Características de la población caraqueña

Características de la población caraqueña

En la Caracas de comienzos del siglo XIX, se perdían cosechas de tabaco por la falta de mano de obra.

En la Caracas de comienzos del siglo XIX, se perdían cosechas de tabaco por la falta de mano de obra.

     Sir John Hawkshaw (1811-1891) estuvo en Venezuela entre 1832 y 1834, con el cargo para trabajar en las conocidas minas de cobre que habían pertenecido al Libertador, Simón Bolívar, contratado por la Asociación Minera de Aroa. De su experiencia en Venezuela redactó un texto titulado Reminiscencias de Sudamérica. Dos años y medio de residencia en Venezuela el cual fue publicado en Londres durante 1838 por la imprenta Jackson y Walford. Su breve estadía le permitió visitar algunos lugares de Venezuela en un momento crucial. Llegó a este territorio en pleno desarrollo de la edificación republicana. En esta ocasión haré referencia a sus consideraciones sobre la población del país. Si bien ellas tienen que ver con Caracas no dejó de considerar lo que observó en otros lugares del país.

En lo atinente al número de pobladores de esta comarca señaló que era imposible ofrecer una cifra precisa. Sin embargo, añadió que los habitantes del territorio eran menos de los que había antes de la Revolución de Independencia. Contó haber presenciado la pérdida de cosechas de tabaco por la falta de mano de obra. 

     En las minas era menor el impacto respecto a la carencia de trabajadores porque en ellas los salarios eran más atractivos. Escribió que desde el gobierno nacional se estaban realizando esfuerzos para superar esta situación. Contó que la administración gubernamental había realizado algunas reformas legales para permitir el ingreso de inmigrantes de cultos diferentes al católico.

     Observó que la población “consiste en blancos, que pueden dividirse en dos clases: los que han nacido en Europa y los nacidos en el país; indios, o aborígenes, que, en su forma pura, constituyen una muy pequeña parte de la comunidad; y negros, algunos de los cuales fueron importados por los españoles, y algunos que habían venido de la isla de San Domingo, y escapados de las otras islas vecinas”. No obstante, la mayor proporción de los ocupantes del territorio venezolano eran de “raza mezclada de negro, indio y español”. Escribió que de éstos había una gama de matices “desde el bronce oscuro del zambo, hasta los más claros tonos del mulato y el mestizo”. A su vez, expresó que de estos grupos estaban surgiendo nuevas mezclas “de piel más clara que los aborígenes, de más fuerte contextura, y de mayor actividad mental”.

     De acuerdo con sus observaciones más de la mitad de la población tenía estas características, muy distinta a la “raza pálida amarillenta”. “Raza” que, de acuerdo con sus términos, podría ser la futura de Sudamérica. “Mucho dependerá del número y el origen de los inmigrantes que lleguen a estas playas. Si una gran proporción de éstos fueran blancos, sus razas de color se harían más claras; pero por ahora parecería que estos países no atraen mucho al hombre blanco”. En este sentido, reflexionó acerca del descendiente de africano y sus potencialidades mentales e intelectuales. Dijo al respecto que al cabo de tres años tuvo la oportunidad de estudiar el carácter de “los hombres de color y sus matices, desde el más leve tinte hasta el más oscuro ébano, y sólo pude llegar a la conclusión de que el despreciado africano era tan capaz de elevarse, por medio de la cultura mental, a la cátedra del Profesor”.

     Dicho esto escribió que en Venezuela los más altos cargos estaban dispuestos para “hombres de color”. De esta manera, puso a la vista del lector el caso de José Antonio Páez como uno de sus ejemplos. “En este país, por tanto, el negro no sufre por los prejuicios; y si es libre, toma inmediatamente su sitio tan alto en la escala social como su capacidad e inteligencia se lo permitan”. A esta aseveración agregó otra que no deja de ser atrevida para los tiempos que experimentamos. Así como el negro, según sus propias palabras, “tiene mayor fuerza física, también me pareció que tenía mayor vigor mental que el indio”. No se mostró exagerado ni fuera de tono al hacer estas consideraciones. Agregó que uno de los grandes inconvenientes con los que se tropezaban los negros era el de haber sido sometidos a siglos de esclavitud. Atribuyó a esta circunstancia las debilidades del desarrollo intelectual que mostraban respecto a otros grupos étnicos.

 

Los caraqueños son pocos dados a reunirse en sus propias casas y prefieren encuentros en el teatro, el salón de bailes, el salón de billares o en las corridas de toros.

Los caraqueños son pocos dados a reunirse en sus propias casas y prefieren encuentros en el teatro, el salón de bailes, el salón de billares o en las corridas de toros.

     Hawkshaw gustaba de las generalizaciones. Así como escribía acerca de los sudamericanos lo equivalía con los venezolanos y los caraqueños. De éstos expresó que sus “maneras” guardaban cierto grado de similitud con la de los españoles, “teñidos como están, más o menos, del tipo de orgullo que se llama castellano; hasta los peones están imbuidos de eso”. Sumó que al orgullo heredado de los españoles se había agregado el que surgió en conjunto con la edificación republicana. Según él, los oriundos del país mostraban cortesía en el trato, “hasta los más pobres obreros, y en su porte y andar son más naturales y elegantes que mis propios paisanos”.

     Por lo que experimentó, eran pocos dados a reunirse en sus propias casas y preferían encuentros en el teatro, el salón de bailes, el salón de billares o en las corridas de toros. De los sectores más adinerados dijo que eran poco ostentosos en sus casas y en su forma de llevar la vida, las que vio como sobrias y frugales. “Ni la ciencia ni la literatura tienen muchos cultivadores, ya que hay demasiada indolencia en las costumbres de la comunidad para entusiasmarse por el estudio o por cualquier cosa que exija una atenta aplicación mental”.

     De los extranjeros observó que los nacionales mostraban celos hacia ellos de forma considerable. Atribuyó esta actitud a que los extranjeros, o la mayoría de ellos, controlaban los grandes comercios y eran los más adinerados. La razón de que comerciantes ingleses, alemanes y estadounidenses se ligaran entre sí se debía a los recelos que los venezolanos les mostraban. “Aparte de la falta de cordialidad con otras naciones, los venezolanos no han aprendido aún a disfrutar de las reuniones sociales, y no han adquirido la facultad… de apreciar una buena comida”.

     De las mujeres vio que eran muy caseras y que poco salían de sus casas, “y en cuanto se refiere al cultivo de sus mentes, muy abandonadas”. La mayoría de ellas sabían ejecutar el arpa española y algunas tocaban el piano, “y como los pinzones reales, a quienes se alimenta y se les enseña a cantar, se les considera suficientemente logradas para el tipo de jaulas que ocupan”. Además agrego que bailaban, al igual que todos los venezolanos, con donaire, pero para él eran cosas superficiales porque “en todas las demás virtudes más substanciales son lamentablemente deficientes”. Anotó que las mujeres de estos lares caminaban mejor que las inglesas, “pero esto proviene, en alto grado, de que tienen menos afanes: nunca tienen prisa, y este es un país de poco ajetreo. Nunca se ven personas apresuradas, andando como si en ello les fuera la vida: en efecto no hay ocasión para ello. Su porte, por tanto, es el que pueden adquirir personas que caminan por caminar, no con el propósito de llegar a algún sitio a una hora precisa”.

     En cuanto a la indumentaria anotó que no había exhibición de trajes y que era usual observar el uso de peinetas de carey, “de las más costosas, talladas y trabajadas con primor”, largos velos de color negro, que cubrían la cabeza y casi todo el cuerpo, el uso de “zapatos de satén, y medias que revelan mucha labor”. Los hombres a caballo utilizaban espuelas labradas con plata, “y no es raro ver una espuela de plata colocada en un pie descalzo”. Observó a mujeres de “clase baja” que colgaban en su cuello cuerdas que pendían tres o cuatros pequeñas monedas de oro. De igual manera, constató que prestaban mucho cuidado al cabello y, por lo general, lo trenzaban de diversas formas, “y que es tan largo, que cuando se suelta llega casi al suelo”.

