Un explorador de minas en caracas

Un explorador de minas en caracas

POR AQUÍ PASARON

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     Lo que en el tiempo actual se conoce bajo la denominación viajero, constituye una pléyade de personajes, hombres y mujeres, que dedicaron una porción de sus vidas a incursionar, para conocer mundos mágicos, misteriosos y nuevos, en espacios territoriales diferentes a sus lugares de origen. Venezuela recibió no menos de ciento cincuenta durante el decimonono, entre quienes hubo curiosos, invitados oficiales, espías, aventureros, misioneros, exploradores, naturalistas, científicos, embajadores o representantes de gobiernos extranjeros. La gran mayoría de sus cuadernos o bitácora de viaje pasaron por el taller del impresor y, así, un público mayor tuvo acceso a realidades culturales diferentes y a personas que mostraban modos distintos de llevar a cabo su existencia allende los mares. La tierra de Bolívar, o guerra, paz y aventura en la república de Venezuela forma parte de uno de esos textos redactado por un viajero británico de nombre James Mudie Spence. 

     Spence estuvo en Venezuela entre marzo de 1871 y agosto de 1872. El propósito de su viaje era el de examinar las potencialidades de las minas de carbón de Naricual y las posibilidades de producción de guano y fosfatos en las islas aledañas al territorio de Venezuela. Su viaje no formó parte de una misión oficial, aunque contó con el aval y anuencia del encargado de negocios de Gran Bretaña, quien sirvió de enlace para hacer la petición correspondiente a Antonio Guzmán Blanco y a algunos de sus ministros. La estadía de Spence en Caracas coincidió con la primera excursión por la montaña que sirvió de camino para alcanzar el Pico Naiguatá. También, presenció la Primera Exhibición Anual de Bellas Artes realizada en Caracas para el año de 1872. 

     Spence expuso, a lo largo de su relato, cifras y números, aspectos y pormenores de la ciudad con lo que mostró una disposición crítica porque revisó documentación oficial para dar vigor a varias de sus ideaciones. Al recordar a José de Oviedo y Baños lo hizo para comparar la capital de Venezuela con el Paraíso, tal como lo había hecho este cronista de tiempos coloniales. Esta comparación se evidenció al corroborar que cuatro ríos bañaban todo el valle caraqueño. AnaucoCatucheCaroata y Guaire eran los cuatro márgenes fluviales que atravesaban y hacían más fértiles estas tierras “paradisíacas”. Cuando hizo referencia al clima de la ciudad lo asoció con una “primavera perpetua”, con una atmósfera clara y con un aire puro y “delicioso” y bajo una temperatura de veintiún grados centígrados. Esto lo condujo a ratificar que ninguna capital cercana al Ecuador estaba “tan bien situada como Caracas en cuanto a clima y proximidad a la costa”. En lo que respecta a las edificaciones y la estructura de la ciudad destacó que estaba constituida por unas cuarenta calles y con ciento cincuenta manzanas diferenciadas. Las casas las describió como representativas del estilo hispanoamericano, de un solo piso y un espacio denominado patio. 

     En su descripción destacó la existencia de veinte iglesias, todas consagradas al culto del catolicismo romano. Una de las que le pareció con rasgos de belleza fue la de Nuestra Señora de las Mercedes, edificada en 1857. A ésta la describió como un templo de estilo dórico y agregó que, con respecto a su estructura, era una de las pocas edificaciones de Caracas en las que se había respetado las reglas y proporciones propias de la arquitectura, según le habían informado conocedores de estos asuntos. En su narración, hizo notar la existencia de diez puentes, tres teatros, veintidós fuentes públicas y ocho cementerios, seis de los cuales estaban destinados a fallecidos cristianos y dos a protestantes. En la ciudad capital estaba situada una Casa de Misericordia, un hospital militar y otras instituciones dedicadas a la beneficencia. En Caracas la vida comercial exhibía variedad y contribuía al funcionamiento de unos quinientos establecimientos mercantiles y manufactureros. 

     Según información oficial examinada por él, la población de la ciudad, para 1856, no superaba la cifra de 44.000 personas y se había proyectado, en este año, que para 1867 superaría los 60.000 individuos. Sin embargo, un censo poblacional de 1867 reveló que sólo había 47.013 personas. De las cuales 11.309 eran varones mayores de dieciocho años y 8.564 menores de edad, que sumados eran 19.873 de sexo masculino. Del “bello sexo” había 16.500 mayores de quince años y 6.946 menores de esta edad y que sumados resultaban un total de 23.446. Agregó, además, que había 3.694 extranjeros, sin que la información consultada diferenciara entre sexo masculino o femenino. Acerca de los números respecto a los dos sexos comentó: “los jóvenes atractivos y simpáticos tendrían una buena oportunidad, ya que había 13.424 mujeres solteras, cuyos posibles enamorados sólo alcanzaban a 7.999”. Sin incluir a los integrantes del ejército y enfermos recluidos en hospitales, la población sumaba 20.495 personas que sabían leer y escribir, mientras que el número de analfabetas reunían los 25.403 individuos. 

     Spence se dedicó a revisar documentos oficiales que intercaló con visiones particulares de la ciudad, sus habitantes y características ecológicas. Por otro lado, destacó que el número total de nacimientos alcanzó, entre el primero de julio de 1870 al treinta de junio de 1871, la cifra de 1621 de los cuales 827 fueron varones y 794 fueron hembras. En lo atinente a las coyundas de las parejas, 746 habían nacido con la “bendición de la Iglesia”, mientras 875 lo habían hecho sin la aprobación eclesial y, por tanto, se tenían como ilegítimas. De estas uniones la prole no contaba con la presencia del padre y la madre, sino alguno de ellos, por lo general, la madre. Según sus propias indagaciones el incumplimiento de un sagrado deber como el reconocimiento de la unión conyugal tenía su causa en los altos honorarios cobrados por los sacerdotes, “que hacían del servicio matrimonial un lujo fuera del alcance de los pobres”. 

     En lo que se refiere a las instalaciones escolares dejó escrito que, entre 1870 y 1871, contaba con cuarenta establecimientos para la enseñanza y la instrucción en cuyos espacios se agrupaban 1138 varones y 785 hembras. En el nivel universitario había 162 estudiantes, en el Seminario Tridentino había 2135 de éstos. De ellos, 1175 personas lo hacían en colegios privados. Le pareció importante que la Universidad de Caracas funcionara con recursos provenientes de la renta producida por la Hacienda Chuao, “que se considera la mayor plantación de cacao en el mundo”. 

     En lo relativo a las edificaciones eclesiásticas recalcó que la Catedral de Caracas no era una digna representación de la magnificencia del sistema eclesiástico. De acuerdo con información recopilada por iniciativa propia, se enteró que luego del fuerte movimiento telúrico de 1641 se alteró su original diseño con el intento de hacerla más resistente a cualquier catástrofe natural. Mostró su satisfacción porque este propósito fue alcanzado tal como se mostró con el terremoto de 1812 y la construcción se mantuvo en pie. Sin embargo, perdió su talante magnificente y suntuoso. El estilo que exhibía, según su apreciación, daba la sensación de pesadez, era una especie de toscano, sin mayores pretensiones artísticas o arquitectónicas, al contrario, resultó una construcción sin regularidad y con proporciones discordantes. Así como resaltó asuntos como el mencionado con anterioridad, no dejó de destacar leyendas divulgadas entre algunos creyentes. 

     Es el caso, por ejemplo, de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad que reposaba en el templo de San Francisco. Contó que, según una leyenda conocida, una persona denominada Juan del Corro había ordenado una réplica de aquella representación en España. Petición que fue atendida y despachada desde la península ibérica, pero al transitar a su destino el barco, donde la imagen venía, se había tropezado con una fuerte tormenta, aunque el navío y su tripulación se salvaron del hundimiento, la caja en la que venía la imagen de Nuestra Señora de la Soledad cayó al mar. Días después unos trabajadores, cuyo patrón era Juan del Corro, mientras desarrollaban sus labores a la orilla de la playa se toparon con una misteriosa caja. De manera inmediata la recogieron y llevaron a casa de Corro quien al abrir la caja vio la imagen de la virgen intacta. Fábulas como esta le sirvieron a Spence para ejemplificar una forma de mantener viva la fe con el uso de una representación religiosa.  

