Vivencias  de Teresa Carreño

Vivencias de Teresa Carreño

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Vivencias de Teresa Carreño

     En un interesante reportaje publicado en la edición del 19 de diciembre de 1953 de la revista Élite, la escritora Carmen Clemente Travieso cuenta la vida de la excepcional pianista venezolana María Teresa Gertrudis de Jesús Carreño García, conocida universalmente como Teresa Carreño.

     Nacida el 22 de diciembre de 1853 en Caracas, inició su brillantísima trayectoria como una niña prodigio del piano, aproximadamente a los 8 años de edad, por lo que muchos afamados intérpretes y directores de orquesta de Europa y Estados Unidos la consideraron un genio de la música.

     Por más de cincuenta años se presentó en salas de concierto de las más diversas ciudades del mundo. Falleció en Nueva York, a la edad de 64 años, el 12 de junio de 1917. En el año 1938 sus restos fueron trasladados a Caracas y llevados al Cementerio General del Sur y sesenta años después, el 8 de diciembre de 1977, sus cenizas mortales quedaron en reposo en el Panteón Nacional.

     Seguidamente presentamos el mencionado trabajo periodístico basado en anécdotas de la eximia pianista caraqueña.
Existe un maravilloso y variado anecdotario sobre la vida de Teresa Carreño; anecdotario que ha trascendido hasta el pueblo venezolano, pues la vida de la insigne artista apenas es conocida por algunos privilegiados, ya que ninguno de sus compatriotas se ha detenido a escribirla no obstante ser una vida rica en acontecimientos artísticos, morales e intelectuales, que acusó una noble y elevada condición humana.

     La vida de Teresa Carreño, desde que su padre descubrió que era un genio musical, hasta su muerte, estuvo signada por la lucha, una lucha sin tregua para todo: para triunfar, para imponerse, para aprender, para superarse, para defender su derecho a la felicidad, al amor de los hijos, la paz de su hogar. 

     Luchó contra todo: con la familia, con el medio ambiente prejuiciado y mezquino, con los maridos, con los hijos, con los empresarios y aun con sus propios discípulos que, en ocasiones, se sirvieron de su fama para medrar.

     Leyendo la única biografía de esta insigne venezolana, escrita por su discípula y admiradora Marta Nilinowski, la vemos crecer a través de sus páginas: vemos a aquella tierna niña de 9 años aclamada y aplaudida por los públicos de Estados Unidos y Europa, transformarse en una mujer de gran personalidad, no solo artística, sino humana; de una avasallante simpatía; de un cálido corazón, al extremo de saberse defender ante las asechanzas de la vida sin menoscabar su prestigio de artista genial. Y todo ello en medio de sus fracasos sentimentales, de las cobardías de sus maridos, de pequeñeces e incomprensiones que Teresa sabía sortear y de los que nunca habló ante los extraños.

     Lo acontecido en su propio país silenciado por largos años en los círculos históricos e intelectuales venezolanos, son una demostración de la gran calidad humana de Teresa Carreño. Por ello nunca se supo su gran desengaño, sus sufrimientos, sus lágrimas vertidas en la intimidad de los hogares de las pocas familias venezolanas que la acogieron y demostraron sus simpatía y solidaridad ante la crueldad de una sociedad prejuiciada y llena de convencionalismos, incapacitada para juzgar la grandeza de aquella extraordinaria venezolana que se había presentado ante ella a engrandecerla con su arte; a dejarles algo de lo mucho que ya ella había atesorado para sus públicos de otras latitudes.

     Los críticos de entonces se conformaron con decir que Venezuela estaba muy atrasada en arte, para poder apreciar el de Teresa Carreño no obstante Venezuela guarda una tradición musical como pocos países se pueden vanagloriar de poseer, desde los tiempos de la colonia. Pero la hicieron blanco de sus banderías políticas, llegando hasta la ofensa personal, como si ella tuviera la culpa de que Guzmán Blanco estuviera en el poder contra la voluntad popular.

Destellos de un genio

     La primera anécdota de Teresita Carreño, la niña, surgió cuando tenía siete años de edad.

     Estaba una mañana haciendo travesuras en el piano con sus muñecas, cuando llegó su padre a regañarla. Se quedó sorprendido al ver a Teresita tocando el piano y la emoción le arrancó lágrimas. Teresita se sobrecogió de miedo:

“No, papaíto, te juro que no lo volveré a hacer. . . ”
En otra oportunidad la madre la interroga:
“Teresita, ¿qué quisieras ser una princesa o una artista?”
La niña de inmediato contestó:
“Yo seré una artista toda mi vida”

     Es enternecedor contemplar las fotografías de Teresita cuando era una tierna niña por los años 1863 y 64, En el que aparece en La Habana, después de su concierto, nos muestra una niña inocente y bella, con sus rulos sobre la frente, sus manos cruzadas sobre el pecho, en actitud pensativa. El publicado en Boston el mismo año nos presenta a la niña que lleva en su rostro un reflejo de tristeza y seriedad; la tristeza que sin duda rodeaba su vida incierta, la angustia de la niña que ya, a sus tiernos años, siente el peso del deber sobre sus hombros. Sabido es que Teresa con sus conciertos sostenía el hogar de sus padres y hermanos. En Cincinnati aparece ya la adolescente delicada, pulcra, pálida y sensitiva. Y en Nueva York, el mismo año, sostiene con una mano el rostro enmarcado en los negros cabellos. Su mirada parece perderse en quién sabe qué tristes y dulces pensamientos. Fue esa misma mirada la que sorprende Rafael Pombo, crítico de la “Crónica”, cuando escribe: “Lejos del piano, su expresión es alegre, pero tan pronto como comienza a tocar sus ojos parecen llenarse de sombras y de lágrimas como si el mundo del arte y la tristeza pasaran sobre ellos”.

     Cuando Gottschalk la oyó tocar por primera vez dijo en voz alta ¡Bravo! Y le dio un beso en la frente que fue para ella como una consagración.

     Otro día la oye el gran violinista Theodore Thomas interpretar magistralmente el Nocturno en Mi Bemol de Chopin y las lágrimas le saltan de los ojos. Teresa interroga a su padre: “¿Por qué llora él?”

     Más tarde, ella, emocionada, dijo al interpretar la misma obra: “De aquí al cielo”

¡Yo soy Carreño!

     Una mañana Teresita tocaba con Anton Rubinstein, el genio del piano. Ensayaban en su propia casa. Rubinstein le hacía algunas indicaciones, hasta que llegó el momento en que estalló su mal genio.

“Usted debe tocarlo lo mismo que yo lo toco”, le dijo con voz autoritaria.”
“¿Y por qué debo tocarlo como usted lo toca?”, lo interrumpió Teresita.
Rubinstein dando un golpe contestó:
“¡Yo soy Rubinstein!”
Teresita, imitando su mismo gesto, un poco irónicamente, contestó:
“¡Yo soy Carreño!”

El fracaso anuncia el éxito

     Cuando llegó a Venezuela, Teresa Carreño fue recibida como una reina que regresaba a su hogar. Luego se hicieron sentir los prejuicios de la pacata sociedad, entorpeciendo el bello recibimiento que le tributó el pueblo venezolano a su artista genial. Por medio de cartas y artículos habían llegado a amenazarla. Teresa no se amilanó. Con su proverbial entereza de ánimo salió a conjurar el peligro con la batuta del Director de Orquesta en la mano para dirigir la orquesta, dejando al público perplejo. No temía a nada. “El fracaso anuncia el éxito”, dijo optimista.

La emoción del presidente Lincoln

     Cuando Teresa fue llamada por el presidente Lincoln a la Casa Blanca para que tocara en sesión privada, éste se acercó a la niña al terminar su concierto y colocó las manos sobre la cabeza sin pronunciar una palabra, pero ella notó que estaba llorando de emoción y consideró estas lágrimas del noble libertador de los esclavos de Norteamérica, como el más grande homenaje que jamás recibiera.

     El “Vals Teresita”

     Un día enseñaba a caminar a su hija Teresita. Entonces con esas mismas melodías escribió su “vals Teresita”, que fue obligado “extra” en todos sus conciertos.

“No lo se, lo siento”

     Viajando a Estados Unidos, el barco parece zozobrar. Todos se angustian, lloran, Solo Teresita aparece serena. La madre la llama a su lado.

“Serénate mamaíta que llegaremos sanas y salvas a nuestro destino”
“¿Cómo lo sabes, hija?”, le interrogó la madre.
“No lo sé, lo siento”, contestó Teresa.

