Circo metropolitano escenario para el deporte y la cultura – Parte I

Circo metropolitano escenario para el deporte y la cultura – Parte I

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Circo metropolitano escenario para el deporte y la cultura – Parte I

Por: Héctor Parra Márquez
En 1896 se inauguró el Circo Metropolitano, situado entre las esquinas de Miranda y Puerto Escondido, en el centro de Caracas

     [En 1894], “se acometió la tarea de edificar un verdadero coso en un terreno situado entre las esquinas de Miranda y Puerto Escondido, y apareció así el “CIRCO METROPOLITANO”. 

     Esta plaza de toros, aparte de que significó un adelanto material, porque dotaba a la capital de un inmueble para el fin al cual se destinaba, imprimió nuevos alicientes a la vida caraqueña y vino a satisfacer una vieja aspiración de los taurinos. La afición renació jubilosa, alentada por la donosa pluma de jacarandosos cronistas, quienes ensalzaban la estupenda idea de D. Pedro Salas Camacho, capitalista del moderno coso. 

     La administración de los trabajos fue encomendada al señor E. Franco López y de nada valieron para el avance de la obra los esfuerzos desplegados en contrario por la señora Adelaida Almeida de Crespo, esposa del Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Brasil y Presidenta de la famosa “Sociedad protectora de Animales”, empeñada en obtener de las autoridades la prohibición de las corridas de toros.

     Echadas las primeras bases en los años 1894 y 1895, y mientras avanzaba la edificación, se adelantaba por parte de los empresarios conocedores del negocio la tarea de estudiar las ganaderías en las cuales habría de seleccionar los animales de lidia, y de contratar en las más prestigiosas plazas taurinas, diestros de renombre, capaces de satisfacer el popular entusiasmo. Los resultados fueron singularmente halagüeños. 

     La plaza resultó con una capacidad para cuatro mil personas. En su estructura predominaba el hierro y el cemento. El ruedo medía treinta y seis metros de diámetro.

     Desde días antes de que el circo abriera al público sus puertas, las entradas se habían agotado totalmente y el entusiasmo retozaba visiblemente entre los aficionados.

Grandes figuras internacionales del toreo

     La inauguración tuvo lugar el 2 de febrero de 1896 con asistencia del gran caudillo llanero, General Joaquín Crespo, Presidente de la República. Entre los diestros actuaron los matadores gaditanos Manuel Hermosilla y Francisco Jiménez, Rebujina, en medio de la aprobación de los asistentes. Posteriormente, se dividió el redondel del “Metropolitano” en dos mitades, separadas por obstáculos y se soltaba un toro en cada una de ellas, de tal manera que, al igual de cómo se efectúa en algunas partes de Europa respecto de los circos de caballitos y de otros espectáculos, el público caraqueño pudo darse el lujo entonces de presenciar dos corridas a la misma hora. Más tarde se dotó al circo de una planta eléctrica y se dictó un Reglamento, al cual se le hicieron modificaciones posteriormente.

     En los tiempos subsiguientes el “Circo Metropolitano” gozó del más claro prestigio. El solaz de los caraqueños se regodeó allí con los intereses de D. Pedro Salas y de los empresarios, para quienes el éxito de taquilla y otras derivaciones del negocio se traducían en utilidades jugosas.

 

Esta plaza de toros imprimió nuevos alicientes a la vida caraqueña y vino a satisfacer una vieja aspiración de los taurinos

     Repletos de público los palcos, los tendidos y demás asientos, fueron muchas las tardes durante las cuales la afición logró presenciar lucidísimas faenas. Altas figuras internacionales del toreo de entonces recogieron allí los aplausos, los olé, los gritos de aprobación y otros homenajes que, puesta de pie, les tributaba aquella abigarrada multitud poseída de férvido entusiasmo.

     Hasta el último momento de su preclara existencia y como reminiscencia de aquellos días esplendorosos para él, el “Circo Metropolitano” lució en uno de sus muros la placa de mármol consagratoria del triunfo alcanzado allí en una rutilante tarde caraqueña por D. Juan Belmonte, el más grande torero de todos los tiempos y quien hizo historia en el toreo, y al igual del sin par “Manolete”, logró reunir con perfecto dominio las escuelas sevillana y rondeña.

     D. Juan Belmonte nació en Sevilla en abril de 1892 y murió de un síncope cardíaco en la misma ciudad el 8 de diciembre de 1962, o sea, a los setenta años. Algunos aseguran que se suicidó. Se inició en su carrera completamente pobre y a su muerte dejó una gran fortuna. Se retiró en 1927 después de haber actuado en primer plano en más de cuatrocientas corridas. Debutó en Elbas, Portugal. Fue el gran rival de José Ortega, “Joselito” y maestro de “Manolete”, otro gran genio del ruedo. Debido a su prestigio, se dice que la historia del toreo se divide en dos partes o épocas: antes y después de Belmonte.

     Contratado por Eloy Pérez, llegó Juan Belmonte a Caracas en 1918. Fueron días durante los cuales la afición vibró en todos los tonos en la capital de Venezuela. Desde diversos puntos del interior de la República muchas personas vinieron a Caracas a admirar al formidable diestro. Dio cuatro corridas en el “Metropolitano” y por ellas cobró cerca de noventa mil pesetas españolas. Para la primera corrida las entradas costaban: asiento de palco, cien bolívares; tendido de sombra, cuarenta y seis bolívares y tendido de sol, veintiocho bolívares. Tales precios disminuyeron en las subsiguientes funciones.

     Resultaría difícil, prolijo y en extremo tedioso, hacer una enumeración siquiera aproximada de los diestros que, además de Belmonte, actuaron en el “Metropolitano” a todo lo largo de su trayectoria.

     Los hubo de calidad mediocre, pero también de máximo cartel. Con ayuda de las fuentes consultadas y de nuestra propia memoria, recordaremos a los siguientes: “Potoco”; Vicente Ferrer; las toreras Laura López, la Sorianito, y Pepita y Finita; Fortuna; Saleri Segundo; Almanseño; Chiquito de Begoña; Calerito; Chicuelo (creador de la chicuelina); Cagancho; Manolete Segundo y el padre del infortunado Manolete; Machaquito de Sevilla; Sánchez Mejías (uno de los más espléndidos banderilleros de la época, quien practicó el toreo sentado contra la barrera al igual de como El Gallo lo hacía en una silla y lo hizo en el “Metropolitano”); el ya citado Vicente Mendoza, El Niño, quien no tenía gran estilo pero, en cambio, despachaba los toros de una sola estocada, en ocasiones admirable; Dominguín; Carnicerito de Málaga; el ya nombrado Rafael Gómez, El Gallo; Pablo Lalanda; Gaonita; el padre de los Bienvenida, alias El Papa Negro; Rubito; El Diamante Negro; y el famoso caraqueño Joaquín Briceño o El Trompa, infeliz y explotado histrión quien entró a la historia del toreo vernáculo en alas de sus payasadas y su audacia, en virtud de las cuales atraía numeroso público. De su popularidad quedó como recuerdo el refrán. Se zumbó como el Trompa, aplicable a los casos en los que una persona procede irreflexivamente o con gran temeridad. Porque ha de saberse que tan pronto salía el toro a la arena, nuestro inefable compatriota se lanzaba como loco y era él quien embestía. De ahí que su inmortal celebridad descanse sobre un pedestal de revolcones, topetazos y cornadas. 

