Personaje popular de la Caracas de 1920

Personaje popular de la Caracas de 1920

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

     Entre los personajes populares de la Caracas de los años 20 se encontraba un guaireño que atraía la atención de la gente por su extravagante manera de vestir. Se trataba de un señor de poco más de 50 años, de nombre Vito Modesto Franklin, quien, de un viaje por España e Italia a comienzos del siglo XX, regresó a Venezuela contagiado por una manía nobiliaria que lo llevaría a adoptar un estrafalario modo de vestir.

     Por lo general lucía paltó levita, camisa mosquetero de ancho cuello y bocamanga de encaje, corbata de plastrón, pantalón corto y zapatillas de raso con hebilla de plata, con un sombrero de copa negro, con la mano derecha enguantada, una peluca, monóculo y un bastón con singular empuñadora. Caminaba por las angostas calles del centro de la ciudad con pasos seguros y mirando de reojo el entorno.

     Todas las tardes se le veía en la plaza Bolívar. Sus excentricidades fueron notables. En los carnavales de 1922, recorrió las calles ataviado de manera ridícula encaramado en el techo de un vehículo, agitando los brazos saludando a una imaginaria multitud.

     Por ocurrencia del poeta Leoncio Martínez (Leo), director del semanario humorístico Fantoches, a Vito Modesto le endilgaron, en 1924 y desde ese periódico, los apodos de “Duque de Rocanegras” y “Príncipe de Austrasia”. A partir de entonces, las burlas y caricaturas de la prensa incrementaron la popularidad de este distintivo personaje. Fue tal la fama que alcanzó, que su nombre dio lugar a la palabra «Vitoco», de donde se originó también otro vocablo: «vitoquismo», sinónimo venezolano de narcisismo y presunción.

     Pocos años después de la muerte del Duque de Rocanegras, el joven poeta Aquiles Nazoa, quien entonces contaba con 23 años y daba sus pasos iniciales como literato, escribió en el recién fundado diario caraqueño Últimas Noticas (8 de febrero de 1943, páginas 4-5 y 2) una extensa crónica sobre las andanzas de Vito Modesto Franklin, que ofrecemos a continuación:

Personaje popular de la Caracas de 1920

Por Aquiles Nazoa

Caracas fue suya por 10 años

     “La vida pintoresca de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca Negras y Príncipe de Austrasia, cautivo de la fantástica princesa Piperacine Midy. Caletero en La Guaira. Jugador afortunado. Seminarista. Tramitador de hipotecas. Trotamundos. Árbitro de la elegancia. Obcecado por sueños de grandeza. Amó fervorosamente a Carmen Flores y por ella estuvo a punto de batirse con Enrique de Borbón.

     Cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar por el Ávila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles. Luego tendrá nuestro escritor que dedicarle un capítulo a Cenizo, el perro bohemio, amigo de los poetas del 20 y trasnochado huésped de la Plaza Bolívar, a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre. Un capítulo vendrá después en esa frívola historia; un romántico capítulo de cuya extravagante verdad dudarán muchos porque con sus esplendorosas noches de teatro, sus carnavalescas lluvias de bombones, sus amores, sus blasonas inverosímiles y sus sueños de grandeza, caídos todos de una vez como torres de arena, parecerá más bien arrancado a alguna novela del romanticismo decadente del novecientos. Y este capítulo será el que trate de la aventurera vida de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca negras y Príncipe de Austrasia.

