La Caracas de 1810-1817

La Caracas de 1810-1817

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

La Caracas de 1810-1817

     Para esta oportunidad haré referencia a la historia de Caracas de acuerdo con lo estructurado por el politólogo e historiador venezolano Tomás Polanco Alcántara (1927-2020) en uno de sus textos cuyo título fue Historia de Caracas, publicado por la Gobernación del Distrito Federal en 1983, a propósito de la aprobación de la enseñanza de la historia regional en Venezuela, como complemento del aprendizaje de la “historia patria” en el año de 1979.

     El texto se inicia con una breve referencia al pasado colonial o Antiguo Régimen. El énfasis mayor se encuentra en lo acontecido luego de 1810 y las referencias que sirven de ejemplo de cómo desde la ciudad de Caracas se fue extendiendo la emancipación y la ruptura del nexo colonial. Así, rememoró Polanco la Caracas de 1810 expresada desde las páginas de la Gaceta de Caracas en que mostraba aún un lenguaje de armonía, concordia, optimismo y convivencia pacífica, aunque con huellas de incertidumbre acerca del futuro, en especial por lo acontecido en la península, las abdicaciones de Bayona, la presencia de Napoleón y sus tropas en territorio español y la conformación de una Junta Suprema a favor de Fernando VII.

     En su descripción, indicó que existía, entre los caraqueños, un convencimiento acerca del carácter provisional de la Junta Suprema, mientras Fernando VII estuviera en manos de Napoleón. También, la misma Junta aprobó por decreto la libertad de comercio con España, a la que se hizo referencia como “nuestra Patria común”. Según este historiador, Caracas no reveló cambios significativos en “su vida ordinaria”. Se llamó a elecciones para la votación de diputados y varios de los nombres propuestos para elegir o ser electos fueron los mismos que habían dado contribución monetaria para combatir a Miranda en 1806. La vida en los puertos y los tratos comerciales, aún para 1810, siguió su curso normal de intercambio histórico con España.

Terremoto de Caracas, 1812; Tito Salas 1929, óleo sobre tela

     Sin embargo, a medida que avanzaban las tropas de Napoleón dentro del territorio español y se conocen los pormenores que rodearon lo acontecido con las abdicaciones de Bayona y los intentos de Fernando para establecer una alianza con Napoleón, sirvieron de acicate para crispar los ánimos entre las elites americanas y, por supuesto, caraqueña. Un conjunto de factores políticos, sociales y económicos terminaron de convencer a las élites venezolanas para declarar la independencia en julio de 1811 y establecer una república federal.

     Bajo este marco, Polanco ofreció una descripción de lo sucedido luego del terremoto ocurrido el Jueves Santo, durante el 26 de marzo de 1812. Escribió que la comunidad caraqueña estaba muy agitada por los cambios políticos del ínterin. A ello se sumó las dificultades económicas derivadas de la escasez en todos los órdenes, los enfrentamientos armados y las noticias provenientes de Europa y las dificultades que atravesaba la monarquía española frente a la política napoleónica. En este contexto, el movimiento telúrico de 1812 despertó una mayor incertidumbre por los estragos que causó a la ciudad.

     Por esta razón Polanco argumentó que en circunstancias diferentes su impacto, en la sociedad caraqueña, pudo haber sido otro.

     El autor relató algunos pormenores que rodearon la experiencia posterior al terremoto del doce, a partir de información proveniente de la Gaceta de Caracas. Se sabe que uno de los usos que se hizo del mismo fue para señalar a los republicanos como pecadores y que, por tal circunstancia, el terremoto había sido consecuencia de la ira divina. Ahora, lo que destacó, de modo notorio, Polanco, fue su impacto urbano. Así, una de las primeras consideraciones que se hicieron para el momento, entre las autoridades citadinas, fue la de trasladar los pobladores de la Provincia o “fundar una nueva ciudad en la hermosa explanada de Catia, donde se respira un aire puro, se siente una temperatura más deliciosa y se disfruta de aguas excelentes”. De igual manera, se propuso dejarla en el mismo lugar para aprovechar los materiales, las calles, los puentes y acueductos, así como estudiar las características que deberían poseer las construcciones para evitar colapsos en situaciones similares, como la del doce, en el futuro.

     El autor indicó que las mismas condiciones políticas impidieron un debate mayor, acerca del asunto de la mudanza, y la población quedó en la misma área. Para la redacción de su relato hizo uso también de las Actas del Cabildo, en que, según su razonamiento, aparecen documentos de imponderable interés para evidenciar la magnitud de los efectos del movimiento telúrico. De acuerdo con sus pesquisas, el palacio arzobispal y los salones del cabildo habían sufrido graves daños, y que por tal motivo quedaron inhabilitados. Por lo que los cabildantes se reunían en la capilla provisional de Ñaraulí.

     Con la destrucción de la Catedral se hizo necesario considerar la construcción de una nueva. Según un acta, con fecha 22 de septiembre de 1812, la iglesia de San Francisco había quedado en muy malas condiciones, “desplomada la pared que mira al naciente; caída la bóveda del presbiterio, averiado el Arco Toral, y en tal forma inhabitable el convento anexo que los frailes formaron habitaciones provisionales en las afueras de la ciudad”. En su narración destacó que, alrededor de la capilla de Ñaraulí se encontraban reunidas cerca de doce mil personas en campamentos improvisados. Las lluvias que siguieron al movimiento de tierra agravaron las condiciones de la ciudad y la vida de sus habitantes.

     En meses posteriores, como en septiembre y octubre, las lluvias continuaron y entre los pobladores se experimentaba pesadumbre ante las inclemencias naturales y las consecuencias que había dejado el sismo. “Temblaba casi todos los días”, por tal motivo muy pocos querían permanecer en sus lugares de habitación. Por otro lado, la reconstrucción de la Catedral constriñó al cabildo metropolitano a poner en venta varias de sus alhajas de plata para cubrir los gastos. Todavía para 1814, la Catedral estaba reducida a una sola nave y no poseían techo el presbiterio ni el crucero.

     Polanco refirió que en un acta de abril del año 1816 los integrantes del cabildo habían estampado que casi todas las iglesias de la comarca estaban en ruinas y muchas inhabitables. Para 1817 las autoridades de la ciudad comenzaron a considerar la posibilidad de trasladar la capital a otro lugar. Citó el contenido de un acta del cabildo, con fecha 16 de septiembre de 1816, en que se calificó la situación de Caracas como de “extremidad infeliz”.

     Para 1816 los vecinos y pobladores de la ciudad fueron testigos del cambio de autoridades, cada una de las cuales imponía otros tratos administrativos. Polanco lo reseña del siguiente modo: la llegada de Monteverde, el restablecimiento de la autoridad republicana, la huida de Bolívar y la llegada de Boves, el regreso de Bolívar y su presurosa partida hacia oriente, seguido por una cantidad importante de familias caraqueñas y la restitución del gobierno en manos de los españoles europeos. 

     A los daños físicos producidos por el temblor del doce se sumaron las pérdidas de vidas humanas, producto del conflicto armado y la emigración del catorce. Polanco ofreció algunas cifras a este respecto, basado en testimonios de la época y posteriores a los años referidos hasta ahora. Alrededor de diez mil personas habrían desaparecido con el terremoto, cinco mil almas perecieron en la guerra y catorce mil personas se contaron entre los emigrados en 1814.

     El número de afectados no se sabe con precisión, no obstante, Polanco estableció que la cantidad de pobladores de Caracas no superaba los cuarenta mil. Concluye, en lo concerniente a este punto, que durante los años que abarcan entre 1811 a 1816, el sismo, el conflicto armado y las emigraciones “reducen brutalmente a la mitad la población de Caracas”. La tragedia de la ciudad se puede simplificar con la rememoración de: edificios destruidos, reducción violenta de la población, alteraciones en las formas de gobierno que bascularon entre la monarquía y la república y fuerte disminución del intercambio comercial, tanto al interior del territorio como fuera de él. 

Después del terremoto de 1812 se planteó fundar una nueva ciudad en la hermosa explanada de Catia

     Es necesario añadir que Caracas permaneció, desde 1815 hasta 1821, en manos de los defensores de la causa del rey, lo que remite a estudiar la historia de este período de un modo que permita una aproximación a un espacio segmentado por la guerra y por la práctica política. Polanco recordó lo contemplado en el Reglamento de Policía dado a conocer en septiembre de 1815. Entre algunos de sus apartes tenemos los siguientes: prohibición de pedir limosna de puerta en puerta y fuera de la localidad, la obligación de hacer trabajar a los “ociosos que abundaban en las calles a ración y sin sueldo”, la obligación de portar pasaporte incluso blancos y sacerdotes, promoción de escuelas públicas, prohibición de armas ofensivas no así las espadas que correspondieran a las personas de calidad, permiso para mudarse de un lugar a otro, proscripción de circulación privada de cartas, papeles, manuscritos e impresos.