     Por cierto, que El Trompa fue de los organizadores de una corrida de aficionados realizada en junio de 1906 en el “Metropolitano” y a la cual asistió el entonces Encargado de la Presidencia de la República, General J. V. Gómez, el futuro Benemérito, por invitación que, además de El Trompa, aparecía firmada por Rafael Aniceto, Sevillano; Luis Navarro, Giraldillo; Enrique Neun, Llaverito; S. Arias R., Poquito Pan; José Francisco Canelo, Canelo; Luis Olivo, El Simpático; Francisco Tovar, Carrillito; Juan B,. Arribillaga, El Bisojo y Esteban Flores, La Vieja. 

La imprenta de Caracas en tiempos de emancipación

La imprenta de Caracas en tiempos de emancipación

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

La imprenta de Caracas en tiempos de emancipación

     A propósito de la ocupación francesa en la península ibérica y el conflicto bélico que se derivaría desde 1808, entre España y Francia, el capitán general Juan de Casas solicitó el envío de una imprenta al gobierno de Trinidad en agosto de este año. El equipo llegó a la provincia de Caracas en septiembre de 1808 junto con los impresores británicos Mateo Gallagher y James Lamb. Ella sirvió para la publicación de la Gazeta de Caracas cuyo primer número vio la luz el 24 de octubre de aquel año. Su redactor principal fue Andrés Bello (1781-1865) hasta el año de 1810, cuando emprendió su viaje para Inglaterra como miembro de la secretaría de relaciones exteriores de la provincia.

     La Gazeta de Caracas surgió bajo circunstancias críticas para el imperio español. En mayo de 1808 había estallado la disputa alrededor del trono entre Carlos IV y su hijo Fernando de Borbón, conocido luego como Fernando VII. En mayo de 1808 Napoleón obligó a este último devolver la corona a su padre. 

Andrés Bello fue redactor principal de la Gazeta de Caracas, entre 1808 y 1810

     Con estas abdicaciones constriñó a Carlos IV que le cediera el trono a él, quien luego lo entregaría a su hermano José Bonaparte. Las primeras informaciones de estos acontecimientos se conocieron en los iniciales días de julio de 1808, gracias a dos ejemplares del Times de Londres, que habían sido enviados por funcionarios de Cumaná al capitán general Juan de Casas, que los puso a la orden de Bello para que los tradujese. Bello hizo lo propio y extrajo noticias que con premura comunicó a Casas, quien incrédulo no dio crédito a la información. Sin embargo, Casas llamó a consulta a personas influyentes de la provincia, pero excluyó a los españoles americanos. Allí se discutió la gravedad del asunto y se decidió no divulgar la noticia.

     Cuando el 15 de julio de 1808 llegó a Caracas un emisario francés, el teniente Paul de Lamanon, para informar de manera oficial lo relacionado con la incursión francesa en la península ibérica, y las nuevas autoridades que ahora regirían la administración colonial en América, la divulgación de los acontecimientos que se sucedían en la provincia ibérica se extendió. A Casas no le quedó otra que aceptar la noticia que días antes le había proporcionado Bello y que él no creyó. Lamanon confirmó lo que el gobernador se negaba a aceptar. El teniente francés, luego de haber informado al capitán general de la situación del imperio, se dedicó a divulgar la noticia con todo aquel que se topó en esta comarca. Por tal motivo en la posada El Ángel lo intentaron linchar. Por esto Casas ordenó su retiro inmediato de la provincia de Caracas, lo que pronto cumplió el oficial francés.

Entre los periódicos caraqueños que apoyaron la emancipación destaca el Semanario de Caracas

     Fue bajo este marco que se introdujo la imprenta en Venezuela. Se tiene como precursor a Francisco de Miranda, quien hacia 1806, a bordo del Leander, bordeó las costas de Coro, quien traía consigo una pequeña imprenta con la que imprimió, al menos, cinco proclamas. Una, fechada en Jacmel, otra la hizo en la propia embarcación, dos fechadas en Coro y otra en Aruba. Se conoce que llegaron a manos venezolanas y que fueron quemadas, como manifestación de rechazo a aquel que pretendía la instauración de un gobierno republicano. Aunque la imprenta no llegó a ser instalada en territorio venezolano, si logró imprimir despachos y nombramientos que haría Miranda si hubiese logrado su cometido. Dos años después se instalaría la imprenta en este territorio de tierra firme, gracias al contrato conseguido por Manuel Sorzano, quien llevó a cabo las instrucciones dadas por el comerciante de La Guaira, Francisco González Linares, a quien había encargado el capitán general para las gestiones correspondientes.

     El 24 de octubre de aquel año apareció el primer número de la Gazeta de Caracas, en el que se ponderó la importancia y la excelencia del nuevo arte y el valor para la provincia. En la Capitanía se instalaría otra imprenta en Cumaná. El licenciado Miguel José Sanz recomendó para que se instalara otra imprenta en Caracas. Para octubre de 1810 inició actividades de impresión la de Baillío y Delpech. Esta sociedad sólo duró un año y prosiguió sólo con Juan Baillío. Simón Bolívar y José Tovar habían traído una imprenta que se instaló en Caracas. Para febrero de 1812 se colocó un taller de impresión en Valencia, a cargo de Juan Gutiérrez Díaz.

     A decir verdad, fueron muy pocos los talleres de impresión que se instalaron en territorio venezolano. La mayoría de impresos fueron de talante político. De estos talleres salieron periódicos, semanarios, hojas sueltas, folletos y libros de interés para la historia política de Venezuela. Los temas variaron en la puja por el control de la provincia de Caracas entre patriotas y realistas. También en ellos se encuentran las argumentaciones y reflexiones alrededor de la Independencia frente a las pretensiones de la corona española.

     El 6 de agosto de 1811 la Gazeta de Caracas incluyó el texto de la Ley de Imprenta, sancionada por la Sección Legislativa de Caracas, en la que se subrayó que la imprenta era el instrumento más fiable para comunicar las luces del conocimiento, y la facultad individual de los ciudadanos para hacer públicas sus ideas políticas y reflexiones. Con esta aseveración se refrendaba uno de los propósitos del liberalismo político como lo era la libertad de opinión, y con la que se podría hacer frente a todo tipo de arbitrariedad de los gobernantes. Se agregó, además, que el producto de la imprenta era imprescindible para ilustrar a los pueblos en sus derechos y el único camino para alcanzar el conocimiento de la verdadera opinión pública.

     Los que dirigieron los asuntos propios de la Primera República participaron de modo entusiasta en todo lo que se produjo en los talleres de Caracas, Cumaná y Valencia. Fueron varias las publicaciones en forma de libro o folleto a iniciativa de ellos. Quizá, fueron los periódicos donde aparecieron la mayor cantidad de argumentaciones políticas que sirvieron de base a las realizaciones políticas. La hoja suelta sirvió para dar a conocer información que debía circular de manera presurosa y superar demoras que con equipos de técnica deficiente retrasaban la impresión de los periódicos.

     El único medio impreso que existía en el mes de abril de 1810 en la Capitanía era la Gazeta de Caracas, en cuya página principal aparecía un lema escrito en latín y que rezaba: “la salud del pueblo es la suprema ley”. La edición del 25 de abril corrió a cargo de quienes desconocieron la regencia como gestora de la política en Venezuela. Un fragmento de los razonamientos esgrimidos fue que la Gazeta de Caracas había estado destinada a propósitos que ya no estaban de acuerdo con el espíritu público de los habitantes de Caracas. Ello sirvió para indicar que el espíritu que se iba a restituir era el carácter de franqueza y sinceridad que debía tener, para que el pueblo y el gobierno lograra con ella los benéficos designios que han “producido nuestra pacífica transformación”.

