El pillaje durante La Independencia

El pillaje durante La Independencia

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El pillaje durante La Independencia

     En una oportunidad anterior hicimos referencia a la presencia del saqueo entre los integrantes del ejército que enarboló las banderas del rey, de acuerdo con el estudio realizado por el historiador Germán Carrera Damas a inicios de la década de 1960, cuyo título de la primera edición fue: Aspectos socioeconómicos de la guerra de Independencia. En esta exploración y análisis ofrece al lector asuntos de relevante interés respecto al pillaje, exacciones y saqueos adjudicados, en especial, a José Tomás Boves por parte de quienes han cultivado la historiografía tradicional venezolana. El autor de esta obra recordó que, el peso de los sentimientos patrióticos y de los prejuicios morales en la “reciente historiografía venezolana sobre la Independencia se manifiesta, entre otras formas, en el ocultamiento intencional de los aspectos moralmente chocantes, o que de alguna manera puedan rebajar la condición ética artificiosamente concedida a la par que exigida a los libertadores”. Carrera Damas califica de mojigatería esta intención que llega al extremo de citar algunos de los rasgos indeseables del campo realista para mostrar la pronta y ejemplar corrección realizada por los patriotas en acciones de saqueo.

Más allá de la emancipación

     Ello ha servido para dar fuerza a la actitud correcta del héroe que abrió los ojos del negro, mulato o pardo para seguir el camino del bien y la bonhomía propia de quienes comandaron las tropas republicanas.

     Carrera le hace frente a una idílica apreciación alrededor de la guerra de Independencia al señalar que nada de angelical tuvo la guerra de emancipación, así como tampoco ese pequeño infierno, que se escenificó en Venezuela, no fueron los opositores a la Independencia los únicos responsables de los atropellos, pillaje y violaciones a la propiedad que aquella historiografía les ha adjudicado. El mismo autor invitó a la lectura de las versiones acerca de esta cuestión expuestas por Eloy G. González, Rufino Blanco Fombona y Laureano Vallenilla Lanz, entre otros. Incluso, la tesis expuesta por Vallenilla Lanz acerca de la guerra de emancipación como guerra civil, no ha sido del agrado de los historiadores venezolanos y cuando se hace referencia a ella se suele apreciar como un descubrimiento osado. Esto no debe ser precisado como una simple expresión emotiva de un tipo de historiografía, sino a una tendencia muy generalizada entre una historiografía que muestra y ha mostrado desdén por la crítica y la revisión de testimonios relacionados con el tema.

     En este orden de ideas, son escasas las referencias acerca de los saqueos entre los integrantes del ejército republicano y si se llega a hacer referencia a saqueos se los sitúa dentro de operaciones personales, no como una acción relacionada con el conflicto armado alrededor de la emancipación. Sin embargo, Carrera añadió que no eran escasos los testimonios para echar mano de sólo alegatos realistas, al recordar palabras escritas por el Arzobispo Narciso Coll y Prat quien adjudicó una fuerte inclinación al pillaje por parte de los republicanos y en contraste con el manejo de las armas para la defensa de su “titulada patria”. Por supuesto, se debe tener en cuenta las exageraciones muy comunes entre quienes se enfrentaban por la vía de las armas. Como ejemplo se pueden revisar proclamas de jefes realistas y frente a ellas los escritos a favor de los patriotas, Bolívar en especial.

     Bajo este marco, Carrera advirtió que, pese a la escasa exploración de la que ha sido objeto este tema, la esencia mixta de los testimonios disponibles para estudiar esta cuestión no resulta ser diferente a la instrumentada para tratar el mismo tema respecto a los realistas. Además, añadió la necesidad del alejamiento de la tesis según la cual todo testimonio proveniente de los seguidores del rey se debiera considerar sospechoso o falso. Lo mismo cabría para los divulgados por los republicanos respecto a los realistas y a quienes se le oponían. Advirtió que luego de una búsqueda no muy prolongada se habían, él y sus asistentes, topado con un conjunto de pruebas de valor para demostrar de forma global la existencia misma de los hechos que se abordan en ellas. Esto permitió tratar la temática en cuestión de una manera menos parcial y plagada de prejuicios tal como lo ha hecho una alta proporción de historiadores venezolanos.

     De ahí el requerimiento de la renovación y afinamientos de criterios de interpretación “inercialmente aplicados, por ejemplo, a las fechorías de Boves”. A lo que se debe sumar la urgente disposición para poner al descubierto otras interpretaciones que ofrezcan una versión de la Independencia en que se restituya su talante real, es decir, de un complejo enmarañado de situaciones y tendencias, “dejando así de ser la plana confrontación del bien y el mal en que la ha convertido la historia oficial”. Al proponer otra vertiente interpretativa Carrera anotó que las pequeñas partidas de guerrilleros, dedicadas a hostigar las líneas de abastecimiento de sus enemigos, y de sus destacamentos poco numerosos, tuvieron en el saqueo y el pillaje una forma exclusiva de abastecimiento. 

     Las acciones circunscritas en el saqueo y el pillaje no sólo deben ser adjudicadas a ejecuciones de indisciplina o a actitudes particulares de jefes de menor rango. Testimonios como los expuestos por José Antonio Páez y la Gaceta de Caracas revisten gran importancia para corroborar gestiones de los patriotas ante el saqueo y que contradicen lo que la historiografía ha difundido de modo prominente. Carrera recordó algunos pasajes estampados en este oficioso órgano periodístico, durante la dictadura de Bolívar, en tiempos de la Segunda República, en que sin ningún empacho ni comedimiento se divulgaban informaciones de confiscaciones y hurto de propiedades realistas.

