Humboldt y la Provincia de Caracas

Humboldt y la Provincia de Caracas

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Por: Jorge Bracho

      De seguro, quien emprenda la tarea de indagar acerca de la Venezuela, en especial su capital, durante el largo 1800 y sus características naturales, físicas, oro – hidrográficas, así como las peculiaridades de la sociedad, hábitos y costumbres, vestimenta de los grupos sociales que hacían vida en ella, plantas medicinales utilizadas para dolencias y afectaciones de la salud, en conjunto con algunos pormenores de la experiencia política, no debería dejar de lado algunos relatos de viajeros, naturalistas, botánicos o algún que otro narrador que se vio impelido a estampar en el papel observaciones acerca de esta comarca. Aunque son pocos los estudiosos de la historia que se atreven a examinar estos escritos, quizás, porque dan poco crédito a las representaciones ofrecidas a partir de vivencias muy puntuales, en que la propia experiencia del narrador se mezcla con lo que exponen en sus relatos.

     No se debe olvidar que son relatos en que los convencimientos personales se combinan con la visión de otro, que sirve de objeto de observación. Un objeto, la mayor parte de las oportunidades que se precisa a partir de una mirada ambivalente. Esto es, la de un objeto de observación, ya sea un evento, práctica religiosa, hábito alimenticio, festividades, costumbres localizadas, al que se le otorgan virtudes o carencias. Por esto se debe hablar del viajero con una percepción plagada de ambivalencia en que atracción y repulsión se entremezclan y fungen de hilo conductor de su relato.

     Durante el 1700 el territorio que hoy ocupa Venezuela recibió la visita oficial de algunos naturalistas y misioneros que dejaron sus impresiones de la realidad social, cultural y, especialmente, de las potencialidades naturales que ofrecía la colonia a la luz de las reformas Borbónicas. Sin embargo, fue en el diecinueve cuando exploradores y naturalistas, en especial provenientes de Alemania, quienes se establecieron temporalmente en esta provincia para ofrecer a sus gobernantes informes de los vírgenes recursos que ofrecía la zona tórrida.

     El explorador de mayor resonancia, entre finales del 1700 e inicios del 1800, fue el barón Alejandro de Humboldt (1769-1859) quien, antes de arribar a Venezuela, tenía como objetivo alcanzar Nueva España y La Habana, lugares que, entre sus proyectos exploratorios en la América hispana eran prioritarios. Sus aspiraciones comprendían un viaje de ida y vuelta por el mundo. El azar lo condujo al norte de la América meridional en tiempos de convulsiones políticas, antes de partir para Burdeos en 1804 visitó los lugares que originalmente le preocupaban. En Venezuela se estableció entre julio de 1799 y noviembre de 1800. El plan ambicionado por él era totalizante, tal como se muestra en su texto Cosmos (1845-1862). Instalado en Alemania se dedicó a organizar sus notas del viaje por el espacio hidrográfico y territorial por él denominado nuevo Continente o Mediterráneo americano.

     Pasarían algo más de treinta años para dar a conocer su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Por tal motivo, muchas de sus frases narrativas presentes en este texto se intercalan con el tiempo que pasó en algunos lugares de la Capitanía General de Venezuela, y lo que sucedió luego de 1804. Al igual los que describen la Caracas de entonces resaltan el impacto del terremoto de 1812 y la guerra a favor de la Independencia. Ambos eventos sirven de marco para justificar la escasez poblacional y la depresión económica que experimentó durante las primeras décadas del 1800, período de tempo que toma en consideración Humboldt en sus reflexiones sobre Venezuela. En este orden, expresó que el país podría salir de su declive gracias a la fertilidad de sus tierras y la pujante vida comercial de Caracas, a lo que agregó que con una administración juiciosa y tiempos de paz ello sería posible.
     De la Capitanía General de Venezuela expresó que contaba con un millón de habitantes, de los cuales 60.000 eran esclavos y 100000 indígenas. La Capitanía la dividió, en términos metodológicos, en tres zonas: la de los bosques, la de los pastos y las tierras labradas. En lo que se refiere a la distribución de la población le llamó la atención que iba de las costas hacia el interior del territorio. Humboldt, como pensador de su tiempo, deliberaba que el denominado carácter de los pueblos debía definirse de acuerdo con el origen de cada uno de sus componentes. Por ello propuso que, así como se debía considerar el origen de los indígenas había que hacerlo con los provenientes de España. Si en México fue mayoritaria la presencia de vizcaínos, los catalanes lo fueron de Buenos Aires. En cambio, en Venezuela fueron andaluces y canarios. En este orden de ideas, observó que las actividades económicas desarrolladas se definían también de acuerdo con el origen de quienes las hacían posible. Por ejemplo, peninsulares en el comercio al por mayor, y los españoles americanos predominaban en el menor. 

