en evidencia una costumbre que el adjudicó a los ingleses y que los lugareños habían tomado para sí. Al evocar los banquetes expresó que las personas, por lo general sobrias en su vida cotidiana, en estos banquetes consumían bebidas alcohólicas fuertes en abundancia, en especial, en actos políticos. En estos ágapes, indicó, los hombres conversaban de pie o caminando por el salón, mientras las damas permanecían en un cuarto aparte y las puertas abiertas. En lo tocante al contenido de la conversación señaló que era libre, “para un inglés, frecuentemente, demasiado. Todo puede ser dicho a condición de que sea ligeramente encubierto. Las más ordinarias alusiones se justifican como una pequeña ingenuidad”.

     Puso en evidencia que maneras y costumbres de la provincia eran las propias de España, “de ningún modo mejoradas al pasar el Atlántico, o por la mezcla de las sangres india o negra con la de los primeros conquistadores”. Bajo el influjo de esta consideración aseguró que podría sostenerse como un axioma “que dondequiera que haya esclavitud, hay corrupción de maneras”.

     Reflexionó, en este orden de cosas, que la esclavitud, o quienes la padecían, mostraban actitudes reactivas del esclavo contra sus dueños. Así como que con su abolición la actitud perversa, tal como calificó esta relación, frente a sus dueños no desaparecerá de inmediato. Aunque se había establecido una legislación que prohibía la trata de esclavos “muchos tienen todavía la opinión de que ellos son necesarios para la prosperidad del país”.

     Anexó a estas consideraciones el que los dueños de esclavos mostraban poco interés por el modo de vida que ellos experimentaban, sólo en momentos cuando debían rendir cuentas administrativas o en actos ceremoniales, los amos mostraban cierta preocupación para demostrar el cumplimiento de las reglas establecidas por las instituciones administrativas. Consideró esta actitud como una expresión de deshonestidad. El esclavo podría dejar de serlo si pagaba a su amo una cantidad de dinero, así como que tenía la posibilidad de encontrar un nuevo dueño y “puede venderse por sí mismo”.

     Semple estampó algunas consideraciones inherentes al comercio del que observó estaba en manos de europeos, españoles y canarios. Observó, igualmente, que entre ellos existía un espíritu de unión y que manifestaban “un impenetrable dialecto provincial”. Expuso que el europeo que esperara contar con un alto número de compradores debía esperar la realización de las primeras transacciones para que otros interesados aparecieran. “Los naturales del país, lejos de considerar esta transacción de sus negocios hecha por extranjeros como un reproche a su indolencia, tornan el hecho en una fuente de orgullo nacional”. Le sorprendió escuchar de varios habitantes de la provincia quienes llenos de ufanía expresaban que no tenían necesidad de ir a Europa a adquirir bienes, pero que los europeos si requerían y necesitaban de los productos venezolanos. Según expuso escuchó frases como la siguiente: “Nuestra riqueza y abundantes productos los atraen hacia acá y los convierten en nuestros siervos”.

     Asentó que las costumbres en las ciudades y en el interior mostraban grandes diferencias, “o al menos pertenecen a diferentes períodos del progreso de la sociedad”. La situación que tomó como referencia para llegar a esta conclusión fue lo visualizado en los llanos venezolanos. Lo primero que llamó su atención fue que los dueños de hatos y haciendas de los Llanos no residieran sino en Caracas, mientras dejaban sus propiedades en manos de esclavos o “gentes de color”.

     En comparación con lo observado en Caracas, en los llanos del país observó una población muy distinta a la proveniente del europeo y de los nativos de la costa. Mientras en lugares como Caracas y La Guaira precisó usos cercanos a la herencia española, en los Llanos observó a gente temeraria y que vivían sin leyes, “casi en estado salvaje, errante por las llanuras”. Los habitantes de estas tierras, agregó, acostumbraban a asaltar a los viajeros y ya se estaban conformando bandas de asalto. Vio que eran grandes consumidores de carne, la cual obtenían fuera de la ley. Culpó a quienes estaban dedicados a aplicar la ley por su lenidad.