     De acuerdo con testimonios de la época la Universidad de Caracas no se vio muy afectada en su funcionamiento y actividades. Por los avisos publicados en la prensa de la época, léase: Gaceta de Caracas, Polanco dedujo que, además de la universidad, desde 1815 se aprecia el empuje de actividades económicas y la venta de libros. Aunque la poca actividad económica se veía estorbada por el requerimiento de empréstitos altos que había llevado a la bancarrota a varios comerciantes. En lo referente al ámbito jurídico, que dependía de Caracas, experimentó un cambio con la reinstalación en la ciudad de la Real Audiencia, orden dada por el Rey el 27 de diciembre de 1815.

     De manera paulatina, el comercio comenzó a experimentar cierta recuperación, al haber un incremento en la producción de café, cacao, añil, algodón y cueros. Según relata Polanco, hubo esfuerzos por recuperar la normalidad del funcionamiento institucional. El 24 de julio de 1816 se hizo público el nombre de quienes ocuparían los cargos de Capitán General, Auditor de Guerra, Secretario, Real Audiencia, oidores, fiscales, Intendente y autoridades de la Iglesia. 

Con la destrucción de la Catedral se hizo necesario considerar la construcción de una nueva

     De acuerdo con esto se puede considerar las intenciones de reconstrucción avaladas por las autoridades españolas. Pero, la provincia había experimentado la disminución de las actividades generadoras de riqueza, los pobladores habían sufrido los rigores de un movimiento telúrico y de la guerra, tal como lo hizo saber el Fiscal de la Real Hacienda, el 25 de septiembre de 1816. Por si esto fuera poco, cada día era necesario utilizar la fuerza de las armas para mantener el orden público y las acechanzas enemigas.

     Asimismo, las autoridades coloniales llamaron a un concurso para trabajos escritos en que se explicara la legítima y exclusiva propiedad de los soberanos de España sobre los territorios del Nuevo Mundo. En las postrimerías de 1816 se llevó a cabo el acto de premiación. El ganador fue un joven universitario de nombre Rafael de Arvelo, también se otorgaron reconocimientos a otros alumnos que presentaron disertaciones acerca de Derecho Canónico y Jurisdicción Eclesiástica.

     Para el año de 1817 se hizo un despliegue militar, acompañado de repique de campanas, descargas de fusilería y actos religiosos a propósito de la llegada de los Sellos Reales para el despacho de la Audiencia. En este año el Cabildo se dio a la tarea de discutir una petición proveniente de los vecinos de Valencia, quienes pretendían que la capital se instalara en esta comarca del centro del territorio venezolano. Gracias a las actas y lo en ellas estampado se puede precisar la situación de Caracas para este momento. Polanco presentó algunas de estas características. Ella contaba con buenos afluentes hídricos, también en ella, durante casi todo el año, se disponía de naranjas, limones, melones, sandías, verduras, variedad de flores y hierbas medicinales. Para el 29 de octubre de 1817 se promulgó un documento en el que se ratificó a Caracas como capital y ciudad más importante de la Provincia. Así, se ratificó que Caracas sería la capital de la provincia, amén de su infraestructura y bienes naturales.

Orígenes de la palabra caimanera

Orígenes de la palabra caimanera

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Orígenes de la palabra caimanera

     El vocablo «Caimanera» forma parte del léxico coloquial del venezolano. Su origen no guarda ninguna relación con el poblado pesquero del mismo nombre que está en las adyacencias de Guantánamo, Cuba. Tampoco tiene nada que ver con el término que se utiliza en Chile para mencionar a una persona lerda.

     En Venezuela la palabra «Caimanera» se relaciona con un juego de béisbol improvisado, en muchas ocasiones sin árbitros, en el que se escogen de forma espontánea a los jugadores, que por lo general se lleva a cabo en las calles, en los patios de los colegios o en algún terreno o campo deportivo. La mayoría de las veces en las caimaneras se juegan sin el número de peloteros reglamentarios (9) y con reglas adaptadas al terreno donde se vaya a realizar el partido.

     El término se ha extendido a todas las disciplinas deportivas e incluso a áreas que nada tienen que ver con el deporte. Hoy día, para los venezolanos caimanera también es sinónimo de desorden.

Vidal López y Alejandro 'Patón' Carrasquel fueron dos 'fiebruos' de las caimaneras

Origen de la palabra caimanera

     En las primeras dos décadas del siglo XX, los cronistas deportivos de los diarios caraqueños denominaban “caimán” a los juegos de béisbol con muchas carreras y errores. Así como también a los peloteros que jugaban muy mal. En general, el término caimán era utilizado entonces para referirse a la mala calidad de una cosa. Su significado tiene mucha relación o similitud con la palabra “chimbo” de hoy día.

     En la década de 1920, había entre los jóvenes caraqueños una gran pasión por el béisbol. Por lo general se jugaban partidas de pelota en Catia, Sarría, San José, El Paraíso, El Valle, Prado de María y el Cementerio. También había un notable furor por establecer equipos de béisbol. En esos años se fundaron centenares de clubes, la mayoría de vida muy efímera.

     Para entonces, Domingo Betancourt, uno de los muchachos más entusiastas del juego de los bates, guantes y pelotas, tenía gran fama dentro del mundo beisbolistico de Catia. No precisamente por sus habilidades para jugar este complicado deporte, por lo que sus compañeros lo llamaban “Caimán”, en franca alusión a lo desastroso que era fildeando y bateando. No obstante, su gran amor por el béisbol lo llevó a fundar un equipo, que según el periodista Simón B. Rodríguez (Mr Fly), saltó a la palestra el primero de enero de 1925, bajo el nombre de “La Caimanera”. Entre los organizadores de este club se encontraban, además, Jesús “Pollo Jabado” Peña y Manuel “Chivo” Capote, quien luego se convirtió en el mánager de nuestra primera selección nacional que participó en un Mundial de Beisbol Amateur (1940). También fue el primer estratega campeón del Cervecería Caracas (1942). Igualmente, dirigió al Magallanes.

     El club “La Caimanera” promovería durante muchos años partidas de pelota en los terrenos de El Yunque, en Catia, donde, además, por iniciativa del propio Betancourt, se hizo tradicional realizar un encuentro de beisbol, todos los 1° de enero, para darle la bienvenida al año nuevo. 

     Este encuentro era animado por un conjunto musical; al concluir el cotejo, jugadores y aficionados disfrutaban de un sancocho preparado por el propio “Caimán” Betancourt. quien para el oficio de cocinero sí contaba con extraordinaria habilidad.

     Con el tiempo, esas partidas fueron adquiriendo gran popularidad por la presencia de notables peloteros, vale mencionar a Marianito Bordón, conocido como el “Ángel de los Bosques” por su gran pericia para fildear la pelota, Manuel “Pollo” Malpica, Balbino Inojosa y los cubanos Lázaro Quesada, Pelayo Chacón y Manuel “Cocaína” García, entre muchos otros. Entonces la prensa se hacía eco anunciando el “Juego de Caimán” en el campo del Yunque en Los Flores de Catia.

Jugadores de Caimanera en el campo de La Araña. Allí figuran, entre otros, Manuel González, Balbino Inojosa y Chucho Ramos

     El primero de enero de 1938, para celebrar los diez años de la primera “Caimanera”, “Caimán” Betancourt invitó a participar en el ya célebre juego de año nuevo a los famosos peloteros Alejandro “Patón” Carrasquel y Vidal López. Ese día, El Yunque estuvo abarrotado de aficionados como nunca.

     Ya en la década de 1940, el término “Caimanera” era de uso común en el mundo del béisbol venezolano.

     En esa época, el equipo La Caimanera jugó un papel de primer orden en los entrenamientos de la selección nacional que nos representaría en la IV Serie Mundial de Béisbol Amateur que se disputaría en La Habana, Cuba, entre septiembre y octubre de 1941. Entonces se reforzó con jugadores de la talla de Vidal López, Alejandro Carrasquel y Luis Aparicio padre, entre otros, y realizó varios encuentros contra la novena criolla que, finalmente, se tituló campeona de ese importantísimo evento internacional.

     Desde esos años han sido numerosas las “Caimaneras” que se han jugado en Caracas y muchas otras partes del país. La “Caimanera” activa más antigua de la capital, y quizás del país, es la de los Profesores, que se juega todos los miércoles desde 1960 en el estadio Universitario. En tanto que, en Valencia, estado Carabobo, se realiza desde 1980, en el mes de diciembre, “La Caimanera de Ruyío”.

