Boletín – Volumen 79

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Boletín – Volumen 79

Sinopsis

Por: Dr. Jorge Bracho

     La edición correspondiente al 15 de junio de 1920 inició con una información proporcionada a través de un Comunicado del Banco de Venezuela, titulada “Noticias financieras acerca de Inglaterra”. En ella se informó sobre la cantidad de billetes en circulación, la existencia de oro que daba garantía a estos billetes y el total de lo adeudado por Inglaterra, así como los préstamos otorgados a los Aliados, durante el conflicto bélico que recién había culminado, y los conferidos a sus colonias.

     De seguidas, se agregó “Cámara de Comercio de Ciudad Bolívar” en que se recordó la importancia que tenía para el intercambio comercial y mercantil de este gremio su instalación, en esta ciudad situada al suroriente de Venezuela. La misma sería presidida por Virgilio Casalta.

     En otro aparte se dio a conocer “El valor de las onzas de oro”. Lo escrito en él guarda relación con el desprestigio de las “célebres peluconas” que a cuenta de su deterioro se pagaban a no más de 7 bolívares. Por intermedio del Banco de Venezuela se comenzaron a cotizar por bolívares 80, porque si bien mostraban algún deterioro conservaban en su estructura “oro fino”.

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    En el mismo trabajo se expuso una breve semblanza histórica de la circulación monetaria desde tiempos coloniales, la que está acompañada de un cuadro en que se contrastan las monedas modernas de algunos países europeos y americanos. De igual manera, aparecen fotograbados de monedas con la imagen de Bolívar y otras de España, la Gran Colombia, Nueva Granada, Ecuador, Perú y Bolivia.

     Le sigue a esta sección: “Memorándum sobre la Ley de la Onza comunicado por el Banco de Colombia de Venezuela”. Se trata de una escueta reseña histórica relacionada con las casas de las monedas que funcionaron en territorio de ultramar en tiempos coloniales. En este sentido, en “Memorándum del Banco Hispano – Americano” se extendió la información acerca de la Ley que rigió a las onzas de oro españolas desde 1751 hasta las modificaciones introducidas en 1840. También, apareció “Memorándum del Banco del Perú y Londres” donde se respondía que la ley de las onzas de oro, correspondientes a los años de 1826 a 1855, y que se encontraban en Londres llevaban estampado el valor en oro que les fue otorgado en su momento.

     En “Notas acerca del origen y proceso histórico de la Ley Orgánica de la Hacienda Nacional” su autor, J. B. Calcaño Sánchez, señaló la importancia de estudiar el desenvolvimiento y desarrollo de la Hacienda Pública desde la época colonial, en especial a partir del siglo XVIII, hasta alcanzar una ley moderna en este orden de cosas. Según su exposición, la primera Ley Orgánica de Hacienda fue la instituida el 3 de agosto de 1824. La nueva Ley se redactó de acuerdo con ideas expuestas en la Memoria de Hacienda de 1918, acompañada de la Ley de Aduanas, leyes que regulaban el comercio exterior, interior y de tránsito, la de Impuesto de Papel Sellado y la de Renta de Salinas.

     Se sumó a esta edición “Noticias de Maracaibo. Centrales azucareros” en la que se dio a conocer que las ganancias que generaban era de altos dividendos. En “Sección de Correspondencia” la misma se nutrió de información proveniente del Consulado americano. Desde distintos lugares de los Estados Unidos de Norteamérica se proponían negociaciones e intercambios alrededor de un “líquido para cerrar rajas en los radiadores”, clavos con tapas de plomo para clavar hojas de metal, automóviles de distintas marcas, máquinas de escribir, telas de algodón, cinturones de cuero, la oferta para participar en una exposición en Chicago de métodos y aparatos para mejorar el procesamiento de la leche, teléfonos, sillas para montar caballos, molinos de café, picadoras de carne eléctricas y jabones para teñir ropa. Asimismo, se agregó una información relacionada con bienes exportados desde Venezuela hacia el país del Norte entre los cuales se encontraban el café, cacao, cueros de res, pieles de chivo y venado, carboyas de hierro, azúcar y otros no especificados y que sumaban en bolívares: 3.110.583. También, apareció una tabla de las exportaciones entre los años de 1912 a 1920.

     Apareció una noticia titulada “El consumo de cacao en los Estados Unidos de América”. En ella se expuso que la producción de cacao en el mundo para 1918 fue cercana a las 386.000.000 toneladas y que los Estados Unidos de América consumían cerca de la mitad. Luego de la guerra este país decidió importarlo de manera directa y no mediante intermediarios europeos, por lo que se exhortaba a los productores venezolanos a un mayor aprovechamiento en este sentido.

      En la página 752 aparecieron “Noticias financieras acerca de Francia” y “Noticias financieras italianas”, ambas aportadas por medio del Banco de Venezuela. En ellas se informó lo relacionado con la circulación de billetes y la suma total de los valores en oro existentes. En esta misma página se dio a conocer el nombre de quienes se incorporaron a la Cámara de Comercio de Caracas, entre los que se destacó el Banco Holandés de las Indias Occidentales, Hermanos Barbarito y Compañía, Lunning y Compañía, Olavarría y Compañía y Van Dissel Rode y Compañía.

