Retozos caraqueños

Retozos caraqueños

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Retozos caraqueños

     Bajo este título Arístides Rojas intentó proporcionar una aproximación acerca del espíritu, forma de ser o disposición que, según su visión, eran atributo o característica del venezolano. Así, difundió la idea de acuerdo con la cual la inquietud y veleidad venezolanas habían dado origen a situaciones memorables y necesarias de recordación. En las primeras líneas hizo referencia a un texto compuesto por un historiador español, Mariano Torrente, cuyo título fue: Historia de la revolución hispanoamericana, publicado en Madrid durante 1829. De este autor recordó la idea según la cual Caracas, capital de provincia, había sido el escenario principal de la insurrección americana. Rojas compartió la tesis con la que sustentó que el “clima vivificador ha producido los hombres más políticos y osados, los más viciosos e intrigantes, y los más distinguidos por el precoz desarrollo de sus facultades intelectuales”. A estas ideaciones agregó, según lo había establecido Torrente, “La viveza de estos naturales compite con su voluptuosidad, el genio con la travesura, el disimulo con la astucia, el vigor de su pluma con la precisión de sus conceptos, los estímulos de gloria con la ambición de mando, y la sagacidad con la malicia”.

     Rojas se extendió en aquiescencias para con el historiador ibérico a quien agradeció las palabras de elogio dirigidas a los patricios criollos, “algo bueno, en medio de tanto malo”. 

El venezolano Arístides Rojas es considerado uno de los más notorios divulgadores de nuestra historia

     Para dar fuerza a sus ideas contrastó lo indicado por Torrente con la cantidad de improperios y epítetos que se idearon en contra de Bolívar a quien se había asociado con una personalidad ambiciosa, aturdida, bárbaro, cobarde, déspota, feroz, ignorante, imprudente, insensato, impío, inepto, malvado, monstruo, miserable, perjuro, pérfido, presumido, sedicioso, sacrílego, usurpador y otras del mismo talante. Caracterizaciones muy del momento que abarcó los años de 1810 a 1825, cuando el conflicto bélico mostró la textura de mayor encono y ferocidad entre los bandos en pugna.

     Fueron estas ideaciones en las que se basó para mostrar una percepción que de sí mismo se tenía, entre letrados, publicistas y polígrafos de las particularidades y especificidades de carácter o psicología racial del pueblo venezolano. Rojas aseveró que por “naturaleza” era cierto el hábito y la inclinación retozona, especialmente, “en asuntos democráticos, en cositas de partidos, en percances de intereses políticos, y por éstos hemos podido pasar de una esclavitud tranquila a los contratiempos de una libertad peligrosa”. Esa histórica actitud pícara, traviesa e inquieta la intentó demostrar con ejemplos alrededor de la actitud mostrada por integrantes de los Cabildos o Ayuntamientos ante las autoridades reales en tiempos de la Capitanía General de Venezuela. 

     Hizo referencia a que “nuestros retozos” no correspondieron sólo al año de 1810, porque “los caraqueños se metían en el bolsillo a los gobernadores que de España nos enviaban”, con lo que ratificó un tipo de relación que se estableció entre los reyes y sus súbditos. Esta disposición se convirtió en una práctica común, en la que no fue usual transitar por los ceremoniales establecidos en la legislación de Indias. Reseñó que, en las exaltadas disputas entre los cabildos eclesiástico y político habían sido los caraqueños quienes las habían producido. A este respecto rememoró el tiempo cuando Caracas pasó a depender, en lo civil, del virreinato de Bogotá. En dos momentos de la historia de Venezuela Caracas estuvo adscrita a los mandatos administrativos de Bogotá. En una ocasión cuando fue creado el virreinato en 1717. En otra oportunidad, para 1819, cuando fue fundada la República de Colombia. 

     Rojas se dedicó a narrar lo que “trajeron los retozos caraqueños de 1720 a 1726”. De acuerdo con su exposición, en 1716 se encargó de la gobernación de Caracas Marcos Francisco de Betancourt y Castro, aunque duró poco tiempo en el cargo. Dejó asentado que por “caprichos” mostrados por los reyes españoles desde 1717, Caracas y las secciones de la colonia venezolana, Guayana y Maracaibo, habían sido anexadas al virreinato de Bogotá en lo atinente al plano político, mientras en el religioso pasó a depender del obispado de Puerto Rico. Amén de esta disposición Caracas quedó en orfandad como capital y además con un gobernador con “incoloras” funciones debido a la dependencia creada hacia Bogotá. Según Rojas, “los notables de Caracas no vieron con buenos ojos tal cambio”, sin embargo, continuaron mostrando fidelidad y obedecimiento al monarca de turno. “Una medida tan inesperada respecto de una capital que estaba más cerca de las costas de España que de la ciudad de Bogotá, debía causar disgustos, fomentar intrigas y hasta desacatos”.