Según John Hawkshaw, las mujeres caraqueñas que eran muy caseras y salían poco de sus casas, “y en cuanto se refiere al cultivo de sus mentes, muy abandonadas”.

Según John Hawkshaw, las mujeres caraqueñas que eran muy caseras y salían poco de sus casas, “y en cuanto se refiere al cultivo de sus mentes, muy abandonadas”.

     Por las calles que recorrió confesó no haber presenciado hombres en estado de embriaguez. Pero si actividades lúdicas, por ello escribió: “lo que yo consideraría el pecado nacional es el juego”. Según observó, era esta una propensión generalizada en todos los sectores sociales. Dijo haber presenciado cómo trabajadores perdían lo ganado en tres meses de trabajo en una partida de dados, sin que mostraran pena por ello. Al día siguiente volvían a la faena, recibían nueva paga y retornaban al juego que practicaban sin cesar.

     Si en los sectores de mayores posibilidades económicas los bailes eran poco frecuentes, no sucedía igual con los grupos de escasos recursos económicos que montaban bailes denominados fandango. El vicio del cigarrillo estaba muy extendido, “hasta las mujeres de las clases bajas lo hacen”. Por otro lado, le sorprendió que los habitantes del territorio se recuperaran de dolencias físicas con extrema rapidez y que mostraran crueldad entre ellos mismos y al sacrificar animales para ser consumidos como alimento. “A veces nuestros sirvientes eran sorprendidos cortando las patas de las gallinas mientras estaban vivas, o comenzaban a desplumarlas antes de estar muertas”. Llegó a escribir que esta manera cruel la practicaban “por puro deporte”.

     De los peones observó que llevaban navajas, las que utilizaban en las peleas entre ellos pero sin llegar a provocar la muerte del contrario. Delineó haber presenciado la decadencia del catolicismo, aunque en el calendario nacional había gran cantidad de fiestas. Según percibió “la religión hace tiempo ha desaparecido”. Sin embargo, lo que precisó como un mal hábito que se mantuvo eran “aquellas partes del ceremonial que tenían afinidad con su indolencia, o que ahogaban sus conciencias, eran mantenidas por muchos”.

Respecto a los matrimonios, bendecidos sacramente, eran escasos, en especial fuera de Caracas por falta de curas, según estampó Hawkshaw. 

     “Pero la causa es también, en alto grado, por lo que los curas cobran por realizar el rito, junto con la baja estima en que la ceremonia del matrimonio se tiene, y la gran inmoralidad que prevalece”.

     Con cierta sorpresa escribió no haber visto personas con “deformidades”. Para dar vigor a esta aseveración citó a Humboldt quien había dicho que las personas de “raza más oscura estaban libres de deformidades”. Aunque se mostró en desacuerdo porque en “épocas más rudas las razas más blancas de la humanidad estarían igualmente libres de deformidades”.

     Agregó que era de gran utilidad reseñar el trato que daban a los niños. Su descripción va como sigue: en primer lugar, escribió, no les colocaban fajas, ni los “fastidiaban” con ropaje de ninguna clase “por los primeros dos o tres años”. A los pequeños se les colocaba en el piso, o en esteras, con lo que se podían mover a placer. Así se les mantenía hasta que pudieran moverse por sí solos y mantenerse de pie. La forma de llevarlos cargados llamó su atención porque se les permitía estar erguidos a diferencia de los ingleses que llevaban los niños “encogidos”.

     Anotó haber presenciado personas que tenían loros que no estaban encerrados en jaulas. En las cercanías del mar presenció niños que se sumergían en la aguas del mar, propio de los climas cálidos, y se convertían en grandes nadadores.

     Finalmente, escribió que su percepción de la moral del pueblo, en general era poco favorable. “Son crueles y licenciosos, aunque esto deja de sorprender cuando consideramos cuán poco se ha hecho por ellos. Han tenido una religión consistente solamente en ritos supersticiosos, administrados por curas sensuales, y sus mentes han sido dejadas casi tan sin cultivar como las selvas de su vasto país. Pocos saben leer; aun menos, escribir: y se les ha dejado, por parte de aquellos que debían haber sido sus maestros, seguir los dictados de sus malas pasiones, ayudados por malos ejemplos”.

     La situación de los iletrados estaba tan presente que muchos de los jueces de paz no sabían leer ni escribir. Aunque contaban con “buenas leyes, imitadas de los estadounidenses” su aplicación no era efectiva.

Preludios de La Asonada

Preludios de La Asonada

Los días previos a la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez fueron de gran agitación social. Los estudiantes jugaron un papel importante en la lucha por la democracia. Los partidos políticos y sus dirigentes estuvieron a la altura del compromiso. Los militares supieron desempeñar el papel que les corresponde como garantes de los intereses del pueblo.

El primer paso hacia la meta de liberación lo dio la juventud estudiantil

El primer paso hacia la meta de liberación lo dio la juventud estudiantil.

     El anuncio de la sustitución de las elecciones ordinarias por un plebiscito (hecho ante el Congreso por el Gobierno en agosto de 1957) sembró el descontento en los sectores de opinión venezolanos agrupados en partidos y actuantes en la clandestinidad, que vieron en ello un claro propósito de burlar la voluntad popular y escamotearle el ejercicio de la soberanía, para prolongar durante cinco años más un mandato que, en su concepto, tuvo origen viciado.

     Precisa ser justos, colocarse en posición de imparcialidad, para historiar el acontecer venezolano. Nuestro pueblo tiene una psicología extraordinariamente anárquica, que no se ajusta a los moldes clásicos de la idiosincrasia. 

     Los venezolanos sorprendemos siempre con gestos y actitudes inesperadas. Podemos decir, sin exagerar, que nosotros trillamos las rutas de la vida cargados con un inagotable bagaje de imponderables. ¡Es la pesada herencia de una pluralizada mezcla de sangres, es la consecuencia de un atavismo híbrido. . .!

     En 1957 nuestro pueblo era una contradicción viviente. Estaba satisfecho porque tenía trabajo, disfrutaba de ciertas comodidades, no lo punzaban los aguijones de la miseria. El clima de seguridad impuesto a la fuerza atraía al inversionista extranjero y comenzaban a surgir industrias y se anunciaba una serie de proyectos para el establecimiento de otras. Todo eso en medio de altos precios del petróleo, lo que le permitía a la dictadura gozar de ingentes ingresos económicos.

     Pero, al lado de esa satisfacción material, florecía el descontento y regaba inquietudes. El pueblo sentía nostalgia de su libertad, condicionada a la voluntad del gobernante. Echaba él en falta su alimento espiritual máximo: la crítica, el derecho a censurar sin temor, sin pensar con el corazón encogido en si habría a su vera algún esbirro anotando las palabras que podrían proporcionarle luego vacaciones ingratas en Guasina o en Ciudad Bolívar, tras un fecundo paso por los sótanos de la Seguridad Nacional. Lamentaba él la ausencia de un manjar matutino: el periódico sin mordaza, decidor y zahiriente, buscador de fallas y señalador de abusos.

     En este terreno abonado trabajaban los agricultores de la política, talando y quemando escrúpulos, regando la simiente de la rebeldía.  Y la germinación se estaba cumpliendo excelente, promisora, augurante de una cosecha espléndida. Solo faltaba un aguacero que vigorizara la tierra y apresurara el cuajo de la cosecha. Y esa lluvia llegó en forma de plebiscito.

El amanecer del nuevo año, el primero de enero de 1958, estalló una insurrección militar

El amanecer del nuevo año, el primero de enero de 1958, estalló una insurrección militar.

Etapa inicial de las acciones

     El primer paso hacia la meta de liberación lo dio la juventud estudiantil. En la Universidad Central de Venezuela (UCV) se dio el grito de rebeldía coreado por muchos otros gritos. La conciencia nacional despertaba en su célula más vigorosa. Y adivino el gesto gratificante: la huelga. El Alma Máter entró en receso. Las cátedras supieron de la ausencia de profesores y alumnos. La voz aleccionadora, la que a diario vertía el conocimiento en las mentes, fue sustituida por la que proclamaba consignas revolucionarias y repetía con palabras criollas, con inflexiones criollas, con criollos propósitos, el tradicional e incendiario llamamiento al combate de pueblo contra gobierno, de gentes inermes contra gentes armadas, del palo y la cabilla contra el fusil, la ametralladora y la granada.