      Si uno de los objetivos primordiales de este naturalista era el de precisar la existencia de recursos minerales y potencialidades de una naturaleza exuberante, no dejó de lado las actividades ilícitas presentes en la Capitanía. Comercio intérlope que adjudicó a la amplia franja costera y la ineficacia de la administración colonial, así como que con el mismo se venía forjando la opulencia, un tipo de conciencia y el anhelo de un gobierno local con mayor autonomía de la Madre Patria, que mostraba disposición a la libertad y formas de gobierno republicanas. Muchos de los aspectos que hoy pueden adjudicarse a los estudios de la sociología fueron abordados por Humboldt y su fuerte disposición de abarcar el todo social.

     Así, al hacer referencia a los indígenas, en la provincia de Caracas, dijo que eran pocos y que en ésta solo quedaba de indígena el nombre de algunos espacios territoriales que la componían. Donde se les podía encontrar era en las misiones religiosas, adonde recibían formación religiosa y llevaban a cabo labores agrícolas. Dedicó mayores consideraciones al caso de los negros. Aspecto éste que no debe despertar sorpresas en el lector actual puesto que, desde 1792 el Guarico o Santo Domingo francés fue escenario de un movimiento de esclavos negros en contra de sus amos coloniales, todo ello alentado por los mismos revolucionarios franceses en contra de quienes habían hecho, de este espacio territorial colonial, una de las colonias más prósperas del momento. Teniendo en mente este acontecimiento, y que dio origen a Haití, dedicó mayores líneas a los negros.

     La situación, respecto a éstos, le llevó a establecer que era doblemente interesante tanto por una reacción violenta en contra de sus dueños como por su número o cantidad en una extensión territorial limitada.  En este sentido, razonó que ellos ocupaban un espacio que abarcaba el sur de los Estados Unidos de Norteamérica, una porción de México, las Antillas y las costas de Venezuela. Al interior de esta última se había otorgado la libertad a algunos esclavos no por motivos humanitarios o de justicia, más bien era por el temor que despertaba una posible sublevación de ellos contra sus dueños, además por su intrepidez, osadía, la capacidad para sobrevivir en circunstancias adversas y por su coraje. De los sesenta mil que hacían vida en la Capitanía, cuarenta mil estaban en la provincia de Caracas. De ahí que diera gran importancia a la ubicación en un territorio limitado y cercanía entre ellos ante un posible conflicto.

     Al hacer referencia a los blancos criollos o hispanoamericanos sugirió que, aunque mostraban interés por ideas liberales y mayor autonomía, habían preferido cobijarse en los intereses de familia y una vida tranquila. Otros mostraban temor ante una posible revolución porque no solo perderían sus esclavos, también existían temores a que se suscitara una experiencia similar a los sucesos de la Revolución francesa y los del Santo Domingo francés, por su secuela de muertes y ruina, así como que el clero sería perseguido y despojado de sus bienes, al lado de la posible aprobación de leyes que reconocieran la tolerancia religiosa, que se eliminase derechos de linaje y herencia. Sin embargo, no dejó de llamar la atención del anhelo que mostraban por una mayor libertad de comercio sin dejar de considerar que seguían siendo indolentes, al optar por una existencia que garantizaba sus posesiones. En lo referente a los peninsulares o españoles hizo notar su escasa cantidad frente a negros, indios e hispanoamericanos, lo que lo llevó a preguntarse cómo habían logrado sostener estas colonias americanas.

La Caracas de principios del siglo XIX

     Del lugar ocupado por la ciudad de Caracas se interrogó por qué razón no había sido edificada hacia el lado Este, donde el valle se mostraba con mayor anchura, de llanura extendida, como Chacao en que las aguas podían descansar en un terreno más nivelado.  Informó que su fundador, Diego de Losada, continuó las líneas trazadas por Fajardo. En ese tiempo de fundación la predilección era por la cercanía de las minas de oro en Los Teques y Baruta y con preferencia al camino que conducía a la costa. En lo que respecta a las vertientes de agua había tres pequeños ríos que bajaban por las montañas, Anauco, Catuche y Caruata. En Caracas, según su exposición, los habitantes preferían, para beber, la de Catuche. Los pobladores de mejor posición económica seleccionaban las aguas provenientes de El Valle y de Gamboa, a las que adjudicaban propiedades saludables porque corrían sobre las raíces de zarzaparrilla y no contenían cal ni emanaban aroma de materia extractiva.