Caricatura anónima de Vito Modesto Franklin

     ¡De dónde había salido aquel aristocrático personaje de orgullosos ademanes y prestigiosa elegancia? ah, si ustedes lo hubieran visto pasearse con paso seguro por las calles de Caracas y saludar discretamente con su diestra enguantada de gris a los pocos transeúntes que le merecían ese honor y pararse por las tardes junto a los barandales de la Plaza Bolívar, con la mirada perdida entre los árboles: aquella mirada suya que aparecía más grave y displicente cuando se calaba los lentes para seguir el paso de alguna mujer. Era de alta estatura y lucía más arrogante y esbelto entre la refinada elegancia de sus trajes, Porque el Duque vestía de exquisita y extraña manera, gusto daba verle en las mañanas primorosamente modelado en un traje de paño verde, y sobre el pecho que se erguía como proa, la ondulante corbata de seda verde lino armonizando sus pálidos reflejos con las luces cambiantes del enorme diamante que la sujetaba. O por las tardes, vestido de claros grises, en el anular una esmeralda coronada de plata y un clavel muriendo en el ojal. Pero era por las noches, ataviado de pontificial morado o azules de media noche, cuando aparecía como nimbado de leyenda, solo en un palco del viejo Olimpia, adornado expresamente para él con crisantemos de invernaderos, orquídeas de montaña o aristocráticas rosas encendidas. Cuando morían las primeras luces para comenzar la función, la mano del duque apoyada tranquilamente en el balconcillo dejaba asomar las tres bellotas de oro de la finísima esclava que le ceñía la muñeca derecha.

     -Esta esclava, amigos míos -afirmaba el duque-, no es tal esclava. Esta es la faja merovingia que usaba el rey Clodoveo; y las tres bellotas que son los tres infantes de Borbón que aquí los llevo- y agitaba orgullosamente la mano.

     Opacos y sudorosos fueron los días de juventud de Vito Modesto Franklin. Caletero de los sórdidos muelles de La Guaira, primero: diestro jugador después y preso más tarde. Su vida de aventura comienza a los 19 años, cuando Rodulfo, amigo de su infancia, lo lleva a El Gato Negro, famosa posada y garito que ostentaba su prestigio de posada en este curioso anuncio:


¡Es «¡El Gato”, en verdad un Paraíso!
¡Allí el talento del mondongo brilla:
La gracia virginal de la morcilla (sic)
¡La sublime elocuencia del chorizo!
(La Estudiantina,19-3-87)

y que ostentaba también, pero sin anunciarlo, su prestigio de garito en que se hacían las mayores paradas de La Guaira. Allí se adiestró Franklin en el arte de «Colear paradas», «peinar» y «preparar» dados, y no huno nadie más fino que él, ni más afortunado en el riesgoso oficio del juego. Creció su fama de jugador y pareja con ella creció su fortuna. Y de sus turbios manejos surgió una noche el trágico accidente que habría de ampliar más tarde los horizontes de su vida de jugador: esa tragedia en la que resultó accidentalmente muerto por él, de un tiro de revólver, su amigo Rodulfo, lo llevó a la cárcel por tres años.

     Salido de presión, se dio a viajar por todos los centros de juegos de Centro y Sur América, regresando años más tarde, después de haber desbancado en Panamá, La Habana y Buenos Aíres. Pero Franklin se sentía solo; y agotado tal vez de su agitado vivir, acogiese a la tranquilidad sombra de un seminario. Y entre ayunos y oraciones transcurrió lo mejor de su juventud. A punto de tonsurarse ya, se descubrió que había un muerto en el lejano pasado; y aquel hombre caído en el garito del «Cardonal» se interpuso entre el seminarista Franklin y su primera misa. Truncada así esta ilusión de su vida, se internó en los campos mirandinos de Barlovento y Rio Chico, donde su función de mediador y tramitador de hipotecas, compras y ventas de inmuebles aumentó su fortuna. Volvió entonces a su Guaira natal y de allí después de un romance sin éxito con la viuda de Cipriano Rodríguez, embarcó para España.

     Franklin ha llegado a la alegre Madrid de 1916 y es el paseo El Retiro al pasar aparatoso del real carruaje de Alfonso XIII donde comienza a definirse su verdadera vocación. Ya no piensa en desbancar grandes mesas ni en decir sermones. Su mente se ha afiebrado por un dorado sueño de grandeza y ya este sueño no le abandonará jamás. Se dejó crecer grandes patillas: dignificó sus ademanes y sus gestos desde entonces fueron cortesanos y galantes: sus mejillas lucieron más frescas bajo el rosa leve del carmín y su rostro todo al que se adherían discretamente los polvos de arroz, cobraba una exquisita palidez de rostro infantil. Varios miles de pesetas en exóticos trajes diseñados por él complementaron su rara hermosura. Porque aquel renovado Vito Modesto Franklin resultaba extrañamente hermoso, y cuando en 1921 regresó a Caracas, pocos días bastaron para que fuese suya la atención de toda la ciudad. No había pasado la admiración del primer encuentro con aquel «arbiter elegantiarun» tropical, una nueva ocurrencia vino a aumentar la apasionada curiosidad pública que su persona suscitaba. Un buen día amaneció nuestro Franklin con el resonante título de Duque de Roca Negras. El miércoles de ceniza de 1922, muy por la mañana, irrumpió en la redacción de «El Heraldo» y con altivo gesto y triunfante sonrisa, desplegó ante los ojos incrédulos del redactor de turno, un viejo pergamino sellado en lacres y con gallardo tono de voz, explicó el contenido de aquel enrevesado documento.