     La voz rebelde salió a la calle y encontró ecos en los liceos y la parvulada retó al gobierno, ofreció el pecho a las balas, convirtió los pupitres en trincheras y en baluartes las aulas. Y de los recintos de la docencia, la llama se extendió. 

     Un grupo de intelectuales aventó el temor y firmó un Manifiesto reivindicador de la libertad, de la justicia, de la soberanía popular burlada, del derecho, de la dignidad vejada. Y sus palabras tuvieron resonancia y enardecieron al obrero, que cerró filas y esperó impaciente la llegada de la hora cero.

     Una entidad misteriosa, envuelta en impenetrable manto de clandestinidad, comenzó a echarle leña a la hoguera y a extender el incendio: la Junta Patriótica, que le hablaba al Pueblo en nombre del mismo Pueblo y llenaba las calles metropolitanas con volantes inmpresos de literatira subversiva. El clima impulsaba el termómetro hacia cifras cada día más altas.

Interludio militar 

     El amanecer del nuevo año, el primero de enero de 1958, vio rota la virginidad del cielo caraqueño por pájaros de acero que lo surcaban raudos, atronando con sus motores a reacción y con el crepitar de las ametralladoras. Explosiones de bombas se dejaron oír por los lados de la urbanización El Conde y encontraron ecos en el presurosos disparar de las defensas antiaéreas.

     El pueblo se encrespó y sintió en los pies la comezón que impulsa a marchar hacia el punto neurálgico, hacia la posición clave. ¡Había estallado la insurrección militar! Y las noticias comenzaron a correr de boca en boca y a crecer y agigantarse como bolas de nieve en su avance irruptor por las calles, plazas y hogares. ¡Maracay, la plaza militar más fuerte de la República, se había sublevado! Columnas cerradas de infantería y tanques avanzaban hacia Caracas. . . ¡Los Teques en poder de los rebeldes. . .! Y se citaban nombres: Los tenientes coroneles Martín Parada y Hugo Trejo eran los jefes. Y Castro León, el militar que nació conspirando y morirá conspirando, pero sin rematar jamás las acciones, secundaba el movimiento. ¡Y nombres y más nombres se iban engarzando en lista de Oficiales grata al oído. . .!

     Más, la acción defensiva del régimen, dio frutos raudos. Inopinadamente, la Radio Maracay, tribuna de los insurrectos, comenzó a hablar en el lenguaje seco y amenazante del gobierno.

     Se pedía la rendición incondicional de los últimos focos de resistencia en aquella plaza. Y luego la voz del jefe vencido, intimando a sus compañeros atrincherados en Los Teques para que depusieran las arma. Y en lomos de las ondas hertzianas, a través de los micrófonos de la Radio Nacional, cabalgaba la voz del jefe del Estado, advirtiendo que serían aniquilados quienes persistieran en la “descabellada intentona”.

     Los tanques que venían desde la capital mirandina hacia Caracas, dieron media vuelta e iniciaron el retorno en fuga. Los “héroes” leales hacían llegar partes triunfales al Comando de Caracas. El entonces jefe de Relaciones Públicas del MOP, anunciaba que había minado la autopista, en el sector cercano a Pipe, y acumulado en ella la maquinaria pesada de la construcción, para frenar el avance de los “traidores”.  La gesta estaba perdida. El sacrificio había sido estéril.

El 23 de enero de 1958 cae el dictador Marcos Pérez Jiménez e irrumpe una Democracia duradera por primera vez en la historia de Venezuela.

El 23 de enero de 1958 cae el dictador Marcos Pérez Jiménez e irrumpe una Democracia duradera por primera vez en la historia de Venezuela.

Paréntesis dubitativo

     Pero, el fuego no había sido totalmente extinguido. La capa de cenizas, de escaso espesor, apenas si podía ocultar la presencia de brasas encendidas. Y, así, en el decurso de los días siguientes, se engarzaron los sucesos del collar cuyo broche de cierre estaba forjándose en la fragua de la historia.

     El 10 de este mismo mes de enero, se anuncia la constitución de un nuevo Gabinete: Interiores, Luis Felipe Llovera Páez (¡destituido Laureano Vallenilla!); Exterior, Carlos Felice Cardot; Hacienda, Giacopini Zárraga; Defensa, Rómulo  Fernández; Fomento, Carlos Larrazábal; Obras Públicas, Oscar Mazzei Carta; Educación, Néstor Prato (la muchachada estudiantil lo celebró soltando un burro en El Silencio con un cartel donde decía: “Yo soy el Ministro de Educación”); Sanidad, Pedro Gutiérrez Alfaro; Agricultura, Luis Sánchez Mogollón;  Trabajo, Carlos Tinoco Rodil; Comunicaciones, José Guerrero Rosales; Justicia, Héctor Parra Márquez; Minas, Edmundo Luongo Cabello; Gobernación del Distrito Federal, Oscar Ghersi Gómez.

     El mismo día toma posesión de la jefatura suprema de la Seguridad Nacional, el coronel José Teófilo Velásquez (¡Había caído Pedro Estrada, el Cancerbero del régimen, ¡y con él diez años de historia siniestra. . .!) Y surge a la actualidad otro nombre, predestinado a llenar páginas de periódicos, a crear mística inconsciente a su alrededor, a legalizar el despilfarro, a atizar el odio, a hacer correr la sangre, a adulterar el sentido y futuro del 23 de enero: ¡Wolfgang Larrazábal es designado comandante de las Fuerzas Navales. . .!)

     El 13 un rumor rompe las frenadas murallas de la censura y se extiende por los ámbitos citadinos y los tramonta y corre veloz como repique de campanas hacia la provincia: Pedro Estrada marchó al exilio y detrás de él se fue Laureano, el hombre fuerte después del fuerte hombre de Michelena. Y, sorpresivamente, el 14, un nuevo cambio en el Gabinete: Antonio Pérez Vivas sustituye en Interiores a Llovera Páez, quien pasa a Comunicaciones; Pérez Jiménez asume la Cartera de Defensa y Rómulo Fernández es detenido y conducido posteriormente a Curazao, y el doctor Humberto Fernández Morán echa las bases de una desdicha injusta al aceptar el Ministerio de Educación. El comandante Guillermo Pacanins se encarga de la Gobernación de Caracas. 

      El 15, los muchachos liceístas del “Andrés Bello” reeditan acciones callejeras. El gobierno le hace planear por agentes policiales y moviliza contra ellos las mangueras del INOS. No hay disparos. El 16 epiloga la insurrección estudiantil. Fernández Morán clausura el Liceo “Andrés Bello”, hace un llamamiento a la cordura y esboza la apología de la energía atómica. Hojas distribuidas profusamente por la misteriosa e inubicable Junta Patriótica, convocan a la huelga para fecha inmediata.

     El amanecer del día prefijado, está presidido por la angustia y la inquietud. En el ambiente flota algo amenazador. Se palpa la inminencia de lo inusitado. Las gentes caminan pavorosas por las calles, ven por encima del hombro con suspicacia y adquieren provisiones de boca. Los abastos se vacían vertiginosamente.

     El 23 de enero de 1958 cae el dictador Marcos Pérez Jiménez e irrumpe una Democracia duradera por primera vez en la historia de Venezuela.

FUENTES CONSULTADAS

  • Revista Elite. Caracas, 26 de enero de 1963.

