POR AQUÍ PASARON

Café y arte musical en el valle de Caracas

     Las líneas que siguen las voy a sustentar con una de las variadas crónicas redactadas por el venezolano Arístides Rojas (1826-1894), quien había estudiado medicina, aunque prefirió dedicar su vida intelectual a exaltar leyendas históricas de cuño venezolanas. Intentó reescribir versiones legendarias y narrarlas de acuerdo con los principios científicos con los cuales se nutrió la historia durante el 1800. Rojas dedicó sus escritos a lo que denominó historia patria. Escogió tradiciones, crónicas y leyendas para el forjamiento de una conciencia histórica nacional. La característica fundamental de sus exposiciones escriturarias fue que las asentó en los orígenes de la nacionalidad. Concepto asociado con principios legales y jurídicos, en conjunto con la noción de nacionalidad como carácter nacional o expresión cultural. Su insistente búsqueda de la nacionalidad o la venezolanidad quedó expresada en el escrutinio del origen de hábitos, costumbres, creencias, leyendas, fábulas, cuentos como expresión de una originalidad o una autenticidad territorial.

     Una de sus crónicas, relacionada con la ciudad capital, la tituló “La primera taza de café en el valle de Caracas” en la que anotó que, a partir de 1728, año cuando se estableció la Compañía Guipuzcoana, se cultivaba en el valle de Caracas algo de trigo, el que hubo de ser abandonado debido a las plagas, así como caña de azúcar, algodón, tabaco. Desde este año comenzó a generalizarse el cultivo del añil y el cacao, principales bienes de exportación. La relación que expuso Rojas fue para demostrar cómo a lo largo del 1800 el café se fue extendiendo en varios lugares de la república. 

     De acuerdo con su testimonio el cultivo del café en este valle se desplegó entre los años de 1783 y 1784, en las estancias de Chacao conocidas con los nombres San Felipe y La Floresta, también denominadas Blandín.

Padre Sojo

     Los propietarios de estos recintos fueron Bartolomé Blandín y dos presbíteros de apellido Sojo y Mohedano. Aunque, inicialmente sus arbustos servían para ornamentación y no para fines de producción e intercambio. Rojas expresó que el padre Mohedano tuvo la iniciativa de plantar el fruto del café, pero la cosecha no fue productiva. Luego los tres mencionados se juntaron para constituir semilleros, a imitación de las prácticas antillanas, con los que lograron una abundante recolección.

     Rojas se tiene como una de los grandes cultivadores de la crónica moderna. La crónica que servirá de base al siguiente esbozo es una fehaciente demostración de su búsqueda por enlazar esferas distintas dentro de una misma situación. En esta oportunidad la asociación que hizo fue la del cultivo cafetero con el arte musical en Caracas. Según sus apuntes, cuando se dio inicio al cultivo del café en el valle, Blandín y Sojo cumplían actividades de relevancia en la filarmónica de la ciudad capital. Por esto asentó que, rememorar el arte musical y el cultivo del café en Chacao servía para evocar “recuerdos placenteros de generaciones que desaparecieron”.

     El padre Sojo y Bartolomé Blandín junto con sus hermanas, Manuela y María de Jesús Blandín, unían en las haciendas de Chacao a los amantes y aficionados al arte musical. Por lo general, las reuniones se llevaban a cabo en el Convento de los Neristas, edificado en 1771 en la esquina denominada Cipreses, siendo uno de sus propulsores el padre Sojo, y en las denominadas haciendas del lado este de la ciudad. Contó Rojas que para el año de 1786 llegaron a Caracas dos naturalistas alemanes, apellidados Bredemeyer y Schultz quienes iniciaron sus excursiones por tierras de Chacao y vertientes del Ávila. De inmediato trabaron amistad con el padre Sojo, en su regreso a su lugar de origen, como muestra de amistad y agradecimiento por el trato recibido, enviaron instrumentos musicales y partituras de Pleyel, Mozart y Haydn. “Esta fue la primera música clásica que vino a Caracas, y sirvió de modelo a los aficionados, que muy pronto comprendieron las bellezas de aquellos autores”.

