El mercado de San Jacinto

El mercado de San Jacinto

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

El mercado de San Jacinto

San Jacinto y sus alrededores fue, hasta la década de 40, lugar de cita meridiana para muchos caraqueños

     Antes de ser plaza y mercado, fue un convento de frailes dominicos. Tras conflictos con los religiosos se convirtió en núcleo y corazón comercial de Caracas por décadas. Su nombre oficial es Plaza El Venezolano, renombrada así por el entonces presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco, quien inauguró allí en 1882 una estatua de su padre, Antonio Leocadio Guzmán, fundador del célebre periódico El Venezolano. En esa misma zona se encuentra la casa natal del Libertador y el Museo Bolivariano, entre otros espacios de gran importancia histórica. También existió en dicha plaza un famoso restaurante denominado La Atarraya.

     Por diversas razones históricas la plaza de San Jacinto, ubicada en el centro de Caracas, debió ser el espacio consagrado a rendirle homenaje a Simón Bolívar. Sin embargo, por las vueltas que da la historia, quedó convertida en un mercado, mientras que la Plaza Mayor, principal mercado de la ciudad, quedó para rendirle honores al Libertador, erigiéndose allí la flamante estatua ecuestre de Bolívar, en 1874.

El viejo edificio del Mercado Principal arrastra consigo la historia civil y religiosa enraizada en el viejo convento de San Jacinto y en la Plaza “El Venezolano”.

     Cuenta el cronista e historiador Mario Briceño Iragorry que, “personalmente, modestos recuerdos míos se van también con el polvo de los muros destruidos. ¡Cuántas veces, a la salida del teatro o del café, detuve en la alta noche mis pasos frente a la Plazuela “El Venezolano”, para gozar la embriaguez del ambiente, saturado de la penetrante esencia de los claveles, los lirios y las azucenas de Galipán, mientras consumía la confortante “tostada” nocharniega!

     Hasta los años 40, el mercado fue lugar de cita meridiana para muchos caraqueños. En la memoria de la gente perdura la bien abastecida frutería de Antonio Natera, primera en utilizar refrigeración eléctrica, y donde era seguro topar diariamente con don Gustavo Sanabria, don Manuel Segundo Sánchez, Pedro Emilio Coll, Santos Jurado, Luis Alberto Sucre, Lope Tejera, el Dr. José Rafael Pérez, Julio Calcaño Herrera, Luis Correa, Juan Ignacio Aranguren, don Mariano Fernández Hurtado y tantos otros amigos que ya traspasaron la misteriosa puerta del eterno silencio, y que allí acudían con su bien espíritu, por jugo de naranja, badea o tamarindo, o por el ventrudo aguacate guarenero, de la típica dieta caraqueña. Francisco de Paula Pérez, en sabroso apunte, recientemente publicado, evoca la plaza de “El Venezolano”, “sombreada de árboles que refrescaban el aire”, a donde se iba “para comprar la pulida vera, o el duro araguaney, el negro guayabo o el flexible chaparro porteño” y donde se gozaba el dulce “canto de los pájaros atrapados en el golpe escondido en los zarzales”.

La plazoleta de San Jacinto empezó a servir para menesteres de mercado desde junio de 1809

     Aunque apenas date de 1896 el edificio que hoy ya no existe, la plazoleta de San Jacinto empezó a servir para menesteres de mercado desde junio de 1809, cuando los Padres del Convento de San Jacinto fueron intempestivamente sorprendidos una mañana de junio con la presencia de casillas para la venta, allí colocadas por autorización del Ayuntamiento. Se quejaron los frailes al Cabildo y en su escrito hablaron, en términos de espanto, de que en dichas casillas o puestos se cometían “robos, embriagueces, cavilaciones de ociosos, y lo que es más detestable a los ojos del mismo mundo, tratos y contratos de impureza y libertinaje”. La autorización del Municipio para este uso anatematizado por los Padres dominicos, provino de la necesidad de dar nuevo sitio a los regatones, que ya no cabían en la Plaza Mayor, donde desde antiguo se hacía el mercado, y la cual el Gobernador Felipe Ricardos en 1755 había acondicionado con portales o canastillas para el fijo comercio. (En el Museo Bolivariano se conservan las lápidas que historiaban la vistosa arquería que este gobernador hizo construir en la Plaza, y la cual fue destruida a mediados del Siglo XIX).

     No previeron los hijos de Santo Domingo que aquella invasión de verduleros era solo el anuncio de cosas mayores que pasarían al religioso recinto, puesto que en 1828 el Convento, despoblado ya de frailes, fue destinado a sede del Ayuntamiento y Cárcel Pública. Se pensó, también, consagrar a Bolívar su plaza, aún vivo el Padre de la Patria. En una de sus celdas guardó capilla Antonio Leocadio Guzmán, cuando se le condenó a muerte por los sucesos de 1846. Indultado luego, y sucedido posteriormente el triunfo de su hijo Antonio, se consagró estatua en la propia plaza, en 1882, estando aún en todo su pellejo el prócer del liberalismo. En 1865 se destinó el Convento para ercado, y el viejo templo se desmanteló. Algunas de sus imágenes fueron trasladadas a la iglesia de Altagracia. El plano del edificio que hoy está demolido es obra del arquitecto Juan Hurtado Manrique.

     Todo se lo llevaron las grandes gandolas que transportan el material de los escombros. La fragancia de las flores, el canto de los pájaros, la miel de las frutas deleitosas, el misterioso encanto del “Reino Vegetal”, donde parece que se ocultase aún el espíritu travieso de Telmo Romero. Se va el recuerdo de una época, en que los hombres buscaban la vera y el “pellejo de indio”, para reforzar los medios naturales de defensa del honor. Se fueron con los terrones del espacioso edificio de Hurtado Manrique, un recio pedazo de historia caraqueña, nada menos que la callada historia de la reconfortante cocina que, abundosa o parva, define la curva del bienestar y del dolor social. ¡Si allí se pueden hasta conjurar revoluciones! Mañana, lo que fue convento y templo, plaza arbolada y mercado abundante y bullicioso, será solo un pedazo de arrasada tierra. Pero en él perdurarán los monumentos que podrían servir de tema para un sustancioso tratado de sociología moral. En pie quedarán el reloj de piedra que graduó el Barón de Humboldt, y la estatua de Antonio Leocadio Guzmán. La piedra sobre la cual discurren imperturbables las horas, los días, los años y los siglos. El bronce que mantiene, en figura humana, la lección contradictoria de nuestros anales públicos. Monumento este a cuya sombra el estudiante de filosofía política puede obtener las más curiosas respuestas para sus sorpresivas preguntas. Sobre todo ahí aprende la exacta verdad de lo transitorio de los juicios alzados sobre las pasiones del momento: donde los godos hicieron degustar a Antonio Leocadio Guzmán la amarga saliva de la inminente agonía, los liberales vencedores lo llevaron a la perennidad gloriosa del heroico metal. No hay, es cierto, juicio uniforme sobre el gran político cuya estupenda biografía nos acaba de regalar el Maestro Díaz Sánchez, pero en cambio su vida sirve para enseñar a todos el vano camino de las venganzas de la política; mientras la propia gloria que le pregonaron sus amigos, bien puede tomarse como ejemplo vivo de poco precio de las consagraciones oficiales”.