     El viajero que narra sus experiencias de viaje, con intenciones de ver impresas y editadas sus ideaciones, toma en cuenta una variedad de aspectos de la sociedad. Por tanto, lo que ofrecen como resultado bordea una suerte de etnología en combinación con razonamientos naturalistas y, en ciertas circunstancias técnicas. De igual manera, algunos pormenores de la dimensión política se encuentran presentes en sus argumentaciones, así como no se dejan de lado consideraciones relacionadas con hábitos y costumbres de las agrupaciones humanas objeto de su examen y descripción. Se sabe que una de las diversiones históricas del venezolano son las peleas de gallo. A este respecto, Spence alcanzó a expresar que Caracas poseía el “verdadero coliseo de las galleras venezolanas”. Si los caraqueños dedicaban tiempo a un pasatiempo “desmoralizante”, especialmente para un británico, también eran aficionados a El Casino. Describió éste como un jardín de recreo público, “en torno a cuyos emparrados trepaban las plantas”, más arriba, prosiguió en su descripción, palmas y frondosos árboles los proveían de sombra con sus agradables hojas. Dalias, jazmines y rosas daban prestancia y belleza a la escena por la que circulaban o se posaban hombres y mujeres. Por tal motivo, escribió que resultaba muy alentador escuchar los agradables conciertos al aire libre en tan admirable escenario. A esto sumó que una de las grandes atracciones del citadino era el consumo de helados preparados a base de frutas tropicales nativas del lugar. 

     Hizo notar un encuentro sostenido por él y otros británicos con Antonio Leocadio Guzmán, quien les había relatado una anécdota que le sirvió para ejemplificar el carácter o “elemento romántico” muy propio del proceder político en Venezuela.  El cuento se centró en la aspiración presidencial de Guzmán y por pillerías de sus adversarios le fue arrebatado. Resaltó que el relato lo hubiese desarrollado en perfecto inglés, además dejó escrito que a pesar de su edad el padre del presidente de la república, para ese momento, era un hombre sano y fuerte, con plena “capacidad intelectual”. Asimismo, agregó que era un hombre que había jugado un papel relevante en el variado “drama de la independencia de Sur América”.  

     A Antonio Guzmán Blanco lo describió como un hombre de “imponente presencia y maneras muy atractivas, uniendo a la dignidad del soldado la suavidad del cortesano”. A esto agregó que su rostro rememoraba resolución de carácter e implacable decisión para culminar con éxito todo propósito en que se empeñara llevar a cabo. Como ejemplo indicó que “su larga carrera política y militar probaba con exceso que poseía estas cualidades en no común grado”. Adujo que los viajes que había realizado Guzmán Blanco por Europa, así como su estadía en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos de Norteamérica, le habían proporcionado la oportunidad de examinar de cerca las realizaciones de la civilización. De ahí su empeño por establecer un gobierno estable y también por desarrollar las grandes riquezas potenciales de Venezuela. Recordó que sus conversaciones giraban alrededor de las dificultades y amplitud del trabajo que había emprendido. Luego de este encuentro con el presidente de Venezuela, Spence concluyó que sería recordado, en la historia del país, no sólo como buen soldado, “sino como un liberal y prudente patrocinador de las artes de la paz”. 

     Para Spence el país había empezado a transitar la vía del progreso. La demostración de esto lo constituían el estímulo al desarrollo de los recursos naturales con la instalación de una red ferrocarrilera, la creación de vías y el establecimiento del telégrafo. Recordó que muchas obras estaban en proceso de desarrollo y que Venezuela, Caracas en especial, serían famosas por la belleza de sus edificaciones públicas, tal como lo era entonces por la “perenne primavera de su clima y la belleza de sus paisajes circundantes”. 

Un viajero de hamburgo por Venezuela

Un viajero de hamburgo por Venezuela

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     “Viaje por Venezuela en el año de 1868” fue el resultado de la travesía por algunos lugares de Venezuela llevada a cabo por Friedrich Gerstacker, quien desde la edad de 21 años se dedicó a viajar y escribir acerca de su experiencia como viajante. Fue una práctica que inició a partir del año de 1827 y lo hizo por varios lugares del mundo. Visitó los Estados Unidos de Norteamérica, América del Sur, Australia, las Indias Neerlandesas y algunos espacios territoriales del norte de África. Su narrativa se caracterizó por exhibir un estilo basado en la crónica y con una tesitura novelesca. Algunos de sus relatos fueron: Los piratas del Misisipi (1848), Oro. La vida en California (1858) y En México (1871). La narración que estructuró acerca de Venezuela se editaría cien años después de su visita a esta comarca, en 1968, bajo los auspicios de la Universidad Central de Venezuela y con traducción de Ana Gathmann. Gerstacker visitó La Guaira, Caracas, los Valles de Aragua y los llanos de Apure. Hizo lo propio por las aguas del Orinoco desde donde alcanzó tierras de Ciudad Bolívar y de aquí llegar a Trinidad y partir, luego, a Europa.

     Gerstacker dejó escrito, en las primeras páginas de su texto, haber imaginado Caracas rodeada y adornada de una rica y abundante vegetación, así como que, por ser una antigua ciudad española, estaría compuesta de casas bajas y achatadas, con calles amplias, pero al estar en ella constató lo apócrifa de su figuración y lo que sus ojos observaban. Más bien, las calles eran angostas y las casas, aunque bajas, no contaban con azoteas planas a la usanza española. Eran casas con techos inclinados cubiertos de tejas. Sin embargo, se sorprendió al ver faroles alumbrados con gas.

Friedrich Gerstacker, autor de Viaje por Venezuela en el año de 1868

     Expresó que Caracas estaba edificada de “una manera particular”. Subrayó que en ella se apreciaba el antiguo estilo hispano, pero que sus habitantes le habían estampado un matiz de acuerdo con “el carácter” de sus habitantes. Llamó la atención el que las casas, “al menos las mejores”, se asentaran en un “cuadrado” que bordeaba un pequeño patio cubierto de flores, al frente de cada una de ellas. Esto lo indujo a expresar que “el venezolano” amaba el verdor y los adornos florales. En las casas observó la existencia de unas argollas utilizadas para amarrar caballos, “una necesidad de transporte en la ciudad”.
Las casas que visitó las describió como unos espacios en que los dormitorios se hallaban a los lados laterales. Cerca de la puerta de entrada se ubicaban otras partes como el salón de estar y otra para la recepción de los visitantes, con la característica de tener la misma altura de las casas. De las ventanas dejó asentado que eran de hierro “elegantemente” trabajado. De éstas subrayó que eran muy cómodas para visualizar el exterior desde dentro de las casas. Aunque resultaban un estorbo por la modalidad con la que fueron construidas en la parte de afuera de las casas. Quien caminara por la acera se veía constreñido a lanzarse a la calle para no tropezar con ellas y así no sufrir un golpe innecesario.
     De los alemanes, que conoció en Caracas, dejó asentado que no había imaginado encontrar tantos de ellos en la capital de Venezuela. Los calificó como “una magnífica sociedad de todas las clases” y quienes estaban dedicados a distintas ramas comerciales.
Se mostró sorprendido que tanto en La Guaira como en Caracas los provenientes de Alemania, y permanentes en estos lugares, prefiriesen contraer nupcias con damas nacidas en el país de padres o abuelos españoles y quienes llevaban la más “feliz vida matrimonial”. 

     De la descendencia de estas coyundas agregó que no había conseguido en ningún otro país “tantos muchachos bonitos como en Venezuela”. Al comparar al “elemento alemán” en Venezuela, respecto a los alemanes que habitaban en los Estados Unidos de Norteamérica, dijo que en la nación suramericana ellos se imponían, mientras en la del norte los mismos se diluían.

