Perfil de Caracas

Perfil de Caracas

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Crónicas de la Ciudad

Por Aquiles Nazoa

     Aun quedan en la Caracas de 1945 algunos caraqueños ingeniosos y bien educados: don Pedro Emilio Coll, el Dr. Santiago Key Ayala, Eduardo Michelena, caraqueñísimo gerente de nuestra “Lotería de Beneficencia” que escriben y hablan un castigado e incisivo idioma y sienten horror físico y moral cuando leen en un periódico venezolano de estos días frases como la siguiente: “La culturización masiva del conglomerado promete ser exitosa”. El área geográfica de estos caraqueños, últimos depositarios del estilo, se extendía en dirección oeste-este, desde el guzmancista “Paseo del Calvario” con sus ninfas y estatuas de bronce a la moda de 1870 y su romántico jardín criollo, hasta el parque de la Misericordia, deteniéndose ―es claro― en sitios tan característicos como la Ceiba de San Francisco, el patio de la Academia de la Historia, la esquina de Las Gradillas, la plaza Bolívar con sus viejos guerrilleros que cuentan anécdotas de la  revolución de 1903 del “Mocho” y del “Caribe Vidal” y la antigua “Cervecería de la Torre”, y que hasta 1925 ofrecía a los trasnochadores unas deliciosas tostadas de queso amarillo y un casi sólido chocolate español. Todavía en 1936, Luis Correa era un insuperable “cicerone” de Caracas. Luis representaba como pocos caraqueños esa curiosa mezcla de costumbres francesa y española que se superpuso al misterio y azar de nuestra visa criolla y marcó el tono social de la pequeña metrópoli entre los últimos años del siglo XIX y los primeros cinco lustros del presente: la Caracas de la época que puede llamarse con una palabra antipática, “pre-petrolera”. Era la Caracas donde las mujeres se vestían con los modelos de la “Compañía Francesa” que parecían reproducir las figuras de Toulouse Lautrec y de Renoir, aunque el exceso de plumas, de cabellera y de punzones en el sombrero no estuviera de acuerdo con la circunstancia climática. Del “Colegio San José de Tarbes”, donde aprendieron la angulosa caligrafía francesa con sus letras enormes y un tanto afectadas, las muchachas de la buena sociedad o de la clase media pudiente salían para casarse con tanta ostentación que durante una semana la crónica de los periódicos publicaba la heteróclita lista de los regalos. Estos comprendían desde los más caros aderezos de la casa Gathman hasta unas horribles estatuillas de terracota italiana con escenas pastoriles, cazadores de Tirol o muy sonrosadas aldeanas del lago de Como, de aquellas que describió Manuel Díaz Rodríguez en sus “Sensaciones de viaje” (1896). El desecho de esa Caracas que se fue, las últimas formas retorcidas del 1900 se pueden observar todavía en algunas casas de San José o San Agustín o en las “chiveras” como la del antioqueño Restrepo, quien con su cultura y formalidad colombiana ha actuado como un verdadero Proust del comercio siempre a la busca del tiempo perdido.

     El francecismo caraqueño de entonces predominaba en trajes y perfumes, en el exceso de Champagne Cliquot en los matrimonios y grados académicos, en la Literatura de la generación de “El Cojo Ilustrado”, que escribió cuentos a lo Maupassant, “manchas de color” y “análisis de almas. Prevalecía, además, en algunos restoranes ya desaparecidos como el “Louvre”, cuyos menús organizaban de modo insuperable los últimos “gourmets” que he conocido: Luis Correa o el Dr. Francisco Izquierdo, Gustavo Manrique Pacanins, ahora Procurador General de la Nación y adepto, por mandato médico, al Agua de Vichy o al “Evian”, quien fue hasta pocos años un excelente anfitrión. Las nuevas generaciones ―hay que decirlo― han pedido el sentido del gusto y hasta cometen el sacrilegio de beber whisky durante la comida. Pero aquel francesismo no chocaba, de ningún modo, con el españolismo más popular de viejos cafés, hoteles y botillerías como el difunto “Barcelonés”, el antiguo “Hotel Continental”, de grandes balcones gaditanos, cierto “Hotel Familias”, última Thulé de los cómicos y banderilleros sin contrata, ni con el entusiasmo por las corridas de toros, las inmensas apoteosis tributadas a Belmonte y al “Gallo” y la paciencia para escuchar recitales de Villaespesa, de Eduardo Marquina o de Juan José Llovet. Todavía en 1942 en alguna casa de la calle de Candelaria, en medio de una reunión con música y canto, la señorita recitadora que cultivaba como una orquídea su tuberculosos incipiente, disparaba ante el pequeño público os verso aprendidos en la “Academia de Declamación” de Fernández de Arcila:

En tierra lejana

Tengo yo una hermana

…………………………

() de manera más cálida

…Iba muerto de sed. Tú voz tenía

un trémulo frescor de agua corriente

     Era tan grande la separación de los sexos (aunque el fox y el one step representaron una verdadera revuelta moral frente al vals y la mazurca) que a través de los versos, muchachas y muchachos en plena combustión afectiva se decían lo que hubieran preferido decirse en el más elemental y eterno lenguaje de las manos.


El francecismo caraqueno de entonces predominaba en trajes y perfumes

     Mucha gente ―y es la diferencia con los presentes días― estaba entonces, como fuera de la circunstancia histórica. Apenas se podía afirmar que vivían. No era solo el horror de la dictadura gomecista que impuso casi a cada familia el tributo de un preso político, sino la mezquindad y pobreza de una clase media ―que aún no se atrevía a llamarse de ese modo― y el silencio y abandono del pueblo. Las pensiones de estudiantes por donde el 1922, 1923 los que teníamos veinte años entonces padecimos hambre e incomodidad, eran frecuentemente comandadas por señoras de muchas campanillas, aspirantes a conseguir una protección fija del Estado como descendientes de próceres o de los veinte mil generales que a través de las guerras civiles se sacrificaron por el país, y mientras la patria las premiaba, parecían cobrarse un anticipo de nosotros. Se puede hacer una novela triste y barojiana de aquellas pensiones de estudiantes. Están en la novela todos los elementos: el culto del pasado con la anciana señora que de su preterido esplendor efímero conserva zarcillos con que fue a un baile guzmancista cuando el centenario del Libertador; la tragedia de los “punta de raza” que interpretaron en algunos cuentos Pocaterra y Urbaneja Achelpohl; la del estudiante cuyo romanticismo contradictorio quiere conciliar el platónico amor, a base de versos, flores y cartas y la “enfermedad de trascendencia social” de que está padeciendo, y la inesperada presencia en la casa de dos policías de “la secreta” que vinieron a buscar a uno de los jóvenes “porque se había expresado mal del gobierno”. Y ya se sabía demasiado en los días de Gómez, cuál era el itinerario de quienes no trataban al Gobierno con irreprochable cortesía.