Silueta Vito Modesto Franklin. Por Raúl Moleiro, 1923

He aquí, amigo mío, que la sangre azul de las Españas florece entre mis venas. Este pergamino es el documento público por el cual se da cuenta en mi rancio abolengo, y consta en él que el año de gracia de 1821, Su Majestad el Rey Fernando VII declaró a doña Felipa Montes, heredera de Hernán Tigifredo, Duque de Roca Negras, con derecho a disponer del condado de Pontevedra los ducados de Roca Negras, Cantabria y Alaba. El de Cantabria pertenecía al Rey Don Pelayo, primo de Hernán Tigifredo; y el año 60, los señores Joaquín Montes y Felipa Montes, reservan tales nobles derechos con favor de Franklin soy legítimo y primo de Don Pelayo; único heredero, por tanto, de los títulos Roca Negras, cuyo blasón ostenta una roca color betún sobre campo de gules y gulas (sic) y atravesado por dos puñales, símbolo del amor y de la fuerza.

Esta noticia del ducado de Vito Modesto corrió de boca por toda la ciudad; y ya nadie más le llamó doctor Franklin, ni pare Franklin, ni señor Franklin siquiera. Parecía que todos estaban esperando aquel título, para llamarle duque, porque duque, en cierto sentido, era su verdadero título

En abril del mismo año debuta en el Teatro Calcaño La Lusitana, famosa coupletista, por cuyo amor imposible estuvo el duque en trance de suicidio. Cada noche, desde su palco solitario, llovían rosas a los pies de la coupletista. Ella, en pago de las galantes ofrendas de flores y de amor popularizó, cantándolo para él en sireé de gala, el couplet «El Duque de Roca Negras», letra de Leo. Con La Lusitana se me fue también una ilusión del duque, ilusión que renació luego, en junio, pero encarada en otra coupletista: Carmen Flores. Y si la Lusitana los trasformó de tal manera, por Carmen Flores estuvo a punto de enloquecer. Carmen debutó en el Olimpia, que era propiedad del duque. Volvieron las flores y las fastuosas noches volvieron. Y de este amor como del otro, cosechó sólo couplets y canciones. Y ocho días antes de partir Carmen Flores dio una función en honor al duque. Allí estaba él, en su palco adornado, una rosa impoluta en el ojal, la corbata muaré despidiendo ondas de luz.

     – ¡Que hable, que hable el duque! – pedía a gritos la sala entera.

     Y él se irguió emocionado, alzó la derecha en que cantaban las bellotas de su esclava y dijo estas cortas palabras:

     – ¡Señores! Veo y no miro lo que veo.

     Una salva de aplausos atronó la sala. Y por el maquillado rostro del duque, rozó una lágrima de gratitud. Terminada la función, se prolongó la fiesta en el camerino de la actriz. Aquella fue una fiesta frívola y apasionada, y hasta extrañamente pagana: pagana, sí, porque Carmen Flores, fingiéndose Diosa de la nobleza, vertió champán en sus labios sobre el ombligo del duque, porque han de saber ustedes que el duque tenía un ombligo de perla nacarina, según él, y algo salido, característica natural según él también, de los legítimos nobles. A los pocos días la fotografía del ombligo del duque era expuesta como joya de valor en el escaparate de la «Bota de Oro». Carmen Flores se marchaba, pero él le daría un imborrable recuerdo de su amor, y así fue como una noche, cuando Enrique de Borbón – aquel aventurero primo de Alfonso XIII que seguía apasionado los pasos de Carmen Flores, el duque impidió indignado aquel brindis.