     Es de interés señalar que Ramón Corro también instituyó durante muchos años en Caracas, en ese mismo mes, una “Caimanera” a la que asistían muchos exjugadores profesionales, periodistas deportivos y distinguidas personalidades de la política, la televisión, industria, etc.

    Entre los grandes jugadores de “caimaneras” se recuerda a Vidal López, “Chucho” Ramos, “Patón” Carrasquel, Nicolás Berbesía, Luis Meza, César Tovar, Teodoro Obregón, Vitico Davalillo, Freddy Rivero, Víctor Colina, Ulises Urrieta, Robert Marcano, Oswaldo Blanco, “Chiquitín” Ettedgui, Joe Bikini, Francisco Gorrín, Jesús “Chuchú” Padrón y muchísimos otros amantes de la pelota.

     En Caracas, además de Catia y el Universitario, fueron célebres las “Caimaneras” del estadio San Agustín, La Rinconada, La Araña, el “Chato” Candela, MOP Zona 10, San Pablo en San Martín, La Guairita y La Planta, entre otras.

     Hoy día la palabra “Caimanera” tiene una connotación mucho más allá de un encuentro de béisbol o de alguna otra disciplina deportiva. Aunque para el venezolano el vocablo Caimanera continúa siendo sinónimo de una partida de béisbol, su utilización ha trascendido el terreno de juego para convertirse también en una expresión popular que simboliza desorden o improvisación.

Teatro Municipal, un poco de su historia

Teatro Municipal, un poco de su historia

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Teatro Municipal, un poco de su historia

Teatro Municipal. Caracas (2012), ubicado en la esquina Reducto, en pleno centro de la ciudad

     La historia del Teatro Municipal se remonta a 1876, cuando un decreto del presidente Antonio Guzmán Blanco, de fecha de 6 de abril, dio inicio al proceso de construcción con el propósito de dotar a Caracas de un local adecuado para las representaciones teatrales y de  compañías de óperas más famosas de Europa, con gran lujo, semejante a los suntuosos teatros de París. 

     Se ordenó entonces la construcción del teatro en la parte sur de la Plaza San Pablo, donde yacía en ruinas el antiguo templo de San Pablo destruido a causa del terremoto de 1812. Para esta obra se destinó la suma de noventa mil venezolanos (V. 90.000), según el presupuesto aprobado, cantidad que con el tiempo sufrió modificaciones a causa de la paralización de las obras en diversas ocasiones, las cuales elevaron considerablemente la suma inicial. Es justo reconocer el empeño que puso el presidente Guzmán Blanco en que no se detuvieran en gastos, a fin de que el Teatro resultara con la mayor suntuosidad y capacidad para montar sin dificultad alguna, los mejores espectáculos traídos de Europa.

     En la Memoria del Ministerio de Obras Públicas (MOP) de 1877, se publicó una detallada descripción de la obra. Dice el informe que: “El color general del edificio es el Corinto puro, con basamento Ático y ocupará un área de 2.120 metros cuadrados. 

     Por una notable coincidencia, la forma adoptada para la fabricación de este Teatro, es la misma que ha escogido la comisión francesa para la del que se establecerá en medio del recinto destinado a la próxima gran exposición internacional de París. En efecto, esta forma es una de las más grandes exigencias de su interior.

     “Se ha cuidado de introducir a éste todas las mejoras que ofrece el arte moderno. La acústica, ese gran escollo de la arquitectura teatral, ha sido atendida debidamente al formar planos; al efecto se ha introducido la caja armónica reflectante, debajo de la Orquesta para reforzar los sonidos y otras tantas mejoras que la teoría y la práctica aconsejan”, indica la mencionada publicación ministerial.

     Se confió al ingeniero Esteban Ricard la construcción del Teatro; Ricard estimó los gastos en 450 mil bolívares, pero las reformas que se introdujeron al proyecto inicial y la pérdida de materiales a causa de la prolongada suspensión de los trabajos, al final elevaron el costo a una suma cinco veces mayor.   

     Se terminó la obra en 1881 y el costo final fue de dos millones 402 mil 178 bolívares.      

     Estando, pues, preparado ya el ambiente teatral los pormenores del estudio de la maqueta, aprobación y decreto de la construcción del teatro no se hicieron esperar. . . Y al fin llegó el ansiado día por todos esperado. El teatro “Guzmán Blanco” era inaugurado pomposamente el 1 de enero de 1881 con la ópera de Verdi “El Trovador”. La regia velada la presidió desde su palco el entonces primer mandatario de la República, general Antonio Guzmán Blanco, quien con todo su séquito, sus ministros y sus esposas, se sentaron en los palcos principales del teatro.

     La compañía europea contratada para la inauguración del “Guzmán Blanco”, traída por el empresario Fortunato Corvaia, concluyó su temporada a fines de la primera quincena de abril de ese mismo año (1881). Además de “El Trovador” se representaron también “Fausto”, “Baile de Máscaras”, “La Traviata”, “Favorita”, “Ione” y “La Africana”.

Cambio de nombre

     Desde su inauguración en 1881 hasta entrado 1887, año en que ruidosamente fracasó la compañía de óperas de Teresa Carreño, habían desfilado por el escenario del “Guzmán Blanco”, muchos de los más importantes conjuntos líricos de Europa. Y fue precisamente con el debut en Caracas de una compañía francesa —cuya temporada incluía “Fausto”, “Carmen”, “Mignon” y “Guillermo Tell” — cuando comenzó a llamarse al máximo Coliseo caraqueño, Teatro Municipal. Esto ocurrió exactamente el 9 de noviembre de 1887, sin embargo el nuevo nombre no se arraigaría entre el público sino a partir del año siguiente.

     Muchos años después, en 1993, el Teatro Municipal agregaría a su nombre el del tenor venezolano, Alfredo Sadel: “Teatro Municipal Alfredo Sadel”.

 

Ilumincación

     Para el servicio de luz del Teatro, el Estado tuvo que pagar 80 mil bolívares, según el contrato que firmó el gobierno nacional el 10 de junio de 1882 con el señor Luis Tartaret, para el establecimiento de alumbrado por gasolina.

Teatro Municipal de Caracas

     El presidente acordó cancelarle a dicho señor ocho mil bolívares adicionales al contrato, con motivo de los inconvenientes para la importación de mil galones de gasolina para el ensayo del sistema, debido a las exigencias de las compañías transportadoras hicieran al contratante, por tratarse de una materia inflamable, pidiendo un costo elevadísimo por su traída.

Fracasos, fracasos y más fracasos

     El fiasco artístico y financiero ocurrido a nuestra célebre Teresa Carreño en 1887 fue, a la postre, apenas el primer síntoma con que el público asomaba su inconformidad con la calidad del espectáculo que se les ofrecía. Esta reacción, que iba de la piratería más ensordecedora del auditorio, al más adverso comentario de la crítica, tuvo cierta razón de existir puesto que sin equívoco posible denunciaba el gran negocio que hacían los señores empresarios a costa del gobierno que siempre, con gruesas sumas, financiaba las temporadas. Tal reacción que en mucho se pareció a la promulgada  por las durezas armónicas fue en definitiva favorable para la actividad teatral, ya que desde entonces hubo mejor cuidado en la contratación de las compañías, más exigencia para seleccionar a las principales cantantes y más empeño, relativamente, por ofrecer más calidad teatral, y no, como se venía acostumbrando, montar una temporada con dos o tres cantantes de primera fila agoreramente contratados como figuras centrales de un conjunto de mediocre calidad.

     Los ruidosos fracasos que se sucedieron a raíz de la actuación de la compañía de ópera de Teresa Carreño —la eximia pianista venezolana fue la primera mujer que en Venezuela dirigió una orquesta sinfónica — fueron, pues, de una útil experiencia para el mejor desenvolvimiento de la actividad artística de Caracas. No obstante, otros tropiezos no tardarían en hacerse presentes: la agitación política con sus consabidos saqueadores, la desbandada de artistas y organizadores y muy particularmente el reinado de la zarzuela y la opereta —género menor que tuvo multitud de aficionados a fines del pasado siglo entre nosotros y que aún hoy día aunque en menos cantidad sigue teniéndolos— instalado a todo esplendor en ese entonces en el Teatro Caracas. 

     Puede decirse, pues, que motivado a la intranquilidad y al desasosiego y también a la fuerte acometida que de todo tipo rodearon las actividades del Municipal, inclusive fue prácticamente saqueado, no quedó otro camino que cerrarlo temporalmente. 

