Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

      A propósito de los cien años del nacimiento del Libertador, Simón Bolívar, se llevó a cabo la Exposición Nacional de 1883 con la que se celebró y rememoró su fecha natalicia. En conjunto, se inauguraron obras públicas, obras de arte y estatuas. Fueron otorgados reconocimientos y premios literarios, se realizaron eventos culturales, se editaron distintas publicaciones, se elaboraron cuadros, se llevaron a cabo ceremonias, desfiles cívicos, elegías y recuerdos. Como acompañamiento, se montó una exposición, muy al estilo de las realizadas en Europa durante el siglo XIX. Fue una ocasión propicia para que el gobernante de turno, Antonio Guzmán Blanco (1829-1898), exhibiera un despliegue de su poder e influencia entre sus adeptos y detractores.

     La celebración del centenario del natalicio del Libertador sirvió de excusa para establecer lo que se denominó La Exposición Nacional de 1883. Fue un evento en el que se dieron cita una gran gama de expresiones, símbolos y emblemas relacionados con localidades y regiones de Venezuela. Sin duda, se trató de un encuentro de expresiones diversas, alrededor de la figura de Simón Bolívar y Guzmán Blanco como su mentor e insigne representante. Lo en ella expuesto sirvió de moldura para mostrar logros materiales y simbólicos del país, también para extender rasgos de lo que se consideraba como el carácter nacional de Venezuela.

     Entre el 2 de agosto y el 4 de septiembre de 1883 se desarrolló en Caracas, la Exposición Nacional de Venezuela en el marco de las actividades conmemorativas del centenario del natalicio de Bolívar. Ella se concibió como una gran oportunidad para exponer una imagen general del país en varios ángulos territoriales. El núcleo central de la celebración lo fue la exposición. El gobierno guzmancista no escatimó esfuerzos y grandes gastos para su financiamiento. Gracias a la actitud arrolladora de Guzmán Blanco quien se propuso, en esta oportunidad, ofrecer una idea, la más “exacta” posible, del estado actual de Venezuela y de un adelanto progresivo en sus distintas épocas el éxito de la empresa fue posible.

El actual Palacio de las Academias fue originalmente sede de la UCV

     Durante un mes fueron exhibidas producciones industriales, espirituales y culturales, hábitos, costumbres y la diversa gama de recursos naturales que el país guardaba en su superficie. Para su preparación, algunas representaciones gubernamentales habían estado en las exposiciones de Londres (1862), París (1867), Viena (1873), Bremen (1874), Santiago de Chile (1875), Filadelfia (1876), de nuevo París (1878) y Buenos Aires (1881). Aunque con una representación muy modesta, la asistencia a ellas sirvió como referencia para la que se hizo en Caracas. Sin embargo, la exposición de 1883 tuvo un talante nacional, con la presentación de algunas producciones provenientes de otras naciones. El objetivo fue mostrar las particularidades regionales y locales del país en lo atinente a sus recursos naturales, logros en el campo agrícola, alcances técnicos e industriales, así como realizaciones espirituales y de arte en general.

     La cifra de compradores de billetes alcanzó las 62.761 personas, más las 3.000 que se habían entregado como pase de cortesía, según lo informó Adolfo Ernst, curador de la exposición. Ella fue instalada en un edificio construido para la ocasión en el centro de la ciudad, al frente del Palacio Legislativo y al lado de la sede de la Universidad Central de Venezuela (UCV). La organización de la exposición fue responsabilidad de la Junta Directiva del Centenario, cuyo presidente fue Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884), padre del presidente Guzmán Blanco. El encargado de la Exposición, el alemán Adolfo Ernst, redactó un texto en dos volúmenes en el que presentó el catálogo general con notas y sus respectivos comentarios acerca de los pormenores de ella, en el primer volumen. En el segundo, lo utilizó para publicar cartas y documentos relacionados con el evento de 1883. El título de estas notas fue La Exposición Nacional de Venezuela en 1883 y editada por el Ministerio de Fomento en 1884.

     En la parte introductoria de este texto, Ernst hizo referencia a las intenciones políticas del proyecto nacional del gobierno presidido por Guzmán Blanco, la conformación de la Junta Directiva, bajo cuya responsabilidad se llevó a cabo la Exposición y una escueta descripción del lugar en el que ella se dio a conocer al público. En otro aparte se presentó la enumeración de los diversos agrupamientos de los objetos mostrados en la Exposición Nacional del Centenario, ordenada según las localidades. En el texto se incorporó un escrito delineado por Ramón de la Plaza en el que éste destacó la exhibición de un grupo de obras pictóricas, realizadas para el evento y que resaltaban aspectos importantes de la historia patria. De igual manera, se agregó una colección de objetos científicos, en el que estaban objetos elaborados por algunos grupos aborígenes de Venezuela. En otra sección se llevó a cabo una descripción de los objetos que en vida fueron posesión de Simón Bolívar y las ofrendas con las que se honró su memoria.

     En la introducción, preparada por Adolfo Ernst, expresó que todo pueblo cumplía con un sagrado deber al brindar honores a favor de sus hijos, cuyos grandiosos hechos formaban parte de una historia “pletórica de glorias”. Por tanto, fue un imperativo, como ningún otro, celebrar el centenario del “más ilustre de sus varones” y a quien, con sobrado derecho, el pueblo nacional veneraba como Padre y Libertador. Por ser tal la honra alcanzada no debía ser menos la rememoración en su honor.

     El decreto con el que se selló la celebración fue dado en septiembre 3 de 1881, con el cual el “Ilustre Americano” declaró fiesta nacional el día 24 de julio de 1883, para rendir la primera de las grandes manifestaciones que a cada nuevo siglo se debe manifestar la gratitud de los pueblos americanos, a quien con su afán y empeño les brindó la libertad. Ernst dio a conocer que la idea de presentar una exposición fue ideada por Guzmán Blanco. A partir de allí, la Junta que, además estuvo integrada por Arístides Rojas, Agustín Aveledo, el general Andrés Aurelio Level, Fernando Bolívar y Manuel Vicente Díaz, fue la que dio cuerpo a la Exposición. Fue un objetivo cardinal de la Junta Directiva ofrecer la idea más cercana a los “hechos reales”, en torno a la situación presente en Venezuela y de su “adelanto progresivo en sus distintas épocas, desde el siglo pasado a la fecha”.

     Comentó, además, que denominaron “Feliz” la idea de cerrar el gran evento con una Exposición Nacional a la brillante serie de festividades del primer Centenario del Libertador, porque no sólo era oportuna y de estar en completa armonía con las tendencias de la época, con la que se correspondía de modo “perfecto” el carácter esencial de las fiestas del Centenario. 