Invasiones contra Gómez

Invasiones contra Gómez

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Invasiones contra Gómez

El general Juan Vicente Gómez se mantuvo en el poder, bajo una férrea dictadura, durante 27 años (1908-1935)

     Entre 1929 y 1931, un grupo de venezolanos se apoderó de tres barcos: uno alemán y dos norteamericanos. El “Falke”, el “Maracaibo” y el “Superior”. Los 3 vinieron con gente dispuesta a derrocar al general Ju¬an Vicente Gómez, dictador que gobernaba a Venezuela por aquella época

     La más espectacular del siglo. Romántica. Única. ¬La aventura del “Santa María” recibe muchos epítetos más. El capitán Enrique Galvao vuelve a recordar a los arrojados portugueses de la época de los descubrimientos: Vasco de Gama, Fernando de Magallanes.
Sobre el “Santa María” se han despachado millares de cables. Los gobiernos de todos los países occidentales han discutido el asunto. Los pormenores son apasionantes.

     De todas maneras, la toma de naves fue costumbre de otro tiempo, cuando la piratería era un negocio protegido por algunos Estados.

     El caso más famoso es la rebelión del Bounty. El buque inglés al mando de Guillermo Blight, recibió la orden de trasladarse a Tahití para recoger semillas del árbol del pan con el fin de aclimatar dicha planta en las Indias Occidentales. Pero Blight era un tirano. La tripulación se amotinó y el 28 de abril de 1787 nombró capitán al contramaestre Fletche Christian. Blight y 18 de sus marineros fueron abandonados en un bote, y medio muriéndose de hambre, debieron navegar más de 5 mil kilómetros para llegar a tierra habitada por blancos.

    Los amotinados del Bounty llegaron a Tahití y se dividieron en dos grupos: el primero fue ahorcado por los ingleses, después de haber sido apresados; el segundo se marchó a una isla deshabitada, junto a varios indígenas. La historia inspiró a Lord Byron “The Island”, y en este siglo, a Nordhoff y Hall para “Motín a bordo”, llevada al cine con Clark Gable y Charles Laughton, premiada por la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood en 1935.

Curazao y Urbina

     Pero volvamos a Venezuela y retrocedamos a 1929, un año violento. Como si la efervescencia estudiantil fuera poca, los militares también conspiraban contra Juan Vicente Gómez. Es el año de la toma de 2 barcos: “Maracaibo” y el “Falke”. El primero fue tomado el 9 de junio en Curazao, después que un grupo de venezolanos se refugió en esa colonia holandesa. El segundo vino de Alemania y después de la aventura que terminó en agosto en Cumaná, hubo un proceso sonadísimo por el rapto de la tripulación.

     La toma del “Maracaibo” no tiene un solo líder. Gustavo Machado dice haber concebido el plan, pero Rafael Simón Urbina, que cayó acribillado en noviembre de 1950, después de matar al presidente de la República, Carlos Delgado Chalbaud, alegaba toda la gloria para sí. Dos años después, en 1931, se tomaría un nuevo barco, el “Superior”, viniendo de Veracruz. En su libro “Victoria, Dolor y Tragedia” dice: “El mismo Machado, quien después en el extranjero, aparece llamándose director del movimiento, fue insinuado por Urbina para Jefe del Estado Mayor y respondió que él no servía para eso y se negó”.

La tercera toma de barcos por parte de venezolanos en este siglo, la realizó Rafael Simón Urbina en 1931

     Urbina había estado preso en Curazao y el año siguiente, cuando la toma de puerto de abastecimiento, lo hizo vengarse de los malos tratos. Había ido a Panamá, pero volvió para esa fecha. El plan estaba elaborado. Ramón Torres logró conseguir 50 machetes, 2 hachas y 2 revólveres. Para que los voluntarios no llamaran la atención, fueron llevados en grupo como si asistieran a un bautizo. Después de la arenga vino el reparto de armas y se formaron tres grupos. En el primero iban Ramón Torres, Gustavo Tejera y Gustavo Machado. Los 27 hombres debían apresar a los guardias del fuerte; el segundo grupo de 8 hombres al mando de Redondo y Marín, en la planta baja, debían apagar todas las luces del fuerte; Urbina y 4 revolucionarios iban a encargarse de la parte alta donde se hallaba el comandante y sus oficiales. A las 7 de la noche entraron en camiones al fuerte. Sorpresa. Tiros. Corto combate. Dominación. Pánico en la isla. Otros venezolanos que trabajaban allí se sumaron a los insurgentes. 300 en total. Los hombres de la fortaleza entregaron 300 fusiles, 2 ametralladoras, 2 mil cartuchos de guerra y 150 mil de fogueo.

 

Rumbo a falcón en el “Maracaibo”

     Entre los estudiantes que se presentaron estaban Gustavo Ponte, Pablo González Méndez, Guillermo Prince Lara, José Tomás Jiménez Arraiz y Miguel Otero Silva.

     El próximo paso fue tomar preso al gobernador Fruyter. El capitán Correr, el Tigre de Amsterdam, por sus horrendas carnicerías en Indonesia, ya se había entregado.

     Ahora faltaba el barco. En Aruba esperan otros descontentos que serán recogidos. En la bahía de Curazao esperaban 6 naves. Los revolucionarios le dieron órdenes al gobernador. A las 12 de la noche estaban camino al muelle.