La primera taza de café en el valle de Caracas

La primera taza de café en el valle de Caracas

Prof. Arístides Rojas*

     “Con el patronímico francés de Blandain o Blandín, se conocen en las cercanías de Caracas, dos sitios; el uno es la quebrada y puente de este nombre, en la antigua carretera de Catia, lugar que atraviesa la locomotora de La Guaira; el otro, la bella plantación de café, al pie de la silla del Ávila, vecina del pueblo de Chacao. Recuerdan estos lugares a la antigua y culta familia franco-venezolana que figuró en esta ciudad, desde mediados del último siglo, ya en el desarrollo del arte musical, ya en el cultivo del café, en el valle de Caracas, y la cual dio a la iglesia venezolana un sacerdote ejemplar, un patricio a la revolución de 1810 y dos bellas y distinguidas señoritas, dechados de virtudes domésticas y sociales, origen de las conocidas familias de Argaín, Echenique, Báez-Blandín, Aguerrevere, González-Alzualde, Rodríguez-Supervie, etc., etc.

     Don Pedro Blandaín, joven de bellas prendas, después de haber cursado en su país la profesión de farmacéutico, quiso visitar a Venezuela, y al llegar a Caracas, por los años 1740 a 1741, juzgó que en ésta podía fundarse un buen establecimiento de farmacia, que ninguno tenía la capital en aquel entonces.

     La primera botica en Caracas databa de cien años atrás, 1649, cuando por intervención del Ayuntamiento, formóse un bolso entre los vecinos pudientes, para llevar a remate el pensamiento de tener una botica, la cual fue abierta al público, y puesta bajo la inspección de un señor Marcos Portero. Pero esta botica, sin estímulo, sin población que la favoreciera, sin médicos que la frecuentaran, pues era cosa muy rara, en aquella época ver a un discípulo de Esculapio por las solitarias calles de Caracas, hubo de desaparecer, continuando el expendio de drogas en las tiendas y ventorrillos de la ciudad, como es de uso todavía en nuestros campos. El estudio de las ciencias médicas no comenzó en la Universidad de Caracas sino en 1763.

     La primera botica francesa que tuvo Caracas, fundada por Don Pedro Blandaín, figuró cerca de la esquina del Cují, en la actual Avenida Este, número 54, casa que hasta ahora pocos años, tuvo sobre el portón un balconcete. (1)

     A poco de haberse Don Pedro instalado en Caracas, unióse en matrimonio con la graciosa caraqueña Dona Mariana Blanco de Valois, de la cual tuvo varios hijos; y como era hombre a quien gustaba vivir con holgura, hízose de nueva y hermosa casa que habitó, y fue esta la solariega de la familia Blandain. (2). En los días de 1776 a 1778, la familia Blandain había perdido cuatro hijos, pero conservaba otros cuatro: Don Domingo, que acaba de recibir la tonsura y el grado de Doctor en Teología, y figuró más tarde como Doctoral en el Cabildo eclesiástico; Don Bartolomé, que después de viajar por Europa, tomaba a su patria para dedicarse a la agricultura y al cultivo del arte musical, que era su encanto; y las señoritas María de Jesús y Manuela, ornato de la sociedad caraqueña en aquella época. A poco esta familia, con sus entroncamientos de Argain, Echenique, Báez, constituyó por varios respectos, uno de los centros distinguidos de la sociedad caraqueña.

     A estas familias, como a las de Aresteigueta, Machillanda, Uztáriz y otras más que figuraron en los mismos días, se refieren las siguientes frases del Conde de Segur, cuando en 1784, hubo de conocer el estado social de la capital de Venezuela. “El Gobernador — escribe— me presentó a las familias más distinguidas de la ciudad, donde tropezamos con hombres algo taciturnos y serios; pero en revancha, conocimos gran número de señoritas, tan notables por la belleza de sus rostros, la riqueza de sus trajes, la elegancia de sus modales y por su amor al baile y a la música, como también por la vivacidad de cierta coquetería que sabía unir muy bien la alegría a la decencia”.

En los terrenos de la antigua hacienda Blandín se construiría, a finales de la década de 1920, el Country Club de Caracas.

En los terrenos de la antigua hacienda Blandín se construiría, a finales de la década de 1920, el Country Club de Caracas.

     Y a estas mismas familias se refieren los conceptos de Humboldt que visitó a Caracas en 1799: “He encontrado en las familias de Caracas —escribe— decidido gusto por la instrucción, conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana y notable predilección por la música que cultivan con éxito, y la, cual, como toda bella arte, sirve de núcleo que acerca las diversas clases de la sociedad”.

      Todavía, treinta años más tarde, después de concluida la revolución que dio origen a la República de Venezuela, entre los diversos conceptos expresados por viajeros europeos, respecto de la sociedad de Caracas, en la época de Colombia, encontramos los siguientes del americano Duane, que visitó las arboledas de Blandain en 1823, y fue obsequiado por esta familia. Después de significar lo conocido que era de los viajeros el nombre de Blandain, así como era proverbial la hospitalidad de ella, agrega: “el orden y felicidad de esta familia son envidiables, no porque ella sea inferior a sus méritos, sino porque sería de desearse que toda la humanidad participara de semejante dicha”. (3)

     En la época en que el Conde de Segur visitó esta ciudad, el vecino y pintoresco pueblo de Chacao, en la región oriental de la Silla de Ávila, era sitio de recreo de algunas familias de la capital que, dueñas de estancias frutales y de fértiles terrenos cultivados, pasaban en el campo cierta temporada del año. Podemos llamar a tal época, época primaveral, porque fue, durante ella, cuando se despertó el amor a la agricultura y al comercio, visitaron la capital los herborizadores alemanes que debían preceder a Humboldt, y se ejecutaron bajo las arboledas del Ávila, los primeros cuartetos de música clásica que iban a dar ensanche al arte musical en la ciudad de Losada. En estos días finalmente, veían en Caracas la primera luz dos ingenios destinados a llenar páginas inmortales en la historia de América: Bello, el cantor de la zona Tórrida; Bolívar, el genio de la guerra, que debía conducir en triunfo sus legiones desde Caracas hasta las nevadas cumbres que circundan al dilatado Titicaca.

     ¿Cómo surgió el cultivo del café en el valle de Caracas? Desde 1728, época en que se estableció en esta capital la Compañía Guipuzcoana, no se cultivaba en el valle sino poco trigo, que fue poco a poco abandonado a causa de la plaga; alguna caña, algodón, tabaco, productos que servían para el abasto de la población, y muchos frutos menores; desde entonces comenzó casi en todo Venezuela el movimiento agrícola, con el cultivo del añil y del cacao, que constituían los principales artículos de exportación. Más, la riqueza de Venezuela no estaba cifrada en el cacao, que ha ido decayendo, ni en el añil, casi abandonado, ni en el tabaco, que poco se exporta, ni en la caña, cuyos productos no pueden rivalizar con los de las Antillas, ni en el trigo, cuyo cultivo está limitado a los pueblos de la Cordillera, ni en el algodón, que no puede competir con el de Estados Unidos, sino el café que se cultiva en una gran parte de la República.

     Sábese que el arbusto del café, oriundo de Abisinia, fue traído de París a Guadalupe por Desclieux, en 1720. De aquí pasó a Cayena en 1725, y en seguida a Venezuela. Los primeros que introdujeron esta planta entre nosotros fueron los misioneros castellanos, por los años de 1730 a 1732, y el primer terreno donde, prosperó fue a orillas del Orinoco. El padre Gumilla nos dice, que el mismo lo sembró en sus misiones, de donde se extendió por todas partes. El misionero italiano Gilli lo encontró frutal en tierra de los Tamanacos, entre el Guárico y el Apure, durante su residencia en estos lugares, a mediados del último siglo. En el Brasil, la planta data de 1771, probablemente llevada de las Misiones de Venezuela.

     La introducción y cultivo del árbol del café en el valle de Caracas, remonta a los años de 1783 a 1784. En las estancias de Chacao, llamadas “Blandín”, “San Felipe” y «“La Floresta”, que pertenecieron a Don Bartolomé Blandín y a los Presbíteros Sojo y Mohedano, cura éste último del pueblo de Chacao, crecía el célebre arbusto, más como planta exótica de adorno que como planta productiva. Los granos y arbustitos recibidos de las Antillas francesas, habían sido distribuidos entre estos agricultores que se apresuraron a cuidarlos. Pero andando el tiempo, el padre Mohedano concibe en 1784 el proyecto de fundar un establecimiento formal, recoge los pies que puede, de las diversas huertas de Chacao, planta seis mil arbolillos, los cuales sucumben en casi su totalidad. Reunidos entonces los tres agricultores mencionados, forman semilleros, según el método practicado- en las Antillas, y lograron cincuenta mil arbustos que rindieron copiosa cosecha.