     Una manera de celebrar el producto proporcionado por el cafeto fue extender una invitación para saborear la “primera taza de café”, entre algunas familias y caballeros de la capital aficionados al arte musical. La casa de Blandín, lugar escogido para el ágape, fue ornada con objetos campestres, en especial, una sala improvisada a la sombra de una arboleda, en cuyos extremos figuraban los sellos de armas de España y de Francia. En su descripción puso de relieve los floreros de porcelana donde se habían colocado arbustos de café. Este encuentro festivo sirvió para celebrar el cultivo de un fruto que formó parte del sustento a la economía del país hasta una porción del 1900. En él se dieron cita las “personas de calidad”, así como los amantes de la música de talante académico bajo la tonalidad armónica de Mozart y Beethoven. “La música, el canto, la sonrisa de las gracias y el entusiasmo juvenil, iban a ser el alma de aquella tenida campestre”.

Casa de los Blandin productores pioneros del cafe en Caracas 1930

     El encuentro incluyó un paseo por el sembradío de cafetales. En horas del mediodía se sirvió un almuerzo. Al concluir la ingesta de las doce se procedió a retirar las mesas dispuestas para ello y sólo quedó la que sirvió de soporte para los floreros con los arbustos de café. Dejó anotado que, al sobrepasar el número de invitados, la familia Blandín se vio en la necesidad de pedir prestadas piezas de vajilla, que de “tono y buen gusto era en aquella época, dar fiestas en que figuran los ricos platos de las familias notables de Caracas”.

     Según escribió, al momento de servir el café, “cuya fragancia se derrama por el poético recinto”, los primeros en probarlo fueron quienes ocupaban la mesa donde estaba Bartolomé Blandín, acompañado de Mohedano, Sojo y Domingo Blandín. Como todas las miradas se posaron en el párroco de Chacao, Mohedano, a este no le quedó otra opción que dirigir unas palabras a la concurrencia. Rojas citó en párrafo aparte que Mohedano agradeció a Dios por ayudar a sostener fértiles los campos, junto a la constancia y la fe de los hombres de buena voluntad. Recordó que había citado a San Agustín para ratificar que éste había expresado que cuando el agricultor, al practicar el arado, confiaba la semilla a la tierra, no temía a la lluvia ni a los rigores de las estaciones, porque las esperanzas divinas se imponían a las contingencias.

     El padre Sojo también expresó su agradecimiento al Creador y a la Providencia por lo obtenido. El padre Domingo Blandín hizo lo propio, al agradecer a Dios por conducir a sus hijos por el camino del deber y del amor a lo grande y a lo justo. Luego de estas cortas disertaciones, jóvenes parejas se dedicaron al baile y la danza. Indicó que el resto de la concurrencia se dividió en grupos. Mientras los jóvenes se habían entregado al son de las melodías musicales, “los hombres serios se habían retirado al boscaje que está a orillas del torrente que baña la plantación”. Rememoró que entre estos últimos la conversación dominante fue la relacionada con los últimos acontecimientos en la América del Norte y de los temores que anunciaban los sucesos que se estaban desarrollando en Francia. 