Teatro Municipal. Caracas, 1881

Reparaciones del Municipal

     Los trabajos de la primera reparación del Teatro Municipal se iniciaron comenzando el año 1905. Para esa fecha se restauraron totalmente sus localidades, se dotaron los pisos de alfombras, se cambiaron las lámparas eléctricas, se trajeron de Europa juegos completos de mobiliario y decoración y se adquirió también urgentemente un “extenso archivo musical”, que según datos oficiales, más tarde se volvería polilla. 

     La reinauguración del Municipal tuvo lugar a mediados de 1905. Para tal efecto —ya plenamente reformado nuestro primer Coliseo, ofrecía la misma fastuosidad de años atrás— se trajo desde Puerto Rico a la compañía “Scognamiglio”, no por ser la más cotizada del momento, sino por ser la única que se encontraba más próxima a Venezuela para la fecha del centenario de la Independencia (1910). A partir de ese entonces comenzaron a pasar por su escenario los conjuntos líricos más importantes de Europa y América. 

     Fue la época gloriosa en que vinieron la eminente soprano María Barrientos, el extraordinario barítono Titta Ruffo, sin duda uno de los “monstruos sagrados” del pasado siglo,  Hipólito Lázaro, notable tenor, Tina Poli-Randaccio, Anna Fitziu, Miguel Fleta, Franco Alfano, compositor y director muy en boga por esos tiempos y muchos otros cantantes de gran recordación.

     Veinticuatro años más tarde, en 1930, el Municipal cerraría nuevamente sus puertas —esta vez por seis meses— por la urgente necesidad de otra gran reparación que se motivaba por la conmemoración del Centenario de la muerte del Libertador.  

     En  1949 su estructura fue modificada, desapareciendo el peristilo semicircular, el vestíbulo original y la escalera del palco presidencial, esta mutilación se debió a la construcción de la torre Sur del Centro Simón Bolívar, diez años después, en 1959 volvería nuevamente a estar en funcionamiento.

     Posteriormente entre los años 1954-55, se le hicieron otras reparaciones, que no pasaron a ser tal, ya que apenas ligeramente se le reacondicionaron sus paredes y alfombras y, para rematar tan ardua y minuciosa labor, se le pintó totalmente.

     En 1967 nuevamente fue sometido a una restauración por motivo del Cuatricentenario de Caracas, siendo está su última restauración hasta el cierre de la edificación en 1988, año en el cual dejaría de funcionar cinco años. 

     En 1993, se decidió recuperar la edificación y cinco años más tarde culminarían los trabajos. A comienzos de la segunda década del nuevo milenio, la obra fue renovada por Fundapatrimonio dejando la estructura en óptimas condiciones.

 

FUENTES CONSULTADAS

Mago de Chopite, Lila. Caracas y su crecimiento urbano. Caracas: IUPC, 1986; 250 p.

El Mundo. Caracas, 20 de noviembre de 1963; página 9

Memorias del MOP. Caracas, 1877

Memorias del MOP. Caracas, 1888

Vivencias  de Teresa Carreño

Vivencias de Teresa Carreño

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Vivencias de Teresa Carreño

     En un interesante reportaje publicado en la edición del 19 de diciembre de 1953 de la revista Élite, la escritora Carmen Clemente Travieso cuenta la vida de la excepcional pianista venezolana María Teresa Gertrudis de Jesús Carreño García, conocida universalmente como Teresa Carreño.

     Nacida el 22 de diciembre de 1853 en Caracas, inició su brillantísima trayectoria como una niña prodigio del piano, aproximadamente a los 8 años de edad, por lo que muchos afamados intérpretes y directores de orquesta de Europa y Estados Unidos la consideraron un genio de la música.

     Por más de cincuenta años se presentó en salas de concierto de las más diversas ciudades del mundo. Falleció en Nueva York, a la edad de 64 años, el 12 de junio de 1917. En el año 1938 sus restos fueron trasladados a Caracas y llevados al Cementerio General del Sur y sesenta años después, el 8 de diciembre de 1977, sus cenizas mortales quedaron en reposo en el Panteón Nacional.

     Seguidamente presentamos el mencionado trabajo periodístico basado en anécdotas de la eximia pianista caraqueña.
Existe un maravilloso y variado anecdotario sobre la vida de Teresa Carreño; anecdotario que ha trascendido hasta el pueblo venezolano, pues la vida de la insigne artista apenas es conocida por algunos privilegiados, ya que ninguno de sus compatriotas se ha detenido a escribirla no obstante ser una vida rica en acontecimientos artísticos, morales e intelectuales, que acusó una noble y elevada condición humana.

     La vida de Teresa Carreño, desde que su padre descubrió que era un genio musical, hasta su muerte, estuvo signada por la lucha, una lucha sin tregua para todo: para triunfar, para imponerse, para aprender, para superarse, para defender su derecho a la felicidad, al amor de los hijos, la paz de su hogar. 

     Luchó contra todo: con la familia, con el medio ambiente prejuiciado y mezquino, con los maridos, con los hijos, con los empresarios y aun con sus propios discípulos que, en ocasiones, se sirvieron de su fama para medrar.

     Leyendo la única biografía de esta insigne venezolana, escrita por su discípula y admiradora Marta Nilinowski, la vemos crecer a través de sus páginas: vemos a aquella tierna niña de 9 años aclamada y aplaudida por los públicos de Estados Unidos y Europa, transformarse en una mujer de gran personalidad, no solo artística, sino humana; de una avasallante simpatía; de un cálido corazón, al extremo de saberse defender ante las asechanzas de la vida sin menoscabar su prestigio de artista genial. Y todo ello en medio de sus fracasos sentimentales, de las cobardías de sus maridos, de pequeñeces e incomprensiones que Teresa sabía sortear y de los que nunca habló ante los extraños.

     Lo acontecido en su propio país silenciado por largos años en los círculos históricos e intelectuales venezolanos, son una demostración de la gran calidad humana de Teresa Carreño. Por ello nunca se supo su gran desengaño, sus sufrimientos, sus lágrimas vertidas en la intimidad de los hogares de las pocas familias venezolanas que la acogieron y demostraron sus simpatía y solidaridad ante la crueldad de una sociedad prejuiciada y llena de convencionalismos, incapacitada para juzgar la grandeza de aquella extraordinaria venezolana que se había presentado ante ella a engrandecerla con su arte; a dejarles algo de lo mucho que ya ella había atesorado para sus públicos de otras latitudes.

     Los críticos de entonces se conformaron con decir que Venezuela estaba muy atrasada en arte, para poder apreciar el de Teresa Carreño no obstante Venezuela guarda una tradición musical como pocos países se pueden vanagloriar de poseer, desde los tiempos de la colonia. Pero la hicieron blanco de sus banderías políticas, llegando hasta la ofensa personal, como si ella tuviera la culpa de que Guzmán Blanco estuviera en el poder contra la voluntad popular.

Destellos de un genio

     La primera anécdota de Teresita Carreño, la niña, surgió cuando tenía siete años de edad.

     Estaba una mañana haciendo travesuras en el piano con sus muñecas, cuando llegó su padre a regañarla. Se quedó sorprendido al ver a Teresita tocando el piano y la emoción le arrancó lágrimas. Teresita se sobrecogió de miedo:

“No, papaíto, te juro que no lo volveré a hacer. . . ”
En otra oportunidad la madre la interroga:
“Teresita, ¿qué quisieras ser una princesa o una artista?”
La niña de inmediato contestó:
“Yo seré una artista toda mi vida”

     Es enternecedor contemplar las fotografías de Teresita cuando era una tierna niña por los años 1863 y 64, En el que aparece en La Habana, después de su concierto, nos muestra una niña inocente y bella, con sus rulos sobre la frente, sus manos cruzadas sobre el pecho, en actitud pensativa. El publicado en Boston el mismo año nos presenta a la niña que lleva en su rostro un reflejo de tristeza y seriedad; la tristeza que sin duda rodeaba su vida incierta, la angustia de la niña que ya, a sus tiernos años, siente el peso del deber sobre sus hombros. Sabido es que Teresa con sus conciertos sostenía el hogar de sus padres y hermanos. En Cincinnati aparece ya la adolescente delicada, pulcra, pálida y sensitiva. Y en Nueva York, el mismo año, sostiene con una mano el rostro enmarcado en los negros cabellos. Su mirada parece perderse en quién sabe qué tristes y dulces pensamientos. Fue esa misma mirada la que sorprende Rafael Pombo, crítico de la “Crónica”, cuando escribe: “Lejos del piano, su expresión es alegre, pero tan pronto como comienza a tocar sus ojos parecen llenarse de sombras y de lágrimas como si el mundo del arte y la tristeza pasaran sobre ellos”.