    Describió las calles de Caracas como de extensión ancha y bien alineadas, tal como eran otras construidas por los españoles en América. De las casas llamó su atención el espacio amplio que ocupaban, pero muy altas para un país de movimientos telúricos. Rememoró que la casa que ocupó en La Trinidad fue destruida por completo con el terremoto de marzo de 1812. Según sus observaciones, la escasa extensión del valle de Caracas y la proximidad de las montañas que la bordean ofrecían una imagen tétrica y sombría, en especial entre los meses de noviembre y diciembre cuando la temperatura era más amable. No obstante, este aspecto melancólico contrastaba con lo que se podía experimentar en las noches de junio y julio, cuando el cielo era menos nuboso que, para un observador de constelaciones y estrellas era de vital interés.

     Dejó escrito que, a pesar de la fuerte presencia de la población negra, en La Habana y en Caracas se experimentaba más cercanía con Cádiz y los Estados Unidos de Norteamérica que en algún otro lugar del Nuevo Mundo. Según su percepción fue en Caracas que se habían mantenido, a lo largo del tiempo, las costumbres nacionales. Los integrantes de la sociedad no mostraban para él placeres o diversiones muy variados, pero sí entusiasmo, cortesía y amabilidad en sus acciones. Destacó que existían dos generaciones muy distintas. Una, menos numerosa, muy apegada a la tradición y los viejos usos, que detestaba todo cambio del estatus colonial, con prejuicios coloniales y temerosa de toda idea proveniente de la Ilustración.

   Otra, más pendiente del porvenir mostraba inclinaciones por hábitos e ideas novedosas, aunque a menudo sin mucha reflexión. También observó una fuerte disposición por adquirir títulos nobiliarios y el encono entre los peninsulares y sus descendientes criollos. Destacó que en Caracas había familias con gustos por la instrucción, el conocimiento de las obras maestras de la literatura francesa e italiana, una alta estima por la música como expresión de las bellas artes y su disposición para acercar a los distintos grupos sociales.

     Realizó una comparación respecto al estudio las ciencias exactas en México y Santa Fe, ante quienes vivían entre una exuberante naturaleza como lo apreció en la Capitanía General de Venezuela. Con sorpresa comprobó, en un convento de franciscanos, la preocupación por la astronomía moderna por parte de un anciano que calculaba fechas para todas las provincias de Venezuela. No dejó de anotar su sorpresa por la curiosidad que mostró por conocer el funcionamiento de la brújula de inclinación y nuevos descubrimientos de la astrología. Idea con la que mostró su mesura en lo referente a la descripción de esta comarca.

Caracas deliró con visita de Gardel

Caracas deliró con visita de Gardel

POR AQUÍ PASARON

Por aquí pasaron

Un par de meses antes de morir en un accidente de aviación, a la edad de 44 años, Carlos Gardel cumplió varias presentaciones en Caracas y otras ciudades de Venezuela, que todavía recuerdan muchos abuelitos por el inmenso entusiasmo que despertó entre el público que admiraba su talento como cantante y compositor de tangos, además de sus estupendas facultades como actor de cine.

Reconocido como uno de los cantantes más destacados de la música popular de habla hispana durante la primera mitad del siglo XX, Gardel fue el intérprete que más discos vendió en su época, como lo hacen en la actualidad artistas distinguidos con los premios Emmy o, un poco más atrás, exitosos ídolos del espectáculo como Elvis Presley o Michael Jackson, por nombrar a dos grandes figuras de los géneros rock y pop, vendedores de millones de copias.

Gardel, quien entre 1917 y el año de su desaparición intervino en más de novecientas grabaciones de tangos y otros estilos musicales en español, inglés y francés, estuvo en Venezuela en 1935 como parte de un tour por varias capitales latinoamericanas que inició a finales de marzo, partiendo desde la ciudad de Nueva York. La primera parada fue en San Juan, Puerto Rico, el 1° de abril. Venezuela, país sobre el que confesó tenía mucho interés en visitar porque su madre, de niña, estuvo radicada en Caracas, mientras su abuelo trabajaba en la compañía ferrocarrilera, fue el segundo punto de la gira.

Tomando en cuenta que para 1935 Venezuela contaba con unos 3 millones y medio de habitantes y que, según el primer censo que se realizó en el país en 1941, la población de Caracas no llegaba a 400 mil personas, que unas quince mil almas se hayan dado cita en las ocho funciones que se celebraron en el Teatro Principal, indica que era un ídolo de gran atracción para la audiencia. Entre el 25 de abril y el 22 de mayo estuvo Gardel en Venezuela.

