Pinto Salinas murió acribillado a la edad de 38 años – Parte II

Pinto Salinas murió acribillado a la edad de 38 años – Parte II

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Pinto Salinas murió acribillado a la edad de 38 años – Parte II

Pedro Estrada, máximo exponente del cinismo que caracterizó al regimen dictatorial de Pérez Jiménez

“El cuarto de las bicicletas”

     Entre desmayos, golpes y ring, desnudos y sin probar comida, transcurrieron tres días. A Consalvi y a Castro los pasaron primero a los calabozos, mientras yo, incomunicado y maniatado, permanecía tendido en el suelo, en el tenebroso “cuarto de las bicicletas”, en el sótano del edificio. En la mañana del 12 de junio se presentó de nuevo al cuarto de torturas el “Bachiller” Castro y arrojándose sobre la cara un periódico me dijo: “Mira gran c…, igual suerte correrán todos ustedes” Era “Últimas Noticias”. En su portada aparecía una foto de Pinto Salinas, una gráfica con una camioneta de la Seguridad Nacional baleada y el siguiente truculento comunicado: “La Dirección de Seguridad Nacional cumple con informar al público que en horas de la mañana de hoy (11 de junio de 1953), en las cercanías de San Juan de los Morros, individuos que viajaban en un automóvil hicieron fuego contra una camioneta perteneciente a esta Dirección. Los agentes respondieron de inmediato, resultando herido uno de ellos y muerto uno de los ocupantes del vehículo de los agresores, quien resultó ser el Licenciado Antonio Pinto Salinas, solicitado desde hace tiempo por las Autoridades, como organizador de numerosos atentados terroristas. Los acompañantes de Pinto Salinas fueron detenidos”.

     Pocas veces he sentido mayor angustia y mayor dolor. Confieso con orgullosa hombría que lloré silenciosamente la muerte de quien había sido, desde la adolescencia, no solo un compañero de luchas e inquietudes, sino un hermano entrañable. No se merecía Antonio una muerte semejante. Él, el más humano y tierno de nuestra generación, poeta y alma noble, incapaz de proporcionar mal alguno a sus semejantes. 

     Quienes le conocimos en su exacta dimensión de hombre y combatiente, jamás habremos de comprender cómo la diabólica violencia de unos seres desnaturalizados pudieron descargar la metralla asesina sobre su magra figura con rostro de niño. En aquellos momentos de dolor ̶ más espiritual que físico ̶ olvidé mis propias torturas y me hice el propósito de honrar de por vida, sin mancilla y sin flaquezas, las banderas de redención que con tanta firmeza revolucionaria habían enarbolado las manos del poeta.

Un crimen horrendo

     Pero he aquí los hechos en su descarnada realidad, completamente diferentes a como los presentó la farsa el cinismo oficial.

     Revelada por Mascareño la ruta que llevaba Pinto Salinas, todas las alcabalas de la vía estaban ya en actitud de alerta. Fue así como resultó fácil apresarlo a la salida de la población de Pariaguán en horas del mediodía del 10 de junio. Inmediatamente fue conducido a las Oficinas de la Seguridad en la vecina población de El Tigre, donde los alcanzó la comisión despachada desde Caracas. El mismo día, en horas de la tarde, emprenden con el detenido el aparente viaje de retorno a la capital. Esperan la llegada de la noche en Valle de la Pascua, donde se le separa de sus dos restantes compañeros (Contreras Marín y el conductor Eulogio Acosta) y la caravana, hasta perder de vista a los demás. Sería la 1 y 30 de la madrugada. Detienen el auto en una curva del camino. A empujones sacan al detenido y lo conducen a un lugar próximo a la carretera. En la obscuridad de la noche se escucha una voz imperativa: “Prepárate porque te llegó tu hora”. . . Y una respuesta con acento firme: “Estoy preparado desde ayer”. . . Luego la brutal descarga de fusilería, confundida en un mismo hecho trágico con la apagada voz del poeta que caía acribillado cobardemente por sus perseguidores políticos. Quedaba sembrado allí, en aquella madrugada del 11 de junio de 1953, como testimonio de una vida heroica truncada por la violencia dictatorial.

     Contaba apenas 38 años. Había nacido el 6 de enero de 1915, frente al paisaje maravilloso de la cordillera andina en la población de Santa Cruz de Mora del Estado Mérida.

     Veamos ahora, a título de curiosidad histórica, cómo narra el Juez de Primera Instancia en lo Penal de San Juan de Los Morros, la forma como fue encontrado su cadáver: “A las cuatro horas y cincuenta minutos del día de hoy (11 de junio de 1953) la Seguridad Nacional ha informado a este Tribunal que aproximadamente en el kilómetro seis de la carretera de los llanos, en el punto denominado “Cueva del Tigre”, entre esta ciudad y el vecindario “Los Flores”, se ha hallado una persona muerta, disponiéndose abrir la averiguación sumaria correspondiente”

     Más adelante agrega: “Al margen derecho de la carretera el Tribunal constató la presencia de una persona aparentemente muerta: de las siguientes características: persona de regular estatura, de mediana contextura; camisa de color kaki, pantalón de casimir a rayas gris”. Y sigue describiendo los objetos que portaba, entre ellos “una estampita de la virgen de Coromoto, una cadenita de oro, pendiente del cuello, con dos medallitas, una con la efigie de Nuestra Señora del Carmen y la otra con la efigie de Nuestra Señora de Coromoto. . .”

     “Presente el médico forense de esta Circunscripción Judicial ̶ prosigue el expediente ̶ examinó en el mismo acto el cadáver, el cual presentó las siguientes heridas producidas por arma de fuego: herida en la sien derecha; herida en la región malar derecha; orificio en la región deltoidea derecha; orificio de herida axilar derecha; orificio en la región pectoral derecha y otro en la misma zona, separados uno de otro por una distancia de cerca de dos centímetros. . . ”.

     Como puede observarse en esta patética descripción del juez que ordenó el, levantamiento del cadáver, Pinto Salinas fue acribillado de la manera más salvaje e inhumana; sin embargo, los esbirros quisieron aparentar que el cadáver se encontraba abandonado y sin identificación, por lo que el mismo Juez asienta en el acta que el Tribunal hubo de trasladarse a las oficinas de la Seguridad en San Juan de los Morros, “a fin de identificar, por los medios necesarios, el cadáver de la persona fallecida”. . . Y mientras en el lugar del suceso la Seguridad montaba la farsa descrita, en Caracas Pedro Estrada, con ese cinismo que caracterizaba al régimen dictatorial, publicaba en la prensa diaria el breve comunicado aludido anteriormente, desvirtuando completamente los hechos y pretendiendo hacer ver que había ocurrido en un encuentro armado entre Pinto Salinas y una brigada del mencionado cuerpo represivo. En forma tan burda la Seguridad pretendía ocultar la verdad de tan monstruoso crimen.