     Entre las páginas 752 y 753 se expusieron algunas dificultades que afectaban al comercio de San Fernando de Apure, en especial, las mercancías que provenían de Caracas. En “Dificultades del transporte de mercancías de Caracas a San Fernando” señalaban la incomodidad que resultaba de la retención de las mercancías en Cagua, debido a la escasez de medios de transporte y por dificultades con los carreteros encargados del transporte. Advirtieron a los miembros directivos de la Cámara que, de no solucionar el problema, “importarían o comprarían en Ciudad Bolívar”. La Cámara elaboró un informe donde indicaban razones que impedían un tránsito fluido de mercaderías como las recientes lluvias, vías en mal estado y la poca cantidad de medios de transporte o carretas utilizadas para el comercio.

     De una información reproducida del Boletín del Banco Nacional de Nueva York se presentó “Escasez de capitales”. En el mismo se indicó el exiguo rendimiento que ofrecía el crédito, el alto costo de los préstamos y el proceso inflacionario proveniente del período bélico y que aún persistía.

     La información estampada en “Participaciones” daba cuenta de nuevas sociedades comerciales que se instalaron en el país. En un aparte suscrito por H. Pérez Dupuy éste defendió el 30% adicional de los derechos de aduana por la importancia que revestía para los intereses de la Nación venezolana. Por último, se presentó un cuadro sobre el movimiento de valores en la Bolsa de Caracas.

Más boletines

Boletín – Volumen 118

Asambleas de la Cámara de Comercio de Caracas.

Boletín – Volumen 144

Por lo que respecta a las mercancías secas se ha sostenido el movimiento de venta en el mes de octubre.

Boletín – Volumen 126

Como se hizo habitual en el Boletín, la edición inicia con “Situación Mercantil”.

Rafael Guinand inició cosecha de humoristas

Rafael Guinand inició cosecha de humoristas

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Rafael Guinand inició cosecha de humoristas

     En entrevista concedida al diario el Universal en 1932, veinticinco años antes de su desaparición física, el recordado actor caraqueño cuenta pasajes de su carrera y cómo ve la actividad teatral que entonces se desarrollaba en el país

     En tiempos de crisis a lo largo de la historia del país, el venezolano se ha acostumbrado a reír como una manera de “darle base por bolas” a las situaciones difíciles.

    Por esta época de alta tecnología, en la que una gran mayoría interactúa en las redes sociales como Instagram, Twitter, Facebook, TikTok, WhatsApp, etcétera, abundan los mensajes ácidos o “memes”, que se burlan de las diversas situaciones cotidianas relacionadas con el asunto político, al tiempo que se presentan algunas parodias en teatros y proliferan en algunos locales nocturnos los denominados stand ups.

    “El humor es una manera de hacer pensar sin que el que piensa se dé cuenta que está pensando”, dijo en una oportunidad Aquiles Nazoa, uno de los grandes humoristas en la historia del país, cuya obra quedó plasmada en revistas, libros, obras de teatro y espacios de radio y televisión.

1. Rafael Guinand escribió sus propias obras, fue poeta, columnista en la prensa caraqueña y alcanzó la cúspide de su carrera cuando comenzó la radio en Venezuela

Guinand pionero

     Mucho antes que comenzaran a circular los memes en la red, los stand ups, y aquellos famosos espacios de la TV como Radio Rochela, el Show de Joselo o Bienvenidos, el público venezolano consumió humor de alta calidad a través de las crónicas, artículos y caricaturas que se publicaban en los diarios y en publicaciones especializadas como, por ejemplo, “Morrocoy Azul” y “Fantoches”, en los que destacaban las firmas de Francisco Pimentel (JobPim), Miguel Otero Silva, Manuel Martínez, Pedro León Zapata. . . 

     La ocasión es propicia para recordar a uno de los primeros artistas que en nuestro país cosechó el arte del buen humor, como fue el caraqueño Rafael Guinand, considerado como uno de los cómicos pioneros, quien se inició muy joven como actor de teatro y con el tiempo fue cultivando el género del sainete.

     Guinand también escribió sus propias obras, fue poeta, columnista en la prensa caraqueña y alcanzó la cúspide de su carrera cuando comenzó la radio en Venezuela.

     Llegó a personificar a “Juan Bimba” y su famoso programa “El Galerón Premiado” alcanzó niveles récord de audiencia en los años cuarenta.

     El Galerón Premiado se transmitió por más de una década a través de Radio Continente y un circuito de 17 emisoras en casi todo el país. Salía al aire los días jueves. El espacio se iniciaba con un “aló, aló, cambio, cambio” … Guinand fingía hacer llamadas telefónicas a diferentes lugares de Venezuela exponiendo, a través de distintos personajes, motivos que provocaban hilaridad y alegría en los hogares que sintonizaban.

     Sus personajes en el teatro y en la radio siempre representaron al hombre del pueblo, risueño, chistoso, dicharachero y fatalista, que aceptaba su situación de pobreza con buen humor y resignación.

Conversación con el artista

     Guinand nació en Caracas, el 12 de marzo de 1885 y falleció en su residencia capitalina de la urbanización Vista Alegre el 13 de noviembre de 1957, a la edad de 72 años. 

     A raíz de su desaparición, la revista Crónicas de Caracas, en su edición de diciembre de 1957, reprodujo una entrevista que publicó en dos entregas el diario caraqueño El Universal los días 30 de noviembre y 1 de diciembre de 1932, en la que Guinand le cuenta a “Crispín Valentino” (la mencionada publicación afirma que se trata de un seudónimo) interesantes aspectos de su carrera como actor.