     Al hablar de la introducción del café en el valle de Caracas, viene a la memoria el del arte musical, durante una época en la cual los señores Blandín y Sojo desempeñaban importante papel en la filarmonía de la capital. Los recuerdos del arte musical y del cultivo del café son para el campo de Chacao, lo que para los viejos castillos feudales las leyendas de los trovadores: cada boscaje, cada roca, la choza derruida, el árbol secular, por donde quiera, la memoria evoca recuerdos placenteros de generaciones que desaparecieron. Cuando se visitan las arboledas y jardines de “Blandín”, de “La Floresta” y “ San Felipe”, haciendas cercanas, como lo estuvieron sus primitivos dueños, unidos por la amistad, el sentimiento y la patria; cuando se contemplan los chorros de Tócome, la cascada de Sebucán, las aguas abundosas que serpean por las pendientes del Ávila; cuando el viajero posa sus miradas sobre las ruinas de Bello Monte, o solicita bajo las arboledas de los bucares floridos, cubiertos con manto de escarlata, las arboledas de café coronadas de albos jazmines que embalsaman el aire; el pensamiento se transporta a los días apacibles en que figuraban Mohedano, Sojo y Blandín; época en que comenzaba a levantarse en el viejo mundo la gran figura de Miranda, y a orillas del Anauco y del Guaire, las de Bello y Bolívar. El padre Sojo y Don Bartolomé Blandín acompañado este de sus hermanas María de Jesús y Manuela, llenas de talento musical, reunían en sus haciendas de Chacao a los aficionados de Caracas; y este lazo de unión que fortalecía el amor al arte, llegó a ser en la capital el verdadero núcleo de la música moderna. El padre Sojo, de la familia materna de Bolívar, espíritu altamente progresista, después de haber visitado a España y a Italia, y en esta muy especialmente a Roma, en los días de Clemente XIV, regresó a Caracas con el objeto de concluir el convento de Neristas, que a sus esfuerzos levantara, y del cual fue Prepósito. El convento fue abierto en 1771. (4)

La introducción y cultivo del árbol del café en el valle de Caracas, remonta a los años de 1783 a 1784.

La introducción y cultivo del árbol del café en el valle de Caracas, remonta a los años de 1783 a 1784.

     Las primeras reuniones musicales de Caracas se verificaron en el local de esta Institución, y en Chacao, bajo las arboledas de “Blandín” y de “La Floresta”. El primer cuarteto fue ejecutado a la sombra de los naranjeros, en los días en que sonreían sobre los terrenos de Chacao los primeros arbustos del café. A estas tertulias musicales asistían igualmente muchos señores de la capital.

     En 1786 llegaron a Caracas dos naturalistas alemanes, los señores Bredemeyer y Schultz, quienes comenzaron sus excursiones por el valle de Chacao y vertientes del Ávila. Al instante hicieron amistad con el padre Sojo, y la intimidad que entre todos llego a formarse, fue de brillantes resultados para el adelantamiento del arte musical, pues agradecidos los viajeros, a su regreso a Europa en 1789, después de haber visitado otras regiones de Venezuela, remitieron al padre Sojo algunos instrumentos de música que se necesitaban en Caracas, y partituras de Pleyel, de Mozart y de Haydn. Esta fue la primera música clásica que vino a Caracas, y sirvió de modelo a los aficionados, que muy pronto comprendieron las bellezas de aquellos autores.

     A proporción que las plantaciones crecían a la sombra paternal de los bucares, con frecuencia eran visitados por todos aquellos que, en pos de una esperanza, veían deslizarse los días y aguardaban la solución de una promesa. Por dos ocasiones, antes de florecer el café, los bucares perdieron sus hojas, y aparecieron sobre las peladas copas macetas de flores color de escarlata que hacían aparecer las arboledas, como un mar de fuego. Cuánta alegría se apoderó de los agricultores, cuando en cierta mañana, ¡al cabo de dos años brotaron los capullos que en las jóvenes ramas de los cafetales anunciaban la deseada flor! A poco, todos los arboles aparecieron materialmente cubiertos de jazmines blancos que embalsamaban el aire. El europeo que por la vez primera contempla una arboleda de café en flor, recibe una impresión que le acompaña para siempre. Le parece que sobre todos los árboles ha caído prolongada nevada, aunque el ambiente que lo rodea es tibio y agradable. Al instante, siente el aroma de las flores que le invita a penetrar en el boscaje, tocar con sus manos los jazmines, llevarlos al olfato, para en seguida contemplarlos con emoción. No es nevada, no es escarcha; es la diosa Flora, que tiende sobre los cafetales encajes de armiño, nuncios de la buena cosecha que va a dar vida a los campos y pan a la familia. Pero todavía es más profunda la emoción, cuando, al caer las flores, asoman los frutos, que al madurarse aparecen como macetitas de corales rojos que tachonan el monte sombreado por los bucares revestidos.

     De antemano se había convenido, en que la primera taza de café sería tomada a la sombra de las arboledas frutales de Blandín, en día festivo, con asistencia de aficionados a la música y de familias y personajes de Caracas. Esto pasaba a fines de 1786. Cuando llegó el día fijado, desde muy temprano, la familia Blandín y sus entroncamientos de Echenique, Argain y Báez, aguardaban a la selecta concurrencia, la cual fue llegando por grupos, unos en cabalgaduras, otros en carretas de bueyes, pues la calesa no había, para aquel entonces, hecho surco en las calles de la capital ni el camino de Chacao. Por otra parte, era de lujo, tanto para caballeros como para damas, manejar con gracia las riendas del fogoso corcel, que se presentaba ricamente enjaezado, según uso de la época.

     La casa de Blandín y sus contornos ostentaban graciosos adornos campestres, sobre todo, la sala improvisada bajo la arboleda, en cuyos extremos figuraban los sellos de armas de España y de Francia. En esta área estaba la mesa del almuerzo, en la cual sobresalían tres arbustos de café artísticamente colocados en floreros de porcelana. Por la primera vez, iba a verificarse, al pie de la Silla del Ávila, inmortalizada por Humboldt, una fiesta tan llena de novedad y de atractivos, pues que celebraba el cultivo del árbol del café en el valle de Caracas, fiesta a la cual contribuía lo más distinguido de la capital con sus personas, y los aficionados al arte musical, con las armonías de Mozart y de Beethoven. La música, el canto, la sonrisa de las gracias y el entusiasmo juvenil, iban a ser el alma de aquella tenida campestre.

     Espléndido apareció a los convidados el poético recinto, donde las damas y caballeros de la familia Blandín hacían los honores de la fiesta, favorecidas de la gracia y gentileza que caracteriza a personas cultas, acostumbradas al trato social. Por todas partes sobresalían ricos muebles dorados o de caoba, forrados de damasco encarnado, espejos venecianos, cortinas de seda, y cuanto era del gusto de aquellos días, en los cuales el dorado y la seda tenían que sobresalir.

     La fiesta da comienzo con un paseo por los cafetales, que estaban cargados de frutos rojos. Al regreso de la concurrencia, rompe la música de baile, y el entusiasmo se apodera de la juventud. Después de prolongadas horas de danza, comienzan los cuartetos musicales y el canto de las damas, el cual encontró quizá eco entre las aves no acostumbradas a las dulces melodías del canto y a los acordes del clavecino.

     A las doce del día comienza el almuerzo, y concluido este, toma el recinto otro aspecto. Todas las mesas desaparecieron menos una, la central, que tenía los arbustos de café, de que hemos hablado, y la cual fue al instante exornada de flores y cubierta de bandejas y platos del Japón y de China. Y por ser tan numerosa la concurrencia, la familia Blandín se vio en la necesidad de conseguir las vajillas de sus relacionados, que de tono y buen gusto era en aquella época, dar fiestas en que figurasen los ricos platos de las familias notables de Caracas.