     Una Caracas plutocrática reemplazó ya, muy definidamente, hacia 1925 a la Caracas afrancesada y andaluza de los comienzos de siglo. La antigua economía agrario-pastoril era sustituida por la vertiginosa e imperialista Economía del petróleo. Naturalmehte que los grandes jefes petroleros de aquellos años, los ingenieros de Texas que vinieron a perforar nuestro subsuelo y los “advisers” políticos que toda compañía americana paga para entenderse con la mañosa gente criolla, visitaban al General Gómez y en las concesiones que el Gobierno hacía a las empresas, se reservaban algunas “royalties” de privilegiados del regimen. Así os últimos años de la dictadura constituyeron una invitación al enriquecimiento. Entre que nio siquiera se habían capacitado para ser ricos, saltando todas las etapas sociales y culturales, se veían de pronto con una ingente masda de millones. Si los venezolanos del 1900 bebían en las botillerías españolas de grandfwesw espejos y mesas de mármol o en los “Clubs” de “La Concordia”,  “La Alianza”,  ”La Unión”, ”La Amistad” y ”El Comercio” que existían en las capitales de provincia su cognac “Hennesy” o sus capitosos vinos andaluces y tarareaban cuando estaban borerachos, el dúo de “Los Paraguas” o la romanza del “Caballeo de Gracia”, desde 1925  el “whisky and soda” sustituyó a los licores mediterráneos y una borrachera ―cuando había norteamericanos― podía concluir con el idiota estribillo de una de las primeras películas habladas de entonces:

If I had a talking picture

of you…

     Las tertulias familiares con valses románticos, sangría preparada en la casa y poemas de Andrés Mata, fueron reemplazadas por los “parties” a la yanqui, en los “Country Clubs”. La muchacha nadadora o tennista tuvo más validez social que la recitadora. Entre 1925 y 1936, Caracas edificó para el exclusivo disfrute de una plutocracia satisfecha algunos de los más bellos clubs campestres de la América del Sur: el “Country” con sus grandes avenidas de Chaguaramos y mangos y el estupendo atersonado de su comedor; los “Palos Grandes” con sus terrazas que se recuestan junto al Ávila y proyectan el mejor balcón para dominar todos los verdes del valle; el  “Club Florida” con sus acacios rojos y su gran piscina de azulejos; el “Club Paraíso”. También ―y como la otra cara de la medalla― un infeccioso mal gusto de gentes que necesitaban mostrar su dinero, se divertía en algunas quintas de las urbanizaciones, quintas de doscientos a trescientos mil bolívares. 

     En Maracaibo, ciudad más afectada aun que Caracas por esta riqueza sin estilo ni raíces, el General Pérez Soto hacía erigir el complicado y costosísimom merengue, revestido den chocolate, fresa y sapote, de la “Basílica de Chiquinquirá”. El pueblo venezolano asistía mudo y desengañado a esta bacanal de los ricos; apenas los domingos en las pulperías del barrio de Catia mientras vaya su canción mexicana o su tango argentino la última victrola o radio estrepitosa perifonea las carreras consumían su “berrito” y su “caña” mala que daban a los hpspitales su cuota de desnutridos, tuberculosos o cirrósicos. Para la “consunción”, el “pasmo”, la“bola de fuego en el estómago”, el “quebranto de huesos” o la “lombriz de cuatro cabezas”, el viejo brujo criollo ofrecía sus pócimas, sus parches, yerbas y bejucos. Y hasta el Dictador Gómez, que nunca perdió el alma de labriego supersticioso y soprendido, consultaba al yerbatero Negrín. Desconfiado de todo ―hasta de su policía― había hecho traer de la montaña a una legión de mocetones sanos y analfabetos (a quienes se les hacía creer  que los “caraqueños” podían “madrugárselos”) para constituir la feroz banda de chácharos. En alguna oculta casa y por misterioso sistema de “células”estudiantes y chicos con deseo de emancipación se reunían para disvutior las bases del “materialismo dialéctico”. La censura intelectual la ejercitaban, a veces, en las librerías los “chácharos” que alcanzaron a aprender el “Libro Segundo” y que tenían órdenes de incautyarse de cuanto papel pareciera sospechoso. Pero se cuenta que una roja edición de “El Capital” de Marx pudo mostrarse impunemente durante largo tiempo en una librería porque su título parecía a los censores coincidente con el pensamiento del general Gómez. ¿No era el “Benemérito”, como decían los periódicos, “defensor del Capital y de los hombres de trabajo?”

     Para reposar y seguir mirando sus prados, los grandes bueyes zebú traidos de la India, los camellos de dos jorobas que eran ornato de su jardín zoológico y escuchar de madrugada las coplas del ordeñador, el General Gómez había construído para sí y para los suyos que fueran muriendo una alta tumba en forma de mirarete islámico, en la verde y jugosa campiña de Maracay. Allí duerme hasta ahora inalterable sueño, a partir de un trajinado mediodía de diciembre de 1935. Murió confortado por los auxilios humanos y divinos y hasta asistente al Solio Pontificio, porque Su Santidad lo hizo Conde romano, Caballero en grado máximo de la Orden Piana y lo emparentó con los Chigi y los Torlonia, los príncipes que desde hace siglos montan guardia junto al primer trono de la Cristiandad. 

     Sin embargo, se parecía, más bien, a los califas de las Mil y Una Noches en cuanto era profundamente desconfiado, hablaba en apólogos que se hacía necesario traducir al lenguaje lógico de Occidente y practicó casi que por obligación ritual ―porque era ascético más que voluptuoso― la más seria poligamia. Aunque parezca extraño, hay muchas gentes que todavía lo recuerdan y le rinden invisible culto porque, entre otras cosas, la Venezuela surgida después de 1935 les impone mayor esfuerzo mental. Por enero de 1936 los viejos parques de Caracas y hasta los dos circos taurinos (el “Metropolitano” y el “Nuevo Circo”) se convirtieron en foros ideológicos. Los emigrados que volvían de los más antípodas sitios del mudo, que vieron la “Plaza roja”, los mitines parisienses del “Vel d’hiver” o la huelga de los mineros asturianos, abrieron ante los ojos de la ávida multitud su caja de sorpresas políticas. Se arengaba y se discutía: había liberales, socialdemócratas, socialistas de la II Internacional, comunistas, troskistas y aun numerosos inconformes que aspiran a establecer su propia teoría sobre el Estado y la Sociedad. El lenguaje criollo que se estancara en la simpleza aldeana y la continua represión exigida por la dictadura o en la formas ya convencionales de los “dicursos de orden” y del pseudo-clasicismo académico, recibía un continuo aporte de barbarismos o de nuevas nomenclaturas para revestir las cosas. Surgieron palabras pedantes y difíciles como “culturización”, “conglomerado”, “estructuración social”. Una manifestación como la que en febrero de 1936 fue a pedir al General López Contreras que “ampliara el radio de libertades públicas”, (para hablar en lenguaje de aquellos días), se llamaba un “desfile masivo”. Pero, a través de las nuevas palabras, y aun contra el rechazo d els académicos, penetraba en la vida venezolana mayor emoción social y sentido de justicia. Hasta la mujeres prefirieron a su antiguo “Nocturno” en el piano, junto al novio pálido y el ramo de rosas, la organización de centros culturales y filantrópicos, de casas-cunas, casas hogares, y aun pronunciar arengas de lucha en la “Federación de Estudiantes” o en los incipientes partidos “democráticos”. El gobierno no podía menos que empezar a descubrir algunas palabras que como “Sindicato” habían sido proscritas del vocabulario oficial. En los periódocos podía decirse que en el llano habíam paludismo; que en el Estado Yaracuy la única forma de propiedad agraria es el latifundio y que los maestros primarios ganaban sueldos de hambre. Y aun contra todos los prejuicios (de los ricos contra los pobres, de una plutocracia irresponsable y satisfecha contra los intelectuales, de la mediocridad titulada contra el hombre inteligente, de los viejos contra los jóvenes, del venezolano que no salió nunca y se siente depositario e intérprete de cierta misteriosa realidad autóctona que no podrán comprender quienes vivieron en el extranjero), mucho se empezó a hacer. Surgieron nuevos hospitales, unidades sanitarias, escuelas, comedores escolares, institutos y servicio público de toda índole.