     Destacó que la gran mayoría de los residentes alemanes en el país fuesen notorios comerciantes, entre quienes eran evidentes los casos de artesanos y boticarios, sin embargo, se mostró sorprendido que sólo hubiese un médico. De éste recordó que residía en La Guaira y quien no se reunía con otros alemanes, por ello razonó que no podía considerarse alemán porque tenía escaso trato con sus coterráneos.

     Uno de los aspectos que hizo notar su preocupación en los tratos de la sociedad, y que visualizó en su recorrido por Caracas, fue el de la vida militar y quienes la integraban. Muy parecido a lo que otros visitantes y viajeros ponderaron fue el paseo por lugares considerados de “gran belleza”, tal como lo destacó al pasar frente a grandes cafetales y distintas haciendas, rodeadas de viejos árboles “realmente suntuosos”. Sin embargo, esto contrastaba con las acciones y actitud que observó en el “general negro Colina”, conocido bajo el remoquete de El Cólera. De éste y sus acompañantes expresó que a “él mismo le sangraba el corazón” al ver como un gobierno “deplorable e inconsciente” maltrataba, chupaba y pisoteaba “este bello país”. Observó que la belleza de juncos, árboles y tierras de gran fertilidad contrastara con el borde de éstas porque “todo era desolación”, como si una plaga de langostas hubiese pasado por campos de maíz.

     Recordó que a lo largo del recorrido se había topado con grupos compuestos de tres o cuatro soldados dedicados al robo y la pillería. Al no obtener paga por sus servicios se dedicaban a despojar a los otros de sus escasas posesiones, a delinquir y pedir limosna que, si no eran satisfechos sus pedimentos, los compensaban con el robo y el pillaje. Los poblados por los que había transitado observó casas abandonadas y desocupadas que los mismos soldados las utilizaban como refugio y escondite. En este orden, agregó que por cada tres soldados había un general. Sin medias tintas indicó que el general Falcón había creado un ejército de cuatro mil integrantes. De ellos, dos mil rangos fueron ratificados para reconocer generales, aunque se tratase “generalmente de populacho grosero”. No obstante, concluyó que el objetivo de Falcón era sostener hombres vinculados con la vida de las armas para él mantenerse con el poder del Estado.

     Recordó que Falcón había logrado hacerse del poder cobijado en los llamados liberales, y contra los godos y aristócratas, “en estos países siempre las clases decentes”. Indicó que Falcón se hizo de una gran fortuna y consiguió una pequeña isla cerca de Curazao donde se dedicó a atesorar bienes conseguidos con un proceder poco ético. Aspectos como los mencionados le sirvieron de marco para comparar la idea de patria que él y sus coterráneos tenían como algo sagrado, frente a quienes, como en Venezuela, la utilizaban en provecho propio y de sus seguidores. La ambición personalista, convertida en revolución, servía a “los vampiros de toda república americana”, de la que no excluyó a Norteamérica y sus cazadores de cargos, que pedían cuatro años de gestión para luego, de haber recibido sueldos pírricos, retirarse como grandes rentistas, con independencia de pertenecer a algún partido de oposición o de gobierno. Nada más culminar un período de gobierno, comenzaban a tramar revoluciones para continuar con las exacciones y los abusos.

     De acuerdo con lo visto en la experiencia política de Venezuela hubo una frase que llamó su atención: “Venezuela está insurrecta”. Esta locución la asoció con lo acontecido en otras repúblicas de Suramérica e incluso España. Explicó no haber experimentado una actitud de repulsión ante tal realidad. Pero, “le duele a uno el alma” el hecho de que un país que atesoraba tantas bellezas naturales, fuese presa de unos pocos ambiciosos y ávidos de dinero que “llevan la sangre y la ruina a un paraíso”. Lo más dramático, según sus ideaciones, era que las querellas en este orden fuesen constantes, porque no había terminado un enfrentamiento cuando otro volvía a la esfera pública. Por tal razón, expresó: “¡Pobre país! Tan rico, tan sobreabundantemente dotado por la naturaleza, y sin embargo, nunca en paz, nunca en calma”. Al contrario, sostuvo que cualquier ser humano encontraría en esta comarca, a cuenta de poco esfuerzo, lo necesario para llevar una “feliz existencia”. Por otro lado, acotó que el pueblo era explotado y maltratado por bribones a pesar de ser bueno y apacible, se le constreñía a incorporarse en uno de los bandos que luchaban por hacerse del poder. Con un dejo de decepción, indicó como querellas de este tenor eran frecuentes en otros lugares de la América española. La solución, para él, se hallaba en que “un día alguna otra raza tome las riendas en la mano”.

     Confesó que le provocó risa lo que en Caracas se denominaba ferrocarril. Igualmente, experimentó asombro cuando a lo lejos observó una locomotora y vagones de pasajeros estacionados en un andén. Al acercarse al lugar donde se encontraban, “descubrí algo que nunca hubiera creído posible”. Sin embargo, lo imposible dejó de serlo al constatar que uno de los vagones estaba techado con “ladrillos rojos”.  Manifestó haber reído cuando vio en Arkansas algo muy parecido, pero cubierto con tejas. Para él resultó un “espectáculo” plagado de comicidad, un vagón recubierto de ladrillos rojos que, más bien, parecía un establo o un lavandero. Quienes fungían como trabajadores del lugar le habían informado que los vagones eran utilizados como lugar de descanso o dormitorio. 

     Escribió que amigos de La Guaira le habían recomendado pasar por Caracas, en días de la Semana Mayor, para que apreciara las prácticas religiosas de sus habitantes. Según su testimonio sólo había estado en un evento similar en la Misión Dolores en California. La primera que vio en Suramérica fue la de Caracas. De ella dejó redactado algunas líneas que, es válido decir, coinciden con la de otros visitantes y viajeros que observaron más ostentación que misticismo en ellas. En su relato recordó que el día lunes, con el sonido de las campanas, se anunciaba el comienzo de la festividad. Por las calles vio caminar damas con “sus mejores galas”. Ellas se dirigían a las distintas iglesias, en especial a la catedral. Ya, a las cinco de la tarde, empezaba la primera procesión que pasaba por el frente del palacio arzobispal y continuaba su recorrido por distintas calles de la capital. Por ser la primera vez que apreciaba este tipo de celebración en tierras de Suramérica la observó “con bastante interés”.

     Estuvo presente en la celebración religiosa, pero sin mostrar mayor devoción porque profesaba otro culto o creencia. En este sentido, advirtió que no miraba con desdén asuntos de la fe y de un credo diferente al que él practicaba. “Déjese a cada quien su fe, siempre que se adhiera a ella con fidelidad y de todo corazón”. No obstante, se interrogó, por la forma como acá se practicaba una festividad religiosa, si era una auténtica demostración de fe “cuando sólo la pompa externa parece ser lo primordial”. Llamó su atención que las damas capitalinas estrenaran “diariamente” un vestido. En días que el cristiano debería expresar pesar y tristeza, aquí se desplegaban las mayores galas posibles. Por esto aseveró que se debería dejar a cada uno arreglárselas con su Dios y su conciencia. Acerca de los fieles que vio asistir a los tres últimos días de procesión expresó sus dudas en torno a su devoción, porque la gente parecía ir a la iglesia por razones “muy distintas a las de rezar”. En las iglesias vio a todas las “razas” representadas. Las “señoras negras” llevaban trajes más sencillos y sin mayor pomposidad, “cosa que difícilmente pueda atribuirse a devoción”. Para él ello encontraba explicación en que no contaban con medios para ataviarse con indumentarias de mayor lujo, tal como las señoras de “sociedad”.