     – ¡No! – le dijo rojo de ira- No han de rodar los nombres de las señoras por entre copas de taberna.

     Borbón aprovechó para teatralizar y le lanzó un guante al rostro.

     -Mis padrinos irán a verle mañana- concluyó el español.

     Aunque aceptado por el duque, no se efectuó el duelo, pues al día siguiente ya Borbón iba camino a Colombia, siguiendo siempre a la Carmen.

     Otro amor que se fue y el duque estaba desolado. No podía resistir la ausencia de su Carmen Flores, y hubiera muerto de melancolía si a mediados de abril de 1923 no recibe aquella carta, aquella famosa carta, en que, desde la lejanía. La carta contenía un retrato con autógrafo:

     «Querido Duque: Tiempo mucho lo que es amor secreto. Estáis ceñido a mi amantísimo corazón (..) y el corsé a mi cintura. Permitidme contar desde hoy con la promesa de vuestra mano. La mía, vuestra fue desde siempre. Beso vuestros pies: Piperacine Midy- Princesa cautiva de Austrasia-«

     Ah, ¡que fiesta dio el duque a sus amigos para celebrar aquel suceso de amor!

Las flores y el champán corrieron como ríos dorados por las mesas de «La Glaciere». Pero la alegría que le trajera aquel misivo fue pronto nublada. Alguien había herido al duque en lo que más caro para él: su elegancia: alguien quería aparecer más guapo y mejor vestido que él. Y ese alguien era Rodolfo Valentino. Y el duque pisoteó el nombre de aquel Narciso falsificado, que carecía de sangre azul, que no tenía como él 1,80 m de estatura, si como él tenía sus curvas apolíneas de ánfora etrusca.

-Esos palurdos-declaró el duque para «El Heraldo»- alzan vulgar vocifera a favor de ese macaco que se moriría de envidia ante la delicadeza oliente de uno de mis calcetines!

El poeta Aquiles Nazoa

     Para corroborar lo dicho, se hizo una foto nudista y mandó exhibirla en diversos lugares. No se convenció la gente, empero, y el comentario del día era «El hijo de Sheik» por Valentino. Entonces salió nuestro otoñal Petronio en busca de su princesa. Y en 1925 se paseaba tranquilamente por las calles de Londres, donde, según el «Daily Telegraf», los transeúntes se detenían para verle pasar, asombrados de su extraordinario parecido con Oscar Wilde. Por el brillante que lucía, en una sortija por la noche y en el imperdible por el día, un joyero francés estando en París en 1926, le ofreció 18.000 francos, que él rechazó. El duque regresó a Caracas tras larga ausencia. Tenía ya cerca de sesenta años, pero representaba cuarenta a lo más. Mucha de aquella popularidad del 22 estaba perdida. El sonaba sí: pero con mayor fuerza sonaba el radio, que recién había llegado al país; y su curiosa figura ya había dejado de ser rareza, para convertirse en otro aspecto del paisaje caraqueño, como la torre o como la ceiba de San Francisco. Así lo comprendió él y buscó nuevos caminos, sin abandonar su indumentaria, sus cosméticos, sus lentes ni su ducado, se inició en el mundo de la mecánica y junto con un protegido suyo inventó en 1929 un «avisador de incendios». Listos ya los planos, quiso, para desgracia suya, llevar todo aquello a la práctica. El 6 de diciembre de 1930, una ambulancia conducía al Duque de Roca Negras al hospital Vargas. Minutos antes, la explosión de un bidón que mandó llenar de aire le había quebrado una pierna. La hermosa peluca, comparada en la mejor peluquería de París, fue hallada debajo del Puente Junín. La elegancia había sucumbido. Vito Modesto Franklin, que del accidente salió cojo, ya no era sino un vulgar transeúnte, de sombrero y pantalones largos, como otro cualquiera. A la sombra de su vieja casa de Glorieta, soñando ante aquel montón de papeles y retratos que resumía su vida aventurera, en el olvido de la ciudad que fue suya por diez años, murió su excelencia el 17 de julio de 1938. Un estanque de agua clara nos indica el camino de su tumba solitaria”.

Empresa del Año 2020

Empresa del Año 2020

Empresa del Año 2020

     Telares de Palo Grande, fundada en 1920, líder en el mercado venezolano de textiles para el hogar con su marca Ama de Casa, fue seleccionada para recibir el Premio Empresa del Año. 