     El “Maracaibo” fue elegido porque aún tenía las calderas al punto. Acababa de llegar de La Guaira. Machado y Urbina discutían. Pero todo fue mejor de lo que esperaban. A bordo del “Maracaibo” no había tripulación. Solo los oficiales esperaban una orden escrita por las autoridades de la isla para obedecer.

     La tripulación la formaban 150 venezolanos. Fruyter, Correr y algunos militares eran los prisioneros. La multitud que se quedaba los despedía con pañuelos blancos. A las 3 de la mañana ya estaban rumbo a Falcón. Y siguieron las sorpresas. El gobernador y el militar le dijeron al práctico que lo hiciera encallar. Sorprendido, la amenaza de ser fusilados, dejó el proyecto en nada.

     A 3 millas de la vela de Coro fue el desembarco. Comenzó pronto la batalla en tierra. El “Maracaibo” volvió con los prisioneros hacia Curazao y los enemigos de Gómez, después de matar al General Gabriel Laclé, con sus balas a fogueo, perdieron gente y posibilidades. Vino la fuga. La persecución, mientras la prensa extranjera calificaba la aventura de “una hazaña digna de los bucaneros de los siglos XVI y XVII”.

Golpe planeado en París

     Cambiemos de escenario. El general Román Delgado Chalbaud, mientras Urbina y los estudiantes perdían en Falcón, conspiraba en Paris. El cazurro Juan Vicente tenía sus espías donde quiera que hubiera opositores suyos, pero julio es el verano en Europa. Embajadores y policías venezolanos se iban a las playas. Delgado Chalbaud aprovechó los días. El coronel Samuel McGill lo puso en contacto con Kramarsky, socio de la firma Félix Prelau & Co. de Hamburgo, y los banqueros judíos suplieron los fondos necesarios para organizar la primera expedición: la del “Falke”.

     Delgado Chalbaud, que iría al frente de ésta, hipotecó sus pertenencias y las de otros venezolanos residentes en Paris. Con esos fondos compró 2 mil fusiles máuser calibre 8 mm, 2 millones de cartuchos en peines de 5 tiros; 25 carabinas de caballería; 25 pistolas Parabellum alemanas con 20 mil cartuchos, mil cartucheras y 6 ametralladoras. Cuando ya estaba por partir supo la noticia del nombramiento del general Emilio Fernández como Presidente del Estado Sucre. Era un tropezón para sus planes de desembarcar en Cumaná. Pero la suerte ya estaba echada. Después saldría una segunda expedición con mercenarios alemanes. El general Régulo Olivares sería el Jefe de Operaciones de Occidente. El primer grupo, después de largas reuniones en la Ciudad Luz, fue tomando trenes para abordar el “Falke”.

     La historia del secuestro de la tripulación la contó en Puerto España en agosto de 1929, el contramaestre del “Falke”. Delgado Chalbaud desembarcó a destiempo. El contingente de Pedro Elías Aristeguieta no llegó a tiempo y lo arruinó todo. Ambos caudillos murieron en la refriega de Cumaná.

     ¿Cuál había sido el papel del “Falke”?

La tripulación secuestrada

     En Hamburgo el proceso fue gigantesco. Se trataba nada menos que del secuestro de una tripulación. La explicación la da el contramaestre Karl Gietz, declarando al Almirantazgo:

     “A las 9 de la noche del día martes 9 de julio, el “Falke” salió de Hamburgo, Alemania, con destino a Dantzig, en el Báltico, pero no llegó allí sino a 30 millas, a Gdingen, donde esperó cargamento, el día 17 de julio éste llegó y cargadores de muelle polacos lo subieron a bordo. La tripulación descubrió que se trataba de armas y municiones. Se lo preguntaron al capitán porque no estaban en tiempos de guerra”. El capitán Zipplit replicó: “Esas no son cuentas de ustedes. Todo este cargamento está perfectamente en orden, según las declaraciones de aduanas”. El 19 de julio dos dueños del barco contestaron algo parecido a los marineros y que debían conducirlo a un puerto de Surámerica.

     Los marineros tenían recelo: el cargamento era peligroso. El capitán prometió doble paga y 500 marcos extras en bonos cuando el barco hubiese cumplido el viaje: “Esto no es peligroso, muchachos ̶̶ le advirtió ̶̶ . Tan pronto como lleguemos la gente vendrá por el cargamento y se mostrará muy contenta en recibirlo”.

     Antes de salir de Gdingen 22 hombres subieron al “Falke” como pasajeros. Cuando el buque ya estaba a la salida del canal inglés, esos pasajeros izaron la bandera venezolana en el palo mayor y se vistieron de uniforme.

     El contralmirante Kierl cuenta esto:

 ̶     Un día y vio al capitán Zipplit de pie en el comedor, llevando en la mano izquierda una bandera, mientras la derecha señalaba hacia arriba con los dedos del medio extendidos. Una carabina de caza pendía de sus hombros y una espada colgaba de su cinto. No pude entender qué habló en español, pero vi claramente que se trataba de una ceremonia.

      Después le dijo a la tripulación:

 ̶̶      Ustedes están locos si de ahora en adelante no me obedecen.
Durante 7 días los tuvo limpiando rifles.

Pedro Elías Aristeguieta, uno de los encargados del ataque por vía terrestre a Cumaná, cae muerto en Carúpano, el 27 de agosto de 1929

El “falke” llega a Cumaná

     Dos días antes de llegar a Cumaná los venezolanos hicieron que la tripulación sacara al pasadizo del puente 34 cajas de 45 rifles cada una. La noche antes de llegar a Cumaná el capitán llamó al contralmirante y le ordenó que montase una ametralladora en el castillete de proa.

     Mientras para la tripulación todo era misterioso, los venezolanos se disponían a tomar Cumaná y quitarle el gobierno a Gómez. El barco alemán se detuvo a 3 horas del puerto oriental. Unas 15 gabarras, llevando a unos 500 hombres, se acercaron entonces a recibir rifles y municiones. Unos 120 subieron a bordo pidiéndole al capitán que les diera de comer. A la mañana siguiente el barco llegó a Cumaná. El capitán les ordenó bajar. La tripulación se negó. Fueron intimidados con revólver. El contramaestre permaneció a bordo porque alegó que su puesto estaba allí. El barco siguió hasta casi 200 yardas de la playa. En tierra muy pronto y muy cerca las descargas eran cerradas. Veinte minutos después volvió el primer bote. La gente comenzó a llegar por grupos con heridos. El barco zarpó. En Puerto España, donde la tripulación amotinada se negó a seguir bajo las órdenes de Zipplit, terminó la historia del contramaestre: “Tan pronto como salimos del puerto, el capitán nos ordenó tirar al mar el resto del cargamento que no se había repartido. Tiramos al agua cerca de mil rifles y 1.500 cajas de municiones y salimos para Granada. Los dueños del barco son Félix Prelau & Co. De Hamburgo y el navío está registrado en Altona, Hamburgo.