El genio de Teresita

     Liszt la oyó tocar en silencio. Al terminar se dirigió donde ella estaba y le dijo: “Pequeña niña. Dios le ha dado a usted el más grande de los dotes: el genio. Trabaja, desarrolla tus talentos. Sobre todo, continúa fiel a ti misma, y con el tiempo serás uno de nosotros”.

     Cuando el gran maestro Rossini la oyó interpretar la “Oración de Moisés”, atravesó el salón aplaudiendo y exclamando: “¡Bravo, hija mía! Eres una gran artista”. Y dirigiéndose a su padre, le dijo: “Yo no comprendo cómo esta pequeña toca así. La igualdad y limpieza de sus arpegios son tan sorprendentes como la claridad con que destaca la melodía de la frase”.

Teresa en la intimidad

     Cuentan que cuando Teresa estaba ensayando, nadie, ni aun sus hijos, podían interrumpirla, lo mismo cuando jugaba su “solitario”, costumbre que tenía muy arraigada. Antes de acostarse cenaba una cena fría en compañía de un amigo íntimo o uno de sus alumnos. Ella entonces abría su corazón ávido de comprensión y de ternura. Dicen que los elegidos eran los únicos que la conocían así en la intimidad. Después que jugaba su “solitario” que le hacía descansar mentalmente, se fumaba un cigarrillo y se iba a la cama.

¡No moriremos!

     En una oportunidad, escribió a su amiga Carrie Keating: “Usted es trabajadora con exceso. Usted y yo hemos hecho de lo elemental lo que nunca muere. ¡Y no moriremos!”

Yo soy una mujer

     En cierta oportunidad, en que tocaba un concierto en beneficio de los huérfanos y viudas de la guerra franco-prusiana, un soldado se le acercó para decirle que: “Su Excelencia”, von Bülow le pedía fuera a su palco para felicitarla y darle las gracias. Teresa se irguió para contestar: “Diga usted a Su Excelencia que no tiene por qué darme las gracias. Yo he dado este concierto en honor a los soldados, y que si me quiere felicitar que venga a mí, porque soy una mujer”.

Una joven colega

Una noche en Londres después de un éxito clamoroso, Teresa atendía en su camerino a sus amigos y admiradores. En esto se fijó en una niña tímida que la miraba arrobada sin poder articular palabra. Teresa le dice: “Y tú, ¿quién eres?”. La niña se acercó tímidamente: “Solo deseaba verla”, le dijo. “Yo también toco el piano. . .” “` Bueno, querida”, contestó Teresa. “Entonces somos colegas. María, toma el nombre y la dirección de esta pequeña artista, le enviaré mi retrato para su estudio. Debes avisarme cuando toques en Berlín y recuerda que nadie llega a ser artista sin trabajar duramente. No es ésta una vida fácil. Buenas noches mi querida. Veo en tus ojos que eres seria, tienes buenas manos para el piano y con valor y perseverancia triunfarás. Buenas noches y auf wiedersehen!”

“Me estoy poniendo vieja”

     Cuando, divorciada, tuvo que firmar su nombre: Teresa Carreño, a secas, se le oyó murmurar: “¡Me estoy poniendo vieja!”

Beethoven

     Cada vez que interpretaba la música de Beethoven le dirigía una oración “para que me conceda la gracia de interpretar su música como él la sentía”.

El lenguaje del corazón

     En 1912 Teresa Carreño celebró sus Bodas de Oro. Le dieron un banquete con 200 invitados: músicos, artistas, escritores, periodistas. . . Un aplauso cerrado la anunció en el salón. A Teresa se le arrasaron los ojos de lágrimas; levantó la copa y brindó por los ausentes. Rodeada de flores y emocionada dio las gracias por el cálido homenaje con estas palabras: “Ustedes saben bien que no domino el alemán, pero hay un idioma que todos hablamos, el del corazón”.

Una misión: Enseñar

     Después de este homenaje se sintió pesimista y dijo a una de sus discípulas cuando iban a un paseo cotidiano: “¿Para qué vivir más? Después de la celebración de este aniversario he obtenido todo cuanto un artista puede desear. Por más que viva no puedo esperar más alto honor, mayor gloria ni más riqueza de lo que tengo hoy. ¡Y llamar a esto una fiesta!”

     Después reflexionó: “Todavía hay algo que puedo hacer, enseñar!”, dijo. “Si un alpinista que ha escalado alturas peligrosas encuentra a otro en busca del camino, ¿no es su deber indicarle el más corto, fácil y seguro?”. Y cuentan que aquel día su bastón sonó más fuertemente en las losas de la calle.

Su gran pena

     Cuando se siente ya decaída por la enfermedad que la consume, escribe a sus hijos: “Siento pena porque mi salud flaquea; pena porque no puedo ayudarlos a ti y a Teresita hasta que alcancen la cumbre. . .”

     Admirando su gran voluntad y energía un periodista la interrogó: “¿No se cansa usted nunca?” A lo que Teresa replicó: “¡Cuando eso suceda no tocaré más!” 

La maestra

     Teresa Carreño, la maestra, decía a sus discípulos con frecuencia: “Para comprender la música se la debe oír, para amar la música se la debe oír y para creer en la música se la debe oír”.

     Teresa Carreño odiaba a los que buscaban en la profesión fines interesados: “El arte y el mercantilismo son enemigos declarados”, decía.

La madre irreemplazable 

     Una tarde en la intimidad de su hogar la entrevistó un periodista, quien le habló de su patria: Venezuela. Teresa Carreño guardó silencio por algunos segundos y luego expresó:

     “La he amado a veces por sus desgracias otras por la generosidad de su naturaleza y siempre como una madre irreemplazable. En su suelo quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo reposen mis cenizas. . .”

     Y su voz se apagó en el vasto salón. . .

Entre Maturín y Muñoz

Entre Maturín y Muñoz

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Entre Maturín y Muñoz

     El historiador y cronista venezolano, Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), fue uno de los personajes que se dedicó a estudiar el origen del nombre de las esquinas de Caracas. Llegó a expresar que la historia de la conformación de la ciudad podía leerse por medio de los nombres de calles y esquinas. También, indicó que las epidemias, plagas y otros flagelos habían ocupado un lugar destacado en el desarrollo de la capital de Venezuela. Como ejemplo citó el caso de la ermita de San Sebastián edificada como estructura para contrarrestar los ataques de los indios y la de San Mauricio a la plaga de Langosta. El templo de San pablo debió su edificación a la viruela y el de Santa Rosalía al vomito negro. Las constantes sequías constriñeron a la invocación de Nuestra Señora de Copacabana, los terremotos, a la Virgen del Rosario y de las Mercedes. El imperativo para la construcción de fuertes de defensa quedó dibujado en las esquinas de Reducto, Garita y Luneta.

     Es necesario indicar que Núñez salió de su Valencia natal hacia la ciudad de Caracas para desarrollar estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela. También, llegó con la intención de cultivar el periodismo. A lo largo de su vida ejerció una diversidad de actividades, sin dejar a un lado su gran pasión, practicar la escritura. 

     En Diccionario Enciclopédico de las letras de América Latina se hace referencia a él como pensador, escritor de la diaria tarea periodística y de la crónica sugestiva y trascendente. También, se le reconoce como filósofo de sigilosa y circunspecta obra, intérprete de la historia, cuentista y novelista.

     Entre su vasta obra la crónica ocupó un lugar relevante. Sus crónicas fueron publicadas en medios impresos como: El Imparcial, El Nuevo Diario, El Universal, El Heraldo y El Nacional. Sus crónicas muestran una gran densidad de pensamiento, a pesar de su sobriedad, tal como quedó plasmado en Bajo el Samán (1963). Sus crónicas acerca de la ciudad de Caracas son fiel demostración de la profundidad de sus planteamientos, la erudición histórica y la capacidad de relacionar sucesos con el entorno físico. La ciudad de los techos rojos (1947) así lo demuestran y revelan la preocupación por encontrar los entresijos de historias particulares.

     Durante los primeros años de implantación de la sociedad moldeada por los españoles existían veinticuatro manzanas, delineadas en forma de cuadrilátero o damero. La conocida esquina de Maturín evoca la instalación de un asentamiento humano cerca de un cauce hídrico que, no sólo indica la necesidad de un establecimiento humano en que pudiera proporcionar el agua. Resulta necesario recordar que los conquistadores españoles se radicaban en porciones territoriales que, por lo general, ya estaban ocupadas por los indígenas. Por ello fue común el establecimiento en segmentos cercanos a un lecho lacustre.