     En este orden de ideas, justificó su desconocimiento e ignorancia en lo que respecta a las pretensiones del virrey de Bogotá, don Jorge de Villalonga, acerca de la intención que lo movió a destituir al gobernador Betancourt de su cargo. Bajo este propósito llegó a Caracas con la designación de interino a inicios de 1720, don Antonio de Abreu. No obstante, Betancourt se negó al aducir que el ejercicio del cargo estaba próximo a terminar. Los lugareños que ocupaban el Ayuntamiento buscaron la manera de desconocer al que vieron como un usurpador y nombraron a los alcaldes Alejandro Blanco y Manuel Ignacio Gedler en 1720, y para 1721 hicieron lo propio con el nombramiento de Alejandro Blanco Villegas y Juan Bolívar Villegas, designaciones que fueron comunicadas al rey. Al poco tiempo llegó a Caracas el sustituto de Betancourt, Diego Portales y Meneses, quien se encargó de la gobernación.

     Para 1723, de acuerdo con lo redactado por Rojas, se presentaron en Caracas dos personas comisionadas por el virrey de Bogotá, Pedro Beato y Pedro Olavarriaga quienes con su sola presencia despertaron la inquietud y la desconfianza entre los habitantes de la comarca, en especial porque tenían vinculación con quienes querían instalar una compañía de comercialización en la provincia. Entre las acciones que comenzaron a llevar a cabo fue la de captar la atención de los comerciantes y productores más ricos de la gobernación, acerca de la creación de una compañía de comerciantes de Guipúzcoa y los beneficios que traería para la actividad comercial de la provincia. Según Rojas estas personas acudieron a la exageración de los beneficios que provocaría la instalación de tal empresa en la Capitanía. Las “seductoras noticias” contenían información acerca de las utilidades que se producirían con la Guipuzcoana. Entre la de mayor relieve estaba el incremento de protección prometida por el monarca, un mejor aprovechamiento de la incipiente riqueza del territorio venezolano, llamada para grandes cosas tal como se ha creído a lo largo de la historia nacional, y la eliminación del comercio intérlope fueron algunas de las promisorias y promovidas virtudes que se desplegarían con la instalación de esta asociación económica. 

     Continuó su redacción al poner bajo discusión que las autoridades locales se vieron en la obligación de buscar la forma de impedir que los emisarios del virrey Villalonga continuaran ofertando un destino difícil de llevarse a efecto. Asuntos como el reseñado abrieron nuevas fisuras a la relación dependiente de Caracas con Bogotá. Adjudicó Rojas que asuntos como este y otros de talante administrativo, estimularon “el choque entre dos gobiernos que no tenían por apelación sino la persona del monarca”. Si bien es cierto, Rojas practicó la crítica histórica, como revisión constante de lo considerado y asumido como “una verdad”, no resulta de menor importancia el que sus ideaciones se caracterizaran más por destacar situaciones del presente o lo que sucedería luego, de todo aquello por él examinado, con lo que difundió nuevas creencias, en su momento, basadas en lo que pudiera ubicarse en la percepción de un futuro del pasado. Es decir, la revisión de versiones del pasado para ratificar lo previsto como futuro evidente. O mejor, lo que, para el momento, se había ratificado con testimonios y evidencias convertidas en datos fidedignos.

     Subrayó que el monarca había emitido una real cédula con la intención de proteger al gobernador Portales frente a las pretensiones de Villalonga. Agregó un juicio con el que criticó la actitud del monarca español, porque si la “Gobernación de Caracas estaba subordinada a la de Bogotá, el rey no debía intervenir en hechos que no se habían consumado”. Esta situación le sirvió de base para establecer que tales formas de administrar los asuntos públicos respondían a conveniencias coyunturales y no a una política coherente sustentada en la ley. Sin embargo, Villalonga emitió una orden para que apresaran a Portales a quien el primero acusó de faltar el respeto a sus superiores y por desdeñar los mandatos emitidos desde Bogotá. Por supuesto, al haberse enterado de la decisión del virrey, Portales contestó que no acataría la orden interpuesta, porque el virrey no tenía nada que hacer en los actos ni jurisdicción del gobierno de Caracas.