     Junto con este escrito apareció el primer artículo de talante doctrinal cuyo título fue: “Sin virtud no hay felicidad pública, ni individual”. En un número anterior Vicente Emparan y Orbe publicó un “Manifiesto”, con fecha 7 de abril, donde intentó calmar los ánimos de los habitantes de la comarca, en virtud de los fracasos de las tropas españolas contra los franceses, y con la exhortación de continuar bajo los auspicios de la legislación colonial. Ya en números precedentes se habían incorporado los donativos que, a instancias del marqués Casa – León, debían recabarse para ayudar a la península en su lucha contra el “usurpador universal”, tal como se calificaba a Napoleón por estas tierras.

     También aparecieron las “Instrucciones para elegir diputados a las cortes de España”. Se combinaban noticias de triunfos de españoles en batallas contra las huestes napoleónicas. Sin embargo, se intercalaban con escritos de ingleses que veían con preocupación el escaso avance de los españoles contra las iniciativas de Napoleón y los suyos. También, aparecían noticias locales relacionadas con nombramiento de autoridades, resúmenes de gacetas inglesas, avisos mercantiles, ventas de artículos, huidas de esclavos y proyectos para la edición de otros impresos. El tono de la Gazeta de Caracas cambiaría con la edición número noventa y cinco y en la que anunció un tiempo otro a raíz de la declaración del 19 de abril del diez.

     En efecto, un conjunto de argumentaciones se tramó respecto al consejo de regencia y sus implicancias. Así, se puede leer una proclama, firmada por José de las Llamozas y Martín Tovar Ponte, en que se informaba acerca de la penosa situación de España en los primeros meses de 1810, luego de dos años de enfrentamiento con los franceses. 

Gazeta de Caracas, primer periódico de Venezuela, su primer número vio la luz el 24 de octubre de 1808

     En ella se indicó que la guerra, iniciada en 1808, la venían desarrollando los españoles en defensa de su libertad e independencia para escapar del “yugo tiránico de sus conquistadores”. Con el arrollador avance de las tropas de Napoleón por el territorio español, “los honrados y valerosos Patriotas Españoles” libraban batallas para preservar la “soberanía nacional”, pero se vieron obligados a buscar refugio en Cádiz. Al lado de esta acción, la Junta Central Gubernativa del Reino, en la que se había depositado la soberanía en disputa, debió disolverse y con la que se difuminó una soberanía constituida legalmente para la conservación general del Estado.

     Por esta razón, indicaron los redactores, hubo la necesidad de constituir un nuevo sistema de gobierno con el título de regencia que, no podía tener otro propósito que el de preservar la vida de los pocos españoles que habían escapado del yugo francés. La regencia no representaba los intereses de la nación porque no se constituyó con el voto general de quienes tenían la potestad de justificarla. A lo largo de 1810 en las páginas de la Gazeta de Caracas aparecieron un compuesto de argumentaciones alrededor de la ilegitimidad de la regencia, la reclusión de Fernando VII y en manos de quienes estaba la representación de la soberanía.

     La cantidad de razonamientos vertidos en sus páginas, después de la edición 95, fueron afinando la necesidad de romper el nexo colonial. Unos catorce meses después, en la edición del 9 de julio de 1811, apareció en la primera página el titular: “Independencia de Venezuela”. Si se observa con atención los distintos escritos que se dieron a conocer luego del 19 de abril, se puede constatar que lo asumido en 1810 ya anunciaba la ruptura con la sociedad progenitora. Otros impresos, de corte doctrinario, en especial, conformaron argumentos a favor de la emancipación. El Semanario de Caracas, El Patriota de Venezuela, El Mercurio Venezolano y El Publicista de Venezuela confirman la actitud que se fraguó desde 1810 entre algunos caraqueños. En sus páginas, al igual que en la Gazeta de Caracas, se publicaban textos del irlandés William Burke que defendía airadamente el derecho de la América española a independizarse.

     Si la intención de las autoridades coloniales fue la de establecer una imprenta en la Capitanía General de Venezuela, para contrarrestar la información de sus enemigos, como efecto no deseado ella sirvió de espacio para el convencimiento de un grupo de venezolanos a favor de la Independencia. En el mundo moderno la imprenta se convirtió en un agente de cambio y no un cambio por sí misma. Aunque se debe tomar en cuenta que no todos los individuos de este período sabían leer. La lectura colectiva fue una opción, además en tabernas, posadas, plazas, iglesias se transmitían informaciones por vía oral. Uno de los aspectos de gran relevancia en el mundo y que ayudó a la generalización de impresos fue gracias al uso del papel y la paulatina sustitución del pergamino, más bien de uso para ediciones lujosas. Es necesario dejar claro que las iniciativas de emancipación surgieron entre habitantes de la provincia de Caracas, a las que se agregarían otras provincias y que la Gazeta… se tiene como pionera en la divulgación de las informaciones a su alrededor.

Primer periódico libre e independiente de Caracas

Primer periódico libre e independiente de Caracas

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Primer periódico libre e independiente de Caracas

     Con fecha domingo 4 de noviembre de 1810 apareció el primer número de un periódico libre e independiente en la provincia de Caracas. En un espacio territorial conmovido por la suerte de la Madre Patria, a raíz de las acciones bélicas contra las tropas francesas, la reclusión del rey Fernando VII y la entronización de una regencia en su lugar. Reviste gran importancia la aparición de un órgano periodístico cuyo carácter no fue oficial ni oficioso en una Caracas en la que revoloteaban noticias, informaciones y pensamientos alrededor de asuntos muy propios de la filosofía y teoría política. Es cierto que, para 1808 ya existía la Gaceta de Caracas que basculó, hasta la ruptura del nexo colonial, entre ediciones a favor de la corona, en algunos momentos de su historia, y reproducciones en contra de ella, en otras oportunidades. También, es importante porque permite visualizar la conformación de una opinión pública, así como el ensanchamiento del espacio público, a partir de los cuales la publicitación de ideas políticas y sociales se explayaron.

     El Semanario de Caracas fue un órgano de divulgación que, entre otros propósitos, intentó contribuir con la ilustración y difusión de ideales a favor de la “prosperidad de la patria”. Para cumplir este cometido se eligieron una serie de aspectos relacionados con la agricultura, el comercio, la estadística y, quizá la de mayor relieve, la política. Desde un primer momento con la estructuración de la Junta de Caracas, a favor de la figura de Fernando VII, se comenzó a generalizar, entre otras argumentaciones, el triunfo de la “opinión” frente al silenciamiento de trescientos años de tiranía. Es decir, el despotismo como dique de contención de la libertad. De lo que se trató, tal como quedó redactado en el acta que acompañó al desconocimiento del consejo de regencia el 19 de abril de 1810, en la Capitanía General de Venezuela, y en la “Declaración de los Derechos del Pueblo”, dada a conocer el primero de julio de 1811, fue el de restituir la soberanía y la libertad a aquellos que se la habían cedido, temporalmente, al rey.