     Adjudicó la actitud lejana de la moral y las buenas costumbres a la “mezcla de razas” y un clima que inducía a la indolencia y una relajación total para pasar el tiempo. “La mayor delicia tanto para los hombres como para las mujeres es mecerse en sus hamacas y fumar tabaco”. Este aparte que tramó como “Vista general” lo concluyó expresando que los detalles acerca de las razas que poblaban Venezuela, así como otras de las antiguas colonias de España habían sido objeto de estudio por otros estudiosos. Lo que sí aclaró es que no era apropiado expresar que la mayoría de la población la engrosaban los españoles o sus descendientes directos sino la de los mestizos.

Caracas en automóvil

Caracas en automóvil

Paseo en automóvil por la Caracas de principios de siglo XX, a través de una deliciosa crónica escrita por el periodista Carlos Benito Figueredo (Serapio Padilla) y publicada en el diario caraqueño El Porvenir, el 29 de noviembre de 1905.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Paseo en automóvil por la Caracas de 1905

     “Soy aficionadísimo a todo lo que vuela, menos a los aparatos encallados para este objeto, los cuales han proporcionado más de una fractura, como ustedes saben mis lectores.

     Me encanta todo lo rápido por lo cual bendigo a diario el invento de la locomotora, que nos ha proporcionado el ferrocarril, y con él la ventaja de transportarnos rapidísimamente a cualquier parte, menos a El Valle de Caracas, aunque me dé pena decirlo.

     Conociendo mi buen amigo Antonio, el delirio que experimento por todo lo veloz, como es veloz el pensamiento de su tocayo Francisco Antonio Delpino y Lamas, invitóme para un paseo en automóvil, vehículo que, según la evolución de Razetti, desciende del pato, por el estentóreo cuá, cuá, cuá con que anuncia su presencia.

     Inmediatamente después de esta invitación me traslade a Caracas, y he me aquí ya sentado sobre un blando y cómodo cojín; a mi noble y buen amigo Antonio, volante en mano, dispuesto al movimiento y …. sale el bicho, como diría el Bachiller Munguía haciendo una revista taurina.

     Oiga compinche- le dije a mi amigo Antonio, ¿no hay peligro que se desboque este coroto?

     Que va don Serapio, que va; el automóvil cede más que un diputado bien pago y se detiene al tocar yo este manubrio.

     Pero compinche, haga por ir más despacio porque acabo de desayunarme y no voy hacer la digestión.

     Ni se preocupe usted, don Serapio; en cuanto lleguemos alguna farmacia se toma usted una copita de Elixir de Vargas y con esto digerirá hasta un adoquín que se haya comido.

     Compinche, pero que transformado encuentro el Puente de Hierro; le aseguro que no venía aquí desde aquel tiempo inmemorial en que era costumbre entre nosotros traer a las damas a comer el sabroso pan de horno caliente que nos ofreciera Nicanor.

     Ya lo creo, don Serapio; esto es una maravilla que alegrará su espíritu; ahora emprendemos la vía que nos conduce al Paraíso, en el cual abundaban antes las serpientes y hoy, en cambio, las flores lozanas que perfuman el ambiente.

     ! Olé por su mare compinche ¡¿usted cómo que es poeta?

     Yo poeta. Tan sólo he escrito en mi vida dos cuartetos que dediqué a Consuelo mi esposa, el día de su santo, y los cuales me han proporcionado tantos sinsabores que no quisiera ni acordarme de ellos. Pues mire, compinche, yo amo la literatura con ardor, y no me tache de majadero si le suplico que me recite esa composición mientras atravesamos la larga vía que nos conduce al Paraíso.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Emocionante paso por el Puente de Hierro

     Yo no puedo negarle nada hoy, don Serapio; lo he hecho mover de su tierruca, dejando tras de sí las delicias que pudiera haberle proporcionado su querido hogar. La composición a que me refiero dice así:

Hoy que es día de tu santo
y que cuentas primaveras,
quisiera amarte de veras
con cariño y amor santo.
De tu cariño hechicero
guardo un recuerdo precioso:
un mechón lindo y frondoso
de tu adorado cabello.