     La disputa, entre ambas autoridades, tomó cuerpo cuando el ayuntamiento asumió el papel asignado en casos como el descrito por Rojas. El Rey había encomendado la tarea de proteger al gobernador del virrey, en la persona del obispo Escalona y Calatayud. A pesar de este apadrinamiento y el apoyo recibido de algunos notables caraqueños, Portales fue sometido y llevado a prisión. El 25 de mayo de 1724, Portales se fugó de la cárcel y encontró refugio en el templo de San Mauricio. Gracias a la Real Cédula del 5 de mayo de 1724, el obispo debió cumplir el papel de protector del gobernador. De nuevo el rey intervino para exigir al cabildo que debía obedecer las órdenes de Portales. Aunque de nuevo éste fue sometido. Luego logró escapar, por tercera ocasión, para dirigirse fuera de la jurisdicción caraqueña y lejos del virrey que le seguía los pasos. 

     En julio de 1725 llegó otro mandato del rey para que se restituyera al gobernador en su cargo. Pero, ahora en la Real Cédula se exigía la destitución de los alcaldes quienes fueron las verdaderas víctimas de esta disputa y al poco tiempo después de instalada la Guipuzcoana. Rojas llegó a la conclusión de que estos “retozos políticos”, como el señalado líneas antes, provocaron la pérdida de gracia que los caraqueños habían obtenido de monarcas españoles, como aquella en la que dos alcaldes de la capital pudiesen reemplazar la autoridad del gobernador al morir éste o en caso de haber sido destituido, según las leyes en uso. Sin embargo, diez años después, el gobierno español anuló una política heredada de los Habsburgo, como la indicada por Rojas. Años más tarde, “por retozos más o menos apremiantes”, se estableció que de los dos alcaldes sustitutos sólo uno podía ser venezolano, con lo que el “retozo” fue más bien perjudicial.

     En las últimas líneas de su escrito estableció que, todos los retozos de las capitales de ambos mundos, son “inherentes a los pueblos de la raza latina”. Según su percepción formaron parte de las condiciones sociales, “de la lucha constante que trae casi siempre resultados armónicos en el desarrollo general”. Para él, los pueblos que habían transitado largo tiempo a la sombra de la tiranía, “patrocinan estos retozos como expresiones necesarias de la libertad necesaria reconquistada”. Los gobiernos, continuó en su relato, basados en el respeto de la soberanía individual, base de la libertad, “no los persiguen ni los protegen”. La tolerancia política, de un lado, y, del otro, el despliegue de la libertad de opinión y de pensamiento, debían contribuir a disipar inquietudes políticas, religiosas y sociales, que no traspasaran una cierta efervescencia transitoria, “obra del entusiasmo, de la juventud y de las tendencias civilizadoras de cada época”. 

     En términos generales, los retozos, como una actuación plagada de inquietud y de picardías, y que le sirvieron de justificación para su relato lo fueron con el propósito de demostrar que de todo conflicto surgía una solución magnánima. No comulgó con la idea de contradicciones insolubles o antagonismos sin posible solución. Las oposiciones a las que apeló fueron para manifestar que el venezolano era una suerte de síntesis inteligente, si se asume la inteligencia como solución de problemas de variada índole.

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte I

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte I

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José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte I

     Tras 72 años de largo proceso de trámites ante las máximas autoridades de la iglesia católica, finalmente el 30 de abril de 2021 todo el pueblo venezolano celebró el ascenso a los altares de José Gregorio Hernández, al materializarse su beatificación. La causa del llamado “Médico de los pobres” inició en 1949, treinta años después de su desaparición física en un accidente de tránsito, ocurrido en Caracas, el domingo 29 de junio de 1919. 