Última morada

     Pinto Salinas fue sepultado en el cementerio de San Juan de Los Morros, en la misma fosa que la dictadura había reservado para Alberto Carnevali, fallecido 22 días antes en un camastro carcelario de la Penitenciaría General de Venezuela, y trasladado finalmente su cadáver a la ciudad de Mérida al día siguiente de su muerte. Durante seis años permanecieron los restos de Pinto Salinas en tierras de Guárico, hasta que fueron trasladados al Cementerio General del Sur, en la fecha aniversaria del 11 de junio de 1959, en la cual también sus compañeros de partido le erigieron un monumento a su memoria, en el propio sitio de su asesinato. Allí, la lápida de mármol recoge unas palabras mías: “Antonio Pinto Salinas, poeta de la ternura infinita, habría de escribir con su propia sangre, en la hora suprema de su sacrificio, el poema perenne de la rebeldía”.

     Hemos querido recoger este relato como un testimonio de uno de los crímenes más sombríos que pesan sobre la conciencia de los hombres que escarnecieron el gentilicio venezolano durante una década de oprobio y dictadura. El asesinato de Pinto Salinas, como el de muchos otros venezolanos sacrificados cobardemente por la tiranía, debe tener para las generaciones del presente y del porvenir ̶ ya lo hemos dicho otras veces ̶ el categórico acento de una irrenunciable determinación cívica de impedir por siempre el ominoso retorno a nuestra tierra, de regímenes signados por la barbarie y la opresión.

Pinto Salinas murió acribillado a la edad de 38 años – Parte I

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Pinto Salinas murió acribillado a la edad de 38 años – Parte I

     En junio 2023 se conmemorarán 70 años de la desaparición física de Antonio Pinto Salinas, uno de los dirigentes políticos más importantes del país durante la primera mitad del siglo XX, asesinado por el gobierno dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez, el 10 de junio de 1953. 

     Economista de profesión y poeta de vocación, Pinto Salinas entregó la vida a favor de la democracia en momentos en que se desempeñaba desde la clandestinidad como secretario general del partido Acción Democrática. Cuando intentaba salir de Venezuela para asilarse en Trinidad, fue apresado en el estado Anzoátegui por una comisión de la Seguridad Nacional. De vuelta a Caracas fue acribillado de manera cobarde en una carretera guariqueña, mientras voceros del régimen trataron de imponer en los medios la versión del enfrentamiento.

     Rigoberto Henríquez Vera, miembro del Comando Nacional de AD en la clandestinidad, cuenta en extensa crónica publicada en el diario caraqueño La República, el 11 de junio de 1964, con ocasión de los once años del crimen de su compañero, interesantísimos detalles de la captura y del vil, asesinato cometido por los esbirros de la dictadura.

Antonio Pinto Salinas, dirigente politico de Acción Democrática, asesinado por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez

Así asesinaron a Pinto Salinas

     Apresarlo vivo o muerto. Nos encontrábamos en nuestro último refugio clandestino de los Palos Grandes, Antonio Pinto Salinas, Simón Alberto Consalvi, Gustavo Mascareño y yo. Comenzaba el mes de junio de 1953 y la persecución política nos tenía prácticamente acorralados. Las “conchas” escaseaban y cada día se hacía más precaria nuestra situación de dirigentes de la resistencia contra la dictadura. 

     Centenares de presos políticos eran torturados bárbaramente en la Seguridad Nacional y a todos se les preguntaba por nuestro paradero. Particularmente a Pinto Salinas se le buscaba con furia, con la orden de Pedro Estrada de “apresarlo vivo o muerto”. Fue entonces cuando el comando clandestino nacional de Acción Democrática, del cual era yo su Secretario General, decidió que Pinto Salinas se refugiara en una embajada y saliera fuera del país por algún tiempo.

     Antonio se negó a solicitar asilo diplomático. Nos argumentó y convenció de que, pese a los riesgos que se corrían, su refugio en una embajada produciría una repercusión negativa y desmoralizadora en la base del partido, por lo que prefería en todo caso, salir al exterior por la vía clandestina. Por intermedio de nuestro “piloto”, aparato de radio operado por Pedro Fonseca desde un extramuro capitalino, nos comunicamos con el Comando Exterior con asiento en Costa Rica y le hicimos conocer en breve mensaje cifrado, nuestra decisión de que Pinto Salinas, Secretario de Organización para el momento, realizara un viaje por algún tiempo. La respuesta no se hizo esperar y dos días después recibimos mensaje de Luis Beltrán Prieto Figueroa, donde se nos decía que compartían nuestro criterio y de que a toda costa deberíamos salvar la vida del valiente y abnegado compañero, quien iba a cumplir tres años de intensa actividad clandestina.

Por la ruta de oriente

     Se preparó entonces la salida por la ruta de oriente, hacia Trinidad. Se llamó a Hernán Contreras Marín, destacado por el Partido en Monagas, para que lo trasladara a Güiria, donde nuestro eficaz aparato de “Belandeo” lo recibiría para llevarlo sin pérdida de tiempo, en una pequeña lancha a la vecina Antilla. Se recomendó a Gustavo Mascareño la misión de buscar un chofer con auto propio, el compañero Eulogio Acosta, para realizar la primera etapa. Cuando ya todo estaba cuidadosamente preparado y estudiado, se fijó la noche del 9 de junio como fecha de partida. Mascareño y Eulogio esperarían a Pinto Salinas (su seudónimo era Luzardo) a las siete en punto en la Avenida del Country Club, donde lo llevaría en su auto Consalvi. De allí partirían esa noche por la ruta de “La Mariposa” ̶ vía Charallave ̶  a pernoctar al amanecer en Puerto La Cruz. 

     Tremendamente dolorosa fue la despedida. Nos abrazamos sin pronunciar palabra. Nos dolía la separación del hermano y compañero, sin presentir el horrendo drama que sobrevendría después. Había llegado la hora cero y Antonio abandonaba nuestro común lugar de los Palos Grandes. Media hora después Consalvi y Mascareño regresaban para dar cuenta de la misión cumplida.