     No siga, compinche, pare, pare, que se me ha volado el cabello, …. digo el sombrero.

     Comprendido, compinche; creí que me decía que parara la recitación porque no le agradaban los versos.

     No lo crea, don Antonio; al mismo tiempo que usted decía: un mechón lindo y frondoso, lo cual compinche, no me cuela, lo mismo que aquello de que cuantas primaveras que tampoco me entra, vino un mechón de viento y me llevó el sombrero con que cubro mi adorado cabello: pero no fue nada el Stetson quedó en el mismo locomóvil.

     Perdone, don Serapio, no es locomóvil sino automóvil.

     Tiene razón, don Antonio, no olvidare el nombre en lo adelante.

     Y escuche usted, don Serapio, ¿cree usted que esos cuartetos merezcan la crítica que les hizo un periódico de esta capital?

     Le voy a ser franco, camará, no la merecen por ser dos nada más; pero el periodista gustó de esa composición y diría para sí: “la idea es bonita y nueva; puede que cambiando el autor eso del mechón frondoso y aquello de que cuentas primaveras merezca entonces un aplauso.”

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Las concurridas calles de El Paraíso

     Yo voy a darle un consejo compañero; cuando usted quiera que un periódico aplauda calurosamente alguna concepción suya, aun cuando haya sido concebida con mancha y con pecado, llévele junto con el original un avisito de cuatro o cinco pesos y espere al día siguiente grandes y prolongados aplausos.

     Y si uno no tiene nada que avisar, don Serapio.

     Siempre hay, don Antonio, siempre hay. Y si no encuentra usted a la mano cualquier cosa que avisar, confecciona un embuste cualquiera, por ejemplo: que se le ha perdido la suegra, ofrece una gratificación a quien dé informes sobre su paradero.

     Mire, don Serapio, si el informe que le dieran sobre mi suegra fuese: “que se desbarrancó por el puente del Guanábano,” por ejemplo, crea usted que sería capaz de darle al informante hasta 5.000 pesos. Esto, por supuesto, acá entre nosotros. Pero crea usted, amigo Serapio, que acepto el consejo y no lo echaré en saco roto.

     Pero, camará ya estamos en El Paraíso.

     Me parece bien apearnos del coroto este para poder apreciar mejor las maravillas del sitio y gozar un rato aspirando, como bien dijo usted, “el perfume de las flores lozanas que embalsaman el ambiente.”

     No me parece mal. Daremos un paseito por estos contornos admirando la primorosa decoración de estas famosas quintas y luego iremos a San Bernardino, donde vera usted rostros seductores y cuerpecitos que han hecho volver locos a más de cuatro.

     Convenido, compinche.

     Mire usted, camarón, éste es un delicioso lugar convertido hoy en un verdadero paraíso, destinado por los ricos para pasar en él temporadas de recreo. El arte y la naturaleza se han asociado para presentar al visitante la maravilla de sus magnificencias.

     ¡Ah! compinche, y si usted viera alguno de los rostros habitadores de este paraíso. Los hay más preciosos que las rosas sembradas en sus jardines y de tallos más seductores que las palmeras que engalanan este bosque.

     Pues mire, camarón, si hay tanto bueno por aquí, sáqueme in continenti de este sitio antes que esas flores abran su cáliz al despuntar el sol.

     Bueno, iremos a San Bernardino, pero le advierto que si usted, por ser casado, huye del contacto de las muchachas bonitas, encontrará en aquel lugar un centenar de bellezas, capaces de sacar de quicios a más de un mortal.