     Lucas Guillermo Castillo, quien entonces era el arzobispo de Caracas, presentó ante el Papa Pio XII la primera documentación que ofrecía testimonio de creyentes sobre las virtudes de Hernández. Veintidós años después, en 1972, se reconocieron los valores cristianos del médico trujillano, por lo que el Papa Pablo VI lo declaró Siervo de Dios. Más tarde, el 16 de enero de 1986, el Papa Juan Pablo II le otorgó méritos como Venerable al reconocer sus virtudes heroicas. Y el 18 de junio de 2020, el Papa Francisco aprobó el decreto de Beatificación, tras comprobarse el milagro de sanación de la niña Yaxury Solórzano.

     El acto de Beatificación de José Gregorio Hernández, quien nació en la población de Isnotú, en la región andina del estado Trujillo, el miércoles 26 de octubre de 1864 y al momento de su muerte contaba 54 años de edad, se celebró en los espacios abiertos del colegio La Salle de La Colina, en Caracas, con restricciones de asistencia impuestas por medidas biosanitarias, debido a la pandemia de coronavirus. Sin embargo, fue una hermosa ceremonia austera, sobria, sencilla y cargada de mucha espiritualidad, seguida por audiencia récord en Venezuela y el mundo a través de transmisiones de televisión en vivo y por las diversas redes sociales.

     Que el acontecimiento de la elevación a los altares del adorado personaje se haya producido en medio de la pandemia que se ha prolongado por más de un año, le dio un especial significado al acto, toda vez que José Gregorio Hernández fue uno de los médicos venezolanos que se fajaron a combatir la epidemia de Gripe española que azotó a Venezuela en los años 1918 y 1919.

El pueblo caraqueño se volcó a las calles para darle el último adiós al Dr. Jose Gregorio Hernandez

Un milagro más y será santo

     La presencia de la niña de catorce años Yaxury Solórzano Ortega fue uno de los elementos que llenó de alegría y esperanza a quienes siguieron la ceremonia. Su caso le dio el impulso definitivo a la beatificación.

     A la edad de 10 años, en la tarde del 10 de marzo de 2017, recibió un balazo en la cabeza en momentos en que su padre era sometido a un atraco en un caserío ubicado en los límites de los estados Guárico y Apure. Ante la gravedad de la herida, con pérdida de masa encefálica, hubo que trasladarla de emergencia a la ciudad de San Fernando para intentar salvarle la vida. 

José Gregorio Hernández, cuarto beato venezolano

     Luego de dos días, se presentó desde Caracas, el neurocirujano Alexander Krinitzky, quien luego de evaluar el caso con el equipo médico, declaró que existían muy pocas esperanzas de que Yaxury alcanzara completa recuperación motriz luego de una operación.

     Carmen Ortega, madre de Yaxury, devota desde niña del Siervo de Dios, le encomendó la vida de su hija, con la plena seguridad de que la ayudaría en tan terrible momento.

     El “Médico de los pobres” se presentó en la habitación. “Tocó a la niña de la cabeza a los pies y luego de los pies a la cabeza. Me dijo: tranquila, no le va a pasar nada. Ese doctor que vino (Krinitzky) soy yo, sus manos son las mías. Ten fe que la niña va a salir bien”, declaró a los periodistas la señora Ortega.

     Nadie se enteró de la conversación hasta cinco días después de la intervención cuando el equipo médico quedó sorprendido por la forma como reaccionó la niña, con normalidad.

     “Casi dos semanas después de la operación, Yaxury se presenta totalmente asintomática, fue una sorpresa. “Esto nos ratifica que ciencia y fe van de la mano, que un bien lleva al otro bien, de verdad nos ha enseñado mucho. Yo me siento honrado, complacido cada vez que veo a Yaxury sonriendo”, afirmó el doctor Krinitzky.

     Las autoridades de la iglesia indicaron durante la ceremonia de beatificación que la documentación de otro milagro completará el proceso de canonización para elevarlo al rango superior, la categoría de Santo.

Una bendición de Dios para Venezuela

     Desde Ciudad del Vaticano, el Papa Francisco se mostró complacido con la elevación a los altares de José Gregorio Hernández.

     Esta beatificación es una bendición especial de Dios para Venezuela” dijo el Pontífice.

     “Nos invita a la conversión hacia una mayor solidaridad de unos con otros, para producir entre todos la respuesta del bien común tan necesitada para que el país reviva, renazca después de la pandemia, con espíritu de reconciliación. Es una gracia que hay que pedir: el espíritu de reconciliación; porque siempre hay problemas en las familias, en las ciudades, en la sociedad, hay gente que se mira un poco de costado, que se mira mal, y hace falta la reconciliación siempre, ¡la mano tendida! Y es una buena inversión social la mano tendida”, señaló la máxima autoridad de la iglesia católica.