Urbina viene de México

     La tercera toma de barcos por parte de venezolanos en este siglo, la realizó Rafael Simón Urbina en 1931. Sus ajetreos comienzan a mediados de abril en la capital mexicana, haciéndose pasar por Carlos Martínez. Su lugarteniente es el zuliano Isidro Muñoz. En julio cae preso por 2 días. Pero en ese tiempo las relaciones diplomáticas entre México y Venezuela estaban rotas. Urbina, después de pagar mil pesos de multa, puso salir en libertad y seguir contando su historia. Según ella, él era el representante de una poderosa compañía cauchera de Yucatán. Comenzó a reunir gente y planeó tomarse el “Superior” en alta mar. Comenzó a entenderse como un gran señor con los agentes navieros. Se consiguió 30 mexicanos y a los que no podía engañar con su historia, les decía que la revolución tenía muchos financiadores. Urbina, como buen golpista profesional, cuidaba los detalles. Mandó llamar a Nueva York a un italiano para que se hiciera cargo de la nave cuando llegara la hora. Pero el “Superior” demoraba. Debía zarpar el 26 de septiembre: demoró 5 días. Los mexicanos enganchados eran 300 más en ese lapso solo se quedaron 137. Ya en alta mar intimidaron al capitán y sus oficiales. Carotti se hizo cargo de la ruta y “las herramientas” embarcadas para la explotación cauchera, fueron sacadas a cubierta. El rumbo era Falcón, pero había otra orden secreta de desembarcar más allá de Paraguaná. La toma del “Superior” había sido el día 2 de octubre a la 1 de la tarde. Urbina siempre bajo su seudónimo le dijo a los mexicanos: ̶̶ Esta es la última vez que almorzaremos de pie.

     Y después de oír los 3 pitazos comenzó la operación. El capitán Prevé se encargó del capitán del “Superior”: el capitán Campos y el coronel Julio Ramón Hernández, de las máquinas; Cano y varios hombres cuidaron la proa, y el coronel Ojendis, la popa. Los ayudantes se dedicaron a comer en primera clase junto al telegrafista, esperando el momento. Cuando todo se fue cumpliendo cronométricamente, Urbina bajó al comedor con una pistola 45: ̶̶ ¡Nadie se mueva!

     Y como un árbitro de fútbol, llevándose el pito a los labios, tocó con todos sus pulmones. Los mexicanos entraron en acción. Se zarandeó el barco. Los pobres mexicanos vitoreaban la revolución y daban vivas al coriano Urbina sin saber que era el hombre que los mandaba. El coronel Torres Guerra, ex ayudante de Pancho Villa, estaba en su elemento. Para que nadie los sorprendiera, el “Superior” fue pintado de rojo y negro, en vez del amarillo y azul, bautizado con el nombre de “Elvira”, y enarbolada una bandera argentina.

El “superior” y una nueva derrota

     El programa era sacar bandera blanca si se veía otra nave y volarla cuando se acercara. Las intenciones de Urbina eran llegar a Puerto Cabello, libertar a los presos y seguir a Maracay para ofrecerle combate al ejército de Gómez.

     A los 5 días de navegación, al barco secuestrado se le descompuso una caldera y solo pudo andar a 18 millas por hora. Entonces se dirigió a la costa de Falcón. A bordo iban 60 mil pesos mexicanos en mercaderías para Yucatán, pero los improvisados combatientes tomaron únicamente los alimentos. El 11 de octubre por fin divisaron tierra venezolana. A las 4 de la tarde se le acabó el petróleo al barco y entonces avanzó penosamente, echando fuego por su chimenea. Pero ya estaban cerca de la playa y los oficiales se peleaban por ocupar la vanguardia. Como se tenían dudas de la eficiencia estuvo a punto de hundirlo. 

     Después del desembarco la gente de Urbina tuvo algún principio de victoria, pero pronto el fracaso volvió a ser suyo. La batalla comenzada en la noche prosiguió a las 4 de la madrugada del 12 de octubre a 6 kms de allí, en Capatárida. Borregales, con sus 300 hombres, retrocede a Coro en busca de auxilio.

     Los guerrilleros seguían vitoreando a Urbina y a Bolívar. Después todo terminó. Murieron los principales cabecillas y Urbina, disfrazado de mendigo, por la sierra, como lo había hecho antes, volvió a desaparecer hacia el destierro por las fronteras colombianas.

     Gómez, sin embargo, se portó magnánimo. No solo no encarceló a los mexicanos, sino que les dio un regalo en el Pabellón del Hipódromo, antes de devolverlos a México en el mismo “Superior”. Muñoz fue confinado a su tierra, Maracaibo, y la gente de Falcón rezó dos rosarios por mucho tiempo: uno por los venezolanos y otro por los mexicanos que entonces perecieron.

 

FUENTES CONSULTADAS

  • Fernández, Carlos Emilio. Hombres y sucesos de mi tierra, 1909-1929. Caracas, Tipografía Vargas, 1960
  • Reinoso, Víctor Manuel. Los venezolanos luchaban con Gómez. En: Elite. Caracas, 4 de febrero de 1961
  • Urbina, Rafael Simón. Victoria, dolor y tragedia: relación cronológica y autobiográfica de Rafael Simón Urbina. Caracas, 1946
  • Vegas, Federico. Falke. Caracas, 2005
Caracas 1821-1830

Caracas 1821-1830

POR AQUÍ PASARON

Caracas 1821-1830

     En Historia de Caracas, Tomás Polanco Alcántara escribió que entre 1821 y 1830 Caracas había experimentado la más grave disminución jurídico – política jamás nunca vista desde su fundación. De acuerdo con Polanco esa desvaloración se debió a que dejó de ser ciudad capital, al imponer las autoridades del momento este rol a la ciudad de Bogotá con el establecimiento de la República de Colombia. Con este cambio los órganos e instituciones oficiales de Colombia se establecieron en Bogotá, lo que trajo una serie de consecuencias económicas, sociales y políticas que afectaron a Caracas, de manera especial.