     En este sentido, Núñez subrayó que se hizo costumbre esta práctica con el propósito de vigilar y contrarrestar a los indios que envenenaban el agua. La porción de terreno conocida bajo el nombre Maturín se desarrolló cerca de un barranco, lo que estimuló a que algunos estudiosos de la historia negaran que Diego de Losada hubiese seleccionado este lugar como morada. De igual manera, mostró, en esta ocasión, la equivocación de algunos de sus colegas porque, entre otras razones, Maturín ofrecía ventajas estratégicas. En ella se hallaban al cobijo de las barrancas de Catuche y era posible dominar la parte oriental del camino que llevaba a Galipán y a la Costa, y al oeste, al de Catia y sus montañas, lugares escogidos, para sus ataques contra los españoles, por los Teques, Tarmas y Toromaynas.

     El cronista valenciano se basó en testimonios de la época, para desmentir la tesis que negaba que los españoles no escogieran lugares para su asentamiento cercanos a los recursos hídricos. Sin duda, él mostró un sentido común afinado y que todo historiador debe cultivar. Es de hacer notar que se distanció de la información propuesta por el gobernador provincial, entre 1576 y 1583, Juan de Pimentel y que insistió en desmentir a investigadores que desacreditaron a Arístides Rojas respecto a este asunto.

La esquina de Maturín tuvo un marco digno de leyenda. Calles con pasamanos, de rojos muros

     Lo cierto es que Núñez demostró, con documentación certificada, que Diego de Losada no tuvo tiempo suficiente para fabricarse una casa propia, y que fue en tiempos de Juan de Pimentel que se comenzaron a erigir casas de tejas. Así, anotó que la casa de Losada debió haber sido un “rancho o caney”, o un simple toldo, “una tienda de campaña”. Para ratificar esta información citó un informe del mismo Pimentel, suscrito el 23 de diciembre de 1578, en que éste escribió que el tipo de edificaciones construidas en Santiago eran de madera, palos enterrados y cubiertas de paja y que sólo después de tres o cuatro años, se habían comenzado a levantar no más de cuatro casas de mampostería, piedras y ladrillos, así como la iglesia del lugar construida con estos últimos materiales.

     Según el mismo historiador las casas de cabildo que habría anotado Pimentel en su informe no estaban edificadas para 1571. Menos lo sería la casa de un gobernador. Sumó a esta consideración un informe escrito por el teniente gobernador Rodrigo Ponce de León en que se encuentran reseñados cargos contra los alcaldes por no haber construido “Propios”. Es decir, fincas rústicas, prados, dehesas, montes, etc. El municipio las otorgaba en arrendamiento, para obtener de este modo ingresos económicos. 

     A esto agregó que los conquistadores eran pobres y muy exiguos el oro que se lograba extraer de las minas. “Contra lo dispuesto de las leyes de Indias, celébrense los cabildos en la casa del Gobernador”.

     La construcción denominada palacio de los gobernadores se erigió a finales del 1500 y se derrumbó con el terremoto del 11 de junio de 1641. Aunque se reconstruyó en 1652, un siglo después se encontraba en total abandono. Para 1763, continúa el relato de Núñez, se remataron maderas, puertas, ventanas y tejas. Años después se colocó un reloj que desapareció conjuntamente con los sucesos políticos de 1813. “En su lugar, el Cabildo quiso poner un reloj que había pertenecido a Martín Tovar y Ponte”, el mismo se encontraba frente a la casa habitada por éste, frente al Coliseo, Conde a Carmelitas. La instalación del reloj se llevó a cabo por parte del relojero de la ciudad, Antonio Ascúnez, “quien, como relojero de la Ciudad, comenzó a percibir cincuenta pesos anuales”.

     El proyecto de reedificación del Palacio, de las Casas Reales y oficinas dependientes, en las que se incluyó la cárcel real para seguridad de los reos y “alojamiento de las personas de calidad” se volvió a considerar en 1755. El Ayuntamiento se reunió para considerar su realización y discusión acerca de los recursos y modo de conseguirlos. Núñez escribió que esto sucedió en 1796 y, luego, en 1809. “Pero los gobernadores hubieron de vivir en casas de alquiler hasta la Independencia”. Para 1879, cuando la jura de Carlos IV, se ordenó adornar las paredes de la comarca para “mayor decencia”. Indicó que era “basurero público, lugar de desahogo para la guardia del Principal”.

     La esquina de Maturín, según la versión que vengo considerando, tuvo un marco digno de su leyenda. Calles con pasamanos, de rojos muros, “una de esas calles vetustas en las cuales Caracas aún se ampara bajo sus aleros”. Recordó que una de las lápidas de la esquina de Maturín tenía anotado: “Aquí estuvo la primera casa de Caracas, donde vivió su fundador, Diego de Losada”.

     Acerca de la esquina de Muñoz o del doctor Muñoz recordó que tenía cierta asociación con la esquina de Maturín. Este costado de la ciudad debe su nombre al doctor Miguel Muñoz, quien fue examinador sinodal y veedor en 1747. Núñez dio a conocer que cerca de la casa – solar de los Arguinzones – estaba la alcantarilla a la cual servía de adorno el león de Caracas. Añadió que la historia de Caracas estaba marcada con ese león enigmático, tal como fue calificado por un predicador franciscano.

     Según narró, leones, cruces y veneras de Santiago se observaban por distintos lugares de la comarca. Señaló que la plaza Capuchinos se había denominado antes plaza del León. En ésta estuvo la plaza de toros. Los terrenos ocupados por ésta fueron objeto de litigio entre padres Capuchinos y Dominicos, alrededor de 1796, cuyos alegatos se sustentaron en un espacio cedido para la construcción de una ermita. Los misioneros capuchinos solicitaron un permiso para la construcción de un hospicio.

     Para mayo de 1788 el rey autorizó la edificación del Hospicio de Capuchinos, con la condición que sólo podía ser administrado por un sacerdote y dos legos, además se agregó que su construcción no debía ser costeada por la Real Hacienda. Al lado sur de la plaza de León se encontraba la casa de campo del obispo don Mariano Martí, lugar al que luego se denominaría Cerro del Obispo. Anotó Núñez que Manuel Felipe Tovar solicitó, en 1789, un pequeño espacio con el fin de poblarlo muy cerca del ocupado por el obispo. También, asentó que alrededor de la Plaza de Toros de Capuchinos se había planificado la construcción de una serie de edificaciones para escuelas de artes y oficios, así como una casa para expósitos. En el proyecto se sumaban otras construcciones destinadas al palacio de la Real Audiencia, la Casa del Gobernador, la Cárcel Real y un Matadero General.

     De esta época, finales del XVIII, data el proyecto de trasladar el desecho del río Catuche al Anauco, bajo la supervisión del comisionado del Ayuntamiento, marqués del Toro. Juan Basilio Piñango, segundo alarife de la ciudad, comenzó a reparar la fuente, cañería y tanque ubicadas entre las esquinas Doctor Muñoz y la calle que seguía al estanque de la carnicería del Carguata. Piñango pasó a ser el primer alarife de la ciudad. La denominada fuente de Muñoz debió su existencia a la carnicería. A finales de 1785 Juan José Landaeta había hecho una petición debido a la contaminación de las aguas, provocada por la carnicería. En ella se exhortó a la concesión de una pulgada de agua para una alcantarilla en la mediación de la calle, que transitaba de la esquina de Muñoz para Carguata y en un solar que había ofrecido uno de los vecinos.

     Los vecinos, por propia iniciativa, reunieron parte del numerario necesario para llevar a cabo la obra. Contó Núñez que el Ayuntamiento llegó a conceder el permiso. Sin embargo, declaró que no podía contribuir con la obra en vista de deudas en las que la ciudad estaba presente y con la promesa de intervenir más adelante. Los integrantes de la comunidad se mostraron animados por la decisión del Ayuntamiento, lo que estimuló para pedir créditos con los cuales cubrir los gastos. “La concesión de agua para la esquina de Muñoz es de 26 de junio de 1786”. Según Núñez para esta fecha ya se había construido la alcantarilla, sólo faltaba un brocal de piedra y algunos metros correspondientes a la cañería. Se encontraban unidos unos 500 ladrillos gruesos y 400 delgados, 10 cargas de lajas y los conductos para toda la represa. Para este momento el Ayuntamiento ofreció una colaboración de 200 pesos. Los alcaldes para ese momento eran don Joaquín de Pineda y don Juan Francisco Mijares de Tovar.