     No, camará, condúzcame a Caracas y dejemos el paseo a San Bernardino para el próximo domingo, pues me suscribo desde ahora para un paseo dominical, mientras no se descomponga el automedonte”.

El escudo de armas de la antigua Caracas

El escudo de armas de la antigua Caracas

     El escritor, historiador y periodista Arístides Rojas, publicó en la revista El Cojo Ilustrado, de abril de 1910, un denso trabajo sobre los orígenes del escudo de armas de Caracas, acompañado de imágenes que muestran la evolución histórica de uno de los más representativos símbolos de la ciudad.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Evolución histórica del escudo de armas de Caracas

     “En la procesión cívica que tuvo efecto en la mañana del 24 de julio de 1883, día del centésimo aniversario del natalicio de Bolívar, a la cbeza del gremio de sastres de la ciudad figuraba un guión de seda blanco con borlas de oro, que condujo el señor Pablo Velásquez. En este guión esta bellamente pintado al óleo, el antiguo sello o escudo de armas de Caracas; y el gremio de sastres, al ofrendar a Bolívar con tal obra, quiso sin duda, recordar con esto que aquel escudo había sido concedido por el monarca castellano Felipe II a Simón de Bolívar, el fundador en Venezuela de esta ilustre familia.

     Ningina ofrenda más meritoria, desde el punto de vista histórico, que aquella que recuerda el primer Bolívar que tanto contribuyó con sus talentos al desarrollo material y moral de la sociedad venezolana. Sábese que Bolívar, después de acompañar al gobernador Osorio en 1587, a la fundación del actual puerto de La Guaira, fue enviado a la colonia venezolana con el carácter de procurador cerca del monarca español, pudendo recabar de éste varias reales cédulas que fueron de mucho provecho al comercio y engrandecimiento de Caracas.

     Entre los granes beneficios conseguidos por Bolívar, uno de los principales fue el de que a La Guaira llegaran de España dos navíos anuales de menor porte, con flota o sin ella, para aprovechamiento de los vecinos; y además, un navío de registro ajuial, por cuenta particular de los habitantes de la capital. Así, la costa de Caracas, al crear su puerto, comenzaba directamente su comercio con los de la madre patria, prescindía del de Borburata.

     Muchas fueron las reales cédulas traídas a Caracas por el procurador Bolívar, figurando como principales, además de las mencionadas, las siguientes: por la de 4 de setiembre de 1591, Felipe II concede a Caracas un sello de armas; por la de 22 de junio de 1592, la creación de un seminario; y por la del 14 de setiembre del mismo año, un preceptorado de gramática castellana. Estas primeras concesiones del monarca de España, en pro de Caracas, pueblo pobre y reducido que apenas contaba veinte años de haber sido fundado, y sobre todo, las que se conexionaban con el adelanto intelectual de los pobladores, como la creación de un seminario y en defecto de éste, un preceptorado de gramática castellana, están de acuerdo con las concesiones que, desde un princpio, hiciera la corte de España a las diversas capitales de América.

     Dignos son de recordarse los sellos de armas concedidos por los monarcas de España a las principales ciudades fundadas por los conquistadores castellanos antes de surgir Caracas.

     La España tuvo desde 1507 un escudo de color encarnado atravesado por una banda blanca, dos cabezas de dragones de oro en campo rojo, como lo tenía en sui guión real, y por orla castillos y leones.

     La ciudad de Santo Domingo tuvo por armas un escudo partido horizontalmente: en la parte superior una llave y en la inferior la cruz de Santo Domingo. El escudo está sostenido por dos leones rampantes y arriba brilla una corona imperial. Casi todas las ciudades de la Española tuvieron sellos de armas.

     Santa María de Darién, esta primera ciudad del continente en 1509, de tan corta duración, tuvo por sello de armas un castillo de oro en campo rojo, y encima un sol del mismo metal. A los lados figuraban un león rampante y un cocodrilo. Por divisa se leía Nuestra Señora de la Antigua.

