La tragedia de Santa Teresa

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Portada edicion extra del diario El Nacional 10 de abril de 1952

    Casualidad o castigo divino, no lo sabemos, pero el Miércoles Santo no ha sido un día de buenos recuerdos en la historia de la Basílica de Santa Teresa, iglesia caraqueña construida en 1870, bajo el mandato del entonces presidente de la República Antonio Guzmán Blanco e inaugurada con el nombre de Santa Ana, en recuerdo de su esposa Ana Teresa, nombre que perduró hasta 1876, cuando fue cambiado por el de Santa Teresa. El templo, ubicado entre las esquinas de La Palma y Santa Teresa, fue diseñado por el arquitecto venezolano Juan Hurtado Manrique (1837-1896).

     El 26 de marzo de 1902, Miércoles Santo, ocurrió en esta iglesia una tragedia, pero de menor proporción a la que padeció 50 años más tarde.

     La mañana de ese 26 de marzo, la Basílica de Santa Teresa se encontraba plena de feligreses, quienes escuchaban con atención la Santa Misa. De repente se escuchó un grito: “¡Misericordia, temblor!”. La muchedumbre comenzó a correr de un lado para otro, presa de pánico, todos querían salir al mismo tiempo. Minutos más tarde, no quedó nadie en el templo, (…) “sólo quedó el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas”, tal y como lo relató José García de La Concha en su admirable libro “Reminiscencias: Vida y costumbres de la vieja Caracas”.

     La prensa de la época calculó en unos 30 los heridos y algunos medios hablaron de dos mujeres fallecidas. Oficialmente nunca hubo cifras de lesionados ni muertos. Lo que si resaltó en los periódicos de entonces fue el nerviosismo que aun persistía en la mayor parte de la población, luego del terremoto que azotó a la ciudad dos años antes, el 29 de octubre de 1900. El diario La Religión insinuó, en más de una ocasión, que lo ocurrido el Miércoles Santo del 26 de marzo de 1902 se debió al trauma que un padecía el caraqueño por el terrible sismo de 1900. “La población está aún muy alterada, muy nerviosa por el inolvidable movimiento telúrico que causó terror y muchas muertes”.

El grito trágico de 1952 

 

    La madrugada del 9 de abril de 1952, Miércoles Santo, una multitud estaba aglomerada en las puertas de la Iglesia Santa Teresa, en pleno centro de Caracas, esperando a que abrieran las puertas para entrar y cumplirle una promesa al Nazareno de San Pablo o rendirle espontáneo homenaje a este Cristo milagroso de túnica morada.

     También había un gentío en torno a los puestos de venta de velas, yerbas e imágenes colocados en diversas partes de la plazoleta contigua a la basílica. Sobre cajones volteados se estableció un pequeño comercio que constituye parte de la tradición.

     El fluir de fieles es constante. Figuras heladas por el frío, envueltas en abrigos negros, arrastrando un niño; ancianos de paso lento; jóvenes de ojos hinchados por el reciente esfuerzo de vencer el sueño, madres con su hijo dormido en brazos, pequeños nazarenos inocentes vestidos de morado; señores impecables acompañados de sus esposas; familias enteras en grupo estrecho para no extraviarse, todos vienen desembocando frente a Santa Teresa unidos por el mismo llamado de la fe. Unos traen su velita en la mano; otros se apresuran a comprarla en la bulliciosa plazoleta o en todos los puestos establecidos alrededor del templo, que aún sigue cerrado.

Nazareno de San Pablo

El templo abre sus puertas 

 

     El encendido de las luces del interior de la iglesia parece ejercer una atracción misteriosa. La multitud se amontona en la puerta principal, que a las 2 de la madrugada abrió sus gigantescos portones lentamente. Poco después la plazoleta quedó vacía, con papeles regados como restos de una merienda en el campo, y esparcidos, los cajones de mercancía escoltados por sus dueños.

Los feligreses en la misa del tragico Miercoles Santo

     Continúan llegando los fieles ordenadamente, compran su velita en el puesto elegido, y la iglesia de Santa Teresa se va llenando poco a poco hasta los topes, hasta que no haya lugar para uno más; pero seguirá entrando más gente.

     El templo estaba completamente lleno. Lleno de fieles y velitas encendidas.

     Todo se desarrollaba normalmente. A las 4:30 de la mañana, el padre Hortensio Carrillo inició la misa desde lo más alto del púlpito, al tiempo que algunos regresaban ya a sus hogares después de la ofrenda de su devoción; otros llegaban para rendir su homenaje al Nazareno. Como todos los años, el flujo y reflujo silencioso de fieles era constante. Moverse de un lugar a otro dentro para encender una vela prometida se hace muy difícil. La capacidad del templo ha quedado reducida este año. La nave lateral derecha fue clausurada por normas de seguridad. La puerta que da acceso a esa nave fue cerrada. El movimiento de entrada y salida se realizaba con mucha dificultad.

     La apacible muchedumbre se encontraba apretujaba. Había mucho humo producto de las velas encendidas. El rumor de plegarias y conversaciones en voz baja, movimientos de bancos, toses y lloriqueos de niños se confundían por momentos con las palabras del padre Carrillo.

     De pronto, una voz agria y masculina grito FUEGO. Al principio hubo un instante de incertidumbre y confusión, pero de inmediato se precipitó el pánico.

     El padre Carrillo reclamaba serenidad, pero no lo escuchaban. En incontrolable estampida, provocada por un terror irracional, la multitud se atropellaba en búsqueda de alguna salida o vía de escape. Oponiéndose a ese terrible oleaje humano que no tenía otro objetivo que huir de ese recinto, otra ola pugnaba por entrar en el templo, queriendo averiguar la razón de aquel espantoso tumulto. Al pie de ese choque brutal fueron quedando los más débiles: niños, mujeres, ancianos, enfermos y discapacitados, muchos asfixiados, con los cráneos rotos, los pechos hundidos, rostros ensangrentados, inmóviles, sin vida.

     La policía rompió los paneles de la puerta lateral derecha, y grupos de personas alocadas salieron disparadas del templo, llenando de sollozos, gritos y heridos la plazoleta. El precio de este pánico colectivo fue horrible. La Iglesia Santa Teresa y sus alrededores quedaron sembrados de cuerpos sin vida envueltos en sus túnicas moradas.

     Los medios de socorro se movilizaron de inmediato. Los heridos recibieron atención inmediata. Los muertos fueron trasladados al Hospital Vargas y al Puesto de Socorro, en la esquina de Salas, justo donde hoy se encuentra el edificio sede principal del Ministerio de Educación. 

     Muchos niños perdieron a sus padres y lloraban desconsoladamente en algún rincón del templo o de una de las oficinas de la comandancia de policía, cercana al lugar de la tragedia.

     Dentro del templo y fuera de él se recogieron un montón de piezas de calzado, peinetas, dentaduras postizas, carteras, lentes y pañoletas, entre otras muchas cosas.

     El tétrico balance arrojó 49 muertos, entre ellos 24 menores, y más de un centenar de heridos. La Junta de Gobierno, presidida entonces por el doctor German Suárez Flamerich, decretó tres días de duelo nacional.