Multitud incontrolable

Más de tres mil personas se dieron cita para recibirlo en el Puerto de La Guaira la mañana del jueves 25 de abril. Crónicas de prensa de la época indican que la presencia policial ordenada para la custodia fue escasa, por lo que resultó difícil controlar a la muchedumbre una vez que el cantante bajó del vapor americano “Lara” en el que llegó desde Puerto Rico, mientras que en el muelle lo esperaba su compatriota el periodista, Luis Plácido Pisarello, quien fue el empresario que organizó el evento en nuestro país.

Del terminal marítimo, Gardel y sus acompañantes, el compositor Alfredo Le Pera y los guitarristas José María Aguilar, Guillermo Desiderio Barberi y Domingo Riverol, para evitar el acoso de la gente, hicieron una parada de refugio en las oficinas del empresario Jesús Corao, en la Fábrica de Vidrios de Maiquetía. Luego se dirigieron al hermoso Hotel Miramar, para almorzar y descansar un poco, antes de abordar el tren que los llevaría a la ciudad de Caracas.

En el Miramar, ante la sorpresa de los organizadores, es recibido por unas cien mujeres que lo empujan y los pellizcan hasta que Pisarello, Edgar Anzola, director de la emisora Broadcasting Caracas, y el conocido narrador de carreras de caballos Eloy Pérez Alfonso (Míster Chips), junto con varios empleados del hotel, logran ponerlo a buen resguardo. Gardel es llevado a la terraza del famoso hospedaje donde están algunos representantes de la prensa.

Breve Interviú

En la antesala del almuerzo, en el restaurante del lujoso alojamiento de Macuto, el afamado artista fue abordado por el reportero Manssur Dekash, quien le realizó una breve entrevista para el diario caraqueño El Heraldo:

MD: – ¿Cuándo nació en usted la afición al tango?

CG: – Eso fue en Buenos Aires. Usted lo sabe, surge en los muchachos al nacer. Lo mismo que en Sevilla no hay muchacho que no toree con la toalla a un toro imaginario, allá no hay quien no cante tangos. Profesionalmente comencé a cantar en los teatros, a fijarme en la gente que tenía un estilo propio y adquirí fama en mi país.

MD: – ¿Cuál de sus películas le gusta más?

CG: -De las hechas hasta ahora “Melodía de Arrabal”, pero tengo puestas todas mis esperanzas en “El Día que me Quieras”. Es una gran película de gran emoción sentimental y de un acierto formidable en la música.

MD: – Pues aquí, gustó más “El Tango en Broadway”. El público lo encontró más logrado, más definitivo, más, como si dijéramos, encontrándose a sí mismo como actor que en las otras películas.

CG: – Es posible. Usted sabe que los artistas somos unos pésimos jueces de nosotros mismos. Casi nunca coinciden nuestros juicios con los del público. Y como el público es quien forma nuestra fama, no cabe duda de que es él el que tiene razón.

MD: – ¿Y de sus tangos cuál le gusta más?

CG: -A eso sí que no puedo contestarle. Me gustan unos u otros según el estado de ánimo en que me encuentro en ese día. Por eso yo nunca hago programas de mis actuaciones anticipadamente. Voy cantando lo que me siento con ganas de cantar.

A la capital en tren

A eso de la una de la tarde, el astro del tango y sus músicos partieron desde el Hotel Miramar hasta la estación del ferrocarril, cercana a la oficina de la aduana de La Guaira, donde abordaron el tren que los condujo a Caracas en el viaje que duraba un par de horas.

La mayor parte del trayecto lo paso Gardel mirando por la ventana del vagón de huéspedes especiales. Estaba asombrado con lo hermoso del paisaje y el cambio de temperatura en la medida en la que se aproximaba a la ciudad capital. No dejaba de comentar su sorpresa por la magnífica obra de ingeniería que permitió construir una vía férrea en tan intrincadas montañas.   

Cuando el tren arribó a la estación de Caño Amarillo, Gardel asomó la cabeza por una de las ventanas del vagón y pudo apreciar la admiración que los caraqueños sentían por él. Una sonora ovación le dio la bienvenida, mientras que la multitud se aproximaba al vehículo Chevrolet, descapotable, último modelo, que la agencia Siso Planchart & Cía facilitó a los organizadores de la gira, el cual era conducido por el futuro umpire del beisbol profesional Roberto “Tarzán” Olivo.

Pero la avalancha de admiradores del cantante hizo tanta presión y generó tal alboroto en la estación, que Gardel optó por hacer el recorrido a pie entre la iglesia de Pagüita y las cercanías del Teatro Municipal, donde estaba ubicado el lujoso Hotel Majestic, lugar en el que se fijó el alojamiento.