     Según este historiador en el Anuario, editado por los miembros de la Sociedad Económica de Amigos del País, en el año de 1835, ofreció algunas noticias estadísticas que permiten visualizar cómo era Caracas para los años mencionados con anterioridad. Esta comarca estaba dividida en cinco parroquias la cual contaba con una población aproximada a las 29.846 personas, siendo San Pablo la parroquia con el mayor número de éstas. De esa cifra, 2.127 eran hombres casados, 5.849 eran niños que no superaban los 16 años de edad, 2.342 eran hombres solteros cuyas edades oscilaban entre los 15 y 60 años y 659 hombres solteros mayores de 50. Había 13.200 mujeres solteras. El total de esclavos estaba en una cifra cercana a los 3.000 y el de los eclesiásticos era de 119.

     El porcentaje de mujeres, 51 por ciento, era mayor al de los hombres. Se ha dicho, con insistencia, que la guerra a favor de la emancipación diezmó, en gran proporción, a la población masculina, al igual que sucedió con otros conflictos bélicos que se desarrollaron durante el siglo XIX venezolano. El número de habitantes en pueblos aledaños era pírrico, tal como lo señaló Polanco Alcántara en la obra que sirve de referencia para la elaboración de esta crónica. Por ejemplo, Chacao y El Valle no superaban la cifra de 2.000 pobladores, La Vega 1.500 y Antímano 1.300.

     La crisis económica que afectó a la ciudad fue reseñada por cronistas, viajeros, representantes de gobiernos extranjeros y funcionarios gubernamentales. El Comisionado francés en Venezuela redactó un informe y lo dirigió a representantes del gobierno de Francia, donde expresó que todo lo que rodeaba a Caracas, era ruina y pobreza. Polanco Alcántara rememoró el caso de las cartas redactadas por Briceño Méndez y Soublette dirigidas a Simón Bolívar, en que se podía leer descripciones de la comarca y en las que se expresaba el temor a la ruina que acechaba sobre sus espaldas. A las preocupaciones personales se unían los problemas que se presentaban alrededor de las actividades comerciales con países de otras latitudes, en especial España y que, para estos años, no mostraba mejoría.

     Este historiador venezolano citó algunos párrafos de una misiva que Soublette había dirigido a O’Leary, fechada en agosto 14 de 1828. En la misma el primero señaló que la situación económica de la comarca podía mejorar si se lograba estimular la actividad comercial y la agricultura. Vale la pena anotar una parte de la comunicación dirigida por Briceño Méndez al Libertador, donde le expresó lo siguiente: “el gran mal que tenemos aquí es la miseria”. De igual manera, indicó que era difícil describir las penurias por las que atravesaba el territorio, en el que nadie tenía nada y que poco faltaba para que el hambre se convirtiese en peste. El origen de esta calamitosa situación fue adjudicado al estado de ánimo de los pobladores, presa de la incertidumbre y desconfianza que existía entre las personas y, por si fuera poco, no había suficiente equivalente general para el pago de las transacciones comerciales.

     Para ratificar la situación crítica de la ciudad de Caracas, para este momento, Polanco Alcántara citó el análisis preparado por José Rafael Revenga, Ministro de Hacienda de la República de Colombia, quien había sido enviado por Bolívar para que examinara la situación fiscal de Venezuela. 

     Lo presentado por Revenga acerca de la situación de Caracas fue sombrío. En su exposición mostró las dificultades por las que atravesaba la agricultura, la destrucción de los caminos, la carencia de capitales para la inversión, el cobro por préstamos con tasas de interés que rondaban el 10 por ciento por mes, la desaparición de las casas de comercio extranjeras, el incremento del gasto público, la escasez de establecimientos para la instrucción pública, la incompleta legislación comercial, la falta de transparencia en los juicios civiles y mercantiles. Por tal motivo, Revenga calificó la situación como menesterosa y de progresivo deterioro y añadió que, “sin aliciente ni estímulo a la industria, el país marcha hacia la desolación”.

     Esta calamitosa realidad se vio acrecentada por la crisis política que condicionaba la constante tensión entre los grupos de presión de Caracas y las autoridades instaladas en Bogotá. En una misiva fechada en Caracas el 25 de mayo de 1826, Cristóbal Hurtado de Mendoza le informó al Libertador que, desde 1821 se estaba gestando una insurrección en contra del poder instalado en la capital de la república colombina. El mismo tenía su origen en la perjudicial circunstancia por la que atravesaba Venezuela, en especial Caracas en el contexto de la República de Colombia. Cuando estalló la crisis, en octubre 5 de 1826, al ser convocada una asamblea por parte de los integrantes de la comunidad política, Mendoza llegó a expresar que el abuso de todos los principios, el aparato de la fuerza armada, la ofensa que se hacía al buen sentido y al pueblo en general en lo más sensible de sus derechos, avizoraban el derrumbe de la república.

     Indicó Polanco Alcántara que a Bolívar le causaba gran preocupación el trance por el cual atravesaba Caracas. En vista de las quejas, reclamaciones y rebeliones políticas se trasladó a la capital de Venezuela, donde indultó a quienes habían participado en protestas contra el poder establecido. Su permanencia en la ciudad ayudó a calmar hasta cierto punto el malestar colectivo. A su llegada se le rindió un homenaje y como contrapartida promulgó dos decretos de gran importancia. Uno de ellos fue el relacionado con la reforma de la Universidad de Caracas y la reglamentación de la Hacienda Pública. No obstante, el estatus político que se había establecido con la creación de la República de Colombia se hizo insostenible.

     Por otra parte, Polanco Alcántara reseñó, a partir de lo esbozado por José Antonio Calcaño, algunos pormenores relacionados con la actividad musical desplegada en la ciudad. Destacó actuaciones musicales protagonizadas por artistas italianos, que en 1822 ofrecieron conciertos con fragmentos de ópera y también la presentación de obras de Moratín y Martínez de La Rosa. Fue una época cuando surgieron nuevos compositores entre quienes se encontraban José María Montero, José Lorenzo Montero, Juan Bautista Carreño y Juan de La Cruz Carreño. Se tiene como evidencia montajes teatrales en Caracas, donde hubo censores de espectáculos como el señor José Luís Ramos a quien sucedieron el escritor e impresor Domingo Navas Spínola y José Núñez de Cáceres.