     En ellas los caraqueños establecieron que la sociedad al recuperar la libertad civil, la opinión recobraba su importancia y los “periódicos” que eran el órgano de ella adquirían la influencia que debían tener. La idea de opinión pública tuvo que ver con la soberanía en la medida que se pensó que las “luces” se encontraban en los espacios geográficos donde el derecho a representación, en calidad de espacio soberano, se expresaba por el uso de la razón que implicaba independencia de juicio. Las ciudades capitales que lo eran desde el Antiguo Régimen se impusieron, entre otras argumentaciones, con la idea de opinión pública como expresión de soberanía, porque se suponía que la opinión pública, en materia de gobierno, residía en las grandes ciudades, o sedes de gobierno y no en las “aldeas o cabañas”. Si de un espacio cosmopolita y con fuerte vinculación de hábitos y costumbres de la Europa ilustrada se trataba, esa fue la provincia de Caracas, o sus elites, que abrazaron el ideal independentista.

     Resulta de gran interés recordar que quienes hicieron posible la publicación de este semanario, hasta el número treinta, correspondiente al 21 de julio de 1811, siguieron rumbos distintos, al momento de definirse la Independencia con la guerra. Miguel José Sanz murió en la lucha a favor de la emancipación y José Domingo Díaz fue a España y publicó La rebelión de Caracas donde arremetió en contra de todo lo que representaron los patriotas. El Semanario de Caracas contaba con dos secciones: “Política” a cargo de Sanz y “Estadística” cuya elaboración fue responsabilidad de Díaz. Mientras en las primeras páginas con las que abría cada edición, el primero delineó con su pluma principios republicanos, con matices liberales, los valores políticos con los cuales debía regirse la república a desplegar, Díaz ofrecía cifras y series de prosperidad de esta comarca bajo el marco de la experiencia colonial presentes aún para 1810.

     Se ha expresado, por parte de estudiosos del desarrollo del periodismo en Venezuela, que el pionero de la prensa fue el Semanario de Caracas. Esto porque en territorio venezolano, antes del 4 de noviembre de 1810, no se conoció un periódico independiente que, entre sus propósitos estuviese el de ser un órgano para difundir las “luces” necesarias respecto a la prosperidad de los “pueblos de Caracas” y la patria en general. Para este cometido en sus páginas encontraron eco asuntos relacionados con la agricultura, el comercio y la estadística, de manera especial. Nació justo cuando estaban por llevarse a cabo las elecciones para la selección del primer Congreso de las provincias emancipadas. Con ello se extendería un poder legislativo por medio de la escogencia de representantes que delegarían de manera temporal, en quienes fuesen electos, su soberanía.

     Sanz se había formado en el ámbito de las leyes durante el Antiguo Régimen. Tenía conocimiento de sus pares letrados como él, además conocía de cerca la realidad de la vida campesina en Barlovento por el ejercicio como abogado y asesor del Consulado. Buscó la asociación con Díaz por los conocimientos que éste tenía acerca de la estadística y lo hizo editor responsable de la publicación semanal. Desde el primer número del Semanario… en la sección “Política”, su autor, se dedicó a elucubrar acerca de la Ley y la necesidad de que ella garantizara un gobierno probo y justo. En este orden de ideas, expuso el caso de la Revolución Francesa y el producto más visible de ella: Napoleón Bonaparte. Con esto intentó demostrar que una revolución podría desembocar en una situación igual o peor a lo que la originó. Por ello en el primer número estampó que el Semanario… será libre, pero lo “será como debe ser, amando respetando la ley y obedeciendo a sus ejecutores: él será libre con dignidad”.

     En el aparte “Política”, del primer número, en las líneas de cierre, Sanz, ratificaría que, la felicidad de los pueblos provenía de la instrumentación de “buenas leyes”, del afecto que sus integrantes profesaran hacia ellas, de la “justa y racional” libertad de los integrantes de la sociedad, de la educación y de la opinión pública, así como de la “excelencia y rectitud del gobierno”. A partir de estas reflexiones concluyó que lo esencial de la “política” era alcanzar aquellos propósitos, en los que Sanz combinó principios de la teoría política republicana y la propia liberal.

     En el propio primer número, en el aparte “Estadística”, Díaz se explayó a razonar que era la opulencia. Enunció, en las primeras líneas, que no bastaba que un pueblo fuese feliz, gracias a que era libre, “es necesario que lo sea porque es opulento”. Según su apreciación ser opulento permitía obtener un poder con el cual contrarrestar las ambiciones de los demás pueblos, gracias al manejo de recursos y medios con los cuales se haría respetar. De igual modo, esa abundancia haría posible hacer pueblos virtuosos que nada temerían a la santidad de sus leyes.

     Los razonamientos de Díaz, a quien la historiografía de talante nacionalista y patriótico adjudican sólo avieso interés y ambición al servicio de la Corona, razonó de modo distinto respecto a la idea de poder, libertad y de riqueza que debería extenderse entre las comunidades humanas. Entre otras argumentaciones ponderó que, el poder de un pueblo, útil y respetable, debía estar sustentado en la proporción del número y la calidad de los individuos que lo componían. Por tanto, el pueblo en que la mayor parte fuese opulenta, o donde no existiera una “debida” proporción de bienes, en él cabría la posibilidad de extenderse la molicie, el lujo y otros “vicios corruptores”. Tal cual había pasado en Roma en tiempos antiguos, de acuerdo con su percepción.

     En los delineamientos de Díaz es posible reconocer una de las dimensiones conceptuales de la palabra pueblo, entre los publicistas del momento. En acompañamiento a la idea del gasto moderado con unas mismas tareas se estimularía la prosperidad de una sociedad. El conocimiento de los mecanismos para moderar los gastos de la distancia entre los pueblos y las dificultades de comunicación entre ellos, era básico para la “última clase del pueblo”, es decir, la más numerosa y la de mayores padecimientos, en este sentido.

Miguel José Sanz, jurista, político, periodista e ideólogo de la independencia de Venezuela

     El primer número cerró su edición bajo los siguientes señalamientos o propósitos de la sección “Estadística”, dentro del que los “Redactores” ofrecerían los elementos fundamentales que formaban parte de la opulencia y poder de Venezuela. Pretendían dar a conocer datos a los vecinos de la Provincia, y a pueblos distantes de ella, para mejorar la producción y el comercio de recursos entre ellos. El objetivo era hacer público la producción de bienes y los posibles fondos que pudieran ser explotados en el ámbito agrícola, no sólo para aumentar su número, también producirlos a menor costo y que fuesen de utilidad pública.

Semanario de Caracas, primer periódico libre e independiente en la provincia de Caracas

     En los subsiguientes números Sanz continuó con el desarrollo de sus conceptos alrededor de su concepción acerca de la política. De acuerdo con su percepción la función de esta era alcanzar la “felicidad”. Concepto éste que se asimiló con los de seguridad, libertad y propiedad puesto que estos eran la garantía de individualidad o independencia de acción de los hombres en sociedad. Siendo las leyes, y su cumplimiento, el centro axial de desarrollo, crecimiento y progreso de las sociedades. Por eso, cuando se refirió a subordinación civil lo hizo bajo esta perspectiva, es decir, la necesidad de acuerdos, pactos y su cumplimiento en el marco constitucional. Así, subrayó que la “felicidad de Caracas” dependía de que se crearan mecanismos de vigilancia de los hombres, porque de “toda revolución” surgían conflictos entre contrarios o por distintos intereses. Entre éstos se encontraban la ambición, el orgullo, la avaricia con esperanzas de provecho entre aquellos que los ponían en práctica.

     Por tanto, era preciso establecer diques a una fracción de los querellantes y así evitar la tiranía, si uno se arrogaba la soberanía podía imponer el despotismo, si era una o algunas familias se erigiría una aristocracia, si se dejaba libre cauce al “populacho” el desorden y los trastornos formarían parte de la “funesta anarquía”.