Arístides Rojas fue uno de los primeros escritores venezolanos que divulgó la historia del café en Venezuela.

Arístides Rojas fue uno de los primeros escritores venezolanos que divulgó la historia del café en Venezuela.

     Cuando llega el momento de servir el café, cuya fragancia se derrama por el poético recinto, vése un grupo de tres sacerdotes, que, precedidos del anfitrión de la fiesta, Don Bartolomé Blandín, se acercaron a la mesa: eran éstos, Mohedano, el padre Sojo y el padre Doctor Domingo Blandín, que, desde 1.775, había comenzado a figurar en el clero de Caracas. (5) Llegan a la mesa en el momento en que la primera cafetera vacía su contenido en la transparente taza de porcelana, la cual es presentada inmediatamente al virtuoso cura de Chacao. Un aplauso de entusiasmo acompaña a este incidente, al cual sucede momento de silencio. Allí no había nada preparado, en materia de discurso, porque todo era espontáneo, como era generoso el corazón de la concurrencia. Nadie había “Soñado con la oratoria ni con frases estudiadas; pero al fijarse todas las miradas sobre el padre Mohedano, que tenía en sus manos la taza de café que se le había presentado, algo esperaba la concurrencia. Mohedano conmovido, lo comprende así, y dirigiendo sus miradas al grupo más numeroso, dice:

     “Bendiga Dios al hombre de los campos sostenido por la constancia y por la fe. Bendiga Dios el fruto fecundo, don de la sabia Naturaleza a los hombres de buena voluntad. 

     Dice San Agustín que cuando el agricultor, al conducir el arado, confía la semilla al campo, no teme, ni la lluvia que cae, ni el cierzo que sopla, porque los rigores de la estación desaparecen ante las esperanzas de la cosecha. Así nosotros, a pesar del invierno de esta vida mortal, debemos sembrar, acompañada de lágrimas, la semilla que Dios ama: la de nuestra buena voluntad y de nuestras obras, y pensar en las dichas que nos proporcionara abundante cosecha”.

     Aplausos prolongados contestaron estas bellas frases del cura de Chacao, las cuales fueron continuadas por las siguientes del padre Sojo: “Bendiga Dios el arte, rico don de la Providencia, siempre generosa y propicia al amor de los seres, cuando esta sostenido por la fe, embellecido por la esperanza y fortalecido por la caridad”. (6)

     El padre Don Domingo Blandín quiso igualmente hablar, y comenzando con la primera frase de sus predecesores, dijo: “Bendiga Dios la familia que sabe conducir a sus hijos por la vía del deber y del amor a lo grande y a lo justo. Es así como el noble ejemplo se transmite de padres a hijos y continúa como legado inagotable. Bendiga Dios esta concurrencia que ha venido a festejar con las armonías del arte musical y las gracias y virtudes del hogar, esta fiesta campestre, comienzo de una época que se inaugura, bajo los auspicios de la fraternidad social”. Al terminar, el joven sacerdote tomo una rosa de uno de los ramilletes que figuraban en la mesa, y se dirigió al grupo en que estaba su madre, a la cual le presentó la flor, después de haberla besado con efusión. La concurrencia celebró tan bello incidente del amor íntimo, delicado, al cual sucedieron las expansiones sociales y la franqueza y libertad que proporciona el campo a las familias cultas.

     Desde aquel momento la juventud se entregó a la danza, y el resto de la concurrencia se dividió en grupos. Mientras que aquella respiraba solamente el placer fugaz, los hombres serios se habían retirado al boscaje que estaba orillas del torrente que baña la plantación. Allí se departió acerca de los sucesos de la América del Norte y de los temores que anunciaban en Francia algún cambio de cosas. Y como en una reunión de tal carácter, cuyo tema obligado tenía que ser el cultivo del café y el porvenir agrícola que aguardaba a Venezuela, los anfitriones Mohedano, Sojo y Blandín, los primeros cultivadores del café en el valle de Caracas, hubieron de ser agasajados, no solo por sus méritos sociales y virtudes eximias sino también por el espíritu civilizador, que fue siempre el norte de estos preclaros varones.

     Ya hemos hablado anteriormente del padre Sojo y de Don Bartolomé Blandín, aficionados al arte musical, que después de haber visitado el viejo mundo, trajeron a su patria gran contingente de progreso, del cual supo aprovecharse la sociedad caraqueña. En cuanto al padre Mohedano, cura de Chacao, nacido en la villa de Talarrubias (Extremadura), había pisado a Caracas en 1.759, como familiar del Obispo Diez Madroñero. A poco recibe las sagradas órdenes y asciende a Secretario del Obispado. En 1.769, al crearse la parroquia de Chacao, Mohedano se opone al curato y lo obtiene. En 1.798, Carlos IV le elige Obispo de Guayana, nombramiento confirmado por Pío VIII en 1.800. Monseñor Ibarra le consagra en 1.801, pero su apostolado fue de corta duración, pues murió en 1.803. Según ha escrito uno de sus sabios apologistas, el Obispo de Tricala, Mohedano fue uno de los mejores oradores sagrados de Caracas. Su elocuencia, dice, era toda de sentimiento religioso, realzado por la modestia de su virtud. La sencillez y austeridad que se transparentaban en su semblante, daban a su voz debilitada dulce influencia sobre los corazones”.

     Hablábase del porvenir del café, cuando Mohedano manifestó a sus amigos con quienes departía, que esperaba en lo sucesivo, buenas cosechas, pues su producto lo tenía destinado para concluir el templo de Chacao, blanco de todas sus esperanzas. Morir después de haber levantado un templo y de haber sido útil a mis semejantes, será, dijo, mi más dulce recompensa.

     Entonces alguien aseguró a Mohedano, que, por sus virtudes excelsas, era digno del pontificado y que este sería el fin más glorioso de su vida.

     — No, no, replico el virtuoso pastor. Jamás he ambicionado tanta honra. Mi único deseo, mi anhelo es ver feliz a mi grey, para lo que aspiro continuar siendo médico del alma y médico del cuerpo. (7) Rematar el templo de Chacao, ver desarrollado el cultivo del café y después morir en el seno de Dios y con el cariño de mi grey, he aquí mi única ambición.

     Catorce años más tarde de aquel en que se había efectuado tan bella fiesta en el campo de Chacao, dos de estos hombres habían desaparecido: el padre Sojo que murió a fines del siglo, después de haber extendido el cultivo del café por los campos de los Mariches y lugares limítrofes; y Mohedano que después de ejercer el episcopado a orillas del Orinoco, dejó la tierra en 1.803. Solo a Blandín vino a solicitarle la Revolución de 1.810. Abraza desde un principio el movimiento del 19 de abril del mismo año, y su nombre figura con los de Roscio y Tovar en los bonos de la Revolución Venezolana. Asiste después, como suplente, al Constituyente de Venezuela de 1.811, y cuando todo turbio corre, abandona el patrio suelo, para regresar con el triunfo de Bolívar en 1.821.

     Nueve años después desapareció Bolívar, y cinco más tarde, en 1.835, se extinguió a la edad de noventa años, el único que quedaba de los tres fundadores del cultivo del café en el valle de Caracas. Con su muerte quedaba extinguido el patronímico Blandaín.

     Blandin es el sitio de Venezuela que ha sido más visitado por nacionales y extranjeros durante un siglo; y no hay celebridad europea o nacional que no le haya dedicado algunas líneas, durante este lapso de tiempo. Segur, Humboldt, Bonpland, Boussingault, Sthephenson, y con estos, Miranda, Bolívar y los magnates de la Revolución de 1.810, todos estos hombres preclaros, visitaron el pintoresco sitio, dejando en el corazón de la distinguida familia que allí figuró, frases placenteras que son aplausos de diferentes nacionalidades a la virtud modesta coronada con los atributos del arte.