     El de Panamá, en 1521, consiste en un escudo partIdo en pal y en campo de oro; en la mitad de la derecha figuran un yugo y un manojo de flechas pardillo con los casquillos azules y las plumas plateadas, que era la divisa de los reyes católicos; y en la otra mitad de la izquierda dos carabelas, una encima de otra, como señal de que por allí se había de hacer el descubrimiento de la especería, y encima de ellas una estrella que denotaba el polo ártico, y en la orla del escudo castillos y leones.

     En el de Méjico, concedido en 1523, figura un castillo de tres torres, y sobre un nopal hermosa águila que lleva una cuebra en el pico. Al pie de aquél corren las aguas, y a los lados, fuera del escudo, dos leones, y una corona imperial por remate. Este sello simboliza la antigua ciudad de las aguas, fundada en el sitio donde apareció sobre un nopal un águila de piedra, de que habla la tradición azteca.

     El ayuntamiento de Méjico tuvo por sello de armas desde 1523, un escudo azul de color de agua, en señal de la laguna, un castillo dorado en medio y tres puentes de piedra que se dirigen a éste. Los de los lados sin llegar, y en cada uno un león con los pies en el puente y las garras en el castillo. Dentro de la sla se ven diez pencas verdes de nopal, y por remate de todo una corona. En 1533 fue concedido a Cartagena el escudo que tiene: una cruz verde en campo de oro y a los lados dos leónes rampantes.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Escudo actual de la ciudad de Caracas

     En el de Lima, concedido en 1537, figuran tres coronas de oro en campo azul y encima una estrella con orla del mismo metal, acompañada de este lema: Hoc signum vere regum est, y por tenantes dos águilas coronadas, que tienen sobre las cabezas una J y una K, iniciales de Juana y Carlos. Llamóse a Lima ciudad de los reyes por el día en que fue fundada, y de aquí las coronas de oro.

     El sello de armas de Quito, concedido en 1541, consiste en un castillo sobre dos montes, una cruz encima y dos águilas que extienden sobre ésta dos de sus garras.

     El sello de armas concedido por Felipe II a la ciudad de Caracas consiste en un león pardo rampante, en campo de plata, que tiene entre sus brazos una venera de oro con la cruz de Santiago, y por timbre una corona con cinco puntas de oro: todo exornado con trofeos de guerra [1]. Desde esta época Caracas llamóse muy noble y muy leal ciudad, y tuvo el tratamiento de Señoría, y goce de los privilegios y preeminencias de grande, como cabeza y metrópoli de la provincia de  Venezuela, según lo confrman todas la ordenanzas municipales de la época colonial  [2]. El origen de la venera en el escudo de armas de los pueblos que llevaron el nombre de Santiago, no es sino un recuerdo de la batalla de Clavijo en 808, donde por la primera vez, según la tradición, se presentó el apóstol a los Españoles, en medio de la batalla. 

     Al visitar el campo después de la victoria, vióse que por todas partes estaba lleno de veneras fósiles: de aquí esta concha en la Orden de Santiago, instituída desde aquellos tiempos. 

     [1] Más tarde, por real cédula de Carlos III, de 13 de marzo de 1766, este monarca concede al escudo de armas de Caracas, llevar una orla con la siguiente inscripción: Ave María Santisima, sin pecado concebida en el primer instante de su ser natural.

     [2] Antiguamente se marcaba con el sello de armas de Caracas, cuanto se ponía en venta; operación que era vigilada por el empleado del Cabildo conocido con el nombre de Fiel ejecutor.

     La venera y el león rampante fueron igualmente concedidos a otras ciudades de América. La ciudad de Santiago de los Caballeros, en la Española, tuvo por sello de armas un escudo colorado con veneras blancas; sobre el escudo había una orla blanca y en ésta siete veneras coloradas.

     Santiago de Chile tuvo su escudo en campo blanco, y en medio, un león rampante con una espada en la mano, y por orla ocho veneras de oro. Así figuraba casi siempre la venera, en los pueblos que llevan el nombre del apóstol Santiago.