El fantasma de la casa amarilla

El fantasma de la casa amarilla

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

El fantasma de la casa amarilla

Por Lucas Manzano

     “El actual Palacio de la Cancillería fue, en la Colonia, tenebrosa cárcel donde torturaban y dejaban morir de hambre a los presos. La conseja popular atribuye a esos métodos brutales el hecho de que hoy deambule por la Casa Amarilla un fantasma, un ¨alma en pena¨ que siembra el terror y genera nuevas leyendas.

     Con visos de cosa al borde de la realidad, existe desde hace un buen número de años, noticias de apariciones y fantasmas en el lugar de la Casa Amarilla que fue, según leyendas viejas, calabozo destinado a sacrificios de patriotas que caían prisioneros en manos de los españoles. Allí estuvo a la contemplación de los curiosos, adheridas al muro, argollas que no fueron seguramente para colgar hamacas, ni asegurar las bestias de los Jefes del Penal, ya que estos, como es cosa sabida por los cronistas, pastaban libremente en la Plaza Mayor, listas para entrar en servicio en el momento que juzgasen adecuado sus propietarios.

     De boca en boca circuló la leyenda que daba razón de cómo ajusticiaban allí a los presos, cuando no eran dejados morir de hambre, método éste el más usado por los carceleros. Y no es inventiva para pergeñar cuartillas, ya que es conocida la especie de cómo se asomaban los presos tras de las verjas que dan hacia la calle que conduce de la Esquina del Principal a la del Conde, impetrando la caridad de los viandantes para mitigar el hambre. Así los vieron cuando obligados por las autoridades los maestros de escuelas llevaron a los escolares a presenciar el sangriento proceso que culminó con la muerte y descuartizamiento del prócer José María España en la Plaza Mayor. Como perros rabiosos los encarcelados clamaban de los transeúntes un poco de pan y de piedad para ellos, sin que surgiese el hombre que les auxiliase.

     Así estuvieron, igualmente, cuando el esclavo de un clérigo, castigado por nimiedades que no valían la pena de un azote, fue atacado de viruela; extraído por el Padre Cura para tratar de sanarlo en su residencia, otros cautivos contrajeron el mal, y murieron precisamente en el pabellón que en virtud de reparaciones hechas en épocas recientes, destinándolo a Archivo de la Cancillería; han continuado sintiéndose ruidos allí y en la Biblioteca en ciertas horas de la noche, sin que los vigilantes nocturnos del establecimiento hayan podido darse cuenta del origen de aquellos.

     En el año 1877 el doctor Diego Bautista Urbaneja desempeñaba el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, hubo allí momentos en que recabaron la presencia de las autoridades de Policía, pedido hecho al Gobernador Juan Quevedo, para que tratase de inquirir el porqué y por manos de qué misterioso personaje, apagaban la luz del gas de la Casa Amarilla a la caída de la tarde, sin que la tropa que formaba la Guardia de Honor del presidente General Hermógenes López, hubiese penetrado en el recinto. Aumentó la curiosidad de los militares el hecho de que a los centinelas se les acercaban sombras que luego se desvanecían sin que supiesen la manera de cómo aquello ocurría. Llegaron tras muchas pesquisas y observaciones de gente de incuestionable responsabilidad a la conclusión de que eran visiones extra terrenas. No pocos recordaron las escenas de los presos muertos de hambre, y a los que deambulaban por la ciudad provistos de Agujas de Marcar en busca de tesoros ocultos; personas que dejaban ver la sospecha de que podría tratarse de un entierro dejado allí por los españoles; pero nadie se atrevió a perforar la tierra en busca de lo que no había perdido, o por temor a que la entidad que cuidaba del edificio no tolerase diabluras.

     Lo cierto de ello fue que para evitar deserciones de la tropa atemorizada con aquellas misteriosas ocurrencias, llevaron la Compañía de Infantería al Cuartel de San Mauricio. Años más tarde instalaron la Jefatura Civil de la parroquia de Catedral que permaneció allí hasta que en tiempo del Benemérito desocuparon el local.

     No se habló más de esas cosas hasta que terció en el asunto el buen humor de un criollo y echó al vuelo la especie de que en el salón de espera de la Casa Amarilla aguardaban ser llamados por el titular de la cartera, el doctor Diógenes Escalante y un General andino a quien en una refriega le habían dado un tremendo machetazo en la cara, que le desfiguró el rostro en su más amplia totalidad. Ambos personajes platicaban de política, cuando el portero del Ministro hizo avanzar al Doctor Escalante hacia el despacho del Ministro. Quedaba solo el deformado guerrillero, cuando dicen los bromistas, surgió de pronto un fantasma y, al verse delante del otro, que no era menos deformado que él, dizque le dijo:

—Colega, no se asuste, soy yo . . .

Dichas esas palabras desapareció de la escena.

     Por lo demás, no se ha sabido con precisión, o para menor hablar, nadie ha visto de frente al fantasma de la Casa Amarilla, pero la leyenda dice sobre su aparición tantas cosas que habrá que tenerlas por ciertas.

Belis nolis. . .

La Casa Amarilla, dibujo de Ramón Bolet

De vieja Cárcel a Palacio

     Nada existe contrario a lo expuesto por cronistas enterados, según los cuales la Cárcel Real fue comenzada a construir por el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Diego de Osorio, en mayo de 1589. Le atribuyen obra tal por el hecho de haber sido en ese mismo tiempo el fundador del primer hospital, la primera escuela para desasnar los hijos de los conquistadores, y quien llevó a efecto el empedrado de las calles de la incipiente población. No contento con estas obras de urgente necesidad para la puebla elegida para la sede de su real representación, higienizó y puso manos a la obra para aderezar el camino por el cual transitaban entre la capital y Caraballeda.

     Debió estar, si no confortable, porque rara vez ergástula alguna gozó de tal privilegio, al menos adecuada para encerrar en ellas, como lo hizo don Sancho de Alquiza en el año 1606, a Don Simón de Bolívar, el viejo, por deuda de 1.108 maravedíes con el Real Tesoro.

     En consecuencia, fue Simón de Bolívar el primer personaje con cuya presencia se honraron los muros de la Cárcel Real.

     En diciembre de 1712, ocupó la celda que dejó vacante don Simón el Gobernador y Capitán General don Diego de Portales y Meneses por orden expresa del Virrey del Nuevo Reino de Granada, de cuya autoridad política dependía la Provincia de Venezuela.

     En la cárcel tenían a Portales cuando el Ilustrísimo Señor Obispo don Juan José de Escalona y Calatayud, que no usaba el Báculo ni la Mitra por adorno, recibió la Real Cédula en la cual le decía su Majestad que si el Virrey ordenaba algo en contra del Gobernador, que lo apoyase su Señoría, tornándolo a la libertad por los medios que tuviera a su alcance.

     De cómo logró el Obispo cumplir el real mandato se advierte al leer que Portales fue excarcelado luego de graves complicaciones y gobernó hasta el año de 1728 sin que nuevos disturbios y arbitrariedades del Virrey interrumpieran la paz de la ciudad, y ordenase reparar la cárcel que amenazaba ruina.

     Se habría derrumbado el edificio a no ser por un influyente personaje, interesado en la suerte de la Cárcel solicitó y obtuvo del Ayuntamiento permiso para celebrar corridas de toros en el “Circo de Ño Ferrenquín”. Con el dinero colectado por este respecto pagaba el alquiler de las reses y remuneraba los lidiadores, utilizando el sobrante en la reparación del edificio. Cuentan las crónicas que una epidemia de viruela que diezmó la población en el año de 1600 tuvo su origen en la Cárcel Real.

     Tenían preso allí al esclavo de un levita humanitario y como tal respetado. Un día mandó prenderlo por desacato y borrachín y como el hombre estuviese enfermo lo liberó para curarlo en su residencia, con tan perra suerte que el ciervo estaba virueloso y la infección se propagó causando estragos horrendos en la población.

     Promediado el año de 1711, la Cárcel Real alojó en sus calabozos al Gobernador y Capitán General don Francisco de Cañas y Merino, a quien el soberano de España había distinguido con su representación en la Provincia de Venezuela, en premio de la “buena conducta” que observó cuando el rey de Meguines y tomó la fortaleza de Alcazar con un ejército formado por treinta mil hombres de a caballo. En esa acción se cubrió de gloria Cañas y Merino por lo que, en reconocimiento de su valor y del donativo que le hizo a la Real Caja, consistente en diez mil pesos de oro, le envió a Caracas.

