Un político liberal en Caracas

Un político liberal en Caracas

POR AQUÍ PASARON

Por aquí pasaron

     Lo que en la narrativa historiográfica se reconoce como relatos de viajeros se podría ampliar con quienes se vieron obligados, por las circunstancias políticas, a buscar acomodo en lugares otros para preservar su integridad física. Quizás, el motivo cardinal de relatar su estadía aparezca como un elemento adicional de lo que anotaron con sus observaciones, del lugar que les dio albergue temporalmente. De igual modo, resulta de interés una aproximación a los testimonios y demostraciones sociales y culturales que delinearon en sus narraciones. Es el caso del colombiano, periodista, novelista y poeta, Alirio Díaz Guerra quien escribió Diez años en Venezuela (1885-1895), según sus palabras, a instancias de amistades que había cultivado en Caracas, en un momento cuando se vio en la necesidad de escapar de los conservadores luego de la derrota sufrida por los liberales en la batalla de La Humareda en 1885.

     El año de su nacimiento fue 1862. Al llegar a Venezuela apenas había alcanzado los veintitrés de edad. Fue expulsado en 1895 por quien le dio protección a su llegada al país, general Joaquín Crespo, por una falta grave que cometió y que pudo haber trascendido un simple malentendido diplomático. Se encargó en su escrito de asumir la culpa de lo fue causa de su expulsión. Se marcharía a Nueva York donde le fue publicada Lucas Guevara (1914) a la que se tienen como la primera novela sobre inmigrantes latinos en los Estados Unidos de Norteamérica. La fecha exacta de su deceso no está clara pues desapareció y no se ha tenido ninguna noticia desde entonces.

     Es importante revisar sus anotaciones, cargadas de anécdotas, porque ofrecen, en el tiempo actual, información de cómo era el mundo del letrado, publicista y polígrafo en las postrimerías del siglo XIX. Cuando se habla de viajeros se debe tener en mente que quienes relataron sus vivencias eran actores de una condición social y económica desahogada. Otro tanto guarda relación con lo observado y cómo son observadas costumbres, relaciones y la dinámica de la sociedad que les sirvió de objeto de examen. En consecuencia, lo que en estas líneas ofrezco se relacionan con apreciaciones, de un letrado o publicista, alrededor del poder político e intelectual de unas elites que muestran una faz de la sociedad no muy común entre los estudiosos de la historia.

     Desde su llegada a Venezuela le acompañó la diosa fortuna. El primer oficio con el que destacó fue el periodístico en uno de los impresos más conocidos de la época: La Opinión Nacional donde, a petición de su director Fausto Teodoro de Aldrey, publicó tanto poesía como pormenores del conflicto colombiano alrededor de la querella entre liberales y conservadores. También a Díaz Guerra le favoreció el hecho de haber sido editor, en Colombia, de un periódico llamado El Liberal y para alcanzar la secretaría de gobierno, en tiempo de Crespo, su militancia en el ala más radical del partido liberal colombiano. Situación que da un matiz muy particular a las elucubraciones presentadas en su libro, publicado en 1933.

     Desde las primeras páginas trajo a colación un elemento natural que ha maravillado, históricamente, a quien pisa, por vez primera, el valle caraqueño. La semblanza que delinea del cerro El Ávila lo lleva a calificaciones tales como: expresión de pomposa majestuosidad que era inspiración de los pintores, la poesía, la composición musical y en el que se podían degustar una gran variedad de frutos. Hizo notar que, desde sus alturas era posible la contemplación de las vegas y cultivos en las cercanías del Guaire y del Anauco, del que subrayó era un símbolo y canto a la esperanza, y como el azul del océano mostraba su despliegue como emblema de infinitud e inspiración poética.

La ciudad y sus personajes

     La travesía desde el puerto de La Guaira hasta la ciudad de Caracas la realizó por vía férrea. Al bajar de él varios cocheros ofrecían, de “forma amable”, sus servicios. Entre los hospedajes que le recomendaron estaban el Saint Armand, el preferido de diplomáticos y gente rica, el Hotel Benítez, cuya comida lo hacía atractivo, y el León de Oro, este último elegido por Díaz Guerra al estar a la par con los recursos económicos de los que disponía. Contó que por las mismas circunstancias con las que se vio obligado a emigrar su equipaje era exiguo. Indicó que su vestimenta, en especial el sombrero que llevaba en uso era objeto de curiosas miradas, incluso burlas, de algunos caraqueños. Por tal motivo se vio obligado, a pesar de sus escasos recursos, a adquirir un nuevo sombrero con lo que eludió las miradas no tan furtivas del otro.

Alirio Díaz Guerra

     Por muchos de los episodios que extrae de su memoria (la fuente de su testimonio es ésta) indicó que, durante su estadía en Venezuela lo reseñado en la prensa era muy tomado en consideración desde las esferas de decisión entre las que hizo vida. Uno de estos episodios lo reseñó al recordar los favores que un comerciante de pescado requirió de Crespo, para abastecer de este producto, de manera exclusiva, la demanda caraqueña. Según sus palabras uno de los argumentos que, para que tal pretensión no cristalizara, era el descrédito en que podría verse envuelto el presidente de ser aprobada una decisión a favor del posible monopolizador. Por supuesto, hago referencia a un escrito de un personaje privilegiado en la medida que se asuma que quien, en esa época, manejara la lectura y la escritura ocupaba un lugar de privilegio puesto que la escolarización, aunque ya se había aprobado un código de Instrucción Pública, no tenía una presencia preeminente en Venezuela sino a partir de finales de la década del treinta del 1900.

     Gracias al lugar que ocupó, en la esfera política y cultural de la Venezuela de las postrimerías del decimonono permite visualizar, al lector de hoy, cómo un grupo económico a través de favores políticos llegó a lugares de privilegio. Otro tanto lo indicó al rememorar el caso de un alemán, de quien hizo referencia como Hartman, el que había llegado a Calabozo, donde contrajo matrimonio, y se incorporaría a las filas de Crespo en un intento por ocupar un lugar en la sociedad que le dio cobijo. Por lo que indicó acerca de él, estuvo muy cerca de la comitiva presidencial pues no tenía un oficio definido en su desenvolvimiento.

     A través de los encuentros que tuvo con algunos personajes públicos mencionó atributos que exhibían las damas de la alta sociedad. Así, a una invitación que le hizo Agustín Aveledo para agosto de 1885 anotó que las damas caraqueñas se mostraban con su proverbial belleza. Igualmente, dejó asentado en su narración que Caracas había comenzado a fascinarle por la hospitalidad y generosidad de sus habitantes, a lo que agregó que probablemente no había otra sociedad así. En una jornada, previa a salir de cacería le ofrecieron café, o tintura de café como lo escribió, y que le informaron que el mismo servía como tónico estomacal, paliativo para el hambre y preventivo contra las fiebres del paludismo. Dejó asentado de un almuerzo, de tipo llanero, en el que se sirvió carne de distintos tipos y cortes, huevos fritos, arepas, pan, queso llanero y jarrones de leche.

     Por el lugar de privilegio alrededor del poder político que Díaz Guerra ocupó, narró situaciones que sirven para determinar entresijos relacionados con el nombramiento de funcionarios gubernamentales. Relató que tuvo un amigo a quien ayudó a enamorar una señorita. Díaz Guerra lo auxiliaba en lo referente a redacción de poesías de amor, cartas que expresasen este sentimiento y dedicatorias en libros que obsequiaba el amigo al objeto de su amor. El caballero enamorado pidió la mano de la señorita para el casamiento. No obstante, el joven enamorado no tenía oficio conocido y el cargo importante, que había tenido entre sus trabajos, había sido en una dependencia comercial que había quebrado. El padre de la novia consiguió una entrevista con Antonio Guzmán Blanco, en tiempos de La Aclamación, y éste le dio el cargo de ministro de Obras Públicas a sabiendas que no era ingeniero, lo que no causó mayor estupor entre quienes podrían haber sido afectados por tal nombramiento. Acción paradójica para quienes se asumieron como seguidores del liberalismo, ya que éste ha predicado, históricamente, el derecho a la no injerencia desde la esfera pública hacia la privada. El mismo caso de Díaz Guerra evidencia algo de esta situación porque gracias a su militancia, en su país de origen, en las filas liberales le abrió las puertas en Venezuela, a lo que se sumó, en grado menor según el mismo, haber sido fundador de un periódico en Colombia y redactar poesía.