El recibimiento en Caracas fue apoteósico. El gentío que se acercó para ver de cerca al ídolo del momento fue increíble. El cronista del diario La Esfera aseguró, de manera exagerada, que más de la mitad de los habitantes de la ciudad fueron al encuentro con Gardel.

Agenda capitalina

De los 28 días y 27 noches que pasó en Venezuela Carlos Gardel entre el 25 de abril y el 22 de mayo de 1935, veintidós transcurrieron en Caracas.

“Fueron unos días estupendos los que pasé con ellos. En las tardes los acompañaba a pasear y en las noches a cenar, luego de las funciones en el Teatro Principal o en el Rialto. Después me iba por toda Caracas con los guitarristas a dar serenatas que se prolongaban hasta las dos o tres de la mañana”, rememoró Roberto Olivo en su biografía, Playball, publicada por el Fondo Editorial Cárdenas Lares, en 1991.

Una docena de presentaciones cumplió el famoso cantante en escenarios de Caracas, todas con el papel agotado. Nueve veces se presentó en el Principal, dos en el Rialto y una en los estudios de la emisora Broadcasting Caracas, fundada en 1930, que a finales de ese año 1935 pasó a llamarse Radio Caracas.

Antes de la visita de Gardel a Caracas, los organizadores realizaron una amplia campaña publicitaria de prensa y radio para vender los boletos. Los precios de estos en las localidades del Principal fueron: seis bolívares (patio), cuatro bolívares (balcón) y dos bolívares (galería).

A pesar del torrencial aguacero que caía sobre Caracas, el viernes 26 de abril, a las 9 y 45 de la noche, después que se colocaron en pantalla “El Perro Robado”, corto metraje de Walt Disney, y “Por Partida Cuádruple”, una película cómica protagonizada por Charlie Chase, se produjo el ansiado debut de Gardel en la escena venezolana.

“Cobardía”, con ritmo de Charlo y letra de Amadori, compuesto en 1932, fue el primer tema que interpretó el célebre cantante. Luego siguieron “Carnaval”, “El Carretero”, “Insomnio”, “Tomo y Obligo”, “Por una Cabeza” y “Mi Buenos Aires Querido”. Posteriormente, ante los emotivos y atronadores aplausos y gritos de la audiencia, entonó otras melodías para complacer a sus admiradores.

El cambio de clima afectó la garganta del ídolo argentino, por lo que debió ser atendido por el doctor Pedro Gonzalez Rincones, en la moderna “Policlínica Caracas”, situada entre las esquinas de Velásquez y Santa Rosalía.

Luego de un corto reposo, Gardel reaparece el domingo 5 de mayo en una magistral presentación en el Teatro Principal, donde interpretó de “Mano a Mano”, con el consecuente triunfo de dimensiones abrumadoras. 

Luego del rotundo éxito de sus actuaciones en el Principal, Gardel exigió a los organizadores de su visita a Caracas rebajar en cincuenta por ciento la localidad más económica para su última función del jueves 9 de mayo, para que el pueblo de más bajos ingresos pudiera asistir a su espectáculo, cancelando un bolívar por el boleto de galería.

En el Teatro Rialto realizó sus últimas dos funciones públicas en la capital venezolana los lunes 13 y martes 14 de mayo.

El miércoles 15 de mayo se despidió del público capitalino con una presentación desde los estudios de la emisora Broadcasting Caracas YV1BC, a lado de la sede del Almacén Americano, entre las esquinas de Pajaritos y La Palma, en pleno centro de la ciudad. En esa oportunidad interpretó una selección de temas que fueron escogidos durante más de una semana por los oyentes.

Luego se presentó en ciudades del interior: La Guaira (16 de mayo), Valencia (17 de mayo), Maracay (18 de mayo), Cabimas (20 de mayo) y Maracaibo (22 de mayo).

El 23 de mayo partió hacia la isla de Curazao y de allí viajó a Aruba el día 28. El 2 de junio arribó a la costa colombiana por la ciudad de Barranquilla y realizó gira por las ciudades de Cartagena, Medellín y Bogotá. El 24 de julio falleció junto a Le Pera y el guitarrista Barberi en un choque de dos aviones, en la pista del aeropuerto “Las Playas” de Medellín.

En homenaje a su visita a Caracas, en 1983 se construyó, en las cercanías de la estación del Metro de Caño Amarillo, primer lugar de Caracas que conoció y donde el público le demostró el fervor que sentía por él, la Plaza Carlos Gardel, en donde se erigió un monumento en su memoria. La escultura de bronce fue elaborada por la prestigiosa artista franco-venezolana Marisol Escobar.


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