     Carrera enfatizó en el hecho cierto en torno a la actitud asumida por las tropas del rey, en su intento de reocupar el territorio perdido, al recurrir al saqueo y el pillaje de manera preponderante, aunque acompañados con las propias de las exacciones teñidas de legalidad. En el caso de los propugnadores de la república, si bien no dejaron de lado las primeras se inclinaron, según las circunstancias de 1813 y 1814, por las exacciones. Para la colecta de provisiones y elementos de guerra fue la exacción el ejercicio más frecuente ejercido sobre la población que habitaba el campo venezolano. Fueron distintas las formas utilizadas para el acopio de bienes indispensables para la supervivencia de los ejércitos y el desarrollo de las actividades militares.

     Las adquisiciones con pago diferido y aleatorio se utilizaron para ordenar la administración y “cuidar la opinión”. Su propósito inicial, de acuerdo con el autor, era no hacer uso excesivo del saqueo y los despojos de los que eran objeto los pobladores de campos y ciudades de Venezuela. El diferimiento de pagos se instrumentó por la penuria en la que se encontraban muchos productores de la comarca y que repercutió de modo negativo en la contribución al Erario. En cuanto a la modalidad aleatoria se instrumentó por la inestabilidad implícita en cualquier circunstancia donde predominaba el factor militar. 

     Carrera proporcionó la información según la cual en algunas ocasiones el acopio de cualquier tipo de recursos y elementos para la guerra, se trocaron en simple despojo, sólo que aparecían encubiertos por las palabras extraer y donativo, términos que adquirieron significados insospechados. En su relato sugirió que el procedimiento para obtener recursos fue respondido, en varias oportunidades, bajo el atropello y el despojo violento de los propietarios, “lo que no podía dejar de tener serias repercusiones en el orden político y militar”. En este contexto, citó algunas ideas esbozadas por José Manuel Restrepo quien ofreció una “interesante consideración crítica acerca de la evolución de su testimonio”.

     A Carrera le llamó la atención la situación durante la Segunda República, por lo que citó a un personaje que llegó a ocupar cargos de importancia en tiempos de la República de Colombia. Restrepo describió que la mayoría de los combates se presentaron en los primeros veinte días del mes de septiembre de 1813. A poco de recibir a Bolívar y sus soldados con vítores, habitantes de la comarca fueron seducidos de nuevo por las tropas realistas. Restrepo adjudicó esta inclinación al decreto de Guerra a Muerte, por los forzosos reclutamientos, con la destrucción y exacciones forzadas de propiedades que, al decir del testigo neogranadino, eran muy parecidas a las ejecutadas por los realistas al mando de Monteverde.

     Carrera dio crédito a las reflexiones de este neogranadino y citó algunos pasajes por él delineados en Historia de la revolución en Venezuela. En lo que se refiere a la administración pública del momento, Restrepo señaló que cuando Bolívar dirigía los asuntos administrativos de manera directa había obediencia de los mandos militares. No obstante, al dividirse el ejército en distintas unidades “cualquiera oficial procedía arbitrariamente a disponer de los bienes de cuantos él denominaba realistas”. Sin embargo, Carrera mostró perplejidad ante algunas aseveraciones de Restrepo respecto a la política bolivariana de las exacciones y lo que los tenientes bajo su mando llevaron a cabo de modo arbitrario.

     Carrera calificó de vana ilusión un proceder distinto al que se vivió entre los años de 1813 y 1814, por la necesidad de bienes necesarios para mantener a fuerzas militares que libraban la lucha a favor de la emancipación. Las provisiones forzosas se convirtieron de uso común entre realistas y republicanos. Insistió Carrera en reiterar cómo las posiciones respectivas de los grupos en pugna determinaron que de parte de los republicanos “predominasen las formas veladas de saqueo”. Ellas se maquillaron bajo la figura de empréstitos forzados, impuestos, contribuciones o multas. Gracias a estas prácticas se intentó garantizar la circulación de suministros, dinero y de todo tipo de provisiones necesarias para la guerra. “Ellos consumían de manera nada secundaria la actividad de las autoridades militares y civiles, y han perdurado abundantes pruebas de sus cuidados”.

     En su relato señaló que, a pocos días de haber ingresado Bolívar a Caracas en 1813, se habían reunido en La Guaira, el 18 de enero de 1813, miembros de la Municipalidad con vecinos de Maiquetía y Macuto, para considerar acerca de empréstitos a la Renta del Tabaco con retribución o no a favor de la República. Carrera indicó que así quedaba sellada la fórmula. En el futuro, cuanto más difícil fuese la situación las necesidades de recursos se acrecentaba, y medidas como esta se generalizaron. En lo concerniente a impuestos y contribuciones trajo a colación la correspondiente al 15 de septiembre de 1813. Los fundamentos esbozados para su aplicación tuvieron que ver con la situación hacendaria de la República. En ellas se señalaron las urgencias republicanas por el agotamiento de los recursos en distintas provincias, Caracas en especial. El impuesto se precisó como un deber “sagrado” de todo ciudadano a sacrificar sus intereses para salvar la Patria. De ello se llegó a la cifra de 70 mil pesos para la provincia de Caracas, distribuidos entre todos los habitantes con independencia a su clase y calidad, a pesar de las penurias que estaban experimentando por la guerra.