Heridos siendo trasladados al Hospital Vargas

Las causas de la tragedia

 

     Todo el mundo hizo conjeturas en torno al origen de la tragedia. El padre Carrillo atribuyó al hecho un propósito criminal: “Se oyó un grito, un grito lanzado con propósitos criminales: ¡Incendio!”. A su juicio, el grito salió de un lugar de la nave izquierda. No hubo, sin embargo, ningún incendio.

     La policía interrogó a más de 100 feligreses, a sacerdotes y monaguillos. También indagaron entre los vendedores ambulantes que estaban en la plazoleta.

     Nunca se pudo averiguar con plena certeza que fue lo que motivo la estampida de los feligreses, o en todo caso, jamás se supo de quien fue la voz que grito fuego o incendio.

El padre Hortensio Carrillo

     No obstante, la dictadura culpó a la oposición de haber organizado un ataque terrorista. Y el entonces recién nombrado director de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, comenzó una cacería de brujas. Acusó a los dirigentes de Acción Democrática Alberto Carnevalli y Leonardo Ruiz Pineda de haber diseñado un plan terrorista que incluía el asesinato del ministro de la Defensa, coronel Marcos Pérez Jiménez.

     Designó a Aníbal Rojas, jefe de la Brigada de Homicidios de la Seguridad Nacional, para que, al frente de un centenar de hombres, esclareciera los hechos. El presidente Suárez Flamerich, por su parte, se dedicó a visitar a los heridos en los puestos asistenciales y ordenó el pago de una indemnización vía beneficencia pública a aquellas sobrevivientes que hubiesen perdido a sus esposos en la tragedia.

     Semanas más tarde, Rojas reveló que la tragedia de la Iglesia Santa Teresa se produjo cuando una devota, de avanzada edad, rozó con el velo que llevaba en la cabeza una de las velas, incendiándose este, provocando una fugaz llamarada que indujo a que alguien creyera que se propagaba un incendio y diera la voz de alarma, generando toda la lamentable confusión y el pánico colectivo. Con esta versión de los hechos, se cerró el expediente de uno de los sucesos más lamentables en la historia de la Venezuela del siglo XX.

Fuentes consultadas

 

Elite. Caracas, N.º 1384, sábado 19 de abril de 1952
La Esfera. Caracas, sábado 12 de abril de 1952

García de La Concha, José. Reminiscencias: Vida y costumbres de la vieja Caracas. Caracas: Grafos, 1962

El alma llanera “pegó” desde el primer día

El alma llanera “pegó” desde el primer día

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     En el Teatro Caracas, inaugurado en 1854 y ubicado entre las esquinas de Veroes a Ibarras, nunca se había visto nada igual como lo que presenciaron los caraqueños la noche del sábado 19 de septiembre de 1914, cuando se estrenó la primera zarzuela nacional, “con verdaderas escenas de la vida de las sabanas venezolanas a las riberas del Arauca”.

     La obra fue montada como una pieza de teatro con el nombre de Alma Llanera: Zarzuela en un cuadro, con un guión conformado por 29 páginas. La escenografía estuvo a cargo de Leoncio Martínez, quien más tarde se convertiría en un célebre poeta y humorista.

     En esa ocasión, la obra fue interpretada por músicos de la Compañía española de Matilde Rueda y la Compañía de Opereta de Manolo Puertolas, cuyo nombre resaltaba en las marquesinas del Teatro y gozaba de mucho prestigio en Venezuela.

     El joropo “Alma Llanera” se convirtió desde entonces en uno de los símbolos musicales de Venezuela; en el himno popular de Venezuela.

     La obra fue escrita por el conocido periodista aragüeño Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) y musicalizada por el extraordinario compositor guaireño Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954), director de la Banda Marcial del Distrito Federal para ese momento.

Pedro Elias Gutierrez compositor de la musica de Alma Llanera

     Los actores que participaron en el reparto del estreno fueron Jesús Izquierdo, Rafael Guinand, Matilde Rueda, Lola Arellano, Emilia Montes, María Argüelles y un negrito llamado Mamerto, quien, con su liquiliqui blanco, sombrero de cogollo y alpargatas, bailó joropo con un ritmo único, que le dio un toque especial a la presentación.

     Aun cuando la obra no fue del total agrado de los espectadores, la música y la canción interpretada por la soprano Matilde Ruedas impactó de tal manera a los asistentes que, muchos de ellos, salieron esa noche del teatro coreando un estribillo que decía: “Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador; soy hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol… y del sol”.

Rafael Bolivar Coronado autor de la letra Alma Llanera

    A su autor, Bolívar Coronado, tampoco le gustó la obra. Según comenta el insigne escritor venezolano Oscar Zambrano Urdaneta, “esa noche ocurrió algo muy curioso. Cuando ya la representación llegaba a su fin, Bolívar Coronado, que se hallaba disimulado entre el público, salió apresuradamente del teatro. Concluida la zarzuela el público pidió que su autor saliera a las tablas. Naturalmente aquel no se presentó, puesto que se hallaba ausente desde hacía unos momentos. Al día siguiente, cuando sus amistades le reclamaron aquella sorpresiva huida, por toda explicación respondió –Me fui porque imaginé que el público me iba a silbar”.

     La obra no se presentaría más sino a finales de año en un homenaje que se le rindió al actor venezolano Teófilo Leal, en el Teatro Municipal. Luego, a partir de 1915, la conocerían en el interior del país, donde también la música y letra de la canción cautivaron a los auditorios.  

     Meses más tarde del estreno de la obra, Pedro Elías acordó con Bolívar Coronado interpretar la música y la canción Alma Llanera en conciertos públicos. Así lo hizo y con la Banda Marcial de Caracas se presentó en diversos lugares de la ciudad, incorporando en su repertorio la mencionada pieza musical que, rápidamente, se fue haciendo muy popular. El 31 de diciembre de 1914, los caraqueños despidieron el año en la plaza Bolívar escuchando el Alma Llanera.

     Para 1917, la notoriedad que había alcanzado el Alma Llanera era tal, que fue incluida en las pianolas y organillos.  

     Desde entonces, Alma llanera ha sido interpretada por diferentes artistas nacionales e internacionales, siendo el tema más importante del cancionero popular venezolano. Entre los grandes artistas extranjeros que la han interpretado destacan Xavier Cugat, Jorge Negrete, Julio Iglesias, Plácido Domingo, Pedro Fernández y Gilberto Santa Rosa, entre muchos otros. He aquí la letra de la famosa pieza musical:

ALMA LLANERA

 

Yo nací en esta ribera
del Arauca vibrador
soy hermano de la espuma
de las garzas, de las rosas
Y del sol
Y del sol

 

Me arrulló la viva diana
de la brisa en el palmar
y por eso tengo el alma
como el alma primorosa
Del cristal
Del cristal

 

Amo, lloro, canto, sueño
con claveles de pasión
para ornar las rubias crines
al potro de mi amador.

 

Yo nací en esta ribera
del Arauca vibrador;
soy hermano de la espuma,
de las garzas, de las rosas
Y del sol
Y del sol

     El texto refleja un sentimiento de respeto y arraigo con la patria venezolana, en tanto que la música es netamente nacional, sacada de los aires del pueblo, con toda la vibrante emoción que se contagia a los nervios. Por ello, la pieza caló con rapidez en la memoria de la gente que, con el pasar de los años, comenzó a considerarla como un segundo himno nacional.