     En el escudo de armas de la ciudad de Santiago de León de Caracas, que fue fundada el día de Santiago, 25 de julio de 1567, debía figurar también la cruz roja de la orden, lo que da al conjunto mucho realce. Este bello escudo de armas figuró en los pendones, estandartes, banderas, escudos, sellos, casas, reposterías y en los principales sitios y lugares de Caracas, así como en las impresiones oficiales y documentos municipales; más hoy solo existe, que sepamos, como un recuerdo que nos ha dejado el tiempo sobre la antigua fuente pública de la calle Oeste 2, entre las esquinas de Muñoz y Solis.

     En las felicitaciones dirigidas al historiador de Venezuela don José Oviedo y Baños, cuando éste publicó la primera parte de su obra, en 1723, aparecen unos versos del Lcdo. Don Alonso Escobar, presbítero, canónigo de la Catedral de Caracas, en los cuales leemos los siguientes conceptos dirigidos al sello de armas de la capital:

Corona de León, de cuyos rizos

Altivas crenchas visten el copete.

Gallarda novedad, que tu nobleza

Generosa guardó para tus sienes

Ilustre concha que en purpúreas líneas

Del Múrice dibujas los relieves

En cruzados diseños, que te exaltan

Cuando en fuertes escudos te ennoblecen

     Además de este sello de armas de la ciudad de Caracas, se conocía, en primer término, el de España, por lo general, esculpido en piedra, el cual figuraba en las principales oficinas, como la del Gobernador, la Audiencia, el Ayuntamiento, etc., etc. Al sello real seguían los sellos particulares de los titulados caballeros de Santiago y de Alcántara, etc., de los cuales se conserva uno que otro [1].

     ¿Cómo es posible, nos hemos preguntado muchas veces, que Caracas abandone el más bello recuerdo de sus primitivos días, el sello de armas que brilló en su cuna y la acompañó en los años de su adolescencia, en todos sus reveses y triunfos, cuando sus primogénitos tanto hicieron para fundarla y conservarla?

     Este sello debía guardarse con veneración, no solo porque fue timbre de la primitiva ciudad, sino por haberlo conseguido el primer Bolívar, quien en unión de Osorio Villegas contribuyó al progreso y desarrollo de Caracas. En los dos extremos de nuestra cadena histórica, al lado del sello de Colombia, y después del de Venezuela, debe figurar el sello de la primitiva Caracas, porque son inseparables el Bolívar de la Independencia, del Bolívar de la Colonia; y el sello de armas es timbre de la familia caraqueña, porque sintetiza la historia de su desarrollo, de sus conquistas, de sus aspiraciones, durante un espacio de tres siglos. Cuando se visita cada una de las capitales de la Edad Media, se remonta el pensamiento a la noche de los tiempos, al ver cómo estas conservan con veneración su sello de armas. Son ellos como libros de piedra con figuras esculpidas que hacen desfilar por los campos de la memoria todas las generaciones que se han hundido en el sepulcro: el sello de armas de Caracas, concedido a esta capital por Felipe II, nos recordará siempre a los primeros moradores que plantaron el trigo en el valle del Guaire, a los primeros templos, a los primeros triunfos en el orden político, y al primer Bolívar que contribuyó con sus luces a la fundación de la colonia y al engrandecimiento de aquella república compuesta de hombres trabajadores y probos”.

 

[1] En el pato del edificio de la Exposición, se conserva un hemoso sello de armas, el de Carlos V, el cual figuró en el Ayuntamiento de la Nueva Cádiz, capital de Cubagua desde 1527 hasta pocos años después en que fe destruida por completo esta primera colonia castellana  ̶ ̶ También reproducimos este escudo en el presente número.  ̶ ̶  

Fundadores del deporte hípico en Caracas

Fundadores del deporte hípico en Caracas

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Gustavo J. Sanabria fue el de la idea de construir el Hipódromo de Sabana Grande, en la Caracas de 1896. Más tarde, en 1908, impulsó la realización del Hipódromo El Paraíso.

