Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte II)

Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte II)

OCURRIÓ AQUÍ

Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte II)

Tras el macabro hallazgo, bomberos y policías trasladan a la morgue los restos de Iribarren Borges

El jueves apareció el carro

     Las centrales de policía recibieron llamadas, pero eran imprecisas. Las patrullas corrían tras ellas en busca de una pista. Los allanamientos estaban a la orden del día. El jueves a las 3 y media de la tarde, cuando ya habían pasado 31 horas de la desaparición del doctor Julio Iribarren Borges, el 80, número de la Policía Municipal de Caracas, recibió un llamado: “El Cadillac que ustedes tanto buscan está en Coche, no lejos del liceo Pedro Emilio Coll”. El operador quiso conseguir más detalles, pero el que llamaba ya había colgado.

     Inmediatamente se dio la nueva a las patrullas. Las 5 que andaban por el sector no tardaron en confirmar que el que había llamado no había mentido. A 300 metros del liceo de Coche se hallaba el Cadillac que Iribarren Borges manejaba en el momento en que desapareció. No tenía las placas B7-18-22 sino las A3-74-33, que cuando se revisó los libros de la Dirección Nacional de Tránsito, también estaban a nombre de Julio Iribarren Borges. Y entonces se aclaró un error. Las placas señaladas el día anterior pertenecían a un Mercedes Benz de la familia, que con el nerviosismo, habían sido dadas a la policía.

     El carro fue remolcado hasta el estacionamiento de la PTJ con todos los cuidados para no perder detalles y huellas que los secuestradores pudieron dejar. En la guantera no encontraron ningún objeto que les señalara una pista. Solo un mapa de Caracas. Pero había una posibilidad. Algunos datos dados por teléfono decían que los secuestradores estaban por el lado sur de la ciudad de Caracas. El que hubieran dejado el carro abandonado por allí significa que los datos no eran peregrinos del todo. Había que seguir con los allanamientos.

     Cuando, los reporteros  les preguntaban a los funcionarios policiales cuántos habían hecho hasta esa tarde, contestaban: “Yo  creo que pasan de 400”. Pero Iribarren Borges seguía sin aparecer. Su hermano, el Canciller, Ignacio iribarren Borges, despues de asistir a la Conferencia de Cancilleres celebrada en  Buenos Aires, estaba en Brasil y allí se había enterado de la ingrata noticia. Tenía proyectado permanecer varios días en el país carioca, pero ahora cuando su hermano había desaparecido, adelantó su regreso para el viernes 3 de marzo.

     Personalidades de todos los sectores seguían acudiendo a la quinta “San Judas Tadeo”, donde Julito no dejaba de llorar, de dar mensajes para los secuestradores de su padre pedir que no le hicieran nada. Entre los visitantes de la señora Chichí de Iribarren estuvo el Cardenal Humberto Quintero. Cuando los reporteros le preguntaron su opinión sobre el secuestro, dijo: “Quiero aprovechar la visita a la familia del doctor Iribarren Borges para hacer un llamado a los secuestradores a fin de que procuren ponerle fin a la inmensa angustia en que se encuentra la mamá, señora honorable y de avanzada edad, así como también su esposa”. Y agregó: “En nombre de Dios hago este llamado con tono paternal, puesto que, como arzobispo de Caracas, soy padre espiritual de la familia venezolana y de los secuestradores”.

     Pero los secuestradores que en otro tiempo dejaron en libertad al futbolista Di Stefano y a los coroneles Smolen y Chenault, esta vez buscaban otro propósito. En los anteriores secuestros, todo había sido publicidad. Ahora el secuestro había sido para producir terror

 

El hallazgo macabro

 

     El viernes 3 de marzo las cosas no habían cambiado demasiado. La policía, como siempre, decía que a través de las huellas encontradas en el vehículo esperaban llegar hasta los secuestradores, a dos de los cuales ya tenían identificados. Incluso se habló de un oficial que, hace unos años, se fugó del Cuartel San Carlos.

     Pero pistas concretas no había. Las llamadas a la misma casa del secuestrado decían que sería puesto en libertad en el curso de la tarde. Esas llamadas decían que los que habían llevado a cabo el secuestro eran las Unidades Tácticas Urbanas, y que Máximo Canales (Paul del Rio) no había intervenido en ellas.

     Las llamadas comenzaron a ser precisas a las 5 y media de la tarde del viernes. A los diarios y a las radios llamaban diciendo que si querían encontrar al doctor Iribarren Borges que lo buscaran en una quebrada cerca de la entrada de Pipe, al borde de la carretera Panamericana. Los periodistas recibieron las llamadas y corrieron hacia el sitio señalado. Los policías también habían recibido llamadas en el mismo sentido y cuando llegaron al lugar, la primera patrulla de la Digepol ya había llegado.

     Desde ese momento se llevó a cabo una búsqueda que las sombras de la  tarde, y luego la oscuridad de la noche, hicieron más sigilosa. Policías y periodistas buscaban entre los matorrales y, cuando la claridad desapareció, debieron alumbrarse el camino con linternas.

     Lo único que sabían era que el doctor Iribarren Borges estaba en una quebrada, cerca de la entrada a Pipe. Las quebradas eran examinadas y los ranchos también. Los campesinos que hallaban eran detenidos preventivamente. Los agentes de la Digepol avanzaban con demasiadas precauciones. Temían una emboscada y, para evitar sorpresas, hasta se habían puesto de acuerdo en un santo y seña.

     La búsqueda duró unas dos horas y media. Y fue un chofer de un diario el que divisó, más allá de una brecha entre la maleza, una pantufla. Cuando se acercó vio el cuerpo sin vida de Julio Iribarren Borges.

     El espanto y el horror fueron las primeras reacciones de esos hombres, acostumbrados a las escenas terribles. Antes de tocar el cuerpo del abogado que había sido muerto a tiros, llamaron a un especialista en desmontaje de bombas para evitar sorpresas. Ese funcionario se encargó de revisar los bolsillos de Iribarren Borges. Este fue quien le halló sus anteojos en uno de los bolsillos interiotres de la chaqueta. Y el que le soltó las manos, que tenía entrelazadas sobre el pecho.

Todos condenan el crimen

 

     Desde que se confirmó la noticia de que Iribarren Borges había sido asesinado por sus captores, el ambiente de Caracas volvió a enrarecerse. Todas las personas entrevistadas por los reporteros de radios y diarios decían que se trataba de algo terrible y cobarde. Iribarren Borges no había sido un hombre de partido, ni siquiera era líder de su calle. Era un hombre independiente que había sido funcionario del gobierno y que había tenido sus inconvenientes como todo el mundo por mantenerse firme en sus ideas.

El presidente Raúl Leoni llora la muerte de su entrañable amigo Julio Iribarren Borges

     El canciller Ignacio Iribarren Borges habían regresado al país poco después de las 5 de la tarde. Había ido inmediatamente a saludar a su afligida cuñada. Horas después debía volver a darle el pésame.