     Así, la idea de la Exposición cabía en una verdadera ofrenda en la conmemoración de una figura “providencial”, a quien Venezuela, junto con varias de sus hermanas de América Latina, debía su existencia política y el lugar como países independientes. Insistió que, todo hijo agradecido estaba en la obligación de dedicar, con real gusto, a la venerada memoria de sus progenitores, las realizaciones de sus industrias y las creaciones de sus talentosos hijos. En efecto, Venezuela ofrendaría, a quien sacrificó todo lo que poseía y cuanto era como ser humano, los tesoros de su fértil suelo, las cosechas de sus ubérrimas campiñas, todos los adelantos de su industria, las obras de sus pensadores, artistas y hombres de Estado, “todo, todo lo había de traer al ara de su gratitud hacia el Padre de la Patria”.

     Traer a colación esta Exposición resulta de gran importancia porque requirió la movilización de todo el aparato estatal, con el cual reunir en un espacio bienes naturales, industriales, intelectuales y culturales. Estos fueron exhibidos para que pudiesen ser apreciados bajo una mirada de reconocimientos y con los que los venezolanos alcanzaran a identificarse. Se debe agregar que, en este orden, el guzmanato se caracterizó por la reformulación del Proyecto Nacional ideado desde los inicios republicanos. El acto conmemorativo, muy propio del 1800, fue de suyo mundial, es decir, sirvió de acompañamiento para forjar una conciencia nacional. Lo que en el decimonono se denominó carácter nacional no sólo implicó atributos y especificidades nacionales, también formó parte del uso de una serie de dispositivos con los cuales inventar un sentido de pertenencia con el despliegue de las academias de la lengua y de la historia, así como la generalización de publicaciones, para niños, bajo el título de historia patria.

Presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco

     Antes de 1883 Venezuela había formado parte de delegaciones que hicieron acto de presencia en algunas exposiciones internacionales, con lo que ya se habían realizado inventarios respecto a objetos industriales existentes. Sin embargo, para esta oportunidad la muestra fue mayor en cantidad, al no dejar de lado ningún objeto que constituyera los recursos trabajados o por trabajar en el país. Al justificar la Exposición, Ernst explicó que las exposiciones, fuesen nacionales o internacionales, industriales, artísticas o científicas, formaban parte del progreso moderno. Entonces, resultó muy natural que Venezuela diera prueba del “sorprendente progreso” que eran característicos de las “épocas presidenciales del general Guzmán Blanco”, y que, luego de haber participado en varios de los grandes certámenes industriales, en distintos continentes, viese realizado en su capital un torneo del “progreso semejante a aquellas”, aunque circunscrito a las producciones del propio suelo y a las obras de sus propios hijos.

     A pesar del carácter de la Exposición, las pautas contenidas en el reglamento, con las que ella se estableció, permitía la participación de países extranjeros que solicitaran incorporación al evento. El Comité Organizador se rigió de acuerdo con un Sistema General de Clasificación a partir del cual se organizó en ocho secciones, siendo dos de estas denominadas secciones especiales, integrada por: animales domésticos, horticultura y floricultura. La primera sección la integraron los productos naturales y agrícolas, la segunda por máquinas y utensilios, la tercera por productos industriales, la cuarta sección por bellas artes, la quinta por publicaciones oficiales, obras científicas y literarias y la sexta por objetos que pertenecieron al Libertador.

     La concepción general de la Exposición fue dada a conocer por Antonio Leocadio Guzmán en carta fechada en julio 27 de 1882. En ella insistió que debía mostrarse todo lo que se tenía en las distintas localidades del territorio nacional en lo atingente a alimentos, vivienda, vestimenta, educación, instrucción, costumbres, industrias, recursos por explotar, acompañado de estudios especiales, monografías y memorias en las que se ofrecieron detalles explicativos de cada uno de estos componentes.

     En la misma fecha, el presidente de la república había enviado una misiva a los presidentes de cada uno de los estados federales de la república, invitando a la participación en la Exposición. Las palabras tramadas por Guzmán Blanco evocaron la figura del Libertador como referente de identificación y pertenencia, así como que el afán aglutinador fue su propósito axial. Expresó que la Exposición del Centenario, que él había decretado como la “más grande manifestación de la gratitud de la patria a la memoria de su libertador”, simbolizaba una de las más trascendentes aspiraciones del país, en el que estaban cifradas las esperanzas de un importante desarrollo de sus elementos de prosperidad. La idea de nación que se buscó generalizar, entre quienes militaban en las filas del Liberalismo Amarillo, tuvo como modelo de construcción nacional las realizaciones de algunos espacios territoriales europeos y los Estados Unidos de Norteamérica.

     A raíz de esta disposición el espíritu reinante de la Exposición fue el de divulgar elaboraciones concordantes con el progreso material y la concepción de lo moderno en boga. De igual manera, no debe ser olvidado que el 1800 fue el siglo de la edificación de los Estados nación modernos. Fue una tratativa mundial en que se combinó el origen histórico con lo que la naturaleza ofrecía como potencialidad. El posibilismo fue una de las bases fundamentales para alcanzar el progreso y la civilización entre quienes reflexionaron y actuaron desde espacios postcoloniales. También la celebración de centenarios sirvió de pretexto para imaginar la memoria histórica, porque se pensó que ella era un eslabón necesario para crear similitudes y rasgos comunes pensados como propios de toda comunidad nacional.

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

Por Valentín Frontado,

Cosas de Caracas

En el futuro la ciudad será parte de un armonioso todo

     “El mundo marcha con demasiada rapidez” … Las palabras de Don Carlos Raúl me quedaron danzando en el cerebro. ¿Y porque no utiliza esa rapidez en el dominio de los recursos, para hacerse cada vez más feliz, sino que, al contrario, emplea todos sus inventos y todos sus descubrimientos en la empresa tétrica, estúpida, de aumentar su dolor?…

      Esto pensé, y no pude menos de expresarlo. Mi interlocutor, por toda respuesta, tomó el lápiz, lo fijó entre el pulgar y el índice, y velozmente trazó sobre el bloque de notas la silueta del mapa de Venezuela. Después, como quien pincha pasapalos con el escarbadientes, fue punteando aquí y allá, para indicar las capitales de estados. Finalmente, clavando la punta metálica de un compás en el sitio que correspondía a Caracas, trazó un amplio radio sobre la superficie territorial del país…