     Nunca habíamos charlado con Rafael Guinand. Lo conocíamos solamente en su faz de cómico venezolano, en el escenario o en el disco, y nuestra admiración por él nos hacía detener para escucharlo con cierta curiosidad por adivinar la facultad de aguda percepción, fría, que denunciaban esos retratos fieles de nuestra psicología global; pero es otra personalidad, analizadora, intelectual, apenas la conocíamos por la referencia de algunos amigos que se limitaban a decirnos: “Guinand es un hombre triste”. Una especie de Garrick, nos decíamos para nosotros mismos y la curiosidad por obtener datos seguros de su otro yo se atenuaba por el temor de encontrarnos en un caso más de la tragedia del payaso, tan explotada en todos los sectores literarios y escénicos, y que de tanto suceder se ha hecho ya algo común, y por tal desprovisto de interés.

Rafael Guinand, actor, poeta, autor dramático y empresario teatral. Fue uno de los pioneros del humor radial

     Por eso ayer cuando se nos encomendó la misión de entrevistar a Guinand, nos limitamos a trazar un cuestionario en las cuartillas encaminado a que el cómico nos diera varias anécdotas de sus aventuras, que divirtieran al lector, eludiendo encontrarnos con esa otra personalidad aureolada por la tristeza de los payasos con que se nos había presentado al Guinand hombre.

     Tomamos el camino de la residencia de Rafael ̶ Altos del Cenizo número 9 ̶ y preguntamos aquí y allá, pudiendo llegar frente a una casa de modesto aspecto, pero ancha y espaciosa, ventilada y rodeada de un ambiente tranquilo que envidiamos los condenados a residir dentro del tráfago ciudadano. Allí apenas rasga el silencio el zumbido de la brisa de los muchos árboles que rodean “el rancho” del cómico, y las bocinas de los automóviles se escuchan como una bruma de sonidos que no llega a erizar los nervios, ni a enredar las ideas.

  ̶ ¿El señor Guinand?

 ̶ Tenga la bondad. Voy a llamarlo.

     Pasamos a la decente salita de recibo y esperamos unos escasos minutos, al cabo de los cuales apareció Rafael en traje de casa, con su figura y su voz humanas, opuestamente distintas a la que nos suministra el cómico criollo que la mayoría conoce. Con un cordial apretón de manos nos saluda, y damos comienzo a una de las charlas más interesantes que hemos sostenido en nuestra vida reporteril. Tan interesante desde los primeros momentos que olvidamos nuestra misión y no habíamos estampado el primer apunte sobre las cuartillas. 

Rafael Guinand no es un hombre triste, su piscología no es la de la otra faz del payaso explotada hasta ahora; es, simplemente, un hombre culto. Nos habla de su casa con entusiasmo por la tranquilidad del ambiente que la rodea, y su fraseología salta ágil dentro de la expresión controlada, sin que sea posible imaginar que este hombre pueda asumir con tanta facilidad el papel de hombre de nuestra multitud.

 

¡Estábamos frente al autor teatral, frente al intelectual!

 ̶ ¿Solamente has escrito teatro?

 ̶ No.  He escrito cuentos, y también versos, si eso puede llamarse mi obra literaria

 ̶  Entre mis cuentos los que te puedo mencionar son “El último Carro” y “La Sirvienta”, por considerar, a mi juicio, desde luego, que sean los mejor realizados. Y versos. . .

 ̶ ¿Festivos?

 ̶ Te voy a decir: por “tomadera de pelo” los he escrito, pero también he querido elaborarlos con seriedad. . .  Más yo los abandoné hace diez o doce años. Comprendí que no servía para escribirlos, aunque ahora últimamente en las propagandas escribo de carrera algunos del género festivo.

 ̶ ¿En teatro?

 ̶  ¡Ah! Es donde he hecho más obra: “El Rompimiento”, “Amor que Mata”, “Por librarse del servicio”, “El Dotol Nigüin”. “Los Bregadores”. “La Gente Sana” y algunos sainetes más.

  ̶ ¿Y en preparación?

  ̶ “Las Glándulas del Mono” y uno que había titulado “La Costumbre”, pero este título no me da toda la intención de la obra.

 ̶ ¿Sainete?

 ̶ Si, la forma exterior de sainete, pero adentro, muy adentro, está algo que me va a hacer estudiar en mí mismo una nueva actitud de cómico sin que me quite, desde luego, la médula central de mi género.

 ̶ Entonces. ¿Crees que la forma de teatro que más nos conviene no puede salirse del sainete?

Guinand fue el autor de “El Rompimiento” (1917), obra teatral fue llevada en 1938 al cine, y se convirtió en el primer largometraje sonoro producido en Venezuela

̶ Si. Estoy convencido de ello: el sainete trae a la escena la huella fresca de la región, está desnuda la psicología del pueblo, de los seres que no se barnizan con las costumbres internacionales, y es lo que puede alumbrar el verdadero eje de nuestro teatro y enrumbarlo hacia una realización definitivamente delineada y distinguida. Porque la alta comedia de todos los países y de todas las lenguas tienden a uniformarse, a meterse dentro de un molde general, universal, algo así como sujeta a un denominador común que impide distinguir su procedencia exacta, como lo hace el sainete. Pero nuestros autores lo rehúyen, quieren elevarse por encima, de humanizar el teatro, y por eso nuestro arte escénico no ha podido empujar como lo debe. No obstante, hay autores teatrales entre nosotros que han comprendido la importancia del sainete para perfilar el carácter de los criollos, y han logrado obras excelentes, como son Ayala Michelena, Barceló, Leoncio, Gustavo Parodi, Otazo, Innes González.