     Al pueblo y la clase media se le dieron facilidades para adquirir vivienda propia sin tener que pagar a los bancos el honorable interés del 12 por ciento y gravar todo lo mueble e inmueble con la más sólida hipoteca,. Junto a las urbanizaciones de los ricos aparecieron las de los trabajadores y modestos empleados como “Bella Vista”, “Pro Patria”, “Lídice”. En los grandes bloques del actual “Silencio” en que han trabajado arquitectos de fina sensibilidad como Villanueva y Bergamín no se escatiman el aire, la luz, los prados verdes para que corran los niños. Son como la maqueta y prefiguración de una nueva Caracas más aséptica, justiciera y luminosa que la que desapareció con la dictadura. En la Caracas de hoy ―como lo puede afirmar en Dr. Baldó― la tuberculosis ya no es una enfermedad de moda. Y la caraqueña prefiere su rostro y su espalda “arrosquetada” por el sol del deporte a la “palidez lilial” de otros días.

     Hay, naturalmente, grandes problemas por resolver. La vida es cara y economistas y sociólogos analizan los efectos que nos produce la racha petrolera. Se ha hecho bastante por la educación del pueblo, pero nos falta todavía un claro y preciso plan de alta cultura. A los veinte años los muchachos quieren ser ricos, miembros de los Clubs más plutocráticos, irresistibles dominadores de la Sociedad, pero carecen de calma para prepararse.

     Quieren realixar, a veces, la Revolución o el Capitalismo sin cumplir las etapas previas que las dos metas antagónmicas necesitan. El temprano discurso de mitin ahoga en algunos chicos que tienen talento, todo serio trabajo de estudio y documentación. Ya repetirán con una voz que de armoniosa se hará gastada, las mismas consignas que fueron nuevas y que se van descolorando. Las damas, en lugar de conversar, con su nativa gracia de pájaros, prefieren juntarse a jugar “bridge” o “rummy” . Lo que la vida social pierde en ingenio, buenas maneras y espiritualidad, se sustituye por inagotables rondas de whiskey y de cocktails. Lo más necesario para el éxito caraqueño no es la imaginación diabólica o el racionamiento calculador de los personajes balzacianos, sino el hígado a prueba de “bombas”y de trasnochos. Junto a los dorados “high balls” se hacen negocios.

     Y algún inmigrante audaz que llegó hace poco tiempo, aprendió pronto las mañas de los criollos y sobre esas mañas edificó su alta especulación, nos mira con piedad a los que en esta tierra tan próspera seguimos escribiendo o leyendo libros. Sin embargo, contra todos y contra la misma prosperidad, hay que seguir en nuestro duro oficio de ser venezolanos. La virtud nativa, por excelencia, es esta estoica y casi intemporal virtud del “aguante”. Ella le pone a la ilusión y esperanza con que es necesario seguir combatiendo y soñando por el país, un revestimiento duro y viril como el de la “pitahaya” que bajo su corteza espinoza acendra tan tónica frescura.

     Compréndame bien. Yo so caraqueño. Yo amo a Caracas. Por eso me duele ver mi ciudad convertida en la misma ciudad standard que vemos en todas partes. Asómese al balcón. A Caracas la quieren convertir en una ciudad de colmenas. Carlos Manuel Moller

 Infomación tomada de la revista Elite. Caracas, N°1.398, 19 de julio de 1952; Páginas 8-11

Navidad

Navidad

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Crónicas de la Ciudad

Por Aquiles Nazoa

     Tal vez el atributo que le confiere a la Navidad tan conmovedora significación humana sea el trasfondo melancólico que matiza su bulliciosa alegría. Un resplandor de inefable tristeza convoca en Navidad el corazón de los hombres hacia la memoria de cosas muy lejanas y un tiempo amadas. Pero es también esa la fiesta de la esperanza, de la fraternidad y del amor. El alma del niño que una vez fuimos divaga entre los olores caseros del turrón y las ropas de estreno; la sonrisa de nuestra primera novia tiene la boca llena de uvas. La Navidad nos pone a vivir en dos tiempos. Nos bastaría subirnos en el trineo de esta hermosa tarjeta, para viajar con el sueño hasta el país de los cocuyos; pero una rápida mirada por la ventana, hacia el radiante cielo nocturno de diciembre, nos restituye a la fe en que este instante del mundo es también hermoso, puesto que aún podemos de un solo trago celeste, llenarnos los párpados de estrellas.

Navidad caraqueña

     En todos los países se asocia la Navidad a la idea de niñez; lo que permite definirla como la fiesta más bella que se haya inventado, es precisamente el hecho de ser unas efemérides cuyo personaje central es un niño. Es igualmente la Navidad entre las fechas del cristianismo, la más popular y extendida en el mundo, pues merced a los atributos de ternura que reviste, es la que más hondo llega al corazón de los hombres en todas las latitudes. Tórnense en esos jubilosos días los ojos espirituales de la humanidad hacia el resplandor de la esperanza en que envuelve a la tierra, desde los cielos más azules del año, la Estrella de Belén, anunciadora de paz y buen tiempo para los habitantes del mundo. Ya en las gélidas tundras que entristecen el mundo blanco de los trineos, ya en las grandes ciudades septentrionales que en estos tiempos se recogen en su sueño melancólico y sereno, algodonados los días por el perezoso descenso de los copos ya en las comarcas cálidas de América, donde la tierra se exorna con el azul infantil de las flores de pascua, animados todos los seres de un misterioso impulso de regreso en el tiempo, diríase que para esa época jubilar del corazón, los pueblos se hacen niños y en el culto inocente, casi pueril, que dedican por entonces a la figura encantadora del Niño Jesús, realizan idealmente el anhelo, que a todos nos asiste en lo más secreto de nuestra intimidad, de retornar alguna vez por siquiera un instante, al mundo iluminado de nuestros siete años.

     Es por eso la Navidad la fiesta de los juguetes y de las golosinas, la que trasciende el sentimiento religioso para asumir el acento de los cuentos y de las fábulas: centrada en la figura de un niño, la ternura del símbolo auspicia su maravillosa atmósfera de infancia. Trineos, pastorcillos, nieve, menudos corderitos, reyes mágicos: todo ese elenco humano, todo ese decorado y fabulosa utilería que adornan tantos siglos de tradición navideña, parecen más que los componentes de una conmemoración religiosa, los del más lindo de los cuentos.