     Narró otra situación, que vivió en la casa de Guzmán Blanco en Antímano donde fue invitado, junto a otros colombianos como gesto de agradecimiento por haber sido acogido, como exilado, en suelo colombiano. Además de esto Díaz Guerra agregó que uno de los motivos principales del presidente era conocer a comerciantes colombianos que para él eran importantes. Sólo que el encargado de hacer las invitaciones y preparar el almuerzo entendió que eran todos los colombianos de la ciudad de Caracas vinculados a la vida comercial. Nuestro narrador dejó escrito que la mayoría era de “raza indígena” y quienes contrastaban con lo que se pensaba en aquella época era gente de bien. El que cometió el yerro fue el General Landaeta quien, al percatarse de su equivocación, decidió colocar a los comensales, no deseados, en un rincón del salón alejados de la vista de Guzmán. La solución, o parte de ella, fue enzarzar a este último en una discusión sobre la política europea y paulatinamente desalojarlos furtivamente.

     En otra ocasión, Guzmán invitó a un sarao, en la casa que ocupaba en Antímano, lo que escribió en torno a uno de los escenarios acaecidos evidencia el gusto de sectores pudientes por las modas al estilo europeo, en lo concernientes a decoraciones y materiales utilizados para ambientar los hogares en aquella época. Describió que ella poseía un patio principal con una fuente rodeada de helechos y plantas tropicales. El baile se desarrollaba en los salones y en el mismo patio, cuyo fino piso de mosaico era muy resbaloso lo que impedía caminar de manera presurosa. En una de las pausas del baile, un caballero de edad avanzada y corto de vista tropezó y cayó en la fuente de agua con los resultados deprimentes y penosos que el lector debe suponer. Agregó Díaz que Guzmán, de forma socarrona comentó que, si pudiera invitar a muchos venezolanos, para que les sucediera igual, sería la forma que se lavaran por dentro y por fuera porque bastante falta les hacía.

Díaz Guerra publicó poesías en el periódico caraqueño La Opinión Nacional

     Escribió que, en ocasiones especiales recibía la vistita de notables escritores del momento. De algunos de ellos dejó sus percepciones. Arístides Rojas imponía como condición, para el compartir, presentarse con unas roscas provenientes de una panadería caraqueña para el almuerzo. José Antonio Calcaño, cliente de un frutero ubicado entre Gradillas y San Jacinto, llevaba una cesta de frutas para degustar con el almuerzo. Fernando Bolet, de quien dejó como descripción era un hombre de amplia ilustración, llevaba vinos de frutas preparados por el mismo. Cada quince días se reunían en la “lujosa mansión” de Ramón de la Plaza, donde no era usual el baile. En otras ocasiones lo hacían en la casa de los Boulton, Eraso, Santana, Vallenilla, Hellmund, Buroz o Travieso.

     Recordó que entre las esquinas de Principal y Conde funcionó el Club Venezuela, adonde coincidían intelectuales, comerciantes e industriales. Su fundación fue promovida por Jesús María Herrera Irigoyen, uno de los socios fundamentales de la productora de cigarrillos El Cojo. Este mismo personaje editaba una publicación denominada El Cojo Ilustrado cuyo período de existencia fue entre 1892 y 1915. Fue esta una publicación única en su género. En sus páginas fueron publicados una diversidad de trabajos de letrados de la época. Si algo se debe ponderar, de la narración de Díaz Guerra, es el acercamiento y hermanamiento entre escritores del momento y la elite económica en tiempos de edificación nacional liberal.

Toda Caracas quería ver a Lindbergh

Toda Caracas quería ver a Lindbergh

POR AQUÍ PASARON

Por aquí pasaron

     A comienzos de 2021 se cumplirán 93 años de la visita a Venezuela del coronel estadounidense Charles Lindbergh, el primer aviador que voló sin escalas y solitario entre las ciudades de Nueva York y Paris, en travesía de 33 horas y media, del 21 al 22 de mayo de 1927.

      Tras cumplir la notable hazaña en el monoplano modelo Ryan NYP de un asiento, llamado Spirit of St. Louis, con lo que se abrieron las puertas al desarrollo de la aviación comercial intercontinental, Lindbergh, también conocido como el “Águila solitaria”, se convirtió en una celebridad universal. Recorrió centenares de ciudades del mundo en visitas de buena voluntad y para promover la naciente industria aeronáutica civil.

      Ocho meses y siete días después de cubrir el histórico recorrido a través del Atlántico, arriba Lindbergh a Venezuela a bordo del Spirit of St. Louis, el domingo 29 de enero de 1929.

Lindbergh y su esposa en el segundo viaje a Venezuela 1929.

     Mientras la luz vespertina comenzaba a desvanecerse en el cielo aragüeño, centenares de personas emocionadas que acudieron a la pista maracayera de la escuela de aviación, fundada en 1920, comenzaban a dar muestras de extrema ansiedad. La multitud, incluido el presidente Juan Vicente Gómez y varios miembros de su gabinete, esperaba la llegada con retraso del piloto más famoso del mundo, quien entonces estaba muy cerca de cumplir 26 años, pues había nacido en Detroit, Michigan, el 4 de febrero de 1902.

     Procedente de campo Madrid, Bogotá, Colombia, Lindbergh inició vuelo hacia Maracay la mañana del 29 de enero de 1928. La travesía le tomó 10 horas y 15 minutos.

     Ingresa a cielos venezolanos pasado el mediodía. Vía telegráfica se da a conocer que a las 12:30 pm está sobrevolando el Arauca. Desde la población barinesa de Nutrias, al norte del río Apure, reportan su paso a la 1:15 pm, mientras que pasa sobre La Guaira faltando veinte minutos para que el reloj marque las seis de la tarde. A las 5:42 pm es avistado en el cielo caraqueño por los últimos fanáticos beisboleros que abandonan el estadio San Agustín, inaugurado ese domingo con el encuentro entre el club estadounidense Cangrejeros de Crisfield y Santa Marta de La Guaira.

     Por la población de los Teques pasa a las 5:55 pm y, finalmente, aterriza en la pista aérea de la capital aragüeña a las 6 y 10 de la tarde bajo el aplauso y asombro de una multitud que calcularon en cuatro mil personas.

     El dictador Gómez lo recibió con honores y le impuso la condecoración orden del Libertador. Tras la ceremonia, una de las hijas de Gómez se acercó a Lindbergh para entregarle un precioso arreglo floral que provocó una anécdota repetida en innumerables ocasiones. Asombrado por la hermosura de los capullos, el aviador preguntó:

  – ¿Son naturales?

 A lo que Gómez respondió:

 -Sí, míster Lindbergh. Son hijas naturales, pero reconocidas y de buena familia.

     En horas de la noche el ilustre visitante, declarado huésped de honor de la nación, fue agasajado en la residencia del presidente del estado Aragua, Ignacio Andrade.

 

Intensa actividad en Caracas

 

      El lunes 30 de enero de 1928 se trasladó en automóvil desde Maracay hasta Caracas a través de la carretera Panamericana, en recorrido que le tomó poco más de un par de horas.

     Al llegar a la capital, se dirigió al Panteón Nacional, donde rindió tributo a Simón Bolívar y, junto con miembros de la embajada estadounidense, colocó una preciosa corona de flores, adornada con las banderas de Estados Unidos y Venezuela, ante el sarcófago que guarda los restos del Libertador.

     También visitó la casa natal de Simón Bolívar, el Museo Bolivariano y el Palacio Federal Legislativo, antes de hospedarse en la Casa España, hermoso palacete destinado por el gobierno para alojar a sus huéspedes de honor, en las cercanías de lo que hoy es la Avenida Urdaneta, más o menos a la altura del actual puente de la avenida Fuerzas Armadas. Allí se dieron cita centenares de caraqueños para saludar al célebre aviador.