     Cuando Gottschalk la oyó tocar por primera vez dijo en voz alta ¡Bravo! Y le dio un beso en la frente que fue para ella como una consagración.

     Otro día la oye el gran violinista Theodore Thomas interpretar magistralmente el Nocturno en Mi Bemol de Chopin y las lágrimas le saltan de los ojos. Teresa interroga a su padre: “¿Por qué llora él?”

     Más tarde, ella, emocionada, dijo al interpretar la misma obra: “De aquí al cielo”

¡Yo soy Carreño!

     Una mañana Teresita tocaba con Anton Rubinstein, el genio del piano. Ensayaban en su propia casa. Rubinstein le hacía algunas indicaciones, hasta que llegó el momento en que estalló su mal genio.

“Usted debe tocarlo lo mismo que yo lo toco”, le dijo con voz autoritaria.”
“¿Y por qué debo tocarlo como usted lo toca?”, lo interrumpió Teresita.
Rubinstein dando un golpe contestó:
“¡Yo soy Rubinstein!”
Teresita, imitando su mismo gesto, un poco irónicamente, contestó:
“¡Yo soy Carreño!”

El fracaso anuncia el éxito

     Cuando llegó a Venezuela, Teresa Carreño fue recibida como una reina que regresaba a su hogar. Luego se hicieron sentir los prejuicios de la pacata sociedad, entorpeciendo el bello recibimiento que le tributó el pueblo venezolano a su artista genial. Por medio de cartas y artículos habían llegado a amenazarla. Teresa no se amilanó. Con su proverbial entereza de ánimo salió a conjurar el peligro con la batuta del Director de Orquesta en la mano para dirigir la orquesta, dejando al público perplejo. No temía a nada. “El fracaso anuncia el éxito”, dijo optimista.

La emoción del presidente Lincoln

     Cuando Teresa fue llamada por el presidente Lincoln a la Casa Blanca para que tocara en sesión privada, éste se acercó a la niña al terminar su concierto y colocó las manos sobre la cabeza sin pronunciar una palabra, pero ella notó que estaba llorando de emoción y consideró estas lágrimas del noble libertador de los esclavos de Norteamérica, como el más grande homenaje que jamás recibiera.

     El “Vals Teresita”

     Un día enseñaba a caminar a su hija Teresita. Entonces con esas mismas melodías escribió su “vals Teresita”, que fue obligado “extra” en todos sus conciertos.

“No lo se, lo siento”

     Viajando a Estados Unidos, el barco parece zozobrar. Todos se angustian, lloran, Solo Teresita aparece serena. La madre la llama a su lado.

“Serénate mamaíta que llegaremos sanas y salvas a nuestro destino”
“¿Cómo lo sabes, hija?”, le interrogó la madre.
“No lo sé, lo siento”, contestó Teresa.

El genio de Teresita

     Liszt la oyó tocar en silencio. Al terminar se dirigió donde ella estaba y le dijo: “Pequeña niña. Dios le ha dado a usted el más grande de los dotes: el genio. Trabaja, desarrolla tus talentos. Sobre todo, continúa fiel a ti misma, y con el tiempo serás uno de nosotros”.

     Cuando el gran maestro Rossini la oyó interpretar la “Oración de Moisés”, atravesó el salón aplaudiendo y exclamando: “¡Bravo, hija mía! Eres una gran artista”. Y dirigiéndose a su padre, le dijo: “Yo no comprendo cómo esta pequeña toca así. La igualdad y limpieza de sus arpegios son tan sorprendentes como la claridad con que destaca la melodía de la frase”.

Teresa en la intimidad

     Cuentan que cuando Teresa estaba ensayando, nadie, ni aun sus hijos, podían interrumpirla, lo mismo cuando jugaba su “solitario”, costumbre que tenía muy arraigada. Antes de acostarse cenaba una cena fría en compañía de un amigo íntimo o uno de sus alumnos. Ella entonces abría su corazón ávido de comprensión y de ternura. Dicen que los elegidos eran los únicos que la conocían así en la intimidad. Después que jugaba su “solitario” que le hacía descansar mentalmente, se fumaba un cigarrillo y se iba a la cama.

¡No moriremos!

     En una oportunidad, escribió a su amiga Carrie Keating: “Usted es trabajadora con exceso. Usted y yo hemos hecho de lo elemental lo que nunca muere. ¡Y no moriremos!”

Yo soy una mujer

     En cierta oportunidad, en que tocaba un concierto en beneficio de los huérfanos y viudas de la guerra franco-prusiana, un soldado se le acercó para decirle que: “Su Excelencia”, von Bülow le pedía fuera a su palco para felicitarla y darle las gracias. Teresa se irguió para contestar: “Diga usted a Su Excelencia que no tiene por qué darme las gracias. Yo he dado este concierto en honor a los soldados, y que si me quiere felicitar que venga a mí, porque soy una mujer”.

Una joven colega

Una noche en Londres después de un éxito clamoroso, Teresa atendía en su camerino a sus amigos y admiradores. En esto se fijó en una niña tímida que la miraba arrobada sin poder articular palabra. Teresa le dice: “Y tú, ¿quién eres?”. La niña se acercó tímidamente: “Solo deseaba verla”, le dijo. “Yo también toco el piano. . .” “` Bueno, querida”, contestó Teresa. “Entonces somos colegas. María, toma el nombre y la dirección de esta pequeña artista, le enviaré mi retrato para su estudio. Debes avisarme cuando toques en Berlín y recuerda que nadie llega a ser artista sin trabajar duramente. No es ésta una vida fácil. Buenas noches mi querida. Veo en tus ojos que eres seria, tienes buenas manos para el piano y con valor y perseverancia triunfarás. Buenas noches y auf wiedersehen!”

“Me estoy poniendo vieja”

     Cuando, divorciada, tuvo que firmar su nombre: Teresa Carreño, a secas, se le oyó murmurar: “¡Me estoy poniendo vieja!”

Beethoven

     Cada vez que interpretaba la música de Beethoven le dirigía una oración “para que me conceda la gracia de interpretar su música como él la sentía”.

El lenguaje del corazón

     En 1912 Teresa Carreño celebró sus Bodas de Oro. Le dieron un banquete con 200 invitados: músicos, artistas, escritores, periodistas. . . Un aplauso cerrado la anunció en el salón. A Teresa se le arrasaron los ojos de lágrimas; levantó la copa y brindó por los ausentes. Rodeada de flores y emocionada dio las gracias por el cálido homenaje con estas palabras: “Ustedes saben bien que no domino el alemán, pero hay un idioma que todos hablamos, el del corazón”.

Una misión: Enseñar

     Después de este homenaje se sintió pesimista y dijo a una de sus discípulas cuando iban a un paseo cotidiano: “¿Para qué vivir más? Después de la celebración de este aniversario he obtenido todo cuanto un artista puede desear. Por más que viva no puedo esperar más alto honor, mayor gloria ni más riqueza de lo que tengo hoy. ¡Y llamar a esto una fiesta!”

     Después reflexionó: “Todavía hay algo que puedo hacer, enseñar!”, dijo. “Si un alpinista que ha escalado alturas peligrosas encuentra a otro en busca del camino, ¿no es su deber indicarle el más corto, fácil y seguro?”. Y cuentan que aquel día su bastón sonó más fuertemente en las losas de la calle.

Su gran pena

     Cuando se siente ya decaída por la enfermedad que la consume, escribe a sus hijos: “Siento pena porque mi salud flaquea; pena porque no puedo ayudarlos a ti y a Teresita hasta que alcancen la cumbre. . .”

     Admirando su gran voluntad y energía un periodista la interrogó: “¿No se cansa usted nunca?” A lo que Teresa replicó: “¡Cuando eso suceda no tocaré más!” 

La maestra

     Teresa Carreño, la maestra, decía a sus discípulos con frecuencia: “Para comprender la música se la debe oír, para amar la música se la debe oír y para creer en la música se la debe oír”.

     Teresa Carreño odiaba a los que buscaban en la profesión fines interesados: “El arte y el mercantilismo son enemigos declarados”, decía.

La madre irreemplazable 

     Una tarde en la intimidad de su hogar la entrevistó un periodista, quien le habló de su patria: Venezuela. Teresa Carreño guardó silencio por algunos segundos y luego expresó:

     “La he amado a veces por sus desgracias otras por la generosidad de su naturaleza y siempre como una madre irreemplazable. En su suelo quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo reposen mis cenizas. . .”

     Y su voz se apagó en el vasto salón. . .