     El reconocimiento a esta organización centenaria, lo recibió su presidente Carlos Blohm de manos de Haydée Cisneros de Salas, ex presidenta de La Cámara de Caracas, y de Leonardo Palacios, actual presidente de nuestra institución. Blohm dijo sentirse muy honrado, agradeció el premio y recordó la participación de su bisabuelo como segundo Presidente de La Cámara de Caracas. Además de la cercanía e identificación que comparte con nuestra institución en la defensa de la libre empresa, el libre mercado y el estado de derecho. 

     Telares de Palo Grande es impulsada por valores como la integridad, creatividad perseverancia, actitud positiva y solidaridad, en la búsqueda permanente de la excelencia. 

     La ex presidente de La Cámara de Caracas, Cisneros de Salas, destacó el reconocimiento por 100 años de trabajo, perseverancia, creatividad, manos de obra calificada y fe en Venezuela. 

     Leonardo Palacios reconoce la vigencia en Telares de Palo Grande del espíritu emprendedor con el que fue fundada.  “Un emprendimiento que comienza una etapa de adolescencia a los 100 años, porque siempre se están reinventando, siempre están apostando al país, a pesar de la crisis se sigue expandiendo, siguen confiando, produciendo y distribuyendo productos de calidad, que es lo que hace un gran empresario”.

     Reflexionó sobre la celebración aniversario con una actividad dedicada al emprendimiento que es sostenible y escalable, que representa la base del futuro de afiliados y actores en el desarrollo del país, siguiendo el ejemplo de Ama de Casa.

Servidor Público 2020

Servidor Público 2020

Servidor Público 2020

     El premio “Servidor Público” que cada año otorgamos a la persona que con su trabajo contribuye a la construcción de un mejor país, fue entregado este 2020 a Carlos Hernández Delfino, Vicepresidente de Bancaribe y miembro de la Junta Directiva de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas, por sus más de 40 años de una trayectoria empresarial impecable.

     La entrega de la distinción fue hecha por Haydée Cisneros de Salas, ex presidenta de La Cámara de Caracas, y por Leonardo Palacios, actual presidente de nuestra institución.

     Para Haydée Cisneros de Salas, el premio enaltece como persona y profesional a Hernández Delfino. “Una trayectoria honesta que nos llena de orgullo a todos”.  Destacó la forma en que Hernández Delfino ha sabido combinar el servicio público desde sector público como desde la empresa privada.

     Leonardo Palacios, con orgullo, emotividad y honor, aseguró que “Es imposible hablar de finanzas públicas sin hablar de Carlos Hernández Delfino… Es hablar de compromiso con Venezuela, su trayectoria impoluta sirve de modelo a las nuevas generaciones. Sin olvidar todos sus aportes a la academia, la historia y su impulso a grandes proyectos para el país y su rescate”.

     Carlos Hernández Delfino, también Presidente de la Fundación Bancaribe para la Ciencia y la Cultura, agradeció el reconocimiento y aseguró que lo recibía comprometido con el país, con las instituciones con las cuales mantiene estrecha relación como La Cámara de Caracas, de la que resaltó su demostrada capacidad de adaptación, preservando los principios y valores en defensa de los derechos ciudadanos, la libre empresa y el derecho a la propiedad, teniendo siempre a Venezuela como norte. Reiteró su determinación de “seguir aportando, trabajando y desarrollando un esfuerzo que nos permita cortar la ruta que nos separa de la reconstrucción nacional”.

     Estadístico de profesión con maestrías en Econometría y Economía Matemática, Hernández Delfino ocupó diversas posiciones en el Banco Central de Venezuela. Entre 1990 y 1992 actuó como Embajador Plenipotenciario a cargo de la negociación de la deuda pública externa de Venezuela y Ministro-Presidente del Fondo de Inversiones de Venezuela. Profesor en cursos pre y post grado, tiene en su haber varias publicaciones sobre economía. Miembro de la junta directiva de Bancaribe desde 1999 y Presidente de la Fundación Bancaribe para la Ciencia y la Cultura desde su creación en 2007. Miembro de la junta directiva de la Cámara de Comercio de Caracas, del Consejo Directivo del IESA y Vicepresidente de la Junta Ejecutiva de esa institución.