Nos asalta la seguridad

     Mascareño era nuestro contacto con la calle. El hombre de confianza absoluta. Le dijimos que se quedara esa noche en la casa para no despertar sospechas entre los vecinos, con el entrar y salir de personas a nuestra “concha”. Las horas trascurrieron luego pesadamente. Nuestros ánimos estaban deprimidos. Yo tomé un libro me tendí a leer en mi lecho. Otro tanto hizo Consalvi en la habitación vecina, donde también se encontraba Mascareño. Eran las doce de la noche las estaciones de radio despedían sus programas con las notas del “gloria al bravo pueblo”.

     En efecto, los esbirros de Pedro Estrada rodearon nuestra morada y penetraron violentamente sin darnos tiempo ni siquiera de incorporarnos. A mi habitación, la más próxima al patio de atrás, entraron en tropel los asaltantes armados de ametralladora. Eran cuarenta en total. “¡Ese no es Pinto Salinas! . . . ¡Es el doctor Henríquez Vera!. . . ”, gritó el “Loco Hernández”, jefe de la comisión. Su grito oportuno me salvó la vida, pues la barbarie oficializada iba allí precisamente a matar a Pinto Salinas. Sin embargo, los esbirros apuntaban sus armas contra mi cuerpo inerme. Así tendido, boca arriba sobre el lecho, se me mantuvo un buen rato. De la habitación vecina traían ya maniatados a Consalvi y Mascareño. Nos preguntaban por Pinto. Dijimos que no lo veíamos desde hacía cinco días y que ignorábamos su paradero en Caracas. Mascareño dijo entonces: “yo los llevaré al lugar donde se encuentra. . . ” y salió seguido de unos cuantos agentes. Consalvi y yo pensamos de qué se trataba de una salida hábil de nuestro “contacto” para salir de aquella apremiante situación, que los llevaría a algún supuesto lugar de la capital. Esposados se nos condujo de inmediato a la Seguridad. Con nosotros venía también el señor Manilo Castro, encargado de la casa, de nacionalidad española, apresado también allí.

Luis Rafael Castro, mejor conocido como El Bachiller Castro, uno de los grandes esbirros de la Seguridad Nacional

Nos asalta la seguridad

     Mascareño era nuestro contacto con la calle. El hombre de confianza absoluta. Le dijimos que se quedara esa noche en la casa para no despertar sospechas entre los vecinos, con el entrar y salir de personas a nuestra “concha”. Las horas trascurrieron luego pesadamente. Nuestros ánimos estaban deprimidos. Yo tomé un libro me tendí a leer en mi lecho. Otro tanto hizo Consalvi en la habitación vecina, donde también se encontraba Mascareño. Eran las doce de la noche las estaciones de radio despedían sus programas con las notas del “gloria al bravo pueblo”.

     En efecto, los esbirros de Pedro Estrada rodearon nuestra morada y penetraron violentamente sin darnos tiempo ni siquiera de incorporarnos.

Diario El Nacional, edición del día siguiente del crimen cometido contra Pinto Salinas

     A mi habitación, la más próxima al patio de atrás, entraron en tropel los asaltantes armados de ametralladora. Eran cuarenta en total. “¡Ese no es Pinto Salinas! . . . ¡Es el doctor Henríquez Vera!. . . ”, gritó el “Loco Hernández”, jefe de la comisión. Su grito oportuno me salvó la vida, pues la barbarie oficializada iba allí precisamente a matar a Pinto Salinas. Sin embargo, los esbirros apuntaban sus armas contra mi cuerpo inerme. Así tendido, boca arriba sobre el lecho, se me mantuvo un buen rato. De la habitación vecina traían ya maniatados a Consalvi y Mascareño. Nos preguntaban por Pinto. Dijimos que no lo veíamos desde hacía cinco días y que ignorábamos su paradero en Caracas. Mascareño dijo entonces: “yo los llevaré al lugar donde se encuentra. . . ” y salió seguido de unos cuantos agentes. Consalvi y yo pensamos de qué se trataba de una salida hábil de nuestro “contacto” para salir de aquella apremiante situación, que los llevaría a algún supuesto lugar de la capital. Esposados se nos condujo de inmediato a la Seguridad. Con nosotros venía también el señor Manilo Castro, encargado de la casa, de nacionalidad española, apresado también allí.

Delación y torturas

     En las puertas del siniestro edificio nos encontramos de nuevo con Mascareño. Sigilosamente pude apenas decirle: “Luzardo está aquí en Caracas, no lo vemos desde el viernes…” Pasaron primero a Mascareño a la sala de interrogatorios y a los tres restantes se los colocó de espaldas en la oficina vecina, separada de la anterior por una división de vidrio esmerilado, de poca altura, de donde podíamos oír perfectamente todo. “Tú eres un traidor que nos has dicho que sabes dónde está Pinto: nos has engañado y confesarás su paradero, por las buenas o por las malas”, le dijo un espía a Mascareño. Consalvi, el español y yo agudizamos el oído. El miserable nos traicionaba y comenzó cobardemente, sin que lo torturaran, a confesar lo que sabía. Suministró todos los datos. Dio la ruta y hora de salida, el número, color y marca del vehículo, y los nombres de los acompañantes de Pinto Salinas.

     De inmediato salieron varias comisiones en su persecución. Eran las dos de la madrugada del 10 de junio. Vimos salir a Mascareño con rumbo desconocido, seguido de varios agentes, mientras que a nosotros se nos sometía a los mayores vejámenes y torturas. Desnudos y atados a la espalda fuimos colocados en “el ring”. A Consalvi y al español Castro se les golpeaba bárbaramente, hasta dejarles inconscientes en la habitación vecina. Se nos preguntaba de todo. Por nombres y direcciones, documentos cifrados, actividad clandestina y programaciones insurreccionales. Particularmente a mi se me preguntaba cómo había entrado por segunda vez clandestinamente al país y se me responsabilizaba de los últimos acontecimientos subversivos. Todos respondíamos no saber nada y dábamos explicaciones que no convencían a los esbirros enfurecidos, quienes una y otra vez nos insultaban y golpeaban. El más agresivo era el “Mocho” Delgado y el “Bachiller” Castro. El “Loco Hernández” fue más comprensivo y se complacía de repetirme: “No te matamos de vaina! Tienes una suerte de espanto! Yo te conocí en México, donde me hice pasar por estudiante y conocí a mucho exilado. Eso te salvó porque anoche buscábamos era a Pinto”.