 

̶ ¿Crees que, si nuestros literatos la emprenden por escribir sainetes, lograrían algo?

 

̶ A mi simple juicio, creo que deben hacerlo, pues si alguna ruta existe para iniciar una labor social, es ésta, y nuestro pueblo requiere conocer mejor sus valores, y éstos necesitan ponerse más en contacto con las masas, aún desprovistas de la más elemental idea de lo que es el sello criollo. Estoy seguro de que el teatro sería el más poderoso factor para impulsar esta campaña nacionalista que ha venido tomando calor espontáneamente, de una manera inconsciente, porque el hombre corriente, sin espíritu de selección, se encontraría de pronto frente a una revelación: que, en el país, en la tierra, existe de todo lo que nos viene del extranjero, y le tomamos cariño.

̶ En esto del criollismo, Rafael, fuerza es reconocerlo, tú has sido lo que bien puede llamarse: un apóstol abnegado y paciente.

 

̶ No, chico. Es que a mí me da dolor, por ejemplo, algo que he visto en nuestro Mercado Principal. Una mujer venezolana trigueña y “pimentosa”, como dicen ahora, tiene un puesto de vender masa, producto de maíz venezolano y vendida a los venezolanos . . . pues esta mujer no tiene ningún inconveniente en colocar un cartel que pregone: “Masa americana”. Y otro ejemplo: en el departamento de frutas observo el otro día que un individuo está rotulando unos frascos de encurtidos criollos; me acerco y me encuentro con que los rótulos están timbrados con palabras inglesas. Y aún otro caso más rotundo todavía. En cierta ocasión me encontraba en Maracaibo en uno de los principales hoteles y en vista de que en ninguna de las horas de comida se veían caraotas, yo que soy un ferviente devoto de nuestras clásicas “negritas”, me acerqué al mozo, y le pregunté: “¿Es que aquí no preparan caraotas?” Si, pero no las traen a la mesa. Y no me explico, como lo dije en una charla sobre la caraota negra, por cuáles causas nos ruborizamos con nuestras caraotas, cuando los españoles se ufanan en nombrar sus garbanzos, y así todos los individuos de las distintas nacionalidades con sus platos característicos.

Rafael se levanta del sofá donde se encontraba sentado y nos dice:

̶ A propósito, espérate que te voy a buscar un regalo que me enviaron a la Broadcasting, y el que tengo cuidadosamente guardado.

Guinand se dirige hacia los apartamentos interiores y regresa a los pocos minutos, trayendo consigo una cajita de cartón, la cual abrió ante nuestras pupilas curiosas: 

̶   Son “macagüitas”. Apuesto a que no las conocías.

̶   No.

̶  Es una de las granjerías criollas que más abundaban en la Caracas de los otros tiempos; pero hoy ni se conocen. Estas me las envió alguien que escuchó mis evocaciones por todas las granjerías desaparecidas.

Nuestro entrevistado saca su pitillera y nos obsequia un cigarrillo, el cual encendemos, mientras Guinand tapa amorosamente la cajita de macagüitas y vuelve a tomar asiento.

̶  Pues bien, chico, volviendo a lo del teatro nacional. Yo creo que aquí hace falta una Sociedad de Autores que se preocupe más, y, algo, muy importante, y en nuestra Escuela de Música y Declamación se abra una clase de arte teatral venezolano. Así se lograría que nuestras mujeres de la clase media le perdieran esa ojeriza al escenario, ya que el crisol de la Academia, ennoblecería, por decirlo así, el oficio del actor venezolano, tan denigrado y tan castigado por la opinión. Y creo que en la clase media es donde se conseguirían mejores elementos que en la “élite”, pues casi todos los artistas de todos los países han salido de ese sector intermediario, pobre, pero capaz de cultivarse acaso por esa misma pobreza.

El Rompimiento (1938) película de A. M. Delgado Gómez, sobre el sainete homónimo de Rafael Guinand

     Nos entusiasma la idea de Guinand, y abandonando lápiz y cuartillas, nos acomodamos mejor en nuestro asiento para considerar extra-interviú el excelente proyecto, junto con la personalidad que se encuentra frente a nosotros. Porque Rafael está en ese instante en la posición del analista frío y razonador, que mira aristas en las cosas, gracias a un detenido estudio de la materia que lo capacita para preparar jóvenes y enrumbar el arte escénico venezolano por una ancha ruta labrada con esfuerzos mortificantes y pacientes. No es ni el actor, ni el autor:  es el crítico, es el maestro. Guinand aspira a que nuestra escuela teatral encuentre acogida en el ambiente académico, que fluyan reglas disciplinarias para recoger los efluvios de nuestra psicología y encerrarlos en el rostro y en la palabra; y es aquí donde se nos muestra el Guinand más entusiasta, menos triste, más culto.

     Sin pedantería, con una calma caliente en sus palabras, Guinand nos va explicando sus conceptos sobre teatro, y hace nacer en nosotros la curiosidad por conocer el origen de la afición teatral en el cómico, actor y crítico.