Un profesor de geografía de visita en Caracas

Un profesor de geografía de visita en Caracas

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     Al amparo de la Sociedad Geográfica de Hamburgo, Wilhelm Sievers viajó y exploró el territorio venezolano durante los años de 1884 y 1885. Una segunda visita la realizó durante 1892 cuando pasó diez meses en Venezuela. Como resultado de lo registrado en sus apuntes se editaron, en Hamburgo, dos obras, a saber: Venezuela (1888) y Segundo viaje a Venezuela (1896). En la obra La mirada del otro preparada por los historiadores Elías Pino y Pedro Calzadilla, se dice que el autor, quien fue profesor de geografía en la universidad de Giessen, hizo pública su oposición al bloqueo a las costas venezolanas, durante el año de 1902, de la que Alemania fue uno de sus artífices. 

     Una disposición muy frecuente entre viajeros, visitantes y exploradores de territorios distintos a su lugar de origen resulta de la comparación de lo observado con sus propios hábitos, costumbres y experiencia vital. En el texto titulado Venezuela reseñó un aspecto que llamó su atención y fue el hecho que se denominara “peón” a los trabajadores en esta comarca, en cambio, para el caso de su experiencia entre los alemanes se prefería el uso de “señor” o “mi asistente”. De igual modo, mostró su incomodidad al momento cuando quiso lustrar sus botas y no encontrar un limpiabotas, por tal razón debió hacerlo él mismo.

     En cuanto a la indumentaria y su uso en algunos lugares de Venezuela indicó que entre la “clase acomodada” era usual el corte y estilo europeo. También, el uso de colores oscuros era más utilizado en zonas montañosas, mientras el blanco era usual en las zonas bajas. Del uso del sombrero contó que estaba muy generalizado, tanto así que era frecuente ver niños desnudos sin el infaltable tricornio. Contó que, en cierta ocasión, observó quinceañeros “ya en edad casamentera”, hembras y varones, despojados de ropa, lo que lo indujo a expresar: “de aversión a la ropa, o si se quiere, de economía materna”. En este sentido, agregó que, al contrario de este comportamiento, generalizado en algunos lugares de Venezuela, las niñas menores de seis años y los varones menores de doce iban ataviados con un vestido o una camisa. En cuanto a los hombres sólo “suelen despojarse de sus ropas durante el paso de un río”. En cambio, las mujeres usaban vestidos que les cubrían gran parte de su cuerpo y se cuidaban de no mostrar el cuello o la parte superior de los senos, “ejemplo este que deberían seguir las habitantes del estado colombiano de Magdalena”.

Al arribar a Maiquetía, Kennedy fue recibido por su anfitrión, el presidente Rómulo Betancourt

     Llamó su atención el respeto de los venezolanos hacia los curas, aunque también señaló que no atesoraban grandes fortunas y “muchos curas están llenos de hijos naturales”. Sin embargo, el pueblo no daba mucha importancia a estos aspectos de la vida íntima de quienes profesaban las enseñanzas bíblicas. Es necesario destacar que el viajero o explorador escribía para una tercera persona, en la que media su personal visión de las cosas y otro que se muestra como objeto de observación. Lo redactado y que llegaba al taller de imprenta resultaba ser lo que se consideraba lleno de exotismo y curiosidad, además que con su difusión aparecía la creencia de una afirmación de lo que se creyó, durante un tiempo, expresión natural y orgánica del pueblo, en especial, a lo largo del 1800.

     Los opíparos desayunos que vio servir en Caracas y otros lugares de Venezuela lo llevó a concluir que parecían almuerzos, de acuerdo con la costumbre y experiencia alemana. Describió que se desayunaba a las once, o entre once y doce. La costumbre de los sectores más adinerados se presentaba con “grandes cantidades de comida”. Se comenzaba con el “inevitable caldo” y la carne hervida a la que se agregaba un gran plato cargado de vegetales. Se había enterado que estos deberían ser nueve, entre tubérculos y frutos distintos, en especial, en la comida correspondiente a la hora señalada, entre los más conocidos mencionó el plátano, la yuca, el ñame, el apio, el tomate, la papa y la mazorca de maíz. Entre los más pobres de la sociedad esta lista se reducía al plátano, la yuca y, en algunos casos, la papa. Le seguía a este plato la carne servida con arroz, huevos y plátano frito en tajadas que es “lo más hermoso que encontré en Venezuela en lo que se refiere a alimentos, fritos en azúcar y mantequilla”. Al final se servía una torta, dulces o frutas de todo tipo, en especial los “delicados” cambures, mangos, melones, piñas y lechosas. Respecto al almuerzo se ofrecía entre las cuatro o cinco de la tarde. Los componentes eran los mismos del desayuno sin sopa ni frutas. Estas últimas no se servían en esta comida para eludir malestares estomacales.

     En cuanto a la ingesta de alimentos y el modo de ser servido en lo que llamó “casas particulares” no mostró mayor simpatía, más bien cierta repulsión. Escribió que la dueña de la casa le hacía entrega del plato al invitado y éste lo debía colocar en el puesto de la “ama en señal de que ella es la persona más digna de la mesa”, o más bien, la demostración de que ella asumía el servicio de la comida, “cosa que es considerada aún más fina y delicada que la primera”. A este respecto indicó que tal costumbre no podía ser considerada con simpatía, “ya que ceremonias tan grandilocuentes sólo humillan más al viajero cansado y maltratado por el sol, el polvo y la lluvia”. 

     Destacó que el venezolano mostraba de manera pronunciada “cualidades nacionales del español”. Así, describió el fundamento del carácter serio, junto con la vivacidad, y, en la esfera política, la inestabilidad, la inclinación hacia la desmembración en “cantidades de fracciones aisladas, opuestas unas a otras”. Sin embargo, no dejó de añadir un “rasgo destacado”, la hospitalidad que, para él, serían insuficientes las palabras de halago, “sin negar algunas tristes excepciones en ese aspecto”.

     Otro asunto que no dejó de ser aludido por parte de la mayoría de los viajeros fue la necesidad de los individuos por tener relaciones estrechas con el Estado, y que los razonamientos de Sievers al respecto parecen reiterados y una constante social. Al hacer alusión de la gran cantidad de médicos y abogados que vio en esta comarca concluyó que era consecuencia del “deseo general de pasar de un cargo menor a altos especialmente si son del Estado”. Anotó que este tipo de rotación era comprensible, no así una gran cantidad de profesionales sin demanda de sus servicios. Ello llevaría a muchos médicos y abogados a grandes insatisfacciones por los escasos ingresos que percibían y perjudicaba un funcionamiento sano del Estado, concluyó.

     Anotó que, en Caracas, y lugares que él visitó de Venezuela, contaban con una variedad de pulperías. Lugares donde la población masculina las visitaban en sus horas libres. Dijo que ellas eran “tabernas situadas en los caminos o cerca de ellos; en las ciudades hay más de una en cada calle”. En ellas se abastecían los lugareños de productos para su subsistencia como: queso, azúcar, guarapo, anisado, aguardiente, pan, frutas y nada de carne. Según su percepción, la gran cantidad de pulperías favorecían el alcoholismo, “nada extraño en Venezuela”. Con un dejo de preocupación señaló que, no sólo la “clase baja” porque había integrantes de la “clase alta”, caían con frecuencia en este flagelo. Escribió que una forma de combatir el consumo de brandy o aguardiente se pudiera lograr con la “humilde cerveza”, por ser ligera, sentaba bien y era barata su elaboración. Otro de los vicios que llamaron su atención eran las apuestas en las peleas de gallo y en “un correcto juego de azar”, como el juego de naipes, muy generalizado entre la “clase baja”.

     Sin embargo, llamó la atención al decir que en Venezuela no predominaban más vicios que en otros países. Los atracos y robos eran poco frecuentes. Lo que si no le pareció digno de alabanza fueron las penas aplicadas frente a crímenes que merecían la pena de muerte. Le pareció insuficiente una pena máxima de diez años para quienes habían cometido un asesinato, asunto que lo llevó a concluir que la justicia era muy indulgente. Del ejército expresó que no resultaba una agrupación para crear seguridad interna. No sólo por el escaso número de efectivos sino por depender más del gobierno regional que del nacional. 