     La lección era tan gráfica, que no pude menos de entenderla; ella quería decir que la capital de la República tiene una razón para estar allí en ese punto: el rasgo descrito por el compás pasaba muy cerca de todas las capitales de estado. Observé:

     ― Un jueguito curioso, voy a recomendarlo a los lectores…

     ― Curioso y elocuente. Pero eso no es todo. Vea…

     Y me llevó ante un mapa-mundi. Guiado por su índice relacionó a Caracas, situada casi en la costa, sobre el Atlántico, con las costas europeas, situadas, como si dijéramos, “en la acera de enfrente”. Comenté:

     De modo que nuestra capital no solo responde a exigencias geográficas domésticas, sino internacionales también…

Carlos Raúl Villanueva (1909-1975), es considerado el arquitecto más influyente en la Venezuela del siglo XX

     ― Y así lo será por mucho tiempo, al menos mientras no se invente un sistema de comunicaciones que elimine el Atlántico con cauce del tránsito comercial y cultural entre los dos grandes Continentes…

     Aquí comenté para mis adentros:

     “! ¡Quién sabe si ya llegó ese día! ¡El mundo marcha tan rápido! ¿No se ha hablado de una ruta estratosférica por encima del Polo?” … Don Carlos Raúl prosigue:

La Ciudad Universitaria es la obra cumbre de Villanueva

     ― Con todo eso he querido mostrarle que las ciudades no son, o no deben ser, islotes humanos divorciados de la vida que se desarrolla más allá de sus linderos. La ubicación de una ciudad se ha inspirado siempre en una serie de relaciones más o menos próximas, más o menos lejanas. Pero estas razones estratégicas simples se complicarán en el futuro, tomando un sentido profundamente humano. Quiero decir que la ciudad, la región, el país, y en último término, los países entre sí formarán una trama de vinculaciones materiales que hará del mundo un todo homogéneo y fraternal. La ciudad irá al campo, y el campo vendrá a la ciudad. Los campesinos disfrutarán de los bienes de la ciudad, y los habitantes urbanos gozarán del ambiente campestre dentro de la propia ciudad…

     Para llegar allá es necesario organizar, compulsar, poner en juego esa ciencia que es más bien la reunión de todas las ciencias y que tiende a humanizar lo más profundamente la vida: el urbanismo. Y hace falta igualmente legislar, y esperar que lo legislado surta sus efectos…

     Para llegar allá es necesario organizar, compulsar, poner en juego esa ciencia que es más bien la reunión de todas las ciencias y que tiende a humanizar lo más profundamente la vida: el urbanismo. Y hace falta igualmente legislar, y esperar que lo legislado surta sus efectos…

     Cuando estreché la mano de don Carlos Raúl, ya era de noche. En la calle, una muchedumbre apresurada, angustiada, me lanzaba de aquí para allá, me empujaba, me confundía a cada instante entre las espirales de sus remolinos. Yo iba abstraído, meditando en las cosas que me dijera el artista. Y me decía maquinalmente: “¡Quizá llegaremos a esos días serenos en los que el obrero no sea una mera cabeza de ganado confundido en la muchedumbre de sus semejantes, arreado por el pito de la fábrica, espoleado por el rítmico e irremediable traquetear de las máquinas!…

     ¡Quizá llegará el día en que cambie este torturante espectáculo de cemento armado, y pueda aparecer ante nuestros ojos irritados, la generosa perspectiva del bosque y del riachuelo!” …

     Andando, andando llegué hasta la parte sur de la ciudad, y en un claro respetado hasta ahora por la marejada de la mampostería me detuve, porque al fin tenía ante mí, imponente, magnífica, la lejanía…

La moderna Escuela Gran Colombia de Caracas, fue diseñada por Villanueva en 1939

     Allá abajo, con todo el aparato de una decoración teatral, aparecían las faldas avileñas, teñidas por los últimos destellos solares con tonalidades de musgo, con matices de nácar, con transparentes coloraciones de violeta.

Tomado de la revista Élite. Caracas, N° 1.043, 29 de septiembre de 1945; Páginas 6-7, 34-35

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte I)

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte I)

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte I)

Por Valentín Frontado,

Cosas de Caracas

     No. No diré, por una necia concepción del patriotismo que nuestra capital es bonita. Al contrario, digo que el corazón de esa ciudad, el casco antiguo, es feísimo. Y estoy seguro de que en ello me acompañan muchos compatriotas sinceros, de buen gusto. Sin embargo, ¿tiene verdadero mérito el que lo diga yo, hombre sin títulos académicos ni literarios? Ya sé que no, al menos ante los ojos de la gran mayoría que cree demasiado en las consagraciones. Y es por ello, justamente, que les presento a ustedes a…

Carlos Raúl Villanueva

     Ya sé lo que están ustedes pensando: “Pero, señor Frontado, ¿primero dice usted apoyarse en una autoridad consagrada, y luego viene haciéndonos una presentación? Solo se presenta a los desconocidos”.

     Cierto. Todos ustedes saben que Carlos Raúl Villanueva es uno de los hombres que en este momento disfrutan de mejor notoriedad. Él es el arquitecto que construyó los dos museos de la Avenida Los Caobos; el que concibió y planeó la escuela Gran Colombia y la Plaza de la Concordia; y su fama se hará clásica en el devenir de las generaciones venezolanas que asociarán inevitablemente su nombre a la obra de El Silencio… Porque El Silencio ― ¿lo sabían ustedes? ― es su creación más reciente. Y qué dirían ustedes si les dijera que él es también el hombre que hace los edificios de la imponente, de la formidable, Ciudad Universitaria.

     Pero… Es un modo de hablar! Le presento a ustedes, es decr que la traigio aquí, para que les exprese –aunque sin una sola incortesía para Caracas—todos los argumentos que yo necesito para que mi tesis salga airosa del trance… Y páreceme que Don Carlos Raúl hace, para empezar, esta preginta:

¿Para qué tanta  angustia, caraqueños?

     “Ciudad de iglesias y de claxon” llamó a Caracas cierto periodista extranjero en un libro de viajes, hace más de veinte años. Las iglesias están aún donde mismo; las cornetas fueron silenciadas por la Inspectoría de Tránsito, a pesar de lo cual yo creo que hoy es mucho menos soportable la vida en nuestra ciudad. Porque, aunque hoy hay menos estruendo, en cambio hay mucha más angustia. Los caraqueños andan corriendo, presas de una ansiedad que los atropella, que la aleja de su condición humana para identificarlos con los motores que circulan en la congestionada corriente de la calle.