̶̶ Mis primeras actuaciones teatrales comenzaron junto con la de un grupo de aficionados. De noche en noche dábamos funciones en la esquina de San Antonio en el antiguo Estado Vallenilla (hoy La Pastora), y trabajábamos sobre escenarios que nosotros mismos habíamos construido la víspera de la función. Recuerdo mucho que nos capitaneaba Juan Francisco González (alias: “Pollo Loco”), quien disponía del producto de las entradas, abonándonos por todo capital una tostada de las que vendía un tostadero en la esquina de Pineda. En esa “trouppe” (si es que aquel grupo medio loco y desinteresado puede llamarse así) también trabajaba Juan María Arévalo, a quien se conoce más por su apodo de “Gallo Blanco”, de quien hay más anécdotas que revistas en Caracas.

̶̶ ¿Y después del teatro de San Antonio?

 

̶̶ Pasamos a la esquina josefina de La Esmeralda. Allí nuestro empresario era un alpargatero llamado Pedro Eloy Ulloa, quien se enorgullecía de serlo. Ensayábamos en la sala de su casa y como la familia hacía gofios para venderlos, y los colocaban en la sala debidamente tapados, nosotros robábamos las sabrosas chucherías; pero Ulloa nos perdonaba todo. En la Esmeralda venía trabajando, cuando Carlos Ruiz Chapellín asistió a uno de los ensayos y me llevó para el Calcaño, donde debuté con “Un Bohemio o los Banderilleros de Caracas”, de Abelardo Gorrochotegui, y “El Grito Público”, de Carlos Ruiz Chapellín.

 

̶̶ Carlos Ruiz Chapellín ha sido una de las principales figuras de nuestro teatro, ¿verdad? 

̶̶ Ha sido el verdadero precursor del teatro nacional ̶ ̶ nos contesta Guinand con propiedad en su voz.

 

̶̶ Bien. Continúa tu aventura.

 

̶̶ Pues del Teatro Calcaño salimos en una turnée por Valencia, Puerto Cabello y Barquisimeto, donde hubo que reducir la compañía porque no daba para los gastos. La reducción de la compañía se hizo retirando la broza, lo “peorcito”, y de lo cual formaba yo parte activa. Así, pues, me despacharon para Caracas y Carlos me entregó un paquete grandecito de monedas, con las cuales me consideraba más rico que Rockefeller. Pero he aquí que cuando echa a andar el tren, deshago el paquete, cuento, y me encuentro que me habían dado dos pesos en lochas. Llegué a Puerto Cabello y allí no tenía con qué continuar viaje hasta Caracas, pero un amigo me hospedó en una piececita que tenía alquilada, hasta que conseguí quien me regalara el pasaje hasta Caracas.

 

̶̶ ¿Y otras tournées artísticas?

 

̶̶ Con Guillermo Bolívar, “Bolivita”, fui hasta San Cristóbal y Cúcuta devengando un sueldo fabuloso para aquellos tiempos: Bs. 300 mensuales. En esta temporada le fue bien a la compañía. Y después, he hecho otras temporaditas.

 

̶̶ ¿Y de tus compañeros de andanzas qué opinión tienes?

 

̶̶ Que Teófilo Leal es lo más alto. Y que hay muchos, muchos que tienen facultades de sobra: Saavedra, Izquierdo y muchos que quizás están escondidos y que de un momento a otro nos asombren.

 

̶̶ ¿Y en el sector femenino?

 

̶̶ Carmencita Serrano tiene excelentes condiciones, y una hijita mía, Ana Teresa, también es inteligente. Actualmente ambas trabajan en el Broadcasting Caracas: Carmencita con sueldo fijo y Ana Teresa cuando la llaman.

Boletín – Volumen 78

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Sinopsis

Por: Dr. Jorge Bracho

     Esta edición de fecha 10 de mayo de 1920 presentó un “Índice alfabético de la Ley Orgánica de la Hacienda Nacional vigente”. Ley sancionada por el Congreso para 1918 y dada a conocer el mismo año en una edición oficial impresa por la Imprenta Nacional.

     En páginas siguientes se reprodujo un escrito tomado de la Memoria de Obras Públicas titulado “Corporación del Puerto de La Guaira”. En él se subrayó la reconstrucción de la plataforma del muelle de cabotaje y la culminación del trabajo de unión de los muelles del Tajamar. Del mismo modo, se puso de relieve que las ganancias de la Corporación habían sido mayores este año de 1920 con respecto al anterior. El movimiento de cargas en el Puerto fue mostrado mediante cuadros dividido por años, en los que se aprecia que las mayores ganancias se presentaron en 1919. Luego de mostrar balances de ingresos y egresos, los redactores se encargaron de argumentar su oposición al aumento de aranceles propuesto por los administradores del Puerto. En este mismo aparte se publicó “Libelo de demanda contra la Corporación del Puerto de La Guaira”, expuesto por parte del Procurador General de la Nación, Guillermo Tell Villegas Pulido.

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     Entre las páginas 729 y 735 se dio a conocer la segunda parte del artículo del historiador estadounidense C. H. Haring bajo el título “Los libros mayores de los tesoreros reales de Hispanoamérica en el siglo XVI”, en que su autor señaló, entre otras cuestiones, que respecto a la organización administrativa de las primeras colonias de la América española ofrecían al historiador una amplia gama de posibilidades de indagación. Exhortaba a sus pares estadounidenses a una revisión mayor del Archivo de Sevilla, así como la necesidad de superar como fuente única la Recopilación de leyes de las Indias, preparada por la Corona de España.