     Ante el flagelo de la lepra y la sífilis, cuya generalización en Caracas y Valencia le llamó la atención en todas las capas de la población, recomendó, a los alemanes residentes en el país, casarse pronto como su posición se lo permitiera o, como era usual en esta comarca, buscar una “querida” que como toda mujer venezolana le guardará fidelidad, “aunque dicha relación sea considerada como inmoral”, pero se alejaría de una posible promiscuidad y la infección inevitable. En cuanto a la actitud pecaminosa de la mujer venezolana, o sudamericana, se distanció de lo que otros viajeros habían censurado severamente. En este sentido, advirtió que relaciones extramaritales como la figura de la “querida” no era excepcional en este lado del mundo, solo había que proceder con imparcialidad. Además, muchos poblados se encontraban alejados de las parroquias eclesiásticas a lo que se unía los altos costos de las ceremonias matrimoniales, lo que permitía establecer relaciones extramaritales y las no bendecidas por la santa iglesia.

     Su estadía en Caracas coincidió con las exequias de Antonio Leocadio Guzmán, el 13 de noviembre de 1884. Recordó que, al ser el padre del presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco, revistió gran interés para él y, además, mostró una faceta de la vida de Venezuela que no se veía con frecuencia, en consecuencia, era importante hacer una descripción de ella. Dos días después del fallecimiento, el cadáver fue embalsamado y expuesto en la capilla del Palacio Federal para que el pueblo le diera el último adiós. Acá permaneció durante tres días. La ciudad de Caracas guardó un duelo oficial de ocho días. La universidad cerró durante diez días, las escuelas públicas cerraron y las privadas continuaron con sus actividades habituales. Ante las vacaciones inesperadas escuchó decir a varios estudiantes de la universidad: “ojalá que muera todos los días un prócer”. Por su descripción, toda la sociedad caraqueña se volcó a participar en el acto en el que no estuvo presente el presidente de la república por estar de viaje. 

     Otro de los aspectos que no dejó de destacar fue el de la supuesta belleza de las mujeres criollas, porque escribió haber sentido decepción en este orden. Expresó que en Caracas había presenciado algunos cuerpos atractivos en que lo más resaltante era el ritmo y movimiento inusuales que exhibían. Aunque se mostró atraído por sus rasgos faciales bien proporcionados, sus ojos negros y cabellos espléndidos. La comparó con las de Mérida y La Grita, “un tipo de mujer que a mí personalmente me gustó más”. La atracción fue porque al contrario de la voluptuosidad de la criolla española caraqueña, entre aquéllas predominaban las “figuras torneadas dulcemente, con caras más alemanas, mejillas rosadas, piel de blancura deslumbrante, formas graciosas pero de pelo negro y ojos negros”. Aseguró que estas pobladoras de las montañas “me gustaron bastante”. 

     En este sentido, narró que rara vez observó entre las clases más pobres belleza alguna, quizá sí, una “figura moderadamente atractiva”. Explicó que, era perturbador “el sucio adherido al cuerpo de los de baja clase”. Por un lado, el cigarro en la boca y, por otro, “los rasgos desfigurados por las frecuentes prácticas sexuales a temprana edad y el exceso de trabajo, envejecidos y sin frescura”. Concluyó que todas las mujeres que ejercían el oficio de criadas o trabajadoras en haciendas, hijas de la clase pobre, eran poco o nada hermosas “en relación con los jóvenes entre los cuales encontramos, de vez en cuando, figuras sobresalientemente hermosas y a la vez viriles”.

Visita de John F. Kennedy a Venezuela

Visita de John F. Kennedy a Venezuela

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     A finales de 2021 se cumplirán sesenta años de la visita a nuestro país de John Fitzgerald Kennedy, primero de cuatro presidentes de los Estados Unidos, en ejercicio, que nos han honrado con su presencia en Venezuela.

     Los días 16 y 17 de diciembre de 1961, acompañado de su esposa, Jacqueline, el 35° mandatario de Estados Unidos, que un año antes había superado por escaso margen en elecciones presidenciales al candidato republicano, Richard Nixon, cumplió apretada agenda por unas 24 horas en territorio nacional.

     La visita de Kennedy resultó todo un éxito, a pesar de los temores de que podían presentarse disturbios, peores que los que se suscitaron en 1958 cuando Nixon, en condición de vicepresidente, estuvo en Caracas.

 

Admirado por el pueblo

     Desde que bajó las escalerillas del avión de la Fuerza Aérea de su país que lo trajo a Maiquetía y fue recibido por su anfitrión, el presidente Rómulo Betancourt, quien había sido electo en 1959, Kennedy fue aclamado por el pueblo venezolano en cada uno de los lugares en los que se presentó.

     Las denominadas fuerza vivas del país también se hicieron eco de entusiasmo, optimismo y esperanza por la presencia del mandatario estadounidense en Venezuela, tal y como lo refleja parte del texto del aviso de prensa que publicó la Cámara de Comercio de Caracas, en el diario Últimas Noticias, el 16 de diciembre de 1961: “Honra al pueblo venezolano, unido al norteamericano por firmes lazos de tradición histórica y de leal amistad, la visita del Presidente Kennedy, que habrá de contribuir a reafirmar, una vez más, la unidad de propósito que animan a nuestros pueblos en su lucha por la vigencia de la libertad y el respeto a la dignidad humana”.

Al arribar a Maiquetía, Kennedy fue recibido por su anfitrión, el presidente Rómulo Betancourt

     El objetivo principal de su visita fue tratar de desarrollar en Venezuela el proyecto conocido como Alianza para el Progreso, un programa de cooperación social y económica para combatir la pobreza y la desigualdad entre su país y naciones de América Latina, en medio de la severa crisis política que por esos días mantenía con el gobierno comunista de Cuba, país con el que pocos meses antes rompió relaciones, tras la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, promovida por disidentes cubanos, a mediados de abril de 1961.

Aviso Cámara de Comercio de Caracas. Bienvenida al presidente John F. Kennedy. Diario Últimas Noticias, 1961

     De Maiquetía, la caravana de automóviles que trasladaba a la ilustre pareja visitante se encaminó al aeropuerto de La Carlota, en Caracas, desde donde se trasladarían en helicóptero a las localidades de El Frío, en Carabobo, y La Morita, en Aragua.      El pueblo le dio muestras de aprecio a lo largo de todo el trayecto por la autopista y las avenidas capitalinas, por las cuales ambos mandatarios, saludaron a la gente que los aplaudía desde los edificios y las aceras.

 

Junto a los campesinos

     Eran tiempos de la reforma Agraria implementada por Betancourt, por lo que se escogieron dos asentamientos campesinos cercanos a Caracas, para que Kennedy apreciara lo que se estaba haciendo en Venezuela.      En la localidad carabobeña, los mandatarios se reunieron, en el “Parcelamiento Alianza”. En un acto breve, de menos de media hora de duración, entregaron créditos del Banco Interamericano de Desarrollo a 48 familias y volvieron a abordar el helicóptero para dirigirse hasta La Morita, para reunirse con otro grupo de campesinos. Aquí el presidente Kennedy y su esposa interactuaron con público.

Emotivo discurso

     Entre otras cosas, el gobernante estadounidense dijo en su discurso:

     Mañana es el 131° aniversario del nacimiento del gran libertador de este país, quien no solo tuvo la satisfacción y el orgullo de liberar a Venezuela, sino que también, en una hazaña casi sin precedentes en la historia, proporcionó la libertad y liberación de cinco naciones. Me refiero, por supuesto, a Simón Bolívar.

     Vengo aquí hoy en una tradición originada por él que vio y predijo que algún día este hemisferio estaría unido por el más estrecho de los lazos fraternos, y sigo los pasos de un distinguido predecesor, Franklin Roosevelt, quien en su propio tiempo y generación intentó llevar a buen término la obra que tan bien había comenzado Simón Bolívar”.

     Con un sistema de independencia nacional originado hace más de cien años, con una política de amistad y buena vecindad que se desarrolló en la Administración del presidente Roosevelt, ahora hoy en 1961, es nuestra obligación seguir adelante y hacer realidad el concepto de que, junto con la independencia nacional y la libertad individual, va el bienestar del pueblo mismo.