     Para este tiempo existía el teatro de Ambrosio Cardozo entre las esquinas de Chorro y Coliseo para cuya administración, Cardozo en asociación con el coronel José María Ponce, habían obtenido el permiso de funcionamiento por parte de Bolívar. De acuerdo con información obtenida de Anuario de la Provincia de Caracas, indicó que en la comarca había un total de ocho escuelas en la que participaban 504 estudiantes. 

     Mientras en el Colegio Seminario cursaban estudios 23 colegiales y en la Universidad de Caracas lo hacía 374 participantes distribuidos en 17 cátedras. La universidad funcionaba con una renta anual de 18.000 pesos. Gracias a la reforma estatuida por Bolívar, sus cuatro facultades: filosofía, teología, jurisprudencia y medicina fueron impulsadas con transformaciones curriculares y administrativas. En el libro Historia de la Universidad Central de Venezuela su autor, Ildefonso Leal, examinó los cambios operados en esta institución de Educación Superior. En esta época se le otorgó el privilegio de la autonomía universitaria, además se eliminaron los criterios discriminatorios basados en la raza para el ingreso en ella y la “posibilidad de que fuere elegido rector quien ostentara el título de doctor otorgado por la facultad de medicina”. Los que ocuparon el cargo de rector en este período fueron: Miguel Castro y Marrón (1821-1823), Felipe Fermín Paúl (1823-1825), José Cecilio Ávila (1825-1827), José María Vargas (1827-1829) y José Nicolás Díaz (1829-1832). Se debe agregar que la facultad de mayor dinamismo y actualidad era la de ciencias médicas y naturales.

     Polanco Alcántara destacó que en unas condiciones como las que se experimentó en este período de parálisis urbana, de trastorno económico, penuria poblacional y de actividad docente esmirriada, pudo haber existido y haberse mantenido un periódico llamado El Observador Caraqueño, de muy buena calidad y cuyos 65 números se dieron a conocer entre el primero de enero de 1824 hasta el 24 de marzo de 1825. Este mismo historiador lo describió como un impreso de cuatro páginas, publicados todos en la imprenta de Valentín Espinal, ubicada en el número 146 de la calle La Paz. Entre los propósitos de este impreso estuvo la reclamación por el cumplimiento de las leyes, proponer las mejoras correspondientes al mundo de la jurisprudencia, defender los derechos contemplados en las leyes y la difusión o conocimiento de las leyes por parte de la población lectora.

     Este historiador venezolano denotó que El Observador Caraqueño fue un rotativo que, durante su corta existencia, formó un cuerpo doctrinario de teoría política. Igualmente, demostró la “erudición de sus autores y su sagacidad e interés en formar opinión sensata e ilustrada”. Polanco Alcántara estampó que esta disposición se podía corroborar al revisar sus numerosos artículos y los comentarios extendidos acerca de la Independencia, en conjunto con la legislación establecida y la interpretación de las leyes. Los editores de este órgano periodístico fueron Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza.

     Es importante rememorar lo que Polanco Alcántara señaló acerca de los contenidos de este impreso y que para quien lo redactado en él se mostró de modo cauteloso. Por eso advirtió que el periódico “muestra, en una forma muy cuidadosa y que posiblemente estaba destinada a sólo advertir a tiempo esas circunstancias que no podrían tolerarse ni las arbitrariedades de las autoridades militares, ni los abusos de los cuerpos políticos de Bogotá”.

     Señaló, de igual manera, que a pesar de la advertencia original respecto a que el periódico tendría el propósito indicado con anterioridad, en sus páginas se dieron cita otras informaciones como la de la venta de casas y “una curiosa oferta, hecha en dos oportunidades por Gregorio Azcune, calle el Sol número 186, de dar nociones de electricidad médica para la salud del género humano”.

     En términos generales, lo señalado líneas antes puede ser considerado como el ambiente corriente que estuvo presente en Caracas en los tiempos cuando existió la República de Colombia, el cual ayuda a comprender, en parte, el movimiento político denominado La Cosiata, al que la historia patria y nacionalista vincula con la oligarquía caraqueña y su malquerencia hacia la figura del Libertador. Sin embargo, es necesario estudiar las condiciones sociales, económicas y políticas presentes en esta época para atribuir responsabilidades en lo que respecta al desmembramiento de la República de Colombia. Es indispensable, por tanto, recurrir a testimonios de este momento de la historia para un acercamiento distinto al que la historia patria y nacionalista ha difundido.

La voracidad fiscal municipal es un problema que afecta a empresas y consumidores

La voracidad fiscal municipal es un problema que afecta a empresas y consumidores

La voracidad fiscal municipal es un problema que afecta a empresas y consumidores

     El presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas, La Cámara de Caracas, Leonardo Palacios, alertó y exigió al Tribunal Supremo de Justicia, y a todos los órganos del Poder Público a poner coto a todo el deslave institucional que representa la tributación confiscatoria e inconstitucional establecida por los municipios.

     Ante la cercanía de las elecciones municipales, en opinión de Palacios, más que caras y postulaciones de partidos, la población debe tener la oportunidad de conocer y evaluar detenidamente, los programas y propuestas de los candidatos a alcaldes y concejales a los efectos del ejercicio del régimen municipal.

     Destacó que es importante tener en consideración que la sentencia de Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia que ordena la armonización tributaria municipal, ordenada de manera inmediata por el artículo 156 numeral 13 de la Constitución, lejos de alcanzar el propósito de armonizar y coordinar, se constituyó en licencia o autorización implícita para que los municipios, incrementaran las alícuotas impositivas en materia de impuestos a las actividades económicas e inmobiliario urbano (derecho de frente).

     Palacios enumera los elementos distorsivos de la voracidad fiscal municipal en la economía:

  1. Representa incrementos exacerbados que se reflejan en los precios de bienes y servicios, afectando la rentabilidad de las empresas, y también a los consumidores, pues todos los tributos son trasladados de acuerdo a la mecánica económica subyacente.
  2. Afecta la recaudación nacional porque los tributos municipales exacerbados se deducen a los efectos de determinación del impuesto sobre la renta.
  3. Aleja el proceso de inversión nacional y extranjera, la capitalización y extensión de las actividades económicas en territorio nacional. Representando un contrasentido con las ofertas y propuestas que vienen manejando el Ejecutivo y la Asamblea Nacional para buscar la inversión nacional y extranjera, así como la reactivación económica.
  4. Ocasiona un costo importante de cumplimiento que las empresas no pueden sufragar, tomando en cuenta las alícuotas o porcentajes que se aplican a los ingresos brutos, castigando la rentabilidad.