     En la sección “Estadística” se insistió en la idea de “Redactores”. Quizás, para dar vigor a un medio impreso que pretendió ejercer algún tipo de influjo entre quienes buscaban edificar otro orden de cosas y distantes del imperio francés. También resulta interesante resaltar la insistencia en que era un órgano periodístico dirigido a la provincia de Caracas y las villas y pueblos que la constituían. No deben quedar dudas que fue un impreso cuyas características radicó en su independencia frente a quienes manejaban los asuntos públicos. De igual manera, que quienes lo hicieron posible ya mostraban, al menos para el tiempo que se editó el Semanario…, algunas diferencias respecto al camino y prosperidad que debía seguir la provincia para alcanzar su “felicidad”. Por otro lado, es importante rememorar que, durante los primeros momentos de edificación republicana, no dejó de estar presente una percepción de los componentes de la sociedad caraqueña y lo que se denominó opinión pública. Para el año de su edición esta última idea se combinó con la de pueblo y sus componentes: pueblo ignorante, elites ilustradas y corruptores de la opinión.

Independencia, guerra y ruina económica

Independencia, guerra y ruina económica

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Independencia, guerra y ruina económica

     La Independencia como concepto y acción de soberanía y libertad forman parte inherente del proceso que condujo a la ruptura del nexo colonial en la historiografía venezolana. No se puede dejar de lado que la declaración de Independencia del año once fue anterior a la guerra que se libró en su favor. Junto con esta generalizada percepción se tiene como una verdad revelada que, el enfrentamiento bélico absorbió de manera absoluta a todo el aparato productivo y de intercambio de bienes que servían de sustento a la economía de la antigua Capitanía General de Venezuela, en especial, la provincia de Caracas. Es una disposición historiográfica que ha estimulado una visión generalizadora de un conflicto que, si bien es cierto, tuvo resultados nefastos en cuanto a la vida de los combatientes, así como que la dimensión económica sufrió resultados adversos. En este sentido, se puede argüir que, si no hubo una paralización total de las actividades económicas, si tuvo repercusión en la disminución de la inversión, se acrecentó un mayor déficit de la fuerza de trabajo, el comercio se vio afectado en su intercambio, así como que las actividades alrededor de la ganadería y cría de animales se vieron más afectadas frente a otras actividades productivas y comerciales.

     La guerra librada entre 1811 y 1821 se presentó en algunas porciones territoriales del país y no involucró a más de treinta mil correligionarios. Las actividades agrícolas se vieron afectadas, en primer lugar, entre 1812 y 1814 en la región central de Venezuela. Luego, con el desarrollo del conflicto bélico hacia los Llanos y la región oriental la mayor afectación se concentró en las pérdidas alrededor del ganado vacuno, caballar y mular. Más que destrucción de cultivos u otras instalaciones productivas fue más dañino el secuestro y la distribución de propiedades, como recompensa para los que participaban de modo directo en el conflicto. El uso de artillería no fue generalizado y quienes luchaban lo hacían, de manera mayoritaria, con cuchillos, machetes y armamento pequeño. Si en los Llanos entre 1816 y 1820 se libraron la mayoría de los combates, los valles colindantes a las costas, desde donde se extraían bienes para la exportación, las escaramuzas fueron menos intensas y en lapsos breves. La historia patria o nacionalista ha sido la encargada de difundir la idea según la cual la guerra a favor de la emancipación estuvo signada por la destrucción total.

     Resulta sintomático que quienes visitaron la Venezuela republicana, que hablaron y escribieron acerca del estado de abandono y ruina, de esta comarca, adjudicaron estos más por los efectos del terremoto de 1812 que por la propia guerra independentista. Quienes se han dedicado a estudiar estos asuntos, como el sociólogo Yoston Ferrigni Varela (La crisis del régimen económico colonial en Venezuela, 1770-1830), proporcionan datos que bien valen la pena considerar al momento de hacer balances del impacto de la guerra de Independencia en la antigua provincia de Caracas. También resulta de gran utilidad el estudio preliminar de Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela, redactado por Germán Carrera Damas, así como también de este autor La crisis de la sociedad colonial.

     Desde el inicio de la acción beligerante los bandos en pugna se batieron en contienda para alcanzar el control de la provincia de Caracas. El modelo colonial había impuesto una modalidad extractiva en que los puertos, ubicados en la parte central del territorio venezolano, servían para la extracción de bienes, en especial cacao y añil, y la importación de manufacturas. De igual forma, en esta provincia se concentraba la mayor cantidad de población, instituciones gubernamentales, casas de comercio y el núcleo fundamental del aparato agrícola que servía para abastecer otras provincias de Venezuela. De ahí la importancia de tenerla bajo control por parte de las fuerzas en pugna, puesto que la columna vertebral de la economía y del poder político se centralizaba en ella.

     Durante el lapso que cubre los años de 1811 y 1814, sobre todo el período de aplicación del decreto de Guerra a Muerte, se desarrollaron conflictos que hicieron temer una situación similar a lo acontecido en Haití desde 1791. Con el derrumbe de la Segunda República se restableció el poder de la monarquía española. Hasta 1821 las tropas leales al rey mantuvieron el control de la región central. Los que combatían contra la Corona lo hacían en la parte oriental, los Llanos y Guayana. Entre 1814 y 1821 no se presentaron enfrentamientos de envergadura en la provincia de Caracas, lo que permitió producir y comerciar con relativa paz.

     Fue común en los tiempos de enfrentamiento por la Independencia las expropiaciones y el saqueo entre los bandos en conflicto. Sin embargo, la historia de talante patriótico y nacionalista ha asociado estas prácticas solo con los miembros del ejército realista, siendo figuras emblemáticas Boves, Rosete y Antoñanzas. Sin embargo, desde el bando patriota fue también ejecutada porque se requería cubrir gastos de guerra que un ejercicio fiscal y un erario público exhausto no estaban en capacidad de satisfacer. Si existió un ámbito de ruina preocupante entre 1812 y 1821 fue este. El historiador Germán Carrera Damas demostró en: Boves. Aspectos socioeconómicos de la guerra de Independencia que la práctica del saqueo fue común en este lapso, tanto entre quienes combatían a favor de la Corona como entre quienes pugnaban por la república.

     Los aprietos fiscales estuvieron a la orden del día debido a la propia dinámica de una guerra. Las dificultades para llevar a cabo actividades asociadas con el comercio exterior, la devastación que acompañó al terremoto y sus efectos colindantes repercutieron para que aquella se extendiera. Fuese el bando patriota o lo fuese el realista ambos debieron sortear estos inconvenientes. Para tener una idea aproximada de la situación del gasto que implicaba mantener las fuerzas de una comisaría, que era equivalente a un 80% de renta mensual producida por la actividad tabacalera en el departamento de Caracas, unos 37.204 pesos, resulta de imponderable interés estudiar el tributo tabacalero. Esto sin contar el armamento que no era de fácil adquisición por la realidad internacional del momento (1814) y que era propicia para elevar e inflar los precios de fusiles y pistolas.