     Destacó las virtudes del beato venezolano como “alguien que se nos ofrece a los cristianos y a todas las personas de buena voluntad, como ejemplo de creyente discípulo de Cristo, que hizo del Evangelio el criterio de su vida, buscó su vocación, observó los mandamientos, participó cotidianamente en la Eucaristía, dedicó tiempo a la oración y creyó en la vida eterna, como dechado de bonhomía personal y de virtudes cívicas y religiosas, de apertura, de sensibilidad ante el dolor, de modestia y humildad en su vida y ejercicio profesional, y también como un hombre amante de la sabiduría, de la investigación, de la ciencia, al servicio de la salud y de la docencia”. Y añade: “Es un modelo de santidad comprometida con la defensa de la vida, con los desafíos de la historia y, particularmente, como paradigma de servicio al prójimo, como un Buen Samaritano, sin excluir a nadie”. José Gregorio Hernández es un hombre de servicio universal”.

Un médico muy generoso

     Desde que se incorporó al sistema escolar a finales del siglo XIX, en su nativo Isnotú, José Gregorio Hernández asomó que sería un estudiante de cualidades sobresalientes.

     A la edad de 14 años, en 1878, se traslada a Caracas para seguir estudios de educación media en el Colegio Villegas, institución de la que egresa en 1882 como bachiller en filosofía.

     En la Universidad Central Venezuela se inscribe con 17 años de edad, en 1882. Finaliza la carrera de seis años, con excelentes notas el 29 de junio de 1888, con el título de doctor en medicina.

     Una vez graduado decide, tal y como le había prometido a su señora madre, Josefa Antonia Cisneros Mansilla, regresar a su pueblo natal para atender a la gente necesitada de Trujillo y sus alrededores. Los médicos rurales de finales del siglo XIX debían lidiar con el azote del paludismo o malaria, enfermedad muy extendida entre la población.

     La experiencia como médico rural duró muy poco. A mediados de julio de 1889, por recomendación del profesor de la escuela de medicina Calisto González, el entonces presidente de la República, Juan Pablo Rojas Paúl, aprueba otorgarle una beca para que viaje a Europa a seguir cursos en materias que permitan modernizar la medicina en Venezuela.

     Ya para finales de ese mismo año está matriculado en la cátedra del profesor Charles Robert Richet, famoso por los cursos que dicta en su laboratorio de París sobre materias como Bacteriología, Histología, Microscopía y Fisiología experimental.

     Un par de años después, en 1891, el doctor Hernández está de vuelta en Caracas. Entonces se incorpora como profesor de la UCV, en las cátedras de Bacteriología, Fisiología e Histología, al tiempo que funda el Instituto de Medicina Experimental y el laboratorio del Hospital Vargas. 

     En el año de 1904 consigue el honor de ser aceptado como Individuo de Número en la Academia Nacional de Medicina.

     A pesar de sus compromisos como médico y docente, el doctor Hernández jamás se aparta del aspecto espiritual. En 1908 renuncia a todos sus cargos en Venezuela y decide viajar a Italia. Ingresa al monasterio de la Cartuja de Farneta, como miembro de la orden de San Bruno. Problemas de salud lo obligan a regresar en abril de 1909 y se reincorpora a las actividades académicas en la UCV.

     En el año 1914 vuelve a Europa e ingresa a un seminario en Roma, pero nuevamente presenta inconvenientes de salud por síntomas de tuberculosis que lo obligan a emprender el regreso y reintegrarse al ejercicio profesional y la actividad académica y docente.

Leonardo Palacios, presidente de La Cámara de Caracas presentó ante LI Asamblea Anual Administrativa de Consecomercio a Tiziana Polesel

Leonardo Palacios, presidente de La Cámara de Caracas presentó ante LI Asamblea Anual Administrativa de Consecomercio a Tiziana Polesel

Leonardo Palacios, presidente de La Cámara de Caracas presentó ante LI Asamblea Anual Administrativa de Consecomercio a Tiziana Polesel

     Nuestro presidente Leonardo Palacios hizo la presentación ante LI Asamblea Anual Administrativa de Consecomercio de Tiziana Polesel, electa por unanimidad nueva presidenta de esa organización gremial.