Apoteosico recibimiento de Lindbergh en Caracas.

     Dicen que Caracas se paralizó con la visita de Lindbergh, el comercio del centro de la ciudad cerró sus puertas, todo el mundo quería verlo. Se vio obligado a asomarse en uno de los balcones de la Casa España, en un gesto de cortesía, en respuesta al gentío que lo recibió con lluvia de flores y una sonora ovación. 

     Tras un breve descanso, Lindbergh asistió a un almuerzo en el Caracas Golf Club, ubicado al oeste de la ciudad, en las barrancas de la hacienda La Vega, un sector conocido como La Quebradita, un poco más atrás de lo que actualmente es el Centro Comercial Los Molinos, en la avenida San Martín. El menú del almuerzo fue elaborado por Pierre René Deloffre, antiguo prófugo de Cayena, quien para entonces era propietario del famoso restaurante caraqueño de comida francesa La Suisse.

Miles de caraquenos esperaron a Lindbergh frente a la Casa España

     De allí asistió como invitado especial al encuentro de beisbol entre Cangrejeros de Crisfield y Tigres del Santa Marta, en el recién inaugurado estadio de San Agustín. Allí fue ovacionado por los espectadores.

     En la noche estuvo brevemente en el baile que se ofreció en su honor en las instalaciones del Club Paraíso. Antes de la media noche partió de vuelta a Maracay para preparar el vuelo de regreso.

     Tras una minuciosa revisión y equipamiento de su aeronave, Lindbergh continuó la ruta para completar el itinerario de la gira de buena voluntad. En la madrugada del martes 31 de enero viajó desde Maracay a las islas de St. Thomas y luego a Puerto Rico, Santo Domingo, Puerto Príncipe y La Habana, Desde la capital cubana emprendió el regreso a Estados Unidos, vía St. Louis, Missouri.

En 1929 regresó a Venezuela

 

     Por una segunda ocasión, Lindbergh estuvo de visita en la capital venezolana. Esta vez lo hizo en calidad de consejero de la empresa Pan American Airways. Vino piloteando un hidroavión Sikorsky, modelo S-38.

     El 26 de septiembre de 1929 llega a Caracas junto con su esposa y directivos de la línea aérea fundada en el año 1927. Se reúnen con representantes del gobierno para solicitar permisos que les autoricen a iniciar operaciones comerciales en Venezuela.

     Luego de escoger terrenos en Maiquetía, PanAm inicia operaciones en Venezuela el 6 de mayo de 1930 con un vuelo entre Caracas y Miami. Los terrenos de Maiquetía se los arrendaron a la familia Luy y allí acondicionaron el llamado campo de aviación que posteriormente, a mediados de los años cuarenta, se convirtió en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía, puerta de entrada a América del Sur, que da servicio a la ciudad de Caracas.

El Águila Solitaria

Más perdido que el hijo de Lindbergh

 

     La conocida frase que antecede a este párrafo tiene su origen en la lamentable tragedia familiar que sufrió el célebre aviador y su esposa, la escritora Anne Morrow, tres años después de su segunda visita a Venezuela.

Charles Lindbergh

     A la edad de un año y ocho meses, el hijo del mismo nombre del famoso aviador fue secuestrado del hogar familiar, el 1°de marzo de 1932, en Anwell, Nueva Jersey, por Bruno Richard Hauptmann Giugni, ciudadano alemán, quien pidió recompensa de 50 mil dólares y luego de cobrar el dinero, no devolvió al niño.

     El cadáver del bebé fue hallado 72 días después, el 12 de mayo de 1932, muy cerca de la vivienda de sus padres.

     Hauptmann fue atrapado y enjuiciado por el crimen que cometió. Lo condenaron a la pena capital y fue ejecutado en la silla eléctrica el 3 de abril de 1936.

     Charles Lindbergh falleció a la edad de 72 años, en Maui, Hawai, el 26 de agosto de 1974.

Nixon respondió con béisbol a las agresiones sufridas en Caracas

Nixon respondió con béisbol a las agresiones sufridas en Caracas

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El vicepresidente Nixon y el presidente Larrazabal se reunieron en el Circulo Militar de Caracas

     Unas dieciséis semanas después que el general Marcos Pérez Jiménez fuera depuesto del cargo de presidente de la República de Venezuela, por sus propios compañeros militares, llegó a Caracas Richard Nixon, vicepresidente de Estados Unidos.

     La visita de Nixon fue promovida por el presidente Dwight D. Eisenhower y el Departamento de Estado como una gira de buena voluntad por varias ciudades de América del Sur.

     La administración de Eisenhower quería demostrar su compromiso con la región, en aquellos momentos afectada por las tensiones de la Guerra Fría.

     Nixon, acompañado por una comitiva bastante numerosa que incluía a su esposa Pat Nixon y al edecán militar Vernon Walters como traductor, visitó Buenos Aires, Quito, Lima, La Paz, Asunción, Montevideo, Bogotá y Caracas. Tuvo tuvo alrededor de 15 días de gira por esos países.

     Venezuela fue el último punto del tour que encontró en Argentina, Bolivia, Perú y nuestro país violentas protestas, por el apoyo que le ofrecía entonces el gobierno del norte a las dictaduras militares de la región. Cinco meses después de la amarga experiencia que vivió en Caracas, el alto funcionario que luego sería presidente de su país entre 1969 y 1974, se reivindicó con el pueblo venezolano a través de la actividad deportiva.

     Desde que aterrizó en Maiquetía, antes del mediodía del martes 13 de mayo de 1958, Nixon y su comitiva fueron hostigados con violencia: insultos, huevos y pedradas. La gente expresaba rechazo porque sabía que el gobierno de Eisenhower había apoyado al dictador tachirense, condecorándolo en el año 1954 con la orden Legion of Merit. Tras huir de Venezuela a República Dominicana, Pérez Jiménez inició trámites para que Estados Unidos le garantizara asilo político.

     Poco después de finalizar el recorrido de la autopista de La Guaira a Caracas, a la altura de la avenida Sucre, la caravana de vehículos que llevaba a Nixon con rumbo al Panteón Nacional, para visitar la tumba del Libertador Simón Bolívar, fue agredida de una manera muy violenta por grupos de manifestantes. Fracturaron los vidrios del vehículo en el que iba el alto funcionario con su señora esposa. Los miembros del equipo de seguridad estuvieron a punto de emplear sus armas. Como pudieron lograron llevar al vicepresidente hasta la fortificada sede diplomática estadounidense ubicada entonces en la urbanización San Bernardino, al norte de Caracas.

     La amplia agenda que se había preparado para la visita de Nixon durante tres días a la capital venezolana, tuvo que ser modificada casi en su totalidad. No pudo asistir al almuerzo en la Cámara de Comercio de Caracas ni visitar el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) para observar el reactor nuclear. Se limitó a reunirse con altos funcionarios gubernamentales y conversó con corresponsales de prensa locales e internacionales. La reunión con el presidente Larrazábal se llevó a cabo en la fastuosa sede del Círculo Militar, situada a un costado del Paseo de Los Próceres.

     Tan grave consideraron en Estados Unidos el episodio de agresión que ocurrió el día que arribó a Caracas, que agentes del servicio secreto contactaron al almirante Arleigh Burke, jefe de la armada de ese país, quien de inmediato activó el plan de seguridad denominado Operation Poor Richard, consistente en el envío del portaviones  USS Tarawa y un millar de  infantes de marina a bases militares del Caribe, cercanas a las costas de Venezuela, con la idea de defenderse de los ataques y proteger al vice presidente, sí era estrictamente necesario.

     El gobierno venezolano, por intermedio de su presidente, Wolfgang Larrazábal, condenó el ataque, pero señaló que había que ser comprensivo con la reacción juvenil contra los Estados Unidos por la solidaridad que este mostró con el dictador Pérez Jiménez. Larrazábal buscaba también congraciarse con los sectores de izquierda habida cuenta de las proximidades de las elecciones presidenciales (diciembre 1958), en las que participaría como candidato.