50 Años Consecomercio

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     50 años de historia en 50 años de defensa de los intereses, derechos y valores del sector empresarial del comercio y los servicios.

     Todo relato histórico expresa una visión del mundo. No hay historia neutral.
Fundamentamos la creación de la línea del tiempo que cruza los 50 años del Consejo Nacional del Comercio y los Servicios en la perspectiva de la libre empresa, la defensa de la iniciativa individual y de los derechos de propiedad, la libertad de mercado, y los valores inherentes a la libertad del individuo.

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Appun en Venezuela

Appun en Venezuela

POR AQUÍ PASARON

Appun en Venezuela

El naturalista Karl Ferdinand Appun

     Una gran porción de viajeros que alcanzaron el territorio venezolano, a lo largo del siglo XIX, eran de origen prusiano o alemán. Varios de ellos habían sido recomendados por Alejandro von Humboldt ante las autoridades gubernamentales, asimismo, tuvieron en sus escritos un modelo a seguir como naturalistas y exploradores de la naturaleza. Uno de ellos fue el alemán Karl Ferdinand Appun (1820-1872) quien estuvo por Venezuela entre 1849 y 1859, lapso durante el cual este país estuvo gobernado por los hermanos Monagas, José Tadeo y José Gregorio. De esta visita nació un texto titulado En los trópicos cuya primera edición se dio a conocer para 1871 en lengua germánica. En Venezuela se haría una edición en castellano para 1961. Entre los objetivos de su expedición, a esta comarca, era el de dar continuidad al trabajo que había comenzado otro alemán, Ferdinand Bellerman (1814-1889). Luego de 1859 marchó a su tierra natal a descansar por males de salud, contraídos en su estadía venezolana. Para 1872 regresaría con el objetivo de explorar la Guayana Inglesa, hoy Guyana, donde encontraría la muerte a manos de indígenas silvestres.

     Appun fue un naturalista y explorador con ciertos rasgos de romanticismo, pero con una fuerte inclinación realista en lo que a sus planteamientos teóricos se refiere. Una de las características de su escritura es que redactaba en primera persona y que sus descripciones estuvieron marcadas por una chispeante, y por momentos, jocosidad. Se debe agregar que fue dueño de una prosa limpia y elocuente en la que combinó las descripciones alrededor del mundo natural y los actores sociales en una dinámica social que observó con admiración y rechazo, disposición muy propia de la visión del viajero, con independencia de su lugar de origen.

 

     Durante su estadía por estos parajes visitó casi en su totalidad las costas venezolanas, entre las que destacaron La Guaira y la gran extensión marítima de Puerto Cabello. Igualmente, examinó las costas y las aguas del Lago de Maracaibo. Hacia el lado sur del país hizo lo propio en las aguas del Orinoco, pasó por Guayana y recaló en Georgetown.

     La Caracas que conoció Appun se diferenciaba poco de la de los primeros años del 1800. Era la ciudad de los arrieros, recuas, vías empedradas y de la mula como medio de transporte fundamental. Los años que pasó en este país, de Suramérica, los ríos eran las arterias viales de mayor importancia para el tráfico de bienes dirigidos a la exportación, como el añil, el tabaco, el café del piedemonte andino y los cueros que iban a los puertos desde donde serían trasladados a Europa. Arteria fluvial junto, ya pasada la temporada lluviosa, con el tránsito por tierra de bienes de consumo. Éstos provenían de la parte sur del país. Constituían cargamentos cuya dirección era hacia el norte de Venezuela, adonde se ofrecía el pescado seco o salado, manteca de cerdo, cueros, tasajos de res y chimó sin procesar recogidos en los llanos venezolanos.

     La pulcra prosa de Appun describió estos procedimientos de circulación de mercaderías, así como que destacó la importancia de la región llanera, en la dinámica económica venezolana en la mitad del siglo XIX. Como quedó dicho él tuvo en Humboldt su guía teórica, así como su mentor intelectual. Fue éste quien lo recomendó ante el gobernante prusiano Federico Guillermo IV, quien ofreció el apoyo económico requerido por el naturalista alemán para su incursión en estos parajes. Si bien es cierto que su tarea era la de explorar el mundo de la naturaleza, los señalamientos relacionados con la vida de los pobladores de esta comarca fueron de destacada relevancia.