San Nicolas, símbolo de alegría navidena

     Lo que es hoy la Navidad remonta sus orígenes a tiempos remotísimos de la historia. Como la conocemos hace 19 siglos consagrada en ese tiempo a festejar el nacimiento de Cristo, ya la celebraban mucho antes del cristianismo los romanos y se la consagraban a la primavera, en la figura de Ceres, deidad pagana de las cosechas, y también en la de Venus, diosa del amor. Siempre se la relacionaba con la idea del nacimiento, pues se refería precisamente a la estación en que la tierra se despoja de las nieves que durante el invierno la mantuvieron como muerta bajo su melancólico sudario, y resurge a la vida, cubierta de hojas nuevas y coronada de flores, mientras los ríos reinician la música de su viaje, derretidos ya los hielos del invierno por el padre sol, que aparece victorioso en el limpísimo cielo de primavera.

      La gente entonces se contagiaba de la alegría del mundo que reasumía el júbilo y la belleza del vivir. Las fiestas se ilustraban con actos hermosos de fraternidad y amistad. Como hoy todavía, los ciudadanos se prodigaban en sonantes abrazos, se hacían regalos y se congregaban en imponentes comilonas. Los dignatarios comparecían fastuosamente vestidos, en compañía de su familia, a la puerta de sus palacios, para recibir las felicitaciones de sus súbditos, criados y amigos. Estos traían la felicitación finamente caligrafiada en una tablilla, y antes de entregársela al anfitrión se la leían de viva voz. Así nacieron las que hoy son nuestras tarjetas de Navidad. Las redactaban y caligrafiaban unos escribanos públicos llamados tabeliones, que eran a la vez poetas y artesanos, y para aquellas ocasiones se instalaban con su equipo en las plazas públicas. Los tabeliones romanos son los precursores más antiguos de las imprenticas que con idéntica finalidad de imprimir tarjetas de felicitación, se establecen por el tiempo de las Pascuas en los mercados de Caracas.

     La más conmovedora manera de celebrar la Navidad es quizá la que se practica en algunas regiones de Alemania. El acto con que las fiestas comienzan es aquel en que los niños de la ciudad van en procesión hasta el cementerio para ponerles en sus tumbas regalos a los niños allí enterrados. En la Unión Soviética la fiesta no es religiosa, pero es igualmente bella. En esa época, todos los escolares y estudiantes se van a los campos para prepararles sus cuevas y nidos o guaridas a los animalitos, a fin de que las conserven dispuestas, accesibles y tibias durante las terribles nevadas que azotan en esa época a la tierra rusa. En Inglaterra es tradición que, los niños, de los dulces y panes que se sirven en Navidad, reserven unas migajas para ponérselas ellos mismos en las ventanas a los gorriones, que durante el invierno se quedan sin alimentación. En Venezuela la tradición navideña no ha conservado su genuidad sino en los Estados Andinos. Allí para estos días se usa todavía el adornar las casas con ramas de la planta aromática llamada Albricias, palabra que designa el regalo que se hace como recompensa al que nos trae una buena noticia. Ese es el sentido simbólico de las albricias andinas: es la recompensa que el pueblo le ofrenda al Niño Jesús por la buena nueva que trae, de que el hombre se salvará. Es muy estrecha en todas las expresiones de la tradición, la relación entre las plantas y la fiesta de Pascuas, por lo mismo que más o menos visiblemente, la celebración sigue fiel a su origen pagano, que la refería al renacer de la Naturaleza. Esa simbología vegetal se conserva vivísima en la figura del arbolito. El arbolito de Navidad es siempre un pino, árbol que desde antiguo emblematizó en los países nórdicos la vitalidad invencible de la naturaleza, pues el pino es el único árbol que, en el invierno crudo del Norte, permanece indemne a la acción del frío, además de ser en aquellas comarcas un proveedor insustituible de calor para la casa.

Estrella de Belen anunciadora de paz y buen tiempo para los habitantes del mundo

     Los niños en muchos países de Europa bailan alrededor de un pino que ellos mismos trajeron del bosque y lo han colocado en su casa graciosamente paramentado. Al dar las doce la Nochebuena, apagan las luces y todos se sientan en silencio a cierta distancia del arbolito, por creer que a esa hora aparecerán debajo de sus ramas elfos y gnomos. En otras partes, Austria y Alemania, los emblemas de Navidad se conservan hereditariamente a lo largo de siglos a veces, en una misma familia. Cada año se enciende a media noche un rato y luego se vuelve a apagar. Su simbología es aún más antigua: se relaciona con los cultos prehistóricos relativos a la conservación del fuego por el hombre.

     Los regalos de Navidad tienen desde los tiempos del paganismo una significación supersticiosa: se creía que lo obsequiado en aquel momento alboral del nuevo año, se multiplicaría luego, lo mismo para el obsequiado que para el donante. Se llamaban augurios, palabra que define en su origen latino, adivinación del porvenir por el vuelo de las aves. Los aguinaldos –en su sentido de regalo navideño– son de origen celta. Au gui L’anne neuf designaban en la Francia antigua a una planta de hoja muy decorativa que parasita de la encina. Tiene como el pino esa planta la facultad de resistir el invierno; por eso adquirió la significación simbólica de sobrevivencia, que le otorgaron los druidas. La cortaban en los tiempos de Navidad, en medio de magníficas ceremonias y fiestas, utilizando una hoz de oro. Esa tradición ha sobrevivido en casi toda Europa, y se continúa en los Estados Unidos. La hoja tal no es otra que el muérdago, cuyas coronas u otras formas de arreglo son por estos tiempos industrias de consumo. La figura de Santa Claus participa con todos estos atributos del gran elenco navideño que entre nosotros se embellece con la imagen más tierna de la hagiografía cristiana, el Niño Jesús. San Nicolás, castellanización de Santa Claus, es santo perteneciente a la rama ortodoxa del catolicismo. Griego de origen, fue adoptado como personaje Simbólico del espíritu navideño por los holandeses. Los colonos que partieron de Holanda para fundar la ciudad de Nueva York adornaron con su efigie el célebre barco «May Fair» en que hicieron el viaje. Se lo aplicaron a la nave como mascarón de proa. Así como Santiago es el patrón de nuestra Caracas, el de la ciudad de Nueva York es ese anciano rozagante, el simpático Santa Claus, circunstancia que hace de aquella gran urbe una especie de capital espiritual o Santa Sede de la tradición Navideña.

     Los aires finísimos de diciembre se ocupan ahora de colorear con sus acuarelas de alegría las mejillas de la ciudad, para la fiesta que ya enciende sus primeras estrellas de juguete sobre el cielo venezolano. A toda prisa prepara el Ávila su magnífica escenografía, compuesta para esta ocasión, de nubes a lo Botticelli, y suntuosa tapicería de esmeraldas y crepúsculos. De un momento a otro se abrirán los antiguos balcones de la montaña tutelar, para que a ellos se asome, como una reina modelada en fulgores de oro, la Estrella de Belén, cuya significación como emblema de paz y de amor para todos los seres, traduce la emoción venezolana en palabras tan perfumadas de tradición y animadas de fraterno impulso como «¡Felices Pascuas!».