El pensamiento político y jurídico de la Independencia

El pensamiento político y jurídico de la Independencia

El pensamiento político y jurídico de la Independencia

     La Academia de Ciencias Políticas y Sociales se complace en auspiciar este foro sobre el pensamiento político y jurídico de la independencia venezolana.

     El objetivo de esta video conferencia consiste en difundir las ideas fundantes del republicanismo venezolano y los principios siempre válidos del constitucionalismo y la democracia, que en su día desmontaron el despotismo y la tiranía como negaciones de la libertad.

     Por sobre todo resaltar que el proceso independentista en Venezuela fue pensado y ejecutado por civiles, para producir las ideas y documentos esenciales que fundamentaron el cambio político, jurídico y administrativo que derivó en la fundación de la república y la extinción del nexo colonial monárquico. Al frente de ese proceso ideológico estuvieron las mentes brillantes de varios juristas patrios, padres civiles de la República, una auténtica ilustración vernácula, entre los que descolló la inteligencia de Juan Germán Roscio, Francisco Javier Yanes y Francisco Isnardi.

Café y arte musical en el valle de Caracas

Café y arte musical en el valle de Caracas

POR AQUÍ PASARON

Café y arte musical en el valle de Caracas

     Las líneas que siguen las voy a sustentar con una de las variadas crónicas redactadas por el venezolano Arístides Rojas (1826-1894), quien había estudiado medicina, aunque prefirió dedicar su vida intelectual a exaltar leyendas históricas de cuño venezolanas. Intentó reescribir versiones legendarias y narrarlas de acuerdo con los principios científicos con los cuales se nutrió la historia durante el 1800. Rojas dedicó sus escritos a lo que denominó historia patria. Escogió tradiciones, crónicas y leyendas para el forjamiento de una conciencia histórica nacional. La característica fundamental de sus exposiciones escriturarias fue que las asentó en los orígenes de la nacionalidad. Concepto asociado con principios legales y jurídicos, en conjunto con la noción de nacionalidad como carácter nacional o expresión cultural. Su insistente búsqueda de la nacionalidad o la venezolanidad quedó expresada en el escrutinio del origen de hábitos, costumbres, creencias, leyendas, fábulas, cuentos como expresión de una originalidad o una autenticidad territorial.

     Una de sus crónicas, relacionada con la ciudad capital, la tituló “La primera taza de café en el valle de Caracas” en la que anotó que, a partir de 1728, año cuando se estableció la Compañía Guipuzcoana, se cultivaba en el valle de Caracas algo de trigo, el que hubo de ser abandonado debido a las plagas, así como caña de azúcar, algodón, tabaco. Desde este año comenzó a generalizarse el cultivo del añil y el cacao, principales bienes de exportación. La relación que expuso Rojas fue para demostrar cómo a lo largo del 1800 el café se fue extendiendo en varios lugares de la república. 

     De acuerdo con su testimonio el cultivo del café en este valle se desplegó entre los años de 1783 y 1784, en las estancias de Chacao conocidas con los nombres San Felipe y La Floresta, también denominadas Blandín.

Padre Sojo

     Los propietarios de estos recintos fueron Bartolomé Blandín y dos presbíteros de apellido Sojo y Mohedano. Aunque, inicialmente sus arbustos servían para ornamentación y no para fines de producción e intercambio. Rojas expresó que el padre Mohedano tuvo la iniciativa de plantar el fruto del café, pero la cosecha no fue productiva. Luego los tres mencionados se juntaron para constituir semilleros, a imitación de las prácticas antillanas, con los que lograron una abundante recolección.

     Rojas se tiene como una de los grandes cultivadores de la crónica moderna. La crónica que servirá de base al siguiente esbozo es una fehaciente demostración de su búsqueda por enlazar esferas distintas dentro de una misma situación. En esta oportunidad la asociación que hizo fue la del cultivo cafetero con el arte musical en Caracas. Según sus apuntes, cuando se dio inicio al cultivo del café en el valle, Blandín y Sojo cumplían actividades de relevancia en la filarmónica de la ciudad capital. Por esto asentó que, rememorar el arte musical y el cultivo del café en Chacao servía para evocar “recuerdos placenteros de generaciones que desaparecieron”.