     En torno a esta propuesta el autor asumió que desconocía las consecuencias de su aplicación, que debió haber comenzado por Caracas. Sin embargo, alegó que los indicios documentales no eran halagadores. Si medidas como la señalada no parecen haber sido efectivas quedaban otras opciones más poderosas: las multas y los donativos. El carácter de éstas era expedito y no requería de mayor aparataje administrativo o de convencimiento de los afectados de la medida que se aplicara. Eran aplicadas de manera directa del administrador al contribuyente. Este último estaba situado en un lugar de desventaja y poca posibilidad de elusión. Carrera desmintió a Vicente Lecuna quien expresó el exiguo resultado de esta medida. 

     En todo caso, los actos señalados respondieron a circunstancias y constantes históricas en las que se encontraron realistas y patriotas. Según Carrera no hubo un momento preciso para el saqueo, el despojo y la exacción, entre 1810 y la segunda Batalla de Carabobo, y “aún más allá si aceptamos algunos juicios, indicios y testimonios”. Carrera reconoció que eran pocos, pero suficientes para una aproximación a la posibilidad, con suficiente fundamento, de un fenómeno histórico.

Evolución del desarrollo urbano caraqueño – Parte I

Evolución del desarrollo urbano caraqueño – Parte I

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Evolución del desarrollo urbano caraqueño – Parte I

     A tres lochas (37 céntimos y medio) compraron el terreno para construir quintas en El Paraíso los primeros inversionistas que se animaron, en 1891, a comenzar a poblar la entonces aristocrática urbanización al suroeste de Caracas. Ya a principios del siglo XX, hacia el lejano este de la ciudad, podía conseguirse un buen espacio en las faldas del cerro Ávila, en Los Chorros, por alrededor de una locha o medio (0,25 céntimos) el metro cuadrado. En un reportaje publicado en el diario La Esfera, el 9 de diciembre de 1959, bajo el título de “Medio siglo de arquitectura urbana”, Ana Mercedes Pérez ofrece interesantísimos detalles en torno a cómo se levantaron las primeras urbanizaciones en Caracas para las diferentes clases sociales.

 

Cómo nacieron las urbanizaciones de Caracas

      La ciudad no es la misma de la historia, aquella de nuestros antepasados, ya ni siquiera la dueña singular de nuestros recuerdos en amados sitios de la juventud. No es la que nos vio nacer ni la que nos dio las aguas del bautismo. Pareciera que lleva un antifaz. A lo largo de los años la hemos visto crecer, expandirse, desarticularse, enervarse o recogerse más en la intimidad de un recodo para darle paso a la avalancha de un mundo exterior que quiso conocerla y hacerla suya. La luz esplendorosa, el paisaje azulino, el patio y su turpial, la gota silente del tinajero han sido encerrados en un bloque de cemento. Era la casa de ladrillos, levantada con amor por la mano del hombre.

     Quedan exteriores que hemos visto siempre. Ya para fines de siglo enarbolaba un soberbio Capitolio construido en noventa días, que no ha perdido la heroicidad de su belleza. La Plaza Mayor está en el mismo sitio, dirigiendo el norte de las remembranzas de una vieja Caracas de gustos simples. 

Parque Los Caobos, urbanización El Paraíso, 1928

     El Teatro Municipal refulge para los caraqueños plenos de remembranzas, de murmullos musicales, de arte, de poderío. Allí se han dado los mejores espectáculos y Guzmán Blanco se dio el gusto de perpetuar su memoria cerca de un siglo. Había soñado con hacer de esta capital un pequeño París, haciendo construir una capilla semejante a la de la Ciudad-Luz, con vitrales tan hábilmente dispuestos por el arquitecto Hurtado Manrique, que no se semejaran a ninguno.

     Su obra en conjunto tiene el elogio de unos y el anatema de otros, de arquitectos serios como Carlos Guinand, que nunca le perdonará el haber derribado el templo de San Pablo ̶̶ una joya colonial de tres siglos ̶̶ para colocar en su lugar un teatro para la Ópera, que ha podido construirse en otro sitio.

     Pero. . . ¡si en verdad Guzmán hubiese hecho de Caracas su pequeño París! No hay que olvidar que París es recordado y encontrado en toda época inalterable y único y que los venezolanos siguen perdiéndose en su propia ciudad.

Capilla San Jose de Tarbes

Terremotos

     Caracas ha sido una ciudad sacudida en diversos siglos. En 1641 y 1766 -según cronistas-, dos fuertes terremotos hacen caer algunas casas y agrietan algunos templos. Los templos de los españoles fueron nuestra mejor herencia. Aunque si le preguntamos de nuevo a algunos románticos nos responderán que dónde hemos dejado las casas solariegas con sus patios olorosos a magnolia, a jazmín real, a estefanón, aromas naturales que se percibían desde el zaguán. Las plantas surgían de la misma tierra, en caprichosos círculos. Verdadera arquitectura para el trópico. En Coro y Valencia aún existen algunas de esas mansiones, desglosando su frescor entre rosales.

     El terremoto de 1900 con la revolución de pánico que despertó, volvió timoratos a algunos en la construcción, aunque personas adineradas se hacen construir fuertes casas contra temblores en la urbanización del Paraíso, iniciada nueve años atrás. Alberto Smith trajo casas prefabricadas y Roberto García, arquitecto notable cuando Guzmán Blanco, constructor de la parte norte del Capitolio, se construyó una casa de metal que los caraqueños apodan “casa de latón”. Era un contrasentido, para quien hubiera podido construirse la casa más bella de Caracas. Surgen otras casas de hierro, recubiertas de cemento en dicha urbanización. 