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte II

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José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte II

Fatal accidente

     El domingo 29 de junio de 1919, una trágica noticia conmueve al pueblo caraqueño.  El doctor Hernández había salido de su residencia, en la casa número 3 de La Pastora, ubicada entre San Andrés y Desbarrancados, para atender a una señora de muy bajos recursos económicos que vivía muy cerca de allí, entre las esquinas de Amadores y Cardones. Tras evaluar a la paciente, él mismo decidió caminar hasta una botica que quedaba en la esquina, para comprar las medicinas.

     Al salir de la farmacia caminó unos cuantos pasos e intentó cruzar la calle. Desde la esquina de Guanábano subía el tranvía número 27, por lo que se detuvo antes que lo hiciera el operador. Pero no se percató que detrás del transporte colectivo venía un automóvil Hudson Essex, conducido por Fernando Bustamante. El carro detuvo la marcha para permitir que pasara un jovencito que llevaba una carretilla y luego adelantó al tranvía que estaba estacionado, sin advertir que José Gregorio Hernández también intentaba cruzar. El carro le dio un ligero golpe del lado del guardafango del conductor, el médico no pudo sostener el equilibrio y cayó al pavimento, golpeándose la base del cráneo con el borde de la acera.

     Fue una muerte instantánea, sin agonía, por fractura de la base del cráneo que destruyó el tallo cerebral.

El conductor Bustamante y el señor Vicente Romana Palacios, quien visitaba una casa del sector, trasladaron el cuerpo de Hernández en el mismo vehículo hasta el Hospital Vargas, donde el capellán Tomás García Pompa, le impuso los santos óleos y le dio la absolución.

 

Inolvidables exequias

     El acto velatorio del doctor Hernández se celebró en su propia casa. A la residencia se acercaron representaciones de todos los sectores de la sociedad en un largo desfile para compartir la pesadumbre de familiares y amigos. La ciudad estaba conmocionada.

     Al día siguiente, lo llevaron al Paraninfo de la Universidad Central de Venezuela, donde permaneció en capilla ardiente hasta el momento en que el cortejo fúnebre se trasladó hacia el Cementerio General del Sur.

     Según la crónica del diario El Universal, “El féretro fue conducido en hombros por los estudiantes de la Escuela de Medicina, desde la casa familiar hasta el Paraninfo de la universidad, en un recorrido que duró más de una hora. El cortejo fúnebre, ante la mirada de los vecinos que salían de sus casas a rendirle el tributo de sus oraciones, pasó por las esquinas de Tienda Honda, la Merced, Mijares, Santa Capilla, Principal, Las Monjas y San Francisco, precedido por gente humilde y trabajadores de los distintos gremios, quienes portaban en sus manos coronas de flores frescas recién traídas del cerro Ávila”. 

     Acompañaron el cortejo los ministros del Interior, Relaciones Exteriores e Instrucción Pública, al igual que el secretario de la Gobernación del Distrito Federal. Una vez en el Paraninfo, donde los restos reposaron hasta que fueron trasladados a la Catedral, los discípulos formaron una guardia de honor, que en grupos de cuatro, se turnaban cada media hora. 

     En las calles adyacentes y alrededores del Capitolio, familiares, amigos, vecinos, miembros de las asociaciones y gremios, formaron una multitud heterogénea que esperó pacientemente el momento del traslado del cadáver al cementerio”.

     Según la mencionada crónica y otra reseña de El Nuevo Diario, cuando el féretro iba a ser colocado en la carroza fúnebre que esperaba en la calle para conducirlo al cementerio, el pueblo, la gente humilde de Caracas, se adelantó exclamando: “…¡el doctor Hernández es nuestro!… ¡el doctor Hernández no va en carroza al cementerio!…”.

     Superado el incidente el ataúd fue tomado con el mayor respeto por brazos anónimos que lo elevaron sobre una muchedumbre que unida por el agradecimiento, pero sobre todo por el afecto se apropió de aquellos restos para llevarlos en hombros al cementerio.

     El cortejo inició entonces el traslado encaminándose hacia el sur, pasó por las esquinas de Gradillas, Sociedad, Camejo, Santa Teresa, Cipreses, Hoyo, Castán, Palmita, donde cruzó hacia el este siguiendo por Tablitas, El Sordo, Las Peláez y en vez de tomar rumbo hacia Alcabala y pasar por Puente Sucre, vía que usualmente seguían los entierros, cruzó para acortar camino hacia Guayabal y Puente Hierro, sitio donde estaban apostados dos agentes de la policía que cerraban el paso. Un grupo del cortejo se adelantó y les pidió que no intervinieran. En efecto, los guardias persuadidos por aquella imponente manifestación de duelo se retiraron en silencio.

     Al llegar a Roca Tarpeya y el Portachuelo anochecía. La gente prendió antorchas y velas que iluminaron el resto del camino. Eran las ocho de la noche cuando llegaron al cementerio. Con el ataúd en tierra y bendecida la fosa por el capellán encargado de los entierros, pronunciaron emocionados discursos, entre otros, los médicos Luis Razetti y Pedro Acosta Delgado, así como el señor Rafael Benavides Ponce y los bachilleres Pedro P. Serrano Ortiz y P. Rodríguez Ortiz.

 

Del Cementerio General Sur a La Candelaria

     Casi 60 años después de su fallecimiento, el 23 de octubre de 1975, se realizó la primera exhumación del Dr. José Gregorio Hernández, en la que sus restos fueron trasladados desde el Cementerio General del Sur, hasta la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria en la Arquidiócesis de Caracas.

Devoto del Dr. Jose g. Hernandez. Visitan su tumba en la iglesia de La Candelaria. Centenario de su muerte. Recorrido la pastora e iglesia La Candelaria. Caracas. 29-06-2019

     Un año antes, en septiembre de 1974, ocurrió un incendio en su tumba del Cementerio General Sur, dañando parcialmente el recinto. Se cree que la causa del fuego fue la cantidad de velas encendidas con las que los devotos rendían culto al “Médico de los pobres”.

     Inicialmente se solicitó reparar el lugar o trasladar la tumba a la entrada del cementerio, donde pudiera estar con mayor protección, pero no fue posible hasta que monseñor José Rincón Bonilla, vice postulador de la causa de beatificación, decidió buscar una iglesia para colocar los restos del Siervo de Dios. La razón para el traslado de los despojos se resume en la multitudinaria cantidad de personas que visitaban su tumba frecuentemente, siendo necesario incluso un velador para mantener el orden y el cuidado. Se escoge entonces, la capilla de los misterios de la Candelaria.    