     ¿Para qué tanta angustia?… ¿Es que con tal desasosiego logran ser más felices que los ciudadanos de hace 50 años, que andaban a pie, o, cuando más, en coche?… ¿Es que podrían siquiera parangonarse, en punto a bienestar moral y material, con los caraqueños de los tiempos coloniales, cuando la luminosa infancia de la Ceiba de San Francisco y la Caracas de calles empedradas y aceras enlajadas guarnecidas de hierba?… Pero, es lo que me ha apuntado Don Carlos Raúl Villanueva.

El nombre de Villanueva está asociado a muchas obras, entre ellas, la urbanización El Silencio, en el corazón de Caracas, 1942

¡La máquina transformó a la humanidad!

     Mientras hacía danzar el lápiz de dibujo entre sus dedos, Don Carlos Raúl me dijo:

     ―Si, querido amigo. La humanidad ha ido demasiado rápido. Ha superado sus necesidades, y, paradójicamente, no ha hecho sino agravarlas y alejar el día de satisfacerlas plena y pacíficamente. El maquinismo ―todos lo sabemos― transformó la vida; y cada invento, cada descubrimiento, han venido asestando nuevos golpes al mecanismo social, desajustándolo por aquí y por allá, sin dar tiempo a estabilizar un sistema.

     Don Carlos Raúl quedó en suspenso. Yo asentía con movimientos de cabeza. Un empleado con las iniciales del Banco Obrero en la gorra ― ¿No había dicho que nuestra entrevista se efectuaba en una de las oficinas del Banco? ―se acercó para preguntarle algo. Yo aventuro una sugestión:

     ― De esa carrera loca de una civilización que busca inútilmente un equilibrio dichoso se resiente la ciudad, ¿no es cierto?… Y por eso es que Caracas…

     ― ¡Por supuesto! Es en la ciudad donde la mayoría de los hombres ejerce sus funciones y es por ello por lo que cualquier cambio sustancial en esas funciones exige una transformación igual en el sistema urbano.

 Yo agregue:

     ― Y por eso es que Caracas, además de ser feo, es inadecuado. O no funciona

¿Tendremos que volver atrás?

     Pero quiero que él lo diga y por eso le pregunto:

     ― Y concretándonos a nuestra capital, ¿cree usted que se ha cumplido a cabalidad esa evolución, en el sentido que usted dice? Por más acelerado que sea el ritmo de la moderna humanidad; por más confusión que su desenfrenada imaginación le produzca, parece que las gentes podrían vivir mejor, con menos trajín, con menos esclavitud, con menos angustias y con más satisfacciones. ¿No tendremos que hacer un alto y dar marcha atrás?

     ¿No le parece que son demasiado grandes las ciudades? Caracas, por ejemplo, parece haber triplicado su magnitud en diez años…

Villanueva diseñó el Museo de Bellas Artes de Caracas, 1938

      ― Pero eso no es un mal exclusivo de nosotros. Cosa igual o parecida ocurre en todo el mundo… ¡Habrá que volver a la Edad media! Habrá que limitar el número de habitantes. Justamente, la técnica, al manifestarse desde ahora contra el término “urbanismo” y querer cambiarlo por la expresión “planeamiento”, está anunciando toda una serie de trascendentales reformas que vendrán a abonar el bienestar de las poblaciones urbanas. Probablemente los habitantes de las ciudades llevarán en el futuro una vida más cónsona con la dignidad del espíritu; más desahogada, digamos, más satisfecha.

Repliqué:

     ― Entonces, ciudades como Nueva york, ¿tampoco sirven?

     ― Nueva York ha pasado de moda. Y ― ¿Quiere que le diga? ― ¡Uno de los más graves defectos de Caracas es empeñarse en imitar a Nueva York! Mire esos edificios enormes que superan muchas veces en altura el ancho de las calles, tapando el sol, quitando la luz, robando el aire a los que circulan abajo. ¡Eso es sacrificar al ser humano, que necesita respirar, purificar su organismo, alegrar su espíritu!

     ― ¿Entonces?

     ― Debe ser reglamentada la altura de los edificios en relación con el ancho de las calles, y eso último también debe ser establecido de acuerdo con las características de cada zona.

     Don Carlos Raúl me explicó entonces que una ciudad es como una casa, donde debe haber una sección bien delimitada para cada una de las actividades principales de sus ocupantes: para el trabajo; para el descanso, o sea la residencia; para la diversión o esparcimiento; y para circular entre las diversas secciones, o sea, hablando en términos “caseros”, los corredores de la ciudad. Esto es lo que los urbanistas llaman “zoning”; y es lo que hace falta en Caracas; una zona donde agrupar todos los centros de trabajo, fábricas y oficinas; otra donde solo se habite, a fin de lograr la tranquilidad indispensable al descanso; una más que reúna los medios de distracción, y finalmente buenos “corredores” de la ciudad, buenas calles y avenidas donde penetre el solo y circule el aire, y donde el ciudadano tenga entre acera y acera el espacio suficiente para contemplar la belleza de los edificios; donde la Arquitectura, que es una lección de estética, esté frente a él y no por encima de él.

La avenida Bolívar tiene 30 metros de ancho

     Don Carlos Raúl se extiende. Le preocupa, sobre todo, las condiciones de la zona destinada a vivienda. En ella debe haber árboles y flores. Le parece excelente que un reciente congreso urbanístico exigiera que en cada nueva construcción se deje cierta superficie para jardines comunes, lo que al fin daría por resultado la formación de vastos espacios verdes y floridos en medio de los de casas.

     Esto es lo que el mismo Don Carlos Raúl hizo en El Silencio. ¡Los niños necesitan jugar ―me dijo con calor― ¡Necesitan correr, dar salida a su energía bullente! En la actualidad nuestros muchachos no tienen sino dos perspectivas: o echarse a la calle para que los arrolle un carro o para que otros niños ya pervertidos los inicien en la delincuencia. O quedarse encerrados, conteniendo, con grave perjuicio de sus tiernas y delicadas personalidades, la violenta necesidad de expansión que los tortura.

     Aún quiero saber detalles de eso que llaman “zoning”. Respecto de la zona comercial, por ejemplo, Don Carlos Raúl no me había dicho nada. Pero recuerdo que no debo extenderme demasiado, yo no quiero que en la redacción me le quiten un pedazo a la entrevista. Por eso me contento con un solo rasgo: ¿es que el ancho de la calle, que debe ser grande, como ya sabemos, puede pecar por eso mismo, por grande? La respuesta es afirmativa.