     Según el historiador Oldman Botello, fueron las llanuras de Apure y los alrededores de El Yagual, los escenarios que sirvieron de inspiración para que Bolívar Coronado diera vida a esta composición poética.

      Cuentan que fue en la Semana Santa del año 1913, al ir a visitar a su cuñado enfermo en una hacienda al sur de Villa de Cura, cuando el joven aragüeño escribió la reconocida canción.

Un escritor incansable

 

     Rafael Bolívar Coronado, quien nació en Villa de Cura, estado Aragua, el 6 de junio de 1884, estudió tan solo hasta sexto grado de primaria. No obstante, tuvo desde pequeño un gran hábito de lectura. Eso lo estimuló a escribir. Cuenta su biógrafo, Rafael Ramón Castellanos, en su libro: “Un hombre con más de seiscientos nombres”, que este célebre aragüeño fue un inagotable literato. Escribía semanalmente artículos cortos y reseñas que publicaba en las revistas y periódicos de mayor circulación de la época, como El Cojo Ilustrado, El Constitucional, El Tiempo, El Nuevo Diario y El Universal, entre otros.

     Tras el éxito del Alma Llanera, el gobierno del general Juan Vicente Gómez lo becó para ir a estudiar a España, pero su irreverencia lo hizo perder al poco tiempo el apoyo oficial. Despotricó a cuatro vientos sobre la criminal dictadura gomecista.   

     En la capital española trabajó con el también escritor venezolano Rufino Blanco Fombona, en el rastreo de obras de autores hispanoamericanos para su publicación en la Editorial América. Allí, Bolívar Coronado, dio vida a numerosos escritos bajo falsas identidades. Se hizo pasar por autores de la talla de Andrés Bello, Cervantes, Sor Juana Inés de la Cruz, José Martí y Amado Nervo, entre muchos otros. Era tal la calidad de esos escritos que nadie sospechaba que fueran apócrifos. Hasta que, en 1919, Blanco Fombona lo descubrió y juró matarlo. Como consecuencia de ello, Bolívar Coronado se fue a vivir a Barcelona. En esa urbe catalana, se hizo pasar por corresponsal de guerra en el Sahara, enviando crónicas sobre la situación en África a periódicos y revistas de esa localidad.

     Con apenas 40 años y sumido en una gran pobreza, falleció en esa ciudad española, en 1924.

Prodigioso músico y apasionado compositor

 

     Pedro Elías Gutiérrez nació en La Guaira, el 14 de marzo de 1870. Desde temprana edad se dedicó a la música. Tenía una enorme facilidad para aprender a tocar instrumentos de cuerdas. Fue un maravilloso ejecutante del contrabajo, habilidad que le permitió ingresar a la Banda Marcial de Caracas en 1901, donde llegó a ser director entre 1909 y 1946. Para esa banda realizó numerosas composiciones y adaptaciones.

     Como compositor cultivó el género de la zarzuela y el vals. Fue uno de los músicos pioneros de la industria discográfica venezolana. En 1917, grabó no menos de 20 composiciones para la empresa estadounidense “Victor Talking Machine Company”, entre ellas, Alma Llanera, cuya partitura era una adaptación del vals Marisela, del también celebrado músico venezolano Sebastián Díaz Peña (1844-1926). 

     Asevera el escritor Jesús Colmenares que la tradición venezolana de concluir las fiestas con el Alma Llanera se debe al maestro Gutiérrez, quien cerraba las actuaciones de la Banda Marcial interpretando el Alma Llanera, para darle así mayor promoción a la mencionada pieza musical.  

     Pedro Elías falleció en Macuto, estado La Guaira, a los 84 años, en 1954.

Derechos del Alma Llanera

 

     En 1916, Pedro Elías Gutiérrez negoció los derechos de autor de la canción Alma Llanera con la empresa estadounidense “Victor Talking Machine Company” que, al año siguiente, la dio a conocer al mundo a través de su incorporación en las matrices de las pianolas y organillos. Estos derechos caducaron en los años treinta. Sin embargo, poco tiempo después, en 1942, el maestro Gutiérrez cedió nuevamente los derechos a otra compañía norteamericana denominada “Peer International Corporation”, dejando a un lado otra vez a los sucesores del escritor de la letra, la familia Bolívar Coronado, que nunca recibió pago alguno por los derechos de autor.

     En 1967, hubo una intensa campaña en los medios de comunicación para que los ingresos económicos producto del pago de derechos de autor fueran repartidos equitativamente entre ambas familias. Un año más tarde, la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC Hoy SACVEN) contactó en Caracas a la señora Zoila Bolívar Coronado de García, hermana del autor, y comenzó a cancelarle el 50% de los derechos que le correspondían, según informó el periodista Rafael Rodríguez en un amplio reportaje que publicó en la revista Venezuela Grafica, del 15 de marzo de 1970.

     No obstante, muchos años más tarde, en 1984, el conocido periodista Raúl Vallejo aseguró en un escrito publicado en el diario El Nacional, del 6 de diciembre de ese año, que los herederos de Bolívar Coronado jamás habían cobrado los royalties que le correspondían y asomaba la idea de que, por decreto presidencial, Alma Llanera pase a ser patrimonio nacional, con lo cual los derechos serian del Estado venezolano.

      Hoy SACVEN tiene los derechos de Alma Llanera

El asesinato de Delgado Chalbaud

El asesinato de Delgado Chalbaud

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     Hace 70 años se llevó a cabo el único magnicidio que se ha cometido contra un presidente de la República en la historia política venezolana.

     La mañana del lunes 13 de noviembre de 1950, mientras se dirigía desde su residencia de la urbanización Country Club hasta el despacho del Palacio de Miraflores, fue ultimado en medio del secuestro del cual fue objeto, el teniente coronel Carlos Román Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno que había tomado el poder el 24 de noviembre de 1948, tras derrocar el gobierno constitucional de Rómulo Gallegos.

     Dado que Delgado Chalbaud, quien contaba apenas 41 años (había nacido en Caracas el 20 de enero de 1909), ocupaba el principal cargo del poder ejecutivo venezolano, su repudiable crimen está registrado en nuestra trayectoria política como el único magnicidio contra un primer mandatario de Venezuela.

 

Secuestro y ejecución

     El vehículo presidencial, un Cadillac Imperial, año 1947, tipo limosina, conducido por Felipe Figueroa, llevaba en su interior al teniente coronel Delgado Chalbaud y su edecán, el teniente de navío Carlos Bacalao Lara. Como escolta motorizado los acompañaba un efectivo militar de apellido Aponte.

     A la altura del puente de Chapellín, a escasos minutos de haber salido de la Quinta Lois, se encontraron con un taxi marca Ford, conducido por Carlos Mijares, quien simulaba estar accidentado en la vía, por lo que Figueroa tuvo que disminuir la velocidad. En ese momento, el Cadillac fue interceptado por más de 20 hombres armados, borrachos y amanecidos a bordo de cuatro vehículos: un Packard negro del que bajó Rafael Simón Urbina, un Hudson, un Plymouth y un Chevrolet. Unos ocho hombres del grupo se encargaron de desarmar Bacalao Lara, en tanto que el resto se dedicó a reducir a Delgado Chalbaud y al motorizado Aponte.

Teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno

     Urbina y varios de sus secuaces retiraron violentamente de su vehículo a Delgado Chalbaud y sus acompañantes y los subieron al Ford que guiaba Mijares. Regresaron hacia el Country Club, para luego emprender rumbo al Rosal y de allí hacia la vía de Baruta. Hay que tomar en cuenta que entonces no existía ni la autopista Francisco Fajardo ni la avenida Francisco de Miranda y que urbanización Las Mercedes, hacia donde se dirigían exactamente, tenía entonces muy pocas casas y edificaciones.

     Según versiones de prensa, a eso de las 9 y media de la mañana, la caravana de vehículos de los secuestradores y sus tres víctimas arribó a la quinta Maritza en la calle La Cinta de Las Mercedes. Apenas terminaban de aparcar el Ford en el estacionamiento, se escuchó un disparo de pistola, era un balazo que se escapó del arma de Pedro Antonio Díaz e impactó en la pierna izquierda de Rafael Simón Urbina, que prácticamente le destrozó todo el tobillo.

     En medio de la escena, en la que el líder del grupo resultó herido, Delgado Chalbaud pretendió auxiliar a Urbina, pasándole un pañuelo para intentar detener la hemorragia. Los nervios llevaron a Domingo Urbina, Pedro Antonio Díaz y a Mijares a accionar sus armas y herir de muerte al primer mandatario, mientras que los otros secuestradores dispararon contra Bacalao Lara y casi también la emprenden a balazos contra el chofer y el escolta motorizado, quienes se salvaron gracias a la intervención de Urbina, quien ordenó que los dejaran amarrados.

     En un gesto de valentía, Bacalao Lara, herido con siete tiros, salió de la casa y pudo llegar a una vivienda cercana. Allí se identificó y solicitó a los habitantes que le permitieran comunicarse por teléfono con el Palacio de Miraflores para dar parte del atentado que se acababa de producir. Habló con el teniente coronel Luis Felipe Llovera Páez, uno de los miembros del triunvirato de la Junta Militar de Gobierno, y le informó la situación. De inmediato se inició la persecución. Policías y soldados se dirigieron a Las Mercedes y se activó un plan de búsqueda para dar con los forajidos.

     Tanto el teniente de navío, Bacalao Lara, como el teniente coronel Delgado Chalbaud fueron trasladados de urgencia al Hospital Militar. El primer mandatario falleció a las 11 de la noche de ese 13 de noviembre, en tanto que su edecán, sobrevivió tras permanecer varias semanas hospitalizado.

Ultimado el cabecilla

 

     Los agresores huyeron y Rafael Simón Urbina fue llevado en su vehículo a la casa del abogado colombiano y técnico electoral Juan Francisco Franco Quijano en procura de un médico, pero ante la imposibilidad de que este llegara oportunamente se dirigió a la Embajada de Nicaragua, pero ante la necesidad de ser atendido por un médico, decidió entregarse ante las autoridades. Una comisión de la Seguridad Nacional lo llevó a la cárcel de El Obispo, en el Guarataro. Allí le practicaron las primeras curas y al final del día, cuando o trasladaban a la Cárcel Modelo de Propatria, por supuesta aplicación de la Ley de Fuga, Urbina fue ultimado de un balazo en la subida del cerro El Atlántico, en Catia.

     El resto de la pandilla que acompañó a Rafael Simón Urbina fue capturada en su totalidad y sometida a juicio y condena. La integraron, entre otros, su hermano Domingo José Urbina Rojas, Pedro Antonio Díaz, Honorio Gutiérrez, Ángel Medina, Antonio José Medina, Cipriano Medina, Pedro José Medina Túa, Carlos Mijares, Osorio de Jesús Ollárvez, Máximo Paz, Antonio Paulino Reyes. Casi todos llegaron a Caracas procedentes del estado Falcón. Años más tarde, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, Domingo Urbina se fugó de la Cárcel Modelo y incorporó a la guerrilla, donde permaneció cuatro años. Luego se acogió a la política de pacificación que inició el presidente Raúl Leoni y concluyó Rafael Caldera durante su mandato. En 1985, fue asesinado en un sombrío hecho de venganza.

     Una vez iniciadas las investigaciones sobre el secuestro de Delgado Chalbaud, se conoció que entre los implicados figuraban el millonario Antonio Aranguren Leboff, amigo personal y compadre de Urbina, quien había financiado sus aventuras antigomecistas previas, y el mencionado abogado colombiano Franco Quijano, quien fue preso y enjuiciado. Sin embargo, su causa fue sobreseída poco tiempo después.

Marcos Pérez Jiménez, Carlos Delgado Chalbaud y Luis Felipe Llovera Páez

La ambición de Pérez Jiménez

 

     Delgado Chalbaud, ingeniero que había asistido a una academia militar en Francia. Presidía la Junta Militar de Gobierno junto con los tenientes coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez desde el 24 de noviembre de 1948, cuando derrocaron del poder al novelista caraqueño Rómulo Gallegos.

     Desde el mismo momento en que se produce el atentado comienzan a circular rumores en torno a que la salida del juego de Delgado Chalbaud fue ordenada desde el propio gobierno. Todo ello obedecía a los comentarios que hizo el propio Urbina al momento de ser capturado, al exigir que lo pusieran en contacto con Pérez Jiménez.

Plano del lugar donde fue secuestrado Delgado Chalbaud

     El expresidente Rómulo Betancourt, quien trató el tema en su obra “Venezuela Política y Petróleo”, ofrece una interesante versión: “Rafael Simón Urbina, la persona que hubiera podido aclarar mejor las partes nebulosas de la historia y aun librar de culpabilidad en su declaración a quienes lógicamente acusaría la opinión pública como fraguadores del asesinato, no alcanzó a hablar ante un juez. Estaba gravemente herido, de un balazo, cuando se entregó a la policía, abandonando el asilo que recibió en la Embajada de Nicaragua; y, ya en la cárcel, como para confirmar las vehementes sospechas que recaían acerca de los instigadores de su sangrienta aventura, lo asesinaron. Se piensa, aplicándose un razonamiento elemental, que con la eliminación de Urbina se pretendió acallar definitivamente la voz de quien sabía demasiado. Pero antes de morir, Urbina dejó testimonios de su puño y letra, y una cauda de testigos, que han permitido reconstruir, con perfiles muy verosímiles, el proceso de incubación y ejecución de un crimen político que tuvo tanta resonancia, dentro y fuera de Venezuela (…)

     De la conexión que existía entre Pérez Jiménez y Urbina antes del magnicidio se encuentra un testimonio caudaloso, abrumador casi, en las 665 páginas del libro Sumario del juicio seguido a las personas indiciadas por haber cometido el asesinato del coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno, edición oficial de la Oficina Nacional de Informaciones y Publicaciones del Ministerio de Relaciones Interiores, Caracas, 1951 (…) Entre las personas indiciadas estaba la viuda de Urbina, María Isabel de Urbina. Fue ella la que guio el automóvil en que Urbina se trasladó de su casa de habitación al lugar donde Delgado Chalbaud fue secuestrado. Declaró al juez instructor que el día anterior al crimen (12 de noviembre de 1950), Urbina le dijo: «Mañana cuando vayas donde Franco Quijano, vas a pasar donde el señor Rivero Vásquez y le dices que el hombre está preso, para que se lo comunique al teniente coronel Marcos Pérez Jiménez»” (Op. cit. p. 36).