     Uno de los aspectos a los que prestó importancia, con cierta amplitud, fue el de los hábitos de consumo y costumbres alimenticias de los venezolanos. Destacó los productos de mayor consumo que se ofertaban en pulperías y en el mercado. Uno de los hábitos que llamó su atención era que los habitantes se aseaban las manos antes y después de consumir sus alimentos. Aunque, observó el alto consumo de carnes de origen animal. Escribió respecto a esta inclinación y agregó que la carne era la consigna del día en Venezuela, “como la cerveza en Baviera”. En cuanto a su presentación o lo era frita, o bien salada o sancochada, tres veces al día, describió con sorpresa, tanta fue su impresión que consignó que su ingesta parecía una especie de reglamento que se cumplía con rigor. Igualmente, recordó que un venezolano de nacimiento vería frustrada su existencia sin el diario sancocho y el plátano asado.

     Algunos cortes de carne le causaron desagradable impresión. En una ocasión apreció unas tiras, de color oscuro, guindadas de un palo que semejaban correas de cuero. Confesó que lo que experimentó, en un primer momento, fue repulsión tanto por su aspecto exterior como por el fuerte olor que de ella percibió. Lo que estimuló esta reacción fue el tasajo o tiras de carne salada que se ofertaban al consumidor. Más adelante recordó que, como no se producía trigo a gran escala se producía pan de dos tipos, de maíz, que aquí se denominaba arepa que, según su gusto, era muy agradable si se consumía caliente y de yuca que era el casabe sin precisar que le gustara.

     A lo largo de su narración exhibió sus dotes de buen prosista. Uno de ellos se refiere a uno de los momentos cuando le provocó darse un baño en las aguas de un río. No obstante, el escogido para ello estaba ocupado, en algunos puntos de su orilla por negras que lavaban en él. Ante tal circunstancia recurrió a encontrar un espacio menos concurrido. Al fin logró su objetivo y en los momentos que disfrutaba de las cálidas aguas de riachuelo percibió que, a un lado, de donde el disfrutaba su sumersión, entró al agua un largo ejemplar de largo hocico que, ante tal eventualidad, hizo que él saliera presuroso del río. Reconoció que era un caimán, por estos predios lo “llamaban baba”, anotó. Confesó que luego se enteraría que era una “especie inofensiva para el hombre”. Agregó al final de este evento que debió salir, cual vestiduras adánicas, a la vista de quienes en un principio el buscó eludir.

     Contó que, en una oportunidad le atrajo una “música horrible y voces ruidosas”. Se trataba de una fiesta a la que se acercó y describió así: las parejas no se movían alrededor una de la otra, sino que practicaban “raros” movimientos en un mismo sitio a lo que agregaban saltos y brincos. Dijo, a este respecto, que sólo observó dos de estas “danzas”, la “baduca y el zapatero”. Resaltó que no describiría de manera pormenorizada lo que vio en el salón de baile, porque, aunque eran ejecutados con gracia, “no pueden contarse entre las decentes”. Por si fuera poca su aversión, ante movimientos poco ortodoxos para él, sumó a su descripción que no era posible continuar exponiendo sus órganos olfativos al “picante” aroma que impregnaba el lugar, “estuve contento al encontrarme de nuevo en la calle”.

Portada del libro del alemán Karl Ferdinand Appun

     En su relato se aprecia la intención de precisar con detalles sus vivencias y de mostrar de modo espléndido tanto los momentos afines con sus costumbres como aquellos que le produjeron sensación de vergüenza, en especial, por desconocimiento no premeditado. Así, recordó uno de estos últimos cuando confundió un ají con un tomate. A este último lo tenía como un fruto de excelente textura y sabor. La forma cómo corroboró la diferencia entre uno y otro lo contó cómo sigue. En una oportunidad, al elegir lo que por su color rojo creyó era un tomate lo colocó en su plato de comida, ante la sorprendida mirada de otros comensales, luego llevó a su boca “una de las frutas de tan lindo color”. Recordó que, a la primera dentellada evidenció la equivocación en la que había incurrido. Aunque, de inmediato, escupió lo que creyó era un tomate al experimentar una sensación de quemazón en labios y boca, junto con una especie de dolor en la misma. Relató que sintió vergüenza y no encontró manera de contener el lagrimeo que acompañó el efecto del picantoso fruto. Contó que a pesar del tiempo transcurrido recordaba aquella escena con espanto.

