CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Evolución del desarrollo urbano caraqueño – Parte I

     A tres lochas (37 céntimos y medio) compraron el terreno para construir quintas en El Paraíso los primeros inversionistas que se animaron, en 1891, a comenzar a poblar la entonces aristocrática urbanización al suroeste de Caracas. Ya a principios del siglo XX, hacia el lejano este de la ciudad, podía conseguirse un buen espacio en las faldas del cerro Ávila, en Los Chorros, por alrededor de una locha o medio (0,25 céntimos) el metro cuadrado. En un reportaje publicado en el diario La Esfera, el 9 de diciembre de 1959, bajo el título de “Medio siglo de arquitectura urbana”, Ana Mercedes Pérez ofrece interesantísimos detalles en torno a cómo se levantaron las primeras urbanizaciones en Caracas para las diferentes clases sociales.

 

Cómo nacieron las urbanizaciones de Caracas

      La ciudad no es la misma de la historia, aquella de nuestros antepasados, ya ni siquiera la dueña singular de nuestros recuerdos en amados sitios de la juventud. No es la que nos vio nacer ni la que nos dio las aguas del bautismo. Pareciera que lleva un antifaz. A lo largo de los años la hemos visto crecer, expandirse, desarticularse, enervarse o recogerse más en la intimidad de un recodo para darle paso a la avalancha de un mundo exterior que quiso conocerla y hacerla suya. La luz esplendorosa, el paisaje azulino, el patio y su turpial, la gota silente del tinajero han sido encerrados en un bloque de cemento. Era la casa de ladrillos, levantada con amor por la mano del hombre.

     Quedan exteriores que hemos visto siempre. Ya para fines de siglo enarbolaba un soberbio Capitolio construido en noventa días, que no ha perdido la heroicidad de su belleza. La Plaza Mayor está en el mismo sitio, dirigiendo el norte de las remembranzas de una vieja Caracas de gustos simples. 

Parque Los Caobos, urbanización El Paraíso, 1928

     El Teatro Municipal refulge para los caraqueños plenos de remembranzas, de murmullos musicales, de arte, de poderío. Allí se han dado los mejores espectáculos y Guzmán Blanco se dio el gusto de perpetuar su memoria cerca de un siglo. Había soñado con hacer de esta capital un pequeño París, haciendo construir una capilla semejante a la de la Ciudad-Luz, con vitrales tan hábilmente dispuestos por el arquitecto Hurtado Manrique, que no se semejaran a ninguno.

     Su obra en conjunto tiene el elogio de unos y el anatema de otros, de arquitectos serios como Carlos Guinand, que nunca le perdonará el haber derribado el templo de San Pablo ̶̶ una joya colonial de tres siglos ̶̶ para colocar en su lugar un teatro para la Ópera, que ha podido construirse en otro sitio.

     Pero. . . ¡si en verdad Guzmán hubiese hecho de Caracas su pequeño París! No hay que olvidar que París es recordado y encontrado en toda época inalterable y único y que los venezolanos siguen perdiéndose en su propia ciudad.

Capilla San Jose de Tarbes

Terremotos

     Caracas ha sido una ciudad sacudida en diversos siglos. En 1641 y 1766 -según cronistas-, dos fuertes terremotos hacen caer algunas casas y agrietan algunos templos. Los templos de los españoles fueron nuestra mejor herencia. Aunque si le preguntamos de nuevo a algunos románticos nos responderán que dónde hemos dejado las casas solariegas con sus patios olorosos a magnolia, a jazmín real, a estefanón, aromas naturales que se percibían desde el zaguán. Las plantas surgían de la misma tierra, en caprichosos círculos. Verdadera arquitectura para el trópico. En Coro y Valencia aún existen algunas de esas mansiones, desglosando su frescor entre rosales.

     El terremoto de 1900 con la revolución de pánico que despertó, volvió timoratos a algunos en la construcción, aunque personas adineradas se hacen construir fuertes casas contra temblores en la urbanización del Paraíso, iniciada nueve años atrás. Alberto Smith trajo casas prefabricadas y Roberto García, arquitecto notable cuando Guzmán Blanco, constructor de la parte norte del Capitolio, se construyó una casa de metal que los caraqueños apodan “casa de latón”. Era un contrasentido, para quien hubiera podido construirse la casa más bella de Caracas. Surgen otras casas de hierro, recubiertas de cemento en dicha urbanización. 