     De esta manera los tributos locales son parte, en criterio del presidente de la Cámara de Caracas, de un sistema irracional, inconstitucional, que afecta la libertad, y propiedad económica. “No puede tenerse una recuperación y crecimiento económico con una tributación municipal exacerbada, que aunada a la existencia de otros tributos distorsivos como el Impuesto a los Grandes Patrimonios y el Impuesto a las transacciones financieras, hacen imposible un desarrollo y desenvolvimiento normal de la economía”.

Caracas 1830-1870

Caracas 1830-1870

POR AQUÍ PASARON

Caracas 1830-1870

Entre 1830 y 1870, el general José Antonio Páez gobernó a Venezuela durante 13 años, 1830-1834, 1839-1943 y 1861-1863

     Para 1830, Caracas había sido escenario de conflictos bélicos que se desarrollaron con las intenciones de un grupo a favor de la ruptura colonial, frente a quienes defendieron la causa del rey o monarquía española. También la de haber pasado a ocupar un lugar secundario con el establecimiento de la República de Colombia (1821-1830). Ya para 1830 se requirió establecer una capital para la República de Venezuela, luego de la separación de Nueva Granada. En las sesiones del Congreso Constituyente, a inicios del año de 1830, se discutió este asunto. En los debates desarrollados en ellas la decisión osciló entre dos alternativas para su establecimiento, Valencia o Caracas. Aquel Congreso dio inicio a sus sesiones un 6 de mayo de 1830 en la ciudad de Valencia, capital provisional de Venezuela durante la realización del Congreso. Contó con la asistencia de 33 diputados de los 48 que se habían elegido en representación de las provincias de Cumaná, Barcelona, Margarita, Caracas, Carabobo, Coro, Mérida, Barinas, Apure y Guayana. Tuvo como propósito decidir respecto a los pasos que deberían seguirse por parte del Departamento de Venezuela en vista del creciente y continuo distanciamiento con el Gobierno Central de la República de Colombia, localizado en la ciudad de Bogotá.

     Este Congreso se caracterizó por una disposición contraria a los objetivos de Simón Bolívar y la creación de un gran estado al norte de Suramérica. Se había elegido la ciudad de Valencia, donde estaba radicado José Antonio Páez, quien fungía como jefe civil y militar del Departamento de Venezuela, y por haber sido el punto de origen del movimiento separatista conocido bajo la denominación La Cosiata, que ocurrió entre 1826 y 1829. El descontento existente llevó, al momento de proponerse un pacto con el Gobierno de la República de Colombia, a que la presencia de Bolívar en territorio colombiano se puso en duda porque se adjudicaba a su mando los males por los que atravesaba Venezuela.

     El 14 de octubre de 1830, fecha de cierre del Congreso, se tomó la decisión de separarse de la República de Colombia. A partir de este instante surgió el denominado Estado de Venezuela, cuyas bases políticas y legales que fundamentaron el nacimiento de dicha república, como nación independiente, se hallaban contenidas en la Constitución de 1830, elaborada por este congreso convocado por el general José Antonio Páez con el fin de legitimar la separación de Venezuela de la República de Colombia, y con el que finalizó uno de los objetivos del plan de Bolívar.

     Al año siguiente, cuando se regularizó la organización constitucional de Venezuela, en otro decreto fechado el 30 de mayo de 1831, se estableció como capital definitiva de la república a la ciudad de Caracas. En consecuencia, se procedió a ordenar el traslado de los representantes gubernamentales a esta ciudad, así como preparar toda la infraestructura donde deberían funcionar los poderes públicos. Dicho cambio se llevó a cabo el día 3 de julio de 1830.

Antes de 1863, la ciudad estaba enmarcada entre los ríos Guaire, Anauco, Catuche y Caroata

     Los estudios realizados acerca de este período señalan que la necesidad de establecer a Caracas como ciudad capital fue esgrimida con argumentos desarrollados por Ángel Quintero y con el apoyo del vicepresidente de la República, Diego Bautista Urbaneja. Quien representó a los que proponían como capital a Valencia fue Miguel Peña. El historiador venezolano Tomás Polanco Alcántara señaló, en atingencia con este asunto, que la edad avanzada y el retiro, de Miguel Peña, a los Estados Unidos de Norteamérica influyeron para que las propuestas de Quintero calaran y llegar a convencer a José Antonio Páez acerca de la conveniencia de Caracas como capital de la república de Venezuela.

     En el libro Historia de Caracas, redactado por Polanco Alcántara, éste señaló que bien podía considerarse que, el tiempo transcurrido a partir de la decisión del Congreso en fecha 30 de mayo de 1831 hasta el Tratado de Coche, correspondiente al 24 de abril de 1863, se puede considerar un período, cercano a los treinta años, en cuanto a que la ciudad como tal fue bastante uniforme, si bien escenario de cambios políticos, sus características urbanas no fueron objeto de grandes transformaciones.

     Respecto a la ciudad y sus características, fue presentada una suerte de informe por los representantes del Colegio de Ingenieros, en la figura de quien lo presidía para 1869 Juan José Mendoza. Informe el cual había sido elaborado de acuerdo con el censo levantado este preciso año. 

     Lo que sigue está sustentado en una sinopsis presentada por Polanco Alcántara al comparar lo delineado por Mendoza y cotejado con lo que se puede leer en Anuario de la Provincia de Caracas, correspondiente al año de 1834.

     El censo levantado en Caracas durante el año de 1869 determinó la población de Caracas en 47.597 habitantes que contrasta con la cifra de 29.486 personas, según un censo de 1825. Por lo que se aprecia, Caracas fue una ciudad que en cuarenta y cuatro años no pudo duplicar su población. Las causas de tal situación fueron atribuidas, por parte de los integrantes del Colegio de Ingenieros y de su directiva, a la presencia de numerosas enfermedades endémicas y por las epidemias que solían presentarse con cierta frecuencia, también por la alta tasa de mortalidad infantil y, en especial, por los conflictos armados que habían azotado a la Republica y cuyas repercusiones se experimentaron en Caracas.