Grandes Ligas en visita de buena voluntad scaled

     Dos semanas después de la visita de Nixon a Caracas, revista Life, en su edición del 26 de mayo de 1958, publicó en portada una foto en la cual dos jóvenes patean el vehículo Cadillac que trasladaba al vicepresidente. Un mes más tarde, el 16 de junio, como parte del proceso de investigación, fue apresado Antonio José Barreto, de 25 años, fiscal de la línea de autobuses de Monte Piedad, quien fue recluido en la cárcel del Obispo, y a finales de año lo trasladaron a las colonias móviles de El Dorado. Fue el único detenido por los sucesos.

Invasión de bates, guantes y pelotas

 

     A la medianoche del 15 de mayo de 1958, Nixon y su comitiva salieron de Caracas fuertemente custodiados por un importante grupo de efectivos de las Fuerzas Armas con destino al aeropuerto de Maiquetía, para de allí viajar hacia la ciudad de Washington.

Tom Runnels Red Sox y otros de los peloteros que dictaron clinicas en Caracas y otras ciudades en noviembre de 1958.

     Una de las primeras tareas que emprendió el alto funcionario tras ser recibido por Eisenhower, fue comunicarse con el comisionado de Grandes Ligas, Ford Frick, para participarle que, por instrucciones expresas del Departamento de Estado, organizara una campaña para llevar jugadores de ligas mayores a Venezuela para dictar clínicas y promover las relaciones entre los dos países.

     El beisbol fue un estupendo vehículo para promocionar la política exterior del gobierno norteamericano, al tiempo de desempeñar un papel positivo para aliviar fricciones, como las que existían entre EE. UU. y Venezuela, por el respaldo que le habían ofrecido a Pérez Jiménez.

     En sus memorias, Frick, periodista deportivo que fue presidente de la Liga Nacional entre 1934 y 1951 y comisionado de Major League Baseball desde 1951 hasta 1965, expresó el valor que tenía el beisbol estadounidense en asuntos internacionales.

     Frick se presentó en Caracas  a principios de noviembre de 1958 junto con Frankie Frisch, miembro del Salón de la Fama, distinguido con el trofeo de Jugador Más Valioso en 1931 y mánager-jugador campeón de la Serie Mundial de 1934, con los Cardenales de San Luis, además  del umpire retirado Cal Hubbard, otro inmortal de Cooperstown, como parte del grupo de personalidades y peloteros que entre el 7 y el 14 de noviembre de 1958 visitaron estadios en Caracas, Los Teques, Maracay, Valencia; Barquisimeto, Maracaibo, Cumaná y Porlamar, para dictar clínicas a niños y jóvenes.

     En la lista de jugadores figuraron  Richie Ashburn, campeón bate de la Liga Nacional en 1958 y jardinero central de los Filis de Filadelfia; Elston Howard, catcher suplente de los Yankees de Nueva York; Gus Triandos, receptor de los Orioles de Baltimore; Pete Runnels, camarero de los Medias Rojas de Boston; Dick Groat, shortstop de los Piratas de Pittsburgh y su compañero de equipo, el lanzador Bob Friend, quien ese año compartió con Warren Spahn el liderato de triunfos de las Grandes Ligas al ganar 22 juegos. Al grupo también se sumó Al Schacht, un ex lanzador que se hizo famoso gracias a su trabajo como payaso en los diferentes estadios de las Grandes Ligas en las décadas de 1940, 1950 y 1960.

Nixon se traslado a Maiquetia acompanado por Larrazabal y bajo una importante custodia militar scaled

     Era la primera vez que el público venezolano podía disfrutar en casa de un espectáculo relacionado con las Grandes Ligas desde marzo de 1947, cuando los clubes Yankees de Nueva York y Dodgers de Brooklyn participaron en varios juegos de exhibición, en el antiguo estadio Cerveza Caracas de San Agustín.

El conocido receptor de los Yankees de Nueva York Elston Howard en el estadio Universitario noviembre 1958 scaled

     Frick aseguró que al llegar a Venezuela los jugadores estaban preocupados por la reacción que podía tener el público, luego de lo que sucedió con Nixon. Pero aquella impresión cambió por completo desde que se presentaron en el estadio Universitario, visitaron hospitales, estuvieron en el centro YMCA de Catia y asistieron al Teatro Municipal de Caracas, invitados al programa de la Sociedad Anticancerosa, así como las diversas presentaciones que cumplieron en los diamantes de ciudades del interior.

    El Departamento de Estado daba inicio así al desarrollo de una política exterior basada en una alianza para el progreso, que tendría su mayor impulso dos años más tarde, en 1961, con la visita a Venezuela del presidente John F. Kennedy, quien, al contrario de Nixon, fue recibido con afecto y admiración por el pueblo venezolano. El beisbol contribuyó en parte, a limar las asperezas entre ambos países.

Un bogotano en Caracas

Un bogotano en Caracas

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Alberto Urdaneta

     Para 1883 se llevó a cabo en Venezuela la llamada Fiesta del Centenario, momento que sirvió de marco para recordar los cien años del nacimiento del Libertador. En este evento se dieron cita personalidades de la vida nacional y de otros espacios territoriales de la América española y distintos lugares del mundo. Mucha de la ornamentación de la Venezuela guzmancista se llevó a efecto bajo este evento que también sirvió para estimular el culto bolivariano alrededor del poder establecido. Entre los invitados estuvo un bogotano, entre otros, de nombre Alberto Urdaneta (1845-1887) quien había sido general del ejército de Colombia, además de empresario agrícola y pecuario. Creador de la escuela de Bellas Artes, pensador, fundador de Papel periódico ilustrado donde publicó “De Bogotá a Caracas” entre 1883 y 1884.

     Las observaciones que plasmó Urdaneta las recopiló en los cincuenta días que estuvo por Caracas. Comenzó su escrito al hacer referencia al Calvario y le informó al lector que al adentrarse a Caracas el ambiente le pareció seductor. Las casas las describió como construcciones de un solo piso, edificadas con mampostería y en calles angostas. Recordaría que con Antonio Guzmán Blanco se comenzaría a construir, desde el denominado Septenio, alamedas o bulevares que imitaban y, en algunos casos, aventajaban las de París por su anchura y protección de la vegetación. De ésta expresó que era abundante y frondosa, cuyo cultivo, se apreciaba, habían ejecutado con esmero lo que ofrecía al observador de la ciudad un aspecto de una ciudad oriental.

     Caracas para su gusto era una ciudad bonita, incluso más bonita que París, y como Bogotá, tenía aspecto de ciudad. Subrayó que su embellecimiento se llevó a cabo luego del movimiento telúrico de 1812. Entre otras virtudes, Urdaneta recordaría la pulcritud y aseo de la ciudad. Aunque era raro ver una escoba y quienes la utilizaran. Como ejemplo de limpieza contó que por el mes de agosto decidió comer una naranja, ofertadas en la calle, para refrescarse, pero no encontró lugar para desprenderse de las conchas puesto que no había cestos de basura, por lo que optó por guardarlas y desembarazarse de ellas en el lugar que tenía como morada. Sin embargo, agregó que había barredoras mecánicas, tiradas por un caballo y dirigidas por un peón. Pero, no era esto lo que mantenía aseadas las calles de Caracas, sino las lluvias porque con éstas las aguas corrían de arriba abajo y esta corriente servía para limpiarlas, a esto agregaría el carácter pulcro de los habitantes.

     En cuanto a estos últimos recordaría que no usaban ruana, ni las mujeres vestían de negro. En su recorrido inicial le vino a recordación tanto el 19 de abril de 1810 como el 5 de julio de 1811 y el espíritu de Independencia, nacido de las doctrinas de Antonio Nariño y los precursores comuneros del Socorro en 1781. Sin duda, una aseveración exagerada a la luz de los estudios, en este orden, dados a conocer posteriormente. En su narración llamó la atención acerca del arzobispado de Venezuela, el Colegio de Ingenieros, la Facultad Médica Nacional, el Instituto de Bellas Artes y la Biblioteca en donde reposaban treinta mil volúmenes.