     Cuando las noticias ya no dejaron lugar a dudas, líderes políticos de todos los partidos fueron a la casa de Iribarren Borges a darle el pésame a su viuda y sus familiares. El presidente Leoni también fue una vez más a la quinta de la Avenida principal del Country Club.

     Las radios emitían noticias hasta después de la media noche. A esa hora desde la Televisora Nacional, se produjo una transmisión en cadena. Habló el ministro de Relaciones Interiores, Reinaldo Leandro Mora. Muchas radios que esperaban hacer cadena con Radio Nacional se quedaron esperando y cuando supieron que el ministro de había dirigido al país desde otra emisora, su comunicado había terminado. Leandro Mira dijo que cerca del cadáver de Iribarren Borges habían sido halladas hojas de propaganda del FALN, donde decían que desatarían una ola de terror. “Por cada hombre que nos maten ultimaremos 3 del gobierno”, habían dicho esos comunicados en noviembre del año pasado. El ministro del Interior terminó su alocución con estas palabras: “El Gobierno quiere advertir claramente que realizará todos los esfuerzos posibles para que los asesinos del doctor Iribarren Borges sean castigados con todo el peso de la Ley, y al mismo tiempo hace un llamado sereno y firme, a todos los sectores que forman parte de la colectividad de que es hora de definiciones terminantes en beneficio de la República que todos anhelamos construir”.

     Una interminable caravana de automóviles acompañó a Iribarren Borges a su última morada el sábado 11 de marzo de 1967. A esa hora los policías y los periodistas seguían examinando el sitio donde había sido cobardemente asesinado el ex Director de los Seguros Sociales. Cuando los reporteros de “Élite” volvieron al lugar, los policías ya había limpiado el sitio de maleza y no querían que nadie se acercara. Esperaban conseguir la bala que había ultimado al médico valenciano.

     Los diarios de la tarde iban a publicar lo que el presidente Leoni y sus ministros habían acordado de una a 3 de la mañana, en La Casona: Las garantías, recién restituidas, volvieron a ser suspendidas, parcialmente. El ministro Leandro Mora llevó los decretos el sábado por la tarde.

 

Información tomada de la revista Élite. Caracas, N° 2.164 18, marzo de 1967; Separata de 8 páginas

Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte I)

Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte I)

OCURRIÓ AQUÍ

Secuestro y asesinato de Julio Iribarren Borges (Parte I)

     El viernes 3 de marzo de 1967 fue hallado en las inmediaciones de una quebrada cercana a la carretera Panamericana, el cuerpo del médico Julio Iribarren Borges, ex director del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, quien fue secuestrado por integrantes del movimiento guerrillero Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) en la urbanización caraqueña de los Palos Grandes, la mañana del miércoles 1 de marzo.

     Desde La Habana, Cuba, el 4 de marzo, Elías Manuitt Camero, un ex capitán del ejército venezolano, convertido en comandante guerrillero de las FALN, emitió declaraciones atribuyéndole el vil asesinato a su organización como “aplicación de justicia revolucionaria sobre un alto personero del gobierno, cómplice de engaño, de los desafueros que se cometen con los obreros venezolanos a través del Seguro Social Obligatorio, que hasta hace pocos días él dirigió, donde además realizó labor de espionaje y delación en favor de la DIGEPOL”. 

     Fidel Castro, gobernante comunista cubano, negó vínculos con el asesinato, mientras la plana mayor del movimiento subversivo-terrorista venezolano anunció que tomaría medidas contra los autores del crimen, que provocó que el gobierno nacional dictara una nueva medida de suspensión de garantías.

      La revista caraqueña Élite, en su edición del 18 de marzo, presentó una detallada crónica del secuestro y asesinato del doctor Julio Irribarren Borges, hermano de Ignacio Iribarren Borges, quien para entonces era el canciller de la República, la cual transcribimos a continuación:

El día anterior secuestraron a un comerciante al confundirlo con Iribarren

     El abogado Julio Iribarren Borges desapareció la mañana del miércoles 1° de marzo, mientras su esposa hacía las compras en un mercado del este de la ciudad. Pero la historia espeluznante había comenzado en realidad el día anterior. El martes 28 de febrero, poco antes de las 8 de la mañana, un hombre alto, de unos 50 años y de rostro arrugado, detuvo su Chevy II de color azul frente al edificio Saint-Morris, en el cruce de la calle Andrés Bello con la Segunda transversal de los Palos Grandes. El conductor esperaba distraído a uno de los hombres que trabaja con él en la firma Fitzer en Los Ruices. Entonces se le acercaron dos muchachos, que no querían preguntarle la hora, precisamente: “¡Córrase hacia el centro!”, le dijeron mientras uno le mostraba un revólver. Joaquín M. Portas, que así se llamaba el asaltado, no tuvo más que obedecer. Inmediatamente le pasaron unos anteojos que tenían adhesivos negros por dentro. Le colocaron esparadrapo en los ojos y le dijeron: “Póngase los anteojos”. Y como si eso no bastara, enseguida le pasaron un periódico: “Lea”. Y Portas tuvo que sujetar el diario en sus manos, como si la noticia que miraba lo tuviera muy entretenido, porque sentía el cañón del arma en sus costillas.

     Portas ha contado que lo llevaron por un lugar donde el tráfico estaba muy congestionado. Luego sintió el aire en su cara y el sonido de los cauchos, señal inequívoca de que iban por una autopista, a gran velocidad. Después metieron el carro por un campo tortuoso que lo hacía saltar en el asiento. Lo hicieron bajar, lo tomaron de un brazo y caminaron con él a través de un cerro. Cuando bajaron a una quebrada, lo registraron. Hallaron sus papeles. Portas oyó que uno decía: ¡” Qué broma”! Este no es el doctor Iribarren Borges. Eso, sin embargo, no cambió la situación de Portas. Permaneció en la quebrada como hasta las 3 de la tarde. Habían pasado 7 horas que a él le parecían más largas que todos los años que había vivido. Uno de los secuestradores le dijo entonces que lo iban a dejar libre, que no intentara salir antes de 20 minutos, porque le podía pesar. Portas dijo que no podía saber cuánto tiempo permaneció allí, porque le habían quitado no solo los documentos, sino también el reloj. Le contestaron: “Sus cosas se las dejaremos en la guantera de su carro. Para que no se cree problemas, cuente sin apuro, hasta 500, y entonces se saca la venda”. Portas dijo que haría eso. Cuando pasaron unos minutos se sacó el adhesivo de sus ojos y en el primer instante creyó que no podía ver. Después se dio cuenta de que estaba en una quebrada. Un sendero lo condujo hacia la carretera. Estaba cerca de Los Teques; Se aproximó allí y puso la denuncia.

     La policía no alcanzó a investigar ni a prevenir. A las 8 de la mañana del día siguiente fue secuestrado Julio Iribarren Borges.