Primer impacto destructivo

     La traída del ferrocarril alemán a fines del siglo  ̶ ̶ informa Guinand ̶ abrió el primer impacto de destrucción. Vinieron ingenieros alemanes a construir estaciones de cemento a lo largo del país. Desde ese momento la gente novelera, que siempre la ha habido en Caracas, cambió el piso de ladrillo y su frescor por la cálida materia consistente. Surgirán entonces las industrias del cemento, la de Chellini y la de González Velásquez y se parecerán la mayoría de las casas a estaciones de ferrocarril.

     Todo comienza por vaciarse en cemento, embarandados y tejas, las primeras prensas de cemento y su fabuloso beneficio empieza por aniquilar lo nuestro. Desaparecen las primeras casas con techos rojos. El ladrillo y la cal, donde el hombre deja un poco de su espíritu, es reemplazado por la dura superficie. Lo lamentable es que grandes y serios arquitectos de la época, como Alejandro Chataign, no advirtieron el peligro de tan deplorable mal gusto a los caraqueños. La diferencia se observa cuando visitamos y encontramos en el Perú y Argentina hermosas mansiones con repulidos pisos de ladrillos.

San Jose de Tarbes El Paraiso
Casas en las urbanizaciones de Los Caobos y El Conde, 1932

Urbanización de El Paraíso

     En los terrenos que pertenecían al trapiche de los Echezuría, se empezó a construir El Paraíso en 1891. La primera casa fue la del gerente Don Felix Ribas. Creemos, aunque no lo damos por seguro, que fue Monte Helena ya próxima a desaparecer; la pica demoledora ha caído sobre sus puertas de más de medio siglo. Las guerras civiles y revoluciones detuvieron el progreso del Paraíso en sus primeros años. Crespo en 1895 decide continuarlo. El terremoto de 1900 lo estanca. Fue cinco años más tarde cuando el viejo Don Eugenio Mendoza (padre de los Mendoza Goiticoa) logra convencer a su compañero de labores en el tranvía Don Félix Ribas, para que le venda a su gran amigo Don Carlos Zuloaga, los terrenos que partían desde la Plaza Madariaga hasta la India. El 11 de diciembre de 1905, Don Eugenio, a nombre de los Tranvías de Caracas, traspasaba a su amigo Carlos Zuloaga, la propiedad con excepción de los lotes ya vencidos y vendidos.

     Don Eugenio vendió terrenos Bs. 0,37 el metro cuadrado. Despertó entre sus clientes la inquietud por construir. Las hermanas de Don Félix cambiaron sus acciones en el tranvía por terrenos en el Paraíso. Las primeras casas que surgieron fueron la quinta Mignon, donde se fundó después el Club Paraíso, la de José Loreto Arismendi, la de Don Carlos Zuluoaga, de Doña Catalina Ibarra de Delfino y de Raimundo Fonseca.

     El Paraíso permaneció por muchos años como una de las urbanizaciones aristocráticas. Allí nació nuestro hipódromo,  en 1908,  sobre un terreno que donó Don Carlos Zuloaga a la Municipalidad para un parque. Hoy, en el nuevo proyecto de la Gobernación, se realiza su sueño cincuenta años después. 

     El Colegio San José de Tarbes aumentó el prestigio de El Paraíso. Don Carlos también les regaló un terreno para que construyeran la capilla. La Municipalidad construyó la Plaza Madariaga comprando a tres reales la vara cuadrada.

Segundo impacto: La pianola

     Hacia 1915 llega a Caracas un raro artefacto que podía tocar mecánicamente desde la sublime serenata de Chopin hasta el cuplé de moda. Entra su voluminosa arquitectura en algunas mansiones y con ella la fiebre del one step y el two step.

     Ya se inicia tentador el mosaico hidraúlico y aunque para bailar no hay como el discreto piso de madera encerada, ésta también se desecha por el multicolor y novedoso cuadrante. Segundo impacto de destrucción.

     La pianola termina por aniquilar la belleza de ciertos patios caraqueños, aún poblados de enredaderas y pajareras. Caen las “bellísimas” al suelo y con ellas el aroma penetrante de una noche de luna. Surgen los potes de cemento con matas de palma. Pero, naturalmente, los caraqueños ya pueden deslizar los pies musicalmente sobre el mosaico que ya empieza a entronizarse. Algunos propietarios, de mal gusto, lo incrustan hasta en las paredes de su casa. Se dan bailes en los patios, los que antes eran solo en el salón y el paraqué. La línea de la casa se alarga en su entrada y se recorta en la cocina. La gente empieza por guardar la apariencia.

 

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