     “Para hablar de los hipódromos de Caracas, comencemos por recordar a don Gustavo Sanabria, el entusiasta y decidido precursor de su formación en la Sultana del Ávila.

      El primer hipódromo de Venezuela, propiamente dicho, se estableció en el año 1896 en los terrenos que hoy ocupa Las Delicias de Sabana Grande. La idea de construirlo fue de iniciativa privada de varios entusiastas del turf que presidió don Gustavo J. Sanabria. Él prestó el mayor apoyo moral y material al proyecto y en su empresa se vio acompañado de Francisco Sucre, John Boulton, Charles Rohl, Harry Ganteaume, F. L. Pantin, Eduardo Montaubán, Octavio y Alejandro Escobar Vargas, Felipe Toledo, doctor Elías Rodríguez, Manuel Lander Gallegos, doctor Luis Landaeta y el pintor Arturo Michelena. Muchos nombres, sin quererlo, se escapan a nuestra memoria. Pero fueron los pioneros de un deporte que hoy no debemos llamar de los reyes, sino de todos los estratos sociales que han contribuido para que nuestra hípica alcanzase la jerarquía que para ella soñaron sus precursores en el final del medio siglo pasado. Para aquella época era presidente de la República el general Joaquín Crespo. Como buen llanero, tenía pasión por los caballos y prestó su resuelto apoyo para la nueva empresa. De sus hatos en el llano trajo los mejores caballos para actuar en carreras.

     Luego se importaron los primeros purasangres que tuvimos. Entre ellos recordamos a Fascalli, Dickund, la recordada yegua Calixta,y el caballo Monroe, el primero que produjo caballos de carrera criollos y de cuyos descendientes no recordamos sino a la gran yegua Simpatía. Entonces corrían caballos criollos, Vencedor, del general Crespo; Sangría, Párate Bueno y el famoso Borinquen, ganador de treintidós [sic] carreras consecutivas y que siempre fue conducido por el gentleman ridder Harry Cadenas.

      Conviene, a propósito, recordar una anécdota de entonces. El jinete oficial del general Crespo, un señor de apellido Noble, de nacionalidad norteamericana, enfermó violentamente. Una hora antes del match que sostendrían Rompelínea y Vencedor, del general Crespo el último, éste se quejaba de no tener un jinete de confianza que montase a su caballo. Un señor de apellido González, de la mayor confianza de Crespo y por lo tanto jefe de sus edecanes, y que pesaba 70 kilos y usaba una larga barba al estilo de la época, se ofreció para hacerlo. El general Crespo aceptó la gentileza de su amigo. Pero el jinete advirtió que, como llanero, lo haría en silla de montar y no en silla de carrera. Tal circunstancia hacía que el caballo corriera con 78 kilos. Con todo y ello, Vencedor derrotó a Rompelínea ante el asombro de la “muchedumbre” que poblaba el hipódromo de Sabana Grande.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
El presidente de la República, Joaquín Crespo, como buen llanero, tenía pasión por los caballos y prestó su resuelto apoyo para construcción del Hipódromo de Sabana Grande. De sus hatos en el llano trajo los mejores caballos para actuar en carreras

     Don Gustavo Sanabria era, para el año de 1907, Gobernador Civil y Militar del Distrito Federal. Para celebrar el establecimiento o inauguración del servicio de tranvías eléctricos, se propuso trasladar a El Paraíso el hipódromo de Sabana Grande. El presidente de la República era entonces el general Cipriano Castro, y se mostraba en desacuerdo con tal medida por cuanto temía que ella afectara mucho a las rentas municipales. Don Gustavo Sanabria lo convenció y le dijo que el hipódromo era una propiedad privada, que por lo tanto no afectaría a las rentas, y logró así su propósito. Convencido Castro, se procedió a trasladar las tribunas, que habían sido importadas de Inglaterra y son las mismas que luego se instalaron en el Hipódromo Nacional. Todos los gastos de instalación fueron costeados por don Gustavo Sanabria. Es él, pues, el fundador del Hipódromo Nacional de El Paraíso. 