Secuestrado el Dr. Iribarren Borges

 

     Julio Iribarren Borges, después de la larga batalla que dio por la ley del Seguro, había quedado agotado. Cuando nombraron una nueva directiva del IVSS, decidió descansar un tiempo antes de aceptar un nuevo cargo público o volver a su profesión de médico. Había pensado viajar a España por 3 meses. La noche del martes 28 de febrero salió a buscar distracción. Estuvo en el night club donde José Feliciano arrancaba aplausos. Por eso se acostó tarde. La mañana del miércoles se hubiera quedado en la cama hasta tarde, de no haber tenido que llevar a Julito y Cristina, sus hijos de 9 y 8 años, a sus colegios. Miguel Nai, el chofer de la familia, podía haber hecho eso, pero él se había acostumbrado a ello, y además, después de las 7 de la mañana jamás podía dormir. Su esposa, Chichí Sucre de Iribarren, decidió ir con él y pasar por un mercado. Julio Iribarren Borges no pensaba bajarse de su Cadillac modelo 1954 y por eso no se puso zapatos. Para no llamar la atención se puso un flux gris claro sobre el piyama con flores, y salió en pantuflas a ponerse al volante de su automóvil.

     De su residencia, la quinta “San Juda Tadeo”, ubicada en la avenida principal del Country Club, la familia salió poco antes de las 8 de la mañana del miércoles 1° de marzo de 1967. En el asiento delantero iba el matrimonio y, atrás, los dos hijos, y Juanita, una muchachita de uno de los servicios de la casa. Los niños iban a ser dejados en los colegios San Juan Bautista y San Ignacio de Loyola. Julito, sin dejar de moverse en el asiento trasero, vio que 3 hombres jóvenes los seguían en un auto deportivo rojo: “Los dos que iban en los asientos delanteros me parecieron bien jóvenes; el que iba atrás, en cambio, me pareció más viejo. Yo le dije a papá que esos hombres parecían estarnos siguiendo. Él me contestó que no me dejara influenciar por la televisión”. El muchacho dice que los del auto los siguieron siempre, que él los vio, hasta que se bajó en el Colegio San Ignacio de Loyola. “El carro tenía una parrilla, y sobre ella, los hombres llevaban una bolsa de papel. Tal vez allí llevaban sus pistolas y la cuerdas para atar a mi padre. Pero, ¿por qué lo hicieron?” Y el muchacho que cursa tercer grado volvió a sollozar.

     Después de haber dejado a los colegiales, el matrimonio Iribarren-Sucre se dirigió a Los Palos Grandes. Iribarren Borges detuvo su carro frente a los edificios “Lassie” y “Pinale”, en la esquina de la Primera Avenida y Primera Calle de Los Palos Grandes. La señora Chichí de Iribarren se bajó para hacer unas compras en el supermercado “La  Lucha”. Su marido se quedó en el auto, sentado al volante.

     Unos 20 minutos después, cuando salió con su bolsa de víveres, por la que había pagado 51 bolívares y 15 céntimos al cajero José Rodríguez, no vio el carro donde había quedado estacionado. Aunque a esa hora, por allí no había tanto tráfico, pensó que su marido se había aburrido esperándola y estaba dándole vuelta a la manzana para entretenerse. Lo esperó en la esquina más de 5 minutos y cuando el Cadillac negro no apareció, comenzó a impacientarse. Recordó que, a raíz de la ley del Seguro Social, su esposo había sido amenazado por voces anónimas, más de una vez. Recordó también que el 24 de diciembre del año pasado, entre los presentes mandados a su marido había una vela de regular tamaño con una tarjeta fúnebre que decía: “Tus días están contados”. Doña Chichí Sucre de Iribarren  regresó al supermercado y preguntó si su marido había pasado buscándola. Le dijeron que no. Ella llamó entonces a su casa y de allí le contestaron que el señor no había regresado.

El Cadillac negro que conducía Iribarren Borges al momento de su secuestro

     Después de esperar unos minutos más, ella volvió a su casa en un taxi y cuando había pasado más de una hora y su marido no la llamaba, ella llamó a la policía. Si él hubiera salido vestido, su desaparición lo habría extrañado menos. Pero así, con pantuflas, y el piyama asomándosele por debajo del pantalón, no podía ir a ninguna parte. Era posible que hubiera sido asaltado.

     Desde ese mismo momento las policías de Caracas, bajo un comando unificado, comenzaron a buscar al ex Director de los Seguros Sociales. Buscaban un Cadillac negro, placas B7-18-22.

     A las diez de la mañana, la presunción se había convertido en una certeza y la esposa de Iribarren, víctima de una gran crisis nerviosa, no podía atender a los policías y periodistas.

     Mientras las patrullas recorrían la ciudad de Caracas y sus alrededores y eran visitados los estacionamientos, a la quinta “San Judas Tadeo” comenzaron a llegar los amigos de la familia. A la una y media de la tarde del miércoles, llegó a la quinta el presidente Leoni y su esposa. La señora de Iribarren Borges, sollozando, les dijo: “Estoy loca con esto que está pasando”. El presidente Leoni la consoló. Toda la policía buscaba a su marido. Quienes lo tuvieran secuestrado lo pondrían luego en libertad, cuando supieran que detectives y guardias nacionales les pisaban los talones.

      Pero el miércoles terminó sin que la policía tuviera la menor pista. En otras oportunidades, los secuestradores, miembros de una  organización clandestina, se habían apresurado a llamar a las radios, dando la nueva. Esta vez no. En otras oportunidades los policías habían conseguido luego el carro utilizado en la operación. Esta vez el Cadillac tampoco aparecía.

 

Información tomada de la revista Élite. Caracas, N° 2.164 18, marzo de 1967; Separata de 8 páginas

La tragedia de Santa Teresa

La tragedia de Santa Teresa

OCURRIÓ AQUÍ

La tragedia de Santa Teresa

Portada edicion extra del diario El Nacional 10 de abril de 1952

    Casualidad o castigo divino, no lo sabemos, pero el Miércoles Santo no ha sido un día de buenos recuerdos en la historia de la Basílica de Santa Teresa, iglesia caraqueña construida en 1870, bajo el mandato del entonces presidente de la República Antonio Guzmán Blanco e inaugurada con el nombre de Santa Ana, en recuerdo de su esposa Ana Teresa, nombre que perduró hasta 1876, cuando fue cambiado por el de Santa Teresa. El templo, ubicado entre las esquinas de La Palma y Santa Teresa, fue diseñado por el arquitecto venezolano Juan Hurtado Manrique (1837-1896).

     El 26 de marzo de 1902, Miércoles Santo, ocurrió en esta iglesia una tragedia, pero de menor proporción a la que padeció 50 años más tarde.

     La mañana de ese 26 de marzo, la Basílica de Santa Teresa se encontraba plena de feligreses, quienes escuchaban con atención la Santa Misa. De repente se escuchó un grito: “¡Misericordia, temblor!”. La muchedumbre comenzó a correr de un lado para otro, presa de pánico, todos querían salir al mismo tiempo. Minutos más tarde, no quedó nadie en el templo, (…) “sólo quedó el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas”, tal y como lo relató José García de La Concha en su admirable libro “Reminiscencias: Vida y costumbres de la vieja Caracas”.