     No solo hablamos de consignas, de democracia y libertad, es nuestra función, aquí en este hemisferio, en 1961, hacer posible que todo el pueblo no solo sea libre, sino que tenga un hogar, y eduque a sus hijos, y tenga un trabajo para ellos y su seguridad. Eso es lo que estamos decididos a hacer.

Los días 16 y 17 de diciembre de 1961, acompañado de su esposa Jacqueline, el presidente John Fitzgerald Kennedy visitó Venezuela

     La seguridad económica, la mejora de la vida de todos nuestros pueblos debe ser ahora, en la década de 1960, el principal objeto y meta del sistema interamericano. Lo que está sucediendo hoy aquí en La Morita, en pos de esa meta, simboliza los gigantescos nuevos pasos que se están dando ahora.

     A partir de este día, el sistema interamericano representa no solo la unidad de los gobiernos involucrados, sino la unidad de los pueblos; no solo un objetivo común de alineación política, sino un voto común de todos nuestros gobiernos y de todos nuestros países. Personas para mejorar el bienestar económico, social y político del hombre, no solo una alianza para la protección de nuestros países, sino una alianza de progreso para nuestro pueblo. Seremos, en la década de 1960, más que buenos vecinos. Seremos socios en la construcción de una vida mejor para nuestra gente.

Aviso Bienvenida al presidente John F. Kennedy. Diario Últimas Noticias, 1941

     Y aquí en Venezuela se está demostrando el significado de la nueva Alianza para el Progreso, porque ustedes han hecho una tradición y una transición. De una dictadura represiva a una vida libre para el pueblo de este país a una progresista. Y una de las primeras metas del nuevo espíritu de este hemisferio debe ser la eliminación de la tiranía del norte al sur, hasta que esto sea gobierno democrático bajo uno de los grandes estadistas democráticos del hemisferio occidental, su distinguido presidente Rómulo Betancourt. Avizoramos que esto sea un hemisferio, como una vez predijo Simón Bolívar, de hombres libres en países libres, viviendo bajo un sistema de libertad.

     Señor presidente, el logro de estas dos libertades, la eliminación de la dictadura y la liberación de los lazos de la injusticia económica y social, debe ser la contribución de nuestra generación en esta década.

     Es en la búsqueda de estos objetivos es que he venido con ustedes a La Morita. Hay un largo camino desde las ruidosas calles de Washington DC hasta este campo. Pero es en este campo y en los campos y ciudades de nuestro hemisferio es que hay que librar esta batalla, no en discursos de los presidentes, ni en los intercambios de diplomáticos, ni en los estudios de los expertos, aunque todos son importantes; pero el trabajo que hay que hacer aquí – aquí hoy y mañana – a través de este hemisferio, hasta que nuestro pueblo viva el tipo de vida, señor Presidente, por el que usted ha dedicado su vida y con el que está comprometido el pueblo de mi país.

La visita de Kennedy resultó todo un éxito, a pesar de los temores de que podían presentarse disturbios

     Hoy, 86 familias recibirán títulos de propiedad en virtud de un programa que ya está asentado: 38.000 familias en 3.800.000 acres de tierra. Este es su programa, el programa de su gobierno progresista y con visión de futuro, y el pueblo de mi país. Participará en este programa poniendo a disposición más préstamos para construir viviendas rurales y más créditos para financiar sus cultivos.

 

Desde La Carlota, en Caracas, el presidente Kennedy se trasladó en helicóptero a las localidades de El Frío, en Carabobo, y La Morita, en Aragua

     Este programa está en el corazón de la Alianza para el Progreso, ya que ningún progreso real es posible a menos que los beneficios de una mayor prosperidad sean compartidos por las personas mismas.

Palabras de la primera dama

     Luego, Kennedy de encargó de presentar a su esposa. La señora Jackie se dirigió en español a los campesinos aragüeños: “Ustedes conocen de la dedicación de mi marido por colaborar con el que necesita ayuda. Estamos sorprendidos por el esfuerzo que se hace aquí por mejorar las condiciones de vida. Pero no quedaremos satisfechos hasta ver a los habitantes de estos pueblos con mayores oportunidades de trabajo, de vivienda y, en fin, de participación de todos y no de pocos”, señaló la primera dama de Estados Unidos antes de que los asistentes le tributaran un largo aplauso.

La señora Jackie se dirigió en español a los campesinos aragüeños

     De la Morita, los dos helicópteros con los mandatarios, sus esposas y toda la comitiva, partieron hacia el Hotel Maracay. Poco después de las dos de la tarde regresaron a Caracas.

     En la noche los visitantes fueron objeto de agasajo en la residencia presidencial de Los Núñez.

     El domingo 17 de diciembre de 1961, tras asistir a misa, visitar el Panteón Nacional y firmar los últimos acuerdos en el palacio de Miraflores, Kennedy y su esposa se despidieron de nuestro país.

     El presidente Betancourt devolvió el gesto a Kennedy en febrero de 1963, al realizar visita oficial a la ciudad de Washington, diez meses antes de que el carismático gobernante resultara asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre, la edad de 46 años.

     Después de Kennedy, otros tres presidentes de Estados Unidos han estado de visita oficial en Venezuela: los demócratas Jimmy Carter (marzo de 1978) y Bill Clinton (octubre de 1997), y el republicano George W. Bush (diciembre de 1990).

Christiaan Barnard en Caracas

Christiaan Barnard en Caracas

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      No habían transcurrido 23 semanas de la primera intervención de trasplante de corazón en la historia de la humanidad, cuando el cirujano que la hizo posible, Christiaan Barnard, un surafricano que entonces contaba con 46 años (nacido en Beaufort West, el 2 de septiembre de 1922), aterrizó en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía, el 10 de mayo de 1968, invitado a Venezuela por la Academia Nacional de Medicina y otras instituciones científicas del país.

     Cinco meses antes, el 3 de diciembre de 1967, Barnard, conocido como “el cirujano de los dedos de oro” impactó al mundo con la proeza técnica que le valió reconocimientos de sus colegas y reproches de otros sectores que se sintieron indignados por considerar que el hombre no podía reemplazar a Dios.

Christiaan Barnard, famoso médico surafricano

Primeros trasplantes

     Ese día, Barnard y su equipo de 20 médicos, desde la sala de operaciones del Hospital Groote Schuur, de ciudad del Cabo, le colocaron a Louis Washkansky, de 56 años, el corazón de Denise Darvall, de 25 años, quien había fallecido horas antes víctima de un accidente de tránsito.

     La cirugía se realizó en seis horas. Médico y paciente saltaron inmediatamente a la fama como protagonistas de las principales historias de los noticieros de estaciones de televisión y radio y les dedicaron amplio centímetraje en diarios y revistas alrededor de todo el mundo.

     Al despertar de la anestesia, Washkansky, enfermo cardíaco crónico con historial diabético declaró que se sentía muy bien con un nuevo corazón. Pero, lamentablemente, dieciocho días después de la operación, el 21 de diciembre den 1967, falleció a causa de neumonía.

     Cuatro meses antes de presentarse en Caracas, el 2 de enero de 1968, Barnard y su equipo realizaron el segundo trasplante. El médico Philip Blaiberg recibió el corazón de Clive Haupt. El receptor de raza blanca sobrevivió durante 563 días con el órgano de un donante de raza negra. A partir de entonces creció la denominada polémica por la bioética de tales operaciones por parte de quienes consideraban que no puede estar muerto el ser cuyo corazón puede latir.

     Pero lo cierto del caso es que Barnard y sus pacientes ganaron notoriedad porque le dieron a la humanidad mayores expectativas de vida.

     En la medida en que fue perfeccionando el procedimiento quirúrgico, al médico surafricano comenzaron a lloverle ofertas para dictar conferencias, clases magistrales y realizar presentaciones alrededor del mundo. Llegó a convertirse en un personaje asiduo a los encuentros del jet set internacional y también ganó fama de playboy.