Entre Maturín y Muñoz

Entre Maturín y Muñoz

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Entre Maturín y Muñoz

     El historiador y cronista venezolano, Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), fue uno de los personajes que se dedicó a estudiar el origen del nombre de las esquinas de Caracas. Llegó a expresar que la historia de la conformación de la ciudad podía leerse por medio de los nombres de calles y esquinas. También, indicó que las epidemias, plagas y otros flagelos habían ocupado un lugar destacado en el desarrollo de la capital de Venezuela. Como ejemplo citó el caso de la ermita de San Sebastián edificada como estructura para contrarrestar los ataques de los indios y la de San Mauricio a la plaga de Langosta. El templo de San pablo debió su edificación a la viruela y el de Santa Rosalía al vomito negro. Las constantes sequías constriñeron a la invocación de Nuestra Señora de Copacabana, los terremotos, a la Virgen del Rosario y de las Mercedes. El imperativo para la construcción de fuertes de defensa quedó dibujado en las esquinas de Reducto, Garita y Luneta.

     Es necesario indicar que Núñez salió de su Valencia natal hacia la ciudad de Caracas para desarrollar estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela. También, llegó con la intención de cultivar el periodismo. A lo largo de su vida ejerció una diversidad de actividades, sin dejar a un lado su gran pasión, practicar la escritura. 

     En Diccionario Enciclopédico de las letras de América Latina se hace referencia a él como pensador, escritor de la diaria tarea periodística y de la crónica sugestiva y trascendente. También, se le reconoce como filósofo de sigilosa y circunspecta obra, intérprete de la historia, cuentista y novelista.

     Entre su vasta obra la crónica ocupó un lugar relevante. Sus crónicas fueron publicadas en medios impresos como: El Imparcial, El Nuevo Diario, El Universal, El Heraldo y El Nacional. Sus crónicas muestran una gran densidad de pensamiento, a pesar de su sobriedad, tal como quedó plasmado en Bajo el Samán (1963). Sus crónicas acerca de la ciudad de Caracas son fiel demostración de la profundidad de sus planteamientos, la erudición histórica y la capacidad de relacionar sucesos con el entorno físico. La ciudad de los techos rojos (1947) así lo demuestran y revelan la preocupación por encontrar los entresijos de historias particulares.

     Durante los primeros años de implantación de la sociedad moldeada por los españoles existían veinticuatro manzanas, delineadas en forma de cuadrilátero o damero. La conocida esquina de Maturín evoca la instalación de un asentamiento humano cerca de un cauce hídrico que, no sólo indica la necesidad de un establecimiento humano en que pudiera proporcionar el agua. Resulta necesario recordar que los conquistadores españoles se radicaban en porciones territoriales que, por lo general, ya estaban ocupadas por los indígenas. Por ello fue común el establecimiento en segmentos cercanos a un lecho lacustre.

     En este sentido, Núñez subrayó que se hizo costumbre esta práctica con el propósito de vigilar y contrarrestar a los indios que envenenaban el agua. La porción de terreno conocida bajo el nombre Maturín se desarrolló cerca de un barranco, lo que estimuló a que algunos estudiosos de la historia negaran que Diego de Losada hubiese seleccionado este lugar como morada. De igual manera, mostró, en esta ocasión, la equivocación de algunos de sus colegas porque, entre otras razones, Maturín ofrecía ventajas estratégicas. En ella se hallaban al cobijo de las barrancas de Catuche y era posible dominar la parte oriental del camino que llevaba a Galipán y a la Costa, y al oeste, al de Catia y sus montañas, lugares escogidos, para sus ataques contra los españoles, por los Teques, Tarmas y Toromaynas.

     El cronista valenciano se basó en testimonios de la época, para desmentir la tesis que negaba que los españoles no escogieran lugares para su asentamiento cercanos a los recursos hídricos. Sin duda, él mostró un sentido común afinado y que todo historiador debe cultivar. Es de hacer notar que se distanció de la información propuesta por el gobernador provincial, entre 1576 y 1583, Juan de Pimentel y que insistió en desmentir a investigadores que desacreditaron a Arístides Rojas respecto a este asunto.

La esquina de Maturín tuvo un marco digno de leyenda. Calles con pasamanos, de rojos muros

     Lo cierto es que Núñez demostró, con documentación certificada, que Diego de Losada no tuvo tiempo suficiente para fabricarse una casa propia, y que fue en tiempos de Juan de Pimentel que se comenzaron a erigir casas de tejas. Así, anotó que la casa de Losada debió haber sido un “rancho o caney”, o un simple toldo, “una tienda de campaña”. Para ratificar esta información citó un informe del mismo Pimentel, suscrito el 23 de diciembre de 1578, en que éste escribió que el tipo de edificaciones construidas en Santiago eran de madera, palos enterrados y cubiertas de paja y que sólo después de tres o cuatro años, se habían comenzado a levantar no más de cuatro casas de mampostería, piedras y ladrillos, así como la iglesia del lugar construida con estos últimos materiales.

     Según el mismo historiador las casas de cabildo que habría anotado Pimentel en su informe no estaban edificadas para 1571. Menos lo sería la casa de un gobernador. Sumó a esta consideración un informe escrito por el teniente gobernador Rodrigo Ponce de León en que se encuentran reseñados cargos contra los alcaldes por no haber construido “Propios”. Es decir, fincas rústicas, prados, dehesas, montes, etc. El municipio las otorgaba en arrendamiento, para obtener de este modo ingresos económicos. 

     A esto agregó que los conquistadores eran pobres y muy exiguos el oro que se lograba extraer de las minas. “Contra lo dispuesto de las leyes de Indias, celébrense los cabildos en la casa del Gobernador”.

     La construcción denominada palacio de los gobernadores se erigió a finales del 1500 y se derrumbó con el terremoto del 11 de junio de 1641. Aunque se reconstruyó en 1652, un siglo después se encontraba en total abandono. Para 1763, continúa el relato de Núñez, se remataron maderas, puertas, ventanas y tejas. Años después se colocó un reloj que desapareció conjuntamente con los sucesos políticos de 1813. “En su lugar, el Cabildo quiso poner un reloj que había pertenecido a Martín Tovar y Ponte”, el mismo se encontraba frente a la casa habitada por éste, frente al Coliseo, Conde a Carmelitas. La instalación del reloj se llevó a cabo por parte del relojero de la ciudad, Antonio Ascúnez, “quien, como relojero de la Ciudad, comenzó a percibir cincuenta pesos anuales”.

     El proyecto de reedificación del Palacio, de las Casas Reales y oficinas dependientes, en las que se incluyó la cárcel real para seguridad de los reos y “alojamiento de las personas de calidad” se volvió a considerar en 1755. El Ayuntamiento se reunió para considerar su realización y discusión acerca de los recursos y modo de conseguirlos. Núñez escribió que esto sucedió en 1796 y, luego, en 1809. “Pero los gobernadores hubieron de vivir en casas de alquiler hasta la Independencia”. Para 1879, cuando la jura de Carlos IV, se ordenó adornar las paredes de la comarca para “mayor decencia”. Indicó que era “basurero público, lugar de desahogo para la guardia del Principal”.

     La esquina de Maturín, según la versión que vengo considerando, tuvo un marco digno de su leyenda. Calles con pasamanos, de rojos muros, “una de esas calles vetustas en las cuales Caracas aún se ampara bajo sus aleros”. Recordó que una de las lápidas de la esquina de Maturín tenía anotado: “Aquí estuvo la primera casa de Caracas, donde vivió su fundador, Diego de Losada”.

     Acerca de la esquina de Muñoz o del doctor Muñoz recordó que tenía cierta asociación con la esquina de Maturín. Este costado de la ciudad debe su nombre al doctor Miguel Muñoz, quien fue examinador sinodal y veedor en 1747. Núñez dio a conocer que cerca de la casa – solar de los Arguinzones – estaba la alcantarilla a la cual servía de adorno el león de Caracas. Añadió que la historia de Caracas estaba marcada con ese león enigmático, tal como fue calificado por un predicador franciscano.

     Según narró, leones, cruces y veneras de Santiago se observaban por distintos lugares de la comarca. Señaló que la plaza Capuchinos se había denominado antes plaza del León. En ésta estuvo la plaza de toros. Los terrenos ocupados por ésta fueron objeto de litigio entre padres Capuchinos y Dominicos, alrededor de 1796, cuyos alegatos se sustentaron en un espacio cedido para la construcción de una ermita. Los misioneros capuchinos solicitaron un permiso para la construcción de un hospicio.