     Tras 45 años de este acontecimiento histórico, el 26 de octubre de 2020 se realiza una nueva exhumación de los restos de José Gregorio con el fin de dar cumplimiento al proceso de beatificación. Es un requisito previo a toda ceremonia de beatificación, que se efectúa con anterioridad para ser identificado por el Obispo local.

     En esta nueva exhumación participaron médicos patólogos, especialistas y fiscales jurídicos de la Iglesia, como testigos de la presencia real de restos humanos. La finalidad de este proceso fue verificar la condición de los restos del nombrado beato, en primera instancia, para garantizar la prolongada conservación de su cuerpo, responsabilidad histórica para permitir la devoción, veneración y custodia de sus reliquias por las futuras generaciones. A su vez, fue necesario para recoger las reliquias de primer grado (osamenta) y segundo grado (vestimentas), que fueron distribuidas en las diferentes diócesis del país; las que fueron enviadas a la Santa Sede y las que se enviaron a los países en los que se instauraron santuarios con el nombre del beato.

José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte I

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José Gregorio en los altares de las iglesias de Venezuela – Parte I

     Tras 72 años de largo proceso de trámites ante las máximas autoridades de la iglesia católica, finalmente el 30 de abril de 2021 todo el pueblo venezolano celebró el ascenso a los altares de José Gregorio Hernández, al materializarse su beatificación. La causa del llamado “Médico de los pobres” inició en 1949, treinta años después de su desaparición física en un accidente de tránsito, ocurrido en Caracas, el domingo 29 de junio de 1919. 

     Lucas Guillermo Castillo, quien entonces era el arzobispo de Caracas, presentó ante el Papa Pio XII la primera documentación que ofrecía testimonio de creyentes sobre las virtudes de Hernández. Veintidós años después, en 1972, se reconocieron los valores cristianos del médico trujillano, por lo que el Papa Pablo VI lo declaró Siervo de Dios. Más tarde, el 16 de enero de 1986, el Papa Juan Pablo II le otorgó méritos como Venerable al reconocer sus virtudes heroicas. Y el 18 de junio de 2020, el Papa Francisco aprobó el decreto de Beatificación, tras comprobarse el milagro de sanación de la niña Yaxury Solórzano.

     El acto de Beatificación de José Gregorio Hernández, quien nació en la población de Isnotú, en la región andina del estado Trujillo, el miércoles 26 de octubre de 1864 y al momento de su muerte contaba 54 años de edad, se celebró en los espacios abiertos del colegio La Salle de La Colina, en Caracas, con restricciones de asistencia impuestas por medidas biosanitarias, debido a la pandemia de coronavirus. Sin embargo, fue una hermosa ceremonia austera, sobria, sencilla y cargada de mucha espiritualidad, seguida por audiencia récord en Venezuela y el mundo a través de transmisiones de televisión en vivo y por las diversas redes sociales.

     Que el acontecimiento de la elevación a los altares del adorado personaje se haya producido en medio de la pandemia que se ha prolongado por más de un año, le dio un especial significado al acto, toda vez que José Gregorio Hernández fue uno de los médicos venezolanos que se fajaron a combatir la epidemia de Gripe española que azotó a Venezuela en los años 1918 y 1919.

El pueblo caraqueño se volcó a las calles para darle el último adiós al Dr. Jose Gregorio Hernandez

Un milagro más y será santo

     La presencia de la niña de catorce años Yaxury Solórzano Ortega fue uno de los elementos que llenó de alegría y esperanza a quienes siguieron la ceremonia. Su caso le dio el impulso definitivo a la beatificación.

     A la edad de 10 años, en la tarde del 10 de marzo de 2017, recibió un balazo en la cabeza en momentos en que su padre era sometido a un atraco en un caserío ubicado en los límites de los estados Guárico y Apure. Ante la gravedad de la herida, con pérdida de masa encefálica, hubo que trasladarla de emergencia a la ciudad de San Fernando para intentar salvarle la vida. 

José Gregorio Hernández, cuarto beato venezolano

     Luego de dos días, se presentó desde Caracas, el neurocirujano Alexander Krinitzky, quien luego de evaluar el caso con el equipo médico, declaró que existían muy pocas esperanzas de que Yaxury alcanzara completa recuperación motriz luego de una operación.

     Carmen Ortega, madre de Yaxury, devota desde niña del Siervo de Dios, le encomendó la vida de su hija, con la plena seguridad de que la ayudaría en tan terrible momento.

     El “Médico de los pobres” se presentó en la habitación. “Tocó a la niña de la cabeza a los pies y luego de los pies a la cabeza. Me dijo: tranquila, no le va a pasar nada. Ese doctor que vino (Krinitzky) soy yo, sus manos son las mías. Ten fe que la niña va a salir bien”, declaró a los periodistas la señora Ortega.

     Nadie se enteró de la conversación hasta cinco días después de la intervención cuando el equipo médico quedó sorprendido por la forma como reaccionó la niña, con normalidad.

     “Casi dos semanas después de la operación, Yaxury se presenta totalmente asintomática, fue una sorpresa. “Esto nos ratifica que ciencia y fe van de la mano, que un bien lleva al otro bien, de verdad nos ha enseñado mucho. Yo me siento honrado, complacido cada vez que veo a Yaxury sonriendo”, afirmó el doctor Krinitzky.

     Las autoridades de la iglesia indicaron durante la ceremonia de beatificación que la documentación de otro milagro completará el proceso de canonización para elevarlo al rango superior, la categoría de Santo.

Una bendición de Dios para Venezuela

     Desde Ciudad del Vaticano, el Papa Francisco se mostró complacido con la elevación a los altares de José Gregorio Hernández.

     Esta beatificación es una bendición especial de Dios para Venezuela” dijo el Pontífice.

     “Nos invita a la conversión hacia una mayor solidaridad de unos con otros, para producir entre todos la respuesta del bien común tan necesitada para que el país reviva, renazca después de la pandemia, con espíritu de reconciliación. Es una gracia que hay que pedir: el espíritu de reconciliación; porque siempre hay problemas en las familias, en las ciudades, en la sociedad, hay gente que se mira un poco de costado, que se mira mal, y hace falta la reconciliación siempre, ¡la mano tendida! Y es una buena inversión social la mano tendida”, señaló la máxima autoridad de la iglesia católica.