Primer impacto destructivo

     La traída del ferrocarril alemán a fines del siglo  ̶ ̶ informa Guinand ̶ abrió el primer impacto de destrucción. Vinieron ingenieros alemanes a construir estaciones de cemento a lo largo del país. Desde ese momento la gente novelera, que siempre la ha habido en Caracas, cambió el piso de ladrillo y su frescor por la cálida materia consistente. Surgirán entonces las industrias del cemento, la de Chellini y la de González Velásquez y se parecerán la mayoría de las casas a estaciones de ferrocarril.

     Todo comienza por vaciarse en cemento, embarandados y tejas, las primeras prensas de cemento y su fabuloso beneficio empieza por aniquilar lo nuestro. Desaparecen las primeras casas con techos rojos. El ladrillo y la cal, donde el hombre deja un poco de su espíritu, es reemplazado por la dura superficie. Lo lamentable es que grandes y serios arquitectos de la época, como Alejandro Chataign, no advirtieron el peligro de tan deplorable mal gusto a los caraqueños. La diferencia se observa cuando visitamos y encontramos en el Perú y Argentina hermosas mansiones con repulidos pisos de ladrillos.

San Jose de Tarbes El Paraiso
Casas en las urbanizaciones de Los Caobos y El Conde, 1932

Urbanización de El Paraíso

     En los terrenos que pertenecían al trapiche de los Echezuría, se empezó a construir El Paraíso en 1891. La primera casa fue la del gerente Don Felix Ribas. Creemos, aunque no lo damos por seguro, que fue Monte Helena ya próxima a desaparecer; la pica demoledora ha caído sobre sus puertas de más de medio siglo. Las guerras civiles y revoluciones detuvieron el progreso del Paraíso en sus primeros años. Crespo en 1895 decide continuarlo. El terremoto de 1900 lo estanca. Fue cinco años más tarde cuando el viejo Don Eugenio Mendoza (padre de los Mendoza Goiticoa) logra convencer a su compañero de labores en el tranvía Don Félix Ribas, para que le venda a su gran amigo Don Carlos Zuloaga, los terrenos que partían desde la Plaza Madariaga hasta la India. El 11 de diciembre de 1905, Don Eugenio, a nombre de los Tranvías de Caracas, traspasaba a su amigo Carlos Zuloaga, la propiedad con excepción de los lotes ya vencidos y vendidos.

     Don Eugenio vendió terrenos Bs. 0,37 el metro cuadrado. Despertó entre sus clientes la inquietud por construir. Las hermanas de Don Félix cambiaron sus acciones en el tranvía por terrenos en el Paraíso. Las primeras casas que surgieron fueron la quinta Mignon, donde se fundó después el Club Paraíso, la de José Loreto Arismendi, la de Don Carlos Zuluoaga, de Doña Catalina Ibarra de Delfino y de Raimundo Fonseca.

     El Paraíso permaneció por muchos años como una de las urbanizaciones aristocráticas. Allí nació nuestro hipódromo,  en 1908,  sobre un terreno que donó Don Carlos Zuloaga a la Municipalidad para un parque. Hoy, en el nuevo proyecto de la Gobernación, se realiza su sueño cincuenta años después. 

     El Colegio San José de Tarbes aumentó el prestigio de El Paraíso. Don Carlos también les regaló un terreno para que construyeran la capilla. La Municipalidad construyó la Plaza Madariaga comprando a tres reales la vara cuadrada.

Segundo impacto: La pianola

     Hacia 1915 llega a Caracas un raro artefacto que podía tocar mecánicamente desde la sublime serenata de Chopin hasta el cuplé de moda. Entra su voluminosa arquitectura en algunas mansiones y con ella la fiebre del one step y el two step.

     Ya se inicia tentador el mosaico hidraúlico y aunque para bailar no hay como el discreto piso de madera encerada, ésta también se desecha por el multicolor y novedoso cuadrante. Segundo impacto de destrucción.

     La pianola termina por aniquilar la belleza de ciertos patios caraqueños, aún poblados de enredaderas y pajareras. Caen las “bellísimas” al suelo y con ellas el aroma penetrante de una noche de luna. Surgen los potes de cemento con matas de palma. Pero, naturalmente, los caraqueños ya pueden deslizar los pies musicalmente sobre el mosaico que ya empieza a entronizarse. Algunos propietarios, de mal gusto, lo incrustan hasta en las paredes de su casa. Se dan bailes en los patios, los que antes eran solo en el salón y el paraqué. La línea de la casa se alarga en su entrada y se recorta en la cocina. La gente empieza por guardar la apariencia.

 

La COVID-19 aceleró los procesos de transformación digital

La COVID-19 aceleró los procesos de transformación digital

La COVID-19 aceleró los procesos de transformación digital

     “Tendencias tecnológicas: ¿amenaza u oportunidad?” fue el tema analizado en nuestro Comité de Innovación y Tecnología, por Pedro Pacheco, Socio Principal de PwC Venezuela.

     Pedro Pacheco inició hablando sobre la Cuarta Revolución Industrial y como todos los procesos de cambios generan incertidumbres y temores. Expuso que no tiene porque ser diferente a las otras revoluciones, lejos de destruir fuentes de empleo puede significar nuevas oportunidades laborales.