Villanueva y el norteamericano Jaques Andre Fouilhoux, arquitecto del Rockefeller Center de NY y el Hotel Ávila

― El modelo está ya listo en la Avenida Simón Bolívar, que tiene 30 metros de ancho. Mayor distancia entre ambas líneas de edificios perjudicaría al comercio, pues, consciente o inconscientemente, el público se abstendría de pasar de una acera a la otra en busca de los artículos que necesita.

 

Tomado de la revista Élite. Caracas, N° 1.043, 29 de septiembre de 1945; Páginas 6-7, 34-35

Crónica 1895 New York Herald – Parte II

Crónica 1895 New York Herald – Parte II

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Crónica 1895 New York Herald – Parte II

Póker y beisbol

     Los venezolanos asimilan muy bien los juegos nacionales norteamericanos de póquer y beisbol. Sin embargo, tienen sus propias reglas para el juego de cartas que le parecen muy extrañas a un neoyorquino. En el Casino Caracas, escenario favorito de la capital, el póquer divide honores con la baraja y en el número de jugadores es un poco menos común que el juego español. Un comodín es sacado de cada bote por un empleado del Casino, quien observa el juego para decidir todas las preguntas discutidas, cuando él mismo no tiene ganas de tomar una mano. La primera peculiaridad que noté fue que las cartas se repartían de derecha a izquierda, no de izquierda a derecha, como se hace en Estados Unidos. El hombre a la izquierda del distribuidor tiene, en consecuencia, que cortar. La primera mano que vi convenció de que algo andaba mal con el paquete. Había siete jugadores, cada uno de los cuales recibió cinco cartas, pero cinco permanecieron en la baraja.

     Lo que más me sorprendió es que los jugadores pueden preguntar a los hombres contra quién están apostando, en cualquier etapa del juego, cuántas cartas tomaron. A mi objeción a esta práctica, un oficial del ejército venezolano respondió, encogiéndose de hombros:

     «Es tan justo para unos como para otros, cuando todos pueden hacerlo».

     «De ningún modo». Regresé, «porque un hombre que presta atención al juego no tiene ventaja».

     No se utilizan fichas en el Casino Caracas. Todo el mundo aquí tiene que llevar un bolsillo lleno de plata y oro, y el dinero es lo que más gusta sobre la mesa. Los jugadores pueden entrar en cualquier momento y retirarse sin esperar a comprar ni cobrar ninguna ficha. Los tipos de cambio regulares están permitidos en el cambio de piezas de oro. Se permite un bono del cuatro por ciento en las águilas y águilas dobles de los Estados Unidos, un premio de diez centavos en el antiguo cuarto de onza español, oro francés a la par, etc. La dama prevaleciente es de diez centavos de ante, cuatro reales, un límite de cuarenta centavos y todos los botes.

El beisbol se introdujo mucho después del cricket, pero resultó ser un éxito inmediato

     El beisbol es una novedad aquí. Cricket está relativamente bien establecido y tiene la ventaja del patrocinio de moda.

     Los campos de cricket están en buenas condiciones y siempre que se celebran partidos en ellos, la sociedad caraqueña está bien representada en la gran tribuna y se sirven almuerzos ligeros, incluidos cócteles, una institución estadounidense de enorme popularidad. El beisbol se introdujo mucho después del cricket, pero resultó ser un éxito inmediato y los juegos cuentan con una buena asistencia.

En esta sala del Hospital Vargas recuperó su salud el aviador Charles Wolcott, en 1895

     Berkeley Balch, vicepresidente de Yaracuy Navigation Company, es ahora el árbitro del juego regular de los domingos y está teniendo el mayor interés en instruir a los venezolanos en los tecnicismos. A este atlético juego le están dedicando ahora mucho tiempo y energías sobrantes.

     El único juego nacional que he visto se práctica en una taberna rural con grandes piedras redondas o bolas, y es de una manera tosca muy parecido al de los diez pines. El objeto del juego es un golpe que la bola originalmente rodó. En todos los lugares para beber se ven hombres jugando dominó y dados, siendo las cartas la excepción.

Les gusta beber

     Se bebe mucho en Caracas y el licor es excepcionalmente malo. El salón de la esquina promedio en Nueva York es un palacio en comparación con los lugares aquí, y la calidad de las bebidas que se venden en ellos no soportará comparación. El brandy es la bebida favorita y solo se vende la más barata. El ron es barato y muy popular. El whisky es un lujo que no se encuentra comúnmente.

     Las cervecerías se han establecido recientemente y están demostrando ser enormemente rentables, pero la mayoría de las tabernas mantienen la cerveza casi tibia, y si hay una queja, el barman se ofrece a mejorarla poniendo un trozo de hielo en su vaso. El hielo es, por cierto, fabricado por la Cervecería Nacional aquí, y es muy caro y, con mucho, el peor que he visto en mi vida. Parece nieve sucia congelada después de un deshielo y se derrite con una rapidez fenomenal.

     Los “refrescos” no tienen una gran demanda. Se puede tomar ginger alemanes en algunas tabernas importantes, y la mayoría de los lugares tienen una especie de jarabe de frutas que es bastante diferente de cualquier cosa que haya probado en el norte. 

      Aunque este es un país productor de limón, las tabernas suelen hacer limonada con sirope de limón, y no conservan la fruta en absoluto. El azúcar no es parte de las existencias del tabernero en un comercio, y para endulzar bebidas usa un compuesto similar a la melaza. Varios de los grandes establecimientos de confitería tienen salones en la parte trasera.

     El gobierno venezolano está obligado a proteger sus industrias incipientes, y donde no existen, darles vida. Aquí hay abundancia de caña de azúcar, y por todas partes se ven hombres y niños chupando grandes trozos. Sin embargo, se desconoce el azúcar completamente refinado. El grado que se usa universalmente es el que, según creo, las bodegas de Nueva York, B y C, de color amarillo, y de la consistencia de la arena húmeda. Debe ser muy económico, ya que una pequeña cantidad funciona muy bien. Para incentivar la construcción de una refinería, los legisladores han prohibido positivamente la importación de azúcar refinada, de la que los venezolanos tienen que prescindir.