     La prensa de la época calculó en unos 30 los heridos y algunos medios hablaron de dos mujeres fallecidas. Oficialmente nunca hubo cifras de lesionados ni muertos. Lo que si resaltó en los periódicos de entonces fue el nerviosismo que aun persistía en la mayor parte de la población, luego del terremoto que azotó a la ciudad dos años antes, el 29 de octubre de 1900. El diario La Religión insinuó, en más de una ocasión, que lo ocurrido el Miércoles Santo del 26 de marzo de 1902 se debió al trauma que un padecía el caraqueño por el terrible sismo de 1900. “La población está aún muy alterada, muy nerviosa por el inolvidable movimiento telúrico que causó terror y muchas muertes”.

El grito trágico de 1952 

 

    La madrugada del 9 de abril de 1952, Miércoles Santo, una multitud estaba aglomerada en las puertas de la Iglesia Santa Teresa, en pleno centro de Caracas, esperando a que abrieran las puertas para entrar y cumplirle una promesa al Nazareno de San Pablo o rendirle espontáneo homenaje a este Cristo milagroso de túnica morada.

     También había un gentío en torno a los puestos de venta de velas, yerbas e imágenes colocados en diversas partes de la plazoleta contigua a la basílica. Sobre cajones volteados se estableció un pequeño comercio que constituye parte de la tradición.

     El fluir de fieles es constante. Figuras heladas por el frío, envueltas en abrigos negros, arrastrando un niño; ancianos de paso lento; jóvenes de ojos hinchados por el reciente esfuerzo de vencer el sueño, madres con su hijo dormido en brazos, pequeños nazarenos inocentes vestidos de morado; señores impecables acompañados de sus esposas; familias enteras en grupo estrecho para no extraviarse, todos vienen desembocando frente a Santa Teresa unidos por el mismo llamado de la fe. Unos traen su velita en la mano; otros se apresuran a comprarla en la bulliciosa plazoleta o en todos los puestos establecidos alrededor del templo, que aún sigue cerrado.

Nazareno de San Pablo

El templo abre sus puertas 

 

     El encendido de las luces del interior de la iglesia parece ejercer una atracción misteriosa. La multitud se amontona en la puerta principal, que a las 2 de la madrugada abrió sus gigantescos portones lentamente. Poco después la plazoleta quedó vacía, con papeles regados como restos de una merienda en el campo, y esparcidos, los cajones de mercancía escoltados por sus dueños.

Los feligreses en la misa del tragico Miercoles Santo

     Continúan llegando los fieles ordenadamente, compran su velita en el puesto elegido, y la iglesia de Santa Teresa se va llenando poco a poco hasta los topes, hasta que no haya lugar para uno más; pero seguirá entrando más gente.

     El templo estaba completamente lleno. Lleno de fieles y velitas encendidas.

     Todo se desarrollaba normalmente. A las 4:30 de la mañana, el padre Hortensio Carrillo inició la misa desde lo más alto del púlpito, al tiempo que algunos regresaban ya a sus hogares después de la ofrenda de su devoción; otros llegaban para rendir su homenaje al Nazareno. Como todos los años, el flujo y reflujo silencioso de fieles era constante. Moverse de un lugar a otro dentro para encender una vela prometida se hace muy difícil. La capacidad del templo ha quedado reducida este año. La nave lateral derecha fue clausurada por normas de seguridad. La puerta que da acceso a esa nave fue cerrada. El movimiento de entrada y salida se realizaba con mucha dificultad.

     La apacible muchedumbre se encontraba apretujaba. Había mucho humo producto de las velas encendidas. El rumor de plegarias y conversaciones en voz baja, movimientos de bancos, toses y lloriqueos de niños se confundían por momentos con las palabras del padre Carrillo.

     De pronto, una voz agria y masculina grito FUEGO. Al principio hubo un instante de incertidumbre y confusión, pero de inmediato se precipitó el pánico.

     El padre Carrillo reclamaba serenidad, pero no lo escuchaban. En incontrolable estampida, provocada por un terror irracional, la multitud se atropellaba en búsqueda de alguna salida o vía de escape. Oponiéndose a ese terrible oleaje humano que no tenía otro objetivo que huir de ese recinto, otra ola pugnaba por entrar en el templo, queriendo averiguar la razón de aquel espantoso tumulto. Al pie de ese choque brutal fueron quedando los más débiles: niños, mujeres, ancianos, enfermos y discapacitados, muchos asfixiados, con los cráneos rotos, los pechos hundidos, rostros ensangrentados, inmóviles, sin vida.

     La policía rompió los paneles de la puerta lateral derecha, y grupos de personas alocadas salieron disparadas del templo, llenando de sollozos, gritos y heridos la plazoleta. El precio de este pánico colectivo fue horrible. La Iglesia Santa Teresa y sus alrededores quedaron sembrados de cuerpos sin vida envueltos en sus túnicas moradas.

     Los medios de socorro se movilizaron de inmediato. Los heridos recibieron atención inmediata. Los muertos fueron trasladados al Hospital Vargas y al Puesto de Socorro, en la esquina de Salas, justo donde hoy se encuentra el edificio sede principal del Ministerio de Educación. 

     Muchos niños perdieron a sus padres y lloraban desconsoladamente en algún rincón del templo o de una de las oficinas de la comandancia de policía, cercana al lugar de la tragedia.

     Dentro del templo y fuera de él se recogieron un montón de piezas de calzado, peinetas, dentaduras postizas, carteras, lentes y pañoletas, entre otras muchas cosas.

     El tétrico balance arrojó 49 muertos, entre ellos 24 menores, y más de un centenar de heridos. La Junta de Gobierno, presidida entonces por el doctor German Suárez Flamerich, decretó tres días de duelo nacional.

Heridos siendo trasladados al Hospital Vargas

Las causas de la tragedia

 

     Todo el mundo hizo conjeturas en torno al origen de la tragedia. El padre Carrillo atribuyó al hecho un propósito criminal: “Se oyó un grito, un grito lanzado con propósitos criminales: ¡Incendio!”. A su juicio, el grito salió de un lugar de la nave izquierda. No hubo, sin embargo, ningún incendio.

     La policía interrogó a más de 100 feligreses, a sacerdotes y monaguillos. También indagaron entre los vendedores ambulantes que estaban en la plazoleta.

     Nunca se pudo averiguar con plena certeza que fue lo que motivo la estampida de los feligreses, o en todo caso, jamás se supo de quien fue la voz que grito fuego o incendio.

El padre Hortensio Carrillo

     No obstante, la dictadura culpó a la oposición de haber organizado un ataque terrorista. Y el entonces recién nombrado director de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, comenzó una cacería de brujas. Acusó a los dirigentes de Acción Democrática Alberto Carnevalli y Leonardo Ruiz Pineda de haber diseñado un plan terrorista que incluía el asesinato del ministro de la Defensa, coronel Marcos Pérez Jiménez.