     Rojas dejó escrito que, en medio de la reunión, Blandín, Mohedano y Sojo recibieron reconocimientos y agasajos por sus logros en materia cafetera. Expresó que el padre Mohedano era originario de Extremadura y que había llegado a Caracas en 1759 como familiar del obispo Diez Madroñero y que, al poco tiempo, recibió las sagradas órdenes como secretario del Obispado. Cuando en 1769 se creó la parroquia de Chacao, se postuló para el curato que obtendría por concurso. Hacia 1798 el monarca Carlos IV lo escogió para ser obispo de Guayana, nombramiento que fue confirmado por Pío VII en 1800. Le correspondió a Monseñor Ibarra su consagración para el año de 1801. Su apostolado no duraría mucho tiempo porque falleció en 1803. Continúa Rojas en su crónica haciendo referencia que a Mohedano se le consideró un gran orador del púlpito y hombre humilde y modesto. Según su percepción el gran interés de Mohedano, manifestado a sus contertulios del momento, era lograr otras buenas cosechas, y con ellas obtener recursos para culminar las obras emprendidas en el templo de Chacao. “Rematar el templo de Chacao, ver desarrollado el cultivo del café y después morir en el seno de Dios y con el cariño de mi grey, he aquí mi única ambición”, contó Rojas que dijo a quienes le deseaban la ocupación más alta de la sede apostólica por las virtudes excelsas mostradas.

     En las líneas esbozadas por Rojas, éste rememoró que catorce años después de aquella fiesta en el campo de Chacao habían fallecido el padre Sojo y el padre Mohedano. Sólo Blandín estaba con vida cuando los sucesos alrededor del 19 de abril de 1810. Anotó que este último acompañó a los patricios venezolanos en las acciones políticas que comienza a transitar la Capitanía General de Venezuela desde este momento. Así su nombre apareció junto con los de Roscio y Tovar. Participó, en calidad de suplente, en la Constituyente de 1811, pero debió huir luego de 1812 y regresó con el triunfo de Bolívar en 1821. Blandín murió en 1835, a la edad de noventa años, y con ello desapareció uno de los tres fundadores del cultivo del café en el valle de Caracas, así como que con su fallecimiento “quedaba extinguido el patronímico Blandaín”, de donde se originó el de Blandín.

     De acuerdo con lo escrito por Rojas, Blandín era el lugar que había recibido la mayor cantidad de visitantes nacionales y extranjeros. Por sus campos habían pasado naturalistas viajeros como Segur, Humboldt, Bonpland, Boussingault, Sthephenson, Miranda, Bolívar y otros protagonistas del 19 de abril de 1810. Agregó que, para el momento de redactar su crónica había transcurrido un siglo de haberse plantado el primer cafeto en Caracas y que aún se conservaba en la memoria de muchos el recuerdo de aquellos tres hombres: Mohedano, Sojo y Blandín. Chacao fue destruido con el terremoto de 1812 pero surgió de los escombros un nuevo templo que ha quedado como ofrenda a Mohedano. Para Arístides Rojas el legado del padre Sojo quedó ratificado con los anales del arte musical en Venezuela, y las campiñas de “La Floresta” bajo el cuidado de sus deudos.

     Recordó que el nombre de Blandín no había desaparecido porque el fruto que era transportado hacia el oeste de la capital, en víspera de su tránsito al puerto de La Guaira, formaba parte de lo que a finales del siglo XVIII fue una próspera actividad económica dentro de las familias de calidad en el centro del país. Tanto La Floresta como San Felipe serían rememorados como lugares donde se sucedieron eventos memorables y, por tanto, “inmortales”, también evocaba el nombre de “varones ilustres” y las virtudes de generaciones ya consumadas, “que supieron legar a lo presente lo que habían recibido de sus antepasados: el buen ejemplo”. Recordó que el apellido Blandín había desaparecido, aunque quedaban los de sus sucesores Echenique, Báez, Aguerrevere y otros que “guardan las virtudes y galas sociales de sus progenitores”.

     Terminó su crónica al rememorar el primer clavecín que apareció para los años de 1772 a 1773 y que para el momento se mantenía el primer piano de espineta que alcanzó tierras venezolanas. Él que luego, junto con las arpas francesas que llegaron para amenizar los conciertos de Chacao, no dejaría de estar presente dentro del cultivo musical. Abogó que para un cercano futuro se extendiera en el museo de un anticuario las escasas banderas y platos del Japón y de China que habían logrado preservarse, después de ciento treinta años de acaecimientos diversos, “así como los curiosos muebles abandonados como inútiles y restaurados hoy por el arte”.

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