     Hombre amante de la farra y de las faldas corrompió a quienes se dejaron llevar por sus requiebros; llegó a tal grado en sus desafueros que fue delatado por el Ayuntamiento ante la Audiencia de Santo Domingo, ésta lo mandó a prender. Encerrado estuvo en la Cárcel Real hasta que debidamente enjaulado y bajo partida de registro, lo remitieron a España-
Recargado de pesados grilletes, colmado de improperios por la soldadesca, estaba en la Cárcel Real el Ilustre Patricio don Juan María España, cuando sentenciado a sufrir la última pena el 8 de mayo de 1799, va el reo al patíbulo alzado en el sitio que ahora ocupa la estatua ecuestre del Libertador.

     Ahorcado España, su cuerpo fue hecho cuartos que exhibieron en estacas en “Macuto”, “El Vigía”, “Quita Calzón” y “El Paso de La Cumbre”, con un letrero infamante que rezaba: “por encargo del Rey”.

     La cabeza del heroico España fue enjaulada, exhibiéndola durante meses en la “Puerta de Caracas”.

     Con tan macabro espectáculo pensaba el Gobernador intimidar al caraqueño partidario de la liberación. En tanto esto ocurría la honorable matrona María Josefa Herrera continuaba presa en la Cárcel Real; de allí la llevaron a la Casa de Misericordia, a confundirse con las reclusas.

     Durante la lucha por la Emancipación eran presos en la Cárcel Real los patriotas y luego fusilados sin fórmulas de juicio en la Plaza Mayor, en la de “San Jacinto” a “Coticita”. Pero surge de pronto un paréntesis y se alza el telón para empezar el drama que pondrá fin a la dominación española.

     Son las 8 de la mañana y en el Ayuntamiento contiguo a la Cárcel Real están reunidos los cabildantes Nicolás de Anzola, Fernando Key y Muñoz, Isidro López Méndez, Feliciano de Palacio y Blanco, Lino de Clemente, Valentín de Ribas, Rafael Paz del Castillo, Pablo González, Rafael González, Juan de Ascanio y Rivas, Silvestre de Tovar y Martín de Tovar Ponte, alcaldes ordinarios afectos a la separación.

     Mientras en la plaza se agitaba la muchedumbre, los cabildantes le insinúan a Emparan la conveniencia de instalar una junta amiga de Fernando VII, se niega alegando no ver los motivos, y se dirige a la Catedral donde han de celebrarse los oficios del Jueves Santo. Marchaba el representante de Su Majestad a la cabeza del Cabildo, cuando un patriota valiente le detiene en la puerta de la Metropolitana, diciéndole:

“— A Cabildo, Señor, el pueblo os llama”. Es Francisco Salías quien lo obliga a regresar al Ayuntamiento.

     En el Cabildo el Gobernador va en camino de triunfo, cuando aparece el canónigo Cortez de Madariaga, Diputado del pueblo.

     El acto es inquietante y el momento indescriptible.

     Desde el balcón del Ayuntamiento, el Gobernador pregunta a la multitud si lo quiere por representante del Rey, pero detrás de Emparan el índice de Madariaga le indica al pueblo que exprese su desacuerdo, Y sin derramar una gota de sangre, ese día entró por la gradería de la Cárcel Real la libertad del mundo colombino.

     Deja de ser patrimonio del Rey y se convierte en templo donde los forjadores de la naciente República anuncian a los cuatro vientos de América que el pueblo venezolano irá victoriosamente desde las riberas del Guaire hasta el Ayacucho.

     Años más tarde el Sol de Colombia se eclipsa en Santa Marta y el Centauro de las Queseras del Medio preside a Venezuela.

     La Secretaría de Relaciones Interiores, Gracia y Justicia y Policía, creada en 1830, eroga la primera cuota de 14.140 pesos para comprarle a la Municipalidad la Cárcel Real, que ha dejado de ser prisión. Destina 75 pesos anuales para el alumbrado interior y 7 pesos con 50 centavos por año para desyerbo de ambos frentes.

     Como la casa la han pintado de amarillo, aparece un pasquín que reza:

La pintaron de amarillo
pa que no la conociera;
lo amarillo es lo que luce
lo verde nace en doquiera

     La casa Amarilla es el Palacio Presidencial desde que el general Páez abandonó la residencia de Camejo y mudó a ella su despacho, así como también las Secretarías de Interiores, Gracia y Justicia y Policía; Hacienda, Guerra y Marina y Relaciones Exteriores.

     En el año de 1843 la Municipalidad recibió la última cuota de la cantidad total por la que el Gobierno Nacional había adquirido la que fue Cárcel Real durante más de tres siglos. Ya aristocratizada la casona de las tantas historias fue destinada a residencia del Presidente en el año de 1877 y fue su primer inquilino el gran demócrata Francisco Linares Alcántara.

     Los desocupados decían que al fin Guzmán había metido de patitas en la Cárcel al General Alcántara, a quien sustituyó como habitante de la misma al presidente Rojas Paúl en 1888. Este transformó oficinas y habitaciones con muebles que por encargo suyo compraron en París el General Guzmán Blanco y el señor Zanetti.

     Andueza Palacios no le puso cariño a la Casa Amarilla y prefirió vivir en su casa particular de “Jesuitas”, que las turbas saquearon en 1892.

     Inquilino de postín resultó el presidente Cipriano Castro desde que entró triunfante a Caracas en 1900 hasta que el terremoto lo hizo lanzarse por un balcón de la fachada norte fue a residir en el cuarto contra temblores en Miraflores.

     Por la Casa Amarilla han desfilado con el alto rango de Cancilleres hombres notables como lo fueron el doctor Diego Bautista Urbaneja, don Antonio Leocadio Guzmán, don Fermín Toro, don Manuel Fombona Palacios, Dr. Ángel César Rivas, Dr. Pedro Itriago Chacín, Dr. Esteban Gil Borges y otros no menos ilustres que honraron la Cartera de Relaciones Exteriores con dignidad y patriotismo.

     La Casa Amarilla fue una especie de museo de cachivaches, hasta que en la administración del general Marcos Pérez Jiménez, en 1953, le dieron categoría de Palacio que bien merece.

 

Información tomada de: Revista Elite. Caracas, 26 de junio de 1963

Así nacieron Los Chaguaramos

Así nacieron Los Chaguaramos

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Así nacieron Los Chaguaramos

     Durante siglos la superficie que hoy ocupa la urbanización Los Chaguaramos, en la parroquia San Pedro, en Caracas, estaba ocupada por haciendas debido a la productividad de sus suelos y a la presencia de los ríos Guaire y Valle, pero a mediados del siglo XX, con la expansión de la capital hacia el este y sureste de la ciudad, los espacios fueron cambiando su uso. Así, por ejemplo, muchos terrenos dedicados a la agricultura se fueron transformando en parcelas para la construcción de viviendas. Así sucedió a principios de la década de 1940 con la hacienda El Carmen o El Convento en lo que hoy llamamos Los Chaguaramos.

Aviso promocional de la urbanización Los Chaguaramos, 1945

     En 1941, el ingeniero José Antonio Madriz, un joven con mostachos del siglo XIX, que trabajaba con Luis Roche, el gran urbanizador de Altamira, entre otras famosas urbanizaciones caraqueñas, decidió constituir su propia empresa constructora.

     Durante siglos la superficie que hoy ocupa la urbanización Los Chaguaramos, en la parroquia San Pedro, en Caracas, estaba ocupada por haciendas debido a la productividad de sus suelos y a la presencia de los ríos Guaire y Valle, pero a mediados del siglo XX, con la expansión de la capital hacia el este y sureste de la ciudad, los espacios fueron cambiando su uso. Así, por ejemplo, muchos terrenos dedicados a la agricultura se fueron transformando en parcelas para la construcción de viviendas. Así sucedió a principios de la década de 1940 con la hacienda El Carmen o El Convento en lo que hoy llamamos Los Chaguaramos.

     En 1941, el ingeniero José Antonio Madriz, un joven con mostachos del siglo XIX, que trabajaba con Luis Roche, el gran urbanizador de Altamira, entre otras famosas urbanizaciones caraqueñas, decidió constituir su propia empresa constructora.