     Designó a Aníbal Rojas, jefe de la Brigada de Homicidios de la Seguridad Nacional, para que, al frente de un centenar de hombres, esclareciera los hechos. El presidente Suárez Flamerich, por su parte, se dedicó a visitar a los heridos en los puestos asistenciales y ordenó el pago de una indemnización vía beneficencia pública a aquellas sobrevivientes que hubiesen perdido a sus esposos en la tragedia.

     Semanas más tarde, Rojas reveló que la tragedia de la Iglesia Santa Teresa se produjo cuando una devota, de avanzada edad, rozó con el velo que llevaba en la cabeza una de las velas, incendiándose este, provocando una fugaz llamarada que indujo a que alguien creyera que se propagaba un incendio y diera la voz de alarma, generando toda la lamentable confusión y el pánico colectivo. Con esta versión de los hechos, se cerró el expediente de uno de los sucesos más lamentables en la historia de la Venezuela del siglo XX.

Fuentes consultadas

 

Elite. Caracas, N.º 1384, sábado 19 de abril de 1952
La Esfera. Caracas, sábado 12 de abril de 1952

García de La Concha, José. Reminiscencias: Vida y costumbres de la vieja Caracas. Caracas: Grafos, 1962

El alma llanera “pegó” desde el primer día

El alma llanera “pegó” desde el primer día

OCURRIÓ AQUÍ

El alma llanera “pegó” desde el primer día

     En el Teatro Caracas, inaugurado en 1854 y ubicado entre las esquinas de Veroes a Ibarras, nunca se había visto nada igual como lo que presenciaron los caraqueños la noche del sábado 19 de septiembre de 1914, cuando se estrenó la primera zarzuela nacional, “con verdaderas escenas de la vida de las sabanas venezolanas a las riberas del Arauca”.

     La obra fue montada como una pieza de teatro con el nombre de Alma Llanera: Zarzuela en un cuadro, con un guión conformado por 29 páginas. La escenografía estuvo a cargo de Leoncio Martínez, quien más tarde se convertiría en un célebre poeta y humorista.

     En esa ocasión, la obra fue interpretada por músicos de la Compañía española de Matilde Rueda y la Compañía de Opereta de Manolo Puertolas, cuyo nombre resaltaba en las marquesinas del Teatro y gozaba de mucho prestigio en Venezuela.

     El joropo “Alma Llanera” se convirtió desde entonces en uno de los símbolos musicales de Venezuela; en el himno popular de Venezuela.

     La obra fue escrita por el conocido periodista aragüeño Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) y musicalizada por el extraordinario compositor guaireño Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954), director de la Banda Marcial del Distrito Federal para ese momento.

Pedro Elias Gutierrez compositor de la musica de Alma Llanera

     Los actores que participaron en el reparto del estreno fueron Jesús Izquierdo, Rafael Guinand, Matilde Rueda, Lola Arellano, Emilia Montes, María Argüelles y un negrito llamado Mamerto, quien, con su liquiliqui blanco, sombrero de cogollo y alpargatas, bailó joropo con un ritmo único, que le dio un toque especial a la presentación.

     Aun cuando la obra no fue del total agrado de los espectadores, la música y la canción interpretada por la soprano Matilde Ruedas impactó de tal manera a los asistentes que, muchos de ellos, salieron esa noche del teatro coreando un estribillo que decía: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador; soy hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol… y del sol”.

Rafael Bolivar Coronado autor de la letra Alma Llanera

    A su autor, Bolívar Coronado, tampoco le gustó la obra. Según comenta el insigne escritor venezolano Oscar Zambrano Urdaneta, “esa noche ocurrió algo muy curioso. Cuando ya la representación llegaba a su fin, Bolívar Coronado, que se hallaba disimulado entre el público, salió apresuradamente del teatro. Concluida la zarzuela el público pidió que su autor saliera a las tablas. Naturalmente aquel no se presentó, puesto que se hallaba ausente desde hacía unos momentos. Al día siguiente, cuando sus amistades le reclamaron aquella sorpresiva huida, por toda explicación respondió –Me fui porque imaginé que el público me iba a silbar”.

     La obra no se presentaría más sino a finales de año en un homenaje que se le rindió al actor venezolano Teófilo Leal, en el Teatro Municipal. Luego, a partir de 1915, la conocerían en el interior del país, donde también la música y letra de la canción cautivaron a los auditorios.  

     Meses más tarde del estreno de la obra, Pedro Elías acordó con Bolívar Coronado interpretar la música y la canción Alma Llanera en conciertos públicos. Así lo hizo y con la Banda Marcial de Caracas se presentó en diversos lugares de la ciudad, incorporando en su repertorio la mencionada pieza musical que, rápidamente, se fue haciendo muy popular. El 31 de diciembre de 1914, los caraqueños despidieron el año en la plaza Bolívar escuchando el Alma Llanera.

     Para 1917, la notoriedad que había alcanzado el Alma Llanera era tal, que fue incluida en las pianolas y organillos.  

     Desde entonces, Alma llanera ha sido interpretada por diferentes artistas nacionales e internacionales, siendo el tema más importante del cancionero popular venezolano. Entre los grandes artistas extranjeros que la han interpretado destacan Xavier Cugat, Jorge Negrete, Julio Iglesias, Plácido Domingo, Pedro Fernández y Gilberto Santa Rosa, entre muchos otros. He aquí la letra de la famosa pieza musical:

ALMA LLANERA

 

Yo nací en esta ribera
del Arauca vibrador
soy hermano de la espuma
de las garzas, de las rosas
Y del sol
Y del sol

 

Me arrulló la viva diana
de la brisa en el palmar
y por eso tengo el alma
como el alma primorosa
Del cristal
Del cristal

 

Amo, lloro, canto, sueño
con claveles de pasión
para ornar las rubias crines
al potro de mi amador.

 

Yo nací en esta ribera
del Arauca vibrador;
soy hermano de la espuma,
de las garzas, de las rosas
Y del sol
Y del sol

     El texto refleja un sentimiento de respeto y arraigo con la patria venezolana, en tanto que la música es netamente nacional, sacada de los aires del pueblo, con toda la vibrante emoción que se contagia a los nervios. Por ello, la pieza caló con rapidez en la memoria de la gente que, con el pasar de los años, comenzó a considerarla como un segundo himno nacional.

     Según el historiador Oldman Botello, fueron las llanuras de Apure y los alrededores de El Yagual, los escenarios que sirvieron de inspiración para que Bolívar Coronado diera vida a esta composición poética.

      Cuentan que fue en la Semana Santa del año 1913, al ir a visitar a su cuñado enfermo en una hacienda al sur de Villa de Cura, cuando el joven aragüeño escribió la reconocida canción.

Un escritor incansable

 

     Rafael Bolívar Coronado, quien nació en Villa de Cura, estado Aragua, el 6 de junio de 1884, estudió tan solo hasta sexto grado de primaria. No obstante, tuvo desde pequeño un gran hábito de lectura. Eso lo estimuló a escribir. Cuenta su biógrafo, Rafael Ramón Castellanos, en su libro: “Un hombre con más de seiscientos nombres”, que este célebre aragüeño fue un inagotable literato. Escribía semanalmente artículos cortos y reseñas que publicaba en las revistas y periódicos de mayor circulación de la época, como El Cojo Ilustrado, El Constitucional, El Tiempo, El Nuevo Diario y El Universal, entre otros.