Carroza fúnebre con los restos del coronel Carlos Delgado Chalbaud

Magnicidio en el Palacio

Magnicidio en el Palacio

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     De los millares de asesinatos que se cometieron durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez (1908-1935), uno de los más sonados afectó directamente al presidente venezolano.

     En la madrugada del 30 de junio de 1923, hallaron muerto de 27 puñaladas a un hermano suyo, el general Juan Crisóstomo Gómez, de 63 años, en su habitación del Palacio de Miraflores.

     “Juancho” o “Juanchito” Gómez, como se le conocía, ocupaba el segundo cargo más importante en la línea de mando de aquella Venezuela de hace casi un siglo.

     Un año antes, gracias a una enmienda a la constitución, aprobada por el Congreso Nacional, había sido designado como primer vicepresidente de la nación para el período 1922-29, al tiempo que conservaba el cargo de gobernador del Distrito Federal, en tanto que el general José Vicente Gómez, hijo mayor del opresor, fue designado como segundo vicepresidente y se mantuvo como inspector general del ejército.

Palacio de Miraflores

     El escándalo por el magnicidio de Juancho Gómez en la mansión presidencial fue silenciado en los medios impresos que existían en la época. El Nuevo Diario, periódico oficial, apenas reseñó el suceso que calificó de “cobarde asesinato” y se desbordó en elogios con un amplio perfil de la víctima, describiéndolo como un honorable ciudadano tachirense que había nacido en 1860, en una aldea conocida como “La Mulera”, muy cerca de la población de San Antonio del Táchira, y que inició su brillante trayectoria política una vez que su hermano desplazó del poder al también general tachirense, Cipriano Castro, el 19 de diciembre de 1908”. Entonces, Juancho, de 49 años, ocupó su primer alto cargo de su trayectoria política, como gobernador del estado Miranda. Más adelante, en 1915, fue nombrado gobernador de Caracas.

     Una vez enterado del asesinato de su hermano, el general Gómez ordenó que ese mismo día se celebraran las exequias, sin cumplir el protocolo forense de rigor, de practicarle la autopsia a la víctima. Tras una breve ceremonia religiosa en el salón Sol del Perú, muy cerca de la habitación en la que fue masacrado, el cuerpo de “Juancho” Gómez fue conducido en cortejo fúnebre desde Miraflores hasta el Cementerio General del Sur.

Juan Crisóstomo Gómez (Juancho Gómez)

     Se comentó entonces, que fue alguien de la absoluta confianza de Juancho Gómez, pues, de otra manera no se explica cómo pudo llegar un extraño hasta las habitaciones del Palacio. Sin embargo, ese mismo día, el presidente Gómez acusó a los líderes opositores en el exilio como autores intelectuales del crimen, y dio instrucciones para que se iniciara una ola de persecución contra quienes él consideraba como enemigos del gobierno. Entre los primeros arrestados figuraron el poeta Francisco Pimentel (Job Pim) y caricaturista Leoncio Martínez (Leo). Durante mucho tiempo se vivió en Caracas bajo el terror producido por las consecuencias de esa misteriosa muerte.

     Pese a todas las medidas represivas y al férreo control y censura de prensa, ante la importancia del personaje asesinado, en muchos sectores de la sociedad caraqueña se ventilaron rumores en torno a las causas del asesinato de “Juancho” Gómez.

     Desde finales de 1921, comenzó a hablarse de posibles sucesores del general Juan Vicente Gómez, cuando la salud del dictador se deterioró debido a molestias en la próstata y un probable contagio de fiebre tifoidea.

     Una versión sostuvo que el “muerto de Miraflores” fue un crimen familiar relacionado con los aspirantes a la sucesión de la dinastía Gómez. Entonces, el ambiente político del régimen estaba dividido entre los “juanchistas” que apoyaban a Juan Crisóstomo, y “vicentistas”, cuyo respaldo se orientaba hacia José Vicente.

     Otro elemento que se manejó fue el de la intervención de la madre de José Vicente, Dionisia Bello, primera concubina del general Gómez. Al parecer “Juancho” se opuso a que su primo, Santos Matute Gómez, se casara Margarita Torres Bello, hija mayor de Dionisia. Poco después de conocerse la decisión de Matute de romper el compromiso, Margarita se suicidó y la madre juró vengarse.

     Lo cierto del caso es que después de algunas investigaciones, de las cuales nunca se revelaron los resultados, fue acusado el capitán Isidro Barrientos, miembro de la guardia de Miraflores, como autor del asesinato. Aquí entró en juego una tercera versión, relacionada con rumores acerca de las preferencias sexuales de la víctima. También fue acusado del asesinato como colaborador, Encarnación Mujica, primo de Barrientos. Ambos fueron condenados a 20 años de prisión, pero pocas semanas después de anunciarse la sentencia, salieron inexplicablemente de la cárcel de La Rotunda y fueron asesinados por la policía.

     A finales de abril de 1924, casi un año después del asesinato, y de la desaparición física de varios de los acusados de cometer el crimen, en su mensaje anual al Congreso Nacional, el general Gómez se refirió al homicidio de su hermano y expuso su particular verdad, en palabras que reprodujo el periodista Simón Alberto Consalvi, en la biografía que escribió del dictador, editada por El Nacional en 2014:

“La luz de la verdad y la justicia ha venido disipando las sombras del misterio para destacar en toda su fealdad los caracteres de delitos conexos de asesinato y de calumnia, llevados a cabo con fines políticos siniestros, de que rara vez da muestra la perversidad humana aguijoneada por el ansia de lucro y de mando; de modo que puedo anunciaros hoy que el agente inmediato de que se valieron para la ejecución del torpe crimen fue Isidro Barrientos, quien lo llevó a cabo por orden de Rafael Andara, Juan Araguainano, Custodio Prieto y Encarnación Mujica, todos los cuales se encuentran detenidos a la disposición de los tribunales de justicia que harán caer sobre ellos y sobre sus investigadores y cómplices todo el peso de las Leyes”.

El vicepresidente José Vicente Gómez Bello y su esposa Josefina Revenga Sosa

     Cuando se acababan de celebrar dos años de la muerte de “Juancho” Gómez, el 24 de junio de 1925, el dictador pidió al Congreso eliminar el cargo de primer vicepresidente que había tenido su hermano y al poco tiempo también “despachó” a su hijo de la segunda vicepresidencia, al nombrarlo agregado militar en la embajada de Venezuela en Francia.

     En Europa, José Vicente se unió a su madre, Dionisia Bello, quien se había sido obligada a salir del país poco después del asesinato, radicándose en un castillo muy cerca de la capital francesa, donde pasó el resto de su vida. El hijo mayor de Gómez falleció de tuberculosis en Leysin, Suiza, el 3 de febrero de 1930.

     Casi cien años después de aquel horrendo crimen, todavía no se sabe a ciencia cierta la verdad. Hoy las hipótesis son numerosas: intrigas palaciegas, ambiciones, desordenadas pasiones carnales, corrupción, celos, venganza, traición y muerte.

Tumba Juancho Gómez

Primer automóvil en Caracas

Primer automóvil en Caracas

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     Subirse hoy día a un automóvil, conducirlo o hablar de él es algo muy normal en cualquier sociedad y, si se quiere, hasta natural, pues, esta criatura de hierro forma parte de la vida cotidiana del ser humano. Sin embargo, muy pocos conocemos los orígenes de este singular vehículo en nuestro país. Historia que ya pasa los cien años.