Las corridas de toros eran una de las mayores diversiones de los caraqueños del siglo XIX

     El único terrón blanco de azúcar que he visto desde mi llegada estaba sobre la mesa de la señora Almeida y Vasconcellos, esposa del ministro brasileño, con quien desayuné en El Valle, un lugar de campo en el nicho de las montañas, a una altura considerablemente más alta que Caracas. A los diplomáticos se les permite importar los lujos que se niegan al rebaño común, y el azúcar en terrones es algo que el dinero no puede comprar. Mi anfitriona está al frente de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad Animal en Venezuela, y ha hecho muchos esfuerzos para frenar las corridas de toros y aliviar el sufrimiento de otras bestias. Me dice que el estado del ganado que se lleva a Caracas para el matadero es horrible y que con frecuencia se lo deja durante varios días sin comida ni bebida.

El perro una institución

     El trabajo de la sociedad ha sido en gran parte con iglesias que no tienen perreros, aunque parecen ser necesarios. Fui a la iglesia de Santa Teresa el domingo pasado y vi a tres perros vagando entre los entonces trabajadores y esquivando a los hombres que estaban orando de rodillas.

No eran pocos los estudiantes que, en 1895, asistían a la universidad con un revólver en la cintura

     Los diminutos caballitos de Caracas son principalmente pura piel y huesos, y los conductores, como sus prototipos en todo el mundo, les muestran muy poca consideración, la señora Vasconcellos ha distribuido entre los conductores ejemplares de la traducción española de un libro americano llamado “Black Beauty” (Belleza Negra), biografía de un caballo. Además de los pequeños caballos autóctonos, se ven en las calles muchos caballos peruanos, que son de un tamaño más grandes y son excelentes para montar, y grandes caballos americanos en carruajes. Los burros superan en número a los caballos y las mulas son muy comunes.

     Se utilizan yuntas de bueyes para arrastrar los carros pesados, y los lecheros conducen las vacas de puerta en puerta, con los terneros a los lados. A la mayoría de los terneros se les ata el hocico con trapos para evitar que obtengan leche antes de que se haya abastecido a todos los clientes. También es común ver a un niño conduciendo una bandada de pavos por las calles principales, generalmente en dirección a los mercados. En los corrales suele haber muchos animales vivos, que han sido traídos del campo y puestos a la venta ―cerdos y jabalíes― en su mayoría.

     En el mercado se guardan las pieles de enormes serpientes y animales salvajes, por los que se pide un precio extravagante, si están en buenas condiciones. El pelaje más bonito es el del leopardo: aquí lo llaman tigre. El tigre es muy feroz y es temido por todos los que tienen ocasión de viajar. El puma, que se dignifica con el nombre de león, es mucho menos común y casi igualmente peligroso de encontrar.

     La cantidad de aves que se ven alrededor de Caracas es sorprendentemente pequeña. Es cierto que la ciudad está muy alta en las montañas, pero uno podría imaginarse que el clima sería perfecto para los pequeños cantores emplumados. Uno se pasa un día entero conduciendo por la ciudad sin ver media docena de pájaros de cualquier tipo, grandes o pequeños. Estoy convencido de que el Valle del Orinoco tiene abundancia en aves, pero esa parte del país es muy lejos de aquí y es radicalmente diferente en todos los sentidos.

     Las cabras prosperan en Venezuela, y su carne es un alimento favorito, aunque con los extraños se disfraza bajo el título de cordero. Estoy seguro de que el astuto mercader cose la altura tupida de una oveja al cadáver de una cabra, de manera que el observador casual imagina que realmente creció allí y que a menudo compra bajo ese malentendido.

Crónica 1895 New York Herald – Parte I

Crónica 1895 New York Herald – Parte I

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Crónica 1895 New York Herald – Parte I

     El 22 de diciembre de 1895, hace 125 años, el diario estadounidense New York Herald publicó una crónica detallada de lo más resaltante de la vida cotidiana de los habitantes de la capital de Venezuela de finales del siglo XIX. La interesantísima crónica elaborada por un “Corresponsal especial” y fechada el 11 de diciembre de 1895, ofrece detalles en torno al particular estilo de vida de los caraqueños, la rutina del Hospital Vargas de acuerdo con las vivencias de un aviador estadounidense que está convaleciente allí, algunas costumbres particulares del caraqueño: apuestas, bailes, deportes, gusto por la bebida y el tratamiento a los animales 

CÓMO SE DIVIERTÍAN LOS VENEZOLANOS DE 1895

Suelen andar armados con pistolas y cuchillos

Adoran jugar al póquer

Crece la popularidad del beisbol

Son muy bebedores

     (CORRESPONSAL ESPECIAL) CARACAS, Venezuela, 11 de diciembre de 1895.- Comparativamente pocos de los hombres aquí se aventuran alguna vez a salir a la calle desarmados. En ese sentido Venezuela es un lugar tan malo como lo fueron alguna vez los territorios de Arkansas o Texas.

     Hay leyes que prohíben portar armas, pero no se cumplen. Uno de los profesores de la universidad aquí me asegura que está convencido de que cada uno de los estudiantes que asiste a sus conferencias tiene un revólver en la cintura. Las armas se usan a menudo tanto para adorno como para protección o agresión. El caballero de espuelas de plata y alegres atavíos que brinca sobre una mula juguetona o un caballo peruano no está completamente equipado sin un par de revólveres. Los tipos más humildes que recorren los caminos rurales a pie o en burros, se enorgullecen especialmente de los cuchillos que llevan en elegantes fundas en la cintura y que están igualmente disponibles para cortar comida o enemigos.

Los caballos son pura piel y huesos, y los conductores les muestran muy poca consideración

     El famoso machete es tan largo que la forma más conveniente de llevarlo es en la mano. Es el arma más terrible en la guerra y se usa para todos los propósitos posibles en tiempos de paz: abrir bosques vírgenes, talar árboles, cavar y construir.

     La vida humana se considera muy barata en Venezuela, excepto por la ley del país cuando se trata de asesinos. Aquí no hay pena capital, y un hombre que es sorprendido con las manos en la masa, cometiendo   un delito, sabe que la sentencia más dura que se le puede imponer es de diez años de prisión. Los peores casos, me han dicho, son enviados a una prisión en los distritos pantanosos cerca de la frontera occidental, donde el hombre que sobrevive a su condena es un fenómeno, y donde dos años es lo que la mayoría de los hombres pueden soportar. Las refriegas de apuñalamientos y disparos son muy comunes y rara vez reciben más atención que media docena de líneas en los periódicos locales, en las que se expresa simpatía por los familiares de los fallecidos.