     El padre Sojo y Bartolomé Blandín junto con sus hermanas, Manuela y María de Jesús Blandín, unían en las haciendas de Chacao a los amantes y aficionados al arte musical. Por lo general, las reuniones se llevaban a cabo en el Convento de los Neristas, edificado en 1771 en la esquina denominada Cipreses, siendo uno de sus propulsores el padre Sojo, y en las denominadas haciendas del lado este de la ciudad. Contó Rojas que para el año de 1786 llegaron a Caracas dos naturalistas alemanes, apellidados Bredemeyer y Schultz quienes iniciaron sus excursiones por tierras de Chacao y vertientes del Ávila. De inmediato trabaron amistad con el padre Sojo, en su regreso a su lugar de origen, como muestra de amistad y agradecimiento por el trato recibido, enviaron instrumentos musicales y partituras de Pleyel, Mozart y Haydn. “Esta fue la primera música clásica que vino a Caracas, y sirvió de modelo a los aficionados, que muy pronto comprendieron las bellezas de aquellos autores”.

     Una manera de celebrar el producto proporcionado por el cafeto fue extender una invitación para saborear la “primera taza de café”, entre algunas familias y caballeros de la capital aficionados al arte musical. La casa de Blandín, lugar escogido para el ágape, fue ornada con objetos campestres, en especial, una sala improvisada a la sombra de una arboleda, en cuyos extremos figuraban los sellos de armas de España y de Francia. En su descripción puso de relieve los floreros de porcelana donde se habían colocado arbustos de café. Este encuentro festivo sirvió para celebrar el cultivo de un fruto que formó parte del sustento a la economía del país hasta una porción del 1900. En él se dieron cita las “personas de calidad”, así como los amantes de la música de talante académico bajo la tonalidad armónica de Mozart y Beethoven. “La música, el canto, la sonrisa de las gracias y el entusiasmo juvenil, iban a ser el alma de aquella tenida campestre”.

Casa de los Blandin productores pioneros del cafe en Caracas 1930

     El encuentro incluyó un paseo por el sembradío de cafetales. En horas del mediodía se sirvió un almuerzo. Al concluir la ingesta de las doce se procedió a retirar las mesas dispuestas para ello y sólo quedó la que sirvió de soporte para los floreros con los arbustos de café. Dejó anotado que, al sobrepasar el número de invitados, la familia Blandín se vio en la necesidad de pedir prestadas piezas de vajilla, que de “tono y buen gusto era en aquella época, dar fiestas en que figuran los ricos platos de las familias notables de Caracas”.

     Según escribió, al momento de servir el café, “cuya fragancia se derrama por el poético recinto”, los primeros en probarlo fueron quienes ocupaban la mesa donde estaba Bartolomé Blandín, acompañado de Mohedano, Sojo y Domingo Blandín. Como todas las miradas se posaron en el párroco de Chacao, Mohedano, a este no le quedó otra opción que dirigir unas palabras a la concurrencia. Rojas citó en párrafo aparte que Mohedano agradeció a Dios por ayudar a sostener fértiles los campos, junto a la constancia y la fe de los hombres de buena voluntad. Recordó que había citado a San Agustín para ratificar que éste había expresado que cuando el agricultor, al practicar el arado, confiaba la semilla a la tierra, no temía a la lluvia ni a los rigores de las estaciones, porque las esperanzas divinas se imponían a las contingencias.

     El padre Sojo también expresó su agradecimiento al Creador y a la Providencia por lo obtenido. El padre Domingo Blandín hizo lo propio, al agradecer a Dios por conducir a sus hijos por el camino del deber y del amor a lo grande y a lo justo. Luego de estas cortas disertaciones, jóvenes parejas se dedicaron al baile y la danza. Indicó que el resto de la concurrencia se dividió en grupos. Mientras los jóvenes se habían entregado al son de las melodías musicales, “los hombres serios se habían retirado al boscaje que está a orillas del torrente que baña la plantación”. Rememoró que entre estos últimos la conversación dominante fue la relacionada con los últimos acontecimientos en la América del Norte y de los temores que anunciaban los sucesos que se estaban desarrollando en Francia. 