Mesa redonda televisada

     Diversas actividades, cumplió Barnard durante su visita de poco más de 72 horas en Caracas. Dictó conferencias en la Academia Nacional de la Medicina y en el hospital Miguel Pérez Carreño, que aún no había sido inaugurado; se reunió con estudiantes de medicina de la Universidad Central de Venezuela y presenció una carrera de caballos en el Hipódromo La Rinconada. Antes de regresar a su país fue condecorado en el Palacio de Miraflores con la orden “Andrés Bello” por el presidente de la República, Raúl Leoni.

     Marcel Granier Doyeux, presidente de la Academia Nacional de Medicina, se encargó de presentarlo en la sede de esta institución el sábado 11 de mayo.

     En esta mesa redonda transmitida a través de la televisión participaron también, entre otras personalidades, los doctores Elías Rodríguez Azpúrua, José María Cartaya, José Gabriel Sarmiento Núñez, Carlos Gil Yépez, Alberto Paris, Carlos Travieso, Armando Soto Rivera, el sacerdote Pedro Barnola, el abogado César Rodríguez y el Ministro de Educación, J. M. Siso Martínez.

Barnard atendiendo a los medios de comunicación en Caracas

     Fue en esta actividad en la que Barnard anunció al mundo que estaba en proceso de desarrollo un suero anti linfocítico, capaz de neutralizar las barreras de los rechazos de los tejidos que entonces dificultaban los trasplantes de diferentes órganos.

     También indicó que estaba en contra del comercio de órganos y promovía la creación de leyes que reprimieran lo que estimaba era un crimen.

     El padre Barnola consultó la opinión en torno a la reacción experimentada por el clero en diversas partes del mundo, a lo que Barnard respondió: “he tenido contacto con los más altos jerarcas de la Iglesia y su reacción ha sido muy favorable”, dijo al tiempo que indicó que el Papa, Pablo VI, reconocía su condición no científica y por lo tanto se limitaba a rezar por el éxito de tales avances en el campo de la medicina.

     El domingo 12, Barnard estuvo reunido con personal médico del moderno hospital de la ciudad de Caracas. En horas de la tarde cumplió un merecido rato de esparcimiento en las tribunas de la pista hípica capitalina. Acompañado por directivos del Colegio Médico del Distrito Federal, presenció el Clásico “José Antonio Páez”, que ganó el ejemplar Con Brío, conducido por Ignacio Jesús Ferrer y preparado por Millard Ziadie.

El doctor Barnard con un grupo de médicos y enfermeras venezolanos
En 1967, Barnard y su equipo le colocaron a Louis Washkansky, de 56 años, el corazón de Denise Darvall, de 25 años

Acto en La Casona

     En su último día en la capital venezolana fue recibido por el presidente Leoni y su señora esposa, doña Menca, en la residencia presidencial de La Casona, en la urbanización Santa Cecilia.

     El imponerle la orden “Andrés Bello”, el primer mandatario venezolano expresó: “Doctor Barnard: su nombre pertenece ya a los grandes valores de la humanidad, como su técnica operatoria a la historia de la medicina. Y en Venezuela, al otorgar a usted esta condecoración que tengo la satisfacción de imponerle, no hago otra cosa que honrar su mérito y reconocer su valor, su audacia y su confianza en sí mismo”.

     Barnard respondió a Leoni lo siguiente: “Desde que llegué a su país, señor presidente, si apenas he hecho otra cosa que decir ¡gracias! Así que nuevamente quiero expresar mi agradecimiento a usted y a su pueblo por esta visita memorable”.

     Tras realizar unas 150 operaciones de trasplante de corazón a lo largo de su exitoso ejercicio como cirujano en cardiología, Barnard se retiró en 1983, aquejado por artritis. Falleció en septiembre de 2001, a la edad de 78 años, luego de sufrir una severa crisis asmática mientras pasaba una temporada en un hotel del balneario chipriota de Pafos.

Un negociante inglés por Caracas

Un negociante inglés por Caracas

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     Entre los meses de julio y octubre de 1864 Edward Eastwick (1814-1883) viajó a Venezuela, en calidad de Comisionado de General Credit Company de Londres institución con la que Antonio Guzmán Blanco había acordado un empréstito para el gobierno federal, cuyo ejercicio estaba en manos de Juan Crisóstomo Falcón. Fue un hombre versado en asuntos diplomáticos y había cursado estudios universitarios en Inglaterra. Durante su estadía conoció y describió aspectos relacionados con La Guaira, Caracas, Valencia y Puerto Cabello. Sus impresiones de viaje fueron publicadas en la revista londinense All the year Round entre 1865 y 1866. Para 1868 se publicarían en forma de libro y para 1959 aparecería una versión en castellano de trescientas cuarenta y cinco páginas.

Para Eastwick, La Guaira era uno de los parajes más “pintorescos del mundo”

     Su inicial referencia acerca de Venezuela fue la sentencia de que el nombre otorgado por los españoles a esta comarca era inapropiado, porque el paisaje, por él visualizado, no mostraba semejanza con la Venecia que sirvió de referencia para tal denominación. Sin embargo, apeló a Humboldt para reafirmar que La Guaira era uno de los parajes más “pintorescos del mundo”. Para Eastwick resultaba ser una localidad en la que se podía constatar la grandiosidad de la naturaleza frente a la pequeñez humana. En su paso por ella no dejó de mostrar su desagrado al cruzar frente a “oscuras edificaciones” que impedían una ostensible contemplación de las montañas a su derredor. Expresó que lo que mayor incomodidad le produjo fue la que denominó atmósfera sofocante e impregnada del “mefítico aroma” del pescado en descomposición y otros “perfumes aún peores”. A este comentario, plagado de animosidad, agregó que los venezolanos deberían preocuparse más por crear condiciones higiénicas y pulcras en un lugar que era lo que, primeramente, apreciaba todo turista. Comparó esta situación con Colombia en la que el viajero era recibido con “fragancias de muy diferente calidad”, hizo notar.

     De las comidas destacó que usaban en demasía el ajo y acotó, muy impresionado, que aún no fuese emblema o símbolo nacional del país. No dejó de destacar los nombres de las personas que calificó de extraños y cómicos, como el de una dama llamada Dolores Fuertes de Barriga. Igualmente, el aguacate le pareció combinado de sabores entre calabaza, melón y queso “Stilton muy rancio”.

     En el trayecto, desde La Guaira hasta Caracas, reveló el encuentro con “venta – hosterías” de “ínfima clase” donde los arrieros, carreteros y cocheros hacían parada para proveerse de un trago de aguardiente. Bajo este mismo marco de ideas indicó que al suramericano (denominación que utiliza, indistintamente, para hacer referencia a Venezuela) no le pasaba por su mente el de llevar a cabo acciones en beneficio de los demás, aseveración que estuvo acompañada de la observación de animales muertos en plena vía cuando, muy bien agregó, pudieran ser arrojados por los abismos y así evitar nubes de moscas y zamuros a su alrededor, así como alejar los malos olores.

     Durante su estadía se alojó en el hotel Saint Amande del que dejó escrito que el conserje era un negro que bien pudo haber sido un empleado de la aduana. Lo describió como un hombre corpulento y gordo, cuya obesidad “obstruía la puerta de entrada”. La servidumbre del hotel constaba de dos camareras indias y un mozo de “raza” mulata. Acerca de la cocinera dijo que era “enormemente” gorda. Eastwick comentó su satisfacción de sólo haberse cruzado con ella en contadas ocasiones, de lo contrario si hubiese tenido otro trato nunca hallaría gustosos los alimentos por esta persona elaborados.