La Navidad es la fiesta de los juguetes centrada en al figura de un nino

Tomado de Las cosas más sencillas. Caracas: Oficina Central de Información (OCI), 1972

Personaje popular de la Caracas de 1920

Personaje popular de la Caracas de 1920

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

     Entre los personajes populares de la Caracas de los años 20 se encontraba un guaireño que atraía la atención de la gente por su extravagante manera de vestir. Se trataba de un señor de poco más de 50 años, de nombre Vito Modesto Franklin, quien, de un viaje por España e Italia a comienzos del siglo XX, regresó a Venezuela contagiado por una manía nobiliaria que lo llevaría a adoptar un estrafalario modo de vestir.

     Por lo general lucía paltó levita, camisa mosquetero de ancho cuello y bocamanga de encaje, corbata de plastrón, pantalón corto y zapatillas de raso con hebilla de plata, con un sombrero de copa negro, con la mano derecha enguantada, una peluca, monóculo y un bastón con singular empuñadora. Caminaba por las angostas calles del centro de la ciudad con pasos seguros y mirando de reojo el entorno.

     Todas las tardes se le veía en la plaza Bolívar. Sus excentricidades fueron notables. En los carnavales de 1922, recorrió las calles ataviado de manera ridícula encaramado en el techo de un vehículo, agitando los brazos saludando a una imaginaria multitud.

     Por ocurrencia del poeta Leoncio Martínez (Leo), director del semanario humorístico Fantoches, a Vito Modesto le endilgaron, en 1924 y desde ese periódico, los apodos de “Duque de Rocanegras” y “Príncipe de Austrasia”. A partir de entonces, las burlas y caricaturas de la prensa incrementaron la popularidad de este distintivo personaje. Fue tal la fama que alcanzó, que su nombre dio lugar a la palabra «Vitoco», de donde se originó también otro vocablo: «vitoquismo», sinónimo venezolano de narcisismo y presunción.

     Pocos años después de la muerte del Duque de Rocanegras, el joven poeta Aquiles Nazoa, quien entonces contaba con 23 años y daba sus pasos iniciales como literato, escribió en el recién fundado diario caraqueño Últimas Noticas (8 de febrero de 1943, páginas 4-5 y 2) una extensa crónica sobre las andanzas de Vito Modesto Franklin, que ofrecemos a continuación:

Crónicas de la Ciudad

Por Aquiles Nazoa

Caracas fue suya por 10 años

     “La vida pintoresca de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca Negras y Príncipe de Austrasia, cautivo de la fantástica princesa Piperacine Midy. Caletero en La Guaira. Jugador afortunado. Seminarista. Tramitador de hipotecas. Trotamundos. Árbitro de la elegancia. Obcecado por sueños de grandeza. Amó fervorosamente a Carmen Flores y por ella estuvo a punto de batirse con Enrique de Borbón.

     Cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar por el Ávila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles. Luego tendrá nuestro escritor que dedicarle un capítulo a Cenizo, el perro bohemio, amigo de los poetas del 20 y trasnochado huésped de la Plaza Bolívar, a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre. Un capítulo vendrá después en esa frívola historia; un romántico capítulo de cuya extravagante verdad dudarán muchos porque con sus esplendorosas noches de teatro, sus carnavalescas lluvias de bombones, sus amores, sus blasonas inverosímiles y sus sueños de grandeza, caídos todos de una vez como torres de arena, parecerá más bien arrancado a alguna novela del romanticismo decadente del novecientos. Y este capítulo será el que trate de la aventurera vida de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca negras y Príncipe de Austrasia.

Caricatura anónima de Vito Modesto Franklin

     ¡De dónde había salido aquel aristocrático personaje de orgullosos ademanes y prestigiosa elegancia? ah, si ustedes lo hubieran visto pasearse con paso seguro por las calles de Caracas y saludar discretamente con su diestra enguantada de gris a los pocos transeúntes que le merecían ese honor y pararse por las tardes junto a los barandales de la Plaza Bolívar, con la mirada perdida entre los árboles: aquella mirada suya que aparecía más grave y displicente cuando se calaba los lentes para seguir el paso de alguna mujer. Era de alta estatura y lucía más arrogante y esbelto entre la refinada elegancia de sus trajes, Porque el Duque vestía de exquisita y extraña manera, gusto daba verle en las mañanas primorosamente modelado en un traje de paño verde, y sobre el pecho que se erguía como proa, la ondulante corbata de seda verde lino armonizando sus pálidos reflejos con las luces cambiantes del enorme diamante que la sujetaba. O por las tardes, vestido de claros grises, en el anular una esmeralda coronada de plata y un clavel muriendo en el ojal. Pero era por las noches, ataviado de pontificial morado o azules de media noche, cuando aparecía como nimbado de leyenda, solo en un palco del viejo Olimpia, adornado expresamente para él con crisantemos de invernaderos, orquídeas de montaña o aristocráticas rosas encendidas. Cuando morían las primeras luces para comenzar la función, la mano del duque apoyada tranquilamente en el balconcillo dejaba asomar las tres bellotas de oro de la finísima esclava que le ceñía la muñeca derecha.

     -Esta esclava, amigos míos -afirmaba el duque-, no es tal esclava. Esta es la faja merovingia que usaba el rey Clodoveo; y las tres bellotas que son los tres infantes de Borbón que aquí los llevo- y agitaba orgullosamente la mano.

     Opacos y sudorosos fueron los días de juventud de Vito Modesto Franklin. Caletero de los sórdidos muelles de La Guaira, primero: diestro jugador después y preso más tarde. Su vida de aventura comienza a los 19 años, cuando Rodulfo, amigo de su infancia, lo lleva a El Gato Negro, famosa posada y garito que ostentaba su prestigio de posada en este curioso anuncio:


¡Es “¡El Gato”, en verdad un Paraíso!
¡Allí el talento del mondongo brilla:
La gracia virginal de la morcilla (sic)
¡La sublime elocuencia del chorizo!
(La Estudiantina,19-3-87)

y que ostentaba también, pero sin anunciarlo, su prestigio de garito en que se hacían las mayores paradas de La Guaira. Allí se adiestró Franklin en el arte de “Colear paradas”, “peinar” y “preparar” dados, y no huno nadie más fino que él, ni más afortunado en el riesgoso oficio del juego. Creció su fama de jugador y pareja con ella creció su fortuna. Y de sus turbios manejos surgió una noche el trágico accidente que habría de ampliar más tarde los horizontes de su vida de jugador: esa tragedia en la que resultó accidentalmente muerto por él, de un tiro de revólver, su amigo Rodulfo, lo llevó a la cárcel por tres años.