     Destacó las virtudes del beato venezolano como “alguien que se nos ofrece a los cristianos y a todas las personas de buena voluntad, como ejemplo de creyente discípulo de Cristo, que hizo del Evangelio el criterio de su vida, buscó su vocación, observó los mandamientos, participó cotidianamente en la Eucaristía, dedicó tiempo a la oración y creyó en la vida eterna, como dechado de bonhomía personal y de virtudes cívicas y religiosas, de apertura, de sensibilidad ante el dolor, de modestia y humildad en su vida y ejercicio profesional, y también como un hombre amante de la sabiduría, de la investigación, de la ciencia, al servicio de la salud y de la docencia”. Y añade: “Es un modelo de santidad comprometida con la defensa de la vida, con los desafíos de la historia y, particularmente, como paradigma de servicio al prójimo, como un Buen Samaritano, sin excluir a nadie”. José Gregorio Hernández es un hombre de servicio universal”.

Un médico muy generoso

     Desde que se incorporó al sistema escolar a finales del siglo XIX, en su nativo Isnotú, José Gregorio Hernández asomó que sería un estudiante de cualidades sobresalientes.

     A la edad de 14 años, en 1878, se traslada a Caracas para seguir estudios de educación media en el Colegio Villegas, institución de la que egresa en 1882 como bachiller en filosofía.

     En la Universidad Central Venezuela se inscribe con 17 años de edad, en 1882. Finaliza la carrera de seis años, con excelentes notas el 29 de junio de 1888, con el título de doctor en medicina.

     Una vez graduado decide, tal y como le había prometido a su señora madre, Josefa Antonia Cisneros Mansilla, regresar a su pueblo natal para atender a la gente necesitada de Trujillo y sus alrededores. Los médicos rurales de finales del siglo XIX debían lidiar con el azote del paludismo o malaria, enfermedad muy extendida entre la población.

     La experiencia como médico rural duró muy poco. A mediados de julio de 1889, por recomendación del profesor de la escuela de medicina Calisto González, el entonces presidente de la República, Juan Pablo Rojas Paúl, aprueba otorgarle una beca para que viaje a Europa a seguir cursos en materias que permitan modernizar la medicina en Venezuela.

     Ya para finales de ese mismo año está matriculado en la cátedra del profesor Charles Robert Richet, famoso por los cursos que dicta en su laboratorio de París sobre materias como Bacteriología, Histología, Microscopía y Fisiología experimental.

     Un par de años después, en 1891, el doctor Hernández está de vuelta en Caracas. Entonces se incorpora como profesor de la UCV, en las cátedras de Bacteriología, Fisiología e Histología, al tiempo que funda el Instituto de Medicina Experimental y el laboratorio del Hospital Vargas. 

     En el año de 1904 consigue el honor de ser aceptado como Individuo de Número en la Academia Nacional de Medicina.

     A pesar de sus compromisos como médico y docente, el doctor Hernández jamás se aparta del aspecto espiritual. En 1908 renuncia a todos sus cargos en Venezuela y decide viajar a Italia. Ingresa al monasterio de la Cartuja de Farneta, como miembro de la orden de San Bruno. Problemas de salud lo obligan a regresar en abril de 1909 y se reincorpora a las actividades académicas en la UCV.

     En el año 1914 vuelve a Europa e ingresa a un seminario en Roma, pero nuevamente presenta inconvenientes de salud por síntomas de tuberculosis que lo obligan a emprender el regreso y reintegrarse al ejercicio profesional y la actividad académica y docente.

Un embalsamador alemán en Galipán

Un embalsamador alemán en Galipán

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Un embalsamador alemán en Galipán

     En el siglo XIX se radicó en La Guaira, el médico alemán Gottfried August Knoche, quien se hizo muy famoso por haber inventado un líquido embalsamador con el que momificó docenas de cuerpos en su laboratorio ubicado en el cerro Ávila. Knoche es uno de los personajes más misteriosos y enigmáticos relacionados con la historia del parque nacional Waraira Repano. El fallecido cronista de Caracas, Guillermo José Schael, publicó en su muy bien documentado libro “Caracas de siglo a siglo” (Caracas, 1967), una estupenda semblanza del mencionado médico alemán, la cual reproducimos en este portal.

La extraña personalidad de Gottfried Knoche despertó diversas controversias

El Doctor Knoche

Gottfried Knoche, nacido en Halberstadt en 1813, obtiene su grado en la Universidad de Freiburg, Alemania, el año 1837. Invitado por miembros de la comunidad de su país, residentes en La Guaira, desembarca en este puerto en 1840 y empieza a ejercer su profesión. Era médico y cirujano. Poco después trajo a Venezuela a su esposa, así como a dos enfermeras que habían trabajado con él en el hospital de Freiburg. Eran aquéllas muy competentes y le ayudaban en los actos quirúrgicos.

Tuvo una hija de nombre Anna (1840-1879), quien casó con Heinrich Müller (1822-1881), un hijo que años más tarde vino desde Alemania. Médico como su padre, se radicó en Puerto Cabello. No se conocen mayores detalles acerca de su destino.

Amante de la naturaleza durante sus primeros tiempos en La Guaira solía el Dr. Knoche hacer largas excursiones a caballo hasta las montañas de Galipán. La perspectiva fascinante que ofrece el Litoral desde lo alto del picacho, y su fresco clima debieron ejercer en él fuerte atracción.

Quizá fue así como nació su idea de adquirir alguna posesión en los alrededores. No muy lejos existían pequeñas fincas destinadas desde la época colonial al cultivo del café y frutales.

     Knoche fijó su atención de manera preferente en una y la adquirió a bajo precio, con el fin de pasar en ella los fines de semana. Más tarde, con el pretexto de que a su esposa no le prestaba el calor de La Guaira, se mudó definitivamente a tan pintoresco lugar. Le acompañaron su esposa, su hija Anna, Heinrich Müller y las dos enfermeras Josefina y Amalia Weismann. Esta última sobreviviría a todos. Murió en 1926.