     Expresó que la habitación que ocupó se encontraba muy bien decorada, además, algo que le sorprendió, estaba “bastante limpia”. Relató que, en una oportunidad, a eso de las tres de la madrugada, escuchó ruidos de gente y tañido de campanas que lo llevó a pensar, de manera inmediata, en una revuelta, terremoto o incendio. El repique venía acompañado de cohetes y descargas de mosquetes. Aclarado el día se enteró que tal alharaca era la fiesta de los isleños o nativos de Islas Canarias, quienes formaban en Caracas “toda una colonia” y celebraban un encuentro de su santo patrono. Recordó que durante su estadía pudo presenciar otros actos litúrgicos, fiestas y ayunos. Respecto a estas concentraciones se preguntó porque razón no eran practicadas en horas menos perturbadoras tal como lo haría “cualquier humano sensato”.

     De las mujeres dejó estampado que era posible que, en otras partes de Europa hubiese mejillas más sonrosadas y tez más blanca, pero nunca los rasgados ojos negros, dientes de tan alucinante blancura, talles tan esbeltos, pies y tobillos de tanta perfección como los que posee la mujer venezolana. Respecto a la presencia de ellas en las iglesias y su devoción, Eastwick puso en duda su misticismo. Esto porque, de acuerdo con su caracterización, las mujeres salían a la calle para que las miraran y los hombres se reunían en grupo dentro de las iglesias para contemplarlas.

     Fue testigo de fiestas y procesiones que, según su percepción, tenían un origen común con los de la India. Las mismas, adujo, constituían el desahogo de un “pueblo perezoso” que servían para justificar la ostentación de lujosas vestimentas, holgazanear y entregarse al juego y al amor. Subrayó que tales encuentros eran los días de mayor ajetreo en la “estafeta de cupido”.

     Tal como lo revelaron otros viajeros, no dejó de destacar las secuelas del terremoto de 1812. Recordó que practicó una excursión hacia el lado norte de la ciudad, hasta alcanzar el cerro El Ávila. Describió que la ciudad se veía similar al de un gran cuadrado con largas calles paralelas que la cruzaban de norte a sur, con la plaza principal del mercado en el centro. Narró su gran asombro al observar la destrucción causada por el movimiento telúrico del doce, en especial hacia el lado norte de la ciudad. Anotó que logró corroborar las secuelas de este movimiento, al confirmar la versión compartida por un antiguo funcionario que aún se encontraba entre los vivos. Éste le narró que, por haber sido aquel fatídico día jueves santo, las iglesias estaban repletas de personas, mujeres en su mayoría y “vistosamente engalanadas”. Ese jueves había un calor intenso y habían pasado varios días sin caer gotas de lluvia. Además, por ser día festivo las calles estaban colmadas de gentes. Anotó que, en cuestión de segundos el temblor causó destrozos a una ciudad de cincuenta mil habitantes. Los muertos que hubo fue porque resultaron aplastados por las estructuras edificadas y de las que no lograron escapar a tiempo. Una de las consecuencias de él fue que algunas parejas, que todavía vivían en concubinato, fuesen presurosas a formalizar su relación por medio del matrimonio y que quienes habían perpetrado fraudes “restituyeran lo mal habido”.

     Hizo notar que, desde El Ávila, observó varias casas de las que resaltó, por su altura, la del representante consular de Holanda. De igual modo, refirió que en la parte “inferior” de la ciudad se estaba a la mira de una propiedad territorial denominada Paraíso que había pertenecido a un representante consular inglés y quien la había transferido a una “famosa beldad criolla”. Sin embargo, indicó que lo más interesante era el cementerio católico, el más “hermoso de Suramérica” y por tal motivo merecía una visita. Su primera impresión fue que el mismo estaba situado en un terreno elevado y que desde él se apreciaba un “espléndido panorama”. Su excepcionalidad estribaba en la distribución de una “especie de casillero” gigantesco, en el que cada compartimiento servía para el depósito de ataúdes. Acotó que, todo aquel que pudiera cancelar treinta y cinco pesos tenía el derecho de colocar la urna, del pariente muerto, durante tres años. El féretro podía ser retirado, si así lo deseaban los deudos, luego de un tiempo, y que en cada cripta se estampaba el nombre del fallecido. Las personas de escasos recursos, así como aquellos que no escogían esta modalidad, depositaban sus parientes muertos en otro lugar del cementerio. Acentuó la impresión que le causó ver las fosas comunes, adonde descansaban los cadáveres de las víctimas del cólera que fueron numerosas. En contraste con el cementerio católico, los camposantos inglés y alemán estaban hacia el lado sur de la ciudad. Los mismos lucían descuidados ya que la hierba y la maleza no permitían apreciar las tumbas. Reseñó haber visto una capilla con una inscripción en que se identificaba como su diseñador a Robert Ker Porter. En este sentido, agregó que le había llamado la atención que alguna otra persona como él hubiese llegado desde las “Puertas Caspias” a este remoto país occidental.

     Entre sus anotaciones sumó que, a no ser por los terremotos, las epidemias, las plagas de insectos, las revoluciones “cada tres años” y los repiques de campana, “pocos lugares” reunían buenas condiciones para residenciarse en ellos tal como lo exhibía Caracas. Si destacó el caso de Caracas para fijar residencia, no dejó de hacer notar lo costoso que, en términos económicos, significaba vivir en ella. En efecto, contó que, al revisar las cuentas e inversión que había erogado mientras permaneció en ella, llegó a la conclusión según la cual “todo está por las nubes en esta tierra de la libertad”. En este marco, colocó como ejemplo los precios de unos productos alimenticios a propósito de un ágape que ofreció a trece personas, por los que había gastado la no poca cifra de veintitrés libras esterlinas. El mismo gasto, recordó, en Londres hubiese bastado para “regodearse con tortuga auténtica”, variedad de platos y unas diez clases de pescado diferentes. En esta comarca lo ofrecido por él, durante esta ocasión como anfitrión, no resultó muy distinto a lo que usualmente consumía en el hotel, salvo por la inclusión de un pavo.

Eastwick realizó una excursión hacia el lado norte de la ciudad, hasta alcanzar el cerro El Ávila

     Asimismo, refirió lo que su sirviente temporal, de nombre Juan quien le servía como una suerte de mayordomo, le había expresado en contestación a sus quejas por lo invertido en productos alimenticios. Juan le dijo que todas las personas sabían que él era un comisionado financiero que había llegado al puerto de La Guaira con dos cajas de oro. Contó lo que este le había referido acerca del escaso interés que implicaba ser justos o equilibrados a la hora de cobros excesivos porque “nadie sale ganando con ello”. Todos pensaban, según Juan, que del oro trasladado a esta comarca él debía quedarse, de modo fraudulento, con una parte y por tal razón debía dejar algo en beneficio del país. Por eso sentenció que acá no valía la pena mostrar demasiada honradez.

     En lo que se refiere a las actividades cotidianas o domésticas en las que debería colaborar el mencionado Juan, Eastwick no se mostró muy satisfecho. Contó que, en cierta ocasión había “abandonado” sus diligencias domésticas para ir a reunirse con sus amigos, y volvió en horas de la noche, solo rápidamente, y luego “no lo volví a ver hasta el día siguiente”. Escribió molesto acerca de esta manera de prestar servicio y agregó que era común en Venezuela, a la que llamó “paraíso de los sirvientes” porque aquellos que se dedicaban a ofrecer asistencia, a quienes la requerían, la practicaban con desgano y solo para obtener dinero y comprar ropa. No sucedía de igual forma cuando conversaban sobre el teatro y, en especial, de la política nacional a la que podían dedicar varias horas. Justificó esta actitud al ser este un país en el que en cosa de días cualquiera podía llegar a ser general o presidente. Llegó a escribir que en Venezuela se practicaba la “perfecta igualdad” con lo que intentó significar la intromisión de sirvientes y harapientos en prácticas domésticas como conversaciones, juegos, bailes y fiestas. Con desdén refirió el caso de funcionarios y personas, de nivel acomodado y no acomodado, quienes ejercían sus oficios o se presentaban a reuniones con un tabaco en la boca. En una parte de su escrito no dejó de señalar que, el criollo exhibía excelentes cualidades, pero sentía aversión por “todo esfuerzo físico” y que, por tal circunstancia las haciendas producían gracias al trabajo de indios y mestizos.


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