 

Calles y coches

     En lo referente a la organización y ornamentación de la ciudad delineó en su narración la existencia de 19 puentes, 14 de mampostería y uno de hierro, el cual se ubicaba sobre el río Guaire. En cuanto a las variaciones climáticas habló de dos: lluvia y sequía. Dejó escrito que en los tiempos del Centenario (1883) Guzmán Blanco había mandado a eliminar el que la parte frontal de las casas se blanquearan con cal, yeso o tierra blanca y se sustituyeran por pinturas a base de aceite, con colores claros. Junto con este cambio se dispuso a suprimir los impresos y anuncios públicos en las paredes de ellas. Acerca de esto último, indicó que en lugar de esta práctica se comenzaron a utilizar los árboles, donde con una tablilla se colocaban anuncios de interés.

     A medida que avanza su descripción agregaría nuevos aspectos que le llamaron la atención en comparación con su originaria Bogotá. Reconoció que el uso del cemento apenas comenzaba en Venezuela y que la mayoría de las calles centrales eran de este material. El mismo estaba siendo utilizado para sustituir en las calles las antiguas lajas de formas irregulares y variadas. Aunque las calles fuesen empedradas, con pequeñas piezas, ello no impedía el libre flujo de los carruajes.

     En lo que se refiere al transporte señaló que, el uso de los carruajes estaba bien reglamentado y que existían dos tipos diferentes de ellos, aparte de los particulares: los de plaza y tirados por uno o dos caballos. Para su convencimiento la mayoría de choferes eran italianos. Las tarifas variaban según las situaciones. Un bolívar por cada carrera o un venezolano por hora. Ofreció la información sobre la existencia de unos 160 carruajes de plaza en Caracas.

     A estos sumó los coches de lujo tirados por dos caballos y los cocheros hijos del país, según lo anotado por Urdaneta. El costo del servicio eran dos venezolanos por hora. Los días de fiesta y al salir de la ciudad al campo el costo era el doble. Indicó que cada cochero llevaba un reloj y vestían indumentaria presentable y pulcra. En Caracas habría unos cuatrocientos de este tipo reseñó en su texto. El medio de transporte más utilizado para trasladar objetos y mercaderías eran animales como el asno o pequeños carros de dos ruedas, halados por mulas, un solo arriero conducía hasta doce asnos en recua.

     De las calles anotó que estaban bien alumbradas con faroles de petróleo. Para la fiesta del Centenario se agregaron faroles de esperma y la luz eléctrica, basada en el sistema de Weston en algunos puntos de la Plaza Central y monumentos importantes. En la visita que llevó a cabo a la Catedral de Caracas, destacó un cuadro de Antonio Herrera, pintor de tendencia modernista. De igual modo, subrayó que en los alrededores de ellas había espacios vacíos, uno de ellos donde reposaba el corazón de Girardot, sin lápida que identificara el lugar. Con cierto aire quejumbroso señaló que un sentimiento patriótico debía embellecer este lugar, en vez de estar sepultado en medio de grama crecida. De otras iglesias caraqueñas señaló que la de Altagracia era la predilecta de las mujeres y la iglesia de la Merced donde existían fosas y que para él sería importante que, en Bogotá algunos templos, imitaran esta práctica y así obtener recursos económicos que ayudaran en su funcionamiento.

 

Caraqueños y caraqueñas

     Su relato es muy sobrio respecto a hábitos, usos, costumbres, gustos de lo que denominó sociedad caraqueña. Justificó que no se extendería en este punto porque el poco tiempo de observación de sus cualidades y por lo reducido de los defectos de ella no se prestaban para ser calificada.

     Del caraqueño anotó que eran mezcla de alemanes, vascos y que las razas primitivas constituían la costa norte de Suramérica. Estos grupos mezclados le sirvieron de pauta para calificarlos como sigue: raza pronta a las buenas o malas pasiones, despierta para todo, no perezosa, apasionada, sensible, apta para las armas como para escribir tratados jurídicos o una novela, vehementes en el afecto como en el resentimiento. Agregó la falsedad de la idea según la cual el caraqueño no era blanco, por eso adicionó que era tan blanco como el europeo, como “nosotros”, subrayó Urdaneta. El mismo vigor y energía corría por sus venas esa buena sangre azul, atributo de la raza especial suramericana, remató el autor.

     Advirtió que, a pesar de su edad y sin perder la sangre fría, se dio a la tarea de observar las generalidades en saraos, visitas oficiales o familiares, en calles, jardines de los caraqueños. En fin, apreciar la parte poética del género humano. Sus conceptos alrededor de este aspecto son como sigue. El caraqueño reunía la gracia innata de los pobladores de tierras templadas. En cuanto a la mujer insistió que el clima facilitaba baños depurativos desde tempranas horas del día. A ello se agregaba la vestimenta vistosa y de sus encantos como mujer. Dejó escrito que, las tibias mañanas se prestaban para el encuentro furtivo de parejas de enamorados en la choza, el valle y la finca. Aseveró que las damas lucían trajeadas a la usanza de las parisinas en la época primaveral.

     Las mañanas eran las predilectas para las compras, pasear, oír misa o la visita de confianza. Ya desde las once de la mañana hasta las tres de la tarde la ciudad presentaba su monotonía. Contó que las mujeres al caer el sol salían con sus costosos vestidos, pero de buen gusto, y se exhibían en paseos y lugares públicos. A la armonía especial de la costa, la mujer caraqueña la acentuaba al darle un movimiento a la frase importante que intentaba comunicar. En el teatro y el baile, el donaire en el vestir, su constante sonrisa, la amabilidad que seducía le daban a la caraqueña un atractivo incomparable, según dejó escrito Urdaneta.

Urdaneta fue fundador de Papel periódico ilustrado, donde publicó “De Bogotá a Caracas”

     Sin embargo, propuso que estas características las había apreciado en un momento muy puntual. Por ello añadió que bien pudieran ser estas acciones o características habituales o, al contrario, propiciadas por una situación específica. De los hombres dejó plasmado que, vestían con trajes propios de época de verano, usaban sombrero de copa o de paja. Las vestimentas de dril blanco sólo las portaban los más elegantes. En las visitas de etiqueta o asistencia a la ópera iban con frac. En lo referente al consumo de bebidas espirituosas recordó la sobriedad con que las degustaban y que de una copa de cerveza no se excedían, mostró su gusto al ver que el brandy no fuese común entre ellos. En ágapes o fiestas preferían el ron Carúpano.

Para Urdaneta, Caracas era una ciudad bonita, incluso más bonita que París

     También resaltó el gusto de los caballeros por el baile, que lo ejecutaban con maestría. Cumplidores en sus visitas, no tenían impedimento para prolongarlas, si eran de su agrado, dos o tres horas. Aceptaban u ofrecían con franqueza un almuerzo o cena al visitante. Otras virtudes que resaltó: eran madrugadores y como las damas salían a dar paseos. Se trasladaban sin quejas hacia otras parroquias, en ocasiones a pasar el día o a pasear en horas de la mañana. Como seres serviciales y galantes atendían presurosos el pedido ajeno. Urdaneta destacó el uso del bastón por parte de los caballeros. En cuanto a los obreros, aquellos dedicados al trabajo rudo, no usaban la por él llamada perezosa y sucia ruana, andaban en mangas de camisa o con un ligero saco de dril blanco.