     Sobre la pandemia y el impacto del COVID-19 en las industrias, señaló que derivó probablemente una de las crisis más asimétricas, porque no afectó a todos de la misma forma. Para las organizaciones que antes del virus tenían planes hacia la transformación digital se tenía un plan inicial, en contraste con las organizaciones que tuvieron que hacerlo de forma rápida en plena contingencia.

     “Muchos aspectos de la humanidad, sociales y organizacionales están cambiando luego de la COVID-19 y es necesario identificar cuáles circunstancias, corrientes, tendencias estarán presentes en el futuro” dijo Pacheco.

     Planteó como un buen escenario, visualizar el presente como un océano de incertidumbres con archipiélagos de certezas y reconoció las megatendencias como esos archipiélagos. Las megatendencias son esos fenómenos que van a ocurrir independientemente del esfuerzo humano como el cambio demográfico y social, el poder económico global, la rápida urbanización y la irrupción de la tecnología.

     Aseguró que la tecnología tiene que estar obligatoriamente en la agenda de todas las empresas. De esta megatendencia, PwC desarrolló un modelo de 8 tecnologías esenciales: el internet de las cosas, la realidad aumentada, la realidad virtual, el blockchain, la inteligencia artificial, la impresión 3D, drones y los robots. Si las organizaciones desean evolucionar deben considerar estas innovaciones.

     Pacheco explicó que es posible que algunas de estas innovaciones eliminen puestos de trabajo, pero también pueden ser fuentes de oportunidades. Sin embargo, es fundamental acortar la brecha entre las competencias y las nuevas habilidades que va a demandar el futuro.

     “Es un tema de actitud”. También de transformación de enfoques en las organizaciones, incluidas las universidades. “Ser resilientes no es suficiente tenemos que ser longánimos, es decir perseverantes en las adversidades, solidarios, fieles a los principios, fortalecer el ánimo, generosidad en la conducta y soportar con paciencia”

     Entre las tendencias para este 2021, las empresas pueden tomar en cuenta cambios que incluyan tecnología como: los asistentes digitales con voz e inteligencia artificial, el internet de las cosas, la automatización de procesos con robótica, inversión en seguridad de datos, entre otras.

     Hizo énfasis sobre la importancia del concepto de desempleo. Para Pacheco, más que desempleo lo que existe son personas que no tienen las competencias que el mercado está demandado. Existen sectores que están en la búsqueda de personal y no se consigue. Por eso es importante analizar las megatendencias y capacitarse con habilidades para desarrollarse en esas áreas.

     Recomendó a las organizaciones tomar en cuenta los pilares para la gestión de costos y efectivo como manejar información confiable, hacer planificación de escenarios, incluir modelos de pronósticos y reconfigurar el área financiera para la automatización.

     En nuestro canal de YouTube puedes ver esta conferencia de nuestro Comité de Tecnología e Innovación, que preside Omar Hokche

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte II

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte II

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José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte II

Fatal accidente

     El domingo 29 de junio de 1919, una trágica noticia conmueve al pueblo caraqueño.  El doctor Hernández había salido de su residencia, en la casa número 3 de La Pastora, ubicada entre San Andrés y Desbarrancados, para atender a una señora de muy bajos recursos económicos que vivía muy cerca de allí, entre las esquinas de Amadores y Cardones. Tras evaluar a la paciente, él mismo decidió caminar hasta una botica que quedaba en la esquina, para comprar las medicinas.

     Al salir de la farmacia caminó unos cuantos pasos e intentó cruzar la calle. Desde la esquina de Guanábano subía el tranvía número 27, por lo que se detuvo antes que lo hiciera el operador. Pero no se percató que detrás del transporte colectivo venía un automóvil Hudson Essex, conducido por Fernando Bustamante. El carro detuvo la marcha para permitir que pasara un jovencito que llevaba una carretilla y luego adelantó al tranvía que estaba estacionado, sin advertir que José Gregorio Hernández también intentaba cruzar. El carro le dio un ligero golpe del lado del guardafango del conductor, el médico no pudo sostener el equilibrio y cayó al pavimento, golpeándose la base del cráneo con el borde de la acera.

     Fue una muerte instantánea, sin agonía, por fractura de la base del cráneo que destruyó el tallo cerebral.

El conductor Bustamante y el señor Vicente Romana Palacios, quien visitaba una casa del sector, trasladaron el cuerpo de Hernández en el mismo vehículo hasta el Hospital Vargas, donde el capellán Tomás García Pompa, le impuso los santos óleos y le dio la absolución.

 

Inolvidables exequias

     El acto velatorio del doctor Hernández se celebró en su propia casa. A la residencia se acercaron representaciones de todos los sectores de la sociedad en un largo desfile para compartir la pesadumbre de familiares y amigos. La ciudad estaba conmocionada.

     Al día siguiente, lo llevaron al Paraninfo de la Universidad Central de Venezuela, donde permaneció en capilla ardiente hasta el momento en que el cortejo fúnebre se trasladó hacia el Cementerio General del Sur.

     Según la crónica del diario El Universal, “El féretro fue conducido en hombros por los estudiantes de la Escuela de Medicina, desde la casa familiar hasta el Paraninfo de la universidad, en un recorrido que duró más de una hora. El cortejo fúnebre, ante la mirada de los vecinos que salían de sus casas a rendirle el tributo de sus oraciones, pasó por las esquinas de Tienda Honda, la Merced, Mijares, Santa Capilla, Principal, Las Monjas y San Francisco, precedido por gente humilde y trabajadores de los distintos gremios, quienes portaban en sus manos coronas de flores frescas recién traídas del cerro Ávila”. 