     Salido de presión, se dio a viajar por todos los centros de juegos de Centro y Sur América, regresando años más tarde, después de haber desbancado en Panamá, La Habana y Buenos Aíres. Pero Franklin se sentía solo; y agotado tal vez de su agitado vivir, acogiese a la tranquilidad sombra de un seminario. Y entre ayunos y oraciones transcurrió lo mejor de su juventud. A punto de tonsurarse ya, se descubrió que había un muerto en el lejano pasado; y aquel hombre caído en el garito del “Cardonal” se interpuso entre el seminarista Franklin y su primera misa. Truncada así esta ilusión de su vida, se internó en los campos mirandinos de Barlovento y Rio Chico, donde su función de mediador y tramitador de hipotecas, compras y ventas de inmuebles aumentó su fortuna. Volvió entonces a su Guaira natal y de allí después de un romance sin éxito con la viuda de Cipriano Rodríguez, embarcó para España.

     Franklin ha llegado a la alegre Madrid de 1916 y es el paseo El Retiro al pasar aparatoso del real carruaje de Alfonso XIII donde comienza a definirse su verdadera vocación. Ya no piensa en desbancar grandes mesas ni en decir sermones. Su mente se ha afiebrado por un dorado sueño de grandeza y ya este sueño no le abandonará jamás. Se dejó crecer grandes patillas: dignificó sus ademanes y sus gestos desde entonces fueron cortesanos y galantes: sus mejillas lucieron más frescas bajo el rosa leve del carmín y su rostro todo al que se adherían discretamente los polvos de arroz, cobraba una exquisita palidez de rostro infantil. Varios miles de pesetas en exóticos trajes diseñados por él complementaron su rara hermosura. Porque aquel renovado Vito Modesto Franklin resultaba extrañamente hermoso, y cuando en 1921 regresó a Caracas, pocos días bastaron para que fuese suya la atención de toda la ciudad. No había pasado la admiración del primer encuentro con aquel “arbiter elegantiarun” tropical, una nueva ocurrencia vino a aumentar la apasionada curiosidad pública que su persona suscitaba. Un buen día amaneció nuestro Franklin con el resonante título de Duque de Roca Negras. El miércoles de ceniza de 1922, muy por la mañana, irrumpió en la redacción de “El Heraldo” y con altivo gesto y triunfante sonrisa, desplegó ante los ojos incrédulos del redactor de turno, un viejo pergamino sellado en lacres y con gallardo tono de voz, explicó el contenido de aquel enrevesado documento.

Silueta Vito Modesto Franklin. Por Raúl Moleiro, 1923

He aquí, amigo mío, que la sangre azul de las Españas florece entre mis venas. Este pergamino es el documento público por el cual se da cuenta en mi rancio abolengo, y consta en él que el año de gracia de 1821, Su Majestad el Rey Fernando VII declaró a doña Felipa Montes, heredera de Hernán Tigifredo, Duque de Roca Negras, con derecho a disponer del condado de Pontevedra los ducados de Roca Negras, Cantabria y Alaba. El de Cantabria pertenecía al Rey Don Pelayo, primo de Hernán Tigifredo; y el año 60, los señores Joaquín Montes y Felipa Montes, reservan tales nobles derechos con favor de Franklin soy legítimo y primo de Don Pelayo; único heredero, por tanto, de los títulos Roca Negras, cuyo blasón ostenta una roca color betún sobre campo de gules y gulas (sic) y atravesado por dos puñales, símbolo del amor y de la fuerza.

Esta noticia del ducado de Vito Modesto corrió de boca por toda la ciudad; y ya nadie más le llamó doctor Franklin, ni pare Franklin, ni señor Franklin siquiera. Parecía que todos estaban esperando aquel título, para llamarle duque, porque duque, en cierto sentido, era su verdadero título

En abril del mismo año debuta en el Teatro Calcaño La Lusitana, famosa coupletista, por cuyo amor imposible estuvo el duque en trance de suicidio. Cada noche, desde su palco solitario, llovían rosas a los pies de la coupletista. Ella, en pago de las galantes ofrendas de flores y de amor popularizó, cantándolo para él en sireé de gala, el couplet “El Duque de Roca Negras”, letra de Leo. Con La Lusitana se me fue también una ilusión del duque, ilusión que renació luego, en junio, pero encarada en otra coupletista: Carmen Flores. Y si la Lusitana los trasformó de tal manera, por Carmen Flores estuvo a punto de enloquecer. Carmen debutó en el Olimpia, que era propiedad del duque. Volvieron las flores y las fastuosas noches volvieron. Y de este amor como del otro, cosechó sólo couplets y canciones. Y ocho días antes de partir Carmen Flores dio una función en honor al duque. Allí estaba él, en su palco adornado, una rosa impoluta en el ojal, la corbata muaré despidiendo ondas de luz.

     – ¡Que hable, que hable el duque! – pedía a gritos la sala entera.

     Y él se irguió emocionado, alzó la derecha en que cantaban las bellotas de su esclava y dijo estas cortas palabras:

     – ¡Señores! Veo y no miro lo que veo.

     Una salva de aplausos atronó la sala. Y por el maquillado rostro del duque, rozó una lágrima de gratitud. Terminada la función, se prolongó la fiesta en el camerino de la actriz. Aquella fue una fiesta frívola y apasionada, y hasta extrañamente pagana: pagana, sí, porque Carmen Flores, fingiéndose Diosa de la nobleza, vertió champán en sus labios sobre el ombligo del duque, porque han de saber ustedes que el duque tenía un ombligo de perla nacarina, según él, y algo salido, característica natural según él también, de los legítimos nobles. A los pocos días la fotografía del ombligo del duque era expuesta como joya de valor en el escaparate de la “Bota de Oro”. Carmen Flores se marchaba, pero él le daría un imborrable recuerdo de su amor, y así fue como una noche, cuando Enrique de Borbón – aquel aventurero primo de Alfonso XIII que seguía apasionado los pasos de Carmen Flores, el duque impidió indignado aquel brindis.

     – ¡No! – le dijo rojo de ira- No han de rodar los nombres de las señoras por entre copas de taberna.

     Borbón aprovechó para teatralizar y le lanzó un guante al rostro.

     -Mis padrinos irán a verle mañana- concluyó el español.

     Aunque aceptado por el duque, no se efectuó el duelo, pues al día siguiente ya Borbón iba camino a Colombia, siguiendo siempre a la Carmen.

     Otro amor que se fue y el duque estaba desolado. No podía resistir la ausencia de su Carmen Flores, y hubiera muerto de melancolía si a mediados de abril de 1923 no recibe aquella carta, aquella famosa carta, en que, desde la lejanía. La carta contenía un retrato con autógrafo:

     “Querido Duque: Tiempo mucho lo que es amor secreto. Estáis ceñido a mi amantísimo corazón (..) y el corsé a mi cintura. Permitidme contar desde hoy con la promesa de vuestra mano. La mía, vuestra fue desde siempre. Beso vuestros pies: Piperacine Midy- Princesa cautiva de Austrasia-“

     Ah, ¡que fiesta dio el duque a sus amigos para celebrar aquel suceso de amor!