     Desde entonces, Madriz empezó a buscar un terreno apropiado para su proyecto. Los domingos, en lugar de dedicarse a descansar, recorría, infatigablemente, el valle de Caracas. Visitó haciendas, subió cerros, atravesó quebradas, midió, preguntó, discutió… No encontraba el lugar ideal. Pero un día abrió las páginas de una novela de Rómulo Gallegos, “El Último Solar”. Se encontró, súbitamente, con la descripción de la hacienda en que se desarrollaba la trama.

     Yo creo reconocer el lugar, musitó el ingeniero Madriz. Yo creo que es la hacienda El Carmen, a la que los campesinos denominan hacienda El Convento, la que está al lado de donde se desarrolla la Ciudad Universitaria.

     El domingo siguiente sorprendió a Madriz dando zancadas por las tierras de la hacienda El Carmen, calculando, a ojo de buen cubero, las dimensiones, atravesando senderos, planeando una posible urbanización, cribando las dificultades, empinándose en los cerros para obtener una visión de conjunto y preguntando a los campesinos que trabajaban allí:

¿De quién es esta hacienda?
No sabemos
¿De quién es esta hacienda?, repetía unos metros más allá
No sabemos, respondían
El ingeniero, por fin, consiguió averiguar que el propietario estaba en Europa, pero que en Caracas residían los apoderados.

     El destino quiso que se realizara la empresa, formando para diciembre de 1944 la sociedad J. A. MADRIZ GUERRERO Y CÍA, de la que también son socios los doctores Luis Pérez Dupuy y Silvestre Tovar, hijo, ambos también jóvenes profesionales venezolanos. La empresa se constituyó con un capital de tres millones de bolívares (Bs. 3.000.000)

Poner nombre no fue fácil

     Ya estaba, pues, constituida la sociedad. Ya, también, el doctor Madriz había repetido, una y otra vez, para satisfacción propia y de los demás, que la hacienda El Carmen reunía todos los requisitos de una urbanización de porvenir. No hay otro lugar urbanizable más próximo al centro. Y, por si fuera poco, quedará al lado de la Ciudad Universitaria.

     Los socios también se mostraron entusiasmados. Uno de ellos propuso que se escogiera, inmediatamente, el nombre de la futura urbanización.
Propongo, sugirió uno, que se denomine “Urbanización Centro del Este”.

     Propongo, dijo otro, que se llame “Fuente del Este”.
Yo diría que nada más apropiado -opinó el tercero- que se designe “Urbanización El Carmen”.

     La discusión se prolongó durante 15 días, hasta que se fijaron que el sendero por donde se penetra a la hacienda lo guarda, como soldados en posición de firmes, una doble hilera de chaguaramos. Además, la gente conocía la hacienda por el nombre de Los Chaguaramos más que el de por el Carmen.

     Se llamará Urbanización Los Chaguaramos, decidieron los socios.
Y así quedó

Los primeros trabajos

     En 1945 se iniciaron los levantamientos topográficos. La futura Urbanización Los Chaguaramos contaba con 400 mil metros cuadrados de terreno plano y unas 20 hectáreas de cerro.

     De un lado, queda la Ciudad Universitaria, del otro el Bosque de Los Caobos; y del otro la hacienda Valle Abajo, propiedad de Juan Simón Mendoza, muy cerca de la Urbanización Los Rosales.

     En el anteproyecto quedó claro que la urbanización le daría respuesta a dos necesidades fundamentales de los caraqueños de entonces: la primera, construcción de pequeños edificios de apartamentos residenciales, para personas de la clase media, las cuales contarán con tiendas y servicios generales para todos aquellos que circulen o estén vinculados a la Ciudad Universitaria. La segunda, casas para aquellas personas de situación económica holgada.

     La urbanización contará, además, con parques, plazas, campos deportivos y una hermosa iglesia para que los feligreses puedan asistir a misa. Los Chaguaramos contará también con el primer autocine del país (abrió sus puertas en 1949).

     Entre 1944 y 1945, la demanda de viviendas fue monumental, prácticamente, en menos de dos años, se vendió toda la urbanización. A partir de 1948, se iniciaría el proceso de entrega de viviendas y, por supuesto, el poblamiento de esta céntrica urbanización caraqueña.  

     Uno de los principales promotores de la conformación urbana del área fue el presidente de la República Isaías Medina Angarita, el cual comenzó a desarrollar en torno al eje de la Avenida Presidente Medina, también conocida como Avenida Victoria. La Urbanización Las Acacias, destinada a la Clase Media y a las colonias italianas, española y portuguesas establecidas en esa época en el país. También en su período presidencial se inició la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas para servirle de sede a la Universidad Central de Venezuela y es terminado luego bajo el gobierno de Marcos Pérez Jiménez en 1953. En ese nuevo gobierno se emprendieron otras obras públicas importantes como el Sistema de la Nacionalidad en honor a la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, construyendo el Paseo Los ilustres, Paseo Los Precursores y el Paseo Los Próceres con la Plaza Las Tres Gracias y la Plaza Los Símbolos. Cuenta también con el Helicoide, donde se encuentra la sede del SEBIN. Y la Sede del Comando Nacional Antidrogas de la Guardia Nacional. Por otra parte, se construyó la Plaza Tiuna para rendirle honores a los indígenas que habitaban Caracas antes de la colonización española.

     La Parroquia San Pedro fue creada mediante Gaceta Oficial del entonces Distrito Federal el 13 de octubre de 1994 con territorios que eran parte de las parroquias El Valle y Santa Rosalía, y parte este de San Agustín; mitad oeste del parque Jardín Botánico.

     En sus edificios y accesos se aprecia las huellas de la historia caraqueña, como las construcciones de la Ciudad Universitaria y el paseo de La Nacionalidad concebido en la década de 1950.

     Los espacios de la urbanización Los Chaguaramos, municipio Libertador, reflejan el crecimiento de la urbe caraqueña, desde la década de 1940 cuando experimentó una importante transformación.

     En sus edificios y accesos se aprecia las huellas de la historia caraqueña, como las construcciones de la Ciudad Universitaria y el paseo de La Nacionalidad. Asimismo, resaltan edificaciones como el Castillo Monte Líbano, ubicado en el límite con Colinas de Bello Monte, que es un monumento arquitectónico recordado por los vecinos por la visita a esta estructura del papa Juan Pablo II en 1985.

     Con la ampliación de la autopista Valle-Coche, se eliminó el Barrio «el hueco de Los Chaguaramos, que era un nido para la venta y consumo de drogas entre la población joven», según afirma Carmen Linares, vecina de la zona. «Ese era un grave problema que quedó prácticamente eliminado con el desalojo de este sector popular», afirmó.

     Recordó que hace unos años, cerca de la calle de las Ciencias, los vecinos protestaban constantemente por este problema. Dijo que en la actualidad se ha superado con ayuda de la organización vecinal el alto consumo de alcohol en la zona.

     Después de la ampliación «se logró reducir el 75% de la venta de alcohol». Por otra parte, Douglas Pérez, vecino del sector expresó que es necesario que tomen medidas para disminuir el congestionamiento vial en horas pico en la avenida principal.

     Los vecinos solicitan a las autoridades municipales tomar acciones para mejorar la seguridad y la recolección de basura, que son los principales males. En esta urbanización habitan cerca de 58.254 personas, según el censo del año 2011.

     En esta zona, como parte de los trabajos que realiza el Plan Caracas «Juntos es Posible», las cuadrillas continúan con las obras en las Plaza de la Tres Gracias y Paseo Los Ilustres.

Iglesia San Pedro

     Es una copia de la Basílica de San Pedro de la ciudad del Vaticano, pero en proporciones muchos menores, a diferencia de la basílica del Vaticano, está catalogada como basílica menor y fue fundada en 1952, está ubicada en la parroquia San Pedro de Caracas, urbanización Los Chaguaramos, siendo este espacio virtual empleado como medio para la evangelización, estar en contacto con sus feligreses y todo aquel que desee disponer de lecturas edificantes.

 

Fuentes: El Heraldo. Caracas, 12 de agosto de 1945; pág. 2; La Esfera. Caracas, agosto-septiembre de 1948

Cementerio Los Hijos de Dios

Cementerio Los Hijos de Dios

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Cementerio Los Hijos de Dios

Por Raúl Carrasquel y Valverde.
Caracas, mayo de 1920

     Los abuelos sepultaron a sus abuelos a los mismos pies del abuelo Ávila. El histórico, romántico y ruinoso Cementerio de los Hijos de Dios es la única tristeza del monte patricio de inmortal primavera y lozanía exuberante.