     La sección de correspondencia se basó en la información proporcionada por el Consulado americano en Venezuela. Desde distintos puntos de la geografía de los Estados Unidos de Norteamérica se ofertaban agentes de negocios, máquinas para trabajos de panadería, materia prima para fabricar cerillas y velas, productos químicos, pinturas, telas para confeccionar ropas de damas, películas de cine, semillas, frutas, relojes de bolsillo, bujías para motores de combustión interna, máquinas de escribir, artículos de tocador, dulces, pianos, arroz, autopartes, medicamentos, aceites comestibles y productos a base de huevo.

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Situación mercantil

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La situación actual

Boletín – Volumen 111

En los primeros días del mes de enero, por causas quizás de las fiestas, hubo extremada paralización en los negocios.

Las memorias de Antonio Paredes

Las memorias de Antonio Paredes

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Las memorias de Antonio Paredes

Antonio Paredes recién salido de la prisión de San Carlos, en Maracaibo, después de haber escrito sus Memorias

     Al triunfar la revolución de Cipriano Castro (1899), Antonio Paredes, un valenciano de apenas 30 años, se niega a someterse y se levanta en armas, pero a los pocos días es sometido, apresado y enviado al castillo San Carlos en Maracaibo. En 1902, es puesto en libertad a raíz de la amnistía decretada por Castro con motivo del bloqueo. Paredes se exilia entonces en Trinidad. En febrero de 1907, invade Venezuela por Pedernales; capturado a los pocos días, es ejecutado sumariamente por orden de Cipriano Castro. A mediados de 1908, su hermano, Manuel Paredes, entabla un juicio por homicidio; la Corte, a la caída de Castro, dicta auto de detención contra el ex presidente, pero no se logra concretar una sentencia

Por Ana Mercedes Pérez

     “1899. ̶ Son tiempos inestables. Tiempos en que no se sabe con qué gobierno se va a amanecer. Los hombres quieren ir a la guerra, ser militares y para ello no se necesita sino ser guapo y cambiar de indumentaria. Se cambia la azada por el sable, el martillo por el revólver, la camisa de trabajo por el traje de campaña. De la noche a la mañana hombres humildes simples peones se levantan en armas auto llamándose Generales de una revolución.

     Lo que se necesita es audacia y más audacia, como decía Danton. Audacia para no dejarse quitar la silla y audacia para recobrarla o conquistarla. Audacia para triunfar y audacia para darse a respetar.

     De Los Andes van bajando sesenta hombres para tomar Caracas. ¿Qué llevan consigo para el triunfo? Audacia y más audacia. Bisoños algunos en artes militares pasan por los pueblos entre vítores solo por el hecho de intentar derribar al presidente. Es la revolución restauradora. El golpe de estado no tendrá otro carácter que el de la fuerza nueva contra la fuerza débil. Y esa fuerza será demostrada hasta el exceso por todo el que quisiera unirse a ella.

     Cipriano Castro viene anunciando un gobierno donde todo ha de ser nuevo: “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”. No se discuten planes ni se sabe en cuál terreno ha de decidirse el triunfo. Por ahora, Tocuyito será la meta. Cuatro mil seiscientos hombres apoyan al Gobierno, mientras el enemigo apenas cuenta con la mitad. Pero esa mitad lleva la fuerza de todos los deseos que arrastran los audaces.

     El presidente Ignacio Andrade es débil, hasta para decir que “no tiene tropas”, cuando un militar le ofrece colaboración. Las tropas se levantan si un gobierno cuenta con simpatías. Y cuando el atrevido Don Cipriano le ofrece amistosamente hacer un convenio entre el Gobierno y los revolucionarios, Andrade se niega prohibido ante la impetuosidad del avance.

     Pronto ya nadie le hará caso al Primer Magistrado, ni siquiera cuando intente libertar a los presos. Un presidente sin ejército es un hombre perdido, un hombre proclive a la derrota. Hasta que un buen día alguien se le acerque para advertirle: “Sálvese, General, que todo está perdido”.

Los padres de Antonio Paredes, el general Manuel Antonio Paredes y doña Manuela Domínguez, gente de tradición y de abolengo

Antonio Paredes

     Dentro de ese ambiente de hombres que se quitaban el poder unos a otros se movilizaba un joven militar de treinta años, egresado de la Academia de Saint Cyr, dotado de personalidad brillante. además de la conferida por la tradición: todos sus antepasados habían sido militares y guerreros gloriosos. La herencia viva no había sido creada por oportunismos revolucionarios. Su abuelo General Juan José de la Cruz había recibido el grado de coronel, en Ayacucho; Juan Antonio Paredes, General de la Gran Colombia, era otro de sus gloriosos antepasados; Manuel Antonio Paredes, su padre, había servido con Páez, venciendo al terrible Rubín.

     Los grados de militares habíanle sido conferidos por méritos ganados en buena lid, peleando por la patria con la espada al cinto, espadas que llevaban grabados en su empuñadura los lemas de Honor y Fidelidad.

     Cuando Cipriano Castro invade Caracas, en 1899, Paredes le sirve a Andrade defendiendo la Plaza de Puerto Cabello: No es hombre de rendiciones y acusa de “traidores” a los que ayer estuvieron con el Gobierno y hoy están con la revolución. Desafía al propio Castro llamándole “cobarde” porque no viene a medir sus fuerzas con él. Muy incómodo había de parecerle al jefe de la Revolución Restauradora la impertinencia de este apuesto General, representante de la aristocracia y de la cultura, educado en Europa y que lo reta a “medir con él sus fuerzas para comprobar que sus soldados serán derrotados”.