     Sobre la historia del automóvil en Venezuela se han escrito muchos artículos de prensa e incluso algunos libros. En todos ellos se dan diversas fechas de llegada y distintos dueños.

      Para el pintoresco periodista Lucas Manzano, fundador y director de la recordada revista caraqueña Billiken (1919-1958), el primer automóvil que llegó a Venezuela fue “el que trajo de Europa el señor John Boulton, a mediados de 1906”.[1] Mientras que para el poeta y escritor Manuel Rodríguez Cárdenas, fue aquel que “importó el afamado óptico Constancio Vanzina allá por mil novecientos y tantos[2]; y para el fallecido Cronista de Caracas, el acucioso periodista Guillermo José Schael, “el primer automóvil que vino a Venezuela fue traído en 1904 por la señora Zoila Rosa Martínez de Castro, esposa del entonces Presidente de la República Cipriano Castro”. [3]

     Esta última versión es la más conocida en la historiografía del país, tanto que se tiene como un hecho cierto que el primer carro que llegó a Venezuela fue este, el de la señora Zoila. Sin embargo, después de una minuciosa investigación en las publicaciones periódicas que circularon en Venezuela, entre 1903 y 1906, logramos ubicar numerosas noticias sobre automóviles. Pero en ninguna de ellas se menciona el carro de doña Zoila. Y no podía ser de otra manera, pues el vehículo de la esposa del “Cabito” llegó al país en mayo de 1907, tres años más tarde de lo indicado por el periodista Schael.

     El carro de la Primera Dama fue adquirido en Francia, a principios de ese año, por los generales Manuel Corao y Román Delgado Chalbaud,[4] quienes lo enviaron a Venezuela a bordo del vapor inglés “Matadero”, el cual atracó en el puerto de La Guaira, el 7 de mayo.[5] Al parecer era un “Panhard & Levassor,” uno de los modelos de carro más prestigiosos de la época. 

 

[1]Manzano, Lucas.Trayectoria del Automovilismo en Venezuela.” En: Elite. Caracas, Nº 1961, abril    27, 1963; p. 35

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. “Lo que va de Ayer a Hoy.” En: El Nacional. Caracas, febrero 14, 1954; p. 4

[3]Schael, Guillermo José. Apuntes para la Historia del Automóvil en Venezuela. Caracas: Gráficas    Arte, 1969; p. 19

[4]Manzano, Lucas. Ob. Cit.

[5]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, mayo 8, 1907; p. 1

El primer automóvil que llegó a Venezuela

     Entre las diversas noticias que localizamos en la prensa sobre la presencia de automóviles en nuestro país, estaba la del arribo del primer carro a nuestras tierras. La misma fue publicada por el diario caraqueño El Monitor, en su edición del 21 de abril de 1904.

     En dicha noticia se afirmaba que “el lunes (18 de abril) por la tarde transitó por las calles de Caracas por primera vez un lujoso automóvil, el cual ha sido traído por el señor doctor Isaac Capriles. Lo manejaba un individuo extranjero, quien sin duda habrá venido para generalizar entre nosotros el uso del cómodo vehículo. En su tráfico por la vía pública no tuvo ningún inconveniente”.

     Esta es, de acuerdo con la investigación que realizamos, la información más antigua sobre la presencia de un automóvil en Venezuela. De allí que afirmemos que, con toda seguridad, el primer carro que llegó al país no lo trajo doña Zoila Rosa Martínez de Castro, sino el médico de origen judío Isaac Capriles, yerno del general Joaquín Crespo, para más señas.

     El vehículo era un hermoso Cadillac, modelo 1904. Años más tarde, en 1931, se exhibió en Caracas, con motivo del X aniversario de la Corporación Venezolana del Motor. La revista Ecos de Gloria,[1] publico una gráfica del histórico automóvil, cuyo autor fue el célebre fotógrafo venezolano Luis Felipe Toro, “Torito”.

     La segunda información sobre la presencia de un automóvil en el país, la publicó el mismo diario El Monitor, el 24 de mayo de ese año 1904. La nota decía “que ayer llegó a Caracas el representante de la New York Bermúdez Company, capitán Wright, quien trae un automóvil, el cual lo veremos dentro de pocos días en las calles. Es probable que se importe libre de derechos de aduana; y la compañía aparecerá distrayéndose al fresco, por la avenida Castro del mal rato que le ha proporcionado su fracasado negocio con la revolución”.

     Ciertamente, la empresa norteamericana, una de las primeras transnacionales que se instaló en el país para explotar nuestro asfalto, había financiado la fracasada Revolución Libertadora (1901-1903), lucha armada que estuvo liderada por el banquero venezolano Manuel Antonio Matos y que pretendió derrocar al gobierno del general Cipriano Castro, por lo que tenía pendiente una demanda por dos millones de dólares ($ 2.000.000) que había introducido el Estado venezolano ante tribunales nacionales y extranjeros. De allí que, cuando Míster Wright trajo su automóvil, las autoridades venezolanas prohibieron su introducción al país, por lo que el carro fue devuelto a los Estados Unidos.

 

[1]N.º 14, septiembre de 1931; p. s/n

El Duende Encantado

     En agosto de 1904 arribó el tercer automóvil, segundo que circuló en el país. Fue importado de Francia por un comerciante de Barquisimeto, cuyo nombre no fue posible precisar, aunque se presume que haya sido el francés J. Hauser, dueño de una ferretería en la capital larense.[1] Este vehículo entró por Puerto Cabello, donde el Jefe Civil de esa localidad lo retuvo por más de dos semanas mientras llegaba de visita a esa población el presidente de la República, general Cipriano Castro.

     El 29 de agosto fue probado por las angostas calles de la población carabobeña, produciéndose, naturalmente, un gran entusiasmo entre los porteños, pues -decía el periodista- era la primera vez que un automóvil atravesaba las calles de Puerto Cabello”.[2]

     Después que el “Cabito” se marchó, a principios de septiembre, el automóvil emprendió, a través de los rieles del ferrocarril, su recorrido hacía Barquisimeto.

     En la travesía pasó por diversas poblaciones, causando, por supuesto, gran asombro. En Tucacas, por ejemplo, su llegada “fue de grande alarma entre sus habitantes, quienes corrieron a esconderse en sus casas por temor de aquel Duende encantado. La policía pretendió poner preso al dueño del automóvil por haberlo introducido allí sin previo aviso a los habitantes”. [3]

     Solucionado el incidente, el “duendecillo” continuó hacia Duaca, donde también causó sobresalto. Aunque nunca como en Tucacas, pues sus pobladores fueron advertidos con anterioridad de la presencia de ese “bicho”; así que, cuando llegó el carro, los duaquenses disfrutaron, no sin temor, viendo aquella pequeña criatura de hierro. Fue tal el revuelo que causó este vehículo, que los habitantes del pueblo le solicitaron al Jefe Civil, general Julio Couput, que lo retuviese allí algunos días para que los niños gozaran de las maravillas del “progreso”. Y así fue, el automóvil permaneció en Duaca unos días más, deleitando a grandes y chicos. Lamentablemente, al tercer día el bicho se quedó sin combustible, y no fue sino en diciembre de ese año cuando su propietario logró el permiso de las autoridades para trasladar hasta esa localidad varios envases con gasolina. Sin embargo, no se logró ponerlo en funcionamiento, por lo que su traslado a Barquisimeto se produjo “no en su macho talón ó por sus propias fuerzas locomotrices, sino muy encaramado en el ferrocarril”.[4]