     La proporción de hombres que se ven en las calles de Caracas sin un brazo o una pierna es mucho mayor que en Estados Unidos al final de la guerra civil. Comparativamente, pocos de los lisiados aquí fueron dados de baja en batalla durante las revoluciones, la mayoría de ellos habían resultado heridos en peleas callejeras. Un mendigo sin piernas, que frecuenta la estación del ferrocarril de La Guaira en el momento de la llegada de los trenes, cuenta una extraña historia sobre haber sido aplastado por una monstruosa serpiente. Dice que estaba trabajando en el campo, cerca de la ciudad, cuando vio la serpiente frente a él. No hizo ningún intento de escapar, ya que estaba fascinado. Perdió el conocimiento cuando el reptil se enroscó a su alrededor y le aplastó las piernas, preparándose para comérselo. Los amigos acudieron en su ayuda y mataron a la culebra. El mendigo dice que sus huesos estaban tan destrozados que los cirujanos del hospital tuvieron que amputarle las piernas de inmediato.

El hospital de Caracas

     El Hospital Vargas de Caracas, es una gran institución, admirablemente ubicada en una ladera y excelentemente administrada. Ningún edificio público en Venezuela está completo sin una estatua, y en el patio central de este hospital hay una de José María Vargas, quien creo que era presidente de la República en el momento de la fundación de este centro. Hay salas para mujeres, todas abiertas a un largo patio a la izquierda de la entrada, y otras tantas para hombres al otro lado.

     Me dirigí hasta el hospital para ver a Charles Wolcott, un aviador estadounidense, quien resultó gravemente herido al descender de un globo el 2 de octubre, en la parte occidental del país. Wolcott ha sufrido intensamente, pero tiene mucho valor. Expresa la creencia de que se recuperará, y si logra recuperar el uso de sus miembros, tiende a retomar su peligrosa profesión. Ocupa un catre ordenado en una de las salas quirúrgicas y dice que no puede sino dar grandes elogios a las Hermanas de la Caridad que lo cuidan.

     Estaba dando una exhibición en el momento del accidente, lo que atribuye únicamente a su falta de conocimiento del país. Hizo su ascensión a última hora de la tarde, sin darse cuenta de que no hay crepúsculo en los trópicos. La noche cayó rápidamente y se volvió imposible para él distinguir claramente la tierra. Imaginando que estaba a una altura de cinco mil pies, tomó su paracaídas y saltó de la nave.

El Hospital Vargas de Caracas, es una institución, admirablemente ubicada en una ladera de la ciudad

     El paracaídas estaba cerrado y, si sus cálculos hubieran sido correctos, se habría abierto lentamente hasta que se extendió a dos mil pies del suelo y su descenso habría sido gradual. Tal como estaban las cosas, había saltado antes de que el globo alcanzara la altura adecuada. Vio que la tierra se acercaba horriblemente antes de que comenzara a abrirse, y supo que saldría herido. Apoyó las piernas lo mejor que pudo, con los dedos de los pies hacia abajo, para romper el impacto. El golpe que sufrió fue tan grande que todos los huesos de sus piernas se dislocaron y su columna vertebral resultó gravemente herida, si no realmente rota.

     No perdió el conocimiento, dice, ni por un momento, aunque estaba sufriendo todas las torturas imaginables. Las autoridades locales querían dejarlo en una choza vecina para que muriera, pero un hombre que había estado trabajando en sociedad con él insistió en que lo llevaran al hospital de Caracas. Lo colocaron en una camilla y lo llevaron a la estación de ferrocarril, un viaje que tomó una noche entera, sobre montañas empinadas. El tren lo llevó a la capital la noche siguiente, y lo llevaron de inmediato al quirófano del hospital, donde perdió el conocimiento por primera vez. Había soportado más dolor durante el duro viaje de lo que había creído posible para que el cuerpo humano se mantuviera, pero estaba decidido a recuperarse.

     No hubo sensación en sus piernas durante algún tiempo después de la operación, pero cuando lo llamé estaba extremadamente sensible, y no pudo soportar ni siquiera una leve presión sobre el colchón que lo sacudió. Tenía una inmensa caja de cigarrillos junto al codo, muchos periódicos estadounidenses para leer y se sentía tan feliz como podía estar bajo las circunstancias. Los médicos, dijo, recomendaron que no debía esperar levantarse dentro de dos o tres meses. Entre risas, describió las características de los demás ocupantes de la sala. Lo que más le divertía era un negro corpulento, cuyo catre estaba enfrente del suyo.

     “Es el peor hombre del barrio”, dijo Wolcott, “pero me llevo bien con él. Camina arriba y abajo temprano en la mañana y hace tales payasadas que los moribundos detienen sus últimas oraciones para reírse de él”.

La Caracas de finales del siglo XIX

     El negro fue llevado al hospital como resultado de una de las habituales grescas del bar. Se había peleado con un hombre mientras bebía, sacó su revólver y disparó un tiro que rozó a su antagonista. Antes de que pudiera volver a disparar, le derribaron un machete en la muñeca derecha, y la pistola y la mano que aún la sostenía cayeron al suelo.

     “Mientras charlaba con Wolcott estaban curando las heridas de uno de sus vecinos, y no pude evitar maravillarme por la longitud de un solo corte de machete. Un pobre tipo fue golpeado con el cuchillo curvo, de modo que la punta entró en su espalda directamente entre los omóplatos, cortando el hueso, corrió hacia la izquierda y bajó por el brazo izquierdo casi hasta la muñeca, exponiendo el hueso en toda la distancia. Las dos salas quirúrgicas son, con mucho, la característica más importante del hospital.

Juegos y bailes

     Las regulaciones policiales en Caracas no son tan estrictas como las de Nueva York, pero la otra noche me divirtió mucho ver a un policía mirando tranquilamente un juego de apuestas. Varios residentes de la ciudad, a quienes les mencioné el incidente, no parecieron considerarlo particularmente extraño.

Las carreras de caballos gozaban de mucha popularidad

     Un señor que vive aquí pensó que me interesaría ver un baile autóctono o un baile público. Me llevó a un lugar en una calle lateral del centro de la ciudad. La tensión de la música flotaba desde las ventanas abiertas, haciéndolo muy fácil de encontrar, ya que todas las casas vecinas estaban a oscuras y tan silenciosas como la tumba. Pasamos a través de un pequeño cuarto de baño y entramos en un apartamento más grande, utilizado para juegos de azar. Alrededor de una mesa central había una multitud, compuesta principalmente por negros, muchos de los cuales estaban calzados con alpargatas, la sandalia que usaban casi universalmente las clases más pobres y siempre sin medias. Montones de plata sobre la mesa representaban las apuestas. Un policía, de uniforme, rifle en mano, estaba parado en los escalones traseros, fumando un cigarrillo y mirando el juego por encima de las cabezas de los jugadores.