     Tras el éxito del Alma Llanera, el gobierno del general Juan Vicente Gómez lo becó para ir a estudiar a España, pero su irreverencia lo hizo perder al poco tiempo el apoyo oficial. Despotricó a cuatro vientos sobre la criminal dictadura gomecista.   

     En la capital española trabajó con el también escritor venezolano Rufino Blanco Fombona, en el rastreo de obras de autores hispanoamericanos para su publicación en la Editorial América. Allí, Bolívar Coronado, dio vida a numerosos escritos bajo falsas identidades. Se hizo pasar por autores de la talla de Andrés Bello, Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz, José Martí y Amado Nervo, entre muchos otros. Era tal la calidad de esos escritos que nadie sospechaba que fueran apócrifos. Hasta que, en 1919, Blanco Fombona lo descubrió y juró matarlo. Como consecuencia de ello, Bolívar Coronado se fue a vivir a Barcelona. En esa urbe catalana, se hizo pasar por corresponsal de guerra en el Sahara, enviando crónicas sobre la situación en África a periódicos y revistas de esa localidad.

     Con apenas 40 años y sumido en una gran pobreza, falleció en esa ciudad española, en 1924.

Prodigioso músico y apasionado compositor

 

     Pedro Elías Gutiérrez nació en La Guaira, el 14 de marzo de 1870. Desde temprana edad se dedicó a la música. Tenía una enorme facilidad para aprender a tocar instrumentos de cuerdas. Fue un maravilloso ejecutante del contrabajo, habilidad que le permitió ingresar a la Banda Marcial de Caracas en 1901, donde llegó a ser director entre 1909 y 1946. Para esa banda realizó numerosas composiciones y adaptaciones.

     Como compositor cultivó el género de la zarzuela y el vals. Fue uno de los músicos pioneros de la industria discográfica venezolana. En 1917, grabó no menos de 20 composiciones para la empresa estadounidense «Victor Talking Machine Company», entre ellas, Alma Llanera, cuya partitura era una adaptación del vals Marisela, del también celebrado músico venezolano Sebastián Díaz Peña (1844-1926). 

     Asevera el escritor Jesús Colmenares que la tradición venezolana de concluir las fiestas con el Alma Llanera se debe al maestro Gutiérrez, quien cerraba las actuaciones de la Banda Marcial interpretando el Alma Llanera, para darle así mayor promoción a la mencionada pieza musical.  

     Pedro Elías falleció en Macuto, estado La Guaira, a los 84 años, en 1954.

Derechos del Alma Llanera

 

     En 1916, Pedro Elías Gutiérrez negoció los derechos de autor de la canción Alma Llanera con la empresa estadounidense “Victor Talking Machine Company” que, al año siguiente, la dio a conocer al mundo a través de su incorporación en las matrices de las pianolas y organillos. Estos derechos caducaron en los años treinta. Sin embargo, poco tiempo después, en 1942, el maestro Gutiérrez cedió nuevamente los derechos a otra compañía norteamericana denominada “Peer International Corporation”, dejando a un lado otra vez a los sucesores del escritor de la letra, la familia Bolívar Coronado, que nunca recibió pago alguno por los derechos de autor.

     En 1967, hubo una intensa campaña en los medios de comunicación para que los ingresos económicos producto del pago de derechos de autor fueran repartidos equitativamente entre ambas familias. Un año más tarde, la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC Hoy SACVEN) contactó en Caracas a la señora Zoila Bolívar Coronado de García, hermana del autor, y comenzó a cancelarle el 50% de los derechos que le correspondían, según informó el periodista Rafael Rodríguez en un amplio reportaje que publicó en la revista Venezuela Grafica, del 15 de marzo de 1970.

     No obstante, muchos años más tarde, en 1984, el conocido periodista Raúl Vallejo aseguró en un escrito publicado en el diario El Nacional, del 6 de diciembre de ese año, que los herederos de Bolívar Coronado jamás habían cobrado los royalties que le correspondían y asomaba la idea de que, por decreto presidencial, Alma Llanera pase a ser patrimonio nacional, con lo cual los derechos serian del Estado venezolano.

      Hoy SACVEN tiene los derechos de Alma Llanera

El asesinato de Delgado Chalbaud

El asesinato de Delgado Chalbaud

OCURRIÓ AQUÍ

El asesinato de Delgado Chalbaud

     Hace 70 años se llevó a cabo el único magnicidio que se ha cometido contra un presidente de la República en la historia política venezolana.

     La mañana del lunes 13 de noviembre de 1950, mientras se dirigía desde su residencia de la urbanización Country Club hasta el despacho del Palacio de Miraflores, fue ultimado en medio del secuestro del cual fue objeto, el teniente coronel Carlos Román Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno que había tomado el poder el 24 de noviembre de 1948, tras derrocar el gobierno constitucional de Rómulo Gallegos.

     Dado que Delgado Chalbaud, quien contaba apenas 41 años (había nacido en Caracas el 20 de enero de 1909), ocupaba el principal cargo del poder ejecutivo venezolano, su repudiable crimen está registrado en nuestra trayectoria política como el único magnicidio contra un primer mandatario de Venezuela.

 

Secuestro y ejecución

     El vehículo presidencial, un Cadillac Imperial, año 1947, tipo limosina, conducido por Felipe Figueroa, llevaba en su interior al teniente coronel Delgado Chalbaud y su edecán, el teniente de navío Carlos Bacalao Lara. Como escolta motorizado los acompañaba un efectivo militar de apellido Aponte.

     A la altura del puente de Chapellín, a escasos minutos de haber salido de la Quinta Lois, se encontraron con un taxi marca Ford, conducido por Carlos Mijares, quien simulaba estar accidentado en la vía, por lo que Figueroa tuvo que disminuir la velocidad. En ese momento, el Cadillac fue interceptado por más de 20 hombres armados, borrachos y amanecidos a bordo de cuatro vehículos: un Packard negro del que bajó Rafael Simón Urbina, un Hudson, un Plymouth y un Chevrolet. Unos ocho hombres del grupo se encargaron de desarmar Bacalao Lara, en tanto que el resto se dedicó a reducir a Delgado Chalbaud y al motorizado Aponte.

Teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno

     Urbina y varios de sus secuaces retiraron violentamente de su vehículo a Delgado Chalbaud y sus acompañantes y los subieron al Ford que guiaba Mijares. Regresaron hacia el Country Club, para luego emprender rumbo al Rosal y de allí hacia la vía de Baruta. Hay que tomar en cuenta que entonces no existía ni la autopista Francisco Fajardo ni la avenida Francisco de Miranda y que urbanización Las Mercedes, hacia donde se dirigían exactamente, tenía entonces muy pocas casas y edificaciones.