Las flores y el champán corrieron como ríos dorados por las mesas de “La Glaciere”. Pero la alegría que le trajera aquel misivo fue pronto nublada. Alguien había herido al duque en lo que más caro para él: su elegancia: alguien quería aparecer más guapo y mejor vestido que él. Y ese alguien era Rodolfo Valentino. Y el duque pisoteó el nombre de aquel Narciso falsificado, que carecía de sangre azul, que no tenía como él 1,80 m de estatura, si como él tenía sus curvas apolíneas de ánfora etrusca.

-Esos palurdos-declaró el duque para “El Heraldo”- alzan vulgar vocifera a favor de ese macaco que se moriría de envidia ante la delicadeza oliente de uno de mis calcetines!

El poeta Aquiles Nazoa

     Para corroborar lo dicho, se hizo una foto nudista y mandó exhibirla en diversos lugares. No se convenció la gente, empero, y el comentario del día era “El hijo de Sheik” por Valentino. Entonces salió nuestro otoñal Petronio en busca de su princesa. Y en 1925 se paseaba tranquilamente por las calles de Londres, donde, según el “Daily Telegraf”, los transeúntes se detenían para verle pasar, asombrados de su extraordinario parecido con Oscar Wilde. Por el brillante que lucía, en una sortija por la noche y en el imperdible por el día, un joyero francés estando en París en 1926, le ofreció 18.000 francos, que él rechazó. El duque regresó a Caracas tras larga ausencia. Tenía ya cerca de sesenta años, pero representaba cuarenta a lo más. Mucha de aquella popularidad del 22 estaba perdida. El sonaba sí: pero con mayor fuerza sonaba el radio, que recién había llegado al país; y su curiosa figura ya había dejado de ser rareza, para convertirse en otro aspecto del paisaje caraqueño, como la torre o como la ceiba de San Francisco. Así lo comprendió él y buscó nuevos caminos, sin abandonar su indumentaria, sus cosméticos, sus lentes ni su ducado, se inició en el mundo de la mecánica y junto con un protegido suyo inventó en 1929 un “avisador de incendios”. Listos ya los planos, quiso, para desgracia suya, llevar todo aquello a la práctica. El 6 de diciembre de 1930, una ambulancia conducía al Duque de Roca Negras al hospital Vargas. Minutos antes, la explosión de un bidón que mandó llenar de aire le había quebrado una pierna. La hermosa peluca, comparada en la mejor peluquería de París, fue hallada debajo del Puente Junín. La elegancia había sucumbido. Vito Modesto Franklin, que del accidente salió cojo, ya no era sino un vulgar transeúnte, de sombrero y pantalones largos, como otro cualquiera. A la sombra de su vieja casa de Glorieta, soñando ante aquel montón de papeles y retratos que resumía su vida aventurera, en el olvido de la ciudad que fue suya por diez años, murió su excelencia el 17 de julio de 1938. Un estanque de agua clara nos indica el camino de su tumba solitaria”.

Caracas en 1891

Caracas en 1891

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

     El historiador caraqueño José Antonio de Armas Chitty (1908-1995) se incorporó al Instituto de Antropología e Historia de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1949. A partir de ese momento, inició un arduo trabajo de investigación sobre personajes, pueblos y ciudades de Venezuela. Entre los numerosos hallazgos que logró, tanto en archivos nacionales como extranjeros, se encuentra una interesante y detallada crónica sobre la Caracas de hace ciento treinta años atrás: 1891.

     El escrito no está firmado, pero tiene gran importancia por la magnitud de datos que proporciona, debido a ello, de Armas Chitty, en su afán de divulgar nuestra historia, lo transcribió y publicó en el diario El Nacional, en su edición del viernes 11 de mayo de 1956. Muchos años después, en mayo de 2020, el trabajo fue reproducido en el acucioso blog de la profesora María Filomena Sigillo, denominado “Caracas en Retrospectiva”.

     He aquí la valiosa crónica:

Crónicas de la Ciudad

Por José Antonio de Armas Chitty

Mariano Picón Salas

     “La Caracas de 1891 tenía algo más de setenta mil habitantes y cerca de noventa mil incluyendo las parroquias foráneas. También alrededor de diez mil casas. Las parroquias foráneas eran Antímano y Macarao, La Vega, El Valle, El Recreo y Macuto. Era un pueblo grande cuyos límites urbanos no pasaban de las esquinas de San Roque, Palo Grande y Alcabala.

     Aunque hacía El Paraíso ya se prolongaba el ansia de romper aquella figura irregular que venía desde la Colonia, Caracas vivía entre El Ávila, el Guaire, los pastizales de las Haciendas El Conde y el bosque occidental que llegaba hasta La Quebradita. La visión de esta Caracas nos la ofrece una “Descripción” de autor desconocido que publica el “Boletín de la Riqueza Pública de los Estados Unidos de Venezuela”, en su número, 16 correspondiente al 28 de octubre de 1891. Quizás escribiese la “Descripción” algún redactor del “Boletín” o su director Carlos M. Rosales, aunque lo escueto de los datos y lo desaliñado del estilo hace pensar que no fuese Rosales.

     La ciudad, según el ilustre anónimo, tenía un área de 4.272.000 metros cuadrados. Alude a las partes más altas de Caracas, la Alcabala de La Pastora, a 1.043 metros sobre el nivel del mar, y la de Puente Hierro, a 880. Para esta época había pues una alcabala llamada de Puente Hierro y es lógico pensar que estaba ya un puente de hierro.

     La “Descripción”, como es natural, dice que la ciudad ha sido cuna de egregios varones y enumera los principales héroes del partido civil y militar; viajeros ilustres que visitaron a Santiago de León durante la Colonia y época posterior; hombres de ciencia que gozaron de la calma de aquellas saudosas y lentas cuando nuestros antepasados iban graves de negro, sombrero alto, ceremoniosos, por las calles angostas y empedradas.

     La narración está acorde a la arquitectura de la ciudad. 

Raimundo Andueza Palacios por Antonio Herrera Toro

     Dice en efecto: “Vista por el lado físico, la ciudad de Caracas presenta hoy un aspecto encantador. A las estrechas calles han sucedido elegantes avenidas y a las sombrías y lisas paredes de los conventos y edificios públicos, las fachadas de arquitectura moderna. El alumbrado de gas ha sustituido al petróleo y el encanutado de hierro a las antiguas cañerías para el reparto de aguas. El sistema de fabricación ha cambiado radicalmente sin que pueda decirse que haya casa de las nuevamente construidas en que la elegancia del frente no corresponda a la belleza y comodidad del interior”.

Niños caraqueños

     Sin duda que es admirable el entusiasmo del cronista, pues las flamantes avenidas a que se refiere debieron ser las calles aledañas al Capitolio, obra de Guzmán Blanco, después que el Ilustre echó abajo el convento y el Capitolio alzó sus columnas griegas, quedó en las calles que lo rodean espacio suficiente para avenidas futuras. Este espacio es lo que anima y hasta deslumbra al desconocido cronista.