     Se dispuso entonces a edificar una casa como las de la Selva Negra, dotada de un gran salón o “hall” revestido de madera, con su chimenea y gradería de rústico en la entrada. Casi todo el material fue transportado desde La Guaira a lomo de mulas. Las habitaciones estaban dotadas de amplios ventanales que daban al mar. Personas que tuvieron la suerte o el privilegio de conocer aquella posesión a fines del siglo pasado, elogiaron el buen gusto con que estaba decorada. Hacia la parte posterior tenía el doctor Knoche su laboratorio de experimentación, muy ventilado y espacioso. Trabajaba intensamente en la preparación de un líquido de su propia invención para ser inyectado en los cadáveres y preservarlos de la descomposición, sin necesidad de extraer las vísceras. Se cuenta que nuestro personaje lograba retirar durante la noche, para no alarmar al vecindario, algunos cuerpos de la morgue del Hospital San Juan de Dios y los hacía subir a lomo de mulas al cerro con un sirviente de confianza, para someterlos a su procesamiento.

     Cuéntase en Galipán que cierta noche el cadáver de un sujeto apodado “Pescado de Oro” cayó de la mula que lo transportaba y se desprendió la cabeza que rodó por el barranco. Como el cuerpo quedó inservible para los experimentos, fue enterrado en un canjilón, cerca del “Palmar de Cariaco”.

     Knoche debía tener autorización del hospital por su condición de médico. A la entrada de su residencia y a la intemperie estaba el cadáver uniformado de José Pérez, antiguo soldado de la Federación. Sólo al acercarse los visitantes a la tétrica posesión de “Buena Vista”, podían percatarse de que el portero era una momia.

     La intriga y las habladurías de algunos vecinos hicieron correr el rumor de que el Dr. Knoche practicaba “brujerías”, lo cual, desde luego, no parece cierto.

     El escritor Miguel Aristeguieta visitó la posesión de Knoche en 1925, viva aun la antigua y fiel ama de llaves Amalia Weismann, quien le enseña algunos de los departamentos de la casa.

     “Cuando penetré al salón principal   ̶  dice ̶  creía que me hallaba en la galería de algún castillo erigido en el Gran Ducado de Baden. El mueblaje y los cuadros que pudimos ver en la galería de Knoche parecían pregonar episodios culminantes del antiguo imperio germano. En uno de los muros colgaba copia de la famosa pintura que representa la entrevista en el campo de Waterloo sostenida entre el Duque de Wellington y Blucher. Más allá, y a la derecha de la chimenea, se hallaba el retrato de Federico el Grande, el Húsar Rojo, y otros que correspondían a los príncipes famosos de la Casa de Prusia.

     Eduardo Rooswaag, quien visitara “Buena Vista” a mediados del mismo año 1925, junto con un grupo de excursionistas, nos hizo una interesante descripción de las hermosas plantaciones que rodeaban la casa, naranjos en flor, toronjas, aguacates, tamarindos y una variedad de catleyas en su invernadero, rosas y claveles.

Vista de la edificación ubicada en el carro Ávila, donde el médico alemán conservaba la mayoría de los restos momificados con un líquido de su i

     Aquel grupo está integrado por Sofía Wallis, Eva Melchert, Roberto Montemayor, Alex Melchert, Graciela Machado, Eduardo Wickelmann, Josef van Hoffen, Hans Raibrer, el poeta y escritor Miguel Ángel Aristeguieta y el mismo señor Eduardo Rooswaag, presidente y miembro fundador del Centro Excursionista.

     Refiere Rooswaag que después de la muerte de Amalia Weismann, no presentándose ningún heredero, la finca fue saqueada sistemáticamente. Atraídos por la leyenda, buscadores de oro cavaron infinidad de hoyos para destruir completamente la casa. Sobre aquellas ruinas alguien levantó posteriormente un rancho. Lo que aún quedaba de la vieja estructura fue poco a poco invadido por la maleza. Algunas de las paredes exteriores, los marcos de las puertas de la entrada principal, la caballeriza, un tanque, el laboratorio y el horno de la cocina son los últimos vestigios de la misteriosa posesión del Ávila.

     La extraña personalidad de Gottfried Knoche despertó diversas controversias. Cierta gente creó una atmósfera tétrica alrededor del médico alemán.

     No tenían noción acerca de sus experimentos basados en la aplicación de un líquido momificador a los cadáveres. En contraposición con esa actitud, fueron muchos los que se preocuparon por destacar los aspectos positivos de la existencia del propietario de “Buena Vista”.

     Testimonio de ello serían las declaraciones suministradas por el Sr. Carlos Henrique Reverón, una de las personas que vieron por última vez al Dr. Knoche en La Guaira, a principios de 1901.

     “Era caritativo y humanitario, no cobraba a los pobres y, en cuanto a sus operaciones y diagnósticos, por su técnica y acierto   ̶   dijo  ̶  eran casi perfectos”. El famoso médico murió en su finca del Ávila el 2 de enero de 1901.

     Por su parte, el Dr. Eduardo Rohl, durante muchos años director del Observatorio Cajigal y miembro de la Sociedad de Ciencias, inserta en su libro “Exploradores Famosos de la Naturaleza”, un apunte biográfico de nuestro personaje: “Fue un médico práctico y hábil cirujano   ̶   dice  ̶ , según los gratos recuerdos que de sus actividades profesionales se conservan. Durante la terrible epidemia de cólera que azotó al país en los años 1854-1856, figuró entre los médicos que lucharon en La Guaira contra dicha peste”.   

     A mediados de 1929 subió a la mansión de Knoche el doctor Federico Milá de la Roca, quien hizo cuidadosas observaciones del lugar, principalmente en el anfiteatro. Muchos de estos apuntes o anotaciones serán publicados por el Dr. Milá de la Roca, junto con otras apreciaciones acerca de distancias y altitudes tomadas a lo largo de más de un cuarto de siglo de estar realizando excursiones a la montaña.

A la entrada de su residencia y a la intemperie, el Dr. Knoche colocó el cadáver uniformado de José Pérez, antiguo soldado de la Federación

     En aquella ocasión se apreciaba la siguiente disposición de las momias con sus respectivas inscripciones:

  1. Un nicho de mármol sin la tapa, con parte del esqueleto solamente. Se supone perteneció a la esposa del doctor Knoche.
  2. Anna Müller geb Knoche: nació 10… de 1840, falleció 23… 1879 (hija del Dr. Knoche).
  3. Heinrich Müller, nació el 26-11-1812 en Liebnau, falleció el 7-4-1881
  4. Josefina Weismann: 29-6-1830 en Halberstadt, destruida la parte de la placa con la f echa de fallecimiento.
  5. A la entrada de la finca la momia o cadáver de José Pérez.