     Acompañaron el cortejo los ministros del Interior, Relaciones Exteriores e Instrucción Pública, al igual que el secretario de la Gobernación del Distrito Federal. Una vez en el Paraninfo, donde los restos reposaron hasta que fueron trasladados a la Catedral, los discípulos formaron una guardia de honor, que en grupos de cuatro, se turnaban cada media hora. 

     En las calles adyacentes y alrededores del Capitolio, familiares, amigos, vecinos, miembros de las asociaciones y gremios, formaron una multitud heterogénea que esperó pacientemente el momento del traslado del cadáver al cementerio”.

     Según la mencionada crónica y otra reseña de El Nuevo Diario, cuando el féretro iba a ser colocado en la carroza fúnebre que esperaba en la calle para conducirlo al cementerio, el pueblo, la gente humilde de Caracas, se adelantó exclamando: “…¡el doctor Hernández es nuestro!… ¡el doctor Hernández no va en carroza al cementerio!…”.

     Superado el incidente el ataúd fue tomado con el mayor respeto por brazos anónimos que lo elevaron sobre una muchedumbre que unida por el agradecimiento, pero sobre todo por el afecto se apropió de aquellos restos para llevarlos en hombros al cementerio.

     El cortejo inició entonces el traslado encaminándose hacia el sur, pasó por las esquinas de Gradillas, Sociedad, Camejo, Santa Teresa, Cipreses, Hoyo, Castán, Palmita, donde cruzó hacia el este siguiendo por Tablitas, El Sordo, Las Peláez y en vez de tomar rumbo hacia Alcabala y pasar por Puente Sucre, vía que usualmente seguían los entierros, cruzó para acortar camino hacia Guayabal y Puente Hierro, sitio donde estaban apostados dos agentes de la policía que cerraban el paso. Un grupo del cortejo se adelantó y les pidió que no intervinieran. En efecto, los guardias persuadidos por aquella imponente manifestación de duelo se retiraron en silencio.

     Al llegar a Roca Tarpeya y el Portachuelo anochecía. La gente prendió antorchas y velas que iluminaron el resto del camino. Eran las ocho de la noche cuando llegaron al cementerio. Con el ataúd en tierra y bendecida la fosa por el capellán encargado de los entierros, pronunciaron emocionados discursos, entre otros, los médicos Luis Razetti y Pedro Acosta Delgado, así como el señor Rafael Benavides Ponce y los bachilleres Pedro P. Serrano Ortiz y P. Rodríguez Ortiz.

 

Del Cementerio General Sur a La Candelaria

     Casi 60 años después de su fallecimiento, el 23 de octubre de 1975, se realizó la primera exhumación del Dr. José Gregorio Hernández, en la que sus restos fueron trasladados desde el Cementerio General del Sur, hasta la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria en la Arquidiócesis de Caracas.

Devoto del Dr. Jose g. Hernandez. Visitan su tumba en la iglesia de La Candelaria. Centenario de su muerte. Recorrido la pastora e iglesia La Candelaria. Caracas. 29-06-2019

     Un año antes, en septiembre de 1974, ocurrió un incendio en su tumba del Cementerio General Sur, dañando parcialmente el recinto. Se cree que la causa del fuego fue la cantidad de velas encendidas con las que los devotos rendían culto al “Médico de los pobres”.

     Inicialmente se solicitó reparar el lugar o trasladar la tumba a la entrada del cementerio, donde pudiera estar con mayor protección, pero no fue posible hasta que monseñor José Rincón Bonilla, vice postulador de la causa de beatificación, decidió buscar una iglesia para colocar los restos del Siervo de Dios. La razón para el traslado de los despojos se resume en la multitudinaria cantidad de personas que visitaban su tumba frecuentemente, siendo necesario incluso un velador para mantener el orden y el cuidado. Se escoge entonces, la capilla de los misterios de la Candelaria.    

     Tras 45 años de este acontecimiento histórico, el 26 de octubre de 2020 se realiza una nueva exhumación de los restos de José Gregorio con el fin de dar cumplimiento al proceso de beatificación. Es un requisito previo a toda ceremonia de beatificación, que se efectúa con anterioridad para ser identificado por el Obispo local.

     En esta nueva exhumación participaron médicos patólogos, especialistas y fiscales jurídicos de la Iglesia, como testigos de la presencia real de restos humanos. La finalidad de este proceso fue verificar la condición de los restos del nombrado beato, en primera instancia, para garantizar la prolongada conservación de su cuerpo, responsabilidad histórica para permitir la devoción, veneración y custodia de sus reliquias por las futuras generaciones. A su vez, fue necesario para recoger las reliquias de primer grado (osamenta) y segundo grado (vestimentas), que fueron distribuidas en las diferentes diócesis del país; las que fueron enviadas a la Santa Sede y las que se enviaron a los países en los que se instauraron santuarios con el nombre del beato.