     Siendo todavía don Gustavo Sanabria gobernador de Caracas y funcionando ya el Hipódromo Nacional, trajo desde Maracay a los mejores caballos que entonces corrían. Eran de su propiedad y descendían todos de los primeros caballos ingleses que se importaron a Venezuela. Un domingo, estando enfermo en su casa de la esquina de El Principal, se enteró don Gustavo que sus caballos habían ganado fácilmente las primeras carreras. Sabiendo que en las restantes tenía inscritos a los mejores caballos, rogó que se los retirasen. No quería ganarlas todas y evitar así las murmuraciones naturales por cuanto eran caballos del Gobernador Civil y Militar. Pero el público no se percataba de que esos caballos eran los mejores porque no eran criollos sino descendientes de grandes purasangres ingleses, los únicos que había en el país. No fueron retirados los caballos. Y cuando como se esperaba, ganaron cómodamente, los Comisarios fueron sacados a pedradas de su sitio. Y entonces sí que había piedras en el hipódromo. En la pista, sobre todo. Los Comisarios eran entonces autoridades máximas y eran handicappers. Pero con todo y eso, los sacaron a pedradas. La deplorable situación económica del hipódromo de entonces llegó hasta hacer imposible el pago de los mínimos premios que se asignaban en las carreras.

José Gil Fortoul (1861-1943) fue uno de los más importantes historiados de la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX
Las tribunas del Hipódromo de Sabana Grande, que fueron importadas de Inglaterra en 1896, fueron trasladadas e instaladas en el Hipódromo de El Paraíso, en 1908

     Siendo de don Gustavo Sanabria la mayoría de los caballos ganadores y como no había con qué pagarle los premios, sus amigos y socios de la empresa le propusieron que tomara los terrenos del hipódromo en pago de la deuda. Don Gustavo siempre rechazó tal proposición.

     Los miembros de la junta directiva eran ad-honorem, igual que los Comisarios y demás personal técnico de las carreras. Entre los años de 1912 y 1920 figuraron como Comisarios los señores Francisco J. Sucre, Octavio Escobar, doctor Elías Rodríguez, Felipe S. Toledo, Andrés Mata, F. L, Pantin, Edgard Ganteaume, M. A. Matos Ibarra, doctor Juan Iturbe, Bernardo Guzmán Blanco, Eduardo Eraso, Andrés Ibarra y el coronel chileno Samuel McGill.

     Entre los años 1924 y 1926, figuraron el doctor J. P. Larralde, Oswaldo Stelling, Antonio Ramella y Antonio Reyes. Para 1927 lo fueron el doctor José Vicente Camacho, Oswaldo Stelling y Ramón Rotundo Mendoza. 

     Y, hasta 1930, fueron Comisarios, don Carlos Márquez Mármol, Oswaldo Stelling y Juan Santos González. Lo demás es ampliamente conocido. Interesa destacar que don Gustavo J. Sanabria es el fundador del hipismo en Venezuela. Es curioso que no exista, para un hombre de tantos méritos en nuestra hípica, un gran clásico que mantenga latente su valor dentro del turf nacional. Es propicia la ocasión en que “Última Hora Hípica” me ha pedido una semblanza sobre él, con ocasión de homenajear en su sexto aniversario l turf venezolano de todos los tiempos, proponer que se establezca un gran clásico que lleve por nombre el de don Gustavo J. Sanabria, fundador del hipismo venezolano”.

 

FUENTES CONSULTADAS

  • Márquez Mármol. Carlos. El Hipismo en Venezuela. En: Crónica de Caracas. Caracas, abril-junio, 1957
  • Última Hora Hípica. Caracas, 1956
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