Mapa de la Provincia de Caracas

     En momentos cuando ya fenecía la Segunda República hubo la orden de retirar la plata macuquina que reposaba en la casa de la moneda, cuando los repúblicos ya emprendían su incursión hacia tierras orientales. La búsqueda de fondos se extendió por Caracas, y con la particularidad de acciones extremas para hacerse de ellos. En el mencionado estudio relacionado con la figura de Boves y los aspectos sociales y económicos de la guerra, se dan a conocer algunas de estas medidas que se desplegaron por toda la provincia de Caracas. Así, para el 14 de septiembre de 1813, Cristóbal Mendoza informó al director general de rentas que en poder de éste había treinta y un mil pesos, pertenecientes al residuo del caudal de los padres jesuitas y que, en vista de las dificultades económicas de la república, debían pasar a manos del gobierno para cubrir los gastos de guerra. El cumplimiento de esta petición no debía pasar de los treinta días para la entrega de quince mil pesos. También se recurrió a acciones con un tono distinto como el de una viuda llamada María del Carmen Yorden, a quien se le exigió la entrega de mil pesos de plata que su marido, Antonio Díaz Navarra, quien al morir no honró una deuda que tenía con la Corona debía hacerlo en este momento. Situación similar debió sortear Monteverde al acudir a auxilios monetarios y materiales de emigrados venezolanos radicados en Curazao.

     Desde 1813 se comenzaron a instrumentar fórmulas administrativas para reorganizar la casa de la moneda. Una de las acciones que se barajó para superar la falta de numerario se pensó con la plata que estaba en manos de particulares, quienes por dificultades económicas se vieron en la obligación de desembarazarse de ella. También, a corporaciones como la Iglesia se le cursaron peticiones para que entregaran la plata labrada en reliquias y objetos de adoración. El director general de rentas le comunicó, en enero de 1814, al párroco encargado de la iglesia parroquial Nuestra Señora del Carmen que, en el templo bajo su responsabilidad se hallaba un trono de plata roto y que en tales condiciones no servía para la decencia del culto. Por tales circunstancias, el director de rentas pedía que fuese entregado, junto con las demás alhajas de plata y oro, para ser convertidas en moneda y que con tal acción produciría una satisfacción a las graves penurias por las que atravesaba la república. De igual modo, con dicha satisfacción y entrega se fomentarían las artes, el comercio, la agricultura al beneficiar al Estado y la población de esta comarca.

     Aunado a estos contratiempos no dejó de estar presente las querellas de competencia administrativa, tal como se vivió en Caracas para abril de 1814 entre el gobernador militar de Caracas, Manuel Aldao, y el director general de rentas, Juan Nepomuceno Ribas. Este último le reclamó al primero su persistente injerencia en los asuntos propios que correspondían a su cargo, al haber ordenado que el cuidador del almacén de víveres entregara raciones suficientes para la subsistencia del cuerpo de artillería, pues carecía de facultades para tal acción. Aldao agregó que él había sido respetuoso a la autoridad del director del almacén. No obstante, el estado de inopia en que se encontraba la tropa por hambre y las consiguientes quejas contra el gobierno, era necesario intervenir para salvar la patria del peligro que se cernía sobre ella.

     En el campo realista no eran muy diferentes las condiciones en las que se vio envuelta la tropa. A pesar de haber tomado Caracas, las quejas por el estado de indigencia en que se encontraban los soldados, de la causa española, en lo atinente al abastecimiento de alimentos y vestimenta estuvo a la orden del día. En consecuencia, con la extensión del conflicto bélico el empobrecimiento y el bandolerismo se extendió.

     En Caracas y espacios territoriales colindantes, con la instauración realista aisló esta zona del resto del país, aunque las acciones de bandoleros y la migración de la población, por causa de las acciones de guerra, estimuló fórmulas políticas y administrativas que exigieron a la población que entregara propiedades a favor del ejército. A partir del mismo momento que se iniciaron las acciones contra de la Segunda República se decidió recurrir a prácticas que ayudaran a mantener Caracas. Esta necesidad se impuso porque en ella reposaban todos los recursos necesarios para mantener las fuerzas militares. El movimiento poblacional había provocado que Caracas recibiera el éxodo proveniente de los valles aragüeños, del Tuy y Villa de Cura.

     El aumento de la población en esta comarca estuvo acompañado del empleo de seiscientos hombres en labores de fortificación de la ciudad. Esto exigió un considerable consumo de alimentos que sólo se podría satisfacer con la importación. Importación que ingresaba por los puertos y que no resultaba ser suficiente para quienes exigían a las autoridades republicanas auxilio alimenticio. La disminución de la población caraqueña repercutió en la acumulación de renta proveniente del tabaco. A esto se sumó que el bajo consumo de tabaco estuvo acompañado de los pírricos recursos con los que contaba la población para alimentarse

     El estudio ofrecido por Ferrigni propone como referencia de recuperación económica cuatro haciendas, la de las Monjas de la Concepción, en que la producción de cacao, entre 1811 y 1822, experimentó un incremento. Sin duda, resulta de un valor imponderable, para el estudioso de este período de la historia venezolana, volcar la mirada alrededor de la guerra de Independencia porque muestra que la idea de ruina total debe ser revisada. El intercambio comercial en la provincia de Caracas, impele a suponer que tanto productividad como beneficios de las propiedades, del convento mencionado, se orientaron en un mejoramiento de las condiciones de producción, mientras una gran porción territorial era escenario de una guerra librada por dos bandos que pugnaban por imponerse.

Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Caracas en el bicentenario de Bolívar, 1883

      A propósito de los cien años del nacimiento del Libertador, Simón Bolívar, se llevó a cabo la Exposición Nacional de 1883 con la que se celebró y rememoró su fecha natalicia. En conjunto, se inauguraron obras públicas, obras de arte y estatuas. Fueron otorgados reconocimientos y premios literarios, se realizaron eventos culturales, se editaron distintas publicaciones, se elaboraron cuadros, se llevaron a cabo ceremonias, desfiles cívicos, elegías y recuerdos. Como acompañamiento, se montó una exposición, muy al estilo de las realizadas en Europa durante el siglo XIX. Fue una ocasión propicia para que el gobernante de turno, Antonio Guzmán Blanco (1829-1898), exhibiera un despliegue de su poder e influencia entre sus adeptos y detractores.

     La celebración del centenario del natalicio del Libertador sirvió de excusa para establecer lo que se denominó La Exposición Nacional de 1883. Fue un evento en el que se dieron cita una gran gama de expresiones, símbolos y emblemas relacionados con localidades y regiones de Venezuela. Sin duda, se trató de un encuentro de expresiones diversas, alrededor de la figura de Simón Bolívar y Guzmán Blanco como su mentor e insigne representante. Lo en ella expuesto sirvió de moldura para mostrar logros materiales y simbólicos del país, también para extender rasgos de lo que se consideraba como el carácter nacional de Venezuela.

     Entre el 2 de agosto y el 4 de septiembre de 1883 se desarrolló en Caracas, la Exposición Nacional de Venezuela en el marco de las actividades conmemorativas del centenario del natalicio de Bolívar. Ella se concibió como una gran oportunidad para exponer una imagen general del país en varios ángulos territoriales. El núcleo central de la celebración lo fue la exposición. El gobierno guzmancista no escatimó esfuerzos y grandes gastos para su financiamiento. Gracias a la actitud arrolladora de Guzmán Blanco quien se propuso, en esta oportunidad, ofrecer una idea, la más “exacta” posible, del estado actual de Venezuela y de un adelanto progresivo en sus distintas épocas el éxito de la empresa fue posible.