     Quien se dedique a leer lo que Appun presentó como apuntes de viaje, podrá corroborar su fina mirada y la claridad de su exposición cuando describe, con la intención clara de no dejar escapar detalles, asuntos relacionados con las prácticas humanas. De igual manera, lo que presentó en su obra no se restringió a Caracas, sino que tuvo la disposición de mostrar la mayor cantidad de aspectos relacionados con la Venezuela de los Monagas. Esta disposición se puede constatar en su descripción del llanero venezolano a quien representó como hombres que cabalgaban semidesnudos, por las llanuras del territorio venezolano. En lo atinente a su vestimenta indicó que avanzaban por las llanuras venezolanas “semidesnudos”. Sus investiduras constaban de pantalones cortos y llevaban en su cabeza el “fuerte sombrero de palma”. Portaban en su mano una lanza y la soga utilizada para enlazar al toro colgaba al lado derecho de la maciza silla de madera cubierta de cuero. Relató que no temían a su “principal” enemigo, el tigre, al que cruzaban con su lanza. Agregó que de ellos no se debía pensar como hombres de letras o de gran cultura. “Su naturaleza, generalmente de origen indio, no desmiente su ascendencia”.

     Así como describió los elementos naturales del país, intentó una caracterización de los actores sociales que lo componían. Así, no debe entrar a duda que su percepción del “hombre venezolano” no fue sujeto a generalización. Ofreció las representaciones de lo que para él era ajeno, repulsivo o repugnante junto con el reconocimiento de virtudes en el otro. Es lo que se puede colegir de su percepción del llanero, si bien inculto, de acuerdo con su mapa mental y experiencia de vida, resaltó que el mismo mostraba una honradez, poco generalizada en la comarca. Anotó que el llanero iracundo, vengativo, aficionado al juego y endurecido por lo feraz de su ambiente natural, y por su modo de vida, contaba con una innegable disposición hacia la honradez y la sinceridad, “en lo que se diferencia favorablemente de todas las otras clases incultas del pueblo venezolano”.

APPUN

     Lo que parecería ser una regla, entre los viajeros que pisaron esta comarca en el 1800, se refería a los encantos y belleza de la mayoría de las venezolanas. Dejó asentado que, para cualquier hombre era difícil no percibir el primor y beldad de las damas del país. Subrayó que, las indígenas, las trigueñas, negras y las criollas poseían una tez “rara”, lo que no desmerecía sus encantos. Por otro lado, hizo referencia a los habitantes primigenios u originarios de estos espacios territoriales de quienes ofreció, en contraste con elucubraciones de los criollos venezolanos, una imagen en la que ensalzó el grado de organización social, las técnicas para defenderse de los enemigos y el conocimiento que mostraban de la flora y fauna silvestre. Bajo similar perspectiva, agregó sus alabanzas por la aplicación de remedios tomados de plantas medicinales, lo que lo llevó a reconocerles sus conocimientos de botánica.

     Sus opiniones políticas no fueron muy destacadas, aunque si mostró ser un agudo observador al apreciar los signos de cambio generalizados, en las postrimerías de la década del cincuenta. Contó que en una oportunidad a él y sus acompañantes los habían confundido con espías del gobierno de los Monagas. Quienes así lo hicieron los interrogaron acerca de la figura de Páez y quienes estaban al mando de las fuerzas oligárquicas. En virtud de esta circunstancia contó que él y sus acompañantes se dirigieron a una pulpería en la que escucharon improperios contra el gobierno imperante. Esto lo llevó a pensar que se estaba preparando una rebelión contra el presidente Monagas. Para hacer frente a diversas preguntas, provenientes de caballeros que mostraban inquina contra representantes del gobierno, decidió, en conjunto con sus acompañantes, contestar que eran oligarcas y, además, amigos de Páez.

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