     A lo largo de su narración, el autor, expuso sus observaciones con bastante cuidado. Se cuidó de no ser muy crítico, condición que exhibió cuando hizo referencia a lo que en Bogotá era usual. Resulta de gran interés la escasa consideración en torno a la realidad política. Igualmente, cuando refería comparaciones con la realidad europea lo hizo para enaltecer esta comarca caraqueña, así como a su lugar de origen. Esto, de ningún modo, desdice lo relatado. Me parece que el interés principal es la coincidencia respecto a algunos atributos que se daban como un hecho entre quienes examinaron Caracas desde su realidad vital. El viajero relator hace uso de su propia experiencia, así como de sus vivencias personales y territoriales, ejes a partir de los cuales establece diferenciaciones y también coincidencias. Si algo se puede destacar entre el viajero hispanoamericano y el proveniente de Europa es aquel en que su propia experiencia es la impronta del relato. A este tenor, que entre uno y otro el relato normativo se torna diferente al momento de la comprensión del desenvolvimiento social en civilización.

Appun en Venezuela

Appun en Venezuela

POR AQUÍ PASARON

Por aquí pasaron

El naturalista Karl Ferdinand Appun

     Una gran porción de viajeros que alcanzaron el territorio venezolano, a lo largo del siglo XIX, eran de origen prusiano o alemán. Varios de ellos habían sido recomendados por Alejandro von Humboldt ante las autoridades gubernamentales, asimismo, tuvieron en sus escritos un modelo a seguir como naturalistas y exploradores de la naturaleza. Uno de ellos fue el alemán Karl Ferdinand Appun (1820-1872) quien estuvo por Venezuela entre 1849 y 1859, lapso durante el cual este país estuvo gobernado por los hermanos Monagas, José Tadeo y José Gregorio. De esta visita nació un texto titulado En los trópicos cuya primera edición se dio a conocer para 1871 en lengua germánica. En Venezuela se haría una edición en castellano para 1961. Entre los objetivos de su expedición, a esta comarca, era el de dar continuidad al trabajo que había comenzado otro alemán, Ferdinand Bellerman (1814-1889). Luego de 1859 marchó a su tierra natal a descansar por males de salud, contraídos en su estadía venezolana. Para 1872 regresaría con el objetivo de explorar la Guayana Inglesa, hoy Guyana, donde encontraría la muerte a manos de indígenas silvestres.

     Appun fue un naturalista y explorador con ciertos rasgos de romanticismo, pero con una fuerte inclinación realista en lo que a sus planteamientos teóricos se refiere. Una de las características de su escritura es que redactaba en primera persona y que sus descripciones estuvieron marcadas por una chispeante, y por momentos, jocosidad. Se debe agregar que fue dueño de una prosa limpia y elocuente en la que combinó las descripciones alrededor del mundo natural y los actores sociales en una dinámica social que observó con admiración y rechazo, disposición muy propia de la visión del viajero, con independencia de su lugar de origen.

 

     Durante su estadía por estos parajes visitó casi en su totalidad las costas venezolanas, entre las que destacaron La Guaira y la gran extensión marítima de Puerto Cabello. Igualmente, examinó las costas y las aguas del Lago de Maracaibo. Hacia el lado sur del país hizo lo propio en las aguas del Orinoco, pasó por Guayana y recaló en Georgetown.

     La Caracas que conoció Appun se diferenciaba poco de la de los primeros años del 1800. Era la ciudad de los arrieros, recuas, vías empedradas y de la mula como medio de transporte fundamental. Los años que pasó en este país, de Suramérica, los ríos eran las arterias viales de mayor importancia para el tráfico de bienes dirigidos a la exportación, como el añil, el tabaco, el café del piedemonte andino y los cueros que iban a los puertos desde donde serían trasladados a Europa. Arteria fluvial junto, ya pasada la temporada lluviosa, con el tránsito por tierra de bienes de consumo. Éstos provenían de la parte sur del país. Constituían cargamentos cuya dirección era hacia el norte de Venezuela, adonde se ofrecía el pescado seco o salado, manteca de cerdo, cueros, tasajos de res y chimó sin procesar recogidos en los llanos venezolanos.

     La pulcra prosa de Appun describió estos procedimientos de circulación de mercaderías, así como que destacó la importancia de la región llanera, en la dinámica económica venezolana en la mitad del siglo XIX. Como quedó dicho él tuvo en Humboldt su guía teórica, así como su mentor intelectual. Fue éste quien lo recomendó ante el gobernante prusiano Federico Guillermo IV, quien ofreció el apoyo económico requerido por el naturalista alemán para su incursión en estos parajes. Si bien es cierto que su tarea era la de explorar el mundo de la naturaleza, los señalamientos relacionados con la vida de los pobladores de esta comarca fueron de destacada relevancia.

     Uno de los aspectos a los que prestó importancia, con cierta amplitud, fue el de los hábitos de consumo y costumbres alimenticias de los venezolanos. Destacó los productos de mayor consumo que se ofertaban en pulperías y en el mercado. Uno de los hábitos que llamó su atención era que los habitantes se aseaban las manos antes y después de consumir sus alimentos. Aunque, observó el alto consumo de carnes de origen animal. Escribió respecto a esta inclinación y agregó que la carne era la consigna del día en Venezuela, “como la cerveza en Baviera”. En cuanto a su presentación o lo era frita, o bien salada o sancochada, tres veces al día, describió con sorpresa, tanta fue su impresión que consignó que su ingesta parecía una especie de reglamento que se cumplía con rigor. Igualmente, recordó que un venezolano de nacimiento vería frustrada su existencia sin el diario sancocho y el plátano asado.

     Algunos cortes de carne le causaron desagradable impresión. En una ocasión apreció unas tiras, de color oscuro, guindadas de un palo que semejaban correas de cuero. Confesó que lo que experimentó, en un primer momento, fue repulsión tanto por su aspecto exterior como por el fuerte olor que de ella percibió. Lo que estimuló esta reacción fue el tasajo o tiras de carne salada que se ofertaban al consumidor. Más adelante recordó que, como no se producía trigo a gran escala se producía pan de dos tipos, de maíz, que aquí se denominaba arepa que, según su gusto, era muy agradable si se consumía caliente y de yuca que era el casabe sin precisar que le gustara.

     A lo largo de su narración exhibió sus dotes de buen prosista. Uno de ellos se refiere a uno de los momentos cuando le provocó darse un baño en las aguas de un río. No obstante, el escogido para ello estaba ocupado, en algunos puntos de su orilla por negras que lavaban en él. Ante tal circunstancia recurrió a encontrar un espacio menos concurrido. Al fin logró su objetivo y en los momentos que disfrutaba de las cálidas aguas de riachuelo percibió que, a un lado, de donde el disfrutaba su sumersión, entró al agua un largo ejemplar de largo hocico que, ante tal eventualidad, hizo que él saliera presuroso del río. Reconoció que era un caimán, por estos predios lo “llamaban baba”, anotó. Confesó que luego se enteraría que era una “especie inofensiva para el hombre”. Agregó al final de este evento que debió salir, cual vestiduras adánicas, a la vista de quienes en un principio el buscó eludir.

     Contó que, en una oportunidad le atrajo una “música horrible y voces ruidosas”. Se trataba de una fiesta a la que se acercó y describió así: las parejas no se movían alrededor una de la otra, sino que practicaban “raros” movimientos en un mismo sitio a lo que agregaban saltos y brincos. Dijo, a este respecto, que sólo observó dos de estas “danzas”, la “baduca y el zapatero”. Resaltó que no describiría de manera pormenorizada lo que vio en el salón de baile, porque, aunque eran ejecutados con gracia, “no pueden contarse entre las decentes”. Por si fuera poca su aversión, ante movimientos poco ortodoxos para él, sumó a su descripción que no era posible continuar exponiendo sus órganos olfativos al “picante” aroma que impregnaba el lugar, “estuve contento al encontrarme de nuevo en la calle”.