     Algunos viajeros, visitantes o representantes de gobiernos extranjeros en Venezuela como el caso de Karl Ferdinand Appun y, especialmente, el representante del gobierno brasileño, el Consejero Lisboa, destacaron la escasa transformación de la ciudad desde los tiempos de la Independencia hasta mediados del ochocientos. El diplomático brasileño, dueño de una fina pluma y con rigor metódico en sus narraciones ofreció una interesante descripción de la Caracas que observó en este período. Llegó a lamentar que todavía para 1852 se veían las ruinas que había dejado el sismo de 1812. También, sin ser el único porque hicieron lo propio Paul Rosti, Anton Goering y William Duane, entre otros, describió el deplorable estado de las calles, con aceras a nivel de las vías, la insalubridad, la falta de higiene entre muchos de los pobladores de la ciudad, la casi inexistente existencia de transportes, la escasa cantidad de edificaciones públicas, la desordenada distribución de lugares comerciales como la de un mercado ubicado en la Plaza Mayor, la falta de lugares de esparcimiento, el aspecto triste de las edificaciones, la lenta reconstrucción de los centros de devoción arruinados con el terremoto, la inexistencia de teatros y la insuficiencia de puentes para pasar de un lugar a otro en la ciudad.

     Polanco Alcántara comparó dos planos que se habían elaborado, uno, para 1843, otro, en 1862. A partir de su cotejo llegó a concluir que la ciudad, para esa época, no había sido objeto de mayores cambios o transformaciones estructurales y de ornato. Antes de 1863, la ciudad estaba “encerrada entre el Guaire, el Anauco y el conjunto formado por el Catuche y el Caroata”. Sus dameros estaban constituidos por 140 esquinas, distribuidas en 16 calles de norte a sur y de este a oeste. Como ejemplo se puede citar el que la ciudad para 1852 contaba con dos puentes más que en 1843, cuyos puntos de referencia seguían siendo los mismos: el Palacio Arzobispal, el Palacio de Gobierno, la Universidad, las iglesias, cementerios y conventos.

     Una de las figuras destacadas de este período fue José María Vargas (1786-1854) quien estuvo al frente de la Dirección General de Instrucción Pública, entre los años de 1838 y 1851.

     Vargas preconizó la idea según la cual todo debía esperarse de un pueblo educado, a la vez que criticó al gobierno liberal por no prestar la debida atención a la instrucción del pueblo. En un informe preparado en 1847 se informó que, de las 96 parroquias de la Provincia, 51 no contaban con escuelas públicas. Para ese año había 2.792 alumnos de instrucción primaria en toda la Provincia, distribuidos así: 1.609 alumnos en escuelas públicas, el resto, 1.153 en escuelas privadas. Mientras que en la Universidad de Caracas cursaban carreras universitaria 520 aspirantes a títulos académicos.

     Se sabe la preocupación que mostró Vargas por el descuido existente frente a la instrucción pública, por parte de quienes tenían en sus manos las riendas del Estado. El período al que se hace referencia tuvo como características problemas existentes debido a la falta de maestros, la carencia de locales adecuados para la enseñanza, la escasez de libros, la inexistencia de materiales idóneos para desarrollar el proceso de enseñanza – aprendizaje, así como un carente presupuesto para satisfacer un funcionamiento mínimo de las escuelas de Caracas y del país en general. 

En 1852 todavía se veían en Caracas las ruinas dejadas por el terremoto de 1812

     Ha llamado la atención de estudiosos de la historia de Venezuela que para esta época hubiese una inclinación hacia la música y su aprendizaje. De hecho, entre otras cuestiones difundidas por los viajeros estaba la destreza que mostraban algunos pobladores por la interpretación musical y la ejecución de melodías en el piano. Por lo general, eran jovencitas que habían sido entrenadas en su ejecución. Para este tiempo, se fundó y organizó una Sociedad Filarmónica impulsada por Atanasio Bello (1800-1876) quien en vida ejecutaba el violín y había participado como soldado en batallas a favor de los republicanos. Uno de los propósitos de esta Sociedad fue la de impulsar la educación musical en la Provincia.

     Las actividades culturales fueron escasas durante este período. Quizás las más generalizadas fueron las correspondientes al teatro. Para el año de 1834 habían alcanzado territorio caraqueño algunos artistas de origen español, aunque sin mayores reconocimientos en una sociedad que poco conocía de estos asuntos. Se recuerda que en esta época se presentó la ópera El Barbero de Sevilla en el año de 1836. 

     La Sociedad Filarmónica presentaba algunos esporádicos conciertos en la Provincia. Hubo la intención de generalizar actividades teatrales en Caracas. En efecto, en la década del cincuenta se instaló el Teatro de Caracas, entre las esquinas de Veroes y las Ibarras, cuya inauguración fue el 22 de octubre de 1854 con el montaje de la ópera Ernani de Giuseppe Verdi.

     Hubo la publicación de obras impresas y que dieron a conocer recopilaciones de leyes, periódicos y revistas y que dan cuenta de una demanda por parte de una élite instruida, aunque limitada a sectores puntuales de la población. La mayoría de los libros impresos que llegaban a territorio venezolano provenían de España. Por otro lado, el trabajo con la imprenta tuvo un representante señero en la figura de Valentín Espinal quien, por casi cincuenta años, imprimió diversos escritos desde Caracas. Hubo otros impresores como Tomás Antero, Domingo Navas Spínola y Antonio Damirón.

     Otro aspecto que llama mucho la atención de quienes han estudiado este período de la historia, es la existencia de un importante número de personas dedicadas a la música. Muchos llegaron a ocupar cargos públicos de relevancia con lo que se dio impulso a la interpretación musical. Pero, estuvo restringido a un segmento de la sociedad, porque una formación académica extendida para toda la población no estuvo presente. De igual manera, sucedió con la impresión de libros, folletos y periódicos cuya demanda estuvo acotada entre elites citadinas y no para todos los integrantes de la sociedad. 

     Uno de los acontecimientos cuya repercusión fue nacional, aunque suscitado en Caracas, para el 24 de enero de 1848, cuando hordas militaristas y afines a los Monagas invadieron el Congreso de la República. En la segunda mitad del siglo XIX, Caracas comenzó a experimentar cambios a la luz de los procesos modernizadores propiciados por Antonio Guzmán Blanco. 

     Durante este período se abren nuevos espacios públicos y se presenta una nueva ornamentación de la ciudad capital.

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