     Un letrero en la pared notificaba a los caballeros con alpargatas que no debían aventurarse en el piso del salón de baile. El baile en sí resultó muy bajo y poco interesante y, salvo en el vestuario y la complexión, se diferenciaba muy poco de los asuntos del mismo tipo en Nueva York.

     Los soldados visten aquí alpargatas, excepto en ocasiones especiales, cuando están en desfile, y parecen muy enfermos con las maletas y cojean con curiosidad cuando tienen que envolver completamente sus pies en cuero. No ha llovido en Caracas desde el sábado. Antes de eso, creo que no había habido un solo día sin una enorme cantidad. Me dijeron que la cantidad de lluvia en noviembre y la primera parte de diciembre fue incomparable para la temporada. Según uno de los periódicos locales, ha habido muchos casos de gripe y neumonías como resultado del clima húmedo.

Caracas en 1957, Parte V

Caracas en 1957, Parte V

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Caracas en 1957, Parte V

Mariano Picón Salas,

Sigue el paseo

 

     El paseo por Caracas, buscando lugares y gentes significativas del nuevo estilo de existencia, nos llevaría muy lejos y acaso no requiera el lápiz enunciador de un cronista, sino una fantasía diabólica y descubridora como la de Balzac.

     Habría que revisar sitios tan contrarios como las casas y los salones elegantes y las oficinas de Policía, donde identifican a una banda de ladrones de automóviles que cambiaba las placas de los vehículos usurpados y los iba a vender de contrabando a la República de Colombia. O el retrato del falso conde europeo que vendía condecoraciones imaginarias a los coleccionistas de títulos y medallas. O la muchacha húngara y francesa, que para que fuéramos perfectamente civilizados, fundó una “cava” existencialista con chicas voluntariamente desgreñadas, músicos y cantantes de sexo indeciso, en un tranquilo barrio rural. O el italiano que vive en una covacha, pero que firma escrituras en el Registro por más de cuatro millones. O los transeúntes que a la media noche del sábado se acumulan en los “Sellados del 5 y 6” a adelantar su conjuro hípico para las carreras del domingo. O la historia inaudita, que empapa los periódicos del lunes, del que acertó a las patas de los caballos y con un cuadro de ocho bolívares obtuvo ochocientos mil, y los reporteros le preguntan qué piensa hacer en su nueva profesión de millonario.

     Y entre tantos éxitos, el suicidio del inmigrante inadaptado, que trajo de la guerra o de su antiguo campo de concentración un trauma irremediable. Gentes, rostros, problemas para que los analicen sociólogos, economistas y psiquiatras.

     Junto a los ricos y aventureros, las multitudes más pacíficas y estoicas que pueblan los autobuses o habitan los grandes bloques de apartamentos en los cerros. El pueblo matinal que madruga y la sociedad próspera que sale en la madrugada de las fiestas opulentas. La igualitaria democracia que se aglomera, después de la media noche, en las ventas de tostadas y criollísimas “arepas”, donde nuestro viejo pan cumanagoto, adobado con queso y chicharrón, acerca en su fragancia conciliadora a todas las clases: al caballero de “smoking” que viene del baile, y al conductor de camiones y gandolas, que parte a las lejanas carreteras.

     La abundancia de divisas trae, no sólo un cosmopolitismo humano, sino otro de productos y prodigalidad. Las tiendas de Caracas, con frecuencia empachadas de mercancía, son como anticipo y prefiguración de las exposiciones universales. Made in Germany, Made in Italy, Made in Japan, y alguna vez “Hecho en Venezuela”.

Bloques de apartamentos sector 23 de enero, Caracas

     Se puede comprar en la misma tienda una porcelana de Sajonia y un biombo japonés. Frente a comercios muy feos, que aún recuerdan la decoración del extinto pasaje Ramella en los días del 1900, hay tiendecillas que pudieran estar en Paris, Viena o Florencia. Los modistos franceses exhiben los modelos más caros. Aunque haya calor, se puede vender armiños y martas cibelinas. Hay también el cosmopolitismo del olfato y del gusto. Los vidriados y niquelados “Super-Market” a la norteamericana, contienen la más varia antología del sabor.

Avenida Fuerzas Armadas, Caracas 1957

     Se consumen por igual sardinas de Margarita y esturiones del Mar Negro. Los alimentos yanquis ofrecen su infantil y entretenida manipulación mágica. Se echa un poco de agua o de leche y se pone al horno el polvillo que contenía el sobre, y dentro de pocos minutos veremos cómo se esponja –sin perder su olor de química y farmacia- un pastel de limón o de chocolate. Hay abundantes e inverosímiles juguetes de niños para escape de nuestra curiosidad o nuestro derroche, para ocupación de almas vacías.

     Naturalmente que dentro del inmenso prisma de apariencia que es la vida caraqueña de 1957; de la luz de neón que nos inunda de anuncios comerciales, de la invitación a un perenne viaje por islas encantadas con palmeras de oro y danzantes cubiertas de flores, a que nos conminan las agencias de viajes; de las esmeraldas y diamantes de las joyerías, de los automóviles de todas las marcas que corren como galgos de lujo por las autopistas, hay también un mundo de más desgarrada realidad, de inalterable esencia.

     Todavía los caraqueños conocen el amor y la muerte, la angustia de vivir y la zozobra de comprender. Una droga que se ha generalizado en ciudad tan presurosa y que se llama “ecuanil” no logra calmar del todo la cavilación de las gentes.

     Con equiparables choques; con los misterios de un subconsciente colectivo, que aún no asciende a la comarca clara de la percepción, se está todavía formando el espíritu de esta ciudad de Caracas, que, a pesar de sus cuatro siglos de fundada, nunca lució tan terriblemente adolescente.

     Sigue creciendo y edificándose sin tregua; en el día y en la noche, en las horas de vigilia y en las horas de sueño. La amamos y también nos querellamos con ella, porque resume en su dinamismo y perplejidad la esencia de una patria en ebullición, que todavía gira sobre el futuro. El monte Ávila se recuesta en la ciudad con la turgencia de un pecho amoroso o fija sobre el valle, cambiante y agitado, su cimera de eterno granito. Hermosearla a la escala del servicio y el amor humano; pulir su alma para la solidaridad, la justicia y la belleza, debe ser su prospecto moral que se concilie, con el plan técnico de los ingenieros. Sólo el espíritu habrá de salvarla de la excesiva tensión de la aventura y aún de las demasías del dinero.

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