Las doce manzanas del cuadrilátero

Las doce manzanas del cuadrilátero

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Las doce manzanas del cuadrilátero

     Escribió Arístides Rojas (1826-1894) una crónica en la que hizo referencia a La Ciudadela o el cuadrilátero que abarcaba la plaza de Altagracia, la esquina de Maturín, la de Traposos y la de La Bolsa. Lo hizo con el propósito de poner de relieve “los más notables acontecimientos de nuestra historia”, tanto en tiempos de la Colonia como los correspondientes a la Independencia. En su escrito titulado: “El cuadrilátero histórico” estampó que en las doce manzanas que comprendía dicho espacio albergaba la primera casa edificada por Diego de Losada, así como el primer templo construido a instancias de él, llamado San Sebastián que sería denominado después San Mauricio. De inmediato pasó a enumerar lo que en el denominado cuadrilátero se apreciaba aún a finales del 1800, como lo fueron los antiguos conventos de monjas, el palacio de los capitanes generales, la Audiencia, la Intendencia, la Cárcel Real, el Ayuntamiento o Casa Municipal, la Universidad, el Seminario Tridentino, la catedral con su cementerio y prisión para eclesiásticos, la Tesorería Real, los almacenes y oficinas de la Compañía Guipuzcoana, la Tercena o venta del tabaco, la vivienda de los jesuitas, la casa donde se instaló el congreso constituyente de 1811, el primer teatro real, las oficinas de la primera imprenta en Caracas, el Arzobispado, el domicilio donde se instaló Humboldt y, en los últimos años, la casa donde nació Simón Bolívar, el recinto donde llegó en 1827 y el templo donde reposaban sus restos, así como la plaza donde se escenificó su apoteosis.

     Como se hizo usual entre quienes se dedicaron al cultivo de la historia patria y nacional, la figura de Bolívar fue fundamental al hacer referencia a los principios de la nacionalidad. Rojas formó parte de esta tradición en que lo nacional se asoció con los líderes del bando patriota, Bolívar en especial. Por esta razón, puso de relieve lo expresado por este último a raíz del movimiento telúrico de 1812, también quien recibiría en el templo de San Francisco el título de Libertador y que veintiocho años después sería el espacio en el que reposarían sus restos mortales. 

    En la descripción tramada por Rojas éste destacó que frente al derruido templo de San Jacinto se encontraba la casa que habitaba la familia Madriz, la misma casa donde nació Simón Bolívar en 1783. Por el lado norte, se encontraba la que había servido de asiento a la Audiencia a inicios del 1700.

     Todavía ella mostraba en la puerta una campana de la cual pendía una cadena de hierro; el culpable que al ser perseguido tiraba de la cadena quedaba bajo el amparo de la Audiencia, “y nadie podía tocarle”. Recordó que solo dos templos contaron con este privilegio, la Catedral y Altagracia, con ejemplos de que la justicia no traspasó las puertas, mientras el culpable lograba alcanzar el santo de su devoción y arrodillarse ante él. Agregó que existió otra casa que recibió esta gracia de manos de la Corona española, “fue la de la familia Arguinzones, ya extinguida, que vivió en la esquina del mismo nombre, hoy llamada esquina de Maturín”.

     Continuó Rojas indicando lo que esta porción territorial albergaba. En la esquina de Maturín había edificado Diego de Losada su primera morada. “De manera que al lado oriental del cuadrilátero histórico está limitado en sus extremos norte y sur por dos casas célebres: la que fundó Losada, hoy en escombros, y aquella en que nació Bolívar”. Asentó que, la casa de Valentín Ribas, hermano del general Ribas, ambos participantes en la conjura de 1810, estaba en la misma esquina y en una porción donde se situaba el templo masónico. Continuó su narración rememorando que la mansión de los Ribas desapareció con el terremoto de 1812. Subrayó, en su escrito, los pesares que sufrieran otros integrantes de esta familia. Dos años después del movimiento telúrico, en 1814, los monárquicos cortaron la cabeza de José Félix Ribas que fue colocada en una jaula en el camino a La Guaira. Para 1815 el general Moxó ofreció una recompensa de cinco mil pesos por la captura y entrega de Valentín Ribas. Éste sería asesinado por uno de sus empleados en un hato de Camatagua. Rojas recordó que a estas desgracias se sumó la muerte de sus hermanos Juan Nepomuceno y Antonio José, quienes fueron víctimas de las pasiones políticas del momento.

     En la relación que proporcionó Rojas, estableció que en los contemporáneos edificios del Ministerio de Guerra y del Parque estuvieron las oficinas de la conocida Compañía Guipuzcoana, mientras la factoría del tabaco, llamada la Tercena, estuvo situada en lo que era el jardín del Casino. La narración tejida por Rojas no dejó de destacar asuntos propios de la vida cotidiana, cuestiones tenidas, a finales del decimonono, como atributos del carácter de los pueblos se constituyeron en parte de la argumentación acerca de lo nacional. No sólo lo relacionado con la heroicidad patriota, también de suyo se creyó en hábitos y costumbres como atributo de diferenciación con otros espacios territoriales nutrieron y formaron parte de la narrativa nacional extendida por él.

     Es por ello que recordaba situaciones como la experimentada por un intendente español quien, en actividades propias de un enamorado, solía escalar por una casa para el encuentro amoroso con una dama. Hasta que la matrona de dicha casa le descubrió en sus andanzas amorosas, una noche en la que pretendía repetir lo que había hecho usual como amante furtivo. Evento que rememoró al describir el lugar ocupado por la casa de la Tesorería y la casa de habitación colindante, lugar donde fue pillado el intendente español. Lo cotidiano y menudo, propios de la vida privada y propicios para ser narrados dentro de un marco de tipicidad, autenticidad y originalidad asumidas fueron un componente esencial de la narrativa nacional.