     Un siglo ha pasado con sus conquistas, cataclismos, virtudes y crímenes, desde el día en que fueron sembrados en el campo de Chacao los primeros granos del arbusto sabeo; y aún no ha muerto en la memoria de los hombres el recuerdo de los tres varones insignes, orgullo del patrio suelo: Mohedano, Sojo y Blandín. Chacao fue destruido por el terremoto de 1812, pero nuevo templo surgió de las ruinas para bendecir la memoria de Mohedano, mientras que las arboledas de “San Felipe”, y las palmeras del Orinoco, cantan hosanna al pastor que rindió la vida al peso de sus virtudes. Del padre Sojo hablan los anales del arte musical en Venezuela, las campiñas de “La Floresta” hoy propiedad de sus deudos, los cimientos graníticos de la fachada de Santa Teresa y los árboles frescos y lozanos que en el área del extinguido convento de Neristas circundan la estatua de Washington. El nombre de Blandín no ha muerto: lo llevan, el sitio al Oeste de Caracas, por donde pasa después de vencer alturas la locomotora de La Guaira; y la famosa posesión de café, que con orgullo conserva uno de los deudos de aquella notable familia. En este sitio celebre, siempre visitado, la memoria evoca cada día el recuerdo de sucesos inmortales, el nombre de varones ilustres y las virtudes de generaciones ya extinguidas, que supieron legar a la presente lo que habían recibido de sus antepasados: el buen ejemplo. El patronímico Blandín ha desaparecido; pero quedan los de sus sucesores Echenique, Báez, Aguerrevere, Rodríguez Supervie, etc., etc., que guardan las virtudes y galas sociales de sus progenitores.

     Desapareció el primer clavecino que figuró entonces por los años de 1.772 a 1.773, y aún se conserva el primer piano clavecino que llegó más tarde, y las arpas francesas, instrumentos que figuraron en los conciertos de Chacao. Sobresalgan en el museo de algún anticuario las pocas bandejas y platos del Japón y de China que han sobrevivido a ciento treinta años de peripecias, así como los curiosos muebles almidonados como inútiles y restaurados hoy por el arte.

     Los viejos árboles del Ávila aún viven, para recordar las voces argentinas de María de Jesús y de Manuela, en tanto que el torrente que se desprende de las altas cumbres, después de bañar con sus aguas murmurantes los troncos añosos y los jóvenes bucares, va a perderse en la corriente del lejano Guaire”.

  • * Historiador, naturalista, periodista y médico caraqueño (1826-1894), autor de innumerables y valiosos trabajos de carácter histórico. Sus restos reposan en el Panteón Nacional

NOTAS

  • (1) Ya sea porque los límites al Este de Caracas, llegaban, en la época a que nos referimos a la esquina del Cují, ya porque los sucesores de Don Pedro quisieron vivir en un mismo vecindario, es lo cierto que las hermosas casas de la familia Blandain y de sus sucesores Blandain y Echenique-Blandain-Báez-Blandain, Aguerrevere, Alzualde, etc., etc.., figuran en esta área de Caracas, conservándose aun las que resistieron el terremoto de 1812.

     

  • (2) Esta casa destruida por el terremoto de 1810, bellamente reconstruida hace como cuarenta y cinco años, es la marcada con el N° 47 de la misma avenida

     

  • (3) Conde de Segur. Memoires, Souvenir et Anecdotes, 3 vol. Humboldt. Viajes. Duane. A visit to Colombia, 1 vol. 1827.

     

  • (4) En el área que ocupó el convento y templo de Nerista, figura hoy el parque de Washington, en cuyo centro descuella la estatua de este gran patricio. Nuevos árboles han sustituido a los añejos cipreses del antiguo patio, pero aún se conserva el nombre de esquina de los Cipreses, a la que lo lleva hace más de un siglo.

     

  • (5) El Doctor Don Domingo Blandín, Racionero de la Catedral de Cuenca, en el Ecuador, tomó posesión de la misma dignidad, en la Catedral de Caracas, en 1807. El 25 de junio de este año ascendió a la de Doctoral, y el 6 de noviembre de 1814, a la de Chantre

     

  • (6) Hace más de cuarenta años que tuvimos el placer de escuchar a la señora Dolores Báez una gran parte de los pormenores que dejamos narrados. Todavía, después de cien años, se conservan muchos de éstos, entre los numerosos descendientes de la familia Blandín. En las frases pronunciadas por el padre Sojo, falta el último párrafo, que no hemos podido descifrar en el apagado manuscrito con que fuimos favorecidos, lo mismo que las palabras de Don Bartolomé Blandín, borradas por completo

     

  • (7) Aludía con estas frases a la asistencia y medicinas que facilitaba a los enfermos de Chacao y de sus alrededores

La semana mayor en caracas

La semana mayor en caracas

El naturalista y fotógrafo húngaro Pal Rosti quedó impresionado por la multitud de caraqueños que se congregan en las procesiones y misas de Semana Santa

El naturalista y fotógrafo húngaro Pal Rosti quedó impresionado por la multitud de caraqueños que se congregan en las procesiones y misas de Semana Santa.

     Por lo general al naturalista húngaro Pal Rosti se le ha calificado como geógrafo en las varias semblanzas que de él se pueden encontrar en las redes sociales y Google. Sin embargo, una de sus facetas principales fue la de la fotografía, tal como lo muestran las colecciones de esta práctica artística que llegó a atesorar en su vida. Su viaje por América le sirvió para ejercitar y practicar el arte de la fotografía que había perfeccionado en Francia, en tiempos de un exilio forzado. De él también es preciso indicar que tuvo como referente intelectual a Alejandro von Humboldt a quien cita con regularidad en sus Memoria de un viaje por América (1861), por lo que no resulta exagerado que su periplo, por estas tierras americanas, fue transitado de acuerdo con las referencias estampadas por el naturalista alemán.

     En este orden de ideas, es necesario agregar que fue un escrutador de algunas costumbres de los venezolanos, en especial los caraqueños, que son de necesaria referencia para una aproximación de la cotidianidad de la Venezuela de los Monagas y de la segunda mitad del 1800. Por supuesto, algunas de sus consideraciones llevan la impronta, típica de la narrativa del viajero, de la mirada ambivalente. Por un lado, la disposición atrayente de una exuberante naturaleza y la fertilidad de un suelo que contrastaba con su experiencia de vida. Por otro, las dudas que experimentó ante la supuesta apatía de los nativos caraqueños hacia el trabajo productivo, con lo que no dejó de considerar una forma de ser caracterizada por el desdén y el acomodamiento ante una naturaleza que lo arropaba. Condiciones naturales que, además, se ofrecían amables para el arado y la cría de animales.

     De igual manera, no dejó de lado consideraciones relacionadas con hábitos y costumbres de una ciudad triste y melancólica que lo hicieron sentir la lejanía de Europa y de la vida civilizada. Una ciudad, como la Caracas que conoció, sin teatros, bulevares o paseos ratificó su repulsión. Se debe añadir, en este sentido, que la narración tramada por el viajero está colmada de comparaciones con respecto a su lugar de origen que, a los ojos de hoy, pueden resultar odiosas. Sin embargo, es necesario leer sus figuraciones bajo el contexto del momento en que redactó sus líneas y lo que para el momento se tenía como expresión de civilización.

     En lo que narró Rosti no faltaron consideraciones de orden político y social, menos culturales. Son éstas las que pueden llamar la atención del analista de hoy. En descargo de calificaciones como las de eurocentrismo entre los viajeros es indispensable tener en mente su experiencia como un europeo aristócrata. Además, un individuo formado en el mundo académico húngaro, alemán y francés. Otro tanto debe ser expresado de quienes, como viajeros o exploradores, visitaron América, Venezuela en especial, mostraron ser hijos de la Ilustración europea cuya impronta más generalizada tuvo que ver con el impacto del mundo natural y geomorfológico en la vida humana.