     Una vez en la capital larense, el automóvil fue embargado por un tribunal local, desconociéndose hasta ahora las causas que motivaron tal decisión. Lo que sí se supo fue la pena que causó esa confiscación en la población barquisimetana, tanto que la prensa local se hizo eco de ello en los siguientes términos: “como ha dado lastima el embargo del automóvil. Cuantas carreras no hubiera dado por nuestras calles, a tiempo como llegó, y en vísperas de pascuas y año nuevo”.[5]

     En verdad que fue una lástima que los barquisimetanos no hayan podido disfrutar de ese espectáculo, de esa expresión de “desarrollo”, como dijo Lisandro Alvarado. Se imagina usted, amigo lector, lo que representaba para la época ver un automóvil en las estrechas y empedradas calles de Barquisimeto. Algo increíble, si tomamos en cuenta que tan sólo hacía un año (1903) que Henry Ford había ideado una industria que permitía producirlos en serie, por lo que su comercialización en el mundo era incipiente.

     Año y medio pasó el “duende” guardado en la ferretería del señor Hauser, hasta que el 29 de junio de 1906 lo embarcaron para Caracas, “en busca de mejor temperamento para su salud quebrantada; y ver que también como le fue en Duaca –decía el cronista– seguramente por la temperatura, igual a la de Caracas y parecida a la de Europa, de donde es oriundo. El calor de aquí le hizo mal y se fue en solicitud de otros aires. Lástima que no hubiéramos tenido el orgullo de verlo corretear por nuestros paseos”. [6]

      No sería sino en 1913 cuando los barquisimetanos pudieron sentirse orgullosos de ver un vehículo automotor corretear por sus angostas calles. [7] Pero esa es otra historia.

 

[1]Silva Uzcátegui, Rafael Domingo. Enciclopedia Larense. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la Republica, 1982; p. 234

[2]El Pregonero. Caracas, septiembre 1, 1904; p. 2

[3]El Pregonero. Caracas, octubre 6, 1904; p. 2

[4]El Eco Industrial. Barquisimeto, diciembre 21, 1904; p. 1

[5]El Eco Industrial. Barquisimeto, enero 5, 1905; p. 1

[6]El Eco Industrial. Barquisimeto, junio 30, 1906; p. 1

[7]El Impulso. Barquisimeto, febrero 6, 1913; p. 3

El Pobre Valbuena

     El tercer carro que circuló por las enlosadas calles de Caracas, lo trajo en 1905 el doctor Alberto Smith.[1] Posteriormente llegarían, a fines de ese año, tres (3) automóviles más: el de John Boulton, el de un señor de nombre Antonio y el del óptico Constancio Vanzina, el cual, por cierto, fue bautizado por los mamadores de gallo como “El Pobre Valbuena”,[2] porque se accidentaba más que el “Mozo de la Zarzuela”, personaje de la obra del mismo nombre, que para entonces ocupaba la atención de los espectadores del Teatro Caracas.

     Así, pues, que hasta diciembre de ese año de 1905 sólo había cinco (5) automóviles en Caracas y seis (6) en total en Venezuela, con el del comerciante larense; vehículo, por cierto, que desconocemos a manos de quien fue a parar una vez que lo embargaron. Tan sólo sabemos que fue, como señalamos, enviado a la capital de la República en 1906.

     Con la llegada a Caracas de este automóvil, el parque automotor de la ciudad se incrementó notablemente; ahora eran 6, según lo afirmó en una de sus crónicas el “Bachiller Munguía” (seudónimo del escritor Juan José Churión).[3]

     Esta cantidad de vehículos era lo suficientemente numerosa como para congestionar, sobre todo los domingos, la única calle que estaba pavimentada: la avenida Castro, que unía a Puente Hierro con El Paraíso. Esta avenida (hoy denominada José Antonio Páez) era, sin lugar a duda, “el Rendez-Vous de las familias de Caracas. La avenida recorría un trayecto lineal de 2 millas, bordeando las amenas vegas del río Guaire. El sitio era sumamente pintoresco; la amplitud de la vía, toda ella pavimentada de macadams y con anchas aceras de cimento romano; su doble alameda de copados arboles; las lujosas residencias particulares y artísticos chalets; sus parques y jardines; y su espléndido alumbrado eléctrico hacen de esta obra la más gallarda evidencia del progreso civilizado de la capital de Venezuela”.[4]

      A partir de 1907 comenzaron a incrementarse las importaciones de vehículos, los cuales, por supuesto, venían con su chofer. Así pasó con el de la propia señora Castro, que llegó con un francés de nombre Lucio Paúl Morand, quien se adaptó tanto al país, que residió en él hasta que falleció, en 1952.

 

[1]Agencia Pumar. Caracas, segunda edición, agosto 12, 1905; p. 1

[2]Rodríguez Cárdenas, Manuel. Ob. Cit.

[3]El Porvenir. Caracas, noviembre 8, 1905; p. 2

[4]El Monitor. Caracas, abril 28, 1904; p. 4

Los tres cochinitos y el cierre del diario El Nacional

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     Después del golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional del escritor Rómulo Gallegos, el 24 de noviembre de 1948, se constituyó una Junta Militar de Gobierno presidida por el comandante Carlos Delgado Chalbaud, quien hasta ese momento era el ministro de la Defensa de Gallegos; los otros dos integrantes de la Junta eran los tenientes coroneles Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez, quienes asumieron las carteras de Defensa y Relaciones Interiores, respectivamente.

     A partir de entonces, se inició un período de represión. Se ilegalizó el partido Acción Democrática, se persiguió a los militantes del Partido Comunista, se disolvió el Congreso Nacional, las Asambleas Legislativas de los estados, la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), el Consejo Nacional Electoral y los concejos municipales. El régimen limitó la libertad de expresión. Los opositores al gobierno fueron amenazados y perseguidos por las autoridades. El temor, poco a poco, se fue apoderando de la población. La información que publicaban de los medios impresos y radiales comenzó a hacer supervisada por el gobierno.

     En 1949, la Junta Militar establece la censura de prensa, para ello creó una Junta de Examen, compuesta por varios funcionarios a nivel nacional. Esa Junta decidía lo que se podía o no publicar. En Caracas estuvo integrada por los poetas Arístides Parra y Erwin Burguera, quien fue diputado y se hizo muy popular por sus versos líricos cargados de humor, Manuel Vicente Tinoco y el periodista zuliano Vitelio Reyes, quien se haría famoso por su “lápiz rojo” con el que tachaba los escritos que no podían ser publicados. Vitelio fue uno de los fundadores, en 1948, del Frente Nacional Anticomunista, formando parte de la directiva junto con Germán Borregales, Juan Penzini, Antonio Pulido Villafañe, Jorge Morrison y Graciela Arévalo González, entre otros. Fue autor también de varios libros de historia y artículos de prensa en los que defendía al régimen militar.