     En su delineación escribió que frente a la Tercena estaba la casa que había sido fundada por los integrantes de la Compañía de Jesús en el 1700, única casa en Caracas a prueba de terremotos. Redactó que la casa que habían ocupado los antiguos capitanes generales estaba en la calle Carabobo. Recordó que, de los tres últimos representantes del rey de España, en Venezuela, sólo dos de ellos habían fallecido en este territorio y sus cuerpos sepultados en el templo de las monjas carmelitas, el del mariscal Carbonell desde 1804, mientras el del mariscal Guevara y Vasconcelos, que murió en 1807, estaba enterrado en el templo de San Francisco. El último de estos representantes, Emparan y Orbe, no falleció en Venezuela.

     Al sur de la casa de los capitanes generales se había instalado en 1811 la Sociedad Patriótica, en una esquina denominada Sociedad a raíz de este establecimiento. 

     De la misma posición de la casa de los capitanes generales, hacia el lado norte informó Rojas, había sido instalada la Intendencia. Al frente y hacia el sur de la casa episcopal estaba la casa que sirvió de lugar para la imprenta de Baillío y Compañía, en 1810. La primera casa de imprenta se situó en la plaza de Altagracia y después frente a la puerta norte de Catedral. “Quizá nada queda hoy de las prensas introducidas en Caracas en 1808”.

     Evocó que la Sociedad Patriótica desarrolló sus sesiones en la esquina de Sociedad. El congreso constituyente de 1811 había extendido sus deliberaciones en la casa del conde San Javier, llamada esquina del Conde. Rojas expresó que este sitio debería denominarse esquina de los Condes porque frente al de San Javier hacía vida el de la Granja y hacia el norte el de Tovar. “No fue la Caracas colonial tan rica en condes y marqueses como en generales y doctores la Caracas republicana. Para tres condes hubo cuatro marqueses y muchos caballeros de distintas órdenes”.

     Rememoró en que la casa del conde de Tovar había sido el lugar donde se había efectuado la jura de Carlos IV a finales del 1700. Para el banquete ofrecido en esta ocasión, por parte de los notables de Caracas, se utilizó un mantel de mesa que consistía en vidrios de espejos unidos. “¡Qué antítesis entre esta abundancia de luz por dentro, mientras afuera no había ni instrucción pública, ni imprenta, ni bibliotecas!”.

     De acuerdo con su percepción la plaza Bolívar podría considerarse como el centro del cuadrilátero, puesto que ella había sido escenario de eventos de júbilo y de dolor, episodios lúgubres, gritos de vida o muerte. Entre los episodios que trajo a colación fue el sucedido el 19 de abril, los correspondientes a 1811 y la desgracia de Miranda en 1812. Fue el mismo “templo” en que se había festejado el advenimiento de un nuevo rey. En el mismo llegaron Monteverde, Boves, Morillo, Moxó. También Bolívar y donde se quemó, en 1806, el retrato de Miranda, sus proclamas y la bandera tricolor. La misma de los días jubilosos de 1813, en especial la procesión ordenada por Bolívar que condujo el corazón de Girardot hasta la catedral de Caracas. 

     El mismo lugar evocó a Rojas los días de 1814, cuando Bolívar y los suyos tuvieron que huir ante la arremetida realista. Allí se concentraba el recuerdo de una batalla perdida, pero en ella prometió volver para liberar el territorio de las fuerzas leales a la corona. Fue la misma plaza donde ordenó la huida para evitar una liquidación segura. Agregó que, el arzobispo Narciso Coll y Prat, luego de huir el Libertador, extrajo del altar mayor el corazón de Girardot, donde había sido enterrado y luego depositarlo al lado del cementerio de la misma iglesia. 

     Se puede asegurar que la historia patria y la historia nacionalista que se impuso durante el 1800 tuvo en el imperativo moral su razón de ser. Así, la lectura que hicieron aquellos que desplegaron estudios del pasado, se sintieron en la obligación de construir sus frases narrativas bajo un marco de imperativo moral. Asimismo, fue muy común asociar las acciones de los denominados realistas con intereses e ignominias, mientras que las acciones de los patricios criollos fueron asimiladas con un bien. Es necesario advertir que la historiografía acerca del período de emancipación tiene esa característica. Al igual que compromiso moral, el de señalar la Independencia como un bien en sí mismo plagado de positividad.

     Bajo este marco es que puede ser comprendido e interpretado los señalamientos tramados por Rojas en los párrafos finales de su escrito. Luego de referir lo relacionado con la acción de Coll y Prat y el corazón de Girardot, pasó a referir lo que soldados al mando del comandante González ejecutaron. Si bien ponderó la bonhomía de este comandante, no fue igual el trato recibido por sus subordinados a los que calificó de “… hombres feroces … asesinan inicuamente en el camino al conde de la Granja y al señor Joaquín Marcano … aparece en palacio el infame Rosete … y reclama el corazón de Girardot”. Lo relacionado con la reclamación del corazón de Girardot, por parte de Boves y los suyos, ocupan lugar destacado en las líneas redactadas por Rojas. El cambio de lugar que había ejecutado el arzobispo concitaron a que nuestro redactor asentara: “La previsión de Coll y Prat había salvado a Caracas de un hecho ignominioso que al realizarse, habría manchado el carácter nacional…”.

     Rojas concluyó sus líneas al justificar el recuerdo que producía la plaza Bolívar, porque había sido escenario y testigo de eventos diversos. Para alcanzar su cometido hizo uso del nombre de las esquinas y edificaciones de Caracas en donde se escenificaron situaciones, para él, dignas de ser restituidas porque constituían la base fundamental de la historia patria. El Rojas cronista mostró una tesitura en que la combinación de costumbrismo y criollismo se mezclaron en los procesos desplegados con la edificación de un proyecto nacional moderno en Venezuela.

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