Portada del libro del alemán Karl Ferdinand Appun

     En su relato se aprecia la intención de precisar con detalles sus vivencias y de mostrar de modo espléndido tanto los momentos afines con sus costumbres como aquellos que le produjeron sensación de vergüenza, en especial, por desconocimiento no premeditado. Así, recordó uno de estos últimos cuando confundió un ají con un tomate. A este último lo tenía como un fruto de excelente textura y sabor. La forma cómo corroboró la diferencia entre uno y otro lo contó cómo sigue. En una oportunidad, al elegir lo que por su color rojo creyó era un tomate lo colocó en su plato de comida, ante la sorprendida mirada de otros comensales, luego llevó a su boca “una de las frutas de tan lindo color”. Recordó que, a la primera dentellada evidenció la equivocación en la que había incurrido. Aunque, de inmediato, escupió lo que creyó era un tomate al experimentar una sensación de quemazón en labios y boca, junto con una especie de dolor en la misma. Relató que sintió vergüenza y no encontró manera de contener el lagrimeo que acompañó el efecto del picantoso fruto. Contó que a pesar del tiempo transcurrido recordaba aquella escena con espanto.

     Quien se dedique a leer lo que Appun presentó como apuntes de viaje, podrá corroborar su fina mirada y la claridad de su exposición cuando describe, con la intención clara de no dejar escapar detalles, asuntos relacionados con las prácticas humanas. De igual manera, lo que presentó en su obra no se restringió a Caracas, sino que tuvo la disposición de mostrar la mayor cantidad de aspectos relacionados con la Venezuela de los Monagas. Esta disposición se puede constatar en su descripción del llanero venezolano a quien representó como hombres que cabalgaban semidesnudos, por las llanuras del territorio venezolano. En lo atinente a su vestimenta indicó que avanzaban por las llanuras venezolanas “semidesnudos”. Sus investiduras constaban de pantalones cortos y llevaban en su cabeza el “fuerte sombrero de palma”. Portaban en su mano una lanza y la soga utilizada para enlazar al toro colgaba al lado derecho de la maciza silla de madera cubierta de cuero. Relató que no temían a su “principal” enemigo, el tigre, al que cruzaban con su lanza. Agregó que de ellos no se debía pensar como hombres de letras o de gran cultura. “Su naturaleza, generalmente de origen indio, no desmiente su ascendencia”.

     Así como describió los elementos naturales del país, intentó una caracterización de los actores sociales que lo componían. Así, no debe entrar a duda que su percepción del “hombre venezolano” no fue sujeto a generalización. Ofreció las representaciones de lo que para él era ajeno, repulsivo o repugnante junto con el reconocimiento de virtudes en el otro. Es lo que se puede colegir de su percepción del llanero, si bien inculto, de acuerdo con su mapa mental y experiencia de vida, resaltó que el mismo mostraba una honradez, poco generalizada en la comarca. Anotó que el llanero iracundo, vengativo, aficionado al juego y endurecido por lo feraz de su ambiente natural, y por su modo de vida, contaba con una innegable disposición hacia la honradez y la sinceridad, “en lo que se diferencia favorablemente de todas las otras clases incultas del pueblo venezolano”.

APPUN

     Lo que parecería ser una regla, entre los viajeros que pisaron esta comarca en el 1800, se refería a los encantos y belleza de la mayoría de las venezolanas. Dejó asentado que, para cualquier hombre era difícil no percibir el primor y beldad de las damas del país. Subrayó que, las indígenas, las trigueñas, negras y las criollas poseían una tez “rara”, lo que no desmerecía sus encantos. Por otro lado, hizo referencia a los habitantes primigenios u originarios de estos espacios territoriales de quienes ofreció, en contraste con elucubraciones de los criollos venezolanos, una imagen en la que ensalzó el grado de organización social, las técnicas para defenderse de los enemigos y el conocimiento que mostraban de la flora y fauna silvestre. Bajo similar perspectiva, agregó sus alabanzas por la aplicación de remedios tomados de plantas medicinales, lo que lo llevó a reconocerles sus conocimientos de botánica.

     Sus opiniones políticas no fueron muy destacadas, aunque si mostró ser un agudo observador al apreciar los signos de cambio generalizados, en las postrimerías de la década del cincuenta. Contó que en una oportunidad a él y sus acompañantes los habían confundido con espías del gobierno de los Monagas. Quienes así lo hicieron los interrogaron acerca de la figura de Páez y quienes estaban al mando de las fuerzas oligárquicas. En virtud de esta circunstancia contó que él y sus acompañantes se dirigieron a una pulpería en la que escucharon improperios contra el gobierno imperante. Esto lo llevó a pensar que se estaba preparando una rebelión contra el presidente Monagas. Para hacer frente a diversas preguntas, provenientes de caballeros que mostraban inquina contra representantes del gobierno, decidió, en conjunto con sus acompañantes, contestar que eran oligarcas y, además, amigos de Páez.

Un húngaro en Caracas

Un húngaro en Caracas

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Por aquí pasaron

Por: Jorge Bracho

     Un amante y practicante de los deportes, la fotografía, estudioso de la botánica, las ciencias y la música, admirador de las interpretaciones de Beethoven y Wagner, originario de Hungría y amigo de Alejandro de Humboldt, cuyas recomendaciones le abrieron las puertas de América, partió de los Estados Unidos de Norteamérica en enero de 1857 hacia La Habana, donde estuvo dos meses antes de su arribo a Venezuela adonde permaneció alrededor de cinco meses. Pal Rosti (1830-1874) formó parte de los reformistas húngaros que pugnaron por el despliegue de reformas capitalistas en contra del orden feudal, a la luz de las revoluciones de 1848 y 1849 en Europa. Uno de sus intereses intelectuales que atrajo su atención fue el relacionado con la indagación acerca de la naturaleza. Durante una estadía en París comenzó a interesarse por la fotografía, de la que dejó una gran colección al fallecer, también perfeccionó allí los métodos de trabajo de la geología y la etnología. Partió de Francia un 4 de agosto de 1856 hacia América y regresó a Hungría el 26 de febrero de 1859. Luego de publicado Memorias de un viaje por América (1861) fue galardonado con la incorporación a la Academia de Ciencias húngara. 

     Rosti cultivó una fructífera amistad con Humboldt a quien citó de modo reiterado, como autoridad reconocida en el canon académico, a lo largo de sus Memorias… Interesado en estudiar la exuberante naturaleza, tal como en Europa se le denominaba a la zona natural de estos espacios territoriales, desde tiempos de la Ilustración, no dejó de mostrar quizás mucho más que lo expuesto por su admirado maestro, una fuerte inclinación por observar el carácter general de los lugares que visitó en el continente americano. Por eso será común para el lector de hoy toparse con consideraciones respecto a los alimentos que se consumían, las bebidas de mayor preferencia, los tratos sociales y las prácticas políticas generalizadas.

     Como todo visitante que alcanza espacios territoriales distintos a su lugar de origen, el viajero, ya fuese con fines científicos o lo fuera por invitación de autoridades establecidas, dejó estampado elucubraciones de lo observado y experimentado en tierras lejanas. Con sus relatos se muestran como cronistas en la medida que pretenden delinear paisajes naturales y sociales que más llamaron su atención y que exponen un aprendizaje, uno de los motivos principales del viaje. Si en tiempos de la Antigüedad el viajante se asumía como parte de un designio y regido por el requerimiento del destino de los dioses, es decir, prueba, aventura, sufrimiento, o el peligro propio de la experiencia humana, en los tiempos modernos fue convertido en una porción del capital cultural, de aprendizaje, de pasión y de placer.

     En las narraciones vertidas por el viajero devenido visitante aparecen expresadas un aprendizaje acumulado en combinación con la atracción de lo que le es afín, familiar, y el distanciamiento de todo aquello que, por enseñanza, hábito y costumbre experimenta como ajeno. Una de las interrogantes que Rosti se hizo a si mismo fue la relacionada con la aversión a los negros presente en los Estados Unidos, disposición que lo llevó a comparar el trato del negro con el esclavismo aún existente en Cuba para el momento de su visita. Cuando hizo referencia a este mismo tópico, para el caso venezolano, comentó de modo fastuoso la abolición de la esclavitud, en tiempos de los Monagas, hacia 1854. Lo que no sorprender en cuanto a la forma de gobierno personalista propia del monaguismo que, para un hombre instruido y simpatizante del liberalismo reinante en el sistema mundo moderno, resultaba contrario al libre albedrío y las acciones humanas amparadas en la libertad para el disfrute de los bienes provenientes del trabajo.