     Los Hijos de Dios, dicen que son “tus hijos” y, en verdad, tan solo son tus siervos, los pacientes de su supremo e ineludible poder. . . Y por eso y porque dispones a tu arbitrio de nuestros mezquinos alentares por todo premio y por todo descanso nos das el reposo y el galardón del osario, misterioso de silencio como una boca muda.

     Caracas es risueña, mocerilmente alegre y no la amedrenta el tener a norte y sur dos cementerios, y es que, mozuela de este siglo positivista, sabe bien que está garantizada la muerte, más nadie ni nada le responde la vida para el día siguiente. . .

     Por paradoja, macabro contraste, mucho de la belleza emotiva y sugerente de Santiago de León reside en este abandonado, silente y soleado Cementerio de los Hijos de Dios; hay tal mutismo luminoso  y tal ventolera montañesa en sus tres ruinosos patios, que se diafanizan más graves y quejumbrosos oscilan los saucedales, como antañones y telarañosos puñales que pretendieran arañar la comba mentida del cielo, nítidamente azulino, en ratos jaspeado de nubecillas blancas, blanquísimas.

     Mañanitas tórridas, horas mañaneras que enfiestáis el recinto olvidado vuestro es el milagro de los gorjeos vibrantes y de las hierbecillas humedecidas que acarician  a las carcomidas lozas que rezan los nombres de próceres, de mujeres que fueron elegancia y pasión de su tiempo, y de los que pasaron sin dejarnos nada, sin modelar sus vidas, sin grabar sus nombres. Para todas las bóvedas el mismo sol, que fuera él la deidad primera que alumbrara el mundo y calentara a los varones y a las varonas.

     El Ávila, detrás, impone respetuosidad y pide al visitante reverencia a la soberbia de sus moles agrestes, empenachadas de armiño. Y el cementerio de antaño, el osario de la nobleza mestiza y de los adalides emancipadores está lleno de una unción dilatada, de un murmurar de letanías y de trémolos rogares en la fe de las preces. 

     Los fuertes paredones, anaqueles de la vida, archivos de la muerte, llenos de bóvedas semicirculares; las tumbas irregularmente alineadas; aquí y acullá, cabriolas del tiempo, mausoleos afeados y en desequilibrio; cruces metálicas tomadas de orín, cruces de maderas podridas, cruces ineficaces que ya ni piden perdón ni señalan un nombre. Por las tapias mohosas se tienden a bañarse de sol churriguerescas lagartijas, “matos” y otros reptiles menores que medran en los edificios ruinosos, solitarios y soleados. Los pajarillos excursionan al exterior del Cementerio regresando gárrulos, traviesos, en musical algarabía.

     Dejemos transcurrir el tedio abominable del mediodía, y volvamos a los Hijos de Dios con la indolencia del atardecer. Hemos caminado extenso recorrido y para solaz de las pupilas y vencimiento del cansancio, oteamos el vastísimo panorama, los muchos panoramas del calle de Santiago.

El Cementerio Hijos de Dios fue diseñado y construido por el Ingeniero Olegario Meneses, en 1856

     Cúpulas esmaltadas de ocaso, torres católicas platicando con las lenguas vocingleras de sus campanas; terrazas, azoteas, techumbres de pizarra, campanarios que echan de sus ventanales a las miríadas de golondrinas; chimeneas fabriles, para-rayos, y las heráldicas melenas de magníficos chaguaramos y los mil brazos agresivos y contorsionados de las araucarias; la tumultuosa confusión de manchas grises, rojos de tejados, blancos de fachadas y verdes dominantes de vegetación, acogotados se columbran por la concavidad zafiro, donde dicen habita el Padre Nuestro, padre y Dios de estos Hijos. . . 

     Noche; hemos visitado el avilense Camposanto una propicia noche de plenilunio, en la que “la luna plateaba lo negro de un pino”; el silencio palpitaba sordamente en el vientre de la obscuridad; la Hécate de los nocturnos, era esferalmente bella y sin embargo no había en los contornos tétricos de la ruinosa Necrópolis un solo perro, más o menos famélico que ladrase madrigalescamente, cual suelen hacerlo poetillas de arrabal. Las sombras de los que íbamos se alargaban, se alargaban, se alargaban, como en los saudosos versos del gran Asunción Silva.

     Los tres cuerpos del Cementerio de los Hijos de Dios aparecieron en bloque más negros que la obscuridad; la luna plena daba con sus destellos en un sauce vecino a la entrada principal y le prestaba así un aspecto de espía o avanzada. Entramos, rechinaron lastimeramente los goznes del antiquísimo portal, y a nuestros pasos indecisos huía el silencio y se refugiaba en los rincones del recinto, abroquelados de zarzas y malezas; acortamos el tono de voz y hablando kempianas tonterías no olvidábamos el rondar de la luna que se cernía lívida y agorera como una bruja.

     El artista moscovita, el exotizante pintor Nicolás Ferdinandov, ejecutaba en el portátil armónium, dolidas sonatas salpicando la noche y el sitio y las almas de excelsas gotas de emociones, y todos estaban transfigurados por sortilegio de los salmos armónicos y de la soledad. Y todos se espiritualizaban, y el espíritu les saltaba a los ojos asombrados. Y eran todo espíritu!

     ¡Cementerio de los Hijos de Dios enclavado en los propios cimientos del Ávila; colocado el septentrión de la ciudad como para recordarnos que de continuo tenemos gravitando sobre nuestras cabezas a la Muerte, porque eres un florón de poesía, misterios y leyenda, venero y amo tus ruinas!

Orígenes de las boticas de Caracas

Orígenes de las boticas de Caracas

CRÓNICAS DE LA CIUDAD

Orígenes de las boticas de Caracas

Por Próspero Navarro Sotillo

     Caracas cayó bajo el azote de enfermedades y flagelos no menos terribles, años después de su advenimiento al mundo de las ciudades en 1567. La primera (1580) fue la viruela y continuó hasta 1614 y 1617.

     Luego en 1667 se duplicaron las calamidades con la viruela (1687) y el vómito negro, de fatal complemento. Estos datos los aporta Fray Pedro Simón.

     Entre hambre y enfermedades no se pintaba un cuadro atractivo para los boticarios peninsulares, como cebo para atraerles. Los médicos brillaban por su ausencia y había que apelar a los curanderos. Los nombres de Diego Martín, licenciado Pérez de la Muela ̶ que no era “dentista” ̶ y Diego de Montes, figuran entre ellos.

     “No existía una institución docente” en el campo médico-farmacéutico. El escritor Mariano Picón Salas expresa al respecto que: “Los vecinos acuden a los extraños milagros de la flora indígena para su medicina en estado de naturaleza”. En la Venezuela colonial quien necesitara un remedio se lo preparaba sin necesidad de acudir a la botica. . .

     Y esa falta de conocimientos se acentúa más con la ausencia de instrucción o planteles docentes. El año 1591 es cuando se funda la primera escuela primaria en Caracas, según los datos aparecidos en la historia de la farmacia en Venezuela.

     Es la de Luis Cárdenas y se crea mediante “limosnas de los vecinos” que manda a pedir el Ayuntamiento. Un año después la correspondiente al “Preceptorado de Gramática” de Juan de Arteaga, que no alcanzó mucha difusión, El Seminario, comisión recibida por el Obispo de Venezuela, de Felipe II (1592), tampoco cristaliza en 1641 y solo es realidad en 1696.

     Sea como fuere la primera Botica de Caracas nace a finales de 1649, posiblemente. . . La va a “regentar” Marcos Portero de Los Santos que no era boticario titular y sí un práctico en Farmacia. Se desconoce el inventario sobre lo que expendía dicha botica.

 

Las boticas de Caracas

     Al referirnos especialmente a esa primera “Botica” caraqueña, comenzaremos por señalar el procedimiento seguido por Marcos Portero de Los Santos ante el Cabildo de Caracas. Con fecha 4 de septiembre de 1649, se conoce la petición de que “había una persona a propósito que quería abrir botica pública, y parece conveniente que la haya más en beneficio de los pobres”.

     La semilla dejada por Portero (o Porttero) abrió nuevos horizontes a profesionales de otras ramas, por ejemplo, a los médicos. Solo él y García Palomino no eran médicos ni cirujanos, allá por el siglo XVIII. La botica de Marcos Portero, tras muchas vicisitudes, su “negocio” de Botica cerró en 1651.

     El licenciado Pedro Ponce de León fundó la segunda Farmacia de Caracas, en 1652. Ponce de León Era médico, cirujano y boticario.