     Según versiones de prensa, a eso de las 9 y media de la mañana, la caravana de vehículos de los secuestradores y sus tres víctimas arribó a la quinta Maritza en la calle La Cinta de Las Mercedes. Apenas terminaban de aparcar el Ford en el estacionamiento, se escuchó un disparo de pistola, era un balazo que se escapó del arma de Pedro Antonio Díaz e impactó en la pierna izquierda de Rafael Simón Urbina, que prácticamente le destrozó todo el tobillo.

     En medio de la escena, en la que el líder del grupo resultó herido, Delgado Chalbaud pretendió auxiliar a Urbina, pasándole un pañuelo para intentar detener la hemorragia. Los nervios llevaron a Domingo Urbina, Pedro Antonio Díaz y a Mijares a accionar sus armas y herir de muerte al primer mandatario, mientras que los otros secuestradores dispararon contra Bacalao Lara y casi también la emprenden a balazos contra el chofer y el escolta motorizado, quienes se salvaron gracias a la intervención de Urbina, quien ordenó que los dejaran amarrados.

     En un gesto de valentía, Bacalao Lara, herido con siete tiros, salió de la casa y pudo llegar a una vivienda cercana. Allí se identificó y solicitó a los habitantes que le permitieran comunicarse por teléfono con el Palacio de Miraflores para dar parte del atentado que se acababa de producir. Habló con el teniente coronel Luis Felipe Llovera Páez, uno de los miembros del triunvirato de la Junta Militar de Gobierno, y le informó la situación. De inmediato se inició la persecución. Policías y soldados se dirigieron a Las Mercedes y se activó un plan de búsqueda para dar con los forajidos.

     Tanto el teniente de navío, Bacalao Lara, como el teniente coronel Delgado Chalbaud fueron trasladados de urgencia al Hospital Militar. El primer mandatario falleció a las 11 de la noche de ese 13 de noviembre, en tanto que su edecán, sobrevivió tras permanecer varias semanas hospitalizado.

Ultimado el cabecilla

 

     Los agresores huyeron y Rafael Simón Urbina fue llevado en su vehículo a la casa del abogado colombiano y técnico electoral Juan Francisco Franco Quijano en procura de un médico, pero ante la imposibilidad de que este llegara oportunamente se dirigió a la Embajada de Nicaragua, pero ante la necesidad de ser atendido por un médico, decidió entregarse ante las autoridades. Una comisión de la Seguridad Nacional lo llevó a la cárcel de El Obispo, en el Guarataro. Allí le practicaron las primeras curas y al final del día, cuando o trasladaban a la Cárcel Modelo de Propatria, por supuesta aplicación de la Ley de Fuga, Urbina fue ultimado de un balazo en la subida del cerro El Atlántico, en Catia.

     El resto de la pandilla que acompañó a Rafael Simón Urbina fue capturada en su totalidad y sometida a juicio y condena. La integraron, entre otros, su hermano Domingo José Urbina Rojas, Pedro Antonio Díaz, Honorio Gutiérrez, Ángel Medina, Antonio José Medina, Cipriano Medina, Pedro José Medina Túa, Carlos Mijares, Osorio de Jesús Ollárvez, Máximo Paz, Antonio Paulino Reyes. Casi todos llegaron a Caracas procedentes del estado Falcón. Años más tarde, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, Domingo Urbina se fugó de la Cárcel Modelo y incorporó a la guerrilla, donde permaneció cuatro años. Luego se acogió a la política de pacificación que inició el presidente Raúl Leoni y concluyó Rafael Caldera durante su mandato. En 1985, fue asesinado en un sombrío hecho de venganza.

     Una vez iniciadas las investigaciones sobre el secuestro de Delgado Chalbaud, se conoció que entre los implicados figuraban el millonario Antonio Aranguren Leboff, amigo personal y compadre de Urbina, quien había financiado sus aventuras antigomecistas previas, y el mencionado abogado colombiano Franco Quijano, quien fue preso y enjuiciado. Sin embargo, su causa fue sobreseída poco tiempo después.

Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud y Luis Felipe Llovera Páez

La ambición de Pérez Jiménez

 

     Delgado Chalbaud, ingeniero que había asistido a una academia militar en Francia. Presidía la Junta Militar de Gobierno junto con los tenientes coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez desde el 24 de noviembre de 1948, cuando derrocaron del poder al novelista caraqueño Rómulo Gallegos.

     Desde el mismo momento en que se produce el atentado comienzan a circular rumores en torno a que la salida del juego de Delgado Chalbaud fue ordenada desde el propio gobierno. Todo ello obedecía a los comentarios que hizo el propio Urbina al momento de ser capturado, al exigir que lo pusieran en contacto con Pérez Jiménez.

Plano del lugar donde fue secuestrado Delgado Chalbaud

     El expresidente Rómulo Betancourt, quien trató el tema en su obra “Venezuela Política y Petróleo”, ofrece una interesante versión: “Rafael Simón Urbina, la persona que hubiera podido aclarar mejor las partes nebulosas de la historia y aun librar de culpabilidad en su declaración a quienes lógicamente acusaría la opinión pública como fraguadores del asesinato, no alcanzó a hablar ante un juez. Estaba gravemente herido, de un balazo, cuando se entregó a la policía, abandonando el asilo que recibió en la Embajada de Nicaragua; y, ya en la cárcel, como para confirmar las vehementes sospechas que recaían acerca de los instigadores de su sangrienta aventura, lo asesinaron. Se piensa, aplicándose un razonamiento elemental, que con la eliminación de Urbina se pretendió acallar definitivamente la voz de quien sabía demasiado. Pero antes de morir, Urbina dejó testimonios de su puño y letra, y una cauda de testigos, que han permitido reconstruir, con perfiles muy verosímiles, el proceso de incubación y ejecución de un crimen político que tuvo tanta resonancia, dentro y fuera de Venezuela (…)

     De la conexión que existía entre Pérez Jiménez y Urbina antes del magnicidio se encuentra un testimonio caudaloso, abrumador casi, en las 665 páginas del libro Sumario del juicio seguido a las personas indiciadas por haber cometido el asesinato del coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno, edición oficial de la Oficina Nacional de Informaciones y Publicaciones del Ministerio de Relaciones Interiores, Caracas, 1951 (…) Entre las personas indiciadas estaba la viuda de Urbina, María Isabel de Urbina. Fue ella la que guio el automóvil en que Urbina se trasladó de su casa de habitación al lugar donde Delgado Chalbaud fue secuestrado. Declaró al juez instructor que el día anterior al crimen (12 de noviembre de 1950), Urbina le dijo: «Mañana cuando vayas donde Franco Quijano, vas a pasar donde el señor Rivero Vásquez y le dices que el hombre está preso, para que se lo comunique al teniente coronel Marcos Pérez Jiménez»” (Op. cit. p. 36).

Carroza fúnebre con los restos del coronel Carlos Delgado Chalbaud

Magnicidio en el Palacio

Magnicidio en el Palacio

OCURRIÓ AQUÍ

Magnicidio en el Palacio

     De los millares de asesinatos que se cometieron durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez (1908-1935), uno de los más sonados afectó directamente al presidente venezolano.