     Para mayo de 1788 el rey autorizó la edificación del Hospicio de Capuchinos, con la condición que sólo podía ser administrado por un sacerdote y dos legos, además se agregó que su construcción no debía ser costeada por la Real Hacienda. Al lado sur de la plaza de León se encontraba la casa de campo del obispo don Mariano Martí, lugar al que luego se denominaría Cerro del Obispo. Anotó Núñez que Manuel Felipe Tovar solicitó, en 1789, un pequeño espacio con el fin de poblarlo muy cerca del ocupado por el obispo. También, asentó que alrededor de la Plaza de Toros de Capuchinos se había planificado la construcción de una serie de edificaciones para escuelas de artes y oficios, así como una casa para expósitos. En el proyecto se sumaban otras construcciones destinadas al palacio de la Real Audiencia, la Casa del Gobernador, la Cárcel Real y un Matadero General.

     De esta época, finales del XVIII, data el proyecto de trasladar el desecho del río Catuche al Anauco, bajo la supervisión del comisionado del Ayuntamiento, marqués del Toro. Juan Basilio Piñango, segundo alarife de la ciudad, comenzó a reparar la fuente, cañería y tanque ubicadas entre las esquinas Doctor Muñoz y la calle que seguía al estanque de la carnicería del Carguata. Piñango pasó a ser el primer alarife de la ciudad. La denominada fuente de Muñoz debió su existencia a la carnicería. A finales de 1785 Juan José Landaeta había hecho una petición debido a la contaminación de las aguas, provocada por la carnicería. En ella se exhortó a la concesión de una pulgada de agua para una alcantarilla en la mediación de la calle, que transitaba de la esquina de Muñoz para Carguata y en un solar que había ofrecido uno de los vecinos.

     Los vecinos, por propia iniciativa, reunieron parte del numerario necesario para llevar a cabo la obra. Contó Núñez que el Ayuntamiento llegó a conceder el permiso. Sin embargo, declaró que no podía contribuir con la obra en vista de deudas en las que la ciudad estaba presente y con la promesa de intervenir más adelante. Los integrantes de la comunidad se mostraron animados por la decisión del Ayuntamiento, lo que estimuló para pedir créditos con los cuales cubrir los gastos. “La concesión de agua para la esquina de Muñoz es de 26 de junio de 1786”. Según Núñez para esta fecha ya se había construido la alcantarilla, sólo faltaba un brocal de piedra y algunos metros correspondientes a la cañería. Se encontraban unidos unos 500 ladrillos gruesos y 400 delgados, 10 cargas de lajas y los conductos para toda la represa. Para este momento el Ayuntamiento ofreció una colaboración de 200 pesos. Los alcaldes para ese momento eran don Joaquín de Pineda y don Juan Francisco Mijares de Tovar.

El fantasma de la casa amarilla

El fantasma de la casa amarilla

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

El fantasma de la casa amarilla

Por Lucas Manzano

     “El actual Palacio de la Cancillería fue, en la Colonia, tenebrosa cárcel donde torturaban y dejaban morir de hambre a los presos. La conseja popular atribuye a esos métodos brutales el hecho de que hoy deambule por la Casa Amarilla un fantasma, un ¨alma en pena¨ que siembra el terror y genera nuevas leyendas.

     Con visos de cosa al borde de la realidad, existe desde hace un buen número de años, noticias de apariciones y fantasmas en el lugar de la Casa Amarilla que fue, según leyendas viejas, calabozo destinado a sacrificios de patriotas que caían prisioneros en manos de los españoles. Allí estuvo a la contemplación de los curiosos, adheridas al muro, argollas que no fueron seguramente para colgar hamacas, ni asegurar las bestias de los Jefes del Penal, ya que estos, como es cosa sabida por los cronistas, pastaban libremente en la Plaza Mayor, listas para entrar en servicio en el momento que juzgasen adecuado sus propietarios.

     De boca en boca circuló la leyenda que daba razón de cómo ajusticiaban allí a los presos, cuando no eran dejados morir de hambre, método éste el más usado por los carceleros. Y no es inventiva para pergeñar cuartillas, ya que es conocida la especie de cómo se asomaban los presos tras de las verjas que dan hacia la calle que conduce de la Esquina del Principal a la del Conde, impetrando la caridad de los viandantes para mitigar el hambre. Así los vieron cuando obligados por las autoridades los maestros de escuelas llevaron a los escolares a presenciar el sangriento proceso que culminó con la muerte y descuartizamiento del prócer José María España en la Plaza Mayor. Como perros rabiosos los encarcelados clamaban de los transeúntes un poco de pan y de piedad para ellos, sin que surgiese el hombre que les auxiliase.

     Así estuvieron, igualmente, cuando el esclavo de un clérigo, castigado por nimiedades que no valían la pena de un azote, fue atacado de viruela; extraído por el Padre Cura para tratar de sanarlo en su residencia, otros cautivos contrajeron el mal, y murieron precisamente en el pabellón que en virtud de reparaciones hechas en épocas recientes, destinándolo a Archivo de la Cancillería; han continuado sintiéndose ruidos allí y en la Biblioteca en ciertas horas de la noche, sin que los vigilantes nocturnos del establecimiento hayan podido darse cuenta del origen de aquellos.

     En el año 1877 el doctor Diego Bautista Urbaneja desempeñaba el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, hubo allí momentos en que recabaron la presencia de las autoridades de Policía, pedido hecho al Gobernador Juan Quevedo, para que tratase de inquirir el porqué y por manos de qué misterioso personaje, apagaban la luz del gas de la Casa Amarilla a la caída de la tarde, sin que la tropa que formaba la Guardia de Honor del presidente General Hermógenes López, hubiese penetrado en el recinto. Aumentó la curiosidad de los militares el hecho de que a los centinelas se les acercaban sombras que luego se desvanecían sin que supiesen la manera de cómo aquello ocurría. Llegaron tras muchas pesquisas y observaciones de gente de incuestionable responsabilidad a la conclusión de que eran visiones extra terrenas. No pocos recordaron las escenas de los presos muertos de hambre, y a los que deambulaban por la ciudad provistos de Agujas de Marcar en busca de tesoros ocultos; personas que dejaban ver la sospecha de que podría tratarse de un entierro dejado allí por los españoles; pero nadie se atrevió a perforar la tierra en busca de lo que no había perdido, o por temor a que la entidad que cuidaba del edificio no tolerase diabluras.

     Lo cierto de ello fue que para evitar deserciones de la tropa atemorizada con aquellas misteriosas ocurrencias, llevaron la Compañía de Infantería al Cuartel de San Mauricio. Años más tarde instalaron la Jefatura Civil de la parroquia de Catedral que permaneció allí hasta que en tiempo del Benemérito desocuparon el local.

     No se habló más de esas cosas hasta que terció en el asunto el buen humor de un criollo y echó al vuelo la especie de que en el salón de espera de la Casa Amarilla aguardaban ser llamados por el titular de la cartera, el doctor Diógenes Escalante y un General andino a quien en una refriega le habían dado un tremendo machetazo en la cara, que le desfiguró el rostro en su más amplia totalidad. Ambos personajes platicaban de política, cuando el portero del Ministro hizo avanzar al Doctor Escalante hacia el despacho del Ministro. Quedaba solo el deformado guerrillero, cuando dicen los bromistas, surgió de pronto un fantasma y, al verse delante del otro, que no era menos deformado que él, dizque le dijo:

—Colega, no se asuste, soy yo . . .

Dichas esas palabras desapareció de la escena.

     Por lo demás, no se ha sabido con precisión, o para menor hablar, nadie ha visto de frente al fantasma de la Casa Amarilla, pero la leyenda dice sobre su aparición tantas cosas que habrá que tenerlas por ciertas.

Belis nolis. . .

La Casa Amarilla, dibujo de Ramón Bolet

De vieja Cárcel a Palacio

     Nada existe contrario a lo expuesto por cronistas enterados, según los cuales la Cárcel Real fue comenzada a construir por el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Diego de Osorio, en mayo de 1589. Le atribuyen obra tal por el hecho de haber sido en ese mismo tiempo el fundador del primer hospital, la primera escuela para desasnar los hijos de los conquistadores, y quien llevó a efecto el empedrado de las calles de la incipiente población. No contento con estas obras de urgente necesidad para la puebla elegida para la sede de su real representación, higienizó y puso manos a la obra para aderezar el camino por el cual transitaban entre la capital y Caraballeda.

     Debió estar, si no confortable, porque rara vez ergástula alguna gozó de tal privilegio, al menos adecuada para encerrar en ellas, como lo hizo don Sancho de Alquiza en el año 1606, a Don Simón de Bolívar, el viejo, por deuda de 1.108 maravedíes con el Real Tesoro.