     Por tal razón, estableció que el pueblo venezolano no disfrutaba ni apreciaba la libertad. Los criollos no extendieron ésta con su experiencia como repúblicas independientes, porque las elites políticas optaron por el provecho propio, el poder y la riqueza, al eludir la gloria, el honor y el bienestar. El ejemplo emblemático lo expuso con la reelección de José Tadeo Monagas. Según sus palabras éste, más bien, reprodujo una tiranía personalista cuyo mayor modelo era el funcionamiento del poder legislativo porque desde él se hacía lo que el grupo de los Monagas disponía, al desconocer a los opositores a quienes se les negaba el pago de sus estipendios o los enviaban a la cárcel. De igual modo, comentó de manera muy crítica el nepotismo y compadrazgo en la práctica política del momento. Entre sus consideraciones geopolíticas hizo referencia a una posible anexión de Venezuela por parte de los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, para que tal situación fuese posible sería necesario una guerra en que las guerrillas, comandadas por llaneros, cortarían tal pretensión. Agregó, a este respecto, que no sería el ejército y la milicia quienes ocuparían un lugar destacado debido a sus carencias, al recordar una frase del momento: la milicia es la miseria ricamente adornada.

     Caracas le colmó de perplejidad por su quietud y la falta de circulación de medios de transporte, al igual que el alto costo de los alimentos. Adjudicó esta inclinación a la repugnancia de los criollos por el trabajo productivo, la fertilidad de la tierra que sin mayor esfuerzo daba frutos y que, por tal circunstancia, los pobladores podían satisfacer sus necesidades sin mayor dedicación. Del mismo criollo adujo que no favorecía el progreso porque el pueblo se encontraba alejado del bienestar, del desarrollo espiritual y del progreso. Por esto asentó que en Caracas había experimentado la lejanía de Europa y el aislamiento del mundo civilizado. En su relación de viaje agregó, además, la falta de lugares para el esparcimiento y la diversión como teatros o paseos. Los lugares de encuentro eran las casas de familia, las misas y las fiestas religiosas.

     En sus elucubraciones resaltó el hecho de aquellos quienes sin mayor esfuerzo obtenían sustento porque los frutos de la tierra crecían sin gran esfuerzo. Estableció como ejemplo la adquisición de vestimenta la cual era posible con un pequeño esfuerzo, tal como lo corroboró con la entrevista a un mozo (joven) color café que encontró, en plenitud de un día productivo en Europa, recostado en una pared fumando un cigarrillo el cual le había preparado una joven mulata. A la interrogante de Rosti relacionada con el medio de sustento y oficio del caballero en edad productiva, éste le señaló un árbol y agregó que arrancaba de él algún fruto lo llevaba al mercado y al cambio podía adquirir una cobija o una prenda de vestir. Para el viajero, en función etnológica, le llamó poderosamente la atención esta actitud tan generalizada entre lo que acá se denominaba peones.

Visita al mercado

     En su visita al mercado de la ciudad contrastó los precios con los de su país y los de Estados Unidos de Norteamérica, con lo que intentó demostrar el alto costo de los bienes que aquí se ofertaban, a excepción de la carne de vaca. Por ejemplo, un saco de papas 5 dólares, un pavo 5 dólares y un pollo 1 dólar. En cuanto al precio de los huevos mostró gran impresión al verificar que el mismo no variara y que se utilizara como referente para fijar el precio de otros bienes de consumo. En su examen del mercado y lo que en él se ofertaba trajo a colación que la carne de cabra se vendiera como carne de carnero. Además de dulces como el de membrillo y el de guayaba que, para su paladar eran exquisitos y de extraordinaria textura.

     También se conseguía pan de maíz, es decir, arepas que no eran muy de su agrado, en especial, cuando las servían frías, al igual que las caraotas negras y las carnes cocidas en forma de guisos le causaban repulsión. Junto a la arepa se encontraba el pan de trigo y el casabe que, a su parecer, parecía preparado con virutas desmembradas. El papelón lo describió como de muy baja calidad frente al azúcar. Cuando incursionó hacia los llanos le llamó la atención que al papelón lo degustaran con queso. El consumo de dulces le pareció exagerado, así como la justificación que le proporcionaron algunos al expresar que lo hacían para consumir agua con mayor gusto.

     En lo que se refiere a los pobladores hizo referencia a la raza blanca, la que representaba una pequeña porción de toda la población al igual de lo que él denominó criollos. En este sentido, llamó la atención que la mayoría de la población era de sangre mezclada entre quienes predominaban mulatos, zambos, mestizos e innúmeras combinaciones y los negros. Por esta disposición agregó que a Caracas le quedaba de indígena sólo el nombre, tal como lo había apuntado su admirado maestro Humboldt. En su función como etnólogo se mostró sorprendido por la cantidad de uniones con un origen alejado de la legalidad civil y religiosa. Por esto las reprobó al considerar la moral caraqueña como expresión de debilidad. El moralismo exhibido en su relato lo condujo a poner como ejemplo el caso de niñas que, entre 13 y 14 años, tuvieran amantes y que tal acción no parecía sorprender a nadie. Adjudicó la cantidad de vagabundos en las calles a hijos ilegítimos y abandonados como consecuencia de estos enlaces.

La mujer caraqueña

     De la mujer caraqueña estableció o que era una verdadera belleza o lo era fea. Así, sin medias tintas. Para dar vigor a su aseveración trajo a cuentas que entre las habaneras eran muy pocas las que de verdad podrían considerarse hermosas, más bien eran graciosas, agradables, con sus pequeñas caras redondas. Adjudicó este aspecto a que La Habana, al igual que en la mayor parte de Cuba, fue colonizada por catalanes. En cambio, en Caracas y toda Venezuela fueron andaluces sus colonizadores. Rosti se enmarca en la tradición del pensamiento racialista, no racista que ha sido una disposición posterior, que fue un factor preponderante para definir el denominado carácter nacional, a la postre un uso mundial, junto con la importancia otorgada al medio físico, el clima y la ubicación de los espacios territoriales que le sirvieron de marco para su comparación entre habaneros y caraqueños.

     En su descripción estableció que entre ambas agrupaciones humanas el carácter del criollo, o descendiente directo de los peninsulares, se podía constatar la ambición y el deseo de dominio, el orgullo y el apasionamiento, la rudeza, la apatía e indolencia ilimitada y, de otra parte, la hospitalidad y rasgos de caballerosidad. Expresiones que aseveró haber confirmado en México y otros lugares donde el predominio del criollo estaba presente. A lo expresado sumó la reserva que mostraban hacia los extranjeros, las formas de gobierno con muchos desequilibrios, el fanatismo con su secuela de desventajas por estar impregnado de supersticiones y prejuicios contra sus connacionales, lo que mantenía al pueblo en la ignorancia y un sometimiento social de un grupo sobre otro. Por esto llegó a la conclusión que con ellos era difícil desviar el tránsito hacia el abismo social, el alejamiento del bienestar nacional, y lograr la evolución espiritual y el progreso.

     No dejó de recordar que Caracas producía melancolía en el extranjero quien estaba acostumbrado al ruido de las grandes ciudades, porque un silencio mortal reinaba en la ciudad semidestruida. Recordaría que los caraqueños se encerraban en sus habitaciones y dormían, almorzaban alrededor de las cuatro o cinco de la tarde y ya a las seis de la tarde las damas se sentaban en los ventanales de sus casas, mientras los jóvenes o señoritos cabalgaban cercanos a las casas para galantear a las muchachas que los observaban desde sus ventanas. Al llegar las ocho de la noche comentó que reinaba un absoluto silencio y sólo era posible encontrarse con los serenos o vigilantes nocturnos.

     En términos generales, el relato que ofreció Rosti no terminó en Caracas porque incursionó en los llanos venezolanos y ofreció una imagen del llanero que contrastó con las actitudes que los señoritos de la capital exhibían. Su narración muestra lo que parece haber impactado en su personalidad: el ámbito etnológico.


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