     La semilla del odio empezaría a germinar a Don Cipriano. El odio contra la superioridad y la digna altivez de Antonio Paredes. Cuando éste observa que el propio Andrade titubea, no transige con la derrota y le dice: “Apóyeme y venceremos a los traidores”.

     Pero el hombre que ha creado una Táctica Militar y que pelea técnicamente, permanecerá solo. Todos se irán con la revolución. Antonio Paredes por su atrevida y digna actitud irá a purgar a Maracaibo, en el Castillo de San Carlos, el testimonio de una raza que no perdonaba.

 

Sus memorias

     “Diario de mi prisión en San Carlos” no contiene propiamente las observaciones de un militar derrotado. Ni la trágica versión de un hombre atado con grillos, colmado de odio o sediento de venganza. Es la obra de un escritor meduloso, casi a veces de un poeta prisionero que espiritualiza el sufrimiento. El hombre que ha llevado consigo a Moliere, a Corneille, a Racine, a Musset, a Spencer, a Byron, etc., que lee literatura en tres idiomas, que traduce para sus compañeros l’Aiglon, de Rostand, nos va a decir por primera vez cómo vibran encarcelados y carceleros dentro de los oscuros muros del calabozo sin aire, sin luz y sin sol.

     “Memorias” que están plenas de una suave luz interior. Es el hombre metido en la soledad de sí mismo el que escribe, confiriéndole importancia a todo mínimo acontecimiento: “mis ojos ávidos de otros espectáculos están cansados de contar las grandes vigas de mangle rojo mal unidas que a la vez que sirven de asiento a esta lúgubre cueva, forman el asiento de la azotea donde durante el día se pasea el oficial de ronda. Podría decir cuántos huecos de clavos o estacas quedaron en el muro el día de la lechada”.

     Habla con los animalitos que lo visitan como solo puede hacerlo un sentimental soñador, un artista: “entre los muchos lagartijos o tuqueques que veo diariamente, conozco y aprecio de modo particular a uno que tiene la cola dividida en dos como una foca, otro con el rabo mocho que pasa el día cerca, en el túnel de la puerta cazando moscas y un tercero de colores muy vivos y esbelta figura, con la parte posterior de la cabeza de un amarillo subido, que por tantas ventajas debe ser el terror de los papás y los maridos de las lagartijas hermosas”.

     Antonio Paredes fue el primero que publicó en Venezuela un libro de esta índole, el primero que recogió sus memorias en la prisión. Se ha inspirado el estudioso en las Memorias de Silvio Pellico. Hay páginas conmovedoras: “Hoy ha recibido Meaño Rojas una carta de su novia residente en Caracas, en la cual dice ella que ‘ha llorado mucho en estos días’, lo que traducido al lenguaje secreto de los presos significa que la revolución se perdió”.

     Y otras veces es el rumor de la noticia lo que sacude el alma de los prisioneros o la simple y sencilla nueva de que pueden salir al patio a tomar el sol, o la resignación ejemplar del general cargado de grillos.

El teniente Antonio Paredes en la Revolución Legalista (1892)

     “Nadie que no haya estado privado del aire como nosotros podrá comprender nuestra dicha. Hoy he admitido una vez más la grandeza de Dios. Yo habría deseado conservar una fotografía de aquello: el viejo con su larga barba blanca, desnudo de medio cuerpo arriba, caminando a pasos muy cortos, algo inclinado hacia adelante; por detrás Pino, de uniforme, más encorvado aún que el viejo, llevándole los grillos. . .”

     El hombre democrático que es Paredes es un ejemplo sin precedente digno de situarlo ante la juventud que cada día se prepara. Porque Paredes no es solamente el héroe que dio su vida valientemente por la patria sino el ciudadano que dicta desde su prisión sus normas de ética política, con una gran generosidad. Mientras sus compañeros en el calabozo viven exasperados por el deseo de venganza contra “el Mono” (el mono es Don Cipriano), Paredes escucha entre tanto las mil formas con que condenarían a quien los tiene presos. Uno quiere colgarlo, otro quiere darle látigo, un tercero en meterlo en una pipa llena de mugre y desperdicios y ahogarlo en ésta, dándole con un sable en la cabeza cada vez que la saque.

     De pronto ante el asombro de todos ha declarado: “mi mayor placer sería verlo paseando y gozando de toda clase de garantías y seguridades, no porque tenga afecto alguno por él, sino porque así es que conviene en un país bien gobernado que cuando haya un hombre que al llegar al poder haga lo que ha dicho, ése será el día en que comenzará Venezuela a prosperar, porque entonces se acabarán las revoluciones y por eso es de desearse que quien asuma el mando después del atrabiliario Castro, sea enérgico a la vez que justo e inteligente, para reprimir, si fuere necesario, los desmanes de sus mismos compañeros”.

     Sus compañeros se recogen en sus celdas amoscados, no sin replicarle que “mejor es volverse santos para ir derechito al cielo”.

     Se adelantó a su tiempo, no sin adelantarse también a criticar los desfalcos en la administración pública, en donde entra el tan actualizado contrabando.