     Esa Junta de Examen, dependiente del Ministerio de Relaciones Interiores, se encargaba de revisar de noche los escritos que serían publicados en los periódicos, sobre todo los de mayor circulación a nivel nacional como lo eran Últimas Noticias, La Esfera, El Nacional, El Universal, Panorama, El Impulso y El Carabobeño. Hasta el propio periódico del gobierno, El Heraldo, era inspeccionado cuidadosamente. 

     “Cada nota, escrita a máquina, debía tener tres copias. Una para el jefe de información, otra para el taller, donde se montaba el periódico, y la tercera para la junta censora, si esta decidía que tal o equis información no iba, entonces el jefe de información debía bajar al taller para que la nota fuera retirada de la plancha. Era la época del linotipo. A veces no había más nada con que sustituir la noticia prohibida y entonces el espacio quedaba en blanco. Todavía en la Hemeroteca Nacional se puede apreciar ediciones de periódicos como La Esfera, El Universal y El Nacional, entre otros, con espacios en blanco. 

     A partir de entonces, la prensa se enfocó básicamente en información internacional, deportiva y cultural. No había noticias políticas más allá de la que suministrara el gobierno. Los programas radiales se dedicaban a hablar de efemérides, cumpleaños, ciertos problemas comunitarios y eventos deportivos. No obstante, el humor criollo no dejó de expresarse y mofarse de sus gobernantes.

Los Tres cochinitos

     Para la época estaba de moda un comercial radial que le hacía publicidad, con un ritmo contagioso, a un producto denominado Manteca los Tres Cochinitos, y en el que aparecían bailando tres cerditos. “Manteca los tres cochinitos, más sana, más pura, más fresca, purita manteca criolla para freír y amasar. Manteca los tres cochinitos”, decía el pegajoso estribillo Entonces, la jocosidad popular asoció esos tres puercos con los tres miembros de la Junta Militar: Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Llovera Páez.

      El miércoles 19 de abril de 1950, comenzaron los trabajos de construcción del estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria. Esa mañana, los miembros de la Junta Militar y varios funcionarios públicos, así como periodistas e invitados especiales asistieron al acto de inicio de tan importante obra.

      Al día siguiente, el diario El Nacional publicó una reseña que daba cuenta de los inicios de los trabajos de construcción del mencionado estadio. La nota, firmada por EH (El Hermanito), seudónimo del periodista deportivo Napoleón Arráiz, hermano del poeta Antonio Arráiz, director fundador de ese diario, provocó un gran malestar en el alto gobierno y el cierre temporal del periódico, cuyos propietarios eran el escritor Miguel Otero Silva y su padre, Henrique Otero Vizcarrondo.

     La polémica reseña, publicada en las páginas deportivas bajo el título de “En Ciudad Universitaria fue Plantado Primer Pilote para el Estadio Olímpico”, indicaba que:

     “Entre los actos con que se conmemoró la fecha gloriosa de nuestra nacionalidad, el 19 de Abril, hemos de destacar nosotros uno que envuelve enorme trascendencia para el desarrollo deportivo que, tan auspiciosamente, se nota en todos los sectores. Nos referimos a la colocación del primer pilote para el Estadio Olímpico en la Ciudad Universitaria.

     En sencilla, pero emotiva ceremonia, con asistencia de la Junta Militar se procedió a plantar, a elevar en los terrenos escogidos, el primer pilote de lo que ha de ser gigantesca construcción de tribunas, campos, pistas, vestuarios y demás accesorios del Estadio Olímpico. PRESENTES ESTABAN LOS TRES COCHINITOS DE LA JUNTA (subrayado nuestro), personeros del Instituto Autónomo de la Ciudad Universitaria, ministros del Gabinete y directivos del Comité Olímpico Venezolano. Y todos aplaudieron entusiastas y contentos, porque el acto de hincar aquel primer pilote estaba pregonando a los cuatro vientos que el deporte figura y figura, preponderantemente, entre los principales asuntos a los cuales han de dedicar su atención sus actuales gobernantes. Se habló poco. Pero se acumularon muchas esperanzas en aquel acto sencillo y simbólico.

     Conociendo como conocemos el ritmo de trabajo que imprime el Instituto Autónomo de la Ciudad Universitaria a todas las empresas y construcciones que acomete, estamos seguros de que dentro de breve tiempo veremos erguirse en el campo, sólidas y amplias, las tribunas; que los atletas encontraran pistas adecuadas donde ejercitarse, con vistas a los próximos Juegos Olímpicos Bolivarianos. Y, en fin, cuando estos se realicen, en diciembre de 1951, Caracas podrá ostentar, orgullosamente, un Estadio digno de su categoría de gran capital y de las representaciones atléticas de los países hermanos que en tal ocasión nos visitaran.

     Las dimensiones del Estadio serán las estándar olímpicas, es decir, pistas, espacios para saltos, lanzamientos, etc., todo sujeto a las reglamentaciones olímpicas. Las tribunas tendrán 120 metros lineales, de los cuales 22 estarán techados; se dotará al campo de iluminación adecuada para eventos nocturnos. La estructura ha sido contratada ya a importante firma constructora, con un presupuesto que pasa de tres millones y medio de bolívares. Y los trabajos, iniciados el mismo día siguiente de la inauguración que comentamos, se realizaran con premiosa actividad, habiéndonos asegurado ingenieros vinculados al Instituto Autónomo, que, dentro de doce meses, o un máximo de catorce, estará completamente terminada la construcción del Estadio. En cuanto a las pistas, canchas, etc., podrán ser entregadas a los atletas o a los organismos que rigen las actividades atléticas en un plazo mucho menor, a fin de que se inicien las prácticas para los Bolivarianos con la debida antelación que garantice a nuestros representantes actuaciones dignas de la Nación Sede.

     Quedó, pues, inaugurado el primer pilote de construcción del Estadio Olímpico. Y dentro de poco podremos palpar esta magnífica realidad para el Deporte Venezolano.”

     Una orden de la gobernación de Caracas, emitida la noche del jueves 20 de abril, impidió que al día siguiente circulara el periódico. Tanto el periodista que escribió la nota como los jefes de taller y redacción, así como el propietario del célebre diario, Miguel Otero Silva, fueron detenidos. Se inició entonces una exhaustiva investigación para dar con el culpable o los culpables. Tres días más tarde, quedaron en libertad los cuatro detenidos, pero el cierre del periódico continuó hasta el 28 de abril, cuando la policía le informó al ministro de Relaciones Interiores, teniente coronel Llovera Páez, que no fue posible dar con el autor de tan “siniestra” travesura. El sábado 29 de abril de 1950, reapareció el diario El Nacional. Su propietario recibió una punzante advertencia del ministro: “La próxima vez que suceda algo similar clausuró el periódico y te meto presó indefinidamente”.

     El hecho de que a los investigadores les resultó imposible encontrar al culpable de este singular acontecimiento de la historia del periodismo impreso venezolano, permite traer a colación repetido episodio del denominado “duende” de taller o imprenta, desaparecido en las últimas décadas debido a que la tecnología acabó con las mesas de montaje.

     Con aquello de los “Tres cochinitos” no quedó más alternativa que echarle la culpa al “duende”, ese travieso fantasma o espíritu que habitaba en los lugares donde se imprimían los periódicos. Ese día, el espanto del taller de El Nacional tuvo la oportunidad de intervenir el texto de El Hermanito para mofarse de aquel alto mando gubernamental.


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