     Por otra parte, dentro del ámbito cultural la vida y prácticas religiosas también fueron objeto escrutador de hombres como Rosti. Éste presenció procesiones y misas de las que no dejó de quedar impresionado por la cantidad de ellas en esta comarca. En una parte de su libro narró que durante una misa que presenció los cañonazos no faltaban. Los sonidos de las balas de cañón comenzaban desde horas muy tempranas de la mañana y se repetían en el transcurso de la misa. Además, indicó, a lo largo del día continuaban los cañonazos. “La misa dura horas; a pesar del calor agotador la iglesia y las calles están repletas y las damas no desdeñan la ruta más larga al retornar a sus casas”.

     Para Rosti, la festividad religiosa de mayor relieve entre los caraqueños era la de la Semana Mayor o Semana Santa. Observó muy animada a las damas días antes de esta festividad. Agregó que ellas mostraban gran alegría “como entre nosotros lo hacen los niños por la Nochebuena”. Hizo una descripción en la que destacó una magnífica misa llevada a cabo un Domingo de Ramos, la que estaba acompañada de cañonazos y lanzamiento de cohetes y se solían bendecir hojas de palma entrelazadas, las que luego eran colocadas en ventanas y puertas, “para que la maldad y la enfermedad se mantengan a distancia”. Con el Domingo de Ramos se daba inicio a las procesiones que cruzaban la ciudad luego de salir de un templo.

     Las ceremonias solían comenzar a las seis de la tarde. “Delante llevan una gran bandera o una cruz – que cambian todos los días -, luego vienen, formando una larga hilera, los portadores de velas; las pantallas que protegen las velas son de papel y – naturalmente – carecen de utilidad, pues se incendian sin cesar”. Llevaban también los santos, tallados con madera, con ropajes de terciopelo y adornados con oro, en algunas procesiones llevaban a la Virgen María. Detrás solían venir los sacerdotes, varios soldados y gente de la comunidad.

     De la presencia militar indicó: “Apenas se puede imaginar cosa más cómica que la milicia venezolana en estas procesiones” De los integrantes de esta milicia escribió que la gran mayoría de soldados eran mestizos “de estúpida expresión en el rostro”. Del uniforme que portaban lo describió así: contaban con un pantalón azul con rayas vino tinto, frac o chaqueta de tela de lienzo con solapas color vino tinto y cola corta, “- hablo del uniforme de gala – , pero está tan desteñido y roto que más bien parece gris o color de leche; su color originario – a lo más – se puede suponer”.

En el siglo XIX, la festividad religiosa de más relieve entre los caraqueños era la de la Semana Mayor o Semana Santa

En el siglo XIX, la festividad religiosa de más relieve entre los caraqueños era la de la Semana Mayor o Semana Santa.

     En lo referente a los zapatos y el uso de corbatas no eran obligatorios en el uniforme del soldado de Venezuela, según su apreciación, pero “el que puede conseguir tan supernumerarios artículos los puede usar libremente”. Agregó haber conocido casos extraordinarios de soldados que habían recibido botas para cumplir sus servicios. “Así tuve la suerte de ver varias botas durante los desfiles, y – según el mayor o menor desgaste de las mismas – pude también calcular el tiempo de servicio del dueño respectivo”.

     Además, identificó en los soldados el uso de una cartuchera, colgada al cuello, y de una deficiente arma lo que daba cierto matiz bélico al que la portaba, “pero la borra totalmente la actitud floja y negligente de los soldados, que podría ser de cualquier cosa menos de militar”. En cuanto a los oficiales de mayor rango puso a la vista del lector que también eran mestizos y que sus uniformes lucían más limpios que el de sus subalternos. 

     Según la información que recabó, en Venezuela había cerca de dos mil hombres incorporados al ejército. 

     En este mismo orden de ideas, agregó: “En la República independiente de Venezuela no existe ningún censo de soldados, ni obligatoriedad del servicio militar como en Inglaterra, pero en lugar de ello hay la recluta, ´libre y voluntaria´ y el atrapar con lazo a ´los voluntarios´, cosa que no existe en Inglaterra. Así se reúne en las filas la chusma”.

     Comentó, no sin dejar de mostrar suspicacia, que, si las cárceles del país se llenaban de malhechores y se requerían efectivos para integrar las milicias, se recurría a los prisioneros a quienes se obligaba a pasar entre ocho o diez años, incluso de por vida, de servicio en el ejército. “La disciplina y los ejercicios militares no los conocen los combatientes venezolanos ni por referencias, y la moral que impera en este ejército, después de lo dicho, ni siquiera creo necesario mencionarla”.

     Luego de haber realizado esta digresión volvió a hacer referencia a la procesión. Añadió que ésta iba acompañada de bandas musicales, integradas en especial por negros quienes de acuerdo con Rosti tenían un sentido especial para la ejecución musical.

     Observó que en el desarrollo de las procesiones las damas se ubicaban en las ventanas de sus casas o de las de algún vecino. También los más jóvenes se agolpaban en las ventanas, aunque luego de haber pasado el desfile corrían por las calles para adelantar la procesión y bailar. Expuso que “el pueblo” se reunía en “cantidad asombrosa” no seguía la marcha del acto religioso y más bien se adelantaba para disfrutar del espectáculo.

     Esto le sirvió para anotar: “En realidad todo esto toma matiz de diversión y los espectadores – aunque se hincan de rodillas, dándose golpes de pecho ante los santos más venerados – apenas pueden aparentar devoción o recogimiento”.

En la Catedral se concentraban centenares de feligreses durante la Semana Mayor.

En la Catedral se concentraban centenares de feligreses durante la Semana Mayor.

     Las procesiones que comenzaban al terminar la tarde se extendían hasta las ocho o diez de la noche. El Jueves Santo, el arzobispo de Caracas, con la presencia del presidente de la República, sus ministros y el cuerpo diplomático, llevaba a cabo la ceremonia del lavado de los pies. El Viernes Santo presenció el correteo de la multitud por las calles de la ciudad.

     “Las damas nobles – y también las del pueblo que pueden hacerlo – se visten de negro y así mismo los hombres llevan fracs negros; esta costumbre está tan generalizada que yo mismo decidí vestir según esta moda europea desde tempranas horas de la mañana, no fuera a ser que de alguna manera me tomaran por pagano”.

     Sumó a su descripción que a los días de pena se agregaban los de fiesta y regocijo. Para el día domingo se presentaban los actos de coleo de toros. Observó que los “señoritos” divertían a las damas con sus piruetas frente a los novillos. De éstos expresó que se mostraban más asustados que furiosos. 

     Sin embargo, ponderó la habilidad de los jinetes para controlar sus caballos, así como al toro.

     Al final de la tarde los jinetes desfilan y se exhiben frente a las señoritas que más de uno lleva cortejándola. Ya avanzada la noche algunos se reunían para bailar en una de las “casas de un noble”. Contó haber asistido a uno de estos bailes y expresó que, al igual que en La Habana, estaban de moda las piezas musicales provenientes de Europa como el vals o la polka. “Sin embargo – como en Cuba – la preferida es la danza” (72) “A las damas acostumbran pedirles todo un turno, que se compone de tres o cuatro piezas y termina con la danza; pero con el consentimiento del bailarín también se puede obtener un palmito, de la bella señorita, en cuyos ojos radiantes hay mucha más expresión que en sus labios color de rosa”.

     Expresó que había pasado un mes en Caracas y menos tiempo de lo que hubiera deseado convivir con los habitantes de la ciudad capital en sus círculos sociales, “debido a la celosa reserva de los caraqueños hacia el forastero”.

     Recordó haber paseado por las “hermosas montañas de Caracas”, así como por su espléndido valle donde retrató “los más hermosos puntos de la magníficamente ubicada ciudad”. Sus más significativas fotografías, escribió en su texto, las había dejado en el Museo Nacional Húngaro. Luego de su incursión a otros lugares del país estableció tres divisiones regionales que caracterizó así. La de las costas y los valles de la cordillera, adonde la tierra estaba labrada y se encontraban cultivos de café, cacao y añil, árboles frutales, cultivos de caña de azúcar, siembras de maíz y tierras en las que se podían encontrar cultivos de cebada y trigo. Otra, la de las llanuras destinadas casi exclusivamente a la cría de ganado vacuno. Y, la última, las inmensas selvas inhóspitas en las que la vida civilizada escaseaba.

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