     En la madrugada del 30 de junio de 1923, hallaron muerto de 27 puñaladas a un hermano suyo, el general Juan Crisóstomo Gómez, de 63 años, en su habitación del Palacio de Miraflores.

     “Juancho” o “Juanchito” Gómez, como se le conocía, ocupaba el segundo cargo más importante en la línea de mando de aquella Venezuela de hace casi un siglo.

     Un año antes, gracias a una enmienda a la constitución, aprobada por el Congreso Nacional, había sido designado como primer vicepresidente de la nación para el período 1922-29, al tiempo que conservaba el cargo de gobernador del Distrito Federal, en tanto que el general José Vicente Gómez, hijo mayor del opresor, fue designado como segundo vicepresidente y se mantuvo como inspector general del ejército.

Palacio de Miraflores

     El escándalo por el magnicidio de Juancho Gómez en la mansión presidencial fue silenciado en los medios impresos que existían en la época. El Nuevo Diario, periódico oficial, apenas reseñó el suceso que calificó de “cobarde asesinato” y se desbordó en elogios con un amplio perfil de la víctima, describiéndolo como un honorable ciudadano tachirense que había nacido en 1860, en una aldea conocida como “La Mulera”, muy cerca de la población de San Antonio del Táchira, y que inició su brillante trayectoria política una vez que su hermano desplazó del poder al también general tachirense, Cipriano Castro, el 19 de diciembre de 1908”. Entonces, Juancho, de 49 años, ocupó su primer alto cargo de su trayectoria política, como gobernador del estado Miranda. Más adelante, en 1915, fue nombrado gobernador de Caracas.

     Una vez enterado del asesinato de su hermano, el general Gómez ordenó que ese mismo día se celebraran las exequias, sin cumplir el protocolo forense de rigor, de practicarle la autopsia a la víctima. Tras una breve ceremonia religiosa en el salón Sol del Perú, muy cerca de la habitación en la que fue masacrado, el cuerpo de “Juancho” Gómez fue conducido en cortejo fúnebre desde Miraflores hasta el Cementerio General del Sur.

Juan Crisóstomo Gómez (Juancho Gómez)

     Se comentó entonces, que fue alguien de la absoluta confianza de Juancho Gómez, pues, de otra manera no se explica cómo pudo llegar un extraño hasta las habitaciones del Palacio. Sin embargo, ese mismo día, el presidente Gómez acusó a los líderes opositores en el exilio como autores intelectuales del crimen, y dio instrucciones para que se iniciara una ola de persecución contra quienes él consideraba como enemigos del gobierno. Entre los primeros arrestados figuraron el poeta Francisco Pimentel (Job Pim) y caricaturista Leoncio Martínez (Leo). Durante mucho tiempo se vivió en Caracas bajo el terror producido por las consecuencias de esa misteriosa muerte.

     Pese a todas las medidas represivas y al férreo control y censura de prensa, ante la importancia del personaje asesinado, en muchos sectores de la sociedad caraqueña se ventilaron rumores en torno a las causas del asesinato de “Juancho” Gómez.

     Desde finales de 1921, comenzó a hablarse de posibles sucesores del general Juan Vicente Gómez, cuando la salud del dictador se deterioró debido a molestias en la próstata y un probable contagio de fiebre tifoidea.

     Una versión sostuvo que el “muerto de Miraflores” fue un crimen familiar relacionado con los aspirantes a la sucesión de la dinastía Gómez. Entonces, el ambiente político del régimen estaba dividido entre los “juanchistas” que apoyaban a Juan Crisóstomo, y “vicentistas”, cuyo respaldo se orientaba hacia José Vicente.

     Otro elemento que se manejó fue el de la intervención de la madre de José Vicente, Dionisia Bello, primera concubina del general Gómez. Al parecer “Juancho” se opuso a que su primo, Santos Matute Gómez, se casara Margarita Torres Bello, hija mayor de Dionisia. Poco después de conocerse la decisión de Matute de romper el compromiso, Margarita se suicidó y la madre juró vengarse.

     Lo cierto del caso es que después de algunas investigaciones, de las cuales nunca se revelaron los resultados, fue acusado el capitán Isidro Barrientos, miembro de la guardia de Miraflores, como autor del asesinato. Aquí entró en juego una tercera versión, relacionada con rumores acerca de las preferencias sexuales de la víctima. También fue acusado del asesinato como colaborador, Encarnación Mujica, primo de Barrientos. Ambos fueron condenados a 20 años de prisión, pero pocas semanas después de anunciarse la sentencia, salieron inexplicablemente de la cárcel de La Rotunda y fueron asesinados por la policía.

     A finales de abril de 1924, casi un año después del asesinato, y de la desaparición física de varios de los acusados de cometer el crimen, en su mensaje anual al Congreso Nacional, el general Gómez se refirió al homicidio de su hermano y expuso su particular verdad, en palabras que reprodujo el periodista Simón Alberto Consalvi, en la biografía que escribió del dictador, editada por El Nacional en 2014:

“La luz de la verdad y la justicia ha venido disipando las sombras del misterio para destacar en toda su fealdad los caracteres de delitos conexos de asesinato y de calumnia, llevados a cabo con fines políticos siniestros, de que rara vez da muestra la perversidad humana aguijoneada por el ansia de lucro y de mando; de modo que puedo anunciaros hoy que el agente inmediato de que se valieron para la ejecución del torpe crimen fue Isidro Barrientos, quien lo llevó a cabo por orden de Rafael Andara, Juan Araguainano, Custodio Prieto y Encarnación Mujica, todos los cuales se encuentran detenidos a la disposición de los tribunales de justicia que harán caer sobre ellos y sobre sus investigadores y cómplices todo el peso de las Leyes”.

El vicepresidente José Vicente Gómez Bello y su esposa Josefina Revenga Sosa

     Cuando se acababan de celebrar dos años de la muerte de “Juancho” Gómez, el 24 de junio de 1925, el dictador pidió al Congreso eliminar el cargo de primer vicepresidente que había tenido su hermano y al poco tiempo también “despachó” a su hijo de la segunda vicepresidencia, al nombrarlo agregado militar en la embajada de Venezuela en Francia.

     En Europa, José Vicente se unió a su madre, Dionisia Bello, quien se había sido obligada a salir del país poco después del asesinato, radicándose en un castillo muy cerca de la capital francesa, donde pasó el resto de su vida. El hijo mayor de Gómez falleció de tuberculosis en Leysin, Suiza, el 3 de febrero de 1930.

     Casi cien años después de aquel horrendo crimen, todavía no se sabe a ciencia cierta la verdad. Hoy las hipótesis son numerosas: intrigas palaciegas, ambiciones, desordenadas pasiones carnales, corrupción, celos, venganza, traición y muerte.

Tumba Juancho Gómez
Loading
Abrir chat
1
¿Necesitas ayuda?
Escanea el código
Hola
¿En qué podemos ayudarte?