     Rojas dejó escrito que, en medio de la reunión, Blandín, Mohedano y Sojo recibieron reconocimientos y agasajos por sus logros en materia cafetera. Expresó que el padre Mohedano era originario de Extremadura y que había llegado a Caracas en 1759 como familiar del obispo Diez Madroñero y que, al poco tiempo, recibió las sagradas órdenes como secretario del Obispado. Cuando en 1769 se creó la parroquia de Chacao, se postuló para el curato que obtendría por concurso. Hacia 1798 el monarca Carlos IV lo escogió para ser obispo de Guayana, nombramiento que fue confirmado por Pío VII en 1800. Le correspondió a Monseñor Ibarra su consagración para el año de 1801. Su apostolado no duraría mucho tiempo porque falleció en 1803. Continúa Rojas en su crónica haciendo referencia que a Mohedano se le consideró un gran orador del púlpito y hombre humilde y modesto. Según su percepción el gran interés de Mohedano, manifestado a sus contertulios del momento, era lograr otras buenas cosechas, y con ellas obtener recursos para culminar las obras emprendidas en el templo de Chacao. “Rematar el templo de Chacao, ver desarrollado el cultivo del café y después morir en el seno de Dios y con el cariño de mi grey, he aquí mi única ambición”, contó Rojas que dijo a quienes le deseaban la ocupación más alta de la sede apostólica por las virtudes excelsas mostradas.

     En las líneas esbozadas por Rojas, éste rememoró que catorce años después de aquella fiesta en el campo de Chacao habían fallecido el padre Sojo y el padre Mohedano. Sólo Blandín estaba con vida cuando los sucesos alrededor del 19 de abril de 1810. Anotó que este último acompañó a los patricios venezolanos en las acciones políticas que comienza a transitar la Capitanía General de Venezuela desde este momento. Así su nombre apareció junto con los de Roscio y Tovar. Participó, en calidad de suplente, en la Constituyente de 1811, pero debió huir luego de 1812 y regresó con el triunfo de Bolívar en 1821. Blandín murió en 1835, a la edad de noventa años, y con ello desapareció uno de los tres fundadores del cultivo del café en el valle de Caracas, así como que con su fallecimiento “quedaba extinguido el patronímico Blandaín”, de donde se originó el de Blandín.

     De acuerdo con lo escrito por Rojas, Blandín era el lugar que había recibido la mayor cantidad de visitantes nacionales y extranjeros. Por sus campos habían pasado naturalistas viajeros como Segur, Humboldt, Bonpland, Boussingault, Sthephenson, Miranda, Bolívar y otros protagonistas del 19 de abril de 1810. Agregó que, para el momento de redactar su crónica había transcurrido un siglo de haberse plantado el primer cafeto en Caracas y que aún se conservaba en la memoria de muchos el recuerdo de aquellos tres hombres: Mohedano, Sojo y Blandín. Chacao fue destruido con el terremoto de 1812 pero surgió de los escombros un nuevo templo que ha quedado como ofrenda a Mohedano. Para Arístides Rojas el legado del padre Sojo quedó ratificado con los anales del arte musical en Venezuela, y las campiñas de “La Floresta” bajo el cuidado de sus deudos.

     Recordó que el nombre de Blandín no había desaparecido porque el fruto que era transportado hacia el oeste de la capital, en víspera de su tránsito al puerto de La Guaira, formaba parte de lo que a finales del siglo XVIII fue una próspera actividad económica dentro de las familias de calidad en el centro del país. Tanto La Floresta como San Felipe serían rememorados como lugares donde se sucedieron eventos memorables y, por tanto, “inmortales”, también evocaba el nombre de “varones ilustres” y las virtudes de generaciones ya consumadas, “que supieron legar a lo presente lo que habían recibido de sus antepasados: el buen ejemplo”. Recordó que el apellido Blandín había desaparecido, aunque quedaban los de sus sucesores Echenique, Báez, Aguerrevere y otros que “guardan las virtudes y galas sociales de sus progenitores”.

     Terminó su crónica al rememorar el primer clavecín que apareció para los años de 1772 a 1773 y que para el momento se mantenía el primer piano de espineta que alcanzó tierras venezolanas. Él que luego, junto con las arpas francesas que llegaron para amenizar los conciertos de Chacao, no dejaría de estar presente dentro del cultivo musical. Abogó que para un cercano futuro se extendiera en el museo de un anticuario las escasas banderas y platos del Japón y de China que habían logrado preservarse, después de ciento treinta años de acaecimientos diversos, “así como los curiosos muebles abandonados como inútiles y restaurados hoy por el arte”.

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