El actual Palacio de las Academias fue originalmente sede de la UCV

     Durante un mes fueron exhibidas producciones industriales, espirituales y culturales, hábitos, costumbres y la diversa gama de recursos naturales que el país guardaba en su superficie. Para su preparación, algunas representaciones gubernamentales habían estado en las exposiciones de Londres (1862), París (1867), Viena (1873), Bremen (1874), Santiago de Chile (1875), Filadelfia (1876), de nuevo París (1878) y Buenos Aires (1881). Aunque con una representación muy modesta, la asistencia a ellas sirvió como referencia para la que se hizo en Caracas. Sin embargo, la exposición de 1883 tuvo un talante nacional, con la presentación de algunas producciones provenientes de otras naciones. El objetivo fue mostrar las particularidades regionales y locales del país en lo atinente a sus recursos naturales, logros en el campo agrícola, alcances técnicos e industriales, así como realizaciones espirituales y de arte en general.

     La cifra de compradores de billetes alcanzó las 62.761 personas, más las 3.000 que se habían entregado como pase de cortesía, según lo informó Adolfo Ernst, curador de la exposición. Ella fue instalada en un edificio construido para la ocasión en el centro de la ciudad, al frente del Palacio Legislativo y al lado de la sede de la Universidad Central de Venezuela (UCV). La organización de la exposición fue responsabilidad de la Junta Directiva del Centenario, cuyo presidente fue Antonio Leocadio Guzmán (1801-1884), padre del presidente Guzmán Blanco. El encargado de la Exposición, el alemán Adolfo Ernst, redactó un texto en dos volúmenes en el que presentó el catálogo general con notas y sus respectivos comentarios acerca de los pormenores de ella, en el primer volumen. En el segundo, lo utilizó para publicar cartas y documentos relacionados con el evento de 1883. El título de estas notas fue La Exposición Nacional de Venezuela en 1883 y editada por el Ministerio de Fomento en 1884.

     En la parte introductoria de este texto, Ernst hizo referencia a las intenciones políticas del proyecto nacional del gobierno presidido por Guzmán Blanco, la conformación de la Junta Directiva, bajo cuya responsabilidad se llevó a cabo la Exposición y una escueta descripción del lugar en el que ella se dio a conocer al público. En otro aparte se presentó la enumeración de los diversos agrupamientos de los objetos mostrados en la Exposición Nacional del Centenario, ordenada según las localidades. En el texto se incorporó un escrito delineado por Ramón de la Plaza en el que éste destacó la exhibición de un grupo de obras pictóricas, realizadas para el evento y que resaltaban aspectos importantes de la historia patria. De igual manera, se agregó una colección de objetos científicos, en el que estaban objetos elaborados por algunos grupos aborígenes de Venezuela. En otra sección se llevó a cabo una descripción de los objetos que en vida fueron posesión de Simón Bolívar y las ofrendas con las que se honró su memoria.

     En la introducción, preparada por Adolfo Ernst, expresó que todo pueblo cumplía con un sagrado deber al brindar honores a favor de sus hijos, cuyos grandiosos hechos formaban parte de una historia “pletórica de glorias”. Por tanto, fue un imperativo, como ningún otro, celebrar el centenario del “más ilustre de sus varones” y a quien, con sobrado derecho, el pueblo nacional veneraba como Padre y Libertador. Por ser tal la honra alcanzada no debía ser menos la rememoración en su honor.

     El decreto con el que se selló la celebración fue dado en septiembre 3 de 1881, con el cual el “Ilustre Americano” declaró fiesta nacional el día 24 de julio de 1883, para rendir la primera de las grandes manifestaciones que a cada nuevo siglo se debe manifestar la gratitud de los pueblos americanos, a quien con su afán y empeño les brindó la libertad. Ernst dio a conocer que la idea de presentar una exposición fue ideada por Guzmán Blanco. A partir de allí, la Junta que, además estuvo integrada por Arístides Rojas, Agustín Aveledo, el general Andrés Aurelio Level, Fernando Bolívar y Manuel Vicente Díaz, fue la que dio cuerpo a la Exposición. Fue un objetivo cardinal de la Junta Directiva ofrecer la idea más cercana a los “hechos reales”, en torno a la situación presente en Venezuela y de su “adelanto progresivo en sus distintas épocas, desde el siglo pasado a la fecha”.

     Comentó, además, que denominaron “Feliz” la idea de cerrar el gran evento con una Exposición Nacional a la brillante serie de festividades del primer Centenario del Libertador, porque no sólo era oportuna y de estar en completa armonía con las tendencias de la época, con la que se correspondía de modo “perfecto” el carácter esencial de las fiestas del Centenario. 

     Así, la idea de la Exposición cabía en una verdadera ofrenda en la conmemoración de una figura “providencial”, a quien Venezuela, junto con varias de sus hermanas de América Latina, debía su existencia política y el lugar como países independientes. Insistió que, todo hijo agradecido estaba en la obligación de dedicar, con real gusto, a la venerada memoria de sus progenitores, las realizaciones de sus industrias y las creaciones de sus talentosos hijos. En efecto, Venezuela ofrendaría, a quien sacrificó todo lo que poseía y cuanto era como ser humano, los tesoros de su fértil suelo, las cosechas de sus ubérrimas campiñas, todos los adelantos de su industria, las obras de sus pensadores, artistas y hombres de Estado, “todo, todo lo había de traer al ara de su gratitud hacia el Padre de la Patria”.

     Traer a colación esta Exposición resulta de gran importancia porque requirió la movilización de todo el aparato estatal, con el cual reunir en un espacio bienes naturales, industriales, intelectuales y culturales. Estos fueron exhibidos para que pudiesen ser apreciados bajo una mirada de reconocimientos y con los que los venezolanos alcanzaran a identificarse. Se debe agregar que, en este orden, el guzmanato se caracterizó por la reformulación del Proyecto Nacional ideado desde los inicios republicanos. El acto conmemorativo, muy propio del 1800, fue de suyo mundial, es decir, sirvió de acompañamiento para forjar una conciencia nacional. Lo que en el decimonono se denominó carácter nacional no sólo implicó atributos y especificidades nacionales, también formó parte del uso de una serie de dispositivos con los cuales inventar un sentido de pertenencia con el despliegue de las academias de la lengua y de la historia, así como la generalización de publicaciones, para niños, bajo el título de historia patria.

Presidente de la República, Antonio Guzmán Blanco

     Antes de 1883 Venezuela había formado parte de delegaciones que hicieron acto de presencia en algunas exposiciones internacionales, con lo que ya se habían realizado inventarios respecto a objetos industriales existentes. Sin embargo, para esta oportunidad la muestra fue mayor en cantidad, al no dejar de lado ningún objeto que constituyera los recursos trabajados o por trabajar en el país. Al justificar la Exposición, Ernst explicó que las exposiciones, fuesen nacionales o internacionales, industriales, artísticas o científicas, formaban parte del progreso moderno. Entonces, resultó muy natural que Venezuela diera prueba del “sorprendente progreso” que eran característicos de las “épocas presidenciales del general Guzmán Blanco”, y que, luego de haber participado en varios de los grandes certámenes industriales, en distintos continentes, viese realizado en su capital un torneo del “progreso semejante a aquellas”, aunque circunscrito a las producciones del propio suelo y a las obras de sus propios hijos.

     A pesar del carácter de la Exposición, las pautas contenidas en el reglamento, con las que ella se estableció, permitía la participación de países extranjeros que solicitaran incorporación al evento. El Comité Organizador se rigió de acuerdo con un Sistema General de Clasificación a partir del cual se organizó en ocho secciones, siendo dos de estas denominadas secciones especiales, integrada por: animales domésticos, horticultura y floricultura. La primera sección la integraron los productos naturales y agrícolas, la segunda por máquinas y utensilios, la tercera por productos industriales, la cuarta sección por bellas artes, la quinta por publicaciones oficiales, obras científicas y literarias y la sexta por objetos que pertenecieron al Libertador.