     En consecuencia, fue Simón de Bolívar el primer personaje con cuya presencia se honraron los muros de la Cárcel Real.

     En diciembre de 1712, ocupó la celda que dejó vacante don Simón el Gobernador y Capitán General don Diego de Portales y Meneses por orden expresa del Virrey del Nuevo Reino de Granada, de cuya autoridad política dependía la Provincia de Venezuela.

     En la cárcel tenían a Portales cuando el Ilustrísimo Señor Obispo don Juan José de Escalona y Calatayud, que no usaba el Báculo ni la Mitra por adorno, recibió la Real Cédula en la cual le decía su Majestad que si el Virrey ordenaba algo en contra del Gobernador, que lo apoyase su Señoría, tornándolo a la libertad por los medios que tuviera a su alcance.

     De cómo logró el Obispo cumplir el real mandato se advierte al leer que Portales fue excarcelado luego de graves complicaciones y gobernó hasta el año de 1728 sin que nuevos disturbios y arbitrariedades del Virrey interrumpieran la paz de la ciudad, y ordenase reparar la cárcel que amenazaba ruina.

     Se habría derrumbado el edificio a no ser por un influyente personaje, interesado en la suerte de la Cárcel solicitó y obtuvo del Ayuntamiento permiso para celebrar corridas de toros en el “Circo de Ño Ferrenquín”. Con el dinero colectado por este respecto pagaba el alquiler de las reses y remuneraba los lidiadores, utilizando el sobrante en la reparación del edificio. Cuentan las crónicas que una epidemia de viruela que diezmó la población en el año de 1600 tuvo su origen en la Cárcel Real.

     Tenían preso allí al esclavo de un levita humanitario y como tal respetado. Un día mandó prenderlo por desacato y borrachín y como el hombre estuviese enfermo lo liberó para curarlo en su residencia, con tan perra suerte que el ciervo estaba virueloso y la infección se propagó causando estragos horrendos en la población.

     Promediado el año de 1711, la Cárcel Real alojó en sus calabozos al Gobernador y Capitán General don Francisco de Cañas y Merino, a quien el soberano de España había distinguido con su representación en la Provincia de Venezuela, en premio de la “buena conducta” que observó cuando el rey de Meguines y tomó la fortaleza de Alcazar con un ejército formado por treinta mil hombres de a caballo. En esa acción se cubrió de gloria Cañas y Merino por lo que, en reconocimiento de su valor y del donativo que le hizo a la Real Caja, consistente en diez mil pesos de oro, le envió a Caracas.

     Hombre amante de la farra y de las faldas corrompió a quienes se dejaron llevar por sus requiebros; llegó a tal grado en sus desafueros que fue delatado por el Ayuntamiento ante la Audiencia de Santo Domingo, ésta lo mandó a prender. Encerrado estuvo en la Cárcel Real hasta que debidamente enjaulado y bajo partida de registro, lo remitieron a España-
Recargado de pesados grilletes, colmado de improperios por la soldadesca, estaba en la Cárcel Real el Ilustre Patricio don Juan María España, cuando sentenciado a sufrir la última pena el 8 de mayo de 1799, va el reo al patíbulo alzado en el sitio que ahora ocupa la estatua ecuestre del Libertador.

     Ahorcado España, su cuerpo fue hecho cuartos que exhibieron en estacas en “Macuto”, “El Vigía”, “Quita Calzón” y “El Paso de La Cumbre”, con un letrero infamante que rezaba: “por encargo del Rey”.

     La cabeza del heroico España fue enjaulada, exhibiéndola durante meses en la “Puerta de Caracas”.

     Con tan macabro espectáculo pensaba el Gobernador intimidar al caraqueño partidario de la liberación. En tanto esto ocurría la honorable matrona María Josefa Herrera continuaba presa en la Cárcel Real; de allí la llevaron a la Casa de Misericordia, a confundirse con las reclusas.

     Durante la lucha por la Emancipación eran presos en la Cárcel Real los patriotas y luego fusilados sin fórmulas de juicio en la Plaza Mayor, en la de “San Jacinto” a “Coticita”. Pero surge de pronto un paréntesis y se alza el telón para empezar el drama que pondrá fin a la dominación española.

     Son las 8 de la mañana y en el Ayuntamiento contiguo a la Cárcel Real están reunidos los cabildantes Nicolás de Anzola, Fernando Key y Muñoz, Isidro López Méndez, Feliciano de Palacio y Blanco, Lino de Clemente, Valentín de Ribas, Rafael Paz del Castillo, Pablo González, Rafael González, Juan de Ascanio y Rivas, Silvestre de Tovar y Martín de Tovar Ponte, alcaldes ordinarios afectos a la separación.

     Mientras en la plaza se agitaba la muchedumbre, los cabildantes le insinúan a Emparan la conveniencia de instalar una junta amiga de Fernando VII, se niega alegando no ver los motivos, y se dirige a la Catedral donde han de celebrarse los oficios del Jueves Santo. Marchaba el representante de Su Majestad a la cabeza del Cabildo, cuando un patriota valiente le detiene en la puerta de la Metropolitana, diciéndole:

“— A Cabildo, Señor, el pueblo os llama”. Es Francisco Salías quien lo obliga a regresar al Ayuntamiento.

     En el Cabildo el Gobernador va en camino de triunfo, cuando aparece el canónigo Cortez de Madariaga, Diputado del pueblo.

     El acto es inquietante y el momento indescriptible.

     Desde el balcón del Ayuntamiento, el Gobernador pregunta a la multitud si lo quiere por representante del Rey, pero detrás de Emparan el índice de Madariaga le indica al pueblo que exprese su desacuerdo, Y sin derramar una gota de sangre, ese día entró por la gradería de la Cárcel Real la libertad del mundo colombino.

     Deja de ser patrimonio del Rey y se convierte en templo donde los forjadores de la naciente República anuncian a los cuatro vientos de América que el pueblo venezolano irá victoriosamente desde las riberas del Guaire hasta el Ayacucho.

     Años más tarde el Sol de Colombia se eclipsa en Santa Marta y el Centauro de las Queseras del Medio preside a Venezuela.

     La Secretaría de Relaciones Interiores, Gracia y Justicia y Policía, creada en 1830, eroga la primera cuota de 14.140 pesos para comprarle a la Municipalidad la Cárcel Real, que ha dejado de ser prisión. Destina 75 pesos anuales para el alumbrado interior y 7 pesos con 50 centavos por año para desyerbo de ambos frentes.

     Como la casa la han pintado de amarillo, aparece un pasquín que reza:

La pintaron de amarillo
pa que no la conociera;
lo amarillo es lo que luce
lo verde nace en doquiera

     La casa Amarilla es el Palacio Presidencial desde que el general Páez abandonó la residencia de Camejo y mudó a ella su despacho, así como también las Secretarías de Interiores, Gracia y Justicia y Policía; Hacienda, Guerra y Marina y Relaciones Exteriores.

     En el año de 1843 la Municipalidad recibió la última cuota de la cantidad total por la que el Gobierno Nacional había adquirido la que fue Cárcel Real durante más de tres siglos. Ya aristocratizada la casona de las tantas historias fue destinada a residencia del Presidente en el año de 1877 y fue su primer inquilino el gran demócrata Francisco Linares Alcántara.

     Los desocupados decían que al fin Guzmán había metido de patitas en la Cárcel al General Alcántara, a quien sustituyó como habitante de la misma al presidente Rojas Paúl en 1888. Este transformó oficinas y habitaciones con muebles que por encargo suyo compraron en París el General Guzmán Blanco y el señor Zanetti.

     Andueza Palacios no le puso cariño a la Casa Amarilla y prefirió vivir en su casa particular de “Jesuitas”, que las turbas saquearon en 1892.

     Inquilino de postín resultó el presidente Cipriano Castro desde que entró triunfante a Caracas en 1900 hasta que el terremoto lo hizo lanzarse por un balcón de la fachada norte fue a residir en el cuarto contra temblores en Miraflores.

     Por la Casa Amarilla han desfilado con el alto rango de Cancilleres hombres notables como lo fueron el doctor Diego Bautista Urbaneja, don Antonio Leocadio Guzmán, don Fermín Toro, don Manuel Fombona Palacios, Dr. Ángel César Rivas, Dr. Pedro Itriago Chacín, Dr. Esteban Gil Borges y otros no menos ilustres que honraron la Cartera de Relaciones Exteriores con dignidad y patriotismo.

     La Casa Amarilla fue una especie de museo de cachivaches, hasta que en la administración del general Marcos Pérez Jiménez, en 1953, le dieron categoría de Palacio que bien merece.

 

Información tomada de: Revista Elite. Caracas, 26 de junio de 1963

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