     Pero viajemos: “Tiene Caracas espaciosas y empedradas calles tiradas a cordel con acera de cimento romano; (así cimento, como se dijo hasta hace más o menos treinta años); doce plazas con preciosas alamedas y jardines y decoradas con estatuas de nuestros libertadores y hombres preeminentes; un viaducto de 141 metros que una el paseo de “El Calvario” con la capilla del mismo nombre y 40 puentes que facilitan el tránsito; entre éstos, sobresalen el de la “Regeneración” y el llamado 9 de febrero que son de hierro y de atrevida construcción.

     Más adelante al referirse a los edificios oficiales habla de “la Casa Amarilla residencia particular del presidente de la República”. Para demostrar que el movimiento urde es inmenso, el cronista es injusto con las carretas pues a ellas es a las que debe aludir cuando al final del siguiente párrafo dice: “Sus calles están cruzadas por varias líneas de tranvías y por innumerables coches y otros vehículos”.

Hotel Humboldt

     Al indicar las líneas férreas que partían desde Caracas hacia el interior, después de citar que iba a La Guaira “obra de audacia incontenible”; la que llegaba hasta Petare, Antímano, Los Teques, habla de “la última que une con el Pueblo del Valle”. Ignorábamos que hasta El Valle hubiese existido ferrocarril.

La Caracas de los techos rojos

     Era pues, nuestra Caracas estrecha “vista por el lado físico de su aspecto verdaderamente encantador”. Ofrecía también la ciudad- según el cronista- “todos los elementos de comodidad y distracción que puede tener la vida civilizada; teatros, hoteles, fondas, clubs, cafés, etc. y para alimento del espíritu y estimulo del hombre estudioso una famosa biblioteca de 31.125 volúmenes”. Igualmente alude al Museo Nacional donde había colecciones valiosas de “objetos de mérito y documentos”.

     Esta Caracas de “tan amplias avenidas” tenía 168 médicos cirujanos, 182 abogados, 165 ingenieros y 70 agrimensores. La “Descripción” promete una parte en la cual estudia y aborda la instrucción pública que no hemos podido localizar. 

     Así era Caracas de 1891, la de Andueza Palacios, capital de un país que vivía del café, del oro, de las reses (entiéndase vacuno); un país que exportaba hasta buches de pescado. Un año después, por octubre, entraba a la misma Caracas bajo un aguacero que hizo desbordar considerablemente El Guaire, a la cabeza de millares de hombres desnudos sobre caballos borrosos de greda y los trabucos en las cañoneras de las sillas, el general Joaquín Crespo, caudillo de carácter bonachón que todavía llaman liberal; caudillo que salvó a Venezuela de los horrores continuistas de Andueza para instalar el paraíso continuista de Crespo”. 

La Caracas de finales de siglo XIX

Caracas en 1957, Parte I

Caracas en 1957, Parte I

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Crónicas de la Ciudad

Mariano Picón Salas

La Nueva Caracas que comenzó a edificarse a partir de 1945 es hija –no sabemos todavía si amorosa o cruel- de las palas mecánicas. El llamado “movimiento de tierras” no sólo emparejaba niveles de nuevas calles, derribaba árboles en distantes urbanizaciones, sino parecía operar a fondo entre las colinas cruzadas de quebradas y barrancos que forman el estrecho valle natal de los caraqueños. Se aplanaban cerros; se le sometía a una especie de peluquería tecnológica para alisarlos y abrirles caminos; se perforaban túneles y pulverizaban muros para los ambiciosos ensanches.

En estos años –de 1945 a 1957- los caraqueños sepultaron con los áticos de yeso y el papel de tapicería de sus antiguas casas todos los recuerdos de un pasado remoto o inmediato; enviaron al olvido las añoranzas simples o sentimentales de un viejo estilo de existencia que apenas había evolucionado, sin mudanza radical, desde el tiempo de nuestros padres.

Se fue haciendo de la ciudad una especie de vasto –a veces caótico- resumen de las más varias ciudades del mundo; hay pedazos de Los Ángeles, de San Pablo, de Casablanca, de Johanes Burgo, de Jakarta. Hay casas a lo Le Corbusier, a lo Niemayer, a lo Gino Ponti. Hay una especial, violenta y discutida policromía que reviste de los colores más cálidos los bloques de apartamentos. Se identifica la mano de obra y el estilo peculiar de cada grupo de inmigrantes en ciertos detalles ornamentales: los buenos artesonados de madera de que gustan los constructores vascos; ciertos frisos de ladrillos contrastando con el muro blanco como en las “masías” catalanas y levantinas; los coloreados y casi abusivos mármoles de los genoveses. Hay otros edificios que parecen, con sus bandas verticales pintarrajeadas, enormes acordeones. Nos dan ganas de ejecutar en ellos trozos de ópera o alegres tarantelas.

Vistas de la ciudad universitaria y modernas autopistas
La bola del progreso

Hay dentro de la ciudad, pequeñas ciudades italianas como Los Chaguaramos y el novísimo barrio de La Carlota; hay calles que se “aportuguesaron” con sus pequeños hoteles, fondas y bodegas de lusitanos, y hay trozos muy yanquis con “supermercados” y bombas de gasolina que recuerdan a Houston, Texas; Denver, Colorado; Wichita, Kansas.

El primer símbolo de esa transformación fue una inmensa bola de acero que se mostraba a los caraqueños, allá por 1946, y que en dos o tres enviones convertía en miserable polvo o suelta arcilla arquitecturas entonces tan celebradas como el “Pasaje Junín” o el “Hotel Majestic”. Los caraqueños iban a contemplar el extraño boxeo que libraba con los muros, como verían los romanos las proezas de un gladiador venido del Ponto o de Bitinia.

Nada más semejante a los monstruos de la mitología inicial de América –a los jaguares de enormes colmillos de las pirámides aztecas- que estas máquinas dentadas de la tecnología estadounidense que en pocos segundos devoran un pedazo de cerro y se ahítan de pedruscos y terrones y nos asustan en los caminos como si de pronto resucitara un plesiosaurio.

Han sido nota determinante del paisaje venezolano en los últimos años; quisieron modificar la obra de Dios, sirvieron a los inversionistas para crear nuevas barriadas, cavar las bases de construcciones gigantes, cruzar de blancas autopistas el contorno de la ciudad. Y el viejo monte Ávila, cimera tutelar del valle, antiguo bastión contra los piratas, bosque autóctono que aún recordaba los días de los indios, orquideario natural y productor de fresas, moras y duraznos silvestres, también fue invadido por la tecnología; se le surcó de cables para disparar un teleférico. Se ofrecen allí por cuatro bolívares crepúsculos y panoramas inauditos. Una fiesta comenzada en el valle puede continuarse, pocos minutos después, mil metros más arriba.

Desde la eminencia del monte los ojos de los caraqueños se proyectan sobre los húmedos y floridos abismos de Galipán, sobre las innúmeras quebradas del valle, y por la otra vertiente, hacia los promontorios y el rabioso mar azul de la costa de La Guaira y Macuto. En la cima de la montaña hay una pista de patinaje sobre hielo, y el Hotel Humboldt coronado de nubes, nos elevó desde el trópico caliente a una fresca y ventosa zona alpina.

Hotel Humboldt

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