     La concepción general de la Exposición fue dada a conocer por Antonio Leocadio Guzmán en carta fechada en julio 27 de 1882. En ella insistió que debía mostrarse todo lo que se tenía en las distintas localidades del territorio nacional en lo atingente a alimentos, vivienda, vestimenta, educación, instrucción, costumbres, industrias, recursos por explotar, acompañado de estudios especiales, monografías y memorias en las que se ofrecieron detalles explicativos de cada uno de estos componentes.

     En la misma fecha, el presidente de la república había enviado una misiva a los presidentes de cada uno de los estados federales de la república, invitando a la participación en la Exposición. Las palabras tramadas por Guzmán Blanco evocaron la figura del Libertador como referente de identificación y pertenencia, así como que el afán aglutinador fue su propósito axial. Expresó que la Exposición del Centenario, que él había decretado como la “más grande manifestación de la gratitud de la patria a la memoria de su libertador”, simbolizaba una de las más trascendentes aspiraciones del país, en el que estaban cifradas las esperanzas de un importante desarrollo de sus elementos de prosperidad. La idea de nación que se buscó generalizar, entre quienes militaban en las filas del Liberalismo Amarillo, tuvo como modelo de construcción nacional las realizaciones de algunos espacios territoriales europeos y los Estados Unidos de Norteamérica.

     A raíz de esta disposición el espíritu reinante de la Exposición fue el de divulgar elaboraciones concordantes con el progreso material y la concepción de lo moderno en boga. De igual manera, no debe ser olvidado que el 1800 fue el siglo de la edificación de los Estados nación modernos. Fue una tratativa mundial en que se combinó el origen histórico con lo que la naturaleza ofrecía como potencialidad. El posibilismo fue una de las bases fundamentales para alcanzar el progreso y la civilización entre quienes reflexionaron y actuaron desde espacios postcoloniales. También la celebración de centenarios sirvió de pretexto para imaginar la memoria histórica, porque se pensó que ella era un eslabón necesario para crear similitudes y rasgos comunes pensados como propios de toda comunidad nacional.

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Hablando con el arquitecto Carlos Raúl Villanueva (Parte II)

Por Valentín Frontado,

Cosas de Caracas

En el futuro la ciudad será parte de un armonioso todo

     “El mundo marcha con demasiada rapidez” … Las palabras de Don Carlos Raúl me quedaron danzando en el cerebro. ¿Y porque no utiliza esa rapidez en el dominio de los recursos, para hacerse cada vez más feliz, sino que, al contrario, emplea todos sus inventos y todos sus descubrimientos en la empresa tétrica, estúpida, de aumentar su dolor?…

      Esto pensé, y no pude menos de expresarlo. Mi interlocutor, por toda respuesta, tomó el lápiz, lo fijó entre el pulgar y el índice, y velozmente trazó sobre el bloque de notas la silueta del mapa de Venezuela. Después, como quien pincha pasapalos con el escarbadientes, fue punteando aquí y allá, para indicar las capitales de estados. Finalmente, clavando la punta metálica de un compás en el sitio que correspondía a Caracas, trazó un amplio radio sobre la superficie territorial del país…

     La lección era tan gráfica, que no pude menos de entenderla; ella quería decir que la capital de la República tiene una razón para estar allí en ese punto: el rasgo descrito por el compás pasaba muy cerca de todas las capitales de estado. Observé:

     ― Un jueguito curioso, voy a recomendarlo a los lectores…

     ― Curioso y elocuente. Pero eso no es todo. Vea…

     Y me llevó ante un mapa-mundi. Guiado por su índice relacionó a Caracas, situada casi en la costa, sobre el Atlántico, con las costas europeas, situadas, como si dijéramos, “en la acera de enfrente”. Comenté:

     De modo que nuestra capital no solo responde a exigencias geográficas domésticas, sino internacionales también…

Carlos Raúl Villanueva (1909-1975), es considerado el arquitecto más influyente en la Venezuela del siglo XX

     ― Y así lo será por mucho tiempo, al menos mientras no se invente un sistema de comunicaciones que elimine el Atlántico con cauce del tránsito comercial y cultural entre los dos grandes Continentes…

     Aquí comenté para mis adentros:

     “! ¡Quién sabe si ya llegó ese día! ¡El mundo marcha tan rápido! ¿No se ha hablado de una ruta estratosférica por encima del Polo?” … Don Carlos Raúl prosigue:

La Ciudad Universitaria es la obra cumbre de Villanueva

     ― Con todo eso he querido mostrarle que las ciudades no son, o no deben ser, islotes humanos divorciados de la vida que se desarrolla más allá de sus linderos. La ubicación de una ciudad se ha inspirado siempre en una serie de relaciones más o menos próximas, más o menos lejanas. Pero estas razones estratégicas simples se complicarán en el futuro, tomando un sentido profundamente humano. Quiero decir que la ciudad, la región, el país, y en último término, los países entre sí formarán una trama de vinculaciones materiales que hará del mundo un todo homogéneo y fraternal. La ciudad irá al campo, y el campo vendrá a la ciudad. Los campesinos disfrutarán de los bienes de la ciudad, y los habitantes urbanos gozarán del ambiente campestre dentro de la propia ciudad…

     Para llegar allá es necesario organizar, compulsar, poner en juego esa ciencia que es más bien la reunión de todas las ciencias y que tiende a humanizar lo más profundamente la vida: el urbanismo. Y hace falta igualmente legislar, y esperar que lo legislado surta sus efectos…

     Para llegar allá es necesario organizar, compulsar, poner en juego esa ciencia que es más bien la reunión de todas las ciencias y que tiende a humanizar lo más profundamente la vida: el urbanismo. Y hace falta igualmente legislar, y esperar que lo legislado surta sus efectos…

     Cuando estreché la mano de don Carlos Raúl, ya era de noche. En la calle, una muchedumbre apresurada, angustiada, me lanzaba de aquí para allá, me empujaba, me confundía a cada instante entre las espirales de sus remolinos. Yo iba abstraído, meditando en las cosas que me dijera el artista. Y me decía maquinalmente: “¡Quizá llegaremos a esos días serenos en los que el obrero no sea una mera cabeza de ganado confundido en la muchedumbre de sus semejantes, arreado por el pito de la fábrica, espoleado por el rítmico e irremediable traquetear de las máquinas!…

     ¡Quizá llegará el día en que cambie este torturante espectáculo de cemento armado, y pueda aparecer ante nuestros ojos irritados, la generosa perspectiva del bosque y del riachuelo!” …

     Andando, andando llegué hasta la parte sur de la ciudad, y en un claro respetado hasta ahora por la marejada de la mampostería me detuve, porque al fin tenía ante mí, imponente, magnífica, la lejanía…

La moderna Escuela Gran Colombia de Caracas, fue diseñada por Villanueva en 1939

     Allá abajo, con todo el aparato de una decoración teatral, aparecían las faldas avileñas, teñidas por los últimos destellos solares con tonalidades de musgo, con matices de nácar, con transparentes coloraciones de violeta.

Tomado de la revista Élite. Caracas, N° 1.043, 29 de septiembre de 1945; Páginas 6-7, 34-35

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