     “En Venezuela ningún empleado del gobierno se atiene a su sueldo. Los ministros entran en grandes especulaciones de todas clases: los militares especulan con las raciones de sus soldados, los aduaneros cierran los ojos y dejan pasar los contrabandos o pactan con los contrabandistas, el que va a hacer cualquier trabajo público se coge una gran parte de lo que se destina a la obra, solo o en sociedad con otros; todos, todos, hasta los porteros encuentran el modo de aumentar su sueldo con alguna industria o gabela prohibida”.

     Y continúa señalando que el presidente (el Cabito) era un limpio cuando llegó al poder. Al cabo de unos meses ya era propietario de todas las acciones del Ferrocarril del Táchira, de todos los vapores que navegaban en el Lago de Maracaibo, del Hato de La Candelaria, de potreros, haciendas en Aragua, de casas en Caracas y Valencia y no se sabe cuántas propiedades más.

     ¿Qué país puede ir adelante y prosperar cuando todo el tren gubernativo, desde el presidente hasta el empleado más insignificante, no se ocupan sino de fomentar sus propios intereses con perjuicio de los de la comunidad?

 

El humorista

     Para disfrutar del aire del patio a través de su calabozo se fabrica una nariz de tres metros de largo, que pudiera ser sacada a través de la reja como la trompa de un elefante. El modo de confeccionarla, ante la atónita mirada de los carceleros, que no sabían de qué pudiera tratarse y vigilaban hasta su mínimo paso, es digno de la trama de una pieza teatral.

     Primero hace comprar el papel de estraza y el almidón   ̶̶̶ pretextando que era bueno para las erupciones ̶, luego hierve el almidón, pica el papel y toma por molde un palo de escoba. Lo hace en tres secciones que une después y con una caja de fósforos suecos se fabrica entonces la parte principal del aparato, especie de embudo pequeño con la forma de una nariz. Tres días empleaba en fabricarse el aparato y en probarlo por la noche, lo que en conjunto era ̶̶̶ dice Paredes ̶̶̶ una especie de serpiente con las anfisbenas de las arenas de Libia de que nos habla el Dante, de posición recta y cabeza muy desarrollada”.

 

     Todos estos preparativos los observa su carcelero con gran interés. El famoso prisionero parecía regocijarse con su rostro curioso “¿Quién sabe qué se habrá imaginado? ¡Cómo no vaya a creer que ha fabricado un cañón mágico para destruir la fortaleza y matarlos a todos ellos!”.

     El caso de Cristico es el más divertido de todos. Cristico era el muchacho que le traía la comida y las noticias de fuera, impulsándole a que se comunicara con el mundo exterior para unirse a la revolución. Paredes, un gran psicólogo, de inmediato se da cuenta que Cristico es un espía, un agente del alcalde Bello. . . Y resuelve burlarse, antes de ser él burlado.

     Decide entonces entregarle una carta, dirigida a un tal Quiñones en Maracaibo. A Cristico le brillan los ojos de contento, pues por fin ha logrado la peligrosa encomienda. Dicha misiva iba dirigida dentro del sobre al propio Bello en los siguientes términos:
“Señor General J.A. Bello
. . . desde hace algún tiempo viene el teniente Jesús María Rodríguez (alias Cristico) haciéndome insinuaciones en el sentido que yo encabece una sublevación, y me ha dado noticias de supuestos triunfos de los revolucionarios y ha hablado en mi presencia con varios centinelas elogiándome a la vez que deprimía el gobierno existente y me facilitó el lápiz con que escribo a usted, todo con visible, objeto que yo dé alguna prenda que me comprometa para que pueda hacerse todavía más dura mi prisión. . . Pero Cristico es tan lerdo que desde el principio me dejó conocer sus intenciones y para probarle que no es sino un pobre muchacho MUY INOCENTE lo he escogido a él mismo para que lleve a usted esta carta, haciéndole creer que tengo interés en que la mande a Maracaibo. . .
. . . ¡Qué decepción para usted cuando al romper la cubierta no encuentre lo que espera!”

La libertad

     Pero aquel mismo ciudadano que, no obstante su cultura superior, fue siempre un compañero cordial con sus compañeros de prisión, aquel caballero que había vivido en París y comparte su alimento de rico con los más pobres, aquel fraternal amigo que en el día de su salida regala su catre y sus efectos a los más necesitados, seguirá siendo el día de su libertad un hombre altivo ante el Alcalde y sicarios que le han hostilizado su vida: “vi con sorpresa que todos los compañeros que iban saliendo adelante daban la mano a Bello que estaba parado allí y los despedía con la sonrisa amable de quien despidiera a los concurrentes a un banquete o a un baile. Yo he pasado delante de él sin mirarle. . . Luego todos dieron la mano a Pino, como habían hecho, con el otro. Cuando llegó mi turno de bajar, Pino estiró su mano, yo no moví la mía y salté en el bote sin cuidarme de él”.

     Desde entonces su vida resplandecerá bajo la aureola de una leyenda. Al comprender que su libertad ha tenido el precio de salvar a Cipriano Castro de “la planta insolente del extranjero”, prefiere escoger el camino del destierro. No será sino la preparación del retorno por la senda del sacrificio. El sacrificio más heroico y lamentable en nuestra historia política del siglo que pagó con su propia vida.

     Por ello Antonio Paredes pide la epopeya del mármol; fue un dios vencido en plena juventud.

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