     De su “stock” farmacológico se desconoce descripción alguna. Se instaló “en un local perteneciente a la Catedral y pagaba por alquiler cinco pesos mensuales”. Según su testamento dejaba la botica, textos de medicina y cirugía y un “estuche de plata con toda su herramienta”.

     En 1656, Angelo Bartolome Soliaga y Pamphilio adquiere en “400 pesos macuquinos, pagaderos en tres plazos, por anualidades”, la botica de Ponce de León. Ejerció como médico contra la oposición de los existentes en Caracas, pues “no era médico diplomado” y sí protegido del Obispo Baños y Sotomayor. Así y todo lo fue en el Hospital de San Pablo.

     En 1690, Juan de Massa (o Maza) era cirujano y poseía una tienda para expendio de géneros y medicinas. Cerró sus puertas en 1694 “demente y paralítico” en el Hospital de San Pablo. En 1692, Antonio Valdés adquiere la botica que era de su colega cirujano Soliaga y Pamphilio cuando este falleció. La recibe por 620 pesos a crédito.

     Valdés era el cirujano proveedor de las medicinas al Hospital de San Pablo y allí ejercía su profesión de cirujano. Se ubicó con su botica en la calle de “Los Mercaderes” cuyo local pagaba cinco pesos mensuales de alquiler, pero se atrasó en el arrendamiento y Valdés argumentaría en su favor “para no pagar, su mucha pobreza”. Su deceso ocurrió en 1698.

     A comienzos de la década de 1690, Juan de Espinosa, quien era barbero, médico cirujano, boticario y . . . ¡curandero!, tenía en sus inicios un botiquín privado donde atendía a los clientes; luego lo trasformó en Botica Pública.

     Era nativo de Sevilla y se casó acá con Antonia Montes, “madre del también cirujano Andrés Bermúdez, discípulo de Espinosa, quien murió el 10 de abril de 1696 y las drogas de su botica fueron compradas por su pupilo Luis Cardozo, en doscientos veinticinco pesos”. La botica existió por 4 años. Dejó alguna plata, como también discípulos: en la medicina y. . . ¡la barbería!

     En 1694, Dyonisio Garcia Palomino adquiere, a la muerte de Juan Massa (o Maza), las existencias en medicamentos por 205 pesos. Se aclaraba esto: “. . . que ejerce el oficio de Boticario en esta ciudad por lo que se le decía Maestro Boticario”.

     Dos años después, en 1696, Luis Cardozo se asoció a Juan Antonio Angulo “en el negocio de Botica y Barbería” y remataría las drogas de la botica de su maestro Espinosa, cuando éste murió. Cardozo era barbero-sangrador y en 1709 lo despidieron del Convento de San Jacinto por “no hacer su oficio con cuidado”.

     Francisco Guerra Martínez, con el título de Maestro en Cirugía, llega a Caracas desde La Habana en 1694 y pide al Ayuntamiento que se le reconozca dicha credencial. Previo al examen en el Protomedicato y la reválida en Madrid, el Diploma estaba en regla y le fue autenticado por el cuerpo edilicio.

Primer boticario demandado

     Empieza él su profesión acá y tambien los problemas con los “no graduados” o “empíricos” ̶ que hoy todavía existen ̶ . Se instala con una botica, pero la corrección de una fórmula del doctor Gómez de Munar, relacionada con los “Polvos de Juan de Vigo” (en presencia de mismo cliente) señalando como “un disparate lo prescrito” creó un escándalo.

     El Alcalde Alfonso Piñango “fulminó causa criminal contra él por haber dado un medicamento diferente del que se le pidió”. Fue demandado el citado Guerra Martínez, le embargaron la farmacia y lo condenaron a 9 meses de prisión. Se registra así el primer caso de un boticario demandado por haber entregado un medicamento diferente al ordenado por el médico. 

     Es en el siglo XVII cuando se perfila el surgir de la popular Botica que se convertirá luego en la Farmacia de hoy, incluyéndose a la primera establecida en el interior del país por el medico Cristóbal Valdés Rodríguez de Espina, radicado en Trujillo en 1669.

 

Cifras desde 1800

     El censo de Caracas para los años 1800 (Humboldt) 40.000 habitantes; 1802 (Depons) 42.000 habitantes; 1812 (Palacios) 43.000 habitantes; 1825 (Sanavria) 29.843 habitantes y 1829 (Codazzi) 29.320 habitantes.

     Para 1830, la ciudad caraqueña posee unas siete boticas, cuyos dueños son los señores: José Antonio Rocha, Luis Hernández, Juan Francisco Rocha, Mariano Ascanio, Eduardo McClong, Claudio Rocha y la del médico Dr. Pedro Bárcenas.

     Queremos hacer referencia a este último (Bárcenas), quien fue soldado de nuestra independencia, luego estudiaría Medicina y Farmacia. Obtuvo esos títulos: Doctor en Medicina en 1824y el de Boticario (en el Protomedicato) el 18 de junio de 1825. “. . . prestó servicios en la Secretaría del Libertador”. Pero en la inspección a esas boticas veamos lo que ocurrió cuando “se verifico la visita de su farmacia, como no había sacado patente para botica, se le ordenó hacerlo o clausurarla”. Agrega seguidamente el texto consultado: “Por sus merecimientos, fue decretado el reposo de sus restos en el Panteón Nacional”.

     Luego viene Francisco Agustín Laperriere, de Finisterre (Francia), aprobado por la Facultad el 1° de octubre de 1832 y quien se establece en la calle de las Leyes Patrias. Ya en 1831 ̶ a modo de información ̶ la citada Facultad había convocado a los boticarios por cierto “mal estado existente en las boticas y situación de abandono en que se hallaban y convocó a los boticarios a resolver lo conducente”.

     Otros establecimientos de nuestra capital fueron instalados por los señores: Juan Bautista Cabrera, Gerardo Vigo Wadasquier y Carlos Alcántara. En 1837, en la antigua calle de las Leyes Patrias (en la esquina de Las Palmas o de “La Palma”) es don Jorge Braun ̶ de origen alemán ̶ quien convierte el “Almacén de Medicinas y Colores” en la Botica Principal.

     En 1840 abre sus puertas en la esquina de Pajaritos la Botica Central, cuyo fundador fue Don Guillermo Sturup, En la práctica dichas farmacias, situadas en la misma cuadra, serían luego lo que hoy conocemos como un mayor de Medicinas y de Drogas. Las únicas en Caracas en dicho comercio.

     Coincidencialmente, con la fundación de la Botica Central, la Facultad promulgó un acta el 29 de febrero, pues “las boticas de Caracas presentaron algunas irregularidades y se constató que despachaban recetas de intrusos lo que, a su juicio, ameritaba ya que se promulgara una reglamentación”.

     Y efectivamente ocurrió así, pues con la finalidad de oponerse a esos empíricos de la época, el 23 de mayo de 1840 el director de la Facultad, doctor José Joaquín González, ofició a Dr. Ángel Quintero, Secretario de Estado del Departamento del Interior y de Justicia. Y le remitió el Reglamento para la Organización de Boticas y Droguerías, rogándole que “si se consideraba por el Gobierno en armonía con las Leyes de la República pueda la Facultad hacerlo circular en quienes corresponda. El Gobierno con oficio N°594 del 24 de agosto, recomendó su inmediata circulación”.

     Aunque se atribuye, ya no el origen de las Ciencias Farmacológicas en Venezuela, aunque si la iniciación a alemanes y daneses, es importante ver aquí lo relacionado con nuestro Libertador Simón Bolívar. “Tal reglamento es la primera ordenación jurídica de la Venezuela Republicana, en materia de legislación farmacéutica”. Y rezaba así: “La Facultad Médica de Caracas hallándose investida con las atribuciones de que gozaban los antiguos protomedicatos, y siendo parte de ellas (como expresa el artículo 8° del Decreto del Libertador del 25 de junio de 1827) cuidar del exacto desempeño de los deberes profesionales de los individuos de los tres ramos (medicina, cirugía y farmacia), los censura y castiga con multas, suspensión, ha acordado en sesión del presente mes dar principio a la organización de los tres ramos dichos, tomando por ahora las medidas de mayor importancia: y siendo de los despachos de medicamentos del que depende en gran parte la salud pública, y del que abusa con escándalo y exceso por los charlatanes y aventureros, juzga por primera medida, dar a los farmacéuticos y drogueros este reglamento que les sirva de norma para evitar los daños expresados”.

 

Fuentes consultadas: Historia de la Farmacia Venezolana, del Dr. Néstor Oropeza

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