Primeras elecciones secretas y universales

Primeras elecciones secretas y universales

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Primeras elecciones secretas y universales

     En 1944, con ocasión de la celebración en Caracas de la VII Serie Mundial de Béisbol Amateur, los organizadores decidieron que la reina del evento fuera escogida por votación popular. Fue así como los venezolanos tuvieron la oportunidad, por primera vez en su vida, de ejercer el derecho al voto de manera universal y secreta. Una maestra de escuela se enfrentaba a jovencitas de sociedad en una apasionada contienda.

     A casi nueve años de la desaparición del general Juan Vicente Gómez, quien estuvo al mando del país durante 27 años entre 1908 y 1935, eran los tiempos del general Isaías Medina Angarita, quien intentaba conducir a la nación hacia un régimen democrático por lo que en diversas ciudades del país la escogencia de la reina de este importantísimo campeonato de pelota internacional, significó la posibilidad de hacer realidad la inquietud del pueblo de ejercer por primera vez en la historia el derecho al voto, en una elección en la que intervinieron como candidatas las señoritas Yolanda Leal, Oly Clemente (hija del secretario del presidente Medina Angarita), Nelly Blanco Yépez y Rosario Gómez Ruiz.

     La elección de la reina atrapó tanto la atención del país, que los diarios capitalinos se sumaron a la campaña. Últimas Noticias orientó sus preferencias hacia Leal y El Nacional se “cuadró” con Clemente. El pueblo también tomó partida por una y otra candidata. Los ojos claros de Oly y la piel morena de Yolanda congregaron multitudes. “Imagínate que inventaron un slogan que decía: Yolanda Leal para la gente vulgar, Oly Clemente para la gente decente”, recordaba en 1996, en las páginas de farándula de El Universal la señora Leal, quien está considerada la primera gran reina de belleza del país.

     El Comité Organizador del Concurso de la VII Serie Mundial de Béisbol Amateur acordó que la elección de la Reina se haría por votación universal, directa y secreta. Además, convino que los comicios se realizarían el domingo primero de octubre de 1944, desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde, y no se cerrarían las mesas mientras haya gente en las colas. También se acordó que todos los mayores de 15 años, sepan o no escribir, tendrán acceso a los locales de votación, que contarán con un espacio reservado, para evitar que cada persona pueda ser influenciada o presionada. Los votos válidos para la elección se repartirán a la entrada de cada local y estarán firmados por los miembros del Comité en representación de cada una de las candidatas.

En los escrutinios finales de Caracas, Yolanda Leal obtuvo 23.000 votos contra 8.000 de Oly Clemente

     La campaña electoral se inició el 15 de octubre. Se dijo entonces que estos comicios eran una gran oportunidad para inculcar en los venezolanos el afecto a la democracia, porque el pueblo nunca ha participado en elecciones directas y aspira a elegir a un nuevo Presidente de la República depositando un voto.

     El domingo 1 de octubre se celebraron las esperadas elecciones. Aunque las votaciones comenzaban a las nueve de la mañana, la gente ya estaba haciendo cola desde la seis.

     En la capital se votó en el estadio Cerveza Caracas, en la parroquia San Agustín; en el Estadio Nacional de El Paraíso y en numerosos teatros y cines.

Yolanda Leal (izq.) felicita a Oly Clemente la nueva reina del Voleibol.

     Tenían derecho al voto todos los mayores de 15 años, sepan o no leer y escribir. Por primera vez se vio una fila de personas con dimensiones de un kilómetro de largo, desde la esquina de San Mateo, cercana al Nuevo Circo, hasta las taquillas del estadio en la esquina de Bomboná de San Agustín del Norte. Igual sucedió en el Estadio Nacional de El Paraíso. Todos los teatros y cines donde había urnas se colmaron de votantes. En horas de la tarde se conocieron los primeros resultados.

     En los escrutinios finales de Caracas, Leal obtuvo 23.000 votos contra 8.000 de Clemente. En Barquisimeto, Valencia, Maracay, Cumaná, Ciudad Bolívar y Maracaibo también hubo largas colas en los centros de votación. Entrada la noche, los periodistas de El Nacional y los representantes de Oly admitieron la derrota de ésta. 

     Hubo cohetes en todos los rincones del país. Fiesta en las calles. ¡Con Yolanda Leal ganaremos la Serie Mundial!… y así fue. 

     ¿A qué atribuyes el delirante entusiasmo del pueblo a la hora de votar?- , le preguntó la periodista María Teresa Castillo, a pocos días de su victoria a la reina deportiva. Y la joven afirmó: “A un reflejo de la delirante afición que ese mismo pueblo siente por el beisbol”.

     En el año 2010 se amplió la historia del triunfo de Yolanda Leal por intermedio de la pieza documental La Reina del Pueblo, dirigido pre lm cineasta Juan André bello, con el auspicio del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía. Este trabajo fue galardonado con el Lasa Award of Merito Film, en el festival de Cine de Toronto, Canadá. Yolanda Leal, la mujer que personificó al pueblo llano en esa primera elección popular en Venezuela, se dedicó posteriormente a la carrera de docente en liceos de la capital. El 20 de enero de 2013, falleció a la edad de 89 años.

     El escritor Miguel Otero Silva le dedicó unos hermosos versos bajo el título de “Yolanda de Venezuela”:

Yolanda Leal, reina de la Serie Mundial de Béisbol Amateur VII 1944.

“Yolanda de Venezuela
mi pueblo te necesita
por morena y por bonita
y por maestra de escuela
El estrai de tu sonrisa
rompió su curva en mi pecho
y yo me quedé maltrecho
y abanicando la brisa.
Corredor con mucha prisa
mi corazón sin cautela
salió en busca de tu escuela
y tu mirada profunda /

lo puso fuera en segunda
Yolanda de Venezuela
¡Quién fuera rolín sin pena
para tu pie acanelado!
¡Quién fuera flai elevado
para tu mano morena!
En la tribuna más llena
donde Juan Bimba más grita,
con tu voz de agua bendita
proclamando la victoria,
para cubrirse de gloria
mi pueblo te necesita.
Cuando para mi desgracia
te alargué la mano terca

tú me volaste la cerca
con el jonrón de tu gracia.
Reina de mi democracia,
soberana de Pagüita,

en la clara nochecita de tus ojos retrecheros
me anotaste nueve ceros
por morena y por bonita.
Fuiste línea disparada
hacia tu pueblo, de frente,
y en ti el pueblo valiente
logró su mejor jugada.
Así quedaste engarzada
en manos de Venezuela,
manojito de canela,
Reina la más majestuosa
por morena y por hermosa
y por maestra de escuela”.

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